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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

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    Sobre el bautismo, contra los donatistas

    c. 400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de J. R. King (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 8 · Libro VIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-28

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    Libro VI

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro VI · VI, argumento
    En el cual se considera el Concilio de Cartago, celebrado bajo la autoridad y presidencia de Cipriano, para resolver la cuestión del bautismo de los herejes.

    Capítulo 1

    VI, 1, 1–2

    1. Tal vez habría sido suficiente que, después de haberse repetido tantas veces las razones, y haberse considerado y discutido con tanta variedad de tratamiento, añadiéndose además pruebas de la sagrada Escritura y el testimonio concurrente de tantos pasajes del propio Cipriano, aun los tardos de corazón entendieran, como creo que entienden, que el bautismo de Cristo no puede ser anulado por perversidad alguna del hombre, ya sea al administrarlo o al recibirlo. Y cuando hallamos que en aquellos tiempos, cuando el punto en cuestión se decidió de manera contraria a la antigua costumbre, después de discusiones llevadas sin violación de la caridad y de la unidad salvadoras, les pareció a algunos varones incluso eminentes que eran obispos de Cristo, entre los cuales descollaba especialmente el bienaventurado Cipriano, que el bautismo de Cristo no podía existir entre herejes o cismáticos, esto provino sencillamente de que no distinguían el sacramento del efecto o uso del sacramento; y porque su efecto y uso no se hallaban entre los herejes para liberarlos de sus pecados y enderezar sus corazones, se pensó también que el sacramento mismo faltaba entre ellos. Pero si volvemos los ojos a la multitud de paja dentro de la Iglesia, puesto que también estos, que son perversos y llevan una vida abandonada dentro de la misma unidad, parecen no tener poder alguno ni de dar ni de retener la remisión de los pecados, dado que no se dijo a los malvados sino a los hijos buenos: "A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" [], sin embargo, que tales personas tienen, dan y reciben el sacramento del bautismo fue suficientemente manifiesto a los pastores de la Iglesia Católica dispersos por todo el mundo, por medio de los cuales la costumbre primitiva fue confirmada después por la autoridad de un concilio plenario; de modo que aun la oveja que andaba extraviada fuera, y había recibido la marca del Señor de falsos despojadores fuera, si busca la salvación de la unidad cristiana, es purificada del error, liberada del cautiverio, sanada de su herida, y sin embargo la marca del Señor es reconocida en ella más bien que rechazada; puesto que la marca misma a menudo es impresa tanto por lobos como en lobos, que parecen ciertamente estar dentro del redil, pero que por los frutos de su conducta, en los cuales perseveran hasta el fin, se prueba que no pertenecen a aquella oveja que es una en muchos; porque, según la presciencia de Dios, cuantas ovejas vagan fuera, tantos lobos acechan traicioneramente dentro, entre los cuales conoce sin embargo el Señor a los que son suyos, que oyen solo la voz del Pastor, aun cuando Él llama por la voz de hombres como los fariseos, de quienes se dijo: "Todo lo que os manden guardar, guardadlo y hacedlo." []
    2. Porque así como el hombre espiritual, guardando "el fin del mandamiento", es decir, "la caridad nacida de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de una fe no fingida" [], puede ver algunas cosas menos claramente a causa de un cuerpo que es todavía "corruptible y que oprime al alma" [], y está expuesto a pensar de otro modo en algunas cosas que Dios le revelará [] a su debido tiempo si permanece en la misma caridad, así en el hombre carnal y perverso puede hallarse algo bueno y útil, cuyo origen no está en el hombre mismo, sino en alguna otra fuente. Porque así como en el sarmiento fructífero se halla algo que debe ser purgado para que dé más fruto, así también a menudo se encuentra una uva colgando de una caña estéril y seca o atada. Y así como es necio amar las partes que necesitan purga en el sarmiento fructífero, mientras obra sabiamente quien no rechaza el fruto dulce dondequiera que cuelgue, así, si alguno se separa de la unidad rebautizando, simplemente porque a Cipriano le pareció que se debía bautizar de nuevo a los que venían de los herejes, tal hombre se aparta de lo que merece alabanza en aquel gran varón y sigue lo que requiere corrección, y ni siquiera alcanza aquello mismo que persigue. Porque Cipriano, aborreciendo gravemente, en su celo por Dios, a todos los que se separaban de la unidad, pensó que con ello quedaban separados del bautismo mismo; mientras que estos hombres, teniendo por una ofensa a lo sumo leve el que ellos mismos estén separados de la unidad de Cristo, sostienen incluso que su bautismo no está en esa unidad, sino que salió con ellos. Por tanto, están tan lejos de la fecundidad de Cipriano, que ni siquiera igualan a las partes que en él necesitaban purga.

