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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
  37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
  38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
  43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
  44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
  49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
  55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
  59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
  60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
  64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
  65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
  67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
  71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
  72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
  73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
  74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
  75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
  76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
  77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
  80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
  81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
  82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
  85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
  86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
  87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
  88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
  89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
  90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
  91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
  92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
  93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
  96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
  97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
  98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
  99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
  100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
  101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
  102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
  107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
  108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
  112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
  113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
  114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
  115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
  116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
  117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
  118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
  119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
  120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
  121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
  122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
  123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
  124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
  125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
  126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
  127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
  128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
  129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
  130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
  131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
  132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
  133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
  134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
  137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
  138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
  141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
  142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
  146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — GREGORIO DE NISA

    Índice de la obra

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    Contra Eunomio

    Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Moore y Wilson (Nicene and Post-Nicene Fathers)43 minPosición: 0% de esta parteParte 21 de 29 · Libro XIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-NIS-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
    22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
    27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
    34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
    37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
    38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
    39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
    43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
    44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
    49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
    50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
    55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
    59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
    60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
    61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
    62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
    63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
    64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
    65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
    71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
    72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
    73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
    74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
    75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
    76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
    77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
    80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
    81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
    82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
    85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
    86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
    87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
    88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
    89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
    90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
    91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
    92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
    93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
    96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
    97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
    98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
    99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
    100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
    101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
    102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
    107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
    108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
    112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
    113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
    114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
    115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
    116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
    117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
    118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
    119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
    120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
    121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
    122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
    123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
    124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
    125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
    126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
    127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
    128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
    129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
    130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
    131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
    132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
    133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
    134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
    137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
    138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
    141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
    142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
    146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Libro XI

    1. El libro undécimo muestra que el título de «Bueno» se debe, no solo al Padre, como alega Eunomio, imitador de Manes y Bardesanes

    sino también al Hijo, que formó al hombre en bondad y amorosa compasión, y lo reformó por su Cruz y su Muerte.

    XI, 1

    Pasemos ahora a la siguiente etapa de su argumentación:— «....el mismo Unigénito atribuye al Padre el título que por derecho corresponde a Él solo. Pues Aquel que nos ha enseñado que la apelación "bueno" pertenece solo a Aquel que es causa de su propia bondad y de toda bondad, y lo es en todo tiempo, y que le refiere todo bien que jamás ha llegado a ser, sería lento en apropiarse la autoridad sobre todas las cosas que han llegado a ser, y el título de "el Existente".» Pues bien, mientras él ocultó su blasfemia bajo una especie de velo, y se esforzó por enredar inadvertidamente a sus engañados oyentes en los laberintos de su dialéctica, estimé necesario vigilar sus manejos injustos y clandestinos, y en lo posible poner al descubierto en mi argumentación el mal que acecha. Pero ahora que ha despojado a su falsedad de toda máscara que pudiera disfrazarla, y publica en voz alta su profanidad en términos categóricos, considero superfluo someterse a un trabajo inútil esgrimiendo modos lógicos de refutación contra quienes no hacen secreto de su impiedad. Pues ¿qué medios más eficaces podríamos descubrir para demostrar su malignidad que los que ellos mismos nos muestran en sus escritos, prestos a nuestra mano? Dice que solo el Padre es digno del título de «bueno,» que a Él solo se le debe tal nombre, so pretexto de que incluso el Hijo mismo conviene en que la bondad le pertenece solo a Él. Nuestro acusador ha defendido nuestra causa por nosotros: pues tal vez en mis anteriores declaraciones se me consideró por mis lectores como alguien que mostraba cierta insolencia petulante cuando me esforcé en demostrar que los luchadores contra Cristo lo presentaban como ajeno a la bondad del Padre. Pero creo que ahora ha quedado probado por la confesión de nuestros adversarios que al presentar tal acusación contra ellos no actuábamos injustamente. Pues quien dice que el título de «bueno» corresponde por derecho solo al Padre, y que tal apelativo conviene a Él solo, publica por todas partes, al descubrir así su verdadero significado, la villanía que antes había envuelto en disfraz. Dice que el título de «bueno» conviene solo al Padre. ¿Se refiere al título con la significación que pertenece a la expresión, o al título desprendido de su significado propio? Si, por un lado, simplemente atribuye al Padre el título de «bueno» en un sentido especial, es digno de compasión por su irracionalidad al conceder al Padre meramente el sonido de un nombre vacío. Pero si piensa que la concepción expresada por el término «bueno» pertenece solo a Dios Padre, es digno de ser abominado por su impiedad, resucitando como hace la plaga de la herejía maniquea en sus propias opiniones. Pues así como la salud y la enfermedad, igualmente la bondad y la maldad existen en términos de mutua destrucción, de modo que la ausencia de la una es la presencia de la otra. Si, pues, dice que la bondad pertenece solo al Padre, la separa de todo objeto concebible en la existencia, excepto del Padre, de modo que, junto con todo, el Dios unigénito queda excluido del bien. Porque así como quien afirma que solo el hombre es capaz de reír implica con ello que ningún otro animal comparte esta propiedad, así quien asevera que el bien está solo en el Padre separa todas las cosas de esa propiedad. Si, pues, como declara Eunomio, solo el Padre tiene por derecho el título de «bueno,» tal término no se aplicará propiamente a ninguna otra cosa. Pero todo impulso de la voluntad o bien obra de acuerdo con el bien, o tiende a lo contrario. Pues no estar inclinado ni en un sentido ni en otro, sino permanecer en un estado de equilibrio, es propiedad de las criaturas inanimadas o insensibles. Si solo el Padre es bueno, teniendo la bondad no como cosa adquirida, sino en su naturaleza, y si el Hijo, como quiere la herejía, no participa de la naturaleza del Padre, entonces quien no comparte la esencia buena del Padre queda por supuesto excluido al mismo tiempo también de parte y suerte en el título de «bueno.» Pero aquel que no tiene pretensión alguna ni a la naturaleza ni al nombre de «bueno» — lo que él es ciertamente no es desconocido, aunque me abstenga de la expresión blasfema. Pues es claro para todos que el objeto por el cual Eunomio se afana tanto es introducir en la concepción del Hijo una sospecha de aquello que es malo y opuesto al bien. Pues qué clase de nombre pertenece a quien no es bueno es manifiesto a todo el que participa de la razón. Así como quien no es valiente es cobarde, como quien no es justo es injusto, y como quien no es sabio es necio, así quien no es bueno claramente tiene como propio el nombre contrario, y es hacia esto hacia lo que el enemigo de Cristo quiere empujar la concepción del Unigénito, convirtiéndose así para la Iglesia en otro Manes o Bardesanes. Estas son las afirmaciones respecto de las cuales decimos que nuestra palabra no sería más eficaz que el silencio. Pues aunque uno dijera innumerables cosas y suscitara todos los argumentos posibles, no podría decir nada tan dañino contra nuestros adversarios como lo que abierta y descaradamente proclaman ellos mismos. Pues ¿qué acusación más amarga podría inventarse contra ellos por malicia que la de negar que es bueno «Aquel que, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios,» y que, sin embargo, condescendió a la humilde condición de la naturaleza humana, y lo hizo solamente por amor al hombre? ¿A cambio de qué, dime, «así pagáis al Señor []?» (pues tomaré prestado el lenguaje de Moisés a los israelitas); ¿no es bueno Aquel que, cuando erais polvo sin alma, os revistió de una belleza semejante a la de Dios, y os levantó como imagen de su propio poder dotada de alma? ¿No es bueno Aquel que por vosotros tomó forma de siervo, y por el gozo puesto delante de él [] no rehuyó soportar los sufrimientos debidos a vuestro pecado, y se dio a sí mismo en rescate por vuestra muerte, y se hizo por nosotros maldición y pecado?

