¶ 1
La primera parte de mis contiendas contra Eunomio ha quedado suficientemente establecida, con la ayuda de Dios, en el trabajo precedente, como podrán ver todos los que quieran a partir de lo que he elaborado: cómo en aquella parte anterior su falacia ha sido completamente puesta al descubierto, y su falsedad no tiene ya fuerza alguna contra la verdad, salvo en el caso de quienes muestran un ánimo muy desvergonzado contra ella. Pero puesto que, como una emboscada de salteadores, ha reunido una segunda obra contra la ortodoxia, de nuevo con la ayuda de Dios la verdad toma las armas por medio de mí contra la formación de sus enemigos, ordenando mis argumentos como un general y dirigiéndolos a su placer contra el adversario; siguiendo sus pasos me atreveré con audacia a la segunda parte de mis contiendas, sin dejarme amedrentar por la formación de la falsedad, no obstante su despliegue de numerosos argumentos. Pues fiel es Aquel que ha prometido que «mil serán perseguidos por uno», y que «diez mil serán puestos en fuga por dos», no debiéndose la victoria en la batalla al número, sino a la justicia. Pues así como el corpulento Goliat, cuando blandía contra los israelitas aquella pesada lanza de la que leemos, no inspiró temor alguno en su adversario, aunque era un pastor y no versado en las tácticas de la guerra, sino que, habiéndolo encontrado en combate, pierde su propia cabeza por una inversión directa de sus expectativas, así nuestro Goliat, el campeón de este sistema ajeno, extendiendo su blasfemia contra sus adversarios como si tuviera la mano sobre una espada desnuda, y destellando entretanto con sofismas recién afilados en su piedra de amolar, no ha logrado infundirnos, aunque no seamos soldados, temor alguno de su destreza, ni se ha visto libre para exultar por la escasez de adversarios; al contrario, nos ha hallado guerreros improvisados del redil del Señor, no adiestrados en la guerra lógica, y que no consideramos menoscabo serlo, sino que simplemente lanzamos contra él nuestro llano y tosco argumento de verdad. Puesto que, entonces, aquel pastor del relato, cuando hubo derribado al extranjero con su honda y roto su yelmo con la piedra, de modo que se abrió bajo la violencia del golpe, no limitó su valor a contemplar al enemigo caído, sino que corriendo hacia él y privándolo de su cabeza, vuelve llevándola como trofeo a su pueblo, paseando aquella cabeza jactanciosa por el campamento de sus compatriotas; mirando este ejemplo, nos corresponde también a nosotros avanzar sin amedrentarnos a la segunda parte de nuestros trabajos, y, en cuanto sea posible, imitar el valor de David y, como él, después del primer golpe plantar nuestro pie sobre el enemigo caído, de modo que el enemigo de la verdad sea exhibido, en lo posible, como un tronco sin cabeza. Pues separado como está de la fe verdadera, está mucho más verdaderamente decapitado que aquel filisteo. Pues como Cristo es la cabeza de todo hombre, como dice el Apóstol [], y es razonable que sólo el creyente sea llamado así (pues Cristo, creo, no puede ser la cabeza también de los incrédulos), se sigue que el que está separado de la fe salvadora debe estar sin cabeza como Goliat, separado de la verdadera cabeza por su propia espada que había afilado contra la verdad; cuya cabeza no será tarea nuestra cortar, sino mostrar que está cortada.
Y que nadie suponga que es por orgullo o deseo de reputación humana por lo que desciendo a esta guerra sin tregua e implacable para enfrentarme al enemigo. Pues si se me permitiera pasar una vida pacífica sin meterme con nadie, estaría muy lejos de mi disposición perturbar caprichosamente mi tranquilidad, provocando y suscitando voluntariamente una guerra contra mí mismo. Pero ahora que la ciudad de Dios, la Iglesia, está sitiada, y la gran muralla de la fe es sacudida, batida por las máquinas circundantes de la herejía, y no es pequeño el riesgo de que la palabra del Señor sea arrastrada al cautiverio por su embestida diabólica, considerando cosa terrible rehusar tomar parte en el combate cristiano, no me he apartado hacia el reposo, sino que he tenido el sudor del trabajo por más honorable que el descanso del reposo, sabiendo bien que así como cada hombre, dice el Apóstol, recibirá su propia recompensa [] según su propio trabajo, así, naturalmente, recibirá castigo por el descuido del trabajo proporcionado a su fuerza. En consecuencia, sostuve con buen ánimo el primer encuentro en la discusión, sacando de mi zurrón de pastor, es decir, de la enseñanza de la Iglesia, mis argumentos naturales e impremeditados para la subversión de esta blasfemia, no necesitando en absoluto el equipo de argumentos de fuentes profanas para capacitarme para el combate; y ahora tampoco me echo atrás ante la segunda parte del encuentro, fijando mi esperanza, como el gran David, en Aquel «que adiestra mis manos para la guerra y mis dedos para la batalla», por si acaso la mano del escritor puede, también en mi caso, ser guiada por el poder divino para derribar estas opiniones heréticas, y mis dedos pueden servir para el derribo de su formación maligna dirigiendo mi argumento con destreza y precisión contra el enemigo. Pero así como en los combates humanos quienes sobresalen en valor y fuerza, protegidos por su armadura y habiendo adquirido previamente pericia militar mediante su entrenamiento para afrontar el peligro, se colocan a la cabeza de su columna, afrontando el peligro por los que están formados detrás de ellos, mientras que el resto de la compañía, aunque sirva sólo para dar apariencia de número, parece no obstante, aunque sea por sus escudos apretados, contribuir al bien común, así en estos nuestros conflictos aquel noble soldado de Cristo y vehemente campeón contra los extraños, el poderoso guerrero espiritual Basilio — equipado como está con toda la armadura descrita por el Apóstol, y asegurado por el escudo de la fe, y teniendo siempre delante aquella arma defensiva, la espada del espíritu — pelea en la vanguardia de la hueste del Señor con su argumento elaborado contra esta herejía, vivo y resistiendo y prevaleciendo sobre el enemigo, mientras nosotros, el rebaño común, cobijándonos bajo el escudo de aquel campeón de la fe, no nos retraeremos de ningún combate dentro del alcance de nuestro poder, según nuestro capitán nos conduzca contra el enemigo. Como él, entonces, en su refutación de la opinión falsa e insostenible mantenida por esta herejía, afirma que «ingenerado» no puede predicarse de Dios excepto como mera noción o concepción, de lo cual ha aducido pruebas apoyadas en el sentido común y en la evidencia de la Escritura, mientras Eunomio, el autor de la herejía, ni acepta sus afirmaciones ni es capaz de derribarlas, sino que en su conflicto con la verdad, cuanto más claramente resplandece la luz de la verdadera doctrina, tanto más, como las criaturas nocturnas, rehúye la luz, y, no pudiendo ya encontrar los escondrijos sofísticos a los que está acostumbrado, vaga al azar, y entrando en el laberinto de la falsedad da vueltas y más vueltas en el mismo lugar, estando casi todo su segundo tratado ocupado en esta vana nimiedad— conviene, por tanto, que nuestra batalla contra los que se nos oponen tenga lugar en el mismo terreno donde nuestro campeón, con su propio tratado, ha sido nuestro guía.
