Qué se va a leer
Los cinco pasajes anteriores de la línea hablan de Jesús que sana, de la Iglesia que unge, del Dios que se llama sanador y de los Doce enviados. Este habla de cómo la curación vive en la Iglesia después de los apóstoles: como un carisma. Pablo pone «dones de sanidades» en una lista de nueve manifestaciones del Espíritu, dice para qué se dan (el provecho común), quién los reparte (el único Espíritu) y con qué criterio (como él quiere). Sobre ese texto se discutió durante veinte siglos si las curaciones continuaron: Justino, Ireneo, Orígenes y Agustín dijeron que sí; Crisóstomo, que ya no; Calvino, que fueron temporales; Wesley, que siguen de otro modo; el siglo XIX, que nunca debieron faltar. Este artículo lee primero los dos plurales y la soberanía del Espíritu, y después esa discusión con las reglas de cada época.
«Acerca de los dones espirituales, hermanos, no quiero que estéis en ignorancia» (12:1). Con esa fórmula Pablo abre la respuesta a una de las preguntas que los corintios le habían enviado, y la respuesta ocupa tres capítulos: el 12, sobre la variedad de los dones y la unidad del cuerpo; el 13, sobre el amor sin el cual los dones no son nada; el 14, sobre el orden en la asamblea, con las lenguas y la profecía como caso. Nuestro pasaje es el pórtico: antes de hablar del cuerpo y de sus miembros, Pablo establece que toda la variedad viene de un solo origen y sirve a un solo fin.
La estructura es visible. Tres frases paralelas (vv. 4-6) con tres palabras para los dones (carismas, servicios, actividades) y tres nombres divinos (el Espíritu, el Señor, Dios); una tesis (v. 7: a cada uno, la manifestación del Espíritu, para el provecho común); una lista de nueve manifestaciones (vv. 8-10) en la que «dones de sanidades» ocupa el cuarto lugar; y una conclusión (v. 11) que repite el principio y añade la soberanía: «repartiendo a cada uno como él quiere». Más adelante, en 12:28-30, Pablo dará una segunda lista, ahora de personas y funciones, con los «dones de sanidades» otra vez, y cerrará con preguntas retóricas cuya respuesta es no: «¿acaso todos tienen dones de sanidades?».
Para la línea temática, este es el texto que define la curación después de Jesús y de los Doce: no como poder de un oficio ni como promesa a todos, sino como carisma repartido. Qué significa eso, y si sigue vigente, es lo que las lecturas se disputan.
| Griego | Análisis | Lo que aporta |
|---|---|---|
| διαιρέσεις χαρισμάτων | «repartos de dones» | διαίρεσις es distribución más que diversidad; el verbo reaparece en el v. 11 (διαιροῦν). χάρισμα, «don de gracia», es la palabra de Pablo (dieciséis de las diecisiete veces del NT). |
| τὸ δὲ αὐτὸ πνεῦμα / ὁ αὐτὸς κύριος / ὁ αὐτὸς θεός | tres sujetos para tres repartos | El orden es Espíritu, Señor, Dios: ascendente. Orígenes leerá aquí la Trinidad; Henry también. |
| διακονιῶν / ἐνεργημάτων | «servicios», «efectos» | ἐνέργημα, «lo obrado», solo aquí y en el v. 10. Los dones son a la vez gracia, servicio y efecto. |
| ὁ ἐνεργῶν τὰ πάντα ἐν πᾶσιν | «el que obra todo en todos» | Dios como agente de todo efecto; el mismo verbo cerrará el pasaje aplicado al Espíritu (v. 11). |
| ἡ φανέρωσις τοῦ πνεύματος | «la manifestación del Espíritu» | Genitivo que puede ser subjetivo (el Espíritu se manifiesta) u objetivo (se hace visible el Espíritu). Crisóstomo: los dones son «una prueba sensible» del Espíritu invisible. |
| πρὸς τὸ συμφέρον | «para el provecho (común)» | El criterio. No «para el que lo recibe». |
| λόγος σοφίας / λόγος γνώσεως | «palabra de sabiduría / de conocimiento» | Calvino: menor y mayor; Henry recoge varias lecturas. Orígenes las ordena jerárquicamente con la fe en tercer lugar. |
| πίστις | «fe» | No la fe que justifica (Calvino: «una fe especial, que tuvo también Judas»), sino la que mueve montañas (13:2): la «fe de milagros» de Crisóstomo. |