    2. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo

    que no hay un dualismo en la Divinidad de bien y mal, como supone Marción, aliado de Eunomio, y declara que el Hijo no rechaza el título de «bueno» ni de «Existente,» ni reconoce su alejamiento del Padre, sino que a Él también pertenece la autoridad sobre todas las cosas que llegan a ser.

    XI, 2

    Ni siquiera el propio Marción, el patrón de vuestras opiniones, os apoya en esto. Es cierto que, en común con vosotros, sostiene un dualismo de dioses y piensa que uno es diferente en naturaleza del otro, pero es la opinión más cortés atribuir la bondad al Dios del Evangelio. Vosotros, sin embargo, separáis realmente al Dios unigénito de la naturaleza del bien, para superar incluso a Marción en la depravación de vuestras doctrinas. Con todo, ellos reclaman la Escritura a su favor y dicen que se les trata con dureza cuando se les acusa de usar las palabras mismas de la Escritura. Pues dicen que el Señor mismo ha dicho: «Ninguno hay bueno sino uno, es decir, Dios [].» Por consiguiente, para que la tergiversación no prevalezca contra las palabras divinas, examinaremos brevemente el pasaje concreto del Evangelio. La historia considera que el hombre rico a quien el Señor dirigió esta palabra era joven —la clase de persona, supongo, inclinada a gozar de los placeres de esta vida— y apegada a sus posesiones; pues dice que se entristeció ante el consejo de desprenderse de lo que tenía, y que no quiso cambiar su propiedad por la vida eterna. Este hombre, cuando oyó que un maestro de vida eterna estaba en las cercanías, vino a él con la expectativa de vivir en perpetuo lujo, con la vida indefinidamente prolongada, halagando al Señor con el título de «bueno,» —halagando, diría yo más bien, no al Señor tal como lo concebimos, sino tal como entonces aparecía en forma de siervo. Pues su carácter no era tal que le permitiera penetrar el velo exterior de la carne y ver a través de él el santuario interior de la Deidad. El Señor, pues, que ve los corazones, discernió el motivo con que el joven se le acercó como suplicante: que no lo hacía con el alma fijamente atenta a lo Divino, sino que era al hombre a quien suplicaba, llamándolo «Maestro bueno,» porque esperaba aprender de Él alguna doctrina con la que se pudiera impedir la llegada de la muerte. Por tanto, con buena razón Aquel que era así suplicado por él respondió tal como fue interpelado. Pues así como la súplica no se dirigía a Dios el Verbo, correspondientemente la respuesta fue entregada al solicitante por la humanidad de Cristo, imprimiendo así en el joven una doble lección. Pues le enseña, con una sola y misma respuesta, tanto el deber de reverenciar y rendir homenaje a la Divinidad, no con discursos halagüeños sino con su vida, guardando los mandamientos y comprando la vida eterna a costa de todas las posesiones, como también la verdad de que la humanidad, habiéndose hundido en la depravación a causa del pecado, está excluida del título de «Bueno»: y por esta razón dice, «¿Por qué me llamas bueno?» sugiriendo en su respuesta con la palabra «Me» aquella naturaleza humana que lo envolvía, mientras que al atribuir la bondad a la Divinidad declaraba expresamente ser Él mismo bueno, puesto que es proclamado Dios por el Evangelio. Pues si el Hijo unigénito hubiera sido excluido del título de Dios, tal vez no habría sido absurdo pensarle ajeno también a la apelación de «bueno.» Pero si, como es el caso, los profetas, los evangelistas y los Apóstoles proclaman en voz alta la Deidad del Unigénito, y si el nombre de bondad está atestiguado por el Señor mismo como perteneciente a Dios, ¿cómo es posible que Aquel que participa de la Deidad no participe también de la bondad? Pues que tanto los profetas, los evangelistas, los discípulos y los apóstoles reconocen al Señor como Dios, no hay nadie tan poco iniciado en los misterios divinos que necesite que se le diga expresamente. Pues ¿quién no sabe que en el salmo cuadragésimo cuarto el profeta afirma en su palabra que el Cristo es Dios, ungido por Dios? Y además, ¿quién de todos los versados en la profecía ignora que Isaías, entre otros pasajes, proclama así abiertamente la Deidad del Hijo, donde dice: «Los sabeos, hombres de alta estatura, se pasarán a ti y serán tus siervos; irán tras ti atados con cadenas, y en ti harán súplica, porque Dios está en ti, y no hay Dios fuera de ti; porque tú eres Dios.» Pues qué otro Dios hay que tiene a Dios en sí mismo, y es Él mismo Dios, excepto el Unigénito, díganlo quienes no escuchan la profecía; pero de la interpretación de Emmanuel, y de la confesión