8. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
II, 8
El poderoso Pablo, sabiendo que el Dios unigénito, que tiene la preeminencia en todas las cosas, es autor y causa de todo bien, le da testimonio de que no solo la creación de todas las cosas existentes fue obrada por Él, sino que cuando la creación original del hombre se había corrompido y desvanecido, por usar su propio lenguaje, y otra nueva creación fue obrada en Cristo, también en esto ningún otro sino Él tomó la delantera, sino que Él mismo es el primogénito de toda aquella nueva creación de hombres que se efectúa por el Evangelio. Y para que nuestro parecer sobre esto quede más claro, dividamos así nuestro argumento. El apóstol inspirado emplea este término en cuatro ocasiones: una vez, como aquí, llamándolo «primogénito de toda la creación [],» otra vez, «el primogénito entre muchos hermanos [],» de nuevo, «primogénito de entre los muertos,» y en otra ocasión emplea el término de modo absoluto, sin combinarlo con otras palabras, diciendo: «Pero cuando de nuevo introduce al Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios [].» De acuerdo con esto, cualquier opinión que tengamos acerca de este título en las otras combinaciones, la misma aplicaremos consecuentemente a la frase «primogénito de toda la creación.» Pues, dado que el título es uno y el mismo, es necesario que también sea uno el significado que se comunica. ¿En qué sentido, pues, llega a ser «el primogénito entre muchos hermanos?» ¿En qué sentido llega a ser «el primogénito de entre los muertos?» Ciertamente es claro esto: que, puesto que nosotros somos por nacimiento carne y sangre, como dice la Escritura, «Él, que por nosotros nació entre nosotros y participó de la carne y de la sangre,» con el propósito de cambiarnos de la corrupción a la incorrupción mediante el nacimiento de lo alto, el nacimiento por el agua y el Espíritu, Él mismo abrió el camino en este nacimiento, haciendo descender sobre el agua, por su propio bautismo, al Espíritu Santo; de modo que en todas las cosas llegó a ser el primogénito de los que renacen espiritualmente, y dio el nombre de hermanos a los que participaron de un nacimiento semejante al suyo propio por el agua y el Espíritu. Pero, puesto que era también conveniente que implantara en nuestra naturaleza el poder de resucitar de entre los muertos, llega a ser las «primicias de los que durmieron []» y el «primogénito de entre los muertos [],» en cuanto que Él, por su propio acto, soltó primero los dolores de la muerte, de modo que su nuevo nacimiento de entre los muertos se hizo también camino para nosotros, puesto que los dolores de la muerte, en los que estábamos retenidos, fueron desatados por la resurrección del Señor. Así, del mismo modo que, por haber participado en el lavacro de la regeneración, llegó a ser «el primogénito entre muchos hermanos,» y de nuevo, por haberse hecho a sí mismo las primicias de la resurrección, obtiene el nombre de «primogénito de entre los muertos,» así, teniendo en todas las cosas la preeminencia, después de que «todas las cosas viejas,» como dice el apóstol, «han pasado,» llega a ser el primogénito de la nueva creación de los hombres en Cristo por la doble regeneración, tanto la del santo Bautismo como la que es consecuencia de la resurrección de entre los muertos, llegando a ser para nosotros en ambas por igual el Príncipe de la Vida, las primicias, el primogénito. Este primogénito, pues, tiene también hermanos, acerca de los cuales habla a María, diciendo: «Ve y di a mis hermanos: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» En estas palabras resume todo el propósito de su dispensación como Hombre. Pues los hombres se apartaron de Dios, y «sirvieron a los que por naturaleza no son dioses,» y, siendo hijos de Dios, se apegaron a un padre malvado falsamente llamado así. Por esta causa, el mediador entre Dios y los hombres, habiendo asumido las primicias de toda la naturaleza humana, envía a sus hermanos el anuncio de sí mismo, no en su carácter divino, sino en aquel que comparte con nosotros, diciendo: «Me voy para hacer, por mí mismo, que aquel Padre verdadero, del que fuisteis separados, sea vuestro Padre, y para hacer, por mí mismo, que aquel Dios verdadero del que os habíais apartado sea vuestro Dios; pues por aquella primicia que he asumido, presento en mí mismo a toda la humanidad ante su Dios y Padre.»
Ahora bien, puesto que las primicias hicieron al Dios verdadero ser su Dios, y al Padre bueno ser su Padre, la bendición queda asegurada para la naturaleza humana en su totalidad, y por medio de las primicias el Dios y Padre verdadero llega a ser Padre y Dios de todos los hombres. Ahora bien, «si las primicias son santas, también la masa es santa.» Pero donde están las primicias, Cristo, (y las primicias no son otro que Cristo), allí están también los que son de Cristo, como dice el apóstol. Por tanto, en aquellos pasajes en que hace mención del «primogénito» en conexión con otras palabras, sugiere que entendamos la frase en el sentido que he indicado; pero donde, sin semejante añadidura, dice: «Cuando de nuevo introduce al Primogénito en el mundo [],» la añadidura de «de nuevo» afirma aquella manifestación del Señor de todo que tendrá lugar en el último día. Pues así como «al nombre de Jesús se dobla toda rodilla, de las cosas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra [],» aunque el nombre humano no pertenece al Hijo en cuanto que está por encima de todo nombre, así dice que el Primogénito, que fue llamado así por causa nuestra, es adorado por toda la creación supramundana, en su venida de nuevo al mundo, cuando «juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con equidad.» Así, los diversos significados de los títulos «Primogénito» y «Unigénito» se mantienen distintos por la palabra de piedad, asegurando a cada nombre su respectiva significación. Pero ¿cómo puede aquel que refiere el nombre de «primogénito» a la existencia anterior al tiempo del Hijo conservar el sentido propio del término «Unigénito»? Considere el lector discernidor si estas cosas concuerdan entre sí, cuando el término «primogénito» implica necesariamente hermanos, y el término «Unigénito» excluye igualmente por necesidad la noción de hermanos. Pues cuando la Escritura dice: «En el principio era el Verbo,» entendemos que se refiere al Unigénito, y cuando añade «el Verbo se hizo carne» recibimos por ello en nuestra mente la idea del primogénito, y así la palabra de piedad permanece sin confusión, preservando para cada nombre su significación natural, de modo que en «Unigénito» consideramos lo anterior al tiempo, y por «el primogénito de la creación» la manifestación de lo anterior al tiempo en la carne.
9. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
y demuestra noblemente que el Hijo es el resplandor de la gloria divina, y no una criatura.
II, 9
Y volvamos de nuevo una vez más a la afirmación precisa de Eunomio. «Creemos también en el Hijo de Dios, el Dios unigénito, el primogénito de toda la creación, el Hijo mismo, no Ingenerado, verdaderamente engendrado antes de los siglos.» Que él transfiere, pues, el sentido de engendración para indicar creación es evidente, por cuanto expresamente lo llama creado, al hablar de Él como «el que llega a ser» y «no increado». Pero, para que se ponga de manifiesto la temeridad irreflexiva y la falta de formación que se muestra en las doctrinas, omitamos toda expresión de indignación ante su evidente blasfemia, y empleemos en la discusión de este asunto una división científica. Pues sería bueno, creo, considerar con una investigación un tanto cuidadosa el significado exacto del término «engendración.» Que esta expresión transmite el significado de existir como resultado de alguna causa es claro para todos, y supongo que no hay necesidad de discutir sobre este punto; pero, puesto que hay diferentes modos de existir como resultado de una causa, esta diferencia es la que, creo, debe recibir una explicación completa en nuestra discusión por medio de una división científica. De las cosas que han llegado a ser como resultados de alguna causa reconocemos las siguientes diferencias. Unas son resultado de materia y arte, como las fábricas de las casas y todas las demás obras producidas por medio de su respectiva materia, donde algún arte da dirección y conduce su propósito a su fin propio. Otras son resultado de materia y naturaleza; pues la naturaleza ordena la engendración de unos animales a partir de otros, efectuando su propia obra por medio de la subsistencia material en los cuerpos de los progenitores; otras, a su vez, son por eflujo material. En estas, lo original permanece como antes, y aquello que fluye de ello es contemplado por sí mismo, como en el caso del sol y su rayo, o de la lámpara y su resplandor, o de los perfumes y ungüentos y la cualidad que de ellos se desprende. Pues estos, permaneciendo sin disminución en sí mismos, tienen cada uno junto a sí el efecto propio y peculiar que producen naturalmente, como el sol su rayo, la lámpara su resplandor, y los perfumes la fragancia que engendran en el aire. Hay también otro tipo de engendración además de estos, en el que la causa es inmaterial e incorpórea, pero la engendración es sensible y tiene lugar por medio del cuerpo; me refiero a la engendración de la palabra por la mente. Pues la mente, siendo en sí misma incorpórea, engendra la palabra por medio de instrumentos sensibles. Tantos son los modos del término engendración que descubrimos en una consideración filosófica de ellos, que él mismo es, por así decirlo, el resultado de una engendración.
Y ahora que hemos distinguido así los diversos modos de engendración, será tiempo de observar cómo la benévola dispensación del Espíritu Santo, al entregarnos los misterios divinos, imparte aquella instrucción que trasciende la razón por métodos tales como podemos recibir. Pues la enseñanza inspirada adopta, para exponer el poder inefable de Dios, todas las formas de engendración que la inteligencia humana reconoce, pero sin incluir los sentidos corpóreos que acompañan a las palabras. Pues cuando habla del poder creador, da a tal energía el nombre de engendración, porque su expresión debe rebajarse a nuestra baja capacidad; no transmite, sin embargo, con ello todo lo que nosotros incluimos en la engendración creadora, como tiempo, lugar, la provisión de materia, la aptitud de los instrumentos, el designio en las cosas que llegan a ser, sino que deja todo esto y afirma de Dios, en lenguaje elevado y magnífico, la creación de todas las cosas existentes, cuando dice: «Él habló la palabra y fueron hechos, Él mandó y fueron creados.» De nuevo, cuando nos interpreta la inefable y trascendente existencia del Unigénito desde el Padre, como la pobreza del intelecto humano es incapaz de recibir doctrinas que superan todo poder de palabra y pensamiento, también allí toma prestado nuestro lenguaje y lo llama «Hijo,» un nombre que nuestro uso asigna a los que nacen de materia y naturaleza. Pero así como la Escritura, cuando habla de engendración por creación, no implica en el caso de Dios que tal engendración se realizara por medio de materia alguna, afirmando que el poder de la voluntad de Dios sirvió como materia, lugar, tiempo y todas las circunstancias semejantes, así también aquí, al usar el término Hijo, rechaza por una parte todo lo demás que la naturaleza humana observa en la engendración de aquí abajo —me refiero a las afecciones y disposiciones, la cooperación del tiempo y la necesidad del lugar— y, sobre todo, la materia, sin todo lo cual no tiene lugar la engendración natural de aquí abajo. Pero cuando toda existencia material, temporal y local queda excluida del sentido del término «Hijo,» solo queda la comunidad de naturaleza, y por esta razón, mediante el título «Hijo» se declara, respecto del Unigénito, la estrecha afinidad y autenticidad de relación que marcan su manifestación desde el Padre. Y puesto que semejante tipo de engendración no era suficiente para implantar en nosotros una noción adecuada del inefable modo de subsistencia del Unigénito, la Escritura se vale también del tercer tipo de engendración para indicar la doctrina de la divinidad del Hijo, a saber, aquel que es resultado del eflujo material, y habla de Él como el «resplandor de gloria [],» el «olor del ungüento,» el «aliento de Dios [];» ilustraciones que, en la terminología científica que hemos adoptado, designamos ordinariamente como eflujo material.
