8. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
I, 8
Pero estas observaciones son incidentales y proceden de no mantenernos ceñidos a nuestro argumento. Debíamos indagar no cómo habría debido presentar su apología, sino si acaso la había presentado alguna vez. Pero volvamos ahora a nuestra posición anterior, a saber, que queda convicto por sus propias declaraciones. Este enemigo de la falsedad nos dice ante todo que fue condenado porque el tribunal que le fue asignado desafió la ley, y que fue arrastrado por mar y tierra y sufrió mucho por el sol ardiente y el polvo. Luego, al tratar de ocultar su falsedad, saca un clavo con otro clavo, como dice el proverbio, y corrige una falsedad anulándola con otra. Como todo el mundo sabe tan bien como él que jamás pronunció una sola palabra ante el tribunal, declara que rogó que se le dispensara de comparecer ante un tribunal hostil y que fue condenado en rebeldía. ¿Podría haber caso más claro que el de un hombre que contradice a la vez la verdad y a sí mismo? Cuando se le apremia acerca del título de su libro, hace de su proceso la causa constrictiva de esta 'apología'; pero cuando se le apremia con el hecho de que no dirigió ni una palabra al jurado, niega que hubiera proceso alguno y dice que rehusó tal jurado. ¡Mirad con qué valentía lucha contra la falsedad este esforzado campeón de la verdad! Luego se atreve a llamar a nuestro poderoso Basilio 'un malvado bribón y mentiroso', y además de eso, 'un advenedizo audaz e ignorante', 'ningún teólogo profundo', y añade a su lista de términos injuriosos 'completamente loco', esparciendo una infinidad de tales palabras por sus páginas, como si imaginara que sus propias invectivas amargas pudieran pesar más que el testimonio común de la humanidad, que reverencia aquel gran nombre como si fuera uno de los santos de antaño. Piensa, en efecto, que él, si nadie más, puede tocar con calumnia a quien la calumnia jamás ha tocado; pero el sol no está tan bajo en los cielos que alguien pueda alcanzarlo con piedras u otros proyectiles; estos rebotarán sobre quien los lanzó, mientras el blanco pretendido se eleva muy lejos de su alcance. Si alguien, además, acusa al sol de carecer de luz, no ha apagado con sus burlas el resplandor de los rayos solares; el sol seguirá siendo sol, y el criticón solo probará la debilidad de sus propios órganos visuales; y, si intentara, a la manera de esta 'apología', persuadir a todos los que encuentra y quieran escucharle de que no se rindan a las opiniones comunes acerca del sol, ni concedan más peso a las experiencias de todos que a las conjeturas de un solo individuo 'asignando la victoria a la mera cantidad', sus necedades se desperdiciarán en quienes pueden usar sus ojos.
Que alguien persuada, pues, a Eunomio a refrenar su lengua, a no dar rienda suelta a tan desaforada charla, ni dar coces contra el aguijón en el ultraje insolente de un nombre honrado; sino a permitir que el mero recuerdo de Basilio llene su alma de reverencia y temor. ¿Qué puede ganar con esta desmesurada procacidad, cuando el objeto de ella conservará todo aquel carácter que su vida, sus palabras y la estimación general del mundo civilizado proclaman que poseyó? El hombre que se pone a denigrar revela su propia disposición: no es capaz, porque es mala, de hablar cosas buenas, sino solo «hablar de la abundancia del corazón,» y sacar de aquel mal tesoro. Ahora bien, que sus expresiones son meramente injurias completamente divorciadas de los hechos reales puede probarse por sus propios escritos.
9. Al acusar a Basilio de no haber defendido su fe en el tiempo de los 'Procesos', se expone a sí mismo a la misma acusación.
I, 9
Alude a cierta localidad donde tuvo lugar este proceso por herejía; pero no nos da indicación cierta de dónde fue, y el lector se ve obligado a conjeturar a oscuras. Allí, nos dice, se convocó un congreso de representantes escogidos de todas partes; y aquí da lo mejor de sí, colocando ante nuestros ojos con algunos trazos vigorosos la preparación del acontecimiento que finge que tuvo lugar. Luego, dice, un proceso en el que habría tenido que correr por su propia vida fue puesto en manos de ciertos árbitros, a quienes nuestro Maestro y Señor, que estaba presente, dio su encargo; y como todo el poder de votación quedó así ganado para el lado de los enemigos, cedió la posición, huyó del lugar y buscó por todas partes algún hogar y casa; y se muestra grande, en este esbozo gráfico, al acusar la cobardía de nuestro héroe; como cualquiera puede ver si mira lo que ha escrito. Pero no puedo detenerme aquí a dar muestras de la amarga hiel de sus expresiones; debo pasar a aquello por lo cual he mencionado todo esto.
¿Dónde estaba, entonces, aquel lugar innominado en que había de tener lugar este examen de sus enseñanzas? ¿Cuál fue esa ocasión en que los mejores se reunieron para un proceso? ¿Quiénes eran esos hombres que se apresuraron por tierra y mar para compartir esas labores? ¿Qué era ese 'mundo expectante que pendía del resultado de la votación'? ¿Quién era 'el organizador del proceso'? Sin embargo, consideremos que inventó todo eso para hinchar la importancia de su relato, como suelen hacer los muchachos en la escuela en sus conversaciones ficticias de este tipo; y que nos diga solo quién era aquel 'combatiente terrible' a quien nuestro Maestro rehuyó enfrentar. Si esto también es una ficción, que sea de nuevo el vencedor y se aproveche de sus vanas palabras. No diremos nada: en la lucha inútil contra sombras la verdadera victoria es rehusar vencer en eso. Pero si habla de los acontecimientos de Constantinopla y se refiere a la asamblea allí reunida, y está en esta fiebre de indignación literaria por las tragedias allí representadas, y se designa a sí mismo como aquel grande y temible atleta, entonces expondríamos las razones por las cuales, aunque presentes en la ocasión, no nos lanzamos a la lucha.