| χαρίσματα ἰαμάτων ἐν τῷ ἑνὶ πνεύματι | «dones de sanidades en el único Espíritu» | Doble plural. ἴαμα, «curación» como resultado, solo en este capítulo (vv. 9, 28, 30); Robertson: «actos de curación», como en . El Textus Receptus lee «el mismo» por «el único»; la Biblia Textual lo anota. |
| ἐνεργήματα δυνάμεων | «efectos de poderes» | Distintos de las curaciones: Crisóstomo y Calvino incluyen aquí los castigos (Ananías, Elimas). |
| προφητεία, διακρίσεις πνευμάτων, γένη γλωσσῶν, ἑρμηνεία | las cinco restantes | Los plurales abundan: «discernimientos», «géneros de lenguas». |
| διά / κατά / ἐν τῷ αὐτῷ πνεύματι | tres preposiciones | «Por medio de», «según», «en»: variación estilística que Robertson señala y que no cambia el sentido. |
| πάντα δὲ ταῦτα ἐνεργεῖ τὸ ἓν καὶ τὸ αὐτὸ πνεῦμα | «todo esto lo obra el único y mismo Espíritu» | El Espíritu como agente, no como instrumento. |
| διαιροῦν ἰδίᾳ ἑκάστῳ καθὼς βούλεται | «repartiendo en particular a cada uno como quiere» | βούλεται: voluntad deliberada. La soberanía del Espíritu sobre el reparto es la última palabra del pasaje. |
Tres observaciones. Primera: los dones de sanidades son plural de plural. No «el don de sanar» como facultad permanente de alguien, sino «dones de curaciones»: cada curación un don. Robertson lo traduce «actos de curación», y la Biblia Textual conserva los dos plurales. Segunda: el pasaje subordina todo al Espíritu «como él quiere», y 12:30 niega expresamente que todos tengan dones de sanidades. Ningún texto de la línea pone tan claramente la curación fuera del alcance de la voluntad humana. Tercera: la curación aparece entre otros ocho dones, sin privilegio ni centralidad; en la segunda lista (12:28) va detrás de apóstoles, profetas y maestros, y junto a «ayudas» y «gobiernos». Pablo no la destaca; la coloca.
Corinto y los «espirituales». La carta responde a una comunidad dividida (1:10-12) y con una espiritualidad exuberante en la que las lenguas servían de distintivo. Crisóstomo describe la situación con precisión: «quien era bautizado enseguida hablaba en lenguas, y no solo en lenguas: muchos también profetizaban y algunos realizaban otras obras maravillosas; […] pero más abundante que todos era entre ellos el don de lenguas, y este se les convirtió en causa de división, no por su naturaleza sino por la perversidad de quienes lo habían recibido». Pablo escribe, pues, para ordenar, no para describir; de ahí la insistencia en el único Espíritu, el provecho común y la soberanía del reparto. Fee y Stuart recuerdan que las cartas son «documentos ocasionales»: 1 Corintios 12 no es un tratado sobre los carismas sino una corrección a quienes los usaban mal, y no puede leerse sin el 13 y el 14.
Las otras listas. (profecía, servicio, enseñanza, exhortación, dar, presidir, misericordia) y (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros) no mencionan las curaciones. Solo 1 Corintios las nombra, y lo hace tres veces en un mismo capítulo. («el que os suministra el Espíritu y obra milagros entre vosotros») y («extiende tu mano para que se hagan sanidades y señales») muestran que las curaciones eran parte de la experiencia de las primeras comunidades, no una excepción apostólica.
«Como él quiere». La frase tiene paralelo en el discurso de Jesús a Nicodemo: el Espíritu «sopla donde quiere» (). Pablo pone la curación bajo esa libertad.
Los Padres leyeron 1 Corintios 12:4-11 para dos cosas: para confesar la Trinidad (los tres sujetos de los vv. 4-6) y para preguntarse si lo que Pablo describía seguía ocurriendo. Esa segunda pregunta tiene en los cuatro primeros siglos una respuesta que cambia, y conviene seguirla en orden.
Justino, hacia 155-160, afirma ante Trifón que los dones han pasado de Israel a la Iglesia y siguen en ella:
Porque los dones proféticos permanecen entre nosotros, aun hasta el tiempo presente. Y de aquí debéis entender que los dones que en otro tiempo estuvieron entre vuestra nación han sido transferidos a nosotros.