Ante todo, sin embargo, considero aconsejable repasar brevemente nuestras propias opiniones doctrinales y el desacuerdo de nuestro adversario con ellas, para que nuestra revisión de las proposiciones en cuestión proceda metódicamente. Ahora bien, el punto principal de la ortodoxia cristiana es creer que el Dios unigénito, que es la verdad y la luz verdadera, y el poder de Dios y la vida, es verdaderamente todo lo que se dice que es, tanto en otros respectos como especialmente en esto: que es Dios y la verdad, es decir, Dios en verdad, siendo siempre lo que se concibe que es y lo que se le llama, que nunca en ningún tiempo no fue, ni jamás dejará de ser, cuyo ser, tal como es esencialmente, está más allá del alcance de la curiosidad que intentaría comprenderlo. Pero a nosotros, como dice la palabra de la Sabiduría, se nos da a conocer que Él es «por la grandeza y hermosura de sus criaturas proporcionalmente» a las cosas conocidas, concediéndonos el don de la fe por las operaciones de sus manos, pero no la comprensión de lo que Él es. Siendo, pues, tal la opinión que prevalece entre todos los cristianos (al menos entre los que son verdaderamente dignos de tal apelativo, es decir, los que han sido enseñados por la ley a no adorar nada que no sea verdaderamente Dios, y por ese mismo acto de adoración confiesan que el Unigénito es Dios en verdad, y no un Dios falsamente llamado así), surgió esta plaga mortal de la Iglesia, trayendo esterilidad sobre las santas semillas de la fe, defendiendo como defiende los errores del judaísmo y participando en cierta medida de la impiedad de los griegos. Pues en su ficción de un Dios creado defiende el error de los griegos, y al no aceptar al Hijo apoya el de los judíos. Esta escuela, pues, que eliminaría la mismísima Divinidad del Señor y enseñaría a los hombres a concebirlo como un ser creado, y no como aquello que el Padre es en esencia, poder y dignidad, puesto que estas ideas nebulosas no hallan apoyo cuando son expuestas por todos lados a la luz de la verdad, ha pasado por alto todos aquellos nombres suministrados por la Escritura para la glorificación de Dios, y predicados de igual modo del Padre y del Hijo, y se ha acogido a la palabra «ingenerado», término fabricado por ellos mismos para arrojar desprecio sobre la grandeza del Dios unigénito. Pues mientras que una confesión ortodoxa nos enseña a creer en el Dios unigénito, de modo que todos los hombres honren al Hijo así como honran al Padre, estos hombres, rechazando los términos ortodoxos con los que la grandeza del Hijo es significada como a la par de la dignidad del Padre, sacan de ahí los comienzos y fundamentos de su herejía en lo tocante a su Divinidad. Pues como el Dios unigénito, tal como enseña la voz del Evangelio, vino del Padre y es de Él, tergiversando esta doctrina con un cambio de términos, se sirven de ellos para desgarrar la fe verdadera en pedazos. Pues mientras que la verdad enseña que el Padre no procede de causa preexistente alguna, estos hombres han dado a tal concepción el nombre de «no-engendración», y significan la substancia del Unigénito desde el Padre con el término «engendración» — y luego, comparando los dos términos «ingenerado» y «engendrado» como contradictorios entre sí, se sirven de la oposición para extraviar a sus insensatos seguidores. Pues, para aclarar la cuestión con una ilustración, las expresiones Fue engendrado y No fue engendrado son muy semejantes a Está sentado y No está sentado, y a todas las expresiones de este tipo. Pero ellos, forzando estas expresiones apartándolas del significado natural de los términos, están ansiosos por ponerles otro significado con vistas a la subversión de la ortodoxia. Pues mientras que, como se ha dicho, las palabras «está sentado» y «no está sentado» no son equivalentes en significado (una expresión es contradictoria de la otra), pretenden que esta contradicción formal en la expresión indica una diferencia esencial, atribuyendo la engendración al Hijo y la no-engendrado al Padre como sus atributos esenciales. Sin embargo, así como es imposible considerar el estar un hombre sentado o no como la esencia del hombre (pues no se usaría la misma definición para el estar sentado de un hombre que para el hombre mismo), así, por analogía del ejemplo anterior, la esencia no engendrada es en su idea inherente algo totalmente distinto de lo expresado por «no haber sido engendrado». Pero nuestros adversarios, con la vista puesta en su malvado objeto, el de establecer su negación de la Divinidad del Unigénito, no dicen que la esencia del Padre sea ingenerada, sino que, inversamente, declaran que la no-engendración es su esencia, a fin de que, mediante esta distinción respecto de la engendración, establezcan, por la oposición verbal, una diversidad de naturalezas. En la dirección de la impiedad miran con diez mil ojos, pero respecto de la impracticabilidad de su propia pretensión son tan incapaces de visión como hombres que cierran deliberadamente los ojos. Pues ¿quién, sino aquel cuyas ópticas mentales están totalmente ciegas, puede dejar de discernir el carácter flojo e insustancial del principio de su doctrina, y que su argumento en apoyo de la no-engendración como esencia no tiene nada en qué sostenerse? Pues éste es el modo en que su error se establecería.
