¶ 36–39
Ahora bien, que Él no nos enseñó tales cosas mediante alguna operación visible, presidiendo Él mismo la obra, como podemos ver en las cosas de la enseñanza corporal, nadie lo negaría cuya naturaleza no sea del todo animal y bruta. Pero aun así se ha dicho que nuestro primer conocimiento de tales artes procede de Él; y, si tal es el caso, ciertamente Aquel que dotó a nuestra naturaleza con tal facultad de concebir y hallar los objetos de nuestra investigación fue Él mismo nuestro Guía hacia las artes. Y por la ley de la causalidad, todo lo que se descubre y establece por la epinoia debe atribuirse a Aquel que es el Autor de dicha facultad. Así, la vida humana inventó el arte de curar; sin embargo, tendría razón quien afirmara que ese arte es un don de Dios. Y todo descubrimiento que se haya hecho en la vida humana, conducente a fines útiles de paz o de guerra, no nos vino de otro lugar sino de una inteligencia que concibe y descubre según nuestras varias necesidades; y esa inteligencia es un don de Dios. A Dios, pues, debemos todo lo que la inteligencia nos suministra. Y no niego la objeción hecha por nuestros adversarios: que también las maravillas mentirosas son fabricadas por esta facultad. Pues su afirmación al respecto opera en favor de nuestro propio lado del argumento. Pues también nosotros aseveramos que la ciencia de los opuestos es la misma, ya sea beneficiosa o lo contrario; p. ej. en el caso de las artes de curar y de navegar, y así sucesivamente. Pues el que sabe aliviar a los enfermos con drogas sabrá también, si acaso volviera su arte a un fin malvado, cómo mezclar un ingrediente deletéreo en la comida de los sanos. Y el que puede llevar una barca con su timón hasta el puerto también puede conducirla contra el escollo o la roca, si está decidido a destruir a los de a bordo. Y el pintor, con el mismo arte con que representa la más hermosa forma en su lienzo, podría darnos una representación exacta de la más fea. Así también el maestro de lucha, por la experiencia que ha adquirido en la unción, puede acomodar un miembro dislocado, o, si quisiera, dislocar uno sano. Pero ¿por qué cargar nuestro argumento multiplicando ejemplos? Como en los casos susodichos nadie negaría que quien ha aprendido a practicar un arte con fines rectos puede también abusar de él con fines torcidos, así decimos que la facultad de pensamiento y de epinoia fue implantada por Dios en la naturaleza humana para el bien, pero en quienes abusan de ella como instrumento de descubrimiento, con frecuencia se convierte en sierva de invenciones perniciosas. Pero aunque sea así posible que esta facultad dé una forma plausible a lo falso e irreal, no por ello es menos competente para investigar lo que actual y verdaderamente subsiste; y su capacidad para lo uno debe, en justicia, considerarse como evidencia de su capacidad para lo otro.
Pues que aquel que se propone aterrar o hechizar a un auditorio haya de tener abundancia de concepción para lograr tal propósito, y haya de mostrar a los espectadores monstruos de muchas manos, de muchas cabezas o que vomitan fuego, u hombres envueltos en los anillos de las serpientes, o que haya de parecer que aumenta su estatura, o que agranda sus proporciones naturales hasta un extremo ridículo, o que haya de describir hombres metamorfoseados en fuentes, árboles y aves —una clase de narración que no carece de atractivo para quienes se complacen en cosas de ese género—, todo esto, digo, es la más clara de las demostraciones de que es posible llegar también al conocimiento superior por medio de esta facultad inventiva.
Pues no sucede que, mientras la inteligencia implantada en nosotros por el Dador es plenamente capaz de evocar no-realidades, esté dotada de ninguna facultad en absoluto para procurarnos cosas que puedan aprovecharnos. Sino que, así como la facultad impulsiva y electiva del alma está establecida en nuestra naturaleza para incitarnos a lo bueno y noble, aunque un hombre pueda también abusar de ella para lo malo, y nadie puede llamar al hecho de que la facultad electiva a veces se incline al mal una prueba de que nunca se inclina a lo bueno—, así la inclinación de la concepción hacia lo vano e inútil no prueba su incapacidad para lo provechoso, sino que, por el contrario, es una demostración de que no deja de ser útil para lo beneficioso y necesario a la mente. Pues como, en el primer caso, descubre medios para producir placer o terror, así, en el otro, no deja de hallar caminos para alcanzar la verdad. Ahora bien, uno de los objetos de investigación era si la Causa Primera, es decir, Dios, existe sin principio, o si Su existencia depende de algún principio. Pero percibiendo, con la ayuda del pensamiento, que no puede ser Causa Primera aquello que concebimos como consecuencia de otro, ideamos una palabra expresiva de tal noción, y decimos que Aquel que no tiene causa anterior existe sin origen, o, por así decirlo, ingeneradamente. Y a Aquel que así existe lo llamamos ingenerado y sin origen, indicando con esa apelación no lo que Él es, sino lo que Él no es.
Pero para dilucidar la idea en lo posible, intentaré ilustrarla con un ejemplo aún más claro. Supongamos que la investigación versa sobre cierto árbol, si es cultivado o silvestre. Si lo primero, lo llamamos plantado; si lo segundo, no plantado. Y tal término da exactamente en la verdad, pues el árbol ha de ser necesariamente de esta manera o de aquella. Y sin embargo, la palabra no indica la naturaleza peculiar de la planta. Del término «no-plantado» aprendemos que es de crecimiento espontáneo; pero si lo así significado es un plátano, o una vid, o alguna otra planta semejante, el nombre que se le aplica no nos informa.