Y unos capítulos después: «es posible ver entre nosotros mujeres y hombres que poseen dones del Espíritu de Dios» (Diálogo 88). Ireneo, veinte años más tarde, da la lista que ya citamos en el artículo sobre Marcos 6: unos expulsan demonios, otros profetizan, «otros más sanan a los enfermos imponiéndoles las manos, y son sanados», y la Iglesia ejerce esos dones «día a día para beneficio de los gentiles […]; porque así como ha recibido gratuitamente de Dios, gratuitamente también ministra» (Contra las herejías II, 32, 4). La estructura es la de 1 Corintios 12 («según el don que cada uno ha recibido de él»), y la finalidad es la de 12:7: el provecho de otros.
Orígenes usa el pasaje en las dos direcciones. En los Principios lo lee con la regla de fe:
Esto lo señala con la mayor claridad el apóstol Pablo cuando demuestra que la potestad de la Trinidad es una y la misma con estas palabras: «Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de acciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para provecho común». De ello se sigue con toda claridad que no hay diferencia en la Trinidad, sino que aquello que se llama don del Espíritu se da a conocer por medio del Hijo y es obrado por Dios Padre.
Y en el Contra Celso, respondiendo a quien oponía las curaciones de Asclepio, da testimonio de que las curaciones cristianas continúan en su tiempo:
Nosotros, si juzgamos esto asunto de importancia, podemos mostrar claramente una multitud incontable de griegos y bárbaros que reconocen la existencia de Jesús. Y algunos dan testimonio de haber recibido por medio de esta fe un poder maravilloso mediante las curaciones que realizan, invocando sobre los que necesitan su auxilio ningún otro nombre que el del Dios de todas las cosas y el de Jesús.
El comentario latino anónimo a las cartas de Pablo que la tradición atribuyó a Ambrosio (hoy «Ambrosiaster», Roma, hacia 366-384) es el primer comentario seguido a 1 Corintios que conservamos en Occidente, y sobre los dones de sanidades es breve y exacto. Traducimos del latín de la Patrología:
«A otro, gracia de curaciones en el único Espíritu»: es decir, para que dé remedio a los débiles o enfermos. […] «Después, poderes; después, gracia de curaciones»: pues puede uno no ser obispo y tener en sí el don del poder de sanidades. […] «¿Acaso todos tienen gracia de curaciones?»: ¿cómo podría ser que todos tuvieran dones de curaciones?
Dos cosas de método. El Ambrosiaster lee la gracia de curaciones en su sentido literal («remedio a los enfermos») sin alegorizar; y observa, desde la lista de 12:28, que el don no está ligado al oficio episcopal. Esa observación, hecha en Roma en el siglo IV, es la misma que Simpson hará en 1890 («distinguidos del apostolado») y que Lutero había hecho sobre los presbíteros de Santiago.
La Homilía 29 de Crisóstomo sobre 1 Corintios (hacia 392) empieza con una confesión que ningún Padre había hecho antes con esa claridad. Traducimos de la edición de Oxford:
Todo este lugar es muy oscuro; pero la oscuridad la produce nuestra ignorancia de los hechos a que se refiere y su cesación, siendo cosas que entonces solían ocurrir y ahora ya no ocurren. ¿Y por qué no ocurren ahora? Mira: la causa de la oscuridad nos ha producido a su vez otra pregunta, a saber, por qué ocurrían entonces y ahora ya no. Esto, sin embargo, dejémoslo para otra ocasión; por ahora digamos qué cosas ocurrían entonces.
Sigue la descripción de la Iglesia de Corinto que citamos en §3, y después, sobre el versículo 9, la distinción que hará escuela:
«A otro, fe»: no entendiendo por esta fe la fe de las doctrinas, sino la fe de los milagros, de la que Cristo dice: «si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: quítate, y se quitará». […] Pero poseer el poder de obrar milagros y los dones de sanidades no es lo mismo: pues el que tenía un don de sanidad solo hacía curaciones; pero el que poseía poderes para obrar milagros castigaba también. Porque milagro no es solo el curar sino también el castigar: como Pablo infligió ceguera, como Pedro dio muerte.
Crisóstomo es, en esta línea, el primer testigo explícito de la cesación: para él los dones de 1 Corintios 12 pertenecen a un pasado cuya desaparición él mismo no sabe explicar y promete tratar otro día. Su lectura es antioquena hasta en eso: pregunta por los hechos, reconoce que no los conoce, y no rellena el hueco con alegoría. Lo que pierde, respecto de Justino e Ireneo, es el testimonio de que las curaciones continuaban; lo que gana es una distinción exegética limpia entre la fe de milagros, los dones de sanidades y los poderes.
