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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta a Valerio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 1 — Acerca del argumento de este tratado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7 [VI.]
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10 [IX.]
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 13
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 17 [XV.]
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 21 [XIX.] — Así nacen pecadores de padres justos, como el olivo silvestre nace del olivo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 24
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 28 [XXV.]
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 31 [XXVIII.] — ¿Quién es el hombre que puede decir: «Ya no soy yo quien lo hace»?
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 35 [XXXI.] — La carne, afección carnal
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 36 — Aun ahora, mientras tenemos la concupiscencia, podemos estar seguros en Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 39 [XXXIV.]
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minEl libro mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 5 — Continuación del mismo tema
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 9 — Los católicos mantienen la doctrina del pecado original, y así están lejos de ser maniqueos
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 12 — El nombre de Eva significa Vida, y es un gran sacramento de la Iglesia
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 15
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 17 [VII.]
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 21 [IX.] — Es el Dios bueno quien da la fecundidad, y el diablo quien corrompe el fruto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 24 [XI.] — Qué pacto de Dios quebranta el recién nacido. Cuál era el valor de la circuncisión
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 27
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 29 — Lo mismo continúa. Agustín afirma también que Dios forma al hombre en el nacimiento
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 32 [XVII.] — Dios no es el autor del mal en aquellos a quienes crea
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 35 [XX.]
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 37 [XXII.] — Si no hay matrimonio sin cohabitación, tampoco hay cohabitación sin vergüenza
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 42
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 44 [XXVII.]
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 47 — Las Escrituras nos enseñan repetidamente que todos pecaron en uno solo
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 50
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 52 [XXX.] — El pecado fue el origen de toda concupiscencia vergonzosa
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 55 [XXXIII.] — La concupiscencia es una enfermedad; la palabra «Pasión» en el sentido eclesiástico
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 57 [XXXIV.] — El gran pecado del primer hombre

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre el matrimonio y la concupiscencia

    Texto base: Peter Holmes (trad.), en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · carta a Valerio, libro I (40 capítulos) y libro II (60 capítulos)

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Peter Holmes; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 217 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Hacia 419 Agustín supo que los pelagianos habían dicho al conde Valerio, un alto funcionario cristiano de ocupaciones militares, que condenaba el matrimonio. La razón era su doctrina del pecado original: si todo el que nace de la unión de varón y mujer nace en pecado, decían, el matrimonio es obra del diablo. Agustín escribió dos libros para decir que no: el matrimonio es un bien de Dios, y lo que no es de Dios es la concupiscencia, el deseo desordenado que el pecado de Adán dejó en la carne y por el cual el pecado se transmite a los hijos, también a los de padres justos. El segundo libro lo escribió poco después para contestar unos extractos de Juliano, obispo de Eclano, que había refutado el primero.
    El texto se abre con la carta con que Agustín envió el libro I a Valerio. Sigue el libro I (40 capítulos), que expone el bien del matrimonio (la prole, la fidelidad y el vínculo sacramental, I, 19), distingue de él el mal de la concupiscencia y trata de lo que ocurre después del bautismo; y el libro II (60 capítulos), donde Agustín cita las frases de Juliano y las contesta una por una. La tabla de abajo es una lectura del editor, apoyada en los títulos de los capítulos y en el resumen de Warfield.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre el matrimonio y la concupiscencia (en latín, De nuptiis et concupiscentia; en inglés, On Marriage and Concupiscence)
    Fecha419 y 420, según el NPNF (libro I, finales de 418 o comienzos de 419; libro II, 420). Wikipedia, citando a Fitzgerald (1999), da 419–420; la Catholic Encyclopedia, 419
    DestinatarioEl conde Valerio, a quien Agustín llama «ilustre»
    GéneroTratado en dos libros, con una carta adjunta (la 200 de la colección de cartas de Agustín); el libro II es una respuesta
    ExtensiónCarta, 40 capítulos del libro I y 60 del libro II; unas 40 500 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Peter Holmes; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes, la que publicó el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings). La tabla de contenido de ese volumen marca con asterisco los tratados que tradujo Robert Ernest Wallis y atribuye los demás a Holmes; Sobre el matrimonio y la concupiscencia no lleva asterisco. El prefacio de la edición americana dice que la traducción de la edición inglesa de Edimburgo (T. & T. Clark) se cotejó con el latín en todo el volumen y se corrigió en cada página, sin dejar de ser en lo esencial la de Edimburgo, y que los títulos de capítulo se ampliaron hasta que casi cada capítulo tuvo el suyo. Añade que las notas largas que puso el editor americano van entre corchetes y firmadas con una «W.».
    Las fuentes difieren. New Advent, que reproduce el texto, atribuye la obra a Holmes y a Wallis y la da por impresa en Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887, revisada por Warfield; en el índice del propio volumen, en cambio, ningún asterisco la asigna a Wallis, y por eso aquí se atribuye a Holmes.
    El inglés de partida de esta edición coincide con el de New Advent y con el de CCEL en los pasajes cotejados. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo la aplicación Libyx con el modelo DeepSeek V4 Pro; no se atribuye a ningún traductor humano y nadie la ha revisado frase a frase.
    El NPNF antepone al tratado un extracto de las Retractaciones (II, 53), en que Agustín lo reseña, y una advertencia de los editores benedictinos sobre su fecha; el epub de partida no los trae. Según ese extracto, la obra tuvo primero dos libros, el primero llegó a manos de Juliano, que escribió cuatro libros contra él, y alguien extrajo de ellos unas frases y las envió al conde Valerio; Agustín las recibió y escribió el segundo libro «en respuesta a estos extractos».

    El tratado y su plan

    CapítulosDe qué trata
    CartaAgustín envía el libro a Valerio y le explica por qué se lo dedica a él
    I, 1 a 5La acusación de condenar el matrimonio; por qué se escribe a Valerio; la castidad conyugal como don de Dios, también la de los incrédulos; el bien natural del matrimonio
    I, 6 a 9La lujuria y la vergüenza: Adán y Eva no fueron creados ciegos; el mal de la lujuria no quita el bien del matrimonio
    I, 10 a 13Por qué se toleró que un hombre tuviera varias esposas y no una mujer varios maridos; el sacramento del matrimonio, indisoluble; el matrimonio de María y José
    I, 14 a 19Tiempo de casarse y tiempo de continencia; lo venial en el uso del matrimonio; los tres bienes nupciales
    I, 20 a 26Por qué de un matrimonio santo nacen pecadores (el olivo silvestre); el exorcismo de los niños; la vergüenza de la lujuria
    I, 27 a 36La concupiscencia permanece tras el bautismo, ya no como culpa; Romanos 7: «ya no soy yo quien lo hace»
    I, 37 a 40La ley del pecado en los niños sin bautizar; toda remisión se refiere al bautismo; Ambrosio contra los pelagianos
    II, 1 a 9La ocasión; los extractos de Juliano; la acusación de que los católicos son maniqueos
    II, 10 a 30El método: citar cada frase y refutarla; el matrimonio es bueno, y su bien incluye la fecundidad pero no la concupiscencia
    II, 31 a 51El pecado original no implica que el hombre tenga un origen malo; el matrimonio no es la causa, sino el cauce; negar que el mal pueda surgir de lo bueno lleva al maniqueísmo
    II, 52 a 60La concupiscencia vergonzosa viene del pecado y no estaba en el paraíso; Cristo murió también por los niños; lo que el diablo hace en ellos no es una sustancia, sino una herida
    Lo que viene de la edición. Los capítulos, sus títulos y sumarios son los de la edición inglesa; no son de Agustín. El capítulo se localiza con su número: «I, 19» es el libro I, capítulo 19. Los numerales romanos entre corchetes que acompañan a algunos títulos («Capítulo 12 [XI.]») son los de los capítulos de la edición benedictina, que el volumen conserva a medias; varios capítulos no llevan numeral. La carta a Valerio es la que el NPNF imprime antes del libro I. Son también de la edición su encabezamiento entre corchetes, el «argumento» que abre cada libro y los encabezados «Notas preliminares» y «El libro mismo» del libro II: las notas preliminares son dos pasajes de otras obras de Agustín (el prefacio de la Obra inacabada y la carta 207 a Claudio) que anteceden a ese libro. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición y se enlazan a la Biblia del lector, salvo ocho que no corresponden al versículo citado y que vienen así del propio NPNF (se comprobó en CCEL); se dejan como texto, sin enlace: «Colosenses 1:15» (I, 1; la cita es de 1:13, que el tratado da bien en I, 22), «1 Corintios 3:32-33» (I, 15; es 7:32-33), «Mateo 19:9» (I, 18; es 19:11), «Génesis 1:29» (I, 23; es 1:28), «Éxodo 20:7» (I, 32; es 20:17), «Efesios 5:25» en el segundo pasaje (I, 38; «mancha ni arruga» es de 5:27, mientras que el «Efesios 5:25» de I, 11 sí corresponde), «Romanos 9:33» (II, 32; es 9:23) y «Romanos 9:26» (II, 35; lo que cita es de Romanos 1:26-27). En II, 12 el inglés da «Génesis 2:22-23» y «Génesis 1:28» entre corchetes, que la traducción castellana no conserva. El griego de II, 55 llega partido («[ἐ] [ν πάθει ἐπιθυμίας]») como en el inglés de partida; las palabras latinas que anota el NPNF no pasaron al epub.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 107 encabezados y los mismos 110 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 101,7 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan palabras inglesas ni párrafos sin traducir, y el vocabulario no muestra erratas de letras. Hay giros de registro (en II, 27 «trátate más suavemente, te lo pido» para una exhortación a Agustín) y calcos del inglés que no cambian el sentido; no se corrigen, porque esta edición no retoca la traducción.

    Carta a Valerio

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Encabezamiento de la carta · Carta, encabezado
    [Carta dirigida al conde Valerio, sobre el envío que le hace Agustín de lo que él llama su primer libro «Sobre el matrimonio y la concupiscencia.»]
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta 200 a Valerio · Carta, saludo
    Al ilustre y merecidamente eminente Señor y su muy amado hijo en el amor de Cristo, Valerio, Agustín envía saludo en el Señor.
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta 200 a Valerio · Carta, 1
    1. Mientras me consumía por la larga decepción de no recibir acuses de recibo de vuestra Sublimidad a las muchas cartas que os había escrito, de repente recibí tres cartas de vuestra Gracia: una por mano de mi colega obispo Vindemialis, que no iba destinada sólo a mí, y dos, poco después, por medio de mi hermano el presbítero Firmo. Este santo varón, unido a mí, como habréis podido comprobar por sus propios labios, por los vínculos de un amor entrañabilísimo, conversó largamente conmigo acerca de vuestra excelencia y me dio pruebas indudables de su cabal conocimiento de vuestra persona «en las entrañas de Cristo;» [] por estos medios tuvo ante la vista no sólo las cartas de que habían sido portadores el mencionado obispo y él mismo, sino también aquellas de cuya falta de recibo nos habíamos quejado. Ahora bien, sus noticias sobre vos nos resultaron tanto más agradables cuanto que me dio a entender aquello que no estaba en vuestra mano hacer: que ni aun a mi encarecido ruego de una respuesta os haríais pregonero de vuestras propias alabanzas, contra lo que permite la Sagrada Escritura. [] Pero yo mismo debería dudar en escribiros en este tono, no sea que incurra en la sospecha de adularos, mi ilustre y merecidamente eminente señor y amadísimo hijo en el amor de Cristo.
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta 200 a Valerio · Carta, 2
    2. Ahora bien, en cuanto a vuestras alabanzas en Cristo, o más bien las alabanzas de Cristo en vos, ved cuánto deleite y gozo fue para mí oírlas de aquel que ni podía engañarme por su lealtad hacia mí, ni ignorarlas por su amistad con vos. Pero otros testimonios, que aunque inferiores en número y certeza han llegado no obstante a mis oídos de diversas partes, me aseguran cuán sana y católica es vuestra fe; cuán devota vuestra esperanza del futuro; cuán grande vuestro amor a Dios y a los hermanos; cuán humilde vuestra alma en medio de los más altos honores, pues no confiáis en las riquezas inciertas, sino en el Dios vivo, y sois rico en buenas obras; [] cómo vuestra casa es descanso y consuelo de los santos, y terror de los malhechores; cuán grande es vuestra solicitud para que nadie tienda lazos a los miembros de Cristo (ya entre sus antiguos enemigos, ya entre los de días más recientes), aunque use el nombre de Cristo como capa para sus astucias; y al mismo tiempo, aunque no deis tregua al error de esos enemigos, cuán providente sois para procurar su salvación. Esto y cosas semejantes las oímos con frecuencia, como ya he dicho, incluso de otros; pero en el momento presente hemos recibido, por medio del mencionado hermano, un conocimiento más pleno y más fidedigno.
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta 200 a Valerio · Carta, 3
    3. Pero, en lo que toca a la pureza conyugal, para que pudiéramos otorgaros por ella nuestra alabanza y nuestro amor, ¿podríamos acaso escuchar las noticias de nadie que no fuera algún amigo íntimo vuestro, que no tuviera de vos un trato meramente superficial, sino que conociera vuestra vida más recóndita? Acerca, pues, de este excelente don de Dios a vos, me complace conversar con vos con mayor franqueza y mayor extensión. Estoy del todo seguro de que no os resultaré gravoso, aunque os envíe un tratado prolijo, cuya lectura sólo asegurará una conversación más larga entre nosotros. Pues he descubierto que, en medio de vuestras múltiples y graves ocupaciones, proseguís vuestra lectura con facilidad y placer; y que os deleitáis mucho con cualquier obrita nuestra, aunque vaya dirigida a otras personas, siempre que cae en vuestras manos. Por tanto, todo lo que va dirigido a vos mismo, en lo que puedo hablaros como personalmente, os dignaréis atenderlo con mayor atención y recibirlo con mayor placer. De la lectura, pues, de esta carta, pasad al libro que con ella os envío. Él, ya en su mismo comienzo, de manera más cómoda, dará a conocer a vuestra Reverencia la razón tanto de por qué ha sido escrito como de por qué ha sido sometido especialmente a vuestra consideración.
    Comentario editorial · El conde Valerio y la carta 200
    La advertencia del NPNF describe a Valerio, a quien Agustín llama «ilustre» y conde, como un hombre muy ocupado en la vida pública, no en el foro sino en el campo; por eso sus editores dudan de que sea el Valerio que fue conde del Patrimonio Privado en 425, cónsul en 432 y maestro de los oficios en 434. La carta que antecede al libro I es, según una nota del NPNF, la 200 de la colección de cartas de Agustín. En el § 3 Agustín le anuncia que le envía un tratado largo sobre la castidad conyugal, que sabe que él lee con gusto. De Valerio viene también el motivo del libro II: unos extractos de la obra de Juliano que envió de Ravena a Roma, a Alipio, para que se los entregara a Agustín al volver a África.

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · I, argumento
    Donde expone las bendiciones propias y naturales del matrimonio. Demuestra que entre esas bendiciones no debe contarse la concupiscencia carnal; por cuanto ésta es enteramente mala, de modo que no procede de la naturaleza misma del matrimonio, sino que es un accidente suyo nacido del pecado original. Este mal, no obstante, es empleado rectamente por el matrimonio para la procreación de los hijos. Pero, como resultado de esta concupiscencia, sucede que, aun del matrimonio legítimo de los hijos de Dios, no nacen hombres hijos de Dios, sino del mundo, y quedan atados con la cadena del pecado, aunque sus padres hayan sido liberados de ella por la gracia; y son llevados cautivos por el diablo, si no son a su vez rescatados por la misma gracia de Cristo. Explica cómo es que la concupiscencia permanece en los bautizados en acto, aunque no en culpa. Enseña que, por la santidad del bautismo, no sólo esta culpa original, sino todos los demás pecados de los hombres, cualesquiera que sean, son quitados. Por último, cita la autoridad de Ambrosio para mostrar que el mal de la concupiscencia debe distinguirse del bien del matrimonio.

    Capítulo 1 — Acerca del argumento de este tratado

    I, 1

    Nuestros nuevos herejes, hijo amadísimo Valerio, que sostienen que los niños nacidos en la carne no tienen necesidad de aquella medicina de Cristo con la que se curan los pecados, afirman sin cesar, en su odio desmedido contra nosotros, que condenamos el matrimonio y aquel proceder divino por el cual Dios crea a los seres humanos por medio de hombres y mujeres, por cuanto aseguramos que quienes nacen de tal unión contraen aquel pecado original del que dice el apóstol: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él;» y porque no negamos que, de cualesquiera padres nazcan, están aún bajo el dominio del diablo, a no ser que renazcan en Cristo y por su gracia sean sacados del poder de las tinieblas y trasladados a su reino, [Colosenses 1:15] el cual no quiso nacer de la misma unión de los dos sexos. Porque, pues, afirmamos esta doctrina, contenida en la regla antiquísima e invariable de la fe católica, estos propugnadores del dogma novedoso y perverso, que aseguran que no hay en los niños pecado alguno que haya de ser lavado en el bautismo de la regeneración, [] en su incredulidad o ignorancia nos calumnian, como si condenáramos el matrimonio y como si afirmáramos que es obra del diablo lo que es obra propia de Dios: el ser humano que nace del matrimonio. Y no reparan en que el bien del matrimonio no es más censurable por el mal original que de él se deriva, que lo que el mal del adulterio y la fornicación es excusable por el bien natural que de ellos nace. Pues así como el pecado es obra del diablo, de dondequiera que lo contraigan los niños, así el hombre es obra de Dios, de dondequiera que nazca. Nuestro propósito, por tanto, en este libro, en la medida en que el Señor nos conceda su ayuda, es distinguir entre el mal de la concupiscencia carnal, del cual contrae el pecado original el hombre que de ella nace, y el bien del matrimonio. Pues no habría existido nada de esta concupiscencia productora de vergüenza, a la que alaban desvergonzadamente hombres desvergonzados, si el hombre no hubiera pecado antes; mientras que el matrimonio habría existido aun si ningún hombre hubiera pecado, pues la procreación de los hijos en el cuerpo que correspondía a aquella vida se habría realizado sin aquella enfermedad que en «el cuerpo de esta muerte» [] no puede separarse del proceso de la procreación.
    Comentario editorial · Concupiscencia, lujuria, deseo
    Concupiscentia viene del verbo latino concupiscere, «desear con ardor». En este tratado Agustín la entiende sobre todo como el deseo de la carne que el pecado dejó en el cuerpo, y por eso se propone «distinguir entre el mal de la concupiscencia carnal [...] y el bien del matrimonio». Wikipedia, que resume su doctrina, dice que la usó en un sentido metafísico y no psicológico, y que la consideró no un ser, sino una cualidad mala: la privación del bien o una herida. Es una lectura de esa fuente, no una definición de este texto. El inglés de partida alterna concupiscence y lust (el título del capítulo 6, por ejemplo, habla de «lujuria») y el castellano, «concupiscencia» y «lujuria».

