1. El décimo libro trata del carácter inalcanzable e incomprensible de la investigación acerca de los entes
Y en él expone de manera notable los puntos relativos a la naturaleza y formación de la hormiga, y el pasaje del Evangelio, «Yo soy la puerta» y «el camino,» y también trata de la atribución e interpretación de los nombres divinos, y del episodio de los hijos de Benjamín.
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No obstante, mantengámonos en nuestro asunto. Un poco más adelante ataca a quienes reconocen que la naturaleza humana es demasiado débil para concebir lo que no puede ser aprehendido, y con altivas jactancias se extiende sobre este tema de esta manera, menospreciando nuestra creencia al respecto con estas palabras:— «Pues de ningún modo se sigue que, si la mente de alguien, cegada por la malignidad y por eso incapaz de ver nada delante o por encima de su cabeza, es medianamente competente para la aprehensión de la verdad, debamos por ese motivo pensar que el descubrimiento de la realidad es inalcanzable para el resto de los hombres.» Mas yo le diría que quien declara alcanzable el descubrimiento de la realidad, sin duda ha elevado su propio entendimiento por algún método y proceso lógico mediante el conocimiento de las cosas existentes y, después de haberse ejercitado en asuntos comparativamente pequeños y fáciles de aprehender, ha lanzado, una vez así preparado, su fantasía aprehensiva sobre aquellos objetos que trascienden toda concepción. Que, pues, el hombre que presume de haber alcanzado el conocimiento de la existencia real nos interprete la naturaleza real del objeto más trivial que está ante nuestros ojos, para que por lo cognoscible garantice nuestra creencia respecto de lo secreto: que explique con la razón cuál es la naturaleza de la hormiga, si su vida se mantiene unida por el aliento y la respiración, si está regulada por órganos vitales como los demás animales, si su cuerpo tiene una armazón de huesos, si las cavidades de los huesos están llenas de médula, si sus articulaciones están unidas por la tensión de tendones y ligamentos, si la posición de los tendones se mantiene mediante envolturas de músculos y glándulas, si la médula se extiende a lo largo de las vértebras desde el sincipucio hasta la cola, si imparte a los miembros que se mueven la facultad del movimiento por medio de la envoltura de la membrana tendinosa; si la criatura tiene hígado y, en conexión con el hígado, una vesícula biliar; si tiene riñones y corazón, arterias y venas, membranas y diafragma; si exteriormente es lisa o está cubierta de pelo; si se distingue por la división en macho y hembra; en qué parte de su cuerpo se sitúa la facultad de ver y oír; si goza del sentido del olfato; si sus patas son indivisas o articuladas; cuánto tiempo vive; cuál es el método por el que obtienen la generación unos de otros, y cuál es el período de gestación; cómo es que no todas las hormigas se arrastran, ni todas son aladas, sino que unas pertenecen a las criaturas que se mueven por el suelo, mientras que otras son llevadas en alto por el aire. Que, pues, quien presume de haber captado el conocimiento de la existencia real nos manifieste de una vez la naturaleza de la hormiga, y entonces, y no antes, diserte sobre la naturaleza del poder que excede todo entendimiento. Pero si aún no ha averiguado por su conocimiento la naturaleza de la diminuta hormiga, ¿cómo es que se jacta de haber captado por la aprehensión de la razón a Aquel que en sí mismo gobierna toda la creación, y de decir que quienes reconocen en sí mismos la debilidad de la naturaleza humana tienen las percepciones de sus almas oscurecidas, y no pueden alcanzar nada delante de ellos ni cosa alguna por encima de su cabeza?
Pero veamos ahora qué entendimiento posee, por encima del resto del mundo, quien tiene el conocimiento de las cosas existentes. Escuchemos su arrogante declaración:— «Ciertamente habría sido vano que el Señor se llamara a sí mismo 'la puerta', si no hubiera nadie que pasara a la inteligencia y contemplación del Padre, y habría sido vano que se llamara a sí mismo 'el camino', si no diera facilidad alguna a quienes desean llegar al Padre. Y ¿cómo podría ser luz, sin iluminar a los hombres, sin alumbrar el ojo de su alma para entender tanto a sí mismo como a la Luz trascendente?» Ahora bien, si estuviera aquí enumerando algunos argumentos de su propia cosecha, que eluden el entendimiento de los oyentes por su sutileza, tal vez habría posibilidad de ser engañado por el ingenio del argumento, ya que su pensamiento subyacente escapa con frecuencia a la atención del lector. Pero puesto que alega las palabras divinas, por supuesto nadie censura a quienes creen que su enseñanza inspirada es propiedad común de todos. «Puesto que,» dice, «el Señor fue llamado 'puerta', se sigue de aquí que la esencia de Dios puede ser comprendida por el hombre.» Pero el Evangelio no admite este significado. Escuchemos la misma palabra divina. «Yo soy la puerta,» dice Cristo; «por mí, si alguno entra, será salvo, y entrará y saldrá, y hallará pastos.» ¿Cuál de estas cosas es, entonces, el conocimiento de la esencia? Pues como aquí se dicen varias cosas, y cada una tiene su propio significado especial, es imposible referirlas todas a la idea de la esencia, no sea que la Deidad sea pensada como compuesta de elementos diferentes; y sin embargo no es fácil hallar cuál de las frases recién citadas puede aplicarse más propiamente a ese asunto. El Señor es «la puerta,» «Por mí,» dice, «si alguno entra, será salvo, y entrará y saldrá y hallará pastos.» ¿Hemos de decir que la «entrada» de la que habla es la esencia de Dios, o la «salvación» de los que entran, o