15. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
y otras confiesa, por las operaciones que se le atribuyen, que es Dios, y así concluye el libro.
II, 15
Prosigue añadiendo: «Ni en el mismo nivel que el Padre, ni connumerado con el Padre (pues Dios sobre todo es uno y único Padre), ni en igualdad con el Hijo, pues el Hijo es unigénito, no teniendo a nadie engendrado con Él.» Pues bien, por mi parte, si él hubiera añadido a su anterior afirmación tan sólo la observación de que el Espíritu Santo no es el Padre del Hijo, aun entonces habría considerado ocioso que se detuviera en lo que nadie jamás puso en duda, y que prohibiera a la gente formarse nociones de Él que ni siquiera el más necio albergaría. Pero puesto que se esfuerza en establecer su impiedad mediante afirmaciones irrelevantes e inconexas, imaginando que, al negar que el Espíritu Santo sea el Padre del Unigénito, demuestra que Él está sujeto y subordinado, por eso he mencionado estas palabras, como prueba de la necedad del hombre que se imagina que está demostrando que el Espíritu está sujeto al Padre basándose en que el Espíritu no es Padre del Unigénito. Pues ¿qué obliga a concluir que, si Él no es Padre, debe estar sujeto? Si se hubiera demostrado que «Padre» y «déspota» eran términos de idéntico significado, sin duda se seguiría que, al formar parte la soberanía absoluta del concepto del Padre, deberíamos afirmar que el Espíritu está sujeto a Aquel que le supera en autoridad. Pero si por «Padre» se implica meramente su relación con el Hijo, y no entraña el uso de la palabra ningún concepto de soberanía o autoridad absoluta, ¿cómo se sigue, del hecho de que el Espíritu no es el Padre del Hijo, que el Espíritu está sujeto al Padre? «Ni en igualdad con el Hijo», dice. ¿Cómo se atreve a decir esto? Porque ser, y ser inmutable, y no admitir mal alguno, y permanecer inalterable en el bien, todo esto no muestra variación en el caso del Hijo y del Espíritu. Pues la naturaleza incorruptible del Espíritu está tan alejada de la corrupción como la del Hijo, y en el Espíritu, al igual que en el Hijo, su bondad esencial está absolutamente apartada de su contrario, y en ambos por igual su perfección en todo bien no necesita adición alguna.
Ahora bien, la Escritura inspirada nos enseña a afirmar todos estos atributos del Espíritu, cuando predica del Espíritu los términos «bueno», «sabio», «incorruptible», «inmortal», y todas las concepciones y nombres excelsos que se aplican propiamente a la Divinidad. Si, pues, Él no es inferior en ninguno de estos respectos, ¿por qué medios determina Eunomio la desigualdad del Hijo y del Espíritu? «Pues el Hijo es», nos dice, «Unigénito, sin tener hermano engendrado con Él.» Bien, el punto de que no hemos de entender que el «Unigénito» tenga hermanos, ya lo hemos discutido en nuestros comentarios sobre la frase «primogénito de toda la creación». Pero no debemos dejar sin examinar el sentido que Eunomio ahora atribuye injustamente al término. Pues mientras la doctrina de la Iglesia declara que en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hay una sola potencia, bondad, esencia, gloria y cosas semejantes, salva la diferencia de las Personas, este hombre, cuando quiere hacer común a la creación la esencia del Unigénito, lo llama «primogénito de toda la creación» en razón de su existencia anterior al tiempo, declarando con este modo de expresión que todos los objetos concebibles de la creación están en hermandad con el Señor; pues ciertamente el primogénito no es primogénito de los engendrados de otra manera, sino de los engendrados como Él. Pero cuando se empeña en separar al Espíritu de la unión con el Hijo, lo llama «Unigénito, no teniendo ningún hermano engendrado con Él», no con el objeto de concebirlo sin hermanos, sino para, mediante esta afirmación, establecer respecto del Espíritu su alienación esencial del Hijo. Es verdad que aprendemos de la Sagrada Escritura a no hablar del Espíritu Santo como hermano del Hijo; pero que no hayamos de decir que el Espíritu Santo es homogéneo con el Hijo, no se muestra en ninguna parte de las divinas Escrituras. Pues si reside en el Padre y en el Hijo un poder vivificador, se atribuye también al Espíritu Santo, según las palabras del Evangelio. Si se puede discernir por igual en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo las propiedades de ser incorruptible, inmutable, de no admitir mal alguno, de ser bueno, recto, guía, de obrar todo en todos como quiere, y todos los atributos semejantes, ¿cómo es posible, por la identidad en estos respectos, inferir diferencia de especie? Por consiguiente, la palabra de la piedad conviene en afirmar que no debemos considerar ningún tipo de hermandad como propio del Unigénito; pero decir que el Espíritu no es homogéneo con el Hijo, el recto con el recto, el bueno con el bueno, el vivificador con el vivificador, ha quedado claramente demostrado por inferencia lógica que es una bellaquería herética.
¿Por qué, pues, se ve menoscabada la majestad del Espíritu por argumentos como éstos? Porque no hay nada que pueda ser causa de producir en él desviación por exceso o defecto respecto de las concepciones que convienen a la Divinidad, ni, puesto que todas estas cosas son predicadas igualmente por la Sagrada Escritura del Hijo y del Espíritu Santo, puede él informarnos en qué discierne que exista la desigualdad. Pero lanza su blasfemia contra el Espíritu Santo en su forma desnuda, mal preparada y sin apoyo en argumento consecutivo alguno. «Ni tampoco clasificado», dice, «con ningún otro: pues Él ha superado a todas las criaturas que vinieron a la existencia por la instrumentalidad del Hijo en modo de ser, naturaleza, gloria y conocimiento, como la primera y más noble obra del Unigénito, la mayor y más gloriosa.» Dejaré, sin embargo, a otros la tarea de ridiculizar el mal gusto y la verborrea de su estilo, pensando, como pienso, que es indecoroso para las canas de la edad, al tratar el argumento que nos ocupa, hacer de la vulgaridad de expresión una objeción contra quien es culpable de impiedad. Sólo añadiré a mi investigación esta observación. Si el Espíritu ha «superado» todas las creaciones del Hijo (pues usaré su propia frase agramatical y sin sentido, o, más bien, para que las cosas resulten más claras, presentaré su idea en mi propio lenguaje), si trasciende todas las cosas hechas por el Hijo, el Espíritu Santo no puede ser clasificado con el resto de la creación; y si, como dice Eunomio, las supera en virtud de la prioridad del nacimiento, debe necesariamente confesar, en el caso del resto de la creación, que los objetos que son primeros en el orden de la producción son más estimables que los que vienen después. Ahora bien, la creación de los animales irracionales fue anterior a la del hombre. Por consiguiente, declarará sin duda que la naturaleza irracional es más honorable que la existencia racional. Así también, según el argumento de Eunomio, Caín resultará superior a Abel, porque fue anterior a él en el tiempo del nacimiento, y así las estrellas se mostrarán inferiores y de menor excelencia que todas las cosas que crecen de la tierra; pues estas últimas brotaron de la tierra el tercer día, y todas las estrellas se registra por Moisés que fueron creadas el cuarto. Pero ciertamente nadie es tan simple como para inferir que la hierba de la tierra es más estimable que las maravillas del cielo, basándose en su prioridad en el tiempo, o para otorgar el premio a Caín sobre Abel, o para colocar por debajo de los animales irracionales al hombre que vino a la existencia después que ellos. Así que no hay sentido en la afirmación de nuestro autor de que la naturaleza del Espíritu Santo es superior a la de las criaturas que vinieron a la existencia posteriormente, basándose en que Él vino a la existencia antes que ellas. Y ahora veamos qué está dispuesto a conceder a la gloria del Espíritu aquel que lo separa de la comunión con el Hijo: «Pues él también», dice, «siendo uno, y primero y solo, y superando a todas las creaciones del Hijo en esencia y dignidad de naturaleza, realizando toda operación y toda enseñanza según el beneplácito del Hijo, siendo enviado por Él, y recibiendo de Él, y declarando a los instruidos, y guiando a la verdad.» Habla del Espíritu Santo como «realizando toda operación y toda enseñanza.» ¿Qué operación? ¿Quiere decir la que ejecutan el Padre y el Hijo, según la palabra del Señor mismo que «hasta ahora obra» la salvación del hombre, o quiere decir alguna otra? Pues si su obra es la que se nombra, tiene ciertamente el mismo poder