Premisa central
Recuperar una hermenéutica teológicamente fundamentada implica leer con la iglesia triunfante y militante, no solo con las modas intelectuales del momento.
Muchos cristianos llegan al mismo pasaje bíblico y terminan en conclusiones opuestas. Este artículo explica por qué ocurre (no solo "porque la gente no quiere obedecer"), y propone un camino de lectura más cristiano, más eclesial y más realista.
No podemos decidir cómo interpretar la Biblia sin decidir primero qué creemos que es la Biblia: ¿solo un texto antiguo… o un medio real por el que Dios habla?
- El problema: por qué hoy discutimos "la Biblia" sin escucharnos.
- Cómo llegamos aquí: de una lectura "sacramental" a una lectura "secular".
- Dos propuestas: Carter (base teológica) + Wright (autoridad como misión).
- Qué cambia en la práctica: lectura, predicación, comunidad, formación.
No necesitas dominar filosofía. Solo entender estas 7 palabras clave para no perderte:
- Hermenéutica: los "lentes" con los que leemos.
- Exégesis: escuchar al texto antes de usarlo.
- Gran Tradición: la lectura de la iglesia a lo largo de siglos.
- Naturalismo metodológico: leer "como si Dios no actuara".
- Metafísica: tu mapa de lo que es "posible" en la realidad.
- Sacramental: un signo que no solo apunta, sino que comunica realidad.
- Autoridad: Dios guiando y transformando a través de la Escritura.
Mini-glosario (un poco más explicado, pero sin tecnicismos)
Léelo solo si te trabas. Si no, puedes avanzar.
- Hermenéutica: el conjunto de hábitos ("qué doy por sentado") con los que leo la Biblia. No es neutral: siempre estás leyendo con algún lente.
- Naturalismo metodológico: una regla académica: explicar todo sin apelar a Dios actuando. En estudios bíblicos suele traducirse en sospecha hacia milagros, resurrección y revelación.
- Metafísica: el "marco invisible" que define qué consideras real y posible. Si tu marco dice "Dios no actúa", ciertos textos ya vienen "cerrados" desde el inicio.
- Sacramental: Es la idea de que Dios usa cosas creadas (palabras, agua, pan, vino) para comunicarse y obrar realmente.
- Res: la realidad a la que el texto quiere conducirte (no solo información).
Imagina que dos personas leen un relato de milagro en los evangelios. Las dos son inteligentes, las dos aman la Biblia, pero parten de supuestos distintos:
- Lector A (marco "cerrado"): "En el mundo real no pasan estas cosas". Entonces leerá el texto buscando qué simboliza o cómo se creó la historia.
- Lector B (marco "cristiano clásico"): "Dios sostiene y gobierna el mundo, y puede obrar de modos inusuales". Entonces leerá el texto preguntando: ¿qué hizo Dios aquí y qué revela de Cristo?
Nota: el punto no es "A es malo y B es bueno". El punto es que antes de discutir métodos, hay que notar que ya estamos discutiendo qué tipo de mundo creemos que existe.
En muchas iglesias pasa lo mismo: abrimos la Biblia para buscar dirección… y terminamos en pelea.
Dos cristianos sinceros citan pasajes, ambos dicen “la Biblia es clara”, y aun así llegan a conclusiones opuestas.
A veces el tema es ético (sexualidad, dinero, poder), otras veces es doctrinal, otras veces es simplemente cómo vivir.
N.T. Wright describe este fenómeno como un “diálogo de sordos”: hablamos mucho de “autoridad bíblica”,
pero no siempre estamos usando las mismas reglas de lectura ni las mismas expectativas sobre lo que la Biblia es.
Este artículo no intenta ganar una guerra cultural. Intenta algo más básico:
entender por qué se nos fragmentó la lectura y cómo recuperar una forma de interpretar
que sea cristiana en serio: enraizada en la fe de la iglesia, atenta al texto, y abierta a que Dios realmente hable.
Hasta que reconozcamos este hecho, lo comprendamos y lo abordemos, seguiremos encontrando que las discusiones sobre la autoridad de la Escritura permanecerán como un “diálogo de sordos”.
La pregunta que nos confronta no es meramente técnica o metodológica, sino profundamente teológica y espiritual: ¿qué es realmente la Escritura y cómo debemos acercarnos a ella?
Craig Carter plantea el problema con precisión quirúrgica: "Antes de poder interpretar la Biblia, debemos decidir qué es." Esta afirmación aparentemente simple esconde una complejidad profunda. Porque la respuesta a esta pregunta no puede darse desde un punto de vista neutral o secular. Como Carter insiste con vehemencia, "si la hermenéutica académica ha de ser reformada para convertirse en una base adecuada para el ministerio de predicación y enseñanza de iglesias saludables y en crecimiento, debe ser reformada sobre una base teológica." El papel de la filosofía en la hermenéutica debe ser secundario a la descripción teológica enraizada en la revelación especial. La teología debe dar forma a la filosofía que da forma a la hermenéutica.
Esta propuesta nos sitúa en un territorio incómodo para muchos lectores contemporáneos, formados en el naturalismo metodológico de la academia moderna. Pero es precisamente este naturalismo, este intento de leer la Biblia como si Dios no hablara a través de ella, lo que ha conducido al callejón sin salida hermenéutico en el que nos encontramos. Como afirma John Webster en una de sus declaraciones más penetrantes: "No se convoca a Dios ante la presencia de la razón; la razón es convocada ante la presencia de Dios."
Para comprender nuestra situación actual, debemos remontarnos a los orígenes. La Biblia ha sido siempre central en la vida de la iglesia cristiana. Jesús mismo fue profundamente formado por las escrituras que conocía, los antiguos textos hebreos y arameos cuyas historias, cantos, profecías y sabiduría permeaban el mundo judío de su tiempo. Los primeros cristianos escrutaron esas mismas escrituras en su esfuerzo por comprender lo que el Dios viviente había logrado a través de Jesús, y en su afán por reordenar su vida apropiadamente.
