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    COMPENDIOS — HISTORIA DE LA IGLESIA

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    Persecución y martirio: del tribunal romano a la memoria de la Iglesia

    Siglos I–IV · De Plinio y Trajano a la Gran Persecución48 minPosición: 0% de esta parteParte 1 de 2 · «¿Christianus es?»: lo que el Imperio hacía con un cristianoPublicado el Actualizado el Ref. COM-PERS-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 min«¿Christianus es?»: lo que el Imperio hacía con un cristiano
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 min«¿Christianus es?»: lo que el Imperio hacía con un cristiano
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minLo que conservan las actas y lo que no
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minLa ciudad como escenario
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 min¿Huir, entregarse o esperar?
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minMorir como testigo
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 4 minMorir como testigo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCuántos fueron y cuánto convirtieron
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLo que quedó estándar y lo que sigue disputado
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 1 minDónde seguir

    Premisa central

    Durante casi todo el periodo anterior a Constantino, perseguir a un cristiano fue juzgar a una persona que alguien había denunciado ante un gobernador, con un margen amplio para que este absolviera, desterrara o condenara. Lo que convirtió esos juicios en martirio fue lo que los cristianos hicieron con ellos: los pusieron por escrito, los pensaron como combate y como bautismo, y discutieron durante siglos si podían buscarlos, esquivarlos o comprarlos. Es la lectura que sale de Ste. Croix, Barnes y Bowersock; Moss y Kreider la corrigen en puntos que se señalan.
    Hacia el final de los años 180, el procónsul de Asia Arrio Antonino recibió en su tribunal a una multitud de cristianos que se presentó sin que nadie los hubiera denunciado y pidió ser condenada. Mandó ejecutar a unos pocos y despachó al resto con una frase que Tertuliano recordaría una generación después, ante otro gobernador: si queréis morir, tenéis precipicios y sogas. La escena no cabe en la imagen de una Iglesia cazada por soldados. Tampoco en la contraria, la de un Imperio que apenas reparaba en los cristianos. Un juez decidido a matar no despide a quienes se lo piden, y quienes se lo piden no esperan a que los busquen.
    Este compendio parte de esa escena para preguntar tres cosas. La primera es qué era, en términos de procedimiento, perseguir a un cristiano: quién actuaba, con qué base y cuánto margen tenía. La segunda es qué guardan realmente los relatos de martirio, que son casi toda nuestra fuente, y qué no pueden darnos. La tercera es qué hicieron los cristianos con aquellas muertes: cómo las pensaron, cuándo aconsejaron evitarlas, cuántas fueron y cómo se fijó la memoria que heredamos. Lo que ocurrió bajo Decio, Valeriano y Diocleciano, año por año, está contado en el compendio del siglo III, y aquí solo se vuelve sobre esos reinados para ver cómo los vivió la Iglesia. El culto de los mártires tiene su propio texto: Culto a los santos, reliquias e imágenes.

    «¿Christianus es?»: lo que el Imperio hacía con un cristiano

    Ste. Croix, cuyo artículo de 1963 es el planteamiento que casi todos los demás discuten, distingue tres fases: hasta el incendio de Roma de 64, de 64 a 250, y de 250 a 313. Antes de 64 no conoce persecución por parte del gobierno romano; entre 64 y 250 hubo persecuciones locales y aisladas, que en conjunto pudieron causar muchas víctimas pero casi siempre fueron breves; la primera persecución general fue la de Decio. Barnes, Lane Fox y Moss coinciden en lo esencial, y Moss lo expresa con una cuenta: los cristianos murieron por iniciativa del gobierno imperial solo en 64, hacia 250, en 257–258 y entre 303 y 313, es decir, menos de diez años de casi trescientos, o no más de doce según otra página de su libro. Que eso sea poco o mucho depende de cómo se defina «persecución», y Moss lo discute al final de su capítulo; se vuelve sobre ello en el último apartado.
    El texto más antiguo que muestra el procedimiento es la consulta de Plinio a Trajano, hacia 112, cuando el primero gobernaba Bitinia y Ponto. Se lee aquí en la traducción inglesa de Gwatkin.
    Texto de la fuentePlinio el Joven · Cartas · X, 96 (extractos)H. M. Gwatkin (ed.), Selections from Early Writers Illustrative of Church History to the Time of Constantine (Londres, 1893), extracto IX: texto latino con su versión inglesaTraducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de H. M. Gwatkin
    1–2 Es mi costumbre, señor, consultarte todo aquello en que dudo. ¿Quién puede guiarme mejor cuando vacilo, o instruirme cuando ignoro? En los procesos contra cristianos nunca he intervenido; por eso no sé qué delito suele castigarse o investigarse, ni hasta dónde. He dudado no poco si hay alguna distinción de edades o si los más débiles son tratados exactamente como los más fuertes; si se concede el perdón al que se arrepiente, o si al que alguna vez fue cristiano no le aprovecha haber dejado de serlo; si se castiga el solo nombre, aunque no haya crímenes, o los crímenes que van unidos al nombre.
    3–4 Entretanto, esto es lo que he hecho con los que me fueron presentados como cristianos. Les pregunté a ellos mismos si lo eran; a los que confesaron, les pregunté una segunda y una tercera vez, amenazándolos con el suplicio; a los que perseveraron, ordené que los ejecutaran. Pues no tenía duda de que, fuera lo que fuese lo que confesaban, la terquedad y la inflexible obstinación merecían castigo. Hubo otros afectados de la misma locura; como eran ciudadanos romanos, anoté que se los enviara a Roma. […]
    5–6 Los que decían que no eran ni habían sido cristianos, pensé que debía soltarlos, puesto que invocaron a los dioses conforme yo les dictaba, y ofrecieron incienso y vino a tu imagen —que yo había mandado traer al tribunal para ese fin junto con las estatuas de los dioses— y además maldijeron a Cristo, cosas que, según se dice, no se puede obligar a hacer a los que son verdaderamente cristianos. […]
    7–8 Afirmaban que toda su culpa o error había consistido en que solían reunirse un día fijo antes del amanecer y cantar por turnos un himno a Cristo como a un dios, y obligarse con juramento, no a cometer crimen alguno, sino a no cometer hurto ni robo ni adulterio, a no faltar a la palabra y a no negar un depósito cuando se les reclamara. […] Por eso creí más necesario averiguar la verdad, incluso con tormento, de dos esclavas llamadas ministras. No hallé sino una superstición depravada y desmedida.
    9–10 Aplacé, pues, la causa y recurrí a consultarte. El asunto me pareció digno de consulta, sobre todo por el número de los que están en peligro: pues muchos de toda edad, de todo rango y de ambos sexos son llamados a peligro y lo serán. El contagio de esa superstición ha penetrado no solo las ciudades, sino también las aldeas y los campos; pero parece que se puede detener y corregir. Es bastante cierto que los templos, casi desiertos, empiezan a ser frecuentados de nuevo, que las ceremonias solemnes, tanto tiempo interrumpidas, se reanudan, y que se vende por todas partes el forraje de las víctimas, para el que hasta ahora apenas se hallaba comprador. De ahí es fácil conjeturar qué multitud de hombres podría enmendarse, si hubiera lugar al arrepentimiento.