Treinta años después, en el último libro de La ciudad de Dios (426), Agustín responde a quienes preguntaban por qué ya no había milagros, y su respuesta corrige a Crisóstomo con hechos:
«¿Por qué», dicen, «aquellos milagros que afirmáis que se hicieron antes ya no se hacen?» Podría responder que los milagros eran necesarios antes de que el mundo creyera, para que creyera. […] Pero aun ahora se hacen milagros en el nombre de Cristo, sea por sus sacramentos, sea por las oraciones o las reliquias de sus santos; solo que no son tan brillantes y notorios como para publicarse con la gloria que acompañó a los antiguos. Pues el canon de las Escrituras, que debía cerrarse, hace que aquellos se reciten en todas partes y se graben en la memoria de todas las congregaciones; pero estos milagros modernos apenas los conoce la población entera en medio de la cual se hacen, y en el mejor de los casos quedan confinados a un lugar.
Y cuenta, entre otros casos, el de Inocencia, «mujer muy devota del más alto rango» de Cartago, con un cáncer de pecho que los médicos daban por incurable «siguiendo el consejo de Hipócrates», curada tras una señal de la cruz hecha por una recién bautizada; Agustín la reprende por no haberlo divulgado. El pasaje es un documento de primer orden para la historia de la lectura de 1 Corintios 12: Agustín no niega que las curaciones continúen (las ha visto), pero explica por qué parecen haber cesado: el canon se cerró y los milagros de ahora no tienen quien los publique. Es una tesis sobre la recepción, no sobre el don.
Cuatro siglos, cuatro posiciones, y las cuatro honradas. Justino e Ireneo atestiguan que los dones siguen y los describen; Orígenes los atestigua y los usa para la Trinidad; Crisóstomo reconoce que en su Iglesia ya no ocurren y no sabe por qué; Agustín los ha visto, raros y poco publicados, y explica la rareza. Ninguno lee el pasaje como promesa; todos lo leen como descripción de lo que el Espíritu hace «como quiere», y la pregunta que se hacen es histórica: qué hace ahora. El compendio Leer la Biblia con la Iglesia antigua describe la convicción de fondo: «se lee en la Iglesia», y la Iglesia del siglo IV ya no era la del II.
No disponemos de los comentarios medievales a 1 Corintios en la biblioteca, y la Edad Media se sigue por Lapide, que la resume. Sobre la «fe» del versículo 9 Lapide recoge las dos lecturas que la tradición mantuvo: la de Crisóstomo («aquella fe trascendente, que incluye la teologal, que es la madre de los milagros; consiste sobre todo en una confianza constante en Dios para obtener cualquier cosa y obrar milagros») y la del Ambrosiaster, a quien llama Ambrosio («el don de una confesión y predicación intrépida de la fe»). Sobre la lista de 12:28 observa la figura: «el abstracto puesto por el concreto: "poderes" por obradores de poderes, "dones de sanidades" por sanadores». Y la práctica medieval de la curación, que Lapide documenta en su comentario a Marcos 6 (santa Genoveva y «muchos santos anacoretas» que sanaban con aceite bendecido), muestra que la Iglesia latina nunca leyó el carisma como extinguido: lo vio continuar en los santos, como Agustín lo había visto en Cartago. Trento lo confirma por vía negativa: al condenar a quien diga que la unción de los enfermos «ya cesó, como si antiguamente hubiera sido solo la gracia de las curaciones», el concilio distingue el sacramento del carisma y da por supuesto que el carisma, en cuanto tal, pudo ser de otra época.
Calvino comenta el pasaje en 1546 con sobriedad y sin polémica:
El término fe se emplea aquí para significar una fe especial, como veremos después por el contexto. Una fe especial es de tal clase que no aprehende a Cristo entero, para redención, justicia y santificación, sino solo en cuanto se hacen milagros en su nombre. Judas tuvo una fe de esta clase, y también obró milagros por medio de ella. Crisóstomo la distingue de un modo algo diferente, llamándola fe de milagros, no de doctrinas; lo cual, sin embargo, no difiere mucho de la interpretación anterior. Por don de sanidades todo el mundo sabe lo que se entiende. […] Los dones de sanidades y de milagros sirven, pues, para manifestar la bondad de Dios; pero este último [los poderes], su severidad para la destrucción de Satanás.
