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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

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    Sobre el bautismo, contra los donatistas

    c. 400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. R. King (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 8 · Libro IIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-28

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    Libro II

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro II · II, argumento
    En la que Agustín prueba que de nada sirve que los donatistas aduzcan la autoridad de Cipriano, obispo y mártir, puesto que en realidad se opone más a ellos que a los católicos. Pues él sostenía que la opinión de su predecesor Agripino, sobre la cuestión de bautizar a los herejes en la Iglesia Católica cuando se unen a su comunión, solo debía ser recibida a condición de que se mantuviera la paz con quienes sostenían la opinión contraria, y de que la unidad de la Iglesia no fuera jamás rota por ningún tipo de cisma.

    Capítulo 1

    II, 1, 1–2

    1. Cuánto abogan por nosotros, es decir, por la paz católica, los argumentos que el partido de Donato profesa aducir contra nosotros a partir de la autoridad del bienaventurado Cipriano, y cuánto prueban contra quienes los aducen, es mi intención, con la ayuda de Dios, mostrarlo en el libro siguiente. Por lo tanto, si en el curso de mi argumentación me veo obligado a repetir lo que ya he dicho en otros tratados (aunque lo haré lo menos que pueda), no deben objetarlo aquellos que ya los han leído y están de acuerdo con ellos; puesto que no solo es justo que las cosas necesarias para la instrucción se inculquen con frecuencia a los hombres de inteligencia torpe, sino que incluso en el caso de aquellos dotados de mayor entendimiento, contribuye muchísimo tanto a hacer su aprendizaje más fácil como su capacidad de enseñar más pronta, cuando los mismos puntos se tratan y discuten de muchas maneras diversas. Pues sé cuánto desanima a un lector, cuando tropieza con alguna cuestión enredada en el libro que tiene en la mano, verse remitido de inmediato para su solución a otro que resulta no tener. Por lo cual, si me veo compelido, por la urgencia de las cuestiones presentes, a repetir lo que ya he dicho en otros libros, pediría perdón a quienes ya conocen esos libros, para que a los ignorantes se les quiten sus dificultades; porque es mejor dar a quien ya tiene, que abstenerse de satisfacer a quien está necesitado.
    2. ¿Qué se atreven, pues, a decir, cuando su boca está cerrada por la fuerza de la verdad, con la que no quieren estar de acuerdo? "Cipriano," dicen, "cuyos grandes méritos y vasto saber todos conocemos, decretó en un Concilio, [Concilio de Cartago] contribuyendo muchos de sus colegas obispos con sus respectivas opiniones, que todos los herejes y cismáticos, es decir, todos los separados de la comunión de la única Iglesia, carecen de bautismo; y por tanto, cualquiera que se haya unido a la comunión de la Iglesia después de haber sido bautizado por ellos, debe ser bautizado en la Iglesia." La autoridad de Cipriano no me alarma, porque me tranquiliza su humildad. Sabemos, ciertamente, el gran mérito del obispo y mártir Cipriano; pero, ¿es en modo alguno mayor que el del apóstol y mártir Pedro, de quien el dicho Cipriano habla como sigue en su epístola a Quinto? "Pues ni Pedro, a quien el Señor eligió primero, y sobre quien edificó su Iglesia, [] cuando Pablo disputó después con él acerca de la circuncisión, reclamó o asumió para sí nada insolente y arrogantemente, como para decir que tenía la primacía, y que más bien debía ser obedecido por los que eran tardíos y recién llegados. Ni despreció a Pablo porque antes hubiera sido perseguidor de la Iglesia, sino que admitió el consejo de la verdad, y asintió prontamente a las razones legítimas que Pablo sostenía; dándonos con ello un modelo de concordia y paciencia, para que no amemos pertinazmente nuestras propias opiniones, sino que más bien consideremos como nuestras cualesquiera sugerencias verdaderas y rectas de nuestros hermanos y colegas para la común salud y bien." [Epístola de Cipriano a Quinto] He aquí un pasaje en el que Cipriano registra lo que también aprendemos en la sagrada Escritura, que el apóstol Pedro, en quien la primacía de los apóstoles brilla con tan excesiva gracia, fue corregido por el apóstol Pablo, posterior a él, cuando adoptó una costumbre en materia de circuncisión contraria a las exigencias de la verdad. Si fue, por lo tanto, posible que Pedro en algún punto no anduviera rectamente conforme a la verdad del evangelio, hasta el punto de obligar a los gentiles a judaizar, como escribe Pablo en aquella epístola en la que pone a Dios por testigo de que no miente; pues dice: "Ahora, las cosas que os escribo, he aquí, delante de Dios, no miento;" [] y, después de este sagrado y terrible llamamiento a Dios por testigo, contó toda la historia, diciendo en el curso de ella: "Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué obligas a los gentiles a vivir como judíos?" [] — si Pedro, digo, pudo obligar a los gentiles a vivir a la manera de los judíos, en contra de la regla de verdad que la Iglesia sostuvo después, ¿por qué no pudo Cipriano, en oposición a la regla de fe que toda la Iglesia sostuvo después, obligar a los herejes y cismáticos a ser bautizados de nuevo? Supongo que no hay menosprecio alguno para Cipriano al compararlo con Pedro en cuanto a su corona de martirio; más bien debería temer estar mostrando falta de respeto hacia Pedro. Pues ¿quién puede ignorar que la primacía de su apostolado debe ser preferida a cualquier episcopado? Pero, concedida la diferencia en la dignidad de sus sedes, tienen sin embargo la misma gloria en su martirio. Y si puede ser que los corazones de quienes confiesan y mueren por la verdadera fe en la unidad de la caridad se antepongan unos a otros en puntos distintos, el Señor mismo lo sabrá, por la oculta y maravillosa dispensación de cuya gracia el ladrón colgado en la cruz le confiesa una vez para siempre, y es enviado el mismo día al paraíso, [] mientras que Pedro, el seguidor de nuestro Señor, lo niega tres veces, y se le pospone su corona: [] para nosotros sería temerario formar un juicio a partir de las apariencias. Pero si alguno se hallara ahora obligando a un hombre a circuncidarse a la manera judía, como preliminar necesario para el bautismo, esto encontraría una repulsa mucho más general por parte de la humanidad, que si se obligara a un hombre a ser bautizado de nuevo. Por lo cual, si Pedro, al hacer esto, es corregido por su colega posterior Pablo, y sin embargo es preservado por el vínculo de paz y unidad hasta ser promovido al martirio, ¿cuánto más pronta y constantemente debemos preferir, ya sea a la autoridad de un solo obispo, o al Concilio de una sola provincia, la regla que ha sido establecida por los estatutos de la Iglesia universal? Pues este mismo Cipriano, al urgir su visión de la cuestión, estaba aún ansioso por permanecer en la unidad de la paz aun con aquellos que diferían de él en este punto, como se muestra por su propio discurso de apertura al comienzo del mismo Concilio que citan los donatistas. Pues es como sigue:
    Comentario editorial · El concilio de Cartago que invocan los donatistas
    El «concilio» que Agustín menciona aquí es, según una nota del NPNF, el de Cartago del año 256, en que ochenta y siete obispos africanos se declararon a favor de rebautizar a los herejes; Agustín responde a sus sentencias una por una en los libros VI y VII. Wikipedia habla de dos sínodos, en 255 y 256, contrarios a la validez del bautismo de los herejes, y de un tercero, en septiembre de 256, que lo reafirmó por unanimidad, enfrentándose a Esteban, obispo de Roma. El encabezado de las actas en la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers (vol. 5, Wallis) lo fecha, en cambio, en las calendas de septiembre del año 258; Cipriano fue martirizado el 14 de septiembre de 258 (Wikipedia). Esta edición sigue el 256 del NPNF y de Wikipedia.
    Eje cronológico de 225 a 445: arriba, hacia 230-235 el sínodo de Agripino, 256 el sínodo de 87 obispos, 258 la muerte de Cipriano, 311 Ceciliano obispo de Cartago, 394 la condena de Maximiano y 401 el concilio de Cartago; debajo, hacia 400-404, el tratado de Agustín Sobre el bautismo
    La cuestión del bautismo de los herejes, de Agripino a Agustín · Elaboración propia para Eusebeia · fechas de Wikipedia (Agrippinus of Carthage, Councils of Carthage, Cyprian, Donatism, Maximian), del NPNF, vol. 4 (notas e introducción de Hartranft) y de la tabla de la «Bibliography of Augustine of Hippo»