Ahora que este hombre que reprocha a aquel héroe su cobardía nos diga si él bajó al fragor de la refriega, si él pronunció una sola sílaba en defensa de su propia ortodoxia, si él hizo alguna peroración vigorosa, si él luchó victoriosamente con el enemigo? No puede decirnos eso, o se contradice manifiestamente, pues reconoce que por su rebeldía recibió el veredicto adverso. Si era un deber hablar en el momento mismo del proceso (pues esa es la ley que nos impone en su libro), entonces ¿por qué fue él condenado en rebeldía? Si, por el contrario, hizo bien en guardar silencio ante tales jueces, ¡cuán arbitrariamente se alaba a sí mismo, pero nos culpa, por el silencio en semejante momento! ¿Qué puede haber más absurdamente injusto que esto? Cuando se han publicado dos tratados desde el tiempo del proceso, él declara que su apología, aunque escrita mucho después, llegó a tiempo, pero insulta a aquella que respondió a la suya por ser demasiado tardía. ¡Ciertamente debería haber injuriado la prevista contrarréplica de Basilio antes de que realmente se hiciera; pero esto no se encuentra entre sus otras quejas. Sabiendo como sabía lo que Basilio iba a escribir cuando ya había pasado el tiempo del proceso, ¿por qué no lo criticó entonces y allí mismo? De hecho, está claro por su propia confesión que nunca presentó aquella apología en el proceso mismo. Repetiré de nuevo sus palabras: 'Confesamos que fuimos condenados en rebeldía'; y añade por qué: 'Se había hecho pasar por jurados a personas malintencionadas', o más bien, para usar su propia frase, 'había un panel amañado de ellos donde debería haberse sentado un jurado'. Mientras que, por otra parte, está claro por otro pasaje de su libro que atestigua que su apología fue hecha 'en el tiempo oportuno'. Dice así: «Que fui instado a hacer esta apología en el tiempo oportuno y de la manera oportuna por razones no fingidas, sino compelido a hacerlo en nombre de quienes salieron fiadores por mí, está claro por los hechos y también por las palabras de este hombre.» Retuerce hábilmente sus palabras para hacer frente a toda objeción posible; pero ¿qué dirá a esto? 'No era correcto guardar silencio durante el proceso.' Entonces ¿por qué Eunomio se quedó mudo durante ese mismo proceso? ¿Y por qué su apología, que llegó después del proceso, está en buen tiempo? Y si en buen tiempo, ¿por qué la controversia de Basilio con él no está en buen tiempo?
Pero es especialmente verdadera la observación de aquel santo padre: que Eunomio, al fingir hacer una apología, en realidad dio a su enseñanza el apoyo que deseaba darle; y aquel genuino émulo del celo de Finees, que destruye con la espada del Verbo a todo fornicador espiritual, asestó en la 'Respuesta a su blasfemia' un golpe de espada calculado para curar a la vez un alma y destruir una herejía. Si resiste ese golpe, y con alma embotada por la apostasía no admite la cura, la culpa recae en quien elige el mal, como dice el proverbio gentil. Hasta aquí el trato de Eunomio a la verdad y a nosotros; y ahora la ley de los tiempos antiguos, que permite una devolución igual sobre los que son los primeros en injuriar, podría impulsarnos a descargar sobre él una lluvia de ultrajes en contrapartida y, como es un sujeto muy fácil para ello, a ser muy liberales, de modo que superemos el dolor que ha infligido: pues si fue tan rico en invectiva insolente contra uno que no daba ocasión a la calumnia, ¿cuántos de tales epítetos no podríamos esperar encontrar para quienes han satirizado aquella vida santa? Pero desde el principio hemos sido enseñados por aquel discípulo de la Verdad a ser nosotros mismos discípulos del Evangelio, y por tanto no tomaremos ojo por ojo, ni diente por diente; bien sabemos que todo el mal que acontece admite ser aniquilado por su contrario, y que ninguna mala palabra y ninguna mala obra llegarían jamás a desarrollarse en tan desesperada maldad, si solo se pudiera introducir una buena para romper la continuidad de la corriente viciosa. Por tanto, la rutina de insolencia e injuria queda impedida de repetirse por la longanimidad; mientras que si la insolencia se responde con insolencia y el ultraje con ultraje, no haréis sino alimentar con sí mismo este monstruoso vicio y aumentarlo enormemente.
I, 10
Dejo, pues, de lado todo lo demás, como mera burla insolente y ultraje escarnecedor, y me apresuro a la cuestión de su doctrina. Si alguien dijera que rehúso ser injurioso solo porque no puedo pagarle con su misma moneda, considere en su propio caso cuán grande es en general la propensión al mal, qué deslizamiento mecánico hacia el pecado, que dispensa de la necesidad de práctica alguna. El poder de volverse malo reside en la voluntad; un solo acto del deseo es a menudo ocasión suficiente para una maldad consumada; y esta facilidad de operación es más especialmente fatal en los pecados de la lengua. Otras clases de pecados requieren tiempo y ocasión y cooperación para cometerse; pero la propensión a hablar puede pecar cuando le place. El tratado de Eunomio que ahora tenemos entre manos basta para probar esto; quien lo considere atentamente percibirá la rapidez del descenso hacia los pecados en materia de frases: y es lo más fácil del mundo imitarlos, aunque uno esté del todo inexperto en la difamación habitual. ¿Qué necesidad habría de esforzarse en acuñar nuestros insultos pretendidos en nombres, cuando se podrían emplear contra este calumniador sus propias frases? De hecho, ha ensartado en esta parte de su obra toda suerte de falsedad y maledicencia, todo ello moldeado sobre los modelos que encuentra en sí mismo; toda extravagancia se halla al escribir esto. Escribe «taimado,» «pendenciero,» «enemigo de la verdad,» «altisonante,» «charlatán,» «combate la opinión general y la tradición,» «desafía hechos que le desmienten,» «descuidado de los terrores de la ley, de la censura de los hombres,» «incapaz de distinguir el entusiasmo por la verdad de la mera habilidad en el razonamiento;» añade, «falto de reverencia,» «pronto a insultar,» y luego «vocinglero,» «lleno de sospechas contradictorias,» «combina argumentos irreconciliables,» «combate sus propias palabras,» «afirma contradictorios;» luego, aunque ansioso de decir todo mal de él, no pudiendo hallar otras novedades de invectiva con que satisfacer su amargura, a menudo, a falta de todo lo demás, reitera las mismas frases, y vuelve por tercera y cuarta vez e incluso más a lo que ya ha dicho; y en este circo de palabras sube y baja, una y otra vez, la misma pista de ultraje insolente; de modo que al final incluso la ira ante esta exhibición desvergonzada se extingue de puro cansancio. Estas bajas e indignas burlas de muchachos callejeros provocan, en verdad, asco más que ira; no son ni un ápice mejores que el gruñido inarticulado de alguna vieja completamente borracha.