    Capítulo 2 [II.] — Por qué fue dirigido este tratado a Valerio

    I, 2

    Ahora bien, hay tres razones muy especiales, que indicaré brevemente, por las que he querido escribiros particularmente sobre este asunto. La primera es porque, por don de Cristo, sois un observador estricto de la castidad conyugal. La segunda, porque con vuestro gran cuidado y diligencia habéis resistido eficazmente esas novedades profanas que nosotros combatimos en la presente discusión. La tercera, por haberme enterado de que había llegado a vuestras manos algo que ellos habían confiado por escrito; y aunque en vuestra fe robusta pudierais despreciar tal intento, es cosa buena también para nosotros saber cómo llevar ayuda a nuestra fe defendiéndola. Pues el apóstol Pedro nos enseña a estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de la fe y la esperanza que hay en nosotros;» y el apóstol Pablo dice: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.» [] Éstos son los motivos que principalmente me impulsan a mantener con vos semejante conversación en este volumen, según el Señor me capacite. Nunca me ha agradado, en verdad, imponer la lectura de ninguno de mis humildes trabajos a persona eminente, como vos, a quien su elevada dignidad hace visible a todos, sin que ella lo pida; sobre todo cuando no goza de la bendición de un retiro digno, sino que sigue ocupada en los deberes públicos de la profesión militar; esto siempre me ha parecido que sabe más a impertinencia que a respetuosa estima. Si, pues, he incurrido en censura de ese género, al obrar por las razones que acabo de mencionar, imploro el favor de vuestro perdón y una benévola acogida a los argumentos que siguen.

    Capítulo 3 [III.] — La castidad conyugal, don de Dios

    I, 3

    Que la castidad en el estado matrimonial es don de Dios lo muestra el bienaventurado Pablo cuando, hablando de este mismo asunto, dice: «Querría que todos los hombres fuesen como yo mismo; pero cada uno tiene de Dios su propio don, uno de una manera y otro de otra.» [] Observad que nos dice que este don procede de Dios; y aunque lo coloca por debajo de aquella continencia en la que querría que todos los hombres fuesen como él, lo describe no obstante como don de Dios. De donde entendemos que, cuando se nos dan estos preceptos para que los cumplamos, no se dice otra cosa sino que debe haber también en nosotros nuestra propia voluntad para recibirlos y poseerlos. Así, pues, cuando se muestra que éstos son dones de Dios, se da a entender que deben pedírsele si aún no se poseen; y si se poseen, se le debe dar gracias por la posesión; y además, que nuestras propias voluntades poco pueden para buscar, obtener y retener estos dones, si no son ayudadas por la gracia de Dios.

    Capítulo 4

    Una dificultad en cuanto a la castidad de los incrédulos. Nadie sino el creyente es verdaderamente casto

    I, 4

    ¿Qué tenemos, pues, que decir cuando se descubre castidad conyugal aun en algunos incrédulos? ¿Habrá que decir que pecan en cuanto usan mal un don de Dios, al no devolverlo al culto de Aquel de quien lo recibieron? ¿O acaso no habrá que considerar en absoluto como dones de Dios esas cualidades, cuando quienes las ejercen no son creyentes; según aquel pensamiento del apóstol cuando dice: «Todo lo que no procede de fe es pecado?» [] Pero ¿quién osaría decir que un don de Dios es pecado? Pues el alma y el cuerpo, y todas las dotes naturales implantadas en el alma y en el cuerpo, aun en las personas de los pecadores, siguen siendo dones de Dios; porque Dios es quien los hizo, y no ellos mismos. Cuando se dice: «Todo lo que no procede de fe es pecado,» se entiende solamente de aquello que los hombres mismos hacen. Por tanto, cuando los hombres hacen sin fe aquello que parece pertenecer a la castidad conyugal, lo hacen o para agradar a los hombres, ya sea a sí mismos o a otros, o para evitar caer en males como los que son propios de la naturaleza humana en las cosas que desean corrompidamente, o para pagar culto a los demonios. En realidad no se renuncia a unos pecados, sino que unos pecados son vencidos por otros pecados. Dios no permita, pues, que sea llamado verdaderamente casto quien guarda fidelidad conyugal a su esposa por otro motivo que la devoción al verdadero Dios.

    Capítulo 5 [IV.]

    El bien natural del matrimonio. Toda sociedad rechaza naturalmente al compañero fraudulento. Qué es la verdadera pureza conyugal. No hay verdadera virginidad ni castidad sino en la devoción a la fe verdadera

    I, 5

    La unión, pues, del varón y de la mujer con el fin de la procreación es el bien natural del matrimonio. Pero usa mal de este bien quien lo usa bestialmente, de modo que su intención se pone en la satisfacción de la lujuria en vez del deseo de la descendencia. Sin embargo, en algunos animales desprovistos de razón, como, por ejemplo, en la mayor parte de las aves, se conserva cierta clase de confederación de parejas y una social combinación de arte en la construcción del nido; y su mutua distribución de los tiempos para empollar los huevos y su alternancia en el trabajo de alimentar a las crías les dan la apariencia de obrar, al aparearse, más bien atentos a asegurar la continuación de su especie que a saciar la lujuria. De estas dos cosas, la una es la semejanza del hombre en el bruto; la otra, la semejanza del bruto en el hombre. Mas, en lo que atribuí a la naturaleza del matrimonio, a saber, que el varón y la mujer se unen como asociados para la procreación y, en consecuencia, no se defraudan mutuamente (puesto que toda sociedad rechaza naturalmente al compañero fraudulento), aunque aun los hombres sin fe poseen este bien patente de la naturaleza, sin embargo, como no lo usan en la fe, sólo lo convierten en mal y pecado. Del mismo modo, por tanto, el matrimonio de los creyentes convierte en uso de justicia aquella concupiscencia carnal por la cual «la carne codicia contra el Espíritu.» [] Pues abrigan el firme propósito de engendrar descendencia que haya de ser regenerada: que los hijos que les nacen como «hijos del mundo» renazcan y se conviertan en «hijos de Dios.» Por lo cual todos los padres que no engendran hijos con esta intención, esta voluntad, este propósito de trasladarlos de miembros del primer hombre a miembros de Cristo, sino que se glorían como padres incrédulos de hijos incrédulos— por muy circunspectos que sean en su cohabitación, limitándola con esmero a la engendración de hijos—, no tienen realmente castidad conyugal en sí mismos. Porque, siendo la castidad una virtud que aborrece la impureza como vicio contrario, y teniendo su sede en el alma todas las virtudes (aun aquellas cuya operación se realiza por medio del cuerpo), ¿cómo puede decirse con verdad que el cuerpo es casto, cuando el alma misma está fornicando contra el verdadero Dios? Y esta fornicación la censura el santo salmista cuando dice: «Porque he aquí que los que se alejan de Ti perecerán: Tú destruyes a todos los que se prostituyen apartándose de Ti.» No hay, pues, verdadera castidad, ni conyugal, ni viudal, ni virginal, sino la que se consagra a la fe verdadera. Pues aunque la virginidad consagrada es con razón preferida al matrimonio, ¿qué cristiano en su sano juicio no preferiría a las mujeres cristianas católicas que se han casado aun más de una vez, no ya a las vestales, sino también a las vírgenes herejes? Tan grande es el valor de la fe, de la cual dice el apóstol: «Todo lo que no procede de fe es pecado;» [] y de la cual está escrito en la Epístola a los Hebreos: «Sin fe es imposible agradar a Dios.» []

    Capítulo 6 [V.]

    La censura de la lujuria no es condena del matrimonio; de dónde proviene la vergüenza en el cuerpo humano. Adán y Eva no fueron creados ciegos; sentido de sus «ojos abiertos.»

    I, 6

    Ahora bien, siendo éste el verdadero estado de la cuestión, sin duda yerran quienes suponen que, cuando se censura la concupiscencia carnal, se condena el matrimonio; como si la enfermedad de la concupiscencia fuera fruto del matrimonio y no del pecado. ¿Acaso aquellos primeros esposos, cuyas nupcias bendijo Dios con las palabras, «creced y multiplicaos,» [] no estaban desnudos y, sin embargo, no se avergonzaban? ¿Por qué, pues, surgió la vergüenza de sus miembros después del pecado, sino porque de ellos brotó un movimiento indecente que, si los hombres no hubieran pecado, ciertamente nunca habría existido en el matrimonio? ¿O fue acaso, como sostienen algunos (que prestan poca atención a lo que leen), que los seres humanos fueron creados al principio ciegos, como los perros; y —lo que es aún más absurdo— alcanzaron la vista, no como los perros, al crecer, sino al pecar? Lejos esté de nosotros el admitir semejante opinión. Pero ellos sacan esa opinión suya de leer: «Tomó ella de su fruto y comió; y dio también a su marido, que estaba con ella, y él comió; y se les abrieron los ojos a ambos, y conocieron que estaban desnudos.» [] Esto explica la opinión de personas poco inteligentes, que piensan que los ojos del primer hombre y de la primera mujer estaban antes cerrados, porque la Sagrada Escritura atestigua que entonces se abrieron. Pues bien, ¿acaso los ojos de Agar, la sierva de Sara, estaban antes cerrados cuando, junto a su hijo sediento y sollozante, abrió ella los ojos [] y vio el pozo? ¿O caminaron aquellos dos discípulos, después de la resurrección del Señor, por el camino con Él con los ojos cerrados, ya que el evangelista dice de ellos que «al partir el pan se les abrieron los ojos y le reconocieron»? [] Por tanto, lo que está escrito acerca del primer hombre y de la primera mujer, que «se les abrieron los ojos a ambos,» [] debemos entenderlo en el sentido de que prestaron atención a percibir y reconocer el nuevo estado que había sobrevenido a su cuerpo. Ahora que sus ojos se abrieron, su cuerpo se les apareció desnudo, y lo conocieron. Si no fuera éste el sentido, ¿cómo, cuando las bestias del campo y las aves del cielo fueron traídas ante él, [] habría podido Adán ponerles nombres si tenía los ojos cerrados? No habría podido hacerlo sin distinguirlas; y no habría podido distinguirlas sin verlas. ¿Cómo, además, habría podido él contemplar tan claramente a la mujer misma cuando dijo: «Ésta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne»? [] Y si alguno se empeña en discutir hasta insistir en que Adán pudo adquirir el discernimiento de estos objetos, no por la vista sino por el tacto, ¿qué explicación tendrá que dar del pasaje en que se nos dice cómo la mujer «vio que el árbol,» del que estaba a punto de arrancar el fruto prohibido, «era agradable a los ojos para contemplarlo»? [] No; «ambos estaban desnudos, y no se avergonzaban,» [] no porque carecieran de vista, sino porque no percibían motivo alguno para avergonzarse de sus miembros, que siempre habían visto. Pues no se dice: Ambos estaban desnudos, y no lo sabían; sino «no se avergonzaban.» Porque, ciertamente, nada había sucedido antes que no fuera lícito, y por eso nada se había seguido que pudiera causarles vergüenza.

    Capítulo 7 [VI.]

    La desobediencia del hombre justamente retribuida en la rebelión de su propia carne; el rubor de vergüenza por los miembros desobedientes del cuerpo

    I, 7

    Cuando el primer hombre transgredió la ley de Dios, comenzó a tener otra ley en sus miembros que repugnaba a la ley de su mente, y sintió el mal de su propia desobediencia al experimentar en la desobediencia de su carne una retribución justísima que recaía sobre sí mismo. Tal fue, pues, «la apertura de sus ojos» que la serpiente le había prometido en su tentación [] — el conocimiento, en efecto, de algo que más le habría valido ignorar. Entonces, ciertamente, percibió el hombre dentro de sí lo que había hecho; entonces distinguió el mal del bien— no evitándolo, sino padeciéndolo. Porque ciertamente no era justo que su siervo, es decir, su cuerpo, le rindiera obediencia a él, que no había obedecido a su propio Señor. Ahora bien, ¡cuán significativo es el hecho de que los ojos, los labios, la lengua, las manos, los pies, la inclinación de la espalda, del cuello y de los costados, todo esté colocado bajo nuestro poder— para aplicarlo a las operaciones que le convienen, cuando tenemos un cuerpo libre de impedimentos y en estado de salud; pero cuando se llega a la gran función del hombre de la procreación de los hijos, los miembros que fueron expresamente creados para este fin no obedecen la dirección de la voluntad, sino que hay que esperar a que la lujuria los ponga en movimiento, como si tuviera derecho legal sobre ellos, y a veces se niega a actuar cuando la mente lo quiere, mientras que a menudo actúa contra su voluntad! ¿No debe esto hacer subir el rubor de la vergüenza sobre la libertad de la voluntad humana, por el hecho de que, al despreciar a Dios, su propio Comandante, ha perdido todo dominio propio sobre sus propios miembros? Ahora bien, ¿dónde podría encontrarse una demostración más adecuada de la justa depravación de la naturaleza humana a causa de su desobediencia, que en la desobediencia de aquellas partes de donde la naturaleza misma deriva su subsistencia por sucesión? Pues es por una propiedad especial que aquellas partes del cuerpo se designan como naturales. Ésta fue, pues, la razón por la cual la primera pareja humana, al experimentar en la carne aquel movimiento que era indecente por ser desobediente, y al sentir la vergüenza de su desnudez, cubrió estos miembros ofensores con hojas de higuera; [] para que, al menos, por voluntad de los avergonzados ofensores, se echara un velo sobre aquello que se ponía en movimiento sin la voluntad de quienes lo deseaban: y puesto que la vergüenza surgía de lo que indecentemente agradaba, el decoro pudiera lograrse mediante la ocultación.

    Capítulo 8 [VII.] — El mal de la lujuria no quita el bien del matrimonio

    I, 8

    Por cuanto, pues, el bien del matrimonio no pudo perderse por la añadidura de este mal, algunas personas imprudentes suponen que esto no es un mal añadido, sino algo que pertenece al bien original. Sin embargo, una distinción se presenta no sólo a la razón sutil, sino incluso al más ordinario juicio natural, la cual fue manifiesta en el caso del primer hombre y de la primera mujer, y sigue siendo válida aún hoy en el caso de las personas casadas. Lo que después efectuaron en la propagación— eso es el bien del matrimonio; pero lo que primero velaron por vergüenza— eso es el mal de la concupiscencia, que en todas partes rehúye la vista y en su vergüenza busca la privacidad. Puesto que, por tanto, el matrimonio efectúa algún bien aun de aquel mal, tiene de qué gloriarse; pero puesto que el bien no puede efectuarse sin el mal, tiene motivo para sentir vergüenza. El caso puede ilustrarse con el ejemplo de un cojo. Supongamos que alcanza algún objeto bueno cojeando tras él; entonces, por una parte, el logro mismo no es malo a causa del mal de la cojera del hombre; ni, por otra parte, es buena la cojera a causa de la bondad del logro. Así, según el mismo principio, no debemos condenar el matrimonio a causa del mal de la lujuria; ni debemos alabar la lujuria a causa del bien del matrimonio.

    Capítulo 9 [VIII.]

    Esta enfermedad de la concupiscencia en el matrimonio no debe ser asunto de voluntad, sino de necesidad; cuál debe ser la voluntad de los creyentes en el uso del matrimonio; quién ha de ser considerado como quien usa, y no sucumbe a, el mal de la concupiscencia; cómo los santos padres del Antiguo Testamento usaban antes a sus esposas

    I, 9

    Esta enfermedad de la concupiscencia es a la que se refiere el apóstol cuando, hablando a los creyentes casados, dice: «Ésta es la voluntad de Dios, a saber, vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su vaso en santificación y honor; no en la enfermedad del deseo, como los gentiles que no conocen a Dios.» [] Por tanto, el creyente casado no sólo no debe usar el vaso ajeno, que es lo que hacen quienes codician las esposas de otros; sino que debe saber que ni siquiera su propio vaso ha de poseerse en la enfermedad de la concupiscencia carnal. Y este consejo no ha de entenderse como si el apóstol prohibiera la cohabitación conyugal— es decir, lícita y honorable—; sino de modo que aquella cohabitación (que no tendría ningún aditamento de lujuria malsana, si no fuera porque la perfecta libertad de elección del hombre quedó tan incapacitada por el pecado precedente que tiene este aditamento fatal) no sea asunto de voluntad, sino de necesidad, sin la cual, sin embargo, sería imposible alcanzar el disfrute de la voluntad misma en la procreación de los hijos. Y este deseo no está determinado en los matrimonios de los creyentes por el propósito de tener hijos que nazcan para pasar por la vida en este mundo presente, sino tales que hayan de renacer en Cristo y permanecer en Él para siempre. Ahora bien, si se produjera este resultado, la recompensa de una plena felicidad brotará del matrimonio; pero si tal resultado no se realiza, con todo sobrevendrá a la pareja casada la paz de su buena voluntad. Quien posee su vaso (es decir, su esposa) con esta intención del corazón, ciertamente no la posee en la «enfermedad del deseo,» como los gentiles que no conocen a Dios, sino en santificación y honor, como creyentes que esperan en Dios. Un hombre se vuelve a usar el mal de la concupiscencia, y no es vencido por él, cuando refrena y reprime su furor, mientras obra en movimientos inordinados e indecorosos; y nunca afloja su dominio sobre él sino cuando está atento a la descendencia, y entonces lo controla y aplica a la generación carnal de hijos que han de ser regenerados espiritualmente, no al sometimiento del espíritu a la carne en una servidumbre sórdida. Que los santos padres de los tiempos antiguos, después de Abraham y antes de él, a quienes Dios dio su testimonio de que «le agradaban,» usaron así a sus esposas, nadie que sea cristiano debe dudarlo, puesto que a ciertos individuos de entre ellos les fue permitido tener pluralidad de esposas, donde la razón era la multiplicación de su descendencia, no el deseo de variar la gratificación.

    Capítulo 10 [IX.]

    Por qué a veces se permitió que el hombre tuviera varias esposas, pero a ninguna mujer se le permitió jamás tener más de un marido. La naturaleza prefiere la unidad en sus dominaciones

    I, 10

    Ahora bien, si al Dios de nuestros padres, que es asimismo nuestro Dios, no le hubiera desagradado tal pluralidad de esposas con el propósito de que la lujuria tuviera un ámbito más amplio de indulgencia; entonces, bajo tal supuesto, también las santas mujeres deberían cada una haber prestado servicio a varios maridos. Pero si alguna mujer hubiera obrado así, ¿qué sentimiento, sino el de una concupiscencia vergonzosa, podría impulsarla a tener más maridos, viendo que con tal licencia no podía tener más hijos? Sin embargo, que el buen propósito del matrimonio se promueve mejor con un solo marido y una sola esposa, que con un marido con varias esposas, queda demostrado con bastante claridad por la primerísima unión de una pareja casada, que fue hecha por el Ser Divino mismo, con la intención de que los matrimonios tomaran de allí su comienzo y de que les proporcionara un precedente más honorable. Sin embargo, en el avance del género humano, aconteció que a ciertos hombres buenos se unieron pluralidad de esposas buenas— muchas a cada uno; y por esto parecería que la moderación buscaba más bien la unidad de un lado por dignidad, mientras que la naturaleza permitía la pluralidad del otro lado por fecundidad. Pues por principios naturales es más factible que uno tenga dominio sobre muchos, que muchos sobre uno. Ni puede dudarse de que es más conforme al orden de la naturaleza que los hombres gobiernen a las mujeres, que las mujeres a los hombres. Es con miras a este principio que el apóstol dice: «La cabeza de la mujer es el hombre;» [] y: «Mujeres, someteos a vuestros propios maridos.» [] Así también escribe el apóstol Pedro: «Así como Sara obedecía a Abraham, llamándolo señor.» [] Ahora bien, aunque el hecho es que, mientras la naturaleza ama la unidad en sus dominaciones, vemos que la pluralidad existe más fácilmente en la porción subordinada de nuestra raza; con todo, nunca fue lícito que un hombre tuviera pluralidad de esposas, salvo con el propósito de que de él brotara un mayor número de hijos. Por lo cual, si una mujer cohabita con varios hombres, en cuanto que de ello no le sobreviene ningún aumento de descendencia, sino sólo una gratificación más frecuente de la lujuria, no puede ser esposa, sino sólo ramera.

