Premisa central
Entre el año 96 y el 258 muchas iglesias pasaron de ser dirigidas por un grupo de «obispos» y «presbíteros» a tener un solo obispo, rodeado de presbíteros y diáconos, que presidía, enseñaba y disciplinaba. Los textos permiten seguir ese cambio; no dicen por qué ocurrió, y los historiadores anglicanos, presbiterianos, católicos, ortodoxos y litúrgicos lo explican de maneras distintas. Este compendio ordena primero los textos y después pone las explicaciones una al lado de otra, cada una con su autor y su confesión, sin decidir entre ellas.
En 251, Cornelio, obispo de Roma, escribió a Fabio de Antioquía para explicar por qué su rival Novaciano no era obispo. Entre otras razones, Novaciano «no sabía» que en una iglesia católica debe haber un solo obispo, y Cornelio quiso que Fabio supiera qué había en la suya: cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos y más de mil quinientas viudas y necesitados. Unos ciento cincuenta y cinco años antes, otra carta de la misma ciudad, la que se conoce como primera de Clemente, había intervenido en Corinto porque la comunidad había depuesto a unos ancianos, y habla de «obispos» en plural, sin nombrar a un obispo de Corinto. Entre las dos cartas hay un cambio que nadie anotó mientras ocurría. Cuándo se dio, cómo y con qué autoridad es la pregunta de este compendio.
Para responderla hay que separar tres preguntas que suelen mezclarse. La primera es qué dicen los textos de los siglos I a III sobre quién dirigía, quién enseñaba y quién presidía en una comunidad; ahí hay evidencia que se puede leer. La segunda es cómo se explica el cambio, y ahí hay lecturas rivales que este compendio nombra con su autor y la tradición desde la que escribe: Lightfoot y Hort (anglicanos), Lindsay (presbiteriano), Gwatkin (anglicano), Tixeront, Eno y Sullivan (católicos), Zizioulas (ortodoxo), Bradshaw y Stewart (historiadores de la liturgia y de la Iglesia antigua) y Brent (historiador de la Roma y la Cartago antiguas). La tercera es qué se definió después y qué teología se apoya en qué lectura; de eso solo se dice lo necesario para no confundirlo con lo que los textos afirman. Lo que los siglos I a III no dicen no se atribuye a ninguno de ellos.
Quedan fuera dos cuestiones que tienen su propio lugar en el sitio: el primado de Roma y los concilios del siglo IV. El primero aparece aquí solo donde un texto del siglo III lo toca; para lo demás, véanse el siglo III y Sobre la unidad de la Iglesia.
Para un lector de hoy, «obispo», «presbítero» y «diácono» son tres grados con funciones distintas. Los textos más antiguos usan las tres palabras con un sentido más flexible, y buena parte del debate consiste en averiguar cuándo dejaron de serlo.
Episkopos significa «supervisor». Según Bradshaw, en el mundo griego era el título de un funcionario nombrado por una autoridad y también de los encargados de un club o una asociación, de modo que no hace falta buscar en Qumrán un modelo para que los cristianos lo adoptaran. Presbyteros es «anciano»: puede ser una persona mayor a quien se debe respeto, uno de los primeros convertidos de una ciudad o un dirigente designado. Diakonos es «servidor» y en muchos pasajes del Nuevo Testamento designa a cualquiera que sirve; solo en se puede estar razonablemente seguro, dice Bradshaw, de que hay un cargo con ese nombre.
Los pasajes que más pesan son pocos. Pablo saluda en Filipos a «los obispos y diáconos» (). En Mileto llama a los ancianos de Éfeso y les dice que el Espíritu Santo los ha puesto como «obispos» para pastorear la iglesia (; ). A Tito le encarga nombrar ancianos en cada ciudad y, dos versículos después, habla del «obispo» como si fuera el mismo cargo (). Primera de Timoteo da requisitos para el obispo y para los diáconos, no para los ancianos (), y más adelante menciona a los ancianos que «gobiernan bien» y a algunos que trabajan en la predicación y la enseñanza ().
Cuatro estudiosos que escriben en tradiciones distintas leen esa evidencia de manera compatible. Lightfoot, más tarde obispo anglicano de Durham, concluyó en 1868 que «obispo» y «presbítero» fueron en un principio nombres del mismo cargo. Hort, su colega de Cambridge, escribió en la conclusión de las lecciones de The Christian Ecclesia (1897) que en el Nuevo Testamento episkopos aplicado a hombres es sobre todo una descripción de la tarea del anciano y no un título, que no hay nada parecido al sistema episcopal posterior, y que el principio monárquico se reconoce solo de manera limitada en Santiago en Jerusalén y en las funciones temporales que Pablo confió a Timoteo en Éfeso y a Tito en Creta. Bradshaw, en 2013, subraya que los términos son ambiguos y que no hay en el Nuevo Testamento dos pasajes que describan la misma estructura. Sullivan, jesuita, describe un consenso entre los exegetas, católicos incluidos: el episcopado se desarrolló poco a poco, y la estructura de tres grados llegó a ser la regla general durante el siglo II.
Esto es lo que casi todos aceptan. Lo que se discute empieza en el paso siguiente, y es lo que sigue.
Cuatro textos, entre el año 96 y mediados del siglo II, describen comunidades sin un obispo que sea el jefe de la ciudad. Ninguno lo dice así; es lo que se concluye al ver a quién nombran y a quién no.
La Didaché alcanzó, según Bradshaw, su forma final hacia fines del siglo I, con materiales más antiguos. Sus capítulos 11 a 13 regulan la acogida de apóstoles, profetas y maestros itinerantes, y el 15 se ocupa de otros dirigentes:
Por tanto, elegid para vosotros obispos y diáconos dignos del Señor, hombres que sean humildes y no avaros y verdaderos y aprobados, porque ellos también llevan a cabo para vosotros el ministerio de los profetas y maestros.No debéis, por tanto, menospreciarlos, porque ellos son vuestros hombres honrados, junto con los profetas y maestros.
El verbo «elegid» es cheirotoneo, que significa elegir levantando la mano y que a veces se tradujo «ordenar». La comunidad elige; los elegidos son varones sin avaricia; hacen un servicio que antes hacían los profetas y maestros, y hay que recordar a la comunidad que no los desprecie. El consenso de los estudiosos, que Bradshaw recoge, ve ahí una transición: los dirigentes carismáticos disminuyen y los obispos y diáconos elegidos asumen sus funciones, no sin que haya que pedir a los fieles que les den el mismo respeto. Bradshaw considera posible, además, que el texto refleje un tiempo en que unos y otros compartían la conducción. No todos lo leen así. De Halleux sostuvo que los profetas y maestros eran un solo grupo, residente, que convivía con los obispos y diáconos; Draper, que estos existían antes de que llegaran los profetas; Stewart-Sykes, que eran complementarios, los obispos y diáconos sosteniendo económicamente a los profetas (Bradshaw cita a los tres). Nadie encuentra en la Didaché presbíteros ni un obispo único. Lindsay, en 1903, vio en este texto el retrato de una comunidad que se gobierna a sí misma: el pueblo elige a sus dirigentes, recibe o rechaza a los profetas y juzga.