Entendido este ejemplo, es hora de pasar a la cosa que ilustra. Esto comprendemos: que la Causa Primera tiene Su existencia sin causa antecedente alguna. En consecuencia, llamamos a Dios ingenerado como existiendo ingeneradamente, reduciendo a forma verbal esta noción de la no-engendr ación. Que Él es sin origen o principio lo mostramos por la fuerza del término. Pero qué Ser es aquello que existe ingeneradamente, esta apelación no nos lleva a discernirlo. Ni había de suponerse que los procesos de la concepción pudieran servir para elevarnos por encima de los límites de nuestra naturaleza, y abrir lo incomprensible a nuestra vista, y capacitarnos para abarcar el conocimiento de aquello a lo que ningún conocimiento puede acercarse. No obstante, nuestro adversario arremete contra nuestro Maestro, e intenta hacer trizas su enseñanza acerca de la facultad del pensamiento y de la concepción, y se burla de lo dicho, deleitándose como de costumbre en el traqueteo de su tintineante fraseología, y diciendo que él (Basilio) rehúye aducir evidencia respecto de aquellas cosas de las que presume ser intérprete. Pues, citando ciertas especulaciones del Maestro sobre la facultad de la concepción, en las que muestra que su ejercicio tiene lugar no sólo en referencia a objetos vanos y triviales, sino que es competente para tratar también asuntos de mayor peso, él, por medio de su especulación sobre el grano, y la semilla, y otros alimentos (en el Génesis), lleva a Basilio ante el tribunal con la acusación de que su lenguaje es un seguimiento de la filosofía pagana, y de que está circunscribiendo la Divina Providencia, como no permitiendo que las palabras fueran dadas a las cosas por Dios, y de que lucha en las filas de los ateos, y toma las armas contra la Providencia, y de que admira las doctrinas de los profanos más que las leyes de Dios, y les atribuye la palma de la sabiduría, no habiendo observado en los más antiguos de los sagrados registros que, antes de la creación del hombre, la denominación de fruto y semilla se menciona en la Sagrada Escritura.
Tales son sus acusaciones contra nosotros; no ciertamente sus nociones expresadas en su propia fraseología, pues hemos hecho las alteraciones requeridas para corregir la aspereza y dureza de su estilo. ¿Cuál es, pues, nuestra respuesta a este cuidadoso guardián de la Divina Providencia? Afirma que estamos en error porque, si bien no negamos que el hombre haya sido creado ser racional por Dios, atribuimos la invención de las palabras a la facultad lógica implantada por Dios en la naturaleza del hombre. Y ésta es la más amarga de sus acusaciones, por la cual nuestro maestro de justicia es acusado de desertar a los principios de los ateos, y es denunciado como partícipe y sostén de su compañía sin ley, y de hecho como culpable de todas las ofensas más atroces. Pues bien, que este corrector de nuestros desaciertos nos diga: ¿dio Dios nombres a las cosas que creó? Pues así dice nuestro nuevo intérprete de los misterios: «Antes de la creación del hombre, Dios nombró germen, y hierba, y pasto, y semilla, y árbol, y cosas semejantes, cuando por la palabra de Su poder los fue trayendo a ser uno por uno.» Si, pues, se atiene a la letra desnuda, y hasta tal punto judaíza, y aún ha de aprender que el cristiano es discípulo no de la letra sino del Espíritu (pues la letra mata, dice el Apóstol, mas el Espíritu da vida []), y nos cita la lectura literal desnuda de las palabras como si Dios mismo las hubiera pronunciado— si, digo, cree esto, que, a semejanza de los hombres, Dios se valió de la fluidez del habla, expresando Sus pensamientos mediante voz y acento— si, repito, cree esto, no puede razonablemente negar lo que sigue como su consecuencia lógica. Pues nuestra habla es emitida por los órganos del habla, la tráquea, la lengua, los dientes y la boca, cooperando la inhalación del aire de fuera y el aliento de dentro para producir la emisión. Pues la tráquea, encajando en la garganta como una flauta, emite un sonido desde abajo; y la bóveda del paladar, a causa del espacio vacío superior que se extiende hasta las narices, como algún instrumento musical, da volumen desde arriba a la voz. Y las mejillas, también, son auxiliares del habla, contrayéndose y expandiéndose conforme a su disposición estructural, o propulsando la voz por un pasaje estrecho mediante varios movimientos de la lengua, que realiza ya con una parte de sí misma ya con otra, dando dureza o suavidad al sonido que pasa sobre ella por el contacto con los dientes o con el paladar. De nuevo, el servicio de los labios contribuye no poco al resultado, afectando la voz por la variedad de sus movimientos distintivos, y ayudando a dar forma a las palabras tal como son emitidas.
Si, pues, Dios da a las cosas sus nombres, como nos asegura nuestro nuevo expositor del registro divino, nombrando germen, y hierba, y árbol, y fruto, necesariamente ha de haber pronunciado cada una de estas palabras no de otra manera que como se pronuncia; es decir, según la composición de las sílabas, algunas de las cuales son sonadas por los labios, otras por la lengua, otras por ambos. Pero si ninguna de estas palabras pudiera ser emitida, salvo por la operación de órganos vocales que producen cada sílaba y sonido mediante algún movimiento apropiado, necesariamente ha de atribuir la posesión de tales órganos a Dios, y modelar al Ser Divino conforme a las exigencias del habla. Pues cada adaptación de los órganos vocales ha de tener alguna forma u otra, y la forma es una limitación corporal. Además, sabemos muy bien que todos los cuerpos son compuestos, y donde ves composición ves también disolución, y la disolución, como la noción implica, es lo mismo que destrucción. Éste, pues, es el resultado de la victoria de nuestro polemista sobre nosotros: mostrarnos el Dios de su imaginación a quien ha modelado con el nombre de no-engendr ación— hablando, ciertamente, para no perder Su participación en la invención de los nombres, pero provisto de órganos vocales con los cuales emitirlos, y no sin naturaleza corporal que le permita emplearlos (pues no puedes concebir la emisión formal en abstracto aparte de un cuerpo), y avanzando gradualmente hacia las afecciones congénitas del cuerpo— a través de lo compuesto hacia la disolución, y hallando así su fin en la destrucción.