Pero, en la medida de mis fuerzas, alzaré mi voz para refutar el argumento de nuestros enemigos. Dicen que Dios es declarado sin engendración, que la Divinidad es por naturaleza simple, y que lo simple no admite composición. Si, entonces, Dios, que es declarado sin engendración, es por su naturaleza sin composición, su título de Ingenerado debe pertenecer a su naturaleza misma, y esa naturaleza es idéntica a la no-engendración. A lo cual respondemos que los términos incompuesto e ingenerado no son la misma cosa, pues el primero representa la simplicidad del sujeto, y el otro su carencia de origen, y estas expresiones no son convertibles en significado, aunque ambas se prediquen de un mismo sujeto. Pero por la apelación de Ingenerado se nos ha enseñado que Aquel que así es llamado no tiene origen, y por la apelación de simple que está libre de toda mezcla (o composición), y estos términos no pueden sustituirse el uno al otro. No hay, por tanto, necesidad de que, porque la Divinidad sea por naturaleza simple, esa naturaleza deba llamarse no-engendración; sino que, en cuanto es indivisible y sin composición, se habla de Él como simple, mientras que en cuanto no fue engendrado, se habla de Él como ingenerado.
Ahora bien, si el término ingenerado no significara el ser sin origen, sino que la idea de simplicidad entrara en el significado de tal término, y Él fuera llamado ingenerado en su sentido herético, meramente porque es simple e incompuesto, y si los términos simple e ingenerado son lo mismo en significado, entonces también la simplicidad del Hijo tendría que ser equivalente a la no-engendración. Pues no negarán que Dios el Unigénito es por naturaleza simple, a menos que estén dispuestos a negar que Él es Dios. En consecuencia, el término simplicidad no tendrá en su significado conexión alguna con el ser ingenerado, de modo que, por razón de su carácter incompuesto, su naturaleza deba llamarse no-engendración; de lo contrario, se atraen una de dos alternativas absurdas: o niegan la Divinidad del Unigénito, o le atribuyen también la no-engendración. Pues si Dios es simple, y el término simplicidad es, según ellos, idéntico a ingenerado, deben o bien hacer ver al Hijo de naturaleza compuesta, con lo cual se implica que tampoco es Dios, o bien, si conceden su Divinidad, y Dios (como he dicho) es simple, entonces lo hacen al mismo tiempo ingenerado, si los términos simple e ingenerado son convertibles. Pero para aclarar más mi significado haré una recapitulación. Afirmamos que cada uno de estos términos tiene su propio significado peculiar, y que el término indivisible no puede traducirse por ingenerado, ni ingenerado por simple; sino que por simple entendemos no compuesto, y por ingenerado se nos enseña a entender lo que no tiene origen. Además sostenemos que estamos obligados a creer que el Hijo de Dios, siendo Él mismo Dios, es Él mismo también simple, porque Dios está libre de toda composición; y del mismo modo, al hablar de Él también con la apelación de Hijo, no denotamos simplicidad de substancia, ni en la simplicidad incluimos la noción de Hijo, sino que sostenemos que el término Hijo indica que Él es de la substancia del Padre, y que el término simple significa lo que la palabra lleva en su superficie. Puesto que, entonces, el significado del término simple respecto de la esencia es uno y el mismo, ya se hable del Padre o del Hijo, no difiriendo en grado alguno, mientras que hay una gran diferencia entre engendrado e ingenerado (lo uno contiene una noción que no está contenida en lo otro), por esta razón afirmamos que no hay necesidad de que, siendo el Padre ingenerado, su esencia deba, porque esa esencia es simple, ser definida por el término ingenerado. Pues tampoco del Hijo, que es simple y a quien creemos engendrado, decimos que su esencia sea simplicidad. Sino que, así como la esencia es simple y no simplicidad, así también la esencia es ingenerada y no no-engendrada. Del mismo modo, siendo el Hijo engendrado, nuestra razón queda libre de toda necesidad de que, porque su esencia sea simple, definamos esa esencia como engendrado; pero aquí también cada expresión tiene su fuerza peculiar. Pues el término engendrado sugiere una fuente de donde, y el término simple implica ausencia de composición. Pero esto no les agrada. Pues sostienen que, dado que la esencia del Padre es simple, no puede considerarse como algo distinto de la no-engendración; por cuya causa también se dice que Él es ingenerado. Respondiéndoles podemos también observar que, puesto que llaman al Padre Creador y Hacedor, y Aquel que así es llamado es simple respecto de su esencia, ya va siendo hora de que tales sofistas declaren que la esencia del Padre es creación y hechura, ya que el argumento de la simplicidad introduce en su esencia cualquier significación de cualquier nombre que le demos. O bien, entonces, que separen la no-engendración de la definición de la esencia divina, no concediendo al término más que su significación propia, o, si en razón de la simplicidad del sujeto definen su esencia con el término no-engendración, por paridad de razonamiento que vean igualmente creación y hechura en la esencia del Padre, no como si el poder residente en la esencia creara e hiciera, sino como si el poder mismo significara creación y hechura. Pero si rechazan esto como malo y absurdo, que se dejen persuadir por lo que lógicamente se sigue a rechazar también la otra proposición. Pues así como la esencia del constructor no es la cosa construida, tampoco la no-engendración es la esencia del Ingenerado. Pero por mor de claridad y concisión reexpondré mis argumentos. Si el Padre se llama ingenerado, no por razón de no haber sido jamás engendrado, sino porque su esencia es simple e incompuesta, por paridad de razonamiento también el Hijo debe ser llamado ingenerado, pues Él también es una esencia simple e incompuesta. Pero si nos vemos obligados a confesar que el Hijo es engendrado porque Él fue engendrado, es manifiesto que debemos dirigirnos al Padre como ingenerado, porque Él no fue engendrado. Pero si a esta conclusión nos obligan la verdad y la fuerza de nuestras premisas, es claro que el término ingenerado no es parte de la esencia, sino que es indicativo de una diferencia de concepciones, que distingue lo engendrado de lo ingenerado. Pero discutamos también este punto, además de lo que he dicho. Si afirman que el término ingenerado significa la esencia (del Padre), y no que Él tiene su substancia sin origen, ¿qué término usarán para denotar el ser del Padre sin origen, cuando han dejado de lado el término ingenerado para indicar su esencia? Pues si no se nos enseña la diferencia distintiva de las Personas por el término ingenerado, sino que hemos de considerarlo como indicador de su misma naturaleza, como fluyendo en cierto modo de la materia y revelando lo que buscamos en sílabas articuladas, se seguirá que Dios no es, o no debe ser llamado, ingenerado, no quedando palabra alguna para expresar tal significación peculiar respecto de Él. Pues en cuanto que, según ellos, el término ingenerado no significa sin origen, sino que indica la naturaleza divina, su argumento se hallará que lo excluye por completo, y el término ingenerado se desliza fuera de su enseñanza respecto de Dios. Pues no habiendo otra palabra o término para representar que el Padre es ingenerado, y significando ese término, según su falaz argumento, algo distinto, y no que Él no fue engendrado, todo su argumento cae y se derrumba en el sabelianismo. Pues por este razonamiento hemos de sostener que el Padre es idéntico al Hijo, habiendo sido eliminada de su enseñanza la distinción entre engendrado e ingenerado, de modo que se ven empujados a una de dos alternativas: o bien deben adoptar de nuevo la idea de que el término denota una diferencia en los atributos propios de cada Persona, y no la naturaleza, o bien, manteniendo sus conclusiones sobre la palabra, deben ponerse de parte de Sabelio. Pues es imposible que la diferencia de las personas quede sin confusión, a menos que haya distinción entre engendrado e ingenerado. En consecuencia, si el término denota diferencia, la esencia no será denotada de ningún modo por tal apelación. Pues las definiciones de diferencia y esencia no son en absoluto las mismas.
