Examina la última parte de la carta de Cipriano a Jubaiano, junto con su carta a Quinto, la carta del sínodo africano a los obispos númidas y la carta de Cipriano a Pompeyo.
V, 1, 1
1. Tenemos el testimonio del bienaventurado Cipriano de que la costumbre de la Iglesia Católica se conserva hoy, cuando hombres que vienen del lado de herejes o cismáticos, si han recibido el bautismo consagrado en las palabras del evangelio, no son bautizados de nuevo. Pues él mismo se propuso la cuestión, y ello como procedente de la boca de hermanos que buscaban la verdad o contendían por ella. Pues en el curso de los argumentos con los que quería mostrar que los herejes debían ser bautizados de nuevo, los cuales hemos considerado suficientemente para nuestro propósito actual en los libros anteriores, dice: "Pero algunos dirán: ¿Qué será entonces de los que en tiempos pasados, viniendo a la Iglesia desde la herejía, fueron admitidos sin bautismo?" En esta cuestión está envuelto el naufragio de toda la causa de los donatistas, con quienes nuestra controversia versa sobre este punto. Porque si no tenían realmente el bautismo quienes así eran recibidos al venir de los herejes, y sus pecados estaban todavía sobre ellos, entonces, cuando tales hombres eran admitidos a la comunión, ya por los que precedieron a Cipriano, ya por el mismo Cipriano, hemos de reconocer que ocurrió una de dos cosas: o que la Iglesia pereció entonces y allí por la contaminación de la comunión con tales hombres, o que quien permanece en la unidad no es dañado ni siquiera por los pecados notorios de otros hombres. Pero como no pueden decir que la Iglesia pereció entonces por la contaminación proveniente de la comunión con quienes, como dice Cipriano, fueron admitidos en ella sin bautismo —pues de otro modo no pueden mantener la validez de su propio origen si la Iglesia pereció entonces, dado que la lista de los cónsules prueba que transcurrieron más de cuarenta años entre el martirio de Cipriano y la quema de los libros sagrados, de la que tomaron ocasión para hacer un cisma, esparciendo el humo de sus calumnias—, les queda, por tanto, reconocer que la unidad de Cristo no es contaminada por ninguna comunión semejante, ni siquiera con pecadores conocidos. Y, después de esta confesión, no podrán hallar razón alguna que los justifique al sostener que estaban obligados a separarse de las iglesias de todo el mundo, las cuales, según leemos, fueron fundadas igualmente por los apóstoles, puesto que, mientras las demás no hubieran podido perecer por mezcla alguna de pecadores, de cualquier clase que fuesen, ellos, aunque no habrían perecido si hubieran permanecido en unidad con ellas, se acarrearon la destrucción en el cisma, al separarse de sus hermanos y romper el vínculo de paz. Pues el sacrilegio del cisma se muestra con la mayor evidencia en ellos, si no tuvieron causa suficiente para la separación. Y es claro que no hubo causa suficiente para la separación, si ni siquiera la presencia de pecadores notorios puede contaminar a los buenos mientras permanecen en la unidad. Pero que los buenos, permaneciendo en la unidad, no son contaminados ni siquiera por los pecadores notorios, lo enseñamos con el testimonio de Cipriano, que dice que "hombres en tiempos pasados, viniendo a la Iglesia desde la herejía, fueron admitidos sin bautismo"; y, sin embargo, si la maldad de su sacrilegio, que aún estaba sobre ellos, pues no había sido purgada por el bautismo, no pudo contaminar ni destruir la santidad de la Iglesia, ésta no puede perecer por infección alguna de hombres malvados. Por lo cual, si conceden que Cipriano dijo la verdad, quedan convictos de cisma por su testimonio; si sostienen que no dice la verdad, no usen su testimonio en la cuestión del bautismo.
V, 2, 2
2. Pero ahora que hemos comenzado una disputa con un hombre de paz como Cipriano, sigamos adelante. Pues cuando él se había puesto una objeción, que sabía era urdida por sus hermanos, "¿Qué será entonces de los que en tiempos pasados, viniendo a la Iglesia desde la herejía, fueron admitidos sin bautismo? El Señor", responde, "puede de su misericordia conceder indulgencia y no separar de los dones de su Iglesia a quienes, admitidos con toda honestidad en su Iglesia, han dormido dentro de la Iglesia." Muy bien ha supuesto que la caridad puede cubrir la multitud de los pecados. Pero si realmente tenían el bautismo, y esto no era rectamente percibido por quienes pensaban que debían ser bautizados de nuevo, aquel error quedaba cubierto por la caridad de la unidad, mientras contenía no la discordia y el espíritu del diablo, sino meramente la flaqueza humana, hasta que, como dice el apóstol, "si pensaban de otro modo, el Señor se lo revelaría" []. Pero ¡ay de aquellos que, desgarrados de la unidad por una ruptura sacrílega, o rebautizan, si el bautismo existe tanto entre nosotros como entre ellos, o no bautizan en absoluto, si el bautismo existe sólo en la Iglesia Católica! Así, pues, ya rebauticen, ya dejen de bautizar, no están en el vínculo de paz; por lo cual, aplíquense el remedio que quieran de estas dos heridas. Pero si nosotros admitimos a la Iglesia sin bautismo, somos del número de aquellos que, como Cipriano ha supuesto, pueden recibir indulgencia porque conservaron la unidad. Pero si (como, según pienso, resulta ya claro de lo dicho en los libros anteriores) el bautismo cristiano puede conservar su integridad aun en medio de la perversidad de los herejes, entonces, aunque algunos en aquellos tiempos rebautizaran, sin apartarse, sin embargo, del vínculo de unidad, podrían alcanzar el perdón en virtud de aquel mismo amor a la paz, por el cual Cipriano da testimonio de que quienes eran admitidos aun sin bautismo podían obtener no ser separados de los dones de la Iglesia. Además, si es verdad que entre herejes y cismáticos no existe el bautismo de Cristo, ¡cuánto menos podrían dañar los pecados ajenos a quienes estaban firmes en la unidad, si aun los propios pecados de los hombres eran perdonados cuando venían a ella incluso sin bautismo! Pues si, según Cipriano, el vínculo de la unidad es de tal eficacia, ¿cómo podrían ser dañados por los pecados de otros quienes no quisieron separarse de la unidad, si aun los no bautizados que querían venir a ella desde la herejía escapaban así de la destrucción debida a sus propios pecados?
V, 3, 3
3. Pero en lo que añade Cipriano, diciendo: "Ni porque una vez hayan errado los hombres ha de haber siempre error, pues más bien conviene a los sabios y temerosos de Dios seguir la verdad con gusto y sin vacilar, cuando claramente se les pone ante los ojos, que luchar obstinada y pertinazmente por los herejes contra sus hermanos y sus colegas en el sacerdocio", dice la más perfecta verdad; y quien resiste a la verdad manifiesta se opone a sí mismo más que a sus prójimos. Pero, a mi parecer, es perfectamente claro y cierto, por los muchos argumentos que ya he aducido, que el bautismo de Cristo no puede ser invalidado ni siquiera por la perversidad de los herejes, cuando es dado o recibido entre ellos. Pero, aun concediendo que todavía no sea cierto, al menos nadie que haya considerado lo dicho, aun desde un punto de vista hostil, afirmará que la cuestión ha sido resuelta en sentido contrario. Por tanto, no contendemos contra la verdad manifiesta, sino que, o bien, como pienso, contendemos en favor de lo que es claramente verdadero, o, al menos, como pueden sostener quienes piensan que la cuestión no está aún resuelta, buscamos la verdad. Y, por ello, si la verdad fuese otra de lo que pensamos, recibimos a los bautizados por herejes con la misma honestidad de corazón con que los recibieron aquellos a quienes Cipriano suponía capaces de perdón en virtud de su adhesión a la unidad de la Iglesia. Pero si el bautismo de Cristo, como lo indican los muchos argumentos antes empleados, puede conservar su integridad en medio de cualquier defecto, sea de vida o de fe, ya por parte de los que parecen estar dentro y, sin embargo, no pertenecen a los miembros de la única paloma, ya por parte de aquellos cuya separación de ella llega a estar abiertamente fuera, entonces quienes buscaron su repetición en aquellos días pasados merecieron el mismo perdón por su caridad al adherirse a la unidad, que Cipriano pensó que merecían por una caridad del mismo género aquellos a quienes creyó admitidos sin bautismo. Por tanto, quienes sin causa alguna (puesto que, como el propio Cipriano muestra, los malos no pueden dañar a los buenos en la unidad de la Iglesia) se han separado de la caridad que se muestra en esta unidad, han perdido todo lugar de perdón; y, si incurrirían en la destrucción por el mero crimen del cisma, aun cuando no rebautizaran a los que habían sido bautizados en la Iglesia Católica, ¡de cuán amargo castigo son dignos quienes o se esfuerzan por dar a los católicos que lo tienen aquello que Cipriano afirma que ellos mismos no tienen, o, como está claro por los hechos, echan en cara a la Iglesia Católica que no tiene lo que incluso ellos mismos poseen!