A finales del segundo siglo, algunas de las mentes cristianas más grandes estaban haciendo del estudio y exposición de la Escritura —tanto los antiguos textos israelitas como los más recientes textos griegos escritos por los seguidores de Jesús— una parte importante de su trabajo en la promoción de la misión de la iglesia y su fortalecimiento contra la persecución externa y la controversia interna.A menudo pensamos en figuras como Orígenes, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Tomás de Aquino, Martín Lutero o Juan Calvino como “teólogos”. Pero ellos se habrían visto a sí mismos, ante todo, como maestros de la Biblia. La separación moderna entre “teología” y “estudios bíblicos” les habría parecido extraña.
Nota de lectura · La exégesis sacramental de los padres
Hans Boersma, en su monumental obra Scripture as Real Presence: Sacramental Exegesis in the Early Church, describe con gran detalle y perspicacia penetrante la exégesis sacramental de los padres de la iglesia primitiva. Lejos de ser una descripción histórica desapasionada, su libro es en realidad un argumento a favor de la relevancia contemporánea de la exégesis patrística.
Su punto no es que debamos copiar y repetir esclavizadamente las elecciones exegéticas exactas de los padres en todos los aspectos, sino que su convicción de que "Cristo es el tesoro escondido presente en los visibilia (las realidades visibles y figurativas) del Antiguo Testamento" es tan verdadera hoy como siempre lo fue.
Boersma señala que la debilidad de la exégesis histórica moderna es que "no trata al Antiguo Testamento como un sacramento (sacramentum) que ya contiene la realidad (res) del Nuevo Testamento de Cristo." Agustín, observa Boersma, "regularmente se refiere a los textos escriturales como sacramenta", lo que indica las profundas raíces de esta visión de la Escritura en la Gran Tradición.
Esta comprensión sacramental de la Escritura —la convicción de que el texto bíblico no es meramente un registro histórico sino un medio a través del cual el Dios viviente se encuentra con su pueblo— permeó la interpretación cristiana durante los primeros quince siglos de la iglesia. No se trataba simplemente de una técnica exegética entre otras, sino de una ontología textual, una comprensión del ser mismo de la Escritura como lugar de encuentro divino-humano.
Los reformadores del siglo XVI apelaron a la Escritura en oposición a las tradiciones que habían crecido en la iglesia durante la Edad Media. Las iglesias que se derivan de la Reforma enfatizan todas (como lo habían hecho los primeros padres) la importancia central de la Biblia. Ya sean luteranas o reformadas, anglicanas, presbiterianas, bautistas o metodistas, o las iglesias pentecostales más recientes, todas oficialmente otorgan a la Escritura el lugar central en su fe, vida y teología.
Pero es crucial entender que los Reformadores no rompieron con la comprensión sacramental de la Escritura que caracterizaba a la Gran Tradición. Como señala Timothy George: "La predicación del Evangelio como evento sacramental está en el corazón de la teología de la Reforma. La predicación también está en el corazón de la fe de la Reforma: la predicación como un medio indispensable de gracia y un signo seguro de la iglesia verdadera."
Nota de lectura · Lutero y la viva vox Dei
Para Martín Lutero, la Escritura no era simplemente un libro de doctrinas o un manual de moral. Era la viva vox Dei, la voz viva de Dios. Cuando el predicador proclamaba fielmente el texto bíblico, no estaba simplemente transmitiendo información histórica o proponiendo interpretaciones teológicas. Estaba sirviendo como instrumento a través del cual el Cristo resucitado hablaba a su pueblo aquí y ahora.
Esta comprensión explica la centralidad que Lutero otorgó a la predicación en el culto reformado. No era un añadido educativo o devocional, sino el momento culminante en el que la congregación se encontraba con su Señor a través de su Palabra proclamada.
Calvino compartía esta visión. Para él, las Escrituras eran el "espejo" en el que contemplábamos a Dios, pero también el instrumento a través del cual el Espíritu Santo operaba para transformar a los creyentes a la imagen de Cristo. La interpretación no era un ejercicio intelectual neutral sino un acto de sumisión espiritual.
La distinción que marca las iglesias post-Reforma de las iglesias ortodoxas orientales y católicas romanas no es, por tanto, un rechazo de la comprensión sacramental de la Escritura, sino más bien un énfasis en la suficiencia y claridad de la Escritura frente a la complejidad de la tradición acumulada. Pero tanto las iglesias antiguas como las reformadas nunca han retrocedido de la insistencia en que la Escritura permanece como la Palabra escrita de Dios.
La verdadera fractura en la hermenéutica cristiana no vino con la Reforma, sino con la Ilustración y el surgimiento del pensamiento modernista. Aquí es donde Carter ofrece su análisis más penetrante y perturbador del desarrollo histórico que nos ha traído a la crisis actual.
El problema comienza con la asunción filosófica fundamental del naturalismo metodológico. Como Carter explica meticulosamente, figuras como Baruch Spinoza y David Friedrich Strauss desarrollaron enfoques de la Escritura que deliberadamente la trataban como cualquier otro texto antiguo, despojándola de su carácter único como Palabra de Dios. Spinoza argumentó que la Biblia debía interpretarse según los mismos principios que cualquier otro libro, sin recurrir a la iluminación divina o la autoridad eclesiástica. Strauss fue aún más lejos, aplicando una crítica racionalista radical que reducía los relatos evangélicos a "mitos" que expresaban verdades filosóficas pero no eventos históricos reales.
La secularización como método. Lo crucial es entender que esta secularización no fue simplemente un desarrollo neutral o inevitable de la investigación histórica. Fue una decisión filosófica y teológica deliberada, basada en presuposiciones metafísicas específicas sobre la naturaleza de Dios, el mundo y la posibilidad del milagro.
Strauss definió el "supernaturalismo" como la creencia en que Dios interviene en el mundo desde el exterior, rompiendo las leyes naturales que normalmente lo gobiernan. Esta definición, como Carter señala agudamente, "es bastante diferente de la definición de supernaturalismo en la Gran Tradición, en la cual el mundo no es autosuficiente y no opera según sus propias leyes con Dios en el 'exterior'. En la Gran Tradición, Dios es inmanente además de trascendente y sostiene el ser del mundo en existencia en cada momento de cada día, lo que hace de Dios la causa última de todo lo que sucede."
