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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

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    Sobre el bautismo, contra los donatistas

    c. 400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. R. King (NPNF)63 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 8 · Libro VIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-28

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    Libro VII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro VII · VII, argumento
    En el que se examinan las restantes sentencias del Concilio de Cartago.

    Capítulo 1

    VII, 1, 1

    1. Que no se nos tenga por molestos a nuestros lectores si discutimos la misma cuestión con frecuencia y desde distintos puntos de vista. Pues aunque la Santa Iglesia Católica, extendida por todas las naciones, esté fortalecida por la autoridad de la costumbre primitiva y de un concilio plenario contra aquellos argumentos que arrojan alguna oscuridad sobre la cuestión del bautismo —a saber, si puede ser el mismo entre herejes y cismáticos que en la Iglesia Católica—, sin embargo, puesto que en otro tiempo sostuvieron una opinión diversa, dentro de la unidad misma de la Iglesia, varones que de ningún modo han de ser menospreciados, y especialmente Cipriano, cuya autoridad se esfuerzan en volver contra nosotros quienes están muy lejos de su caridad, nos vemos por ello obligados a aprovechar la ocasión de examinar y considerar todo lo que hallamos sobre este asunto en su concilio y en sus cartas, a fin de tratar, por así decir, con alguna extensión esta misma cuestión y de mostrar con cuánta más verdad ha sido decisión de todo el cuerpo de la Iglesia Católica que los herejes o cismáticos, que ya han recibido el bautismo en el cuerpo del que proceden, sean admitidos con él a la comunión de la Iglesia Católica, corregidos en su error y arraigados y cimentados en la fe, de modo que, por lo que atañe al sacramento del bautismo, no se añada algo que faltaba, sino que se torne en provecho lo que en ellos había. Y ciertamente el santo Cipriano, ahora que el cuerpo corruptible ya no oprime al alma ni la morada terrestre abate el espíritu que medita en muchas cosas [], ve con mayor claridad aquella verdad a la cual su caridad lo hizo digno de alcanzar. Que él, pues, nos ayude con sus oraciones, mientras trabajamos en la mortalidad de la carne como en nube oscura, para que, si el Señor lo concede, imitemos en cuanto podamos el bien que hubo en él. Mas si en algún punto pensó de otro modo, y persuadió a algunos de sus hermanos y colegas a abrazar su parecer en una materia que ahora ve claramente por la revelación de Aquel a quien amó, nosotros, que somos muy inferiores a sus méritos, siguiendo, no obstante, cuanto nuestra debilidad lo consienta, la autoridad de la Iglesia Católica de la que él mismo fue miembro ilustre y nobilísimo, esforcémonos cuanto podamos contra herejes y cismáticos; porque ellos, apartados de la unidad que él mantuvo, estériles de la caridad con que él fue fecundo, y caídos de la humildad en que él se mantuvo, son desautorizados y condenados tanto más por él cuanto más sabe que desean escudriñar sus escritos con fines de traición, y no quieren imitar lo que él hizo por conservar la paz—como aquellos que, llamándose cristianos nazarenos y circuncidando la carne de su prepucio a la manera de los judíos, herejes por nacimiento en aquel error del que Pedro, cuando se desviaba de la verdad, fue llamado por Pablo [], perseveran en lo mismo hasta el día de hoy. Así como, pues, ellos han permanecido en su perversidad apartados del cuerpo de la Iglesia, mientras Pedro ha sido coronado en el primado de los apóstoles por la gloria del martirio, así estos, mientras Cipriano, por la abundancia de su amor, ha sido recibido en la porción de los santos por el resplandor de su pasión, se ven obligados a reconocerse desterrados de la unidad y, en defensa de sus calumnias, levantan a un ciudadano de la unidad como adversario contra la casa misma de la unidad. Prosigamos, pues, examinando del mismo modo las restantes sentencias de aquel concilio.

    Capítulo 2

    VII, 2, 2–3

    2. Marco de Mactaris dijo: "No hay que admirarse de que los herejes, siendo enemigos y adversarios de la verdad, reclamen para sí lo que ha sido confiado y concedido a otros hombres. Lo admirable es que algunos de nosotros, traidores a la verdad, defiendan a los herejes y se opongan a los cristianos; por tanto, decretamos que los herejes deben ser bautizados."
    3. A esto respondemos: Es ciertamente mucho más de admirar, y digno de grandes elogios, que Cipriano y sus colegas tuvieran tanto amor a la unidad que permanecieran en la unidad con aquellos a quienes consideraban traidores a la verdad, sin temor alguno de ser contaminados por ellos. Pues cuando Marco dijo: "Es admirable que algunos de nosotros, traidores a la verdad, defiendan a los herejes y se opongan a los cristianos", parecía natural que añadiera: Por tanto, decretamos que no se tenga comunión con ellos. Esto no lo dijo; pero lo que dice es: "Por tanto, decretamos que los herejes deben ser bautizados", adhiriéndose a lo que el pacífico Cipriano había ordenado en primer lugar, cuando dijo: "No juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión si tenía una opinión diferente". Mientras, pues, los donatistas nos calumnian y nos llaman traditores, quisiera saber, suponiendo que se hallase algún judío o pagano que, después de leer las actas de aquel concilio, nos llamase a unos y a otros, según sus propias reglas, traidores a la verdad, cómo podríamos defendernos en común para refutar y lavar una acusación tan grave. A los hombres a quienes nunca pudieron convencer antaño de ese delito, y a quienes ahora no pueden mostrar implicados en él, les dan el nombre de traditores, siendo más bien ellos mismos los que aparecen expuestos a la misma acusación. Pero ¿qué tiene esto que ver con nosotros? ¿Qué diremos de quienes, según su propia confesión, son indudablemente traidores? Porque si nosotros, aunque falsamente, somos llamados traditores porque, según alegan, participamos en la comunión con traditores, todos hemos participado con los traditores en cuestión, puesto que en tiempo del bienaventurado Cipriano el partido de Donato no se había separado todavía de la unidad. Pues la entrega de los libros sagrados, por la que comenzaron a ser llamados traditores, ocurrió unos cuarenta años después de su martirio. Si, por tanto, nosotros somos traditores porque descendemos de traditores, como ellos creen o fingen, unos y otros derivamos nuestro origen de aquellos otros traidores. No cabe decir que ellos no comulgaron con esos traidores, pues los llaman hombres de su propio partido. En las palabras del concilio que con mayor prontitud citan se declara: "Algunos de nosotros, traidores a la verdad, defienden a los herejes". A esto se añade el testimonio de Cipriano, que muestra claramente que permaneció en comunión con ellos, cuando dice: "No juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión si tenía una opinión diferente". Porque quienes tenían una opinión diferente eran precisamente las personas a quienes Marco llama traidores a la verdad, porque defendían a los herejes, según él sostiene, al recibirlos en la Iglesia sin el bautismo. Y que, además, era costumbre recibirlos así lo atestiguan tanto el propio Cipriano en muchos pasajes como algunos obispos en este concilio. De donde es evidente que, si los herejes no tienen el bautismo, la Iglesia de Cristo de aquellos días estaba llena de traidores que los defendían recibiéndolos de este modo. Por tanto, instaría a que defendamos en común nuestra causa contra la acusación de traición que ellos no pueden negar, y en ella se debatirá nuestro caso especial contra la acusación de entregar los libros, que no pudieron probar contra nosotros. Pero arguyamos el asunto como si nos hubiesen convicto; y lo que respondamos conjuntamente a quienes nos echan en cara a unos y otros la traición general de nuestros antepasados, eso mismo responderemos a estos hombres que nos echan en cara que nuestros antepasados entregaron los libros sagrados. Pues así como nosotros estábamos muertos porque nuestros antepasados entregaron los libros, lo que los movió a separarse de nosotros, así también nosotros y ellos mismos estamos muertos por la traición de nuestros antepasados, de quienes unos y otros descendemos. Mas puesto que dicen que ellos viven, sostienen que aquella traición no les afecta en modo alguno; por tanto, tampoco a nosotros nos afecta la entrega de los libros. Y ha de observarse que, según ellos, la traición es indiscutible; mientras que, según nosotros, no hay verdad ni en la primera acusación de traición, porque decimos que también los herejes pueden tener el bautismo de Cristo, ni en la última acusación de entregar los libros, porque en eso fueron ellos mismos vencidos. No tienen, por tanto, razón para separarse por el malvado pecado del cisma, porque, si nuestros antepasados no fueron culpables de entregar los libros, como decimos, no hay acusación alguna que pueda afectarnos; pero si fueron culpables del pecado, como dicen estos, entonces está tan lejos de afectarnos como el pecado de aquellos otros traidores está lejos de afectar a unos o a otros. Y así, puesto que no hay acusación que pueda implicarnos por la injusticia de nuestros antepasados, queda manifiestamente probada la acusación que contra ellos surge de su propio cisma.