    Texto de la fuenteTrajano · Cartas de Plinio · X, 97H. M. Gwatkin (ed.), Selections from Early Writers Illustrative of Church History to the Time of Constantine (Londres, 1893), extracto IX: texto latino con su versión inglesaTraducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de H. M. Gwatkin
    Has seguido, mi querido Segundo, el procedimiento que debías en el examen de las causas de quienes te fueron denunciados como cristianos. Porque nada puede establecerse que tenga, por decirlo así, forma de regla fija y general. No se los ha de buscar; si son denunciados y convictos, hay que castigarlos, pero con esta condición: que quien niegue ser cristiano y lo haga evidente por los hechos, es decir, suplicando a nuestros dioses, obtenga perdón por su arrepentimiento, por sospechoso que haya sido en el pasado. Los escritos presentados sin autor no deben tener lugar en ninguna acusación: son de pésimo ejemplo y no son propios de nuestro tiempo.
    Hay que leer las dos cartas por lo que no dicen. Plinio escribe que nunca ha asistido a procesos contra cristianos; Lane Fox deduce de ahí que otros hombres de su rango sí lo habían hecho, y Ste. Croix, que los denunciantes sabían que en el pasado se había castigado a los cristianos como tales, de modo que la consulta no inaugura nada. Lo que Plinio hace es lo que cualquier gobernador hacía con casi todos los delitos: oír, interrogar, decidir y enviar a Roma a los ciudadanos. Ste. Croix lo llama cognitio extra ordinem y subraya lo que implica: el gobernador era el único juez, sin jurado ni fórmula, con libertad para decidir qué causas aceptaba y qué pena aplicaba, y por eso una ley que definiera el delito no hacía falta; bastaban un acusador y un gobernador dispuesto a castigar. Moss resume la respuesta de Trajano como un protocolo para el caso de que un cristiano se presentara ante Plinio, no como legislación. El emperador se niega a dar una regla general, ordena que no se busque a los cristianos, rechaza las denuncias anónimas y manda castigar a los denunciados y convictos, con perdón para quien niegue y lo pruebe sacrificando.
    Tertuliano, que escribe su Apologético hacia 197, leyó esa respuesta como una contradicción, y la crítica merece leerse porque señala el rasgo más raro del procedimiento.
    Texto de la fuenteTertuliano · Apologético en favor de los cristianos · Cap. 2 (extracto)Consultar la referencia
    [6] Y aún hallamos que incluso se ha prohibido la investigación contra nosotros. Plinio Segundo, en efecto, al gobernar la provincia, habiendo condenado a algunos cristianos y apartado a otros de su grado, perturbado aun por la misma multitud, consultó al emperador Trajano sobre qué hacer en adelante, alegando que, fuera de la obstinación en no sacrificar, nada más había descubierto de sus misterios sino reuniones antelucanas para cantar a Cristo como a un dios y para estrechar la disciplina, que prohibían el homicidio, el adulterio, el fraude, la perfidia y los demás crímenes. [7] Entonces Trajano respondió por escrito que este género no debía ser investigado, pero que los presentados debían ser castigados. [8] ¡Oh sentencia confusa por necesidad! Niega que se les investigue como a inocentes, y manda que se les castigue como a nocentes. Perdona y se ensaña, disimula y castiga. ¿Por qué te burlas a ti misma, censura? Si condenas, ¿por qué no investigas? Si no investigas, ¿por qué no absuelves? […] [9] Sólo al cristiano no es lícito investigarlo, pero sí presentarlo, como si la investigación hubiese de hacer otra cosa que la presentación. Condenáis, pues, al presentado, al que nadie quiso buscar; el cual, creo yo, ya no mereció la pena por ser nocente, sino porque fue hallado sin necesidad de buscarlo.
    [10] Así que tampoco en aquello obráis respecto de nosotros según la fórmula de juzgar a los malhechores, porque a los demás que niegan les aplicáis tormentos para que confiesen, sólo a los cristianos para que nieguen, cuando, si fuese un mal, nosotros negaríamos, y vosotros por tormentos los obligaríais a confesar.
    Ste. Croix subraya la última observación: es un rasgo sin paralelo en el derecho criminal romano. El tormento se aplicaba a los reos de la clase baja para obtener la confesión de lo que se les imputaba; con los cristianos se aplicaba para obtener la negación, porque el único delito era ser cristiano hasta el instante de la sentencia. Un gobernador que de verdad quisiera ejecutar a cristianos, concluye, evitaría torturarlos, no fuera que apostataran y quedaran libres. Plinio distinguía además dos usos de la prueba del sacrificio: la aplicó a quienes decían no ser cristianos, para que demostraran su sinceridad, y nunca a quienes confesaban. Con el tiempo, dice Ste. Croix, cuando el tormento judicial se extendió a todos los acusados de baja condición, la prueba perdió su carácter de privilegio y se impuso con tortura, pero su fin seguía siendo hacer apóstatas y no mártires.
    Entre el denunciante y la sentencia intervenía más de una persona, y la tabla las ordena según lo que cada una podía hacer.
    QuiénQué podía hacerDónde se ve
    El denunciante (delator)Acusar a nombre propio y asumir el riesgo de ser acusado de calumnia si no probaba; las denuncias anónimas no valíanTrajano a Plinio; Ste. Croix
    Autoridades locales (el irenarca de Esmirna, el tribuno de Lyon, los magistrados de la ciudad)Arrestar y enviar al gobernador; no juzgabanBarnes, a partir de Policarpo, Lyon y los gobernadores de África
    El gobernadorÚnico juez: absolver, desterrar, enviar a las minas o condenar, con gran margen de discreciónSte. Croix; Tertuliano, A Escápula 4
    El emperadorResponder consultas con rescriptos; no hay edicto general contra los cristianos antes de DecioPlinio y Trajano; Adriano a Fundano; Barnes; Lane Fox
    La población de la ciudadPedir la acción del gobernador y, a veces, forzarla; sin ese clima, pocos gobernadores tenían motivos para actuarSte. Croix; Lane Fox
    El margen del gobernador se ve en el propio Tertuliano, que en su carta al procónsul Escápula, hacia 212, recuerda a varios predecesores que no se comportaron como se esperaba de ellos. Ste. Croix lo toma como un alegato de abogado que, aun así, muestra cómo podían ir las cosas en la práctica; Barnes recuerda, de esa lista, que Pudente se negó a juzgar a un cristiano que le enviaron con una acusación escrita.
    Texto de la fuenteTertuliano · A Escápula · 4 (extracto)Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. ThelwallConsultar la referencia
    […] Pues ¿no consiste vuestro encargo simplemente en condenar a los que confiesan su culpa y en entregar al tormento a los que niegan? Veis, entonces, cómo os extralimitáis vosotros mismos respecto de vuestras instrucciones al arrancar de los que confiesan una negación. […] Pero ¡cuántos gobernantes, hombres más resueltos y más crueles que tú, han logrado desentenderse de tales causas!: como Cincio Severo, que en Tisdro sugirió él mismo el remedio, indicando cómo debían responder los cristianos para obtener la absolución; como Vespronio Cándido, que despidió de su tribunal a un cristiano alegando que satisfacer a sus conciudadanos rompería la paz de la comunidad; como Aspro, que en el caso de un hombre que renegó de su fe ante una leve aplicación del tormento no le obligó a ofrecer sacrificio, habiendo reconocido antes, entre los abogados y asesores del tribunal, que le molestaba haber tenido que meterse en tal causa. También Pudente despidió de inmediato a un cristiano que le fue presentado, advirtiendo por la acusación que se trataba de una denuncia vejatoria; rompió el documento y se negó incluso a oírlo sin la presencia de su acusador, por no ser conforme a las órdenes imperiales.