La primera carta de Clemente (hacia 96, según el consenso que recoge Bradshaw; otros han propuesto fechas anteriores y posteriores) es una intervención de la iglesia de Roma en la de Corinto. Corinto había quitado de su cargo a ciertos dirigentes. Clemente responde con tres argumentos que importan aquí. El primero es el orden: Dios decidió dónde y por quién deben cumplirse las ofrendas y los servicios, y para ello compara con el sumo sacerdote, los sacerdotes y los levitas de Israel.
Al sumo sacerdote le han sido dadas sus propias liturgias, a los sacerdotes se les ha asignado su lugar propio, y sobre los levitas recaen sus propios ministerios; el hombre del pueblo está sujeto a los mandatos del pueblo.
El segundo es que los apóstoles establecieron a sus colaboradores:
Los apóstoles recibieron para nosotros la buena nueva del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. Cristo procede de Dios, y los apóstoles proceden de Cristo. Ambas cosas acontecieron en buen orden por voluntad de Dios.Habiendo recibido sus órdenes y sido confirmados plenamente por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y fortalecidos en la palabra de Dios con la plena certeza del Espíritu Santo, salieron anunciando que el reino de Dios había de venir. Así, predicando por campos y ciudades, designaron a los primeros convertidos, después de probarlos por el Espíritu, como obispos y diaconos de los futuros creyentes.
El tercero es una regla para después de ellos, y la carta la presenta como medida preventiva contra las disputas por el cargo de obispo:
También nuestros apóstoles conocieron, por nuestro Señor Jesucristo, que habría disputa por el cargo de obispo. Por esta causa, habiendo recibido pleno conocimiento anticipado, designaron a los ya mencionados y después establecieron norma de sucesión: que si estos durmieran, otros varones probados sucedieran en su ministerio.A los que fueron designados por aquellos, o después por otros varones respetables con el consentimiento de toda la iglesia, y que han servido al rebaño de Cristo sin reproche, con humildad, en paz y sin codicia, y por largo tiempo han tenido buen testimonio de todos, a estos no consideramos justo echarlos del ministerio. Pues no será pecado pequeño para nosotros si despojamos del cargo de obispo a quienes han ofrecido los dones sin reproche y con santidad.
Y Clemente acusa a los corintios de haberse sublevado «contra los ancianos»:
Es vergonzoso, amados, sumamente vergonzoso e indigno de vuestra conducta en Cristo, que se oiga que la firmísima y antigua iglesia de los corintios, por una o dos personas, se rebela contra los ancianos.
Hay tres puntos que los intérpretes leen de manera distinta. El primero es si «obispos» y «ancianos» son los mismos. Lightfoot, Lindsay y Tixeront coinciden en que sí; la carta los alterna sin marcar diferencia. Bradshaw prefiere ver en «presbíteros» un nombre inclusivo para todos los dirigentes y en «obispo» y «diácono» los nombres de oficios concretos; en ninguna de las dos lecturas aparece un obispo único. El segundo punto es la expresión «haber ofrecido los dones» (44, 4): puede referirse a la eucaristía, como suele entenderse, o, según Volp, que Bradshaw cita, a las ofrendas materiales y a la administración de bienes. El tercero es qué muestra el argumento de la sucesión. Tixeront, en su manual católico de 1928, lo lee contra Hatch y contra los que ven en la Iglesia primitiva una simple delegación de la comunidad: los dirigentes reciben el cargo de Cristo y los apóstoles y no del pueblo, y por eso el pueblo no puede quitárselo. Lindsay subraya, en cambio, que la carta se dirige a toda la iglesia de Corinto y que ella misma remite a lo que «ordena el pueblo» (54, 2), de modo que la comunidad es la última instancia. Bradshaw nota una ausencia: Clemente nunca alega que expulsar a dirigentes sea algo que ninguna otra iglesia haga, argumento que un autor posterior habría usado, y se pregunta si no lo hace porque sabía que no era cierto. Sullivan resume lo que concuerdan los autores modernos: en Corinto no había un obispo que presidiera la comunidad, la tarea de supervisión la ejercía el conjunto de los presbíteros, y lo mismo valdría, a juicio de la mayoría, para Roma.
El Pastor de Hermas, escrito en Roma, tiene una fecha discutida: la primera mitad del siglo II (así Sullivan), mediados del siglo (Bradshaw) o antes. Hermas, un laico de la iglesia de Roma, debe leer su libro «en esta ciudad junto con los presbíteros que presiden la Iglesia»:
“Escribirás, pues, dos libritos y los enviarás: uno a Clemente y otro a Grapte. Clemente lo enviará a las ciudades exteriores, porque a él le ha sido confiado esto. Grapte exhortará a las viudas y a los huérfanos. Tú, en cambio, lo leerás en esta ciudad junto con los presbíteros que presiden la Iglesia.”
En otro lugar enumera, entre las piedras buenas de la torre, a «apóstoles, obispos, maestros y diáconos»:
"Escucha ahora sobre las piedras que van a la construcción. Las piedras que son cuadradas y blancas y que encajan en sus junturas, estos son los apóstoles, obispos, maestros y diáconos que caminaron según la santidad de Dios y ejercieron como obispos, maestros y diáconos con pureza y reverencia para los elegidos de Dios; algunos ya durmieron, otros aún viven. Siempre estuvieron de acuerdo entre sí, tuvieron paz unos con otros y se escucharon mutuamente. Por eso en la construcción de la torre encajan sus junturas."
Sus reproches a los dirigentes son también reveladores:
Ahora les digo a ustedes que dirigen la iglesia y ocupan los primeros asientos: no sean como los hechiceros. Los hechiceros llevan sus drogas en frascos, pero ustedes llevan su droga y veneno en el corazón.
Y entre los árboles del décimo monte pone a los obispos, definidos por la hospitalidad y por la atención a viudas y necesitados:
"Del décimo monte, donde había árboles que daban sombra a ciertas ovejas, los que creyeron son tales: obispos y hospitalarios, que siempre recibieron con gozo en sus casas a los siervos de Dios sin hipocresía. Los obispos siempre protegieron a los necesitados y a las viudas con su ministerio sin cesar, y se condujeron puramente siempre. Todos estos, pues, serán protegidos por el Señor para siempre. Los que han hecho estas cosas son gloriosos ante Dios, y su lugar ya está con los ángeles, si perseveran hasta el fin sirviendo al Señor."