y naturaleza que Aquel que la obra, y en tal caso no puede tener lugar diferencia de especie respecto de la Deidad. Pues así como, si algo realizara las funciones del fuego, brillando y calentando exactamente de la misma manera, es ciertamente fuego, así, si el Espíritu hace las obras del Padre, debe ciertamente ser reconocido como de la misma naturaleza que Él. Si, por el contrario, obra algo distinto de nuestra salvación, y manifiesta su operación en dirección contraria, por ello quedará demostrado que es de distinta naturaleza y esencia. Pero la propia afirmación de Eunomio da testimonio de que el Espíritu vivifica de manera semejante al Padre y al Hijo. Por consiguiente, de la identidad de operaciones resulta ciertamente que el Espíritu no es ajeno a la naturaleza del Padre y del Hijo. Y a la afirmación de que el Espíritu realiza la operación y la enseñanza del Padre según el beneplácito del Hijo asentimos. Pues la comunidad de naturaleza nos da garantía de que la voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, y así, si el Espíritu Santo quiere lo que parece bueno al Hijo, la comunidad de voluntad apunta claramente a la unidad de esencia. Pero prosigue: «siendo enviado por Él, y recibiendo de Él, y declarando a los instruidos, y guiando a la verdad.» Si no hubiera dicho antes lo que ha dicho acerca del Espíritu, el lector habría supuesto ciertamente que estas palabras se aplicaban a algún maestro humano. Pues recibir una misión es lo mismo que ser enviado, y no tener nada propio, sino recibir del favor gratuito de quien da la misión, y ministrar sus palabras a los que están bajo instrucción, y ser guía a la verdad para los que yerran. Todas estas cosas, que Eunomio tiene a bien conceder al Espíritu Santo, pertenecen a los actuales pastores y maestros de la Iglesia: ser enviados, recibir, anunciar, enseñar, sugerir la verdad. Ahora bien, como había dicho antes «Él es uno, y primero, y solo, y superando a todos», si se hubiera detenido ahí, habría aparecido como defensor de las doctrinas de la verdad. Pues Aquel que es contemplado indivisiblemente en el Uno es verdaderamente Uno, y primero Aquel que está en el Primero, y solo Aquel que está en el Único. Porque así como el espíritu del hombre que está en él, y el hombre mismo, no son más que un solo hombre, así también el Espíritu de Dios que está en Él, y Dios mismo, se llamaría propiamente un solo Dios, y Primero y Único, siendo incapaz de separación de Aquel en quien está. Pero tal como están las cosas, con su añadido de su frase profana, «superando a todas las criaturas del Hijo», produce una confusión turbia al asignar a Aquel que «sopla donde quiere», y «obra todas las cosas en todos []», una mera superioridad en comparación con el resto de las cosas creadas.
Veamos ahora además lo que añade a esto: «santificando a los santos.» Si alguien dice esto también del Padre y del Hijo, hablará con verdad. Pues a aquellos en quienes mora el Santo, los hace santos, así como el Bueno hace buenos a los hombres. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son santos y buenos, como se ha mostrado. «Actuando como guía de los que se acercan al misterio.» Esto bien puede decirse de Apolo, que regó lo que Pablo plantó. Pues el Apóstol planta con su guía, y Apolo, cuando bautiza, riega con la regeneración sacramental, trayendo al misterio a los que fueron instruidos por Pablo. Así, coloca en el mismo nivel que Apolo a aquel Espíritu que perfecciona a los hombres mediante el bautismo. «Distribuyendo todo don.» Con esto también nosotros estamos de acuerdo; pues todo lo bueno es una porción de los dones del Espíritu Santo. «Cooperando con los fieles para la comprensión y contemplación de las cosas dispuestas.» Como no añade por quién están dispuestas, deja su sentido dudoso, sea correcto o lo contrario. Pero nosotros, con una ligera adición, completaremos su afirmación de modo que resulte coherente con la piedad. Pues ya sea palabra de sabiduría, palabra de conocimiento, fe, ayuda, gobierno o cualquier otra cosa que se enumere en las listas de dones salvadores, «todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como quiere []», por tanto, no rechazamos la afirmación de Eunomio cuando dice que el Espíritu «coopera con los fieles para la comprensión y contemplación de las cosas dispuestas» por Él, porque por Él nos son dispuestas todas las buenas enseñanzas. «Haciendo de acompañamiento a los que oran.» Sería necio examinar seriamente el significado de esta expresión, cuyo carácter ridículo y sin sentido es manifiesto a todos de inmediato. Pues ¿quién está tan demente y fuera de sí como para esperar que le digamos que el Espíritu Santo no es una campana ni una cuba vacía que hace de acompañamiento y es hecha sonar por la voz del que ora como por un golpe? «Conduciéndonos a lo que nos conviene.» Esto también lo hacen el Padre y el Hijo, pues «conduce a José como a una oveja», y «condujo a su pueblo como ovejas», y «el buen Espíritu nos conduce por una tierra de rectitud.» «Fortaleciéndonos para la piedad.» Fortalecer al hombre para la piedad, dice David, es obra de Dios; «porque Tú eres mi fortaleza y mi refugio», dice el salmista, y «el Señor es la fortaleza de su pueblo», y «Él dará fortaleza y poder a su pueblo.» Si, pues, las expresiones de Eunomio se entienden conforme a la mente del salmista, son un testimonio de la divinidad del Espíritu Santo; pero si se oponen a la palabra de la profecía, entonces por este mismo hecho recae sobre Eunomio una acusación de blasfemia, porque erige sus propias opiniones en oposición a los santos profetas. Luego dice: «Iluminando las almas con la luz del conocimiento.» Esta gracia también la doctrina de la piedad la atribuye por igual al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pues es llamado luz por David, y de allí la luz del conocimiento brilla en los que son iluminados. De igual manera, también la purificación de nuestros pensamientos de la que habla la afirmación es propia del poder del Señor. Porque fue «el resplandor de la gloria del Padre y la imagen expresa de su persona» quien «purificó nuestros pecados [].» De nuevo, expulsar demonios, lo que Eunomio dice que es propiedad del Espíritu, esto también el Dios unigénito, que dijo al demonio: «te lo mando», lo atribuye al poder del Espíritu, cuando dice: «Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios []», de modo que la expulsión de demonios no es destructiva de la gloria del Espíritu, sino más bien una demostración de su poder divino y trascendente. «Sanando a los enfermos», dice, «curando a los débiles, consolando a los afligidos, levantando a los que tropiezan, restaurando a los angustiados.» Estas son palabras de quienes piensan con reverencia del Espíritu Santo, pues nadie atribuiría la operación de alguno de estos efectos a nadie excepto a Dios. Si, pues, la herejía afirma que aquellas cosas que sólo a Dios corresponde efectuar son obradas por el poder del Espíritu, tenemos en apoyo de las verdades por las que contendemos el testimonio incluso de nuestros adversarios. ¿Cómo busca el salmista su sanación de Dios, diciendo: «Ten misericordia de mí, oh Señor, porque estoy débil; oh Señor, sáname, porque mis huesos están conturbados!» Es a Dios a quien Isaías dice: «El rocío que procede de Ti es sanación para ellos.» De nuevo, el lenguaje profético atestigua que la conversión de los que yerran es obra de Dios. Porque «anduvieron extraviados por el desierto, por tierra sedienta», dice el salmista, y añade: «Así los condujo por el camino recto, para que fueran a la ciudad donde habitaban»; y «cuando el Señor hizo volver la cautividad de Sión.» De igual modo, también el consuelo de los afligidos se atribuye a Dios, hablando Pablo así: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos consuela en toda nuestra tribulación [].» De nuevo, el salmista dice, hablando en persona de Dios: «Me invocaste en la angustia y te libré.» Y el enderezar a los que tropiezan se atribuye innumerables veces por la Escritura al poder del Señor: «Me empujaste con violencia para que cayera, pero el Señor fue mi ayuda», y «Aunque caiga, no será derribado, porque el Señor lo sostiene con su mano», y «El Señor ayuda a los que han caído.» Y a la benignidad de Dios confesadamente pertenece la restauración de los angustiados, si Eunomio quiere decir lo mismo que aprendemos en la profecía, como dice la Escritura: «Pusiste angustia sobre nuestros lomos; dejaste que los hombres cabalgaran sobre nuestras cabezas; pasamos por fuego y por agua, y nos sacaste a un lugar de abundancia.»