    Capítulo 3

    VII, 3, 4–5

    4. Sacio de Sicilibba dijo: "Si los herejes reciben el perdón de sus pecados en su propio bautismo, es sin razón que vengan a la Iglesia. Pues, puesto que por los pecados son castigados los hombres en el día del juicio, los herejes nada tienen que temer en el juicio de Cristo si han obtenido la remisión de sus pecados."
    5. También este podría haber sido nuestro propio parecer; pero cuide su autor del espíritu con que se dijo. Pues está expresado con palabras de tal alcance que yo no tendría reparo en consentir y suscribirlo en el mismo espíritu en que también creo que los herejes pueden ciertamente tener el bautismo de Cristo, pero no pueden tener la remisión de sus pecados. Pero él no dice: Si los herejes bautizan o son bautizados, sino "Si los herejes," dice, "reciben el perdón de sus pecados en su propio bautismo, es sin razón que vengan a la Iglesia". Porque si pusiéramos en lugar de los herejes a aquellos a quienes Cipriano conoció dentro de la Iglesia como "renunciando al mundo sólo de palabra y no de obra", también nosotros podríamos expresar este mismo parecer, con las mismísimas palabras, con la más perfecta verdad. Si quienes sólo aparentan convertirse reciben el perdón de sus pecados en su propio bautismo, es sin razón que sean luego llevados a una verdadera conversión. Pues, puesto que por los pecados son castigados los hombres en el día del juicio, "quienes renuncian al mundo de palabra y no de obra" nada tienen que temer en el juicio de Cristo si han obtenido la remisión de sus pecados. Pero este razonamiento sólo se hace perfecto con algún contexto semejante, como el que se forma añadiendo las palabras. Mas ellos deben temer el juicio de Cristo y no perder tiempo en convertirse en la verdad de su corazón; y, cuando han hecho esto, ciertamente no es necesario que sean bautizados por segunda vez. Era posible, pues, que ellos recibieran el bautismo, y o bien no recibieran la remisión de sus pecados, o bien fuesen abrumados de nuevo al punto por el peso de los pecados que les habían sido perdonados; y lo mismo sucede también con los herejes.

    Capítulo 4

    VII, 4, 6–7

    6. Víctor de Gor dijo: "Puesto que los pecados se perdonan solamente en el bautismo de la Iglesia, quien admite a los herejes a la comunión sin el bautismo es culpable de dos errores contrarios a la razón; pues, por una parte, no limpia a los herejes y, por otra, contamina a los cristianos."
    7. A esto respondemos que el bautismo de la Iglesia existe también entre los herejes, aunque ellos mismos no estén dentro de la Iglesia; así como el agua del Paraíso se hallaba en la tierra de Egipto, aunque aquella tierra no estaba ella misma en el Paraíso. No admitimos, por tanto, a los herejes a la comunión sin el bautismo; y, puesto que vienen con su descarriamiento corregido, no recibimos sus pecados, sino los sacramentos de Cristo. Y, en cuanto a la remisión de sus pecados, decimos de nuevo aquí exactamente lo que dijimos antes. Y ciertamente, por lo que toca a lo que dice al final de su parecer, declarando que "es culpable de dos errores contrarios a la razón, puesto que, por una parte, no limpia a los herejes y, por otra, contamina a los cristianos", el propio Cipriano es el primero y el más empeñado en rechazarlo con los colegas que con él concordaban. Pues ni siquiera pensó que él quedaba contaminado cuando, a causa del vínculo de la paz, decretó que era justo mantener la comunión con tales hombres, al emplear las palabras: "No juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión si tenía una opinión diferente". O, si los herejes contaminan a la Iglesia al ser admitidos a la comunión sin ser bautizados, entonces toda la Iglesia ha sido contaminada en virtud de esa costumbre que tan a menudo se ha consignado aquí. Y así como aquellos hombres nos llaman traditores por causa de nuestros antepasados, contra quienes nada de eso pudieron probar cuando les hicieron la acusación, así, si todo hombre participa del carácter de aquellos con quienes pudo haber tenido comunión, todos quedaron entonces convertidos en herejes. Y si todo el que afirma esto está loco, ha de ser falso lo que dice Víctor, cuando declara que "quien admite a los herejes a la comunión sin el bautismo, no sólo deja de limpiar a los herejes, sino que contamina también a los cristianos". O si esto es verdad, entonces no fueron admitidos sin el bautismo, sino que aquellos hombres tenían el bautismo de Cristo, aunque fue dado y recibido entre herejes, los cuales fueron admitidos así conforme a esa costumbre que estos mismos reconocían que existía; y por los mismos motivos son admitidos ahora con razón de la misma manera.

    Capítulo 5

    VII, 5, 8–9

    8. Aurelio de Útica dijo: "Puesto que el apóstol dice que no debemos participar de los pecados ajenos, [], ¿qué otra cosa hace sino hacerse partícipe de los pecados ajenos quien mantiene comunión con herejes sin el bautismo de la Iglesia? Por tanto, pronuncio mi parecer: que los herejes sean bautizados, para que reciban la remisión de sus pecados y así se les permita la comunión."
    9. La respuesta es: Por tanto, Cipriano y todos aquellos obispos eran partícipes de los pecados ajenos, en cuanto permanecieron en comunión con tales hombres, cuando no apartaban a nadie del derecho de comunión que tuviera una opinión diferente. ¿Dónde está, pues, la Iglesia? Entonces, por no decir nada por el momento de los herejes —puesto que las palabras de este parecer son aplicables también a otros pecadores, como a quienes Cipriano veía con lamento dentro de la Iglesia junto a él, a los cuales, aunque los refutaba, sin embargo toleraba—, ¿dónde está la Iglesia que, según estas palabras, ha de considerarse que pereció desde aquel mismo momento por el contagio de sus pecados? Pero si, como es la verdad más firmemente establecida, la Iglesia ha permanecido y permanece, la participación en los pecados ajenos, que el apóstol prohíbe, ha de considerarse consistente sólo en consentirlos. Mas bautícese de nuevo a los herejes para que reciban la remisión de sus pecados, si se bautiza de nuevo a los descarriados y envidiosos, quienes, puesto que "renunciaron al mundo de palabra y no de obra", pudieron ciertamente recibir el bautismo, pero no obtuvieron la remisión de sus pecados, como dice el Señor: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". []

    Capítulo 6

    VII, 6, 10–11

    10. Yambo de Germaniciana dijo: "Quienes aprueban el bautismo de los herejes desaprueban el nuestro, para negar así que los que son, no diré lavados, sino manchados fuera de la Iglesia, deban ser bautizados dentro de la Iglesia."
    11. A él respondemos que ninguno de los nuestros aprueba el bautismo de los herejes, sino todo bautismo de Cristo, aunque se encuentre en herejes que son como paja fuera de la Iglesia, como puede hallarse en otros hombres inicuos que son como paja dentro de la Iglesia. Pues si los que son bautizados fuera de la Iglesia no son lavados, sino manchados, ciertamente los que son bautizados fuera de la roca sobre la cual está edificada la Iglesia no son lavados, sino manchados. Pero todos están fuera de dicha roca que oyen las palabras de Cristo y no las hacen. O si acaso son lavados en el bautismo, pero permanecen en la mancha de su iniquidad, de la cual no quisieron enmendarse, lo mismo vale también para los herejes.

    Capítulo 7

    VII, 7, 12–13

    12. Luciano de Rucuma dijo: "Está escrito: 'Y vio Dios la luz que era buena, y dividió Dios la luz de las tinieblas.' [] Si la luz y las tinieblas pueden ponerse de acuerdo, entonces puede haber algo en común entre nosotros y los herejes. Por tanto, doy mi parecer de que los herejes deben ser bautizados."
    13. A él se responde: Si la luz y las tinieblas pueden ponerse de acuerdo, entonces puede haber algo en común entre los justos y los inicuos. Declare, pues, su parecer de que esos inicuos deben ser bautizados de nuevo, a los que Cipriano confutó dentro de la Iglesia misma; o diga, si puede, que no son inicuos quienes "renuncian al mundo de palabra y no de hecho".

    Capítulo 8

    VII, 8, 14–15

    14. Pelagiano de Luperciana dijo: "Está escrito: 'O el Señor es Dios, o Baal es Dios.' Así ahora, o la Iglesia es la Iglesia, o la herejía es la Iglesia. Además, si la herejía no es la Iglesia, ¿cómo puede existir el bautismo de la Iglesia entre los herejes?"
    15. A él podemos responder lo siguiente: O el Paraíso es el Paraíso, o Egipto es el Paraíso. Además, si Egipto no es el Paraíso, ¿cómo puede el agua del Paraíso estar en Egipto? Pero se nos dirá que se extiende hasta allí brotando del Paraíso. De igual modo, pues, el bautismo se extiende a los herejes. También decimos: O la roca es la Iglesia, o la arena es la Iglesia. Además, puesto que la arena no es la Iglesia, ¿cómo puede existir el bautismo entre aquellos que edifican sobre la arena oyendo las palabras de Cristo y no haciéndolas? [] Y sin embargo existe entre ellos; y del mismo modo existe también entre los herejes.

