7. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
y pone al descubierto la idolatría tramada por Eunomio y ocultada bajo la terminología de «Hijo» y «Unigénito» para engañar a sus lectores.
IV, 7
En lo que resta del pasaje, sin embargo, se vuelve conciliador y dice que la esencia «no es comparada con ninguna de las cosas que fueron hechas por ella y después de ella.» Tales son los dones que los enemigos de la verdad ofrecen al Señor, por los cuales su blasfemia se hace más manifiesta. Decidme, ¿qué otra cosa hay entre todas las cosas de la creación que admita comparación con una cosa diferente, viendo que la naturaleza característica que aparece en cada una rechaza absolutamente toda comunidad con cosas de género distinto? El cielo no admite comparación con la tierra, ni ésta con las estrellas, ni las estrellas con los mares, ni el agua con la piedra, ni los animales con los árboles, ni los animales terrestres con los alados, ni los cuadrúpedos con los que nadan, ni los irracionales con los racionales. En verdad, ¿por qué habría de perder tiempo en ejemplos particulares, mostrando que podemos decir de cada cosa que contemplamos en la creación precisamente lo que se le ha arrojado al Unigénito, como si fuera algo especial: que Él no admite comparación con ninguna de las cosas que han sido producidas después de Él y por Él? Pues es claro que todo lo que concibes por sí solo es incapaz de comparación con el universo y con las cosas particulares que lo componen; y es esto, lo que verdaderamente puede decirse de cualquier criatura que quieras, lo que los enemigos de la verdad asignan, como adecuado y suficiente para su honor y gloria, al Dios unigénito. Y una vez más, reuniendo frases del mismo tenor en el resto del pasaje, lo honra con sus vacíos honores, llamándolo «Señor» y «Unigénito»; pero para que ningún sentido ortodoxo se comunique a sus lectores mediante estos nombres, mezcla prontamente la blasfemia con los más notables de ellos. Su frase es la siguiente: «En tanto,» dice, «que la esencia engendrada no deja lugar a comunidad con ninguna otra cosa (pues es unigénita), ni la operación del Hacedor es contemplada como común.» ¡Oh admirable insolencia! Como si dirigiera su discurso a brutos o a seres insensatos «que no tienen entendimiento», retuerce su argumento en direcciones contrarias, como le place; o más bien sufre como los hombres privados de vista; pues ellos también se comportan a menudo de modo indecoroso ante los ojos de los que ven, suponiendo, porque ellos mismos no pueden ver, que tampoco son vistos. Pues ¿qué clase de hombre es el que no ve la contradicción en sus palabras? Porque es «engendrada», dice, la esencia no deja lugar a comunidad con las demás cosas, pues es unigénita; y entonces, cuando ha pronunciado estas palabras, realmente como si no viera o no supusiera que se le ve, añade, como si correspondiera a lo que ha dicho, cosas que nada tienen en común con ellas, acoplando «la operación del Hacedor» con la esencia del Unigénito. Lo engendrado es correlativo del que engendra, y el Unigénito, ciertamente, por consecuencia, del Padre; y quien mira a la verdad contempla, en coordinación con el Hijo, no «la operación del Hacedor», sino la naturaleza de Aquel que lo engendró. Pero él, como si hablara de plantas o semillas o de alguna otra cosa del orden de la creación, pone «la operación del Hacedor» al lado de la existencia del Unigénito. Pues si una piedra o un palo, o algo de ese tipo, fuera el objeto de consideración, sería lógico presuponer «la operación del Hacedor»; pero si el Dios unigénito es confesado, aun por sus adversarios, como Hijo y como existiendo por vía de generación, ¿cómo le convienen las mismas palabras que convienen a las porciones más bajas de la creación? ¿Cómo piensan que es piadoso decir del Señor precisamente lo que verdaderamente puede decirse de una hormiga o de un mosquito? Pues si alguien comprendiera la naturaleza de una hormiga y sus lazos peculiares con respecto a otros seres vivientes, no estaría lejos de la verdad al decir que «la operación de su hacedor no