Hasta aquí, pues, la majestad del Espíritu queda demostrada por el testimonio de nuestros adversarios; pero en lo que sigue, las límpidas aguas de la devoción se ven de nuevo manchadas por el lodo de la herejía. Pues dice del Espíritu que «anima a los que combaten»; y esta frase lo hace incurrir en la acusación de suma necedad e impiedad. Porque en el estadio algunos tienen la tarea de organizar las competiciones entre los que se proponen mostrar su vigor atlético; otros, que superan a los demás en fuerza y destreza, luchan por la victoria y se despojan para contender unos con otros, mientras los demás, tomando partido en sus buenos deseos por uno u otro de los competidores, según estén respectivamente inclinados o interesados en un atleta u otro, lo animan en el momento del combate, y le exhortan a guardarse de algún daño, o a recordar alguna treta de la lucha, o a mantenerse sin ser derribado con la ayuda de su arte. Advierte, por lo dicho, a cuán bajo rango degrada Eunomio al Espíritu Santo. Pues mientras en la pista hay algunos que organizan los certámenes, otros que deciden si el certamen se desarrolla conforme a la regla, otros que están efectivamente empeñados, y otros más que animan a los competidores, quienes se reconocen muy inferiores a los propios atletas, Eunomio considera al Espíritu Santo como uno de la multitud que mira, o como uno de los que asisten a los atletas, dado que Él ni determina el certamen ni otorga la victoria, ni contiende con el adversario, sino que meramente anima sin contribuir en absoluto a la victoria. Pues Él ni entra en la refriega, ni implanta el poder para contender, sino que meramente desea que el atleta en quien se interesa no salga segundo en la contienda. Y así Pablo lucha «contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra maldades espirituales en los lugares celestiales []», mientras el Espíritu de poder no fortalece a los combatientes ni les distribuye sus dones, «repartiendo a cada uno en particular como quiere []», sino que su influencia se limita a animar a los que están empeñados.
De nuevo dice: «Envalentonando a los pusilánimes.» Y aquí, aunque conforme a su propio método sigue su anterior blasfemia contra el Espíritu, la verdad, con todo, se manifiesta incluso a través de labios hostiles. Pues a nadie sino a Dios corresponde implantar valor en los temerosos, diciendo a los pusilánimes: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes []», como dice el salmista: «Aunque camine por el valle de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.» Es más, el Señor mismo dice a los temerosos: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo», y «¿Por qué estáis temerosos, hombres de poca fe []?» y «Tened ánimo, yo soy; no temáis», y de nuevo «Tened ánimo: yo he vencido al mundo.» Por consiguiente, aunque esto no haya sido la intención de Eunomio, la ortodoxia se impone incluso mediante la voz de un enemigo. Y la frase siguiente concuerda con la anterior: «Cuidando de todos, y mostrando toda solicitud y previsión.» Porque de hecho corresponde a Dios solo cuidar y tener pensamiento de todos, como lo ha expresado el poderoso David: «Soy pobre y necesitado, pero el Señor cuida de mí.» Y si lo que queda parece resolverse en palabras vacías, con sonido y sin sentido, nadie lo reproche, ya que en la mayor parte de lo que dice, en lo que atañe a cualquier sentido cuerdo, es débil e indocto. Pues qué significa en la tierra cuando dice «para la conducción progresiva de los mejor dispuestos y la custodia de los más fieles», ni él mismo ni quienes admiran neciamente sus locuras podrían decírnoslo.
diciendo a veces que el Hijo ha de ser llamado Unigénito en virtud de la generación natural, y que la Sagrada Escritura lo prueba desde el principio; otras veces, que por razón de haber sido creado no debe ser llamado Hijo, sino «producto», o «criatura».