    Capítulo 2

    II, 2, 3

    3. "Cuando, en las calendas de septiembre, muchísimos obispos de las provincias de África, Numidia y Mauritania, con sus presbíteros y diáconos, se reunieron en Cartago, estando presente también gran parte de los laicos; y cuando se hubo leído la carta dirigida por Jubaiano a Cipriano, y asimismo la respuesta de Cipriano a Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes, dijo Cipriano: 'Habéis oído, amadísimos colegas, lo que me ha escrito Jubaiano, nuestro colega en el episcopado, consultando mi modesta capacidad acerca del bautismo ilícito y profano de los herejes, y qué respuesta le di: dando un juicio que una y otra vez y con frecuencia hemos dado, a saber, que los herejes que vienen a la Iglesia deben ser bautizados y santificados con el bautismo de la Iglesia. También se os ha leído otra carta de Jubaiano, en la cual, conforme a su sincera y religiosa devoción, respondiendo a nuestra epístola, no solo expresó su asentimiento, sino que devolvió las gracias, reconociendo que había recibido instrucción. Resta que cada uno de nosotros declare por separado su opinión sobre este asunto, no juzgando a nadie ni privando a nadie del derecho de comunión si disiente de nosotros. Pues ninguno de nosotros se erige en obispo de obispos, ni por terror tiránico obliga a sus colegas a la necesidad de obedecer, puesto que cada obispo, en el libre uso de su libertad y potestad, tiene derecho a formar su propio juicio, y no puede ser juzgado por otro más de lo que él mismo puede juzgar a otro. Mas todos debemos esperar el juicio de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que tiene poder tanto para ponernos en el gobierno de su Iglesia como para juzgar nuestros actos en ella.'"

    Capítulo 3

    II, 3

    Ahora levanten sus soberbias e hinchadas cervices los herejes, si se atreven, contra la santa humildad de este discurso. ¡Oh locos donatistas, a quienes deseamos ardientemente que volváis a la paz y a la unidad de la santa Iglesia, para que recibáis en ella la salud!, ¿qué tenéis que responder a esto? Soléis, ciertamente, alegar contra nosotros las cartas de Cipriano, su opinión, su concilio; ¿por qué reclamáis la autoridad de Cipriano para vuestro cisma y rechazáis su ejemplo cuando favorece la paz de la Iglesia? Pero ¿quién puede ignorar que el sagrado canon de la Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, está encerrado dentro de sus propios límites, y que se halla en posición tan absolutamente superior a todas las cartas posteriores de los obispos, que sobre él no podemos albergar duda ni disputa alguna acerca de si lo que se reconoce contenido en él es recto y verdadero; sino que todas las cartas de los obispos que se han escrito, o se están escribiendo, desde el cierre del canon, pueden ser refutadas si en ellas hay algo que se aparte de la verdad, ya sea por el discurso de alguien que casualmente sea más sabio en la materia que ellos mismos, ya por la autoridad más grave y la experiencia más docta de otros obispos, ya por la autoridad de los concilios; y además, que los mismos concilios que se celebran en las diversas regiones y provincias deben ceder, sin posibilidad alguna de duda, ante la autoridad de los concilios plenarios que se forman para todo el mundo cristiano; y que incluso entre los concilios plenarios, los anteriores son con frecuencia corregidos por los que les siguen, cuando, por alguna experiencia real, salen a la luz cosas que antes estaban ocultas, y se llega a conocer lo que antes yacía escondido, y esto sin ningún torbellino de orgullo sacrílego, sin hinchazón alguna de la cerviz por la arrogancia, sin contienda alguna de odio envidioso, simplemente con santa humildad, paz católica y caridad cristiana?