V, 4, 4
4. Pero puesto que, como dije antes, hemos comenzado una disputa con las cartas de Cipriano, creo que ni aun ante él parecería yo, si estuviera presente, "contender obstinada y pertinazmente en defensa de los herejes contra mis hermanos y mis colegas en el episcopado", cuando conociera las poderosas razones que nos mueven a creer que aun entre los herejes, perversamente obstinados en su error maligno, el bautismo de Cristo es, sin embargo, en sí mismo santísimo y dignísimo de toda reverencia. Y viendo que él mismo, cuyo testimonio tiene tanto peso para nosotros, da testimonio de que en tiempos pasados solían ser admitidos sin un segundo bautismo, querría que cualquiera que, movido por los argumentos de Cipriano, tenga por cierto que los herejes deben ser bautizados de nuevo, considere que quienes, por el peso de los argumentos de la parte contraria, no están persuadidos todavía de que así deba ser, ocupan el mismo lugar que aquellos en el tiempo pasado que, con toda honestidad, admitieron a hombres bautizados en la herejía con la simple corrección de su error individual, y que eran capaces de salvarse con ellos en virtud del vínculo de la unidad. Y que cualquiera que, guiado por la antigua costumbre de la Iglesia, por la autoridad subsiguiente de un concilio plenario, por tantas y tan poderosas pruebas de la santa Escritura, por muchos testimonios del propio Cipriano y por el claro razonamiento de la verdad, entienda que el bautismo de Cristo, consagrado en las palabras del evangelio, no puede ser pervertido por el error de hombre alguno sobre la tierra; que tal persona entienda que aquellos que entonces pensaban de otro modo, pero conservaron su caridad, pueden salvarse por el mismo vínculo de la unidad. Y en esto debe también entender, acerca de quienes, en la sociedad de la Iglesia esparcida por todo el mundo, no podrían haber sido manchados por cizaña alguna ni por paja alguna, mientras ellos mismos deseaban ser grano fecundo, y que por ello se separaron del mismo vínculo de la unidad sin causa alguna para el divorcio, que al menos, sea cual sea de las dos opiniones la verdadera —la que Cipriano sostenía entonces o la que era mantenida por la voz universal de la Iglesia Católica, que Cipriano no abandonó—, en ambos casos ellos, habiéndose colocado abiertísimamente fuera en el manifiesto sacrilegio del cisma, no pueden en modo alguno salvarse; y todo lo que poseen de los santos sacramentos y de los dones gratuitos del único Esposo legítimo, mientras continúan siendo lo que son, les aprovecha para confusión suya más que para la salvación de sus almas.
V, 5, 5–6
5. Por lo cual, aunque los herejes estuvieran verdaderamente ansiosos por corregir su error y venir a la Iglesia, por la misma razón de que creían no tener bautismo a menos que lo recibieran en la Iglesia, aun en estas circunstancias no estaríamos obligados a ceder a su deseo de repetir el bautismo; sino que más bien se les debe enseñar, por una parte, que el bautismo, aunque perfecto en sí mismo, de ningún modo podía aprovechar a su perversidad si no se sometían a ser corregidos; y, por otra, que la perfección del bautismo no podía ser menoscabada por su perversidad, mientras se negaban a corregirse; y además, que no se añade al bautismo en ellos perfección ulterior alguna porque se estén sometiendo a corrección; sino que, mientras ellos mismos van abandonando su iniquidad, aquello que antes estaba en ellos para su destrucción empieza ahora a aprovecharles para la salvación. Pues, aprendiendo esto, reconocerán a la vez la necesidad de la salvación en la unidad católica, y dejarán de reclamar como propio lo que en realidad es de Cristo, y no confundirán el sacramento de la verdad, aunque exista en ellos mismos, con su propio error individual.
6. A esto podemos añadir una razón más: que los hombres, por una especie de oculta inspiración del cielo, sienten repugnancia ante quien recibe por segunda vez el bautismo que ya había recibido en cualquier parte que fuere; de modo que los mismos herejes, cuando sus argumentos comienzan por ese punto, se frotan la frente perplejos, y casi todos sus laicos, aun los que han envejecido en su cuerpo y han concebido una obstinada animosidad contra la Iglesia Católica, confiesan que este solo punto de su sistema les desagrada; y muchos que, por alcanzar alguna ventaja secular o evitar alguna desventaja, desean pasarse a ellos, se esfuerzan con muchos intentos secretos por que se les conceda, como privilegio peculiar e individual, no ser rebautizados; y algunos, llevados a dar crédito a sus otras vanas ilusiones y falsas acusaciones contra la Iglesia Católica, son llamados de nuevo a la unidad por esta sola consideración: que no quieren asociarse con ellos para no verse obligados a ser rebautizados. Y los donatistas, por temor a este sentimiento, que tiene tan completa posesión del corazón de todos los hombres, han consentido en reconocer el bautismo conferido entre los seguidores de Maximiano, a quienes ellos habían condenado, y así acortar su propia lengua y cerrar su boca, antes que volver a bautizar a tantos hombres del pueblo de Musti, de Assura y de otras comarcas, a quienes recibieron con Feliciano y Pretextato y con los demás que habían sido condenados por ellos y después volvieron a ellos.
V, 6, 7
7. Pues cuando esto se hace de vez en cuando en el caso de individuos, con grandes intervalos de tiempo y de lugar, no se siente igualmente la enormidad del hecho; pero si todos los que, en el transcurso del tiempo, habían sido bautizados por los antedichos seguidores de Maximiano, ya fuese bajo la presión del peligro de muerte o en sus solemnidades pascuales, fuesen reunidos de repente y se les dijese que debían ser bautizados de nuevo, porque lo que ya habían recibido en el sacrilegio del cisma era nulo e inválido, podrían ciertamente decir lo que la perseverancia obstinada en su error los obligaría a decir, para ocultar el rigor y el hielo de su dureza bajo cualquier falsa sombra de coherencia contra el calor de la verdad. Pero, de hecho, porque el partido de Maximiano no pudo soportar esto, y porque los mismos hombres que tendrían que imponerlo no pudieron tolerar lo que necesariamente habría de hacerse en el caso de tantos hombres a la vez, especialmente porque aquellos mismos rebautizarían en el partido de Primiano a quienes ya habían bautizado en el partido de Maximiano, por estas razones se recibió su bautismo, y se acortó la soberbia de los donatistas. Y ciertamente no habrían elegido seguir este camino si no hubieran pensado que se haría más daño a su causa por la ofensa que los hombres habrían de sentir ante la repetición del bautismo que por el crédito perdido al abandonar su defensa. Y no diría esto con idea alguna de que debamos dejarnos contener por consideraciones de sentimientos humanos, si la verdad obligase a que los que venían de herejes fuesen bautizados de nuevo. Pero, como el santo Cipriano dice: "que los herejes podrían haberse sentido tanto más impulsados a la necesidad de pasarse, si tan solo hubieran de ser rebautizados en la Iglesia Católica", por esta razón he querido dejar consignada la intensidad de la repugnancia a este acto, repugnancia que está profundamente arraigada en el corazón de casi todos —repugnancia que puedo creer inspirada por el mismo Dios—, para que la Iglesia fuese fortalecida por el instinto de repugnancia contra cualesquiera argumentos posibles que los débiles no pueden disipar.
V, 7, 8
8. En verdad, cuando considero las palabras mismas de Cipriano, me siento advertido a decir algunas cosas muy necesarias para la solución de esta cuestión. "Porque si vieran", dice, "que por nuestra decisión formal y por nuestro voto quedaba establecido y asentado que el bautismo con que se bautiza en la herejía se considera justo y legítimo, pensarán que están en posesión justa y legítima también de la Iglesia y de todos sus demás dones". No dice "que pensarán que están en posesión", sino "en posesión justa y legítima de los dones de la Iglesia". Pero nosotros decimos que no podemos admitir que estén en posesión justa y legítima del bautismo. Que están en posesión de él no podemos negarlo, cuando reconocemos el sacramento del Señor en las palabras del evangelio. Tienen, por tanto, un bautismo legítimo, pero no lo tienen legítimamente. Pues quien lo tiene a la vez en la unidad católica y viviendo dignamente de él, tiene a la vez un bautismo legítimo y lo tiene legítimamente; pero quien lo tiene, ya sea dentro de la misma Iglesia Católica, como paja mezclada con el trigo, ya sea fuera, como paja arrebatada por el viento, tiene ciertamente un bautismo legítimo, pero no legítimamente. Pues lo tiene tal como lo usa. Pero no lo usa legítimamente quien lo usa contra la ley; y esto lo hace todo aquel que, habiendo sido bautizado, lleva sin embargo una vida abandonada, ya sea dentro o fuera de la Iglesia.