    Capítulo 9

    VII, 9, 16–17

    16. Jader de Midila dijo: "Sabemos que no hay más que un bautismo en la Iglesia Católica, y por tanto no debemos admitir a un hereje a menos que haya sido bautizado en nuestro cuerpo, no sea que piense que ha sido bautizado fuera de la Iglesia Católica."
    17. A él respondemos que, si esto se dijese de aquellos hombres inicuos que están fuera de la roca, ciertamente sería falso. Y así, por tanto, también en el caso de los herejes.

    Capítulo 10

    VII, 10, 18–19

    18. Igualmente otro Félix de Marazana dijo: "Hay una fe, un bautismo, [] pero de la Iglesia Católica, a la que sola se ha dado potestad de bautizar."
    19. ¿Y si otro dijera lo siguiente: Una fe, un bautismo, pero solo de los justos, a quienes sola se ha dado potestad de bautizar? Como estas palabras podrían refutarse, así también puede refutarse el parecer de Félix. ¿Acaso aun los inicuos que no son cambiados de corazón en el bautismo, mientras "renuncian al mundo de palabra y no de hecho", pertenecen a los miembros de la Iglesia? Consideren ellos si tal Iglesia es la roca real, la mismísima paloma, la esposa misma sin mancha ni arruga.

    Capítulo 11

    VII, 11, 20–21

    20. Pablo de Bobba dijo: "Yo por mi parte no me muevo si algunos dejan de sostener la fe y la verdad de la Iglesia, puesto que el apóstol dice: 'Pues ¿qué si algunos no creyeron? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fe de Dios? ¡De ningún modo! Antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.' [] Pero si Dios es veraz, ¿cómo puede la verdad del bautismo estar en la compañía de herejes, donde Dios no está?"
    21. A él respondemos: ¿Qué es Dios entre los avaros? Y sin embargo el bautismo existe entre ellos; y así también existe entre los herejes. Pues aquellos entre quienes Dios está, son templo de Dios. "Pero ¿qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos?" [] Además, Pablo considera, y Cipriano está de acuerdo con él, que la avaricia es idolatría; y el mismo Cipriano se asocia nuevamente con sus colegas, que eran ladrones, pero que bautizaban, con gran recompensa de tolerancia.

    Capítulo 12

    VII, 12, 22–23

    22. Pomponio de Dionysiana dijo: "Es manifiesto que los herejes no pueden bautizar ni dar remisión de los pecados, puesto que no se les ha dado poder alguno para que puedan atar o desatar algo en la tierra."
    23. La respuesta es: Este poder tampoco se da a los homicidas, es decir, a quienes odian a sus hermanos. Pues no se dijo a tales hombres: "A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos." [] Y sin embargo ellos bautizan, y Pablo los tolera en la misma comunión del bautismo, y Cipriano los reconoce.

    Capítulo 13

    VII, 13, 24–25

    24. Venancio de Tinisa dijo: "Si un esposo, al ir de viaje a países extranjeros, hubiese confiado la custodia de su esposa a un amigo, ciertamente guardaría a la que fue confiada a su cuidado con la mayor diligencia, para que su castidad y santidad no fuesen manchadas por nadie. Cristo nuestro Señor y Dios, al ir al Padre, confió su Esposa a nuestro cuidado: ¿la guardamos incorrupta e inmaculada, o traicionamos su pureza y castidad a adúlteros y corruptores? Pues quien hace común el bautismo de Cristo con los herejes, entrega la Esposa de Cristo a adúlteros."
    25. Respondemos: ¿Qué decir de quienes, al ser bautizados, se vuelven al Señor con los labios y no con el corazón? ¿No poseen acaso una mente adúltera? ¿No son ellos mismos amadores del mundo, al cual renuncian de palabra y no de hecho; y corrompen las buenas costumbres mediante malas conversaciones, diciendo: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos"? ¿No se guardó el discurso del apóstol aun contra tales como estos, cuando dice: "Pero temo que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestros pensamientos sean corrompidos de la simplicidad que es en Cristo"? [] Cuando, pues, Cipriano tenía el bautismo de Cristo en común con tales hombres, ¿entregó por eso la Esposa de Cristo en manos de adúlteros, o más bien reconoció el collar del Esposo aun en una adúltera?

    Capítulo 14

    VII, 14, 26–27

    26. Aymnio de Ausuaga dijo: "Hemos recibido un solo bautismo, el cual también administramos; pero quien dice que se ha dado potestad a los herejes para bautizar también, hace dos bautismos."
    27. A él respondemos: ¿Por qué no hace también dos bautismos quien sostiene que los inicuos también pueden bautizar? Pues aunque los justos y los inicuos son en sí opuestos unos a otros, sin embargo el bautismo que dan los justos, como era Pablo, o como era también Cipriano, no es contrario al bautismo que solían dar aquellos hombres inicuos que odiaban a Pablo, a quienes Cipriano entendió que no eran herejes, sino malos católicos; y aunque la moderación que se hallaba en Cipriano y la avaricia que se hallaba en sus colegas son en sí opuestas entre sí, sin embargo el bautismo que Cipriano solía dar no era contrario al bautismo que solían dar sus colegas que se le oponían, sino uno y el mismo con él, porque en ambos casos es Él quien bautiza, de quien se dice: "Éste es el que bautiza." []

    Capítulo 15

    VII, 15, 28–29

    28. Saturnino de Victoriana dijo: "Si los herejes pueden bautizar, quedan excusados y defendidos al hacer cosas ilícitas; ni veo por qué Cristo los llamó sus adversarios, o el apóstol los llamó anticristos."
    29. A él respondemos: Decimos que los herejes no tienen potestad para bautizar en el mismo sentido en que decimos que los defraudadores no tienen potestad para bautizar. Pues no solo al hereje, sino al pecador, dice Dios: "¿Qué tienes tú que declarar mis estatutos, o que tomar mi pacto en tu boca?" A la misma persona dice ciertamente: "Cuando veías un ladrón, consentías con él." ¿Cuánto peores, por tanto, son los que no consentían con ladrones, sino que ellos mismos solían saquear haciendas con engaños traicioneros? Sin embargo, Cipriano no consentía con ellos, aunque los toleraba en la era de la Iglesia Católica, para que no se arrancase el trigo juntamente con la cizaña. Y sin embargo, al mismo tiempo, el bautismo que ellos mismos conferían era el mismísimo bautismo, porque no era de ellos, sino de Cristo. Así como ellos, pues, aunque se reconozca en ellos el bautismo de Cristo, no quedaban por eso excusados y defendidos al hacer cosas ilícitas, y Cristo llamó con razón sus adversarios a quienes estaban destinados, perseverando en tales cosas, a oír la sentencia: "Apartaos de mí, obradores de iniquidad," [] de donde también son llamados anticristos, porque son contrarios a Cristo mientras viven en oposición a sus palabras, así también sucede con los herejes.

    Capítulo 16

    VII, 16, 30–31

    30. Otro Saturnino de Tucca dijo: "Los gentiles, aunque adoran ídolos, reconocen y confiesan al Dios supremo, Padre y Creador. Contra Él blasfema Marción, y algunos hombres no se avergüenzan de aprobar el bautismo de Marción. ¿Cómo tales sacerdotes mantienen o defienden el sacerdocio de Dios, que no bautizan a los enemigos de Dios, y tienen comunión con ellos estando así sin bautizar?"
    31. La respuesta es esta: Verdaderamente, cuando se emplean tales términos, se traspasa toda moderación; ni ellos toman en consideración que aun ellos mismos tienen comunión con tales hombres, "sin juzgar a nadie, ni apartar a ninguno del derecho de comunión si mantiene una opinión contraria." Pero Saturnino ha usado un argumento en este mismo parecer suyo, que podría suministrar material para su amonestación (si quisiera prestarle atención): que en cada hombre lo que está mal debe ser corregido, y lo que está bien debe ser aprobado, puesto que dice: "Los gentiles, aunque adoran ídolos, reconocen y confiesan al Dios supremo, Padre y Creador." Si, pues, un gentil de tal índole viniera a Dios, ¿querría corregir y cambiar en él este punto, el de que reconocía y confesaba a Dios Padre y Creador? No lo creo. Antes bien, enmendaría en él su idolatría, que era un mal en él; y le daría los sacramentos de Cristo, que no poseía; y todo lo descarriado que hallara en él lo corregiría; y todo lo que hubiera faltado lo supliría. Así también en el hereje marcionita reconocería la perfección del bautismo, corregiría su descarrío, le enseñaría la verdad católica.