Pero como en los casos aducidos ni el nacimiento de la creación ni la fuerza del término «Hijo» admite tiempo, materia, lugar o afección, así también aquí la Escritura, empleando solo la ilustración del resplandor y las demás que he mencionado, aparte de toda concepción material, en cuanto a la conveniencia divina de semejante modo de engendración, muestra que debemos entender por la significación de esta expresión una existencia a la vez derivada del Padre y subsistente con Él. Pues ni la figura del aliento pretende transmitirnos la noción de dispersión en el aire a partir de la materia de la que está formado, ni la figura de la fragancia está destinada a expresar el paso de la cualidad del ungüento al aire, ni la figura del resplandor el eflujo que tiene lugar por medio de los rayos desde el cuerpo del sol; sino que, como se ha dicho en todos los casos, por tal modo de engendración se indica solo esto: que el Hijo es del Padre y es concebido juntamente con Él, sin que medie intervalo alguno entre el Padre y Aquel que es del Padre. Pues, como por su sobreabundante bondad la gracia del Espíritu Santo dispuso que las concepciones divinas acerca del Unigénito nos llegaran desde muchos lugares y así fueran implantadas en nosotros, añadió también el restante tipo de engendración, a saber, el de la palabra procedente de la mente. Y aquí el sublime Juan usa una previsión notable. Para que el lector, por inadvertencia y conceptos indignos, no descienda a la noción común de «palabra,» hasta considerar al Hijo como una mera voz del Padre, afirma por eso del Verbo que subsistía esencialmente en la naturaleza primera y bienaventurada misma, proclamando en voz alta: «En el Principio era el Verbo, y con Dios, y Dios, y Luz, y Vida,» y todo lo que el Principio es, era también el Verbo.
Puesto que, entonces, estos tipos de engendración, quiero decir, los que surgen como resultado de alguna causa y son reconocidos en nuestra experiencia cotidiana, son también empleados por la Sagrada Escritura para transmitir su enseñanza acerca de los misterios trascendentes, de tal manera que cada uno de ellos pueda razonablemente transferirse a la expresión de las concepciones divinas, podemos ahora proceder a examinar también la afirmación de Eunomio, para hallar en qué sentido acepta el significado de «engendración.» «Hijo mismo,» dice, «no ingenerado, verdaderamente engendrado antes de los siglos.» Se puede, creo, pasar rápidamente por alto la violencia hecha a la secuencia lógica en su distinción, por ser fácilmente reconocible por todos. Pues, ¿quién no sabe que, siendo la oposición propia entre Padre e Hijo, entre engendrado e ingenerado, él pasa por alto el término «Padre» y coloca «ingenerado» en oposición a «Hijo,» cuando debería, si tuviera algún interés por la verdad, haber evitado desviar su frase de la debida secuencia de la relación, y haber dicho: «Hijo mismo, no Padre»? Y de este modo se habría guardado a la vez el respeto debido a la piedad y a la coherencia lógica, ya que la naturaleza no habría sido desgarrada al hacer la distinción entre las personas. Pero él ha cambiado, en la exposición de su fe, el uso verdadero y escriturístico del término «Padre,» que nos fue confiado por el Verbo mismo, y habla del «Ingenerado» en lugar del «Padre,» para que, separándolo de aquella relación estrecha hacia el Hijo que se concibe naturalmente en el título de Padre, pueda colocarlo en un nivel común con todos los objetos creados, que igualmente se oponen a lo «ingenerado.» «Verdaderamente engendrado,» dice, «antes de los siglos.» Que diga de quién es engendrado. Responderá, por supuesto, «Del Padre,» a menos que esté dispuesto a contradecir la verdad sin rubor. Pero, puesto que es imposible separar la eternidad del Hijo del Padre eterno, ya que el término «Padre» implica por su misma significación al Hijo, por esta razón rechaza el título de Padre y desplaza su frase a «ingenerado,» puesto que el significado de este último nombre no tiene relación ni conexión alguna con el Hijo, y así, al extraviar a sus lectores mediante la sustitución de un término por otro, para que no contemplen al Hijo junto con el Padre, abre un camino a su sofisma, allanando la vía de la impiedad al deslizar el término «ingenerado.» Pues los que, según la ordenanza del Señor, creen en el Padre, al oír el nombre del Padre, reciben al Hijo junto con Él en su pensamiento, ya que la mente pasa del Hijo al Padre sin pisar un vacío insustancial interpuesto entre ellos. Pero los que son desviados al título «ingenerado» en lugar de Padre obtienen una noción vacía de este nombre, aprendiendo solo el hecho de que en ningún momento llegó a ser, no que sea Padre. Aun así, incluso con este modo de concepción, la fe de quienes leen con discernimiento permanece libre de confusión. Pues la expresión «no llegar a ser» se usa en sentido idéntico de toda naturaleza no creada: y Padre, Hijo y Espíritu Santo son igualmente no creados. Pues siempre han creído los que siguen la palabra divina que toda la creación, sensible y supramundana, deriva su existencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El que ha oído que «por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca,» ni entiende por «palabra» una simple emisión de voz, ni por «aliento» una simple exhalación, sino que, por lo que allí se dice, forma la concepción de Dios Verbo y del Espíritu de Dios. Ahora bien, crear y ser creado no son equivalentes, sino que, dividiéndose todas las cosas existentes entre lo que hace y lo que es hecho, cada una es diferente en naturaleza de la otra, de modo que ni es no creado aquello que es hecho, ni es creado aquello que efectúa la producción de las cosas que son hechas. Por los que, según la exposición de la fe que nos dio nuestro Señor mismo, han creído en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se reconoce que cada una de estas Personas es igualmente ingénita, y el significado que transmite «ingenerado» no daña su sana creencia; pero para los que son densos e imprecisos este término sirve como punto de partida para desviarse de la sana doctrina. Pues, no entendiendo la verdadera fuerza del término, que «ingenerado» no significa nada más que «no haber llegado a ser,» y que «no llegar a ser» es una propiedad común de todo lo que trasciende la naturaleza creada, abandonan su fe en el Padre y sustituyen el término «Padre» por la frase «ingenerado:» y, puesto que, como se ha dicho, la existencia personal del Unigénito no está implicada en este nombre, determinan que la existencia del Hijo comenzó desde algún principio definido en el tiempo, afirmando (lo que Eunomio añade aquí a sus afirmaciones anteriores) que Él es llamado Hijo no sin que una engendración preceda a su existencia.
