3. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
y además el carácter incognoscible de la esencia, y la condescendencia de Su parte hacia nosotros, Su nacimiento de la Virgen, y Su segunda venida, la resurrección de entre los muertos y la retribución futura.
II, 3
¿Qué significa entonces ese nombre innominable sobre el cual el Señor dijo: «Bautizándolos en el nombre», y no añadió el término significativo real que «el nombre» indica? Tenemos sobre ello esta noción: que todas las cosas que existen en la creación son definidas mediante sus nombres respectivos. Así, cuando un hombre habla de «cielo» dirige la noción del oyente al objeto creado indicado por este nombre, y quien menciona «hombre» o algún animal, al momento, por la mención del nombre, imprime en el oyente la forma de la criatura, y del mismo modo todas las demás cosas, mediante los nombres que se les imponen, son representadas en el corazón de aquel que, al oír, recibe la apelación impuesta a la cosa. Solo la Naturaleza increada, que reconocemos en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, supera toda significación de nombres. Por esta causa el Verbo, cuando habló de «el nombre» al entregar la fe, no añadió qué es —porque ¿cómo podría encontrarse un nombre para aquello que está sobre todo nombre?— sino que dio autoridad para que cualquier nombre que nuestra inteligencia, por esfuerzo piadoso, pueda descubrir para indicar la Naturaleza trascendente, ese nombre se aplique igualmente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sea «el Bueno» o «el Incorruptible», cualquier nombre que cada uno considere apropiado emplear para indicar la Naturaleza inmaculada de la Divinidad. Y con esta entrega el Verbo me parece establecer para nosotros esta ley: que debemos ser persuadidos de que la Esencia divina es inefable e incomprensible: pues es claro que el título de Padre no nos presenta la Esencia, sino que solo indica la relación con el Hijo. Se sigue, entonces, que si fuera posible que la naturaleza humana fuera enseñada acerca de la esencia de Dios, Él «Que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad []» no habría suprimido el conocimiento sobre esta materia. Pero tal como es, al no decir nada acerca de la Esencia divina, mostró que el conocimiento de ella está más allá de nuestro poder, mientras que, cuando hemos aprendido aquello de lo que somos capaces, no tenemos necesidad del conocimiento más allá de nuestra capacidad, como tenemos en la profesión de fe en la doctrina que nos fue entregada lo que basta para nuestra salvación. Porque aprender que Él es el absolutamente existente, junto con Quien, por la fuerza relativa del término, se declara también la majestad del Hijo, es la enseñanza más plena de la piedad; el Hijo, como se ha dicho, implicando en íntima unión consigo mismo al Espíritu de Vida y Verdad, en cuanto Él mismo es Vida y Verdad.
Establecidas así estas distinciones, mientras anatematizamos todas las quimeras heréticas en la esfera de las doctrinas divinas, creemos, tal como fuimos enseñados por la voz del Señor, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, reconociendo junto con esta fe también la dispensación que ha sido puesta en marcha en favor de los hombres por el Señor de la creación. Porque Él «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, y tomó forma de siervo []», y encarnado en la Santísima Virgen nos redimió de la muerte «en la que estábamos retenidos», «vendidos bajo el pecado», dando como rescate por la liberación de nuestras almas su preciosa sangre que derramó en su Cruz, y habiendo hecho claro para nosotros por sí mismo el camino de la resurrección de entre los muertos, vendrá en su propio tiempo en la gloria del Padre para juzgar a toda alma en justicia, cuando «todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán; los que hicieron el bien, a resurrección de vida, y los que hicieron el mal, a resurrección de condenación». Pero para que la perniciosa herejía que ahora está siendo sembrada a voleo por Eunomio no, al caer sobre la mente de algunos de los más simples y quedar sin investigación, haga daño a la fe sin malicia, nos vemos obligados a exponer la profesión que ellos hacen circular y a esforzarnos por poner al descubierto el daño de su enseñanza.
4. Luego confuta hábilmente la declaración parcial, vacía y blasfema de Eunomio sobre el tema del absolutamente existente.