Tal es la naturaleza de esta Deidad recién inventada, según se deduce de las palabras de nuestro nuevo fabricante de Dios. Pero él se apoya en las Escrituras, y sostiene que Moisés declara explícitamente esto cuando dice: «Dijo Dios,» añadiendo Sus palabras: «Sea la luz,» y, «Haya un firmamento,» y, «Júntense las aguas... y aparezca lo seco,» y, «Produzca la tierra,» y, «Produzcan las aguas,» y cuanto más está escrito en su orden. Examinemos, pues, el significado de lo dicho. ¿Quién no sabe, aunque sea el más simple, que hay una correlación natural entre el oír y el hablar, y que, así como es imposible que el oído desempeñe su función cuando nadie habla, así el habla es ineficaz a menos que se dirija al oído? Si, pues, entiende literalmente que «Dios dijo,» que nos diga también a qué oído se dirigían Sus palabras. ¿Quiere decir que se las dijo a Sí mismo? Si es así, las órdenes que emite, las emite para Sí mismo. Pero ¿quién aceptará esta interpretación: que Dios se sienta en Su trono prescribiendo lo que Él mismo ha de hacer, y empleándose a Sí mismo como ministro Suyo para cumplir Su mandato? Pero aun suponiendo que se permitiera decir esto sin blasfemia, ¿quién tiene necesidad de palabras y habla para sí mismo, aun siendo hombre? Pues a cada uno le basta su propia acción mental para producir elección y volición. Pero dirá sin duda que el Padre conversaba con el Hijo. Mas ¿qué necesidad de emisión vocal para eso? Pues es propiedad de la naturaleza corporal significar los pensamientos del corazón por medio de palabras, de donde también se inventaron los caracteres escritos, equivalentes al habla, para la expresión del pensamiento. Pues declaramos el pensamiento igualmente hablando y escribiendo, pero en el caso de quienes no están demasiado lejos alcanzamos su oído por la voz, y declaramos nuestra mente a quienes están a distancia mediante caracteres escritos; y en el caso de los presentes con nosotros, en proporción a su distancia de nosotros, alzamos o bajamos los tonos de nuestra voz, y a los que están cerca a veces les indicamos lo que han de hacer simplemente con un gesto de cabeza; y tal o cual expresión de los ojos basta para transmitir nuestra determinación, o un movimiento de la mano basta para significar nuestra aprobación o desaprobación de algo que sucede. Si, pues, los que están rodeados de cuerpo pueden dar a conocer la obra oculta de sus mentes a sus prójimos, aun sin voz, o habla, o correspondencia por medio de letras, y el silencio no causa impedimento al despacho de los asuntos, ¿puede ser que en el caso del ser inmaterial, e intangible, y, como dice Eunomio, el Ser supremo y primero, haya necesidad alguna de palabras para indicar el pensamiento del Padre y dar a conocer Su voluntad al Hijo Unigénito— palabras, que, como él mismo dice, suelen perecer tan pronto como son emitidas? Nadie, pienso, que tenga sentido común aceptará esto como verdad, especialmente porque todo sonido se derrama en el aire. Pues la voz no puede producirse a menos que tome consistencia en el aire. Ahora bien, aun ellos mismos han de suponer algún medio de comunicación entre el que habla y aquel a quien habla. Pues si no hubiera tal medio, ¿cómo podría la voz viajar del hablante al oyente? ¿Qué dirán, pues, que es el medio o intervalo con el que dividen al Padre del Hijo? Entre cuerpos, ciertamente, hay un intervalo de espacio atmosférico, que difiere en su naturaleza de la naturaleza de los cuerpos humanos. Pero Dios, que es intangible, y sin forma, y puro de toda composición, al comunicar Sus designios al Hijo Unigénito, que es de manera semejante, o más bien del mismo modo, inmaterial y sin cuerpo— si hiciera Su comunicación por voz, ¿qué medio habría tenido por el cual la palabra, transmitida como en una corriente, pudiera alcanzar los oídos del Unigénito? Pues apenas necesitamos detenernos a considerar que Dios no es separable en facultades aprehensivas, como nosotros, cuyas percepciones aprehenden por separado sus objetos correspondientes; p. ej. la vista aprehende lo que puede verse, el oído lo que puede oírse, de modo que el tacto no gusta, y el oído no tiene percepción de olores y sabores, sino que cada uno se confina a aquella función para la que fue designado por la naturaleza, manteniéndose insensible, por así decirlo, a aquellos con los que no tiene correspondencia natural, e incapaz de gustar el placer disfrutado por su sentido vecino. Pero con Dios es de otro modo. Todo en todo, Él es a la vez vista, y oído, y conocimiento; y ahí nos detenemos, pues no nos es permitido atribuir las percepciones más animales a aquella naturaleza refinada. Aun así, tenemos una visión muy baja de Dios, y arrastramos lo Divino a nuestro propio rasero rastrero, si suponemos al Padre hablando con Su boca, y al oído del Hijo escuchando Sus palabras. ¿Qué, pues, hemos de suponer que es el medio que transmite la voz del Padre al oído del Hijo? Ha de ser creado o increado. Pero no podemos llamarlo creado; pues el Verbo era antes de la creación del mundo: y junto a la naturaleza divina no hay nada increado. Si, por tanto, no había creación entonces, y el Verbo del que se habla en la cosmogonía era más antiguo que la creación, ¿sugerirá él, que sostiene que por «el Verbo» se entiende habla y una voz, qué medio existía entre el Padre y el Hijo, por el cual se expresaban aquellas palabras y sonidos? Pues si existe un medio, ha de existir necesariamente en una naturaleza propia, de modo que difiera en naturaleza tanto del Padre como del Hijo. Siendo, pues, algo necesariamente diferente, divide al Padre y al Hijo entre sí, como insertado entre los dos. ¿Qué podría ser, entonces? No creado, pues la creación es más joven que el Verbo. Engendrado, hemos aprendido que el Unigénito (y Él solo) lo es. Excepto el Padre, nadie es ingenerado. La verdad, por tanto, nos obliga a la conclusión de que no hay medio entre el Padre y el Hijo. Pero donde no se concibe separación, se implica naturalmente la conexión más estrecha. Y lo que está tan conectado no necesita medio para voz o habla. Ahora bien, por «conectado» entiendo aquí lo que es inseparable en todos los respectos. Pues en el caso de una naturaleza espiritual, el término conexión no significa conexión corpórea, sino la unión y mezcla de lo espiritual con lo espiritual mediante identidad de voluntad.