    Capítulo 11 [X.]

    El sacramento del matrimonio; el matrimonio indisoluble; la ley del mundo sobre el divorcio difiere de la del Evangelio

    I, 11

    Ciertamente no es sólo la fecundidad, cuyo fruto consiste en la descendencia, ni sólo la castidad, cuyo vínculo es la fidelidad, sino también un cierto vínculo sacramental en el matrimonio lo que se recomienda a los creyentes en el matrimonio. Por consiguiente, el apóstol ordena: «Maridos, amad a vuestras esposas, así como Cristo amó también a la Iglesia.» [] La sustancia de este vínculo es sin duda ésta: que el hombre y la mujer que se unen en matrimonio permanezcan inseparables mientras vivan; y que sea ilícito que uno de los cónyuges se separe del otro, excepto por causa de fornicación. [] Pues esto se conserva en el caso de Cristo y de la Iglesia; de modo que, como un viviente con un viviente, no hay divorcio, no hay separación para siempre. Y tan completa es la observancia de este vínculo en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo — es decir, en la Iglesia de Cristo— por parte de todos los creyentes casados, que son sin duda miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se casan y los hombres toman esposas con el propósito de procrear hijos, nunca se permite a uno repudiar ni siquiera a una esposa infecunda en aras de tener otra que le dé hijos. Y quien hace esto es tenido por culpable de adulterio por la ley del Evangelio; aunque no por la regla de este mundo, que permite el divorcio entre las partes, sin siquiera alegación de culpa, y la celebración de otros compromisos nupciales—, concesión que, según nos dice el Señor, el mismo santo Moisés extendió al pueblo de Israel, a causa de la dureza de sus corazones. [] La misma condenación se aplica a la mujer, si se casa con otro hombre. Tan duraderos son, en efecto, los derechos del matrimonio entre quienes los han contraído, mientras ambos vivan, que incluso son considerados todavía como marido y mujer los que se han separado el uno del otro, más bien que aquellos entre quienes se ha formado una nueva unión. Pues por esta nueva unión no serían culpables de adulterio, si la relación matrimonial anterior no continuara todavía. Si muere el marido, con quien se hizo un verdadero matrimonio, es ahora posible un verdadero matrimonio por una unión que antes habría sido adulterio. Así, entre la pareja conyugal, mientras viven, el vínculo nupcial tiene una obligación permanente, y no puede cancelarse ni por la separación ni por la unión con otro. Pero esta permanencia, en tales casos, sólo sirve para el perjuicio del pecado, no como vínculo del pacto. De manera semejante, el alma de un apóstata, que renuncia por así decirlo a su unión matrimonial con Cristo, no pierde, aunque haya arrojado su fe, el sacramento de su fe, que recibió en el bautismo de la regeneración. Sin duda se le devolvería si volviera, aunque lo perdió al apartarse de Cristo. Conserva, sin embargo, el sacramento después de su apostasía, para agravación de su castigo, no para merecer la recompensa.

    Capítulo 12 [XI.]

    El matrimonio no anula el mutuo voto de continencia; hubo verdadero matrimonio entre María y José; de qué modo José fue padre de Cristo

    I, 12

    Pero no quiera Dios que se considere roto el vínculo nupcial entre quienes de mutuo acuerdo han convenido en guardar una abstinencia perpetua del uso de la concupiscencia carnal. Antes bien, será sólo más firme, ya que han intercambiado mutuamente prendas que habrán de guardarse con un afecto y concordia especiales—no por los voluptuosos lazos de los cuerpos, sino por los afectos voluntarios de las almas. Pues no fue con engaño como el ángel dijo a José: «No temas recibir a María, tu esposa.» [] Se la llama esposa suya por el primer compromiso de esponsales, aunque él no la había conocido carnalmente, ni estaba destinado a conocerla. La designación de esposa no quedó anulada ni se hizo falsa donde nunca hubo, ni se pretendió que hubiera, relación carnal alguna. Aquella esposa virgen fue más bien un gozo más santo y más admirable para su marido precisamente por su preñez sin varón, con disparidad en cuanto al hijo que nació, sin disparidad en la fe que ambos profesaban. Y a causa de esta fidelidad conyugal, ambos son merecidamente llamados «padres» [] de Cristo (no sólo ella como madre suya, sino él como padre suyo, por ser su marido), habiendo sido ambos tales en mente y propósito, aunque no en la carne. Mas mientras el uno fue padre suyo sólo en el propósito, y la otra madre suya también en la carne, ambos, con todo, fueron solamente los padres de su humildad, no de su sublimidad; de su debilidad, no de su divinidad. Pues no miente el Evangelio, en el cual se lee: «Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de Él;» y en otro pasaje: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén;» [] y de nuevo un poco después: «Su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira, tu padre y yo te hemos buscado angustiados.» [] Mas para mostrarles que tenía un Padre además de ellos, que lo engendró sin madre, les respondió: «¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que me es necesario estar en los negocios de mi Padre?» [] Además, para que no se pensara que con lo que acababa de decir los repudiaba como padres suyos, el evangelista añadió en seguida: «Mas ellos no entendieron la palabra que les habló; y descendió con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto.» [] ¿Sujeto a quiénes sino a sus padres? ¿Y quién era el sujeto sino Jesucristo, «quien, siendo en forma de Dios, no estimó como usurpación el ser igual a Dios»? [] ¿Y por qué sujeto a ellos, que estaban muy por debajo de la forma de Dios, sino porque «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo», [] la forma en que vivían sus padres? Ahora bien, puesto que ella lo dio a luz sin que él lo engendrara, no podían ciertamente haber sido ambos sus padres, en aquella forma de siervo, si no hubieran estado unidos conyugalmente, aunque sin relación carnal. En consecuencia, la serie genealógica (aunque ambos padres de Cristo se mencionan juntos en la sucesión) [] hubo de extenderse, como de hecho se extiende, más bien hasta el nombre de José, para que no se hiciera agravio, en el caso de este matrimonio, al varón, y ciertamente al sexo más fuerte, al mismo tiempo que nada se perjudicaba a la verdad, puesto que José, no menos que María, era de la simiente de David, [] de quien estaba profetizado que Cristo había de venir.

    Capítulo 13

    En el matrimonio de María y José hubo todos los bienes del estado conyugal; todo lo que nace de concubinato es carne de pecado

    I, 13

    Todo el bien, por tanto, de la institución nupcial se realizó en el caso de estos padres de Cristo: hubo prole, hubo fidelidad, hubo vínculo. Por prole reconocemos al mismo Señor Jesús; la fidelidad, en que no hubo adulterio; el vínculo, porque no hubo divorcio. [XII.] Sólo faltó la cohabitación nupcial; porque Aquel que había de estar sin pecado, y fue enviado no en carne de pecado, sino en semejanza de carne de pecado, [] no pudo en modo alguno haber sido formado en la misma carne de pecado sin aquella torpe concupiscencia de la carne que procede del pecado, y sin la cual Él quiso nacer, para enseñarnos que todo el que nace de unión sexual es, de hecho, carne de pecado, pues sólo aquello que no nació de tal unión no fue carne de pecado. Sin embargo, la unión conyugal no es en sí misma pecado, cuando se tiene con la intención de engendrar hijos; porque la buena voluntad de la mente guía el placer corporal que le sigue, en lugar de seguir su impulso; y la elección humana no es arrastrada por el yugo del pecado que la oprime, en cuanto el golpe del pecado es rectamente reconducido a los fines de la procreación. Este golpe tiene cierta actividad pruriginosa que se porta como rey en las torpes complacencias del adulterio, de la fornicación, de la lascivia y de la impureza; mientras que en los deberes indispensables del estado matrimonial muestra la docilidad del esclavo. En el primer caso se la condena como la desvergonzada insolencia de un amo tan violento; en el otro, recibe modesta alabanza como el honesto servicio de un servidor tan sumiso. Esta lujuria, pues, no es en sí misma el bien de la institución nupcial; sino que es obscenidad en los hombres pecadores, necesidad en los padres que procrean, fuego de las lascivas complacencias, vergüenza de los placeres nupciales. ¿Por qué, pues, no han de permanecer varón y mujer quienes de mutuo acuerdo cesan de cohabitar, dado que José y María continuaron siéndolo, aunque nunca llegaron siquiera a empezar a cohabitar?

    Capítulo 14 [XIII.] — Antes de Cristo era tiempo de casarse; desde Cristo es tiempo de continencia

    I, 14

    Ahora bien, esta propagación de hijos, que entre los antiguos santos fue deber obligadísimo con el fin de engendrar y conservar un pueblo para Dios, entre el cual la profecía de la venida de Cristo debía preceder a todo, ya no tiene la misma necesidad. Pues de entre todas las naciones está abierto el camino para que una abundante descendencia reciba la regeneración espiritual, de cualquier parte de donde provenga su nacimiento natural. De modo que podemos reconocer que la Escritura que dice que hay «un tiempo de abrazar y un tiempo de abstenerse de abrazar» [] debe distribuirse en sus cláusulas a los períodos antes y después de Cristo. Aquél era el tiempo de abrazar; éste, el de abstenerse de abrazar.

    Capítulo 15 — La enseñanza del Apóstol sobre este asunto

    I, 15

    Por eso también el apóstol, hablando aparentemente con este pasaje a la vista, declara: «Pero esto digo, hermanos: el tiempo es corto; resta que los que tienen esposa sean como si no la tuvieran; y los que lloran, como si no lloraran; y los que se alegran, como si no se alegraran; y los que compran, como si no poseyeran; y los que usan de este mundo, como si no lo usaran; porque la apariencia de este mundo pasa. Pero quiero que estéis sin solicitud.» [] Todo este pasaje (para expresar mi parecer sobre este asunto en forma de breve exposición de las palabras del apóstol) creo que debe entenderse así: «Esto digo, hermanos: el tiempo es corto.» Ya no ha de propagarse el pueblo de Dios por generación carnal; sino que, de ahora en adelante, ha de ser recogido por regeneración espiritual. «Resta, pues, que los que tienen esposa» no estén sujetos a la concupiscencia carnal; «y los que lloran,» bajo la tristeza del mal presente, se gocen en la esperanza del bien futuro; «y los que se alegran,» por alguna ventaja temporal, teman el juicio eterno; «y los que compran,» posean de tal modo sus bienes que no se apeguen a ellos por demasiado amor; «y los que usan de este mundo» reflexionen que pasa, y no permanece. «Porque la apariencia de este mundo pasa; pero,» dice, «quiero que estéis sin solicitud» —en otras palabras: quiero que levantéis el corazón, para que more en aquellas cosas que no pasan. Luego prosigue: «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa.» [1 Corintios 3:32-33] Y así explica en cierta medida lo que ya había dicho: «Los que tienen esposa sean como si no la tuvieran.» Pues quienes tienen esposa de tal manera que se preocupan de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor, sin tener preocupación alguna por las cosas del mundo para agradar a sus esposas, son, de hecho, como si no tuvieran esposa. Y esto se logra con mayor facilidad cuando las esposas, también, son de tal disposición, porque agradan a sus maridos no meramente porque son ricas, porque son de alto rango, noble linaje y amable temperamento natural, sino porque son creyentes, porque son religiosas, porque son castas, porque son buenas.

    Capítulo 16 [XIV.]

    Cierto grado de intemperancia ha de tolerarse en el caso de los casados; el uso del matrimonio por el mero placer de la concupiscencia no está exento de pecado, pero debido al vínculo nupcial el pecado es venial

    I, 16

    Pero en los casados, así como estas cosas son deseables y loables, las otras han de tolerarse, para que no se incurra en pecados condenables; es decir, en fornicaciones y adulterios. Para escapar de este mal, aun los abrazos del marido y de la mujer que no tienen por objeto la procreación, sino que sirven a una concupiscencia dominante, son permitidos, hasta el punto de estar dentro del alcance del perdón, aunque no prescritos por vía de mandato: [] y a los casados se les ordena no defraudarse unos a otros, no sea que Satanás los tiente por su incontinencia. [] Pues así dice la Escritura: «El marido pague a la mujer lo que le es debido; y asimismo la mujer al marido. La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; e igualmente el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer. No os defraudéis el uno al otro, a no ser de mutuo acuerdo, por algún tiempo, para que os deis a la oración; y volved a juntaros, para que no os tiente Satanás por vuestra incontinencia. Mas esto digo por permisión, no por mandamiento.» [] Ahora bien, cuando ha de darse permisión, de ningún modo puede sostenerse que no hay alguna cantidad de pecado. Pero puesto que la cohabitación con el fin de procrear hijos, que ha de admitirse como el fin propio del matrimonio, no es pecaminosa, ¿qué es lo que el apóstol permite, sino que los casados, cuando no tienen el don de continencia, se exijan el uno al otro lo debido de la carne— y eso no por deseo de procreación, sino por el placer de la concupiscencia? Esta complacencia no incurre en imputación de culpa a causa del matrimonio, sino que recibe permisión a causa del matrimonio. Esto, por tanto, debe contarse entre las alabanzas del matrimonio: que, por su propio bien, hace perdonable aquello que no le corresponde esencialmente a sí mismo. Pues el abrazo nupcial, que sirve a las exigencias de la concupiscencia, se realiza de modo que no impide el engendramiento de hijos, que es el fin y propósito del matrimonio.
    Comentario editorial · Venia: permiso y perdón
    Agustín dice aquí que ciertos abrazos conyugales son «permitidos, hasta el punto de estar dentro del alcance del perdón», y se apoya en Pablo: «esto digo por permisión» (). Una nota del NPNF firmada «W.» advierte de que su argumento descansa en la palabra latina venia, que significa a la vez «permiso», «indulgencia» y «perdón», y de la que viene «venial»: los pecados que pueden perdonarse son los que se «permiten». En castellano «permisión» y «perdón» no son la misma palabra, y la traducción no puede mostrar el juego; el sumario del capítulo sí lo recoge: «el pecado es venial». El capítulo siguiente (I, 17) pregunta qué es pecado venial y qué mortal en el uso del matrimonio.

    Capítulo 17 [XV.]

    ¿Qué es lo que no es pecado en el uso del matrimonio? ¿Qué va acompañado de pecado venial, y qué de pecado mortal?

    I, 17

    Sin embargo, una cosa es que los casados tengan unión sólo por el deseo de engendrar hijos, lo cual no es pecaminoso; otra es que deseen el placer carnal en la cohabitación, pero sólo con el cónyuge, lo cual implica pecado venial. Pues aunque la propagación de la prole no sea el motivo de la unión, con todo no se intenta impedir tal propagación, ni por deseo depravado ni por artificio perverso. Quienes recurren a estos, aunque se llamen con el nombre de esposos, en realidad no lo son; no conservan vestigio alguno de verdadero matrimonio, sino que fingen la honorable designación como velo para una conducta criminal. Y llegando aún más lejos, son arrastrados a exponer a sus hijos, que nacen contra su voluntad. Odian criar y retener a aquellos que temían engendrar. Esta crueldad infligida a su prole tan a regañadientes engendrada desenmascara el pecado que habían practicado en tinieblas, y lo arrastra claramente a la luz del día. La crueldad manifiesta reprende el pecado oculto. A veces, en verdad, esta lujuriosa crueldad, o, si se prefiere, cruel lujuria, recurre a métodos tan desmedidos como usar drogas venenosas para asegurar la esterilidad; o, si no lo logra, destruir el semen concebido por algún medio antes del nacimiento, prefiriendo que su prole perezca antes que recibir vitalidad; o, si ya avanzaba a la vida dentro del vientre, que sea muerto antes de nacer. Ahora bien, si ambas partes son igualmente tan infames, no son marido y mujer; y si tal fue su carácter desde el principio, no se han unido por matrimonio, sino por libertinaje. Pero si los dos no son iguales en tal pecado, declaro abiertamente que o la mujer es, por así decir, la ramera del marido, o el hombre el adúltero de la mujer.

    Capítulo 18 [XVI.] — La continencia es mejor que el matrimonio; pero el matrimonio es mejor que la fornicación

    I, 18

    Por cuanto, pues, el matrimonio no puede ser tal como habría podido ser el de los primeros hombres, si el pecado no hubiera precedido, puede, sin embargo, ser como el de los santos padres del tiempo antiguo, de modo que la concupiscencia carnal que causa vergüenza (la cual no existió en el paraíso antes de la caída, y después de aquel suceso no se le permitió permanecer allí), aunque forme necesariamente parte del cuerpo de esta muerte, no se haga servir a ella, sino que sólo someta su función, cuando a ello es forzada, al único propósito de contribuir a la procreación de los hijos; de lo contrario, puesto que el tiempo presente (como ya hemos dicho) es el período de abstenerse del abrazo nupcial, y por tanto no exige necesariamente el ejercicio de la dicha función, viendo que todas las naciones contribuyen ahora tan abundantemente a la producción de una descendencia que ha de recibir nacimiento espiritual, hay mayor lugar para el bien de una continencia excelente. «El que sea capaz de recibirlo, que lo reciba.» [] El que, sin embargo, no puede recibirlo, «aun si se casa, no peca;» [] y si una mujer no tiene el don de continencia, cásese también. [] «Bueno es, en verdad, para el hombre no tocar mujer.» [] Mas como «no todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes les es dado,» [Mateo 19:9] resta que «para evitar la fornicación, cada hombre tenga su propia esposa, y cada mujer su propio marido.» [] Y así la debilidad de la incontinencia se ve impedida de caer en la ruina del libertinaje por el honorable estado del matrimonio. Ahora bien, lo que dice el apóstol de las mujeres, «Quiero, pues, que las mujeres jóvenes se casen,» [] es también aplicable a los varones: quiero que los hombres jóvenes tomen esposa; de modo que corresponda a ambos sexos por igual «tener hijos, ser» padres y «madres de familia, no dar al adversario ocasión alguna de hablar con reproche.» []

    Capítulo 19 [XVII.] — Bendición del matrimonio

    I, 19

    En el matrimonio, empero, sean estos bienes nupciales el objeto de nuestro amor: la prole, la fidelidad, el vínculo sacramental. La prole, no para que sólo nazca, sino para que renazca; pues nace para castigo si no renace para vida. La fidelidad, no la que aun los incrédulos se guardan mutuamente en su ardiente amor de la carne. Porque ¿qué marido, por impío que sea, ama a una esposa adúltera? ¿O qué esposa, por impía que sea, ama a un marido adúltero? Este es ciertamente un bien natural en el matrimonio, aunque carnal. Pero un miembro de Cristo debe temer el adulterio, no por causa de sí mismo, sino de su cónyuge; y debe esperar recibir de Cristo la recompensa de la fidelidad que muestra a su cónyuge. Asimismo, el vínculo sacramental, que no se pierde ni por divorcio ni por adulterio, debe ser custodiado por marido y mujer con concordia y castidad. Pues sólo él es lo que aun un matrimonio infecundo conserva por ley de piedad, una vez perdida toda aquella esperanza de fecundidad con la cual se unieron los cónyuges. Sean alabados estos bienes nupciales en el matrimonio por quien desea ensalzar la institución nupcial. La concupiscencia carnal, empero, no debe atribuirse al matrimonio: sólo debe ser tolerada en el matrimonio. No es un bien que provenga de la esencia del matrimonio, sino un mal que es accidente del pecado original.