II, 4
Ahora bien, la redacción de su doctrina es como sigue: «Creemos en el único y solo Dios verdadero, conforme a la enseñanza del Señor mismo, no honrándolo con un título mentiroso (pues Él no puede mentir), sino realmente existente, un solo Dios en naturaleza y en gloria, que es sin principio, eternamente, sin fin, solo». Que no pervierta quien profesa creer conforme a la enseñanza del Señor la exposición de la fe que fue hecha acerca del Señor de todo para ajustarla a su propia fantasía, sino que él mismo siga la palabra de la verdad. Puesto que, entonces, la expresión de la fe comprende el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ¿qué concordancia tiene esta construcción suya con las palabras del Señor, para referir tal doctrina a la enseñanza de esas palabras? No pueden mostrar en qué parte de los Evangelios dijo el Señor que debíamos creer en «el único y solo Dios verdadero»: a menos que tengan algún Evangelio nuevo. Porque los Evangelios que se leen en las iglesias continuamente desde tiempos antiguos hasta el día de hoy no contienen esta frase que nos dice que debíamos creer en o ser bautizados en «el único y solo Dios verdadero», como dice esta gente, sino «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Pero como fuimos enseñados por la voz del Señor, decimos esto: que la palabra «uno» no indica solo al Padre, sino que comprende en su significado al Hijo con el Padre, en cuanto el Señor dijo: «Yo y mi Padre somos uno». De manera semejante, también el nombre «Dios» pertenece igualmente al Principio en el cual el Verbo estaba, y al Verbo que estaba en el Principio. Porque el Evangelista nos dice que «el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». De modo que cuando se expresa la Deidad, el Hijo queda incluido no menos que el Padre. Además, lo verdadero no puede ser concebido como algo ajeno y desconectado de la verdad. Pero que el Señor es la Verdad nadie en absoluto lo disputará, a menos que esté alejado de la verdad. Si, entonces, el Verbo está en el Uno, y es Dios y Verdad, como se proclama en los Evangelios, ¿en qué enseñanza del Señor basa su doctrina el que hace uso de estos términos distintivos? Porque la antítesis está entre «solo» y «no solo», entre «Dios» y «no Dios», entre «verdadero» y «no verdadero». Si es con respecto a los ídolos que hacen su distinción de frases, nosotros también estamos de acuerdo. Porque el nombre de «deidad» se da, en sentido equívoco, a los ídolos de los paganos, puesto que «todos los dioses de los paganos son demonios», y en otro sentido marca el contraste de lo uno con lo múltiple, de lo verdadero con lo falso, de los que no son dioses con Aquel que es Dios. Pero si el contraste es con el Dios Unigénito, que aprendan nuestros sabios que la verdad solo tiene su opuesto en la falsedad, y Dios en aquel que no es Dios. Pero en cuanto el Señor que es la Verdad es Dios, y está en el Padre y es uno con respecto al Padre, no hay lugar en la doctrina verdadera para estas distinciones de frases. Porque quien cree verdaderamente en el Uno ve en el Uno a Aquel que está completamente unido a Él en verdad, y deidad, y esencia, y vida, y sabiduría, y en todos los atributos cualesquiera: o, si no ve en el Uno a Aquel que es todas estas cosas, no cree en nada. Porque sin el Hijo el Padre no tiene ni existencia ni nombre, así como el Poderoso sin Poder, o el Sabio sin Sabiduría. Porque Cristo es «el Poder de Dios y la Sabiduría de Dios []»; de modo que quien imagina ver al único Dios aparte del poder, la verdad, la sabiduría, la vida, o la luz verdadera, o no ve nada en absoluto o ciertamente ve aquello que es malo. Porque la retirada de los atributos buenos se convierte en una posición y origen del mal.
«No honrándolo», dice, «con un título mentiroso, pues Él no puede mentir». Por esa frase ruego que Eunomio permanezca, y así dé testimonio de la verdad de que no puede mentir. Porque si tuviera esta mentalidad, que todo lo que dice el Señor está muy lejos de la falsedad, ciertamente será persuadido de que dice la verdad Quien dice: «Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí» — claramente, el Uno en Su totalidad, en el Otro en Su totalidad, el Padre no sobreabundando en el Hijo, el Hijo no siendo deficiente en el Padre— y Quien dice también que el Hijo debe ser honrado como es honrado el Padre, y «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre», y «nadie conoce al Padre sino el Hijo», en todos cuyos pasajes no se da indicio alguno a quienes reciben estas declaraciones como genuinas, de variación alguna de gloria, o de esencia, o de cualquier otra cosa, entre el Padre y el Hijo.
«Realmente existente», dice, «un solo Dios en naturaleza y en gloria». La existencia real se opone a la existencia irreal. Ahora bien, cada una de las cosas existentes es realmente existente en tanto que es; pero aquello que, en cuanto a apariencia y sugestión, parece ser, pero no es, esto no es realmente existente, como por ejemplo una apariencia en un sueño o un hombre en un cuadro. Pues estas y cosas semejantes, aunque existen en cuanto se refiere a la apariencia, no tienen existencia real. Si, entonces, ellos sostienen, de acuerdo con la opinión judía, que el Dios Unigénito no existe en absoluto, tienen razón al predicar la existencia real solo del Padre. Pero si no niegan la existencia del Hacedor de todas las cosas, conténtense con no privar de la existencia real a Aquel que es, quien en la aparición divina a Moisés se dio a sí mismo el nombre de Existente, cuando dijo: «Yo soy el que soy»: tal como Eunomio en su argumento posterior está de acuerdo con esto, diciendo que fue Él quien se apareció a Moisés. Luego dice que Dios es «uno en naturaleza y en gloria». Si Dios existe sin ser Dios por naturaleza, quien usa estas palabras quizá lo sepa: pero si es verdad que quien no es Dios por naturaleza no es Dios en absoluto, que aprendan del gran Pablo que quienes sirven a los que no son dioses no sirven a Dios. Pero nosotros «servimos al Dios vivo y verdadero», como dice el Apóstol []: y Aquel a quien servimos es Jesús el Cristo. Por Él incluso el apóstol Pablo se gloría en servir, diciendo: «Pablo, siervo de Jesucristo []». Nosotros, pues, que ya no servimos a los que por naturaleza no son dioses, hemos llegado al conocimiento de Aquel que por naturaleza es Dios, a quien toda rodilla se dobla «de las cosas en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra []». Pero no habríamos sido sus siervos si no hubiéramos creído que este es el Dios vivo y verdadero, a quien «toda lengua confiesa que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre []».
«Dios», dice, «que es sin principio, eternamente, sin fin, solo». Una vez más «entended, simples», como dice Salomón, «su sutileza», no sea que seáis engañados y caigáis de cabeza en la negación de la Divinidad del Hijo Unigénito. Es sin fin aquello que no admite muerte ni corrupción: igualmente, se llama eterno aquello que no es solo por un tiempo. Aquello, por tanto, que no es ni eterno ni sin fin se ve ciertamente en la naturaleza que es perecedera y mortal. En consecuencia, quien predica «infinidad» del único y solo Dios, y no incluye al Hijo en la afirmación de «infinidad» y «eternidad», sostiene con tal proposición que Aquel a quien así contrasta con lo eterno e infinito es perecedero y temporal. Pero nosotros, incluso cuando se nos dice que Dios «solo tiene inmortalidad []», entendemos por «inmortalidad» al Hijo. Porque la vida es inmortalidad, y el Señor es esa vida, quien dijo: «Yo soy la Vida». Y si se dice que mora «en la luz inaccesible a ningún hombre []», de nuevo no tenemos dificultad en entender que la Luz verdadera, inaccesible a la falsedad, es el Unigénito, en quien aprendemos de la Verdad misma que el Padre está. De estas opiniones elija el lector la más devota, si hemos de pensar del Unigénito de una manera digna de la Divinidad, o llamarlo, como prescribe la herejía, perecedero y temporal.
5. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
y no se convierte en otra cosa.
II, 5
«Creemos en Dios,» nos dice, «no separado en cuanto a la esencia en la que es uno, en más de uno, ni llegando a ser unas veces uno y otras otro, ni cambiando de ser lo que es, ni pasando de una esencia para asumir la apariencia de una triple personalidad: pues Él es siempre y absolutamente uno, permaneciendo uniforme e inmutablemente el único Dios.» De estas citas bien podrá el lector discreto separar, en primer lugar, las palabras ociosas insertadas en la afirmación sin sentido alguno de aquellas que parecen tener algún sentido, y examinar después el significado que puede descubrirse en lo que queda de su declaración, para comprobar si es compatible con la debida reverencia hacia Cristo.
La primera, pues, de las afirmaciones citadas está completamente divorciada de todo significado inteligible, bueno o malo. Pues qué sentido hay en las palabras, «no separado, en cuanto a la esencia en la que es uno, en más de uno, ni llegando a ser unas veces uno y otras otro, ni cambiando de ser lo que es,» ni el propio Eunomio podría decírnoslo, y no creo que ninguno de sus aliados pudiera hallar en las palabras sombra alguna de significado. Cuando habla de Él como «no separado en cuanto a la esencia en la que es uno,» dice o bien que Él no está separado de su propia esencia, o bien que su propia esencia no está dividida de Él. Esta afirmación sin sentido no es sino una combinación azarosa de ruido y sonido vacío. ¿Y por qué gastar tiempo en la investigación de estas expresiones carentes de sentido? Pues ¿cómo permanece alguien en la existencia cuando está separado de su propia esencia? ¿O cómo se divide la esencia de algo y se exhibe aparte? ¿O cómo es posible que uno se aparte de aquello en lo que es, y se convierta en otro, saliendo de sí mismo? Pero añade: «no pasando de una esencia para asumir la apariencia de tres personas: pues Él es siempre y absolutamente uno, permaneciendo uniforme e inmutablemente el único Dios.» Creo que la ausencia de significado en su afirmación es clara para todos sin palabra mía: contra esto argumente quien crea que hay algún sentido o significado en lo que dice; el que tiene ojo para discernir la fuerza de las palabras se negará a enredarse en una lucha con sombras insustanciales. Pues ¿qué fuerza tiene contra nuestra doctrina decir «no separado ni dividido en más de uno en cuanto a la esencia en la que es uno, ni llegando a ser unas veces uno y otras otro, ni pasando de una esencia para asumir la apariencia de tres personas?» —cosas que ni son dichas ni creídas por los cristianos, ni entendidas por inferencia de las verdades que confesamos. Pues ¿quién dijo jamás, u oyó decir a otro, en la Iglesia de Dios, que el Padre está separado o dividido en cuanto a su esencia, o que llega a ser unas veces uno, otras otro, llegando a estar fuera de sí mismo, o que asume la apariencia de tres personas? Estas cosas se las dice Eunomio a sí mismo, no argumentando con nosotros, sino ensartando su propia basura, mezclando con la impiedad de sus palabras una gran cantidad de absurdo. Pues decimos que es igualmente impío e irreligioso llamar al Señor de la creación un ser creado, y pensar que el Padre, en aquello que es, está separado o dividido, o sale de sí mismo, o asume la apariencia de tres personas, como arcilla o cera moldeada en diversas formas.
Pero examinemos las palabras que siguen: «Él es siempre y absolutamente uno, permaneciendo uniforme e inmutablemente el único Dios.» Si habla del Padre, estamos de acuerdo con él, pues el Padre es con toda verdad uno, solo, y siempre absolutamente uniforme e inmutable, sin que en ningún tiempo presente o futuro deje de ser lo que es. Si, pues, una afirmación como esta se refiere al Padre, que no contienda con la doctrina de piedad, ya que en este punto está en armonía con la Iglesia. Porque quien confiesa que el Padre es siempre e inmutablemente el mismo, siendo un solo y único Dios, mantiene firme la palabra de piedad, si en el Padre ve al Hijo, sin el cual el Padre ni es ni es nombrado. Pero si está inventando algún otro Dios además del Padre, que dispute con los judíos o con los que son llamados hipsistianos, entre los cuales y los cristianos hay esta diferencia: que ellos reconocen que hay un Dios al que llaman el Altísimo o Todopoderoso, pero no admiten que sea Padre; mientras que un cristiano, si no cree en el Padre, no es cristiano en absoluto.
6. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
II, 6
Lo que añade después de esto es lo siguiente:— «Al no tener partícipe,» dice, «en su divinidad, ni divisor de su gloria, ni quien tenga parte en su poder, ni participación en su trono real: pues Él es el único y solo Dios, el Todopoderoso, Dios de dioses, Rey de reyes, Señor de señores.» No sé a quién se refiere Eunomio cuando protesta que el Padre no admite a nadie a compartir su divinidad con Él. Pues si usa tales expresiones con referencia a los ídolos vanos y a las concepciones erróneas de quienes los adoran (así como Pablo nos asegura que no hay acuerdo entre Cristo y Belial, ni comunión entre el templo de Dios y los ídolos []), estamos de acuerdo con él. Pero si con estas afirmaciones quiere separar al Dios unigénito de la divinidad del Padre, sepa que nos está proporcionando un dilema que puede volverse contra él para refutar su propia impiedad. Pues o bien niega que el Dios unigénito sea Dios en absoluto, para reservar al Padre aquellas prerrogativas de la deidad que (según él) son incapaces de ser compartidas con el Hijo, y así queda convicto como transgresor al negar al Dios a quien los cristianos adoran; o bien, si concede que el Hijo también es Dios, pero no concorde en naturaleza con el Dios verdadero, se verá necesariamente obligado a reconocer que mantiene dioses separados unos de otros por la diferencia de sus naturalezas. Elija cuál de estas opciones prefiera: o negar la divinidad del Hijo, o introducir en su credo una pluralidad de dioses. Pues cualquiera de estas opciones que elija, en lo que respecta a la impiedad todo es lo mismo: porque nosotros, que somos iniciados en el misterio de la piedad por las palabras divinamente inspiradas de la Escritura, no vemos entre el Padre y el Hijo una participación de divinidad, sino unidad, puesto que el Señor nos ha enseñado esto con sus propias palabras, cuando dice: «Yo y el Padre somos uno» y «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» Pues si no fuera de la misma naturaleza que el Padre, ¿cómo podría tener en sí mismo lo que es diferente []? ¿O cómo podría mostrar en sí mismo lo que es desemejante, si la naturaleza extraña y ajena no recibiera el sello de aquello que es de una clase distinta de la suya? Pero dice: «ni tiene divisor de su gloria.» En esto habla de acuerdo con el hecho, aunque no sabe lo que está diciendo: pues el Hijo no divide la gloria con el Padre, sino que tiene la gloria del Padre en su totalidad, así como el Padre tiene toda la gloria del Hijo. Pues así habló al Padre: «Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío [].» Por lo cual dice también que aparecerá en el día del juicio «en la gloria del Padre [],» cuando dará a cada uno según sus obras. Y con esta frase muestra la unidad de naturaleza que subsiste entre ellos. Pues así como «una es la gloria del sol y otra la gloria de la luna [],» a causa de la diferencia entre las naturalezas de esos luminares (puesto que si ambos tuvieran la misma gloria, no se consideraría que hay diferencia alguna en su naturaleza), así Aquel que anunció de sí mismo que aparecería en la gloria del Padre indicó, por la identidad de gloria, la comunidad de naturaleza.
Pero decir que el Hijo no tiene parte en el trono real de su Padre demuestra una extraordinaria cantidad de investigación de los oráculos de Dios por parte de Eunomio, quien, después de su extrema devoción a las Escrituras inspiradas, todavía no ha oído: «Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios [],» y muchos pasajes semejantes, cuyo número no sería fácil calcular, pero que Eunomio jamás ha aprendido, y por eso niega que el Hijo esté entronizado junto con el Padre. De nuevo, la frase «no teniendo parte en su poder» deberíamos más bien pasarla por alto por carente de sentido que refutarla por impía. Pues qué sentido se atribuye a la expresión «tener parte» no es fácil descubrirlo por el uso común de la palabra. Los que echaron suertes, como nos dice la Escritura, sobre la vestidura del Señor, no querían rasgar su manto, sino que estaban dispuestos a entregárselo a aquel de su número a quien la suerte decidiera a favor []. Ellos, pues, que así echaron suertes entre sí sobre la «túnica», quizá pueda decirse que «tuvieron parte» en ella. Pero aquí, en el caso del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la medida en que su poder reside en su naturaleza (pues el Espíritu Santo sopla «donde quiere», y «obra todas las cosas en todos como quiere», y el Hijo, por quien todas las cosas fueron hechas, visibles e invisibles, en el cielo y en la tierra, «hizo todo cuanto quiso», y «vivifica a los que quiere», y el Padre puso «los tiempos en su propio poder []», de modo que, por la mención de los «tiempos», concluimos que todas las cosas hechas en el tiempo están sujetas al poder del Padre), si, digo, se ha demostrado que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están igualmente en posición de poder para hacer lo que quieren, es imposible ver qué sentido puede tener la frase «tener parte en su poder.» Pues el heredero de todas las cosas, el hacedor de los siglos, Aquel que resplandece con la gloria del Padre y expresa en sí mismo la persona del Padre, tiene todo lo que el Padre mismo tiene, y es poseedor de todo su poder, no porque el derecho se transfiera del Padre al Hijo, sino porque permanece a la vez en el Padre y reside en el Hijo. Pues Aquel que está en el Padre manifiestamente está en el Padre con todo su propio poder, y Aquel que tiene al Padre en sí mismo incluye todo el poder y la fuerza del Padre. Pues tiene en sí mismo al Padre entero, y no meramente una parte de Él; y Aquel que lo tiene enteramente, ciertamente tiene también su poder. Con qué sentido, pues, afirma Eunomio que el Padre tiene «a nadie que tenga parte en su poder», quizá puedan decirlo quienes son discípulos de su necedad: quien sabe apreciar el lenguaje confiesa que no puede entender frases divorciadas del significado. El Padre, dice, «no tiene a nadie que tenga parte en su poder.» Vamos, ¿quién hay que diga que el Padre y el Hijo contienden entre sí por el poder y echan suertes para decidir el asunto? Pero el santo Eunomio viene como mediador entre ellos y, mediante un acuerdo amistoso sin sorteo, asigna al Padre la superioridad en el poder.