    Capítulo 4

    II, 4

    Por lo cual, el santo Cipriano, cuya dignidad no hace sino acrecentarse con su humildad, que tanto amó el modelo propuesto por Pedro que usó estas palabras: "Dándonos con ello un modelo de concordia y paciencia, para que no amemos pertinazmente nuestras propias opiniones, sino que tengamos más bien por nuestras las sugerencias verdaderas y justas de nuestros hermanos y colegas, para la común salud y el bien común", —él, digo, muestra abundantemente que estaba dispuestísimo a corregir su propia opinión, si alguien le probara que es tan cierto que el bautismo de Cristo puede ser dado por quienes se han extraviado del redil, como que no podía perderse cuando se extraviaron; asunto sobre el cual ya hemos hablado mucho. Ni nosotros mismos nos atreveríamos a afirmar nada semejante, si no nos apoyara la autoridad unánime de toda la Iglesia, a la que él mismo sin duda habría cedido, si en aquel tiempo la verdad de esta cuestión hubiera quedado fuera de toda disputa por la investigación y el decreto de un concilio plenario. Pues si cita a Pedro como ejemplo de haberse dejado corregir quieta y pacíficamente por un colega más joven, ¿con cuánta mayor prontitud habría cedido él mismo, con el concilio de su provincia, ante la autoridad de todo el mundo, cuando la verdad hubiera salido así a la luz? Porque, en verdad, un alma tan santa y pacífica habría estado prontísima a asentir a los argumentos de cualquier persona que pudiera probarle la verdad; y tal vez lo hizo así, aunque no tengamos conocimiento del hecho. Pues ni era posible que todas las actuaciones que tuvieron lugar entonces entre los obispos se pusieran por escrito, ni conocemos todo lo que así se puso. Pues ¿cómo habría podido un asunto envuelto en tales nieblas de discusión ser llevado a la plena iluminación y a la decisión autoritativa de un concilio plenario, si no se hubiera sabido antes que era discutido durante un tiempo considerable en las diversas regiones del mundo, con muchas discusiones y comparaciones de las opiniones de los obispos por todas partes? Mas este es uno de los efectos de la solidez de la paz: que cuando algunos puntos dudosos están largo tiempo bajo investigación, y cuando, por la dificultad de llegar a la verdad, producen diversidad de opiniones en el curso de la discusión fraterna, hasta que los hombres llegan por fin a la verdad sin mezcla; sin embargo, el vínculo de unidad permanece, no sea que en la parte cortada se encuentre la herida incurable del error mortal.

    Capítulo 5

    II, 5

    Y así sucede que a menudo algo es revelado de manera imperfecta a los más doctos, para que se pruebe su paciente y humilde caridad, de la que procede el mayor fruto, ya sea por el modo en que conservan la unidad cuando sostienen opiniones diferentes en materias de relativa oscuridad, ya por el temple con que reciben la verdad cuando aprenden que ha sido declarada contraria a lo que pensaban. Y de estas dos cosas tenemos una manifestación en el bienaventurado Cipriano de la primera, a saber, del modo en que conservó la unidad con aquellos de quienes discrepaba en opinión. Pues dice: "No juzgando a nadie ni privando a nadie del derecho de comunión si disiente de nosotros". Y la otra, a saber, con qué temple podía recibir la verdad cuando se hallaba que era distinta de lo que él pensaba, aunque sus cartas guardan silencio sobre el punto, está proclamada por sus méritos. Si no existe carta alguna que lo pruebe, lo atestigua su corona de martirio; si no lo declara el concilio de los obispos, lo declara la multitud de los ángeles. Pues no es pequeña prueba de un alma pacifiquísima que ganara la corona del martirio en aquella unidad de la que no quiso separarse, aunque discrepaba de ella. Porque no somos más que hombres; y es, por tanto, una tentación propia de los hombres el que sostengamos opiniones contrarias a la verdad en cualquier punto. Pero llegar, por demasiado amor a la propia opinión o por celos de los mejores, hasta el sacrilegio de dividir la comunión de la Iglesia y de fundar herejía o cisma, es una presunción digna del diablo. Mas no abrigar jamás en punto alguno una opinión contraria a la verdad es perfección que se halla solo en los ángeles. Puesto que, pues, somos hombres, aunque en esperanza somos ángeles, cuyos iguales seremos en la resurrección [], a lo menos, mientras nos falte la perfección de los ángeles, carezcamos al menos de la presunción del diablo. Por eso dice el apóstol: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres" []. Es, pues, parte de la naturaleza del hombre equivocarse alguna vez. Por lo cual dice en otro lugar: "Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo; y si en algo sentís otra cosa, esto también os lo revelará Dios" []. Mas ¿a quiénes lo revela cuando es su voluntad (sea en esta vida o en la venidera), sino a los que andan por el camino de la paz y no se desvían hacia ningún cisma? No a los que no han conocido el camino de la paz, o por alguna otra causa han roto el vínculo de la unidad. Y así, cuando el apóstol dijo: "Y si en algo sentís otra cosa, esto también os lo revelará Dios", para que no pensaran que, aparte del camino de la paz, sus propias opiniones erróneas podrían serles reveladas, añadió inmediatamente: "Pero en aquello a que hemos llegado, andemos según la misma regla" []. Y Cipriano, andando según esta regla, con la más perseverante tolerancia, no simplemente por el derramamiento de su sangre, sino porque fue derramada en la unidad (pues si entregara su cuerpo para ser quemado y no tuviera caridad, de nada le aprovecharía []), llegó por la confesión del martirio a la luz de los ángeles, y si no antes, al menos entonces reconoció la revelación de la verdad en aquel punto en el cual, estando todavía en el error, no prefirió el mantenimiento de una opinión errónea al vínculo de la unidad.