Los dirigentes son «los que presiden» y los que «ocupan los primeros asientos»; los obispos están al servicio de los pobres y de los huéspedes; los presbíteros presiden. Bradshaw recoge la hipótesis de Maier: ciertos presbíteros, dentro de un cuerpo mayor, actuarían como obispos, cada uno en representación de una iglesia doméstica de la ciudad; sin una distinción plena entre ambos nombres. Y señala que hay disputas por la prominencia: una advertencia contra el falso profeta que codicia la «primera silla» (Mandamiento 11, 12) sugiere liderazgo poco armónico. Sullivan comenta que ni aquí ni en Clemente hay indicio de un obispo único en la iglesia para la que escribe Hermas.
Policarpo, obispo de Esmirna según otras fuentes, escribe a los filipenses entre los años 110 y 140 (Bradshaw) y empieza así: «Policarpo y los presbíteros que están con él, a la iglesia de Dios que habita como extranjera en Filipos». Pide a los jóvenes que se sometan «a los presbíteros y diáconos como a Dios y Cristo» (5, 3) y describe qué se espera de los presbíteros:
Los presbíteros, por su parte, deben ser compasivos, misericordiosos para con todos, haciendo volver a los extraviados, visitando a todos los enfermos, sin descuidar a viuda, huérfano o pobre, sino proveyendo siempre para lo bueno delante de Dios y los hombres, absteniéndose de toda ira, parcialidad, juicio injusto, manteniéndose lejos de todo amor al dinero, no creyendo apresuradamente contra alguien, no siendo severos en el juicio, sabiendo que todos somos deudores con respecto al pecado.
En toda la carta, según Bradshaw, no aparece la palabra episkopos. Sullivan concluye de esto que Filipos, hacia la segunda década del siglo II, estaba dirigida por un grupo de presbíteros asistidos por diáconos, sin obispo, como Corinto veinte años antes, y que, por tanto, el episcopado único llegó antes a Siria y Asia Menor que a Europa.
Justino, que escribe en Roma hacia mediados del siglo, describe una celebración dirigida por un «presidente» (proestós), asistido por diáconos; según Bradshaw, no era probablemente un título cristiano sino la manera de hacerse entender por lectores paganos, y pudo ocultar a un obispo, un presbítero o un profeta.
Queda por aclarar cómo se relacionan estos presbíteros con los obispos de las demás cartas. Hay dos maneras de verlo. Una, la de Lightfoot, Lindsay y Sullivan, ve un cuerpo de presbíteros-obispos que se gobierna colegiadamente y del que más tarde saldrá el obispo único. La otra, que defiende Stewart en The Original Bishops (2014), sostiene que el ministerio original fue «episcopal-diaconal»: cada episkopos estaba al frente de una congregación (una iglesia doméstica), con diáconos, y los presbíteros eran un cuerpo colectivo y regional, reunido por ciudades o por zonas, sin oficio propio. Bradshaw está cerca de la segunda en lo esencial: para él, presbyteros es un nombre genérico de los dirigentes y no una tercera categoría. En esta segunda lectura, el obispo único de la ciudad habría resultado de una federación de iglesias domésticas, cada una con su obispo. Es una hipótesis; Stewart mismo declara al final que se trata de aclarar el área de la ignorancia más que de resolverla.
Las siete cartas de Ignacio de Antioquía, escritas camino del martirio en Roma (hacia 110 si son auténticas), son los primeros textos que presentan con claridad tres grados: un obispo, un consejo de presbíteros, diáconos. También son el campo de batalla de la datación, y conviene leerlas con la pregunta abierta: ¿describen lo que ya existía o piden lo que no existía todavía?
A los efesios, Ignacio compara la armonía entre el obispo y los presbíteros con una música:
Por eso conviene que corran acordes con el pensamiento del obispo, cosa que ya hacen. Su cuerpo de presbíteros, digno del nombre y digno de Dios, está tan armonizado con el obispo como las cuerdas con la cítara. Por eso, en su concordia y amor sinfónico, Jesucristo es cantado.
A los magnesios, el patrón es más preciso: cada grado ocupa el lugar de alguien.
Ya que en las personas antes mencionadas he contemplado por fe a toda la congregación y la he amado, les aconsejo: procuren hacer todas las cosas en concordia divina, presidiendo el obispo en lugar de Dios y los presbíteros en lugar del consejo de los apóstoles, y los diáconos, dulcísimos para mí, a quienes se ha confiado el ministerio de Jesucristo, quien desde antes de los siglos estaba con el Padre y al final de los tiempos se nos reveló. Todos, pues, tomando la misma disposición de Dios, respétense mutuamente, y que nadie mire a su prójimo según la carne, sino ámense unos a otros siempre en Jesucristo. Que nada haya entre ustedes que pueda dividirlos, sino únanse al obispo y a los que presiden, como ejemplo y enseñanza de incorruptibilidad.Así como el Señor nada hizo sin el Padre —estando unido con él—, ni por sí mismo ni por medio de los apóstoles, así tampoco ustedes hagan nada sin el obispo y los presbíteros. No decidan por cuenta propia lo que les parezca razonable, sino reuniéndose: una oración, una súplica, una mente, una esperanza, en amor y gozo sin mancha, que es Jesucristo, que nada hay mejor que él.
A los tralianos, la misma tríada con otras imágenes y un añadido:
Igualmente, que todos respeten a los diáconos como a Jesucristo, así como al obispo, que es figura del Padre, y a los presbíteros como consejo de Dios y como vínculo de apóstoles. Sin estos, no se llama iglesia.
A los filadelfios, Ignacio cuenta cómo gritó en medio de la asamblea, «con voz de Dios», una orden en favor del obispo:
Pues aunque algunos quisieron engañarme según la carne, el Espíritu no se engaña, siendo de Dios; pues sabe de dónde viene y adónde va, y descubre lo oculto. Grité estando entre ustedes, hablé con gran voz, voz de Dios: "Presten atención al obispo, al consejo de presbíteros y a los diáconos". Ciertamente, los que sospecharon que yo decía esto porque conocía de antemano la división de algunos. Pero testigo mío es aquel por quien estoy encadenado, que no lo supe por carne humana. Sino que el Espíritu predicaba, diciendo: "No hagan nada sin el obispo. Guarden su carne como templo de Dios. Amen la unidad. Huyan de las divisiones. Háganse imitadores de Jesucristo, como también él de su Padre".