    Capítulo 2

    VI, 2, 3–4

    3. Además, si alguno que no tiene caridad, y que anda por los caminos abandonados de una vida perversísima, parece estar dentro mientras en realidad está fuera, y al mismo tiempo no busca la repetición del bautismo ni siquiera en el caso de los herejes, en nada ayuda esto a su esterilidad, porque no se hace fructífero con su propio fruto, sino cargado con el de otros. Pero es posible que alguien florezca en la raíz de la caridad, y que piense rectísimamente en aquel punto en que Cipriano pensaba de otro modo, y sin embargo haya más en Cipriano que sea fructífero que en él, y más en él que requiera purga que en Cipriano. No solo, por tanto, no comparamos a los malos católicos con el bienaventurado Cipriano, sino que aun a los buenos católicos no nos apresuramos a declararlos iguales a aquel a quien nuestra piadosa madre la Iglesia cuenta entre los pocos varones raros de excelencia y gracia sobreabundantes, aunque estos otros reconozcan el bautismo de Cristo aun entre los herejes, mientras que él pensaba de otro modo; de suerte que, con el ejemplo de Cipriano, que vio un punto menos claramente y sin embargo permaneció firmísimo en la unidad de la Iglesia, se mostrase más claramente a los herejes qué crimen sacrílego era romper el vínculo de paz. Porque ni los fariseos ciegos, aunque a veces mandaban hacer lo que era recto, debían compararse al apóstol Pedro, aunque él a veces mandó lo que no era recto. Pero no solo su sequedad no debe compararse con su verdor, sino que ni siquiera el fruto de otros puede estimarse igual a su fecundidad. Pues nadie obliga ahora a los gentiles a judaizar, y sin embargo nadie ahora en la Iglesia, por grande que sea su progreso en la bondad, puede compararse con el apostolado de Pedro. Por lo cual, tributando la debida reverencia y pagando, en cuanto puedo, el honor debido al pacífico obispo y glorioso mártir Cipriano, me atrevo sin embargo a decir que su opinión acerca del bautismo de los cismáticos y herejes fue contraria a aquella que fue sacada después a la luz por una decisión, no mía, sino de toda la Iglesia, confirmada y robustecida por la autoridad de un concilio plenario: así como, tributando la reverencia que se debe a Pedro, el primero de los apóstoles y el más eminente de los mártires, me atrevo sin embargo a decir que no hizo bien en obligar a los gentiles a judaizar; y esto lo digo, además, no por enseñanza mía, sino según la sana doctrina del apóstol Pablo, retenida y conservada por toda la Iglesia. []
    4. Por tanto, al discutir la opinión de Cipriano, aunque yo mismo soy de mérito muy inferior a Cipriano, digo que tanto los buenos como los malos pueden tener, pueden dar, pueden recibir el sacramento del bautismo — los buenos, ciertamente, para su salud y provecho; los malos, para su destrucción y ruina —, mientras que el sacramento mismo es de igual perfección en ambos; y que no importa para su igual perfección en todos cuánto peor sea el hombre que lo tiene entre los malos, así como no importa cuánto mejor sea el que lo tiene entre los buenos. Y, en consecuencia, no importa cuánto peor sea el que lo confiere, como no importa cuánto mejor sea; y así no importa cuánto peor sea el que lo recibe, como no importa cuánto mejor sea. Pues el sacramento es igualmente santo, en virtud de su propia excelencia, tanto en los que son desigualmente justos como en los que son desigualmente injustos.

    Capítulo 3

    VI, 3, 5

    5. Pero creo que hemos mostrado suficientemente, tanto por el canon de las Escrituras como por las cartas del propio Cipriano, que los malos, aunque en modo alguno convertidos a una mente mejor, pueden tener, conferir y recibir el bautismo; de los cuales es clarísimo que no pertenecen a la santa Iglesia de Dios, aunque parezcan estar dentro de ella, en cuanto son avaros, ladrones, usureros, envidiosos, malpensados y semejantes; mientras que ella es una paloma única, [] modesta y casta, esposa sin mancha ni arruga, huerto cerrado, fuente sellada, huerto de granados con frutos agradables, [] con todas las propiedades semejantes que se le atribuyen; y todo esto solo puede entenderse que está en los buenos, santos y justos —siguiendo, es decir, no solo las operaciones de los dones de Dios, que son comunes a buenos y malos por igual, sino también el vínculo interior de la caridad conspicuo en quienes tienen el Espíritu Santo, a quienes el Señor dice: "A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retengáis, les son retenidos." []

    Capítulo 4

    VI, 4, 6

    6. Y así queda claro que no se aduce aquí ninguna buena razón por la que el malo, que tiene el bautismo, no pueda también conferirlo; y así como lo tiene para destrucción, así puede también conferirlo para destrucción —no porque tal sea el carácter de la cosa conferida, ni de la persona que la confiere, sino porque tal es el carácter de aquel a quien se confiere. Pues cuando un malo lo confiere a un bueno, es decir, a uno que está en el vínculo de la unidad, convertido con verdadera conversión, la maldad de quien lo confiere no produce separación alguna entre el buen sacramento que se confiere y el buen miembro de la Iglesia a quien se confiere. Y cuando sus pecados le son perdonados en su verdadera conversión a Dios, son perdonados por aquellos a quienes está unido por su verdadera conversión. Pues el mismo Espíritu los perdona, el cual es dado a todos los santos que se adhieren unos a otros en amor, se conozcan o no en el cuerpo. De modo semejante, cuando los pecados de un hombre son retenidos, ciertamente son retenidos por aquellos de quienes se separa aquel en quien se retienen, por la desemejanza de vida y por el apartamiento de un corazón corrompido, lo conozcan o no en el cuerpo.