En consecuencia, no hay divergencia de voluntad entre el Padre y el Hijo, sino que la imagen de bondad está según el Arquetipo de toda bondad y belleza, y así como, si un hombre se mirara a sí mismo en un espejo (pues es perfectamente lícito explicar la idea mediante ilustraciones corpóreas), la copia se conformará en todo al original, siendo la forma del hombre reflejado la causa de la forma en el espejo, y no haciendo el reflejo movimiento o inclinación espontáneos a menos que los comience el original, sino que, si se mueve, se mueve junto con él— de manera semejante sostenemos que nuestro Señor, la Imagen del Dios invisible, es inmediata e inseparablemente uno con el Padre en cada movimiento de Su Voluntad. Si el Padre quiere algo, el Hijo que está en el Padre conoce la voluntad del Padre, o más bien Él mismo es la voluntad del Padre. Pues, si tiene en Sí mismo todo lo que es del Padre, no hay nada del Padre que no pueda tener. Si, pues, tiene todas las cosas que son del Padre en Sí mismo, o, digamos más bien, si tiene al Padre mismo, entonces, junto con el Padre y las cosas que son del Padre, necesariamente ha de tener en Sí mismo la totalidad de la voluntad del Padre. No necesita, por tanto, conocer la voluntad del Padre por palabra, siendo Él mismo el Verbo del Padre, en la más alta acepción del término. ¿Cuál es, pues, la palabra que puede dirigirse a Aquel que es el Verbo en verdad? ¿Y cómo puede Aquel que es el Verbo en verdad requerir una segunda palabra para instrucción?
Pero podría decirse que la voz del Padre se dirigió al Espíritu Santo. Pero tampoco el Espíritu Santo necesita instrucción por medio del habla, pues, siendo Dios, como dice el Apóstol, «escudriña todas las cosas, aun lo profundo de Dios [].» Si, pues, Dios pronuncia alguna palabra, y todo discurso se dirige al oído, que quienes sostienen que Dios se expresa en el lenguaje del discurso continuo nos informen a qué auditorio se dirigió. A sí mismo no necesita dirigirse. El Hijo no tiene necesidad de instrucción por palabras. El Espíritu Santo escudriña aun lo profundo de Dios. La creación aún no existía. ¿A quién, entonces, se dirigía la palabra de Dios?
Pero, dice él, el relato de Moisés no miente, y de él aprendemos que Dios habló. ¡No! Tampoco el gran David está entre los que mienten, y dice expresamente: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría;» y después de decir que los cielos y el firmamento declaran, y que el día y la noche muestran conocimiento y palabra, añade a lo dicho que «no hay lenguaje ni palabras, y que sus voces no se oyen.» Pero ¿cómo puede tal declaración y manifestación ser otra cosa que palabras, y cómo es que ninguna voz se dirige al oído? ¿Se contradice el profeta a sí mismo, o enuncia una imposibilidad, cuando habla de palabras sin sonido, de declaración sin lenguaje y de anuncio sin voz? ¿No hay más bien la perfección misma de la verdad en su enseñanza, que nos dice, en las palabras que he citado, que la declaración de los cielos, y la palabra proclamada por el día, no es voz articulada ni lenguaje de los labios, sino revelación del poder de Dios a los capaces de oírla, aunque no se oiga voz alguna?
¿Qué pensamos, pues, de este pasaje? Porque puede suceder que, si lo entendemos, entendamos también el sentido de Moisés. A menudo sucede que la Sagrada Escritura, para hacernos comprender con mayor claridad una cosa que ha de ser revelada, se sirve de una ilustración corporal, como parece ser el caso en este pasaje de David, que nos enseña con lo que dice que ninguna de las cosas que existen tiene su ser por azar o accidente, como algunos han imaginado que nuestro mundo y todo lo que hay en él fue formado por combinaciones fortuitas y no diseñadas de los primeros elementos, y que ninguna Providencia penetró el mundo. Pero se nos enseña que hay una causa del sistema y gobierno del Universo, de la que depende toda naturaleza, a la que debe su origen y causa, hacia la que se inclina y se mueve, y en la que permanece. Y puesto que, como dice el Apóstol, su eterno poder y deidad se entienden, viéndose claramente por medio de la creación del mundo [], toda la creación y, antes que todo, como dice la Escritura, el sistema de los cielos, declaran la sabiduría del Creador en la destreza mostrada por sus obras. Y esto es lo que me parece que él desea exponer, a saber, el testimonio de las cosas que aparecen respecto al hecho de que los mundos fueron formados con sabiduría y destreza, y permanecen para siempre por el poder del que es Gobernador de todo. Los mismos cielos, dice, al mostrar la sabiduría de Aquel que los hizo, casi gritan en voz alta, y, aunque sin voz, proclaman la sabiduría de su Creador. Pues podemos oír, por así decirlo, palabras que nos enseñan: «Oh hombres, cuando nos contempléis y veáis nuestra belleza y magnitud, y esta revolución incesante, con su movimiento bien ordenado y armonioso, que obra en la misma dirección y de la misma manera, volved vuestros pensamientos a Aquel que preside nuestro sistema y, con ayuda de la belleza que veis, imaginad para vosotros la belleza del Arquetipo invisible. Porque en nosotros no hay nada sin su Señor, nada que se mueva con movimiento propio: sino que todo lo que aparece, o es concebible respecto a nosotros, depende de un Poder inescrutable y sublime.» Esto no se da en discurso articulado, sino por las cosas que se ven, e inculca en nuestras mentes el conocimiento del poder divino más que si el discurso lo proclamara con una voz. Así, pues, como los cielos declaran, aunque no hablan, y el firmamento muestra la obra de las manos de Dios, sin requerir voz para ello, y el día emite palabra, aunque no hay habla, y nadie puede decir que la Sagrada Escritura se equivoca— de la misma manera, puesto que Moisés y David tienen un mismo Maestro, me refiero al Espíritu Santo, que dice que el fiat precedió a la creación, no se nos dice que Dios sea el Creador de palabras, sino de las cosas que nos son dadas a conocer por el significado de nuestras palabras. Pues, para que no supongamos que la creación carece de su Señor y se originó espontáneamente, dice que fue creada por el Ser divino y que fue establecida por Él en un sistema ordenado y conexo. Ahora bien, sería obra de tiempo discutir el orden de lo que Moisés registra didácticamente en su resumen histórico respecto a la creación del mundo. O (si lo hiciéramos) cada pasaje sucesivo serviría para probar más claramente el carácter erróneo y fútil de la opinión de nuestros adversarios. Pero quienquiera que se interese, puede leer lo que hemos escrito sobre el Génesis y juzgar si nuestra enseñanza o la suya es la más razonable.