¿Hemos de entrar, pues, minuciosamente en esto y refutar laboriosamente todas sus invectivas mostrando que Basilio no era ese monstruo de su imaginación? Si lo hiciéramos, probando con satisfacción la ausencia de todo lo vil y criminal en él, pareceríamos unirnos al insulto de quien fue una 'brillante y particular estrella' para su generación. Pero recuerdo cómo con aquella voz divina suya citó al profeta [] respecto de él, comparándolo con una mujer desvergonzada que arroja sus propios reproches sobre la casta. Pues ¿a quién proclaman estos razonamientos suyos como enemigo de la verdad y en armas contra la opinión pública? ¿Quién es el que ruega a los lectores de su libro que no 'miren el número de los que profesan la fe, ni la mera tradición, ni dejen que su juicio se incline para considerar como fidedigno lo que solo se sospecha que es el lado más fuerte'? ¿Puede un mismo hombre escribir así y luego hacer esas acusaciones, maquinando que sus lectores sigan sus propias novedades en el momento mismo en que injuria a otros por oponerse a la creencia general? En cuanto a 'desafiar con descaro hechos que le desmienten, y la censura de los hombres', dejo al lector juzgar a quién se aplica esto; si a uno que con la más cuidadosa autorrestricción hizo de la sobriedad, la quietud y la perfecta pureza la regla de su propia vida y de la de su entorno, o a uno que aconsejó que no se molestara a la naturaleza cuando le place avanzar por los apetitos del cuerpo, que no se estorbe la indulgencia, ni se sea tan escrupuloso en el régimen de nuestra vida; sino que una fe escogida por sí mismo debe considerarse suficiente para que el hombre alcance la perfección. Si niega que esta sea su enseñanza, yo y cualquier persona recta nos alegraríamos si dijera la verdad en tal negación. Pero sus genuinos seguidores no le permitirán producir tal negación, o sus principios rectores desaparecerían, y la plataforma de quienes por esta razón abrazan sus doctrinas se desmoronaría. En cuanto a la desvergonzada indiferencia ante la censura humana, puede mirarse su juventud o su vida posterior, y se le hallará en ambas expuesto a este reproche. Las vidas de los dos hombres, tanto en la juventud como en la madurez, cuentan una historia muy diferente.
Que nuestro escritor de discursos, mientras se recuerda a sí mismo sus hechos juveniles en su tierra natal, y después en Constantinopla, escuche a quienes pueden contarle lo que saben del hombre a quien calumnia. Pero si alguno quisiera inquirir en sus ocupaciones posteriores, que tal persona nos diga cuál de los dos considera que merece tan alta reputación: el hombre que gastó sin reserva en los pobres su patrimonio aun antes de ser sacerdote, y sobre todo en el tiempo de la hambruna, durante la cual fue gobernante de la Iglesia, aunque todavía presbítero en el rango de los presbíteros; y después ni siquiera atesoró lo que le quedaba, de modo que también él hubiera podido hacer la jactancia de los Apóstoles: 'Ni comimos de balde el pan de nadie [];' o, por el contrario, el hombre que ha hecho de la defensa de una doctrina una fuente de ingresos, el hombre que se desliza en las casas, y no oculta su repugnante aflicción quedándose en casa, ni considera la natural aversión que los sanos deben sentir por tales, aunque según la ley antigua es uno de aquellos que son desterrados del campamento habitado a causa del contagio de su inconfundible enfermedad.
Basilio es llamado 'precipitado' e 'insolente', y en ambos caracteres 'mentiroso' por este hombre que 'con paciencia y mansedumbre educaría a los de opinión contraria a la suya'; pues tales son los aires que se da cuando habla de él, mientras no omite hipérbole alguna de lenguaje amargo, cuando tiene ocasión suficiente para producirla. ¿Con qué fundamento, entonces, le acusa de esta precipitación e insolencia? Porque 'me llamó gálata, aunque soy capadocio'; luego fue porque llamó gálata en lugar de oltiseriano a un hombre que vivía en el límite, en un rincón oscuro como Corniaspina; suponiendo, es decir, que esté probado que dijo esto. No lo he hallado en mis copias; pero concédase. Por esto ha de ser llamado 'precipitado', 'insolente', todo lo malo. Pero los sabios saben bien que las acusaciones minuciosas de un criticón suministran un fuerte argumento para la rectitud del acusado; de lo contrario, cuando estuviera ansioso de acusar, no habría perdonado grandes faltas y empleado su malicia en las pequeñas. En estas últimas ciertamente es grande, exagerando la enormidad de la ofensa, y haciendo solemnes reflexiones sobre la falsedad, y viendo en ella igual atrocidad ya sea en asuntos grandes o muy triviales. Como los padres de su herejía, los escribas y fariseos, sabe colar cuidadosamente el mosquito y tragarse de un solo bocado el camello jorobado cargado con un peso de maldad. Pero no estaría fuera de lugar decirle: 'abstente de establecer tal regla en nuestro sistema; cesa de ordenarnos pensar que no importa medir la culpa de una falsedad por la levedad o la importancia de las circunstancias.' Pablo, diciendo una falsedad y purificándose a la manera de los judíos para atender las necesidades de aquellos a quienes engañó útilmente, no pecó lo mismo que Judas al adoptar, para los requerimientos de su traición, un semblante amable y afable. Por una falsedad, José, por amor a sus hermanos, los engañó; y eso incluso jurando 'por la vida del Faraón [];' pero sus hermanos realmente le habían mentido, tramando en su envidia su muerte y luego su esclavitud. Hay muchos casos semejantes: Sara mintió, porque se avergonzó de reír; la serpiente mintió, tentando al hombre a desobedecer y cambiar a una existencia divina. Las falsedades difieren ampliamente según sus motivos. En consecuencia, aceptamos aquella afirmación general acerca del hombre que el Espíritu Santo pronunció por el Profeta: 'Todo hombre es mentiroso'; y este hombre de Dios, también, no se ha mantenido libre de falsedad, habiendo dado por casualidad a un lugar el nombre de un distrito vecino, por descuido o ignorancia de su verdadero nombre. Pero Eunomio también ha dicho una falsedad, y ¿cuál es? Nada menos que una tergiversación de la Verdad misma. Afirma que Aquel que siempre es, una vez no era; demuestra que Aquel que es verdaderamente Hijo se llama así falsamente; define al Creador como criatura y obra; al Señor del mundo lo llama siervo, y coloca al Ser que esencialmente gobierna entre los seres sujetos. ¿Es tan insignificante la diferencia entre falsedades, que se puede pensar que no importa nada si la falsedad es palpable de esta manera o de aquella?
11. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
y que la confesión de su fe no había quedado sin impugnación, es débil.