    ¿Cuál era entonces la base legal? Había tres respuestas clásicas, y Musurillo resume en 1972 lo que quedaba de ellas. Una ley general contra los cristianos, ligada al institutum Neronianum que menciona Tertuliano, es la que menos probabilidades tiene: Ste. Croix traduce institutum como «la práctica adoptada por Nerón», que no es un término técnico de la ley, y observa que ningún especialista en derecho público romano ha aceptado la idea de una ley específica, popular como ha sido entre los historiadores eclesiásticos. La acusación de asociación ilícita (collegium illicitum) tropieza, según Musurillo, con dificultades que considera abrumadoras: Plinio, que tanto se ocupa de las asociaciones, no la menciona a propósito de los cristianos, ninguna acta auténtica alude a ella y Tertuliano sostiene que no se sostendría ante un juez. Queda la teoría de Mommsen, que Musurillo ve con ventaja entre quienes buscan un fundamento: el magistrado habría usado su poder de coerción. Ste. Croix la corrige en un punto que importa: los procesos no fueron una coerción sumaria de las que se aplicaban de plano a delitos menores, sino juicios completos, y precisamente por eso no necesitaban una base legal en sentido estricto.
    Sherwin-White había propuesto que lo punible era la contumacia, la negativa a obedecer la orden razonable del magistrado de sacrificar. Ste. Croix la rechaza con cinco argumentos, de los que el más sencillo es que la palabra no aparece en ningún relato auténtico de martirio, y que Plinio habla de obstinación sin usar el término técnico. Además Plinio nunca ordenó sacrificar a quien confesaba ser cristiano, de modo que la desobediencia a esa orden no puede ser el fundamento del castigo. Ste. Croix observa también que la carta de Plinio revela una preocupación religiosa del gobernador: los templos desiertos que vuelven a frecuentarse son, para él, una razón para reprimir.
    Barnes saca de todo esto una consecuencia para el relato de las persecuciones. Si el gobernador era quien decidía, no se puede inferir la actitud del emperador reinante de lo que hacían los gobernadores, ni distinguir para el Imperio entero épocas de persecución y de paz que correspondan a los reinados. En una nota señala que el esquema por reinados, que Frend aplicó en 1965, repite el de Eusebio; y que la ilegalidad del cristianismo la daban por supuesta hacia el año 200 el emperador y sus agentes, mientras cada gobernador trataba a los cristianos de su provincia como le parecía oportuno, y alguno los dejaba en paz. Lane Fox propone además que fue el proceso y condena de Pablo en Roma lo que enseñó a los jueces a distinguir a los cristianos de los judíos y fijó el precedente; es una hipótesis suya, apoyada en el relato de los Hechos.

    Lo que conservan las actas y lo que no

    Casi todo lo que sabemos de los juicios viene de textos que escribieron o conservaron los cristianos, y por eso importa saber de qué clase son. Bowersock propone ordenarlos por el origen de lo que cuentan. Hay escritos del propio mártir desde la cárcel, como el diario de Perpetua, la visión de Sáturo o el escrito (syngramma) que Pionio dejó «para nuestra instrucción». Hay relatos de un testigo cercano, que completan lo que el mártir no pudo contar, sobre todo la muerte. Y hay lo que parecen transcripciones oficiales del interrogatorio: recogen lo que dijo el magistrado, el diálogo y la sentencia, y omiten la ejecución. Para Bowersock, esta tercera clase sigue una forma bien documentada en los papiros de actas judiciales del Imperio, con sus cuatro partes (fórmulas iniciales, preguntas y respuestas, decisión, conclusión), y en el Martirio de Pionio se llega a ver pasar la palabra latina notarius al griego. No excluye que algunas transcripciones se hayan fabricado, pero juzga menos probable la fabricación de escritos del mártir en primera persona o de relatos de testigo.
    Moss pide más cautela con otra razón. En el apéndice de The Other Christs (2010) explica que usa los datos legales de un texto solo para fijar la fecha más temprana en que pudo componerse, y no para decidir cuándo murió el mártir; admite que algunos relatos circularon oralmente antes de ponerse por escrito y que otros son versiones muy retocadas de textos anteriores. Concluye que estas historias, por conmovedoras que sean, no sirven para recuperar las palabras de los mártires históricos. Ricciotti, en 1959, ordenaba los relatos en cinco clases según su valor histórico, desde la transcripción literal hasta el cuento enteramente imaginario, y recomendaba considerar solo las tres primeras; advertía además de que los relatos sencillos se ampliaron y adornaron con el tiempo. La tabla recoge lo esencial de las obras más usadas.
    TextoHechoLo que dicen los estudios
    Martirio de PolicarpoEsmirna, c. 155–156 (Lane Fox); 177 (Grégoire y Orgels, según Moss)Bowersock lo cree escrito poco después del suceso; Moss argumenta que la forma actual no es anterior a mediados del siglo III, con retoques del IV; Dehandschutter y Buschmann defienden su autenticidad
    Carta de Lyon y Vienne177Solo se conoce por Eusebio (V, 1–2); Moss recuerda que pudo ser reelaborada en el siglo III o por el propio Eusebio; Perler la vincula con 4 Macabeos
    Actas escilitanasCartago, 17 de julio de 180Para Moss, el documento fechado más antiguo del cristianismo latino; Barnes las tiene por una transcripción incompleta de un original oficial, y Musurillo piensa que la lista inicial de nombres se abrevió
    Pasión de Perpetua y FelicidadCartago, 7 de marzo de 203 (Barnes)Tres voces: Perpetua, Sáturo y un redactor (Heffernan); discutidos el idioma original y la autoría del redactor
    Martirio de PionioEsmirna, 12 de marzo, bajo Decio (250)Escrito del mártir y relato de un testigo (Bowersock); Robert y Lane Fox lo tienen por auténtico y de la época de Decio; Moss señala las dudas que suscita su datación
    Actas de CiprianoCartago, 14 de septiembre de 258Conservadas en una versión católica y otra donatista (Moss)
    Actas de los abitinosCartago, 304Compuestas por donatistas poco después de los hechos, según Moss, con intención polémica
    Mártires de Palestina, de EusebioCesarea, 303–310Testimonio de testigo ocular en dos recensiones, una larga (versión siríaca) y otra breve (griego, en la Historia eclesiástica)
    El caso más estudiado es la Pasión de Perpetua, porque en ella se oyen varias voces y las preguntas sobre quién la escribió y en qué lengua son todavía abiertas. Heffernan atribuye (con la numeración moderna) los capítulos III–X a Perpetua, XI–XIII a Sáturo y el resto, I–II y XIV–XXI, a un redactor que armó el conjunto después de la primavera de 203 y antes de 211; añade que la mención del cumpleaños del césar Geta puede ser del redactor y, en ese caso, habría sido escrita antes de que Geta fuera hecho Augusto en 209. Bowersock, siguiendo a L. Robert, sostiene que Perpetua escribió en griego: lo que el latín llama munus, el espectáculo que da un magistrado, el texto griego lo llama con un término de ambición cívica, y el pasaje paralelo es más preciso que el latín. Heffernan, que sigue a Bremmer, defiende en cambio el latín. En cuanto al redactor, Dodds, citado por Bowersock, recuerda que muchos creen con buenas razones que fue Tertuliano, y Bowersock encuentra en el epigrama «la injusticia reconoció la justicia» una frase digna de él; Heffernan responde que el latín del redactor difiere del de Tertuliano y que no hay prueba de que sean la misma persona. El redactor, en cualquier caso, simpatizaba con la «nueva profecía» y quería que la lectura pública de ejemplos recientes de fe valiera tanto como la de los antiguos.