III, 1
Si, cuando un hombre «lucha legítimamente [],» encuentra un límite a su combate en la contienda, bien porque su adversario rehúsa luchar y se retira de su propio impulso, cediendo la victoria a su vencedor, bien porque es derribado según las reglas de la lucha en tres caídas (con lo cual se otorga la gloria de la corona con todo el esplendor de la proclamación a aquel que ha resultado vencedor según el juicio del árbitro), entonces, puesto que Eunomio, aunque ya ha sido derribado dos veces en nuestros argumentos anteriores, no consiente que la verdad conserve las señales de su victoria sobre la falsedad, sino que por tercera vez levanta el polvo contra la doctrina piadosa en su acostumbrada arena de mentira con su escrito, fortaleciéndose para la lucha del lado del engaño, también nuestra exposición de la verdad debe ser ahora llamada para poner en fuga su falsedad, poniendo sus esperanzas en Aquel que es el Dador y el Juez de la victoria, y sacando al mismo tiempo fuerzas de la misma deslealtad de las artimañas de lucha de los adversarios. Pues no nos avergonzamos de confesar que no hemos preparado para nuestro certamen arma alguna de argumentación afilada por la retórica que podamos presentar en nuestra ayuda en la lucha contra los que se alinean contra nosotros, ni destreza o agudeza dialéctica, como la que ante jueces inexpertos hace recaer incluso sobre la verdad la sospecha de falsedad. Una sola fuerza tiene nuestro razonamiento contra la falsedad: primero el Verbo mismo, que es el poder de nuestra palabra, y en segundo lugar la podredumbre de los argumentos presentados contra nosotros, que es derribada y cae por su propio movimiento espontáneo. Ahora bien, para que quede lo más claro posible a todos los hombres que los propios esfuerzos de Eunomio sirven de medio para su propia ruina a quienes contienden con él, expondré a mis lectores su doctrina fantasma (pues así creo que puede llamarse la doctrina que está completamente fuera de la verdad), y os pediría a todos vosotros, que estáis presentes en nuestra lucha y observáis el encuentro que ahora se produce entre mi doctrina y la que se le opone, que seáis jueces justos de la legítima contienda de nuestros argumentos, para que por vuestro justo fallo el razonamiento de la piedad sea proclamado vencedor ante todo el teatro de la Iglesia, habiendo obtenido una victoria indiscutida sobre la impiedad, y siendo condecorado, en virtud de las tres caídas de su enemigo, con la corona inmarcesible de los que se salvan. Ahora bien, esta declaración se presenta contra la verdad a modo de prefacio de su tercer discurso, y esta es su forma:— «Preservando,» dice, «el orden natural, y ateniéndonos a lo que nos es conocido desde arriba, no rehusamos hablar del Hijo, puesto que es engendrado, incluso con el nombre de ‘producto de la generación’, ya que la esencia engendrada y la apelación de Hijo hacen apropiada tal relación de palabras.» Ruego al lector que preste atención cuidadosamente a este punto: que, mientras llama a Dios «engendrado» y «Hijo», refiere la razón de tales nombres al «orden natural», y llama como testigo de esta concepción al conocimiento poseído desde arriba; de modo que si en el curso de lo que sigue se hallara algo contrario a las posiciones que ha establecido, quede claro a todos que es derribado por sí mismo, refutado por sus propios argumentos antes de que presentemos los nuestros contra él. Y así consideremos su afirmación a la luz de sus propias palabras. Confiesa que el nombre de «Hijo» de ningún modo se aplicaría propiamente al Dios Unigénito si el «orden natural», como dice, no confirmara la apelación. Si, pues, se retirara el orden de la naturaleza de la consideración de la designación de «Hijo», su uso de este nombre, privado de su significado propio y natural, carecerá de sentido. Y además, el hecho de que diga que estas afirmaciones quedan confirmadas porque se atienen al conocimiento poseído desde arriba es un fuerte apoyo adicional a la visión ortodoxa en lo tocante a la designación de «Hijo», puesto que la enseñanza inspirada de las Escrituras, que nos viene de arriba, confirma nuestro argumento sobre estas materias. Si estas cosas son así, y esta es una norma de verdad que no admite engaño, que concurran estas dos — el «orden natural», como dice, y el testimonio del conocimiento dado desde arriba que confirma la interpretación natural —, es claro que afirmar algo contrario a ellas no es otra cosa que luchar manifiestamente contra la verdad misma. Oigamos de nuevo lo que este escritor, que hace de la naturaleza su instructora en la materia de este nombre, y dice que se atiene al conocimiento que nos ha sido dado desde arriba por la instrucción de los santos, expone por extenso un poco más adelante, después del pasaje que acabo de citar. Pues por ahora omitiré la recitación continua de lo que se pone a continuación en su tratado, para que la contradicción en lo que ha escrito no escape a la detección, velada por la lectura de la materia intermedia. «El mismo argumento,» dice, «se aplicará también al caso de lo hecho y lo creado, ya que tanto la interpretación natural como la mutua relación de las cosas, y también el uso de los santos, nos dan libre autoridad para emplear la fórmula: por lo cual no se equivocaría quien tratara lo hecho como correspondiente al hacedor, y lo creado al creador.» ¿De qué producto de la hechura o de la creación habla, como teniendo naturalmente la relación expresada en su nombre hacia su hacedor y creador? Si de los que contemplamos en la creación, visibles e invisibles (como Pablo cuenta, cuando dice que por Él fueron creadas todas las cosas, visibles e invisibles), de modo que esta conjunción relativa de nombres tiene una aplicación propia y especial, lo hecho siendo puesto en relación con el hacedor, lo creado con el creador —, si este es su significado, estamos de acuerdo con él. Pues, en efecto, puesto que el Señor es el Hacedor de los ángeles, el ángel es ciertamente algo hecho por Aquel que lo hizo; y puesto que el Señor es el Creador del mundo, claramente el mundo mismo y todo lo que hay en él son llamados criatura de Aquel que los creó. Sin embargo, si es con esta intención como hace su interpretación del «orden natural», sistematizando la apropiación de términos relativos con vistas a su mutua relación en el sentido verbal, aun así sería algo extraordinario, siendo que todo el mundo es consciente de ello, que abandonara su declaración doctrinal para extraernos un sistema de trivialidades gramaticales. Pero si es al Dios Unigénito a quien aplica tales frases, de modo que diga que Él es algo hecho por Aquel que lo hizo, una criatura de Aquel que lo creó, y refiere esta terminología al «uso de los santos», que ante todo nos muestre en su declaración qué santos dice que hay que declararon al Hacedor de todas las cosas producto y criatura, y a quiénes sigue en esta audacia de frase.
La Iglesia conoce como santos a aquellos cuyos corazones fueron divinamente guiados por el Espíritu Santo: patriarcas, legisladores, profetas, evangelistas, apóstoles. Si entre estos se halla alguno que declare en sus palabras inspiradas que el Dios sobre todo, que «sostiene todas las cosas con la palabra de su poder», y estrecha con su mano todas las cosas que existen, y por sí mismo llamó al universo al ser por el mero acto de su voluntad, es algo creado y un producto, quedará excusado, por seguir, como dice, el «uso de los santos» al proceder a formular tales doctrinas. Pero si el conocimiento de las Sagradas Escrituras está libremente al alcance de todos, y nada está prohibido ni oculto a ninguno de los que eligen participar en la instrucción divina, ¿cómo es que intenta extraviar a sus oyentes por su tergiversación de las Escrituras, refiriendo el término «criatura», aplicado al Unigénito, al «uso de los santos»? Pues que por Él fueron hechas todas las cosas, lo puedes oír casi de la totalidad de su santa expresión, desde Moisés y los profetas y los apóstoles que vienen después de él, cuyas expresiones particulares sería tedioso exponer aquí. Basta para nuestro propósito, junto con los demás, y por encima de los demás, el sublime Juan, donde en el prefacio de su discurso sobre la Divinidad del Unigénito proclama en voz alta el hecho de que no hay ninguna de las cosas que fueron hechas que no fuera hecha por medio de Él, hecho que es una prueba incontestable y positiva de que Él es Señor de la creación, no contado en la lista de las cosas creadas. Pues si todas las cosas que son hechas existen por ningún otro sino por Él (y Juan da testimonio de que nada