Pero si desvían el significado de la palabra de modo que signifique naturaleza, serán arrastrados a la herejía de los llamados «Hijo-Padres,» al quedar rechazada de su explicación toda exactitud de definición respecto de las Personas. Pero si dicen que no hay nada que impida que la distinción entre engendrado e ingenerado sea expresada por el término ingenerado, y que ese término represente también la esencia, que nos distingan los significados afines de la palabra, de modo que la noción de ingenerado pueda aplicarse propiamente a cualquiera de ellos tomado por sí mismo. Pues la expresión de la diferencia por medio de este término no entraña ambigüedad, consistiendo como consiste en una oposición verbal. Pues como equivalente a decir «el Hijo ha sido, y el Padre no ha sido, engendrado», también nosotros asentimos a la afirmación de que éste es ingenerado y aquél engendrado, por una suerte de correlación verbal. Pero desde qué punto de vista puede hacerse una clara manifestación de la esencia mediante esta apelación, esto son incapaces de decirlo. Mas guardando silencio sobre este punto, nuestro novel teólogo nos teje una red de sutilezas triviales en su tratado anterior. Porque Dios, dice, siendo simple, es llamado ingenerado; por tanto, Dios es no-engendración. ¿Qué tiene que ver la noción de simplicidad con la idea de ingenerado? Pues no sólo el Unigénito es engendrado, sino que, sin controversia, es también simple. Pero, dice, es también sin partes e incompuesto. Pero ¿qué tiene esto que ver con la cuestión? Pues tampoco el Hijo es multiforme y compuesto: y sin embargo no es por eso ingenerado.
Pero, dice él, Él está sin cantidad y sin magnitud. Concedido: pues el Hijo también es ilimitado en cantidad y magnitud, y sin embargo es el Hijo. Pero éste no es el punto. Pues la tarea que se nos presenta es ésta: ¿en qué significación de ingenerado* se declara la esencia? Pues así como esta palabra marca la diferencia de las propiedades, así sostienen que la esencia también queda indicada sin ambigüedad por una de las cosas significadas por la apelación.
Pero esto lo deja sin decir, y sólo afirma que la no-engendración no debe predicarse de Dios como mera epinoia*. Pues lo que así se dice, dice él, se disuelve y pasa con su pronunciación. Pero ¿qué hay que se pronuncie y no se disuelva así? Pues no conservamos indisoluble, como los que hacen vasijas o ladrillos, lo que pronunciamos con nuestra voz en el molde del discurso que formamos de una vez con nuestros labios, sino que tan pronto como un discurso ha sido emitido por nuestra voz, lo que hemos dicho deja de existir. Pues el aliento de nuestra voz, dispersándose de nuevo en el aire, no deja impresa huella alguna de nuestras palabras en el lugar en que tal dispersión de nuestra voz ha tenido lugar: de modo que si él hace de esto la característica distintiva de un término que expresa una mera epinoia —que no permanece, sino que se desvanece con la voz que lo pronuncia—, bien podría llamar de una vez a todo término una mera epinoia, en cuanto que ninguna substancia permanece en término alguno después de su pronunciación. No, ni siquiera podrá mostrar que la no-engendración misma, que él exceptúa de los productos de la epinoia, sea indisoluble y fija cuando ha sido pronunciada, pues esta expresión de la voz a través de los labios no permanece en el aire. Y de esto podemos ver el carácter insustancial de sus afirmaciones; porque, aun si sin hablar describimos por escrito nuestras concepciones mentales, no es como si los objetos substanciales de nuestros pensamientos adquiriesen su significación de las letras, mientras que los no-substanciales no tuvieran parte en lo que las letras expresan. Pues lo que venga a nuestra mente, ya exista intelectualmente, ya de otro modo, nos es posible guardarlo por escrito a nuestra discreción. Y la voz y las letras son de igual valor para la expresión del pensamiento, pues comunicamos lo que pensamos tanto por las segundas como por la primera. Qué ve, entonces, para justificar el hacer que la concepción mental perezca sólo con la voz, no logro comprenderlo. Pues en el caso de todo discurso emitido por medio del sonido, el paso del aliento que conduce la voz se dirige ciertamente hacia su elemento afín, pero el sentido de las palabras dichas queda grabado por el oído en la memoria del alma del oyente, sea verdadero o falso. ¿No es, pues, ésta una interpretación débil de esta suya de la epinoia* la que nuestro escritor ofrece, cuando la caracteriza y define por la disolución de la voz? Y por esta razón el oyente inteligente, como dice Isaías, objeta este relato inconcebible de la concepción mental, mostrando que es, para usar las propias palabras del hombre, verdaderamente disoluble e insustancial, y discute científicamente la fuerza inherente al término, avanzando su argumento mediante ejemplos familiares hacia la contemplación de la doctrina. Contra el cual Eunomio, exaltándose con este pomposo escrito, se esfuerza por derribar la verdadera explicación de la concepción mental, de esta manera.
