Cipriano fue obispo de Cartago de 248 a 258, según la cronología habitual, y dejó un corpus amplio de cartas, que dicen más sobre cómo se ejercía el cargo que cualquier tratado. Durante la persecución de Decio (250) no permaneció en la ciudad: se escondió y gobernó la iglesia mediante sus presbíteros y diáconos, a quienes mandó seguir en sus puestos. Brent recuerda que el paso fue controvertido y que los presbíteros de Roma lo trataron con sarcasmo en una carta escrita directamente a la iglesia de Cartago, sin pasar por él. De vuelta, en 251, se encontró con una iglesia partida, con confesores que otorgaban perdones por su cuenta y con presbíteros que readmitían a caídos sin su participación. En ese contexto escribió algunas de las frases más citadas sobre el obispo. Dos de ellas, de la misma época y de la misma mano, parecen apuntar en direcciones opuestas.
La primera es de la carta 14, a los presbíteros y diáconos de Cartago, cuando aún estaba escondido:
En cuanto a lo que me escribieron nuestros colegas presbíteros Donato y Fortunato, Novato y Gordio, no he podido responder yo solo, pues desde el comienzo de mi episcopado resolví no hacer nada por mi opinión privada, sin vuestro consejo y sin el consentimiento del pueblo. Pero en cuanto, por la gracia de Dios, haya llegado a vosotros, trataremos en común, como exige nuestra recíproca dignidad, lo que se ha hecho o ha de hacerse.
La segunda es de la carta 33, a los caídos que pretendían hablar en nombre de la Iglesia:
Nuestro Señor, cuyos preceptos y avisos debemos observar, describiendo el honor del obispo y el orden de su Iglesia, habla en el Evangelio y dice a Pedro: […] De ahí, a través de los cambios de los tiempos y de las sucesiones, la ordenación de los obispos y el plan de la Iglesia siguen su curso, de modo que la Iglesia se funda sobre los obispos y todo acto de la Iglesia es gobernado por estos mismos rectores. […] Me asombro de que algunos, con atrevida temeridad, hayan querido escribirme como si escribieran en nombre de la Iglesia, cuando la Iglesia está establecida en el obispo, el clero y todos los que permanecen firmes en la fe.
En la primera, el obispo decide con el consejo de su clero y el consentimiento del pueblo. En la segunda, la Iglesia se funda sobre los obispos y se apoya en el obispo y el clero. Brent lee la tensión como el centro del asunto: Cipriano presenta el orden que defiende como una disciplina heredada de los apóstoles y perturbada por novedades como los certificados de paz de los mártires, pero, según Brent, él mismo era en buena medida el innovador, y su discurso, que pretendía describir una realidad ya existente, creaba una estructura eclesiástica nueva, formada por la imagen del orden romano de Cartago, con su idea de límites geográficos sagrados, de magistrados y de patronazgo. Sullivan lee la carta 33 de otro modo: Cipriano entiende el texto de Mateo 16 no como poderes dados solo a Pedro, sino como la fundación divina de la Iglesia y de su estructura episcopal, y por eso llama obispos a los apóstoles (lo mismo en la carta 3, 3), de modo que «sea ley de Dios» que un obispo suceda a otro. Lightfoot ve en Cipriano la tercera etapa de la evolución que empezó con Ignacio, para quien el obispo es el centro de la unidad, y siguió con Ireneo, para quien es el depositario de la tradición apostólica: con Cipriano es el vicario de Cristo en lo espiritual. Según Lightfoot, Cipriano no añade a Ignacio sino la concepción sacerdotal del ministerio, que crecía mientras tanto; su peso estuvo en el éxito práctico, frente a la vez a los confesores (una aristocracia del mérito moral) y a sus propios presbíteros (una aristocracia del cargo). Bradshaw recuerda, por su parte, que los presbíteros de África presidían a veces la eucaristía solos (cartas 5, 2; 15, 1; 16, 4; 34, 1).
La carta a Pupiano, que Cipriano escribe unos años después, contiene la fórmula más citada de su eclesiología, y Zizioulas la menciona en sus conclusiones:
[…] y son la Iglesia los que son un pueblo unido al sacerdote y el rebaño que se adhiere a su pastor. De donde debes saber que el obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo; y que si alguno no está con el obispo, no está en la Iglesia, y que se lisonjean en vano quienes se infiltran sin tener la paz con los sacerdotes de Dios y piensan que comulgan en secreto con algunos; pues la Iglesia, que es católica y una, no está cortada ni dividida, sino que está unida y trabada por el cemento de los sacerdotes que se mantienen unidos entre sí.