    Capítulo 6

    II, 6

    ¿Qué, pues, oh donatistas, qué tenéis que decir a esto? Si nuestra opinión acerca del bautismo es verdadera, y, sin embargo, todos los que pensaban de otro modo en tiempo de Cipriano no fueron separados de la unidad de la Iglesia, hasta que Dios les reveló la verdad del punto en que estaban errados, ¿por qué habéis roto vosotros, con vuestra sacrílega separación, el vínculo de la paz? Pero si la vuestra es la opinión verdadera acerca del bautismo, Cipriano y los demás, junto con los cuales decís que celebró tal concilio, permanecieron en la unidad con los que pensaban de otro modo; ¿por qué, pues, habéis roto el vínculo de la paz? Elegid la alternativa que queráis: os veis obligados a pronunciar una sentencia contra vuestro cisma. Respondedme: ¿por qué os habéis separado? ¿Por qué habéis erigido un altar en oposición a todo el mundo? ¿Por qué no estáis en comunión con las Iglesias a las que fueron enviadas las epístolas apostólicas, que vosotros mismos leéis y reconocéis, y conforme a cuyo tenor decís que ordenáis vuestras vidas? Respondedme: ¿por qué os habéis separado? Supongo que para no perecer por la comunión con los malvados. ¿Cómo, pues, no perecieron Cipriano y tantos colegas suyos? Pues aunque creían que los herejes y cismáticos no poseían el bautismo, prefirieron, sin embargo, mantenerse en comunión con ellos cuando habían sido recibidos en la Iglesia sin bautismo, aunque creían que sus flagrantes y sacrílegos pecados estaban todavía sobre sus cabezas, antes que separarse de la unidad de la Iglesia, conforme a las palabras de Cipriano: "No juzgando a nadie, ni privando a nadie del derecho de comunión si disiente de nosotros".
    Si, por tanto, por tal comunión con los malvados los justos no pueden menos que perecer, la Iglesia ya habría perecido en tiempo de Cipriano. ¿De dónde, pues, brotó el origen de Donato? ¿Dónde fue instruido, dónde bautizado, dónde ordenado, si la Iglesia ya había sido destruida por el contagio de la comunión con los malvados? Pero si la Iglesia todavía existía, los malvados no podían hacer daño a los buenos en una misma comunión con ellos. ¿Por qué os separasteis? He aquí que veo en la unidad a Cipriano y a otros, sus colegas, quienes, al celebrar un concilio, decidieron que los que han sido bautizados fuera de la comunión de la Iglesia no tienen verdadero bautismo, y que, por tanto, debe dárseles cuando entran en la Iglesia. Y de nuevo, he aquí que veo en la misma unidad a algunos que piensan de otro modo en este asunto, y que, reconociendo en los que vienen de herejes y cismáticos el bautismo de Cristo, no se atreven a bautizarlos de nuevo. A todos estos los abraza la unidad católica en su seno materno, llevando por turno las cargas unos de otros y esforzándose por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz [], hasta que Dios revelara a unos o a otros cualquier error en sus opiniones. Si los unos tenían la verdad, ¿eran contaminados por los otros, o no? Si los otros tenían la verdad, ¿eran contaminados por los primeros, o no? Elegid lo que queráis. Si hubo contaminación, la Iglesia aun entonces dejó de existir; respondedme, pues, ¿de dónde salisteis vosotros acá? Pero si la Iglesia permaneció, los buenos de ningún modo son contaminados por los malos en tal comunión; respondedme, pues, ¿por qué rompisteis el vínculo?
    ¿O acaso los cismáticos, recibidos sin bautismo, no traen infección alguna, pero la traen quienes entregan los libros sagrados? Pues que hubo traditores de vuestro número está probado por el testimonio clarísimo de la historia. Y si entonces hubierais presentado verdaderas pruebas contra aquellos a quienes acusabais, habríais probado vuestra causa ante la unidad de todo el mundo, de modo que vosotros habríais sido retenidos y ellos excluidos. Y si lo intentasteis y no lo conseguisteis, no tiene culpa el mundo, que confió en los jueces de la Iglesia más bien que en los litigantes vencidos; mientras que, si no quisisteis proseguir vuestra causa, tampoco tiene culpa el mundo, que no podía condenar a hombres sin haber oído su causa. ¿Por qué, pues, os separasteis de los inocentes? No podéis defender el sacrilegio de vuestro cisma. Pero esto lo paso por alto. Solo digo esto: que si los traditores hubieran podido contaminaros a vosotros, que no fueron convictos por vosotros y que, por el contrario, os vencieron, mucho más habría podido contaminar a Cipriano el sacrilegio de los cismáticos y herejes recibidos en la Iglesia, como sostenéis, sin bautismo. Sin embargo, él no se separó. Y puesto que la Iglesia continuó existiendo, es claro que no pudo ser contaminada. ¿Por qué, pues, os separasteis, no digo de los inocentes, como los hechos los probaron, sino de los traditores, que nunca fueron probados como tales? ¿Son, como comencé a decir, más graves los pecados de los traditores que los de los cismáticos? No aduzcamos balanzas engañosas, a las que podamos colgar los pesos que queramos y como queramos, diciendo a nuestro gusto: "Esto es pesado y esto es ligero"; sino presentemos la balanza sagrada de la santa Escritura, como del tesoro del Señor, y pesemos con ella para ver cuál es más pesado; o más bien, no pesemos por nosotros mismos, sino leamos los pesos declarados por el Señor. En el tiempo en que el Señor mostró, con el ejemplo de un castigo reciente, que era necesario guardarse de los pecados de los días antiguos —cuando se hizo y adoró un ídolo, y fue quemado el libro profético por la ira de un rey burlador, y se intentó el cisma—, la idolatría fue castigada con la espada []; la quema del libro, con matanza en la guerra y cautividad en tierra extraña []; el cisma, con abrirse la tierra y tragarse vivos a los caudillos del cisma mientras los demás eran consumidos con fuego del cielo []. ¿Quién dudará ahora que fue peor el crimen que recibió castigo más pesado? Si los hombres que venían de tan sacrílega compañía, sin bautismo, como sostenéis, no pudieron contaminar a Cipriano, ¿cómo habrían podido contaminaros a vosotros los que no fueron convictos sino supuestos traidores de los libros sagrados? Pues si no solo hubieran entregado los libros para ser quemados, sino que los hubieran quemado realmente con sus propias manos, habrían sido culpables de un pecado menor que si hubieran cometido cisma; porque el cisma es castigado con el castigo más pesado, y el otro con el más ligero, no a discreción del hombre, sino por el juicio de Dios.