V, 8, 9
9. Por lo cual, así como el apóstol dijo de la ley: "La ley es buena, si uno la usa legítimamente" [], así podemos decir con razón del bautismo: El bautismo es bueno, si uno lo usa legítimamente. Y así como quienes usaban la ley ilegítimamente no podían por ello hacer que no fuese buena en sí misma, ni hacerla nula y sin valor, así cualquiera que usa ilegítimamente el bautismo, ya sea porque vive en herejía, ya sea porque vive la peor de las vidas, no puede sin embargo hacer que el bautismo sea otra cosa que bueno, o enteramente nulo y sin valor. Y así, cuando se convierte a la unidad católica, o a un modo de vivir digno de tan gran sacramento, comienza a tener no otro bautismo y legítimo, sino aquel mismo bautismo de manera legítima. Ni la remisión de los pecados irrevocables sigue al bautismo, a no ser que un hombre no solo tenga un bautismo legítimo, sino que lo tenga legítimamente; y, sin embargo, no se sigue que si uno no lo tiene legítimamente, de modo que sus pecados o no le son perdonados o, perdonados, recaen de nuevo sobre él, por eso el sacramento del bautismo haya de ser en el bautizado malo o nulo y sin valor. Pues como Judas, a quien el Señor dio un bocado, dio lugar dentro de sí al diablo, no por recibir algo malo, sino por recibirlo malamente [], así cada persona, al recibir el sacramento del Señor, no hace que sea malo porque él mismo sea malo, ni que no haya recibido nada porque no lo haya recibido para salvación. Pues no era menos el cuerpo del Señor y la sangre del Señor aun en aquellos a quienes el apóstol decía: "El que come indignamente, come y bebe su propia condenación" []. Busquen, pues, los herejes en la Iglesia Católica no lo que tienen, sino lo que no tienen, es decir, el fin del mandamiento, sin el cual pueden poseerse muchas cosas santas, pero no pueden aprovechar. "Ahora bien, el fin del mandamiento es la caridad nacida de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida" []. Apresúrense, por tanto, a la unidad y a la verdad de la Iglesia Católica, no para tener el sacramento del lavamiento, si ya han sido lavados en él, aunque en la herejía, sino para tenerlo para su salud.
V, 9, 10–11
10. Ahora debemos ver qué se dice del bautismo de Juan. Pues "leemos en los Hechos de los Apóstoles que los que ya habían sido bautizados con el bautismo de Juan fueron bautizados después por Pablo", sencillamente porque el bautismo de Juan no era el bautismo de Cristo, sino un bautismo permitido por Cristo a Juan, de modo que se llamara especialmente bautismo de Juan; como dice el mismo Juan: "Un hombre no puede recibir nada si no le ha sido dado del cielo" []. Y para que no pareciera acaso que recibía esto de Dios Padre de tal modo que no lo recibía del Hijo, hablando luego del propio Cristo, dice: "De su plenitud hemos recibido todos" []. Pero Juan recibió esto por la gracia de una cierta dispensación, que no había de durar mucho, sino tan solo lo bastante para preparar al Señor el camino en que él debía ser precursor. Y como nuestro Señor había de entrar luego en este camino con toda humildad, y conducir a la perfección a quienes le seguían humildemente, así como lavó los pies de sus siervos [], así quiso ser bautizado con el bautismo de un siervo []. Pues así como Él se puso a ministrar a los pies de aquellos de quienes era guía, así se sometió al don de Juan que Él mismo había dado, para que todos comprendieran qué arrogancia sacrílega mostrarían al despreciar el bautismo que cada uno de ellos debía recibir del Señor, cuando el Señor mismo aceptaba lo que Él mismo había otorgado a un siervo para que lo diera como suyo; y para que, cuando Juan, mayor que el cual no se había levantado entre los nacidos de mujer [], daba tal testimonio de Cristo que confesaba no ser digno de desatar la correa de su calzado [], Cristo, recibiendo su bautismo, fuera hallado el más humilde entre los hombres, y, al quitar el lugar al bautismo de Juan, fuera creído el Dios altísimo, a la vez maestro de la humildad y dador de la exaltación.
11. Pues de ninguno de los profetas, de nadie en absoluto en la santa Escritura, leemos que se le concediera bautizar en el agua de penitencia para la remisión de los pecados, como se le concedió a Juan; para que, haciendo que los corazones del pueblo pendieran de él por esta gracia maravillosa, preparara en ellos el camino a Aquel a quien él declaraba tan infinitamente mayor que sí mismo. Pero el Señor Jesucristo limpia a su Iglesia con un bautismo tal que, una vez recibido, no se requiere ningún otro; mientras que Juan daba un primer lavamiento con un bautismo tal que, una vez recibido, se necesitaba todavía el bautismo del Señor, no para que se repitiera el primer bautismo, sino para que el bautismo de Cristo, a quien él preparaba el camino, fuera además conferido a quienes habían recibido el bautismo de Juan. Pues si la humildad de Cristo no hubiera de ser recomendada a nuestra consideración, tampoco habría necesidad alguna del bautismo de Juan; y a su vez, si el fin estuviera en Juan, después de su bautismo no habría necesidad del bautismo de Cristo. Pero puesto que "Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree" [], por Juan se mostró a quiénes debían ir los hombres, y en quién, cuando hubieran llegado a Él, debían descansar. Así, pues, Juan mostró a la vez la excelsa naturaleza del Señor, cuando lo puso muy por delante de sí mismo, y su humildad, cuando lo bautizó como al último del pueblo. Pero si Juan hubiera bautizado solo a Cristo, se pensaría que había sido dispensador de un bautismo mejor —aquel con el cual solo Cristo fue bautizado— que el bautismo de Cristo con el cual son bautizados los cristianos; y, a su vez, si todos debieran ser bautizados primero con el bautismo de Juan y después con el de Cristo, el bautismo de Cristo parecería con razón carecer de plenitud y perfección, como si no bastara para la salvación. Por lo cual el Señor fue bautizado con el bautismo de Juan, para doblegar las soberbias cervices de los hombres hacia su propio bautismo saludable; y no fue bautizado solo con él, no sea que mostrara que el suyo era inferior a aquel con el cual solo Él mismo había merecido ser bautizado; y no permitió que continuara por más tiempo, no fuera que el único bautismo con que Él bautiza pareciera necesitar que el otro lo precediera.
V, 10, 12
12. Pregunto, por tanto, si los pecados eran perdonados por el bautismo de Juan, ¿qué más podía conferir el bautismo de Cristo a aquellos a quienes el apóstol Pablo deseó que fueran bautizados con el bautismo de Cristo después de haber recibido el bautismo de Juan? Pero si los pecados no eran perdonados por el bautismo de Juan, ¿eran acaso en los días de Cipriano mejores que Juan aquellos hombres de quienes él mismo dice que "solían apoderarse de heredades con fraudes traicioneros, y aumentar sus ganancias con usuras acumuladas", por cuya administración del bautismo se confería, sin embargo, la remisión de los pecados? ¿O era porque estaban contenidos dentro de la unidad de la Iglesia? ¿Y qué? ¿No estaba Juan contenido dentro de aquella unidad, el amigo del Esposo, el preparador del camino del Señor, el bautizador del Señor mismo? ¿Quién habrá tan insensato que afirme esto? Por lo cual, aunque creo que Juan bautizaba de tal manera con el agua de penitencia para la remisión de los pecados, que los bautizados por él recibían la expectación de la remisión de sus pecados, realizándose la remisión efectiva en el bautismo del Señor —así como la resurrección que se espera en el último día se cumple en esperanza en nosotros, como dice el apóstol: "Juntamente nos resucitó, y juntamente nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús" []; y también: "Porque en esperanza somos salvos" []; o como también el propio Juan, mientras dice: "Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento, para remisión de vuestros pecados" [], dice, al ver a nuestro Señor: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" []—, sin embargo no estoy dispuesto a contender con vehemencia contra quien sostenga que los pecados eran perdonados aun en el bautismo de Juan, sino que una santificación más plena era conferida por el bautismo de Cristo a aquellos a quienes Pablo mandó bautizar de nuevo [].
V, 11, 13
13. Pues debemos considerar el punto que concierne especialmente al asunto que nos ocupa (sea cual fuere la naturaleza del bautismo de Juan, puesto que es claro que él pertenece a la unidad de Cristo), a saber, cuál es la razón por la que fue justo que los hombres fueran bautizados de nuevo después de recibir el bautismo del santo Juan, y por qué no debían ser bautizados de nuevo después de recibir el bautismo de los obispos avaros. Pues nadie niega que en el campo del Señor Juan era como trigo que daba fruto al ciento por uno, si esa es la tasa más alta de aumento; asimismo nadie duda que la avaricia, que es idolatría, es contada en la mies del Señor entre la paja. ¿Por qué, entonces, es bautizado de nuevo un hombre después de recibir el bautismo del trigo, y no después de recibirlo de la paja? Si era porque Pablo era mejor que Juan que bautizaba después de Juan, ¿por qué no bautizó también Cipriano después de sus colegas usureros, mejores que los cuales era él más allá de toda comparación? Si era porque estaban en unidad con él por lo que no bautizaba después de tales colegas, tampoco Pablo debió bautizar después de Juan, porque estaban unidos en la misma unidad. ¿Acaso puede ser que defraudadores y extorsionadores pertenezcan a los miembros de aquella única paloma, y que no pertenezca a ella aquel a quien se mostró el pleno poder del Señor Jesucristo mediante la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma? Ciertamente él pertenece muy estrechamente a ella; pero los otros, que han de ser separados de ella, ya sea con ocasión de algún escándalo, ya por el aventamiento del último día, de ningún modo pertenecen a ella; y, sin embargo, se repitió el bautismo después de Juan y no después de ellos. ¿Cuál es, pues, la causa, sino que el bautismo que Pablo mandó que recibieran no era el mismo que el que se daba por manos de Juan? Y así, en la misma unidad de la Iglesia, el bautismo de Cristo no puede repetirse aunque sea dado por un ministro usurero; pero quienes reciben el bautismo de Juan, aun de manos del propio Juan, deben ser bautizados después con el bautismo de Cristo.