    Capítulo 5

    VI, 5, 7–8

    7. Por lo cual todos los malos están separados en el espíritu de los buenos; pero si están separados también en el cuerpo por una disensión manifiesta, se vuelven aún peores. Pero, como se ha dicho, para la santidad del bautismo en nada importa cuánto peor sea el hombre que lo tiene, o cuánto peor el que lo confiere; sin embargo, el que está separado puede conferirlo, así como el que está separado puede tenerlo; pero así como lo tiene para destrucción, así puede conferirlo para destrucción. Pero aquel a quien lo confiere puede recibirlo para salud de su alma, si por su parte no lo recibe en la separación; como ha sucedido a muchos que, con espíritu católico y con corazón no enajenado de la unidad de la paz, bajo la presión de una muerte inminente, se dirigieron apresuradamente a algún hereje y recibieron de él el bautismo de Cristo sin participar en su perversidad, de modo que, ya muriesen o recobrasen la vida, de ningún modo permanecen en comunión con aquellos a quienes nunca pasaron en su corazón. Pero si el mismo recipiendario ha recibido el bautismo en la separación, lo recibe tanto más para su destrucción, en proporción a la grandeza del bien que no ha recibido bien; y tanto más tiende a su destrucción en su separación, cuanto más aprovecharía para la salvación de uno que está en la unidad. Y así, si reformándose de su perversidad y apartándose de su separación viniera a la paz católica, sus pecados le son remitidos por el vínculo de la paz y por el mismo bautismo bajo el cual sus pecados eran retenidos por el sacrilegio de la separación, porque aquello es siempre santo tanto en los justos como en los injustos, y no es aumentado por la justicia ni disminuido por la injusticia de hombre alguno.
    8. Siendo esto así, ¿qué importancia tiene para una verdad tan clara el que muchos de sus colegas en el episcopado estuvieran de acuerdo con Cipriano en aquella opinión, y presentaran cada uno sus propias opiniones en favor del mismo partido, sino que su caridad hacia la unidad de Cristo se hiciera cada vez más conspicua? Pues si él hubiera sido el único en sostener aquella opinión, sin nadie que estuviera de acuerdo con él, podría haberse pensado que, al permanecer, había retrocedido ante el pecado del cisma porque no encontraba compañeros en su error; pero cuando tantos estuvieron de acuerdo con él, mostró, al permanecer en unidad con los demás que pensaban de modo distinto, que conservaba el vínculo sacratísimo de la catolicidad universal, no por temor alguno al aislamiento, sino por amor a la paz. Por lo cual, en verdad, podría parecer ahora superfluo considerar las opiniones particulares de los demás obispos también en aquel concilio; pero puesto que los tardos de corazón piensan que no se ha respondido en absoluto, si a un pasaje cualquiera de un discurso no se le da allí mismo la respuesta que podría aplicarse en aquel punto, sino en otra parte, es mejor que, leyendo mucho, se pulan hasta la agudeza, antes que, entendiendo poco, se les deje lugar para quejarse de que el argumento no ha sido conducido con imparcialidad.

    Capítulo 6

    VI, 6, 9

    9. Primeramente, pues, dejemos consignado para ulterior consideración el caso propuesto para decisión por el propio Cipriano, con el cual inicia las actas del concilio, y por el cual muestra un espíritu pacífico, abundante en la fecundidad de la caridad cristiana. "Habéis leído —dice—, amadísimos colegas, lo que Jubaiano, nuestro colega en el episcopado, me ha escrito, consultando mi pobre capacidad acerca del bautismo ilícito y profano de los herejes, y lo que le he respondido, expresándole la misma opinión que he expresado una y otra vez y con frecuencia, a saber, que los herejes que vienen a la Iglesia deben ser bautizados y santificados con el bautismo de la Iglesia. También se os ha leído otra carta de Jubaiano, en la cual, conforme a su sincera y religiosa devoción, en respuesta a nuestra epístola, no solo expresó su asentimiento a ella, sino que también reconoció con gratitud que había recibido instrucción. Resta que expresemos individualmente nuestras opiniones sobre este mismo asunto, sin juzgar a nadie y sin apartar a nadie del derecho de comunión si tuviera una opinión diferente. Pues ninguno de nosotros se erige en obispo de obispos, ni por terror tiránico obliga a sus colegas a la necesidad de obedecer, ya que cada obispo, en el libre uso de su libertad y poder, tiene derecho de libre juicio, y no puede ser juzgado por otro más de lo que él mismo puede juzgar a otro. Pero todos esperamos el juicio de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que tiene poder tanto para anteponernos en el gobierno de su Iglesia como para juzgar nuestras acciones."

    Capítulo 7

    VI, 7, 10

    10. Ya he argumentado, creo, lo mejor que he podido, en los libros precedentes, en favor de la unanimidad y el consejo católicos, en cuya unidad estos continuaron como miembros piadosos, respondiendo no solo a la carta que Cipriano escribió a Jubaiano, sino también a la que envió a Quinto, a la que, juntamente con algunos de sus colegas, envió a otros colegas, y a la que envió a Pompeyo. Por lo cual ahora parece conveniente considerar también lo que pensaron los demás por separado, y ello con la libertad de la que él mismo no querría privarnos, como dice: "Sin juzgar a nadie, ni apartar a ninguno del derecho de comunión si tiene opiniones diferentes." Y que no dijo esto con el objeto de llegar a los pensamientos ocultos de sus colegas, extraídos como de sus escondrijos secretos, sino porque amaba realmente la paz y la unidad, se ve muy fácilmente por otros pasajes del mismo género, donde escribía a personas particulares, como al propio Jubaiano. "Estas cosas —dice— te las hemos escrito muy brevemente en respuesta, amadísimo hermano, según nuestra pobre capacidad, sin impedir a ninguno de los obispos, por nuestro escrito o juicio, que obre como crea recto, teniendo libre ejercicio de su propio juicio." Y para que no pareciera que alguno, por tener opiniones diferentes en este mismo libre ejercicio de su juicio, debía ser arrojado de la sociedad de sus hermanos, continúa diciendo: "Nosotros, en cuanto está de nuestra parte, no luchamos en favor de los herejes contra nuestros colegas y compañeros en el episcopado, con quienes mantenemos la divina unidad y la paz de nuestro Señor"; y un poco después dice: "La caridad de espíritu, el respeto a nuestra fraternidad, el vínculo de la fe, la armonía del sacerdocio, son mantenidos por nosotros con paciencia y mansedumbre." Y así también en la epístola que escribió a Magno, cuando se le preguntó si había alguna diferencia en la eficacia del bautismo por aspersión o por inmersión, "En este asunto —dice— soy demasiado modesto y tímido para impedir a nadie, con mi juicio, que piense lo que juzgue recto y obre como piensa." Con cuyos discursos muestra claramente que estos temas eran tratados por ellos en un tiempo en que todavía no se recibían como decididos fuera de toda cuestión, sino que se investigaban con gran cuidado por estar aún no revelados. Nosotros, por tanto, manteniendo sobre el asunto de la identidad de todos los bautismos lo que en todas partes debe reconocerse como costumbre de la Iglesia universal, y lo que está confirmado por la decisión de concilios generales, y cobrando mayor confianza también por las palabras de Cipriano, las cuales me permitían aun entonces sostener opiniones diferentes de las suyas sin perder el derecho de comunión, viendo que se atribuía mayor importancia y alabanza a la unidad, tal como la mantenían, con los de opiniones diferentes, el bienaventurado Cipriano y sus colegas con quienes celebró aquel concilio, perturbando y derribando con ello las calumnias sediciosas de herejes y cismáticos en el nombre del Señor Jesucristo, quien, hablando por su apóstol, dice: "Soportándoos unos a otros con amor, esforzándoos por conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz"; [] y de nuevo, por boca del mismo apóstol: "Si en algo sentís de otro modo, también esto os lo revelará Dios"; [] —nosotros, digo, proponemos para consideración y discusión las opiniones de los santos obispos, sin violar el vínculo de unidad y paz con ellos, en cuyo mantenimiento los imitamos en cuanto podemos con la ayuda del Señor mismo.