    Capítulo 20 [XVIII] — Por qué de un santo matrimonio nacen hijos de ira

    I, 20

    Esta es, en verdad, la razón por la cual aun de los matrimonios justos y legítimos de los hijos de Dios no nacen hijos de Dios, sino hijos del mundo; porque también los que engendran, si ya han sido regenerados, no engendran hijos como hijos de Dios, sino como todavía hijos del mundo. «Los hijos de este mundo,» dice nuestro Señor, «engendran y son engendrados.» Por el hecho, pues, de que todavía somos hijos de este mundo, nuestro hombre exterior se halla en estado de corrupción; y por esto nuestra descendencia nace como hijos del mundo presente; y no llegan a ser hijos de Dios sino siendo regenerados. Sin embargo, en cuanto somos hijos de Dios, nuestro hombre interior se renueva de día en día. [] Y sin embargo, aun nuestro hombre exterior ha sido santificado por el bautismo de la regeneración, y ha recibido la esperanza de la incorrupción futura, por lo cual se le designa justamente como «templo de Dios». «Vuestros cuerpos», dice el apóstol, «son templos del Espíritu Santo, que está en vosotros y que tenéis de Dios; y no sois vuestros, pues habéis sido comprados a gran precio: glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo.» Toda esta afirmación se hace en referencia a nuestra santificación presente, pero especialmente a causa de aquella esperanza de la que dice en otro pasaje: «También nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros, aguardando la adopción, a saber, la redención de nuestro cuerpo.» [] Si, pues, la redención de nuestro cuerpo se espera, como declara el apóstol, se sigue que, siendo una expectación, es todavía cosa de esperanza y no de posesión actual. Por eso añade el apóstol: «Porque en esperanza somos salvos: mas la esperanza que se ve no es esperanza; pues lo que alguno ve, ¿cómo esperarlo ya? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] No, por tanto, por aquello que aguardamos, sino por aquello que ahora soportamos, nacen los hijos de nuestra carne. No permita Dios que un hombre que tiene fe, al oír al apóstol mandar a los hombres «amar a sus esposas», [] ame en su esposa aquella concupiscencia carnal que no debe amar ni siquiera en sí mismo; como puede saberlo si escucha las palabras de otro apóstol: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, como también Dios permanece para siempre.»

    Capítulo 21 [XIX.] — Así nacen pecadores de padres justos, como el olivo silvestre nace del olivo

    I, 21

    Por tanto, lo que nace de la concupiscencia de la carne nace realmente del mundo y no de Dios; mas nace de Dios cuando renace del agua y del Espíritu. La culpa de esta concupiscencia sólo la remite la regeneración, así como la generación natural la contrae. Lo que, pues, es engendrado debe ser regenerado, a fin de que, no pudiendo ser de otra manera, lo que fue contraído sea remitido. Es, sin duda, muy admirable que lo que ha sido remitido en el progenitor se contraiga aún en la descendencia; pero, sin embargo, así es. Para que esta misteriosa verdad, que los incrédulos ni ven ni creen, tuviera una prueba palpable en su favor, Dios en su providencia la ha asegurado en el ejemplo de ciertos árboles. Pues ¿por qué no hemos de suponer que precisamente para esto el olivo silvestre nace del olivo? ¿No es acaso creíble que, en una cosa creada para uso del género humano, el Creador proveyó y dispuso lo que habría de ofrecer un ejemplo instructivo, aplicable al género humano? Es, pues, cosa admirable que quienes han sido librados por la gracia de la esclavitud del pecado engendren todavía a quienes están atados y ligados por la misma cadena, y que requieren el mismo proceso de desatadura. Sí; y admitimos el hecho admirable. Pero que el germen de olivos silvestres exista latente en las semillas de los olivos verdaderos, ¿quién lo creería si no estuviera probado por la experiencia y la observación? De la misma manera, pues, como el olivo silvestre nace de la semilla del olivo silvestre, y de la semilla del olivo verdadero brota también nada más que olivo silvestre, no obstante la grandísima diferencia que hay entre el olivo silvestre y el olivo; así lo que nace en la carne, ya de un pecador, ya de un justo, es en ambos casos pecador, no obstante la enorme distinción que existe entre el pecador y el justo. El engendrado no es aún pecador en acto, y es todavía nuevo desde su nacimiento; pero en la culpa es viejo. Humano por el Creador, es cautivo del destructor y necesita un redentor. La dificultad, empero, es cómo un estado de cautividad puede alcanzar al hijo, cuando los padres han sido previamente redimidos de ella. Ahora bien, no es cosa fácil desentrañar este punto intrincado, ni explicarlo en un discurso formal; por eso los incrédulos se niegan a aceptarlo como verdadero; como si en aquel otro punto acerca del olivo silvestre y del olivo, que dimos como ilustración, pudiera hallarse fácilmente alguna razón, o darse claramente explicación, de por qué el mismo brote sale de un tronco tan desemejante. Sin embargo, la verdad de esto puede descubrirla cualquiera que esté dispuesto a hacer el experimento. Sirva, pues, de buen ejemplo para sugerir la fe en lo que no admite demostración ocular.

    Capítulo 22 [XX.]

    Aun los niños no bautizados están bajo el poder del diablo; exorcismo en el caso de los niños y renuncia al diablo

    I, 22

    Ahora bien, la fe cristiana declara sin vacilación, lo que nuestros nuevos herejes han comenzado a negar: que los que son limpiados en el bautismo de la regeneración son redimidos del poder del diablo, y que los que aún no han sido redimidos por tal regeneración siguen cautivos en el poder del diablo, aunque sean hijos pequeños de los redimidos, a no ser que ellos mismos sean redimidos por la misma gracia de Cristo. Pues no podemos dudar de que aquella bendición de Dios se aplica a toda etapa de la vida humana, que el apóstol describe cuando dice de Él: «El cual nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo.» [] De este poder de las tinieblas, pues, del cual el diablo es príncipe—es decir, del poder del diablo y de sus ángeles—, los niños son librados cuando son bautizados; y quien niega esto es convencido por la verdad de los mismos sacramentos de la Iglesia, que ninguna novedad herética en la Iglesia de Cristo se permite destruir o cambiar, mientras la divina Cabeza rige y ayuda a todo el cuerpo que le pertenece— pequeños y grandes. Es verdad, pues, y en modo alguno falso, que el poder del diablo es exorcizado en los niños, y que renuncian a él por el corazón y la boca de quienes los llevan al bautismo, no pudiendo hacerlo por sí mismos; a fin de que sean librados del poder de las tinieblas y trasladados al reino de su Señor. ¿Qué es, pues, lo que hay dentro de ellos que los mantiene en poder del diablo hasta que son librados de él por el sacramento del bautismo de Cristo? ¿Qué otra cosa, pregunto, sino el pecado? Nada más, ciertamente, ha hallado el diablo que le permita poner bajo su control aquella naturaleza del hombre que el buen Creador hizo buena. Pero los niños no han cometido pecado propio desde que viven. Sólo queda, pues, el pecado original, por el cual son hechos cautivos bajo el poder del diablo, hasta que son redimidos de allí por el bautismo de la regeneración y la sangre de Cristo, y pasan al reino de su Redentor— frustrado el poder de su dominador, y dándoseles poder de llegar a ser «hijos de Dios» en vez de hijos de este mundo. []

    Capítulo 23 [XXI.]

    El pecado no ha surgido de la bondad del matrimonio; el sacramento del matrimonio es grande en el caso de Cristo y la Iglesia, muy pequeño en el caso del hombre y su esposa

    I, 23

    Si ahora interrogamos, por decirlo así, a aquellos bienes del matrimonio a los que a menudo nos hemos referido, y preguntamos cómo es posible que el pecado se haya propagado de ellos a los niños, obtendremos esta respuesta del primero de ellos— la obra de la procreación de la prole: «Mi felicidad habría sido mayor en el paraíso si no se hubiera cometido pecado. Pues a mí pertenece aquella bendición de Dios omnipotente: "Creced y multiplicaos". [Génesis 1:29] Para realizar esta buena obra fueron creados diversos miembros adecuados a cada sexo; estos miembros, ciertamente, existían antes del pecado, pero no eran objetos de vergüenza.» Esta será la respuesta del segundo bien— la fidelidad de la castidad: «Si no se hubiera cometido pecado, ¿qué cosa en el paraíso habría sido más segura que yo, cuando no había deseo mío que me aguijoneara, ni deseo ajeno que me tentara?» Y luego ésta será la respuesta del vínculo sacramental del matrimonio— el tercer bien: «De mí fue dicha aquella palabra en el paraíso antes de la entrada del pecado: "Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una sola carne." [] Esto lo aplica el apóstol al caso de Cristo y de la Iglesia, y lo llama entonces «el gran sacramento». Lo que, pues, es grande en Cristo y en la Iglesia, en el caso de cada pareja casada es muy pequeño, pero aun entonces es el sacramento de una unión inseparable. ¿Qué hay, pues, en estos tres bienes del matrimonio de lo cual el vínculo del pecado pudiera pasar a la posteridad? Absolutamente nada. Y en estos bienes es cierto que la bondad del matrimonio está enteramente comprendida; y aun ahora el buen matrimonio consiste en estos mismos bienes.

    Capítulo 24

    La lujuria y la vergüenza provienen del pecado; la ley del pecado; la desvergüenza de los cínicos

    I, 24

    Pero si, de manera semejante, se pregunta a la concupiscencia de la carne cómo es que actos que antes estaban libres de vergüenza ahora la causan, ¿no será su respuesta que ella sólo comenzó a tener existencia en los miembros del hombre después del pecado? [XXII.] Y, por tanto, que el apóstol designó su influjo como «la ley del pecado», [] en cuanto ella sometió al hombre a sí cuando él no quiso permanecer sujeto a su Dios; y que fue ella la que hizo avergonzarse a los primeros casados en aquel momento en que cubrieron sus lomos; así como todos aún se avergüenzan, y buscan retiros secretos para la cohabitación, y no se atreven a que ni siquiera los hijos, a quienes ellos mismos engendraron, sean testigos de lo que hacen. Contra este pudor de la vergüenza natural lucharon con tanto empeño los filósofos cínicos, en el error de su asombrosa desvergüenza: pensaban que, puesto que la unión del marido y la esposa era lícita y honorable, debía por tanto realizarse en público. Semejante obscenidad descarada mereció recibir el nombre de perros; y así llevaron el título de «Cínicos.»

    Capítulo 25 [XXIII.]

    La concupiscencia en los regenerados sin consentimiento no es pecado; en qué sentido la concupiscencia se llama pecado

    I, 25

    Ahora bien, esta concupiscencia, esta ley del pecado que habita en nuestros miembros, a la cual la ley de la justicia prohíbe someterse, diciendo con las palabras del apóstol, «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que le obedezcáis en sus concupiscencias; ni presentéis vuestros miembros como instrumentos de iniquidad al pecado» [] — esta concupiscencia, digo, que sólo es limpiada por el sacramento de la regeneración, sin duda, por medio del nacimiento natural, transmite el vínculo del pecado a la posteridad del hombre, a no ser que ellos mismos sean desatados de él por la regeneración. En el caso, empero, de los regenerados, la concupiscencia ya no es en sí misma pecado, siempre que no consientan en ella para obras ilícitas, y cuando el ánimo que preside no aplica los miembros a perpetrar tales actos. De modo que, si lo mandado en un pasaje, «No codiciarás», no se guarda, al menos se observa lo que se ordena en otro lugar: «No vayas tras tus concupiscencias.» [] Sin embargo, como por cierto modo de hablar se llama pecado, ya que surgió del pecado y, cuando predomina, produce pecado, su culpa prevalece en el hombre natural; pero esta culpa, por la gracia de Cristo mediante la remisión de todos los pecados, no se le permite prevalecer en el hombre regenerado, si no le presta obediencia cuando ella le urge a cometer el mal. Como proveniente del pecado, se la llama, digo, pecado, aunque en los regenerados no es en acto pecado; y se le aplica esta designación, así como el habla que produce la lengua se llama ella misma «lengua;» y así como la palabra «mano» se usa en el sentido de escritura, que produce la mano. Del mismo modo la concupiscencia se llama pecado, como productora de pecado cuando vence a la voluntad: así al frío y a la helada se les da el epíteto «perezosos»; no como provenientes de, sino como productores de, pereza; entumeciéndonos, de hecho.

    Capítulo 26

    Cualquier cosa que nace por la concupiscencia no está inmerecidamente sujeta al diablo por razón del pecado; el diablo merece castigo más pesado que los hombres

    I, 26

    Esta herida que el diablo ha infligido al género humano obliga a todo lo que nace como consecuencia de ella a estar bajo el poder del diablo, como si él con razón arrancara fruto de su propio árbol. No como si la naturaleza del hombre, que es sólo de Dios, procediera de él, sino únicamente el pecado, que no es de Dios. Pues no es por su propia cuenta por lo que la naturaleza del hombre está bajo condenación, siendo obra de Dios y, por tanto, digna de alabanza; sino por aquella corrupción condenable por la cual ha sido viciada. Ahora bien, es por razón de esta condenación por lo que está sujeta al diablo, quien también se halla en el mismo estado condenable. Pues el diablo es él mismo un espíritu inmundo: bueno, ciertamente, en cuanto espíritu, pero malo en cuanto inmundo; porque por naturaleza es espíritu, y por su corrupción es inmundo. De estas dos cosas, la una es de Dios, la otra de sí mismo. Su dominio sobre los hombres, pues, ya sean de edad avanzada o infantes, no es porque sean humanos, sino porque están contaminados. Aquel, pues, que se sorprende de que una criatura de Dios esté sujeta al diablo, debe cesar en tal sentimiento. Porque una criatura de Dios está sujeta a otra criatura de Dios, la menor a la mayor, un ser humano a uno angélico; y esto no se debe a la naturaleza, sino a una corrupción de la naturaleza: contaminado está el soberano, contaminado también el súbdito. Todo esto es fruto de aquel antiguo plantel de contaminación que él plantó en el hombre; estando él mismo destinado a sufrir un castigo más pesado en el juicio final, por ser el más contaminado; pero al mismo tiempo, aun los que habrán de soportar una carga menos pesada en aquella condenación son súbditos de él como príncipe y autor del pecado, pues no habrá otra causa de condenación que el pecado.

    Capítulo 27 [XXIV.]

    Por la concupiscencia se transmite el pecado original; los pecados veniales en las personas casadas; la concupiscencia de la carne, hija y madre del pecado

    I, 27

    Por tanto, el diablo tiene por culpables a los niños que nacen, no del bien por el cual el matrimonio es bueno, sino del mal de la concupiscencia, de la cual, ciertamente, el matrimonio usa rectamente, pero ante la cual aun el matrimonio tiene ocasión de sentir vergüenza. El matrimonio es en sí «honroso en todos» [] en los bienes que propiamente le corresponden; pero aun cuando tiene su «lecho sin mancilla» (no sólo por la fornicación y el adulterio, que son desgracias condenables, sino también por cualquiera de aquellos excesos de la cohabitación que no provienen de un deseo imperioso de hijos, sino de una avasalladora lujuria de placer, los cuales son pecados veniales en el marido y la mujer), sin embargo, siempre que se llega al acto mismo de la generación, el abrazo mismo, que es lícito y honorable, no puede realizarse sin el ardor de la lujuria, de modo que pueda cumplir aquello que pertenece al uso de la razón y no de la lujuria. Ahora bien, este ardor, ya siga a la voluntad o la preceda, de algún modo, por un poder propio, mueve los miembros que no pueden ser movidos simplemente por la voluntad, y de esta manera se muestra no como siervo de una voluntad que lo ordena, sino más bien como castigo de una voluntad que lo desobedece. Muestra, además, que debe ser excitado, no por una libre elección, sino por un cierto estímulo seductor, y que por esto mismo produce vergüenza. Esta es la concupiscencia carnal, la cual, aunque ya no se imputa como pecado en los regenerados, sin embargo, en ningún caso acontece a la naturaleza sino a causa del pecado. Es, por así decir, hija del pecado; y siempre que presta asentimiento a la comisión de obras vergonzosas, se convierte también en madre de muchos pecados. Ahora bien, de esta concupiscencia todo lo que llega a existir por nacimiento natural está ligado por el pecado original, a menos que, ciertamente, renazca en Aquel a quien la Virgen concibió sin esta concupiscencia. Por lo cual, cuando Él se dignó nacer en la carne, Él solo nació sin pecado.

    Capítulo 28 [XXV.]

    La concupiscencia permanece después del bautismo, así como la languidez permanece después de la recuperación de la enfermedad; la concupiscencia disminuye en las personas de edad avanzada y aumenta en los incontinentes

    I, 28

    Si se plantea la cuestión de cómo esta concupiscencia de la carne permanece en los regenerados, en quienes se ha efectuado la remisión de todos los pecados, siendo así que la seminación humana tiene lugar por su medio, aun cuando nazca la descendencia carnal de un padre bautizado; o, en todo caso, si en un padre bautizado puede haber concupiscencia y no ser pecado, ¿por qué esta misma concupiscencia habría de ser pecado en la descendencia? — la respuesta que ha de darse es ésta: la concupiscencia carnal es remitida, ciertamente, en el bautismo; no de modo que sea aniquilada, sino de modo que no sea imputada como pecado. Aunque su culpa es ahora quitada, permanece todavía hasta que toda nuestra debilidad sea sanada por la renovación progresiva de nuestro hombre interior, día tras día, cuando al fin nuestro hombre exterior sea revestido de incorrupción. [] No permanece, sin embargo, sustancialmente, como un cuerpo o un espíritu; sino que no es más que una cierta afección de una cualidad mala, como la languidez, por ejemplo. No queda, a la verdad, nada que pueda ser remitido cuando, como dice la Escritura, «el Señor perdona todas nuestras iniquidades.» Pero hasta que suceda lo que sigue inmediatamente en el mismo pasaje, «Él sana todas tus dolencias, Él rescata tu vida de la corrupción,» permanece esta concupiscencia de la carne en el cuerpo de esta muerte. Ahora bien, se nos amonesta a no obedecer sus deseos pecaminosos para hacer el mal: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal.» [] Sin embargo, esta concupiscencia disminuye diariamente en las personas continentes y de edad avanzada, y sobre todo cuando la vejez se aproxima. Pero el hombre que le rinde un servicio perverso recibe tan grandes energías que, aun cuando todos sus miembros van decayendo por la edad, y aquellas partes especiales de su cuerpo no pueden aplicarse a su función propia, no cesa jamás de deleitarse en un furor cada vez mayor de deseo deshonroso y desvergonzado.