Y a los esmirneanos, la frase más citada, en la que aparece la expresión «iglesia católica»:
Huyan de las divisiones como principio de males. Sigan todos al obispo como Jesucristo al Padre, y al consejo de presbíteros como a los apóstoles; respeten a los diáconos como mandamiento de Dios. Que nadie haga algo que atañe a la iglesia sin el obispo. Considérese válida aquella Eucaristía que esté bajo el obispo o a quien él autorice. Donde aparezca el obispo, allí esté la congregación; así como donde esté Jesucristo, allí está la iglesia católica. No es lícito sin el obispo ni bautizar ni celebrar ágape, sino que lo que él apruebe, esto es también agradable a Dios, para que todo lo que hagan sea seguro y válido.Es razonable, finalmente, que volvamos en nosotros mientras aún tenemos tiempo de arrepentirnos hacia Dios. Bueno es reconocer a Dios y al obispo. El que honra al obispo ha sido honrado por Dios; el que hace algo a escondidas del obispo sirve al diablo.
Lo que hay en estos textos es consistente. Tres grados; el obispo «en el lugar de Dios» o «del Padre»; los presbíteros como consejo, «en el lugar del consejo de los apóstoles»; los diáconos, servidores de Cristo; ninguna iglesia sin ellos; la eucaristía, el bautismo y el ágape bajo la autoridad del obispo o de quien él designe. Lo que no hay es tan importante. Lightfoot (1868) y Lindsay (1903) observan que no hay lenguaje sacerdotal: Ignacio llama sacerdotes a los del Antiguo Testamento y al único Sumo Sacerdote que es Cristo, no a los ministros. Sullivan agrega que tampoco hay en Ignacio sucesión apostólica: el obispo recibe su autoridad directamente de Dios, y Ignacio no dice cómo alguien llega a ser obispo. Y la carta a los romanos, que cierra el corpus, no menciona a ningún obispo de Roma:
No me concedan nada más que ser derramado como ofrenda a Dios, mientras hay aún un altar preparado, para que formando coro en el amor canten al Padre en Jesucristo, porque Dios juzgó digno que el obispo de Siria fuera hallado en el occidente, habiéndolo llamado desde el oriente. Es hermoso partir del mundo hacia Dios, para así resucitar en él.
El genitivo griego de «obispo de Siria» puede traducirse «de Siria» o «desde Siria». Lindsay, como Lightfoot y Zahn, entendía «el obispo desde Siria», y de ahí concluía que no hay jurisdicción regional en Ignacio. Schoedel, en su comentario de la serie Hermeneia (1985), recoge la otra lectura, la de Rius-Camps: Ignacio sería un guía espiritual de una región entera, y los pasajes en que se habla de un obispo local serían añadidos de un falsificador. Schoedel la juzga extremadamente endeble.
Esto lleva a la fecha y la autenticidad. Lightfoot y Zahn dieron por buena la recensión media (siete cartas) en el siglo XIX, y Lindsay la aceptó en 1903. Schoedel la defiende con detalle frente a quienes la han considerado falsa o interpolada: ante Weijenborg y Rius-Camps y ante Joly, que la fechó hacia 160–170 apoyándose, entre otras cosas, en la altura del episcopado monárquico que presuponen, concluye que no hay nada claramente anacrónico en las cartas y que el peso acumulado de los argumentos en contra no basta para sacarlas de su lugar en la historia. Admite, no obstante, que cuando Ignacio escribe que los obispos están «establecidos hasta los confines de la tierra» (Ef. 3, 2: «constituidos por los confines del mundo») eso difícilmente pudo ser cierto de todo el mundo: Ignacio, dice, tiende a configurar el mundo a su imagen. Sullivan, que acepta la autenticidad y recoge esta lectura de Schoedel y de otros, ve en la urgencia de Ignacio un indicio de que la estructura episcopal aún no estaba tan firme como él quería; en Antioquía y en la zona de Éfeso el episcopado pudo estar en pie hacia 110, pero no se puede decir lo mismo de toda la Iglesia. Bradshaw recuerda que varios estudiosos han propuesto en los últimos años que las cartas sean falsificaciones de los años 160 o 170, y observa que incluso quienes defienden la autenticidad, como Brent en 2007, ven ahora a Ignacio como alguien que intenta imponer un patrón nuevo y no que refleja uno establecido; que el obispo de Ignacio puede entenderse como un mayordomo, administrador de los recursos y por ello responsable de las comidas comunes (Volp), idea que Bradshaw acepta en parte pero no en el sentido de negar su función en bautismo y eucaristía; y que la tipología de los tres grados no es consistente de una carta a otra.
Con esos mismos textos se han hecho cuatro lecturas que no se excluyen del todo. Para Lightfoot (anglicano, 1868), el obispo de Ignacio es ante todo el centro visible de unidad de una congregación, en un momento en que ya no estaban ni los apóstoles ni el templo de Jerusalén; Ignacio es el defensor más firme del episcopado en los primeros siglos, pero su obispo todavía no tiene la supremacía que tendrá después. Para Lindsay (presbiteriano, 1903), ese obispo no es un autócrata sino el presidente de un consejo de presbíteros que no puede actuar sin él ni él sin ellos, como la cítara y sus cuerdas; la unidad que importa es una unidad mística que el obispo hace visible, y lo que Ignacio describe es el ministerio triple, no todavía un episcopado con jurisdicción sobre varias comunidades.
Eno (católico, 1984) piensa que Ignacio urge más de lo que describe: al leer sus cartas es difícil no tener la impresión de que está empujando la institución de un jefe único y no dándola por sabida. Sullivan (católico, 2001) añade que la sucesión apostólica, que Clemente sí invoca, no interviene en el razonamiento de Ignacio. Zizioulas (ortodoxo; tesis presentada en la Universidad de Atenas, edición inglesa de 2001) lee las mismas cartas desde la eucaristía: el obispo es quien preside la única celebración de la iglesia local, y en ella la iglesia es «católica»; de «un obispo, una eucaristía» deriva, para él, toda la eclesiología de los tres primeros siglos, de modo que el presbítero no preside una iglesia sino que participa de la del obispo, y la parroquia aparece después.
En la segunda mitad del siglo II aparece un argumento nuevo. Contra quienes dicen poseer una enseñanza secreta de un apóstol, varios autores responden con listas: cada iglesia puede nombrar a sus obispos desde los apóstoles, y esa continuidad prueba que enseña lo que los apóstoles enseñaron. Eno resume el razonamiento de Ireneo y Tertuliano así: una tradición pública y verificable se opone a una pretendida tradición secreta que nadie puede comprobar, y las iglesias fundadas por apóstoles pueden mostrar quiénes se sucedieron en ellas.
Hegesipo, a quien Eusebio presenta como cristiano de origen hebreo y que viajó hacia mediados del siglo II, escribió cinco libros de Memorias. Se han perdido; queda lo que Eusebio copió:
Y cuando hube llegado a Roma permanecí allí hasta Aniceto, cuyo diácono era Eleuterio. Y Aniceto fue sucedido por Sóter, y éste por Eleuterio. En cada sucesión, y en cada ciudad se mantiene lo que es predicado por la ley y los profetas y el Señor.