    Capítulo 8

    VI, 8, 11–12

    11. Cecilio de Bilta dijo: "Conozco un solo bautismo en la única Iglesia y ninguno fuera de la Iglesia. El único estará donde hay esperanza verdadera y fe segura. Pues así está escrito: "Una fe, una esperanza, un bautismo". [] No entre los herejes, donde no hay esperanza y la fe es falsa; donde todo se hace por mentira; donde uno poseído por un demonio exorciza; la cuestión del sacramento la plantea uno de cuya boca y palabras procede un cáncer; el infiel da la fe; el culpable da el perdón de los pecados y el Anticristo bautiza en el nombre de Cristo; un maldito de Dios bendice; el muerto promete vida; el que no tiene paz da la paz; el blasfemo invoca a Dios; el profano administra el sacerdocio; el sacrílego levanta el altar. A todo esto se añade este mal mayor: que el siervo del diablo se atreve a celebrar la eucaristía. Si esto no es así, que quienes los apoyan prueben que todo ello es falso respecto de los herejes. Mirad a qué clase de cosas se ve compelida la Iglesia a asentir, obligada a comunicar sin bautismo o sin remisión de los pecados. Esto, hermanos, debemos evitarlo y huir de ello, separándonos de tan gran pecado y aferrándonos al único bautismo que es concedido a la Iglesia sola."
    12. A esto respondo que todos los que, aun dentro de la Iglesia, profesan que conocen a Dios, pero lo niegan con sus obras, como son los avaros y envidiosos, y aquellos que, porque odian a sus hermanos, son declarados homicidas, no por mi testimonio, sino por el del santo apóstol Juan, [] —todos estos carecen de esperanza, porque tienen mala conciencia; son infieles, porque no hacen lo que han prometido a Dios; son mentirosos, porque hacen profesiones falsas; están poseídos por demonios, porque dan lugar en su corazón al diablo y a sus ángeles; sus palabras obran corrupción, puesto que corrompen las buenas costumbres con malas conversaciones; son incrédulos, porque se ríen de las amenazas que Dios pronuncia contra tales hombres; son malditos, porque viven malvadamente; son anticristos, porque sus vidas se oponen a Cristo; son malditos de Dios, puesto que la santa Escritura en todas partes invoca maldiciones sobre tales hombres; están muertos, porque carecen de la vida de la justicia; son faltos de paz, porque por sus obras contrarias están en desacuerdo con los mandatos de Dios; son blasfemos, porque con sus actos abominables se desprecia el nombre de cristiano; son profanos, porque están espiritualmente excluidos de aquel santuario interior de Dios; son sacrílegos, porque con su mala vida profanan el templo de Dios dentro de sí mismos; y son siervos del diablo, porque sirven al fraude y a la avaricia, que es idolatría. Que algunos, y aun muchísimos, de tal clase existen incluso dentro de la Iglesia, lo testifican tanto el apóstol Pablo como el obispo Cipriano. ¿Por qué, pues, bautizan? ¿Por qué también algunos, que "renuncian al mundo de palabra y no de hecho", son bautizados sin convertirse de una vida como esta, y no son rebautizados cuando se convierten? Y en cuanto a lo que dice con tanta indignación: "Mirad a qué clase de cosas se ve compelida la Iglesia a asentir, obligada a comunicar sin bautismo o sin remisión de los pecados", nunca habría podido usar tales expresiones si no hubiera habido otros obispos que en otras partes forzaban a los hombres a tales cosas. De donde también se muestra que en aquel tiempo sostenían las opiniones más verdaderas quienes no se apartaron de la costumbre primitiva, la cual ha sido confirmada después por el consentimiento de un concilio general. Pero ¿qué quiere decir al añadir: "Esto, hermanos, debemos evitarlo y huir de ello, separándonos de tan gran pecado"? Pues si quiere decir que él no ha de hacer esto ni aprobarlo, eso es otra cosa; pero si quiere condenar y apartar de sí a los que sostienen la opinión contraria, se está oponiendo a las anteriores palabras de Cipriano: "Sin juzgar a nadie, ni privar a ninguno del derecho de comunión si difiere de nosotros."