es contemplada como común» con respecto a las demás cosas. Lo que, por tanto, se afirma de cosas tales como éstas, eso mismo predican también del Unigénito, y como se dice que los cazadores interceptan el paso de su presa con hoyos y ocultan su designio cubriendo las bocas de los hoyos con algún material endeble e insustancial, para que la fosa parezca nivelada con el suelo que la rodea, así la herejía maquina contra los hombres algo semejante, cubriendo el hoyo de su impiedad con estos nombres sonoros y piadosos, como con un techo nivelado, de modo que los más bien poco inteligentes, pensando que la predicación de estos hombres es la misma que la verdadera fe, por la coincidencia de sus palabras, se apresuran hacia el mero nombre del Hijo y del Unigénito, y pisan el vacío en el hoyo, ya que el significado de estos títulos no sostendrá el peso de su pisada, sino que los deja caer en la trampa de la negación de Cristo. Por eso habla de la esencia engendrada que no deja lugar a comunidad, y la llama «Unigénito». Éstas son las cubiertas del hoyo. Pero cuando alguien se detiene antes de ser atrapado en el abismo, y aplica la prueba del argumento, como una mano, a su discurso, ve la peligrosa caída de la idolatría que yace bajo la doctrina. Pues cuando se acerca, como a Dios y al Hijo de Dios, encuentra una criatura de Dios puesta ante él para su adoración. Por eso proclaman a los cuatro vientos el nombre del Unigénito, para que la destrucción sea fácilmente aceptada por las víctimas de su engaño, como si alguien mezclara veneno en el pan y diera un saludo mortal a los que pedían alimento, quienes no habrían querido tomar el veneno por sí solo si no hubieran sido atraídos hacia lo que veían. Así, tiene la mirada puesta en el objeto de sus esfuerzos, al menos en lo que toca a su propia opinión. Pues si hubiera rechazado por completo de su enseñanza el nombre del Hijo, su falsedad no habría sido aceptable para los hombres, al ser declarada abiertamente su negación en una proclama definida; pero ahora, dejando sólo el nombre y cambiando su significado para expresar creación, de inmediato levanta su idolatría y oculta fraudulentamente su oprobio. Pero puesto que se nos manda no honrar a Dios con los labios, y la piedad no se prueba por el sonido de una palabra, sino que el Hijo debe ser primero objeto de fe en el corazón para justicia, y luego confesado con la boca para salvación, y quienes dicen en su corazón que Él no es Dios, aun cuando con su boca lo confiesen como Señor, son corruptos y se hicieron abominables, como dice el profeta, por esta causa, digo, debemos mirar a la mente de quienes presentan, ciertamente, las palabras de la fe, y no dejarnos arrastrar a seguir su sonido.
Si, pues, alguien que habla del Hijo no se refiere con esa palabra a una criatura, está de nuestro lado y no del enemigo; pero si alguien aplica el nombre de Hijo a la creación, debe ser contado entre los idólatras. Pues también ellos dieron el nombre de Dios a Dagón, a Bel y al Dragón, pero no por eso adoraron a Dios. Pues la madera, el bronce y el monstruo no eran Dios.
donde expone muchas formas de variación y armonía, y explica la «forma», el «sello» y la «imagen expresa».
IV, 8
Pero ¿qué necesidad hay en nuestro discurso de revelar su engaño oculto con meras conjeturas sobre su intención, y posiblemente dar a nuestros oyentes ocasiones de objeción, sobre la base de que hacemos estos cargos contra nuestros enemigos sin verdad? Pues he aquí, nos presenta su blasfemia en su desnudez, sin ocultar su astucia con velo alguno, sino hablando audazmente en sus absurdos con voz desenfrenada. Lo que ha escrito es lo siguiente: «Nosotros, por nuestra parte,» dice, «como no encontramos nada más aparte de la esencia del Hijo que admita la generación, opinamos que debemos asignar las denominaciones a la esencia misma, o de lo contrario hablamos de 'Hijo' y 'engendrado' en vano, y como una mera cuestión verbal, si realmente hemos de separarlos de la esencia; partiendo de estos nombres, también sostenemos confiadamente que las esencias son variantes entre sí.»