V, 12, 14
14. En consecuencia, también yo podría usar las palabras del bienaventurado Cipriano para volver los corazones de quienes me oyen a la consideración de algo verdaderamente maravilloso, si dijera: "Juan, que era tenido por el mayor entre los profetas; él, que fue lleno de gracia divina ya desde el vientre de su madre; él, que fue sostenido en el espíritu y poder de Elías; que no fue adversario, sino precursor y heraldo del Señor; que no solo anunció de palabra a nuestro Señor, sino que también lo mostró a la vista; que bautizó a Cristo mismo, por quien todos los demás son bautizados", no fue digno de bautizar de tal manera que quienes eran bautizados por él no debieran ser bautizados de nuevo después de él; ¿y no pensará nadie que un hombre deba ser bautizado en la Iglesia después de haber sido bautizado por avaros, por defraudadores, por extorsionadores, por usureros? ¿No está pronta la respuesta a esta cuestión odiosa? ¿Por qué juzgas esto impropio, como si Juan quedara deshonrado o el avaro honrado? Pero no debe repetirse el bautismo de Aquel de quien dice Juan: "Éste es el que bautiza con el Espíritu Santo" []. Pues quienquiera que sea el ministro por cuyas manos se da, es el bautismo de Aquel de quien se dijo: "Éste es el que bautiza". Pero tampoco se repitió el bautismo del propio Juan, cuando el apóstol Pablo mandó que los que habían sido bautizados por él fueran bautizados en Cristo. Pues lo que no habían recibido del amigo del Esposo, era justo que lo recibieran del Esposo mismo, de quien aquel amigo había dicho: "Éste es el que bautiza con el Espíritu Santo".
V, 13, 15
15. Pues el Señor Jesús podía, si así lo hubiera tenido por conveniente, haber dado el poder de su bautismo a alguno o a varios de sus principales siervos, a quienes ya había hecho sus amigos, como aquellos a quienes dice: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" []; para que, así como Aarón fue manifestado como sacerdote por la vara que retoñó [], así en su Iglesia, cuando se realizan más y mayores milagros, los ministros de más excelente santidad y los dispensadores de sus misterios pudieran ser manifestados por alguna señal como aquellos que únicamente debían bautizar. Pero si esto se hubiera hecho, aunque el poder de bautizar les hubiera sido dado por el Señor, sin embargo se llamaría necesariamente bautismo suyo, como en el caso del bautismo de Juan. Y así Pablo da gracias a Dios de no haber bautizado a ninguno de aquellos hombres que, como olvidando en nombre de quién habían sido bautizados, se empeñaban en dividirse en facciones bajo los nombres de distintos individuos []. Pues cuando el bautismo es tan válido administrado por manos de un hombre despreciable como lo era cuando lo daba un apóstol, se reconoce que no es bautismo de este ni de aquel, sino de Cristo; como Juan atestigua que aprendió, en el caso del Señor mismo, por la aparición de la paloma. Pues no alcanzo a ver claramente en qué otro sentido dijo: "Y yo no lo conocía". Pues si no lo hubiera conocido en ningún sentido, no habría podido decirle cuando venía a su bautismo: "Yo necesito ser bautizado por Ti" []. ¿Qué quiere decir, por tanto, con las palabras: "Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, Él mismo me dijo: Aquel sobre quien veas descender al Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo" []? Es evidente que la paloma descendió sobre Él después de ser bautizado. Pero, mientras aún venía a ser bautizado, Juan le había dicho: "Yo necesito ser bautizado por Ti". Luego ya lo conocía. ¿Qué quiere decir, por tanto, con las palabras: "No lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, Él mismo me dijo: Aquel sobre quien veas descender al Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo", puesto que esto aconteció después de que Él fue bautizado, sino que lo conocía en cuanto a ciertas cosas, y en cuanto a otras no lo conocía? Lo conocía, ciertamente, como Hijo de Dios, el Esposo, de cuya plenitud todos habían de recibir; pero, si bien de su plenitud él mismo había recibido el poder de bautizar de tal manera que se llamara bautismo de Juan, no sabía si Él lo daría también así a otros, o si quería que su propio bautismo fuera tal que, por cualesquiera manos que se diera, ya fuese por un hombre que diera fruto al ciento por uno, o al sesenta, o al treinta, ya por el trigo o por la paja, se reconociera que era de Él solo; y esto lo aprendió por el Espíritu que descendió como paloma y permaneció sobre Él.
V, 14, 16
16. En consecuencia, hallamos que los apóstoles usan las expresiones: "Mi gloria", [] aunque ciertamente era en el Señor; y "Mi ministerio", [] y "Mi conocimiento", [] y "Mi evangelio", [] aunque confesadamente fue otorgado y dado por el Señor; pero ninguno de ellos jamás dijo: "Mi bautismo". Porque ni la gloria de todos ellos es igual, ni todos ministran con poderes iguales, ni todos están dotados de igual conocimiento, y en la predicación del evangelio uno obra con más fuerza que otro, y así puede decirse que uno es más docto que otro en la doctrina misma de la salvación; pero no puede decirse que uno esté más o menos bautizado que otro, ya sea bautizado por un ministro mayor o menos digno. Así, cuando "las obras de la carne son manifiestas, las cuales son: fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicería, odios, contiendas, celos, iras, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes"; [] si es extraño que se diga: "Fueron bautizados después de Juan, y no son bautizados después de los herejes", ¿por qué no es igualmente extraño que se diga: "Fueron bautizados después de Juan, y no son bautizados después de los envidiosos", viendo que el mismo Cipriano testifica en su epístola acerca de la envidia y la malignidad que los codiciosos son del partido del diablo, y el mismo Cipriano lo manifiesta por las palabras del apóstol Pablo, como hemos mostrado arriba, que en el tiempo de los mismos apóstoles hubo personas envidiosas en la Iglesia de Cristo entre los mismos predicadores del nombre de Cristo?
V, 15, 17–20
17. Que, por tanto, el bautismo de Juan no era el mismo que el bautismo de Cristo, creo que ha quedado demostrado con suficiente claridad; y por tanto no puede extraerse de ello argumento alguno para que el bautismo deba repetirse después de los herejes porque se repitió después de Juan: pues Juan no era hereje, y podía tener un bautismo que, aunque concedido por Cristo, no era sin embargo el mismo bautismo de Cristo, ya que él tenía el amor de Cristo; mientras que un hereje puede tener a la vez el bautismo de Cristo y la perversidad del diablo, como otro dentro de la Iglesia puede tener a la vez el bautismo de Cristo y la envidia del diablo.
18. Pero se objetará que el bautismo después de un hereje es mucho más requerido, porque Juan no era hereje, y sin embargo el bautismo fue repetido después de él. Según este principio, uno podría decir: mucho más debemos rebautizar después de un borracho, porque Juan era sobrio, y sin embargo el bautismo fue repetido después de él. Y no tendremos respuesta que dar a tal hombre, salvo que el bautismo de Cristo fue dado a los que fueron bautizados por Juan, porque no lo tenían; pero donde los hombres tienen el bautismo de Cristo, ninguna iniquidad de parte suya puede hacer que el bautismo de Cristo deje de estar en ellos.
19. No es, por tanto, verdad que "por bautizar primero, el hereje obtiene el derecho del bautismo"; sino porque no bautizó con su propio bautismo, y aunque no poseía el derecho de bautizar, sin embargo lo que dio es de Cristo, y quien lo recibió es de Cristo. Porque muchas cosas se dan injustamente y, sin embargo, no se dice por ello que no existan o que no se hayan dado en absoluto. Pues ni siquiera el que renuncia al mundo de palabra y no de hecho recibe lícitamente el bautismo, y sin embargo lo recibe. Porque Cipriano registra que había tales hombres en la Iglesia en su día, y nosotros mismos experimentamos y lamentamos el hecho.
20. Pero es extraño en qué sentido puede decirse que "el bautismo y la Iglesia no pueden de ningún modo ser separados y desligados el uno del otro". Porque si el bautismo permanece inseparablemente en el que es bautizado, ¿cómo puede ser que él pueda ser separado de la Iglesia, y el bautismo no? Pero es claro que el bautismo sí permanece inseparablemente en la persona bautizada; porque a cualquier profundidad de mal, y a cualquier torbellino temible de pecado en que caiga la persona bautizada, incluso hasta la ruina de la apostasía, no queda sin embargo privada de su bautismo. Y por tanto, si mediante el arrepentimiento vuelve, no se le da de nuevo, porque se juzga que no pudo haber quedado privado de él. Pero ¿quién puede dudar jamás de que una persona bautizada puede ser separada de la Iglesia? Pues de aquí han procedido todas las herejías que engañan usando términos cristianos.
V, 16, 21
Por lo cual, puesto que es manifiesto que el bautismo permanece en la persona bautizada cuando es separada de la Iglesia, el bautismo que está en él ciertamente es separado con él. Y por tanto, no todos los que retienen el bautismo retienen la Iglesia, así como no todos los que retienen la Iglesia retienen la vida eterna. O si decimos que solo retienen la Iglesia los que guardan los mandamientos de Dios, al punto concedemos que hay muchos que retienen el bautismo, y no retienen la Iglesia.