    Capítulo 9

    VI, 9, 13–14

    13. El anciano Félix de Migirpa dijo: "Pienso que todo el que viene de la herejía debe ser bautizado. Pues en vano supone alguno que ha sido bautizado allí, ya que no hay bautismo sino el único bautismo verdadero en la Iglesia; porque hay un solo Señor, una sola fe y una sola Iglesia, en la cual descansan el único bautismo, la santidad y lo demás. Pues las cosas que se practican fuera no tienen poder para obrar la salvación."
    14. A lo dicho por Félix de Migirpa respondemos como sigue. Si el único bautismo verdadero no existiera sino en la Iglesia, ciertamente no existiría en quienes se apartan de la unidad. Pero sí existe en ellos, puesto que no lo reciben cuando vuelven, simplemente porque no lo habían perdido cuando se apartaron. Pero en cuanto a su afirmación de que "las cosas que se practican fuera no tienen poder para obrar la salvación", convengo con él y pienso que es muy verdadera; pues una cosa es que el bautismo no esté allí, y otra que no tenga poder para obrar la salvación. Pues cuando los hombres vienen a la paz de la Iglesia Católica, entonces lo que había en ellos antes de unirse a ella, pero no les aprovechaba, comienza al punto a aprovecharles.

    Capítulo 10

    VI, 10, 15

    15. A la declaración de Policarpo de Adrumeto, de que "los que afirman que el bautismo de los herejes es válido anulan el nuestro", respondemos: si aquel es el bautismo de los herejes que confieren los herejes, entonces ese es el bautismo de los avaros y de los homicidas que confieren ellos dentro de la Iglesia. Pero si este no es bautismo de ellos, tampoco el otro es bautismo de herejes; y, por tanto, es de Cristo, por quienquiera que sea conferido.

    Capítulo 11

    VI, 11, 16–17

    16. Novato de Tamugadi dijo: "Aunque sabemos que toda la Escritura da testimonio acerca del bautismo salvador, sin embargo debemos expresar nuestra fe en que los herejes y cismáticos que vienen a la Iglesia con apariencia de haber sido bautizados deben ser bautizados en la fuente inagotable; y que, por tanto, según el testimonio de las Escrituras y según el decreto de aquellos santísimos varones, nuestros colegas, todos los cismáticos y herejes que se convierten a la Iglesia deben ser bautizados; y que, además, todos los que parecían haber recibido la ordenación deben ser admitidos como simples laicos."
    17. Novato de Tamugadi ha expuesto lo que ha hecho, pero no ha aportado pruebas con las cuales mostrar que debió obrar como obró. Pues ha hecho mención del testimonio de las Escrituras y del decreto de sus colegas, pero no ha aducido de ellos nada que pudiéramos considerar.

    Capítulo 12

    VI, 12, 18

    18. Nemesiano de Tubuna dijo: "Que el bautismo que confieren herejes y cismáticos no es verdadero se declara en todas partes en las santas Escrituras, puesto que sus mismos prelados son falsos Cristos y falsos profetas, como declara el Señor por boca de Salomón: 'El que confía en mentiras, ese apacienta los vientos; sigue también a las aves que vuelan. Porque abandona los caminos de su propia viña, y se ha extraviado de las sendas de su propio campo. Porque camina por lugares sin senda y áridos, y por tierra destinada a la sed; y recoge en sus manos hierba infructuosa.' Y de nuevo: 'Apártate del agua extraña, y no bebas de fuente extraña, para que vivas largo tiempo, y se te añadan años de vida.' Y en el evangelio nuestro Señor Jesucristo habló con su propia voz, diciendo: 'Si el hombre no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.' [] Este es el Espíritu que desde el principio 'se movía sobre la faz de las aguas.' [] Pues ni el Espíritu puede obrar sin el agua, ni el agua sin el Espíritu. Mal, pues, interpretan algunos para sí, diciendo que por la imposición de manos reciben el Espíritu Santo y son recibidos en la Iglesia, cuando es manifiesto que deben nacer de nuevo por ambos sacramentos en la Iglesia Católica. Entonces, en verdad, podrán llegar a ser hijos de Dios, como dice el apóstol: 'Esforzándoos por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios.' [] Todo esto lo afirma la Iglesia Católica. Y de nuevo dice en el evangelio: 'Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es; porque el Espíritu es Dios, y es nacido de Dios.' Por tanto, todas las cosas que hacen todos los herejes y cismáticos son carnales, como dice el apóstol: 'Las obras de la carne son manifiestas, que son: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicerías, odios, discordias, celos, iras, sediciones, herejías, y cosas semejantes; de las cuales os prevengo, como ya os previne antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.' [] El apóstol condena, igualmente con todos los malvados, a los que causan divisiones, es decir, a los cismáticos y herejes. Por tanto, a menos que reciban aquel bautismo salvador que es uno y se halla solo en la Iglesia Católica, no pueden salvarse, sino que serán condenados con los carnales en el juicio del Señor."