No hay necesidad, imagino, de que el absurdo aquí expuesto sea refutado con argumentos de nuestra parte. La mera lectura de lo que ha escrito basta para poner en la picota su blasfemia. Pero examinémoslo así. Dice que las esencias del Padre y del Hijo son «variantes». ¿Qué se entiende por «variante»? Examinemos ante todo la fuerza del término aplicado por sí mismo, para que por la interpretación de la palabra se revele más claramente su carácter blasfemo. El término «variación» se usa, en el sentido inexacto sancionado por la costumbre, de los cuerpos, cuando, por parálisis o cualquier otra enfermedad, algún miembro se desvía de su coordinación natural. Pues hablamos, comparando el estado de sufrimiento con el de salud, de la condición de quien ha sido sometido a un cambio para peor, como de una «variación» respecto de su salud habitual; y en el caso de quienes difieren en cuanto a virtud y vicio, comparando la vida licenciosa con la de pureza y templanza, o la vida injusta con la de justicia, o la vida apasionada, belicosa y pródiga en ira, con la que es mansa y pacífica— y en general todo lo que es reprochado por vicio, en comparación con lo que es más excelente, se dice que exhibe «variación» respecto de ello, porque las marcas observadas en ambos— en el bueno, quiero decir, y en el inferior— no concuerdan mutuamente. Además, decimos que las cualidades observadas en los elementos están «en variación» cuando se oponen mutuamente como contrarios, teniendo un poder recíprocamente destructivo, como el calor y el frío, o la sequedad y la humedad, o, en general, todo lo que se opone a otro como contrario; y la ausencia de unión en éstas la expresamos con el término «variación»; y en general todo lo que está fuera de armonía con otro en sus características observadas, se dice que está «en variación» con ello, como la salud con la enfermedad, la vida con la muerte, la guerra con la paz, la virtud con el vicio, y todos los casos semejantes.
Ahora que hemos analizado así estas expresiones, consideremos también, respecto de nuestro autor, en qué sentido dice que las esencias del Padre y del Hijo son «variantes entre sí». ¿Qué quiere decir con ello? ¿Es en el sentido de que el Padre es según naturaleza, mientras que el Hijo «varía» respecto de esa naturaleza? ¿O expresa con esta palabra la perversión de la virtud, separando lo malo de lo más excelente mediante el nombre de «variación», de modo que considere la una esencia en un aspecto bueno y la otra en uno contrario? ¿O afirma que una esencia divina es también variante respecto de otra, a la manera de la oposición de los elementos? ¿O, como la guerra está respecto de la paz, y la vida respecto de la muerte, percibe también en las esencias el conflicto que existe entre todas las cosas de esa clase, de modo que no pueden unirse unas con otras, porque la mezcla de contrarios ejerce sobre las cosas mezcladas una fuerza consumidora, como dice la sabiduría de los Proverbios acerca de tal doctrina, que el agua y el fuego jamás dicen «Basta», expresando enigmáticamente la naturaleza de los contrarios de igual fuerza e igual equilibrio, y su mutua destrucción? ¿O no es de ninguna de estas maneras como ve «variación» en las esencias? Que nos diga, pues, qué concibe además de éstas. No podría decir, me parece, aunque repitiera su frase acostumbrada, «El Hijo es variante de Aquel que lo engendró»; pues con ello se muestra aún más claramente el absurdo de sus afirmaciones. Pues ¿qué relación mutua está tan estrechamente injertada y ajustada de modo concordante como ese sentido de relación con el Padre expresado por la palabra «Hijo»? Y una prueba de ello es que, aun si ambos nombres no son pronunciados, lo omitido es connotado por el que se enuncia, tan estrechamente está implicado el uno en el otro y concuerda con él: y ambos se disciernen de tal modo en el uno que no puede concebirse el uno sin el otro. Ahora bien, lo que está «en variación» ciertamente se concibe y se llama así en oposición a lo que está «en armonía», como la plomada está en armonía con la línea recta, mientras que lo torcido, cuando se lo pone junto a lo recto, no armoniza con ello. Los músicos también acostumbran llamar «armonía» a la concordancia de las notas, y «inarmónico» a lo que está desafinado y discordante. Hablar de cosas como «en