Para Cipriano, el obispo y la Iglesia se implican mutuamente. Zizioulas entiende que los obispos, por ser cada uno plenamente sucesor de los apóstoles, forman un solo episcopado por identidad y no por suma de partes. Una frase de Sobre la unidad de la Iglesia se cita a menudo en este debate:
Y esta unidad debemos mantenerla y afirmarla firmemente, sobre todo nosotros, los obispos que presidimos en la Iglesia, para que también probemos que el episcopado mismo es uno e indiviso. Nadie engañe a la hermandad con falsedad; nadie corrompa la verdad de la fe con pérfida prevaricación. El episcopado es uno, y cada uno posee una parte suya por el todo. […] La Iglesia también es una, y se extiende a lo lejos y a lo ancho en una multitud por el aumento de su fecundidad.
La traducción de la edición inglesa que sigue este sitio vierte in solidum por «por el todo»; Sullivan, en la versión que cita, «cada uno posee su parte en su totalidad». Sullivan nota, además, que este tratado existe en dos versiones del § 4, la que acentúa un primado de Pedro y otra más breve que lo omite, y explica que Bévenot ha probado que las dos son de Cipriano: la larga habría sido la primera, y la breve su revisión posterior, en la disputa con el obispo Esteban de Roma. Según Sullivan, eso desmiente la tesis, defendida durante mucho tiempo por muchos estudiosos protestantes, de que las frases sobre Pedro fueron interpoladas por otro, y a la vez significa que el «primado» de que habla Cipriano es «prioridad»: Cristo dio primero a Pedro el poder que luego dio a todos los apóstoles y a los obispos, sus sucesores. Coxe, en la edición ANF del tratado, defendía la versión breve. Aquí se registran las dos posiciones; cuál es la de Cipriano en el § 4 es una cuestión de crítica textual que este compendio no zanja.
Hay otra frase de Cipriano que le importa a esta historia, y que viene del conflicto con Roma por el bautismo de los herejes. En septiembre de 256, ochenta y siete obispos se reunieron en Cartago bajo su presidencia, y al abrir el concilio dijo lo siguiente:
Resta que cada uno de nosotros exponga sobre este mismo asunto lo que piensa, sin juzgar a nadie ni apartar a nadie del derecho de comunión si piensa de otro modo que nosotros. Pues ninguno de nosotros se erige en obispo de obispos, ni obliga a su colega, con terror tiránico, a la necesidad de obedecer; ya que todo obispo, según el margen de su libertad y de su poder, tiene su propio derecho de juicio, y no puede ser juzgado por otro más de lo que él mismo puede juzgar a otro. Esperemos todos el juicio de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que tiene poder tanto para ponernos al frente del gobierno de su Iglesia como para juzgar nuestra conducta en él.
Sullivan hace de la réplica de Firmilian, obispo de Cesarea de Capadocia, a Esteban la primera prueba clara de que los obispos de Roma fundaban su autoridad en ser sucesores de Pedro, y observa que la reacción de Cipriano y Firmilian muestra que podía haber una diferencia considerable entre la autoridad que un obispo de Roma reclamaba y la que los demás le concedían. Zizioulas, desde la ortodoxia, no ve en el colegio de los obispos una suma de partes que reclame una cabeza, y la diferencia entre una unidad por suma y una unidad por identidad es, para él, lo que separa su lectura de la teología católica de la colegialidad. Este artículo no entra en esa cuestión, sino en lo que el texto de Cipriano permite saber: que, hacia 256, un obispo del norte de África afirma que su propia competencia no depende de otro obispo, que da por sentada una comunión entre obispos que decide junta, y que sigue hablando de un pueblo cuya aprobación es parte de la elección de un obispo (carta 67).
Nota de lectura · Las cartas de Cipriano tienen tres numeraciones
La edición inglesa de la serie ANF (Wallis), que es la que trae el epub de Delphi de la biblioteca, usa una numeración distinta de la que hoy es corriente (Hartel, CSEL 3, seguida por Clarke y por la edición castellana de Gredos). Este compendio cita por Hartel y pone entre paréntesis la ANF: 14 (ANF 5), 33 (ANF 26), 63 (ANF 62), 66 (ANF 68), 67 (ANF 67). Otros artículos del sitio, como el de culto a los santos, citan las cartas por la ANF. El encabezado de las Sentencias de los 87 obispos en el mismo epub fecha el concilio el 1 de septiembre de 258, lo que no puede ser, pues Cipriano murió el 14 de septiembre de ese año y Esteban de Roma, a quien responde, en 257; Brent lo fecha en 256, y es la fecha que se usa aquí.