Esta diferencia metafísica es absolutamente fundamental. En la metafísica moderna, el atributo de autoexistencia (aseidad) se transfiere de Dios al mundo, lo que hace al mundo igual en divinidad a Dios y así reduce a Dios a un ser entre seres (teísmo personalista). Dios y el mundo se confrontan entre sí como dos entidades autoexistentes y autosuficientes en la modernidad, lo que genera todo tipo de pseudoproblemas filosóficos incluyendo libre albedrío versus determinismo, el problema mente-cuerpo, el problema de la causación, el problema de los milagros, y así sucesivamente.
Nota de lectura · El milagro en dos metafísicas
En la metafísica moderna: Un milagro es una violación de las leyes naturales por parte de Dios desde el exterior del sistema cerrado de la naturaleza. Es, por definición, increíble porque contradice todo lo que conocemos sobre cómo funciona el mundo.
En la Gran Tradición: Un milagro es Dios actuando de una manera que nos parece inusual, pero tal acción no es en principio diferente de la acción providencial continua de Dios que ocurre todo el tiempo. Dios no es ajeno al mundo en la Gran Tradición como lo es en la filosofía moderna.
La implicación hermenéutica es devastadora: si adoptamos la metafísica moderna, debemos leer la Biblia con escepticismo hacia cualquier relato de intervención divina. Si mantenemos la metafísica cristiana clásica, tales relatos son perfectamente coherentes con nuestra comprensión de quién es Dios y cómo se relaciona con su creación.
El resultado de este giro modernista fue la creación de una brecha cada vez más amplia entre la fe de la iglesia y el estudio académico de la Biblia. Los eruditos bíblicos, formados en las universidades donde reinaba el naturalismo metodológico, aprendieron a leer la Escritura como historiadores seculares, preguntándose no "¿qué nos dice Dios aquí?" sino "¿qué nos dice este texto sobre las creencias religiosas de sus autores humanos?" La Biblia se convirtió en un objeto de estudio histórico más que en el sujeto que nos estudia a nosotros.
Si la modernidad secularizó la interpretación bíblica, la postmodernidad la fragmentó aún más. Wright identifica tres áreas particularmente problemáticas en la interacción entre la cultura postmoderna y la Escritura.
Primero, las grandes historias antiguas sobre quiénes somos y para qué estamos aquí han sido desafiadas y deconstruidas. En cierto sentido, esto es volver la retórica del modernismo contra sí misma. El modernismo (el movimiento que comenzó con la Ilustración del siglo XVIII) avanzó, a través de escritores como Voltaire, atacando la gran historia abarcadora contada por la iglesia. La postmodernidad ahora ha hecho lo mismo con todas las grandes historias por las cuales los seres humanos ordenan sus vidas ("metanarrativas"), no menos las historias de "progreso" e "iluminación" que el modernismo mismo hizo su acción común.
La Biblia, bastante obviamente, no solo ofrece algunas historias individuales bastante sustanciales sobre Dios, el mundo y la humanidad, sino que en su forma canónica, desde Génesis hasta Apocalipsis, cuenta una sola historia abarcadora que parece ser precisamente el tipo de cosa que las personas hoy han aprendido a resistir. Como todas las metanarrativas, es instantáneamente sospechosa de ser contada para promover el interés de alguien. Es, sospechan las personas, algún tipo de jugada de poder.
La paradoja postmoderna. La postmodernidad rechaza las metanarrativas como instrumentos de poder, pero este mismo rechazo funciona como una metanarrativa implícita: la historia de cómo las grandes historias nos han oprimido y debemos liberarnos de ellas. Es una metanarrativa sobre el fin de las metanarrativas, lo cual es performativamente autocontradictorio.
Segundo, la noción de verdad ha estado bajo escrutinio y de hecho bajo ataque. Muchos hoy operan con dos tipos bastante diferentes de "verdad". Si preguntáramos: "¿Es verdad que Jesús murió en una cruz?" normalmente querríamos decir: "¿Realmente sucedió?" Pero si preguntáramos: "¿Es verdadera la parábola del Hijo Pródigo?" rápidamente descartaríamos la idea de que "realmente sucedió"; eso simplemente no es el tipo de cosa que son las parábolas. Insistiríamos en que, en un sentido bastante diferente, la parábola es de hecho "verdadera" en el sentido de que descubrimos dentro de la narrativa una imagen de Dios y su amor, y de múltiples capas de locura humana, que suena verdadera en todo tipo de niveles de conocimiento y experiencia humana.
El problema surge cuando esta distinción entre tipos de verdad se aplica de manera que toda verdad se vuelve subjetiva o relativa a la comunidad interpretativa. Si no hay verdad objetiva, sino solo interpretaciones que sirven a intereses particulares, entonces la afirmación de que la Escritura es la Palabra de Dios se convierte simplemente en una expresión de la voluntad de poder de la comunidad cristiana.
Tercero, la autoridad misma se ha vuelto problemática en la cultura postmoderna. En una época de desconfianza institucional generalizada, cualquier apelación a la autoridad —ya sea la autoridad de la tradición, de la iglesia, o de la Escritura misma— es vista con sospecha. La autoridad se equipara con autoritarismo, y la sumisión con la pérdida de autonomía personal.
Nota de lectura · El contexto cultural más amplio
Wright señala que estas cuestiones sobre metanarrativas, verdad y autoridad no afectan solo a la interpretación bíblica, sino que se entrelazan con cuestiones culturales, políticas, filosóficas, teológicas y éticas más amplias. La manera en que leemos la Biblia está inevitablemente conformada por las presuposiciones de nuestra cultura más amplia.
En el mundo occidental contemporáneo, vivimos en lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llamó "modernidad líquida": un contexto cultural donde todas las certezas sólidas se han derretido, donde las identidades son fluidas, donde las instituciones tradicionales han perdido legitimidad, y donde cada individuo es su propia autoridad última.