    Capítulo 29 [XXVI.]

    De qué manera la concupiscencia permanece en los bautizados en acto, cuando ha desaparecido en cuanto a su culpa

    I, 29

    En el caso, pues, de aquellas personas que renacen en Cristo, cuando reciben una remisión entera de todos sus pecados, es por supuesto necesario que también la culpa de la concupiscencia que aún habita en ellas sea remitida, a fin de que (como dije) no les sea imputada como pecado. Pues así como en el caso de aquellos pecados que no pueden ser permanentes en sí mismos, pues pasan tan pronto como son cometidos, la culpa sin embargo es permanente y (si no es remitida) permanecerá para siempre; así, cuando la concupiscencia es remitida, también su culpa es quitada. Pues no tener pecado significa esto: no ser tenido por culpable de pecado. Si un hombre ha cometido (por ejemplo) adulterio, aunque no repita el pecado, es tenido por culpable de adulterio hasta que la indulgencia de la culpa sea remitida. Tiene, por tanto, el pecado que permanece, aunque el acto particular de su pecado ya no exista, pues ha pasado junto con el tiempo en que fue cometido. Porque si desistir de pecar fuera lo mismo que no tener pecados, bastaría con que la Escritura se contentara con darnos esta simple advertencia: «Hijo mío, ¿has pecado? No lo hagas más.» [] Esto, sin embargo, no basta, pues continúa diciendo: «Pide perdón por tus pecados pasados.» [] Permanecen, por tanto, los pecados si no son perdonados. Pero ¿cómo permanecen si han pasado? Sólo así: han pasado en su acto, pero permanecen en su culpa. Por el contrario, puede suceder que una cosa permanezca en acto, pero pase en culpa.

    Capítulo 30 [XXVII.] — Los malos deseos de la concupiscencia; debemos desear que no existan

    I, 30

    Porque la concupiscencia de la carne está en cierto modo activa, aun cuando no exhiba ni el asentimiento del corazón, donde tiene su sede de imperio, ni aquellos miembros con los cuales, como armas suyas, cumple aquello a lo que tiende. Pero ¿qué realiza en esta acción, sino sus malos y vergonzosos deseos? Porque si éstos fueran buenos y lícitos, el apóstol no prohibiría obedecerlos, diciendo: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias.» [] No dice que no tengáis sus concupiscencias, sino «que no las obedezcáis;» para que (así como estos deseos son mayores o menores en distintos individuos, según cada uno haya progresado en la renovación del hombre interior) mantengamos el combate de la santidad y la castidad, con el fin de negar obediencia a estas concupiscencias. Sin embargo, nuestro deseo no debe ser nada menos que la inexistencia de estos mismos deseos, aun cuando el cumplimiento de tal deseo no sea posible en el cuerpo de esta muerte. Ésta es la razón por la que el mismo apóstol, en otro pasaje, dirigiéndose a nosotros como en su propia persona, nos da esta instrucción: «Porque lo que quiero,» dice, «no lo hago; sino lo que aborrezco, eso hago.» [] En una palabra, «Codicio.» Pues no quería hacer esto, para ser perfecto en todo. «Si, pues, hago lo que no quiero,» continúa, «consiento que la ley es buena.» [] Porque la ley, también, no quiere aquello que yo tampoco quiero. Pues no quiere que yo tenga concupiscencia, porque dice: «No codiciarás;» y yo no estoy menos indispuesto a abrigar un deseo tan malo. En esto, por tanto, hay completo acuerdo entre la voluntad de la ley y mi propia voluntad. Pero porque él no quería codiciar, y sin embargo codiciaba, y con todo no obedecía de ningún modo a esta concupiscencia hasta prestarle asentimiento, añade inmediatamente estas palabras: «Ahora, pues, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí.» []

    Capítulo 31 [XXVIII.] — ¿Quién es el hombre que puede decir: «Ya no soy yo quien lo hace»?

    I, 31

    Sin embargo, muy engañado está el hombre si, consintiendo a la concupiscencia de su carne, y luego resolviendo en su mente hacer sus deseos y disponiéndose a ello, supone que todavía tiene derecho a decir: «No soy yo quien lo hace,» aunque se odie y se aborrezca a sí mismo por asentir a los malos deseos. Las dos cosas son simultáneas en su caso: odia la cosa él mismo porque sabe que es mala; y sin embargo la hace, porque está empeñado en hacerla. Ahora bien, si además de todo esto procede a hacer lo que la Escritura le prohíbe, cuando dice: «Ni presentéis vuestros miembros como instrumentos de iniquidad al pecado,» [] y completa con un acto corporal lo que estaba empeñado en hacer en su mente; y dice: «No soy yo quien hace tal cosa, sino el pecado que mora en mí,» [] porque se siente disgustado consigo mismo por resolver y realizar la acción, — yerra tan gravemente que no se conoce a sí mismo. Pues, siendo él totalmente sí mismo, su mente determinando y su cuerpo ejecutando su propio propósito, ¡supone sin embargo que ya no es él mismo! [XXIX.] Por tanto, sólo aquel hombre dice la verdad cuando dice: «Ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí,» que sólo siente la concupiscencia, y ni la resuelve con el consentimiento de su corazón ni la ejecuta con el ministerio de su cuerpo.

    Capítulo 32 — Cuándo se hará perfectamente el bien

    I, 32

    El apóstol añade luego estas palabras: «Porque sé que en mí (esto es, en mi carne) no mora cosa buena: porque el querer está en mí; pero el modo de perfeccionar lo bueno no lo hallo.» [] Ahora bien, esto se dice porque lo bueno no se perfecciona entonces, cuando hay ausencia de malos deseos, así como el mal se perfecciona cuando los malos deseos son obedecidos. Pero cuando están presentes y no son obedecidos, ni se realiza el mal, ya que no se les presta obediencia; ni el bien, a causa de su presencia inoperante. Hay más bien una condición intermedia de las cosas: el bien se efectúa en algún grado, porque la mala concupiscencia no ha ganado asentimiento para sí; y en algún grado hay un residuo de mal, porque la concupiscencia está presente. Esto explica las palabras precisas del apóstol. No dice que el hacer el bien no esté presente para él, sino «cómo perfeccionarlo.» Pues la verdad es que uno hace mucho bien cuando hace lo que la Escritura ordena: «No vayas tras tus concupiscencias;» [] sin embargo, falla en la perfección, en cuanto deja de guardar el gran mandamiento: «No codiciarás.» [Éxodo 20:7] La ley dijo: «No codiciarás,» para que, cuando nos encontremos yaciendo en este estado enfermo, busquemos la medicina de la gracia, y por ese mandamiento sepamos tanto en qué dirección deben apuntar nuestros esfuerzos mientras avanzamos en nuestra presente condición mortal, como a qué altura es posible llegar en la inmortalidad futura. Pues si la perfección no pudiera alcanzarse en algún lugar, este mandamiento nunca nos habría sido dado.

    Capítulo 33 [XXX.] — La verdadera libertad viene con el deleite voluntario en la ley de Dios

    I, 33

    El apóstol repite luego su afirmación anterior, para recomendar más plenamente su significado: «Porque lo bueno,» dice, «que quiero, no lo hago; sino lo malo que no quiero, eso hago. Ahora bien, si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí.» Sigue después esto: «Hallo, pues, la ley, cuando quiero obrar, que es buena para mí; porque el mal está presente en mí.» En otras palabras, hallo que la ley es un bien para mí, cuando deseo hacer lo que la ley quiere que haga; por cuanto no es con la ley misma (que dice: «No codiciarás») con lo que el mal está presente; no, es conmigo mismo con quien el mal está presente, el cual yo no querría hacer, porque tengo la concupiscencia aun en mi querer. «Porque,» añade, «me deleito en la ley de Dios según el hombre interior; pero veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» [] Este deleite en la ley de Dios según el hombre interior nos viene de la poderosa gracia de Dios; pues por ella nuestro hombre interior se renueva día tras día, [] porque por ella hacemos progreso con perseverancia. En ella no está el temor que atormenta, sino el amor que alegra y satisface. Somos verdaderamente libres allí, donde no tenemos un gozo no querido.

    Capítulo 34 — De cómo la concupiscencia hizo cautivo al apóstol; qué era la ley del pecado para el apóstol

    I, 34

    Entonces, en verdad, esta afirmación: «Veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente,» se refiere a esa misma concupiscencia de la que ahora hablamos: la ley del pecado en nuestra carne pecadora. Pero cuando dijo: «Y me lleva cautivo a la ley del pecado,» es decir, a sí misma, «que está en mis miembros,» quiso decir «me lleva cautivo» en el sentido de esforzándose por hacerme cautivo, esto es, instándome a aprobar y realizar el mal deseo; o más bien (y esto no suscita controversia), en el sentido de llevarme cautivo según la carne; y si ésta no está poseída por la concupiscencia carnal que él llama ley del pecado, ningún deseo ilícito — tal como el que nuestra mente no debe obedecer— estaría allí, por supuesto, para excitar y turbar. Sin embargo, el hecho de que el apóstol no diga: Llevando mi carne cautiva, sino «Llevando me cautivo,» nos lleva a buscar otro significado para la frase, y a entender el término «me lleva cautivo» como si hubiera dicho: esforzándose por hacerme cautivo. Pero ¿por qué, después de todo, no habría de poder decir: «Llevándome cautivo,» y al mismo tiempo darnos a entender que se refería a su carne? ¿Acaso no fue dicho por una persona acerca de Jesús, cuando su carne no fue hallada en el sepulcro: «Han tomado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto»? [] ¿Fue entonces impropia la pregunta de María, porque dijo: «Mi Señor,» y no «El cuerpo de mi Señor» o «la carne»?

    Capítulo 35 [XXXI.] — La carne, afección carnal

    I, 35

    Pero tenemos en las propias palabras del apóstol, un poco antes, una prueba suficientemente clara de que pudo referirse a su carne cuando dijo: «Llevando me cautivo.» Pues después de declarar: «Sé que en mí no mora cosa buena,» añadió al punto una frase explicativa con este efecto: «Esto es, en mi carne.» [] Es, pues, la carne, en la cual no mora nada bueno, la que es llevada cautiva a la ley del pecado. Ahora bien, designa como carne aquello en lo que yace cierta afección carnal morbosa, no la mera conformación de nuestra fábrica corporal cuyos miembros no han de ser usados como armas para el pecado — es decir, para esa misma concupiscencia que tiene cautiva a esta carne nuestra. En verdad, por lo que atañe a esta sustancia y naturaleza corporal nuestra, ya es templo de Dios en todos los fieles, ya vivan en matrimonio o en continencia. Si, sin embargo, absolutamente nada de nuestra carne estuviera en cautividad, ni siquiera ante el diablo, porque le ha sobrevenido la remisión del pecado, de modo que el pecado no le sea imputado (y esto se designa propiamente ley del pecado); con todo, si bajo esta ley del pecado, es decir, bajo su propia concupiscencia, nuestra carne no fuera en algún grado tenida cautiva, ¿cómo podría ser verdad lo que el apóstol afirma, cuando habla de que «aguardamos la adopción, a saber, la redención de nuestro cuerpo»? [] En la medida, pues, en que ahora existe esta espera de la redención de nuestro cuerpo, hay también en algún grado algo que aún existe en nosotros y que es cautivo de la ley del pecado. Por consiguiente, exclama: «¡Oh desdichado hombre que soy! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» [] ¿Qué hemos de entender por tal lenguaje, sino que nuestro cuerpo, que está sufriendo corrupción, pesa gravemente sobre nuestra alma? Cuando, por tanto, este mismo cuerpo nuestro nos sea restituido en un estado incorrupto, habrá una plena liberación del cuerpo de esta muerte; pero no habrá tal liberación para aquellos que resuciten para condenación. Al cuerpo de esta muerte, pues, se entiende que se debe la circunstancia de que haya en nuestros miembros otra ley que guerrea contra la ley de la mente, mientras la carne codicia contra el espíritu — sin, no obstante, subyugar la mente, por cuanto por su parte, también el espíritu tiene una concupiscencia contraria a la carne. [] Así, aunque la ley del pecado actualmente tiene en parte cautiva a la carne (de donde viene su resistencia a la ley de la mente), no tiene, sin embargo, un imperio absoluto en nuestro cuerpo, no obstante su estado mortal, ya que éste rehúsa la obediencia a sus deseos. [] Pues en el caso de ejércitos hostiles entre los cuales hay un conflicto encarnizado, aun el bando inferior en la lucha suele retener algo que ha capturado; y aunque de algún modo semejante hay algo en nuestra carne que es mantenido bajo la ley del pecado, tiene ante sí la esperanza de la redención; y entonces no quedará ni una partícula de esta concupiscencia corrupta; sino que nuestra carne, sanada de aquella plaga enfermiza y enteramente revestida de inmortalidad, vivirá para siempre en eterna bienaventuranza.

    Capítulo 36 — Aun ahora, mientras tenemos la concupiscencia, podemos estar seguros en Cristo

    I, 36

    Pero el apóstol prosigue el tema y dice: «Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado;» [] lo cual debe entenderse así: «Con la mente sirvo a la ley de Dios,» rehusando mi consentimiento a la ley del pecado; «con la carne, empero,» sirvo «a la ley del pecado,» por tener los deseos del pecado, de los cuales aún no estoy enteramente libre, aunque no les presto asentimiento. Observemos, pues, con atención lo que ha dicho después de todo lo anterior: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» [] Aun ahora, dice, cuando la ley en mis miembros guerrea contra la ley de mi mente y retiene en cautiverio algo en el cuerpo de esta muerte, no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Y escuchad por qué: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús,» dice, «me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» [] ¿Cómo me ha librado, sino aboliendo su sentencia de culpa por la remisión de todos mis pecados; de modo que, aunque aún permanece, disminuyendo cada día más y más, no me es, sin embargo, imputada como pecado?

    Capítulo 37 [XXXII.]

    La ley del pecado con su culpa en los infantes no bautizados. Por el pecado de Adán la raza humana se ha convertido en un «olivo silvestre.»

    I, 37

    Hasta que, pues, esta remisión de los pecados tiene lugar en la prole, ésta tiene dentro de sí la ley del pecado de tal manera que realmente se le imputa como pecado; en otras palabras, con esa ley se le adhiere su sentencia de culpa, que la mantiene deudora de la condenación eterna. Porque lo que un padre transmite a su prole carnal es la condición de su propio nacimiento carnal, no la de su nuevo nacimiento espiritual. Pues el hecho de haber nacido en la carne, aunque después de la remisión de su culpa no constituya impedimento para su fruto, permanece, sin embargo, oculto, por así decirlo, en la semilla del olivo, aun cuando, por la remisión de sus pecados, en nada daña al aceite—es decir, en lenguaje llano, a su vida que vive, «justo por la fe,» [] según Cristo, cuyo mismo nombre proviene del aceite, es decir, de la unción. Aquello, empero, que en el caso de un padre regenerado, como en la semilla del olivo puro, está cubierto sin culpa alguna, por haber sido remitida, se retiene sin duda todavía en el caso de su prole, aún no regenerada, como en el olivo silvestre, con toda su culpa, hasta que también aquí sea remitida por la misma gracia. Cuando Adán pecó, fue cambiado de aquel olivo puro, que no tenía semilla tan corrupta de la cual brotara la amarga prole del olivo silvestre, en un olivo silvestre; y, por cuanto su pecado fue tan grande que por él su naturaleza se hizo proporcionalmente peor, convirtió a toda la raza humana en un tronco de olivo silvestre. El efecto de este cambio lo vemos ilustrado, como se ha dicho arriba, en el ejemplo de estos mismos árboles. Siempre que la gracia de Dios convierte un renuevo en buen olivo, de modo que la falta del primer nacimiento (aquel pecado original que había sido derivado y contraído de la concupiscencia de la carne) es remitida, cubierta y no imputada, aún permanece inherente en él aquella naturaleza de la cual nace un olivo silvestre, a menos que también ella, por la misma gracia, sea cambiada por el segundo nacimiento en buen olivo.
    Comentario editorial · El olivo, el aceite y el nombre de Cristo
    La imagen del olivo viene de I, 21: del olivo verdadero nace el silvestre, así como de padres justos nacen hijos que aún necesitan la regeneración. Aquí Agustín añade que el pecado remitido «en nada daña al aceite», es decir, a la vida del justo «por la fe», según Cristo, «cuyo mismo nombre proviene del aceite, es decir, de la unción». Una nota del NPNF explica la alusión: «Cristo» viene de chrisma y significa «el Ungido». Lo que en el padre regenerado está cubierto sin culpa, por haber sido remitido, se retiene todavía en su prole no regenerada, como en el olivo silvestre, con toda su culpa, hasta que la misma gracia lo remita.

    Capítulo 38 [XXXIII.]

    Al bautismo debe referirse toda remisión de los pecados, y la curación completa de la resurrección. La limpieza diaria

    I, 38

    Bienaventurado, por tanto, es el olivo «cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos;» bienaventurado es «aquel a quien el Señor no imputó pecado.» Pero éste, que ha recibido la remisión, la cobertura y la absolución, aun hasta el cambio completo en una inmortalidad eterna, retiene todavía una fuerza secreta que suministra semilla para un olivo silvestre y amargo, a menos que la misma agricultura de Dios lo pode también, por remisión, cobertura y absolución. No quedará, empero, corrupción alguna ni siquiera en la semilla carnal, cuando la misma regeneración, que ahora se efectúa por el sagrado bautismo, purgue y sane todo el mal del hombre hasta el fin. Por su medio, la misma carne, por la cual fue formada la mente carnal, se hará espiritual—sin tener ya aquella concupiscencia carnal que resiste a la ley de la mente, sin emitir ya semilla carnal. Pues en este sentido debe entenderse aquello que el apóstol, a quien tan a menudo hemos citado, dice en otro lugar: «Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella; para santificarla y limpiarla en el lavacro del agua por la palabra; para presentársela a sí mismo una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.» [Efesios 5:25] Debe, digo, entenderse como implicando que por este bautismo de la regeneración y palabra de santificación todos los males de los hombres regenerados, de cualquier clase que sean, son limpiados y sanados—no sólo los pecados que ahora todos son remitidos en el bautismo, sino también los que después del bautismo se cometen por ignorancia y flaqueza humana; no, ciertamente, que el bautismo deba repetirse tantas veces como se repite el pecado, sino que por su única administración se logra que el perdón quede asegurado a los fieles de todos sus pecados, tanto antes como después de su regeneración. Pues ¿de qué serviría el arrepentimiento, o antes del bautismo, si no le siguiera el bautismo; o después de él, si no le precediera? Aun en la misma Oración del Señor, que es nuestra limpieza diaria, ¿de qué valdría o aprovecharía que se pronunciara aquella petición, «Perdónanos nuestras deudas,» [] a menos que sea por quienes han sido bautizados? Y del mismo modo, por grande que sea la liberalidad y bondad de las limosnas de un hombre, ¿qué, pregunto, le aprovecharían para la remisión de sus pecados si no hubiera sido bautizado? En fin, ¿a quiénes sino a los bautizados se otorgarán las mismas felicidades del reino de los cielos; donde la Iglesia no tendrá mancha, ni arruga, ni cosa semejante; donde no habrá nada reprensible, nada irreal; donde no habrá no sólo culpa de pecado, sino tampoco concupiscencia que la excite?