Lo que sigue es un mapa de lecturas, no un veredicto. Cada fila es un estudio que el compendio ha usado, con su tradición y con la explicación que ofrece.
| Estudio | Cómo explica el paso al obispo único |
|---|---|
| Lightfoot (anglicano, 1868), The Christian Ministry, dentro de su comentario a Filipenses | El obispo sale del colegio de presbíteros-obispos; ya existe en Asia hacia fines del siglo I, vinculado a Juan; Ignacio, Ireneo y Cipriano son tres etapas del crecimiento de su poder; el lenguaje sacerdotal viene después. |
| Hort (anglicano, 1897), The Christian Ecclesia | El Nuevo Testamento no trae un sistema episcopal; episkopos describe la función del anciano; el principio monárquico se reconoce en Santiago y en Timoteo y Tito. No llegó a tratar el siglo II. |
| Lindsay (presbiteriano, 1903), The Church and the Ministry in the Early Centuries | Varias raíces sociales (los Siete, la sucesión familiar de Jerusalén, el patronazgo, las asociaciones); en el siglo II se pone a un presidente al frente del colegio de ancianos; ministerio triple no es episcopado; el sacerdocio es tardío. |
| Gwatkin (anglicano, 1909), Early Church History to A.D. 313, I, cap. XIII | No hay episcopado en el Nuevo Testamento y un siglo después es general. Se desarrolló sobre todo «hacia arriba», desde los presbíteros-obispos, iglesia tras iglesia y no por mandato general; en algún caso, «hacia abajo», desde vicarios de los apóstoles; fue la respuesta de gobierno fuerte a una crisis de unidad. |
| Harnack (luterano), The Mission and Expansion of Christianity | El episcopado monárquico es la creación más importante de la organización de las iglesias; los obispos absorben el prestigio de los apóstoles, profetas y maestros; tras fines del siglo II son maestros, sumos sacerdotes y jueces de la iglesia. |
| Tixeront (católico, 1928), Holy Orders and Ordination | Cristo instituyó el sacerdocio en la última cena y los apóstoles tenían la plenitud del orden; episkopos y presbyteros son intercambiables en el Nuevo Testamento y en Clemente; la autoridad no viene de la comunidad; no trata el paso al obispo único y remite a otros. |
| Eno (católico, 1984), Teaching Authority in the Early Church | Liderazgo colectivo al principio; Ignacio urge un jefe único; hacia fines del siglo II es general; la sucesión importa sobre todo como continuidad de enseñanza. |
| Sullivan (católico, 2001), From Apostles to Bishops | Desarrollo gradual que reconoce el consenso de los exegetas; ni el Nuevo Testamento ni la historia temprana prueban una cadena ininterrumpida de ordenaciones; la institución divina del episcopado se defiende con un argumento teológico (el Espíritu guió su recepción). |
| Zizioulas (ortodoxo; edición inglesa de 2001), Eucharist, Bishop, Church | Un obispo, una eucaristía por iglesia; cada obispo sucede a todos los apóstoles y a Pedro; la unidad entre iglesias no es suma sino identidad; los presbíteros y la parroquia vienen después. |
| Bradshaw (historiador de la liturgia, 2013 y 2020), Rites of Ordination; The Apostolic Tradition Reconstructed | No hubo un molde único. Anfitriones, profetas y mayordomos; episkopoi y diakonoi nombrados; presbyteroi como nombre genérico; Ignacio como programa; Roma, tarde; el lenguaje sacerdotal por la lucha contra la herejía. |
| Stewart (2014), The Original Bishops | El ministerio original fue «episcopal-diaconal», en la iglesia doméstica; los presbíteros eran un cuerpo regional; el monepiscopado nace de la centralización de federaciones de iglesias, por la sucesión y la persecución. Ni la posición presbiteral ni la episcopal puede afirmarse como la original. |
| Brent (1995, 2010), Hippolytus and the Roman Church…; Cyprian and Roman Carthage | Roma como pluralidad de iglesias domésticas en tensión hasta mediados del siglo III; Cipriano como innovador que da forma eclesiástica al orden romano. |
De ese mapa se pueden sacar, con cautela, dos listas. La primera reúne lo que prácticamente todos los estudios aceptan. Que el Nuevo Testamento no presenta un solo modelo de gobierno. Que episkopos y presbyteros se solapan en los textos más antiguos. Que hacia 96–120 Corinto, Roma y Filipos no parecen tener un obispo único. Que Ignacio, hacia 110 si las cartas son auténticas, presupone o urge un obispo, un consejo y diáconos, al menos en Siria y Asia Menor. Que Ireneo, Hegesipo y Tertuliano usan listas de obispos para probar una enseñanza. Que en 251 Cornelio y Cipriano afirman el principio de un obispo por iglesia, que Cipriano lo trata como orden divino y que en su tiempo se elige al obispo con el consentimiento del pueblo y la presencia de los obispos vecinos. Que el lenguaje sacerdotal aplicado al ministro es del siglo III. Y que la Tradición apostólica es un texto con capas.