variación», pues, es lo mismo que hablar de ellas como «fuera de armonía». Si, por tanto, la naturaleza del Dios unigénito está «en variación», para usar la frase herética, con la esencia del Padre, ciertamente no está en armonía con ella: y la inarmonía no puede existir donde no hay posibilidad de armonía. Pues el caso es como cuando, siendo una la figura en la cera y en el grabado del sello, la cera que ha sido estampada por el sello, cuando se ajusta de nuevo a éste, hace que la impresión en sí misma concuerde con lo que la rodea, llenando los huecos y acomodando los salientes del grabado con sus propios patrones: pero si algún patrón extraño y diferente se ajusta al grabado del sello, vuelve su propia forma áspera y confusa, al frotar su figura sobre una superficie grabada que no le corresponde. Pero Aquel que es «en la forma de Dios []» no ha sido formado por impresión alguna diferente del Padre, puesto que es «la imagen expresa» de la Persona del Padre [], mientras que la «forma de Dios» es seguramente lo mismo que su esencia. Pues como, «hecho en forma de siervo []», fue formado en la esencia de siervo, no tomando la forma meramente, aparte de la esencia, sino que la esencia está implicada en el sentido de «forma», así, ciertamente, quien dice que Él es «en la forma de Dios» significó la esencia por «forma». Si, por tanto, Él es «en la forma de Dios», y estando en el Padre está sellado con la gloria del Padre (como declara la palabra del Evangelio, que dice: «A éste lo selló Dios el Padre», de donde también «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»), entonces «la imagen de la bondad» y «el resplandor de la gloria», y todos los demás títulos semejantes, testifican que la esencia del Hijo no está fuera de armonía con el Padre. Así, por el texto citado se muestra el carácter insustancial de la blasfemia de los adversarios. Pues si las cosas en «variación» no están en armonía, y Aquel que es sellado por el Padre y muestra al Padre en sí mismo, estando en el Padre y teniendo al Padre en sí mismo, muestra en todos los puntos su estrecha relación y armonía, entonces el absurdo de las opiniones contrarias queda aquí abrumadoramente mostrado. Pues así como lo que está en «variación» se mostró que está fuera de armonía, del mismo modo, a la inversa, lo que es armonioso ciertamente se confiesa sin disputa que no está en «variación». Pues así como lo que está en «variación» no es armonioso, así lo armonioso no está en «variación». Además, quien dice que la naturaleza del Unigénito está en «variación» con la esencia buena del Padre, claramente tiene en vista la variación en el bien mismo. Pero en cuanto a qué es eso que está en variación con el bien— «Oh simples», como dice el Proverbio, «entended su astucia».
9. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
Prosigue mostrando que el lenguaje empleado por el gran Basilio sobre el tema de la engendración del Unigénito ha sido gravemente calumniado por Eunomio, y así termina el libro.
IV, 9
Pasaré por alto, no obstante, estas cuestiones, pues es evidente el absurdo que entrañan; examinemos lo que precede. Dice que no se halla nada más, «además de la esencia del Hijo, que admita la engendración.» ¿Qué quiere decir cuando dice esto? Distingue dos nombres entre sí y, separando mediante su discurso las cosas significadas por ellos, aparta cada uno individualmente por sí mismo. «La engendración» es un nombre y «la esencia» es otro. La esencia, nos dice, «admite la engendración,» siendo por tanto, desde luego, algo distinto de la engendración. Pues si la engendración fuera la esencia (que es precisamente lo que él declara constantemente), de modo que las dos apelaciones fueran equivalentes en sentido, no habría dicho que la esencia «admite la engendración»: pues eso equivaldría a decir que la esencia admite la esencia, o la engendración la engendración—si, esto es, la engendración fuera lo mismo que la esencia. Entiende, pues, que la engendración es una cosa y la esencia otra, la cual «admite la engendración»: porque lo que es tomado no puede ser lo mismo que aquello que lo admite. Pues bien, esto es lo que dice la declaración sabia y sistemática de nuestro autor: pero en cuanto a si sus palabras tienen algún sentido, considérelo quien sea experto en juzgar. Reanudaré sus palabras textuales.