    19. Nemesiano de Tubuna ha aducido muchos pasajes de la Escritura para probar su punto; pero en realidad ha dicho mucho a favor del parecer de la Iglesia Católica, que hemos emprendido exponer y defender. A no ser, en verdad, que debamos suponer que no "confía en lo falso" quien confía en la esperanza de los bienes temporales, como hacen todos los avaros y ladrones, y aquellos que "renuncian al mundo de palabra y no de hecho", de los cuales, sin embargo, Cipriano da testimonio de que tales hombres no solo bautizan, sino que incluso son bautizados dentro de la Iglesia. Pues ellos también "siguen a las aves que vuelan", ya que no alcanzan lo que desean. Pero no solo el hereje, sino todo el que lleva una vida mala "abandona los caminos de su propia viña, y se ha extraviado de las sendas de su propio campo; y camina por lugares sin senda y áridos, y por tierra destinada a la sed; y recoge en sus manos hierba infructuosa"; porque toda justicia es fecunda, y toda iniquidad es estéril. Aquellos, a su vez, que "beben agua extraña de fuente extraña" se hallan no solo entre los herejes, sino entre todos los que no viven según la enseñanza de Dios, y viven según la enseñanza del diablo. Pues si hablase del bautismo, no diría: "No bebas de fuente extraña", sino: no te laves en fuente extraña. Y además, no veo en absoluto qué ayuda obtiene para probar su punto de las palabras de nuestro Señor: "Si el hombre no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" []. Porque una cosa es decir que todo el que hubiere de entrar en el reino de los cielos es primero nacido de nuevo del agua y del Espíritu, porque si el hombre no naciere de agua y del Espíritu, no entrará en el reino de los cielos, que es dicho del Señor y es verdadero; otra cosa es decir que todo el que nace del agua y del Espíritu entrará en el reino de los cielos, lo cual es ciertamente falso. Porque también Simón Mago nació del agua y del Espíritu [], y sin embargo no entró en el reino de los cielos; y esto puede posiblemente ocurrir también con los herejes. O si solo nacen del Espíritu los que son mudados por una verdadera conversión, todos los que "renuncian al mundo de palabra y no de hecho" ciertamente no nacen del Espíritu, sino solo del agua, y sin embargo están dentro de la Iglesia, según el testimonio de Cipriano. Porque forzosamente hemos de conceder una de dos cosas: o bien los que renuncian al mundo engañosamente nacen del Espíritu, aunque sea para su destrucción, no para su salvación, y por tanto los herejes pueden nacer así; o bien, si lo que está escrito, que "el Espíritu Santo de la disciplina huirá del engaño" [], llega a probar tanto como esto, que los que renuncian al mundo engañosamente no nacen del Espíritu, entonces un hombre puede ser bautizado con agua y no nacer del Espíritu, y Nemesiano dice en vano que ni el Espíritu puede obrar sin el agua, ni el agua sin el Espíritu. En efecto, ya se ha mostrado a menudo cómo es posible que hombres tengan un solo bautismo en común sin tener una sola Iglesia, así como es posible que en el cuerpo de la Iglesia misma los que son santificados por su justicia y los que son contaminados por su avaricia no tengan el mismo y único Espíritu, y sin embargo tengan el mismo y único bautismo. Porque se dice "un solo cuerpo", es decir, la Iglesia, así como se dice "un solo Espíritu" y "un solo bautismo". Los demás argumentos que ha aducido más bien favorecen nuestra posición. Porque ha presentado una prueba del evangelio en las palabras: "Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es; porque el Espíritu es Dios, y es nacido de Dios" []; y ha adelantado el argumento de que, por tanto, todas las cosas que hace cualquier hereje o cismático son carnales, como dice el apóstol: "Las obras de la carne son manifiestas, que son: fornicación, impureza"; y así recorre la lista que allí enumera el apóstol, entre las cuales ha contado las herejías, puesto que "los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios" []. Luego pasa a añadir que "por tanto, el apóstol condena con todos los malvados también a los que causan división, es decir, a los cismáticos y herejes". Y en esto hace bien, pues al enumerar las obras de la carne, entre las cuales están también las herejías, halló y declaró que el apóstol las condena a todas por igual. Pregunte, pues, al mismo santo Cipriano, y aprenda de él cuántos, aun dentro de la Iglesia, viven según las malas obras de la carne que el apóstol condena en común con las herejías, y sin embargo estos tales bautizan y son bautizados. ¿Por qué, pues, se dice que solo los herejes son incapaces de poseer el bautismo, que poseen incluso los propios partícipes en su condenación?