el «salir,» o el «pasto,» o el «hallar»? — pues cada uno de estos términos es peculiar en su significado, y no concuerda en sentido con los demás. Porque entrar aparece manifiestamente contrario a «salir,» y así con las demás frases. Pues el «pasto,» en su significado propio, es una cosa, y el «hallar» es otra distinta de él. ¿Cuál de estas cosas, pues, se supone que es la esencia del Padre? Porque ciertamente uno no puede, al pronunciar todas estas frases que discrepan unas de otras en significación, pretender indicar con términos incompatibles aquella Esencia que es simple e incompuesta. Y ¿cómo puede mantenerse la palabra: «A Dios nadie le vio jamás» y: «a quien ningún hombre ha visto ni puede ver []» y: «No me verá hombre y vivirá []» si estar dentro de la puerta, o fuera, o hallar pasto, denotaran la esencia del Padre? Pues verdaderamente Él es al mismo tiempo «puerta de refugio» y «casa de amparo» como lo llama David, y por sí mismo recibe a los que entran, y en sí mismo salva a los que han venido dentro, y de nuevo por sí mismo los conduce al pasto de las virtudes, y se hace todas las cosas para los que están en el camino de la salvación, a fin de hacerse a sí mismo aquello que las necesidades de cada uno demandan—a la vez camino, y guía, y «puerta de refugio,» y «casa de amparo,» y «agua de consuelo» y «pasto verde» que en el Evangelio llama «pasto»: pero nuestro nuevo teólogo dice que el Señor ha sido llamado «la puerta» a causa del conocimiento de la esencia del Padre. ¿Por qué, pues, no fuerza al mismo significado los títulos de «Roca,» y «Piedra,» y «Fuente,» y «Árbol,» y los demás, para así obtener evidencia de su propia teoría por la multitud de testimonios extraños, dado que bien puede aplicar a cada uno de ellos el mismo razonamiento que ha dado del Camino, la Puerta y la Luz? Mas, como así me lo enseña la Escritura inspirada, afirmo con audacia que Aquel que está sobre todo nombre tiene para nosotros muchos nombres, recibiéndolos según la variedad de sus bondadosos tratos con nosotros, siendo llamado Luz cuando dispersa las tinieblas de la ignorancia, y Vida cuando concede el don de la inmortalidad, y Camino cuando nos guía del error a la verdad; así también es llamado «torre de fortaleza,» y «ciudad de refugio,» y fuente, y roca, y vid, y médico, y resurrección, y todo lo semejante, con referencia a nosotros, comunicándose a sí mismo bajo diversos aspectos en virtud de sus beneficios hacia nosotros. Pero los que son de vista aguda más allá del poder humano, que ven lo incomprensible, pero pasan por alto lo que puede comprenderse, cuando usan tales títulos para exponer las esencias, están seguros de que no solo ven, sino que miden a Aquel a quien ningún hombre ha visto ni puede ver, pero no disciernen con el ojo de su alma la Fe, que es lo único que está dentro del alcance de nuestra observación, prefiriendo a ella el conocimiento que obtienen del raciocinio. Así he oído que el relato sagrado echa la culpa a los hijos de Benjamín que no guardaron la ley, pero podían disparar al grosor de un cabello [], en lo cual, me parece, la palabra mostraba su afán por un objeto vano: que eran arqueros de largo alcance y diestros contra cosas inútiles e insustanciales, pero ignorantes y descuidados de lo que manifiestamente era para su provecho. Pues después de lo que he citado, la historia continúa relatando lo que les sucedió: cómo, cuando corrieron locamente tras la iniquidad de Sodoma, y el pueblo de Israel se alzó en armas contra ellos con todas sus fuerzas, fueron completamente destruidos. Y me parece un pensamiento bondadoso advertir a los jóvenes arqueros que no deseen disparar al grosor de un cabello, mientras no tienen ojos para la puerta de la fe, sino que más bien dejen su vano trabajo en torno a lo incomprensible, y no pierdan la ganancia que está pronta a su mano, la cual se halla solo por la fe.
2. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
y les aplica la lamentación de Jeremías sobre Joaquín, como estrechamente aliados a Montano y Sabelio.
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Pero ahora que he examinado lo que queda de su tratado, me retraigo de proseguir mi argumento, pues un estremecimiento recorre mi corazón ante sus palabras. Porque quiere mostrar que el Hijo es algo distinto de la vida eterna, mientras que, si la vida eterna no se halla en el Hijo, nuestra fe quedará probada como vana, y nuestra predicación como vacía, el bautismo como superfluidad, las agonías de los mártires como del todo inútiles, los trabajos de los Apóstoles como inútiles y sin provecho para la vida de los hombres. Pues ¿por qué predicaron a Cristo, en quien, según Eunomio, no reside el poder de la vida eterna? ¿Por qué hacen mención de los que habían creído en Cristo, si no era por medio de Él por quien habían de ser partícipes de la vida eterna? «Pues la inteligencia,» dice, «de los que han creído en el Señor, saltando por encima de toda existencia sensible e intelectual, no puede detenerse ni siquiera en la generación del Hijo, sino que se apresura más allá incluso de esto en su anhelo de la vida eterna, ansiosa por encontrar al Primero.» ¿Qué debería yo lamentar más en este pasaje? ¿Que los desdichados no piensen que la vida eterna está en el Hijo, o que conciban la Persona del Unigénito de un modo tan rastrero y terreno, que se figuran que pueden remontarse en sus razonamientos sobre su comienzo, y mirar así por el poder de su propio entendimiento más allá de la vida del Hijo, y, dejando la generación del Señor en algún lugar debajo de ellos, apresurarse más allá de esto en su anhelo de la vida eterna? Pues el sentido de lo que he citado no es otro sino éste: que la mente