Él dice que no halla «nada más además de la esencia del Hijo que admita la engendración»; que, sin embargo, no hay sentido en sus palabras, es claro para todo el que oiga siquiera su afirmación: la tarea que resta parece ser sacar a la luz la blasfemia que intenta construir con ayuda de estas palabras sin sentido. Pues desea, aunque no pueda lograr su propósito, producir en sus oyentes, mediante esta flojedad de expresión, la noción de que la esencia del Hijo es resultado de una construcción: pero llama a esa construcción «engendración,» ataviando su horrible blasfemia con la frase más hermosa, para que, si «construcción» es el significado transmitido por la palabra «engendración,» la idea de la creación del Señor reciba fácil asentimiento. Dice, pues, que la esencia «admite la engendración,» de modo que toda construcción pueda verse, por así decirlo, en alguna materia subyacente. Pues nadie diría que se construye aquello que no tiene existencia, extendiendo así el «hacer» en su discurso, como si fuera una fábrica construida, a la naturaleza del Dios Unigénito. «Si, entonces,» dice él, «admite esta engendración,» —queriendo transmitir un sentido como éste: que no habría existido si no hubiera sido construido. Pero ¿qué otra cosa hay entre las cosas que contemplamos en la creación que sea sin haber sido hecha? El cielo, la tierra, el aire, el mar, todo lo que existe, ciertamente es por haber sido hecho. ¿Cómo, pues, se le ocurrió considerar como peculiaridad en la naturaleza del Unigénito el que «admita la engendración» (pues éste es su nombre para el hacer) «en su esencia misma,» como si el abejorro o el mosquito no admitieran la engendración en sí mismos, sino en otra cosa además de sí mismos? Por tanto, queda reconocido por sus propios escritos que, mediante ellos, la esencia del Unigénito es puesta al mismo nivel que las más pequeñas partes de la creación: y toda prueba con la que intenta establecer la alienación del Hijo respecto del Padre tiene la misma fuerza también en el caso de las cosas individuales. ¿Qué necesidad tiene, pues, de esta variada agudeza para establecer la diversidad de naturaleza, cuando debería haber tomado el atajo de la negación, declarando abiertamente que el nombre del Hijo no debería ser confesado, ni el Dios Unigénito ser predicado en las iglesias, sino que deberíamos estimar el culto judío como superior a la fe de los cristianos y, mientras confesamos al Padre como único Creador y Hacedor del mundo, reducir todas las demás cosas al nombre y concepción de la creación, y entre ellas hablar de aquella obra que precedió a las demás como «cosa hecha,» que llegó a ser mediante alguna operación constructiva, y darle el título de «Primer creado,» en lugar de Unigénito y verdadero Hijo? Pues cuando estas opiniones prevalezcan, será cosa muy fácil llevar las doctrinas a una conclusión acorde con el fin que tienen a la vista, cuando todos se guíen, como es de esperar de tal principio, a la consecuencia de que es imposible que Aquel que no es engendrado ni Hijo, sino que tiene su existencia mediante alguna energía, comparta la esencia con Dios. Sin embargo, mientras prevalezcan las declaraciones del Evangelio, por las que es proclamado como «Hijo», y «Unigénito», y «del Padre», y «de Dios», y cosas semejantes, Eunomio dirá sus necedades en vano, extraviándose a sí mismo y a sus seguidores con tal charla vana. Pues mientras el título de «Hijo» proclama en alta voz la verdadera relación con el Padre, ¿quién es tan necio que, mientras Juan y Pablo y el resto del coro de los Santos proclaman estas palabras—palabras de verdad y palabras que apuntan a la estrecha afinidad—, no los mira a ellos, sino que es llevado por el vacío sonajero de los sofismas de Eunomio a pensar que Eunomio es guía más verdadero que la enseñanza de quienes por el Espíritu hablan misterios [], y que llevan a Cristo en sí mismos? ¿Quién, pues, es este Eunomio? ¿De dónde fue levantado para ser guía de los cristianos?