21. Por tanto, el hereje no es "el primero en apoderarse del bautismo", puesto que lo ha recibido de la Iglesia. Ni, aunque se separó, pudo perder el bautismo aquel de quien afirmamos que ya no retiene la Iglesia, y sin embargo permitimos que retenga el bautismo. Ni tampoco nadie "cede su derecho de primogenitura, y lo da a un hereje", porque dice que se llevó consigo lo que no podía dar lícitamente, pero que sería sin embargo conforme a ley cuando se diese; o que ya no tiene lícitamente lo que sin embargo está conforme a ley en su posesión. Pero el derecho de primogenitura descansa solo en una conducta santa y una buena vida, a la cual pertenecen todos aquellos de los que esa esposa se compone como miembros suyos que no tiene mancha ni arruga, o esa paloma que gime en medio de la maldad de los muchos cuervos—a no ser que, mientras Esaú perdió su derecho de primogenitura por su apetito de un guisado de lentejas, [] hayamos de sostener todavía que lo retienen los defraudadores, ladrones, usureros, envidiosos, borrachos y semejantes, sobre cuya existencia en la Iglesia de su tiempo gimió Cipriano en sus epístolas. Por lo cual, o no es lo mismo retener la Iglesia y retener el derecho de primogenitura en las cosas divinas, o, si todo el que retiene la Iglesia también retiene el derecho de primogenitura, entonces todos esos malvados no retienen la Iglesia, aunque parecen y se les permite por todos nosotros dar el bautismo dentro de la Iglesia; pues nadie, salvo el hombre totalmente ignorante de las cosas sagradas, diría que ellos retienen el derecho de primogenitura en las cosas sagradas.
V, 17, 22–23
22. Pero, habiendo considerado y tratado todos estos puntos, hemos llegado ahora a aquella apacible declaración de Cipriano al final de la epístola, de la cual jamás me sacio, aunque la leo y releo una y otra vez—tan grande es la suavidad del amor fraterno que exhala de ella, tan grande la dulzura de la caridad en que abunda. "Estas cosas", dice, "te las hemos escrito, queridísimo hermano, brevemente, según nuestra pobre capacidad, sin prescribir ni prejuzgar a nadie, para que cada obispo no deje de hacer lo que piensa que es recto, en el libre ejercicio de su propia voluntad. Nosotros, en cuanto de nosotros depende, no contendemos sobre el asunto de los herejes con nuestros colegas y compañeros en el episcopado, con quienes mantenemos concordia y paz en el Señor; especialmente porque también el apóstol dice: 'Si alguno parece contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.' [] Observamos paciente y suavemente la caridad de espíritu, el honor de nuestra fraternidad, el vínculo de la fe, la armonía del sacerdocio. Por esta razón también, según lo mejor de nuestra pobre capacidad, con el permiso y la inspiración de Dios hemos escrito este tratado sobre 'El bien de la paciencia', que te hemos enviado en consideración de nuestro mutuo amor."
23. Hay muchas cosas que considerar en estas palabras, en las cuales brilla el resplandor de la caridad cristiana en este hombre, que "amó la hermosura de la casa del Señor y el lugar de la morada de su tabernáculo". Primero, que no ocultó lo que sentía; luego, que lo expuso tan suave y pacíficamente, en cuanto mantuvo la paz de la Iglesia con los que pensaban de otro modo, porque comprendió cuán grande salud estaba ligada al vínculo de la paz, amándolo tanto y manteniéndolo con sobriedad, viendo y sintiendo que aun los hombres que piensan de modo diferente pueden tener sus varios sentimientos con caridad salvadora. Pues no diría que podía mantener la concordia divina o la paz del Señor con hombres malvados; porque el hombre bueno puede observar paz para con los impíos, pero no puede estar unido con ellos en la paz que ellos no tienen. Finalmente, que al no prescribir a nadie y no prejuzgar a nadie, para que cada obispo no dejara de hacer lo que piensa que es recto en el libre ejercicio de su propia voluntad, nos ha dejado también a nosotros, seamos lo que seamos, un lugar para tratar pacíficamente de esas cosas con él. Pues está presente, no solo en sus cartas, sino por esa misma caridad que existió en grado tan extraordinario en él, y que jamás puede morir. Anhelando, pues, con la ayuda de sus oraciones, aferrarme a él y estar en unión con él, si no me lo impide la indignidad de mis pecados, aprenderé, si puedo, por sus cartas con cuánta paz y consuelo administró el Señor su Iglesia por medio de él; y, revistiéndome de entrañas de humildad por la influencia conmovedora de su discurso, si, en común con la Iglesia en general, tengo alguna doctrina más verdadera que la suya, no preferiré mi corazón al suyo, aun en el punto en que él, aunque sostenía opiniones diferentes, sin embargo no estaba separado de la Iglesia en todo el mundo. Porque en aquello, cuando esa cuestión estaba aún indecisa por falta de plena discusión, aunque sus sentimientos diferían de los de muchos de sus colegas, observó sin embargo tan gran moderación, que no quiso mutilar la sagrada comunión de la Iglesia de Dios con mancha alguna de cisma, apareció en él una mayor fuerza de excelencia que la que se habría mostrado si, sin esa virtud, hubiera sostenido opiniones en todos los puntos no solo verdaderas, sino coincidentes con las de ellos. Ni debería yo actuar como él desearía, si pretendiera preferir su talento y su fluidez de discurso y abundancia de erudición al santo Concilio de todas las naciones, en el cual ciertamente estuvo presente mediante la unidad de su espíritu, especialmente ahora que está colocado en tan plena luz de verdad como para ver con perfecta certeza lo que aquí buscaba en espíritu de perfecta paz. Porque desde aquella rica abundancia sonríe ante todo lo que aquí nos parece elocuencia, como si fuera el primer ensayo de la infancia; allí ve por qué regla de piedad actuó aquí, que nada debía serle más querido en la Iglesia que la unidad. Allí también, con indecible deleite, contempla con cuán presciente y misericordiosísima providencia el Señor, para curar nuestras hinchazones, "escogió lo necio del mundo para confundir a los sabios", [] y, en la ordenación de los miembros de su Iglesia, dispuso todas las cosas de manera tan saludable, que los hombres no dijeran que fueron elegidos para la ayuda del evangelio por su propio talento o erudición, de cuya fuente ignoraban aún, y así se hincharan con orgullo mortal. ¡Oh, cómo se regocija Cipriano! ¡Con cuánta más perfecta calma contempla cuán grandemente conduce a la salud del género humano que en los escritos incluso de oradores cristianos y piadosos se halle algo que merezca censura, y en los escritos de los pescadores no se halle nada de esa clase! Y así yo, estando plenamente asegurado de este gozo de aquella alma santa, de ninguna manera me atrevo a pensar o decir que mis escritos están libres de toda clase de error, ni, al oponerme a aquella opinión suya, en la cual le parecía que los que venían de entre los herejes debían ser recibidos de otro modo que como habían sido en días anteriores, según él mismo testifica, o como son recibidos ahora, según la costumbre razonable, confirmada por un concilio plenario de todo el mundo cristiano, presento contra él mi propia opinión, sino la de la santa Iglesia Católica, a la cual él amó y ama tanto, en la cual produjo tan abundante fruto con tolerancia, de cuya totalidad él mismo no era, pero en cuya totalidad permanecía; cuya raíz jamás abandonó, sino que, aunque ya producía fruto de su raíz, fue purgado por el celestial Labrador para que produjese más fruto; [] por cuya paz y seguridad, para que el trigo no fuese arrancado junto con la cizaña, él reprendió con la libertad de la verdad y soportó con la gracia de la caridad tantos males de parte de hombres que estaban colocados en unidad con él.
V, 18, 24
24. De donde Cipriano mismo nos amonesta otra vez con la mayor plenitud, que muchos que estaban muertos en sus delitos y pecados, aunque no pertenecían al cuerpo de Cristo, ni a los miembros de aquella inocente y sencilla paloma (de modo que si solo ella bautizaba, ciertamente ellos no podían bautizar), sin embargo, a toda apariencia, parecían tanto ser bautizados como bautizar dentro de la Iglesia. Y entre ellos, por muertos que estén, su bautismo sin embargo vive, el cual no está muerto, y la muerte no tendrá más dominio sobre él. Puesto que, por tanto, hay hombres muertos dentro de la Iglesia, y no están ocultos, pues de otro modo Cipriano no habría hablado tanto de ellos, que o no pertenecen en absoluto a aquella paloma viva, o al menos no pertenecen aún a ella; y puesto que hay hombres muertos fuera, que aún más claramente no pertenecen a ella en absoluto, o aún no; y puesto que es verdad que "un hombre no puede ser vivificado por quien él mismo no vive",—es, por tanto, claro que aquellos que dentro son bautizados por tales personas, si se acercan al sacramento con verdadera conversión de corazón, son vivificados por Aquel cuyo bautismo es. Pero si renuncian al mundo de palabra y no de hecho, como Cipriano declara que es el caso de algunos que están dentro, es entonces manifiesto que ellos mismos no son vivificados a menos que se conviertan, y sin embargo tienen verdadero bautismo aunque no se conviertan. De donde también es igualmente claro que los que están muertos fuera, aunque ni "viven ellos mismos, ni vivifican a otros", tienen sin embargo el bautismo vivo, el cual les aprovecharía para vida tan pronto como se convirtieran a la paz.
