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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

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    Sobre el bautismo, contra los donatistas

    c. 400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. R. King (NPNF)69 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 8 · Libro IVPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-28

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    Libro IV

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro IV · IV, argumento
    En el que trata de lo que sigue en la misma epístola de Cipriano a Jubaiano.

    Capítulo 1

    IV, 1

    La comparación de la Iglesia con el Paraíso nos muestra que los hombres pueden ciertamente recibir su bautismo fuera de sus límites, pero que nadie fuera puede recibir ni conservar la salvación de la felicidad eterna. Pues, como atestiguan las palabras de la Escritura, las corrientes de la fuente del Paraíso fluían copiosamente aun más allá de sus confines. Se hace, en efecto, registro de sus nombres; y por qué países fluyen, y que están situadas fuera de los límites del Paraíso, es conocido de todos; [] y sin embargo, en Mesopotamia y en Egipto, a cuyos países se extendían aquellos ríos, no se halla aquella bienaventuranza de vida que se registra en el Paraíso. Por consiguiente, aunque las aguas del Paraíso se hallan más allá de sus límites, su felicidad está solo en el Paraíso. Así, pues, el bautismo de la Iglesia puede existir fuera, pero el don de la vida de felicidad se encuentra solo dentro de la Iglesia, la cual ha sido fundada sobre una roca, la cual ha recibido las llaves de atar y desatar. [] "Ella sola es quien tiene como privilegio todo el poder de su Esposo y Señor"; en virtud de cuyo poder como esposa, puede engendrar hijos aun de siervas. Y estos, si no son altivos, serán llamados a la suerte de la herencia; pero si son altivos, permanecerán fuera.

    Capítulo 2

    IV, 2, 3

    Con mayor razón, pues, puesto que "luchamos por el honor y la unidad" de la Iglesia, guardémonos de conceder a los herejes el mérito de todo aquello que reconozcamos entre ellos como perteneciente a la Iglesia; antes enseñémosles con argumentos que lo que poseen derivado de la unidad no tiene eficacia alguna para su salvación, a menos que vuelvan a esa misma unidad. Pues "el agua de la Iglesia está llena de fe, de salvación y de santidad" para quienes la usan rectamente. Nadie, sin embargo, puede usarla bien fuera de la Iglesia. Pero para quienes la usan perversamente, ya sea dentro o fuera de la Iglesia, sirve para obrar castigo, y no conduce a su recompensa. Y así el bautismo "no puede ser corrompido ni contaminado", aunque sea manejado por los corrompidos o por adúlteros, así como tampoco "la Iglesia misma es incorrupta, pura y casta". Y así ninguna participación en él corresponde a los avaros, a los ladrones o a los usureros —muchos de los cuales, según el testimonio del propio Cipriano en muchos lugares de sus cartas, existen no solo fuera, sino realmente dentro de la Iglesia—, y sin embargo ellos son bautizados y bautizan, sin cambio alguno en sus corazones.
    3. Pues esto dice también en una de sus epístolas al clero sobre el tema de la oración a Dios, en la cual, a la manera del santo Daniel, presenta los pecados de su pueblo como cayendo sobre sí mismo. Pues entre otros muchos males que menciona, habla de ellos también como "renunciando al mundo solo de palabra y no de obra"; como dice el apóstol de ciertos hombres: "Profesan conocer a Dios, pero con las obras lo niegan". [] A estos, pues, el bienaventurado Cipriano muestra contenidos dentro de la Iglesia misma, que son bautizados sin que sus corazones cambien para mejor, puesto que renuncian al mundo de palabra y no de obra, como dice el apóstol Pedro: "La figura correspondiente a la cual ahora también nos salva el bautismo (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la respuesta de una buena conciencia)", [] la cual ciertamente no tenían aquellos de quienes se dice que "renunciaban al mundo solo de palabra, y no de obra"; y sin embargo él hace todo lo posible, reprendiéndolos y convenciéndolos, para hacerlos al fin andar en el camino de Cristo, y ser amigos suyos antes que amigos del mundo.

    Capítulo 3

    IV, 3, 4–5

    4. Y si le hubieran obedecido, y hubieran comenzado a vivir rectamente, no como falsos sino como verdaderos cristianos, ¿les habría mandado él que fueran bautizados de nuevo? Ciertamente no; sino que su verdadera conversión les habría ganado esto: que el sacramento que servía para su destrucción mientras aún no estaban cambiados, comenzara, cuando cambiaran, a servir para su salvación.
    5. Pues ni están "consagrados a la Iglesia" los que parecen estar dentro y viven contra Cristo, es decir, obran contra sus mandamientos; ni de ningún modo puede considerarse que pertenecen a aquella Iglesia, a la cual Él purifica de tal manera con el lavado del agua, "para presentársela a sí mismo una Iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga, ni cosa semejante". [] Pero si no están en aquella Iglesia a cuyos miembros no pertenecen, no están en la Iglesia de la cual se dice: "Mi paloma es una sola; es la única de su madre"; [] pues ella misma no tiene mancha ni arruga. De lo contrario, que aquel que pueda afirme que son miembros de esta paloma quienes renuncian al mundo de palabra pero no de obra. Entre tanto hay una cosa que vemos, de la cual pienso que se dijo: "El que hace caso del día, para el Señor lo hace", [] pues Dios juzga cada día. Pues, según su presciencia, que sabe a quiénes ha predestinado antes de la fundación del mundo para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, muchos que están incluso abiertamente fuera, y son llamados herejes, son mejores que muchos buenos católicos. Pues vemos lo que son hoy; lo que serán mañana no lo sabemos. Y ante Dios, para quien el futuro es ya presente, ya son lo que después serán. Pero nosotros, según lo que cada hombre es en el presente, preguntamos si han de ser contados hoy entre los miembros de la Iglesia que es llamada la única paloma y la Esposa de Cristo sin mancha ni arruga, de la cual Cipriano dice en la carta que he citado arriba, que "no guardaron el camino del Señor, ni observaron los mandamientos que les fueron dados para su salvación; que no cumplieron la voluntad de su Señor, afanándose por sus bienes y ganancias, siguiendo los dictados de la soberbia, cediendo a la envidia y a la discordia, descuidados de la sencillez y de la fe, renunciando al mundo solo de palabra y no de obra, agradando cada uno a sí mismo, y desagradando a todos los hombres". Pero si la paloma no los reconoce entre sus miembros, y si el Señor les dijere, suponiendo que continúan en la misma perversidad: "Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad"; [] entonces parecen ciertamente estar en la Iglesia, pero no están; "es más, incluso obran contra la Iglesia. ¿Cómo, pues, pueden bautizar con el bautismo de la Iglesia", el cual no aprovecha ni a ellos mismos, ni a quienes lo reciben de ellos, a menos que sean cambiados de corazón con una verdadera conversión, de modo que el sacramento mismo, que no les aprovechó cuando lo recibieron mientras renunciaban al mundo de palabra y no de obra, comience a aprovecharles cuando comiencen a renunciar a él también de obra? Y lo mismo en el caso de aquellos cuya separación de la Iglesia es abierta; pues ni estos ni aquellos están aún entre los miembros de la paloma, pero algunos de ellos quizá lo estarán en algún tiempo futuro.

    Capítulo 4

    IV, 4, 6–7

    6. No reconocemos, por tanto, "el bautismo de los herejes", cuando rehusamos bautizar después de ellos; sino porque reconocemos que la ordenanza es de Cristo aun entre hombres malvados, ya sea abiertamente separados de nosotros, ya secretamente apartados mientras están dentro de nuestro cuerpo, la recibimos con el debido respeto, después de haber corregido a aquellos que estaban equivocados en los puntos en que se extraviaron. Mas así como yo parezco ser apremiado cuando se me dice: "¿Acaso un hereje confiere la remisión de los pecados?", así yo a mi vez apremio cuando digo: ¿Acaso el que viola los mandamientos del Cielo, el avaro, el ladrón, el usurero, el envidioso, acaso el que renuncia al mundo de palabra y no de obra, confiere tal remisión? Si te refieres a la fuerza del sacramento de Dios, entonces tanto el uno como el otro; si a su propio mérito, ninguno de los dos. Porque aquel sacramento, aun en manos de hombres malvados, se sabe que es de Cristo; pero ni el uno ni el otro de estos hombres se halla en el cuerpo de la única paloma incorrupta, santa, casta, que no tiene mancha ni arruga. Y así como el bautismo no aprovecha al hombre que renuncia al mundo de palabra y no de obra, así tampoco aprovecha a aquel que es bautizado en herejía o cisma; pero cada uno de ellos, cuando enmienda sus caminos, comienza a recibir provecho de aquello que antes no le aprovechaba, pero que ya estaba en él.
    7. "Por tanto, el que es bautizado en herejía no se hace templo de Dios"; pero ¿se sigue de ello que no haya de ser considerado como bautizado? Pues tampoco el avaro, bautizado dentro de la Iglesia, se hace templo de Dios a menos que se aparte de su avaricia; porque los que se hacen templo de Dios ciertamente heredan el reino de Dios. Pero el apóstol dice, entre otras muchas cosas: "Ni los avaros, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios". [] Pues en otro lugar el mismo apóstol compara la avaricia con la idolatría: "Ni avaro", dice, "que es idólatra"; [] sentido que el mismo Cipriano ha extendido tanto en una carta a Antoniano, que no dudó en comparar el pecado de avaricia con el de los hombres que en tiempo de persecución habían declarado por escrito que ofrecerían incienso. El hombre, pues, que es bautizado en herejía en el nombre de la Santísima Trinidad, no se hace, empero, templo de Dios a menos que abandone su herejía, así como el avaro que ha sido bautizado en el mismo nombre no se hace templo de Dios a menos que abandone su avaricia, que es idolatría. Pues esto también dice el mismo apóstol: "¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?" [] No se nos pregunte, pues, "de qué Dios se hace templo", cuando decimos que no se hace en absoluto templo de Dios. Sin embargo, no por eso deja de ser bautizado, ni su torpe error hace que lo que ha recibido, consagrado en las palabras del evangelio, no sea el santo sacramento; así como la avaricia del otro hombre (que es idolatría) y su gran impureza no pueden impedir que lo que recibe sea santo bautismo, aun cuando sea bautizado con las mismas palabras del evangelio por otro hombre avaro como él.

