2. Marco de Mactaris dijo: "No hay que admirarse de que los herejes, siendo enemigos y adversarios de la verdad, reclamen para sí lo que ha sido confiado y concedido a otros hombres. Lo admirable es que algunos de nosotros, traidores a la verdad, defiendan a los herejes y se opongan a los cristianos; por tanto, decretamos que los herejes deben ser bautizados."
3. A esto respondemos: Es ciertamente mucho más de admirar, y digno de grandes elogios, que Cipriano y sus colegas tuvieran tanto amor a la unidad que permanecieran en la unidad con aquellos a quienes consideraban traidores a la verdad, sin temor alguno de ser contaminados por ellos. Pues cuando Marco dijo: "Es admirable que algunos de nosotros, traidores a la verdad, defiendan a los herejes y se opongan a los cristianos", parecía natural que añadiera: Por tanto, decretamos que no se tenga comunión con ellos. Esto no lo dijo; pero lo que dice es: "Por tanto, decretamos que los herejes deben ser bautizados", adhiriéndose a lo que el pacífico Cipriano había ordenado en primer lugar, cuando dijo: "No juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión si tenía una opinión diferente". Mientras, pues, los donatistas nos calumnian y nos llaman traditores, quisiera saber, suponiendo que se hallase algún judío o pagano que, después de leer las actas de aquel concilio, nos llamase a unos y a otros, según sus propias reglas, traidores a la verdad, cómo podríamos defendernos en común para refutar y lavar una acusación tan grave. A los hombres a quienes nunca pudieron convencer antaño de ese delito, y a quienes ahora no pueden mostrar implicados en él, les dan el nombre de traditores, siendo más bien ellos mismos los que aparecen expuestos a la misma acusación. Pero ¿qué tiene esto que ver con nosotros? ¿Qué diremos de quienes, según su propia confesión, son indudablemente traidores? Porque si nosotros, aunque falsamente, somos llamados traditores porque, según alegan, participamos en la comunión con traditores, todos hemos participado con los traditores en cuestión, puesto que en tiempo del bienaventurado Cipriano el partido de Donato no se había separado todavía de la unidad. Pues la entrega de los libros sagrados, por la que comenzaron a ser llamados traditores, ocurrió unos cuarenta años después de su martirio. Si, por tanto, nosotros somos traditores porque descendemos de traditores, como ellos creen o fingen, unos y otros derivamos nuestro origen de aquellos otros traidores. No cabe decir que ellos no comulgaron con esos traidores, pues los llaman hombres de su propio partido. En las palabras del concilio que con mayor prontitud citan se declara: "Algunos de nosotros, traidores a la verdad, defienden a los herejes". A esto se añade el testimonio de Cipriano, que muestra claramente que permaneció en comunión con ellos, cuando dice: "No juzgando a nadie, ni apartando a nadie del derecho de comunión si tenía una opinión diferente". Porque quienes tenían una opinión diferente eran precisamente las personas a quienes Marco llama traidores a la verdad, porque defendían a los herejes, según él sostiene, al recibirlos en la Iglesia sin el bautismo. Y que, además, era costumbre recibirlos así lo atestiguan tanto el propio Cipriano en muchos pasajes como algunos obispos en este concilio. De donde es evidente que, si los herejes no tienen el bautismo, la Iglesia de Cristo de aquellos días estaba llena de traidores que los defendían recibiéndolos de este modo. Por tanto, instaría a que defendamos en común nuestra causa contra la acusación de traición que ellos no pueden negar, y en ella se debatirá nuestro caso especial contra la acusación de entregar los libros, que no pudieron probar contra nosotros. Pero arguyamos el asunto como si nos hubiesen convicto; y lo que respondamos conjuntamente a quienes nos echan en cara a unos y otros la traición general de nuestros antepasados, eso mismo responderemos a estos hombres que nos echan en cara que nuestros antepasados entregaron los libros sagrados. Pues así como nosotros estábamos muertos porque nuestros antepasados entregaron los libros, lo que los movió a separarse de nosotros, así también nosotros y ellos mismos estamos muertos por la traición de nuestros antepasados, de quienes unos y otros descendemos. Mas puesto que dicen que ellos viven, sostienen que aquella traición no les afecta en modo alguno; por tanto, tampoco a nosotros nos afecta la entrega de los libros. Y ha de observarse que, según ellos, la traición es indiscutible; mientras que, según nosotros, no hay verdad ni en la primera acusación de traición, porque decimos que también los herejes pueden tener el bautismo de Cristo, ni en la última acusación de entregar los libros, porque en eso fueron ellos mismos vencidos. No tienen, por tanto, razón para separarse por el malvado pecado del cisma, porque, si nuestros antepasados no fueron culpables de entregar los libros, como decimos, no hay acusación alguna que pueda afectarnos; pero si fueron culpables del pecado, como dicen estos, entonces está tan lejos de afectarnos como el pecado de aquellos otros traidores está lejos de afectar a unos o a otros. Y así, puesto que no hay acusación que pueda implicarnos por la injusticia de nuestros antepasados, queda manifiestamente probada la acusación que contra ellos surge de su propio cisma.