Hegesipo dice que en cada sucesión y en cada ciudad se conserva la misma enseñanza. Eusebio añade, de paso, un dato que importa a este compendio: cuando Hegesipo estuvo en Roma, Aniceto era el obispo y Eleuterio, su diácono, que después sería también obispo. En Jerusalén, el mismo Hegesipo cuenta que, muerto Santiago, se designó a Simeón, hijo de Cleofás y primo del Señor, porque era familiar suyo (IV, 22, 4); Lindsay ve en esa sucesión de parientes una organización distinta de la de los colegios de ancianos, y Hort y Edmundson, cada uno por su lado, tratan a Santiago como una excepción y no como modelo.
Ireneo, obispo de Lyon, convierte el argumento en el centro de Contra las herejías III. No pretende enumerar todas las iglesias; escoge la de Roma, «muy grande, muy antigua y universalmente conocida», y da la lista hasta el obispo de su tiempo:
Está, por tanto, al alcance de todos, en cada Iglesia, que deseen ver la verdad, contemplar claramente la tradición de los apóstoles manifestada en todo el mundo; y estamos en posición de enumerar a aquellos que fueron instituidos por los apóstoles como obispos en las Iglesias, y [de demostrar] la sucesión de estos hombres hasta nuestros tiempos; los que ni enseñaron ni conocieron nada semejante a lo que estos [herejes] desvarían. Pues si los apóstoles hubieran conocido misterios ocultos, que solían impartir a "los perfectos" aparte y en privado del resto, los habrían entregado especialmente a aquellos a quienes también confiaban las Iglesias mismas. Porque deseaban que estos hombres fueran muy perfectos e irreprensibles en todas las cosas, a quienes también dejaban atrás como sucesores suyos, entregándoles su propio lugar de gobierno […] Los bienaventurados apóstoles, pues, habiendo fundado y edificado la Iglesia, entregaron en manos de Lino el oficio del episcopado. De este Lino hace mención Pablo en las Epístolas a Timoteo. Le sucedió Anacleto; y después de él, en tercer lugar desde los apóstoles, Clemente recibió en suerte el obispado. […] A este Clemente sucedió Evaristo. A Evaristo siguió Alejandro; luego, el sexto desde los apóstoles, fue nombrado Sixto; después de él, Telesforo, que fue gloriosamente martirizado; luego Hipino; después de él, Pío; luego, después de él, Aniceto. Habiendo sucedido Soter a Aniceto, Eleuterio ocupa ahora, en el duodécimo lugar desde los apóstoles, la herencia del episcopado. […] En este orden, y por esta sucesión, la tradición eclesiástica de los apóstoles y la predicación de la verdad han llegado hasta nosotros. Y ésta es la prueba más abundante de que hay una y la misma fe vivificante, que ha sido preservada en la Iglesia desde los apóstoles hasta ahora, y transmitida en verdad.
Lo que la lista prueba, en Ireneo, es la enseñanza. Los apóstoles dejaron a esos hombres «como sucesores suyos, entregándoles su propio lugar de gobierno», y la tradición de la Iglesia «ha llegado hasta nosotros» por esa sucesión. Eno recalca que la prueba práctica es doble, la unidad de la enseñanza entre las iglesias y la sucesión de un obispo en su sede, y que lo primero pesa más: una iglesia fundada después es apostólica si enseña lo mismo. Advierte además que la teología católica moderna ha concentrado el argumento, en su opinión desmedidamente, en la cadena de obispos válidamente ordenados, mientras que el punto de vista patrístico estaba en la enseñanza y, en segundo lugar, en que un obispo sucediera a otro en la sede de manera legítima.
Hay un detalle que Bradshaw hace notar y que los lectores modernos dejan pasar: Ireneo usa «presbíteros» y «obispos» como si fueran la misma gente. Al hablar de las iglesias en general dice que la tradición se conserva «por la sucesión de los presbíteros»:
Pero, de nuevo, cuando los remitimos a aquella tradición que procede de los apóstoles, [y] que es preservada por medio de la sucesión de los presbíteros en las Iglesias, objetan contra la tradición, diciendo que ellos mismos son más sabios no meramente que los presbíteros, sino incluso que los apóstoles, porque han descubierto la verdad no adulterada.
Y en el libro IV pide obedecer a esos presbíteros, «los que, junto con la sucesión del episcopado, han recibido el don cierto de la verdad»:
Por lo cual es obligatorio obedecer a los presbíteros que están en la Iglesia —aquellos que, como he mostrado, poseen la sucesión de los apóstoles; aquellos que, junto con la sucesión del episcopado, han recibido el don cierto de la verdad, según el beneplácito del Padre—.
Bradshaw anota además un pasaje de la carta de Ireneo al obispo Víctor de Roma, que Eusebio conserva. Hacia 190 se discutía en qué día celebrar la pascua, y Ireneo recordó a Víctor que sus predecesores habían tolerado costumbres distintas. Los llama presbíteros:
Entre estos estaban los presbíteros anteriores a Sóter, que presidieron la iglesia que ahora gobiernas. Nos referimos a Aniceto, y a Pío, y a Higinio, y a Telesforo, y a Sixto. Ellos ni lo observaron ellos mismos, ni permitieron que los que vinieron después lo hicieran. Y sin embargo, aunque no lo observaban, no por ello estaban menos en paz con quienes venían a ellos de las parroquias en las que se observaba; aunque esta observancia era más opuesta a quienes no la observaban.Pero ninguno fue jamás expulsado por causa de esta forma; sino que los presbíteros anteriores a ti que no la observaban, enviaban la eucaristía a los de otras parroquias que la observaban.
Los hombres que Ireneo llama aquí presbíteros que «presidieron la iglesia» son los que su lista de III, 3 da como obispos. Bradshaw concluye que Ireneo conoce el sentido nuevo de «presbítero» —cuando parafrasea escribe «obispos y presbíteros»—, pero mantiene el antiguo, genérico, para los dirigentes en general.
Tertuliano, en Cartago hacia el año 200, pide lo mismo a las iglesias que se dicen apostólicas y añade un criterio más amplio:
Por lo demás, si algunas se atreven a injertarse en la edad apostólica, para parecer transmitidas por los apóstoles porque existieron bajo los apóstoles, podemos decir: muestren entonces los orígenes de sus iglesias, desplieguen la lista de sus obispos, que corra por sucesión desde el principio de tal modo que aquel primer obispo tuviera por autor y antecesor a alguno de los apóstoles o de varones apostólicos, que sin embargo haya perseverado con los apóstoles. De este modo las iglesias apostólicas presentan sus registros: así la iglesia de los esmirneos refiere que Policarpo fue puesto por Juan, así la de los romanos que Clemente fue ordenado por Pedro. Igualmente las demás exhiben a quienes, constituidos por los apóstoles en el episcopado, tienen los retoños de la semilla apostólica.