Pero dejemos pasar todo esto, y que nuestra seriedad acerca de lo que tenemos delante calme nuestro corazón, que está henchido de celo en favor de la fe contra los blasfemos. Pues ¿cómo es posible no ser movido a ira y odio, mientras nuestro Dios, y Señor, y Vivificador, y Salvador es ultrajado por estos hombres miserables? Si él hubiera injuriado a mi padre según la carne, o hubiera estado en enemistad con mi bienhechor, ¿habría sido posible soportar sin emoción su ira contra aquellos a quienes amo? Y si el Señor de mi alma, que le dio el ser cuando no era, y la redimió cuando estaba en esclavitud, y me dio a gustar de esta vida presente, y me preparó la vida venidera, que nos llama a un reino, y nos da sus mandatos para que escapemos de la condenación del infierno—estas son cosas pequeñas que digo, y no dignas de expresar la grandeza de nuestro común Señor—, Aquel que es adorado por toda la creación, por las cosas del cielo, y las de la tierra, y las de debajo de la tierra, por Quien están en pie las incontables miríadas de los ministros celestiales, a Quien se vuelve todo lo que está bajo dominio aquí, y que tiene deseo del bien—, si Él queda expuesto a las injurias de hombres, a quienes no les basta asociarse con el partido del apóstata, sino que consideran pérdida no arrastrar a otros con sus escritos al mismo abismo consigo mismos, para que los que vengan después no carezcan de una mano que los guíe a la destrucción, ¿hay alguien que nos culpe por nuestra ira contra estos hombres? Pero volvamos a la secuencia de su discurso.
A continuación procede una vez más a calumniarnos como si deshonráramos la engendración del Hijo mediante semejanzas humanas, y menciona lo que sobre estos puntos fue escrito por nuestro padre, donde dice que, si bien mediante la palabra «Hijo» se significan dos cosas: el ser formado por pasión y la verdadera relación con el que engendra, no admite en los discursos sobre las cosas divinas el primer sentido, que es indecoroso y carnal, sino que, en la medida en que el segundo tiende a dar testimonio de la gloria del Unigénito, sólo éste halla cabida en las doctrinas sublimes. ¿Quién, entonces, deshonra la engendración del Hijo con nociones humanas? ¿El que aparta lejos de la generación divina lo que pertenece a la pasión y al hombre, y une al Hijo impasiblemente a Aquel que lo engendró? ¿O el que coloca a Aquel que trajo todas las cosas al ser en un nivel común con la creación inferior? Semejante idea, sin embargo, al parecer —la de asociar al Hijo en la majestad del Padre— esta nueva sabiduría parece considerarla como deshonrosa; mientras que considera grande y sublime el acto de rebajarlo a la igualdad con la creación que está en esclavitud con nosotros. ¡Quejas vacías! Se calumnia a Basilio como si deshonrara al Hijo, él que lo honra tanto como honra al Padre, ¡y Eunomio es el campeón del Unigénito, él que lo separa de la buena naturaleza del Padre! Tal reproche incurrió también una vez Pablo ante los atenienses, siendo acusado allí por ellos de «predicador de dioses extraños [],» cuando reprendía el vagar entre sus dioses de aquellos que deliraban en su idolatría, y los conducía a la verdad, predicando la resurrección por el Hijo. Estos cargos se presentan ahora contra el seguidor de Pablo por los nuevos estoicos y epicúreos, que «no pasan el tiempo en ninguna otra cosa,» como dice la historia de los atenienses, «sino en decir o en oír algo nuevo [].» Pues ¿qué podría hallarse más nuevo que esto: un Hijo de una energía, y un Padre de una criatura, y un Dios nuevo brotando de la nada, y el bien en discordia con el bien? Estos son los que profesan honrarlo con la debida honra diciendo que Él no es aquello que es la naturaleza de Aquel que lo engendró. ¿No se avergüenza Eunomio de la forma de tal honra, si alguien dijera que él mismo no es afín por naturaleza a su padre, sino que tiene comunidad con algo de otra índole? Si el que trae al Señor de la creación a comunidad con la creación declara que con ello lo honra, que también él mismo sea honrado asignándole comunidad con lo bruto e insensible: pero, si considera duro e insolente el trato de la comunidad con una naturaleza inferior, ¿cómo es honra para Aquel que, como dice el profeta, «rige con su poder para siempre,» ser clasificado con esa naturaleza que está en sujeción y esclavitud? Pero basta de esto.