    Las actas escilitanas muestran otra cosa: cómo suena un interrogatorio de tribunal sin retórica añadida. En la versión de Musurillo, el procónsul Saturnino ofrece a los acusados el perdón del emperador si recapacitan; Esperato responde que nunca han hecho mal, que pagan sus impuestos y que sirven al Dios que nadie ve, y se niega a jurar por el Genio del emperador. Preguntado qué llevan en su caja, contesta que libros y cartas de Pablo. El procónsul les concede un plazo de treinta días, y como todos repiten que son cristianos, lee la sentencia desde una tablilla: han confesado vivir según el rito cristiano y, ofrecida la posibilidad de volver al uso romano, han perseverado con obstinación; se los decapita, y responden dando gracias a Dios. Barnes señala tres problemas del texto: no hay pregunta formal por el delito, la lista de acusados pasa de seis a doce, y la audiencia tuvo lugar in secretario, lo que hace difícil que otros cristianos la presenciaran. Una transcripción parcial de un proceso que duró más de un día los explicaría a la vez.

    La ciudad como escenario

    Los juicios que conocemos suceden en las grandes ciudades. Bowersock hace la lista: Pérgamo, Esmirna, Cesarea, Cartago, Alejandría, Lyon, Roma en el caso de Justino; en Grecia, Tesalónica y no Atenas, lo que refleja el peso relativo de ambas en la época. Una razón es procesal. Para condenar hacía falta el tribunal del gobernador, que viajaba por la provincia para celebrar sus audiencias en las ciudades principales. La otra es de público: morir en un pueblo apartado no daba testimonio a nadie, y los mártires, dice Bowersock, buscaban la visibilidad que solo una ciudad ofrecía. La multitud era parte del suceso, y se movía entre la hostilidad y la compasión.
    En Esmirna, la multitud de paganos y judíos grita, en el Martirio de Policarpo, un título que Bowersock compara con el que se daba a los grandes sofistas de la época.
    Texto de la fuenteIglesia de Esmirna · Martirio de Policarpo · 12.1–12.3Consultar la referencia
    12.1 Mientras decía estas y muchas otras palabras, se llenó de valor y gozo, y su rostro se llenó de gracia, de modo que no solo no se desplomó aterrado por las cosas que le decían, sino que al contrario el procónsul quedó asombrado, y envió a su propio heraldo al centro del estadio para que proclamara tres veces: "Policarpo ha confesado que es cristiano."
    12.2 Cuando esto fue proclamado por el heraldo, toda la multitud, tanto gentiles como judíos que vivían en Esmirna, gritó con ira incontrolable y gran voz: "Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que enseña a muchos a no sacrificar ni adorar." Diciendo estas cosas, gritaron y pidieron a Felipe el Asiarca que soltara un león contra Policarpo. Pero él dijo que no le era lícito hacerlo ya que había dado por concluidas las cacerías de animales.
    12.3 Entonces se les ocurrió gritar al unísono que Policarpo fuera quemado vivo. Era necesario que se cumpliera la visión que había recibido sobre su almohada, cuando la vio ardiendo mientras oraba y se volvió y dijo proféticamente a los fieles que estaban con él: "Es necesario que yo sea quemado vivo."
    «Maestro» y «padre» eran las palabras con que se nombraba a los sofistas, observa Bowersock, y la comparación vale para otros: Pionio pronuncia en el ágora de Esmirna dos discursos, a los judíos y a los paganos de la ciudad, que le parecen comparables a los de cualquier sofista, y Papilo, en Pérgamo, responde al procónsul que tiene hijos en cada provincia y ciudad, y un cristiano presente explica que se refiere a los que tiene en la fe. Los martirios caían, además, en fechas de fiesta, cuando la gente estaba libre para asistir: el de Policarpo y el de Pionio, en el Gran Sábado; el de Perpetua, en el cumpleaños del césar Geta. Bowersock cita a Filón, que describe cómo en Alejandría se mezclaban suplicios y espectáculos en las fiestas imperiales.
    La arena añadía una dimensión: las ejecuciones podían ser charades fatales, según la expresión de Coleman que recoge Bowersock, en que el condenado representaba un papel mitológico. Los cristianos vistieron el suceso con el lenguaje de los certámenes, y dos textos lo muestran con claridad. En el primero, Perpetua sueña, la víspera, con su combate.
    Texto de la fuentePerpetua (con un redactor anónimo) · Pasión de Perpetua y Felicidad · III, 1–2 (extractos; numeración de la ANF, que corresponde a los capítulos 9–10 de las ediciones modernas)Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (trad. inglesa de R. E. Wallis)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de R. E. WallisConsultar la referencia
    III, 1 «Otra vez, pasados algunos días, Pudente, soldado, ayudante del alcaide de la prisión, que empezó a tenernos en gran estima por advertir que había en nosotros un gran poder de Dios, dejó entrar a muchos hermanos a vernos, a fin de que unos y otros nos confortáramos mutuamente. […]»
    III, 2 «El día antes de aquel en que íbamos a combatir, vi en una visión que el diácono Pomponio venía a la puerta de la prisión y llamaba con fuerza. Salí a él y le abrí […]. Y me dijo: “Perpetua, te esperamos; ven.” […] Apenas llegamos jadeantes al anfiteatro, me condujo al centro de la arena y me dijo: “No temas, aquí estoy contigo y trabajo contigo”; y se fue. Y miré con asombro una inmensa asamblea. Y como yo sabía que estaba entregada a las fieras, me extrañaba de que no las soltaran contra mí. Entonces salió contra mí cierto egipcio, de aspecto horrible, con sus ayudantes, para luchar conmigo. Y vinieron a mí, como mis auxiliares y animadores, unos jóvenes hermosos; y fui desnudada y me hice varón. Entonces mis auxiliares empezaron a frotarme con aceite, como es costumbre para el combate; y vi al egipcio, por su parte, revolcándose en el polvo. Y salió cierto hombre, de altura prodigiosa, de modo que sobrepasaba la cima misma del anfiteatro; llevaba una túnica suelta y, sobre el medio del pecho, un manto de púrpura entre dos franjas; y calzado de formas variadas hecho de oro y plata; y llevaba una vara, como si fuera maestro de gladiadores, y una rama verde con manzanas de oro. Pidió silencio y dijo: “Este egipcio, si vence a esta mujer, la matará con la espada; y si ella lo vence, recibirá esta rama.” Luego se retiró. Y nos acercamos el uno al otro y empezamos a repartirnos golpes. […] Me acerqué al maestro y tomé la rama; me besó y me dijo: “Hija, la paz sea contigo.” Y empecé a ir con gloria hacia la puerta Sanavivaria. Entonces desperté y comprendí que no había de luchar con las fieras, sino contra el diablo. Pero supe que me esperaba la victoria.»
    El hombre enorme del sueño, según el análisis de L. Robert que resume Bowersock, va vestido como el agonothetes, el que da los juegos, y Robert lo identifica con Cristo, que entrega a sus mártires el certamen y el premio. Bowersock lo apoya en una carta que Tertuliano había escrito unos años antes a los que esperaban el juicio en la cárcel, y en la que usa el mismo vocabulario.