    Capítulo 13

    VI, 13, 20–21

    20. Januario de Lambesa dijo: "Siguiendo la autoridad de las santas Escrituras, declaro que todos los herejes deben ser bautizados, y así admitidos en la santa Iglesia."
    21. A él respondemos que, siguiendo la autoridad de las santas Escrituras, un concilio universal de todo el mundo decretó que el bautismo de Cristo no debía ser desautorizado ni aun cuando se hallase entre herejes. Pero si hubiera aducido alguna prueba de las Escrituras, habríamos mostrado que o no estaban contra nosotros, o incluso que estaban a nuestro favor, como procederemos a hacer con el que sigue.

    Capítulo 14

    VI, 14, 22–23

    22. Lucio de Castra Galba dijo: "Puesto que el Señor ha dicho en su evangelio: 'Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal perdiere su sabor, lo que con ella se salare ya no sirve para nada, sino para ser echado fuera y hollado por los hombres'; y viendo que de nuevo, después de su resurrección, al enviar a sus apóstoles, les mandó diciendo: 'Todo poder me es dado en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo' [], —puesto que entonces es claro que los herejes, es decir, los enemigos de Cristo, no tienen la plena confesión del sacramento, y también que los cismáticos no pueden razonar con sabiduría espiritual, ya que ellos mismos, al retirarse de la Iglesia, que es una, habiendo perdido su sabor, se han hecho contrarios a ella—, hágase lo que está escrito: 'Las casas de los que se oponen a la ley necesariamente deben ser purificadas'; y de ahí se sigue que los que han sido contaminados por el bautismo conferido por hombres contrarios a Cristo deben ser primero purificados, y solo después bautizados."
    23. Lucio de Castra Galba ha presentado una prueba del evangelio en las palabras del Señor: "Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal perdiere su sabor, lo que con ella se salare ya no sirve para nada, sino para ser echado fuera y hollado por los hombres"; como si nosotros sostuviésemos que los hombres, una vez echados fuera, aprovechan algo para la salvación, sea de sí mismos o de cualquier otro. Pero también aquellos que, aunque parecen estar dentro, son de tal índole, no solo están fuera espiritualmente, sino que al final serán separados también corporalmente. Porque todos los tales no sirven para nada. Pero no se sigue por ello que el sacramento del bautismo que hay en ellos no sea nada. Porque aun en los mismos hombres que son echados fuera, si vuelven en sí y regresan, la salvación que se había apartado de ellos vuelve; pero el bautismo no vuelve, porque nunca se había apartado. Y en lo que dice el Señor: "Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo", no permitió bautizar sino a los buenos, en cuanto que no dijo a los malos: "A quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" []. ¿Cómo, pues, bautizan dentro los malos, que no pueden perdonar pecados? ¿Cómo es también que bautizan a los malos cuyos corazones no han sido mudados, cuyos pecados aún están sobre ellos, como dice Juan: "El que aborrece a su hermano está en tinieblas hasta ahora"? [] Pero si los pecados de estos son perdonados cuando se unen con los estrechos lazos del amor a los buenos y justos, por medio de los cuales se perdonan los pecados en la Iglesia, aunque hayan sido bautizados por los malos, así también son perdonados los pecados de aquellos que vienen de fuera y se unen por el vínculo interior de la paz al mismo edificio del cuerpo de Cristo. Sin embargo, el bautismo de Cristo debe ser reconocido en ambos, y no tenido por inválido en ninguno, ya sea antes de que se conviertan, aunque entonces no les aproveche nada, o después de que se conviertan, para que así les aproveche, como dice: "Puesto que ellos mismos, al retirarse de la Iglesia, que es una, habiendo perdido su sabor, se han hecho contrarios a ella, hágase lo que está escrito: 'Las casas de los que se oponen a la ley necesariamente deben ser purificadas'; y de ahí se sigue", prosigue, "que los que han sido contaminados por el bautismo conferido por hombres contrarios a Cristo deben ser primero purificados, y solo después bautizados". ¿Qué, pues? ¿Acaso los ladrones y homicidas no son contrarios a la ley, que dice: "No matarás; no hurtarás"? "Por tanto, necesariamente deben ser purificados". ¿Quién lo negará? Y, sin embargo, no solo los que son bautizados por tales dentro de la Iglesia, sino también los que, siendo tales ellos mismos, son bautizados sin ser mudados en su corazón, están no obstante exentos de ulterior bautismo cuando son así mudados. Tan grande es la fuerza del sacramento del mero bautismo, que, aunque concedamos que un hombre que ha sido bautizado y continúa llevando mala vida necesita ser purificado, le prohibimos, sin embargo, ser bautizado de nuevo.

    Capítulo 15

    VI, 15, 24–25

    24. Crescente de Cirta dijo: "Habiéndose leído las cartas de nuestro amadísimo Cipriano a Jubaiano, y también a Esteban, en tan numerosa asamblea de nuestros santísimos hermanos en el sacerdocio, conteniendo como contienen tan grande acopio de sagrado testimonio tomado de las Escrituras que nos dan a nuestro Dios, que tenemos toda razón para asentir a ellas, estando todos unidos por la gracia de Dios, doy mi parecer de que todos los herejes o cismáticos que quieran venir a la Iglesia Católica no deben entrar en ella si antes no han sido exorcizados y bautizados; con la evidente excepción de aquellos que han sido bautizados originariamente en la Iglesia Católica, siendo estos reconciliados y admitidos a la penitencia de la Iglesia por la imposición de manos."
    25. Aquí se nos advierte una vez más que inquirimos por qué dice: "Excepto, por supuesto, los que han sido bautizados originariamente en la Iglesia Católica". ¿Acaso porque no habían perdido lo que antes habían recibido? ¿Por qué, pues, no pudieron transmitir también fuera de la Iglesia lo que pudieron poseer fuera? ¿Es acaso que fuera se transmite ilícitamente? Pero tampoco se posee lícitamente fuera, y sin embargo se posee; así, fuera se da ilícitamente, pero sin embargo se da. Mas lo que se da a la persona que vuelve de la herejía y que había sido bautizada dentro, se da a la persona que viene a la Iglesia y que había sido bautizada fuera: es decir, que tenga lícitamente dentro lo que antes tenía ilícitamente fuera. Pero acaso alguno pregunte qué se dijo sobre este punto en la carta del bienaventurado Cipriano a Esteban, que se menciona en este parecer, aunque no en el discurso de apertura del Concilio; supongo que porque no se consideró necesario. Pues Crescente declaró que la carta misma había sido leída en la asamblea, lo cual no dudo que se hizo, si no me engaño, según es costumbre, a fin de que los obispos, ya reunidos, pudieran recibir al mismo tiempo alguna información sobre el asunto contenido en aquella carta. Porque ciertamente no tiene relación alguna con el asunto presente; y más me sorprende que Crescente haya tenido a bien mencionarla, que el que haya sido pasada por alto en el discurso de apertura. Pero si alguno piensa que yo he rehuido sacar a relucir algo que en ella se aduce y que es esencial para el punto presente, léala y vea que lo que digo es verdad; o si la halla de otro modo, que me convenza de falsedad. Porque aquella carta no contiene nada en absoluto sobre el bautismo administrado entre herejes o cismáticos, que es el asunto de nuestro presente argumento.

    Capítulo 16

    VI, 16, 26–27

    26. Nicomedes de Segermi dijo: "Mi juicio es que los herejes que vienen a la Iglesia deben ser bautizados, porque entre los pecadores de fuera no pueden obtener remisión alguna de pecados".
    27. A esto se responde: El juicio de toda la Iglesia Católica es que los herejes, ya bautizados con el bautismo de Cristo aunque en la herejía, no deben ser rebautizados al venir a la Iglesia. Porque si no hay remisión de pecados entre los pecadores, tampoco los pecadores dentro de la Iglesia pueden remitir pecados; y, sin embargo, los que han sido bautizados por ellos no son rebautizados.