humana, escudriñando el conocimiento de la existencia real, y elevándose por encima de la creación sensible e inteligible, dejará a Dios el Verbo, que era en el principio, por debajo de sí misma, del mismo modo que ha dejado por debajo todas las demás cosas, y viene a estar ella misma en Aquel en quien Dios el Verbo no estaba, pisando, por la actividad mental, regiones que yacen más allá de la vida del Hijo, buscando allí la vida eterna, donde el Dios unigénito no está. «Pues en su anhelo de la vida eterna,» dice, «es llevada en pensamiento, más allá del Hijo» — claramente como si no hubiera hallado en el Hijo aquello que buscaba. Si la vida eterna no está en el Hijo, entonces ciertamente Aquel que dijo: «Yo soy la vida,» será convicto de falsedad, o bien Él es vida, es verdad, pero no vida eterna. Pero lo que no es eterno está, por supuesto, limitado en duración. Y tal clase de vida es común a los animales irracionales tanto como a los hombres. ¿Dónde está, pues, la majestad de la vida misma, si incluso la creación irracional participa de ella? Y ¿cómo será el Verbo o la Razón divina lo mismo que la Vida, si ésta halla morada, en virtud de la vida que es solo temporal, en las criaturas irracionales? Pues si, según el gran Juan, el Verbo es Vida, pero esa vida es temporal y no eterna, como sostiene su herejía, y si, además, la vida temporal tiene lugar en otras criaturas, ¿cuál es la consecuencia lógica? Pues que o bien los animales irracionales son racionales, o bien la Razón debe ser confesada como irracional. ¿Tenemos acaso necesidad de más palabras para refutar su maldita y maligna blasfemia? ¿Acaso tales afirmaciones siquiera fingen ocultar su intención de negar al Señor? Pues si el Apóstol dice claramente que lo que no es eterno es temporal, y si éstos ven la vida eterna solo en la esencia del Padre, y si al alienar al Hijo de la Naturaleza del Padre también lo separan de la vida eterna, ¿qué es esto sino una manifiesta negación y rechazo de la fe en el Señor? Mientras que el Apóstol dice claramente que los que «en esta vida solamente tienen esperanza en Cristo son los más miserables de todos los hombres [].» Si, pues, el Señor es vida, pero no vida eterna, ciertamente la vida es temporal, y de un día, lo que es operativo solo para el tiempo presente, o de lo contrario el Apóstol se lamenta de los que tienen esperanza, como si hubieran perdido la vida verdadera.
Sin embargo, los iluminados al modo de Eunomio pasan de largo al Hijo, y son llevados en sus razonamientos más allá de Él, buscando la vida eterna en Aquel que es contemplado como fuera y aparte del Unigénito. ¿Qué debería uno decir contra males como éstos—salvo lo que provoca lamentación y llanto? ¡Ay!, ¿cómo podemos gemir por esta generación miserable y digna de compasión, que produce una cosecha de tan mortíferos daños? En los días antiguos, el celoso Jeremías lamentaba al pueblo de Israel, cuando dieron mal consentimiento a Joaquín, que abrió el camino a la idolatría, y fueron condenados al cautiverio bajo los asirios en pago por su culto ilícito, exiliados del santuario y desterrados lejos de la herencia de sus padres. Aún más oportuno me parece que se canten estas lamentaciones cuando el imitador de Joaquín arrastra a los que engaña a esta nueva especie de idolatría, desterrándolos de su herencia ancestral—quiero decir la Fe. Ellos también, de un modo correspondiente al relato de la Escritura, son llevados cautivos a Babilonia desde la Jerusalén de arriba—esto es, desde la Iglesia de Dios a esta confusión de doctrinas perniciosas—, pues Babilonia significa «confusión.» Y así como Joaquín fue mutilado, así este hombre, habiéndose privado voluntariamente de la luz de la verdad, se ha convertido en presa del déspota babilónico, sin haber aprendido jamás, pobre desdichado, que el Evangelio nos manda contemplar la vida eterna igualmente en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, puesto que el Verbo habló así del Padre, que conocerle es vida eterna, y del Hijo, que todo el que cree en Él tiene vida eterna, y del Espíritu Santo, que para aquel que ha recibido su gracia será un pozo de agua que salta para vida eterna. En consecuencia, todo el que anhela la vida eterna cuando ha hallado al Hijo—quiero decir el Hijo verdadero, y no el Hijo falsamente llamado— ha hallado en Él en su totalidad lo que anhelaba, porque Él es vida y tiene vida en sí mismo. Pero este hombre, tan sutil de mente, tan agudo de corazón, no descubre por su extrema agudeza de visión la vida en el Hijo, sino que, habiéndolo pasado de largo y dejándolo atrás como un obstáculo en el camino hacia aquello que busca, busca allí la vida eterna donde piensa que la Vida verdadera no está. ¿Qué podríamos concebir más aborrecible que esto por su profanidad, o más melancólico como ocasión de lamentación? Pero que se urja repetidamente contra nuestras doctrinas la acusación de sabelianismo y montanismo, es casi lo mismo que si se nos imputara la blasfemia de los anomeos. Pues si uno investigara cuidadosamente la falsedad de estas herejías, hallaría que tienen gran semejanza con el error de Eunomio. Porque cada una de ellas imita al judío en su doctrina, no admitiendo ni al Dios unigénito ni al Espíritu Santo a compartir la Deidad del Dios a quien llaman «Grande,» y «Primero.» Pues al que Sabelio llama Dios de los tres nombres, Eunomio lo llama ingénito: pero ninguno contempla la Divinidad en la Trinidad de Personas. Quién, pues, es realmente afín a Sabelio, decida el juicio de los que lean nuestro argumento. Hasta aquí sobre estos asuntos.
3. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
y compara la necedad de Eunomio a la de los niños que juegan con arena.