de Tomás tras su reconocimiento del Señor, y de la sublime dicción de Juan, como cosas manifiestas incluso a los que están fuera de la fe, no diré nada. Más aún, ni siquiera creo necesario aducir en detalle las palabras de Pablo, ya que están, por así decir, en boca de todos, el cual da al Señor la apelación no solo de «Dios,» sino de «gran Dios» y «Dios sobre todas las cosas,» diciendo a los Romanos: «cuyos son los padres, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos [],» y escribiendo a su discípulo Tito: «según la aparición de Jesucristo, el gran Dios y nuestro Salvador,» y a Timoteo proclama en términos claros: «Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu.» Puesto que, pues, ha quedado demostrado por todas partes que el Dios unigénito es Dios, ¿cómo es que quien dice que la bondad pertenece a Dios se esfuerza en mostrar que la Divinidad del Hijo es ajena a esta atribución, y esto aunque el Señor ha reclamado de hecho para sí el epíteto «bueno» en la parábola de los contratados para la viña? Pues allí, cuando los que habían trabajado antes que los otros estaban descontentos por recibir todos la misma paga, y juzgaban la buena fortuna de los últimos como pérdida propia, el juez justo dice a uno de los que murmuraban: «Amigo, no te hago agravio: ¿no conviniste conmigo en un denario al día? Mira, ahí tienes lo que es tuyo: quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O es malo tu ojo porque yo soy bueno?» Por supuesto, nadie pondrá en duda que distribuir la recompensa según el mérito es la función especial del juez; y todos los discípulos del Evangelio convienen en que el Dios unigénito es Juez; «porque el Padre,» dice Él, «a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo.» Pero ellos no se ponen en oposición a las Escrituras. Pues dicen que la palabra «uno» apunta absolutamente al Padre. Pues Él dice: «Ninguno hay bueno sino uno, es decir, Dios.» ¿Acaso la verdad carecerá de vigor para defender su propia causa? Ciertamente hay muchos medios para convencer fácilmente de engaño también a este sofisma. Pues Aquel que dijo esto acerca del Padre dijo también al Padre aquella otra palabra: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío, y yo soy glorificado en ellos [].»
    Ahora bien, si Él dice que todo lo que es del Padre es también del Hijo, y la bondad es uno de los atributos que pertenecen al Padre, o el Hijo no tiene todas las cosas si no tiene esta, y estarán diciendo que la Verdad miente, o, si es impío sospechar que la Verdad misma se deja llevar a la falsedad, entonces Aquel que reclamó como propio todo lo que es del Padre, afirmó con ello que no estaba fuera de la bondad. Pues Aquel que tiene al Padre en sí mismo, y contiene todas las cosas que pertenecen al Padre, manifiestamente tiene su bondad con «todas las cosas.» Por tanto, el Hijo es Bueno. Pero «no hay bueno,» dice él, «sino uno, es decir, Dios.» Esto es lo que alegan nuestros adversarios: y no rechazo yo mismo la afirmación. No niego, sin embargo, por esta causa la Deidad del Hijo. Pero quien confiesa que el Señor es Dios, por esa misma confesión ciertamente afirma también de Él la bondad. Pues si la bondad es una propiedad de Dios, y si el Señor es Dios, entonces por nuestras premisas el Hijo se muestra como Dios. «Pero,» dice nuestro adversario, «la palabra 'uno' excluye al Hijo de la participación en la bondad.» Es fácil, sin embargo, mostrar que ni siquiera la palabra «uno» separa al Padre del Hijo. Pues en todos los demás casos, es cierto, el término «uno» lleva consigo la significación de no estar acoplado a ninguna otra cosa, pero en el caso del Padre y del Hijo «uno» no implica aislamiento. Pues Él dice: «Yo y el Padre somos uno.» Si, pues, el bien es uno, y se contempla una particular clase de unidad en el Padre y el Hijo, se sigue que el Señor, al predicar la bondad de «uno,» reclamó bajo el término «uno» el título de «bueno» también para sí mismo, que es uno con el Padre, y no separado de la unidad de naturaleza.

    3. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como

    situado tan por debajo de la Naturaleza divina como el Hijo es superior a las cosas creadas por Él mismo. Y en este contexto hay una noble y vigorosa contra-afirmación y una refutación indignada, que muestra que Aquel que dio los oráculos a Moisés es Él mismo el Existente, el Hijo Unigénito, quien a la petición de Moisés, «Si Tú mismo no vas con nosotros, no me hagas subir de aquí,» dijo, «También haré esto que has dicho»; quien es llamado asimismo «Ángel» tanto por Moisés como por Isaías: donde se cita el texto, «Un niño nos ha nacido.»