    Texto de la fuenteTertuliano · A los mártires · 3Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. Thelwall
    Concedamos ahora, benditos, que incluso para los cristianos la prisión es desagradable; pero fuimos llamados a la milicia del Dios vivo en la misma respuesta a las palabras del sacramento. Pues ningún soldado sale a campaña cargado de lujos, ni va a la acción desde su cómoda alcoba, sino desde la tienda ligera y estrecha, donde ha de soportar toda clase de dureza, aspereza y molestia. Aun en tiempo de paz los soldados se acostumbran a la guerra con fatigas e incomodidades: marchando con las armas, corriendo por la llanura, trabajando en el foso, formando la tortuga, entregados a muchas labores arduas. El sudor de la frente está en todo, para que los cuerpos y los ánimos no se espanten de pasar de la sombra al sol, del sol al frío helado, de la túnica de paz a la cota de malla, del silencio al clamor, de la quietud al tumulto. Del mismo modo, benditos, contad como disciplina de vuestras fuerzas de ánimo y de cuerpo todo lo que hay de duro en esta suerte vuestra. Vais a pasar por una noble lucha, en la cual el Dios vivo hace de presidente, en la cual el Espíritu Santo es vuestro entrenador, en la cual el premio es una corona eterna de esencia angélica, ciudadanía en los cielos, gloria sempiterna. Por eso vuestro Maestro, Jesucristo, que os ha ungido con su Espíritu y os ha sacado a la arena, ha tenido a bien, antes del día del combate, quitaros de una condición en sí más agradable e imponeros un trato más duro, para que sea mayor vuestra fuerza. Pues también a los atletas se los aparta para una disciplina más estricta, a fin de que se formen sus fuerzas físicas. Se los priva del lujo, de las carnes más delicadas, de las bebidas más agradables; se los aprieta, se los atormenta, se los gasta; cuanto más duros son sus trabajos en el entrenamiento previo, más fuerte es la esperanza de la victoria. «Y aquellos —dice el apóstol— lo hacen para obtener una corona corruptible.» Nosotros, con la corona eterna ante los ojos, miramos la prisión como nuestro campo de entrenamiento, para que, en la meta del juicio final, seamos presentados bien disciplinados por muchas pruebas, pues la virtud se edifica con las dificultades, como se derriba con la indulgencia voluptuosa.
    Bowersock cita el texto latino, donde el Dios vivo es agonothetes, el Espíritu xystarches y Cristo epistates, títulos griegos de los certámenes que la traducción de Thelwall vierte con más libertad. De ahí deduce algo sobre cómo veían su muerte los propios mártires: como un espectáculo organizado por Dios, en el que los magistrados romanos cumplían un papel asignado. La muchedumbre, por su parte, reaccionaba con la gramática de los baños y del circo. Cuando el leopardo bañó a Sáturo en sangre, dice el redactor, el pueblo le gritó «¡salvado y lavado!», y Lane Fox observa que era un saludo del baño público, usado aquí de manera atroz. El redactor lo recibió como testimonio de un segundo bautismo.
    Que el martirio esté tan atado a la ciudad tiene una consecuencia que Bowersock anota al final de su capítulo: sin esas instituciones, el martirio, tal como lo entendieron los cristianos, no habría existido. Las formas posteriores de testimonio sin sangre, el anacoreta en el desierto, el estilita en su columna, el asceta, eran una piedad más adecuada a un Imperio cristiano; a ellas pertenece la historia del monacato. Y el debate sobre la huida, que sigue, supone lo mismo: huir de una ciudad es posible porque el peligro está en ella.

    ¿Huir, entregarse o esperar?

    Si el juicio era una puesta en escena, la pregunta práctica era si el cristiano debía subir a ella por su cuenta. La escena de Arrio Antonino, con la que se abrió este compendio, muestra que algunos, quizá muchos, lo hicieron. Tertuliano la cuenta en su carta a Escápula, en un párrafo cuyo tono merece atención.
    Texto de la fuenteTertuliano · A Escápula · 5 (extracto)Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. ThelwallConsultar la referencia
    Vuestra crueldad es nuestra gloria. Cuidad solamente de que, al tener que soportar tales cosas, no nos sintamos obligados a lanzarnos al combate, aunque solo sea para probar que no las tememos, sino que incluso las invitamos. Cuando Arrio Antonino apretaba las cosas en Asia, todos los cristianos de la provincia, en una sola multitud, se presentaron ante su tribunal; y él, ordenando llevar a ejecución a unos pocos, dijo a los demás: «Miserables, si queréis morir, tenéis precipicios o sogas.» Si a nosotros se nos metiera en la cabeza hacer aquí lo mismo, ¿qué haréis con tantos miles, con tal multitud de hombres y mujeres, de todo sexo y edad y rango, cuando se presenten ante ti? ¿Cuántos fuegos, cuántas espadas harán falta? […]
    Hay tres lecturas de este párrafo. Bowersock lo trae como la prueba de que la fiebre por morir fue real y antigua, y de que a los gobernadores les parecía incomprensible. Ste. Croix lo incluye en una serie mucho más larga: el martirio voluntario, dice, tuvo en la historia de las persecuciones un papel mayor del que se ha reconocido, nunca estuvo limitado a montanistas o donatistas, y lo atestiguan Euplo en Catania en 304, que gritó ante la sala que quería morir porque era cristiano y entró con los Evangelios, los seis jóvenes de Cesarea que en 305 se presentaron atados ante el gobernador, y los que Eusebio vio saltar uno tras otro ante el juez en la Tebaida (VIII, 9). Moss lee Arrio Antonino en sentido contrario: es el único caso que conoce en que una multitud de cristianos habría podido ser perseguida, y lo que muestra es que los romanos no querían complacerlos. Las tres lecturas parten de un solo testimonio y de la hipérbole de Tertuliano, que dice «todos los cristianos de la provincia», y conviene recordarlo.
    El deseo de morir tiene un antecedente en el siglo II, antes de que el término mártir significara lo que significa. Ignacio de Antioquía lo expresa en su carta a Roma.
    Texto de la fuenteIgnacio de Antioquía · Carta a los Romanos · 4.1–4.3Consultar la referencia
    4.1 Escribo a todas las iglesias e insisto a todos que yo muero voluntariamente por Dios, si ustedes no me lo impiden. Les suplico: no sean para mí una bondad inoportuna. Déjenme ser alimento de las fieras, por las cuales puedo alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y por los dientes de las fieras soy molido, para ser hallado pan puro. 4.2 Más bien halagen a las fieras, para que se conviertan en mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo, para que al dormir no sea carga para nadie. Entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no vea mi cuerpo. Rueguen al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos sea hallado sacrificio de Dios. 4.3 No les mando como Pedro y Pablo: ellos eran apóstoles, yo soy un condenado; ellos eran libres, yo hasta ahora soy esclavo. Pero si padezco, seré liberto de Jesucristo, y resucitaré libre en él. Ahora aprendo, estando encadenado, a no desear nada.
    Ignacio no usa la palabra mártir, observa Bowersock, aunque su carta presenta lo que se ha llamado un anhelo patológico de martirio; Ste. Croix lo ve como el precursor de una serie y habla de una mentalidad anormal que difícilmente era la de un solo hombre. Pero la Iglesia no se quedó en Ignacio. El Martirio de Policarpo introduce, entre el relato del arresto y el del juicio, un contraejemplo.