    Capítulo 17

    VII, 17, 32–33

    32. Marcelo de Zama dijo: "Puesto que los pecados se remiten solo en el bautismo de la Iglesia, quien no bautiza a un hereje tiene comunión con un pecador."
    33. ¿Acaso quien tiene comunión con uno que hace esto no tiene comunión con un pecador? Pero ¿qué otra cosa hicieron todos ellos, "sin juzgar a nadie, ni apartar del derecho de comunión a ninguno que tuviera una opinión diferente"? ¿Dónde está, pues, la Iglesia? ¿No son esas cosas un obstáculo para los que son pacientes, y toleran la cizaña para que no se arranque el trigo juntamente con ella? Quiero, pues, que digan aquellos que han cometido el sacrilegio del cisma separándose del mundo entero, cómo es que tienen en la boca el parecer de Cipriano, mientras no tienen en el corazón la paciencia de Cipriano. Pero a este Marcelo tenemos respuesta en lo que se ha dicho arriba acerca del bautismo y la remisión de los pecados, explicando cómo puede haber bautismo en un hombre aunque no haya en él remisión de sus pecados.

    Capítulo 18

    VII, 18, 34–35

    34. Ireneo de Ululi dijo: "Si la Iglesia no bautiza a un hereje, porque se dice que ya ha sido bautizado, entonces la herejía es mayor."
    35. La respuesta es: Por el mismo principio podría decirse: Si, por tanto, la Iglesia no bautiza al avaro, porque se dice que ya ha sido bautizado, entonces la avaricia es mayor. Pero esto es falso; luego lo otro también es falso.

    Capítulo 19

    VII, 19, 36–37

    36. Donato de Cibaliana dijo: "Reconozco una sola Iglesia y un solo bautismo que le pertenece. Si hay alguno que diga que la gracia del bautismo existe entre los herejes, debe primero mostrar y probar que la Iglesia existe entre ellos."
    37. A él respondemos: Si dices que la gracia del bautismo es idéntica al bautismo, entonces existe entre los herejes; pero si el bautismo es el sacramento o signo exterior de la gracia, mientras la gracia misma es la abolición de los pecados, entonces la gracia del bautismo no existe entre los herejes. Pero así hay un solo bautismo y una sola Iglesia, como hay una sola fe. Así como, pues, los buenos y los malos, no teniendo una misma esperanza, pueden tener un mismo bautismo, así también los que no tienen una Iglesia común pueden tener un bautismo común.

    Capítulo 20

    VII, 20, 38–39

    38. Zósimo de Tharassa dijo: "Cuando se ha hecho una revelación de la verdad, el error debe ceder ante la verdad; como también Pedro, que antes solía circuncidar, cedió ante Pablo cuando este declaró la verdad."
    39. La respuesta es: Esto también puede considerarse expresión de nuestro parecer, y es justo lo que se ha hecho respecto de esta cuestión del bautismo. Pues después de que la verdad fue más claramente revelada, el error cedió ante la verdad, cuando aquella costumbre tan saludable fue confirmada ulteriormente por la autoridad de un concilio plenario. Bien está, sin embargo, que recuerden tan constantemente que fue posible que incluso Pedro, el principal de los apóstoles, hubiera estado en un tiempo pensando de otro modo que el que exigía la verdad; lo cual creemos, sin faltar al respeto a Cipriano, que fue el caso de este, y ello con todo nuestro amor a Cipriano, pues no es justo que se le ame con amor mayor que a Pedro.

    Capítulo 21

    VII, 21, 40–41

    40. Juliano de Telepte dijo: "Está escrito: 'Ningún hombre puede recibir nada, si no le fuere dado del cielo.' [] Si la herejía es del cielo, puede dar bautismo."
    41. Oiga también a otro que dice: Si la avaricia es del cielo, puede dar bautismo. Y sin embargo los avaros lo confieren; así, pues, también pueden hacerlo los herejes.

    Capítulo 22

    VII, 22, 42–43

    42. Fausto de Timida Regia dijo: "No se engañen esas personas que favorecen a los herejes. Quien interfiere en el bautismo de la Iglesia a favor de los herejes los hace cristianos, y a nosotros herejes."
    43. A él respondemos: Si alguno dijera que un hombre que, al recibir el bautismo no había recibido remisión de sus pecados, porque albergaba odio contra su hermano en su corazón, no debía ser bautizado de nuevo cuando desechara aquel odio de su corazón, ¿acaso tal hombre interfiere en el bautismo de la Iglesia a favor de homicidas, o los hace justos y a nosotros homicidas? Entienda, pues, lo mismo también en el caso de los herejes.

    Capítulo 23

    VII, 23, 44–45

    44. Geminio de Furni dijo: "Ciertos de nuestros colegas pueden preferir a los herejes antes que a sí mismos; no pueden preferirlos antes que a nosotros; y por lo tanto, lo que una vez decretamos lo mantenemos: que debemos bautizar a los que vienen a nosotros de entre los herejes."
    45. Este hombre reconoce asimismo abiertamente que algunos de sus colegas sostenían opiniones contrarias a la suya: por lo cual una y otra vez se confirma el amor a la unidad, porque no estaban separados entre sí por cisma alguno, hasta que Dios revelara a uno u otro de ellos cualquier cosa en que pensaran de otro modo. [] Pero a él respondemos: que sus colegas no preferían a los herejes antes que a sí mismos, sino que, así como el bautismo de Cristo es reconocido en los avaros, en los fraudulentos, en los ladrones, en los homicidas, así también lo reconocían en los herejes.

    Capítulo 24

    VII, 24, 46–47

    46. Rogaciano de Nova dijo: "Cristo fundó la Iglesia, el diablo la herejía: ¿cómo puede la sinagoga de Satanás tener el bautismo de Cristo?"
    47. A él respondemos: ¿Es cierto que, porque Cristo fundó a los bien dispuestos y el diablo a los envidiosos, por tanto el partido del diablo, que se prueba que está entre los envidiosos, no puede tener el bautismo de Cristo?

    Capítulo 25

    VII, 25, 48–49

    48. Terapio de Bulla dijo: "Si un hombre entrega y traiciona el bautismo de Cristo a los herejes, ¿qué otra cosa puede decirse que es sino un Judas para la Esposa de Cristo?"
    49. ¡Cuán grande condenación tenemos aquí de todos los cismáticos, que se han separado por sacrílega maldad de la herencia de Cristo esparcida por todo el mundo, si Cipriano mantuvo comunión con alguien como era el traidor Judas, y sin embargo no fue contaminado por él; o si fue contaminado, entonces todos fueron hechos como Judas; o si no lo fueron, entonces las malas obras de los que precedieron no pertenecen a los que vinieron después, aunque fueran descendencia de la misma comunión! ¿Por qué, pues, nos echan en cara a los traditores, contra quienes no probaron su acusación, y no se echan en cara a sí mismos a Judas, con quien Cipriano y sus colegas mantuvieron comunión? He aquí el Concilio del que estos suelen gloriarse. Nosotros decimos que quien aprueba el bautismo de Cristo aun en los herejes no traiciona a los herejes el bautismo de Cristo; del mismo modo que no traiciona a los homicidas el bautismo de Cristo quien aprueba el bautismo de Cristo aun en los homicidas: pero en la medida en que ellos pretenden prescribirnos a partir de los decretos de este Concilio qué opiniones debemos sostener, que asientan primero ellos mismos a ello. Ved cómo allí fueron comparados con el traidor Judas todos los que decían que los herejes, aunque bautizados en la herejía, no debían ser bautizados de nuevo. Y sin embargo, con tales hombres quiso Cipriano mantener comunión, cuando dijo: "No juzgando a nadie, ni privando a ninguno del derecho de comunión si tiene una opinión contraria". Mas que hubo hombres de tal suerte en tiempos anteriores dentro de la Iglesia lo muestra claramente la sentencia en la que dice: "Pero alguno dirá: ¿Qué se hará, entonces, con aquellos hombres que en tiempos pasados fueron admitidos en la Iglesia sin el bautismo?". Que tal había sido la costumbre de la Iglesia lo atestiguan una y otra vez los mismos hombres que componen este Concilio. Por lo tanto, si quien hace esto "no puede decirse que sea otra cosa sino un Judas para la Esposa de Cristo", según los términos en que está formulada la sentencia de Terapio; y Judas, según la enseñanza del evangelio, era un traidor; entonces todos aquellos hombres mantuvieron comunión con traidores, los que en aquel tiempo pronunciaron esas mismas sentencias, y antes de pronunciarlas todos se habían vuelto traidores por esa costumbre que entonces conservaba la Iglesia. Todos, por tanto —es decir, tanto nosotros como ellos mismos, que eran descendencia de aquella unidad— son traidores. Pero nosotros nos defendemos de dos maneras: primero, porque sin perjuicio del derecho de la unidad, como el mismo Cipriano declaró en su discurso de apertura, no asentimos a los decretos de este Concilio en el cual se pronunció esta sentencia; y segundo, porque sostenemos que los malos de ningún modo dañan a los buenos en la unidad católica, hasta que al final la paja sea separada del trigo. Pero nuestros adversarios, en la medida en que se amparan, por así decirlo, bajo los decretos de este Concilio, y sostienen que los buenos perecen como por una especie de infección por la comunión con los malos, no tienen recurso alguno para salvarse de conceder que los primeros cristianos, de quienes son descendencia, fueron traidores, en cuanto son convictos por su propio Concilio; y que las obras de quienes los precedieron recaen sobre ellos, ya que nos echan en cara las obras de nuestros antepasados.