    XI, 3

    Mas para que quede por completo al descubierto la erudición y la cultura de nuestro imponente autor, consideraremos frase por frase su exposición de sus sentimientos. «El Hijo,» dice, «no se apropia de la dignidad del Existente,» dando el nombre de «dignidad» al hecho mismo de ser:— (¡con cuánta propiedad sabe adaptar las palabras a las cosas!)— y puesto que es «por causa del Padre,» dice que está alienado de sí mismo por cuanto la esencia que es suprema sobre Él atrae hacia sí la concepción del Existente. Esto viene a ser como si alguien dijera que el que es comprado por dinero, en cuanto es en su propia existencia, no es la persona comprada, sino el comprador, puesto que su existencia personal esencial queda absorbida en la naturaleza de aquel que ha adquirido autoridad sobre él. Tales son las elevadas concepciones de nuestro teólogo: pero ¿cuál es la demostración de sus afirmaciones?.... «el Unigénito,» dice, «atribuyéndose a sí mismo al Padre el título debido por derecho a Él solo,» y luego introduce el punto de que sólo el Padre es bueno. ¿Dónde renuncia en esto el Hijo al título de «Existente»? Sin embargo, esto es lo que Eunomio pretende cuando prosigue palabra por palabra así:— «Pues Aquel que nos ha enseñado que la denominación 'bueno' pertenece sólo a Aquel que es causa de su propia bondad y de toda bondad, y lo es en todo tiempo, y que refiere a Él todo bien que jamás ha llegado a ser, sería lento en apropiarse de la autoridad sobre todas las cosas que han llegado a ser, y del título de 'el Existente'.» ¿Qué tiene que ver «autoridad» con el contexto? ¿Y cómo junto con esto queda también el Hijo alienado del título de «Existente»? Pero en verdad no sé qué conviene más hacer ante esto: reír de la falta de instrucción, o compadecer la perniciosa locura que muestra. Porque la expresión «su propio,» no empleada según el sentido natural, y como suelen usarla quienes saben usar el lenguaje, atestigua su extenso conocimiento de la gramática de los pronombres, que hasta los niños pequeños aprenden con sus maestros sin esfuerzo, y su ridículo extravío del tema hacia lo que nada tiene que ver ni con su argumento ni con la forma de ese argumento, considerado como silogístico, a saber, que el Hijo no tiene parte en la denominación de «Existente» — afirmación adaptada a sus monstruosas invenciones —; esta y absurdidades semejantes parecen combinadas con el propósito de provocar la risa; de modo que bien puede ser que los lectores del tipo más descuidado experimenten semejante inclinación y se diviertan con la inconexión de sus argumentos. Pero que el Dios Verbo no exista, o que al menos no sea bueno (y esto es lo que Eunomio sostiene cuando dice que no «se apropia del título» de «Existente» y «bueno»), y dar a entender que la autoridad sobre todas las cosas que llegan a ser no le pertenece — esto exige nuestras lágrimas y un lamento de duelo.
    Porque no es como si hubiera dejado caer algo de este tipo una sola vez bajo un impulso precipitado e inconsiderado, y en lo que seguía se hubiera esforzado por reparar su error: no, se demora morosamente en la malignidad, esforzándose en sus afirmaciones posteriores por superar lo que había antes. Pues conforme avanza, dice que el Hijo está a la misma distancia por debajo de la Naturaleza divina que la naturaleza de los ángeles está sujeta por debajo de la suya propia, no diciéndolo ciertamente con tantas palabras, sino intentando con lo que sí dice producir tal impresión. El lector puede juzgar por sí mismo el sentido de sus palabras: son como sigue:— «Quien, al ser llamado 'Ángel', mostró claramente por Quién publicaba sus palabras, y Quién es el Existente, mientras que al ser llamado también Dios, mostró su superioridad sobre todas las cosas. Pues Aquel que es el Dios de todas las cosas que fueron hechas por Él, es el Ángel del Dios sobre todo.» La indignación sube a mi corazón e interrumpe mi discurso, y bajo esta emoción los argumentos se pierden en un torbellino de ira suscitada por palabras como estas. Y quizá se me pueda perdonar por sentir tal emoción. Pues ¿a quién no se le encendería la indignación ante semejante profanidad, al recordar cómo el Apóstol proclama que toda naturaleza angélica está sujeta al Señor, y en testimonio de su doctrina invoca las sublimes expresiones de los profetas:— «Cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios,» y, «Tu trono, oh Dios, es por el siglo del siglo,» y, «Tú eres el mismo, y tus años no acabarán»? Cuando el Apóstol ha recorrido todo este argumento para demostrar la majestad inaccesible del Dios Unigénito, ¿qué debo sentir al oír del adversario de Cristo que el Señor de los Ángeles es Él mismo un Ángel — y cuando no deja caer tal afirmación por azar, sino que emplea su fuerza para mantener esta monstruosa invención, de modo que quede establecido que su Señor no tiene superioridad alguna sobre Juan y Moisés? Pues la palabra dice acerca de ellos, «Éste es aquel de quien está escrito: 'He aquí yo envío mi ángel delante de tu faz.'» Juan, por tanto, es un ángel. Pero el enemigo del Señor, aunque concede a su Señor el nombre de Dios, lo hace sin embargo estar a nivel con la deidad de Moisés, ya que éste también era siervo del Dios sobre todo, y fue constituido dios para los egipcios. Y sin embargo esta frase, «sobre todo,» como se ha observado anteriormente, es común al Hijo con el Padre, habiendo el Apóstol atribuido expresamente tal título a Él, cuando dice, «De quienes, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas [].» Pero este hombre degrada al Señor de los ángeles al rango de ángel, como si no hubiera oído que los ángeles son «espíritus ministradores,» y «llama de fuego.» Pues mediante estos términos distintivos el Apóstol hace clara e inconfundible la diferencia entre los diversos sujetos, definiendo la naturaleza subordinada como «espíritus» y «fuego,» y distinguiendo el poder supremo con el nombre de Divinidad. Y sin embargo, aunque hay tantos que proclaman la gloria del Dios Unigénito, contra todos ellos Eunomio alza su sola voz, llamando al Cristo «ángel del Dios sobre todo,» definiéndolo, al contrastarlo así con el «Dios sobre todo,» como uno de las «todas las cosas,» y, al darle el mismo nombre que a los ángeles, intentando establecer que en nada difiere de ellos en naturaleza: pues a menudo ha dicho antes que todas las cosas que comparten el mismo nombre no pueden ser diferentes en naturaleza. ¿Carece entonces aún el argumento de censores, tratándose de un hombre que proclama con tantas palabras que el «Ángel» no publica su propia palabra, sino la del Existente? Pues es por este medio que intenta mostrar que el Verbo que era en el principio, el Verbo que era Dios, no es Él mismo el Verbo, sino que es el Verbo de algún otro Verbo, siendo su ministro y «ángel.» ¿Y quién no sabe que el único opuesto al «Existente» es el no existente? De modo que el que contrasta al Hijo con el Existente, está claramente haciendo de judío, robando a la doctrina cristiana la Persona del Unigénito. Pues al decir que Él está excluido del título de «Existente,» ciertamente está intentando establecer también que Él está fuera del ámbito de la existencia: pues seguramente si le concede la existencia, no discutirá por el sonido de la palabra.