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Pero, puesto que en lo que sigue se afana en levantar el mal olor de sus repugnantes tentativas, con las que intenta hacer ver que el Dios Unigénito «una vez no era,» será bueno, ya que nuestra mente sobre este punto ha quedado bastante clara por nuestros argumentos anteriores, no sumergir también nuestro razonamiento en lo que es igualmente malo, salvo que tal vez no sea inoportuno añadir este único punto, escogiéndolo de entre la multitud. Dice (habiendo alguien observado que «la propiedad de no ser engendrado se asocia igualmente a la esencia del Padre» ), «el argumento avanza por pasos semejantes a aquellos con los que llegó a una conclusión en el caso del Hijo.» La doctrina ortodoxa queda claramente fortalecida por el ataque de sus adversarios, a saber, la doctrina de que no debemos pensar que no ser engendrado o ser engendrado sean idénticos a la esencia, sino que estas cosas deben contemplarse, es cierto, en el sujeto, mientras que el sujeto en su definición propia es algo distinto más allá de ellas; y, puesto que no se halla diferencia en el sujeto, porque la diferencia entre «engendrado» y «ingenerado» queda fuera de la esencia y no la afecta, se sigue necesariamente que la esencia ha de admitirse en ambas Personas sin variación. Investiguemos además, por encima de lo ya dicho, este punto: en qué sentido dice que la «engendración» es ajena al Padre —si lo hace concibiéndola como una esencia o como una energía. Si la concibe como una energía, está claramente conectada por igual con su resultado y con su autor, así como en todo género de producción puede verse la energía a la vez en el producto y en el productor, apareciendo en la producción de los efectos y no separada de su artífice. Pero si llama a la «engendración» una esencia separada de la esencia del Padre, admitiendo que el Señor vino a la existencia a partir de ella, entonces claramente la pone en lugar del Padre respecto del Unigénito, de modo que se conciben dos Padres en el caso del Hijo: uno, Padre sólo de nombre, a quien llama «el Ingenerado,» que nada tiene que ver con la engendración, y el otro, al que llama «engendración,» que desempeña para el Unigénito el papel de Padre.
Y esto queda aún más patente por las declaraciones del propio Eunomio que por nuestros propios argumentos. Pues en lo que sigue dice: «Dios, por ser sin engendración, es también anterior a lo engendrado,» y un poco más adelante, «pues Aquel cuya existencia procede de haber sido engendrado no existía antes de ser engendrado.» Por consiguiente, si el Padre nada tiene que ver con la engendración, y si es de la engendración de donde el Hijo deriva su ser, entonces el Padre no tiene acción alguna respecto de la subsistencia del Hijo, y queda aparte de toda conexión con la engendración, de la cual el Hijo extrae su ser. Si, pues, el Padre es ajeno a la engendración del Hijo, o bien inventan para el Hijo otro Padre bajo el nombre de «engendración,» o en su sabiduría presentan al Hijo como autoengendrado y autogenerado. Veis la confusión mental del hombre que nos exhibe su ignorancia arriba y abajo en su propio argumento, cómo su profanidad vaga por muchos senderos, o más bien por lugares donde no hay sendero, sin avanzar hacia su meta por guía alguna digna de confianza; y como puede verse en el caso de los niños, cuando en su juego infantil imitan la construcción de casas con arena, que lo que edifican no se dispone según plan alguno ni reglas de arte para asemejarse al original, sino que primero hacen algo al azar y de modo necio, y luego deliberan cómo llamarlo—esta penetración discierno en nuestro autor. Pues después de reunir palabras de impiedad según lo primero que le viene a la cabeza, como un montón de arena, empieza a tantear para ver adónde tiende su ininteligible profanidad, que crece espontáneamente de lo que ha dicho, sin secuencia racional alguna. Pues no imagino que originalmente se propusiera inventar la engendración como una subsistencia real que ocupara, respecto de la esencia del Hijo, el lugar del Padre, ni que estuviera en el plan de nuestro retórico que el Padre fuera considerado ajeno a la engendración del Hijo, ni que el absurdo de la autogeneración fuera introducido deliberadamente. Pero todos tales absurdos han sido emitidos por nuestro autor sin reflexión, de modo que, en cuanto a ellos, el hombre que así se equivoca ni siquiera merece mucha refutación, ya que no sabe, tomando prestadas las palabras del Apóstol, «ni lo que dice, ni de qué habla con afirmación [].»
«Pues Aquel cuya existencia procede de la engendración,» dice, «no existía antes de la engendración.» Si aquí usa el término «engendración» referido al Padre, estoy de acuerdo con él, y no hay adversario. Pues puede significarse lo mismo con una u otra frase, diciendo o bien que Abraham engendró a Isaac, o bien que Abraham fue padre de Isaac. Puesto que, entonces, ser padre es lo mismo que haber engendrado, si alguien traslada las palabras de una forma de habla a la otra, la paternidad se mostrará idéntica a la engendración. Si, por tanto, lo que Eunomio dice es esto: «Aquel cuya existencia deriva del Padre no era antes que el Padre,» la afirmación es correcta, y le damos nuestro voto a su favor. Pero si en la frase vuelve a aquella engendración de la que ya hemos hablado, y dice que está separada del Padre pero asociada al Hijo, entonces creo que es perder el tiempo detenerse en la consideración de lo ininteligible. Pues, ya piense que la engendración es un objeto autoexistente, ya sea conducido por el nombre en su pensamiento a aquello que no tiene existencia real, no he podido hasta hoy descubrirlo a partir de su lenguaje. Pues su argumento fluido y sin fundamento se presta por igual a una y otra suposición, inclinándose a un lado o al otro según el capricho del que piensa.
4. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
y que Aquel que nos redimió de la esclavitud no está bajo el dominio del Padre, ni en estado de servidumbre; y que, de lo contrario, no sólo Él, sino también el Padre que está en el Hijo y es Uno con Él, tendría que ser esclavo; y que la palabra «ente» se forma de la palabra «ser.» Y habiendo discutido excelente y notablemente todas estas cuestiones, concluye el libro.