¿Qué es este vano juego de palabras? ¿Se da cuenta de que es de Dios de quien habla, el que era en el principio y está en el Padre, y no hubo tiempo alguno en que no fuera? No sabe lo que dice ni de qué afirma, sino que se esfuerza, como si construyera la genealogía de un simple hombre, por aplicar al Señor de toda la creación el lenguaje que propiamente pertenece a nuestra naturaleza de aquí abajo. Pues, por poner un ejemplo, Ismael no existía antes de la engendración que lo trajo a la existencia, y antes de su nacimiento hubo, por supuesto, un intervalo de tiempo. Pero en Aquel que es «el resplandor de la gloria,» «antes» y «después» no tienen lugar: pues antes del resplandor, por supuesto, tampoco había gloria alguna, porque, al existir la gloria, ciertamente resplandece a la vez su resplandor; y es imposible en la naturaleza de las cosas que uno sea separado del otro, ni es posible ver la gloria por sí misma antes de su resplandor. Pues el que así dice hará que la gloria en sí misma sea tenebrosa y oscura, si el resplandor que de ella procede no brilla al mismo tiempo. Pero este es el método desleal de la herejía: esforzarse, mediante las nociones y términos empleados acerca del Dios unigénito, por desplazarlo de su unidad con el Padre. Para este fin dicen: «Antes de la engendración que lo trajo a la existencia no era Hijo:» pero los «hijos de los carneros,» de quienes habla el profeta, ¿no son también ellos llamados hijos después de llegar a la existencia? Pues esa cualidad que la razón observa en los «hijos de los carneros,» a saber, que no son «hijos de los carneros» antes de la engendración que los trae a la existencia, eso es lo que nuestro reverendo teólogo atribuye ahora al Hacedor de los mundos y de toda la creación, que tiene al Padre eterno en sí mismo y es contemplado en la eternidad del Padre, como Él mismo dice: «Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí.» Sin embargo, los que no son capaces de detectar el sofisma que se oculta en su afirmación, y no están ejercitados en ninguna clase de percepción lógica, siguen estas afirmaciones inconsecuentes y reciben lo que viene después como consecuencia lógica de lo que precedió. Pues dice: «llegando a ser antes de toda la creación,» y, como si esto no bastara para probar su impiedad, tiene reservada una pieza de profanidad en la frase que sigue, cuando llama al Hijo «no increado.» ¿En qué sentido, pues, llama al que no es increado «Hijo mismo»? Pues si es lícito llamar al que no es increado «Hijo mismo,» entonces, por supuesto, el cielo es «Hijo mismo;» pues también él es «no increado.» Así también el sol es «Hijo mismo,» y todo lo que contiene la creación, tanto lo pequeño como lo grande, tiene ciertamente derecho al apelativo de «Hijo mismo.» ¿Y en qué sentido llama al que ha llegado a ser «Unigénito»? Pues todas las cosas que llegan a ser están incuestionablemente en hermandad unas con otras, al menos en lo que se refiere a su llegar a ser. ¿Y de quién llegó a ser? Pues ciertamente todas las cosas que jamás han llegado a ser lo hicieron desde el Hijo. Pues así testificó Juan, diciendo: «Todas las cosas por él fueron hechas.» Si, pues, el Hijo también llegó a ser, según el credo de Eunomio, ciertamente se le clasifica en la clase de las cosas que han llegado a ser. Si, pues, todas las cosas que llegaron a ser fueron hechas por Él, y el Verbo es una de las cosas que llegaron a ser, ¿quién es tan torpe como para no extraer de estas premisas la conclusión absurda de que nuestro nuevo fabricante de credos presenta al Señor de la creación como obra suya propia, al decir con todas sus palabras que el Señor y Hacedor de toda la creación es «no increado»? Que nos diga de dónde saca esta audacia de afirmación. ¿De qué proferencia inspirada? ¿Qué evangelista, qué apóstol pronunció jamás tales palabras? ¿Qué profeta, qué legislador, qué patriarca, qué otra persona de todos los que fueron divinamente movidos por el Espíritu Santo, cuyas voces se conservan por escrito, originó jamás una afirmación semejante? En la tradición de la fe entregada por la Verdad se nos enseña a creer en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Si fuera correcto creer que el Hijo fue creado, ¿cómo fue que la Verdad, al entregarnos este misterio, nos mandó creer en el Hijo, y no en la criatura? ¿Y cómo es que el Apóstol inspirado, adorando él mismo a Cristo, establece que los que adoran a la criatura además del Creador son culpables de idolatría? Pues, si el Hijo fuera creado, o bien no lo habría adorado, o bien se habría abstenido de clasificar a los que adoran a la criatura junto con los idólatras, para no aparecer él mismo como idólatra, al ofrecer adoración a lo creado. Pero él sabía que Aquel a quien adoraba era Dios sobre todas las cosas [], pues así llama al Hijo en su Epístola a los Romanos. ¿Por qué, entonces, los que separan al Hijo de la esencia del Padre y lo llaman criatura le confieren en burla el título ficticio de Deidad, dando ociosamente a uno ajeno a la verdadera divinidad el nombre de «Dios,» como podrían dárselo a Bel, a Dagón o al Dragón? Por tanto, los que afirman que Él es creado, reconozcan que no es Dios en absoluto, para que se vea que no son más que judíos disfrazados; o, si confiesan que uno que es creado es Dios, que no nieguen que son idólatras.
el carácter engañoso del razonamiento de Eunomio y el pasaje que dice: «Mi gloria no daré a otro,» examinándolos desde diversos puntos de vista.