«Todo el mundo sabe lo que se entiende»: Calvino no siente necesidad de explicar el don porque su tesis sobre él está en otro lugar, en la Institución, donde escribe que «el don de curar desapareció con los demás poderes milagrosos que el Señor quiso dar por un tiempo» y que «el Señor está presente con los suyos en todas las edades y cura sus enfermedades cuantas veces hace falta, no menos que antes; pero no despliega aquellos poderes manifiestos» (IV, 19, 18-19). Es la posición de Crisóstomo con una explicación añadida (el don acompañó a «la nueva predicación del evangelio») y sin la pregunta abierta.
Henry (1710) lee los tres sujetos de los vv. 4-6 como «Padre, Hijo y Espíritu Santo, manantial y origen de todas las bendiciones espirituales», sigue la «fe de milagros» y define el don: «sanar a los enfermos, sea por imposición de manos, sea ungiendo con aceite, sea con una simple palabra». Wesley (1755) hace sobre este versículo la observación más original de toda la tradición protestante, y la citamos entera porque será decisiva para el siglo siguiente:
El don de curar no tiene por qué limitarse del todo a curar enfermedades con una palabra o un toque. Puede ejercerse también, aunque en grado menor, donde se aplican remedios naturales; y a menudo puede ser esto, y no una pericia superior, lo que hace a algunos médicos más eficaces que otros. Y así puede ser también con los demás dones. Como, perdidos los escudos de oro, el rey de Judá puso otros de bronce en su lugar, así, perdidos los dones puros, el poder de Dios se ejerce de un modo más encubierto, bajo los estudios y las ayudas humanas; y tanto más abundantemente cuanto más lugar se le da.
Wesley concede a Calvino que «los dones puros» se perdieron y a Agustín que el poder de Dios sigue obrando; y resuelve la tensión con la imagen de los escudos de bronce (): el don de sanidades continúa «de un modo más encubierto», en la medicina misma. Jamieson, Fausset y Brown (1871) vuelven a la fe de milagros con una precisión teológica: «su naturaleza o principio es el mismo que el de la fe salvadora, la confianza en Dios; […] pero los objetos de la fe difieren». El compendio Leer la Biblia en la Reforma explica el marco común.
Robertson (1931) fija el léxico: ἴαμα, «palabra antigua, común en la Septuaginta, en el NT solo en este capítulo», significa «actos de curación»; la fe del v. 9 es «fe que obra prodigios, no fe de entrega»; las tres preposiciones (διά, κατά, ἐν) son variación; y «como él quiere» es la soberanía del Espíritu. La crítica literaria mostró que 12:4-11 es el pórtico de una unidad retórica (12–14) cuyo centro es el himno al amor, y que leer la lista de dones sin esa unidad es leerla contra su autor. Y la pregunta de Crisóstomo («¿por qué ya no?») se convirtió en el siglo XX en un debate con nombre propio, el del cesacionismo, cuyos textos principales no están en la biblioteca con que se escribe Eusebeia y aquí no se tratan. El compendio Leer la Biblia con la crítica histórica sitúa el método.
Para el movimiento de sanidad, 1 Corintios 12 es el texto que refuta la cesación. Simpson lo argumenta así, en las «Objeciones populares» de El evangelio de la sanidad:
¿Por qué también insiste Pablo con tanta fuerza, en 1 Corintios 12, en que la Iglesia de Cristo es un cuerpo, no dos, y en que los dones de cada parte pertenecen al todo? Si hay una diferencia esencial entre la edad apostólica y las posteriores, entonces la Iglesia no es un cuerpo sino dos; entonces los dones de aquellos miembros no fluyen a nuestros miembros. […] Funciones peculiares y excepcionales tuvieron [los apóstoles], en verdad, como testigos de la resurrección de Cristo y organizadores de la Iglesia en la tierra; pero para mostrar a los hombres que los dones milagrosos de la Iglesia no estaban confinados a ellos, estos se distinguen especialmente del apostolado en 1 Corintios 12. Fueron conferidos en grado eminente a Esteban, a Felipe y a otros que no eran apóstoles, y fueron confiados por Santiago al presbiterado ordinario y permanente de la Iglesia. No: el querido Maestro nunca contempló ni propuso ningún abismo postapostólico de impotencia y fracaso. La incredulidad y el pecado del hombre lo han hecho.