X, 4
Pero todavía no se ha examinado la parte más grave de su profanidad, que la continuación de su tratado pasa a añadir. Pues bien, consideremos sus palabras frase por frase. Sin embargo, no sé cómo puedo atreverme a dejar que mi boca pronuncie el horrible e impío lenguaje de quien combate contra Cristo. Pues temo que, como ciertas drogas funestas, el residuo de la amarga perniciosidad se deposite sobre los labios por los que pasan las palabras. «El que se acerca a Dios,» dice el Apóstol, «debe creer que Él es [].» Por consiguiente, la existencia verdadera es la distinción propia de la Divinidad. Pero Eunomio presenta a Aquel que verdaderamente es, o bien como no existente en absoluto, o bien como no existente en sentido propio, lo cual es lo mismo que no existir en absoluto; pues quien no existe propiamente, no existe en realidad en absoluto; así, por ejemplo, se dice que «corre» en sueños quien en ese estado imagina que se esfuerza en la carrera, mientras que, como actúa falsamente la apariencia de la carrera real, su imaginación de que está corriendo no es por eso una carrera. Pero aunque en un sentido inexacto se le llame así, sin embargo el nombre se le da falsamente. Por consiguiente, quien se atreve a afirmar que el Dios Unigénito o bien no existe propiamente, o bien no existe en absoluto, borra manifiestamente de su credo toda fe en Él. Pues ¿quién puede ya creer en algo no existente? O ¿quién acudiría a Aquel cuyo ser ha sido mostrado por los enemigos del verdadero Señor como impropio e insustancial?
Pero, para que nuestra afirmación no parezca injusta contra nuestros adversarios, pondré junto a ella el lenguaje de los impíos, que es como sigue:— «Aquel que está en el seno del Existente, y que está en el principio y está con Dios, no siendo, o al menos no siendo en sentido estricto, aun cuando Basilio, descuidando esta distinción y adición, usa el título de 'Existente' indistintamente, contra la verdad—» ¿Qué dices? ¿Que Aquel que está en el Padre no es, y que Aquel que está en el principio, y que está en el seno del Padre, no es, por esta misma razón, porque está en el principio y está en el Padre, y se discierne en el seno del Existente, y por tanto no existe en sentido estricto, porque está en el Existente? ¡Ay de las vanas e irracionales doctrinas! Ahora por primera vez hemos oído esta charla vana: que el Señor, por quien son todas las cosas, no existe en sentido estricto. Y aún no hemos llegado al final de esta espantosa afirmación; sino que queda detrás algo todavía más asombroso: que no sólo afirma que Él no existe, o que no existe hablando estrictamente, sino también que la Naturaleza en la que se concibe que reside es múltiple y compuesta. Pues dice «no siendo, o no siendo simple.» Pero aquello a lo que no pertenece la simplicidad es manifiestamente múltiple y compuesto. ¿Cómo, pues, puede la misma Persona ser a la vez no existente y compuesta en esencia? Pues han de elegir una de dos alternativas: si predican de Él la no existencia, no pueden hablar de Él como compuesto, o si afirman que es compuesto, no pueden despojarlo de la existencia. Pero, para que su blasfemia asuma formas muchas y variadas, salta a toda noción impía cuando quiere contraponerlo al existente, afirmando que, hablando estrictamente, no existe, y en su relación con la Naturaleza incompuesta negándole el atributo de la simplicidad:— «no existiendo, no existiendo simplemente, no existiendo en el sentido estricto.» ¿Quién, de entre los que han transgredido la palabra y abjurado de la Fe, fue jamás tan pródigo en expresiones que niegan al Señor? Se ha levantado en rivalidad con la proclamación divina de Juan. Pues cuantas veces éste ha atestiguado «era» del Verbo, tantas veces aplica él a Aquel que es un «no era.» Y contiende contra los santos labios de nuestro padre Basilio, lanzando contra él la acusación de que «descuida estas distinciones,» cuando dice que Aquel que está en el Padre, y en el principio, y en el seno del Padre, existe, manteniendo la opinión de que la adición de «en el principio,» y «en el seno del Padre,» impide la existencia real de Aquel que es. ¡Vano aprendizaje! ¡Qué cosas enseñan los maestros del engaño! ¡Qué doctrinas extrañas introducen a sus oyentes! ¡Les instruyen que aquello que está en otra cosa no existe! Así pues, Eunomio, puesto que tu corazón y tu cerebro están dentro de ti, ninguno de ellos, según tu distinción, existe. Pues si el Dios Unigénito no existe, hablando estrictamente, por esta razón, porque está en el seno del Padre, entonces todo lo que está en otra cosa queda por ello excluido de la existencia. Pero ciertamente tu corazón existe en ti, y no independientemente; por tanto, según tu opinión, debes decir o que no existe en absoluto, o que no existe en sentido estricto. Sin embargo, la ignorancia y la profanidad de su lenguaje son tan groseras y tan evidentes, que resultan obvias incluso antes de nuestro argumento, al menos para todas las personas sensatas: pero para que su necedad y su impiedad sean más manifiestas, añadiremos esto a lo ya dicho. Si sólo se puede decir que existe en sentido estricto aquello de lo cual la palabra de la Escritura atestigua la existencia desligada de toda relación con otra cosa, ¿por qué ellos, como los que llevan agua, perecen de sed teniendo en su poder beber? Aun este hombre, aunque tenía a mano el antídoto contra su blasfemia contra el Hijo, cerró los ojos y pasó de largo como temiendo salvarse, y acusa a Basilio de injusticia por haber suprimido las palabras calificativas, y por citar sólo el «era» por sí solo, en referencia al Unigénito. Y sin embargo estaba muy en su poder ver lo que Basilio vio y lo que todo el que tiene ojos ve. Y en esto el sublime Juan me parece haber sido movido proféticamente: para que se tapara la boca de aquellos luchadores contra Cristo que, sobre la base de estas adiciones, niegan la existencia, en sentido estricto, del Cristo, diciendo simple y sin cualificación «El Verbo era Dios,» y era Vida, y era Luz, no hablando meramente de Él como estando en el principio, y con Dios, y en el seno del Padre, de modo que por su relación se anulara la existencia absoluta del Señor. Pero su afirmación de que Él era Dios, mediante esta declaración absoluta desligada de toda relación con cualquier otra cosa, corta todo subterfugio a quienes en sus razonamientos caen en la impiedad; y, además de esto, hay además algo que prueba aún de modo más convincente la malignidad de nuestros adversarios. Pues si presentan el existir en algo como indicio de no existir en sentido estricto, entonces ciertamente conceden que ni siquiera el Padre existe absolutamente, tal como han aprendido en el Evangelio, que así como el Hijo permanece en el Padre, así el Padre permanece en el Hijo, según las palabras del Señor. Pues decir que el Padre está en el Hijo equivale a decir que el Hijo está en el seno del Padre. Y de paso hagamos esta indagación ulterior. Cuando el Hijo, como ellos dicen, «no era,» ¿qué contenía el seno del Padre? Pues ciertamente deben conceder o que estaba lleno, o suponer que estaba vacío. Si, entonces, el seno estaba lleno, ciertamente el Hijo era aquello que llenaba el seno. Pero si imaginan que había algún vacío en el seno del Padre, no hacen otra cosa que afirmar de Él la perfección por vía de aumento, en el sentido de que pasó del estado de vacío y deficiencia al estado de plenitud y perfección. Pero «no conocieron ni entendieron,» dice David de aquellos que «caminan todavía en tinieblas.» Pues quien ha sido hecho hostil a la Luz verdadera no puede mantener su alma en luz. Por esta razón no percibieron que yacía a su alcance, en secuencia lógica, aquello que habría corregido su impiedad, heridos, por así decirlo, de ceguera, como los hombres de Sodoma.