El pasaje continúa (§ 6): las iglesias más recientes, que no pueden presentar un apóstol como fundador, no son menos apostólicas si coinciden en la fe, «por la consanguinidad de la doctrina». Las listas de Ireneo y de Tertuliano no coinciden en un punto: Ireneo pone a Clemente en tercer lugar después de los apóstoles, y Tertuliano dice que Clemente fue ordenado por Pedro. El comentarista de la serie ANF, Coxe, concilia las dos suponiendo que Lino y Cleto murieron casi al ser nombrados; es una conjetura suya.
La lectura de lo que esas listas prueban varía.
Lightfoot las ve como la segunda de las tres etapas de una evolución: con Ignacio el obispo es el centro de la unidad de una congregación; con Ireneo, ante las especulaciones de los herejes y la competencia de maestros rivales, es el depositario de la tradición apostólica. Sullivan, desde la teología católica, distingue entre los hechos históricos y su valoración: los hechos son que a fines del siglo II los obispos eran reconocidos como los sucesores de los apóstoles en la enseñanza y que lo que enseñaban en común se recibía como norma de fe; la valoración, que la guía del Espíritu en esa recepción es comparable a la que se reconoce en la recepción del canon del Nuevo Testamento, es una reflexión teológica que él mismo presenta como tal. Stewart, desde la historia, propone que la necesidad de construir una sucesión de obispos con nombre para responder a las escuelas gnósticas fue una de las dos razones principales por las que las iglesias de una ciudad se centralizaron en un obispo (la otra, la persecución), y añade que la doctrina de la sucesión apostólica emerge en la segunda mitad del siglo II sin que eso signifique que los obispos mismos hubieran sido ordenados por obispos. Zizioulas, en fin, entiende que cada obispo ocupa el trono de Pedro y es sucesor de todos los apóstoles, no de una parte de ellos.
La ciudad de Roma deja, entre Hermas y Cornelio, más datos que cualquier otra, y los intérpretes los leen con las mayores discrepancias. En la primera mitad del siglo II, un laico cristiano recibe el encargo de leer su libro con «los presbíteros que presiden la Iglesia» (véase más arriba). Hacia 180, Ireneo pone en Roma una lista de doce obispos hasta Eleuterio, y hacia 190, el mismo Ireneo llama «presbíteros» a los predecesores de Víctor. Hacia 217–222, un autor que escribe en Roma contra el obispo Calixto cuenta que este sostuvo que un obispo culpable no debía ser depuesto y que había comenzado a tolerar en el clero a los casados dos y tres veces. Hacia 251, Cornelio escribe a Fabio de Antioquía que en una iglesia católica debe haber un solo obispo.
El autor de la Refutación de todas las herejías, cuya identidad se discute (la tradición lo identifica con Hipólito; Brent, siguiendo a Simonetti, cree que el corpus atribuido a Hipólito tiene al menos dos autores), se presenta a sí mismo en el prólogo con unos títulos que importan para esta historia:
Mas nosotros, como sucesores suyos y partícipes de esta gracia, sumo sacerdocio y oficio de enseñanza, así como reputados custodios de la Iglesia, no debemos ser hallados deficientes en vigilancia ni dispuestos a suprimir la doctrina correcta.
Quien habla se llama sucesor de los apóstoles y partícipe de su gracia, «sumo sacerdocio» y enseñanza. Así escribe alguien que combate a quien tenía el cargo de obispo de Roma:
Éste propuso la opinión de que, si un obispo era culpable de algún pecado, incluso un pecado de muerte [], no debía ser depuesto. […] Por el tiempo de este hombre, los obispos, presbíteros y diáconos que se habían casado dos y hasta tres veces empezaron a ser tolerados en su puesto entre el clero. Y si además alguno en las órdenes sagradas contraía matrimonio, Calisto permitía que tal persona continuara en las órdenes sagradas como si no hubiera pecado.
La disputa entre este autor y Calixto es, para unos, el choque entre un rigor y una indulgencia que se disputan el gobierno de la comunidad; para Brent, que ha dedicado un libro a esta época (1995), es el testimonio de una Roma formada por varias iglesias domésticas en tensión, que se encaminaban a tener un solo obispo y todavía no lo tenían: el obispo monárquico no se habría asentado en Roma hasta mediados del siglo III, y las listas con fechas reales de reinado aparecerían solo después del martirio del obispo Ponciano, en 235. Stewart (que firmó antes Stewart-Sykes), en su edición de la Tradición apostólica de 2001, sigue esa lectura. Bradshaw, por su parte, concluye que la visión de Ignacio tardó en imponerse y que en algunos lugares, sobre todo Roma, no parece haberlo hecho hasta la segunda mitad del siglo II o incluso después, y remite a Brent. Edmundson (1913), en cambio, da por aproximadamente correcta la lista de Ireneo (Lino, Anacleto, Clemente) y sus años de gobierno, aunque reconoce que sobre el carácter exacto del cargo que tuvieron hay diversidad de opiniones y la habrá por falta de material.
La carta de Cornelio a Fabio de Antioquía, que Eusebio cita en parte, es de 251 y formula el principio de un solo obispo por iglesia para descalificar a un rival. Primero cuenta cómo Novaciano consiguió ser ordenado:
Cuando llegaron, siendo, como hemos dicho, muy simples en cuanto a la astucia y el artificio de los malvados, fueron encerrados con ciertos hombres escogidos como él. Y hacia la hora décima, cuando ya estaban ebrios y enfermos, los obligó por la fuerza a conferirle el episcopado mediante una imposición de manos fingida y vana. Como no le había llegado, se vengó con astucia y traición.
Y después añade el dato que da la medida de la comunidad que ese obispo preside, y la frase:
Este vengador del Evangelio no sabía, pues, que en una iglesia católica debe haber un solo obispo; pero no ignoraba (¿pues cómo podía ignorarlo?) que en ella había cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos exorcistas, lectores y ostiarios, y más de mil quinientas viudas y personas necesitadas, a todos los cuales alimentan la gracia y la bondad del Maestro.
Dos cosas se pueden decir con seguridad. La primera es que, en 251, el principio de «un solo obispo» se invoca ya como argumento, y que quien lo invoca parece dar por hecho que Fabio, en Antioquía, lo acepta. La segunda es que una comunidad con cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos y más de mil quinientas personas socorridas no podía tener a un solo obispo presidiendo todas las celebraciones. Bradshaw hace notar que es una imagen romántica la de un obispo que preside la eucaristía rodeado de presbíteros que solo la presiden en casos excepcionales: en una ciudad grande, antes de las grandes basílicas del siglo IV, los presbíteros habrían debido presidir con regularidad aunque la literatura apenas lo recoja. Lo que se discute es qué pasaba antes de 251: si la lista de Ireneo recoge una sucesión de obispos únicos desde el siglo II, como supone la lectura tradicional; si Roma iba por detrás de Siria y Asia Menor, como infiere Sullivan de Clemente, Hermas y la carta de Policarpo; o si buena parte del siglo II y del III hubo en Roma una pluralidad de iglesias domésticas en tensión, como sostiene Brent.