En este contexto, la afirmación de que existe una Palabra de Dios objetiva que reclama nuestra obediencia es profundamente contracultural. No es sorprendente que muchos cristianos contemporáneos, inconscientemente formados por estas presuposiciones culturales, busquen reinterpretar la autoridad escritural de maneras que la hagan más compatible con la autonomía individual moderna.
En medio de esta crisis hermenéutica, Craig Carter y N.T. Wright emergen como dos voces proféticas que, desde perspectivas ligeramente diferentes pero profundamente complementarias, llaman a la iglesia a recuperar una comprensión teológicamente robusta de la Escritura y su interpretación.
La contribución central de Carter es su insistencia en que la hermenéutica debe ser reformada "sobre una base teológica." El papel de la filosofía en la hermenéutica, argumenta, "debe ser secundario a la descripción teológica enraizada en la revelación especial. La teología debe dar forma a la filosofía que da forma a la hermenéutica."
Esta es una propuesta radical en el contexto académico contemporáneo, donde se asume ampliamente que la teología debe justificarse ante el tribunal de la razón secular, que la fe debe acomodarse a las exigencias del naturalismo metodológico. Carter invierte esta prioridad. Como afirma citando a John Webster: "No se convoca a Dios ante la presencia de la razón; la razón es convocada ante la presencia de Dios"
La afirmación fundamental de Webster es que "la biblología antecede a la hermenéutica." Debemos saber qué es la Biblia antes de poder interpretarla correctamente. Pero la biblología misma no puede ser el punto de partida; la naturaleza del texto es inseparable de la res del texto, su tema y sustancia. La biblología es el relato de Dios hablando a través del texto, por lo que la biblología misma debe estar fundamentada dentro de la doctrina de Dios. No sabemos realmente qué es la Biblia hasta que sabemos quién es el que requisita estas palabras humanas y se revela a través de ellas.
Nota de lectura · El círculo hermenéutico como espiral ascendente
Carter reconoce abiertamente que existe "un cierto tipo de circularidad" en este enfoque, "no un círculo vicioso, sino más bien un círculo en expansión de comprensión." Debemos leer el texto para conocer a Dios, pero debemos conocer a Dios para leer el texto correctamente.
Este proceso, describe Carter, implica "leer el texto, meditar sobre él, sacar conclusiones de él, discutir sobre él, reflexionar sobre las implicaciones dogmáticas y filosóficas de esas conclusiones (quizás revisadas), y luego volver al texto y leerlo nuevamente desde nuestra nueva perspectiva." Las lecturas posteriores están conformadas por lecturas anteriores, pero resultan en una mayor comprensión.
Este es el contexto en el que se desarrolla una metafísica teológica que nos permite realizar gradualmente quiénes somos, dónde estamos, cuál es nuestra situación, quién nos está hablando y cómo debemos responder. Como lo expresa Webster, necesitamos "una ontología textual y hermenéutica." Carter prefiere el lenguaje de "metafísica teológica", por la cual entiende las implicaciones metafísicas de la doctrina nicena de Dios.
Lo crucial es que no definimos la situación en la que Dios puede hablar, y no establecemos límites sobre lo que Dios puede decir. En cambio, llegamos a entender nuestra verdadera situación solo cuando leemos profundamente las Escrituras y creemos la Palabra de Dios. Somos oyentes, lo que nos coloca en una posición subordinada lista para recibir lo que se da como don.
Carter desarrolla una comprensión de la interpretación bíblica como fundamentalmente un acto espiritual, no secular. "El acto de leer un texto bíblico no es un acto secular. En realidad es un encuentro divino-humano." Citando a Webster: "El acto de leer la Escritura —porque es el acto de leer la Escritura, el heraldo de la viva vox Dei— no es un caso de algo más, sino un acto que, aunque es análogo a otros actos, en sus alcances más profundos es sui generis."
Esta comprensión tiene implicaciones prácticas concretas. Nada es más fundamental para la vida cristiana que leer el texto de la Escritura y someter la propia vida a Aquel que habla su Palabra a través de las palabras humanas del texto inspirado. Y nada es más dañino para la vida cristiana que el intento de secularizar este acto de lectura; hacerlo es actuar como un ateo. Si leer con fe es cómo nos convertimos en cristianos, leer sin fe es cómo nos convertimos en ateos. Por lo tanto, las apuestas son altas.
Hermenéutica especial, no general. Carter argumenta que necesitamos no una hermenéutica general sino una hermenéutica especial. Esto no significa que no podamos usar técnicas de lectura que se utilizan para interpretar otros tipos de escritos. Solo significa que en el proceso de préstamo, estos métodos deben transformarse a la luz de la verdad teológica encontrada en la Biblia.
Para las personas formadas en la práctica espiritual de la interpretación bíblica, la lectura de todos los textos (y la escritura misma) se transforma como resultado de esta formación espiritual. El simple acto de resolver la gramática de una oración griega es algo que los no cristianos hacen todo el tiempo, pero en el caso del intérprete cristiano, se incorpora a una matriz más amplia de prácticas de lectura y así se santifica para uso del Espíritu Santo. La traducción precisa es traducción cristiana cuando es hecha por un creyente que busca escuchar al Dios viviente hablar y está listo para obedecer.
Mientras Carter se enfoca en la ontología de la Escritura y la necesidad de una fundamentación teológica para la hermenéutica, Wright aborda la cuestión desde el ángulo de la autoridad. Su contribución distintiva es reformular radicalmente cómo entendemos "la autoridad de la Escritura."
Como Wright señala incisivamente, "'la autoridad de la Escritura' es realmente una abreviatura de 'la autoridad de Dios ejercida a través de la Escritura'." La autoridad de Dios no es meramente su derecho a controlar y ordenar la iglesia, sino su poder soberano, ejercido en y a través de Jesús y el Espíritu, para llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a sujeción a su gobierno que juzga y sana. expone esto más espectacularmente que la mayoría de los pasajes.