    Capítulo 7

    II, 7, 10–12

    10. ¿Por qué, entonces, os habéis separado? Si os queda algo de sentido, sin duda habéis de ver que no podéis hallar respuesta alguna a estos argumentos. "No quedamos —dicen— tan del todo sin recurso que no podamos responder aún: Es nuestra voluntad. '¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae'" []. No entienden que esto se dijo a hombres que querían juzgar, no de hechos manifiestos, sino de los corazones de otros hombres. Pues ¿cómo llega el propio apóstol a decir tanto acerca de los pecados de los cismas y de las herejías? ¿O cómo aparece aquel versículo de los Salmos: "Si en verdad amáis la justicia, juzgad rectamente, hijos de los hombres"? Pero ¿por qué dice el Señor mismo: "No juzguéis según la apariencia, sino juzgad con justo juicio", [] si no nos es lícito juzgar a hombre alguno? En fin, ¿por qué, en el caso de aquellos traditores, a quienes ellos han juzgado injustamente, se han atrevido ellos mismos a emitir juicio alguno sobre los siervos ajenos? Para su propio señor estaban en pie o caían. ¿O por qué, en el caso de los recientes secuaces de Maximiano, no han dudado en aducir el juicio pronunciado con la voz infalible, según afirman, de un concilio plenario, en términos tales que los comparan con aquellos primeros cismáticos a quienes la tierra se tragó vivos? Y, sin embargo, a algunos de ellos, como no pueden negar, o los condenaron siendo inocentes, o los recibieron de nuevo en su culpa. Pero cuando se les urge con una verdad que no pueden contradecir, murmuran un murmullo verdaderamente saludable: "Es nuestra voluntad: '¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae'". Pero cuando se divisa en el desierto una oveja débil, y no se ve por parte alguna al pastor que debiera devolverla al redil, entonces hay crujir de dientes y quebrantamiento del cuello débil: "Serías hombre bueno, si no fueras traditor. Consulta el bien de tu alma; sé cristiano". ¡Qué insensatez desvergonzada! Cuando a un cristiano se le dice: "Sé cristiano", ¿qué otra lección se le enseña, sino negar que es cristiano? ¿No fue la misma lección que querían enseñar aquellos perseguidores de los cristianos, resistiendo a los cuales se ganó la corona del martirio? ¿O hemos de considerar más leve el crimen cuando se comete con amenaza de espada que con perfidia de lengua?
    11. Respondedme a esto, lobos rapaces, que, buscando vestiros con vestido de ovejas, [] pensáis que las cartas del bienaventurado Cipriano están a vuestro favor. ¿El sacrilegio de los cismáticos contaminó a Cipriano, o no? Si lo contaminó, la Iglesia pereció desde aquel instante, y no quedó fuente alguna de la que pudierais brotar. Si no lo contaminó, ¿por qué ofensa de otros pueden ser contaminados los inocentes, si el sacrilegio del cisma no puede contaminarlos? ¿Por qué, entonces, os habéis separado? ¿Por qué, mientras huís de las ofensas más leves, que son invenciones vuestras, habéis cometido la mayor ofensa de todas, el sacrilegio del cisma? ¿Confesaréis acaso ahora que aquellos hombres ya no eran cismáticos ni herejes, los que habían sido bautizados fuera de la comunión de la Iglesia, o en alguna herejía o cisma, porque al pasar a la Iglesia y renunciar a sus errores anteriores habían dejado de ser lo que antes eran? ¿Cómo, pues, sucedió que, aunque no fueron bautizados, sus pecados no permanecieron sobre sus cabezas? ¿Fue acaso que el bautismo era de Cristo, pero no podía aprovecharles sin la comunión de la Iglesia; y sin embargo, cuando pasaron a ella y, renunciando a su error pasado, fueron recibidos en la comunión de la Iglesia por la imposición de manos, entonces, arraigados y fundados ya en la caridad, sin la cual todas las demás cosas de nada aprovechan, comenzaron a recibir provecho para la remisión de los pecados y la santificación de sus vidas de aquel sacramento que, fuera de los límites de la Iglesia, poseían en vano?
    12. Dejad, pues, de aducir contra nosotros la autoridad de Cipriano en favor de la repetición del bautismo, y apegaos con nosotros al ejemplo de Cipriano para la conservación de la unidad. Porque esta cuestión del bautismo no había sido aún del todo resuelta; pero observaba la Iglesia la costumbre más saludable de corregir lo que estaba mal, no de repetir lo que ya se había dado, incluso en el caso de cismáticos y herejes: sanaba la parte herida, pero no tocaba lo que estaba sano. Y esta costumbre, procedente, según creo, de la tradición (como otras muchas cosas que se tiene por cierto haber sido transmitidas bajo su sanción efectiva, porque se conservan en toda la Iglesia, aunque no se hallan ni en sus cartas ni en los concilios de sus sucesores), —esta costumbre tan saludable, digo, según el santo Cipriano, comenzó a ser lo que se llama enmendada por su predecesor Agripino. Pero, según la enseñanza que brota de una investigación más cuidadosa de la verdad, la cual, después de gran duda y fluctuación, fue llevada por fin a la decisión de un concilio plenario, debemos creer que más bien comenzó a ser corrompida que a recibir corrección en manos de Agripino. Y así, cuando se le impuso una cuestión tan grave, y era difícil decidir si la remisión de los pecados y la regeneración espiritual del hombre podían tener lugar entre los herejes o cismáticos, y estaba allí para guiarle la autoridad de Agripino, con la de algunos pocos hombres que compartían su errónea comprensión de esta cuestión, habiendo preferido intentar algo nuevo a mantener una costumbre que no entendían cómo defender; en estas circunstancias, consideraciones de probabilidad se impusieron a los ojos de su alma y cerraron el paso a la investigación completa de la verdad.