Pero antes de examinar lo que ha escrito, quizá sea mejor preguntar con qué propósito se niega a admitir que ingenerado* pueda predicarse de Dios por vía de epinoia*. Ahora bien, la doctrina sostenida en común por todos los que han recibido la palabra de nuestra religión es que toda esperanza de salvación debe ponerse en Cristo, siendo imposible que alguno se halle entre los justos, a menos que la fe en Cristo supla lo que se desea. Y estando esta convicción firmemente establecida en las almas de los fieles, y debiéndose todo honor, gloria y adoración al Dios unigénito como Autor de la vida, que hace las obras del Padre, como el Señor mismo dice en el Evangelio, y que no queda corto en excelencia alguna en todo conocimiento de lo que es bueno, no sé cómo han sido tan pervertidos por la malignidad y la envidia del honor del Señor que, como si juzgaran que la adoración rendida por los fieles al Dios unigénito es un detrimento para ellos mismos, se oponen a sus honores divinos y tratan de persuadirnos de que nada de lo que se dice de ellos es verdadero. Pues para ellos ni es Él muy Dios, aunque así sea llamado, al parecer, por la Escritura, ni, aunque llamado Hijo, tiene una naturaleza que haga buena la apelación, ni tiene comunidad de dignidad o de naturaleza con el Padre. Pues, dicen, no es posible que el que es engendrado sea de igual honor que Aquel que lo hizo, ni en dignidad, ni en poder, ni en naturaleza, porque la vida de este último es infinita, y su existencia desde la eternidad, mientras que la vida del Hijo está en cierto modo circunscrita, limitando el comienzo de su ser engendrado su vida al principio, e impidiéndole ser coextensiva con la eternidad del Padre, de modo que su vida también debe considerarse defectuosa; y el Padre no fue siempre lo que ahora es y se dice ser, sino que, habiendo sido algo distinto antes, determinó después que sería Padre, o más bien que sería llamado así. Pues ni siquiera del Hijo fue llamado Padre con razón, sino de una criatura supuestamente investida con el título de hijo. Y de todas maneras, dicen, el más joven es por necesidad inferior al mayor, lo finito a lo eterno, lo que es engendrado por la voluntad del que engendra, al que engendra mismo, tanto en poder, como en dignidad, y naturaleza, y precedencia debida a la edad, y todas las demás prerrogativas de respeto. Pero ¿cómo podemos dignificar justamente con los honores debidos al Dios verdadero a aquello que carece de la perfección de los atributos más divinos? Así establecerían la doctrina de que uno que es limitado en poder, y carente de la perfección de la vida, y sujeto a un superior, y que no hace nada por sí mismo sino lo que es sancionado por la autoridad del más poderoso, no goza de honor ni consideración divina, sino que, mientras lo llamamos Dios, empleamos un término vacío de toda grandeza en su significación. Y puesto que tales afirmaciones como éstas, cuando se les despoja de su ropaje plausible, mueven a indignación y hacen estremecer al oyente por su extrañeza (pues ¿quién puede tolerar a un mal consejero que desnuda e imprudentemente urge el derrocamiento de la majestad de Cristo?), tratan por ello de pervertir a los oyentes necios con estas nociones extrañas, envolviendo sus argumentos malignos e insidiosos en un número de falacias seductoras. Pues después de sentar tales premisas como naturalmente podrían conducir la mente de los oyentes en la dirección deseada, dejan al oyente sacar su conclusión por sí mismo.
Pues después de decir que el Dios unigénito no es el mismo en esencia que el Padre verdadero, y después de inferir esto sofísticamente de la oposición entre lo engendrado y lo ingenerado, trabajan en silencio hacia la conclusión, prevaleciendo su impiedad por el curso natural de la inferencia. Y así como el envenenador hace su droga aceptable a su víctima endulzando con miel su letalidad, y, por su parte, sólo tiene que ofrecerla, mientras la droga, insinuándose en las entrañas sin acción ulterior del envenenador, hace su obra mortal —así también actúan nuestros adversarios. Pues calificando su enseñanza perniciosa con sus refinamientos sofísticos, como con miel, cuando han infundido en la mente del oyente la falacia venenosa de que el Dios unigénito no es muy Dios, hacen que todo lo demás se infiera sin decir palabra. Pues cuando se persuade de que Él no es verdaderamente Dios, se sigue como cosa natural que ningún otro atributo divino le es verdaderamente aplicable. Pues si Él no es verdaderamente ni Hijo ni Dios, excepto por un abuso de términos, entonces los demás nombres que se le dan en la Sagrada Escritura son una desviación de la verdad. Pues lo uno no puede predicarse de Él con verdad, y lo otro estar destituido de ella; sino que necesariamente deben seguirse uno a otro, de modo que, si Él es verdaderamente Dios, se sigue que es Juez y Rey, y que sus varios atributos son tales como se describen, mientras que, si su divinidad se afirma falsamente, tampoco la verdad se mantendrá respecto de ninguno de sus otros atributos. Ellos, pues, habiendo sido engañados hasta la persuasión de que el atributo de la Divinidad se aplica falsamente al Unigénito, se sigue que Él no es con razón objeto de culto y adoración, o, de hecho, de ninguno de los honores que se pagan a Dios. Para hacer, pues, eficaz su ataque contra el Salvador, éste es el método blasfemo que han adoptado. No hay necesidad, urgen, de mirar los atributos colectivos por los que se significa la igualdad del Hijo en honor y dignidad con el Padre, sino que de la oposición entre lo engendrado y lo ingenerado debemos argumentar una diferencia distintiva de naturaleza; pues la naturaleza divina es aquello que se denota con el término ingenerado*. Además, puesto que todos los hombres sensatos consideran impracticable indicar el Ser inefable por fuerza alguna de palabras, porque ni nuestro conocimiento se extiende a la comprensión de lo que trasciende el conocimiento, ni el ministerio de las palabras tiene en nosotros poder tal que baste para la plena enunciación de nuestro pensamiento, donde la mente está ocupada en algo eminentemente elevado y divino —estos sabios, por el contrario, acusando a los hombres en general de falta de sentido y de ignorancia de la lógica, afirman su propio conocimiento de tales materias, y su capacidad de impartirlo a quien quieran; y en consecuencia sostienen que la naturaleza divina es simplemente la no-engendración per se, y declarando que ésta es soberana y suprema, hacen que esta palabra comprenda toda la grandeza de la Divinidad, de modo que se infiera necesariamente que si la no-engendración es el punto principal de la esencia, y los demás atributos divinos están ligados a ella, a saber, la Divinidad, el poder, la imperecibilidad y así sucesivamente —si (digo) la no-engendración significa estas cosas, entonces, si esta no-engendración no puede predicarse de algo, tampoco puede predicarse el resto. Pues así como la razón, la risibilidad y la capacidad de conocimiento son propias del hombre, y lo que no es humanidad no puede clasificarse entre las propiedades de su naturaleza, así, si la verdadera Divinidad consiste en la no-engendración, entonces, a cualquier cosa a la que este último nombre no le pertenezca propiamente, ninguno de los otros atributos distintivos de la Divinidad se hallará en ella. Si, pues, la no-engendración no es predicable del Hijo, se sigue que ninguno de sus otros atributos sublimes y semejantes a Dios se le atribuye propiamente. Esto, pues, definen como una recta comprensión de los divinos misterios —el rechazo de la Divinidad del Hijo— casi gritando al oído de los que quisieran escucharlos: «A vosotros os es dado ser perfectos en conocimiento, con tal que no creáis en Dios el Unigénito como siendo muy Dios, y no honréis al Hijo como el Padre es honrado, sino que lo consideréis como un ser creado por naturaleza, no Señor y Amo, sino esclavo y súbdito.» Pues éste es el fin y el objeto de su designio, aunque la blasfemia esté encubierta en términos diferentes.