I, 11
Él objeta las sofisterías en los demás; ved qué cuidado pone él mismo en que sus pruebas sean reales. Nuestro Maestro dijo, en el libro que le dirigió, que en el tiempo en que nuestra causa estaba arruinada, Eunomio ganó Cícico como premio de su blasfemia. ¿Qué hace, pues, este descubridor de sofismas? Se aferra de inmediato a esa palabra premio, y declara que nosotros, por nuestra parte, confesamos que él hizo una apología, que con ello venció, que obtuvo el premio de la victoria mediante estos esfuerzos; y dispone su argumento en un silogismo compuesto, según piensa, de proposiciones incontestables. Pero citaremos palabra por palabra lo que ha escrito: 'Si un premio es el reconocimiento y la corona de la victoria, y un juicio implica una victoria y, como inseparable de sí mismo, una acusación, entonces aquel que concede (en el argumento) el premio debe necesariamente admitir que hubo una defensa'. ¿Cuál es, pues, nuestra respuesta a eso? No negamos que él luchó esta desdichada batalla de impiedad con una energía vigorosísima, y que aventajó con mucho a sus compañeros en esos afanes sudorosos contra la verdad; pero no concederemos que obtuviese la victoria sobre sus adversarios, sino solo que, comparado con los que corrían la misma carrera que él por la herejía hacia el error, fue el primero en el número de sus mentiras y así ganó el premio de Cícico en retribución por sus altos logros en el mal, aventajando a todos los que por el mismo premio combatían a la Verdad; y que por esta victoria de blasfemia su nombre fue pregonado a voces cuando Cícico le fue designado por los jueces de su partido como recompensa de su extravagancia. Esta es la declaración de nuestra opinión, y esto concedimos; nuestra afirmación actual de que Cícico fue premio de una herejía, no el resultado feliz de una defensa, lo demuestra. ¿Es esto algo semejante a su propia mezcolanza de sofisterías infantiles, para que con ello pueda esperar tener fundamentos para probar el hecho de su juicio y de su defensa? Su método es como el de un hombre en un convite de bebida, que ha consumido más licor fuerte que los demás, y que, tras reclamar la bolsa a sus compañeros de embriaguez, pretendiera hacer de esa victoria una prueba de haber ganado algún pleito en los tribunales. Ese hombre podría urdir la misma clase de lógica: 'Si un premio es el reconocimiento y la corona de la victoria, y un pleito judicial implica una victoria y, como inseparable de sí mismo, una acusación, entonces yo he ganado mi causa, puesto que he sido coronado por mis facultades para beber en este convite'.
Sin duda se respondería a tal jactancioso que un juicio en los tribunales es cosa muy distinta de un certamen de vino, y que quien vence con la copa no obtiene con ello ventaja alguna sobre sus adversarios jurídicos, aunque reciba una hermosa corona de flores. Por tanto, tampoco el hombre que ha vencido a sus iguales en la defensa de la impiedad tiene nada que mostrar, por haber ganado el premio correspondiente, que demuestre que también ha ganado un veredicto. El testimonio de nuestra parte de que él es el primero en la impiedad no constituye alegato alguno a favor de su imaginaria 'apología'. Si en efecto la hubiera pronunciado ante el tribunal y, habiendo vencido así a sus adversarios, hubiera sido honrado con Cícico por ello, entonces podría tener algún motivo para usar nuestras propias palabras contra nosotros; pero como continuamente protesta en su libro que cedió a la animosidad de los votantes y aceptó en silencio la pena que le infligieron, sin esperar siquiera esta decisión hostil, ¿por qué se engaña a sí mismo y convierte esta palabra premio en prueba de una apología exitosa? Nuestro excelente amigo no comprende la fuerza de esta palabra premio; Cícico le fue entregado como recompensa al mérito por su extravagante impiedad; y puesto que era su voluntad recibir tal premio, y lo considera a la luz de la recompensa de un vencedor, que reciba también lo que esa victoria implica, a saber, la parte del león en la culpa de la impiedad. Si insiste en usar nuestras propias palabras contra nosotros, debe aceptar ambas consecuencias, o ninguna.
12. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
I, 12
Él trata así nuestras palabras; ¿y en el resto de sus presuntuosas afirmaciones puede mostrarse que haya una partícula de verdad? En ellas lo llama 'cobarde', 'apocado', 'rehuidor de los trabajos más severos', agotando la lista de tales términos, y exponiendo con rebuscada minuciosidad todos los síntomas de esta cobardía: 'el retiro de la cabaña, la puerta firmemente cerrada, el ansioso temor a los intrusos, la voz, la mirada, el revelador cambio del semblante', todo lo de ese género, con lo que se manifiesta la pasión del miedo. Si no se le hubiera descubierto en otra mentira más que en esta, ella sola bastaría para revelar su inclinación. Pues ¿quién no sabe cómo, durante el tiempo en que el emperador Valente se alzó contra las iglesias del Señor, aquel poderoso campeón nuestro se elevó con su espíritu altivo por encima de aquellas circunstancias abrumadoras y de los terrores del enemigo, y mostró una mente que se remontaba por encima de todo medio ideado para amedrentarlo? ¿Quién de los habitantes del Oriente y de las regiones más apartadas de nuestro mundo civilizado no oyó hablar de su combate contra el trono mismo por la verdad? ¿Quién, mirando a su antagonista, no quedó consternado? Pues no era su antagonista un adversario común, poseedor solo del poder de vencer en juegos sofísticos, donde la victoria no reporta gloria y la derrota es inofensiva; sino que tenía el poder de plegar a su voluntad todo el gobierno romano; y, sumado a este orgullo del imperio, tenía prejuicios contra nuestra fe, insidiosamente infundidos en su ánimo por Eudoxio de Germanicía, quien lo había ganado para su bando; y halló en todos los que entonces estaban al frente de los asuntos aliados para llevar a cabo sus designios, estando algunos ya inclinados a ellos por simpatías mentales, mientras que otros, y eran la mayoría, estaban dispuestos, por temor, a complacer el gusto imperial, y viendo la severidad empleada contra los que se mantenían en la Fe, se mostraban ostentosos en su celo por él. Era un tiempo de destierro, confiscación, expulsión, amenazas de multas, peligro de muerte, arrestos, prisión, azotes; nada era demasiado terrible para emplearlo contra quienes no querían ceder a este capricho repentino del Emperador; era peor para los fieles ser hallados en la casa de Dios que si hubieran sido sorprendidos en los crímenes más atroces.
Pero una historia detallada de aquel tiempo sería demasiado larga y requeriría un tratamiento aparte; además, como los sufrimientos de aquella triste época son conocidos por todos, nada se ganaría para nuestro propósito presente si los expusiéramos cuidadosamente por escrito. Un segundo inconveniente de semejante intento sería que, en medio de los pormenores de aquella melancólica historia, nos veríamos obligados a hacer mención de nosotros mismos; y si hicimos algo en aquellas luchas por nuestra religión que redunde en honor nuestro al contarlo, la Sabiduría nos manda dejarlo a otros para que lo cuenten. «Que otro te alabe, y no tu propia boca [];» y es precisamente esto de lo que nuestro omnisciente amigo no ha sido consciente, al dedicar la mayor mitad de su libro a la autoglorificación.