    Capítulo 5

    IV, 5, 8

    8. "Además", prosigue Cipriano, "en vano algunos, vencidos por la razón, nos oponen la costumbre, como si la costumbre fuera superior a la verdad, o como si en las cosas espirituales no hubiera de seguirse lo que ha sido revelado por el Espíritu Santo como camino mejor". Esto es claramente verdad, puesto que la razón y la verdad han de preferirse a la costumbre. Pero cuando la verdad apoya la costumbre, nada debe mantenerse con más firmeza. Luego prosigue así: "Pues puede perdonarse a un hombre que simplemente yerra, como dice de sí mismo el apóstol Pablo: 'Antes fui blasfemo, perseguidor e injuriador; mas obtuve misericordia, porque lo hice por ignorancia'; [] pero aquel que, después de recibida la inspiración y la revelación, persevera advertida y conscientemente en su antiguo error, peca sin esperanza de perdón sobre la base de la ignorancia. Porque descansa en una especie de presunción y obstinación, cuando es vencido por la razón". Esto es muy verdad: que es mucho más grave el pecado de aquel que ha pecado a sabiendas que el de aquel que ha pecado por ignorancia. Y así, en el caso del santo Cipriano, que no solo era docto, sino también paciente para recibir instrucción, lo cual él mismo entendió tan plenamente como parte de la alabanza del obispo que el apóstol describe, [] que dijo: "Esto también debe aprobarse en un obispo: que no solo enseñe con conocimiento, sino que también aprenda con paciencia". No dudo que si hubiera tenido oportunidad de discutir esta cuestión, que ha sido tan larga y tan debatida en la Iglesia, con los varones piadosos y doctos a quienes debemos que posteriormente aquella antigua costumbre fuera confirmada por la autoridad de un concilio plenario, habría mostrado, sin vacilar, no solo cuán docto era en aquellas cosas que había comprendido con toda la seguridad de la verdad, sino también cuán dispuesto estaba a recibir instrucción en lo que no había alcanzado a percibir. Y sin embargo, puesto que es tan claro que es mucho más grave pecar a sabiendas que por ignorancia, me alegraría de que alguien me dijera cuál es peor: el hombre que cae en herejía, sin saber cuán grande pecado es, o el hombre que rehúsa abandonar su avaricia, conociendo su enormidad. Podría incluso plantear la cuestión así: si un hombre cae sin saberlo en herejía, y otro a sabiendas rehúsa apartarse de la idolatría, puesto que el mismo apóstol dice: "El avaro, que es idólatra"; y Cipriano también entendió el mismo pasaje exactamente del mismo modo, cuando dice, en su carta a Antoniano: "Ni se halaguen los nuevos herejes con esto, por decir que no se comunican con idólatras, cuando hay entre ellos tanto adúlteros como avaros, que son tenidos por culpables del pecado de idolatría; 'porque sabed esto, y entended, que ningún fornicario, ni inmundo, ni avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios'; [] y de nuevo: 'Haced morir, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, impureza, afectos desordenados, malos deseos, y avaricia, que es idolatría'". Pregunto, por tanto, cuál peca más gravemente: ¿el que por ignorancia ha caído en herejía, o el que a sabiendas ha rehusado abandonar la avaricia, es decir, la idolatría? Según aquella regla por la cual los pecados de quienes pecan a sabiendas se anteponen a los de los ignorantes, el hombre que es avaro con conocimiento ocupa el primer lugar en el pecado. Pero como es posible que la grandeza del pecado mismo produzca en el caso de la herejía el mismo efecto que la comisión a sabiendas del pecado produce en el de la avaricia, supongamos que el hereje ignorante esté a la par en culpa con el hombre conscientemente avaro, aunque la evidencia que el propio Cipriano ha aducido del apóstol no parece probar esto. Pues ¿qué es lo que abominamos en los herejes sino sus blasfemias? Pero cuando quiso mostrar que la ignorancia del pecado puede conducir a la facilidad para obtener el perdón, adujo una prueba del caso del apóstol, cuando dice: "Antes fui blasfemo, y perseguidor, e injuriador; mas obtuve misericordia, porque lo hice por ignorancia". [] Pero si es posible, como dije antes, estímense de igual peso los pecados de los dos hombres —la blasfemia del inconsciente, y la idolatría del pecador consciente—; y júzgueseles por la misma sentencia: aquel que, buscando a Cristo, cae en una exposición de lo falso con apariencia de verdad, y aquel que a sabiendas resiste a Cristo que habla por medio de su apóstol, "viendo que ningún fornicario, ni inmundo, ni avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios", [] — y entonces preguntaría yo por qué el bautismo y las palabras del evangelio son tenidos como nada en el primer caso, y considerados válidos en el segundo, cuando cada uno se halla igualmente extrañado de los miembros de la paloma. ¿Acaso porque el primero es un combatiente abierto fuera, para que no deba ser admitido, y el segundo un astuto asentidor dentro del redil, para que no deba ser expulsado?

    Capítulo 6

    IV, 6, 9–10

    9. Pero en cuanto a aquello que dice, "Ni afirme nadie que siguen lo que recibieron de los apóstoles; porque los apóstoles transmitieron una sola Iglesia y un solo bautismo, y este únicamente en la misma Iglesia:" esto no me mueve tanto a atreverme a condenar el bautismo de Cristo cuando se halla entre los herejes (así como es necesario reconocer el evangelio mismo cuando lo hallo entre ellos, aunque abomine su error), cuanto me advierte que ya en tiempos del santo Cipriano había algunos que atribuían a la autoridad de los apóstoles aquella costumbre contra la cual se celebraron los concilios africanos, y respecto de la cual él mismo dijo poco antes: "En vano nos oponen la autoridad de la costumbre quienes son vencidos por la razón." Ni hallo la razón por la cual el mismo Cipriano encontró esta misma costumbre, que después de su tiempo fue confirmada nada menos que por un concilio plenario de todo el mundo, ya tan firme antes de su tiempo que, cuando con toda su erudición buscó una autoridad digna de ser seguida para cambiarla, no halló sino un Concilio de Agripino celebrado en África muy pocos años antes de su propio tiempo. Y viendo que esto no le bastaba frente a la costumbre de todo el mundo, echó mano de estas razones que nosotros, considerándolas hace poco con gran cuidado, y confirmados por la antigüedad de la costumbre misma y por la autoridad posterior de un concilio plenario, hallamos más verosímiles que verdaderas; las cuales, sin embargo, le parecieron verdaderas, mientras se esforzaba en una cuestión de grandísima oscuridad y dudaba acerca de la remisión de los pecados: si podía dejar de concederse en el bautismo de Cristo, y si podía concederse entre los herejes. En esta cuestión, si a Cipriano le fue dada una revelación imperfecta de la verdad, para que se manifestara la grandeza de su amor al no abandonar la unidad de la Iglesia, no hay sin embargo razón alguna para que nadie se atreva a pretender superioridad sobre las firmes defensas y la excelencia de sus virtudes, y la abundancia de gracias que en él se hallaron, solo porque, con la instrucción derivada de la fuerza de un concilio general, ve algo que Cipriano no vio, porque la Iglesia aún no había celebrado un concilio plenario sobre la cuestión. Así como nadie es tan insensato como para erigirse en superior a los méritos del apóstol Pedro porque, instruido por las epístolas del apóstol Pablo y confirmado por la costumbre de la Iglesia misma, no obliga a los gentiles a judaizar, como Pedro una vez había hecho. []
    10. Nosotros, pues, no "hallamos que alguien, después de ser bautizado entre herejes, fuera admitido luego por los apóstoles con el mismo bautismo y comulgara"; pero tampoco hallamos esto: que alguien que viniera de la sociedad de los herejes, habiendo sido bautizado entre ellos, fuera bautizado de nuevo por los apóstoles. Pero esta costumbre, que aun entonces quienes miraban a los siglos pasados no podían hallar que hubiera sido inventada por hombres de un tiempo posterior, se cree con razón que fue transmitida por los apóstoles. Y hay muchas otras cosas del mismo género, que sería prolijo enumerar. Por lo cual, si tenían algo que decir en su favor aquellos a quienes Cipriano, deseando persuadirlos de la verdad de su propio parecer, dice: "Que nadie diga: Lo que hemos recibido de los apóstoles, eso seguimos", ¡con cuánta más fuerza decimos ahora nosotros: Lo que la costumbre de la Iglesia ha mantenido siempre, lo que este argumento no ha logrado demostrar falso, y lo que un concilio plenario ha confirmado, eso seguimos! A esto podemos añadir que también puede decirse, tras una cuidadosa indagación de las razones de ambas partes de la discusión y del testimonio de la Escritura: Lo que la verdad ha declarado, eso seguimos.