    Mas se esfuerza por apuntalar su absurdidad con el testimonio de la Escritura, y presenta a Moisés como su abogado contra la verdad. Pues como si fuera aquella la fuente de donde sacaba sus argumentos, nos expone libremente sus propias fábulas, diciendo, «Quien envió a Moisés fue el Existente mismo, pero Aquel por quien envió y habló fue el Ángel del Existente, y el Dios de todo lo demás.» Que su afirmación, sin embargo, no está sacada de la Escritura, puede probarse de manera concluyente por la Escritura misma. Pero si dice que este es el sentido de lo que está escrito, debemos examinar el lenguaje original de la Escritura. Adviértase además, en primer lugar, que Eunomio, después de llamar al Señor Dios de todas las cosas después de Él, no le concede superioridad alguna en comparación con la naturaleza angélica. Pues tampoco Moisés, cuando oyó que había sido hecho dios para Faraón, traspasó los límites de la humanidad, sino que, siendo en naturaleza igual a sus semejantes, fue elevado por encima de ellos por la superioridad de la autoridad, y el ser llamado dios no le impidió ser hombre. Así también en este caso Eunomio, al presentar al Hijo como uno de los ángeles, encubre tal error con la denominación de Divinidad, del modo expresado, permitiéndole el título de Dios en algún sentido equívoco. Examinemos una vez más las mismas palabras con las que profiere su blasfemia. «Quien envió a Moisés fue el Existente mismo, pero Aquel por quien envió fue el Ángel del Existente» — este, a saber, «Ángel,» siendo el título que da a su Señor. Pues bien, la absurdidad de nuestro autor es refutada por la Escritura misma, en el pasaje donde Moisés suplica al Señor que no confíe a un ángel la guía del pueblo, sino que Él mismo conduzca su marcha. El pasaje dice así: Dios está hablando, «Ve, baja, guía a este pueblo al lugar del cual te he hablado: he aquí mi Ángel irá delante de ti en el día en que yo visite.» Y poco después dice de nuevo, «Y enviaré mi Ángel delante de ti.» Luego, poco después de lo que sigue inmediatamente, viene la súplica a Dios de parte de su siervo, que corre de este modo, «Si he hallado gracia en tus ojos, vaya mi Señor en medio de nosotros,» y de nuevo, «Si Tú mismo no vas con nosotros, no me hagas subir de aquí»; y luego la respuesta de Dios a Moisés, «También haré por ti esto que has dicho: porque has hallado gracia en mis ojos, y te conozco por encima de todos los hombres.» Por consiguiente, si Moisés pide que el pueblo no sea guiado por un ángel, y si Aquel que conversaba con él consiente en ser su compañero de viaje y el guía del ejército, queda con ello manifestamente demostrado que Aquel que se dio a conocer con el título de «el Existente» es el Dios Unigénito.
    Si alguno contradice esto, se mostrará partidario de la persuasión judía al no asociar al Hijo con la liberación del pueblo. Pues si, por una parte, no fue un ángel el que salió con el pueblo, y si, por otra, como Eunomio pretende, Aquel que fue manifestado con el nombre del Existente no es el Unigénito, esto no equivale a nada menos que trasladar las doctrinas de la sinagoga a la Iglesia de Dios. Por consiguiente, de las dos alternativas han de admitir necesariamente una, a saber, o que el Dios Unigénito en ninguna ocasión se apareció a Moisés, o que el Hijo es Él mismo el «Existente,» de quien vino la palabra a su siervo. Pero contradice lo dicho anteriormente, alegando la Escritura misma que nos informa de que la voz de un ángel se interpuso, y que así fue transmitido el discurso del Existente. Esto, sin embargo, no es contradicción, sino confirmación de nuestra opinión. Pues también nosotros decimos claramente que el profeta, queriendo manifestar a los hombres el misterio concerniente a Cristo, llamó «Ángel» al Autoexistente, para que el sentido de las palabras no se refiriera al Padre, como habría ocurrido si el título de «Existente» se hubiera hallado solo a lo largo del discurso. Pero así como nuestra palabra es la reveladora y mensajera (o «ángel») de los movimientos de la mente, así afirmamos que el verdadero Verbo que era en el principio, cuando anuncia la voluntad de su propio Padre, es llamado «Ángel» (o «Mensajero»), título que se le da a causa de la operación de transmitir el mensaje. Y como el sublime Juan, habiéndolo llamado previamente «Verbo,» introduce así la verdad ulterior de que el Verbo era Dios, para que nuestros pensamientos no se volvieran de inmediato al Padre, como habrían hecho si el título de Dios se hubiera puesto primero, así también el poderoso Moisés, después de llamarlo primero «Ángel,» nos enseña en las palabras que siguen que Él no es otro que el Autoexistente mismo, para que el misterio acerca de Cristo fuera prefigurado, asegurándonos la Escritura con el nombre «Ángel» que el Verbo es el intérprete de la voluntad del Padre, y con el título de «Autoexistente» la cercanía de la relación que subsiste entre el Hijo y el Padre. Y si aduce también a Isaías por llamarlo «el Ángel del gran consejo,» ni aun así derribará nuestro argumento. Pues allí, en términos claros e incontrovertibles, se indica por la profecía la dispensación de su Humanidad; pues «un niño», dice, «nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y el principado estará sobre su hombro, y su nombre es llamado Ángel del gran consejo.» Y es con miras a esto, supongo, que David describe el establecimiento de su reino, no como si Él no fuera Rey, sino en la idea de que la humillación a la condición de siervo a la que el Señor se sometió por vía de dispensación fue asumida y absorbida en la majestad de su Reino. Pues dice, «Yo fui establecido Rey por Él sobre su santo monte de Sión, declarando el decreto del Señor.» Por consiguiente, Aquel que por sí mismo revela la bondad del Padre es llamado «Ángel» y «Verbo,» «Sello» y «Imagen,» y todos los títulos semejantes con la misma intención. Pues así como el «Ángel» (o «Mensajero») da información de alguien, así el Verbo revela el pensamiento interior, el Sello muestra con su propia impronta el molde original, y la Imagen por sí misma interpreta la belleza de aquello de lo cual es imagen, de modo que en su significación todos estos términos son equivalentes entre sí. Por esta razón el título «Ángel» se coloca antes que el de «Autoexistente,» siendo el Hijo llamado «Ángel» como exponente de la voluntad de su Padre, y el «Existente» por no tener nombre alguno que pudiera dar conocimiento de su esencia, sino por trascender todo el poder de los nombres para expresarla. Por lo cual también se testifica por el escrito del Apóstol que su nombre es «sobre todo nombre [],» no como si fuera un nombre preferido sobre todos los demás, aunque aún comparable con ellos, sino más bien en el sentido de que Aquel que verdaderamente es está sobre todo nombre.