II, 10
Pero, por supuesto, aducen el pasaje del libro de los Proverbios que dice: «El Señor me creó como principio de sus caminos, para sus obras.» Ahora bien, se requeriría una larga discusión para explicar plenamente el verdadero sentido del pasaje; aun así, sería posible, incluso en pocas palabras, transmitir a los lectores bien dispuestos el pensamiento que se propone. Algunos de los versados con exactitud en teología dicen ciertamente que el texto hebreo no lee «creó», y nosotros mismos hemos leído en ejemplares más antiguos «poseyó» en lugar de «creó». Ahora bien, con toda seguridad «posesión», en el lenguaje alegórico de los Proverbios, designa a aquel Siervo que por nosotros «tomó la forma de siervo [].» Pero si alguno adujese en este pasaje la lectura que prevalece en las Iglesias, tampoco rechazamos la expresión «creó». Pues también ésta, en lenguaje alegórico, quiere connotar al «siervo», ya que, como nos dice el Apóstol, «toda la creación está en servidumbre [].» Así decimos que esta expresión, lo mismo que la otra, admite una interpretación ortodoxa. Porque Aquel que por nosotros se hizo semejante a nosotros, fue en los últimos días verdaderamente creado: Aquel que, siendo en el principio el Verbo y Dios, después se hizo carne y hombre. Pues la naturaleza de la carne es creada; y al participar de ella en todo como nosotros, aunque sin pecado, fue creado cuando se hizo hombre; y fue creado «según Dios []», no según el hombre, como dice el Apóstol, de manera nueva y no conforme al uso humano. Pues se nos enseña que este «hombre nuevo» fue creado —aunque del Espíritu Santo y del poder del Altísimo—, a quien Pablo, el hierofante de los misterios inefables, nos manda «revestirnos», usando dos expresiones para indicar el vestido que hay que ponerse, diciendo en un lugar: «Revestíos del hombre nuevo, que según Dios es creado []», y en otro: «Revestíos del Señor Jesucristo [].» Pues así es como Aquel que dijo «Yo soy el Camino» se convierte para nosotros, que nos lo hemos revestido, en el principio de los caminos de la salvación, para hacernos obra de sus propias manos, modelándonos de nuevo desde el molde malo del pecado a su propia imagen. Él es a la vez nuestro fundamento antes del siglo venidero, según las palabras de Pablo, que dice: «Nadie puede poner otro fundamento que el ya puesto []»; y es verdad que «antes de que brotaran las fuentes de las aguas, antes de que se asentaran los montes, antes de que hiciera los abismos, y antes de todas las colinas, Él me engendra.» Pues es posible, según el uso del libro de los Proverbios, que cada una de estas frases, tomadas en sentido tropical, se aplique al Verbo. Porque el gran David llama a la justicia «montes de Dios», a sus juicios «abismos», y a los maestros en las Iglesias «fuentes», diciendo: «Bendecid a Dios el Señor desde las fuentes de Israel»; y a la sencillez la llama «colinas», como muestra cuando habla de que saltan como corderos. Antes de éstas, pues, nace en nosotros Aquel que por nosotros fue creado como hombre, para que también en nosotros halle lugar la creación de estas cosas. Pero creo que podemos pasar de la discusión de estos puntos, toda vez que la verdad ha sido suficientemente indicada en pocas palabras a los lectores bien dispuestos; pasemos a lo que dice Eunomio a continuación.
«Existiendo en el Principio,» dice, «no sin principio.» ¿De qué modo entiende los oráculos de Dios quien se enorgullece de su discernimiento superior? Declara que Aquel que estaba en el principio tiene un principio; y no advierte que si Aquel que está en el principio tiene un principio, entonces el Principio mismo ha de tener forzosamente otro principio. Cuanto dice del principio, necesariamente ha de confesarlo como verdadero de Aquel que estaba en el principio; pues ¿cómo puede separarse del principio lo que está en el principio? ¿Y cómo puede alguien imaginar un «no era» que preceda al «era»? Pues por muy lejos que lleve uno su pensamiento para aprehender el principio, ciertamente comprende al hacerlo que el Verbo que estaba en el principio (en cuanto no puede separarse del principio en el que está) no comienza ni cesa en ningún momento su existencia en él. Sin embargo, que nadie se deje inducir por estas palabras mías a separar en dos el único principio que reconocemos. Pues el principio es con toda seguridad uno, en el cual se discierne, indivisiblemente, aquel Verbo que está completamente unido al Padre. Quien así piensa no dejará jamás a la herejía un resquicio para menoscabar su piedad con la novedad del término «ingenerado». Pero en las proposiciones siguientes de Eunomio sus afirmaciones son como pan con gran mezcla de arena. Pues al mezclar sus opiniones heréticas con doctrinas sanas, hace incomible aun aquello que en sí es nutritivo, por la arenilla que ha mezclado con ello. Porque llama al Señor «sabiduría viviente», «verdad operativa», poder subsistente y «vida»: hasta aquí la porción nutritiva. Pero en estas afirmaciones instila el veneno de la herejía. Pues cuando habla de la «vida» como «engendrada», hace una reserva mediante la oposición implícita a la vida «ingenerada», y no afirma que el Hijo sea la Vida misma. Luego dice:— «Como Hijo de Dios, vivificando a los muertos, luz verdadera, luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo, bueno y dispensador de bienes.» Todas estas cosas las ofrece como miel a los simples, ocultando su droga mortífera bajo la dulzura de términos como éstos. Pues inmediatamente introduce, pisándoles los talones a estas afirmaciones, su principio pernicioso, con las palabras «No compartiendo con quien lo engendró su excelsa condición, no dividiendo con otro la esencia del Padre, sino llegando a ser por generación glorioso, sí, el Señor de la gloria, y recibiendo gloria del Padre, no compartiendo su gloria con el Padre, porque la gloria del Todopoderoso es incomunicable, como Él ha dicho: "Mi gloria no daré a otro" [].» Éstos son sus venenos mortíferos, que sólo pueden descubrir quienes tienen ejercitados para ello los sentidos del alma; pero el daño mortal de las palabras queda al descubierto por su conclusión:— Recibiendo gloria del Padre, no compartiendo gloria con el Padre, porque la gloria del Todopoderoso es incomunicable, como Él ha dicho: "Mi gloria no daré a otro". ¿Quién es ese «otro» a quien Dios ha dicho que no dará su gloria? El profeta habla del adversario de Dios, ¡y Eunomio refiere la profecía al mismo Dios unigénito! Pues cuando el profeta, hablando en persona de Dios, había dicho: «Mi gloria no daré a otro», añadió: «ni mi alabanza a las imágenes esculpidas.» Pues cuando los hombres fueron seducidos a ofrecer al adversario de Dios el culto y la adoración debidos sólo a Dios, rindiendo homenaje, en las representaciones de las imágenes esculpidas, al enemigo de Dios, que se aparecía en muchas formas entre los hombres en las figuras ofrecidas por los ídolos, Aquel que sana a los enfermos, por compasión ante la ruina de los hombres, predijo por el profeta la bondad que en los últimos días mostraría aboliendo los ídolos, diciendo: «Cuando mi verdad se haya manifestado, ya no se dará mi gloria a otro, ni se otorgará mi alabanza a imágenes esculpidas; pues los hombres, cuando lleguen a conocer mi gloria, ya no estarán en servidumbre de aquellos que por naturaleza no son dioses.» Todo, pues, lo que el profeta dice en persona del Señor acerca del poder del adversario, este luchador contra Dios lo refiere al Señor mismo, ¡que pronunció estas palabras por el profeta! ¿Quién entre los tiranos se recuerda que haya sido tal perseguidor de la fe como éste? ¿Quién mantuvo una blasfemia como ésta: que Aquel que, según creemos, se manifestó en la carne para salvación de nuestras almas, no es verdadero Dios, sino el adversario de Dios, que pone en obra su engaño contra los hombres por medio de los ídolos y de las imágenes esculpidas? Pues es lo que del adversario dijo el profeta lo que Eunomio transfiere al Dios unigénito, sin siquiera reflexionar que es el Unigénito mismo quien pronunció estas palabras por el profeta, como el propio Eunomio confiesa después al decir: «Éste es el que habló por los profetas.»