    Capítulo 26

    VII, 26, 50–51

    50. También otro Lucio de Membresa dijo: "Está escrito: 'Dios no oye a los pecadores'. [] ¿Cómo puede ser oído en el bautismo el que es pecador?"
    51. Respondemos: ¿Cómo es oído el avaro, o el ladrón, el usurero y el homicida? ¿No son pecadores? Y sin embargo, Cipriano, aunque los reprende en la Iglesia Católica, aun así los tolera.

    Capítulo 27

    VII, 27, 52–53

    52. También otro Félix de Buslaceni dijo: "Al admitir a los herejes en la Iglesia sin el bautismo, que nadie anteponga la costumbre a la razón y a la verdad; pues la razón y la verdad excluyen siempre a la costumbre."
    53. A él respondemos: No muestras la verdad; confiesas la existencia de la costumbre. Haríamos, por tanto, bien en mantener la costumbre que después ha sido confirmada por un concilio plenario, aun si la verdad estuviera aún oculta, la cual creemos que ya ha sido manifestada.

    Capítulo 28

    VII, 28, 54–55

    54. Otro Saturnino de Abitini dijo: "Si el Anticristo puede dar a alguno la gracia de Cristo, entonces también pueden bautizar los herejes, que son llamados Anticristos."
    55. ¿Y si otro dijera: Si un homicida puede dar la gracia de Cristo, entonces también pueden bautizar los que odian a sus hermanos, que son llamados homicidas? Pues ciertamente parecería en cierto modo decir la verdad, y sin embargo ellos pueden bautizar; de igual manera, por tanto, pueden también los herejes.

    Capítulo 29

    VII, 29, 56–57

    56. Quinto de Aggya dijo: "Quien tiene una cosa puede darla; pero ¿qué pueden dar los herejes, de quienes es bien sabido que nada tienen?"
    57. A él respondemos: Si, pues, puede dar una cosa quien la tiene, es claro que los herejes pueden dar el bautismo; porque cuando se separan de la Iglesia, conservan todavía el sacramento del lavado que habían recibido mientras estaban en la Iglesia; pues cuando regresan no lo reciben de nuevo, porque no lo habían perdido al retirarse de la Iglesia.

    Capítulo 30

    VII, 30, 58–59

    58. Otro Juliano de Marcelliana dijo: "Si un hombre puede servir a dos señores, a Dios y a Mamón, [] entonces el bautismo también puede servir a dos, al cristiano y al hereje."
    59. En verdad, si puede servir al continente y al avaro, al sobrio y al ebrio, al bien dispuesto y al homicida, ¿por qué no habría de servir también al cristiano y al hereje? —a quienes, ciertamente, no sirve realmente; pero les ministra, y es administrado por ellos, para salvación de los que lo usan rectamente, y para juicio de los que lo usan mal.

    Capítulo 31

    VII, 31, 60–61

    60. Tenax de Horrea Celiæ dijo: "Hay un solo bautismo, pero de la Iglesia; y donde no está la Iglesia, allí tampoco puede estar el bautismo."
    61. A él respondemos: ¿Cómo, entonces, puede darse donde no está la roca, sino solo la arena, siendo que la Iglesia está sobre la roca y no sobre la arena?

    Capítulo 32

    VII, 32, 62–63

    62. Otro Víctor de Assuras dijo: "Está escrito que 'hay un solo Dios y un solo Cristo, una sola Iglesia y un solo bautismo'. ¿Cómo, entonces, puede bautizar alguien en un lugar donde no hay ni Dios, ni Cristo, ni la Iglesia?"
    63. ¿Cómo puede bautizar alguien en esa arena, donde no está la Iglesia, siendo que ella está sobre la roca; ni Dios y Cristo, siendo que no está allí el templo de Dios y de Cristo?

    Capítulo 33

    VII, 33, 64–65

    64. Donátulo de Capse dijo: "Yo también he sostenido siempre esta opinión: que los herejes, que nada han ganado fuera de la Iglesia, deben ser bautizados cuando se convierten a la Iglesia."
    65. A esto se responde: En verdad, nada han ganado fuera de la Iglesia, pero nada en orden a la salvación, no nada en orden al sacramento. Pues la salvación es propia de los buenos; pero los sacramentos son comunes por igual a los buenos y a los malos.

    Capítulo 34

    VII, 34, 66–67

    66. Vérulo de Rusiccade dijo: "Un hombre que es hereje no puede dar lo que no tiene; con mayor razón es este el caso de un cismático, que ha perdido lo que tenía."
    67. Ya hemos mostrado que todavía lo tienen, porque no lo pierden cuando se separan. Pues no lo reciben de nuevo cuando regresan: por lo cual, si se pensaba que no podían darlo porque se suponía que no lo tenían, entiéndase ahora que pueden darlo, porque se entiende que también lo tienen.

    Capítulo 35

    VII, 35, 68–69

    68. Pudenciano de Cuiculi dijo: "Mi reciente ordenación al episcopado me indujo, hermanos, a esperar y oír lo que mis mayores decidieran. Pues es evidente que las herejías nada tienen ni pueden tener; y por eso, si algunos vienen de ellas, está justamente determinado que sean bautizados."
    69. Así, pues, como ya hemos respondido a los que precedieron, cuyo juicio este hombre esperaba, entiéndase que le hemos respondido a él mismo.

    Capítulo 36

    VII, 36, 70–71

    70. Pedro de Hipona Diarrita dijo: "Puesto que hay un solo bautismo en la Iglesia Católica, es claro que un hombre no puede ser bautizado fuera de la Iglesia; y por tanto doy mi parecer: que los que han sido lavados en la herejía o en el cisma deben ser bautizados al venir a la Iglesia."
    71. Hay un solo bautismo en la Iglesia Católica, en el sentido de que, cuando algunos han salido de ella, no se convierte en dos en los que salen, sino que permanece uno y el mismo. Lo que, por tanto, se reconoce en los que regresan, debe reconocerse también en los que lo recibieron de hombres que se han separado, puesto que no lo perdieron cuando se apartaron hacia la herejía.

    Capítulo 37

    VII, 37, 72–73

    72. Asimismo otro Lucio de Ausafa dijo: "Según el movimiento de mi mente y del Espíritu Santo, puesto que hay un solo Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y un solo Cristo, y una sola esperanza, un solo Espíritu, una sola Iglesia, debe haber también un solo bautismo. Y por tanto digo: que si algo se ha emprendido o hecho entre los herejes, debe ser anulado; y también que quienes salen de entre los herejes deben ser bautizados en la Iglesia."
    73. Declárese, por tanto, sin efecto el que bauticen quienes oyen las palabras de Dios y no las cumplen, cuando comiencen a pasar de la iniquidad a la justicia, es decir, de la arena a la roca. Y si esto no se hace, porque lo que había en ellos de Cristo no fue violado por su iniquidad, entiéndase también esto en el caso de los herejes: pues no hay la misma esperanza en los inicuos, mientras están sobre la arena, que en aquellos que están sobre la roca; y sin embargo hay en ambos el mismo bautismo, aunque, así como se dice que hay una sola esperanza, así también se dice que hay un solo bautismo.

    Capítulo 38

    VII, 38, 74–75

    74. Félix de Gurgites dijo: "Doy mi parecer: que, según los preceptos de las santas Escrituras, los que han sido bautizados ilícitamente fuera de la Iglesia por herejes, si desean refugiarse en la Iglesia, obtengan la gracia del bautismo donde se da lícitamente."
    75. Respondemos: Que empiecen, ciertamente, a tener de manera lícita para salvación lo que antes tenían ilícitamente para destrucción; porque cada hombre es justificado bajo el mismo bautismo, cuando se ha vuelto a Dios con corazón verdadero, que aquel bajo el cual fue condenado, cuando al recibirlo "renunció al mundo de palabra y no de obra".

    Capítulo 39

    VII, 39, 76–77

    76. Pusilo de Lamasba dijo: "Creo que el bautismo no es para salvación sino dentro de la Iglesia Católica. Todo lo que está fuera de la Iglesia Católica es mera apariencia."
    77. Esto es ciertamente verdad: que "el bautismo no es para salvación sino dentro de la Iglesia Católica". Pues en sí mismo puede ciertamente existir también fuera de la Iglesia Católica; pero allí no es para salvación, porque allí no obra salvación; así como aquel dulce aroma de Cristo ciertamente no es para salvación en los que perecen, [] aunque por culpa no suya, sino de ellos. Pero "todo lo que está fuera de la Iglesia Católica es mera apariencia", aunque solo en cuanto no es católico. Pero puede haber algo católico fuera de la Iglesia Católica, así como el nombre de Cristo podía existir fuera de la congregación de Cristo, en cuyo nombre aquel que no seguía con los discípulos expulsaba demonios. [] Pues puede haber apariencia también dentro de la Iglesia Católica, como es indudable en el caso de los que "renuncian al mundo de palabra y no de obra", y sin embargo la apariencia no es católica. Así, por tanto, como hay en la Iglesia Católica algo que no es católico, así puede haber algo que sea católico fuera de la Iglesia Católica.