Pero volvamos al asunto en cuestión. Afirmamos que las palabras «Dijo» no implican voz y palabras por parte de Dios; sino que el escritor, al mostrar que el poder de Dios concurre con su voluntad, hace la idea más fácil de aprehender. Pues, puesto que por la voluntad de Dios fueron creadas todas las cosas, y es el modo ordinario de los hombres significar su voluntad ante todo por el habla, y así poner su obra en armonía con su voluntad, y la narración escriturística de la Creación es, por así decirlo, la introducción del aprendiz al conocimiento de Dios, representando a nuestras mentes el poder del Ser divino mediante objetos más prontos a nuestra comprensión (pues la aprehensión sensible es una ayuda para el conocimiento intelectual), por esto Moisés, al decir que Dios mandó que todas las cosas fueran, nos significa el poder incitante de su voluntad, y al añadir «y así fue», muestra que en el caso de Dios no hay diferencia entre voluntad y realización; sino, por el contrario, que aunque el propósito inicia la actividad de Dios, la realización sigue el ritmo del propósito, y que ambas han de considerarse juntas y a la vez, es decir, el movimiento deliberado de la mente y el poder que efectúa su propósito. Pues la idea del propósito divino y de la acción no deja intervalo concebible entre ellos, sino que, como la luz se produce junto con el encendido del fuego, saliendo a la vez de él y brillando junto con él— de la misma manera, la existencia de las cosas creadas es efecto de la voluntad divina, pero no posterior a ella en el tiempo.
Pues el caso es diferente del de los hombres dotados por naturaleza de capacidad práctica, donde podéis mirar la capacidad y la ejecución separadas una de otra. Por ejemplo, decimos de un hombre que posee el arte de construir barcos, que siempre es constructor de barcos en cuanto a su capacidad de construirlos, pero que opera sólo cuando muestra su destreza trabajando. Otra cosa sucede con Dios; pues todo lo que podemos concebir como en Él es enteramente obra y acción, pasando su voluntad inmediatamente a su objeto. Así, pues, como el mecanismo de los cielos testifica la gloria de su Creador y confiesa a Aquel que los hizo, y no necesita voz para ello, de la misma manera, por otra parte, cualquiera que esté familiarizado con la Escritura mosaica verá que Dios habla del mundo como de su creación, habiendo traído el conjunto al ser por el fiat de su voluntad, y que no necesita palabras para dar a conocer su mente. Así, pues, como el que oyó a los cielos declarar la gloria de Dios no buscó un discurso fijo en la ocasión (pues, para los que pueden entenderlo, el universo habla a través de las cosas que se hacen, sin consideración ni cuidado por la explicación verbal), así, aunque alguien oiga a Moisés contar cómo Dios dio orden y disposición a cada una de las partes de la Creación por su nombre, no suponga que el profeta habla falsamente, ni degrade la contemplación de verdades sublimes con nociones mezquinas y rastreras, reduciendo así, por así decirlo, a Dios a una mera medida humana, y suponiendo que, a la manera de los hombres, dirige sus operaciones por medio del habla; sino que su fiat signifique sólo su voluntad, y que los nombres de las cosas creadas denoten la mera realidad de su venida al ser. Y así aprenderá estas dos cosas de lo registrado: (1) Que Dios hizo todas las cosas por su voluntad, y (2) que sin trabajo ni dificultad alguna la Voluntad divina se hizo naturaleza.