En otras palabras, si vamos a ser fieles, al nivel más profundo, a lo que realmente significa la autoridad escritural, debemos entenderla así: Dios está trabajando, a través de la Escritura (en otras palabras, a través del Espíritu que está trabajando mientras las personas leen, estudian, enseñan y predican la Escritura) para energizar, habilitar y dirigir la misión saliente de la iglesia, anticipando genuinamente de esta manera el tiempo cuando todas las cosas serán hechas nuevas en Cristo. Al mismo tiempo, Dios está trabajando por los mismos medios para ordenar la vida de la iglesia, y de los cristianos individuales, para modelar y encarnar su proyecto de nueva creación en su unidad y santidad.
Nota de lectura · La metáfora del drama: más allá del literalismo y el liberalismo
Una de las contribuciones más fructíferas de Wright es su desarrollo de la metáfora del drama para entender la autoridad escritural. En esta analogía, la Escritura es como una gran obra de teatro en cinco actos:
Acto 1: Creación
Acto 2: Caída
Acto 3: Israel
Acto 4: Jesús
Acto 5: La Iglesia
Pero el quinto acto es peculiar: tenemos el inicio (los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas) pero no la conclusión (que vendrá con el retorno de Cristo). Vivimos entre el "ya" y el "todavía no" de este acto final.
La pregunta es: ¿cómo debe la iglesia, como los actores en el quinto acto, actuar su parte? No podemos simplemente repetir palabra por palabra lo que se dijo en actos anteriores; eso sería como si los actores de Hamlet del acto 5 simplemente repitieran líneas del acto 2. Pero tampoco podemos inventar libremente una historia completamente diferente; eso traicionaría la integridad de toda la obra.
Lo que se requiere es lo que Wright llama "actuación autorizada": los actores deben sumergirse tan profundamente en los primeros cuatro actos y el inicio del quinto que puedan improvisar de manera apropiada, fiel al carácter de toda la historia, llevando la narrativa hacia su conclusión prevista pero no todavía escrita.
Esta metáfora rompe el falso dilema entre literalismo (que trata cada comando bíblico como si fuera directamente aplicable en todas las épocas) y liberalismo (que trata la Biblia como una fuente de principios generales que podemos aplicar como nos parezca conveniente). En cambio, nos llama a una lectura profundamente contextualizada e históricamente consciente que, sin embargo, reconoce que somos parte de la misma gran historia.
Wright también enfatiza que la Escritura no ha vivido nunca solo dentro de la iglesia, porque la iglesia (si es fiel a su propia naturaleza y vocación) siempre está abierta al mundo de Dios. Nuestra cultura contemporánea incide en las preguntas que se hacen sobre la Biblia, y lo hace de diversas maneras. La interpretación bíblica nunca ocurre en un vacío cultural, sino siempre en diálogo (ya sea consciente o inconsciente) con los valores, presuposiciones y preguntas de nuestro contexto más amplio.
El papel del Espíritu Santo. Tanto Carter como Wright insisten en el papel indispensable del Espíritu Santo en la interpretación. Como dice Wright: Dios está trabajando a través del Espíritu que está trabajando mientras las personas leen, estudian, enseñan y predican la Escritura. No es que la Escritura sea una palabra muerta del pasado que nosotros, por nuestro ingenio hermenéutico, debemos hacer relevante para hoy. Es que el Cristo resucitado habla a través de la Escritura por el poder del Espíritu, y nuestra tarea es aprender a escuchar.
Aunque Carter y Wright abordan la cuestión desde ángulos ligeramente diferentes —Carter desde la ontología de la Escritura, Wright desde su función en la misión de la iglesia— sus perspectivas convergen poderosamente en varios puntos clave:
Primero, ambos rechazan el naturalismo metodológico que ha dominado la erudición bíblica moderna. Carter lo hace explícitamente, argumentando por una metafísica teológica contra el naturalismo filosófico. Wright lo hace implícitamente, insistiendo en que Dios está realmente trabajando a través de la Escritura para lograr sus propósitos, no meramente que creemos que lo hace.
Segundo, ambos enfatizan la unidad de la historia bíblica. Carter habla de la necesidad de ver la Escritura como un todo coherente que cuenta la historia del Dios Trino actuando para redimir su creación. Wright desarrolla esto a través de su metáfora del drama de cinco actos, mostrando cómo todas las partes de la Escritura contribuyen a una única gran narrativa.
Tercero, ambos insisten en que la interpretación bíblica no es un ejercicio puramente intelectual sino un acto espiritual que transforma al intérprete. Carter habla de esto en términos de la lectura como encuentro divino-humano. Wright lo expresa diciendo que la Escritura no solo informa la misión de la iglesia sino que energiza y dirige esa misión.
Cuarto, ambos rechazan tanto el fundamentalismo (que trata la Biblia como un oráculo atemporal de proposiciones divinas) como el liberalismo (que reduce la Biblia a un registro humano de experiencias religiosas). Ambos llaman a una lectura históricamente consciente pero teológicamente robusta que reconoce tanto el carácter humano como el divino de la Escritura.
Quinto, ambos ven la Escritura como funcionando sacramentalmente —no como idéntica a Cristo (lo que sería docetismo escritural) pero como un medio verdadero y efectivo a través del cual el Cristo resucitado se encuentra con su pueblo. Como dice Webster (citado por Carter): "La Escritura no tiene una naturaleza divina." Pero esto no significa que debamos secularizar la Escritura como puramente natural, y no significa que "desacoplemos los signos escriturales y la Palabra divina" de manera "nominalista."
Una de las recuperaciones más importantes tanto en Carter como en Wright es la comprensión de la Escritura como medio de encuentro con el Dios viviente, no simplemente como objeto de estudio histórico o teológico. Esta es una perspectiva profundamente enraizada en la Gran Tradición pero largamente eclipsada en la modernidad.