El argumento tiene dos partes de distinto valor. La exegética es sólida y antigua: que los dones de sanidades se distinguen del apostolado en 12:28 lo había notado el Ambrosiaster («puede uno no ser obispo y tener el don»), y que Esteban y Felipe los ejercieron lo cuenta Hechos. La teológica («un cuerpo, no dos») es una inferencia: del cuerpo único de 12:12-27 Simpson deduce la continuidad de los dones, cuando Pablo deduce la unidad en la diversidad. Y Simpson mismo pone límites que conviene registrar: distingue «milagros» («súbitos y estupendos») de «dones de sanidades» («simples y probablemente graduales»), reconoce «casos de fracaso» que atribuye a «conocimiento defectuoso o incredulidad», y responde a la objeción de que entonces nadie debería morir: «¿por qué la fe habría de ir más allá de la Palabra? La Palabra pone un límite a la vida humana, y todo lo que la fe bíblica puede reclamar es suficiencia de salud y fuerza para la obra de nuestra vida». Su posición es, en el fondo, la de Wesley llevada a la práctica, con menos espacio para los «escudos de bronce».
Tres cosas quedan firmes para el tema. Que después de Jesús y de los Doce la curación vive en la Iglesia como carisma: don repartido por el Espíritu, no poder de un oficio ni promesa a todos (12:30). Que es plural y ocasional en su letra («dones de sanidades», «actos de curación») y está puesta bajo la voluntad del Espíritu («como él quiere»), lo que excluye tanto la técnica como la garantía. Y que su finalidad es el provecho común, no el bien del que sana ni del sanado. Lo que queda abierto es la pregunta de Crisóstomo, que ningún texto responde: si el reparto de entonces es el de ahora. Justino, Ireneo, Orígenes y Agustín dijeron que sí con hechos; Crisóstomo dijo que no con honradez; Calvino explicó el no; Wesley cambió los términos; el siglo XIX dijo que el no era culpa nuestra. El pasaje, por sí solo, dice que el Espíritu reparte como quiere.
Lo que todas las capas sostienen:
- La curación es un carisma entre otros. Ni el primero ni el último; junto a la sabiduría, la fe, la profecía y las lenguas; en la segunda lista, junto a «ayudas» y «gobiernos».
- El que reparte es el Espíritu, y reparte como quiere. Justino, Ireneo, Calvino y Simpson lo dicen con las mismas palabras; difieren en qué ha querido repartir después.
- No todos tienen dones de sanidades (12:30). El Ambrosiaster lo subraya; nadie lo ha discutido.
- El don no va con el oficio. Ambrosiaster, Lutero (sobre Santiago) y Simpson lo observan desde tres siglos distintos.
Lo que es lectura de una época:
- «Fe de milagros» distinta de la fe salvadora (Crisóstomo, Calvino, Jamieson): distinción útil que el texto permite y no formula.
- «Entonces ocurrían y ahora ya no» (Crisóstomo) y «el don fue temporal» (Calvino): tesis históricas, la primera confesadamente sin explicación, la segunda con una explicación que Agustín, un siglo antes que el primero y once antes que el segundo, había contradicho con casos.
- «Un cuerpo, no dos» (el movimiento de sanidad): inferencia desde la unidad del cuerpo hacia la continuidad de los dones; Pablo infiere desde esa unidad la diversidad ordenada.
- «El poder de Dios se ejerce de modo más encubierto bajo los estudios humanos» (Wesley): la única lectura que une la cesación de los «dones puros» con la continuidad del don, y que tampoco está en el texto.
Lo que sigue abierto es lo que Crisóstomo dejó «para otra ocasión»: por qué, si el Espíritu reparte como quiere, parece haber querido repartir de otro modo. Agustín respondió que no era así, sino que faltaba quien lo publicara; Wesley, que reparte bajo otras formas; el siglo XIX, que somos nosotros los que no recibimos. El texto no decide entre ellos; decide solo que la decisión es del Espíritu.
Principios hermenéuticos que este pasaje ha puesto a prueba: leer los plurales como plurales («dones de sanidades», no «el don de sanar»); no leer una lista ocasional como catálogo cerrado ni como promesa (Fee y Stuart); distinguir lo que el texto describe (el reparto) de lo que la historia muestra (qué se repartió después), como hizo Crisóstomo al confesar su ignorancia; y no deducir de una imagen (el cuerpo) más de lo que el autor dedujo.