Notad, os ruego, el absurdo y la puerilidad de esta rastrera exposición de sus artículos de fe. ¡Cómo! ¿Aquel que «sostiene todas las cosas con la palabra de su poder [],» que dice lo que quiere que se haga, y hace lo que quiere por el poder mismo de ese mandato, Aquel cuyo poder no queda rezagado respecto de su voluntad y cuya voluntad es la medida de su poder (pues «dijo la palabra y fueron hechos, mandó y fueron creados»), Aquel que hizo todas las cosas por sí mismo, y las hizo subsistir en sí mismo, sin el cual ninguna cosa existente ni ha llegado a ser ni permanece en el ser —¡es Él quien espera obtener su poder por algún proceso de reparto! Juzgad vosotros, los que oís, si el hombre que habla así está en sus cabales. «Pues Él es el único y solo Dios, el Todopoderoso,» dice. Si con el título de «Todopoderoso» se refiere al Padre, el lenguaje que usa es nuestro, y no lenguaje extraño: pero si quiere decir algún otro Dios distinto del Padre, que nuestro patrono de doctrinas judías predique también la circuncisión, si le place. Pues la fe de los cristianos se dirige al Padre. Y el Padre es todo esto: Altísimo, Todopoderoso, Rey de reyes y Señor de señores, y, en una palabra, todos los términos de supremo significado son propios del Padre. Pero todo lo que es del Padre es también del Hijo; de modo que, con este entendimiento, admitimos también esta frase. Pero si, dejando al Padre, habla de otro Todopoderoso, está hablando el lenguaje de los judíos o siguiendo las especulaciones de Platón —pues dicen que aquel filósofo también afirma que existe en lo alto un hacedor y creador de ciertos dioses subordinados. Así, pues, como en el caso de las opiniones judía y platónica, quien no cree en Dios Padre no es cristiano, aunque en su credo afirme un Dios todopoderoso, así también Eunomio finge falsamente el nombre de cristiano, siendo de inclinación judío, o afirmando las doctrinas de los griegos mientras se reviste de la apariencia del título que llevan los cristianos. Y con respecto a los puntos siguientes, asegura que se aplicará la misma razón. Dice que Él es «Dios de dioses.» Hacemos nuestra la declaración añadiendo el nombre del Padre, sabiendo que el Padre es Dios de dioses. Pero todo lo que pertenece al Padre ciertamente pertenece también al Hijo. «Y Señor de señores.» La misma razón se aplicará a esto. «Y Altísimo sobre toda la tierra.» Sí, pues de cualquiera de las Tres Personas en la que estés pensando, Él es Altísimo sobre toda la tierra, en la medida en que la supervisión de las cosas terrenas desde lo alto es ejercida por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así también, con lo que sigue a las palabras anteriores, «Altísimo en los cielos, Altísimo en lo más alto, Celestial, verdadero en lo que es, y así permaneciendo, verdadero en palabras, verdadero en obras.» Pues bien, todas estas cosas las distingue la mirada cristiana por igual en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si Eunomio las asigna solo a una de las Personas reconocidas en el credo, que se atreva a llamar «no verdadero en palabras» a Aquel que ha dicho: «Yo soy la Verdad», o a llamar al Espíritu de verdad «no verdadero en palabras», o que rehúse dar el título de «verdadero en obras» a Aquel que hace justicia y juicio, o al Espíritu que obra todas las cosas en todos como quiere. Pues si no reconoce que estos atributos pertenecen a las Personas que se nos han entregado en el credo, está cancelando absolutamente el credo de los cristianos. Pues ¿cómo podrá alguien tener por digno objeto de fe a Aquel que es falso en palabras e inverdadero en obras?
Pero pasemos a lo que sigue. «Por encima de todo principado, sujeción y autoridad,» dice. Este lenguaje es nuestro, y pertenece propiamente a la Iglesia católica: creer que la naturaleza divina está por encima de todo principado, y que tiene subordinado a sí todo lo que puede concebirse entre los seres existentes. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo constituyen la naturaleza divina. Si asigna esta propiedad solo al Padre, y si afirma que Él solo está libre de variación y de cambio, y si dice que Él solo es inmaculado, la inferencia que se nos quiere hacer sacar es clara, a saber, que aquel que no tiene estas características es variable, corruptible, sujeto a cambio y corrupción. Esto, pues, es lo que Eunomio afirma del Hijo y del Espíritu Santo: porque si no sostuviera esta opinión acerca del Hijo y del Espíritu, no habría empleado esta oposición, contrastando al Padre con ellos. Por lo demás, hermanos, juzgad si, con estos sentimientos, no es un perseguidor de la fe cristiana. Pues ¿quién considerará justo tener por digno objeto de reverencia aquello que varía, cambia y está sujeto a corrupción? Así pues, todo el afán de quien propaga tales nociones como estas —nociones con las que hace ver que ni la Verdad ni el Espíritu de verdad son inmaculados, invariables o inmutables— es expulsar de la Iglesia la fe en el Hijo y en el Espíritu Santo.
7. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
no divide la substancia; puesto que tampoco la naturaleza de los hombres se divide ni se separa de los padres por ser engendrada, como se demuestra ingeniosamente con los ejemplos de Adán y Abraham.