Pero si alguien quisiera dar una interpretación más sensorial a las palabras «Dijo Dios,» como probando que el habla articulada fue creación suya, por igual razón deberá entender por las palabras «Vio Dios,» que lo hizo mediante facultades de percepción semejantes a las nuestras, por medio de los órganos de la visión; y asimismo por las palabras «Me oyó el Señor y tuvo misericordia de mí,» y además «olió un aroma agradable,» y cualesquiera otras expresiones sensoriales empleadas por la Escritura en referencia a cabeza, pie, mano, ojos, dedos o sandalias, como propias de Dios, tomándolas, digo, en su aceptación literal llana, nos presentará una deidad antropomorfa, a semejanza de lo que se ve entre nosotros. Pero si alguien, al oír que los cielos son obra de sus dedos, que tiene mano fuerte y brazo poderoso, y ojos, y pies, y sandalias, deduce de tales palabras ideas dignas de Dios, y no degrada la idea de su naturaleza pura con imaginaciones carnales y sensoriales, se seguirá que, por una parte, considerará las expresiones verbales como indicaciones de la voluntad divina, pero, por otra, no las concebirá como sonidos articulados, sino que razonará así: que el Creador de la razón humana nos ha dotado del habla en proporción a la capacidad de nuestra naturaleza, para que podamos significar con ella los pensamientos de nuestra mente; pero que, en la medida en que la naturaleza divina difiere de la nuestra, tan grande será el grado de diferencia entre nuestras nociones respecto a ella y su propia majestad y deidad inherentes. Y como nuestro poder comparado con el de Dios, y nuestra vida con su vida, es como nada, y todo lo demás que es nuestro, comparado con lo que hay en Él, es «como nada en comparación» con Él, como dice la Enseñanza inspirada, así también nuestra palabra, comparada con Aquel que es el Verbo en verdad, es como nada. Porque esta palabra vuestra no era en el principio, sino que fue creada junto con nuestra naturaleza, ni ha de considerarse que tenga realidad propia alguna, sino que, como dijo en algún lugar nuestro maestro (Basilio), desaparece junto con el sonido de la voz, ni se discierne operación alguna de la palabra, sino que tiene su subsistencia sólo en la voz, o en caracteres escritos. Pero la palabra de Dios es Dios mismo, el Verbo que era en el principio y que permanece para siempre, por quien todas las cosas fueron y son, que gobierna sobre todo, y tiene todo poder sobre las cosas del cielo y las cosas de la tierra, siendo Vida, y Verdad, y Justicia, y Luz, y todo lo bueno, y sosteniendo todas las cosas en el ser. Siendo, pues, tal y tan grande la palabra de Dios, como la entendemos, nuestro adversario concede a Dios, como algo grande, el poder del lenguaje, compuesto de sustantivos, verbos y conjunciones, sin percibir que, así como Aquel que confirió poderes prácticos a nuestra naturaleza no es dicho que fabrique cada uno de sus varios resultados, sino que, mientras dio a nuestra naturaleza su capacidad, es por nosotros que se construye una casa, o un banco, o una espada, o un arado, y cualquier cosa que nuestra vida necesite, cada una de las cuales es obra nuestra, aunque pueda atribuirse a Aquel que es autor de nuestro ser y que creó nuestra naturaleza capaz de toda ciencia— así también nuestro poder del habla es obra del que hizo nuestra naturaleza lo que es, pero la invención de cada término particular requerido para denotar los objetos presentes es de nuestra propia hechura. Y esto se prueba por el hecho de que muchos términos en uso son de carácter vil e indecoroso, de los cuales ningún hombre sensato concebiría a Dios como inventor: de modo que, si ciertas expresiones familiares son atribuidas por la Sagrada Escritura a Dios como hablante, debemos recordar que el Espíritu Santo se dirige a nosotros en nuestra propia lengua, como p. ej. en la historia de los Hechos se nos dice que cada hombre recibía la enseñanza de los discípulos en su propia lengua en la que había nacido, entendiendo el sentido de las palabras por el idioma que conocía. Y que esto es verdad, puede verse aún más claramente con un examen atento de las prescripciones de la ley levítica. Porque hacen mención de sartenes, tortas, harina fina y cosas semejantes, en los sacrificios místicos, inculcando doctrina saludable bajo el velo del símbolo y del enigma. Se hace mención, asimismo, de ciertas medidas entonces en uso, como efa, nebel, hin y similares. ¿Hemos, pues, de suponer que Dios hizo estos nombres y apelativos, o que en el principio los mandó que fueran tales y que se llamaran así, llamando a una clase de grano trigo, y a su médula harina, y a los dulces planos, ya sean pesados o ligeros, tortas; y que mandó que un recipiente de la clase en que se cuece o se hornea una masa húmeda se llamara sartén, o que habló de cierta medida líquida con el nombre de hin o nebel, y midió el producto seco por el homer? Ciertamente es frívolo y mera necedad judía, muy lejos de la grandeza de la sencillez cristiana, pensar que Dios, que es el Altísimo y sobre todo nombre y pensamiento, que por la sola virtud de su voluntad gobierna el mundo, al que trajo a la existencia y sostiene en el ser, se ponga, como un maestro de escuela, a resolver las sutilezas de la terminología. Digamos más bien que, así como indicamos a los sordos lo que queremos que hagan por gestos y señas, no porque no tengamos voz propia, sino porque una comunicación verbal sería enteramente inútil a los que no pueden oír, así, en tanto que la naturaleza humana es en cierto sentido sorda e insensible a las verdades superiores, sostenemos que la gracia de Dios, en diversos tiempos y de diversas maneras, habló por los Profetas, ordenando sus voces conforme a nuestra capacidad y a los modos de expresión que nos son familiares, y que por tales medios nos conduce, como con mano que guía, al conocimiento de verdades más altas, no enseñándonos en términos proporcionados a su sublimidad inherente (pues ¿cómo puede lo grande ser contenido por lo pequeño?), sino descendiendo al nivel inferior de nuestra comprensión limitada. Y así como Dios, después de dar a los animales su poder de movimiento, ya no prescribe cada paso que dan, pues su naturaleza, habiendo tomado una vez por todas su comienzo del Creador, se mueve por sí misma y hace su camino, adaptando su poder de movimiento a su objeto de tiempo en tiempo (salvo en la medida en que se dice que los pasos del hombre son dirigidos por el Señor), así nuestra naturaleza, habiendo recibido de Dios el poder del habla y de la expresión y de manifestar la voluntad por la voz, procede por las cosas, dándoles nombres distintivos mediante variadas inflexiones del sonido; y estos signos son los verbos y sustantivos que usamos, y por los cuales significamos el sentido de las cosas.