En consecuencia, envolviendo su anterior alegato especial en las evoluciones laberínticas de sus sofismas, y tratando sutilmente el término ingenerado*, roba la inteligencia de sus engañados, diciéndoles: "Pues bien, si ni por vía de epinoia* es así, ni por privación, ni por división (pues Él es sin partes), ni como siendo otro en Sí mismo (pues Él es el único ingenerado), Él mismo debe ser, en esencia, ingenerado."
Viendo, pues, el daño que resulta para los engañados por este razonamiento falaz —que asentir a que Él no es muy Dios es un apartamiento de nuestra confesión de Él como nuestro Señor, a cuya conclusión ciertamente conducirían sus palabras su enseñanza— nuestro maestro no niega ciertamente que ingenerado* no sea un predicado parcial de Dios, admitiendo también él mismo que Dios es sin cantidad, ni magnitud, ni partes; pero la afirmación de que este término no debe aplicársele por vía de concepción mental la impugna, y da sus pruebas. Pero de nuevo, desplazándose de esta posición, nuestro escritor en el segundo de sus tratados sale a nuestro encuentro con su sofistería, combatiendo sus propias afirmaciones en lo que respecta a la concepción mental.
Pronto será tiempo de traer a su propia memoria el método de este argumento. Baste primero decir esto. No hay facultad en la naturaleza humana adecuada a la plena comprensión de la esencia divina. Puede ser que sea fácil mostrar esto en el caso de la sola capacidad humana, y decir que la creación incorpórea es incapaz de recibir y comprender aquella naturaleza que es infinita, no andará lejos de la verdad, como podemos ver por ejemplos familiares; pues así como hay muchas y variadas cosas que tienen vida carnal, cosas aladas, y cosas de la tierra, algunas que se elevan sobre las nubes en virtud de sus alas, otras que habitan en huecos o se entierran en el suelo, al compararlas parecería que no había pequeña diferencia entre los habitantes del aire y de la tierra; mientras que, si la comparación se extiende a las estrellas y a la circunferencia fija, se verá que lo que se eleva en lo alto con alas no está menos ampliamente alejado del cielo que de los animales que están sobre la tierra; así también, la fuerza de los ángeles comparada con la nuestra parece eminentemente grande, porque, no perturbada por la sensación, persigue sus elevados temas con pura inteligencia desnuda. Sin embargo, si pesamos aun su comprensión con la majestad de Aquel que realmente es, puede ser que si alguno se aventurara a decir que aun su poder de entendimiento no es muy superior a nuestra propia debilidad, su conjetura caería dentro de los límites de la probabilidad, pues ancho e insuperable es el intervalo que divide y separa la naturaleza increada de la creada. La última es limitada, la primera no. La última está confinada dentro de sus propios límites según el placer de su Hacedor. La primera está limitada sólo por la infinidad. La última se extiende dentro de ciertos grados de extensión, limitada por el tiempo y el espacio: la primera trasciende toda noción de grado, burlando la curiosidad desde todo punto de vista. En esta vida podemos aprehender el principio y el fin de todas las cosas que existen, pero la beatitud que está sobre la criatura no admite ni fin ni principio, sino que está sobre todo lo que es connotado por uno u otro, siendo siempre la misma, autodependiente, no viajando por grados de un punto a otro en su vida; pues no hay participación de otra vida en su vida, de modo que pudiéramos inferir fin y principio; sino que, sea lo que sea, es vida que se energiza en sí misma, no haciéndose mayor o menor por adición o disminución. Pues el incremento no tiene lugar en lo infinito, y lo que es por naturaleza impasible excluye toda noción de disminución. Y así como, cuando miramos al cielo, y en cierta medida aprehendemos por los órganos visuales la belleza que está en la altura, no dudamos de la existencia de lo que vemos, pero si se nos pregunta qué es, somos incapaces de definir su naturaleza, sino que simplemente admiramos mientras contemplamos la bóveda que se extiende sobre nosotros, el movimiento retrógrado de los planetas, el llamado Zodíaco grabado oblicuamente en el polo, por el cual los astrónomos observan el movimiento de los cuerpos que giran en dirección opuesta, las diferencias de los luminares según su magnitud, y las especialidades de sus rayos, sus salidas y puestas que tienen lugar según el año cíclico siempre en las mismas estaciones sin desviarse, las conjunciones de los planetas, los cursos de los que pasan por debajo, los eclipses de los que están arriba, las obumbraciones de la tierra, la reaparición de los cuerpos eclipsados, los multiformes cambios de la luna, el movimiento del sol a medio camino dentro de los polos, y cómo, lleno de su propia luz, y coronado con sus rayos circundantes, y abrazando todas las cosas en su luz soberana, él mismo también sufre a veces eclipse (el disco de la luna, como dicen, pasando delante de él), y cómo, por la voluntad de Aquel que lo ha ordenado así, corriendo siempre su propio curso particular, cumple su órbita y progreso señalados, abriendo las cuatro estaciones del año en sucesión; nosotros, como digo, cuando contemplamos estos fenómenos con la ayuda de la vista, no dudamos de su existencia, aunque estamos tan lejos de comprender su naturaleza esencial como si la vista no nos hubiera dado vislumbre alguna de lo que hemos visto; y aun así, con respecto al Creador del mundo, sabemos que Él existe, pero de su naturaleza esencial no podemos negar que somos ignorantes. Pero, jactándose como se jactan de que conocen estas cosas, que nos digan primero acerca de las cosas de naturaleza inferior; qué piensan del cuerpo de los cielos, de la maquinaria que conduce las estrellas en sus cursos eternos, o de la esfera en la que se mueven; pues, por muy lejos que proceda la especulación, cuando llega a lo incierto e incomprensible