Omitiendo, pues, todo ese género de pormenores, tendré cuidado de exponer únicamente la hazaña de nuestro Maestro. El adversario contra quien había de combatir no era menos que el Emperador mismo; el segundo de aquel adversario era el hombre que seguía inmediatamente en el gobierno; sus ayudantes para ejecutar su voluntad eran la corte. Tomemos en consideración también el momento, para poner a prueba e ilustrar la fortaleza de nuestro noble campeón. ¿Cuándo fue? El Emperador se dirigía de Constantinopla al Oriente envanecido por sus recientes victorias contra los bárbaros, y con un ánimo que no toleraba obstáculo alguno a su voluntad; y su lugarteniente dirigía su ruta, posponiendo toda administración de los asuntos necesarios del Estado mientras quedara un hogar a un solo adherente a la Fe, y hasta que todos, no importa dónde, fueran expulsados, y otros, elegidos por él para ultrajar a nuestra piadosa jerarquía, fueran introducidos en su lugar. Las Potencias de la Propóntide avanzaban entonces con tal furia, como alguna nube oscura, sobre las iglesias; Bitinia fue completamente devastada; Galacia fue arrebatada muy pronto por su corriente; todos en los distritos intermedios se habían unido a ellos; y ahora nuestro redil era el siguiente en ser atacado. ¿Qué mostró entonces nuestro poderoso Basilio, 'ese cobarde apocado', como lo llama Eunomio, 'que se encoge ante el peligro y confía en una cabaña retirada para salvarse'? ¿Se amilanó ante este malvado ataque? ¿Permitió que los sufrimientos de las víctimas anteriores le sugirieran que debía asegurar su propia seguridad? ¿Escuchó a quienes aconsejaban una leve cesión ante esta avalancha de males, para no arrojarse abiertamente en el camino de hombres que ya eran veteranos en la matanza? Antes bien, encontramos que todo exceso de lenguaje, toda altura de pensamiento y palabra, queda por debajo de la verdad sobre él. Nadie podría describir su desprecio del peligro, de modo que pusiera ante los ojos del lector este nuevo combate, que con justicia se podría decir que no se libró entre hombre y hombre, sino entre la firmeza y el valor de un cristiano, por un lado, y un poder manchado de sangre, por otro.
El lugarteniente no dejaba de apelar a las órdenes del Emperador, y hacía un poder, que por su enorme fuerza ya era bastante terrible, aún más terrible por la crueldad implacable de su venganza. Después de las tragedias que había realizado en Bitinia, y después de que Galacia, con su característica veleidad, hubiera cedido sin lucha, pensaba que nuestro país caería como presa fácil de sus designios. Las obras crueles fueron precedidas por palabras que proponían, con amenazas y promesas mezcladas, favores reales y poder eclesiástico a la obediencia, pero a la resistencia todo lo que un espíritu cruel que ha conseguido el poder de obrar su voluntad puede idear. Tal era el enemigo.
Tan lejos estaba nuestro campeón de amilanarse por lo que veía y oía, que obró más bien como un médico o un consejero prudente llamado a corregir algo que estaba mal, instándolos a arrepentirse de su temeridad y a cesar de cometer asesinatos entre los siervos del Señor; 'sus planes', dijo, 'no podían prosperar contra hombres que solo se preocupaban por el imperio de Cristo y por las Potencias que nunca mueren; con todo su deseo de maltratarlo, no podían descubrir nada, ni palabra ni acto, que pudiera afligir al cristiano; la confiscación no podía tocar a aquel cuya única posesión era su Fe; el destierro no tenía terrores para quien caminaba por toda tierra con los mismos sentimientos, y miraba toda ciudad como extraña por la brevedad de su permanencia en ella, y sin embargo como patria, porque todas las criaturas humanas están en igual servidumbre con él mismo; el soportar golpes, o torturas, o la muerte, si fuera por la Verdad, no era objeto de temor ni siquiera para las mujeres, sino que para todo cristiano era la dicha suprema sufrir lo peor por esta su esperanza, y solo se apenaban de que la naturaleza les permitiera una sola muerte, y de no poder idear medio alguno de morir muchas veces en esta batalla por la Verdad. '
Cuando así hizo frente a sus amenazas, y miró más allá de aquel poder imponente, como si todo fuera nada, entonces su exasperación, al igual que aquellos rápidos cambios en la escena cuando se ponen una máscara tras otra, se trocó, con todas sus amenazas, en adulación; y el mismo hombre cuyo ánimo hasta entonces había sido tan decidido y formidable adoptó el lenguaje más suave y sumiso: 'No penséis, os lo ruego, que sea poca cosa para nuestro poderoso emperador tener comunión con vuestro pueblo, sino estad dispuesto a ser llamado también su maestro: y no frustréis su deseo; él desea esta paz, con tal de que se borre una sola palabrita en el Credo escrito, la de Homoousios.' Nuestro maestro responde que es de la mayor importancia que el emperador sea miembro de la Iglesia; es decir, que salve su alma, no como emperador, sino como simple hombre; pero una disminución o adición a la Fe estaba tan lejos de los pensamientos de él (Basilio), que no cambiaría ni siquiera el orden de las palabras escritas. Eso era lo que este 'cobarde apocado, que tiembla ante el crujido de una puerta', dijo a este gran gobernante, y confirmó sus palabras con sus obras; pues contuvo en su propia persona este torrente imperial de ruina que se precipitaba sobre las iglesias, y lo desvió; él en sí mismo fue capaz de hacer frente a este ataque, como una grande e inmóvil roca en el mar, que quiebra la enorme y encrespada ola de aquel terrible embate.
Ni su lucha se detuvo allí; el emperador mismo sucede en el ataque, exasperado porque no logró que se efectuara en el primer intento todo lo que deseaba. Así, pues, tal como el asirio efectuó la destrucción del templo de los israelitas en Jerusalén por medio del cocinero Nabuzardán, así este monarca nuestro confió su asunto a un tal Demóstenes, superintendente de su cocina y jefe de sus cocineros, por ser más emprendedor que los demás, pensando con ello lograr por completo su designio. Con este hombre removiendo la olla, y con uno de los blasfemos de Ilírico, cartas en mano, convocando a las autoridades con este fin, y con Modesto encendiendo la pasión a mayor calor que en la excitación anterior, todos se unieron al movimiento de la ira del Emperador, haciendo suya su furia y cediendo al talante de la autoridad; y por otro lado, todos sintieron hundirse sus esperanzas ante la perspectiva de lo que pudiera suceder. Aquel mismo lugarteniente vuelve a entrar en escena; comienzan intimidaciones peores que las anteriores; se lanzan sus amenazas; su ira sube a un tono aún más alto; se repite la trágica pompa del juicio: los heraldos, los ujieres, los lictores, el estrado cubierto con cortinas, cosas que naturalmente amedrentan incluso a una mente perfectamente preparada; y de nuevo vemos al campeón de Dios en medio de este combate superando incluso su gloria anterior. Si queréis pruebas, mirad los hechos. ¿Qué lugar, donde hay iglesias, no alcanzó aquel desastre? ¿Qué nación quedó sin ser alcanzada por estos mandatos heréticos? ¿Quién de los insignes de alguna Iglesia no fue expulsado del escenario de sus trabajos? ¿Qué pueblo escapó a su trato ultrajante? Alcanzó a toda Siria, y a Mesopotamia hasta la frontera, Fenicia, Palestina, Arabia, Egipto, las tribus libias hasta los confines del mundo civilizado; y todo lo más cercano, el Ponto, Cilicia, Licia, Lidia, Pisidia, Panfilia, Caria, el Helesponto, las islas hasta la misma Propóntide; las costas de Tracia, hasta donde se extiende Tracia, y las naciones limítrofes hasta el Danubio. ¿Cuál de estos países conservó su aspecto anterior, a menos que ya estuviera poseído por el mal? Solo el pueblo de Capadocia no sintió estas aflicciones de la Iglesia, porque nuestro poderoso campeón los salvó en su prueba.