    Capítulo 8

    II, 8, 13

    13. Ni pienso que el bienaventurado Cipriano tuviera otro motivo al expresar libremente y manifestar antes lo que pensaba en contra de la costumbre de la Iglesia, sino recibir con gratitud a cualquiera que pudiera hallarse con una revelación más plena de la verdad, y mostrar un modelo digno de imitación, no solo de diligencia en enseñar, sino también de modestia en aprender; y que, si no se hallara nadie que adujese argumento alguno con que se refutaran aquellas consideraciones de probabilidad, permaneciese en su opinión con plena conciencia de que no había ocultado lo que concebía como verdad, ni violado la unidad que amaba. Pues así entendió las palabras del apóstol: "Hablen dos o tres profetas, y los demás juzguen; y si algo fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero." [] "En cuyo pasaje ha enseñado y mostrado que muchas cosas son reveladas a individuos para su provecho, y que no debemos esforzarnos pertinazmente por lo que una vez hemos bebido y sostenido, sino que, si algo ha parecido mejor y más útil, debe abrazarse de buena gana." En todo caso, con estas palabras no solo aconsejaba que convinieran con él quienes no veían mejor camino, sino que exhortaba también a cuantos pudieran a aducir argumentos con los que más bien se estableciera el mantenimiento de la antigua costumbre; de modo que, si fueran de tal naturaleza que no admitieran refutación, él pudiera mostrar en su propia persona con cuánta sinceridad decía "que no debemos esforzarnos pertinazmente por lo que una vez hemos bebido y sostenido, sino que, si algo ha parecido mejor y más útil, debe abrazarse de buena gana." Pero como no apareció ninguno, salvo los que simplemente aducían la costumbre contra él, y los argumentos que producían en su favor no eran de tal índole que llevaran convicción a un alma como la suya, este poderoso razonador no se contentó con abandonar sus opiniones, las cuales, aunque no eran verdaderas, como él mismo no podía verlo, al menos no estaban refutadas, en favor de una costumbre que tenía de su parte la verdad, pero que aún no había sido confirmada. Y, sin embargo, si su predecesor Agripino y algunos de sus colegas obispos de toda África no le hubieran inducido antes a abandonar esta costumbre, incluso por decisión de un concilio, ciertamente no se habría atrevido a argumentar contra ella. Pero, en medio de las perplejidades de una cuestión tan oscura, y viendo en torno suyo por doquiera una firme costumbre universal, habría preferido refrenarse a sí mismo con la oración y extendiendo su mente hacia Dios, de modo que habría percibido o enseñado como verdad lo que después fue decidido por un concilio plenario. Pero cuando halló alivio a su fatiga en la autoridad del concilio anterior celebrado por Agripino, prefirió mantener lo que en cierto modo era descubrimiento de sus predecesores, a gastar más trabajo en la investigación. Pues al final de su carta a Quinto muestra cómo buscó reposo, si uno puede usar la expresión, para su fatiga, en lo que podría llamarse el lugar de descanso de la autoridad.

    Capítulo 9

    II, 9, 14

    14. "Además —dice—, Agripino, varón de feliz memoria, con los demás obispos que con él gobernaban a la sazón la Iglesia del Señor en la provincia de África y Numidia, estableció esto y, pesado tras la investigación de un concilio mutuo, lo confirmó; cuya sentencia, siendo religiosa, legítima y saludable conforme a la fe católica y a la Iglesia, también hemos seguido." Con este testimonio da prueba suficiente de cuánto más dispuesto habría estado a dar su testimonio si se hubiera celebrado algún concilio para tratar esta cuestión que abarcara toda la Iglesia, o al menos representara a nuestros hermanos de más allá del mar. Pero tal concilio no se había celebrado aún, porque todo el mundo estaba ligado por el poderoso vínculo de la costumbre; y esto se consideraba suficiente para oponerse a quienes querían introducir novedades, porque no podían comprender la verdad. Después, sin embargo, mientras la cuestión se hacía materia de discusión e investigación entre muchos de una y otra parte, la nueva práctica no solo fue inventada, sino incluso sometida a la autoridad y poder de un concilio plenario —después del martirio de Cipriano, es verdad, pero antes de que nosotros naciéramos—. Pero que ésta era realmente la costumbre de la Iglesia, que después fue confirmada por un concilio plenario en el cual la verdad fue sacada a la luz y se aclararon muchas dificultades, resulta bastante claro de las palabras del mismo bienaventurado Cipriano en la misma carta a Jubaiano, que fue citada como leída en el concilio. Pues dice: "Pero pregunta alguno: ¿Qué se hará, pues, con aquellos que, viniendo de la herejía a la Iglesia, han sido ya admitidos sin bautismo?" donde ciertamente muestra con bastante claridad lo que solía hacerse, aunque él habría deseado otra cosa; y en el hecho mismo de citar el concilio de Agripino demuestra claramente que la costumbre de la Iglesia era distinta. Ni era necesario que buscara establecer la práctica por este concilio, si ya estaba sancionada por la costumbre; y en el concilio mismo algunos de los que hablan declaran expresamente, al dar su parecer, que iban contra la costumbre de la Iglesia al decidir lo que pensaban que era correcto. Por tanto, consideren los donatistas este único punto, que sin duda nadie deja de ver: que si ha de seguirse la autoridad de Cipriano, ha de seguirse más bien para mantener la unidad que para alterar la costumbre de la Iglesia; pero si se presta respeto a su concilio, debe ceder al menos el lugar al concilio posterior de la Iglesia universal, de la cual él se gozaba de ser miembro, advirtiendo a menudo a sus compañeros que todos debían seguir su ejemplo en mantener la coherencia de todo el cuerpo. Pues los concilios posteriores son preferidos, entre las generaciones posteriores, a los de fecha anterior; y el todo siempre, con razón, es considerado superior a las partes.