Como Carter expresa vívidamente: "El acto de leer un texto bíblico no es un acto secular. En realidad es un encuentro divino-humano." Esta afirmación desafía fundamentalmente el enfoque dominante en la academia bíblica moderna, donde se asume que el estudio de la Escritura debe proceder según los mismos métodos utilizados para estudiar cualquier otro texto antiguo.
La diferencia no es que los cristianos no puedan usar herramientas críticas, históricas o filológicas. Por supuesto que pueden y deben. El punto es que estas herramientas deben ser tomadas y transformadas dentro de una matriz más amplia de prácticas espirituales. El simple acto de resolver la gramática de una oración griega es algo que los no cristianos hacen todo el tiempo, pero en el caso del intérprete cristiano, se incorpora a una matriz más amplia de prácticas de lectura y así se santifica para uso del Espíritu Santo.
Este concepto de res —la realidad a la que apunta el texto— es crucial. En la Gran Tradición, el texto bíblico no es simplemente un signo que puede interpretarse de múltiples maneras igualmente válidas. Apunta a una realidad objetiva: el Dios Trino que se ha revelado en la historia y supremamente en Jesucristo. La interpretación correcta no es aquella que satisface nuestras necesidades psicológicas o que afirma nuestros valores culturales, sino aquella que nos pone en contacto genuino con esta realidad divina.
Carter, siguiendo a Webster, insiste en mantener una distinción crucial entre encarnación y sacramento. La Escritura funciona sacramentalmente, pero no es idéntica a la encarnación del Hijo de Dios. Esta es una distinción sutil pero profundamente importante.
La tentación para muchos defensores de una "alta" visión de la Escritura es empujar la analogía entre la Palabra escrita y la Palabra encarnada tan lejos que terminan atribuyendo a la Escritura propiedades que solo pertenecen propiamente a Cristo. Como Carter señala, comentando sobre la propuesta de Telford Work en Living and Active: Scripture in the Economy of Salvation, aunque es una de las pocas obras contemporáneas que toma en serio la necesidad de una ontología teológica de la Biblia, "va mal" al no mantener la distinción Creador-criatura con suficiente rigor. Como dice Webster: "La Escritura no tiene una naturaleza divina."
Pero —y esto es crucial— esto no significa que debamos secularizar la Escritura como puramente natural, y no significa que "desacoplemos los signos escriturales y la Palabra divina" de manera "nominalista." Lo que Webster busca aquí es la distinción entre encarnación y sacramento. Para él, la Escritura funciona sacramentalmente; la doctrina de la inspiración (que él desarrolla como providencia, santificación e inspiración) es la explicación teológica de cómo sucede esto.
Sacramentalidad escritural. Un sacramento, en la comprensión cristiana clásica, es un signo visible de una gracia invisible. Es tanto signo como instrumento: apunta a una realidad más allá de sí mismo, pero también es el medio a través del cual esa realidad se hace presente y efectiva. La Escritura funciona de esta manera: apunta más allá de sí misma a Cristo, pero también es el medio a través del cual Cristo se encuentra con su pueblo.
Esta comprensión sacramental de la Escritura tiene profundas raíces en la tradición cristiana. Hans Boersma, en su meticuloso estudio Scripture as Real Presence: Sacramental Exegesis in the Early Church, muestra que Agustín "regularmente se refiere a los textos escriturales como sacramenta", lo que indica las profundas raíces de esta visión de la Escritura en la Gran Tradición.
Boersma argumenta que el punto central de la exégesis patrística era que "Cristo es el tesoro escondido presente en los visibilia del Antiguo Testamento." Esta no es una lectura "alegórica" arbitraria que ignora el sentido histórico literal del texto. Más bien, es una lectura que reconoce que la historia misma de Israel, en todos sus detalles concretos, fue providencialmente ordenada para apuntar hacia y preparar para la venida de Cristo.
La debilidad de la exégesis histórica moderna, según Boersma, es que "no trata al Antiguo Testamento como un sacramentum que ya contiene la realidad (res) del Nuevo Testamento de Cristo." Al insistir en leer el Antiguo Testamento "en sus propios términos", sin referencia a Cristo, los exegetas modernos han roto la unidad de la historia bíblica y han reducido el Antiguo Testamento a simplemente un documento de la religión israelita antigua.
Si la Escritura funciona sacramentalmente, si Cristo es el tesoro escondido en ella, entonces toda lectura verdaderamente cristiana debe ser cristológica. Esto no significa forzar a Cristo en cada texto de manera artificial. Significa reconocer que toda la historia bíblica, desde la creación hasta la nueva creación, encuentra su centro y significado en Cristo.
Nota de lectura · Jesús como hermeneuta de la Escritura
Los Evangelios presentan repetidamente a Jesús interpretando las Escrituras cristológicamente. En el camino a Emaús, el Cristo resucitado "comenzando desde Moisés y desde todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían" . A los líderes judíos, Jesús dice: "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí" .
Los apóstoles siguieron este patrón. Pedro, en su sermón de Pentecostés, interpreta el Salmo 16 cristológicamente . Pablo argumenta que "todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén" . El autor de Hebreos lee todo el sistema sacrificial del Antiguo Testamento como apuntando hacia el sacrificio final de Cristo.
Esta no es una lectura que ignora el contexto histórico original de los textos. Los apóstoles conocían bien ese contexto. Pero veían ese contexto mismo como providencialmente ordenado para preparar para y apuntar hacia Cristo. La historia de Israel no era simplemente la historia de un pueblo antiguo; era el escenario que Dios estaba preparando para el drama central de la redención.
Pero la lectura cristológica de la Escritura no es simplemente una técnica hermenéutica que podamos dominar por nuestro propio poder intelectual. Requiere la iluminación del Espíritu Santo. Como enseña: "El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente."
Esto no significa que la interpretación bíblica sea irracional o que podamos ignorar los procesos ordinarios de razonamiento y análisis textual. Significa que sin el trabajo del Espíritu en nosotros, podemos estudiar la Biblia exhaustivamente como literatura religiosa antigua sin nunca encontrar al Cristo viviente a quien testifica.