Y aunque Moisés usa la palabra «fruto» antes de la creación del fruto, y «semilla» antes de la de la semilla, esto no refuta nuestra afirmación, ni el sentido del legislador se opone a lo que hemos dicho respecto al pensamiento y a la concepción. Porque aquel fin de la labranza pasada que llamamos fruto, y aquel comienzo de la labranza futura que llamamos semilla, esta cosa, quiero decir, que subyace a estos nombres—sea trigo u otro producto que se aumenta y multiplica por la siembra— no crece, nos enseña, espontáneamente, sino por la voluntad de Aquel que los creó para crecer con su poder propio, de modo que sean el mismo fruto y se reproduzcan como semilla, y sustenten a la humanidad con su aumento. Y por la voluntad divina se produce la cosa, no el nombre, de modo que la cosa substancial es obra del Creador, pero los nombres distintivos de las cosas, por los que el habla nos provee de una descripción clara y precisa de ellas, son obra e invención de la facultad razonadora del hombre, aunque la facultad razonadora misma y su naturaleza son obra de Dios. Y puesto que todos los hombres están dotados de razón, se hallarán necesariamente diferencias de lenguaje según las diferencias de país. Pero si alguien sostiene que la luz, o el cielo, o la tierra, o la semilla fueron nombrados a la manera humana por Dios, ciertamente concluirá que fueron nombrados en alguna lengua especial. Cuál fue esa, que lo muestre. Pues quien conoce una cosa, con toda probabilidad no ignorará la otra. Porque en el río Jordán, después del descenso del Espíritu Santo, y de nuevo a oídos de los judíos, y en la Transfiguración, vino una voz del cielo, enseñando a los hombres no sólo a considerar el fenómeno como algo más que una figura, sino también a creer que el Hijo amado de Dios es verdaderamente Dios. Ahora bien, aquella voz fue formada por Dios, adecuadamente a la comprensión de los oyentes, en substancia aérea, y adaptada a la lengua del día, Dios, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad [],» habiendo articulado así sus palabras en el aire con miras a la salvación de los oyentes, como también dice nuestro Señor a los judíos, cuando pensaron que había tronado porque el sonido tuvo lugar en el aire. «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros.» Pero antes de la creación del mundo, en tanto que no había nadie que oyera la palabra, y no había elemento corporal capaz de acentuar la voz articulada, ¿cómo puede el que dice que Dios usó palabras dar alguna apariencia de probabilidad a su afirmación? Dios mismo es sin cuerpo, la creación aún no existía. La razón no nos permite concebir nada material respecto a Él. Los que habrían podido ser beneficiados por la audición no habían sido creados aún. Y si los hombres no existían todavía, tampoco se había acuñado forma alguna de lenguaje conforme a las peculiaridades nacionales; ¿con qué argumentos, entonces, puede quien mira a la letra desnuda sostener su afirmación, de que Dios habló así usando partes humanas del discurso?
Y la futilidad de tales aserciones puede verse también por esto. Pues así como las naturalezas de los elementos, que son obra del Creador, se muestran semejantes para todos, y no hay diferencia para el sentido humano en la experiencia que los hombres tienen del fuego, del aire o del agua, sino que la naturaleza de cada uno es una e inmutable, obrando de la misma manera y sin sufrir modificación alguna por las diferencias de quienes participan de ella, así también la imposición de los nombres, si hubiera sido aplicada a las cosas por Dios, habría sido la misma para todos. Pero, de hecho, mientras la naturaleza de las cosas tal como fue constituida por Dios permanece la misma, los nombres que las designan están divididos por tantas diferencias de lengua, que no sería tarea fácil siquiera calcular su número.
Y si alguno alega la confusión de lenguas que tuvo lugar en la construcción de la torre, como contradiciendo lo que he dicho, ni siquiera allí se dice de Dios que creara las lenguas de los hombres, sino que confundió la existente [], para que no todos oyeran a todos. Pues cuando todos vivían juntos y aún no estaban divididos por las diversas diferencias de raza, el conjunto de los hombres habitaba reunido con una sola lengua entre ellos; pero cuando por la voluntad divina se decretó que toda la tierra fuera llenada por el género humano, entonces, rota su comunidad de lengua, los hombres se dispersaron en diversas direcciones y adoptaron una y otra forma de habla y de lenguaje, poseyendo cierto vínculo de unión en la semejanza de la lengua, no por cierto discrepando de los demás en el conocimiento de las cosas, sino difiriendo en el carácter de sus nombres. Pues una piedra o un palo no parece una cosa para un hombre y otra para otro, sino que los diversos pueblos los llaman con nombres diferentes. De modo que nuestra posición permanece firme: que el lenguaje humano es invención de la mente o del entendimiento humano. Pues desde el principio, mientras todos los hombres tuvieron la misma lengua, vemos por la Sagrada Escritura que los hombres no recibieron enseñanza alguna de palabras de Dios, ni, cuando los hombres fueron separados en diversas diferencias de lengua, una disposición divina prescribió cómo debía hablar cada uno. Antes bien, Dios, queriendo que los hombres hablaran lenguas diferentes, dio a la naturaleza humana plena libertad para formular sonidos arbitrarios, de modo que su sentido fuera más inteligible. Por consiguiente, Moisés, que vivió muchas generaciones después de la construcción de la torre, usa una de las lenguas posteriores en su narración histórica de la creación, y atribuye ciertas palabras a Dios, relatando estas cosas en su propia lengua, en la que había sido criado y con la que estaba familiarizado, no cambiando los nombres de Dios por extrañezas y giros de habla extranjeros, para probar por la rareza y novedad de las expresiones que eran palabras del mismo Dios.
Pero algunos que han estudiado cuidadosamente las Escrituras nos dicen que la lengua hebrea ni siquiera es antigua como las demás, sino que, junto con otros milagros, este milagro fue realizado en favor de los israelitas: que después de la salida de Egipto, la lengua fue improvisada apresuradamente para uso de la nación. Y hay un pasaje en el Profeta que confirma esto. Pues dice: «cuando salió de la tierra de Egipto oyó una lengua extraña.» Si, pues, Moisés era hebreo, y la lengua de los hebreos fue posterior a las demás, Moisés, digo, que nació algunos miles de años después de la creación del mundo, y que refiere las palabras de Dios en su propia lengua— ¿no nos enseña claramente que no atribuye a Dios tal lengua de hechura humana, sino que habla como lo hace porque era imposible expresar su sentido de otro modo que en lenguaje humano, aunque las palabras que usa tienen algún significado divino y profundo?