    Capítulo 10

    II, 10, 15

    15. Pero ¿qué actitud adoptan cuando se muestra que el santo Cipriano, aunque él mismo no admitía como miembros de la Iglesia a los que habían sido bautizados en la herejía o en el cisma, mantenía la comunión con quienes los admitían, según su declaración expresa: "No juzgando a nadie, ni privando a nadie del derecho de comunión si difiere de nosotros"? Si él quedó contaminado por la comunión con personas de esta clase, ¿por qué siguen su autoridad en la cuestión del bautismo? Pero si no quedó contaminado por la comunión con ellas, ¿por qué no siguen su ejemplo en mantener la unidad? ¿Tienen algo que alegar en su defensa, salvo la excusa: "Elegimos que sea así"? ¿Qué otra respuesta pueden dar los hombres pecadores o impíos al discurso de la verdad o de la justicia —los voluptuosos, por ejemplo, los borrachos, los adúlteros y los que son impuros de cualquier modo, los ladrones, salteadores, homicidas, saqueadores, malhechores, idólatras—, qué otra respuesta pueden dar cuando son convencidos por la voz de la verdad, salvo "Elijo hacerlo", "Así me place"? Y si tienen en sí un tinte de cristianismo, dicen además: "¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno?" []. Sin embargo, estos conservan tanto más resto de modestia que, cuando según la ley divina y humana reciben castigo por su vida y obras abandonadas, no se llaman a sí mismos mártires; mientras que los donatistas quieren a la vez llevar una vida sacrílega y gozar de reputación intachable, no sufrir castigo alguno por sus maldades y ganar gloria de mártires en su justo castigo. Como si no estuvieran experimentando la mayor misericordia y paciencia de Dios, en la medida en que "ejecutando sus juicios sobre ellos poco a poco, les da lugar de arrepentimiento", [] y no cesa de redoblar sus azotes en esta vida; para que, considerando lo que sufren y por qué lo sufren, se hagan sabios con el tiempo; y para que quienes han recibido el bautismo del partido de Maximiano para conservar la unidad de Donato abracen con más prontitud el bautismo de todo el mundo para conservar la paz de Cristo; para que sean restaurados a la raíz, sean reconciliados con la unidad de la Iglesia, vean que no les queda nada que decir, aunque algo les queda por hacer; para que por sus obras anteriores se ofrezca el sacrificio de misericordia a un Dios paciente, cuya unidad han roto con su pecado malvado, a cuyos sacramentos han infligido tan duradero agravio. Porque "el Señor es misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad". Abracen en esta vida su misericordia y longanimidad, y teman en la otra su verdad. Porque Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva; [] porque inclina su juicio contra las injurias que se le han infligido. Esta es nuestra exhortación.

    Capítulo 11

    II, 11, 16

    16. Por esta razón, pues, los tenemos por enemigos: porque decimos la verdad, porque tememos callar, porque tememos dejar de insistir con toda la fuerza que está en nuestro poder, porque obedecemos al apóstol cuando dice: "Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta." []. Pero, como dice el evangelio: "Aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios"; [] y mientras temen incurrir en culpa por un tiempo, no temen incurrir en condenación para siempre. Ellos ven, además, el mal que están haciendo; ven que no tienen respuesta alguna que dar, pero cubren de nieblas a los inexpertos, mientras ellos mismos son tragados vivos —es decir, perecen a sabiendas y voluntariamente—. Ven que los hombres se asombran y miran con aborrecimiento el hecho de que se han dividido en muchos cismas, especialmente en Cartago, la capital y ciudad más famosa de toda África; han procurado remendar la deshonra de sus harapos. Pensando que podían aniquilar a los secuaces de Maximiano, los oprimieron duramente por medio de Optato el Gildoniano; les infligieron muchos agravios en medio de las más crueles persecuciones. Luego recibieron de nuevo a algunos, pensando que todos podrían convertirse bajo la influencia del mismo terror; pero no quisieron hacer a los que recibieron el agravio de bautizar de nuevo a quienes habían sido bautizados por ellos en su cisma, o mejor dicho, de hacer que fueran bautizados de nuevo dentro de su comunión por los mismos hombres por quienes habían sido bautizados fuera, y así hicieron en seguida una excepción a su propia costumbre impía. Sienten cuán inicuamente obran al atacar el bautismo de todo el mundo, cuando han recibido el bautismo de los secuaces de Maximiano. Pero temen a aquellos a quienes ellos mismos han rebautizado, no sea que no reciban misericordia de ellos, cuando la han mostrado a otros; no sea que estos les pidan cuenta de sus almas cuando hayan cesado de destruir las de los demás.

    Capítulo 12

    II, 12, 17

    17. Qué respuesta pueden dar acerca de los seguidores de Maximiano a quienes han recibido, no pueden adivinarla. Si dicen: "Los que recibimos eran inocentes", la respuesta es obvia: "Entonces condenasteis a inocentes". Si dicen: "Lo hicimos por ignorancia", entonces juzgasteis temerariamente (así como pronunciasteis un juicio temerario contra los traditores), y fue falsa vuestra declaración de que "habéis de saber que fueron condenados por la voz veraz de un concilio plenario". Pues, en verdad, los inocentes jamás podrían ser condenados por una voz de verdad. Si dicen: "No los condenamos", basta citar el concilio, citar los nombres de los obispos y de las ciudades. Si dicen: "El concilio mismo no es nuestro", entonces citamos las actas de la provincia proconsular, donde más de una vez adujeron ese mismo concilio para justificar la exclusión de los seguidores de Maximiano de las basílicas, y para confundirlos con el clamor de los jueces y la fuerza de sus aliados. Si dicen que Feliciano de Musti y Pretextato de Asava, a quienes después recibieron, no eran del partido de Maximiano, entonces citamos las actas en las que pidieron, ante los tribunales, que esas personas fueran excluidas del concilio que celebraron contra el partido de Maximiano. Si dicen: "Fueron recibidos por causa de la paz", respondemos: "¿Por qué, pues, no reconocéis la única paz verdadera y plena? ¿Quién os instó, quién os obligó a recibir a un cismático a quien habíais condenado, para conservar la paz de Donato y condenar al mundo sin oírlo, violando la paz de Cristo?" La verdad los estrecha por todos lados. Ven que no les queda respuesta alguna que dar, y piensan que nada les queda por hacer; no hallan qué decir. No se les permite callar. Prefieren luchar con perversas palabras contra la verdad antes que ser restaurados a la paz por la confesión de sus faltas.