    4. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas

    Pero el resto, en atención a quienes las consideran de mucha fuerza, lo resume brevemente, y refuta la blasfemia de Eunomio, quien dice del Señor también que Él es lo que los animales y las plantas son en toda la creación, no existentes antes de su propia generación; y así con la producción de las ranas; ¡ay de la blasfemia!

    XI, 4

    Pero debo apresurarme, pues veo que mi tratado se ha extendido ya más allá de los límites, y temo que se me tenga por charlatán y desordenado en el hablar, si prolongo mi respuesta en exceso, aunque he pasado por alto intencionadamente muchas partes del tratado de mi adversario, para que mi argumento no se hilase hasta muchas miríadas de palabras. Pues para los más estudiosos, incluso la falta de concisión da ocasión de menosprecio; mas en cuanto a aquellos cuya mente no mira a lo útil, sino al capricho de los ociosos y no serios, su deseo y oración es recorrer la mayor parte del camino en pocos pasos. ¿Qué debemos hacer, pues, cuando la profanidad de Eunomio nos arrastra? ¿Hemos de seguir cada uno de sus giros? ¿O es acaso superfluo y meramente charlatán gastar nuestras energías una y otra vez en encuentros semejantes? Pues todo el argumento que sigue está de acuerdo con lo que ya hemos investigado, y no presenta ningún punto nuevo además de lo que ha precedido. Si, pues, hemos logrado derribar por completo sus afirmaciones anteriores, las restantes caen junto con ellas. Pero en caso de que los contenciosos y obstinados piensen que la parte más fuerte de su causa está en lo que he omitido, por esta razón tal vez sea necesario tocar brevemente lo que queda.
    Dice que el Señor no existía antes de su propia generación — él, que no puede probar que Él estuviera en nada separado del Padre. Y esto lo dice, no citando Escritura alguna como garantía de su afirmación, sino manteniendo su proposición con argumentos propios. Pero esta característica se ha mostrado común a todas las partes de la creación. Ni una rana, ni un gusano, ni un escarabajo, ni una brizna de hierba, ni ninguno de los objetos más insignificantes, existía antes de su propia formación: de modo que lo que con ayuda de su destreza dialéctica intenta con gran trabajo y esfuerzo establecer que es el caso del Hijo, ha sido reconocido previamente como verdadero de cualesquiera porciones casuales de la creación, y el poderoso esfuerzo de nuestro autor es mostrar que el Dios Unigénito, por participación de atributos, está al nivel de las más bajas de las cosas creadas. Por consiguiente, el hecho de la coincidencia de sus opiniones acerca del Dios Unigénito, y su opinión sobre el modo en que las ranas llegan a ser, es indicación suficiente de su perversidad doctrinal. Después urge que no ser antes de su generación, equivale de hecho y en significado a no ser ingenerado. Una vez más el mismo argumento me vendrá a la mano para tratar esto también — que un hombre no estaría equivocado al decir lo mismo de un perro, o una pulga, o una serpiente, o cualquiera que se quiera de las criaturas más mezquinas, puesto que para un perro no existir antes de su generación equivale de hecho y en significado a no ser ingenerado. Pero si, de acuerdo con la definición que tantas veces han establecido, todas las cosas que comparten atributos comparten también naturaleza, y si es un atributo del perro, y de las demás por separado, no existir antes de la generación, lo que Eunomio considera adecuado mantener también del Hijo, el lector verá por sí mismo, mediante proceso lógico, la conclusión de esta demostración.
    5. Eunomio habla de nuevo del Hijo como Señor y Dios, y Hacedor de toda la creación inteligible y sensible, habiendo recibido del Padre el poder y el encargo para la creación, siéndole confiada la tarea de crear como si fuera un artesano comisionado por alguien que lo contrata, y recibiendo su poder de creación como cosa adventicia, ab extra, como resultado del poder que le ha sido asignado de acuerdo con tales y cuales combinaciones y posiciones de los astros, como el destino decreta la suerte en la vida a los hombres en su nacimiento. Así, pasando por alto la mayor parte de lo que Eunomio había escrito, refuta su blasfemia de que el Hacedor de todas las cosas vino a ser de manera semejante a la tierra y a los ángeles, y que la subsistencia del Unigénito no difiere en nada de la génesis de todas las cosas, y le reprocha no reverenciar ni el misterio divino ni la costumbre de la Iglesia, ni seguir en su intento de descubrir la piedad a maestro alguno de doctrina piadosa, sino a Maniqueo, Coluto, Arrio, Aecio, y a los semejantes a ellos, suponiendo que el cristianismo en general es locura, y que las costumbres de la Iglesia y los venerables sacramentos son una burla, en lo cual no difiere en nada de los paganos, que tomaron prestada de nuestra doctrina la idea de un gran Dios supremo sobre todo. Así también este nuevo idólatra predica del mismo modo, y en particular que el bautismo es «en un artífice y creador,» no temiendo la maldición de los que causan adición o disminución a las Sagradas Escrituras. Y cierra su libro mostrándolo como Anticristo.