¿Por qué habría de proseguir esta parte del tema con más detalle? Pues las palabras precedentes también están contaminadas con la misma profanidad: «recibiendo gloria del Padre, no compartiendo gloria con el Padre, porque la gloria del Dios Todopoderoso es incomunicable.» Por mi parte, aunque sus palabras se refirieran a Moisés, que fue glorificado en el ministerio de la Ley, ni siquiera entonces habría tolerado semejante afirmación, aun concediendo que Moisés, sin tener gloria alguna desde dentro, apareciera completamente glorioso a los israelitas por el favor que de Dios se le otorgaba. Pues la gloria misma que se otorgaba al legislador no era gloria de otro sino del propio Dios; gloria que el Señor en el Evangelio manda buscar a todos, cuando reprende a quienes estiman en mucho la gloria humana y no buscan la gloria que viene sólo de Dios. Porque, por el hecho de haberles mandado buscar la gloria que viene del único Dios, declaró la posibilidad de que obtuvieran lo que buscaban. ¿Cómo, pues, es incomunicable la gloria del Todopoderoso, si incluso es deber nuestro pedir la gloria que viene del único Dios y si, según la palabra de nuestro Señor, «todo el que pide recibe»? Pero quien dice, acerca del Resplandor de la gloria del Padre, que Él tiene la gloria por haberla recibido, dice en efecto que el Resplandor de la gloria está en sí mismo desprovisto de gloria, y que necesita, para llegar a ser al fin Señor de alguna gloria, recibir gloria de otro. ¿Cómo, entonces, hemos de disponer de las declaraciones de la Verdad: una que nos dice que Él será visto en la gloria del Padre [], y otra que dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío»? ¿A quién debe dar oído el oyente? ¿A aquel que dice: «El que es, como dice el Apóstol, "heredero de todas las cosas []" que están en el Padre, está sin parte ni suerte en la gloria de su Padre»; o a Aquel que declara que todo lo que el Padre tiene, Él mismo lo tiene también? Ahora bien, entre el «todo», ciertamente está incluida la gloria. Sin embargo, Eunomio dice que la gloria del Todopoderoso es incomunicable. Esta opinión no la atestigua Joel, ni tampoco el gran Pedro, que adoptó en su discurso a los judíos el lenguaje del profeta. Pues tanto el profeta como el apóstol dicen, en persona de Dios: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne [].» Así pues, Aquel que no escatimó el hacer partícipes de su propio Espíritu a toda carne, ¿cómo puede ser que no comunique su propia gloria al Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, que tiene todo lo que el Padre tiene? Quizá debería decirse que Eunomio está aquí diciendo la verdad, aunque sin pretenderlo. Pues el término «comunicar» se usa en rigor en el caso de uno que no tiene su gloria desde dentro, cuya posesión de ella es un añadido de fuera y no parte de su propia naturaleza; pero donde se observa una y la misma naturaleza en ambas Personas, Aquel que en cuanto a la naturaleza es todo lo que se cree que es el Padre no necesita de nadie que le comunique cada atributo particular. Esto será bueno explicarlo más clara y precisamente. Aquel que tiene al Padre habitando en Él en su totalidad, ¿qué necesidad tiene de la gloria del Padre, cuando ninguno de los atributos contemplados en el Padre le es sustraído?
11. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
muestra la necedad de Eunomio en su afirmación de que el Hijo no adquirió su filiación por la obediencia.
II, 11
¿Cuál es, además, la excelsa condición del Todopoderoso de la que Eunomio afirma que el Hijo no tiene parte? Que aquellos, pues, que son sabios a sus propios ojos y prudentes ante su propia vista [], emitan sus rastreras opiniones; ellos que, como dice el profeta, «hablan desde la tierra [].» Pero nosotros, que reverenciamos al Verbo y somos discípulos de la Verdad, o más bien que profesamos serlo, no dejemos sin examinar siquiera esta afirmación. Sabemos que, de todos los nombres con que se indica la Deidad, unos expresan la majestad divina, empleados y entendidos de manera absoluta, y otros se asignan con referencia a las operaciones sobre nosotros y sobre toda la creación. Pues cuando el Apóstol dice: «Al inmortal, invisible, único sabio Dios», y otras cosas semejantes, con estos títulos sugiere concepciones que nos representan el poder trascendente; pero cuando en las Escrituras se habla de Dios como benigno, misericordioso, lleno de piedad, verdadero, bueno, Señor, Médico, Pastor, Camino, Pan, Fuente, Rey, Creador, Artífice, Protector, que está sobre todo y por todo, que es todo en todo, éstos y otros títulos semejantes contienen la declaración de las operaciones de la divina bondad en la creación. Quienes, pues, indagan con precisión el sentido del término «Todopoderoso» hallarán que no declara otra cosa acerca del poder divino sino que la operación que controla las cosas creadas y es indicada por la palabra «Todopoderoso» está en cierta relación con algo. Pues así como no se llamaría Médico sino a causa de los enfermos, ni misericordioso y benigno, y cosas semejantes, sino por razón de uno que necesitara gracia y misericordia, tampoco se le llamaría Todopoderoso si toda la creación no necesitara de uno que la rigiera y la mantuviera en el ser. Así, pues, como Él se presenta como Médico a quienes necesitan curación, así es Todopoderoso sobre el que necesita ser regido; y así como «los sanos no tienen necesidad de médico», se sigue que bien podemos decir que Aquel cuya naturaleza contiene en sí el principio de una rectitud inerrante e inquebrantable no necesita, como otros, de un gobernante sobre Él. Por consiguiente, cuando oímos el nombre «Todopoderoso», nuestra concepción es ésta: que Dios sostiene en el ser todas las cosas inteligibles así como todas las de naturaleza material. Por esta causa se sienta sobre el círculo de la tierra; por esta causa tiene los extremos de la tierra en su mano; por esta causa «mide la levadura con el palmo y las aguas con el hueco de su mano»; por esta causa comprende en sí mismo toda la creación inteligible, para que todas las cosas permanezcan en la existencia, controladas por su poder que las abarca. Investiguemos, pues, quién es el que «obra todo en todos.» ¿Quién es Aquel que hizo todas las cosas y sin el cual nada de lo que existe tiene existencia? ¿Quién es Aquel en quien fueron creadas todas las cosas y en quien todas las que son tienen su permanencia? ¿En quién vivimos, nos movemos y somos? ¿Quién es Aquel que tiene en sí mismo todo lo que el Padre tiene? ¿Nos deja lo dicho ya en ignorancia de Aquel que es «Dios sobre todo []», a quien san Pablo da este título—nuestro Señor Jesucristo, quien, como Él mismo dice, teniendo en su mano «todas las cosas que el Padre tiene», con toda seguridad abraza todas las cosas en el hueco omnímodo de su mano y es soberano sobre lo que ha abrazado, y nadie arrebata de la mano de Aquel que en su mano tiene todas las cosas? Si, pues, tiene todas las cosas y es soberano sobre lo que tiene, ¿por qué Aquel que así es soberano sobre todas las cosas es algo distinto y no Todopoderoso? Si la herejía responde que el Padre es soberano sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo, que muestren primero que el Hijo y el Espíritu Santo son de naturaleza mudable, y luego pongan sobre esta mutabilidad a su gobernante, para que, por la ayuda infundida desde arriba, aquello que así es gobernado pueda continuar incapaz de volverse al mal. Si, por el contrario, la naturaleza divina es incapaz del mal, inmutable, inalterable, eternamente permanente, ¿con qué fin necesita de un gobernante, controlando como controla toda la creación, y no necesitando ella misma, por razón de su inmutabilidad, de gobernante que la controle? Por esta causa es por lo que ante el nombre de Cristo «toda rodilla se dobla, de las cosas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra.» Pues ciertamente no se doblaría así toda rodilla si no reconociera en Cristo a Aquel que la rige para su propia salvación. Pero decir que el Hijo vino al ser por la bondad del Padre no es otra cosa que ponerlo al nivel de los objetos más viles de la creación. Pues ¿qué hay que no haya llegado a su nacimiento por la bondad de Aquel que lo hizo? ¿A qué se atribuye la formación del género humano? ¿A la maldad de su Hacedor o a su bondad? ¿A qué atribuimos la generación de los animales, la producción de las plantas y las hierbas? No hay nada que no se haya originado de la bondad de Aquel que lo hizo. Una propiedad, pues, que la razón discierne como común a todas las cosas, ¡Eunomio es tan amable de concederla al Hijo eterno! Pero que Él no compartiera su esencia ni su condición con el Padre —estas afirmaciones y el resto de su verborrea las he refutado de antemano al tratar de sus declaraciones acerca del Padre, y he mostrado que las ha aventurado al azar y sin sentido inteligible alguno. Pues ni siquiera en el caso de nosotros, que nacemos unos de otros, hay división de esencia. La definición que expresa la esencia permanece íntegra en cada uno, en el que engendra y en el que es engendrado, sin admitir disminución en quien engendra ni aumento en quien es engendrado. Pero hablar de división de la condición o de la soberanía en el caso de Aquel que tiene todo cuanto el Padre tiene no comporta sentido alguno, a no ser que sea una demostración de la impiedad del que la propone. Sería, por tanto, superfluo enredarse en tales discusiones y prolongar así nuestro tratado hasta una longitud irrazonable. Pasemos a lo que sigue.
«Glorificado,» dice, «por el Padre antes de los siglos.» La palabra de la verdad ha quedado demostrada, confirmada por el testimonio de sus adversarios. Pues ésta es la suma de nuestra fe: que el Hijo es desde toda la eternidad, glorificado por el Padre; porque «antes de los siglos» es lo mismo en sentido que «desde toda la eternidad», dado que la profecía usa esta frase para presentarnos la eternidad de Dios, cuando habla de Él como «El que es desde antes de los siglos.» Si, pues, existir antes de los siglos está más allá de todo principio, quien confiere gloria al Hijo antes de los siglos afirma con ello su existencia desde la eternidad antes de esa gloria; pues ciertamente no es glorificado el no existente, sino el existente. Luego procede a plantar para sí las semillas de blasfemia contra el Espíritu Santo; no con vistas a glorificar al Hijo, sino para ultrajar desenfrenadamente al Espíritu Santo. Pues con la intención de hacer aparecer al Espíritu Santo como parte del ejército angélico, introduce la frase «glorificado eternamente por el Espíritu y por todo ser racional y engendrado», de modo que no hay distinción entre el Espíritu Santo y todo lo que llega al ser; si, es decir, el Espíritu Santo glorifica al Señor en el mismo sentido que todos los demás seres enumerados por el profeta: «ángeles y potestades, y el cielo de los cielos, y el agua sobre los cielos, y todas las cosas de la tierra, dragones, abismos, fuego y granizo, nieve y vapor, viento de la tempestad, montes y todas las colinas, árboles frutales y todos los cedros, bestias y todo ganado, gusanos y aves de pluma.» Si, pues, dice, junto con éstos también el Espíritu Santo glorifica al Señor, su lengua contraria a Dios hace del propio Espíritu Santo uno de ellos.