debe detenerse. Pues aunque alguno diga que otro cuerpo, semejante en forma (a aquel cuerpo de los cielos), ajustado a su forma circular, frena su velocidad, de modo que, girando siempre en su curso, gira conformemente a aquel otro sobre sí mismo, siendo retenido por la fuerza que lo abraza para no salir despedido por la tangente, sin embargo ¿cómo puede afirmar que estos cuerpos permanecerán sin desgastarse por su constante fricción mutua? Y ¿cómo, además, se produce movimiento en el caso de dos cuerpos coetáneos mutuamente conformados, cuando el uno permanece inmóvil (pues el cuerpo interior, se habría pensado, estando sujeto como en un torno por la inmovilidad de aquel que lo abraza, será del todo incapaz de actuar); y qué es lo que mantiene al cuerpo que abraza en su fijeza, de modo que permanece incólume e inafectado por el movimiento de aquel que se ajusta a él? Y si en inquieta curiosidad de pensamiento concibiéramos alguna posición para él que lo mantuviera estacionario, debemos proseguir en consistencia lógica a buscar la base de aquella base, y de la siguiente, y de la siguiente, y así sucesivamente, y así la indagación, procediendo de semejante a semejante, irá al infinito, y terminará en perplejidad desvalida, aun cuando, una vez puesto algún cuerpo como el fundamento más lejano del sistema del universo, alcanzando tras lo que está más allá, de modo que no hay detención en nuestra indagación tras el límite de los círculos que abrazan. Pero no así, dicen otros: sino que (según la vana teoría de los que han especulado sobre estas materias) hay un espacio vacío extendido sobre el dorso de los cielos, en cuyo vacío el movimiento del universo gira sobre sí mismo, sin hallar resistencia de cuerpo sólido alguno capaz de retardarlo por oposición y de frenar su curso de revolución. ¿Qué es, pues, aquel vacío, que dicen que no es ni cuerpo ni idea? ¿Hasta dónde se extiende, y qué le sucede, y qué relación existe entre el cuerpo firme y resistente, y aquel vacío e insustancial? ¿Qué hay para unir cosas tan contrarias por naturaleza? ¿Y cómo puede consistir la armonía del universo de elementos tan incongruentes; y qué puede decir alguien del Cielo mismo?
¿Que es una mezcla de los elementos que contiene, o uno de ellos, o algo distinto además de ellos? ¿Qué, además, de las estrellas mismas? ¿De dónde viene su resplandor? ¿Qué es y cómo está compuesto? ¿Y cuál es la razón de su diferencia en belleza y magnitud? Y los siete orbes interiores que giran en dirección opuesta al movimiento del universo, ¿qué son, y por qué influencia son propulsados? Y luego, ¿qué es aquel empíreo inmaterial y etéreo, y el aire intermedio que forma un muro de partición entre aquel elemento en la naturaleza que da calor y consume, y aquel que es húmedo y combustible? ¿Y cómo forma la tierra abajo el fundamento del todo, y qué es lo que la mantiene firmemente en su lugar? ¿Qué es lo que controla su tendencia descendente? Si alguien nos interrogara sobre estos puntos y otros semejantes, ¿se hallará alguno de nosotros tan presuntuoso como para prometer una explicación de ellos? ¡No! La única respuesta que pueden dar los hombres sensatos es ésta: —que Aquel que hizo todas las cosas en sabiduría puede por sí solo dar cuenta de su creación. Pues nosotros, «por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios,» como dice el Apóstol [].
Si, pues, la creación inferior que cae bajo nuestros órganos de los sentidos trasciende el conocimiento humano, ¿cómo puede Aquel que con su mera voluntad hizo los mundos estar dentro del alcance de nuestra aprehensión? Ciertamente esto es vanidad y locura mentirosa, como dice el Profeta, el pensar que es posible comprender las cosas que son incomprensibles. Así vemos a los niñitos ocupados en sus juegos. Pues con frecuencia, cuando un rayo de sol entra hasta ellos por una ventana, encantados con su hermosura se lanzan sobre lo que ven, y se afanan por atrapar el rayo de sol con las manos, y luchan unos con otros, y apresan la luz en el puño de sus dedos, y se imaginan que han aprisionado el rayo dentro de ellos; pero al momento, cuando abren las manos y hallan que el rayo de sol que tenían se les ha deslizado entre los dedos, ríen y baten palmas. De manera semejante, los hijos de nuestra generación, como dice la parábola, se sientan a jugar en las plazas; pues, viendo el poder de Dios que resplandece sobre sus almas a través de las dispensaciones de su providencia, y las maravillas de su creación como un cálido rayo que emana del sol natural, no se maravillan ante el don divino, ni adoran a Aquel a quien tales cosas revelan, sino que, pasando más allá de los límites de las capacidades del alma, buscan con su entendimiento sofístico asir aquello que es intangible, y piensan con sus razonamientos apoderarse de aquello de lo que están persuadidos; pero cuando su argumento se despliega y descubre la enredada tela de sus sofismas, los hombres de discernimiento ven al punto que lo que han aprehendido no es nada en absoluto; tan mezquina y tan puerilmente, esforzándose en vano por imposibles, se empeñan en encerrar la inconcebible naturaleza de Dios en las pocas sílabas del término «ingenerado,» y aplauden su propia necedad, e imaginan que Dios es tal que el razonamiento humano puede encerrarlo bajo un único término; y mientras pretenden seguir la enseñanza de los sagrados escritores, no temen alzarse por encima de ellos. Pues aquello que no puede mostrarse que haya sido dicho por ninguno de aquellos bienaventurados cuyas palabras están consignadas en los libros sagrados, esas cosas, como dice el Apóstol, «no entendiendo ni lo que dicen ni aquello sobre lo que afirman,» dicen sin embargo que las saben, y se jactan de guiar a otros a tal conocimiento. Y por esta causa declaran que han aprehendido que Dios, el Unigénito, no es lo que se dice que es. Pues a esta conclusión se ven arrastrados por sus premisas.