    Después, sin embargo, da a su discurso un giro más moderado, imprimiéndole incluso un toque de dulzura, y, aunque poco antes había separado al Hijo del título de Existente, ahora dice: «Afirmamos que el Hijo no sólo es existente, y por encima de todas las cosas existentes, sino que también lo llamamos Señor y Dios, Hacedor de todo ser, sensible e inteligible.» ¿Qué supone él que es este «ser»? ¿Creado? ¿O increado? Pues si confiesa que Jesús es Señor, Dios, y Hacedor de todo ser inteligible, se sigue necesariamente, si dice que es increado, que habla falsamente, atribuyendo al Hijo la creación de la Naturaleza increada. Pero si cree que es creado, lo hace su propio Hacedor. Pues si el acto de la creación no se separa de la naturaleza inteligible en favor de Aquel que es independiente e increado, ya no quedará marca alguna de distinción, pues la creación sensible y el ser inteligible serán pensados bajo un solo encabezado. Pero aquí introduce la afirmación de que «en la creación de las cosas existentes ha sido encargado por el Padre de la construcción de todas las cosas visibles e invisibles, y del cuidado providencial sobre todo lo que llega a ser, en cuanto que el poder que le ha sido asignado desde arriba es suficiente para la producción de aquellas cosas que han sido construidas.» La gran extensión a la que ha llegado nuestro tratado nos obliga a pasar por alto estas afirmaciones brevemente: mas, en cierto sentido, la profanidad rodea el argumento, conteniendo un vasto enjambre de nociones como avispas venenosas. «Fue encargado,» dice, «de la construcción de las cosas por el Padre.» Pero si hubiera estado hablando de algún artesano que ejecuta su obra al gusto de su empleador, ¿no habría usado el mismo lenguaje? Pues no estaríamos equivocados al decir exactamente lo mismo de Bezaleel, que encargado por Moisés de la construcción del tabernáculo, vino a ser el constructor de aquellas cosas allí mencionadas, y no habría emprendido la obra si no hubiera adquirido previamente su conocimiento por inspiración divina, y no se hubiera aventurado a la empresa al confiarle Moisés su ejecución. Por consiguiente, el término «encargado» sugiere que su oficio y poder en la creación le vinieron como algo adventicio, en el sentido de que antes de ser encargado de aquella comisión no tenía ni la voluntad ni el poder de actuar, pero cuando recibió autoridad para ejecutar las obras, y poder suficiente para las obras, entonces vino a ser el artífice de las cosas que son, siendo el poder que le fue asignado desde lo alto, como dice Eunomio, suficiente para el propósito. ¿Acaso coloca él incluso la generación del Hijo, por algún malabarismo astrológico, bajo algún destino, tal como los que practican este vano engaño afirman que la asignación de su suerte en la vida viene a los hombres en el momento de su nacimiento, por tales y cuales conjunciones u oposiciones de los astros, mientras la rotación de arriba avanza en una especie de tren ordenado, asignando a los que van naciendo sus facultades especiales? Bien puede ser que algo de este tipo esté en la mente de nuestro sabio, y dice que a Aquel que está sobre todo principado, y autoridad, y dominio, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino también en el venidero, le ha sido asignado, como si estuviera encerrado en algunos espacios huecos, poder desde lo alto, medido de acuerdo con la cantidad de las cosas que llegan a ser. Pasaremos por alto esta parte de su tratado también sumariamente, dejando caer, desde un ligero comienzo de investigación, para los lectores más inteligentes, semillas que les permitan discernir su profanidad. Además, en lo que sigue, hay escrita una especie de apología para nosotros mismos. Pues ya no se puede pensar que estamos perdiendo la intención de su discurso, y malinterpretando sus palabras para hacerlas objeto de crítica, cuando su propia voz reconoce la absurdidad de su doctrina. Sus palabras son como sigue:— «¿Qué? ¿No vinieron a ser la tierra y el ángel, cuando antes no eran?» ¡Ved cómo nuestro sublime teólogo no se avergüenza de aplicar la misma descripción a la tierra y a los ángeles y al Hacedor de todo! Seguramente si piensa adecuado predicar lo mismo de la tierra y de su Señor, debe o hacer un dios de la una, o degradar al otro al nivel de ella.
    Luego añade a esto algo por lo cual su profanidad queda aún más completamente despojada de todo disfraz, de modo que su absurdidad es obvia incluso para un niño. Pues dice: «Sería tarea larga detallar todos los modos de generación de los objetos inteligibles, o las esencias que no poseen todas la naturaleza del Existente en común, sino que muestran variaciones según las operaciones de Aquel que las construyó.» Sin palabras nuestras, la blasfemia contra el Hijo aquí contenida es patente y conspicua, cuando reconoce que lo que se predica de todo modo de generación y esencia en nada difiere de la descripción de la subsistencia divina del Unigénito. Pero me parece mejor pasar por alto los pasajes intermedios en los que busca mantener su profanidad, y apresurarme a la cabeza y frente de la acusación que hemos de presentar contra sus doctrinas. Pues se hallará que exhibe el sacramento de la regeneración como cosa vana, la oblación mística como inútil, y la participación en ellos como sin ventaja para quienes participan de ellos. Pues después de aquellos elevados eones en los que, para menosprecio de nuestra doctrina, nombra como sus partidarios a un Valentín, un Cerinto, un Basílides, un Montano y un Marción, y después de sentar que quienes afirman que la naturaleza divina es incognoscible, y el modo de su generación incognoscible, no tienen derecho ni título alguno al nombre de cristianos, y después de contarnos entre aquellos a quienes así menosprecia, procede a desarrollar su propia opinión en estos términos:— «Pero nosotros, de acuerdo con hombres santos y bienaventurados, afirmamos que el misterio de piedad no consiste en nombres venerables, ni en el carácter distintivo de costumbres y signos sacramentales, sino en la exactitud de la doctrina.» Que cuando escribió esto, no lo hizo bajo la guía de evangelistas, apóstoles, ni de ninguno de los autores del Antiguo Testamento, es claro para todo el que tenga alguna familiaridad con la sagrada y divina Escritura. Naturalmente nos veríamos llevados a suponer que por «hombres santos y bienaventurados» se refería a Maniqueo, Nicolás, Coluto, Aecio, Arrio, y el resto de la misma banda, con quienes está en estricto acuerdo al sentar este principio, de que ni la confesión de los nombres sagrados, ni las costumbres de la Iglesia, ni sus signos sacramentales, son una ratificación de la piedad. Pero nosotros, habiendo aprendido de la santa voz de Cristo que «si un hombre no nace de nuevo del agua y del Espíritu no entrará en el reino de Dios» y que «el que come mi carne y bebe mi sangre, vivirá para siempre,» estamos persuadidos de que el misterio de piedad se