    Capítulo 7

    IV, 7, 11

    11. Pues, en efecto, en cuanto a lo que algunos oponían al razonamiento de Cipriano, a saber, que el Apóstol dice: "No obstante, de todas maneras, sea por pretexto o por verdad, sea Cristo predicado", Cipriano puso de manifiesto con razón su error, mostrando que eso nada tiene que ver con el caso de los herejes, puesto que el Apóstol hablaba de quienes obraban dentro de la Iglesia, buscando su propio provecho con envidia maliciosa. Anunciaban a Cristo, ciertamente, según la verdad por la cual creemos en Cristo, pero no con el espíritu con que era anunciado por los buenos evangelistas a los hijos de la paloma. "Pues Pablo —dice— en su epístola no hablaba de herejes ni de su bautismo, de modo que pudiera mostrarse que había establecido algo sobre esta cuestión. Hablaba de hermanos, ya fuera de los que andaban desordenadamente y contra la disciplina de la Iglesia, ya de los que guardaban la disciplina de la Iglesia en el temor de Dios. Y declaró que algunos de ellos hablaban la palabra de Dios con firmeza y sin temor, pero que algunos obraban con envidia y contienda; que algunos se habían mantenido rodeados de benévolo amor cristiano, pero que otros albergaban malicia y contienda; y sin embargo, que él soportaba todas las cosas con paciencia, con la mira de que, ya en verdad ya en pretexto, el nombre de Cristo, que Pablo predicaba, llegara al conocimiento del mayor número, y de que la siembra de la palabra, que era todavía una obra nueva y no acostumbrada, se extendiera más ampliamente por la predicación de los que hablaban. Además, una cosa es que los que están dentro de la Iglesia hablen en el nombre de Cristo, y otra que los que están fuera, obrando contra la Iglesia, bauticen en el nombre de Cristo." Estas palabras de Cipriano parecen advertirnos que debemos distinguir entre los malos de fuera y los malos de dentro de la Iglesia. Y aquellos a quienes dice que el Apóstol presenta como predicando el evangelio impuramente y por envidia, dice con verdad que estaban dentro. Esto, sin embargo, creo que puedo decirlo sin temeridad: si nadie de fuera puede tener cosa alguna que sea de Cristo, tampoco nadie de dentro puede tener cosa alguna que sea del diablo. Pues si aquel huerto cerrado puede contener las espinas del diablo, ¿por qué no puede la fuente de Cristo fluir igualmente fuera de los límites del huerto? Pero si no puede contenerlas, ¿de dónde, aun en el tiempo del propio apóstol Pablo, surgió entre los que estaban dentro tan gran mal de envidia y contienda maliciosa? Pues estas son palabras de Cipriano. ¿Acaso la envidia y la contienda maliciosa son un mal pequeño? ¿Cómo, pues, estaban en la unidad quienes no tenían paz? Porque no es mi voz, ni la de hombre alguno, sino la del Señor mismo; ni el sonido salió de los hombres, sino de los ángeles, en el nacimiento de Cristo: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad." Y ciertamente esto no habría sido proclamado por la voz de los ángeles cuando Cristo nació en la tierra, a menos que Dios quisiera que se entendiera esto: que están en la unidad del cuerpo de Cristo quienes están unidos en la paz de Cristo, y están en la paz de Cristo quienes son de buena voluntad. Además, así como la buena voluntad se muestra en la benignidad, así la mala voluntad se muestra en la malicia.

    Capítulo 8

    IV, 8, 12

    12. En suma, podemos ver cuán grande mal es en sí misma la envidia, que no puede ser sino maliciosa. No busquemos otro testimonio. Cipriano mismo nos basta, por cuya boca derramó el Señor tantos truenos en la más perfecta verdad, y pronunció tantos preceptos útiles acerca de la envidia y la malignidad. Leamos, pues, la carta de Cipriano acerca de la envidia y la malignidad, y veamos cuán gran mal es envidiar a los que son mejores que nosotros: un mal cuyo origen muestra él con palabras memorables haber brotado del diablo mismo. "Sentir celos —dice— de lo que consideras bueno, y envidiar a los que son mejores que vosotros, a algunos, hermanos queridísimos, les parece una ofensa leve y minúscula." Y de nuevo un poco más adelante, cuando indagaba la fuente y el origen del mal, dice: "De aquí el diablo, en el mismo principio del mundo, pereció primero él mismo, y llevó a otros a la destrucción." Y más adelante en el mismo capítulo: "¡Qué mal, hermanos queridísimos, es aquel por el cual cayó un ángel! ¡Por el cual aquella excelsa e ilustre alteza pudo ser engañada y derribada! ¡Por el cual fue engañado el que era engañador! Desde entonces la envidia anda al acecho sobre la tierra, cuando el hombre, a punto de perecer por la malignidad, se somete al maestro de perdición; cuando el que envidia imita al diablo, como está escrito: 'Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que son de su partido.'" [] Cuán verdaderas, cuán enérgicas son estas palabras de Cipriano, en una epístola conocida en todo el mundo, no podemos dejar de reconocerlo. Verdaderamente convenía que Cipriano argumentara y advirtiera con la mayor fuerza acerca de la envidia y la malignidad, del cual mal mortífero demostró estar tan lejos su propio corazón por la abundancia de su amor cristiano; guardando el cual cuidadosamente, permaneció en la unidad de comunión con sus colegas, quienes sin animosidad sostenían opiniones diversas acerca del bautismo, mientras él mismo difería en parecer de ellos, no por contención alguna de mala voluntad, sino por flaqueza humana, errando en un punto que Dios, a su debido tiempo, le revelaría en razón de su perseverancia en el amor. Pues dice abiertamente: "No juzgando a nadie, ni privando a nadie del derecho de comunión si difiere de nosotros. Porque ninguno de nosotros se erige en obispo de obispos, ni por terror tiránico obliga a sus colegas a la necesidad de obedecer." Y al final de la epístola que nos ocupa dice: "Estas cosas te he escrito brevemente, hermano queridísimo, según mi pobre capacidad, sin prescribir ni prejuzgar a nadie, de modo que se impida a cada obispo hacer lo que estima recto en el libre ejercicio de su propio juicio. Nosotros, en cuanto está en nuestras manos, no contendemos a favor de los herejes con nuestros colegas y coepíscopos, con quienes mantenemos la concordia que Dios ordena y la paz de nuestro Señor, especialmente porque dice el Apóstol: 'Si alguno parece contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.' [] El amor cristiano en nuestras almas, el honor de nuestra fraternidad, el vínculo de la fe, la armonía del sacerdocio, todo esto lo mantenemos nosotros con paciencia y mansedumbre. Por esta causa también, en cuanto lo admitió nuestra pobre capacidad, con el permiso y la inspiración del Señor, hemos escrito ahora un tratado sobre el provecho de la paciencia, que te hemos enviado en atención a nuestro mutuo afecto."