La Tradición apostólica se invoca a menudo para este periodo, pero su fecha y su autor son lo que mueve la balanza, y por eso hay que decir cómo se lee.
Nota de lectura · La Tradición apostólica no es una fuente más de Hipólito
Durante buena parte del siglo XX se tuvo este orden eclesiástico por una obra de Hipólito de Roma (hacia 215, según la datación tradicional), un testimonio directo de la liturgia romana del siglo III. Dix y Chadwick (1937; reeditado en 1968 y 1992) lo editaron así, y Eno lo cita así. Desde Metzger (1988), cada vez más estudiosos lo consideran un texto compuesto que fue creciendo entre el siglo II y el IV; es la tesis de Bradshaw, Johnson y Phillips (Apostolic Tradition: A Commentary, Hermeneia, 2002) y de la edición de estudio de Bradshaw de 2020. Stewart (2001) conserva una parte de la atribución con la teoría de Brent de una «escuela hipolitana» que habría escrito el texto entre fines del siglo II y mediados del III; Bradshaw la juzga demasiado limitada en el tiempo y en el lugar. No hay texto griego; la base es la traducción latina del siglo V, una segunda traducción etiópica, publicada por Bausi en 2011, y versiones copta, árabe y etíope posteriores.
Todo lo que este compendio dice de la Tradición apostólica se apoya en la reconstrucción de Bradshaw, que distingue tres capas por el tipo de letra; Bradshaw avisa de que el reparto de capas es seguro en unos lugares y tentativo en otros. Cuando se dice «la capa más antigua» se quiere decir eso, y no «el texto de Hipólito». Dix y Chadwick se citan solo para contrastar.
Tres preguntas se cruzan al hablar de cómo se llegaba a ser obispo, presbítero o diácono: quién elegía, quién imponía las manos y cómo se llamaba a quien lo era. Las respuestas cambian entre la Didaché y Cipriano.
La Didaché dice a la comunidad: «elegid». Clemente habla de varones designados por los apóstoles o, después, por otros «con el consentimiento de toda la iglesia». Ignacio usa el mismo verbo, cheirotoneo, para el nombramiento de un delegado de las iglesias (Filadelfienses 10, 1; Esmirneanos 11, 2; Policarpo 7, 2), según Bradshaw. La Tradición apostólica, en su capa más antigua según Bradshaw, ordena que sea obispo quien «ha sido elegido por todo el pueblo» y que, nombrado y aceptado por todos, se reúna la asamblea con el presbiterio y los obispos presentes. Cipriano, hacia 254, defiende la misma práctica con una cita de los Números:
[…] especialmente porque el pueblo mismo tiene el poder de elegir a sacerdotes dignos o de rechazar a los indignos. Lo cual vemos también que viene de autoridad divina: que el sacerdote sea elegido en presencia del pueblo, a la vista de todos, y sea aprobado como digno e idóneo por el juicio y el testimonio públicos. […] Por lo cual debéis observar y guardar diligentemente la práctica transmitida por tradición divina y observancia apostólica, que se mantiene también entre nosotros y casi en todas las provincias: que para la debida celebración de las ordenaciones se reúnan todos los obispos vecinos de la misma provincia con el pueblo para el cual se ordena un prelado. Y el obispo debe ser elegido en presencia del pueblo, que conoce plenamente la vida de cada uno y ha examinado la conducta habitual de cada cual.
Aquí la evidencia es escasa, y Bradshaw lo dice: durante los dos primeros siglos casi no hay detalles. En la capa más antigua de la Tradición apostólica, quienes imponen las manos al obispo son los presbíteros de la propia comunidad. Más tarde se añadió la presencia de los obispos vecinos, y uno de ellos pronuncia una oración fija, que se amplió después; Cipriano dice que en su tiempo la práctica era la de «casi todas las provincias». Eusebio da un testimonio indirecto: Cornelio cuenta que Novaciano fue ordenado por tres obispos de un rincón de Italia, a los que hizo ir a Roma con un pretexto. Lindsay recuerda que el canon 20 del concilio de Arles (314) es el primero en exigir tres obispos y que se repite porque era difícil de hacer cumplir. Stewart concluye que, en las comunidades de Asia, el episcopado era conferido por los presbíteros locales, que no eran ellos mismos ordenados ni necesariamente ejercían un ministerio, y que es una posibilidad, menos documentada, para Egipto fuera de Alejandría.
La Tradición apostólica marca, además, diferencias entre los grados que no están en los textos más antiguos. Al presbítero le impone las manos el obispo con los presbíteros presentes, y la oración le pide «el espíritu de gracia y de consejo del presbiterio»; Bradshaw hace notar que es la única oración antigua de ordenación que define así al presbítero, como consejero, y que otras posteriores lo ven como subordinado del obispo. Al diácono solo le impone las manos el obispo, porque «no es ordenado para el sacerdocio sino para el servicio del obispo»; según Bradshaw, esa explicación es del siglo III. El confesor que ha estado en prisión no necesita recibir las manos para el diaconado o el presbiterado, porque tiene «el honor del presbiterio» por su confesión, pero sí las recibe si ha de ser obispo. A las viudas, al lector y a las vírgenes no se les imponen las manos. Brent relaciona esa regla con el caso de Calixto, cuyo rango parece deberse a su condición de confesor (por eso el autor de la Refutación se empeña en probar que su confesión fue falsa), y con la disputa de Cipriano contra la autoridad que los confesores pretendían tener sobre el perdón de los caídos: la tensión entre el que ha sufrido por la fe y el que ha sido ordenado atraviesa estas décadas.