    Capítulo 40

    VII, 40, 78–79

    78. Salviano de Gazaufala dijo: "Es generalmente sabido que los herejes nada tienen; y por eso vienen a nosotros, para recibir lo que antes no tenían."
    79. Respondemos: Según esta teoría, los mismos hombres que fundaron las herejías no son ellos mismos herejes, porque se separaron de la Iglesia, y ciertamente tenían antes lo que allí recibieron. Pero si es absurdo decir que no son herejes aquellos por quienes los demás se hicieron herejes, es por tanto posible que un hereje tenga lo que se vuelve para su destrucción por el mal uso que hace de ello.

    Capítulo 41

    VII, 41, 80–81

    80. Honorato de Tucca dijo: "Puesto que Cristo es la verdad, debemos seguir la verdad antes que la costumbre; para que santifiquemos por el bautismo de la Iglesia a los herejes que vienen a nosotros, precisamente porque nada pudieron recibir fuera."
    81. También este hombre es testigo de la costumbre, en lo cual nos presta la mayor ayuda, cualquier otra cosa que parezca decir contra nosotros. Pero no es esta la razón por la que los herejes se pasan a nosotros, porque nada recibieron fuera, sino para que lo que recibieron empiece a serles útil: pues esto no podía serlo de ningún modo fuera.

    Capítulo 42

    VII, 42, 82–83

    82. Víctor de Octavus dijo: "Como vosotros mismos sabéis también, no hace mucho que fui nombrado obispo, y por tanto esperé el consejo de mis mayores. Expreso, por tanto, como mi parecer: que todo el que venga de la herejía debe ser sin duda bautizado."
    83. Lo que, por tanto, se ha respondido a aquellos a quienes esperaba, puede tomarse como respuesta también a él mismo.

    Capítulo 43

    VII, 43, 84–85

    84. Claro de Mascula dijo: "La sentencia de nuestro Señor Jesucristo es manifiesta, cuando envió a sus apóstoles y dio el poder que le había sido dado por su Padre solamente a ellos, cuyos sucesores somos nosotros, gobernando la Iglesia del Señor con el mismo poder, y bautizando a los que creen la fe. Y por tanto los herejes, que, estando fuera, no tienen ni el poder ni la Iglesia de Cristo, no pueden bautizar a nadie con su bautismo."
    85. ¿Son, pues, los homicidas mal dispuestos sucesores de los apóstoles? ¿Por qué, entonces, bautizan? ¿Acaso porque no están fuera? Pero están fuera de la roca, a la cual el Señor dio las llaves, y sobre la cual dijo que edificaría su Iglesia. []

    Capítulo 44

    VII, 44, 87

    Secundiano de Thambei dijo: "No debemos engañar a los herejes con nuestra excesiva condescendencia, para que, no habiendo sido bautizados en la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, y no habiendo por tanto recibido la remisión de sus pecados, no nos imputen, cuando llegue el día del juicio, que hayamos sido la causa de que no fueran bautizados y no hubieran obtenido la indulgencia de la gracia de Dios. Por lo cual, siendo una la Iglesia y uno el bautismo, cuando se conviertan a nosotros, reciban juntamente con la Iglesia también el bautismo de la Iglesia."
    87. Antes bien, cuando son trasladados a la roca y unidos a la sociedad de la paloma, reciban la remisión de sus pecados, que no pudieron tener fuera de la roca y fuera de la paloma, ya estuvieran abiertamente fuera, como los herejes, o aparentemente dentro, como los católicos abandonados; de quienes, sin embargo, es claro que tienen y confieren el bautismo sin remisión de los pecados, cuando incluso de ellos lo reciben hombres que, no cambiando a mejor, honran a Dios con los labios, mientras su corazón está lejos de Él. [] Y sin embargo es verdad que hay un solo bautismo, como hay una sola paloma, aunque los que no están en la única comunión de la paloma puedan tener el bautismo en común.

    Capítulo 45

    VII, 45, 88–89

    88. Otro Aurelio de Cullabi dijo: "El apóstol Juan ha establecido en su epístola el siguiente precepto: 'Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: Dios te guarde; porque el que le dice: Dios te guarde, participa de sus malas obras.' ¿Cómo podrán ser admitidos sin consideración en la casa de Dios quienes tienen prohibida la entrada en nuestra casa privada? ¿O cómo podemos tener comunión con ellos sin el bautismo de Cristo, cuando, si tan solo les decimos: Dios te guarde, somos partícipes de sus malas obras?"
    89. Con respecto a este testimonio de Juan no hay necesidad de ulterior disputa, puesto que no tiene referencia alguna a la cuestión del bautismo que estamos tratando. Pues dice: "Si alguno viene a vosotros y no trae la doctrina de Cristo." Pero los herejes, abandonando la doctrina de su error, se convierten a la doctrina de Cristo para ser incorporados a la Iglesia y comenzar a pertenecer a los miembros de aquella Paloma cuyo sacramento antes tenían; y, por tanto, lo que antes les faltaba para pertenecer a ella se les da, a saber, paz y caridad de corazón puro, de buena conciencia y de fe no fingida. [] Pero lo que antes tenían perteneciente a la Paloma es reconocido y recibido sin menoscabo alguno; como en la adúltera reconoce Dios sus dones aun cuando ella siga a sus amantes; porque cuando, corregida su fornicación, se vuelve de nuevo a la castidad, no se le imputan aquellos dones, sino que ella misma es corregida. [Oseas ii] Pero así como Cipriano podría haberse defendido si este testimonio de Juan se le hubiera echado en cara mientras mantenía comunión con hombres como estos, así defiéndanse aquellos contra quienes se dice. Porque a la cuestión presente, como dije antes, no tiene referencia alguna. Pues Juan dice que no hemos de saludar con el saludo de paz a los hombres de doctrina extraña; pero el apóstol Pablo dice, con vehemencia aún mayor: "Si alguno que se dice hermano es avaro, o borracho," o cosa semejante, con tal persona ni aun comáis; [] y, sin embargo, Cipriano solía admitir a la comunión, no a su mesa privada, sino al altar de Dios, a colegas suyos que eran usureros, traidores, fraudulentos y ladrones. Pero de qué manera esto pueda defenderse ya ha sido suficientemente expuesto en otros libros.

    Capítulo 46

    VII, 46, 90–91

    90. Liteo de Gemelli dijo: "'Si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo.' [] Por tanto, puesto que es claro que los herejes no pueden dar luz a nadie, siendo ellos mismos ciegos, su bautismo es inválido."
    91. Tampoco decimos que sea válido para la salvación mientras sean herejes, así como no aprovecha a aquellos homicidas de quienes hablamos mientras odian a sus hermanos: pues también ellos mismos están en tinieblas, y si alguno los sigue, caen juntos en el hoyo; y, sin embargo, no se sigue de ello que no tengan bautismo o que no puedan conferirlo.

    Capítulo 47

    VII, 47, 92–93

    92. Natalis de Oëa dijo: "No solo estoy presente yo mismo, sino también Pompeyo de Sabrata y Dioga de Leptis Magna, que me encargaron representar su parecer, ausentes ciertamente en cuerpo, pero presentes en espíritu, y que pronuncian este mismo juicio junto con nuestros colegas: que los herejes no pueden tener comunión con nosotros si no han sido bautizados con el bautismo de la Iglesia."
    93. Se refiere, supongo, a aquella comunión que pertenece a la sociedad de la Paloma; pues en la participación de los sacramentos sin duda tenían comunión con ellos, no juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión por tener una opinión distinta. Pero sea cual fuere el sentido de sus palabras, no hay gran necesidad de refutarlas. Pues ciertamente un hereje no sería admitido a la comunión si no hubiera sido bautizado con el bautismo de la Iglesia. Pero es claro que el bautismo de la Iglesia existe aun entre los herejes si es consagrado con las palabras del evangelio; así como el evangelio mismo pertenece a la Iglesia, y nada tiene que ver con su extravío, sino que ciertamente conserva su propia santidad.

    Capítulo 48

    VII, 48, 94–95

    94. Junio de Neápolis dijo: "No me aparto del juicio que una vez pronunciamos, de que debemos bautizar a los herejes cuando vienen a la Iglesia."
    95. Puesto que este hombre no ha aducido argumento ni prueba alguna de las Escrituras, no es necesario que nos detenga mucho.