La segunda lista es la de lo que sigue abierto. Cuándo y dónde se dio el paso en cada ciudad, y en particular en Roma. Si el obispo único nació hacia arriba desde los presbíteros-obispos (Lightfoot, Lindsay, Gwatkin), hacia abajo desde los delegados de los apóstoles (el modelo que Hort veía en Santiago, Timoteo y Tito, y que Gwatkin admite en algún caso) o desde una federación de dirigentes de iglesias domésticas (Bradshaw, Stewart). Si la sucesión apostólica fue desde el principio una cadena de ordenaciones o, en un primer momento, una prueba de enseñanza. Si los presbíteros fueron sacerdotes por derecho propio. Cómo leer a Ignacio, como retrato o como programa. Cómo leer a Cipriano frente a los confesores. Y, en un plano distinto, qué se sigue para la teología: Sullivan lo formula en la introducción de su libro como la pregunta de si el episcopado es el resultado de un desarrollo puramente humano e histórico o de una institución divina; la Iglesia católica, las iglesias ortodoxas y orientales y la mayoría de las anglicanas enseñan que la ordenación episcopal en la sucesión apostólica es necesaria para un ministerio válido; ninguna iglesia protestante admite que la validez del suyo dependa de ella. Stewart añade, desde la historia, un aviso que cae sobre las dos partes: si sus conclusiones son correctas, no hay consuelo para quienes sostienen que el ministerio de la Iglesia fue originalmente presbiteral, ni para quienes sostienen que el episcopado tal como hoy se reconoce fue fundamental desde el principio; ambas posiciones serían dogmáticas, sin fundamento en la historia. Es la conclusión de un historiador. Sullivan, por su parte, sostiene que hay una vía teológica para afirmar la institución divina del episcopado aunque la historia no pruebe una cadena de ordenaciones.
Los siglos siguientes tuvieron su propia versión del origen. Jerónimo, en una carta a Evangelo de fecha desconocida, resumió la lectura según la cual el obispo sale del presbítero, y la apoyó en el caso de Alejandría:
Cuando el apóstol enseña con claridad que los presbíteros son lo mismo que los obispos, ¿no ha de estar loco quien, siendo un mero servidor de mesas y de viudas, se alza con arrogancia sobre aquellos por cuyas oraciones se produce el cuerpo y la sangre de Cristo? […] Cuando después se escogió a un presbítero para presidir a los demás, se hizo para remediar el cisma y para que cada uno, atrayendo hacia sí la Iglesia de Cristo, no la desgarrara. Pues incluso en Alejandría, desde Marcos el evangelista hasta los episcopados de Heraclas y Dionisio, los presbíteros nombraron siempre como obispo a uno de entre ellos, elegido por ellos mismos y colocado en un grado más alto, del mismo modo que un ejército elige a su general o que los diáconos escogen a uno de entre ellos, que saben diligente, y lo llaman archidiácono. Pues ¿qué función, salvo la ordenación, corresponde a un obispo que no corresponda también a un presbítero?
El pasaje sobre Alejandría tiene su propia historia. Stewart cuenta que Wesley, presbítero, ordenó en 1784 a Thomas Coke como «superintendente» para América y se amparó en ese precedente alejandrino, que, a juicio de Stewart, se entendió mal tanto en el siglo XVIII como en el XX.
Para seguir la historia más allá de 258, véanse en este sitio Sobre el sacerdocio de Crisóstomo, que mira al ministerio desde la responsabilidad pastoral, y el libro IV de La doctrina cristiana de Agustín, que lo mira desde la predicación. Los concilios del siglo IV, que trataron de la elección, la ordenación y la jurisdicción de los obispos, quedan fuera de este compendio.
En este sitio, los textos citados completos: la Didaché, la primera carta de Clemente, el Pastor de Hermas, las cartas de Ignacio, la carta de Policarpo, Contra las herejías de Ireneo, la Prescripción de Tertuliano, la Refutación atribuida a Hipólito, la Historia eclesiástica de Eusebio y de Cipriano Sobre la unidad de la Iglesia y Sobre los caídos. Para el marco histórico, el siglo I, el siglo II y el siglo III; para los autores, los perfiles de Ireneo, Tertuliano, Hipólito y Cipriano.
Fuera del sitio, para quien quiera comprobar: Lightfoot, «The Christian Ministry», en su comentario a Filipenses, que sigue siendo la exposición más clara de la tesis anglicana; el libro de Sullivan y el de Stewart para las dos lecturas actuales que más se oponen; y la Didascalia de Connolly, que el lector puede encontrar en Internet Archive.