    Texto de la fuenteIglesia de Esmirna · Martirio de Policarpo · 4.1–4.2Consultar la referencia
    4.1 Hubo uno llamado Quinto, frigio recién llegado de Frigia, que al ver las fieras se acobardó. Este era el que se había forzado a sí mismo y a algunos otros a presentarse voluntariamente. A este, el procónsul, tras muchas súplicas, lo persuadió de jurar y ofrecer sacrificio. 4.2 Por esta razón, hermanos, no elogiamos a los que se entregan a sí mismos, ya que el evangelio no enseña así.
    La contraparte es Policarpo, que según el relato se retira a una finca cuando oye las noticias, a ruegos de la mayoría, y espera (5.1). Moss, en The Myth of Persecution, observa que Eusebio retoca el pasaje: elimina la referencia al evangelio y presenta a Quinto como de la «raza» frigia, lo que hace de él un montanista implícito. La frase de la carta de Esmirna es ya una regla de conducta, y la suscriben casi todos los maestros que siguen, con matices que merecen una tabla.
    AutorPosturaDónde
    Ignacio (c. 110)Desea la muerte y pide a Roma que no intervengaRomanos 4–5
    Martirio de PolicarpoNo elogia a los que se entregan; Policarpo se retira y espera4–5
    Clemente de AlejandríaCensura a los que se precipitan a la muerte; el martirio verdadero es obra de amorEstrómatas IV, 14–17
    TertulianoProhíbe huir y comprar la salida (obra montanista); pero advierte al procónsul de que podrían presentarse en masaSobre la huida 5–14; A Escápula 5
    Orígenes«No estamos tan locos como para provocar» la ira de los reyesContra Celso VIII, 65
    Pedro de Alejandría (306)Se puede huir; no es lícito entregarseCánones 9 y 13 de su Carta canónica
    Cipriano (258)Se oculta, quiere morir en Cartago y ordena que nadie se entregueCarta 82 (ANF); 81 en la numeración de Gredos
    Concilio de Elvira (305 o 306)No cuenta entre los mártires al que rompe ídolos y muere por elloCanon 60
    Clemente de Alejandría trata el asunto en el libro IV de los Estrómatas. Para él el sabio no rehúye confesar a Cristo, pero acepta la ocasión que otros le dan y que él no provocó (14.1), y distingue a quienes mueren por el Dios verdadero de otros que se entregan a una muerte vana.
    Texto de la fuenteClemente de Alejandría · Stromata · IV, 17.1–17.4Consultar la referencia
    17.1 Pero también nosotros censuramos a quienes se arrojan a la muerte, pues hay algunos que no son nuestros —comparten solo el nombre— que se apresuran a entregarse por 17.2 odio al Creador, esos miserables que se dan muerte. Decimos que estos se destruyen a sí mismos sin dar testimonio, 17.3 aunque sean castigados públicamente. Pues no conservan el carácter del testimonio del creyente, al no haber conocido al Dios verdadero, sino que se entregan a una muerte vana, como también los gimnosofistas 17.4 de los indios a un fuego inútil.
    Orígenes, que cita , escribe que los cristianos no hacen nada contrario a la ley y a la palabra de Dios y que por eso no son tan insensatos como para provocar la ira de los reyes y atraerse tormentos o la muerte (Contra Celso VIII, 65). La regla más explícita la fija Pedro de Alejandría hacia 306, en la Carta canónica donde gradúa las penitencias de los caídos de la Gran Persecución. Su canon 9 trata a los que se han lanzado ellos mismos a un combate largo.
    Texto de la fuentePedro de Alejandría · Carta canónica · Canon 9 (extracto)Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (trad. inglesa de J. B. H. Hawkins)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de J. B. H. Hawkins
    También con aquellos que, como saliendo del sueño, se lanzan ellos mismos a un combate largo y que probablemente se prolongará, y se atraen las tentaciones como en un combate naval y las inundaciones de muchas olas, debemos comulgar, puesto que llegan a eso en el nombre de Cristo, aunque no hagan caso de sus palabras cuando nos enseña a orar para no entrar en tentación. Y quizá ignoran también que el Maestro de la casa y nuestro gran Maestro se retiró a menudo de los que le tendían lazos, y que a veces no caminaba abiertamente a causa de ellos; y aun cuando se acercaba el tiempo de su pasión, no se entregó a sí mismo, sino que esperó a que vinieran a él «con espadas y palos». […] Dice, pues, «os entregarán», y no «os entregaréis»; y «seréis llevados ante gobernadores y reyes por causa de mí», pero no «os llevaréis»; pues quiere que pasemos de lugar en lugar mientras haya quienes nos persigan por su nombre, como lo oímos decir de nuevo: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a otra» (). Porque no quiere que vayamos a los ministros y satélites del diablo, para no ser causa de que sufran una muerte multiplicada, pues así los forzaríamos a ser más duros y a ejecutar sus obras mortíferas; quiere más bien que esperemos, nos cuidemos, velemos y oremos para no caer en tentación.
    Pedro añade una norma para el clero: los clérigos que se entregaron por su cuenta, cayeron y volvieron a confesar no deben seguir en el ministerio, porque dejaron sin pastor al rebaño (canon 10); y el canon 13 afirma que no se puede acusar a los que se retiraron para salvar la vida. Cipriano aplicó una regla parecida a sí mismo en lo que parece ser su última carta, según la edición de Gredos. Cuando supo que enviaban agentes para llevarlo a Útica, se ocultó con el argumento de que a un obispo le corresponde confesar al Señor en la ciudad donde preside; esperaría el regreso del procónsul a Cartago. La carta añade una orden a su pueblo.
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Carta al clero y al pueblo sobre su retiro (carta 82 en la ANF; 81 en la numeración de Gredos) · 1–2Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (trad. inglesa de R. E. Wallis), en la edición Delphi de las obras de CiprianoTraducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de R. E. Wallis
    1 Cipriano a los presbíteros y diáconos y a todo el pueblo, salud. Cuando se nos dijo, queridísimos hermanos, que habían sido enviados unos guardias para llevarme a Útica, y fui persuadido por el consejo de los más queridos de apartarme por un tiempo de mis jardines, consentí, pues se ofrecía una causa justa. Porque es propio de un obispo confesar al Señor en aquella ciudad en que preside la Iglesia del Señor, y que todo el pueblo sea glorificado con la confesión de su prelado en su presencia. Pues todo lo que en ese momento de la confesión dice el obispo confesor, lo dice en boca de todos, por inspiración de Dios. Pero se mermará el honor de nuestra Iglesia, gloriosa como es, si yo, obispo puesto al frente de otra iglesia, recibiera mi sentencia o mi confesión en Útica y fuera desde allí como mártir al Señor, cuando, por mí y por vosotros, pido con continuas súplicas y con todos mis deseos que pueda confesar entre vosotros, y allí padecer, y de allí partir al Señor, como debo. Por eso espero aquí, en un retiro oculto, la llegada del procónsul que regresa a Cartago, para oír de él qué han mandado los emperadores sobre los laicos y los obispos cristianos, y para decir lo que el Señor quiera que se diga en aquella hora.