    Capítulo 9

    IV, 9, 13–14

    13. Por esta paciencia del amor cristiano no solo soportó la diversidad de pareceres manifestada con toda benignidad por sus buenos colegas en un punto oscuro, como también él mismo recibió tolerancia, hasta que, con el correr del tiempo, cuando así plugo a Dios, lo que siempre había sido una costumbre salubérrima fue confirmado además por una declaración de la verdad en un concilio plenario, sino que incluso aguantó a los que eran manifiestamente malos, como él mismo bien sabía, que no sostenían un parecer diverso a consecuencia de la oscuridad de la cuestión, sino que obraban en contra de su predicación en las malas prácticas de una vida abandonada, como dice de ellos el Apóstol: "Tú que predicas que un hombre no debe robar, ¿robas?" [] Pues Cipriano dice en su carta de tales obispos de su propio tiempo, colegas suyos y que permanecían en comunión con él: "Mientras tenían hermanos hambrientos en la Iglesia, procuraban amasar grandes sumas de dinero, se apoderaban de haciendas mediante procedimientos fraudulentos, multiplicaban sus ganancias con usuras acumuladas." Pues aquí no hay cuestión oscura alguna. La Escritura declara abiertamente: "Ni los avaros ni los que defraudan heredarán el reino de Dios" []; y: "El que da su dinero a usura"; y: "Ningún fornicario, ni impuro, ni avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" []. Por tanto, ciertamente no habría él, sin conocimiento, presentado acusaciones de tal avaricia, a saber, que hombres no solo atesoraban con avidez sus propios bienes, sino que también se apropiaban fraudulentamente los bienes ajenos, ni de idolatría existente en tal enormidad como él entiende y prueba que existía; ni seguramente daría falso testimonio contra sus coepíscopos. Y sin embargo, con entrañas de amor paterno y materno los soportó, no fuera que, al arrancar la cizaña antes de tiempo, fuera arrancado también el trigo [], imitando ciertamente al apóstol Pablo, quien, con el mismo amor hacia la Iglesia, soportó a los mal dispuestos y envidiosos contra él [].
    14. Pero aun así, porque "por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que son de su partido" [], no porque hayan sido creados por Dios, sino porque se extravían por sí mismos, como también dice el propio Cipriano, visto que el diablo, antes de ser diablo, era ángel y bueno, ¿cómo puede ser que los que son del partido del diablo estén en la unidad de Cristo? Fuera de toda duda, como dice el Señor mismo: "Un enemigo ha hecho esto", el cual "sembró cizaña entre el trigo". Así, pues, como lo que es del diablo dentro del redil debe ser condenado, así lo que es de Cristo fuera debe ser reconocido. ¿Tiene el diablo lo suyo dentro de la unidad de la Iglesia, y no tendrá Cristo lo suyo fuera? Esto, quizá, podría decirse de los hombres individualmente: que así como el diablo no tiene a ninguno de los suyos entre los santos ángeles, así Dios no tiene a ninguno de los suyos fuera de la comunión de la Iglesia. Pero aunque le sea permitido al diablo mezclar cizaña, es decir, hombres malvados, con esta Iglesia que todavía lleva la naturaleza mortal de la carne, mientras peregrina lejos de Dios —siéndole permitido esto justamente por causa de la peregrinación de la Iglesia misma, para que los hombres deseen más ardientemente el descanso de aquella patria que gozan los ángeles—, con todo, esto no puede decirse de los sacramentos. Pues, así como la cizaña dentro de la Iglesia puede tenerlos y manejarlos, aunque no para salvación, sino para la destrucción a la que está destinada en el fuego, así también puede la cizaña de fuera, que los recibió de los que se separaron de dentro; pues no los perdió al separarse. Esto, en verdad, se hace patente por el hecho de que el bautismo no se confiere de nuevo a su regreso, cuando alguno de los mismos que se separaron acaso vuelve. Y nadie diga: ¿Pues qué fruto tiene la cizaña? Porque si esto es así, su condición es la misma, en lo que a esto se refiere, tanto dentro como fuera. Pues ciertamente no puede ser que se hallen granos de trigo en la cizaña de dentro, y no en la de fuera. Pero cuando se trata del sacramento, no consideramos si la cizaña produce algún fruto, sino si tiene alguna participación del cielo; pues la cizaña, tanto dentro como fuera, comparte la lluvia con el trigo mismo, lluvia que en sí misma es celestial y dulce, aunque bajo su influencia la cizaña crezca en esterilidad. Y así el sacramento, según el evangelio de Cristo, es divino y agradable; y no ha de ser tenido en nada a causa de la esterilidad de aquellos sobre quienes su rocío cae aun estando fuera.

    Capítulo 10

    IV, 10, 15–17

    15. Pero alguno podrá decir que la cizaña que está dentro puede convertirse más fácilmente en trigo. Concedo que es así; pero ¿qué tiene esto que ver con la cuestión de repetir el bautismo? No sostendrás ciertamente que si un hombre convertido de la herejía, por la ocasión y oportunidad que le brinda su conversión, diere fruto antes que otro que, estando dentro de la Iglesia, es más lento en lavarse de su iniquidad y así corregirse y cambiarse, aquel no haya de ser bautizado de nuevo, mientras que el que está dentro de la Iglesia sí haya de serlo, superado como fue por el que vino de los herejes, a causa de la mayor lentitud de su enmienda. Nada tiene que ver, pues, con la cuestión que ahora se trata quién se convierte más tarde o más lentamente de su particular extravío al camino recto de la fe, de la esperanza o de la caridad. Pues, aunque los malos que están dentro del redil se hagan buenos más fácilmente, sucederá algunas veces que algunos de los que están fuera sobrepasen en su conversión a algunos de los de dentro; y, mientras éstos permanecen en esterilidad, aquéllos, restituidos a la unidad y a la comunión, darán fruto con paciencia, al treinta, al sesenta o al ciento por uno. O si han de llamarse cizaña solamente los que perseveran hasta el fin en el error perverso, hay muchas espigas de grano fuera y mucha cizaña dentro.
    16. Pero se objetará que los malos de fuera son peores que los de dentro. Cuestión grave es, en verdad, si fue peor Nicolás, separado ya de la Iglesia [], o Simón, que aún estaba dentro de ella []; aquél hereje, éste mago. Pero si el mero hecho de la división, por ser la señal más clara de la caridad violada, se tiene por el mal mayor, concedo que así sea. Sin embargo, muchos, aunque han perdido todo sentimiento de caridad, no se separan por consideraciones de provecho mundano; y como buscan lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo [], aquello de lo que no quieren separarse no es la unidad de Cristo, sino su propia ventaja temporal. Por lo cual se dice en alabanza de la caridad que ella "no busca lo suyo" [].
    17. Ahora bien, la cuestión es cómo podrían pertenecer a la Iglesia, que no tiene mancha ni arruga ni cosa semejante, hombres del partido del diablo, de la cual también se dice: "Paloma mía es una sola" []. Pero si no pueden, claro está que ella gime entre los que no son de ella, unos acechando traidoramente dentro, otros ladrando a su puerta desde fuera. Y sin embargo, esos tales, aun estando dentro, reciben el bautismo, lo poseen y lo transmiten santo en sí mismo; y en modo alguno es mancillado por su maldad, en la cual perseveran hasta el fin. Por lo cual, el mismo bienaventurado Cipriano nos enseña que el bautismo ha de considerarse consagrado en sí mismo por las palabras del evangelio, tal como la Iglesia lo ha recibido, sin juntar ni mezclar con él consideración alguna de extravío o maldad por parte de los ministros o de los que lo reciben; pues él mismo nos muestra ambas verdades: que dentro de la Iglesia hubo algunos que no conservaron un amor cristiano y amable, sino que practicaron la envidia y la discordia áspera, de los cuales habló el apóstol Pablo; y que los envidiosos pertenecen al partido del diablo, como testifica de la manera más abierta en la carta que escribió acerca de la envidia y de la malignidad. Por lo cual, siendo claramente posible que en quienes pertenecen al partido del diablo el sacramento de Cristo sea, sin embargo, santo —no ciertamente para su salvación, sino para su condenación—, y ello no solo si se extravían después de bautizados, sino aun cuando tuviesen tal corazón al recibir el sacramento, renunciando al mundo (como el propio Cipriano muestra) solo de palabra y no de obra; y puesto que, aun cuando después sean traídos al recto camino, no ha de administrarse de nuevo el sacramento que recibieron cuando andaban extraviados; en cuanto alcanzo a ver, el caso queda ya claro y evidente: que en la cuestión del bautismo hemos de considerar, no quién da, sino qué da; no quién recibe, sino qué recibe; no quién tiene, sino qué tiene. Pues si hombres del partido del diablo, y por tanto en modo alguno pertenecientes a la única paloma, pueden, con todo, recibir, tener y dar el bautismo en toda su santidad, en nada mancillado por su extravío, como nos enseñan las cartas del propio Cipriano, ¿cómo atribuimos a los herejes lo que no les pertenece? ¿Cómo decimos que es suyo lo que realmente es de Cristo, y no más bien reconocemos en ellos las enseñas de nuestro Soberano y corregimos las acciones de los desertores de Él? Por lo cual, una cosa es, como dice el santo Cipriano, "para los que están dentro de la Iglesia, hablar en el nombre de Cristo, y otra cosa para los que están fuera, actuando contra la Iglesia, bautizar en su nombre". Pero muchos que están dentro actúan contra la Iglesia por su mala vida y por atraer a las almas débiles a imitar sus costumbres; y algunos que están fuera hablan en el nombre de Cristo, y no se les prohíbe hacer las obras de Cristo, sino solo estar fuera, pues para la curación de sus almas nos asimos a ellos, razonamos con ellos o los exhortamos. Pues también estaba fuera el que no seguía a Cristo con sus discípulos y, sin embargo, expulsaba demonios en el nombre de Cristo, lo cual el Señor mandó que no se le impidiera []; aunque, ciertamente, en aquello en que era imperfecto había de ser sanado, conforme a las palabras del Señor, en las cuales dice: "El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama" []. Por tanto, unas cosas se hacen fuera en el nombre de Cristo no contra la Iglesia, y otras se hacen dentro por parte del diablo que son contra la Iglesia.

    Capítulo 11

    IV, 11, 18

    18. ¿Qué diremos de lo que es también admirable, a saber, que quien observa con cuidado puede hallar que es posible que ciertas personas, sin violar la caridad cristiana, enseñen, no obstante, algo inútil, como Pedro quiso obligar a los gentiles a observar las costumbres judías [], y como el propio Cipriano quería forzar a los herejes a ser bautizados de nuevo? Por lo cual el apóstol dice a esos buenos miembros, arraigados en la caridad y que, sin embargo, no andan rectamente en algunos puntos: "Y si en algo pensáis de otro modo, también esto os lo revelará Dios" []. ¿Y que algunos, a su vez, aunque desprovistos de caridad, pueden enseñar algo saludable? De ellos dice el Señor: "Los escribas y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés; así que todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen" []. Por lo cual también dice el apóstol de aquellos envidiosos y maliciosos que, no obstante, predican la salvación por Cristo: "Sea por pretexto, sea por verdad, Cristo sea anunciado". Por tanto, dentro y fuera, el extravío del hombre ha de ser corregido; pero los sacramentos y las palabras divinas no han de atribuirse a los hombres. No es, pues, "patrono de herejes" quien rehúsa atribuirles lo que sabe que no les pertenece, aunque se halle entre ellos. No concedemos que el bautismo sea suyo; sino que reconocemos que es bautismo de Aquel de quien se dice: "Él es el que bautiza" [], dondequiera que lo hallemos. Pero si "el hombre traicionero y blasfemo" continúa en su traición y blasfemia, no recibe "remisión de los pecados", ni fuera ni dentro de la Iglesia; o si, por el poder del sacramento, la recibe por el momento, la misma fuerza obra fuera y dentro, como el poder del nombre de Cristo solía obrar la expulsión de los demonios aun fuera de la Iglesia.