entre las cosas que son, en toda la creación, fue hecho sin Él), ¿quién está tan cegado en el entendimiento como para no ver en la proclamación del Evangelista la verdad de que Aquel que hizo toda la creación es ciertamente algo distinto de la creación? Pues si todo lo que se cuenta entre las cosas que fueron hechas tiene su ser por medio de Él, mientras Él mismo es «en el principio», y es «con Dios», siendo Dios, y Verbo, y Vida, y Luz, e imagen expresa, y resplandor, y si ninguna de las cosas que fueron hechas en toda la creación es llamada por los mismos nombres — (ni Verbo, ni Dios, ni Vida, ni Luz, ni Verdad, ni imagen expresa, ni resplandor, ni ninguno de los otros nombres propios de la Deidad se halla empleado para la creación)—, entonces es claro que Aquel que es estas cosas es por naturaleza algo distinto de la creación, que ni es ni es llamada ninguna de estas cosas. Si, ciertamente, existiera en tales frases una identidad de nombres entre la creación y su Hacedor, quizá podría ser excusado por hacer el nombre de «creación» también común a lo creado y a Aquel que lo hizo, sobre la base de la comunidad de los otros nombres; pero si las características que se contemplan por medio de los nombres, en la naturaleza creada y en la increada, en ningún caso son reconciliables ni comunes a ambas, ¿cómo puede dejar de ser manifiesta a todos la tergiversación de aquel hombre, que se atreve a aplicar el nombre de servidumbre a Aquel que, como declara el Salmista, «gobierna con su poder para siempre», y a poner a Aquel que, como dice el Apóstol, «en todas las cosas tiene la preeminencia []», al nivel de la naturaleza servil, por medio del nombre y de la concepción de «creación»? Pues que toda la creación está en servidumbre lo declara el gran Pablo [] — él, que en las escuelas por encima de los cielos fue instruido en aquel conocimiento que no puede ser hablado, aprendiendo estas cosas en aquel lugar donde toda voz que transmite significado mediante expresión verbal está quieta, y donde la meditación no hablada se convierte en palabra de instrucción, enseñando al corazón purificado por medio de la iluminación silenciosa de los pensamientos aquellas verdades que trascienden el habla. Si, pues, por una parte Pablo proclama en voz alta «la creación está en servidumbre», y por otra el Dios Unigénito es verdaderamente Señor y Dios sobre todo, y Juan da testimonio del hecho de que toda la creación de las cosas que fueron hechas es por Él, ¿cómo puede alguien, que en cualquier sentido sea contado entre los cristianos, guardar silencio cuando ve a Eunomio, por su sistematización inconsistente e inconsecuente, degradando al humilde estado de la criatura, por medio de una identidad de nombre que tiende a la servidumbre, aquel poder de Señorío que sobrepasa todo principado y toda autoridad? Y si dice que tiene algunos santos que lo declararon esclavo, o creado, o hecho, o cualquiera de estos nombres humildes y serviles, he aquí las Escrituras. Que él, u otro en su nombre, nos produzca una tal frase, y guardaremos silencio. Pero si no hay tal frase (y jamás podría hallarse en aquellas Escrituras inspiradas que creemos pensamiento alguno que apoye esta impiedad), ¿qué necesidad hay de esforzarse más en puntos admitidos con uno que no solo tergiversa las palabras de los santos, sino que incluso contiende contra sus propias definiciones? Pues si el «orden de la naturaleza», como él mismo admite, da testimonio adicional al nombre del Hijo por razón de ser engendrado, y así la correspondencia del nombre es según la relación del Engendrado con el que lo Engendra, ¿cómo es que tuerce el significado de la palabra «Hijo» de su aplicación natural, y cambia la relación a «lo hecho y su hacedor» — una relación que se aplica no solo en el caso de los elementos del universo, sino que también podría afirmarse de un mosquito o una hormiga— de modo que, en la medida en que cada una de estas cosas es algo hecho, la relación de su nombre con su hacedor es similarmente equivalente? La naturaleza blasfema de su doctrina es clara, no solo por muchos otros pasajes, sino incluso por los citados; y en cuanto a ese «uso de los santos» que alega seguir en estas expresiones, es claro que no existe tal uso en absoluto.
2. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
III, 2
Quizá se nos pueda objetar aquel pasaje de los Proverbios que los campeones de la herejía suelen citar como testimonio de que el Señor fue creado: el pasaje «El Señor me creó en el principio de sus caminos, para sus obras.» Pues como estas palabras son dichas por la Sabiduría, y el Señor es llamado Sabiduría por el gran Pablo [], alegan este pasaje como si el Dios Unigénito mismo, bajo el nombre de Sabiduría, reconociera que fue creado por el Hacedor de todas las cosas. Sin embargo, me parece que el sentido piadoso de esta expresión es claro para personas moderadamente atentas y diligentes, de modo que, en el caso de los instruidos en los dichos oscuros de los Proverbios, no se hace daño alguno a la doctrina de la fe. No obstante, creo conveniente discutir brevemente lo que ha de decirse sobre este asunto, para que, una vez explicada más claramente la intención de este pasaje, la doctrina herética no tenga lugar para su audacia de palabra con el pretexto de que tiene evidencia en el escrito del autor inspirado. Es universalmente admitido que el nombre de «proverbio», en su uso escriturístico, no se aplica con respecto al sentido evidente, sino que se usa con vistas a algún significado oculto, como el Evangelio da el nombre de «proverbios» a dichos oscuros y enigmáticos; de modo que el «proverbio», si uno hubiera de exponer la interpretación del nombre mediante una definición, es una forma de discurso que, por medio de un conjunto de ideas inmediatamente presentadas, apunta a algo distinto que está oculto, o una forma de discurso que no señala directamente el objetivo del pensamiento, sino que da su instrucción por una significación indirecta. Ahora bien, a este libro se le atribuye especialmente tal nombre como título, y la fuerza de la apelación es interpretada de inmediato en el prefacio por el sabio Salomón. Pues no llama a los dichos de este libro «máximas», ni «consejos», ni «instrucción clara», sino «proverbios», y procede a añadir una explicación. ¿Cuál es la fuerza de la significación de esta palabra? «Conocer,» nos dice, «la sabiduría y la instrucción []»; no proponiéndonos el curso de la instrucción en la sabiduría según el método común en otras clases de aprendizaje; manda, por el contrario, primero hacerse sabio por entrenamiento previo, y luego recibir así la instrucción transmitida por el proverbio. Pues nos dice que hay «palabras de sabiduría» que revelan su objetivo «mediante un giro». Pues lo que no se entiende directamente necesita algún giro para la aprehensión de la cosa oculta; y como Pablo, cuando está a punto de cambiar el sentido literal de la historia por la contemplación figurada, dice que «cambiará su voz []», así aquí la manifestación del significado oculto es llamada por Salomón «giro del dicho», como si la belleza de los pensamientos no pudiera percibirse a menos que uno obtuviera una vista del brillo revelado del pensamiento volviendo el significado aparente del dicho, como sucede con el plumaje con que se adorna por detrás el pavo real. Pues en él, quien ve el dorso de su plumaje lo desprecia del todo por su falta de belleza y color, como un espectáculo vulgar; pero si uno lo volviera y le mostrara la otra vista, entonces ve la variada pintura de la naturaleza, el semicírculo que brilla en medio con su tinte de púrpura, y la niebla dorada alrededor del círculo, anillada y reluciente en su borde con sus múltiples tonos de arco iris. Puesto que, pues, no hay belleza en lo obvio del dicho (porque «toda la gloria de la hija del rey está dentro», brillando con su ornamento oculto en pensamientos de oro), Salomón por necesidad sugiere a los lectores de este libro «el giro del dicho», para que así puedan «entender una parábola y un dicho oscuro, palabras de los sabios y enigmas». Ahora bien, como esta enseñanza proverbial abarca estos elementos, un hombre razonable no recibirá ningún pasaje citado de este libro, por claro e inteligible que sea a primera vista, sin examen e inspección; pues ciertamente hay alguna contemplación mística subyacente incluso en aquellos pasajes que parecen manifiestos. Y si los pasajes obvios de la obra exigen necesariamente un escrutinio algo minucioso, ¿cuánto más lo exigen aquellos pasajes donde incluso la aprehensión inmediata nos presenta mucho que es oscuro y difícil?