II, 7
Y veamos ahora lo que añade a sus afirmaciones anteriores. «No dividiendo», dice, «su propia esencia al engendrar, y siendo a la vez engendrador y engendrado, al mismo tiempo Padre e Hijo; pues Él es incorruptible.» De tal índole es, quizás, aquello de lo que dice el profeta, tocando a los impíos, «Tejen tela de araña [].» Pues como en la telaraña hay apariencia de algo tejido, pero no hay substancialidad en la apariencia—pues quien la toca no toca nada substancial, ya que los hilos de la araña se rompen con el toque de un dedo—así es la textura insustancial de las frases ociosas. «No dividiendo su propia esencia al engendrar y siendo a la vez engendrador y engendrado.» ¿Debemos dar a sus palabras el nombre de argumento, o llamarlas más bien una hinchazón de humores secretada por alguna inflación hidrópica? Pues ¿cuál es el sentido de «dividir su propia esencia al engendrar, y ser a la vez engendrador y engendrado?» ¿Quién está tan distraído, quién tan demente, como para hacer la afirmación contra la cual Eunomio cree estar combatiendo? Pues la Iglesia cree que el verdadero Padre es verdaderamente Padre de su propio Hijo, como dice el Apóstol, no de un Hijo ajeno a Él. Pues así declara en una de sus Epístolas, «Que no perdonó a su propio Hijo [],» distinguiéndolo, por la adición de «propio», de aquellos que son considerados dignos de la adopción de hijos por gracia y no por naturaleza. Pero ¿qué dice el que desprecia esta creencia nuestra? «No dividiendo su propia esencia al engendrar, o siendo a la vez engendrador y engendrado, al mismo tiempo Padre e Hijo; pues Él es incorruptible.» ¿Acaso quien oye en el Evangelio que el Verbo estaba en el principio, y era Dios, y que el Verbo salió del Padre, ensucia así la doctrina inmaculada con estas ideas bajas y fétidas, diciendo «¿No divide su esencia al engendrar?» ¡Vergüenza sobre la abominación de estas nociones bajas y sucias! ¿Cómo es que quien habla así no comprende que Dios, al manifestarse en carne, no admitió para la formación de su propio cuerpo las condiciones de la naturaleza humana, sino que nació para nosotros un Niño por el Espíritu Santo y el poder del Altísimo; ni la Virgen estuvo sujeta a esas condiciones, ni el Espíritu fue disminuido, ni el poder del Altísimo dividido? Pues el Espíritu está entero, el poder del Altísimo permaneció sin disminución: el Niño nació en la plenitud de nuestra naturaleza, y no manchó la incorrupción de su madre. Entonces nació carne de carne sin pasión carnal: sin embargo, Eunomio no admite que el resplandor de la gloria provenga de la gloria misma, puesto que la gloria no es disminuida ni dividida al engendrar la luz. De nuevo, la palabra del hombre es generada de su mente sin división, ¡pero Dios el Verbo no puede ser generado del Padre sin que la esencia del Padre sea dividida! ¿Hay alguien tan insensato como para no percibir el carácter irracional de su postura? «No dividiendo», dice él, «su propia esencia al engendrar.» ¿Y qué, la esencia propia de quién es dividida al engendrar? Pues en el caso de los hombres esencia significa naturaleza humana: en el caso de los brutos, significa, genéricamente, naturaleza bruta, pero en el caso del ganado, las ovejas y todos los animales brutos, específicamente, se considera según las distinciones de sus clases. ¿Cuál, entonces, de estos divide su propia esencia por el proceso de generación? ¿No permanece siempre la naturaleza sin disminución en el caso de cada animal por la sucesión de su posteridad? Además, un hombre al engendrar un hombre de sí mismo no divide su naturaleza, sino que permanece en su plenitud tanto en el que engendra como en el que es engendrado, no separada ni transferida de uno a otro, ni mutilada en uno cuando se forma plenamente en el otro, sino existiendo a la vez en su totalidad en el primero y hallándose en su totalidad en el último. Pues tanto antes de engendrar a su hijo el hombre era un animal racional, mortal, capaz de inteligencia y conocimiento, como también después de engendrar a un hombre dotado de tales cualidades: de modo que en él se muestran todas las propiedades especiales de su naturaleza; pues no pierde su existencia como hombre al engendrar al hombre derivado de él, sino que permanece después de ese acontecimiento lo que era antes sin causar ninguna disminución de la naturaleza derivada de él por el hecho de que el hombre derivado de él venga a la existencia.
Bien, el hombre es engendrado del hombre, y la naturaleza del engendrador no se divide. Sin embargo, Eunomio no admite que el Dios unigénito, Que está en el seno del Padre, sea verdaderamente del Padre, por temor, en verdad, a mutilar la naturaleza inviolable del Padre por la subsistencia del Unigénito: sino que después de decir «No dividiendo su esencia al engendrar», añade, «o siendo Él mismo engendrador y engendrado, o convirtiéndose Él mismo en Padre e Hijo,» y piensa que con frases tan sueltas y desarticuladas socava la verdadera confesión de piedad o proporciona algún apoyo a su propia impiedad, no dándose cuenta de que por los mismos medios que usa para construir una reductio ad absurdum se le descubre como defensor de la verdad. Pues nosotros también decimos que Aquel que tiene todo lo que pertenece a su propio Padre es todo lo que Él es, salvo ser Padre, y que Aquel que tiene todo lo que pertenece al Hijo exhibe en Sí mismo al Hijo en su plenitud, salvo ser Hijo: de modo que la reductio ad absurdum, que Eunomio inventa aquí, resulta ser un apoyo de la verdad, cuando la noción es expandida por nosotros para mostrarla más claramente, bajo la guía del Evangelio. Pues si «el que ha visto al Hijo ve al Padre» entonces el Padre engendró otro yo, no saliendo de Sí mismo, y a la vez apareciendo en Su plenitud en Él: de modo que de estas consideraciones aquello que parecía haber sido dicho contra la piedad queda demostrado como un apoyo de la sana doctrina.