Como Wright expresa: "Dios está trabajando, a través de la Escritura (en otras palabras, a través del Espíritu que está trabajando mientras las personas leen, estudian, enseñan y predican la Escritura) para energizar, habilitar y dirigir la misión saliente de la iglesia." El Espíritu no trabaja en lugar de nuestro estudio cuidadoso de la Escritura, sino a través de él, para llevarnos al encuentro con Cristo y equiparnos para su misión.
Una de las contribuciones más importantes de Wright es su reformulación de lo que significa "la autoridad de la Escritura." La frase misma, argumenta, es problemática porque sugiere que la Escritura en sí misma ejerce autoridad, cuando en realidad "la autoridad de la Escritura" es una abreviatura de "la autoridad de Dios ejercida a través de la Escritura."
Esta distinción no es meramente semántica. Transforma nuestra comprensión de cómo funciona la autoridad escritural. La autoridad de Dios no es meramente su derecho a controlar y ordenar la iglesia, aunque incluye eso. Es su poder soberano, ejercido en y a través de Jesús y el Espíritu, para llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a sujeción a su gobierno que juzga y sana.
Autoridad dinámica vs. estática. En una comprensión estática de la autoridad, la Escritura es como un código legal que simplemente aplicamos a situaciones. En una comprensión dinámica, la Escritura es el medio a través del cual el Dios viviente habla y actúa para transformar individuos, comunidades y, en última instancia, todo el cosmos. La autoridad no es solo el derecho de Dios a ser obedecido; es su poder para efectuar lo que declara.
Wright desarrolla esta comprensión dinámica de la autoridad a través de su análisis de cómo la Escritura ha funcionado en la vida de la iglesia a través de los siglos. Desde el principio, la Escritura ha sido central no solo para el pensamiento de la iglesia sino también para su alabanza y oración. El uso de los Salmos en el corazón de la adoración cristiana en muchas tradiciones, la lectura del evangelio dentro de la liturgia eucarística en muchas si no la mayoría de las ramas de la iglesia, indica la creencia implícita pero poderosa de que la Biblia continúa siendo tanto un modo central en el cual Dios dirige su pueblo como un modo central en el cual su pueblo responde.
La lectura y el estudio generalizados de la Escritura en privado, una vez un fenómeno más particularmente protestante pero ahora ampliamente alentado entre los católicos romanos también, tiene un largo historial como parte central de la devoción cristiana. No solo devoción: discipulado. La lectura y el estudio de la Escritura se han visto como centrales para cómo crecemos en el amor de Dios; cómo llegamos a entender a Dios y su verdad más completamente; y cómo podemos desarrollar el músculo moral para vivir de acuerdo con el evangelio de Jesús incluso cuando todo parece estar tirando en sentido contrario.
Nota de lectura · La Escritura en la formación espiritual
La comprensión de la autoridad escritural como poder transformador tiene implicaciones profundas para la formación espiritual. Si la Escritura es el medio a través del cual Dios nos transforma, entonces nuestra relación con ella no puede ser meramente intelectual o académica. Debe ser profundamente personal y espiritual.
Esto explica prácticas antiguas como la lectio divina (lectura divina), donde el énfasis no está en cubrir grandes porciones de texto o en dominar información, sino en escuchar atentamente lo que Dios podría estar diciendo a través de un pasaje particular. Es una lectura lenta, meditativa, receptiva, que busca no solo entender el texto sino ser transformado por él.
Explica también por qué la memorización de la Escritura ha sido tan valorada en la tradición cristiana. Cuando un pasaje vive en nuestra memoria, está disponible para que el Espíritu lo traiga a la mente en el momento apropiado, para consuelo, corrección, guía o aliento. La Escritura memorizada se convierte en parte de la estructura interna de nuestra conciencia.
Y explica por qué la adoración corporativa ha mantenido tradicionalmente la lectura pública de la Escritura en un lugar central. No es solo que estemos aprendiendo sobre la Biblia; es que estamos encontrándonos con el Dios viviente que habla a través de ella. La lectura pública de la Escritura es un evento sacramental.
Una de las herramientas más útiles que Wright proporciona para pensar sobre la autoridad escritural es su metáfora del drama en cinco actos. Esta metáfora nos ayuda a navegar entre el Escila del literalismo y el Caribdis del liberalismo.
El literalismo trata cada comando o ejemplo bíblico como si fuera directamente aplicable en todas las épocas y contextos. Si Pablo instruye a las mujeres a usar velos , entonces las mujeres cristianas de hoy deben usar velos. Si Jesús lavó los pies de sus discípulos , entonces todas las iglesias deben practicar el lavado de pies regular. Esta lectura ignora la naturaleza históricamente particular de la Escritura.
El liberalismo, por otro lado, trata la Biblia como una fuente de principios generales o ideas inspiradoras que podemos aplicar como nos parezca apropiado. Si hay un principio general de "amor" o "justicia", entonces podemos decidir nosotros mismos cómo aplicar esos principios en nuestro contexto, sin estar particularmente limitados por lo que la Escritura dice realmente. Esta lectura roba a la Escritura de cualquier autoridad real.
La metáfora del drama ofrece una tercera vía. Imaginemos que tenemos una obra shakespeariana perdida en cinco actos. Tenemos los primeros cuatro actos completos y el inicio del quinto acto, pero no el final. Los actores encargados de completar y representar el quinto acto no pueden simplemente repetir líneas de actos anteriores; eso traicionaría el desarrollo dramático de la narrativa. Pero tampoco pueden inventar libremente una historia completamente nueva; eso traicionaría la integridad de la obra.
Nota de lectura · Los cinco actos del drama bíblico
Wright propone esta estructura para el drama bíblico:
Acto 1: Creación
Génesis 1-2 nos presenta un mundo creado bueno, con la humanidad hecha a imagen de Dios y comisionada para gobernar la creación bajo Dios.
Acto 2: Caída
Génesis 3-11 narra la rebelión humana contra Dios y sus devastadoras consecuencias: alienación de Dios, de los demás, de nosotros mismos y de la creación.