ratifica por la confesión de los Nombres divinos — los Nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y que nuestra salvación se confirma mediante la participación en las costumbres y signos sacramentales. Pero las doctrinas a menudo han sido investigadas cuidadosamente por quienes no tienen parte ni suerte en ese misterio, y se puede oír a muchos de ellos presentar la fe que sostenemos como tema para sí en la rivalidad del debate, y algunos de ellos a menudo incluso logran acertar con la verdad, y no por eso están menos alejados de la fe. Puesto que, pues, desprecia los Nombres venerables, por los cuales el poder del nacimiento más divino distribuye la gracia a quienes vienen a él con fe, y menosprecia la comunión de las costumbres y signos sacramentales de donde la profesión cristiana saca su vigor, pronunciemos, con una leve variación, a quienes escuchan su engaño la palabra del profeta:— «¿Hasta cuándo seréis tardos de corazón? ¿Por qué amáis la destrucción y buscáis la mentira?» ¿Cómo es que no veis al perseguidor de la fe invitando a quienes consienten con él a violar su profesión cristiana? Pues si la confesión de los Nombres venerados y preciosos de la Santa Trinidad es inútil, y las costumbres de la Iglesia sin provecho, y si entre estas costumbres están la señal de la cruz, la oración, el bautismo, la confesión de los pecados, un celo pronto por guardar el mandamiento, el recto orden del carácter, la sobriedad de vida, la consideración a la justicia, el esfuerzo por no dejarse excitar por la pasión, ni esclavizar por el placer, ni quedarse corto en la excelencia moral — si dice que ninguno de tales hábitos se cultiva para buen propósito, y que los signos sacramentales no aseguran, como hemos creído, las bendiciones espirituales, ni apartan de los creyentes los asaltos dirigidos contra ellos por las artimañas del maligno, ¿qué otra cosa hace sino proclamar abiertamente en voz alta a los hombres que considera el misterio que los cristianos acarician una fábula, se ríe de la majestad de los Nombres divinos, considera las costumbres de la Iglesia una burla, y todas las operaciones sacramentales charla vana y locura? ¿Qué más que esto presentan quienes permanecen apegados al paganismo para menospreciar nuestro credo? ¿No hacen también ellos de la majestad de los Nombres sagrados, en los que se ratifica la fe, ocasión de risa? ¿No se burlan de los signos sacramentales y de las costumbres que observan los iniciados? ¿Y de quién es tan peculiar distintivo como de los paganos el pensar que la piedad debe consistir sólo en doctrinas? Pues también ellos dicen que según su opinión, hay algo más persuasivo que el Evangelio que predicamos, y algunos de ellos sostienen que hay un gran Dios preeminente por encima de los demás, y reconocen algunos poderes subordinados, que difieren entre sí en cuanto a superioridad o inferioridad, en algún orden y secuencia regulares, pero todos igualmente sujetos al Supremo. Esto, entonces, es lo que predican los maestros de la nueva idolatría, y quienes los siguen no temen la condenación que permanece sobre los transgresores, como si no entendieran que hacer en realidad algo impropio es mucho más grave que errar sólo de palabra. Ellos, pues, que de hecho niegan la fe, y menosprecian la confesión de los Nombres sagrados, y juzgan que la santificación efectuada por los signos sacramentales no tiene valor, y han sido persuadidos de prestar atención a fábulas astutamente ideadas, y de imaginar que su salvación consiste en sutilezas sobre lo engendrado y lo ingenerado, ¿qué otra cosa son sino transgresores de las doctrinas de la salvación?
    Pero si alguno piensa que estos cargos se les imputan por nosotros de manera poco generosa e injusta, considere por sí mismo los escritos de nuestro autor, tanto lo que hemos alegado anteriormente, como lo que se infiere en conexión lógica con nuestras citas. Pues en contravención directa de la ley del Señor — (pues la entrega a nosotros de los medios de iniciación constituye una ley)—, dice que el bautismo no es en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como Cristo mandó a sus discípulos cuando les entregó el misterio, sino en un artífice y creador, y «no sólo Padre,» dice, «del Unigénito, sino también su Dios.» ¡Ay de aquel que da a beber a su prójimo turbia maldad! ¡Cómo perturba y ensucia la verdad arrojando su barro sobre ella! ¿Cómo es que no teme la maldición que recae sobre quienes añaden algo a la divina expresión, o se atreven a quitar algo? Leamos la declaración del Señor en sus mismas palabras: «Id,» dice, «enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» ¿Dónde llamó criatura al Hijo? ¿Dónde enseñó el Verbo que el Padre es creador y artífice del Unigénito? ¿Dónde en las palabras citadas se enseña que el Hijo es siervo de Dios? ¿Dónde en la entrega del misterio se proclama al Dios del Hijo? ¿No percibís y entendéis, vosotros que sois arrastrados por engaño a la perdición, qué clase de guía habéis puesto al cargo de vuestras almas — uno que interpola las Sagradas Escrituras, que mutila las divinas expresiones, que con su propio barro ensucia la pureza de las doctrinas de piedad, que no sólo arma su propia lengua contra nosotros, sino que también intenta manipular las sagradas voces de la verdad, que está ansioso por investir su propia perversión con más autoridad que la enseñanza del Señor? ¿No percibís que se revuelve contra el Nombre ante el cual todos deben doblarse, de modo que con el tiempo el Nombre del Señor no se oiga más, y en lugar de Cristo sea Eunomio introducido en las Iglesias? ¿No consideráis aún que esta predicación de impiedad ha sido puesta en marcha por el diablo como ensayo, preparación y preludio de la venida del Anticristo? Pues el que ambiciona mostrar que sus propias palabras son más autoritativas que las de Cristo, y de transformar la fe de los Nombres divinos y las costumbres y signos sacramentales a su propio engaño, ¿qué otra cosa, digo, podría llamársele propiamente, sino Anticristo?
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