Comencemos, pues, nuestro examen por el contexto del pasaje en cuestión, y veamos si la lectura de las cláusulas vecinas da algún sentido claro. El discurso describe a la Sabiduría proclamando ciertos dichos en su propia persona. Todo estudiante sabe lo que se dice en el pasaje donde la Sabiduría hace del consejo su morada, y llama a sí al conocimiento y a la inteligencia, y dice que tiene como posesión la fuerza y la prudencia (mientras ella misma es llamada inteligencia), y que anda por los caminos de la justicia y tiene su conversación en las sendas del juicio recto, y declara que por ella reinan los reyes, y los príncipes escriben el decreto de equidad, y los monarcas obtienen posesión de su propia tierra. Ahora bien, todos verán que el lector considerado no recibirá ninguna de las frases citadas sin escrutinio según el sentido obvio. Pues si por ella son elevados los reyes a su gobierno, y si de ella deriva su fuerza la monarquía, se sigue necesariamente que la Sabiduría se nos muestra como hacedora de reyes, y transfiere a sí misma la culpa de los que ejercen mal gobierno en sus reinos. Pero conocemos reyes que en verdad avanzan bajo la guía de la Sabiduría hacia el gobierno que no tiene fin: los pobres en espíritu, cuya posesión es el reino de los cielos, como promete el Señor, que es la Sabiduría del Evangelio; y tales reconocemos también como los príncipes que gobiernan sobre sus pasiones, que no son esclavizados por el dominio del pecado, que inscriben el decreto de equidad en su propia vida, como en una tablilla. Así también aquel loable despotismo que cambia, por la alianza de la Sabiduría, la democracia de las pasiones en la monarquía de la razón, reduce a servidumbre lo que corría desenfrenado hacia una libertad dañina, me refiero a todos los pensamientos carnales y terrenos: porque «la carne codicia contra el Espíritu []», y se rebela contra el gobierno del alma. De esta tierra, pues, tal monarca obtiene posesión, de la cual fue, según la primera creación, designado gobernante por el Verbo.
Visto, pues, que todos los hombres razonables admiten que estas expresiones deben leerse en un sentido como este, más bien que en el que aparece en las palabras a primera vista, es en consecuencia probable que la frase que discutimos, estando escrita en estrecha conexión con ellas, no sea recibida por los hombres prudentes en absoluto y sin examen. «Si os declaro,» dice, «las cosas que suceden día tras día, me acordaré de contar las cosas desde la eternidad: el Señor me creó.» ¿Qué, por favor, tiene que decir a esta frase el esclavo del texto literal, que se sienta escuchando atentamente el sonido de las sílabas, como los judíos? ¿No resuena extrañamente en los oídos de los que escuchan con atención la conjunción: «Si os declaro las cosas que suceden día tras día, el Señor me creó»? Como si, si no declarara las cosas que suceden día tras día, por consecuencia negaría absolutamente haber sido creada. Pues quien dice: «Si declaro, fui creada», os deja entender por su silencio: «No fui creada, si no declaro.» «El Señor me creó,» dice, «en el principio de sus caminos, para sus obras. Me estableció desde la eternidad, en el principio, antes de hacer la tierra, antes de hacer los abismos, antes de que brotaran las fuentes de las aguas, antes de que los montes fueran asentados, antes de todas las colinas, me engendra.» ¿Qué nuevo orden de formación de una criatura es este? Primero es creada, y después es establecida, y luego es engendrada. «El Señor hizo,» dice, «las tierras, aun las deshabitadas, y los extremos habitados de la tierra bajo el cielo.» ¿De qué Señor habla como hacedor de la tierra tanto deshabitada como habitada? De Aquel, ciertamente, que hizo a la sabiduría. Pues tanto el uno como el otro dicho son proferidos por la misma persona: tanto el que dice «el Señor me creó», como el que añade «el Señor hizo la tierra, aun la deshabitada». Así, el Señor será igualmente hacedor de ambas, de la Sabiduría misma y de la tierra habitada y deshabitada. ¿Qué hemos de hacer, pues, del dicho: «Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho»? Pues si uno y el mismo Señor crea tanto a la Sabiduría (la cual nos aconsejan entender del Hijo) como también las cosas particulares incluidas en la creación, ¿cómo dice verdad el sublime Juan cuando afirma que todas las cosas fueron hechas por Él? Pues esta Escritura da un sonido contrario al del Evangelio, al atribuir al Creador de la Sabiduría la hechura de la tierra deshabitada y habitada. Así, también con todo lo que sigue: ella habla de un trono de Dios apartado sobre los vientos, y dice que las nubes de arriba son fortalecidas, y las fuentes bajo el cielo aseguradas; y el contexto contiene muchas expresiones semejantes, que exigen en grado notable aquella interpretación mediante una inteligencia minuciosa y de vista clara, que ha de observarse en los pasajes ya citados. ¿Qué es el trono apartado sobre los vientos? ¿Qué es la seguridad de las fuentes bajo el cielo? ¿Cómo son fortalecidas las nubes de arriba? Si alguien interpretara el pasaje con referencia a los objetos visibles, hallará que los hechos están en considerable desacuerdo con las palabras. Pues ¿quién no sabe que las partes extremas de la tierra bajo el cielo, por exceso en una dirección o en otra, ya por estar demasiado cerca del calor del sol, ya por estar demasiado lejos de él, son inhabitables, estando unas excesivamente secas y abrasadas, y otras partes sobreabundando en humedad y heladas por el frío, y que solo se habita lo que está igualmente apartado del extremo de cada una de las dos condiciones opuestas? Pero si es el centro de la tierra el que está ocupado por el hombre, ¿cómo dice el proverbio que los extremos de la tierra bajo el cielo están habitados? De nuevo, ¿qué fuerza podría uno percibir en las nubes, para que aquel pasaje tenga un sentido verdadero, según su intención aparente, que dice que las nubes de arriba han sido fortalecidas? Pues la naturaleza de la nube es una especie de vapor bastante tenue difundido por el aire, el cual, siendo ligero, por razón de su gran sutileza, es llevado por el aliento del aire, y, cuando es forzado a juntarse por compresión, cae a través del aire que lo sostenía, en forma de pesada gota de lluvia. ¿Cuál es, pues, la fuerza en estas, que no ofrecen resistencia al tacto? Pues en la nube se puede discernir el carácter tenue y fácilmente disoluble del aire. De nuevo, ¿cómo es apartado el trono divino sobre los vientos, que son por naturaleza inestables? Y en cuanto a que ella diga al principio que es «creada», al final que es «engendrada», y entre estas dos expresiones que es «establecida», ¿qué explicación de esto podría alguien pretender dar que concordara con el sentido común y obvio? También el punto sobre el que previamente se suscitó una duda en nuestro argumento, a saber, la declaración de las cosas que suceden día tras día y el recuerdo de contar las cosas desde la eternidad, es, por así decir, una condición de la afirmación de la Sabiduría de que fue creada por Dios.