Tal fue la hazaña de este maestro 'cobarde' nuestro; tal fue el éxito de quien 'rehúye toda labor más severa'. Ciertamente no es la de quien 'gana renombre entre pobres ancianas, y practica el engaño al sexo que naturalmente cae en todo lazo', y 'piensa que es gran cosa ser admirado por criminales y abandonados'; es la de uno que ha probado con obras la fortaleza de su alma, y la entereza inquebrantable y noble virilidad de su espíritu. Su éxito ha resultado en la salvación de todo el país, la paz de nuestra Iglesia, el modelo dado a los virtuosos de toda excelencia, el derrocamiento del enemigo, el sostenimiento de la Fe, la confirmación de los hermanos más débiles, el aliento de los fervorosos, todo lo que se cree pertenecer al bando victorioso; y en la conmemoración de ningún otro acontecimiento sino de estos se unen el oír y el ver en hechos consumados; pues aquí es una y la misma cosa relatar con palabras sus nobles obras y mostrar con hechos la atestación de nuestras palabras, y confirmar cada una por la otra: el relato a partir de lo que está ante nuestros ojos, y los hechos a partir de lo que se dice.
I, 13
Pero de algún modo nuestro discurso se ha desviado considerablemente del objetivo; ha tenido que volverse y hacer frente a cada uno de los insultos de este calumniador. Para Eunomio, en verdad, no es poca ventaja que la discusión se demore en tales puntos y que la acusación de sus ofensas contra los hombres retrase nuestro acceso a sus pecados más graves. Pero es inútil acusar de precipitación en el hablar a quien está siendo juzgado por asesinato (porque la prueba de esto último basta para obtener el veredicto de muerte, aunque no se pruebe junto con ella la precipitación en el hablar); así también parece lo mejor someter a prueba únicamente su blasfemia y dejar de lado sus insultos. Una vez que se ha descubierto su atroz maldad en los puntos más importantes, sus demás delitos quedan probados en potencia sin necesidad de examinarlos minuciosamente. Pues bien: a la cabeza de todas sus argumentaciones se halla esta blasfemia contra las definiciones de la fe —tanto en su obra anterior como en la que ahora criticamos— y su empeño denodado por destruir, anular y trastornar por completo todas las concepciones piadosas acerca del Hijo Unigénito de Dios y del Espíritu Santo. Para mostrar, pues, cuán falsos e incoherentes son sus argumentos contra estas doctrinas de la verdad, citaré primero palabra por palabra toda su declaración, y luego comenzaré de nuevo y examinaré cada parte por separado. «Toda la exposición de nuestras doctrinas se resume así: existe el Ser supremo y absoluto, y otro Ser que existe por causa del Primero, pero después de Él aunque antes que todos los demás; y un tercer Ser que no se ordena con ninguno de estos, sino que es inferior al uno en cuanto a su causa, y al otro en cuanto a la energía que lo produjo: en esta exposición deben incluirse, por supuesto, las energías que siguen a cada Ser y los nombres connaturales a esas energías. Además, como cada Ser es absolutamente único, y es uno de hecho y en el pensamiento, y sus energías están delimitadas por sus obras, y sus obras conmensuradas con sus energías, necesariamente, por supuesto, las energías que siguen a esos Seres son relativamente mayores y menores, siendo unas de un orden superior y otras de un orden inferior; en una palabra, su diferencia equivale a la que existe entre sus obras: en efecto, no sería lícito decir que la misma energía produjo a los ángeles o a las estrellas, y a los cielos o al hombre; sino que una mente piadosa concluiría que, en la medida en que unas obras son superiores a otras y más honorables, así una energía trasciende a otra, porque la igualdad de energía produce igualdad de obra, y la diferencia de obra indica diferencia de energía. Siendo esto así, y manteniendo una conexión ininterrumpida en su relación mutua, parece adecuado para quienes investigan según el orden connatural al asunto, y que no insisten en mezclar y confundir todo junto, que cuando se suscita una discusión sobre el Ser, se pruebe lo que está en curso de demostración y se resuelvan los puntos en debate mediante las energías primarias y las vinculadas a los Seres; y, a la inversa, se explique por los Seres cuando están en cuestión las energías, aunque se considere, con todo, el paso del primero al segundo como el más adecuado y en todos los aspectos el más eficaz de los dos.»
¡Tal es su blasfemia sistematizada! Que el Dios verdadero, Hijo del Dios verdadero, guiándonos el Espíritu Santo, dirija nuestra discusión hacia la verdad. Repetiremos sus afirmaciones una por una. Afirma que «toda la exposición de sus doctrinas se resume en el Ser supremo y absoluto, y en otro Ser que existe por causa del Primero, pero después de Él aunque antes que todos los demás, y en un tercer Ser que no se ordena con ninguno de estos, sino que es inferior al uno en cuanto a su causa, y al otro en cuanto a la energía.» El primer punto, pues, de las malas artes que hay que advertir en esta afirmación es que, pretendiendo exponer el misterio de la fe, corrige, por así decir, las expresiones del Evangelio y no quiere servirse de las palabras con que nuestro Señor, al perfeccionar nuestra fe, nos transmitió aquel misterio: suprime los nombres de 'Padre, Hijo y Espíritu Santo', y habla de un 'Ser supremo y absoluto' en lugar del Padre, de 'otro que existe por medio de aquel, pero después de aquel' en lugar del Hijo, y de 'un tercero que no se ordena con ninguno de estos dos' en lugar del Espíritu Santo. Y sin embargo, si aquellos hubieran sido los nombres más apropiados, la Verdad misma no habría carecido de medios para descubrirlos, ni tampoco aquellos hombres a quienes sucesivamente correspondió la predicación del misterio, ya fueran desde el principio testigos oculares y ministros de la Palabra, o, como sucesores de estos, llenaran el mundo entero con las doctrinas evangélicas, y de nuevo en diversos períodos después de esto definieran en asamblea común las ambigüedades suscitadas acerca de la doctrina; cuyas tradiciones se conservan constantemente por escrito en las iglesias. Si aquellos hubieran sido los términos apropiados, no habrían mencionado, como lo hicieron, Padre, Hijo y Espíritu Santo, suponiendo que fuera piadoso o seguro remodelar del todo, con miras a esta innovación, los términos de la fe; o bien todos ellos eran hombres ignorantes y no instruidos en los misterios, y desconocedores de lo que él llama los nombres apropiados: aquellos hombres que, en realidad, no tenían ni el conocimiento ni el deseo de anteponer sus propias concepciones a lo que nos ha sido transmitido por la voz de Dios.