    Capítulo 13

    II, 13, 18

    18. Pero ¿quién puede dejar de comprender lo que quizá dicen en su corazón? "¿Qué hemos de hacer, pues", dicen, "con aquellos a quienes ya hemos rebautizado?" Volved con ellos a la Iglesia. Traed a los que habéis herido para que sean sanados por la medicina de la paz; traed a los que habéis matado para que sean vivificados por la vida de la caridad. La unión fraterna tiene gran poder para aplacar a Dios. "Si dos de vosotros", dice nuestro Señor, "se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho". [] Si para dos hombres que se ponen de acuerdo, ¡cuánto más para dos comunidades! Arrojémonos juntos de rodillas ante el Señor. Compartid vosotros con nosotros vuestra unidad; compartamos nosotros con vosotros vuestra contrición, y que la caridad cubra la multitud de los pecados. [] Buscad consejo en el propio bienaventurado Cipriano. Ved cuánto consideraba que dependía de la bendición de la unidad, de la cual no se apartó para evitar la comunión con quienes discrepaban de él; cómo, aunque consideraba que quienes habían sido bautizados fuera de la comunión de la Iglesia no tenían verdadero bautismo, estaba sin embargo dispuesto a creer que, por la simple admisión en la Iglesia, podían, meramente en virtud del vínculo de unidad, ser admitidos a participar del perdón. Pues así resolvió la cuestión que se propuso a sí mismo al escribir a Jubaiano de esta manera: "Pero algunos dirán: '¿Qué será, pues, de aquellos que en tiempos pasados, viniendo a la Iglesia desde la herejía, fueron admitidos sin bautismo?' El Señor es poderoso, por su misericordia, para conceder indulgencia, y para no separar de los dones de su Iglesia a aquellos que, admitidos con sencillez en la Iglesia, se durmieron en la Iglesia."

    Capítulo 14

    II, 14, 19

    19. Pero cuál sea peor, no ser bautizado en absoluto o ser bautizado dos veces, es difícil decidirlo. Veo, ciertamente, cuál es más repugnante y aborrecible a los sentimientos de los hombres; pero cuando recurro a aquella balanza divina en la que el peso de las cosas no se determina por los sentimientos de los hombres, sino por la autoridad de Dios, encuentro una declaración de nuestro Señor en uno y otro sentido. Pues dijo a Pedro: "El que está lavado no necesita lavarse por segunda vez"; y a Nicodemo: "El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios". [] Cuál sea el sentido de la determinación más secreta de Dios, tal vez sea difícil de aprender para hombres como nosotros; pero en cuanto a las meras palabras, cualquiera puede ver qué diferencia hay entre "no necesita lavarse" y "no puede entrar en el reino de los cielos". La Iglesia, en fin, mantiene como tradición suya que sin el bautismo no puede admitir en modo alguno a un hombre a su altar; pero, puesto que se admite que quien ha sido rebautizado puede ser admitido después de la penitencia, esto prueba claramente que su bautismo es considerado válido. Por tanto, si Cipriano pensaba que aquellos a quienes consideraba no bautizados tenían, sin embargo, alguna participación en el perdón en virtud del vínculo de la unidad, el Señor tiene poder para reconciliarse incluso con los rebautizados por medio del simple vínculo de la unidad y de la paz, y por este mismo poder compensador de la paz para mitigar su desagrado contra aquellos por quienes fueron rebautizados, y para perdonar todos los errores que cometieron mientras estaban en el error, al ofrecer ellos el sacrificio de la caridad, que cubre la multitud de los pecados; de modo que no mira al número de los que han sido heridos por su separación, sino al número mayor de los que han sido librados de la esclavitud por su retorno. Pues en el mismo vínculo de paz en que Cipriano concebía que, por la misericordia de Dios, aquellos a quienes consideraba admitidos a la Iglesia sin bautismo no quedaban, sin embargo, separados de los dones de la Iglesia, creemos también que, por la misma misericordia de Dios, los rebautizados pueden alcanzar su perdón de las manos de Dios.

    Capítulo 15

    II, 15, 20

    20. Puesto que la Iglesia Católica, tanto en tiempo del bienaventurado Cipriano como en el tiempo más antiguo anterior a él, contenía en su seno o a algunos rebautizados o a algunos no bautizados, una u otra sección debió de alcanzar la salvación solo por la fuerza de la simple unidad. Pues si aquellos que venían de los herejes no eran bautizados, como afirma Cipriano, no eran rectamente admitidos en la Iglesia; y, sin embargo, él mismo no desesperaba de que alcanzaran el perdón por la misericordia de Dios en virtud de la unidad de la Iglesia. Asimismo, si ya estaban bautizados, no era recto rebautizarlos. ¿Qué había, pues, que ayudara a la otra sección, sino la misma caridad que se deleita en la unidad, para que lo que estaba oculto a la debilidad humana en la consideración del sacramento no fuera contado, por la misericordia de Dios, como falta en aquellos que amaban la paz? ¿Por qué, pues, temiendo vosotros a los que habéis rebautizado, os negáis a vosotros mismos y a ellos la entrada en la salvación? Hubo en otro tiempo una duda acerca del bautismo; quienes sostenían opiniones diferentes permanecían, no obstante, en la unidad. Con el tiempo, gracias al descubrimiento cierto de la verdad, aquella duda fue removida. La cuestión que, sin resolver, no atemorizó a Cipriano hasta separarlo de la Iglesia, os invita ahora, una vez resuelta, a volver de nuevo al redil. Venid a la Iglesia Católica en su concordia, a la que Cipriano no abandonó mientras estaba aún turbado por la duda; o, si ahora os desagrada el ejemplo de Cipriano, que mantenía comunión con quienes eran recibidos con el bautismo de los herejes, declarando abiertamente que "a nadie juzgamos, ni a nadie privamos del derecho de comunión si discrepa de nosotros", ¿adónde vais, hombres miserables? ¿Qué hacéis? Estáis obligados a huir incluso de vosotros mismos, porque habéis avanzado más allá de la posición en que él permaneció. Pero si ni sus propios pecados ni los de otros pudieron serle obstáculo, a causa de la abundancia de su caridad, de su amor a la bondad fraterna y del vínculo de paz, volved a nosotros, donde hallaréis mucho menos impedimento, tanto por parte nuestra como vuestra, de las ficciones que vuestro partido ha inventado.
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