Siguiente pasaje de la línea: , «por su herida fuisteis sanados»: la otra lectura apostólica de Isaías 53, que aplica a los pecados lo que Mateo 8:17 aplicó a las enfermedades.
Texto. Griego de NA27 con análisis morfológico (módulo iNA27); Diccionario Strong ampliado (Str-ES) para χάρισμα, ἴαμα, ἐνέργημα y διάκρισις; versiones BTX4, RV60, LBLA, NVI, DHH, NTV, TLA, KJV; notas de la Biblia Textual (variante del v. 9); referencias cruzadas de OpenBible.
Padres. Justino, Diálogo 82 y 88; Ireneo, Contra las herejías II, 32, 4; Orígenes, Principios I, 3, 7 y Contra Celso III, 24: copiados de las ediciones publicadas en Eusebeia. Ambrosiaster, In epistulam ad Corinthios primam, sobre 12, 9 y 12, 28-30: traducido del latín de PL 17. Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios hom. 29, 1-3: traducido del inglés de NPNF 1.ª serie, vol. 12. Agustín, De civitate Dei XXII, 8: traducido del inglés de M. Dods (NPNF 1.ª serie, vol. 2).
Medievales y Lapide. Cornelio a Lapide, The Great Commentary, vol. 7 (1 Corintios), trad. T. W. Mossman: traducido del inglés; su testimonio sobre Genoveva, en el vol. 3 (Marcos). Trento, sesión XIV, canon II: Schaff, Creeds, vol. 2.
Reforma y después. Calvino, Comentario a 1 Corintios, trad. J. Pringle (1848), e Institución IV, 19, 18-19, trad. H. Beveridge; Matthew Henry, vol. 6 (1710); Wesley, Notes (1755); Jamieson, Fausset y Brown (1871): traducidos del inglés.
Modernos. A. T. Robertson, Word Pictures (1931); Gordon Fee y Douglas Stuart sobre las cartas como documentos ocasionales, en paráfrasis.
Siglo XIX. A. B. Simpson, The Gospel of Healing (ed. de 1890), cap. 1 («Scriptural Foundation», 9) y cap. 3 («Popular Objections», 1-2, 7-8): traducido del inglés.
Límites. No están en la biblioteca Tomás de Aquino sobre 1 Corintios, ni Teodoreto, ni Pelagio sobre Pablo, ni el De vera religione ni las Retractationes de Agustín (donde revisa su opinión anterior sobre los milagros), ni Warfield, Counterfeit Miracles (1918), ni Gordon Fee, God's Empowering Presence, ni un comentario crítico moderno a 1 Corintios (Conzelmann, Fee, Thiselton). Clemente de Alejandría cita 12:7-10 en Stromata IV, pero no se ha localizado el pasaje en la edición del sitio. No se ha leído el griego de Crisóstomo ni el latín de Agustín. No hay ninguna obra de A. W. Tozer.
Un esquema de lo que el pasaje permite predicar sin traicionar lo leído. No es la homilía; es su esqueleto.
Título. «Como él quiere».
Idea central. Todo don viene del mismo Espíritu, sirve a los demás y se reparte con una libertad que no es nuestra.
- Un solo origen (vv. 4-6). Dones, servicios, efectos: tres nombres y un manantial. Lo que divide a la comunidad (quién tiene qué) viene de lo que la une (quién lo da). Espíritu, Señor y Dios en una sola frase.
- Un solo fin (v. 7). «Para el provecho común». El don no es mérito ni propiedad; es un encargo para otros. El que sana, el que enseña y el que ayuda están en la misma lista.
- Una sola voluntad (vv. 8-11). Nueve dones, entre ellos «dones de sanidades», en plural: cada curación, un regalo. Y la última palabra: «como él quiere». Ni la fe más grande dispone del Espíritu.
Aplicación. Recibir el don propio sin envidiar el ajeno; ponerlo al servicio de la asamblea; pedir curaciones sabiendo que son dones, y agradecerlas como tales; no medir la fe de nadie por lo que el Espíritu quiso o no quiso dar.
Cautela. El pasaje no promete que todos sanen ni que alguien tenga siempre el don (12:30 lo niega); tampoco dice que el don haya cesado. Predicar la garantía o la cesación es decir lo que Pablo no dijo; predicar el reparto soberano y el provecho común es decir exactamente lo que dijo.