14. Obró mal al mencionar las doctrinas de la salvación adoptando términos de su propia elección en lugar de los términos tradicionales de Padre
Hijo y Espíritu Santo.
I, 14
La razón de esta invención de palabras nuevas me parece manifiesta para todos, a saber: que todos, al oír las palabras 'padre' e 'hijo', reconocen al punto la relación propia y natural que entre sí implican. Esta relación se transmite al punto por los apelativos mismos. Para impedir que se entienda del Padre y del Hijo Unigénito, nos roba esta idea de relación que entra por el oído junto con las palabras y, abandonando los términos inspirados, expone la fe por medio de otros ideados para dañar la verdad.
Una cosa, sin embargo, de lo que dice es verdadera: que su propia enseñanza, no la enseñanza católica, se resume así. En efecto, cualquiera que reflexione puede ver fácilmente la impiedad de su afirmación. No estará fuera de lugar discutir ahora en detalle cuál es su intención al atribuir sólo al ser del Padre el grado más alto de lo que es supremo y propio, mientras no admite que el ser del Hijo y del Espíritu Santo sea supremo y propio. Por mi parte, pienso que es un preludio de su completa negación del 'ser' del Unigénito y del Espíritu Santo, y que este sistema suyo está secretamente destinado a efectuar la supresión de toda creencia real en su personalidad, mientras en apariencia y en meras palabras la confiesa. Un momento de reflexión sobre su afirmación permitirá a cualquiera percibir que esto es así. No parece propio de quien piensa que el Unigénito y el Espíritu Santo existen realmente en una personalidad distinta ser tan puntilloso acerca de los nombres con que cree debe expresarse la grandeza de Dios omnipotente. Conceder el hecho y luego entrar en distinciones minuciosas sobre las frases apropiadas sería, en verdad, una consumada necedad: y así, al atribuir un ser que es en el más alto grado supremo y propio sólo al Padre, nos hace conjeturar, por este silencio respecto de los otros dos, que (para él) no existen propiamente. ¿Cómo puede decirse que existe realmente aquello a lo que se le niega un ser propio? Cuando le negamos el ser propio, forzosamente debemos afirmar de ello todos los términos opuestos. Lo que no puede decirse propiamente se dice impropiamente, de modo que la demostración de que no se dice propiamente es una prueba de que no subsiste realmente: y es a esto a lo que Eunomio parece apuntar al introducir estos nombres nuevos en su enseñanza. Pues nadie puede decir que se haya desviado por ignorancia hacia alguna necia fantasía de separar localmente lo supremo de lo que está debajo, y de asignar al Padre, por así decir, la cumbre de una colina, mientras sienta al Hijo más abajo en las hondonadas. Nadie es tan infantil como para concebir diferencias de espacio cuando se discute lo intelectual y espiritual. La posición local es una propiedad de lo material; pero lo intelectual e inmaterial está, confesadamente, apartado de la idea de localidad. ¿Cuál es, entonces, la razón por la que dice que sólo el Padre tiene ser supremo? Pues difícilmente se puede pensar que es por ignorancia por lo que se desvía hacia estas concepciones, siendo uno que, en las muchas exhibiciones que hace, pretende ser sabio, incluso «haciéndose demasiado sabio,» como la Sagrada Escritura nos prohíbe hacer [].
dando a entender con su omisión del Hijo y del Espíritu que el de ellos se dice impropiamente y es inferior.
I, 15
Pero, en todo caso, admitirá que esta supremacía del ser no indica ningún exceso de poder, ni de bondad, ni de nada por el estilo. Todo el mundo sabe —por no mencionar a aquellos cuyo conocimiento se supone muy profundo— que a la personalidad del Unigénito y del Espíritu Santo nada le falta en cuanto a bondad perfecta, poder perfecto y toda cualidad semejante. El bien, mientras es incapaz de su contrario, no tiene límites en su bondad: sólo su contrario puede circunscribirlo, como podemos ver por ejemplos particulares. La fuerza sólo se detiene cuando la debilidad se apodera de ella; la vida está limitada únicamente por la muerte; la oscuridad es el fin de la luz: en una palabra, todo bien es contenido por su contrario, y sólo por él. Si, pues, supone que la naturaleza del Unigénito y del Espíritu puede cambiar a peor, entonces claramente disminuye la concepción de su bondad, haciéndolos capaces de asociarse con sus contrarios. Pero si la naturaleza divina e inalterable es incapaz de degeneración, como incluso nuestros enemigos conceden, hemos de considerarla absolutamente ilimitada en su bondad; y lo ilimitado es lo mismo que lo infinito. Pero suponer exceso y defecto en lo infinito e ilimitado es en sumo grado irrazonable: pues ¿cómo puede permanecer la idea de infinitud si ponemos en ella aumento y pérdida? Sólo obtenemos la idea de exceso por comparación de límites: donde no hay límite, no podemos pensar en exceso alguno. Tal vez, sin embargo, no era esto lo que buscaba, sino que asigna esta superioridad únicamente por la prerrogativa de la prioridad en el tiempo y, sólo con esta idea, declara que el ser del Padre es el único supremo. Entonces debe decirnos sobre qué bases ha medido más longitud de vida al Padre, mientras que ninguna distinción de tiempo se ha concebido previamente en la personalidad del Hijo.