Pero también dice que la esencia del Hijo está controlada por el Padre, siendo sus palabras exactas las siguientes:— «Pues Aquel que es y vive por causa del Padre, no se apropia de esta dignidad, porque la esencia que lo controla incluso a Él atrae hacia sí la concepción del Existente.» Si estas doctrinas se recomiendan a algunos de los sabios «de afuera,» que no se perturben en modo alguno los Evangelios ni el resto de la enseñanza de la Sagrada Escritura. Pues ¿qué compañerismo hay entre el credo de los cristianos y la sabiduría que ha sido hecha necedad? Pero si se apoya en el sostén de las Escrituras, que muestre una sola declaración semejante de los santos escritos, y guardaremos silencio. Oigo a Pablo clamar en alta voz: «Hay un solo Señor Jesucristo [].» Pero Eunomio grita contra Pablo, llamando esclavo a Cristo. Pues no reconocemos otra marca de esclavo que estar sujeto y controlado. El esclavo es ciertamente esclavo, pero el esclavo no puede por naturaleza ser Señor, aunque el término se le aplique por un uso inexacto. ¿Y por qué habría yo de presentar las declaraciones de Pablo como evidencia del señorío del Señor? Pues el Maestro de Pablo mismo dice a sus discípulos que Él es verdaderamente Señor, aceptando como lo hace la confesión de quienes lo llamaban Maestro y Señor. Pues dice: «Me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy [].» Y del mismo modo ordenó que el Padre fuera llamado Padre por ellos, diciendo: «No llaméis a nadie maestro sobre la tierra: porque uno es vuestro Maestro, a saber, Cristo: y no llaméis a nadie padre sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el cual está en los cielos [].» ¿A cuál, pues, debemos prestar atención, apretados como estamos entre ambos? Por un lado el Señor mismo, y aquel que tiene a Cristo hablando en él [], nos ordenan no pensarlo como esclavo, sino honrarlo así como el Padre es honrado; y por otro lado Eunomio presenta su acusación contra el Señor, reclamándolo como esclavo, cuando dice que Aquel sobre cuyos hombros descansa el gobierno del universo está bajo dominio. ¿Puede ser dudosa nuestra elección de qué hacer, o es de poca importancia la decisión que es el camino más ventajoso? ¿He de despreciar el consejo de Pablo, Eunomio? ¿He de considerar la voz de la Verdad menos digna de confianza que tu engaño? Pero «si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado.» Puesto que, entonces, Él les ha hablado, declarando verdaderamente que es Señor, y que no se le llama Señor falsamente (pues dice: «Yo soy,» no «soy llamado» ), ¿qué necesidad hay de que hagan aquello sobre lo cual la venganza es inevitable, porque están advertidos de antemano?