Las incoherencias inconexas que siguen a continuación pienso que es mejor pasarlas por alto, no porque no den asidero alguno a la censura, sino porque su lenguaje es tal como podría usarlo una persona devota, si se la separa de su contexto maligno. Si aquí y allá usa algunas expresiones favorables a la devoción, esto se ofrece precisamente como cebo a las almas sencillas, a fin de que el anzuelo de la impiedad sea tragado junto con él. Pues después de emplear un lenguaje que un miembro de la Iglesia podría usar, añade: «Obediente en cuanto a la creación y producción de todas las cosas que son, obediente en cuanto a todo ministerio, no habiendo alcanzado por su obediencia la filiación ni la divinidad, sino que, como consecuencia de ser Hijo y de ser engendrado como Dios unigénito, se muestra obediente en palabras, obediente en obras.» Pero ¿quién de los versados en los oráculos de Dios no sabe con respecto a qué momento del tiempo dijo de Él el gran Pablo (y eso una sola vez) que «se hizo obediente []»? Pues fue cuando vino en forma de siervo para cumplir el misterio de la redención por la cruz, Aquel que se había despojado a sí mismo, que se humilló asumiendo la semejanza y figura de hombre, siendo hallado como hombre en la humilde naturaleza del hombre; entonces, digo, fue cuando se hizo obediente, precisamente Aquel que «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades []», sanando la desobediencia de los hombres con su propia obediencia, para que por sus llagas sanara nuestra herida y por su propia muerte aboliera la muerte común de todos los hombres; entonces fue cuando por nosotros se hizo obediente, así como se hizo «pecado []» y «maldición []» a causa de la dispensación en favor nuestro, no siéndolo por naturaleza, sino haciéndose tal en su amor a los hombres. Pero ¿por qué sagrada declaración se le enseñó jamás esa lista suya de tantas obediencias? No; al contrario, toda Escritura inspirada atestigua su poder independiente y soberano, diciendo: «Habló la palabra y fueron hechos; mandó y fueron creados»; pues es evidente que el salmista dice esto acerca de Aquel que sostiene «todas las cosas con la palabra de su poder []», cuya autoridad, por el solo impulso de su voluntad, formó toda existencia y naturaleza, y todas las cosas de la creación aprehendidas por la razón o por la vista. ¿De dónde, pues, se movió Eunomio a atribuir de manera tan múltiple al Rey del universo el atributo de la obediencia, hablando de Él como «obediente en cuanto a toda la obra de la creación, obediente en cuanto a todo ministerio, obediente en palabras y en obras»? Sin embargo, es claro para todos que sólo es obediente a otro en obras y palabras aquel que aún no ha alcanzado perfectamente en sí mismo la condición de obrar con exactitud o de hablar sin reproche, sino que, manteniendo su mirada siempre en su maestro y guía, es entrenado por sus sugerencias en la propiedad exacta de la obra y la palabra. Pero pensar que la Sabiduría necesita un maestro y un tutor que guíe rectamente sus intentos de imitación es un sueño de la fantasía de Eunomio, y sólo de él. Y acerca del Padre dice que es fiel en palabras y fiel en obras, mientras que del Hijo no afirma fidelidad en palabra y obra, sino sólo obediencia y no fidelidad; de modo que su profanidad se extiende imparcialmente por todas sus afirmaciones. Pero quizá sea correcto pasar en silencio la necedad irreflexiva de la afirmación interpuesta entre las últimas mencionadas, no sea que algunas personas irreflexivas se rían de su absurdidad cuando más bien deberían llorar por la perdición de sus almas, antes que reírse de la necedad de sus palabras. Pues este sabio y cauto teólogo dice que Él no alcanzó a ser Hijo como resultado de su obediencia. ¡Notad su penetración! ¡Con qué fuerza contundente nos establece que no fue primero obediente y después Hijo, y que no debemos pensar que su obediencia fue anterior a su generación! Ahora bien, si no hubiera añadido esta cláusula definitoria, ¿quién sin ella habría sido suficientemente necio e idiota para imaginar que su generación le fue otorgada por su Padre como recompensa de la obediencia de Aquel que antes de su generación había mostrado la debida sujeción y obediencia? Pero para que nadie extraiga con demasiada facilidad materia de risa de estas observaciones, considere cada uno que incluso la necedad de las palabras tiene en sí algo digno de lágrimas. Pues lo que pretende establecer con estas observaciones es algo de este tipo: que su obediencia es parte de su naturaleza, de modo que ni siquiera si Él lo quisiera le sería posible no ser obediente.
Pues dice que Él estaba constituido de tal modo que su naturaleza estaba adaptada únicamente a la obediencia, así como entre los instrumentos aquel que está fabricado con respecto a una cierta figura produce necesariamente en aquello que se somete a su operación la forma que el artífice implantó en la construcción del instrumento, y no puede trazar una línea recta sobre lo que recibe su marca, si su propio funcionamiento es en curva; ni el instrumento, si está fabricado para trazar una línea recta, puede producir un círculo con su impresión. ¿Qué necesidad hay de palabras nuestras para revelar cuán grande es la profanidad de semejante noción, cuando la expresión herética proclama por sí misma en voz alta su monstruosidad? Pues si Él era obediente sólo por esta razón, que fue hecho así, entonces, por supuesto, no está en pie de igualdad ni siquiera con la humanidad, ya que, según esta teoría, mientras nuestra alma es autodeterminada e independiente, eligiendo como quiere, con soberanía sobre sí misma, aquello que le place, Él, por el contrario, ejerce, o más bien experimenta, la obediencia bajo la coacción de una ley compulsiva de su naturaleza, mientras su naturaleza no le consiente desobedecer, aunque lo quisiera. Pues fue «como resultado de ser Hijo y de ser engendrado como se ha mostrado así obediente en palabras y obediente en obras.» ¡Ay de la estupidez brutal de esta doctrina! Hacéis al Verbo obediente a palabras, y suponéis otras palabras anteriores a Aquel que es verdaderamente el Verbo, y otro Verbo del Principio es mediador entre el Principio y el Verbo que estaba en el Principio, transmitiéndole la decisión. Y no es uno solo: hay varias palabras, las cuales Eunomio convierte en otros tantos eslabones de la cadena entre el Principio y el Verbo, y que abusan de su obediencia como les parece. Pero ¿qué necesidad hay de demorarse en esta charla ociosa? Cualquiera puede ver que incluso en aquel tiempo con referencia al cual san Pablo dice que se hizo obediente (y nos dice que se hizo obediente de este modo, a saber, haciéndose por nosotros carne, y siervo, y maldición, y pecado), aun entonces, digo, el Señor de la gloria, que despreció la vergüenza y abrazó el sufrimiento en la carne, no abandonó su libre voluntad, diciendo como dice: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré»; y de nuevo: «Nadie me quita mi vida; tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar»; y cuando los que estaban armados con espadas y palos se acercaron a Él en la noche antes de su Pasión, los hizo retroceder a todos diciendo «Yo soy [],» y de nuevo, cuando el ladrón moribundo le suplicó que se acordara de él, mostró su soberanía universal diciendo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso [].» Si, pues, ni siquiera en el tiempo de su Pasión está separado de su autoridad, ¿dónde puede la herejía discernir la subordinación a la autoridad del Rey de la gloria?