    Capítulo 49

    VII, 49, 96–97

    96. Cipriano de Cartago dijo: "Mi parecer ha sido expuesto con la mayor plenitud en la carta que se ha escrito a nuestro colega Jubaiano: que los herejes, siendo llamados enemigos de Cristo y anticristos según el testimonio del evangelio y de los apóstoles, deben, cuando vienen a la Iglesia, ser bautizados con el único bautismo de la Iglesia, para que de enemigos se conviertan en amigos y de anticristos se hagan cristianos."
    97. ¿Qué necesidad hay de ulterior disputa aquí, viendo que ya hemos tratado con el mayor cuidado aquella misma epístola a Jubaiano que él ha mencionado? Y en cuanto a lo que aquí ha dicho, no olvidemos que podría decirse de todos los hombres injustos que, como él mismo atestigua, están en la Iglesia Católica, y cuyo poder de poseer y de conferir el bautismo ninguno de nosotros pone en duda. Pues vienen a la Iglesia quienes pasan a Cristo desde el partido del diablo, y edifican sobre la roca, y son incorporados a la Paloma, y son puestos en seguridad en el huerto cerrado y en la fuente sellada; donde no se encuentra ninguno de los que viven contra los preceptos de Cristo, dondequiera que parezcan estar. Pues en la epístola que escribió a Magno, al tratar esta misma cuestión, él mismo nos advirtió con suficiente extensión y sin ambigüedad de qué clase de sociedad debemos entender que se compone la Iglesia. Pues dice, hablando de cierto hombre: "Hágase extraño y profano, enemigo de la paz y de la unidad del Señor, no morando en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia de Cristo, en la cual nadie mora sino los que son de un solo corazón y de una sola alma." Presten, pues, atención por un momento a lo que aquí decimos quienes quisieran imponernos preceptos apoyados en la autoridad de Cipriano. Porque si solo moran en la Iglesia de Cristo los que son de un solo corazón y de una sola alma, fuera de toda duda no moraban en la Iglesia de Cristo, por más que parecieran estar dentro, aquellos que por envidia y rivalidad anunciaban a Cristo sin caridad; por los cuales entiende, no a los herejes y cismáticos mencionados por el apóstol Pablo, sino a los falsos hermanos que trataban con él dentro, los cuales ciertamente no debieron bautizar, porque no moraban en la Iglesia, en la que él mismo dice que nadie mora sino los que son de un solo corazón y de una sola alma; a no ser que alguien esté tan lejos de la verdad que diga que eran de un solo corazón y de una sola alma quienes eran envidiosos y malévolos, y contenciosos sin caridad; y sin embargo bautizaban: ni el detestable extravío que mostraban violó o disminuyó en grado alguno el sacramento de Cristo, que era administrado y dispensado por ellos.

    Capítulo 50

    VII, 50, 98

    98. Ciertamente vale la pena considerar todo el pasaje de la sobredicha carta a Magno, que él ha compuesto como sigue: "No morando," dice, "en la casa de Dios — es decir, en la Iglesia de Cristo —, en la cual nadie mora sino los que son de un solo corazón y de una sola alma, como dice el Espíritu Santo en los Salmos, hablando de 'Dios que hace habitar a los hombres en una casa con una sola alma.' Finalmente, los mismos sacrificios del Señor declaran que los cristianos están unidos entre sí por un amor firme e inseparable de unos a otros. Pues cuando el Señor llama su cuerpo al pan, que está compactado por la unión de muchos granos, [] significa un solo pueblo, que él llevó, compactado en un solo cuerpo; y cuando llama su sangre al vino, que es exprimido de multitud de racimos y sarmientos y reunido en uno, [] significa también una sola grey unida por la mezcla de una multitud reunida en uno." Estas palabras del bienaventurado Cipriano muestran que él entendía y amaba la gloria de la casa de Dios, casa que afirmaba que se compone de los que son de un solo corazón y de una sola alma, probándolo por el testimonio de los profetas y por el significado de los sacramentos; y en esa casa ciertamente no se hallaban aquellos envidiosos, aquellos malévolos sin caridad, que sin embargo solían bautizar. De donde es claro que el sacramento de Cristo puede estar en, y ser administrado por, quienes no están en la Iglesia de Cristo, en la cual el propio Cipriano atestigua que no mora ninguno sino los que son de un solo corazón y de una sola alma. Ni ciertamente puede decirse que se les permita bautizar mientras permanezcan ocultos, puesto que el apóstol Pablo no dejó de descubrir a aquellos de cuyo ministerio da testimonio indudable en su epístola, diciendo que se alegra de que también ellos anuncien a Cristo. Pues dice de ellos: "Sea con pretexto, sea con verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré." []

    Capítulo 51

    VII, 51, 99

    99. Tomando, pues, en consideración todas estas cosas, creo que no soy temerario al decir que hay algunos en la casa de Dios de tal modo que no son ellos mismos la casa de Dios, la cual se dice edificada sobre la roca, [] la cual es llamada la única paloma, [] la cual es llamada esposa hermosa sin mancha ni arruga, y huerto cerrado, fuente sellada, pozo de agua viva, huerto de granados con frutos deliciosos; [] casa que también recibió las llaves y la potestad de atar y desatar. [] Si alguno desprecia a esta casa cuando lo detiene y corrige, dice el Señor: "Téngalo por pagano y publicano." [] De esta casa está dicho: "Señor, he amado la habitación de tu casa y el lugar donde mora tu gloria"; y: "Él hace que los hombres sean de un mismo sentir en una casa"; y: "Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor"; y: "Bienaventurados los que moran en tu casa, Señor; te alabarán por los siglos"; con innumerables otros pasajes del mismo tenor. Esta casa es llamada también trigo, que da fruto con paciencia, a treinta, a sesenta y a ciento por uno. Esta casa está también en vasos de oro y de plata, [] y en piedras preciosas y maderas incorruptibles. A esta casa se le dice: "Soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz"; [] y: "Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros." [] Pues esta casa está compuesta de los buenos y fieles y de los santos siervos de Dios dispersos por todo el mundo y unidos por la unidad del Espíritu, ya se conozcan personalmente o no. Pero sostenemos que otros se dice que están en la casa de tal modo que no pertenecen a la substancia de la casa, ni a la sociedad de la justicia fructífera y pacífica, sino solo como se dice que la paja está entre el grano; porque no podemos negar que están en la casa, cuando dice el apóstol: "En una gran casa no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos para honra y otros para deshonra." De esta muchedumbre innumerable se halla que son no solo la multitud que dentro de la Iglesia aflige los corazones de los santos, que son tan pocos en comparación con tan vasta hueste, sino también las herejías y los cismas que existen en quienes han roto las mallas de la red, y de quienes ya puede decirse que están más bien fuera de la casa que dentro de la casa; de ellos está dicho: "Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros." [] Pues están más plenamente separados, ahora que están también divididos de nosotros en el cuerpo, que aquellos que viven dentro de la Iglesia de manera carnal y mundana, y están separados de nosotros en el espíritu.

    Capítulo 52

    VII, 52, 100

    100. De todas estas diversas clases, pues, nadie duda respecto de los primeros, que están en la casa de Dios en tal sentido que ellos mismos son la casa de Dios, ya sean ya espirituales, o todavía niños alimentados con leche, pero que progresan con empeño de corazón hacia lo que es espiritual, que tales hombres tienen el bautismo de modo que les aprovecha a ellos mismos, y lo transmiten a quienes siguen su ejemplo de modo que les beneficia; pero que, al transmitirlo a los falsos, a quienes el Espíritu Santo evita, aunque ellos mismos, en cuanto de ellos depende, lo confieren de modo que aproveche, los otros lo reciben en vano, puesto que no imitan a aquellos de quienes lo reciben. Pero los que están en la gran casa a la manera de vasos para deshonra, tienen el bautismo sin provecho para sí mismos, y lo transmiten sin provecho a quienes siguen su ejemplo; pero lo reciben con provecho aquellos que están unidos en corazón y en conducta, no a sus ministros, sino a la santa casa de Dios. Mas los que están más plenamente separados, de modo que están más bien fuera de la casa que dentro de la casa, tienen el bautismo sin provecho alguno para sí mismos; y, además, no hay provecho para quienes lo reciben de ellos, a no ser que se vean obligados por urgente necesidad a recibirlo, y su corazón al recibirlo no se aparte del vínculo de la unidad; sin embargo, lo poseen, aunque la posesión sea de ningún provecho; y se recibe de ellos, aun cuando no aproveche a quienes así lo reciben, aunque, para que llegue a ser útil, deben apartarse de su herejía o cisma y adherirse a aquella casa de Dios. Y esto debe hacerse no solo por herejes y cismáticos, sino también por aquellos que están en la casa mediante la comunión en los sacramentos, pero de forma que están fuera de la casa por la perversidad de su carácter. Pues así comienza a aprovecharles a ellos mismos el sacramento que antes de nada les aprovechaba.