    Capítulo 12

    IV, 12, 19

    19. Pero él insiste en que "hallamos que los apóstoles, en todas sus epístolas, execraron y aborrecieron la sacrílega maldad de los herejes, hasta decir que 'su palabra cunde como gangrena'". ¿Qué, pues? ¿No muestra también Pablo que los que decían: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos", corrompían las buenas costumbres con sus malas conversaciones, añadiendo inmediatamente después: "Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres"; y, sin embargo, dio a entender que éstos estaban dentro de la Iglesia cuando dice: "¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos?"? Mas ¿cuándo deja de expresar su aborrecimiento de los avaros? ¿O podría decirse algo con términos más fuertes que llamar idolatría a la avaricia, como declaró el mismo apóstol []? Ni Cipriano entendió de otro modo sus palabras, insertándolas en sus cartas cuando la necesidad lo requería; aunque confiesa que en su tiempo había en la Iglesia no solo avaros de tipo ordinario, sino ladrones y usureros, y éstos no entre la multitud, sino entre los obispos. Y, sin embargo, yo estaría dispuesto a entender que aquellos de quienes dice el apóstol: "Su palabra cunde como gangrena", estaban fuera de la Iglesia; pero el propio Cipriano no me lo permite. Pues, al mostrar en su carta a Antoniano que nadie debe separarse de la unidad de la Iglesia antes del tiempo de la separación final de justos e injustos, meramente por la mezcla de hombres malos en la Iglesia, poniendo de manifiesto cuán santo era y cuán digno del ilustre martirio que alcanzó, dice: "¡Qué hinchazón de arrogancia es, qué olvido de humildad y mansedumbre, que alguien se atreva o crea poder hacer lo que el Señor no concedió ni a los apóstoles: pensar que puede distinguir la cizaña del trigo o, como si se le hubiera concedido llevar el aventador y limpiar la era, esforzarse por separar la paja del grano! Y mientras el apóstol dice: 'Mas en una gran casa no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro' [], que él parezca elegir los de oro y plata, y despreciar, arrojar y condenar los de madera y de barro, cuando en realidad los vasos de madera solo han de ser quemados en el día del Señor por el ardor de la conflagración divina, y los de barro han de ser quebrantados por Aquel a quien ha sido dada la 'vara de hierro'". Con este argumento, pues, contra los que, bajo pretexto de evitar la sociedad de los malvados, se habían separado de la unidad de la Iglesia, muestra Cipriano que por la gran casa de que habló el apóstol, en la que no solo había vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, no entendió otra cosa sino la Iglesia, en la que habría buenos y malos, hasta que en el último día fuese limpiada como una era por el aventador. Y si esto es así, en la Iglesia misma, es decir, en la gran casa misma, había vasos para deshonra, cuya palabra cundía como gangrena. Pues el apóstol, hablando de ellos, enseñó lo siguiente: "Y su palabra", dice, "cundirá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya ha pasado, y trastornan la fe de algunos. Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos. Y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Mas en una gran casa no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro" []. Si, por tanto, aquellos cuya palabra cundía como gangrena eran como vasos para deshonra en la gran casa, y por aquella "gran casa" entiende Cipriano la unidad de la Iglesia misma, ciertamente no puede ser que su gangrena contaminara el bautismo de Cristo. Por consiguiente, ni fuera ni dentro puede nadie que sea del partido del diablo, ni en sí mismo ni en otra persona, manchar el sacramento que es de Cristo. No es, pues, el caso que "la palabra que cunde como gangrena a los oídos de los que la oyen dé remisión de los pecados"; sino que, cuando el bautismo se da en las palabras del evangelio, por grande que sea la perversidad de entendimiento por parte de aquel por medio de quien, o de aquel a quien se da, el sacramento mismo es santo en sí mismo por causa de Aquel de quien es sacramento. Y si alguien, recibiéndolo de manos de un hombre extraviado, no recibe, con todo, la perversidad del ministro, sino solo la santidad del misterio, estando estrechamente unido a la unidad de la Iglesia en buena fe, esperanza y caridad, recibe la remisión de sus pecados; no por las palabras que cunden como gangrena, sino por los sacramentos del evangelio que fluyen de fuente celestial. Pero si el que lo recibe está él mismo extraviado, por una parte, lo que se da de nada aprovecha para la salvación del hombre extraviado; y, sin embargo, por otra parte, lo que se recibe permanece santo en quien lo recibe, y no se le renueva si es traído al recto camino.

    Capítulo 13

    IV, 13, 20–21

    20. No hay, por tanto, "comunión entre la justicia y la injusticia" [], no solo fuera, sino también dentro de la Iglesia; porque "conoce el Señor a los que son suyos", y "apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo". No hay tampoco "comunión entre la luz y las tinieblas", no solo fuera, sino también dentro de la Iglesia; porque "el que aborrece a su hermano está todavía en tinieblas" []. Y, en todo caso, aborrecían a Pablo los que, predicando a Cristo por envidia y contienda maliciosa, pensaban que añadían aflicción a sus prisiones []; y, no obstante, el propio Cipriano entiende que éstos estaban aún dentro de la Iglesia. Puesto que, por tanto, "ni las tinieblas pueden iluminar, ni la injusticia justificar", como dice de nuevo Cipriano, pregunto: ¿cómo podían bautizar esos hombres dentro de la Iglesia misma? Pregunto: ¿cómo podían aquellos vasos que la gran casa contiene no para honra, sino para deshonra, administrar lo que es santo para la santificación de los hombres dentro de la gran casa misma, sino porque aquella santidad del sacramento no puede ser manchada ni aun por los inmundos, ya cuando se da por sus manos, ya cuando es recibida por quienes en corazón y vida no son cambiados para mejor? De los cuales, como situados dentro de la Iglesia, dice el propio Cipriano: "Renunciando al mundo solo de palabra, y no de obra".
    21. Hay, por tanto, también dentro de la Iglesia "enemigos de Dios, cuyos corazones ha poseído el espíritu del Anticristo"; y, sin embargo, ellos "tratan con cosas espirituales y divinas", las cuales no pueden aprovecharles para su salvación mientras permanezcan tales como son; y, con todo, tampoco pueden contaminarlas con su propia inmundicia. Por lo que toca, pues, a lo que dice "que no se les da parte alguna en la gracia salvadora de la Iglesia a quienes, dispersando y luchando contra la Iglesia de Cristo, son llamados adversarios por el propio Cristo y anticristos por sus apóstoles", esto ha de recibirse considerando que hay hombres de esta clase tanto dentro como fuera. Pero la separación de los que están dentro respecto de la perfección y unidad de la paloma no solo es conocida, en el caso de algunos hombres, por Dios, sino también, en el caso de algunos, por sus semejantes; pues, al considerar su vida abiertamente abandonada y su maldad confirmada, y compararla con las reglas de los mandamientos de Dios, entienden a qué multitud de cizaña y paja, situada ahora unos dentro y otros fuera, pero destinada a ser manifiestamente separada en el último día, dirá entonces el Señor: "Apartaos de mí, obradores de iniquidad" [], y "Apartaos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles" [].

    Capítulo 14

    IV, 14

    Pero no debemos desesperar de la conversión de hombre alguno, ya se halle dentro o fuera, mientras "la bondad de Dios lo guía al arrepentimiento," [] y "visita sus transgresiones con vara, y sus culpas con azotes." Porque de este modo "no aparta de ellos del todo su misericordia," si ellos mismos quieren alguna vez "amar su propia alma, agradando a Dios." Pero así como el hombre bueno "que perseverare hasta el fin, ése será salvo," [] así el hombre malo, sea de dentro o de fuera, que perseverare en su maldad hasta el fin, no será salvo. Ni decimos que "todos, doquiera y comoquiera que hayan sido bautizados, obtienen la gracia del bautismo," si por gracia del bautismo se entiende la salvación actual que se confiere por la celebración del sacramento; sino que muchos dejan de obtener esta salvación aun dentro de la Iglesia, aunque es claro que poseen el sacramento, el cual es santo en sí mismo. Bien, por tanto, nos advierte el Señor en el evangelio que no nos juntemos con malos consejeros, [] los cuales andan bajo la apariencia del nombre de Cristo; mas éstos se hallan tanto dentro como fuera, puesto que, en realidad, no salen fuera sino después de haber estado mal dispuestos dentro. Y sabemos que el apóstol dijo de los vasos puestos en la gran casa: "Si alguno, pues, se purificare de estas cosas, será vaso para honra, santificado y útil para el uso del Señor, y dispuesto para toda buena obra." [] Pero de qué manera cada uno debe purificarse de estas cosas lo muestra un poco más arriba, diciendo: "Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo," [] para que no suceda que en el último día, con la paja, ya sea con la que ya ha sido aventada de la era, o con la que ha de ser separada al final, oiga el mandato: "Apartaos de mí, obradores de iniquidad." [] De donde se ve, en verdad, como dice Cipriano, que "no hemos de admitir y adoptar al instante todo lo que se profesa en el nombre de Cristo, sino únicamente lo que se hace en la verdad de Cristo." Pero no es una obra hecha en la verdad de Cristo que los hombres "se apoderen de haciendas con pretextos fraudulentos y acrecienten sus ganancias con usura acumulada," o que "renuncien al mundo sólo de palabra;" y, sin embargo, Cipriano mismo da testimonio suficiente de que todo esto se hace dentro de la Iglesia.