Bradshaw lo precisa: antes del siglo III ningún texto cristiano llama directamente «sacerdote» a un ministro. Los llamados «sacerdotes» son Cristo, «sumo sacerdote» siguiendo la carta a los Hebreos, y todos los cristianos, según y . Hay excepciones aparentes: la Didaché compara a los profetas con los sumos sacerdotes (13, 3) y Clemente argumenta con el sumo sacerdote, los sacerdotes y los levitas (40, 5), pero ninguno dice todavía que los ministros cristianos sean sacerdotes. Tertuliano empieza a hacerlo con cautela. En Sobre el bautismo llama al obispo «sumo sacerdote», con un inciso que Bradshaw traduce «si puede llamársele así» y que le hace pensar en una metáfora ocasional; la versión inglesa de la ANF lo vierte «que es el obispo»:
Del darlo tiene el derecho, en primer lugar, el sumo sacerdote (que es el obispo); en segundo lugar, los presbíteros y diáconos, pero no sin la autoridad del obispo, por el honor de la Iglesia, el cual, si se conserva, se conserva la paz. Fuera de estos, también los laicos tienen el derecho, pues lo que se recibe en igualdad puede darse en igualdad. A menos que estén presentes obispos, presbíteros o diáconos, se llama a otros discípulos a la obra. […] Cuánto más incumbe a los laicos la regla de la reverencia y la modestia —pues estos poderes pertenecen a sus superiores—, para que no se arroguen la función propia del obispo. La emulación del oficio episcopal es la madre de los cismas.
Y en la Exhortación a la castidad, ya montanista, usa el vocabulario romano de ordo y laicos, y afirma a la vez que los laicos son sacerdotes:
De ahí que entre nosotros la prescripción esté establecida con más plenitud y cuidado: que quienes son elegidos para el orden sacerdotal sean hombres de un solo matrimonio; regla observada con tal rigor que recuerdo a algunos removidos de su cargo por digamia. […] ¿No somos también nosotros, los laicos, sacerdotes? Escrito está: «Nos ha hecho también reino y sacerdotes para su Dios y Padre». La autoridad de la Iglesia, y el honor que ha adquirido santidad por la sesión conjunta del Orden, es lo que ha establecido la diferencia entre el Orden y los laicos. Por eso, donde no hay sesión conjunta del orden eclesiástico, ofreces, bautizas y eres sacerdote tú solo para ti mismo. Pero donde hay tres, hay iglesia, aunque sean laicos.
Tertuliano denuncia, por otra parte, que las ordenaciones de los herejes son «temerarias, ligeras, inconstantes»; el reproche da a entender que entre los suyos la ordenación era estable y regulada.
Sus ordenaciones son temerarias, ligeras, inconstantes. Unas veces colocan a neófitos, otras a atados al siglo, otras a apóstatas nuestros, para obligarlos con la gloria, ya que no pueden con la verdad. En ninguna parte se progresa más fácilmente que en el campamento de los rebeldes, donde el estar allí ya es merecer. Así, hoy uno es obispo, mañana otro; hoy diácono quien mañana lector; hoy presbítero quien mañana laico. Pues también a los laicos imponen funciones sacerdotales.
La Didascalia de los apóstoles aplica el vocabulario con más soltura. Es una ordenanza siria, que Connolly editó en 1929 a partir de la versión siríaca, y que Bradshaw recuerda que Stewart-Sykes considera obra de capas que se fueron sumando desde fines del siglo I hasta el IV. Su capítulo sobre el honor que se debe al obispo dice lo siguiente, y llama la atención el paralelo con Ignacio:
Pues ellos son vuestros sumos sacerdotes; pero los sacerdotes y levitas son ahora los presbíteros y diáconos, y los huérfanos y las viudas; y el levita y sumo sacerdote es el obispo. Él es ministro de la palabra y mediador; pero para vosotros es maestro y padre después de Dios, que os engendró por el agua. Este es vuestro jefe y vuestro guía, y es vuestro poderoso rey. Gobierna en el lugar del Todopoderoso; pero sea honrado por vosotros como Dios, pues el obispo se sienta para vosotros en el lugar de Dios Todopoderoso. Pero el diácono está en el lugar de Cristo; y amadlo. Y la diaconisa será honrada por vosotros en el lugar del Espíritu Santo; y los presbíteros serán para vosotros a semejanza de los apóstoles; y los huérfanos y las viudas serán contados por vosotros a semejanza del altar. Y así como no era lícito a un extraño, esto es, a quien no era levita, acercarse al altar ni ofrecer nada sin el sumo sacerdote, así también vosotros no haréis nada sin el obispo.
Bradshaw observa, sin embargo, que la comparación con los levitas se hace a propósito del diezmo y que parece buscar sustento económico más que estatus cultual. Cipriano, en la carta 63, a Cecilio, sobre el cáliz, ya habla sin matices:
Pues si Jesucristo, nuestro Señor y Dios, es él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, y se ofreció primero a sí mismo en sacrificio al Padre y mandó que esto se hiciera en memoria suya, ciertamente cumple verdaderamente el oficio de Cristo aquel sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrece entonces en la Iglesia a Dios Padre un sacrificio verdadero y pleno cuando procede a ofrecerlo según ve que el mismo Cristo lo ofreció.
Bradshaw nota que Cipriano llama al obispo sacerdos de manera regular y reserva summus sacerdos para Cristo; que entiende que los presbíteros participan del sacerdocio del obispo, aunque los estudiosos discuten si por derecho propio; y que en Alejandría Orígenes llama sacerdotes a los obispos y, de un orden inferior, a los presbíteros, y levitas a los diáconos. También hace notar que, con ese lenguaje, la imagen de los ordenados como quienes presiden dentro de un pueblo sacerdotal se va debilitando: la ordenación, más que el bautismo, pasa a ser el momento decisivo de ingreso en la vida sacerdotal.
Sobre por qué ocurrió hay tres explicaciones que conviene leer juntas. Bradshaw descarta la más corriente, que los cristianos adoptaron un sacerdocio porque una religión de la Antigüedad necesitaba uno: los apologistas todavía afirmaban que el cristianismo no era una religión como las demás, y el judaísmo, que sobrevivió sin Templo, no dio ese paso. Prefiere pensar que la importancia creciente del liderazgo con autoridad en la lucha contra la herejía y el cisma desplazó el acento de la unidad de toda la comunidad a la parte que tenían los ministros en ella, y que el culto sacrificial del Antiguo Testamento se vio cumplido de manera más literal en ellos. Lightfoot, sin descartar el desarrollo, subraya un punto de método: el silencio de los escritos apostólicos sobre un sacerdocio de los ministros; la terminología sacerdotal aparece en la Iglesia a partir de Tertuliano y de Cipriano, y no puede apelar a una autoridad apostólica. Tixeront, en cambio, parte de la institución de la eucaristía: si Cristo mandó repetir lo que hizo en la última cena, dio a los apóstoles el poder de ofrecer, y con él el sacerdocio; el sacrificio visible exige un sacerdocio visible. Sullivan, desde la misma tradición católica, admite que ni el Nuevo Testamento ni la historia temprana apoyan una cadena ininterrumpida de ordenaciones episcopales desde Cristo; sostiene la institución divina del episcopado con un argumento teológico, la guía del Espíritu en su desarrollo, y distingue con cuidado entre lo que muestran los textos y lo que añade la fe. Lindsay dedica a esta transformación uno de los capítulos de su libro, que titula «El ministerio que cambia en sacerdocio».