Así, puesto que se ha mostrado claramente por lo dicho que ninguna parte de este pasaje es tal que su lenguaje deba recibirse sin examen y reflexión, quizá sea conveniente, como con el resto, no interpretar el texto «El Señor me creó» según aquel sentido que se nos presenta inmediatamente de la frase, sino buscar con toda atención y cuidado lo que ha de entenderse piadosamente de la expresión. Ahora bien, aprehender perfectamente el sentido del pasaje que tenemos delante parecería pertenecer solo a aquellos que escudriñan las profundidades con la ayuda del Espíritu Santo y saben hablar en el Espíritu los divinos misterios; sin embargo, nuestro tratado se ocupará del pasaje en cuestión solo en la medida de no dejar enteramente sin considerar su sentido. ¿Cuál es, pues, nuestro tratado? No es posible, creo, que aquella sabiduría que surge en un hombre de la iluminación divina venga sola, aparte de los otros dones del Espíritu, sino que es necesario que entre con ella también la gracia de la profecía. Pues si la aprehensión de la verdad de las cosas que son es el poder peculiar de la sabiduría, y la profecía incluye el conocimiento claro de las cosas que están por ser, uno no poseería el don de la sabiduría en perfección si no incluyera además en su conocimiento, con la ayuda de la profecía, el futuro igualmente. Ahora bien, puesto que no es mera sabiduría humana la que reclama para sí Salomón, que dice: «Dios me ha enseñado la sabiduría», y que, donde dice «todas mis palabras son dichas por Dios», refiere a Dios todo lo que es dicho por él, quizá sería bueno en esta parte de los Proverbios rastrear la profecía que está mezclada con su sabiduría. Pero decimos que en la parte anterior del libro, donde dice que «la Sabiduría se ha edificado una casa», se refiere oscuramente en estas palabras a la preparación de la carne del Señor: pues la verdadera Sabiduría no habitó en edificio ajeno, sino que se construyó a sí misma aquella morada del cuerpo de la Virgen. Aquí, sin embargo, añade a su discurso aquello que de ambas se hace uno — de la casa, quiero decir, y de la Sabiduría que edificó la casa, es decir, de la Humanidad y de la Divinidad que fue mezclada con el hombre; y a cada una de ellas aplica términos adecuados y propios, como podéis ver que es el caso también en los Evangelios, donde el discurso, procediendo como conviene a su asunto, emplea la fraseología más elevada y divina para indicar la Deidad, y la humilde y baja para indicar la Humanidad. Así podemos ver en este pasaje también a Salomón movido proféticamente, y entregándonos en su plenitud el misterio de la Encarnación. Pues hablamos primero del eterno poder y energía de la Sabiduría; y aquí el evangelista, hasta cierto punto, concuerda con él en sus mismas palabras. Pues así como este último, en su frase comprehensiva, lo proclamó causa y Hacedor de todas las cosas, así Salomón dice que por Él fueron hechas aquellas cosas individuales que están incluidas en el todo. Pues nos dice que Dios por la Sabiduría estableció la tierra, y en entendimiento preparó los cielos, y todo lo que sigue a estos en orden, manteniendo el mismo sentido; y para que no pareciera pasar por alto sin mención el don de la excelencia en los hombres, continúa diciendo, hablando en la persona de la Sabiduría, las palabras que mencionamos un poco antes; me refiero a: «Hice del consejo mi morada, y del conocimiento, y de la inteligencia», y todo lo que se refiere a la instrucción en el intelecto y el conocimiento.
Después de contar estas cosas y las semejantes, procede a introducir también su enseñanza acerca de la dispensación con respecto al hombre, de por qué el Verbo se hizo carne. Pues viendo que es claro para todos que el Dios que está sobre todo no tiene en sí mismo nada que sea cosa creada o importada, ni poder, ni sabiduría, ni luz, ni palabra, ni vida, ni verdad, ni ninguna de aquellas cosas que se contemplan en la plenitud del seno divino (todas las cuales cosas es el Dios Unigénito, que está en el seno del Padre), el nombre de «creación» no podría aplicarse propiamente a ninguna de aquellas cosas que se contemplan en Dios, de modo que el Hijo que está en el Padre, o el Verbo que está en el Principio, o la Luz que está en la Luz, o la Vida que está en la Vida, o la Sabiduría que está en la Sabiduría, dijera: «el Señor me creó». Pues si la Sabiduría de Dios es creada (y Cristo es el Poder de Dios y la Sabiduría de Dios []), se seguiría que Dios tiene su Sabiduría como algo importado, recibiendo después, como resultado de la hechura, algo que no tenía al principio. Pero ciertamente Aquel que está en el seno del Padre no nos permite concebir el seno del Padre como vacío jamás de sí mismo. El que está en el principio ciertamente no es de las cosas que llegan a estar en aquel seno desde fuera, sino que, siendo la plenitud de todo bien, es concebido como estando siempre en el Padre, no esperando a surgir en Él como resultado de la creación, de modo que el Padre no deba ser concebido como vacío de bien en momento alguno, sino que Aquel que es concebido como estando en la eternidad de la Deidad del Padre está siempre en Él, siendo Poder, y Vida, y Verdad, y Sabiduría, y cosas semejantes. En consecuencia, las palabras «me creó» no proceden de la naturaleza divina e inmortal, sino de aquella que fue mezclada con ella en la Encarnación a partir de nuestra naturaleza creada. ¿Cómo sucede, pues, que el mismo, llamado sabiduría, y entendimiento, e inteligencia, establezca la tierra, prepare los cielos y rompa los abismos, y sin embargo sea aquí «creado para el principio de sus obras»? Tal dispensación, nos dice, no se presenta sin gran causa. Pero puesto que los hombres, después de recibir el mandamiento de las cosas que debíamos observar, desecharon por la desobediencia la gracia de la memoria y se volvieron olvidadizos, por esta causa, «para que yo os declare las cosas que suceden día tras día para vuestra salvación, y os haga recordar contando las cosas desde la eternidad que habéis olvidado (pues no es un evangelio nuevo lo que ahora proclamo, sino que trabajo por vuestra restauración a vuestra primera condición) — por esta causa fui creado, yo que siempre soy, y no necesito creación para ser; de modo que soy el principio de los caminos para las obras de Dios, es decir, para los hombres. Pues destruido el primer camino, es necesario que de nuevo sea consagrado para los errantes un camino nuevo y vivo, aun yo mismo, que soy el camino.» Y esta visión, que el sentido de «me creó» se refiere a la Humanidad, el divino apóstol nos la pone más claramente delante con sus propias palabras cuando nos ordena: «Vestíos del Señor Jesucristo []», y también donde (usando la misma palabra) dice: «Vestíos del hombre nuevo, creado según Dios []». Pues si la vestidura de salvación es una sola, y esa es Cristo, no se puede decir que «el hombre nuevo, creado según Dios», sea otro que Cristo, sino que es claro que quien se ha «vestido de Cristo» se ha «vestido del hombre nuevo, creado según Dios». Pues en realidad solo Él es llamado propiamente «el hombre nuevo», que no apareció en la vida del hombre por los modos conocidos y ordinarios de la naturaleza, sino que solo en su caso la creación, en una forma extraña y especial, fue instituida de nuevo. Por esta razón nombra a la misma Persona, cuando mira el modo maravilloso de su nacimiento, «el hombre nuevo, creado según Dios», y, cuando mira a la naturaleza divina, que fue mezclada en la creación de este «hombre nuevo», lo llama «Cristo»: de modo que los dos nombres (me refiero al nombre de «Cristo» y al nombre de «el hombre nuevo, creado según Dios») se aplican a una y la misma Persona.