    Capítulo 39 [XXXIV.]

    Por la santidad del bautismo, no sólo los pecados, sino todos los males cualesquiera que sean, han de ser removidos. La Iglesia no está aún libre de toda mancha

    I, 39

    Y así, no sólo todos los pecados, sino todos los males de los hombres, de cualquier clase que sean, están en vías de remoción por la santidad de aquel bautismo cristiano con el cual Cristo limpia a su Iglesia, para presentársela a sí mismo, no en este mundo, sino en el venidero, como no teniendo mancha, ni arruga, ni cosa semejante. Ahora bien, hay algunos que sostienen que tal es la Iglesia aun ahora, y sin embargo están en ella. Pues bien, ya que confiesan que ellos mismos tienen algunos pecados, si dicen la verdad en esto (y, por supuesto, la dicen, pues no están libres de pecados), entonces la Iglesia tiene «mancha» en ellos; mientras que si dicen una falsedad en su confesión (como hablando desde un corazón doble), entonces la Iglesia tiene en ellos «arruga.» Si, empero, afirman que son ellos mismos, y no la Iglesia, quienes tienen todo esto, entonces en buena medida reconocen que no son sus miembros, ni pertenecen a su cuerpo, de modo que son aun condenados por su propia confesión.

    Capítulo 40 [XXXV.]

    Refutación de los pelagianos por la autoridad de San Ambrosio, a quien citan para mostrar que el deseo de la carne es un bien natural

    I, 40

    Respecto, empero, a esta concupiscencia de la carne, nos hemos esforzado en esta larga discusión por distinguirla con precisión de los bienes del matrimonio. Esto lo hemos hecho a causa de nuestros nuevos herejes, que cavilan siempre que se censura la concupiscencia, como si ello implicara una censura del matrimonio. Su objeto es alabar la concupiscencia como un bien natural, para así defender su propio dogma funesto, que afirma que quienes nacen por su medio no contraen el pecado original. Ahora bien, el bienaventurado Ambrosio, obispo de Milán, por cuyo oficio sacerdotal recibí yo el bautismo de la regeneración, habló brevemente sobre este asunto, cuando, exponiendo al profeta Isaías, dedujo de él la natividad de Cristo en la carne: «Así,» dice el obispo, «fue tentado en todo como hombre, [] y en semejanza de hombre soportó todas las cosas; pero, en cuanto nació del Espíritu, se guardó del pecado. Porque todo hombre es mentiroso; y no hay nadie sin pecado sino sólo Dios. Se ha sostenido, pues, siempre firmemente que es claro que ningún hombre nacido de marido y mujer, es decir, por medio de aquella conjunción de sus personas, está libre de pecado. Quien está libre de pecado está también libre de concepción de esta clase.» Pues bien, ¿qué es lo que San Ambrosio ha condenado aquí en la verdadera doctrina de esta liberación?— ¿es la bondad del matrimonio, o no más bien la opinión vana de estos herejes, aunque entonces aún no habían aparecido en escena? He creído que valía la pena aducir este testimonio, porque Pelagio menciona a Ambrosio con tal encomio que dice: «El bienaventurado obispo Ambrosio, en cuyos escritos más que en ningún otro lugar se declara claramente la fe romana, ha florecido como una hermosa flor entre los escritores latinos. Su fidelidad y su percepción extremadamente pura del sentido de la Escritura ningún adversario se ha atrevido siquiera a impugnar.» Espero que haya de lamentar haber sostenido opiniones opuestas a Ambrosio, pero no que haya otorgado esta alabanza a aquel santo varón.
    Aquí tienes, pues, mi libro, que, por su tediosa extensión y su difícil asunto, me ha sido tan trabajoso de componer como a ti de leer, en esos pequeños ratos de tiempo en que has podido (o al menos, según supongo, has podido) hallarte con ocio. Aunque ha sido ciertamente redactado con considerable trabajo en medio de mis deberes eclesiásticos, según Dios se ha dignado darme su ayuda, difícilmente lo habría puesto ante tu consideración, con todas tus preocupaciones públicas, si no se me hubiera informado por un varón piadoso, que te conoce íntimamente, que tú te deleitas tanto en la lectura que permaneces despierto durante horas, noche tras noche, gastando el tiempo precioso en tu ocupación favorita.

    Libro II

    Notas preliminares

    (1) Del Prefacio de la «Obra inacabada contra Juliano» de Agustín
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Obra inacabada contra Juliano (prefacio) · II, nota preliminar 1
    Escribí un tratado, bajo el título Sobre el matrimonio y la concupiscencia, y lo dirigí al conde Valerio, al saber que los pelagianos le habían informado de que nos acusan de condenar el matrimonio. Ahora bien, en aquel tratado mostré la distinción, tan crítica y exactamente como pude, entre el bien del matrimonio y el mal de la concupiscencia carnal—un mal del cual hace buen uso la castidad conyugal. Al recibir mi tratado, el ilustre varón que he nombrado me envió en un breve papel unas cuantas frases entresacadas de una obra de Juliano, hereje pelagiano. En esta obra ha querido extender a cuatro libros su respuesta al mencionado tratado mío, que se limita a un solo libro, Sobre el matrimonio y la concupiscencia. No sé a quién debemos los dichos extractos: limitó su selección, evidentemente a propósito, al primer libro de la obra de Juliano. A petición de Valerio, no perdí tiempo en redactar mi respuesta a los extractos. Y así sucedió que he escrito también un segundo libro bajo el mismo título; y en réplica a éste Juliano ha redactado hasta ocho libros, en exceso de sus locuaces facultades.
    (2) De la Epístola de Agustín a Claudio [CCVII]
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta 207 a Claudio · II, nota preliminar 2
    «Quien haya leído este segundo libro mío, dirigido (como lo fue el primero) al conde Valerio, y redactado (como, en efecto, ambos lo fueron) para su uso, habrá descubierto que hay algunos puntos en los que no he respondido a Juliano, sino que he destinado mi obra más bien a aquel que hizo los extractos de los libros de ese escritor, y que no los dispuso en el orden en que los halló. Consideró necesaria alguna alteración considerable en su ordenación, muy probablemente con la mira de apropiarse por este método como suyos los pensamientos que evidentemente eran de otra persona.»

    El libro mismo

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · II, argumento
    Agustín, en este último libro, refuta varias frases que habían sido entresacadas por algún autor desconocido del primero de los cuatro libros que Juliano había publicado en oposición al libro anterior de su tratado «Sobre el matrimonio y la concupiscencia;» frases que le habían sido remitidas a instancia del conde Valerio. Vindica la doctrina católica del pecado original frente a las cavilaciones y sutilezas de su adversario, y muestra particularmente cuán diversa es de la infame herejía de los maniqueos.

    Capítulo 1 [I.] — Declaración introductoria

    II, 1

    No puedo decirte, amadísimo y honrado hijo Valerio, cuán grande es el placer que recibe mi corazón cuando oigo de tu cálido y ferviente interés en el testimonio de la palabra de Dios contra los herejes; y esto, además, en medio de tus deberes militares y de los cuidados que recaen sobre ti en la eminente posición que tan justamente ocupas, y de las apremiantes funciones, por añadidura, de tu vida política. Después de leer la carta de vuestra Eminencia, en la que reconocéis el libro que os dediqué, me sentí impulsado a escribir también éste; pues me pedís que atienda a la declaración que mi hermano y coepíscopo Alipio está comisionado para hacerme, sobre la discusión que los herejes suscitan en torno a varios pasajes de mi libro. No sólo he recibido esta información del relato de mi dicho hermano, sino que también he leído los extractos que él produjo, y que vos mismo habíais remitido a Roma, después de su partida de Rávena. Al descubrir el lenguaje jactancioso de nuestros adversarios, como fácilmente pude hacerlo en estos extractos, determiné, con la ayuda del Señor, responder a sus burlas con toda la veracidad y autoridad escriturística que pudiera reunir.

    Capítulo 2 [II.]

    En éste y los cuatro capítulos siguientes aduce los extractos mutilados que ha de considerar

    II, 2

    El papel al que ahora respondo comienza con este título: «Encabezamientos tomados de un libro escrito por Agustín, en respuesta a los cuales he entresacado unos pocos pasajes de libros.» De esto percibo que la persona que remitió estos papeles escritos a vuestra Excelencia quiso hacer sus extractos de los libros que no nombra, con la mira, en lo que puedo juzgar, de obtener una respuesta más rápida, para no demorar vuestra urgencia. Ahora bien, después de considerar qué libros eran los que él quería decir, supongo que debieron de ser aquellos que Juliano mencionó en la Epístola que envió a Roma, copia de la cual llegó a mis manos al mismo tiempo. Pues allí dice: «Llegan al extremo de alegar que el matrimonio, ahora en disputa, no fue instituido por Dios—declaración que puede leerse en una obra de Agustín, a la que he respondido recientemente en un tratado de cuatro libros.» Éstos son los libros, según creo, de los cuales fueron tomados los extractos. Habría sido, pues, quizá el mejor camino si me hubiera puesto deliberadamente a refutar y rebatir aquella obra entera suya, que él extendió en cuatro volúmenes. Pero de ninguna manera quise demorar mi respuesta, así como vos mismo no perdisteis tiempo en remitirme las declaraciones escritas a las que se me pedía responder.
    Comentario editorial · Juliano de Eclana y los cuatro libros a Turbancio
    Agustín supone que los extractos salen de una obra de Juliano contra el libro I, que este menciona en una carta enviada a Roma. Juliano (c. 386 – c. 455) era obispo de Eclano, cerca de la actual Benevento; según Wikipedia se negó a firmar la Tractoria del papa Zósimo, fue depuesto y desterrado bajo los edictos de Honorio de marzo de 418, y su réplica al libro I, en cuatro libros, iba dirigida a Turbancio. Agustín quería ver la obra entera, pero escribió enseguida este libro II para no demorar su respuesta a Valerio. Cuando la consiguió contestó con Contra Juliano (seis libros, según una nota del NPNF); Juliano replicó al libro II con ocho libros dirigidos a Floro, y la respuesta de Agustín, la Obra inacabada, quedó interrumpida por su muerte.
    Eje cronológico de 416 a 435: arriba, los hechos de Juliano de Eclana (418 depuesto y desterrado; 419–420 cuatro libros a Turbancio; 421 ocho libros a Floro; 427 o 428 Alipio halla en Roma su obra); debajo, las obras de Agustín (Matrimonio y concupiscencia I, 418–419, y II, 420; Contra Juliano, 421; Obra inacabada, 428–430)
    La controversia con Juliano en torno a este tratado: los libros de Agustín (abajo) y los de Juliano (arriba). Las fechas de los libros I y II y de la Obra inacabada son las del NPNF; la de los cuatro libros a Turbancio es inferida (entre el libro I y el II). · Elaboración propia para Eusebeia · NPNF, vol. 5 (advertencia, notas e introducción de Warfield) y Wikipedia, «Julian of Eclanum»

    Capítulo 3 — Continuación del mismo tema

    II, 3

    Las palabras que ha citado y se ha esforzado por refutar de mi libro, que os envié y con las que estáis muy familiarizado, son las siguientes: «Afirman constantemente, en su odio excesivo hacia nosotros, que condenamos el matrimonio y aquel proceder divino por el cual Dios crea seres humanos por medio de hombres y mujeres, en cuanto sostenemos que los que nacen de tal unión contraen el pecado original, y no negamos que, de cualesquiera padres que nazcan, están aún bajo el dominio del diablo a menos que renazcan en Cristo.» Ahora bien, al citar estas palabras mías, se cuidó de omitir el testimonio del apóstol, que yo aducía y por cuyo peso significativo se sentía demasiado acosado. Pues, después de decir que los hombres al nacer contraen el pecado original, introduje inmediatamente las palabras del apóstol: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» [] Pues bien, como ya he mencionado, omitió este pasaje del apóstol, y luego cerró las otras observaciones mías que han sido ahora citadas. Porque sabía demasiado bien cuán aceptables son para los corazones y las conciencias de todos los católicos fieles estas palabras del apóstol, que yo había adoptado, pero que él omitió— palabras que son tan directas y tan claras, que estos herejes noveleros emplean todos sus esfuerzos en glosas oscuras y tortuosas para oscurecer y depravar su fuerza.

    Capítulo 4 — Continuación del mismo tema

    II, 4

    Pero ha añadido otras palabras mías, donde he dicho: «Ni tampoco reflexionan que el bien del matrimonio no es más censurable por razón del mal original que de él se deriva, que el mal del adulterio y de la fornicación puede excusarse por razón del bien natural que de ellos nace. Pues así como el pecado es obra del diablo, ya se derive de esta fuente o de aquella; así el hombre, ya nazca de esto o de aquello, es obra de Dios.» También aquí ha dejado fuera algunas palabras, de las que temía a los oídos católicos. Pues para llegar a las palabras aquí citadas, anteriormente habíamos dicho: «Porque, entonces, afirmamos esta doctrina, que está contenida en la regla más antigua e invariable de la fe católica, estos propugnadores de dogmas novedosos y perversos, que niegan que haya en los infantes pecado alguno que lavar en el bautismo de la regeneración, en su incredulidad o ignorancia nos calumnian como si condenáramos el matrimonio, y como si afirmáramos que es obra del diablo lo que es obra propia de Dios, a saber, el ser humano que nace del matrimonio.» Todo este pasaje lo ha pasado por alto, y meramente citó las palabras que le siguen, tal como se dan arriba. Ahora bien, en las palabras omitidas temía la cláusula que conviene a todos los corazones en la Iglesia católica y apela a la fe misma que ha sido firmemente establecida y transmitida desde tiempos antiguos con voz inquebrantable y excita su hostilidad más fuertemente contra nosotros. La cláusula es esta: «Niegan que haya en los infantes pecado alguno que lavar en el bautismo de la regeneración.» Pues todas las personas corren a la iglesia con sus infantes por ninguna otra razón en el mundo sino para que el pecado original que se contrae en ellos por su primer y natural nacimiento sea limpiado por la regeneración de su segundo nacimiento.

    Capítulo 5 — Continuación del mismo tema

    II, 5

    Vuelve luego a nuestras palabras, que fueron citadas antes: «Sostenemos que los que nacen de tal unión contraen el pecado original; y no negamos que, de cualesquiera padres que nazcan, están aún bajo el dominio del diablo a menos que renazcan en Cristo.» Por qué vuelve a referirse a estas palabras nuestras no puedo decirlo; ya las había citado poco antes. Procede luego a citar lo que dijimos de Cristo: «Que no quiso nacer de la misma unión de los dos sexos.» Pero aquí de nuevo ignoró silenciosamente las palabras que coloqué justo antes de estas; siendo mi frase entera esta: «Que por su gracia sean trasladados del poder de las tinieblas, y transferidos al reino de Aquel que no quiso nacer de la misma unión de los dos sexos.» Observad, os ruego, cuáles fueron mis palabras que rehuyó, con el temple de quien se opone del todo a aquella gracia de Dios que viene por nuestro «Señor Jesucristo.» Sabe bien que es el colmo de la improbidad y de la impiedad excluir a los infantes de su participación en las palabras del apóstol, donde dijo de Dios Padre: «Que nos ha librado del poder de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado.» [] Esta es, sin duda, la razón por la cual prefirió omitir antes que citar estas palabras.

    Capítulo 6 — Continuación del mismo tema

    II, 6

    Ha aducido a continuación aquel pasaje nuestro, en el cual dijimos: «Pues no habría existido nada de esta concupiscencia que produce vergüenza, la cual es impúdicamente alabada por hombres impúdicos, si el hombre no hubiera pecado previamente; mientras que, en cuanto al matrimonio, habría existido aún, incluso si ningún hombre hubiera pecado: pues la procreación de hijos se habría efectuado sin esta enfermedad.» Hasta este punto citó mis palabras; pero se encogió de añadir lo que viene después— «en el cuerpo de aquella vida casta, aunque sin esto no puede hacerse en 'el cuerpo de esta muerte.'» No quiso completar mi frase, sino que la mutiló en cierta medida, porque temía la exclamación del apóstol, de la cual mis palabras le daban un recordatorio: «¡Oh hombre desdichado que soy! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» [] Pues el cuerpo de esta muerte no existía en el paraíso antes del pecado; por eso dijimos, «En el cuerpo de aquella vida casta,» que era la vida del paraíso, «la procreación de hijos podía haberse efectuado sin la enfermedad, sin la cual ahora en el cuerpo de esta muerte no puede hacerse.» El apóstol, sin embargo, antes de llegar a aquella mención de la miseria del hombre y de la gracia de Dios que acabamos de citar, había dicho primero: «Veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» Entonces es cuando exclamó, «¡Oh hombre desdichado que soy! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» En el cuerpo de esta muerte, por tanto, tal como era en el paraíso antes del pecado, ciertamente no había «otra ley en nuestros miembros que repugna a la ley de nuestra mente» — que ahora, incluso cuando no queremos, y negamos el consentimiento, y no usamos nuestros miembros para cumplir lo que ella desea, mora aún en estos miembros, y acosa a nuestra mente resistente y repugnante. Y este conflicto en sí mismo, aunque no implica condenación, porque no consuma el pecado, es sin embargo «desdichado,» en cuanto que no tiene paz. Pienso, pues, que os he mostrado con suficiente claridad que este hombre tenía un objeto especial así como un método al citar mis palabras: las aducía para refutarlas de tal manera que en algunos casos interrumpía el contexto de mis frases quitando lo que estaba entre ellas, y en otros casos las recortaba retirando sus palabras finales; y su razón para hacer todo esto creo haberla explicado suficientemente.