Y sin embargo, suponiendo por un momento, en gracia del argumento, que esto fuera así, ¿qué superioridad tiene el ser que es anterior en el tiempo sobre el que le sigue, en razón del puro ser, para que él pueda decir que el uno es supremo y propio, y el otro no? Pues, aunque la duración de la vida del más antiguo, comparada con la del más joven, sea más larga, su ser no tiene por ello aumento ni disminución. Esto quedará claro con un ejemplo. ¿Qué desventaja, en razón del ser, tenía David, que vivió catorce generaciones después, en comparación con Abraham? ¿Se produjo en este último algún cambio, en lo que respecta a la humanidad? ¿Era menos ser humano por ser posterior en el tiempo? ¿Quién sería tan necio como para afirmar tal cosa? La definición de su ser es la misma para ambos: el paso del tiempo no la cambia. Nadie afirmaría que el uno era más hombre por ser primero en el tiempo, y el otro menos porque habitó la vida más tarde; como si la humanidad se hubiera agotado en el primero, o como si el tiempo hubiera gastado su principal poder en el difunto. Pues no está en poder del tiempo definir para cada uno las medidas de la naturaleza, sino que la naturaleza permanece en sí misma, conservándose a través de las generaciones sucesivas; y el tiempo tiene su propio curso, sea rodeando, sea fluyendo junto a esta naturaleza, que permanece firme e inmóvil dentro de sus propios límites. Por tanto, ni siquiera suponiendo, como hizo nuestro argumento por un momento, que se concediera una ventaja en razón del tiempo, pueden ellos atribuir propiamente al Padre solo la supremacía más alta del ser; pero como en realidad no hay diferencia alguna en la prerrogativa del tiempo, ¿cómo podría alguien concebir semejante idea acerca de estas existencias que son anteriores al tiempo? Toda medida de distancia que pudiéramos descubrir está por debajo de la naturaleza divina: de modo que no queda fundamento para quienes intentan dividir este ser anterior al tiempo e incomprensible mediante distinciones de superior e inferior.
Tampoco vacilamos en afirmar que lo que ellos enseñan dogmáticamente es una defensa de la doctrina judía, al presentar que el ser del Padre solo tiene subsistencia, al insistir en que únicamente este tiene existencia propia, y al contar el del Hijo y el del Espíritu entre las no-existencias, dado que lo que no existe propiamente sólo puede decirse nominalmente, y por abuso de términos, que existe en absoluto. El nombre de hombre, por ejemplo, no se da a un retrato que representa a uno, sino a tal persona que es absolutamente tal, el original del cuadro, y no el cuadro mismo; mientras que el cuadro es hombre sólo de palabra, y no posee absolutamente la cualidad que se le atribuye, porque no es en su naturaleza aquello que se le llama. También en el caso presente, si el ser se atribuye propiamente al Padre, pero cesa cuando llegamos al Hijo y al Espíritu, no es otra cosa que una clara negación del mensaje de salvación. Dejen la Iglesia y vuelvan a las sinagogas de los judíos, probando, como lo hacen, la no-existencia del Hijo al negarle el ser propio. Lo que no existe propiamente es lo mismo que lo inexistente.
Además, en todo esto pretende ser muy agudo, y tiene una pobre opinión de quienes intentan escribir sin fuerza lógica. Entonces que nos diga, por despreciables que seamos, mediante qué clase de habilidad ha detectado un mayor y un menor en el puro ser. ¿Cuál es su método para establecer que un ser es más ser que otro ser —tomando el ser en su significado más llano, pues no debe aducir esas diversas cualidades y propiedades que están comprendidas en la concepción del ser y se congregan en torno a él, pero no son el sujeto mismo? Sombra, color, peso, fuerza o reputación, manera distintiva, disposición, cualquier cualidad pensada en relación con el cuerpo o la mente, no han de considerarse aquí: hemos de indagar únicamente si el sujeto real de todas ellas, al que se llama absolutamente el ser, difiere en grado de ser del otro. Aún hemos de aprender que, de dos existencias conocidas, que todavía existen, la una es más, la otra menos, existencia. Ambas son igualmente tales, mientras están en la categoría de existencia, y una vez excluidas todas las nociones de más o menos valor, más o menos fuerza.
Si, pues, niega que podamos considerar al Unigénito como existente por completo —pues a esta profundidad parece conducir su afirmación— al retirarle una existencia propia, que lo niegue incluso en un grado menor. Si, en cambio, concede que el Hijo subsiste de algún modo substancial —no discutiremos ahora sobre el modo particular—, ¿por qué quita de nuevo aquello que le ha concedido ser, y demuestra que existe no propiamente, lo cual equivale, como hemos dicho, a no existir en absoluto? Pues, así como la humanidad no es posible a aquello que no posee la connotación completa del término 'hombre', y toda su concepción queda anulada en el caso de quien carece de alguna de las propiedades, así en toda cosa cuya existencia completa y propia se niega, la afirmación parcial de su existencia no prueba que subsista en absoluto; la demostración, de hecho, de su ser incompleto es una demostración de su desaparición en todos los puntos. De modo que, si está bien aconsejado, se pasará a la creencia ortodoxa y quitará de su enseñanza la idea de menos y de incompletitud en la naturaleza del Hijo y del Espíritu; pero si está decidido a blasfemar, y desea por alguna razón inescrutable pagar así a su Hacedor, Dios y Bienhechor, que al menos abandone su presunción de poseer cierta cantidad de ostentosa erudición, amontonando, como hace, de manera no filosófica, ser sobre ser, uno encima del otro, uno propio, otro no tal, sin razón descubrible alguna. Nunca hemos oído que ninguno de los filósofos infieles haya cometido esta necedad, como tampoco la hemos hallado en los escritos inspirados ni en la comprensión común de la humanidad.
Creo que por lo dicho quedará claro cuál es el objetivo de estos nombres recién ideados. Los deja caer como base de operaciones o piedra fundamental de toda esta obra de mal contra la fe: una vez que logra poner en circulación la idea de que el único Ser es supremo y propio en el más alto grado, puede entonces atacar a los otros dos, como pertenecientes a lo inferior y no considerados propiamente como Ser. Esto lo muestra especialmente en lo que sigue, donde trata de la fe en el Hijo y en el Espíritu Santo, y no procede con estos nombres, para evitar ponernos delante la característica propia de su naturaleza por medio de esos apelativos: quedan omitidos sin que este hombre los advierta, este que siempre nos dice que las mentes de los oyentes han de dirigirse mediante el uso de nombres y frases apropiados. Sin embargo, ¿qué nombre podría ser más apropiado que el que ha sido dado por la Verdad misma? Opone sus opiniones al Evangelio, y no nombra al Hijo, sino 'un Ser que existe por medio del Primero, pero después de Él aunque antes que todos los demás'. Que esto se dice para destruir la recta fe en el Unigénito se hará aún más claro por sus argumentos subsiguientes. Con todo, en estas palabras sólo hay una cantidad moderada de mal: quien no pretendiera impiedad alguna hacia Cristo podría usarlas a veces; omitiremos, por tanto, por ahora toda discusión acerca de nuestro Señor, y reservaremos nuestra réplica para las blasfemias más abiertas contra Él. Pero, en cuanto al Espíritu Santo, la blasfemia es clara y no disimulada: dice que no ha de ser ordenado con el Padre ni con el Hijo, sino que está sujeto a ambos. Por tanto, examinaré lo más de cerca posible esta afirmación.