Puesto que, entonces, Cristo es Sabiduría, considere el lector inteligente el relato de nuestro adversario sobre el asunto y el nuestro, y juzgue cuál es más piadoso, cuál conserva mejor en el texto aquellas concepciones que convienen a la naturaleza divina; si aquel que declara que el Creador y Señor de todo fue hecho, y lo coloca al nivel de la creación que está en servidumbre, o más bien aquel que mira a la Encarnación y preserva la debida proporción respecto de nuestra concepción tanto de la Divinidad como de la Humanidad, teniendo presente que el gran Pablo testifica en favor de nuestra opinión, pues ve en el «hombre nuevo» la creación, y en la verdadera Sabiduría el poder de la creación. Y, además, el orden del pasaje concuerda con esta visión de la doctrina que transmite. Porque si el «principio de los caminos» no hubiera sido creado entre nosotros, no se habría puesto el fundamento de los siglos que esperamos; ni el Señor habría venido a ser para nosotros «el Padre del siglo venidero», si no nos hubiera nacido un Niño, según Isaías, y su nombre no hubiera sido llamado con todos los demás títulos que el profeta le da, y además «el Padre del siglo venidero». Así, primero aconteció el misterio obrado en la virginidad, y la dispensación de la Pasión, y luego los sabios maestros de obras de la Fe pusieron el fundamento de la Fe: y este es Cristo, el Padre del siglo venidero, sobre el cual se edifica la vida de los siglos que no tienen fin. Y cuando esto haya acontecido, para que en cada creyente se obren los decretos divinos de la ley evangélica y los variados dones del Espíritu Santo— (todo lo cual la divina Escritura llama figuradamente, con un significado adecuado, «montes» y «collados», llamando a la justicia los «montes» de Dios, y hablando de sus juicios como «abismos», y dando el nombre de «tierra» a aquello que es sembrado por la Palabra y produce fruto abundante; o en aquel sentido en que David nos enseña a entender la paz por los «montes» y la justicia por los «collados»)— la Sabiduría es engendrada en los fieles, y el dicho se halla verdadero. Porque Aquel que está en quienes lo han recibido, no es engendrado todavía en los incrédulos. Así, para que estas cosas se obren en nosotros, su Hacedor debe ser engendrado en nosotros. Porque si la Sabiduría es engendrada en nosotros, entonces en cada uno de nosotros es preparada por Dios tierra, y tierra deshabitada— la tierra, la que recibe la siembra y la labranza de la Palabra; la tierra deshabitada, el corazón limpio de malos moradores— y así nuestra morada estará sobre los extremos de la tierra. Pues ya que en la tierra una parte es profunda y otra es superficie, cuando un hombre no está sepultado en la tierra, o, por así decirlo, no mora en una cueva por causa de pensar en las cosas de abajo (como es la vida de los que viven en el pecado, que «se hunden en el cieno profundo donde no hay suelo», cuya vida es verdaderamente una fosa, como dice el Salmo, «no dejes que la fosa cierre su boca sobre mí»)— si, digo, un hombre, cuando la Sabiduría es engendrada en él, piensa en las cosas de arriba y toca la tierra solo en la medida que es necesario, tal hombre habita «los extremos de la tierra bajo los cielos», no hundiéndose profundamente en el pensamiento terreno; con él está presente la Sabiduría, al preparar en sí mismo el cielo en lugar de la tierra: y cuando, al poner en práctica los preceptos, se hace fuerte para sí la instrucción de las nubes de arriba, y, encerrando el grande y extendido mar de la maldad, como con una playa, por su conversación exacta, impide que el agua turbulenta salga de su boca; y si por la gracia de la instrucción se le hace morar entre las fuentes, derramando la corriente de su discurso con segura cautela, para no dar a ningún hombre a beber el fluido turbio de la destrucción en lugar de agua pura; y si es levantado por encima de todos los caminos terrenos y se vuelve aéreo en su vida, avanzando hacia aquella vida espiritual que llama «los vientos», de modo que es apartado para ser trono de Aquel que está sentado en él (como Pablo fue apartado para el Evangelio para ser vaso escogido que llevara el nombre de Dios, quien, como se expresa en otra parte, fue hecho trono, llevando a Aquel que estaba sentado sobre él)— cuando, digo, está establecido en estos y semejantes caminos, de modo que quien ya ha hecho plenamente en sí mismo la tierra habitada por Dios, ahora se regocija con alegría de ser hecho padre, no de bestias salvajes e insensatas, sino de hombres (y estos serían pensamientos divinos, que son formados según la imagen divina, por la fe en Aquel que ha sido creado y engendrado, y establecido en nosotros— y la fe, según las palabras de Pablo, es concebida como el fundamento por el cual la sabiduría es engendrada en los fieles, y todas las cosas que he dicho son obradas)— entonces, digo, la vida del hombre que ha sido así establecido es verdaderamente bienaventurada, pues la Sabiduría está en todo tiempo de acuerdo con él, y se regocija con él que diariamente halla gozo solo en ella. Porque el Señor se regocija en sus santos, y hay gozo en el cielo por los que se salvan, y Cristo, como padre, hace un banquete para su hijo rescatado. Aunque hemos hablado apresuradamente de estos asuntos, lea el hombre cuidadoso el texto original de la Sagrada Escritura y ajuste sus dichos oscuros a nuestras reflexiones, probando si no es mucho mejor considerar que el sentido de estos dichos oscuros tiene esta referencia, y no la que se le atribuye a primera vista. Porque no es posible que la teología de Juan sea estimada verdadera, que recita que todas las cosas creadas son obra del Verbo, si en este pasaje se cree que Aquel que creó la Sabiduría hizo junto con ella también todas las demás cosas. Pues en ese caso todas las cosas no serán por ella, sino que ella misma será contada entre las cosas que fueron hechas.
Y que esta es la referencia de los dichos enigmáticos lo revela claramente el pasaje que sigue, que dice: «Ahora, pues, escúchame, hijo mío: y bienaventurado el que guarda mis caminos», queriendo decir, por supuesto, por «caminos» las vías de acceso a la virtud, cuyo comienzo es la posesión de la Sabiduría. ¿Quién, entonces, que mire a la divina Escritura no estará de acuerdo en que los enemigos de la verdad son a la vez impíos y calumniadores?— impíos, porque, en cuanto está en ellos, degradan la gloria inefable del Dios unigénito y la unen a la creación, esforzándose por mostrar que el Señor cuyo poder sobre todas las cosas es unigénito es una de las cosas que fueron hechas por Él: calumniadores, porque, aunque la Escritura misma no les da fundamento para tales opiniones, se arman contra la piedad como si sacaran su evidencia de esa fuente. Ahora bien, puesto que de ningún modo pueden mostrar ningún pasaje de las Sagradas Escrituras que nos lleve a considerar la gloria anterior al tiempo del Dios unigénito en conjunción con la creación sujeta, es bueno, una vez probados estos puntos, que las señales de la victoria sobre la falsedad sean aducidas como testimonio de la doctrina de la piedad, y que, dejando de lado esos sistemas verbales suyos por los cuales hacen que la criatura responda al creador, y la cosa hecha al hacedor, confesemos, como el Evangelio desde el cielo nos enseña, al Hijo amadísimo— no bastardo, no falsificado; sino que, aceptando con el nombre de Hijo todo lo que naturalmente pertenece a ese nombre, digamos que Aquel que es de Verdadero Dios es Verdadero Dios, y que creamos de Él todo lo que contemplamos en el Padre, porque Ellos son Uno, y en el uno es concebido el otro, no sobrepasándolo, no inferior a Él, no alterado ni sujeto a cambio en ninguna propiedad divina o excelente.