Acto 3: Israel
De Génesis 12 a Malaquías, Dios llama a un pueblo particular —Israel— para ser el medio a través del cual bendecirá a todas las naciones. Pero Israel mismo necesita redención.
Acto 4: Jesús
Los Evangelios narran la culminación de la historia de Israel en Jesucristo, quien es el Mesías de Israel y el Señor del mundo. Su muerte y resurrección logran la redención que Israel no pudo lograr.
Acto 5: La Iglesia
Desde Hechos hasta Apocalipsis, vemos el inicio del último acto: la iglesia, empoderada por el Espíritu, llevando el mensaje de Cristo a los confines de la tierra. Pero vivimos entre la ascensión de Cristo y su retorno, entre el "ya" y el "todavía no" del reino de Dios. El acto no está completo.
Nuestra tarea, entonces, es discernir cómo actuar nuestra parte en este drama de manera que sea fiel al carácter de toda la historia y que lleve la narrativa hacia su conclusión prevista. Esto requiere una inmersión profunda en los primeros cuatro actos y el inicio del quinto, para que podamos improvisar de manera apropiada.
Esta metáfora ilumina varios aspectos de cómo funciona la autoridad escritural. Primero, reconoce que vivimos en un momento diferente en la historia de la redención que, digamos, los israelitas bajo la ley mosaica o incluso los primeros apóstoles antes de Pentecostés. No podemos simplemente repetir lo que hicieron; debemos discernir cómo actuar fielmente en nuestro propio contexto histórico.
Segundo, insiste en que no somos libres de inventar una historia completamente nueva. Estamos limitados por el carácter y la trayectoria de la historia tal como se ha desarrollado en los actos anteriores. Si los primeros cuatro actos son sobre el Dios que crea, redime y se compromete con su creación en amor fiel, no podemos de repente inventar un quinto acto sobre un Dios que abandona la creación o es indiferente al sufrimiento humano.
Tercero, requiere tanto conocimiento profundo de la Escritura como sabiduría impulsada por el Espíritu para aplicarla. Los mejores actores no son aquellos que simplemente repiten líneas memorizadas, sino aquellos que han internalizado tan profundamente el carácter de sus personajes y el mundo de la obra que pueden responder auténticamente a nuevas situaciones. De manera similar, los mejores intérpretes bíblicos no son necesariamente aquellos que pueden citar el mayor número de versículos, sino aquellos cuya imaginación ha sido tan formada por la narrativa bíblica que pueden discernir cómo vivir fielmente en nuevos contextos.
Ni Carter ni Wright creen en la interpretación bíblica como un ejercicio puramente individual. Ambos enfatizan el papel crucial de la comunidad de fe en la interpretación de la Escritura.
Para Carter, esto está relacionado con su énfasis en la Gran Tradición. No leemos la Escritura de novo, como si nadie la hubiera leído antes. Leemos dentro de una tradición de interpretación que se extiende de vuelta a los apóstoles. Esto no significa que la tradición sea infalible o que no pueda ser corregida por un retorno a la Escritura. Significa que la tradición es una guía valiosa, el registro de cómo el Espíritu ha guiado a la iglesia en su comprensión de la Escritura a través de los siglos.
La herencia de los santos. Cuando ignoramos la tradición interpretativa de la iglesia, nos condenamos a repetir errores antiguos. Como escribió G.K. Chesterton, la tradición es "la democracia de los muertos": nos niega el derecho a someternos solo a aquellos que casualmente estén vivos en nuestro propio tiempo. Los grandes maestros de la fe —Atanasio, Agustín, Anselmo, Aquino, Lutero, Calvino, Wesley— no tienen autoridad sobre la Escritura, pero sí tienen autoridad bajo la Escritura como intérpretes especialmente dotados a quienes el Espíritu ha usado poderosamente en la historia de la iglesia.
Para Wright, el énfasis está más en la comunidad interpretativa presente que en la tradición histórica, aunque ciertamente no ignora la historia. La iglesia, argumenta, está llamada a leer la Escritura juntos, en comunidad. Esto proporciona controles y equilibrios importantes contra las interpretaciones idiosincrásicas o interesadas que los individuos pueden imponer al texto.
Además, diferentes partes del cuerpo de Cristo aportan diferentes perspectivas y dones a la tarea de interpretación. Un pastor puede tener ideas sobre cómo un texto se aplica pastoralmente que un académico podría pasar por alto. Un teólogo sistemático puede ver conexiones entre textos que iluminan ambos. Un historiador de la iglesia puede señalar cómo este texto ha sido entendido (y mal entendido) en el pasado. Una mujer africana puede ver aspectos del texto que un hombre europeo nunca notaría.
Nota de lectura · La interpretación como práctica eclesial
La interpretación de la Escritura no es, en última instancia, una actividad académica sino una práctica eclesial. Se lleva a cabo en y para la comunidad de fe. Su propósito no es principalmente producir artículos académicos (aunque esos pueden ser valiosos) sino equipar a la iglesia para su misión y edificar su vida común.
Esto significa que los intérpretes bíblicos son responsables ante la iglesia. No son agentes libres que pueden interpretar la Escritura como les plazca. Son servidores del cuerpo de Cristo, llamados a manejar la Palabra de Dios con cuidado y fidelidad.
También significa que la prueba de una interpretación no es solo si es académicamente respetable, sino si edifica la iglesia. ¿Profundiza el amor de los creyentes por Dios? ¿Clarifica la misión de la iglesia? ¿Promueve la santidad y la unidad? ¿Da esperanza? Estas no son las únicas preguntas que hacemos sobre una interpretación, pero son preguntas legítimas e importantes.
Finalmente, significa que toda la iglesia, no solo los especialistas, tiene un papel en la interpretación. Como el movimiento de la Reforma insistió, el sacerdocio de todos los creyentes incluye el derecho y la responsabilidad de todos los cristianos de leer e interpretar la Escritura. Los líderes de la iglesia son maestros y guías en este proceso, no guardianes que controlan el acceso a la Escritura.