¡Cuán dignos de lástima son por su agudeza! ¡Cuán miserable, cuán funesta es su filosofía en exceso sabia! ¿Quién hay que se dirija por su propia voluntad al abismo tan ansiosamente como estos hombres se afanan y se agitan por cavar su lago de blasfemia? ¡Cuán lejos se han apartado de la esperanza del cristiano! ¡Qué abismo han fijado entre ellos y la fe que salva! ¡Cuán lejos se han retirado de Abraham, el padre de la fe! Él, en verdad, si en el espíritu elevado del Apóstol podemos tomar las palabras alegóricamente, y penetrar así en el sentido interior de la historia, sin perder de vista la verdad de sus hechos —él, digo, salió por mandato divino de su propia tierra y de su parentela en un viaje digno de un profeta ansioso por el conocimiento de Dios. []. Pues ninguna migración local me parece satisfacer la idea de las bendiciones que se significa que halló. Pues saliendo de sí mismo y de su tierra, por la cual entiendo su mente terrena y carnal, y elevando sus pensamientos tan alto como era posible por encima de las fronteras comunes de la naturaleza, y abandonando el parentesco del alma con los sentidos —de modo que, sin que le turbara ninguno de los objetos sensibles, sus ojos pudieran abrirse a las cosas invisibles, no habiendo ni vista ni sonido que distrajeran a la mente en su obra—, «caminando,» como dice el Apóstol, «por fe, no por vista,» fue elevado tan alto por la sublimidad de su conocimiento que llegó a ser considerado como la cima de la perfección humana, conociendo de Dios tanto cuanto era posible que alcanzara la capacidad humana finita en su máxima extensión. Por esto también el Señor de toda la creación, como si fuera un descubrimiento de Abraham, es llamado especialmente el Dios de Abraham. Sin embargo, ¿qué dice la Escritura respecto de él? Que salió sin saber adónde iba; no, ni siquiera siendo capaz de aprender el nombre de Aquel a quien amaba, pero en modo alguno impaciente o avergonzado por causa de tal ignorancia.
Este era, pues, el sentido de su segura guía en el camino hacia lo que buscaba: que no era conducido ciegamente por ninguno de los medios a mano para su instrucción en las cosas de Dios, y que su mente, libre de todo impedimento de cualquier objeto sensible, nunca era estorbada en su peregrinación en busca de aquello que está más allá de todo lo conocido, sino que, habiendo ido por el razonamiento mucho más allá de la sabiduría de sus paisanos (me refiero a la filosofía de los caldeos, limitada como estaba a las cosas que aparecen), y elevándose por encima de las cosas cognoscibles por los sentidos, a partir de la hermosura de los objetos de contemplación y de la armonía de las maravillas celestiales, deseó contemplar el arquetipo de toda belleza. Y así también todas las demás cosas que, en el curso de su razonamiento, fue llevado a aprehender a medida que avanzaba, ya fuera el poder de Dios, o su bondad, o su ser sin principio, o su infinitud, o cualquier otra cosa concebible respecto de la naturaleza divina, usándolas todas como provisiones y utensilios para su viaje, haciendo siempre de un descubrimiento un trampolín hacia otro, extendiéndose siempre hacia las cosas que estaban delante, y poniendo en su corazón, como dice el Profeta, cada hermosa etapa de su avance, y dejando atrás todo conocimiento adquirido por su propia capacidad por quedar corto respecto de aquello que buscaba, cuando hubo sobrepasado toda conjetura acerca de la naturaleza divina sugerida por cualquier nombre entre todas nuestras concepciones de Dios, habiendo purgado su razón de todas tales fantasías, y llegado a una fe sin mezcla y libre de todo prejuicio, hizo de esto una señal segura y manifiesta del conocimiento de Dios, a saber, la creencia de que Él es mayor y más sublime que cualquier señal por la que pueda ser conocido. Por esta causa, ciertamente, después del éxtasis que cayó sobre él y de sus sublimes meditaciones, recayendo en su debilidad humana, «Yo soy,» dice, «sino polvo y ceniza [],» esto es, sin voz ni poder para interpretar aquel bien que su mente había concebido. Pues polvo y ceniza parecen denotar lo que está sin vida y es estéril; y así surge una ley de fe para la vida venidera, enseñando a los que quieran acercarse a Dios, por esta historia de Abraham, que es imposible acercarse a Dios a menos que la fe haga de mediadora y lleve al alma que busca a la unión con la naturaleza incomprensible de Dios. Pues dejando tras de sí la curiosidad que nace del conocimiento, Abraham, dice el Apóstol, «creyó a Dios, y le fue contado por justicia [].» «Ahora bien, no fue escrito por causa de él,» dice el Apóstol, «sino por nosotros,» que Dios cuenta a los hombres por justicia su fe, no su conocimiento. Pues el conocimiento actúa, por así decir, con espíritu mercantil, tratando sólo con lo conocido. Pero la fe de los cristianos actúa de otro modo. Pues es la sustancia, no de lo que se conoce, sino de lo que se espera. Ahora, lo que ya tenemos ya no lo esperamos. «Pues lo que uno ya tiene,» dice el Apóstol, «¿por qué esperarlo todavía? []» Pero la fe hace nuestro aquello que no vemos, asegurándonos por su propia certeza de lo que no aparece. Pues así habla el Apóstol del creyente: que «se mantuvo como viendo a Aquel que es invisible [].» Vano, por tanto, es el que sostiene que es posible adquirir conocimiento de la esencia divina mediante el conocimiento que hincha sin provecho. Pues ni hay hombre tan grande que pueda pretender igualdad de entendimiento con el Señor, porque, como dice David, «¿Quién entre las nubes será comparado al Señor?» ni es tan pequeño lo que se busca que pueda ser abarcado por los razonamientos de la superficialidad humana. Escucha al Predicador que exhorta a no ser apresurado para proferir palabra alguna ante Dios, «porque Dios,» (dice,) «está en el cielo arriba, y tú sobre la tierra abajo [].»