Pero quizá, en respuesta a esto, volverá a exponer su lógica acostumbrada, y dirá que el mismo Ser es a la vez esclavo y Señor, dominado por el poder que lo controla pero ejerciendo señorío sobre los demás. Estas distinciones profundas se comentan en las encrucijadas, difundidas por quienes están enamorados de la mentira, que confirman sus vanas nociones sobre la Deidad con ilustraciones de las circunstancias de la vida ordinaria. Pues, dado que los acontecimientos de este mundo nos dan ejemplos de tales disposiciones (así, en una casa rica puede verse al siervo más activo y entregado puesto sobre sus consiervos por mandato de su amo, y de ese modo investido de superioridad sobre otros del mismo rango y condición), trasladan esta noción a las doctrinas concernientes a la Divinidad, de suerte que el Dios Unigénito, aunque sujeto a la soberanía de su superior, no se ve en modo alguno impedido por la autoridad de su soberano en la dirección de los que le son inferiores. Pero despidámonos de tal filosofía, y procedamos a discutir este punto según la medida de nuestra inteligencia. ¿Confiesan que el Padre es por naturaleza Señor, o sostienen que llegó a esa posición por alguna especie de elección? No creo que un hombre que tenga alguna porción de intelecto pueda llegar a tal grado de locura como para no reconocer que el señorío del Dios de todos le es propio por naturaleza. Pues aquello que es por naturaleza simple, incompuesto e indivisible, sea lo que sea, lo es en todo y en su totalidad, sin convertirse en una cosa tras otra por algún proceso de cambio, sino permaneciendo eternamente en la condición en que está. ¿Cuál es, pues, su creencia sobre el Unigénito? ¿Reconocen que su esencia es simple, o suponen que hay en ella algún tipo de composición? Si piensan que Él es algo multiforme, compuesto de muchas partes, ciertamente no le concederán siquiera el nombre de Deidad, sino que arrastrarán su doctrina sobre el Cristo a concepciones corpóreas y materiales: pero si convienen en que es simple, ¿cómo es posible en la simplicidad del sujeto reconocer la concurrencia de atributos contrarios? Pues así como la oposición contradictoria de vida y muerte no admite término medio, así en sus características distintivas la dominación se opone diametral e irreconciliablemente a la servidumbre. Pues si uno considerara cada una de éstas por sí misma, no podría formular propiamente definición alguna que se aplicara por igual a ambas, y donde la definición de las cosas no es idéntica, su naturaleza también es ciertamente diferente. Si, pues, el Señor es simple e incompuesto por naturaleza, ¿cómo puede hallarse la conjunción de contrarios en el sujeto, como sería el caso si la servidumbre se mezclara con el señorío? Pero si se le reconoce como Señor, de acuerdo con la enseñanza de los santos, la simplicidad del sujeto es prueba de que no puede tener parte ni suerte en la condición opuesta: mientras que si lo presentan como esclavo, entonces es ocioso que le atribuyan el título de señorío. Pues lo que es simple por naturaleza no se divide en atributos contradictorios. Pero si afirman que Él es una cosa, y es llamado de la otra, que es esclavo por naturaleza y Señor sólo de nombre, que profieran con audacia esta declaración y nos liberen del largo trabajo de responderles. Pues ¿quién puede permitirse ser tan pausado en su tratamiento de las vaciedades como para emplear argumentos que demuestren lo que es obvio e inequívoco? Pues si un hombre se denunciara a sí mismo por el crimen de asesinato, el acusador no tendría ninguna molestia en probarle con evidencia el cargo de culpa de sangre. De igual manera, ya no presentaremos contra nuestros adversarios, cuando avanzan tan lejos en la impiedad, una refutación elaborada después del examen de su caso. Pues quien afirma que el Unigénito es esclavo, lo convierte con ello en consiervo suyo: y de aquí surgirá necesariamente una doble enormidad. Pues o despreciará a su consiervo y negará la fe, habiendo sacudido el yugo del señorío de Cristo, o se postrará ante el esclavo, y, apartándose de la naturaleza autodeterminada que no reconoce Señor sobre sí, se adorará de algún modo a sí mismo en lugar de a Dios. Pues si se ve a sí mismo en esclavitud, y el objeto de su adoración también en esclavitud, naturalmente se mira a sí mismo, viendo la totalidad de sí en aquello que adora. Pero ¿qué cálculo puede enumerar todos los demás males que acompañan necesariamente a esta perversidad de doctrina? Pues ¿quién no sabe que el que es por naturaleza esclavo, y sigue su tarea bajo la coacción impuesta por un amo, no puede verse libre siquiera de la emoción del temor? Y de esto es testigo el Apóstol inspirado, cuando dice: «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para recaer en el temor [].» De modo que se hallará que atribuyen, a semejanza de los hombres, la emoción del temor también a su consiervo Dios.
Tal es el Dios de la herejía. Pero lo que nosotros, quienes, según las palabras del Apóstol, hemos sido llamados a la libertad por Cristo, que nos ha librado de la esclavitud, hemos sido enseñados por las Escrituras a pensar, lo expondré en pocas palabras. Tomo mi punto de partida de la enseñanza inspirada y declaro con audacia que el Verbo divino no quiere que ni siquiera nosotros seamos esclavos, pues nuestra naturaleza ha sido ya transformada para mejor, y que Aquel que tomó todo lo nuestro, con la condición de darnos a cambio lo suyo, así como tomó la enfermedad, la muerte, la maldición y el pecado, tomó también nuestra esclavitud, no de modo que Él mismo tuviera lo que tomó, sino para purgar nuestra naturaleza de tales males, siendo nuestros defectos absorbidos y abolidos en su naturaleza inmaculada. Así, pues, como en la vida que esperamos no habrá ni enfermedad, ni maldición, ni pecado, ni muerte, así también la esclavitud desaparecerá juntamente con ellos. Y que lo que digo es verdad, invoco como testigo a la Verdad misma, que dice a sus discípulos «Ya no os llamo siervos, sino amigos.» Si, pues, nuestra naturaleza ha de quedar libre por fin del oprobio de la esclavitud, ¿cómo es que el Señor de todas las cosas es reducido a esclavitud por la locura y el extravío de estos hombres desvaríados, quienes, por supuesto, como consecuencia lógica, deben afirmar que Él no conoce los designios del Padre, a causa de su declaración acerca del siervo, que nos dice que «el siervo no sabe lo que hace su señor»? Pero cuando dicen esto, que oigan que el Hijo tiene en sí mismo todo lo que pertenece al Padre, y ve todas las cosas que el Padre hace, y ninguno de los bienes que pertenecen al Padre está fuera del conocimiento del Hijo. Pues ¿cómo podría faltarle algo de lo que es del Padre, viendo que tiene al Padre enteramente en sí mismo? Por consiguiente, si «el siervo no sabe lo que hace su señor,» y si Él tiene en sí mismo todas las cosas que son del Padre, que aquellos que se tambalean por la bebida fuerte recobren por fin la sobriedad, y que miren ahora, si nunca antes, hacia la verdad, y vean que Aquel que tiene todas las cosas que tiene el Padre es señor de todo, y no esclavo. Pues ¿cómo puede la persona que no reconoce sobre sí ningún señor llevar sobre sí la marca de la esclavitud? ¿Cómo puede el Rey de todas las cosas dejar de tener su forma de honor igual a sí misma? ¿Cómo puede el deshonor —pues la esclavitud es deshonor— constituir el resplandor de la verdadera gloria? ¿Y cómo el hijo del Rey nace para esclavitud? No, no es así. Antes bien, como Él es Luz de Luz, y Vida de Vida, y Verdad de Verdad, así es Señor de Señor, Rey de Rey, Dios de Dios, Supremo de Supremo; pues teniendo en sí mismo al Padre en su totalidad, todo lo que el Padre tiene en sí mismo, ello ciertamente lo tiene también, y puesto que, además, todo lo que el Hijo tiene pertenece al Padre, los enemigos de la gloria de Dios se ven inevitablemente obligados, si el Hijo es esclavo, a arrastrar también al Padre a la servidumbre. Pues no hay atributo alguno del Hijo que no sea absolutamente del Padre. «Porque todo lo mío es tuyo,» dice Él, «y lo tuyo es mío [].» ¿Qué dirán entonces las pobres criaturas? ¿Qué es más razonable: que el Hijo, que ha dicho, «Lo tuyo es mío, y yo soy glorificado en ellos [],» sea glorificado en la soberanía del Padre, o que se ofrezca ultraje al Padre por la degradación implicada en la esclavitud del Hijo? Pues no es posible que Aquel que contiene en sí mismo todo lo que pertenece al Hijo, y que está Él mismo en el Hijo, no esté también absolutamente en la esclavitud del Hijo, y tenga en sí mismo la esclavitud. Tales son los resultados logrados por la filosofía de Eunomio, por la cual inflige a su Señor el ultraje de la esclavitud, al tiempo que adhiere la misma degradación a la gloria inmaculada del Padre.