Pero dice, «No dividiendo su propia esencia al engendrar, y siendo a la vez engendrador y engendrado, al mismo tiempo Padre e Hijo; pues Él es incorruptible.» ¡Conclusión muy convincente! ¿Qué quieres decir, sapientísimo señor? Porque Él es incorruptible, por lo tanto no divide su propia esencia al engendrar al Hijo: ni se engendra a Sí mismo ni es engendrado de Sí mismo, ni se convierte al mismo tiempo en su propio Padre y su propio Hijo porque es incorruptible. Se sigue entonces que, si alguien es de naturaleza corruptible, divide su esencia al engendrar, y es engendrado por sí mismo, y se engendra a sí mismo, y es su propio padre y su propio hijo, porque no es incorruptible. Si esto es así, entonces Abraham, porque era corruptible, no engendró a Ismael e Isaac, sino que se engendró a sí mismo por la esclava y por su legítima esposa o, para tomar los otros trucos de saltimbanqui del argumento, dividió su esencia entre los hijos que fueron engendrados de él, y primero, cuando Agar le dio un hijo, se dividió en dos secciones, y en una de las mitades se convirtió en Ismael, mientras que en la otra permaneció medio Abraham; y posteriormente el residuo de la esencia de Abraham, al dividirse de nuevo, tomó subsistencia en Isaac. En consecuencia, la cuarta parte de la esencia de Abraham se dividió en los hijos gemelos de Isaac, de modo que hubo una octava parte en cada uno de sus nietos! ¿Cómo podría uno subdividir la octava parte, cortándola pequeña en fracciones entre los doce Patriarcas, o entre las setenta y cinco almas con las que Jacob bajó a Egipto? ¿Y por qué hablo así cuando realmente debería refutar la necedad de tales nociones comenzando con el primer hombre? Pues si es propiedad solo del incorruptible no dividir su esencia al engendrar, y si Adán era corruptible, a quien se le dirigió la palabra, «Polvo eres y al polvo volverás [],» entonces, según el razonamiento de Eunomio, ciertamente dividió su esencia, siendo cortado entre los que fueron engendrados de él, y a causa del vasto número de su posteridad (la porción de su esencia que se encuentra en cada uno siendo necesariamente subdividida según el número de su progenie), la esencia de Adán se agota antes de que Abraham comience a subsistir, dispersándose en estas partículas diminutas e infinitesimales entre las incontables miríadas de sus descendientes, y el fragmento diminuto de Adán que ha llegado a Abraham y sus descendientes por un proceso de división ya no es descubrible en ellos como un remanente de su esencia, en tanto que su naturaleza ya ha sido agotada entre las incontables miríadas de los que fueron antes que ellos por su división en fracciones infinitesimales. Observa la necedad de aquel que «no entiende ni lo que dice ni de qué afirma.» Pues al decir «Puesto que Él es incorruptible» no divide su esencia ni se engendra a sí mismo ni se convierte en su propio padre, implícitamente establece que debemos suponer que todas aquellas cosas de las cuales afirma que solo el incorruptible está exento son incidentales a la generación en el caso de todo aquel que está sujeto a corrupción. Aunque hay muchas otras consideraciones capaces de probar la inanidad de su argumento, creo que lo dicho arriba es suficiente para demostrar su absurdidad. Pero esto seguramente ya ha sido reconocido por todos los que tienen ojo para la coherencia lógica, que cuando afirmó la incorruptibilidad del Padre solo, coloca todas las cosas que se consideran después del Padre en la categoría de corruptibles, en virtud de la oposición a lo incorruptible, de modo que incluso el Hijo no queda libre de corrupción. Si entonces coloca al Hijo en oposición a lo incorruptible, no solo lo define como corruptible, sino que también afirma de Él todos aquellos incidentes de los cuales afirma que solo el incorruptible está exento. Pues se sigue necesariamente que, si el Padre solo ni se engendra a sí mismo ni es engendrado de sí mismo, todo lo que no es incorruptible tanto se engendra a sí mismo como es engendrado de sí mismo, y se convierte en su propio padre e hijo, desplazándose de su propia esencia a cada una de estas relaciones. Pues si ser incorruptible pertenece solo al Padre, y si no ser las cosas especificadas es una propiedad especial del incorruptible, entonces, por supuesto, según este argumento herético, el Hijo no es incorruptible, y todas estas circunstancias, por supuesto, encuentran lugar en Él—tener su esencia dividida, engendrarse a sí mismo y ser engendrado por sí mismo, convertirse en su propio padre y su propio hijo.