    Capítulo 7 [III.] — Agustín aduce un pasaje seleccionado del prefacio de Juliano

    II, 7

    Veamos ahora aquellas palabras nuestras que él adujo tal como le convenía, y a las cuales opondría las suyas propias. Pues son seguidas por sus palabras; además, como insinuó la persona que os envió el papel de extractos, copió algo de un prefacio, que era sin duda el prefacio de los libros de los cuales seleccionó unos pocos pasajes. El párrafo así copiado dice lo siguiente: «Los maestros de nuestros días, santísimo hermano, que son los instigadores de la facción vergonzosa que ahora se sobrecalienta con su celo, están resueltos a conseguir la injuria y el descrédito de los hombres con cuyo sagrado fervor están encendidos, por nada menos que la ruina de toda la Iglesia; poco pensando cuánto honor han conferido a aquellos cuya fama han mostrado que sólo puede ser destruida junto con la religión católica. Pues, si uno dijera, o bien que hay libre albedrío en el hombre, o bien que Dios es el Creador de los que nacen, es al punto tachado de celestiano y pelagiano. Para evitar ser llamados herejes, se vuelven maniqueos; y así, mientras esquivan una infamia fingida, incurren en un reproche real; tal como los animales, a los que en la caza rodean con plumas teñidas, para espantarlos y conducirlos a sus redes; las pobres bestias no están dotadas de razón, y así son empujadas todas juntas por un pánico vano a una destrucción real.»

    Capítulo 8 — Agustín refuta el pasaje aducido arriba

    II, 8

    Pues bien, quienquiera que seáis que habéis dicho todo esto, lo que decís no es en modo alguno verdad; en modo alguno, repito; estáis muy engañado, o pretendéis engañar a otros. No negamos el libre albedrío; sino que, como declara la Verdad, «si el Hijo os hiciere libres, seréis verdaderamente libres.» [] Sois vosotros quienes negáis con envidia a este Libertador, puesto que os atribuís una vana libertad a vosotros mismos en vuestra cautividad. Cautivos sois; pues «de quien uno es vencido,» como dice la Escritura, «del mismo es hecho esclavo;» [] y nadie, excepto por la gracia del gran Libertador, es desatado de la cadena de esta esclavitud, de la cual ningún hombre viviente está libre. Pues «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» [] Así, pues, Dios es el Creador de los que nacen de tal manera que todos pasan del uno a la condenación, que no tienen al único Libertador por la regeneración. Pues Él es descrito como «el Alfarero, que forma de la misma masa un vaso para honra en su misericordia, y otro para deshonra [] en juicio.» Y así corre el cántico de la Iglesia «misericordia y juicio.» Por tanto, sólo os engañáis a vosotros mismos y a otros cuando decís, «Si uno afirmara, o bien que hay libre albedrío en el hombre, o bien que Dios es el Creador de los que nacen, es al punto tachado de celestiano y pelagiano;» pues la fe católica dice estas cosas. Si, empero, alguno dice que hay libre albedrío en el hombre para adorar a Dios rectamente, sin su asistencia; y quienquiera que dice que Dios es el Creador de los que nacen de tal manera que niega que los infantes tengan necesidad alguna de uno que los redima del poder del diablo: ese es el hombre que es tachado como discípulo de Celestio y Pelagio. Por tanto, que los hombres tienen en sí libre albedrío, y que Dios es el Creador de los que nacen, son proposiciones que ambos admitimos. No sois celestianos y pelagianos por decir meramente esto. Pero lo que realmente decís es esto: que cualquier hombre tiene suficiente libertad de voluntad para hacer el bien sin la ayuda de Dios, y que los infantes no experimentan cambio alguno como el de ser «librados del poder de las tinieblas y trasladados al reino de Dios;» [] y porque decís así, sois celestianos y pelagianos. ¿Por qué, entonces, os ocultáis bajo la cobertura de un dogma común para el engaño, ocultando vuestra propia delincuencia especial que os ha ganado un nombre de partido; y por qué, para aterrorizar a los ignorantes con un término chocante, decís de nosotros, «Para evitar ser llamados herejes, ¿se vuelven maniqueos?»

    Capítulo 9 — Los católicos mantienen la doctrina del pecado original, y así están lejos de ser maniqueos

    II, 9

    Escuchad, pues, por un poco de tiempo, y observad lo que está implicado en esta cuestión. Los católicos dicen que la naturaleza humana fue creada buena por el Dios bueno como Creador; pero que, habiendo sido corrompida por el pecado, necesita al médico Cristo. Los maniqueos afirman que la naturaleza humana no fue creada por Dios buena, y corrompida por el pecado; sino que el hombre fue formado por el príncipe de las tinieblas eternas de una mezcla de dos naturalezas que habían existido siempre— una buena y la otra mala. Los pelagianos y celestianos dicen que la naturaleza humana fue creada buena por el Dios bueno; pero que es aún tan sana y saludable en los infantes al nacer, que no tienen necesidad a esa edad de la medicina de Cristo. Reconoced, pues, vuestro nombre en vuestro dogma; y cesad de introducir en los católicos, que os refutan, un nombre y un dogma que pertenecen a otros. Pues la verdad rechaza a ambos partidos— a los maniqueos y a vosotros. A los maniqueos dice: «¿No habéis leído que Aquel que hizo al hombre al principio, los hizo varón y hembra; y dijo: Por esta causa dejará el hombre padre y madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne? Por tanto, ya no son dos, sino una sola carne. Lo que, pues, Dios ha unido, no lo separe el hombre.» [] Ahora bien, Cristo muestra, en este pasaje, que Dios es tanto el Creador del hombre, como el que une en matrimonio al marido y a la mujer; mientras que los maniqueos niegan ambas proposiciones. A vosotros, sin embargo, Él dice: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.» [] Pero vosotros, admirables cristianos como sois, respondéis a Cristo: «Si viniste a buscar y salvar lo que se había perdido, entonces no viniste por los infantes; pues no estaban perdidos, sino que nacen en estado de salvación: ve a los hombres mayores; te damos una regla de tus propias palabras: 'Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.'» [] Ahora bien, da la casualidad de que el maniqueo, que dice que el hombre tiene el mal mezclado en su naturaleza, debe desear que su alma buena al menos sea salvada por Cristo; mientras que vosotros sostenéis que no hay en los infantes nada que salvar por Cristo, puesto que ya están a salvo. Y así el maniqueo acosa a la naturaleza humana con su censura detestable, y vosotros con vuestra alabanza cruel. Pues quienquiera que crea vuestra laudación, nunca traerá sus bebés al Salvador. Sosteniendo opiniones tan impías como estas, ¿de qué sirve que afrontéis sin temor lo que se decreta para vosotros a fin de inducir un temor saludable y trataron como a un ser humano, y no como a aquel pobre animal vuestro que fue rodeado con las plumas teñidas para ser conducido a las redes de caza? Era menester que sostuvierais la verdad, y, por celo de ella, no temierais; pero, tal como están las cosas, evitáis el temor de tal manera que, si temierais, más bien huiríais de la red del maligno que correríais a ella. La razón por la cual vuestra madre católica os alarma es porque teme por vosotros y por otros a causa de vosotros; y si con la ayuda de sus hijos que poseen alguna autoridad en el Estado actúa con miras a haceros temer, no lo hace por crueldad, sino por amor. Vosotros, sin embargo, sois un hombre muy valiente; y consideráis propio del cobarde temer a los hombres. Pues bien, temed a Dios; y no intentéis con tal obstinación subvertir los antiguos fundamentos de la fe católica. Aunque incluso podría desear que vuestro temperamento animoso abrigara algún pequeño temor de la autoridad humana, al menos en el presente caso. Desearía, digo, que más bien temblara por cobardía que pereciera por audacia.

    Capítulo 10 [IV.] — De qué manera deben refutarse las cavilaciones del adversario

    II, 10

    Veamos ahora el resto de lo que ha unido en sus selecciones. Pero, ¿cuál debe ser mi modo de proceder? ¿Debo exponer cada pasaje suyo con el propósito de responderlo, o, omitiendo todo lo que la fe católica contiene, como no disputado entre nosotros, sólo manejar y confutar aquellas afirmaciones en las cuales se desvía del camino trillado de la verdad, y se esfuerza por injertar en troncos católicos los brotes venenosos de su herejía pelagiana? Este es, sin duda, el camino más fácil. Pero supongo que no debo perder de vista una posible contingencia: que alguien, después de leer mi libro, sin examinar todo lo que ha sido alegado por él, pueda pensar que yo no quise presentar los pasajes de los cuales dependen sus alegaciones, y por los cuales se muestra que se deducen verdaderamente las afirmaciones que estoy controvirtiendo como falsas. Me alegraría, por tanto, que el lector sin excepción tenga a bien observar y considerar las dos clases de contribuciones que ocurren en esta pequeña obra nuestra— es decir, todo lo que él ha alegado, y las respuestas que por mi parte le doy.

    Capítulo 11 — El diablo, autor no de la naturaleza, sino sólo del pecado

    II, 11

    Ahora bien, el hombre que remitió a vuestra Caridad el escrito en cuestión lo ha introducido con este título: "Contra aquellos que condenan el matrimonio y atribuyen sus frutos al diablo." Esto, pues, no va contra nosotros, que ni condenamos el matrimonio —el cual, por el contrario, encomiamos en su orden con justa alabanza— ni atribuimos sus frutos al diablo. Porque los frutos del matrimonio son los hombres que de él son ordenadamente engendrados, y no los pecados que acompañan a su nacimiento. Los seres humanos no están bajo el dominio del diablo por ser seres humanos —en lo cual son frutos del matrimonio—, sino porque son pecadores, y en esto reside la transmisión de sus pecados. Porque el diablo es autor del pecado, no de la naturaleza.

    Capítulo 12 — El nombre de Eva significa Vida, y es un gran sacramento de la Iglesia

    II, 12

    Ahora, observad el resto del pasaje en el que cree hallar, en perjuicio nuestro, lo que concuerda con el título antes citado. "Dios —dice él—, que había formado a Adán del polvo de la tierra, formó a Eva de su costilla, y dijo: Será llamada Vida, porque es la madre de todos los que viven." Pues bien, no está escrito así. Pero ¿qué nos importa eso? Porque constantemente sucede que nuestra memoria falla en la exactitud verbal, mientras el sentido se mantiene. Y no fue Dios, sino su marido, quien dio a Eva su nombre, que debía significar Vida; pues así está escrito: "Y Adán llamó a su mujer Vida, porque es la madre de todos los vivientes." Pero muy probablemente él haya entendido que la Escritura atestigua que Dios dio este nombre a Eva por medio de Adán, como profeta suyo. Pues en que fuera llamada Vida, y madre de todos los vivientes, reside un gran sacramento de la Iglesia, del que nos llevaría mucho tiempo hablar, y que es innecesario para nuestro presente propósito. Lo mismo que dice el apóstol: "Este es un gran sacramento: mas yo hablo respecto a Cristo y a la Iglesia", fue también dicho por Adán cuando exclamó: "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una sola carne." El Señor Jesús, sin embargo, en el Evangelio menciona que Dios dijo esto de Eva; y la razón, sin duda, es que Dios declaró por medio del hombre lo que el hombre, de hecho, profirió como profecía. Ahora, observad lo que sigue en el escrito de extractos: "Con aquel nombre primitivo —dice él— mostró para qué trabajo había sido provista la mujer; y dijo en consecuencia: "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra."" Ahora, ¿quién de entre nosotros niega que la mujer fue provista para la labor de la procreación por el Señor Dios, benéfico Creador de todo bien? Ved además lo que prosigue diciendo: "Dios, pues, que los creó varón y mujer, [] los proveyó de miembros aptos para la procreación, y ordenó que cuerpos fueran producidos de cuerpos; y sin embargo es la garantía de su capacidad para efectuar la obra, ejecutando todo lo que existe con aquel poder que usó en la creación." Pues bien, incluso esto lo reconocemos como doctrina católica, como también hacemos con el pasaje que inmediatamente añade: "Si, pues, la descendencia viene sólo por el sexo, y el sexo sólo por el cuerpo, y el cuerpo por Dios, ¿quién puede vacilar en admitir que la fecundidad se atribuye rectamente a Dios?"

    Capítulo 13

    El argumento pelagiano para mostrar que el diablo no tiene derechos sobre los frutos del matrimonio

    II, 13

    Después de estas afirmaciones verdaderas y católicas, las cuales, además, se hallan realmente contenidas en las Sagradas Escrituras, aunque él no las aduce con espíritu católico, con la seriedad de una mente católica, no pierde tiempo en presentarnos la herejía de Pelagio y Celestio, para lo cual, ciertamente, escribió sus observaciones anteriores. Fíjate atentamente en las siguientes palabras: «Vosotros, que ahora decís: 'No negamos que ellos, sean de los padres que sean, están todavía bajo el poder del diablo, a menos que renazcan en Cristo', mostradnos qué puede reconocer el diablo como suyo en los sexos, por razón de lo cual puede (para usar vuestra frase) reclamar con justicia como propiedad suya el fruto que ellos producen. ¿Es acaso la diferencia de los sexos? Pero ésta es inherente a los cuerpos que Dios hizo. ¿Es su unión? Pero esta unión está justificada por el privilegio de la bendición primigenia no menos que por su institución. Pues es la voz de Dios la que dice: 'Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una sola carne.' [] Es de nuevo la voz de Dios la que dice: 'Creced y multiplicaos, y llenad la tierra.' [] ¿O es, acaso, su fecundidad? Pero ésta es la razón misma por la que fue instituido el matrimonio.»

    Capítulo 14 [V.] — Sólo la concupiscencia en el matrimonio no es de Dios

    II, 14

    Ved los términos de su pregunta a nosotros: qué puede hallar el diablo en los sexos para llamar suyo, por razón de lo cual estén en su poder los que nacen de padres de cualquier clase, a menos que renazcan en Cristo; nos pregunta, además, si es la diferencia de los sexos lo que atribuimos al diablo, o su unión, o su misma fecundidad. Respondemos, pues: ninguna de estas cualidades, por cuanto la diferencia de sexo pertenece a "los vasos" de los padres; mientras que la unión de los dos atañe a la procreación de los hijos; y su fecundidad a la bendición pronunciada sobre la institución matrimonial. Pero todas estas cosas son de Dios; sin embargo, entre ellas no quiso nombrar aquella "concupiscencia de la carne, que no es del Padre, sino del mundo"; [] y "de este mundo" se dice que el diablo es "el príncipe". [] Ahora bien, el diablo no halló concupiscencia carnal en el Señor, porque el Señor no vino a los hombres como hombre por su medio. En consecuencia, dice Él mismo: "El príncipe de este mundo viene, y no halla nada en mí" [] —nada, es decir, de pecado; ni el que se deriva del nacimiento, ni el que se añade durante la vida. Entre todos los bienes naturales de la procreación que mencionó, no quiso, repito, nombrar este hecho particular de la concupiscencia, del que incluso el matrimonio se sonroja, el cual se gloria de todos esos bienes antes mencionados. Pues, ¿por qué la obra especial de los padres se retira y se oculta incluso de los ojos de sus hijos, sino porque les es imposible ocuparse en laudable procreación sin lujuria vergonzosa? Por esto fue que se avergonzaron incluso aquéllos que primero cubrieron su desnudez. [] Esas partes de su persona antes no daban que avergonzarse, sino que merecían ser enaltecidas y alabadas como obra de Dios. Se pusieron el velo cuando sintieron su vergüenza, y sintieron su vergüenza cuando, tras desobedecer ellos a su Hacedor, sintieron desobedientes a sí mismos sus propios miembros. Nuestro citador de extractos sintió igualmente vergüenza de esta concupiscencia. Pues mencionó la diferencia de sexos; mencionó también su unión, y mencionó su fecundidad; pero este último acompañamiento de la lujuria se sonrojó de mencionarlo. Y no es maravilla si los meros habladores se avergüenzan de aquello en que vemos a los padres mismos, tan interesados en su función, ruborizarse de pensar.

    Capítulo 15

    El hombre, por nacimiento, es colocado bajo el dominio del diablo mediante el pecado; todos fuimos uno en Adán cuando pecó

    II, 15

    Procede luego a preguntar: "¿Por qué, entonces, están en poder del diablo los que Dios creó?" Y halla respuesta a su propia pregunta aparentemente en una frase mía. "Por causa del pecado —dice él—, no por causa de la naturaleza." Luego, formulando su respuesta en referencia a la mía, dice: "Pero así como no puede haber descendencia sin los sexos, tampoco puede haber pecado sin la voluntad." Sí, ciertamente, tal es la verdad. Pues así como "por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él". [] Por la mala voluntad de aquel solo hombre todos pecaron en él, ya que todos eran aquel único hombre, del cual, por tanto, individualmente derivaron el pecado original. "Pues alegáis —dice él— que la razón por la que están en poder del diablo es porque nacen de la unión de los dos sexos." Yo declaro abiertamente que es por razón de la transgresión por lo que están en poder del diablo, y que su participación, además, en esta transgresión se debe a la circunstancia de que nacen de dicha unión de los sexos, la cual ni siquiera puede cumplir su propia función honorable sin el incidente de la lujuria vergonzosa. Esto ha sido, en efecto, dicho también por Ambrosio, de ilustre y bienaventurada memoria, obispo de la Iglesia de Milán, cuando da como razón por la que el nacimiento de Cristo en la carne estuvo libre de toda culpa pecaminosa, el que su concepción no fue resultado de la unión de los dos sexos; mientras que no hay ni uno entre los seres humanos concebidos en tal unión que esté sin pecado. Estas son sus palabras precisas: "Por esta razón, y siendo hombre, fue probado por toda suerte de tentación, y en semejanza de hombre las soportó todas; en cuanto, sin embargo, nació del Espíritu, se abstuvo de todo pecado. Pues todo hombre es mentiroso, y nadie está sin pecado, sino sólo Dios. En consecuencia —añade él—, se ha observado constantemente que claramente nadie que nace de un hombre y una mujer, es decir, mediante la unión de sus cuerpos, está libre de pecado; pues quien está libre de pecado está libre también de una concepción de esta clase." Pues bien, ¿os atreveréis vosotros, discípulos de Pelagio y Celestio, a llamar maniqueo a este hombre? Como hizo el hereje Joviniano, cuando el santo obispo mantuvo la virginidad perpetua de la bienaventurada María incluso después del parto, en oposición a la impiedad de aquel. Si, sin embargo, no os atrevéis a llamarlo maniqueo, ¿por qué nos llamáis maniqueos a nosotros cuando defendemos la fe católica en la misma causa y con las mismas opiniones? Pero si queréis acusar a aquel hombre fidelísimo de haber abrigado error maniqueo en esta materia, no hay remedio: disfrutad de vuestras burlas lo mejor que podáis, y llenad así más plenamente la medida de Joviniano; en cuanto a nosotros, podemos soportar pacientemente junto con tal hombre de Dios vuestras burlas y mofas. Y sin embargo, vuestro heresiarca Pelagio encomia la fe de Ambrosio y su extrema pureza en el conocimiento de las Escrituras tan grandemente, que declara que ni siquiera un enemigo podría atreverse a hallar falta en él. Observad, pues, hasta dónde habéis llegado, y absteneos de seguir más adelante por los pasos audaces de Joviniano. Y sin embargo, aquel hombre, aunque por su excesiva alabanza del matrimonio lo puso a la par con la santa virginidad, nunca negó la necesidad de Cristo para salvar a los que nacen del matrimonio, incluso recién salidos del vientre materno, y para redimirlos del poder del diablo. Esto, sin embargo, vosotros lo negáis; y porque os hacemos frente en defensa de quienes aún no pueden hablar por sí mismos, y en defensa de los fundamentos mismos de la fe católica, nos acusáis de maniqueos. Pero veamos ahora qué sigue.