    Capítulo 15

    IV, 15, 23

    23. Para pasar al punto que él persigue con gran extensión, a saber, que "los que blasfeman del Padre de Cristo no pueden ser bautizados en Cristo," puesto que es claro que blasfeman por error (pues el que viene al bautismo de Cristo no blasfemará abiertamente del Padre de Cristo, sino que es llevado a blasfemar por sostener una opinión contraria a la enseñanza de la verdad acerca del Padre de Cristo), ya hemos mostrado con suficiente amplitud que el bautismo, consagrado en las palabras del evangelio, no queda afectado por el error de hombre alguno, ya sea ministrante o recipiendario, ya sostenga opiniones contrarias a la revelación de la enseñanza divina acerca del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo. Pues muchos hombres carnales y naturales son bautizados aun dentro de la Iglesia, como expresamente dice el apóstol: "El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios;" [] y después de haber recibido el bautismo, dice que "aún son carnales." [] Mas según este sentido carnal, un alma entregada a los apetitos de la carne no puede abrigar sino sabiduría carnal acerca de Dios. Por lo cual muchos, progresando después del bautismo, y especialmente los que han sido bautizados en la infancia o en la primera juventud, a medida que su entendimiento se hace más claro y luminoso, mientras "el hombre interior se renueva de día en día," [] arrojan las opiniones antiguas que tenían acerca de Dios mientras eran burlados por vanas imaginaciones, con desprecio, horror y confesión de su error. Y, sin embargo, no se considera por ello que no hayan recibido el bautismo, o que hayan recibido un bautismo de una clase correspondiente a su error; sino que en ellos se honra la perfección del sacramento y se corrige el engaño de su mente, aunque se haya hecho inveterado por larga confirmación, o haya sido, acaso, sostenido en muchas controversias. Por lo cual, aun el hereje, que manifiestamente está fuera, si allí ha recibido el bautismo tal como fue ordenado en el evangelio, ciertamente no ha recibido un bautismo de una clase correspondiente al error que lo ciega. Y, por tanto, al volver al camino de la sabiduría, advierte que debe abandonar lo que ha sostenido mal; no debe al mismo tiempo renunciar al bien que había recibido; ni porque su error haya de ser condenado, ha de extinguirse por ello el bautismo de Cristo en él. Pues ya está suficientemente claro, por el caso de los que acontece que son bautizados dentro de la Iglesia con opiniones falsas acerca de Dios, que la verdad del sacramento ha de distinguirse del error de quien cree mal, aunque ambos puedan hallarse en el mismo hombre. Y, por tanto, cuando alguien, arraigado en cualquier error, aun fuera de la Iglesia, ha sido bautizado, no obstante, con el verdadero sacramento, al ser restaurado a la unidad de la Iglesia, no puede un bautismo verdadero ocupar el lugar de un bautismo verdadero, como una fe verdadera ocupa el lugar de una falsa, porque una cosa no puede ocupar el lugar de sí misma, puesto que ni siquiera puede ceder su lugar. Por consiguiente, los herejes se unen a la Iglesia Católica con este fin: que lo que tienen de malo por sí mismos sea corregido, no que lo que tienen de bueno de Dios sea repetido.

    Capítulo 16

    IV, 16, 24

    24. Alguien dice: ¿No hay, pues, diferencia alguna si dos hombres, arraigados en semejante error y maldad, son bautizados sin cambio de vida o de corazón, uno fuera y otro dentro de la Iglesia? Reconozco que hay diferencia. Pues es peor el que es bautizado fuera, además de su otro pecado —no, sin embargo, por causa de su bautismo, sino porque está fuera—; porque el mal de la división es en sí mismo muy lejos de ser insignificante o trivial. Pero la diferencia existe sólo si el que es bautizado dentro ha deseado estar dentro no por causa de alguna ventaja terrena o temporal, sino porque ha preferido la unidad de la Iglesia extendida por todo el mundo a las divisiones del cisma; de otro modo, también él ha de ser contado entre los que están fuera. Pongamos, pues, los dos casos de esta manera. Supongamos que el uno, por mor del argumento, sostenía las mismas opiniones que Fotino acerca de Cristo, y fue bautizado en su herejía fuera de la comunión de la Iglesia Católica; y que otro sostenía la misma opinión, pero fue bautizado en la Iglesia Católica, creyendo que su parecer era realmente la fe católica. A éste lo considero todavía no hereje, a menos que, cuando se le aclare la doctrina de la fe católica, elija resistirla y prefiera lo que ya sostiene; y mientras no sea éste el caso, es claro que el que fue bautizado fuera es peor. Y así, en el primer caso sólo la opinión errónea, en el segundo también el pecado de cisma, requiere corrección; pero en ninguno de los dos ha de repetirse la verdad del sacramento. Pero si alguien sostiene la misma opinión que el primero, y sabe que tal opinión se enseña o se aprende únicamente en la herejía separada de la Iglesia, y sin embargo, por causa de alguna ganancia temporal, ha deseado ser bautizado en la unidad católica, o, ya habiendo sido bautizado en ella, no quiere a causa de dicha ganancia apartarse de ella, no sólo ha de ser considerado como quien se aparta, sino que su ofensa se agrava, en cuanto que al error de la herejía y a la división de la unidad añade el engaño de la hipocresía. Por lo cual, la depravación de cada hombre, en proporción en que es más peligrosa y carece de rectitud, debe ser corregida con mayor empeño y energía; y, sin embargo, si tiene algo bueno en sí, especialmente si no es de sí mismo, sino de Dios, no debemos pensar que carece de valor a causa de su depravación, ni que ha de ser censurado como ella, ni que ha de atribuírsele a ella, y no más bien a la generosa bondad de Aquel que, aun a un alma que fornica y va tras sus amantes, da, no obstante, su pan, y su vino, y su aceite, y otros alimentos u ornamentos, que no son ni de ella misma ni de sus amantes, sino de Aquel que, compadecido de ella, desea incluso advertirle a quién debe volver. []

    Capítulo 17

    IV, 17, 25

    25. "¿Puede el poder del bautismo," dice Cipriano, "ser mayor o mejor que la confesión? ¿Que el martirio? ¿Que un hombre confiese a Cristo ante los hombres y sea bautizado en su propia sangre? Y sin embargo," prosigue, "tampoco este bautismo aprovecha al hereje, aunque por confesar a Cristo sea muerto fuera de la Iglesia." Esto es muy verdadero; pues, al ser muerto fuera de la Iglesia, queda probado que no tuvo caridad, de la cual dice el apóstol: "Aunque entregue mi cuerpo para ser quemado, y no tenga caridad, de nada me aprovecha." [] Pero si el martirio no aprovecha por esta razón, porque no tiene caridad, tampoco aprovecha a los que, como dice Pablo, y Cipriano expone además, viven dentro de la Iglesia sin caridad en envidia y malicia; y sin embargo, pueden recibir y transmitir el bautismo verdadero. "La salvación," dice, "no está sin la Iglesia." ¿Quién dice que lo está? Y, por tanto, todo lo que los hombres tienen que pertenece a la Iglesia, de nada les aprovecha para la salvación fuera de la Iglesia. Pero una cosa es no tener, y otra tener de modo que no sirva de nada. El que no tiene debe ser bautizado para tener; pero el que tiene sin provecho debe ser corregido, para que lo que tiene le aproveche. Ni es "adúltera" el agua en el bautismo de los herejes, porque ni la criatura misma que Dios hizo es mala, ni ha de hallarse culpa en las palabras del evangelio en boca de quienes andan extraviados; sino que la culpa es de aquéllos en quienes hay un espíritu adúltero, aunque pueda recibir el adorno del sacramento de una esposa legítima. Por tanto, el bautismo puede "sernos común a nosotros y a los herejes," así como el evangelio puede sernos común, cualquiera que sea la diferencia entre nuestra fe y su error —ya piensen de otro modo que la verdad acerca del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo; o, separados de la unidad, no recogen con Cristo, sino que desparraman, [] — puesto que el sacramento del bautismo puede sernos común, si somos el trigo del Señor, con los avaros dentro de la Iglesia, y con los ladrones, y los borrachos, y otras personas pestilentes del mismo género, de las cuales se dice: "No heredarán el reino de Dios," [] y sin embargo los vicios por los cuales son separados del reino de Dios no son compartidos por nosotros.