Quizás, sin embargo, sea una pérdida de tiempo demorarse tanto en tales necedades. Pasemos al siguiente punto de su afirmación. Añade a lo que ya había dicho, «No necesitando, en el acto de la creación, de materia o partes o instrumentos naturales: pues Él no necesita nada.» Esta proposición, aunque Eunomio la expresa con cierta soltura de frase, no la rechazamos sin embargo como inconsistente con la doctrina piadosa. Pues aprendiendo como aprendemos que «Habló la palabra y fueron hechas: mandó y fueron creadas,» sabemos que el Verbo es el Creador de la materia, produciendo por ese mismo acto también con la materia las cualidades de la materia, de modo que para Él el impulso de su voluntad todopoderosa era todo y en lugar de todo, materia, instrumento, lugar, tiempo, esencia, cualidad, todo lo que se concibe en la creación. Pues a un mismo tiempo quiso que aquello que debía ser fuera, y su poder, que produjo todas las cosas que son, acompañó a su voluntad, convirtiendo su voluntad en acto. Pues así el poderoso Moisés en el relato de la creación nos instruye sobre el poder divino, atribuyendo la producción de cada uno de los objetos que fueron manifestados en la creación a las palabras que les ordenaban ser. Pues «Dijo Dios», nos dice, «Sea la luz, y fue la luz []:» y así sobre el resto, sin mención alguna de materia ni de agencia instrumental. En consecuencia, el lenguaje de Eunomio sobre este punto no debe ser rechazado. Pues Dios, al crear todas las cosas que tienen su origen por creación, ni necesitó de materia alguna sobre la cual operar, ni de instrumentos para ayudarlo en su construcción: pues el poder y la sabiduría de Dios no necesitan asistencia externa alguna. Pero Cristo es «el Poder de Dios y la Sabiduría de Dios [],» por Quien todas las cosas fueron hechas y sin Quien no hay cosa existente, como testifica Juan. Si, entonces, todas las cosas fueron hechas por Él, tanto visibles como invisibles, y si su sola voluntad basta para efectuar la subsistencia de las cosas existentes (pues su voluntad es poder), Eunomio profiere nuestra doctrina aunque con un modo de expresión suelto. Pues ¿qué instrumento y qué materia podría necesitar Aquel que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder para sostener la constitución de las cosas existentes por su palabra todopoderosa? Pero si sostiene que lo que hemos creído verdadero del Unigénito en el caso de la creación es verdadero también en el caso del Hijo—en el sentido de que el Padre lo creó a Él de la misma manera que la creación fue hecha por el Hijo—entonces retractamos nuestra afirmación anterior, porque tal suposición es una negación de la divinidad del Unigénito. Pues hemos aprendido del poderoso pronunciamiento de Pablo que es el rasgo distintivo de la idolatría adorar y servir a la criatura más que al Creador, así como de David, cuando dice «No habrá en ti dios nuevo: ni adorarás a dios ajeno.» Usamos esta línea y regla para llegar al discernimiento del objeto de adoración, de modo que estemos convencidos de que solo aquello es Dios que no es ni «nuevo» ni «ajeno.» Puesto que entonces se nos ha enseñado a creer que el Dios unigénito es Dios, reconocemos, por nuestra creencia de que Él es Dios, que no es ni «nuevo» ni «ajeno.» Si, entonces, Él es Dios, no es «nuevo,» y si no es nuevo, ciertamente es eterno. En consecuencia, ni el Eterno es «nuevo,» ni Aquel que es del Padre y en el seno del Padre y que tiene al Padre en Sí mismo es «ajeno» a la verdadera Deidad. Así, quien separa al Hijo de la naturaleza del Padre o bien desautoriza absolutamente la adoración del Hijo, para no adorar a un Dios ajeno, o se inclina ante un ídolo, haciendo de una criatura y no de Dios el objeto de su adoración, y dando a su ídolo el nombre de Cristo.
Ahora bien, que este es el sentido al que tiende en su concepción acerca del Unigénito se hará más claro considerando el lenguaje que emplea tocante al Unigénito mismo, que es como sigue. «Creemos también en el Hijo de Dios, el Dios unigénito, el primogénito de toda la creación, Hijo mismo, no ingenerado, verdaderamente engendrado antes de los siglos, llamado Hijo no sin haber sido engendrado antes de existir, viniendo a la existencia antes de toda creación, no increado.» Creo que la mera lectura de su exposición de fe es suficiente para hacer patente su impiedad sin necesidad de investigación alguna por nuestra parte. Pues aunque lo llama «primogénito,» sin embargo, para no levantar duda alguna en la mente de sus lectores de que no fue creado, añade inmediatamente las palabras, «no increado,» no sea que si el significado natural del término «Hijo» fuese aprehendido por sus lectores, alguna concepción piadosa acerca de Él pudiera encontrar lugar en sus mentes. Es por esta razón que después de confesarlo primero como Hijo de Dios y Dios unigénito, procede de inmediato, mediante lo que añade, a pervertir las mentes de sus lectores de su creencia devota a sus nociones heréticas. Pues quien oye los títulos «Hijo de Dios» y «Dios unigénito» es necesariamente elevado a las afirmaciones más sublimes respecto del Hijo, conducido por el significado de esos términos, en tanto que no se introduce diferencia alguna de naturaleza por el uso del título «Dios» y por el significado del término «Hijo.» Pues, ¿cómo podría Aquel que es verdaderamente el Hijo de Dios y Él mismo Dios ser concebido como algo distinto que difiere de la naturaleza del Padre? Pero para que concepciones piadosas no queden impresas de antemano en los corazones de sus lectores por estos nombres, lo llama inmediatamente «el primogénito de toda la creación, llamado Hijo, no sin haber sido engendrado antes de existir, viniendo a la existencia antes de toda creación, no increado.» Detengámonos entonces un poco en su argumento, para que se muestre que el malvado está ofreciendo sus primeras afirmaciones a la gente meramente como un cebo para inducirlos a recibir el veneno que azucara con frases de tendencia piadosa, como si fuera miel. ¿Quién no sabe cuán grande es la diferencia de significado entre el término «unigénito» y «primogénito?» Pues «primogénito» implica hermanos, y «unigénito» implica que no hay otros hermanos. Así, el «primogénito» no es «unigénito,» pues ciertamente «primogénito» es el primer nacido entre hermanos, mientras que aquel que es «unigénito» no tiene hermano: pues si fuese contado entre hermanos no sería unigénito. Y además, cualquiera que sea la esencia de los hermanos del primogénito, la misma es la esencia del primogénito mismo. Ni es esto todo lo que significa el título, sino también que el primogénito y los nacidos después de él extraen su ser de la misma fuente, sin que el primogénito contribuya en absoluto al nacimiento de los que vienen después de él: de modo que con ello queda falsada aquella afirmación de Juan, que afirma que «todas las cosas fueron hechas por Él.» Pues si Él es primogénito, difiere de los nacidos después de Él solo por prioridad en el tiempo, mientras que debe haber algún otro por Quien el poder de existir en absoluto se imparte por igual a Él y al resto. Pero para que no demos con nuestras objeciones a ningún oponente injusto base para una insinuación de que no recibimos las expresiones inspiradas de la Escritura, expondremos primero ante nuestros lectores nuestra propia opinión sobre estos títulos, y luego lo dejaremos a su juicio cuál es la mejor.