    2 Pero vosotros, queridísimos hermanos, según la disciplina que siempre habéis recibido de mí por los mandatos del Señor, y según lo que tantísimas veces habéis aprendido de mi palabra, guardad la paz y la tranquilidad; que ninguno de vosotros promueva tumulto entre los hermanos ni se entregue voluntariamente a los gentiles. Porque, apresado y entregado, es entonces cuando debe hablar, pues en aquella hora habla el Señor que habita en nosotros, el cual quiso que confesáramos más bien que profesáramos. […]
    Esta línea tenía enfrente la de Tertuliano, que no resulta fácil de simplificar. En Sobre la huida en la persecución, obra de su etapa montanista según Bowersock, Tertuliano lee como una orden dirigida a los apóstoles en las circunstancias de su misión, y no como una regla permanente (6); sostiene que quien huye por miedo a negar ya ha negado (5); y llama al clero que huye pastor malo que abandona las ovejas (11). Condena también comprar la salida con dinero, que para él es una huida pagada (12).
    Texto de la fuenteTertuliano · Sobre la huida en la persecución · 9 (final) y 13 (extractos)Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. Thelwall
    9 […] Y si pides consejo al Espíritu, ¿qué aprueba más que aquella palabra del Espíritu? Pues incita a casi todos a ir a ofrecerse al martirio, no a huir de él; por eso también nosotros la recordamos. Si te expones a la infamia pública, dice, es para tu bien; porque quien no se expone a la deshonra ante los hombres la sufrirá ante el Señor. No te avergüences; la justicia te saca a la vista de todos. ¿Por qué avergonzarte de ganar gloria? Se te da la oportunidad cuando estás ante los ojos de los hombres. Y en otro lugar: no desees morir en lechos nupciales, ni en abortos, ni en fiebres blandas, sino morir la muerte del mártir, para que sea glorificado el que padeció por ti.
    13 […] Y no basta que uno u otro se rescate así. Iglesias enteras se han impuesto un tributo en masa. No sé si es motivo de dolor o de vergüenza que, entre buhoneros, ladrones, rateros de baños, tahúres y alcahuetes, también los cristianos figuren como contribuyentes en las listas de soldados libres y de espías.
    La frase del Espíritu es la que Bowersock vincula con la profecía de Montano. Lane Fox añade un detalle de la vida de las comunidades: hacia el año 200 comprar la salida era un arte reconocido entre los cristianos acomodados, y Tertuliano habla de iglesias enteras que lo hacían y de un tal Rutilio que huyó varias veces y sobornó a sus delatores hasta que fue arrestado, torturado y martirizado, para satisfacción de Tertuliano. El canon 12 de Pedro, en cambio, no acusa a quienes pagaron para que los dejaran en paz: sacrificaron sus bienes para no perder el alma.
    El concilio de Elvira, en un canon cuya fecha Hefele pone en 305 o 306, trata el caso límite: quien rompa los ídolos y sea muerto en el acto no será contado entre los mártires, porque el Evangelio no lo manda y nunca se hizo bajo los apóstoles. Hefele añade que Prudencio alabó a Eulalia, que murió en España hacia 304 después de derribar una estatua, lo que muestra que la opinión estaba dividida. Ste. Croix reúne los testimonios de oposición al martirio voluntario (Clemente, Orígenes, Lactancio, Cipriano y Mensurio de Cartago, Pedro de Alejandría, el Martirio de Policarpo, Elvira) y recuerda lo contrario: aun así, a los voluntarios que murieron se les concedió todo el honor de los mártires, y la masa de fieles los miraba con gran respeto.
    Queda la relación con el suicidio, a la que Bowersock dedica un capítulo entero. Tertuliano, en su carta a los futuros mártires y en el Apologético, invoca como modelos de muerte noble los suicidios o las muertes voluntarias de Lucrecia, Dido, Empédocles y otros, y razona: si ellos lo hicieron por una falsa forma de vida, ¿no lo harán los cristianos por la verdadera? Para Bowersock su posición es la del viejo romano. Clemente y Orígenes, formados en el platonismo, pensaban lo contrario, de acuerdo con la tradición que condenaba cualquier violencia contra uno mismo, y esa es la línea que acabó formulando Agustín. Bowersock deduce que en el siglo III la cuestión estaba abierta y la ilustra con el relato de Perpetua, cuyo redactor cuenta que, herida entre las costillas, ella misma llevó a su garganta la mano insegura del gladiador, y añade que quizá una mujer así no habría podido ser muerta si ella no lo hubiera querido. Bowersock lee el episodio como el de una mártir que, sin ser estrictamente voluntaria, es presentada en ese papel. Luciano, por su parte, cuenta de Peregrino, que pasó por una fase cristiana, que el legado de Siria, al ver cuánto deseaba morir, lo puso en libertad; Bowersock y Barnes lo toman como un ejemplo de cómo un gobernador podía desactivar a un voluntario.

    Morir como testigo

    La palabra mártir es griega y significa «testigo»; pertenecía al lenguaje de los tribunales. Bowersock ofrece el análisis de la palabra que sirve de punto de partida. En el Nuevo Testamento hay dos pasajes que podrían leerse como los primeros usos de mártir en el sentido de quien muere por la fe: el de Antipas () y el de Esteban, al que Pablo califica de testigo cuando recuerda su muerte (). En ambos casos, advierte, se trata de un testigo que fue muerto, no de uno que lo es porque murió. Ignacio, que desea morir con todas sus fuerzas, no usa el término. Lo primero que se atestigua con seguridad en el sentido nuevo es el Martirio de Policarpo. De ahí Bowersock concluye que la idea del martirio se forjó entre 50 y 150, y la palabra en la segunda mitad de ese periodo; que no hay un antecedente en Sócrates, que esperaba pero no sabía, ni en los Macabeos, cuyos relatos no usan la palabra y pueden ser posteriores a la era cristiana; y que su origen es la vida urbana del Imperio y sus instituciones, no Palestina ni el judaísmo. Otros lo matizan: Ste. Croix y Lane Fox ven en los libros segundo y cuarto de los Macabeos un modelo que los cristianos conocían, y Moss, en The Myth of Persecution, sostiene que las historias cristianas de mártires reescriben tradiciones judías y paganas de muerte noble, con la muerte de Jesús a su vez narrada con esos modelos.
    Moss ha estudiado también, en The Other Christs, cómo los relatos presentan al mártir como imagen de Cristo. Musurillo anota, a propósito de Policarpo, que el capitán de la policía que lo arresta se llama Herodes y que quienes lo traicionan reciben el castigo de Judas, paralelos evangélicos que atribuye al autor o a un redactor; y Moss recuerda que el mismo relato distingue con cuidado entre el culto a Cristo y la honra a los mártires (17–19). Su estudio se limita a un género, el de las actas, y la propia autora lo declara. La reflexión teológica está, además, en otros textos, y los que siguen fijan sus ideas centrales. La primera es de Tertuliano, que sostiene en el Escorpiaco que Dios quiso el martirio al prohibir la idolatría.
    Texto de la fuenteTertuliano · Escorpiaco · 4 (extracto)Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. Thelwall
    […] Así pues, si es evidente que desde el principio esta clase de culto ha sido prohibida —testigos los mandatos tan numerosos y graves—, […] debemos percibir además el sentido de las amenazas divinas y de sus cumplimientos, que se recomendó entonces no solo por no ponerse en duda, sino por el soportar martirios, para los cuales ciertamente Él había dado ocasión al prohibir la idolatría. Pues de otro modo no habría martirios. Y ciertamente había puesto, como garantía de ellos, su propia autoridad, queriendo que sucedieran aquellos acontecimientos para los cuales había dado ocasión. […] Si guardar un mandato implica sufrir violencia, esto será, por así decirlo, un mandato sobre guardar el mandato, que me exige sufrir aquello por lo cual podré guardarlo, a saber, la violencia, cualquiera que sea, que me amenace cuando me guardo de la idolatría. […] Sirviendo como soldado bajo este juramento, soy desafiado por el enemigo. Si me rindo a ellos, soy como ellos. Manteniendo este juramento, combato con furor en la batalla, soy herido, despedazado, muerto. ¿Quién deseó este desenlace fatal para su soldado sino quien lo selló con tal juramento?