V, 19, 25–27
25. Por lo cual, en cuanto a aquellos que recibieron a las personas que venían de la herejía en el mismo bautismo de Cristo con el que habían sido bautizados fuera de la Iglesia, y dijeron "que seguían la antigua costumbre", como en efecto la Iglesia recibe ahora a tales, en vano se objeta contra ellos "que entre los antiguos había aún solo el primer comienzo de la herejía y de los cismas, de modo que estaban envueltos en ellos quienes se separaban de la Iglesia, y habían sido originalmente bautizados dentro de la Iglesia, de manera que no era necesario que fuesen bautizados de nuevo cuando volvían y hacían penitencia." Pues tan pronto como existió cada herejía particular, y se apartó de la comunión de la Iglesia Católica, fue posible que, no diré ni siquiera al día siguiente, sino aun en aquel mismo día, sus adeptos hubieran bautizado a algunos que acudían a ellos. Y por tanto, si esta era la antigua costumbre, que ellos fuesen así recibidos en la Iglesia (como no podía ser negado aun por los que mantenían la parte contraria en la discusión), no puede haber duda en la mente de nadie que preste cuidadosa atención al asunto, de que también fueron así recibidos los que habían sido bautizados fuera, en la herejía.
26. Pero no puedo ver qué apariencia de razón hay en esto, que el nombre de "oveja errante" deba ser negado a aquel cuya suerte ha sido que, mientras buscaba la salvación que está en Cristo, ha caído en el error de los herejes, y ha sido bautizado en su cuerpo; mientras se tiene por ya convertido en oveja dentro del cuerpo de la misma Iglesia Católica a aquel que ha renunciado al mundo de palabra y no de hecho, y ha recibido el bautismo en tan falsedad de corazón como esta. O si tal persona tampoco se convierte en oveja sino después de volverse a Dios con corazón verdadero, entonces, como no es bautizado en el momento en que se convierte en oveja, si ya había sido bautizado, pero no era aún oveja; así también aquel que viene de los herejes para convertirse en oveja, no ha de ser bautizado entonces si ya había sido bautizado con el mismo bautismo, aunque no fuera aún oveja. Por lo cual, puesto que incluso todos los malos que están dentro—los codiciosos, los envidiosos, los borrachos y los que viven contrariamente a la disciplina de Cristo— pueden ser merecidamente llamados mentirosos, y en tinieblas, y muertos, y anticristos, ¿por eso no bautizan, sobre la base de que "no puede haber nada común entre la verdad y la falsedad, entre la luz y las tinieblas, entre la muerte y la inmortalidad, entre el Anticristo y Cristo"?
27. Hace, pues, una suposición, no "de mera costumbre", sino "de la razón de la verdad misma", cuando dice que el sacramento de Dios no puede ser convertido en error por el error de hombre alguno, ya que se declara que existe aun en aquellos que han errado. Ciertamente el apóstol Juan dice clarísimamente: "El que aborrece a su hermano está en tinieblas hasta ahora"; [] y otra vez: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida"; [] ¿y por qué, entonces, bautizan a los que están dentro de la Iglesia, a quienes el propio Cipriano declara que están en la envidia de la malicia?
V, 20
¿Cómo limpia y santifica un homicida el agua? ¿Cómo puede la tiniebla bendecir el aceite? Pero si Dios está presente en sus sacramentos para confirmar su palabra por mano de cualquiera que los administre, entonces los sacramentos de Dios son válidos en todas partes, y los hombres malos a quienes no aprovechan son en todas partes perversos.
Pero ¿qué clase de argumento es este, que "un hereje debe ser considerado como no teniendo bautismo porque no tiene la Iglesia"? Y debe reconocerse que "cuando es bautizado, se le pregunta acerca de la Iglesia". Como si no se hiciera la misma pregunta sobre la Iglesia en el bautismo a quien dentro de la Iglesia renuncia al mundo de palabra y no de hecho. Así, pues, como su respuesta falsa no impide que lo que recibe sea bautismo, tampoco la respuesta falsa del otro acerca de la santa Iglesia impide que lo que recibe sea bautismo; y como el primero, si después cumple de verdad lo que prometió en falsedad, no recibe un segundo bautismo, sino solo una vida enmendada, así también en el caso del segundo, si después viene a la Iglesia acerca de la cual dio una respuesta falsa a la pregunta que se le hizo, pensando que la tenía cuando no la tenía, se le da la Iglesia misma que no poseía, pero no se le repite lo que ya había recibido. Pero no alcanzo a comprender por qué, mientras Dios puede "santificar el aceite" en atención a las palabras que salen de la boca de un homicida, "no puede, sin embargo, santificarlo sobre el altar levantado por un hereje", a no ser que Aquel a quien no lo estorba la falsa conversión del corazón del hombre dentro de la Iglesia sea estorbado por la falsa erección de algún madero fuera, para no dignarse estar presente en sus sacramentos, aunque ninguna falsedad de parte de los hombres puede estorbarlo. Si, por tanto, lo que se dice en el evangelio, que "Dios no oye a los pecadores" [], se extiende hasta el punto de que los sacramentos no pueden ser celebrados por un pecador, ¿cómo, entonces, oye a un homicida que ora, ya sea sobre el agua del bautismo, ya sobre el aceite, ya sobre la eucaristía, ya sobre las cabezas de aquellos sobre quienes impone la mano? Y sin embargo, todas estas cosas se hacen y son válidas, aun en manos de homicidas, es decir, en manos de quienes odian a sus hermanos, incluso dentro, en la Iglesia misma. Puesto que "nadie puede dar lo que él mismo no posee", ¿cómo da un homicida el Espíritu Santo? Y, sin embargo, ese tal incluso bautiza dentro de la Iglesia. Por tanto, es Dios quien da el Espíritu Santo aun cuando bautiza un hombre de esta clase.
V, 21, 29
29. Pero en cuanto a lo que dice, que "el que viene a la Iglesia debe ser bautizado y renovado, para que dentro sea santificado por medio de los santos", ¿qué hará si dentro se encuentra también con quienes no son santos? ¿O es acaso santo el homicida? Y si la razón para que sea bautizado en la Iglesia es que "debe despojarse también de esto mismo: que, siendo hombre que buscaba acercarse a Dios, cayó, por engaño del error, en un profano", ¿dónde deberá despojarse después de esto, si al buscar a un hombre de Dios dentro de la Iglesia misma, le sucede, por engaño del error, caer en un homicida? Si "no puede haber en un hombre algo vacío y algo válido", ¿por qué es posible que en un homicida sea santo el sacramento y su corazón impío? Si "quien no puede dar el Espíritu Santo no puede bautizar", ¿por qué bautiza el homicida dentro de la Iglesia? ¿O cómo tiene el homicida el Espíritu Santo, cuando todo el que tiene el Espíritu Santo está lleno de luz, pero "el que aborrece a su hermano está todavía en tinieblas"? [] Si porque "hay un solo bautismo y un solo Espíritu", por tanto no pueden tener el único bautismo quienes no tienen el único Espíritu, ¿por qué el inocente y el homicida dentro de la Iglesia tienen el único bautismo y no tienen el único Espíritu? Así, pues, el hereje y el católico pueden tener el único bautismo y, sin embargo, no tener la única Iglesia, como en la Iglesia Católica el inocente y el homicida pueden tener el único bautismo, aunque no tienen el único Espíritu; porque así como hay un solo bautismo, así hay un solo Espíritu y una sola Iglesia. Y así resulta que en cada persona debemos reconocer lo que ya tiene, y a cada persona debemos dar lo que no tiene. Si "nada puede ser confirmado y ratificado ante Dios de lo que han hecho aquellos a quienes Dios llama sus enemigos y adversarios", ¿por qué se confirma el bautismo dado por homicidas? ¿No hemos de llamar a los homicidas enemigos y adversarios del Señor? Pero "el que aborrece a su hermano es homicida". ¿Cómo, pues, bautizaron los que aborrecían a Pablo, siervo de Jesucristo, y con ello aborrecían a Jesús mismo, puesto que Él mismo dijo a Saulo: "¿Por qué me persigues?" [] cuando perseguía a sus siervos, y puesto que al fin Él mismo dirá: "En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños que son míos, no me lo hicisteis a mí"? [] Por lo cual, no todos los que salen de nosotros son de nosotros, pero no todos los que están con nosotros son de nosotros; como cuando se trilla, todo lo que vuela fuera de la era se muestra que no era grano, pero no todo lo que queda allí es por eso grano. Y así también dice Juan: "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros". [] Por lo cual, Dios da el sacramento de la gracia aun por manos de hombres malvados, pero la gracia misma solo la da Él mismo o por medio de sus santos. Y, por tanto, Él da la remisión de los pecados, ya sea por sí mismo, o por medio de los miembros de aquella paloma a quien dice: "A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retengáis, les son retenidos". [] Pero puesto que nadie puede dudar de que el bautismo, que es el sacramento de la remisión de los pecados, lo poseen aun los homicidas, que todavía están en tinieblas porque el odio a sus hermanos no está excluido de sus corazones, por tanto, o no se les da ninguna remisión de los pecados si su bautismo no va acompañado de ningún cambio del corazón para mejor, o si los pecados les son remitidos, al punto vuelven de nuevo sobre ellos. Y aprendemos que el bautismo es santo en sí mismo, porque es de Dios; y ya sea dado, ya sea recibido por hombres de tal carácter, no puede ser contaminado por perversidad alguna de ellos, ni dentro ni tampoco fuera de la Iglesia.