    Capítulo 18

    IV, 18, 26

    26. Ni, en verdad, es sólo de las herejías de lo que dice el apóstol "que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios." Pero bien vale la pena mirar por un momento las cosas que agrupa. "Las obras de la carne," dice, "son manifiestas, las cuales son: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, emulaciones, ira, contiendas, sediciones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas; de las cuales os prevengo, como ya os he prevenido antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios." [] Supongamos, pues, a alguien casto, continente, libre de avaricia, no idólatra, hospitalario, caritativo con los necesitados, enemigo de nadie, no contencioso, paciente, tranquilo, sin celos de nadie, sin envidia de nadie, sobrio, frugal, pero hereje; es, por supuesto, claro para todos que por esta sola falta, la de ser hereje, dejará de heredar el reino de Dios. Supongamos a otro, fornicario, impuro, lascivo, avaro, o aun más abiertamente entregado a la idolatría, estudioso de la hechicería, amante de la contienda y la discordia, envidioso, iracundo, sedicioso, celoso, borracho y dado a orgías, pero católico; ¿puede ser que por este solo mérito, el de ser católico, haya de heredar el reino de Dios, aunque sus obras sean de la clase de las cuales el apóstol concluye así: "De las cuales os prevengo, como ya os he prevenido antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios?" Si decimos esto, nos extraviamos a nosotros mismos. Pues la palabra de Dios no nos extravía, la cual ni es muda, ni indulgente, ni engañosa por adulación alguna. En efecto, habla en el mismo sentido en otra parte: "Porque sabéis esto: que ningún fornicario, ni impuro, ni avaro, el cual es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas." [] No tenemos, por tanto, razón para quejarnos de la palabra de Dios. Ciertamente dice, y dice abierta y libremente, que los que viven una vida inicua no tienen parte en el reino de Dios.

    Capítulo 19

    IV, 19, 27

    27. No adulemos, pues, al católico que está rodeado de todos estos vicios, ni nos atrevamos, sólo porque es cristiano católico, a prometerle la impunidad que la santa Escritura no le promete; ni, si tiene alguna de las faltas arriba mencionadas, debemos prometerle participación en aquella tierra celestial. Pues, al escribir a los corintios, el apóstol enumera los diversos pecados, bajo cada uno de los cuales se entiende implícitamente que no heredará el reino de Dios: "No os engañéis," dice: "ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se acuestan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces, heredarán el reino de Dios." [] No dice: los que poseen todos estos vicios juntos no heredarán el reino de Dios; sino ni éstos ni aquéllos: de modo que, según se nombra cada uno, entiendas que ninguno de ellos heredará el reino de Dios. Así, pues, como los herejes no poseerán el reino de Dios, tampoco los avaros heredarán el reino de Dios. Ni podemos dudar, en verdad, que los castigos mismos con que serán atormentados los que no heredan el reino de Dios variarán en proporción a la diferencia de sus ofensas, y que algunos serán más severos que otros; de modo que en el fuego eterno mismo habrá diferentes tormentos en los castigos, correspondientes a los diferentes pesos de la culpa. Pues en verdad no fue en vano que el Señor dijo: "Más tolerable será para la tierra de Sodoma en el día del juicio que para vosotros." [] Pero, no obstante, en lo que toca a dejar de heredar el reino de Dios, es igualmente cierto, si escoges cualquiera de los menos graves de estos vicios, como si escoges más de uno, o alguno que veas que es más atroz; y porque heredarán el reino de Dios aquéllos a quienes el Juez ponga a su derecha, y para los que no sean hallados dignos de ser puestos a la derecha nada quedará sino estar a la izquierda, no les queda otro anuncio que oír, como cabritos de boca del Pastor, sino: "Apartaos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles;" [] aunque en aquel fuego, como dije antes, puede ser que se otorguen castigos diferentes correspondientes a la diferencia de los pecados.

    Capítulo 20

    IV, 20

    Pero en la cuestión de si debemos preferir un católico de la más abyecta conducta frente a un hereje en cuya vida, salvo que es hereje, los hombres no encuentran nada que censurar, no me atrevo a dar un juicio precipitado. Pero si alguien dice que, por ser hereje, no puede ser solamente hereje sin que le sigan también otros vicios —pues es carnal y natural, y por tanto debe ser también envidioso, colérico, celoso, hostil a la verdad misma y completamente alejado de ella—, entienda con justicia que de esas otras faltas de las que se supone que ha elegido alguna menos infame, una sola no puede existir por sí misma en ningún hombre, porque él a su vez es carnal y natural; como, para tomar el caso de la embriaguez, de la que la gente se ha acostumbrado a hablar no solo sin horror, sino con cierta alegría, ¿puede acaso existir sola en alguien en quien se encuentra? Pues ¿qué borracho no es también contencioso, colérico, celoso, contrario a toda sana prudencia y en grave enemistad con quienes le reprenden? Además, no le es fácil evitar ser fornicario y adúltero, aunque no sea hereje; así como un hereje puede no ser borracho, ni adúltero, ni fornicario, ni lascivo, ni amante del dinero, ni dado a la hechicería, y no puede bien ser todas estas cosas a la vez. Ni en verdad un solo vicio es seguido por todos los demás. Supongamos, pues, dos hombres: uno católico con todos estos vicios, el otro hereje libre de todos aquellos de los que un hereje puede estar libre; aunque no ambos contienden contra la fe, y sin embargo cada uno vive contra la fe, y cada uno está engañado por una vana esperanza, y cada uno está lejos de la caridad del espíritu, y por tanto cada uno está separado de la conexión con el cuerpo de la única paloma; ¿por qué reconocemos en uno de ellos el sacramento de Cristo, y no en el otro, como si perteneciera a este o aquel hombre, cuando realmente es el mismo en ambos, y pertenece solo a Dios, y es bueno aun en los peores hombres? Y si de los hombres que lo tienen, uno es peor que otro, no se sigue que el sacramento que tienen sea peor en el uno que en el otro, puesto que ni en el caso de dos católicos malos, si uno es peor que el otro, posee un bautismo peor, ni, si uno de ellos es bueno y otro malo, el bautismo es malo en el malo y bueno en el bueno; sino que es bueno en ambos. Así como la luz del sol, o incluso de una lámpara, ciertamente no es menos brillante cuando se muestra a ojos malos que cuando es vista por otros mejores; sino que es la misma en ambos casos, aunque los alegra o los daña de manera diferente según la diferencia de sus capacidades.

    Capítulo 21

    IV, 21, 29

    29. En cuanto a la objeción que se hace contra Cipriano, de que los catecúmenos que fueron apresados en el martirio y muertos por causa del nombre de Cristo recibieron la corona aun sin bautismo, no veo del todo qué tiene que ver con el asunto, a menos, en verdad, que ellos alegaran que los herejes podían con mucha más razón ser admitidos con el bautismo en el reino de Cristo, al cual los catecúmenos eran admitidos sin él, puesto que Él mismo ha dicho: "A menos que el hombre nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". [] Ahora bien, en esta cuestión no dudo ni un momento en anteponer al catecúmeno católico, que arde de amor a Dios, al hereje bautizado; ni tampoco con ello deshonramos el sacramento del bautismo que este último ya ha recibido y aquel todavía no; ni consideramos que el sacramento del catecúmeno deba ser preferido al sacramento del bautismo, cuando reconocemos que algunos catecúmenos son mejores y más fieles que algunos bautizados. Pues el centurión Cornelio, antes del bautismo, era mejor que Simón, que había sido bautizado. Porque Cornelio, aun antes de su bautismo, estaba lleno del Espíritu Santo; [] Simón, aun después del bautismo, estaba hinchado de un espíritu inmundo. Cornelio, sin embargo, habría sido convicto de desprecio por un sacramento tan santo, si, aun después de haber recibido el Espíritu Santo, se hubiera negado a ser bautizado. Pero cuando fue bautizado, no recibió en modo alguno un sacramento mejor que Simón; sino que los diferentes méritos de los hombres se hicieron manifiestos bajo la igual santidad del mismo sacramento— tan cierto es que el buen o mal merecimiento del que lo recibe no aumenta ni disminuye la santidad del bautismo. Pero así como al buen catecúmeno le falta el bautismo para recibir el reino de los cielos, así a un hombre malo, aunque bautizado, le falta la verdadera conversión. Pues Aquel que dijo: "A menos que el hombre nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios", dijo también Él mismo: "A menos que vuestra justicia supere a la justicia de los escribas y fariseos, no entraréis en modo alguno en el reino de los cielos". [] Para que la justicia de los catecúmenos no se sintiera segura, está escrito: "A menos que el hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". Y de nuevo, para que la injusticia de los bautizados no se sintiera segura porque habían recibido el bautismo, está escrito: "A menos que vuestra justicia supere a la justicia de los escribas y fariseos, no entraréis en modo alguno en el reino de los cielos". Lo uno era demasiado poco sin lo otro; las dos cosas hacen perfecto al heredero de aquella herencia. Así, pues, como no debemos menospreciar la justicia de un hombre, que comienza a existir antes de unirse a la Iglesia, como la justicia de Cornelio comenzó a existir antes de estar en el cuerpo de los hombres cristianos— la cual justicia no fue tenida por inútil, o el ángel no le habría dicho: "Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante Dios"; ni tampoco bastó aún para que obtuviera el reino de los cielos, o no se le habría dicho que enviara a buscar a Pedro, [] — así tampoco debemos menospreciar el sacramento del bautismo, aun cuando haya sido recibido fuera de la Iglesia. Pero puesto que no es de provecho para la salvación a menos que quien tiene el bautismo en plena perfección sea incorporado a la Iglesia, corrigiendo también su propia depravación, corrijamos, por tanto, el error de los herejes, para que reconozcamos lo que en ellos no es suyo, sino de Cristo.