    Capítulo 17

    VI, 17, 28–29

    28. Mónulo de Girba dijo: "La verdad de nuestra madre, la Iglesia Católica, ha continuado y continúa todavía entre nosotros, hermanos, especialmente en la triple naturaleza del bautismo, como dice nuestro Señor: "Id, bautizad a todas las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" []. Puesto que, pues —prosiguió—, sabemos claramente que los herejes no tienen ni Padre, ni Hijo, ni Espíritu Santo, deben, al venir a nuestra madre, la Iglesia, ser verdaderamente regenerados y bautizados, para que el cáncer que tenían, y la ira de la condenación, y la energía destructora del error sean santificados por el santo y celestial lavacro".
    29. A esto respondemos: Que todos los que son bautizados con el bautismo consagrado en las palabras del evangelio tienen al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo en el sacramento solamente; pero en el corazón y en la vida no los tienen ni aun aquellos que viven dentro una vida abandonada y maldita.

    Capítulo 18

    VI, 18, 30–31

    30. Secundino de Cedias dijo: "Puesto que nuestro Señor Cristo dijo: "El que no está conmigo, contra mí está" [], y el apóstol Juan declara que los que salen de la Iglesia son anticristos [], sin duda alguna los enemigos de Cristo, y los que son llamados anticristos, no pueden administrar la gracia del bautismo que da salvación; y por tanto mi juicio es que quienes se refugian en la Iglesia de las asechanzas de la herejía deben ser bautizados por nosotros, que por su condescendencia somos llamados amigos de Dios".
    31. A esto se responde: Que todos son adversarios de Cristo, a quienes, cuando digan: "Señor, ¿no hemos hecho en tu nombre muchas maravillas?", con todo lo demás que allí se registra, Él responderá en el último día: "Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad" [] —toda esta clase de paja está destinada al fuego, si persevera hasta el fin en su maldad, ya sea que una parte de ella vuele fuera antes de su aventamiento, ya sea que parezca estar dentro. Si, por tanto, los herejes que vienen a la Iglesia han de ser bautizados de nuevo, para que sean bautizados por los amigos de Dios, ¿son acaso amigos de Dios aquellos avaros, aquellos ladrones, homicidas, o deben ser bautizados de nuevo los que ellos han bautizado?

    Capítulo 19

    VI, 19, 32–33

    32. Félix de Bagai dijo: "Así como cuando el ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo [], así cuando un hereje bautiza a un hereje, ambos caen juntos en la muerte".
    33. Esto es verdad, pero no se sigue que sea verdad lo que añade. "Y por tanto —dice—, el hereje debe ser bautizado y vuelto a la vida, no sea que nosotros, que estamos vivos, tengamos comunión con los muertos". ¿Acaso no estaban muertos los que decían: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos"? []; pues no creían en la resurrección de los muertos. Entonces, los que fueron corrompidos por sus malas comunicaciones y los siguieron, ¿no caían igualmente con ellos en el hoyo? Y sin embargo, entre ellos había hombres a quienes el apóstol escribía como ya bautizados; y no por ello, si se corregían, habrían de ser bautizados de nuevo. ¿No dice el mismo apóstol: "El ocuparse de la carne es muerte"? []; y ciertamente los avaros, los engañadores, los ladrones, en medio de los cuales el propio Cipriano gemía, se ocupaban de la carne. ¿Qué, pues? ¿Le dañaban los muertos a él, que vivía en la unidad? ¿O quién diría que, porque tales hombres tenían o daban el bautismo de Cristo, este quedaba por ello violado por sus iniquidades?

    Capítulo 20

    VI, 20, 34–35

    34. Poliano de Mileum dijo: "Es justo que un hereje sea bautizado en la santa Iglesia".
    35. Nada, ciertamente, podría expresarse con más brevedad. Pero creo que esto también es breve: Es justo que el bautismo de Cristo no sea menospreciado en la Iglesia de Cristo.

    Capítulo 21

    VI, 21, 36–37

    36. Teógenes de Hipona Regia dijo: "Según el sacramento de la gracia celestial de Dios que hemos recibido, creemos en el único bautismo que está en la santa Iglesia".
    37. Este puede ser también mi propio juicio. Pues está tan equilibrado, que no contiene nada contrario a la verdad. Porque nosotros también creemos en el único bautismo que está en la santa Iglesia. Si hubiera dicho, en verdad: Creemos en aquello que está solo en la santa Iglesia, habría que haberle respondido lo mismo que a los demás. Pero tal como está, puesto que se ha expresado de este modo: "Creemos en el único bautismo que está en la santa Iglesia", de suerte que se afirma que existe en la santa Iglesia, pero no se niega que pueda estar también en otra parte, cualquiera que haya sido su intención, no hay necesidad de argumentar contra estas palabras. Pues si yo fuese interrogado sobre los varios puntos —primero, si hay un solo bautismo, respondería que hay uno; luego, si me preguntasen si este está en la santa Iglesia, respondería que lo está; en tercer lugar, si se me preguntase si creo en este bautismo, respondería que así lo creo; y, en consecuencia, respondería que creo en el único bautismo que está en la santa Iglesia. Pero si se preguntase si se encuentra solo en la santa Iglesia, y no entre herejes y cismáticos, respondería que, en común con toda la Iglesia, creo lo contrario. Pero puesto que no incluyó esto en su juicio, consideraría que era mera temeridad si yo añadiera palabras que no encontré allí, con el fin de argumentar contra ellas. Pues si él dijera: Hay un agua del río Éufrates, que está en el Paraíso, nadie podría negar la verdad de lo que dijo. Pero si se le preguntase si aquella agua estaba en el Paraíso y en ninguna otra parte, y dijera que así era, estaría diciendo algo falso. Pues, además del Paraíso, está también en aquellas tierras a las que fluye desde aquella fuente. Pero ¿quién es tan temerario como para decir que él habría afirmado lo falso, cuando es muy posible que estuviera afirmando lo verdadero? Por lo cual las palabras de este juicio no requieren contradicción, porque de ningún modo se oponen a la verdad.
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