V, 22, 30
30. En consecuencia, estamos de acuerdo con Cipriano en que "los herejes no pueden dar la remisión de los pecados"; pero sostenemos que pueden dar el bautismo, el cual, ciertamente, en ellos, tanto cuando lo dan como cuando lo reciben, aprovecha solo para su destrucción, por usar mal tan gran don de Dios; así como también los maliciosos y envidiosos, que el propio Cipriano reconoce que están dentro de la Iglesia, no pueden dar la remisión de los pecados, mientras todos confesamos que pueden dar el bautismo. Pues si se dijo de los que han pecado contra nosotros: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" [], ¿cuánto más imposible es que les sean perdonados sus pecados a quienes odian a los hermanos por quienes son amados, y son bautizados en ese mismo odio? Y, sin embargo, cuando son traídos al buen camino, no se les da de nuevo el bautismo, sino que se les concede en su verdadera conversión aquel mismo perdón que entonces no merecieron. Y así, aun lo que Cipriano escribió a Quinto, y lo que, junto con sus colegas Liberal, Caldonio, Junio y los demás, escribió a Saturnino, Máximo y otros, todo se halla, si se considera debidamente, que de ningún modo debe anteponerse al acuerdo de toda la Iglesia Católica, de la cual se gozaban de ser miembros, y de la cual ni se separaron ellos mismos ni permitieron que otros se separaran, aunque sostenían una opinión contraria, hasta que al fin, por voluntad del Señor, se manifestó, por un concilio plenario muchos años después, cuál era el camino más perfecto, y esto no por institución de novedad alguna, sino confirmando lo antiguo.
V, 23, 31–33
31. Cipriano escribe también a Pompeyo sobre esta misma cuestión, y muestra claramente en esa carta que Esteban, quien, según sabemos, era entonces obispo de la Iglesia Romana, no solo no estaba de acuerdo con él en los puntos que nos ocupan, sino que incluso escribió y enseñó las opiniones contrarias. Pero Esteban ciertamente no "comulgaba con herejes" solo porque no se atrevía a impugnar el bautismo de Cristo, el cual sabía que permanecía íntegro en medio de su perversidad. Pues si ninguno tiene bautismo que tenga opiniones falsas acerca de Dios, se ha probado suficientemente, en mi opinión, que esto puede suceder incluso dentro de la Iglesia. "Los apóstoles", en verdad, "no dieron precepto alguno sobre este punto"; pero la costumbre, que se opone a Cipriano, puede suponerse que tuvo origen en la tradición apostólica, así como hay muchas cosas que son observadas por toda la Iglesia, y por tanto se consideran con razón como mandadas por los apóstoles, aunque no se mencionan en sus escritos.
32. Pero se nos objetará que está escrito de los herejes que "se condenan a sí mismos". [] ¿Y qué? ¿No se condenan también a sí mismos aquellos a quienes se dijo: "Pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo"? [] Pero a estos les dice el apóstol: "Tú que predicas que no se ha de robar, ¿robas?" [] y así sucesivamente. Y tales eran ciertamente aquellos que, siendo obispos y estando establecidos en la unidad católica con el propio Cipriano, solían saquear haciendas con fraudes traicioneros, predicando todo el tiempo al pueblo las palabras del apóstol, que dice: "Ni los ladrones heredarán el reino de Dios". []
33. Por lo cual, no haré más que repasar brevemente los demás sentimientos fundados en las mismas reglas que se hallan en la citada carta escrita a Pompeyo. ¿Con qué autoridad de la sagrada Escritura se demuestra que "es contra el mandamiento de Dios que quienes vienen de la sociedad de herejes, si ya han recibido allí el bautismo de Cristo, no sean bautizados de nuevo"? Pero se demuestra claramente que muchos cristianos fingidos, aunque no están unidos en el mismo vínculo de caridad con los santos, sin el cual nada santo que hayan podido poseer les aprovecha, tienen sin embargo el bautismo en común con los santos, como ya se ha probado suficientemente y con la mayor amplitud. Dice "que la Iglesia, el Espíritu y el bautismo son mutuamente inseparables entre sí, y por tanto" quiere que "quienes están separados de la Iglesia y del Espíritu Santo sean entendidos también como separados del bautismo". Pero si así fuera, entonces, cuando alguien ha recibido el bautismo en la Iglesia Católica, permanece en él solo mientras él mismo permanece en la Iglesia, lo cual no es así. Pues no se le restituye cuando vuelve, precisamente porque no lo perdió cuando se apartó. Pero así como los hijos desafectos no tienen el Espíritu Santo del mismo modo que los hijos amados, y sin embargo tienen el bautismo, así también los herejes no tienen la Iglesia como la tienen los católicos, y sin embargo tienen el bautismo. "Porque el Espíritu Santo de la disciplina huirá del engaño", [] y, sin embargo, el bautismo no huirá de él. Y así, como el bautismo puede permanecer en uno de quien el Espíritu Santo se retira, así puede permanecer el bautismo donde no está la Iglesia. Pero si "la imposición de manos" no se "aplicara a quien viene de la herejía", sería considerado como del todo irreprensible; mas para la unión del amor, que es el don mayor del Espíritu Santo, sin el cual cualquier otra cosa santa que pueda haber en el hombre no aprovecha para su salvación, se imponen las manos a los herejes cuando son traídos al conocimiento de la verdad.
Comentario editorial · Esteban de Roma frente a Cipriano
Esteban fue obispo de Roma desde el 12 de mayo de 254 hasta su muerte, el 2 de agosto de 257 (Wikipedia). Sostenía que a los convertidos que habían sido bautizados por cismáticos no había que rebautizarlos; Cipriano y varios obispos de la provincia romana de África lo exigían. Con el tiempo, el criterio de Esteban se impuso en la Iglesia latina (Wikipedia). Agustín lo aprovecha: la carta de Cipriano a Pompeyo muestra, dice, que Esteban pensaba otra cosa, y aun así la unidad no se rompió; es su tesis, y otras fuentes matizan. Wikipedia (artículo sobre los concilios de Cartago) cuenta que las pretensiones de Esteban de ser «obispo de obispos» se recibieron muy mal en África y que las relaciones entre Roma y Cartago quedaron tensas durante un tiempo.
V, 24, 34–35
34. Recuerdo que ya he discutido con suficiente amplitud la cuestión del "templo de Dios", y cómo ha de entenderse este dicho: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo". [] Pues tampoco los avaros son templo de Dios, ya que está escrito: "¿Qué concordia tiene el templo de Dios con los ídolos?" [] Y Cipriano ha aducido el testimonio de Pablo de que la avaricia es idolatría. Pero los hombres se revisten de Cristo, a veces solo hasta el punto de recibir el sacramento, a veces mucho más, hasta recibir la santidad de vida. Y lo primero es común a buenos y malos por igual; lo segundo es propio de los buenos y piadosos. Por lo cual, si "el bautismo no puede darse sin el Espíritu", entonces los herejes tienen también el Espíritu, pero para destrucción, no para salvación, como sucedió con Saúl. [] Pues en el Espíritu Santo se expulsan los demonios por el nombre de Cristo, lo cual podía hacer incluso quien estaba fuera de la Iglesia, lo que suscitó una observación de los discípulos a su Señor. [] Así como los avaros tienen el Espíritu Santo, quienes sin embargo no son templo de Dios. Pues "¿qué concordia tiene el templo de Dios con los ídolos?" Si, por tanto, los avaros no tienen el Espíritu de Dios, y sin embargo tienen el bautismo, es posible que el bautismo exista sin el Espíritu de Dios.
35. Si, por tanto, se dice que la herejía es "incapaz de engendrar hijos para Dios por Cristo, porque no es la esposa de Cristo", tampoco puede hacerlo aquella multitud de hombres malos establecida dentro de la Iglesia, puesto que tampoco es la esposa de Cristo; porque la esposa de Cristo es descrita como sin mancha ni arruga. Por tanto, o no todos los bautizados son hijos de Dios, o incluso aquello que no es la esposa puede engendrar hijos de Dios. Pero así como se pregunta si "nace espiritualmente quien ha recibido el bautismo de Cristo en medio de herejes", así puede preguntarse si nace espiritualmente quien ha recibido el bautismo de Cristo en la Iglesia Católica, sin volverse a Dios de corazón verdadero, de quien no puede decirse que no haya recibido el bautismo.
V, 25, 36
36. No quiero volver a tratar lo que Cipriano vertió con muestras de irritación contra Esteban, pues además es del todo innecesario. Pues no son sino los mismos argumentos que ya han sido suficientemente discutidos; y es mejor pasar por alto aquellos puntos que implicaban el peligro de una disensión funesta. Pero Esteban pensaba que debíamos apartarnos incluso de quienes intentaban destruir la costumbre primitiva en materia de recibir a los herejes; mientras que Cipriano, movido por la dificultad de la cuestión misma, y dotado ampliamente de las santas entrañas de la caridad cristiana, pensaba que debíamos permanecer en la unidad con quienes diferían de opinión de nosotros. Por tanto, aunque no estaba exento de excitación, aunque de un género verdaderamente fraterno en su indignación, con todo, la paz de Cristo prevaleció en sus corazones, para que en tal disputa no surgiera entre ellos mal alguno de cisma. Pero no se halló que "de aquí crecieran más herejías y cismas", porque lo que hay de Cristo en ellos es aprobado, y lo que hay de ellos mismos es condenado; pues tanto más fueron cortados en fragmentos más pequeños quienes sostienen esta ley de rebautizar.