Pues suponer que Dios usó la lengua hebrea, cuando no había nadie que oyera y entendiera tal lengua, me parece que ningún ser razonable lo consentirá. Leemos en los Hechos que el poder divino se dividió en muchas lenguas con este propósito: que ninguno de lengua extraña perdiera su parte del beneficio. Pero si Dios habló en lenguaje humano antes de la Creación, ¿a quién había de beneficiar usándolo? Pues que su habla tuviera alguna adaptación a la capacidad de los oyentes, con miras a su provecho, nadie lo consideraría indigno del amor de Dios a los hombres, porque Pablo, el seguidor de Cristo, sabía adaptar sus palabras convenientemente a los hábitos y disposición de sus oyentes, haciéndose leche para los niños y alimento sólido para los adultos []. Pero donde ningún objeto se había de ganar con tal uso del lenguaje, argüir que Dios, por así decirlo, declamaba tales palabras por sí mismo, cuando no había nadie que necesitara la información que transmitirían— tal idea, me parece, es a la vez blasfema y absurda. Por tanto, ni habló Dios en lengua hebrea, ni se expresó según forma alguna en uso entre los gentiles. Sino que todas las palabras de Dios registradas por Moisés o los Profetas son indicaciones de la voluntad divina, que resplandecen, ora de una manera, ora de otra, sobre el intelecto puro de aquellos santos varones, según la medida de la gracia de la que fueron partícipes. Moisés, pues, habló su lengua materna, y aquella en la que fue educado. Pero atribuyó estas palabras a Dios, como he dicho, repetidamente, a causa de la puerilidad de quienes eran conducidos al conocimiento de Dios, para dar una representación clara de la voluntad divina, y hacer a sus oyentes más obedientes, sobrecogidos por la autoridad del que habla.
Pero esto lo niega Eunomio, autor de toda esta contumelia con que somos atacados, y compañero y consejero de esta banda impía. Pues, trocando la insolencia en cortesía, le presentaré con sus propias palabras. Sostiene, con todas sus letras, que tiene el testimonio del propio Moisés para su afirmación de que los hombres fueron dotados por el Creador de la naturaleza con el uso de las cosas nombradas, y de sus nombres, y que la imposición de nombres a las cosas dadas fue anterior en el tiempo a la creación de quienes habrían de usarlos. Ahora bien, si está en posesión de algún Moisés propio, del que ha aprendido esta sabiduría, y, haciendo de ello su base de operaciones, se apoya en aseveraciones como éstas, a saber: que Dios, como él mismo dice, establece las leyes del habla humana, decretando que las cosas se llamen de una manera y no de otra, que juegue cuanto quiera, con su Moisés en el trasfondo para apoyar sus asertos. Pero si no hay más que un Moisés, cuyos escritos son la fuente común de instrucción para los instruidos en la Palabra divina, aceptaremos de buen grado nuestra condenación si nos hallamos refutados por la ley de ese Moisés. Mas ¿dónde halló esa ley respecto de verbos y nombres? Que la presente con las palabras mismas del texto. El relato de la Creación, y la genealogía de las generaciones sucesivas, y la historia de ciertos sucesos, y el complejo sistema de legislación, y varias regulaciones en lo tocante al servicio religioso y a la vida diaria, éstos son los capítulos principales de los escritos de Moisés. Pero, si dice que hubo alguna disposición legislativa en cuanto a las palabras, que la señale, y yo callaré. Pero no puede; pues, si pudiera, no abandonaría las evidencias más notables de la Deidad por unas que sólo pueden acarrearle ridículo, y no crédito, ante los hombres sensatos. Pues pensar que lo esencial en la piedad es atribuir a Dios la invención de las palabras, cuya alabanza el mundo entero y las maravillas que en él hay son incapaces de celebrar— ¿no ha de ser un proceder de extrema necedad descuidar así los motivos más altos de alabanza, y engrandecer a Dios por los que son puramente humanos? Su fiat precedió a la Creación, pero fue registrado por Moisés a la manera humana, aunque divinamente emitido. Esa voluntad de Dios, pues, que realizó la creación del mundo por su divino poder, consistió, dice nuestro cuidadoso estudiante de las Escrituras, en la enseñanza de palabras. Y como si Dios hubiera dicho: «Hágase una palabra», o: «Créese el habla», o: «Tenga esto o aquello tal o cual apelativo», así, en defensa de su frivolidad, aduce el hecho de que la Creación tuvo lugar por impulso de la voluntad divina. Pues con todo su estudio y experiencia en las Escrituras no sabe ni siquiera esto: que el impulso de la mente es frecuentemente llamado voz en la Escritura. Y para esto tenemos la evidencia del propio Moisés, cuyo sentido pervierte con frecuencia, pero a quien en este punto simplemente ignora. Pues ¿quién hay, por poco familiarizado que esté con el sagrado volumen, que no sepa esto: que el pueblo de Israel, que acababa de escapar de Egipto, fue de repente aterrorizado en el desierto por la persecución de los egipcios, y cuando los peligros los rodeaban por todos lados, y por un lado el mar cortaba su paso como por un muro, mientras el enemigo les cerraba la huida por la retaguardia, el pueblo, reuniéndose ante el Profeta, le acusó de ser la causa de su condición desvalida? Y cuando él los consoló en su abyecto terror, y los animó al valor, vino una voz de Dios, dirigida al Profeta por su nombre: «¿Por qué clamas a mí? []» Y sin embargo, antes de esto, la narración no hace mención de palabra alguna de parte de Moisés. Pero el pensamiento que el Profeta había elevado a Dios es llamado clamor, aunque proferido en silencio en el pensamiento escondido de su corazón. Si, pues, Moisés clama, aunque sin hablar, como lo atestigua Aquel que oye, esos «gemidos que no pueden expresarse []», ¿es extraño que el Profeta, conociendo la voluntad divina, en cuanto le era lícito decirla y a nosotros oírla, la revelara mediante palabras conocidas y familiares, describiendo el discurso de Dios a la manera humana, no expresado en palabras, sino significado por los efectos mismos? «En el principio», dice, «creó Dios», no los nombres del cielo y de la tierra, sino «el cielo y la tierra.» Y de nuevo: «Dijo Dios: Sea la luz», no el nombre Luz; y habiendo dividido la luz de las tinieblas, «llamó Dios», dice, «a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.»