    Capítulo 53

    VII, 53, 101–102

    101. También se plantea comúnmente la cuestión de si ha de tenerse por válido el bautismo recibido de quien no lo había recibido él mismo, si por algún impulso de curiosidad acertó a aprender el modo en que debe conferirse; y si no supone ninguna diferencia el espíritu con que lo recibe el recipiendario, si en burla o con sinceridad; en caso de burla, si la diferencia surge cuando la burla es de engaño, como en la Iglesia, o en lo que se cree que es la Iglesia; o cuando es en broma, como en un espectáculo; y cuál es más execrable, recibirlo con engaño en la Iglesia, o en la herejía o el cisma sin engaño, es decir, con plena sinceridad de corazón; o si es peor recibirlo con engaño en la herejía o con buena fe en un espectáculo, si alguien se sintiera movido por un súbito sentimiento de religión en medio de su actuación. Y sin embargo, si comparamos a tal persona incluso con el que lo recibe con engaño en la misma Iglesia católica, me sorprendería que alguien dudara cuál de los dos debe ser preferido; pues no veo de qué provecho puede ser para quien lo recibe con engaño la intención de quien lo da de verdad. Pero consideremos también el caso de alguien que lo da con engaño, cuando tanto el que da como el que lo recibe obran con engaño en la unidad de la misma Iglesia católica: si esto debe ser reconocido más bien como bautismo, o el que se da en un espectáculo, si se hallara a alguien que lo recibiera con fe por un súbito impulso de religión; o si no es cierto que, en lo que atañe a los hombres mismos, hay una grandísima diferencia entre el receptor creyente en un espectáculo y el receptor burlón en la Iglesia; pero que en lo que toca a la autenticidad del sacramento no hay diferencia alguna. Pues si dentro de la misma Iglesia católica no supone ninguna diferencia, en cuanto a la autenticidad del sacramento, que algunas personas lo celebren con verdad o con engaño, con tal de que tanto unos como otros celebren lo mismo, no veo por qué habría de suponerla fuera, visto que quien lo recibe no queda encubierto por su engaño, sino que es cambiado por su impulso religioso. ¿O acaso tienen más poder para la confirmación del sacramento las personas veraces entre las que se celebra, que el que pueden ejercer para su anulación los hombres engañosos por quienes y en quienes se celebra? Y sin embargo, si el engaño se descubre después, nadie busca la repetición del sacramento; antes bien el fraude es castigado con la excomunión o corregido con la penitencia.
    102. Mas el camino seguro para nosotros es no adelantar con temeridad de juicio al exponer una opinión que no haya sido ni planteada en ningún concilio regional de la Iglesia católica ni establecida en uno plenario, sino afirmar, con toda la confianza de una voz que no puede ser contradicha, lo que ha sido confirmado por el consentimiento de la Iglesia universal, bajo la dirección de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo. Sin embargo, si alguien me instara —suponiendo que yo estuviera debidamente sentado en un concilio en el que se planteara una cuestión sobre puntos como estos— a declarar cuál era mi propia opinión, sin remitirme a las opiniones antes expresadas por otros, cuyo juicio preferiría seguir, si estuviera bajo la influencia de los mismos sentimientos que me llevaron a afirmar lo que he dicho antes, no vacilaría en decir que todos poseen el bautismo quienes lo hayan recibido en cualquier lugar, de cualquier clase de hombres, con tal que haya sido consagrado en las palabras del evangelio y recibido sin engaño por su parte con algún grado de fe; aunque de nada les aprovecharía para la salvación de sus almas si estuvieran sin caridad, por la cual podrían ser injertados en la Iglesia católica. Pues "aunque tuviera fe," dice el apóstol, "hasta trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy." [] Así como ya, por los decretos establecidos de nuestros predecesores, no vacilo en decir que todos aquellos tienen el bautismo que, aunque lo reciban con engaño, lo reciben en la Iglesia, o donde se cree que está la Iglesia por aquellos en cuya sociedad se recibe, de los cuales se dijo: "Salieron de entre nosotros." [] Pero cuando no había sociedad de quienes así creían, y cuando el hombre que lo recibía no tenía él mismo tal creencia, sino que todo se hacía como farsa, comedia o broma —si se me preguntara si el bautismo así conferido debe ser aprobado, declararía mi opinión: que debemos orar para que se manifieste el juicio de Dios por medio de alguna revelación, buscándolo con oración unánime y gemidos sinceros de devoción suplicante, sometiéndonos humildemente todo el tiempo a la decisión de quienes habían de dar su juicio después de mí, por si acaso expusieran algo como ya conocido y determinado. Y, por tanto, ¡cuánto más ha de considerarse que he dado ahora mi opinión sin perjuicio de lo que manifestaran una investigación más diligente o una autoridad superior a la mía!

    Capítulo 54

    VII, 54, 103

    103. Mas ahora creo que ya es tiempo sobrado de que lleve a su debida conclusión también estos libros sobre el bautismo, en los cuales nuestro Señor Dios nos ha mostrado, por las palabras del pacífico obispo Cipriano y de sus hermanos que con él concordaron, cuán grande es el amor que ha de sentirse por la unidad católica; de modo que, aun en aquello en que pensaban de manera distinta, hasta que Dios les revelara también esto, [] debían antes soportar a quienes pensaban de otra manera que separarse de ellos por un cisma perverso; con lo cual se cierra del todo la boca de los donatistas, aun si nada decimos de los seguidores de Maximiano. Porque si los malos contaminan a los buenos en la unidad, entonces ni siquiera el propio Cipriano hallaba ya Iglesia alguna a la que pudiera unirse. Y si los malos no inficionan a los buenos en la unidad, entonces el donatista sacrílego no tiene motivo alguno que ponerse delante para la separación. Mas si el bautismo es poseído y transferido por la multitud de otros que obran las obras de la carne, de las cuales se dice que "los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios", [] entonces también es poseído y transferido por los herejes, que están contados entre aquellas obras; porque ellos podrían haberlo transferido si hubieran permanecido, y no lo perdieron al separarse. Mas los hombres de esta clase lo confieren a sus prójimos tan sin fruto y sin provecho como los otros que se les asemejan, por cuanto no heredarán el reino de Dios. Y así como, cuando aquellos otros son llevados al recto camino, no sucede que el bautismo comience a estar presente, habiendo antes estado ausente, sino que comienza a aprovecharles, habiendo estado ya en ellos; así sucede también con los herejes. Por lo cual Cipriano y los que con él pensaban no pudieron imponer límites a la Iglesia católica, la cual no querían mutilar. Pero en que ellos pensaban de distinta manera no sentimos temor alguno, puesto que también nosotros compartimos su veneración por Pedro; mas en que no se apartaron de la unidad nos gozamos, puesto que nosotros, como ellos, estamos fundados sobre la roca.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    El propósito del tratado es doble, según Hartranft: definir el sacramento como propiedad de Cristo y desmontar la apelación de los donatistas a Cipriano y a su concilio. Lo primero queda en una distinción que Agustín conservará. Wikipedia la resume como la que separa la «regularidad» de la «validez»: los sacramentos dados por quienes están fuera de la Iglesia son irregulares, pero siguen siendo verdaderos si se dan en nombre de Cristo y como la Iglesia manda, aunque nada aprovechen fuera de ella; y, siempre según Wikipedia, en eso Agustín se aparta de Cipriano. Que la validez no dependa de la santidad del ministro es también lo que enseñó después el concilio de Trento (sesión VII, 1547, canon 12, según Wikipedia), y la práctica de no rebautizar, que defendía Esteban de Roma frente a Cipriano, acabó imponiéndose en la Iglesia latina (Wikipedia).
    Lo segundo es más delicado. Agustín presenta a Cipriano como un obispo que prefirió la paz a su propio parecer y que ahora «ve con mayor claridad» la verdad (VII, 1); esa es su lectura: otras fuentes recuerdan que el sínodo de 256 se enfrentó a Esteban y que la tensión entre Roma y África duró algún tiempo. Hartranft cuenta que el concilio de Cartago de 401 recogió el criterio de Agustín para recibir a los clérigos donatistas que volvían, y Wikipedia, que una década más tarde la conferencia de Cartago (411), presidida por Marcelino, falló a favor de los católicos.
    Dos advertencias de lectura. Los libros VI y VII son los más áridos: casi cada capítulo contesta la sentencia de un obispo, y es útil leerlos con las actas del concilio al lado (el enlace está en la nota del libro II). Y de los donatistas se oye aquí lo que sus adversarios citan: de Parmeniano, según Wikipedia, no ha sobrevivido ninguna obra, y King, en su prefacio, observa que Agustín da por supuesto que es él, y no los donatistas, quien está en la comunión católica, aunque su argumento no dependa de ello; es un juicio de King, no un dato.
    Límites. La fecha depende de la fuente: «hacia 400» (nota de la edición, King y Hartranft) o 404 (tabla de Wikipedia). La del concilio de Cartago también: 256 según el NPNF y Wikipedia, 258 según el encabezado de las actas en las Ante-Nicene Fathers. Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y nadie la ha revisado frase a frase: conserva calcos del inglés («acribamiento», «recipiendario», «asentidor») que no se corrigen aquí.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia, el tratado de Cipriano que Agustín tiene delante; Tertuliano, Sobre el bautismo, un siglo anterior; y, para el marco histórico, el siglo IV y Autoridad y ministerio.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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