    Capítulo 22

    IV, 22, 30

    30. Que el lugar del bautismo sea a veces suplido por el martirio está apoyado por un argumento en modo alguno trivial, que el bienaventurado Cipriano aduce a propósito del ladrón, a quien, aunque no fue bautizado, se le dijo sin embargo: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". [] Al considerarlo, una y otra vez, encuentro que no solo el martirio por causa de Cristo puede suplir lo que faltaba del bautismo, sino también la fe y la conversión del corazón, si no se puede recurrir a la celebración del misterio del bautismo por falta de tiempo. Porque ni aquel ladrón fue crucificado por el nombre de Cristo, sino como pago de sus propias obras; ni sufrió porque creía, sino que creyó mientras sufría. Se mostró, por tanto, en el caso de aquel ladrón, cuán grande es el poder, aun sin el sacramento visible del bautismo, de lo que dice el apóstol: "Con el corazón el hombre cree para justicia, y con la boca se hace confesión para salvación". [] Pero la falta se suple invisiblemente solo cuando la administración del bautismo es impedida, no por desprecio a la religión, sino por la necesidad del momento. Pues mucho más en el caso de Cornelio y sus amigos que en el de aquel ladrón, podría parecer superfluo que también ellos fueran bautizados con agua, visto que en ellos el don del Espíritu Santo, que, según el testimonio de la santa Escritura, era recibido por otros hombres solo después del bautismo, se había hecho manifiesto por toda señal inequívoca apropiada a aquellos tiempos en que hablaban en lenguas. Sin embargo, fueron bautizados, y para esta acción tenemos la autoridad de un apóstol como garantía. Tan lejos debemos estar todos de ser inducidos por cualquier imperfección en el hombre interior, si sucede que antes del bautismo una persona ha avanzado, mediante las obras de un corazón piadoso, al entendimiento espiritual, a despreciar un sacramento que se aplica al cuerpo por las manos del ministro, pero que es el medio propio de Dios para obrar espiritualmente la dedicación del hombre a Sí mismo. Ni concibo que la función de bautizar fuera asignada a Juan, de modo que se llamara bautismo de Juan, por otra razón sino para que el Señor mismo, que lo había instituido, al no desdeñar recibir el bautismo de su siervo, [] consagrara el camino de la humildad, y mostrara con toda claridad mediante tal acción cuán alto valor debía ponerse en su propio bautismo, con el cual Él mismo había de bautizar después. Pues Él vio, como excelente médico de la salvación eterna, que se hallaría en algunos una soberbia desmedida, quienes, habiendo hecho tal progreso en el entendimiento de la verdad y en la rectitud de carácter que no dudarían en colocarse, tanto en vida como en conocimiento, por encima de muchos bautizados, pensarían que no era necesario que ellos fueran bautizados, puesto que sentían que habían alcanzado un estado de ánimo al que muchos bautizados todavía solo se esforzaban por elevarse.

    Capítulo 23

    IV, 23, 31

    31. Pero cuál sea el valor preciso de la santificación del sacramento (la cual aquel ladrón no recibió, no por falta de voluntad de su parte, sino porque fue inevitablemente omitida) y cuál sea el efecto en un hombre de su aplicación material, no es fácil decirlo. Sin embargo, si no hubiera sido del mayor valor, el Señor no habría recibido el bautismo de un siervo. Pero puesto que debemos considerarlo en sí mismo, sin entrar en la cuestión de la salvación del que lo recibe, que es lo que se propone obrar, muestra con suficiente claridad que tanto en los malos como en aquellos que renuncian al mundo de palabra y no de obra, es en sí mismo completo, aunque ellos no puedan recibir la salvación a menos que enmienden sus vidas. Pero así como en el ladrón, a quien la administración material del sacramento le faltó necesariamente, la salvación fue completa, porque estaba espiritualmente presente mediante su piedad, así, cuando el sacramento mismo está presente, la salvación es completa si lo que el ladrón poseyó falta de manera inevitable. Y esta es la firme tradición de la Iglesia universal, en cuanto al bautismo de los infantes, quienes ciertamente aún no son capaces "de creer con el corazón para justicia, y de hacer confesión con la boca para salvación", como el ladrón sí podía; más aún, quienes incluso, llorando y gimiendo cuando se realiza el misterio en ellos, levantan sus voces en oposición a las palabras misteriosas, y sin embargo ningún cristiano dirá que son bautizados en vano.

    Capítulo 24

    IV, 24, 32

    32. Y si alguien busca autoridad divina en este asunto, aunque lo que sostiene toda la Iglesia, y ello no como instituido por Concilios, sino como costumbre invariable, se considera con razón transmitido por autoridad, todavía podemos formar una verdadera conjetura del valor del sacramento del bautismo en el caso de los infantes, a partir del paralelo de la circuncisión, que fue recibida por el pueblo anterior de Dios, y antes de recibirla Abraham fue justificado, como Cornelio también fue enriquecido con el don del Espíritu Santo antes de ser bautizado. Sin embargo, el apóstol dice del mismo Abraham, que "recibió la señal de la circuncisión, sello de la justicia de la fe", habiendo creído ya en su corazón, de modo que "le fue contado por justicia". ¿Por qué, pues, se le mandó que circuncidara a todo niño varón en orden al octavo día, [] aunque aún no podía creer con el corazón, para que le fuera contado por justicia, porque el sacramento en sí mismo era de gran provecho? Y esto se hizo manifiesto por el mensaje de un ángel en el caso del hijo de Moisés; pues cuando era llevado por su madre, estando aún incircunciso, se requirió, por un peligro presente y manifiesto, que fuera circuncidado, [] y cuando esto se hizo, el peligro de muerte fue removido. Así, pues, como en Abraham la justificación de la fe vino primero, y la circuncisión fue añadida después como sello de la fe; así en Cornelio la santificación espiritual vino primero en el don del Espíritu Santo, y el sacramento de la regeneración fue añadido después en el lavacro del bautismo. Y como en Isaac, que fue circuncidado al octavo día de su nacimiento, el sello de esta justicia de la fe se dio primero, y después, al imitar la fe de su padre, la justicia misma siguió cuando creció, de la cual el sello se había dado antes cuando era infante; así en los infantes que son bautizados, el sacramento de la regeneración se da primero, y si mantienen una piedad cristiana, la conversión también en el corazón seguirá, de la cual la señal misteriosa había precedido en el cuerpo exterior. Y como en el ladrón la bondad graciosa del Todopoderoso suplió lo que había faltado en el sacramento del bautismo, porque había faltado no por orgullo o desprecio, sino por falta de oportunidad; así en los infantes que mueren bautizados, debemos creer que la misma gracia del Todopoderoso suple la falta, porque, no por perversidad de la voluntad, sino por insuficiencia de la edad, no pueden ni creer con el corazón para justicia, ni hacer confesión con la boca para salvación. Por tanto, cuando otros hacen los votos por ellos, para que la celebración del sacramento sea completa en su favor, es indudablemente de provecho para su dedicación a Dios, porque ellos no pueden responder por sí mismos. Pero si otro respondiera por uno que pudiera responder por sí mismo, no sería del mismo provecho. De acuerdo con esta regla, encontramos en el evangelio lo que a todo el mundo le parece natural cuando lo lee: "Es mayor de edad, él hablará por sí mismo". []

    Capítulo 25

    IV, 25, 33

    33. Por todas estas consideraciones queda probado que el sacramento del bautismo es una cosa, y la conversión del corazón otra; pero que la salvación del hombre se hace completa mediante las dos juntas. Ni debemos suponer que, si una de ellas falta, se siga necesariamente que la otra falta también; porque el sacramento puede existir en el infante sin la conversión del corazón; y esto se halló que era posible sin el sacramento en el caso del ladrón, supliendo Dios en ambos casos lo que faltaba involuntariamente. Pero cuando cualquiera de estos requisitos falta intencionalmente, entonces el hombre es responsable de la omisión. Y el bautismo puede existir cuando falta la conversión del corazón; pero, con respecto a tal conversión, puede ciertamente hallarse cuando el bautismo no ha sido recibido, pero nunca cuando ha sido despreciado. Ni puede decirse en modo alguno que haya un volverse del corazón a Dios cuando el sacramento de Dios es tratado con desprecio. Por tanto, con razón censuramos, anatematizamos, aborrecemos y abominamos la perversidad de corazón mostrada por los herejes; sin embargo, no se sigue que no tengan el sacramento del evangelio, porque no tengan lo que lo hace provechoso. Por lo cual, cuando vienen a la verdadera fe, y por penitencia buscan la remisión de sus pecados, no los adulamos ni engañamos, cuando los instruimos mediante la disciplina celestial para el reino de los cielos, corrigiendo y reformando en ellos sus errores y perversidad, con el fin de que de ningún modo hagamos violencia a lo que en ellos es sano, ni, por culpa del hombre, declaremos que cualquier cosa que pueda tener en sí de Dios sea inútil o defectuosa.

    Capítulo 26

    IV, 26, 34

    34. Quedan todavía algunas cosas que notar en la carta a Jubaiano; pero, como éstas plantearán la cuestión tanto de la antigua costumbre de la Iglesia como del bautismo de Juan, que suele suscitar no poca duda en quienes prestan poca atención a un asunto suficientemente claro, pues a los que habían recibido el bautismo de Juan el apóstol les mandó que se bautizaran de nuevo [], no han de tratarse de manera apresurada, y mejor será reservarlas para otro libro, para que las dimensiones de éste no resulten desmesuradas.
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