    Bowersock usa este pasaje para una paradoja: si Roma hubiera permitido a los cristianos no practicar la idolatría, como permitía a los judíos, la voluntad de Dios que invoca Tertuliano habría quedado sin efecto. Lo que hizo posible el martirio fue que los cristianos participaban de la vida cívica, a diferencia de los judíos, que se mantenían aparte. El Apologético dice lo mismo de otro modo: la lucha es la del soldado.
    Texto de la fuenteTertuliano · Apologético en favor de los cristianos · Cap. 50 (extracto)Consultar la referencia
    [1] "Entonces", decís, "¿por qué os quejáis de que os persigamos, si queréis padecer, cuando deberíais amar a aquellos por quienes padecéis lo que queréis?" Ciertamente queremos padecer, pero del modo como el soldado quiere la guerra. Nadie padece de buena gana, cuando es necesario temblar y peligrar; [2] sin embargo, pelea con todas sus fuerzas y, venciendo en la batalla, se goza el que se quejaba de la batalla, porque consigue gloria y botín. Batalla es para nosotros el ser provocados a los tribunales, para luchar allí bajo riesgo de la cabeza por la verdad. Victoria es obtener aquello por lo que has luchado. Esta victoria tiene la gloria de agradar a Dios y el botín de vivir eternamente. [3] Pero somos vencidos. Ciertamente, cuando hemos obtenido. Luego vencemos cuando somos muertos; en fin, escapamos cuando somos vencidos.
    La otra idea fuerte es que la muerte del mártir es un bautismo. Tertuliano la formula en pocas líneas en su tratado Sobre el bautismo.
    Texto de la fuenteTertuliano · Sobre el bautismo · 16Ante-Nicene Fathers, trad. inglesa de S. Thelwall (edición Delphi, Complete Works of Tertullian)Traducción: Traducción de Eusebeia, del inglés de S. Thelwall
    Tenemos también, ciertamente, una segunda fuente (una sola, por lo demás, con la primera), de sangre, esto es; de la cual dijo el Señor: «Tengo que ser bautizado con un bautismo» (), cuando ya había sido bautizado. Pues había venido «por agua y sangre», como escribió Juan; para ser bautizado por el agua, glorificado por la sangre; para hacernos, igualmente, llamados por el agua, elegidos por la sangre. Estos dos bautismos los envió desde la herida de su costado traspasado, para que quienes creyeran en su sangre fueran bañados con el agua; quienes hubieran sido bañados en el agua bebieran igualmente la sangre. Este es el bautismo que suple al baño de la fuente cuando este no se ha recibido, y lo restaura cuando se ha perdido.
    Cipriano, medio siglo después, convierte la idea en un programa de preparación. En el prefacio de la Exhortación al martirio pide que quienes bautizaron a los creyentes con el primer bautismo los preparen para el segundo.
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Exhortación al martirio, dirigida a Fortunato · prefacio, § 4Consultar la referencia
    4. Además, amados hermanos, he considerado un plan útil y saludable en una exhortación tan necesaria como la que puede hacer mártires, cortar todas las dilaciones y tardanzas en nuestras palabras, y apartar los rodeos del discurso humano, y poner sólo aquellas cosas que Dios habla, con las cuales Cristo exhorta a sus siervos al martirio. Esos mismos preceptos divinos deben suministrarse, como si fueran armas para los combatientes. Sean ellos los toques de la trompeta guerrera; sean ellos el clarín para los guerreros. Despiértense los oídos con ellos; prepárense las mentes con ellos; fortalézcanse las potencias del alma y del cuerpo para toda tolerancia del sufrimiento. Sólo nosotros, que por permisión del Señor hemos dado el primer bautismo a los creyentes, preparemos también a cada uno para el segundo; instando y enseñando que éste es un bautismo mayor en gracia, más elevado en poder, más precioso en honor —un bautismo en el cual bautizan los ángeles— un bautismo en el que Dios y su Cristo se regocijan— un bautismo tras el cual nadie peca ya más— un bautismo que completa el aumento de nuestra fe— un bautismo que, al retirarnos del mundo, nos asocia inmediatamente con Dios. En el bautismo de agua se recibe la remisión de los pecados, en el bautismo de sangre la corona de las virtudes. Esta cosa debe abrazarse y desearse, y pedirse en todas las súplicas de nuestras peticiones, que nosotros, que somos siervos de Dios, seamos también sus amigos.
    La Pasión de Perpetua dice lo mismo con imágenes: Felicidad, que acaba de dar a luz, pasa de la sangre y de la partera al gladiador, para lavarse del parto con un segundo bautismo, y el pueblo grita a Sáturo, cubierto de sangre, «salvado y lavado» (VI, 1 y 4 en la numeración de la ANF). Lane Fox añade que Melitón, en los años 170, ya decía que son dos las cosas que dan remisión de los pecados, el bautismo y el padecer por Cristo, y que Tertuliano escribió que la sangre es la llave del paraíso. Esa doctrina ayuda a entender el prestigio de los confesores presos en Cartago, cuyas cartas de perdón (libelli) provocaron la disputa que cuenta el compendio del siglo III.
    Clemente propone otra lectura, que amplía el sentido de la palabra. Para el sabio cristiano, el martirio es perfección por una razón que nada tiene que ver con el modo de morir.
    Texto de la fuenteClemente de Alejandría · Stromata · IV, 14.1–14.4Consultar la referencia
    14.1 Este hombre, pues, no rechazará el confesar a Cristo por temor al mandamiento, para convertirse en mártir por miedo; tampoco venderá su fe por la esperanza de recompensas preparadas, sino que por amor al Señor se apartará con sumo gozo de esta vida. Tal vez incluso agradecerá al que le proporcionó la causa de su partida de aquí y al que maquinó la conspiración, pues reconoce que ha recibido un motivo razonable —que él mismo no provocó— para manifestar quién es: al perseguidor mediante la paciencia, al Señor mediante el amor, 14.2 por el cual ya había manifestado al Señor, incluso antes de nacer, la elección del que habría de dar testimonio, pues el Señor lo conocía. Así pues, tomando ánimo ante el Señor como amigo —por quien también entregó voluntariamente su cuerpo, y también su alma, según esperaban los jueces— se presenta, habiendo oído poéticamente del Salvador 14.3 "amado hermano" por la semejanza de vida. De inmediato llamamos perfección al martirio, no porque el hombre haya llegado al fin de su vida como los demás, 14.4 sino porque ha manifestado una obra perfecta de amor.
    Clemente añade (15.3) que toda alma que ha vivido con conocimiento de Dios y ha obedecido sus mandamientos es mártir en la vida y en la palabra, de cualquier modo que se separe del cuerpo. Bowersock lee esta página como una vuelta prudente al sentido original de «testigo». El testimonio puede darse, para Clemente, sin sangre.
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