Pero volvamos una vez más al curso de su tratado. ¿Qué dice Eunomio acerca del Unigénito? Que Él «no se apropia de la dignidad,» pues llama a la apelación de «ser» una «dignidad.» ¡Sorprendente pieza de filosofía! ¿Quién de todos los hombres que han existido jamás, ya entre los sabios griegos o bárbaros, quién de los hombres de nuestro propio tiempo, quién de los hombres de todos los tiempos, dio alguna vez al «ser» el nombre de «dignidad»? Pues todo lo que se considera subsistente se dice, por la costumbre común de todos los que usan el lenguaje, que «es»: y de la palabra «es» se ha formado el término «ser.» Pero ahora la expresión «dignidad» se aplica de una manera nueva a la idea expresada por «ser.» Pues dice que «el Hijo, que es y vive por causa del Padre, no se apropia de esta dignidad,» sin tener Escritura alguna que apoye su afirmación, y sin conducir su afirmación a una conclusión tan insensata mediante ningún proceso de inferencia lógica, sino que, como si hubiera tomado en sus intestinos algún alimento ventoso, eructa su blasfemia en su forma cruda y desordenada, como un aliento desabrido. «Él no se apropia de esta dignidad.» Concedamos el punto de que el «ser» se llame «dignidad.» ¿Entonces qué? ¿Acaso Aquel que es no se apropia del ser? «No,» dice Eunomio, «porque existe en virtud del Padre.» ¿No dices entonces que Aquel que no se apropia del ser no es? Pues «no apropiarse» tiene la misma fuerza que «ser ajeno a», y es evidente la oposición mutua de las ideas. Pues aquello que es «propio» no es «ajeno,» y aquello que es «ajeno» no es «propio.» Por tanto, Aquel que no se «apropia» del ser es evidentemente ajeno al ser: y Aquel que es ajeno al ser es inexistente.
Pero su prueba contundente de este absurdo la presenta con las palabras: «como la esencia que domina incluso a Él atrae hacia sí la concepción del Existente.» No digamos nada de la torpeza de la combinación aquí: examinemos su significado serio. ¿Qué argumento ha demostrado jamás esto? Nos reitera de modo superfluo su afirmación de que la Esencia del Padre tiene soberanía sobre el Hijo. ¿Qué evangelista patrocina esta doctrina? ¿Qué proceso dialéctico nos conduce a ella? ¿Qué premisas la apoyan? ¿Qué línea de argumentación ha demostrado jamás, por consecuencia lógica alguna, que el Dios unigénito esté bajo dominio? «Pero,» dice él, «la esencia que domina sobre el Hijo atrae hacia sí la concepción del Existente.» ¿Cuál es el significado de la atracción del existente? ¿Y cómo es que la expresión «atraer» se arroja encima de lo que ha dicho antes? Ciertamente, quien considera la fuerza de las palabras juzgará por sí mismo. Acerca de esto, sin embargo, no diremos nada: pero retomaremos aquel argumento de que él no concede el ser esencial a Aquel a quien no deja el título del Existente. Y ¿por qué lucha ociosamente con sombras, contendiendo acerca de si lo no existente es esto o aquello? Pues aquello que no existe, por supuesto, ni es semejante a ninguna otra cosa, ni desemejante. Pero aun concediendo que Él es existente, le prohíbe ser llamado así. ¡Ay de la vana precisión de regatear sobre el sonido de una palabra haciendo concesiones en lo más importante! Pero ¿en qué sentido Aquel que, como él dice, tiene dominio sobre el Hijo, «atrae hacia sí la concepción del Existente»? Pues si dice que el Padre atrae su propia esencia, este proceso de atracción es superfluo: pues la existencia ya es suya, sin ser atraída. Si, por otra parte, su significado es que la existencia del Hijo es atraída por el Padre, no puedo entender cómo la existencia ha de ser arrancada del Existente y pasar a Aquel que la «atrae». ¿Puede estar soñando con el error de Sabelio, como si el Hijo no existiera en sí mismo, sino que estuviera pintado sobre la existencia personal del Padre? ¿Es este su significado en la expresión de que la concepción del Existente es atraída por la esencia que ejerce dominación sobre el Hijo? ¿O es que, sin negar la existencia personal del Hijo, dice, no obstante, que Él está separado del significado transmitido por el término «el Existente»? Y, sin embargo, ¿cómo puede «el Existente» separarse de la concepción de existencia? Pues mientras cualquier cosa es lo que es, la naturaleza no admite que no sea lo que es.