V, 26, 37
37. Prosiguiendo con lo que él dice, "que el obispo debe ser ‘dócil’", y añade: "Pero dócil es quien es manso y humilde para aprender; porque el obispo no solo debe enseñar, sino también aprender, pues es ciertamente mejor maestro el que cada día crece y adelanta aprendiendo cosas mejores" — en estas palabras sin duda el santo varón, dotado de piadosa caridad, señala suficientemente que no debemos vacilar en leer sus cartas en tal sentido, que no sintamos dificultad alguna si la Iglesia confirmase después lo que se hubiera descubierto mediante discusiones ulteriores y más largas; porque, así como había muchas cosas que el docto Cipriano podía enseñar, así aún había algo que el dócil Cipriano podía aprender. Pero la amonestación que nos da, "que debemos volver a la fuente, es decir, a la tradición apostólica, y de allí derivar el cauce de la verdad hacia nuestros tiempos", es excelentísima y debe seguirse sin vacilación. Se nos ha transmitido, pues, como él mismo lo consigna, por los apóstoles, que hay "un solo Dios, un solo Cristo, una sola esperanza, una sola fe, una sola Iglesia y un solo bautismo". Puesto que encontramos que en los tiempos de los mismos apóstoles hubo algunos que no tenían la única esperanza, pero tenían el único bautismo, la verdad se nos trae así desde la fuente misma, de modo que nos resulta claro que es posible que, aunque hay una sola Iglesia, como hay una sola esperanza y un solo bautismo, tengan sin embargo el único bautismo quienes no tienen la única Iglesia; así como aun en aquellos primeros tiempos era posible que tuvieran el único bautismo hombres que no tenían la única esperanza. Pues ¿cómo tenían una misma esperanza con los santos y justos los que solían decir: "Comamos y bebamos, porque mañana moriremos" [], afirmando que no había resurrección de los muertos? Y sin embargo estaban entre los mismos a quienes el mismo apóstol dice: "¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?" []. Porque les escribe de manera manifiesta, diciendo: "¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos?" []
V, 27, 38
38. Y en cuanto se describe así a la Iglesia en el Cantar de los Cantares: "Huerto cerrado es mi hermana, mi esposa; manantial cerrado, fuente sellada, pozo de agua viva; tus plantas son un huerto de granados, con frutos deliciosos" [], no me atrevo a entender esto sino de los santos y justos — no de los avaros, defraudadores, ladrones, usureros, borrachos y envidiosos, de quienes sin embargo aprendemos plenamente, como he mostrado a menudo, por las cartas de Cipriano, y nosotros mismos enseñamos, que tenían el bautismo en común con los justos, con quienes ciertamente no tenían en común la caridad cristiana. Pues querría que alguien me dijera cómo "se deslizaron furtivamente en el huerto cerrado y en la fuente sellada" aquellos de quienes Cipriano da testimonio de que renunciaron al mundo de palabra y no de hecho, y que sin embargo estaban dentro de la Iglesia. Porque si ellos mismos están allí y son ellos mismos la esposa de Cristo, ¿puede acaso ser ella, tal como se la describe, "sin mancha ni arruga" [], y queda mancillada la hermosa paloma con semejante porción de sus miembros? ¿Son estos las espinas entre las cuales ella es lirio, como se dice en el mismo Cantar? [] Hasta donde, pues, se extiende el lirio, hasta allí se extiende "el huerto cerrado y la fuente sellada", a saber, por todos aquellos justos que son judíos interiormente en la circuncisión del corazón [] (porque "toda gloriosa es la hija del rey por dentro"), en quienes está el número fijo de los santos predestinados antes de la fundación del mundo. Pero aquella multitud de espinas, ya sea en secreto o en abierta separación, lo oprime desde fuera, sobre todo número. "Si quisiera contarlos", dice, "y hablar de ellos, son más que los que pueden numerarse." El número, por tanto, de los justos, "que son los llamados conforme a su propósito" [], de quienes se dice: "Conoce el Señor a los que son suyos" [], es ese mismo "huerto cerrado, fuente sellada, pozo de agua viva, huerto de granados con frutos deliciosos". De este número algunos viven según el Espíritu y entran en el camino excelente de la caridad; y cuando "restauran al que ha sido sorprendido en una falta con espíritu de mansedumbre, se consideran a sí mismos, no sea que ellos también sean tentados" []. Y cuando sucede que también ellos mismos son sorprendidos, el afecto de la caridad se reprime un poco, pero no se extingue; y levantándose de nuevo y encendiéndose otra vez, se restaura a su curso anterior. Pues saben decir: "Mi alma se derrite de tristeza: fortaléceme conforme a tu palabra." Pero cuando "en algo piensan de otro modo, Dios les revelará aun esto" [], si permanecen en la ardiente llama de la caridad y no rompen el vínculo de la paz. Pero algunos que son todavía carnales y llenos de apetitos de la carne, se afanan en llevar a cabo su progreso; y para hacerse aptos para el alimento celestial, se nutren con la leche de los santos misterios, evitan, en el temor de Dios, todo lo que es manifiestamente corrupto aun según la opinión del mundo, y se esfuerzan con suma vigilancia en deleitarse cada vez menos con las cosas mundanas y temporales. Observan con suma constancia la regla de la fe que se ha buscado con diligencia; y si en algo se desvían de ella, se someten a pronta corrección bajo la autoridad católica, aunque, en palabras de Cipriano, sean sacudidos, a causa de sus apetitos carnales, por los diversos conflictos de las fantasías. Hay también algunos que viven todavía perversamente, o incluso yacen en herejías o en las supersticiones de los gentiles, y sin embargo aun entonces "conoce el Señor a los que son suyos". Porque, en aquella inefable presciencia de Dios, muchos que parecen estar fuera están en realidad dentro, y muchos que parecen estar dentro están realmente fuera. De todos aquellos, por tanto, que, si así puedo decirlo, están interior y secretamente dentro, se compone aquel "huerto cerrado", "la fuente sellada, el pozo de agua viva, el huerto de granados, con frutos deliciosos". Los dones divinamente impartidos a estos son en parte propios de ellos, como en este mundo la caridad que nunca deja de ser, y en el mundo venidero la vida eterna; en parte son comunes con los hombres malos y perversos, como todas las demás cosas en que consisten los santos misterios.
V, 28, 39
39. De aquí, por tanto, se nos presenta ahora una consideración más fácil y sencilla de aquella arca de la cual Noé fue constructor y piloto. Pues Pedro dice que en el arca de Noé, "pocas, es decir, ocho almas, fueron salvadas por agua. A la cual figura corresponde ahora el bautismo que también nos salva a nosotros (no quitando las inmundicias de la carne, sino como respuesta de una buena conciencia hacia Dios)" []. Por lo cual, si aquellos que renuncian al mundo solo de palabra y no de hecho parecen a los hombres bautizados en la unidad católica, ¿cómo pertenecen al misterio de esta arca aquellos en quienes no está la respuesta de una buena conciencia? ¿O cómo son salvados por agua los que, haciendo mal uso del santo bautismo, aunque parecen estar dentro, perseveran sin embargo hasta el fin de sus días en un curso de vida perverso y abandonado? ¿O cómo pueden dejar de ser salvados por agua aquellos de quienes el propio Cipriano consigna que en tiempos pasados fueron admitidos sencillamente en la Iglesia con el bautismo que habían recibido en la herejía? Porque la misma unidad del arca los salvó, en la cual nadie ha sido salvado sino por agua. Pues el propio Cipriano dice: "El Señor puede, por su misericordia, conceder el perdón y no separar de los dones de su Iglesia a quienes, admitidos en la Iglesia con toda sencillez, han dormido dentro de su seno." Si no por agua, ¿cómo en el arca? Si no en el arca, ¿cómo en la Iglesia? Pero si en la Iglesia, ciertamente en el arca; y si en el arca, ciertamente por agua. Por tanto, es posible que algunos que han sido bautizados fuera sean considerados, por la presciencia de Dios, como realmente bautizados dentro, porque dentro comienza el agua a serles provechosa para la salvación; ni puede decirse que de otro modo hayan sido salvados en el arca sino por agua. Y a su vez, algunos que parecían haber sido bautizados dentro pueden ser considerados, por la misma presciencia de Dios, más verdaderamente bautizados fuera, puesto que, haciendo mal uso del bautismo, mueren por el agua, lo cual entonces no aconteció a nadie que no estuviera fuera del arca. Ciertamente es claro que, cuando hablamos de dentro y fuera en relación con la Iglesia, lo que debemos considerar es la posición del corazón, no la del cuerpo, puesto que todos los que están dentro en el corazón son salvados en la unidad del arca por la misma agua por la cual todos los que están en el corazón fuera, ya estén también en el cuerpo fuera o no, mueren como enemigos de la unidad. Así pues, como no fue otra agua, sino la misma, la que salvó a los que estaban dentro del arca y destruyó a los que quedaron fuera del arca, así no es por bautismos diferentes, sino por el mismo, que los buenos católicos son salvados, y los malos católicos o los herejes perecen. Pero lo que el beatísimo Cipriano piensa de la Iglesia Católica, y cómo los herejes quedan completamente aplastados por su autoridad; no obstante lo mucho que ya he dicho, he resuelto exponerlo por separado, si Dios quiere, con algo más de amplitud y claridad, tan pronto como haya dicho antes acerca de su Concilio lo que creo que se me debe, lo cual, si Dios quiere, intentaré en el libro siguiente.