    Capítulo 16 [VI.] — El diablo es autor no de nosotros, sino de nuestros pecados

    II, 16

    Nos plantea, pues, otra pregunta, diciendo: "¿A quién, entonces, confesáis como autor de los niños? ¿Al Dios verdadero?" Respondo: "Sí; al Dios verdadero." Luego observa: "Pero Él no hizo el mal"; y de nuevo pregunta: "¿Confesamos que el diablo es el creador de los niños?" Luego de nuevo responde: "Pero él no creó la naturaleza humana." Luego cierra el asunto, por así decirlo, con esta inferencia: "Puesto que la unión es mala, y la condición de nuestros cuerpos está degradada, por tanto atribuís nuestros cuerpos a un creador malvado." Mi respuesta a esto es: no atribuyo a un creador malvado nuestros cuerpos, sino nuestros pecados; en razón de los cuales sucedió que, mientras que en nuestros cuerpos, es decir, en lo que Dios ha hecho, todo era honorable y agradable, sin embargo se añadió en el trato del varón y la mujer lo que causó vergüenza, de modo que su unión no fue tal como podría haber sido en el cuerpo de aquella vida íntegra, sino tal como la vemos con rubor en el cuerpo de esta muerte. "Pero Dios —dice él— ha dividido en sexo lo que uniría en operación. De modo que de Él viene la unión de los cuerpos, de quien primero vino la creación de los cuerpos." Ya hemos dado respuesta a esta afirmación, cuando dijimos que estos cuerpos son de Dios. Pero en cuanto a la desobediencia de los miembros de estos cuerpos, ésta viene por la concupiscencia de la carne que "no es del Padre". [] Prosigue diciendo que "es imposible que frutos malos broten de tantas cosas buenas, como cuerpos, sexos y sus uniones; o que seres humanos sean hechos por Dios con el propósito de que sean, por derecho legítimo, como vosotros sostenéis, poseídos por el diablo". Ahora bien, ya se ha afirmado que no son así poseídos porque sean hombres, cuya designación pertenece a su naturaleza, de la que el diablo no es autor; sino porque son pecadores, cuya designación es resultado de aquella falta de la naturaleza de la que el diablo es autor.

    Capítulo 17 [VII.]

    Los pelagianos no se avergüenzan de elogiar la concupiscencia, aunque se avergüenzan de mencionar su nombre

    II, 17

    Pero entre tantos nombres de cosas buenas, como cuerpos, sexos, uniones, ni una sola vez menciona la lujuria o concupiscencia de la carne. Calla porque se avergüenza; y, sin embargo, con una extraña desvergüenza de vergüenza (si es lícita la expresión), no se avergüenza de alabar lo que se avergüenza de nombrar. Observad ahora cómo prefiere señalar su objeto por circunloquio antes que por mención directa. "Después de aquello, el hombre —dice él— conoció a su mujer por apetito natural." Ved otra vez: rehusó decir: Conoció a su mujer por concupiscencia carnal; pero usó la frase "por apetito natural", por la que cabe entender que se refiere a aquella voluntad santa y honorable que quiere la procreación de los hijos, y no a aquella lujuria de la que él mismo, bien se ve, se avergüenza tanto, que prefiere hablarnos en lenguaje ambiguo antes que expresar su pensamiento en palabras inequívocas. Ahora, ¿qué significa su frase —"por apetito natural"—? ¿No son el deseo de salvarse y el deseo de engendrar, nutrir y educar a los hijos, apetito natural? ¿Y no lo es también de la razón, y no de la lujuria? Puesto que, sin embargo, podemos averiguar su intención, estamos bastante seguros de que quiso con estas palabras indicar la lujuria de los órganos de la generación. ¿No os parecen las palabras en cuestión las hojas de higuera, bajo cuya cubierta no se oculta sino aquello de lo que se avergüenza? Pues así como aquéllos de antaño cosieron las hojas [] como ceñidor de ocultamiento, así este hombre ha tejido una red de circunloquios para ocultar su significado. Dejémosle tejer su declaración: "Pero cuando el hombre conoció a su mujer por apetito natural, dice la divina Escritura, Eva concibió y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Caín. Pero ¿qué —añade él— dice Adán? Oigamos: He adquirido un hombre de Dios. De modo que es evidente que era obra de Dios, y la divina Escritura testifica que fue recibido de Dios." [] Pues bien, ¿quién puede albergar duda sobre este punto? ¿Quién puede negar esta afirmación, especialmente si es un cristiano católico? El hombre es obra de Dios; pero la concupiscencia carnal (sin la cual, si el pecado no hubiera precedido, el hombre habría sido engendrado por medio de los órganos de la generación, no menos obedientes que los demás miembros a una voluntad serena y normal) no es del Padre, sino del mundo. []

    Capítulo 18 — Continúa el mismo tema

    II, 18

    Pero ahora, os lo ruego, mirad con un poco más de atención y observad cómo se las ingenia para hallar un nombre con que volver a encubrir lo que se avergüenza de descubrir. «Porque,» dice él, «Adán lo engendró por el poder de sus miembros, no por diversidad de méritos.» Ahora bien, confieso que no entiendo qué quiso decir con la última cláusula, no por diversidad de méritos; pero cuando dijo «por el poder de sus miembros», creo que quiso expresar lo que se avergüenza de decir abierta y claramente. Prefirió usar la frase «por el poder de sus miembros» antes que decir «por la concupiscencia de la carne». Es evidente —aunque no se le haya ocurrido el pensamiento— que insinuó algo que tiene una aplicación manifiesta al asunto. Pues ¿qué hay más poderoso que los miembros de un hombre, cuando no están debidamente sometidos a la voluntad del hombre? Aunque los reprima la templanza o la continencia, su uso y gobierno no están en poder de hombre alguno. Adán, pues, engendró sus hijos por lo que nuestro autor llama «el poder de sus miembros,» de los cuales, antes de engendrarlos, se avergonzó, después de su pecado. Pero si nunca hubiera pecado, no los habría engendrado por el poder, sino en la obediencia, de sus miembros. Pues él mismo habría tenido el poder de gobernarlos como súbditos de su voluntad, si él también, por la misma voluntad, se hubiera sometido como súbdito a Uno más poderoso.

    Capítulo 19 [VIII.] — Los pelagianos entienden mal la palabra «simiente» en la Escritura

    II, 19

    Prosigue diciendo: «Poco después la Escritura divina dice de nuevo: "Conoció Adán a Eva, su mujer; y dio a luz un hijo, y lo llamó Set, diciendo: El Señor me ha suscitado otra simiente en lugar de Abel, a quien mató Caín".» Y añade: «Se dice que la Divinidad suscitó la simiente misma; como prueba de que la unión sexual fue institución suya.» Este hombre no entendió lo que la Escritura registra; pues supuso que la razón por la que se dice "El Señor me ha suscitado otra simiente en lugar de Abel" no era otra sino que se pudiera suponer que Dios había excitado en él el deseo del comercio carnal, por medio del cual se suscitara la simiente para ser derramada en el seno de la mujer. Ignoraba por completo que lo que la Escritura ha dicho no es "Me ha suscitado simiente" en el sentido que él emplea, sino sólo como queriendo decir "Me ha dado un hijo". En efecto, Adán no usó las palabras en cuestión después de su comercio carnal, cuando emitió su simiente, sino después del parto de su mujer, en el que recibió a su hijo por don de Dios. Pues ¿qué deleite hay (salvo quizá para las personas lascivas, y para aquellos que, como dice el apóstol con prohibición, «poseen su vaso en la pasión de la concupiscencia» []) en el mero derramamiento de simiente como placer último de la unión sexual, si no es seguido por el fruto verdadero y propio del matrimonio— la concepción y el nacimiento?

    Capítulo 20 — El pecado original se deriva de la condición defectuosa de la simiente humana

    II, 20

    Esto, sin embargo, no lo diría yo como insinuando en modo alguno que debamos buscar otro creador distinto del supremo y verdadero Dios, ni de la simiente humana ni del hombre mismo que procede de la simiente; sino como queriendo decir que la simiente habría brotado del ser humano por la obediencia tranquila y normal de sus miembros al mandato de su voluntad, si el pecado no hubiera precedido. La cuestión que ahora nos ocupa no concierne a la naturaleza de la simiente humana, sino a su corrupción. Ahora bien, la naturaleza tiene a Dios por autor; de su corrupción se deriva el pecado original. Si, en efecto, la simiente misma no tuviera corrupción, ¿qué significa aquel pasaje del Libro de la Sabiduría, «No ignorando que eran una generación perversa, y que su malicia era ingénita, y que su pensamiento jamás se mudaría; porque su simiente era maldita desde el principio»? [] Ahora bien, cualquiera que sea la aplicación particular de estas palabras, se dicen del género humano. ¿Cómo, pues, es la malicia de todo hombre ingénita, y su simiente maldita desde el principio, sino en razón del hecho de que «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él»? [] Pero ¿dónde está el hombre cuyo «mal pensamiento jamás se puede mudar,» sino porque no puede efectuarse por sí mismo, sino sólo por la gracia divina; sin cuyo auxilio, ¿qué son los seres humanos, sino lo que de ellos dice el apóstol Pedro, cuando los describe como «bestias brutas naturales, hechas para ser prendidas y destruidas»? [] En conformidad con esto, el apóstol Pablo, en cierto pasaje, teniendo a la vista ambas condiciones—aun la ira de Dios con que nacemos, y la gracia por la cual somos librados—dice: «Entre los cuales también todos nosotros tuvimos en otro tiempo nuestra conversación en las concupiscencias de nuestra carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por cuya gracia sois salvos.» [] ¿Qué es, pues, la «malicia natural» del hombre, y «la simiente maldita desde el principio;» y cuáles son «las bestias brutas naturales hechas para ser prendidas y destruidas,» y cuáles los «por naturaleza hijos de ira»? ¿Era ésta la condición de la naturaleza que fue formada en Adán? ¡No lo quiera Dios! En la medida, sin embargo, en que su naturaleza pura fue corrompida en él, ha corrido en esta condición por descendencia natural a través de todos, y aún sigue corriendo; de modo que no hay liberación para ella de esta ruina, excepto por la gracia de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo.

    Capítulo 21 [IX.] — Es el Dios bueno quien da la fecundidad, y el diablo quien corrompe el fruto

    II, 21

    ¿Qué quiere decir, por tanto, este hombre en el pasaje siguiente, en el que dice de Noé y de sus hijos, que «fueron bendecidos, así como Adán y Eva; pues les dijo Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y dominad la tierra"? [] A estas palabras del Todopoderoso añadió algunas suyas, diciendo: «Ahora bien, aquel placer, que vosotros querríais que pareciera diabólico, se empleó en el caso de las parejas casadas antes mencionadas; y continuó existiendo, tanto en la bondad de su institución como en la bendición que lo acompaña. Pues no puede dudarse que las siguientes palabras fueron dirigidas a Noé y a sus hijos con referencia a su unión corporal con sus esposas, ya para entonces fijada inalterablemente por el uso: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra".» Es innecesario que empleemos muchas palabras repitiendo nuestro argumento anterior. El punto en cuestión aquí es la corrupción en nuestra naturaleza, por la cual su bondad ha sido depravada, de cuya corrupción el diablo es el autor. Aquella bondad de la naturaleza, tal como es en sí misma, cuyo autor es Dios, no es la cuestión que hemos de considerar. Ahora bien, Dios nunca ha retirado de la naturaleza corrompida y depravada su propia misericordia y bondad, hasta el punto de privar al hombre de la fecundidad, la vitalidad y la salud, así como de la sustancia misma de su mente y de su cuerpo, de sus sentidos también y de su razón, así como del alimento, del sustento y del crecimiento. Además, «hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos;» [] y todo lo que es bueno en la naturaleza humana procede del Dios bueno, aun en el caso de aquellos hombres que no serán librados del mal.

    Capítulo 22 — ¿Nos avergonzaremos de lo que hacemos nosotros, o de lo que hace Dios?

    II, 22

    Es, sin embargo, de placer de lo que este hombre habló en su pasaje, porque el placer puede ser incluso honorable: de la concupiscencia carnal, o lujuria, que produce vergüenza, no hizo mención. En algunas palabras posteriores, sin embargo, dejó al descubierto su susceptibilidad a la vergüenza; y fue incapaz de disimular lo que la naturaleza misma ha prescrito con tanta fuerza. «Existe también,» dice él, «aquella afirmación: "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne".» Luego, después de estas palabras de Dios, pasa a ofrecer algunas suyas, diciendo: «Para expresar la fe en las obras, el profeta se acercó mucho a un peligro para el pudor.» ¡Qué confesión! ¡Cuán clara y arrancada de él por la fuerza de la verdad! El profeta, al parecer, para expresar la fe en las obras, casi puso en peligro el pudor, cuando dijo, «Serán los dos una sola carne;» queriendo que se entendiera de la unión sexual del varón y de la mujer. ¿Que se alegue la causa por la cual el profeta, al expresar las obras de Dios, se acercó tanto a un peligro para el pudor? ¿Acaso las obras del hombre no deben producir vergüenza, sino que han de ser glorificadas en todo caso, y las obras de Dios deben producir vergüenza? ¿Acaso, al exponer y expresar las obras de Dios, el amor o el trabajo del profeta no recibe honor, sino que su pudor se pone en peligro? ¿Qué era, pues, posible que Dios hiciera, que fuera vergonzoso para su profeta describir? Y, cuestión aún más grave, ¿podía un hombre avergonzarse de alguna obra que no el hombre, sino Dios, ha hecho en el hombre? Mientras que los artesanos en todos los casos se esfuerzan, con todo el trabajo y la diligencia a su alcance, por evitar la vergüenza en las obras de sus propias manos. La verdad, sin embargo, es que nos avergonzamos de aquello mismo que hizo avergonzarse a aquellos primeros seres humanos, cuando cubrieron sus lomos. Ésa es la pena del pecado; ésa es la plaga y la marca del pecado; ésa es la tentación y aun el combustible del pecado; ésa es la ley en nuestros miembros que repugna a la ley de nuestra mente; ésa es la rebelión contra nosotros mismos, procedente de nosotros mismos, que por retribución justísima nos es devuelta por nuestros miembros desobedientes. Es esto lo que nos hace avergonzarnos, y justamente avergonzarnos. Si no fuera así, ¿qué habría más ingrato, más irreligioso en nosotros, si en nuestros miembros hubiéramos de sufrir confusión de rostro, no por nuestra culpa o pena, sino por las obras de Dios?

    Capítulo 23 [X.]

    Los pelagianos afirman que Dios, en el caso de Abraham y Sara, suscitó la concupiscencia como un don del cielo

    II, 23

    Tiene también mucho que decir, aunque sin provecho, acerca de Abraham y Sara, de cómo recibieron un hijo según la promesa; y al final menciona la palabra concupiscencia. Pero no añade la frase acostumbrada, «de la carne,» porque esto es precisamente lo que causa la vergüenza. En cambio, a causa de la concupiscencia hay a veces ocasión de gloriarse, en cuanto hay una concupiscencia del espíritu contra la carne, [] y una concupiscencia de la sabiduría. En consecuencia, dice: «Ahora bien, ciertamente habéis definido como naturalmente mala esta concupiscencia que es indispensable para la fecundidad; ¿de dónde proviene, pues, que sea suscitada en hombres ancianos por don del Cielo? Aclaradlo entonces, si podéis, que pertenece a la obra del diablo lo que veis que Dios confiere como don.» Dice esto, como si la concupiscencia de la carne hubiera estado antes ausente en ellos, y como si Dios se la hubiera otorgado. Sin duda era inherente a este cuerpo de muerte; lo que faltaba, sin embargo, era aquella fecundidad de la que Dios es el autor; y ésta fue dada efectivamente siempre que Dios quiso conferir el don. Lejos de nosotros, no obstante, afirmar, lo que él pensó que queríamos decir, que Isaac fue engendrado sin el calor de la unión sexual.

    Capítulo 24 [XI.] — Qué pacto de Dios quebranta el recién nacido. Cuál era el valor de la circuncisión

    II, 24

    Pero que nos informe cómo era posible que su alma fuera cortada de su pueblo si no había sido circuncidado al octavo día. ¿Cómo pudo haber pecado así, cómo ofender así a Dios, como para ser castigado por la negligencia de otros hacia él con sentencia tan severa, si no había habido pecado original en el caso? Pues así rezaba el mandamiento de Dios acerca de la circuncisión de los infantes: «El varón incircunciso, cuya carne de su prepucio no sea circuncidada al octavo día, su alma será cortada de su pueblo; porque ha quebrantado mi pacto.» [] Que nos diga, si puede, cómo aquel niño quebrantó el pacto de Dios—una criatura inocente, en lo que personalmente le concernía, de ocho días de edad; y, sin embargo, de ningún modo se profiere aquí falsedad alguna por Dios o la Sagrada Escritura. El hecho es que el pacto de Dios que entonces quebrantó no era éste que mandaba la circuncisión, sino aquel que prohibió el árbol; cuando «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» [] Y en su caso la expiación de esto fue significada por la circuncisión del octavo día, es decir, por el sacramento del Mediador que había de encarnarse. Pues fue por esta misma fe en Cristo, que había de venir en la carne, y que había de morir por nosotros, y al tercer día (que, viniendo después del séptimo o día de sábado, había de ser el octavo) resucitar, que aun los santos varones de la antigüedad fueron salvados. Porque «fue entregado por nuestras ofensas, y resucitó para nuestra justificación.» [] Desde que la circuncisión fue instituida entre el pueblo de Dios, que era en aquel tiempo el signo de la justicia de la fe, sirvió también para significar la purificación, aun en los infantes, del pecado original y primitivo, así como el bautismo de igual manera, desde el tiempo de su institución, comenzó a valer para la renovación del hombre. No es que no hubiera justificación por la fe antes de la circuncisión; pues aun estando todavía en la incircuncisión, Abraham mismo fue justificado por la fe, siendo padre de aquellas naciones que también habrían de imitar su fe. [] En los tiempos antiguos, sin embargo, el misterio sacramental de la justificación por la fe yacía oculto en todos los modos. Aun así era la misma fe en el Mediador la que salvó a los santos de la antigüedad, pequeños y grandes— no el pacto antiguo, «que engendra para servidumbre;» [] no la ley, que no fue dada de modo que pudiera dar vida; [] sino la gracia de Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. [] Pues como nosotros creemos que Cristo ha venido en la carne, así ellos creyeron que había de venir; como, a su vez, nosotros creemos que ha muerto, así ellos creyeron que moriría; y como nosotros creemos que ha resucitado de entre los muertos, así ellos creyeron que resucitaría; mientras que tanto nosotros como ellos creemos igualmente que ha de venir en lo futuro a juzgar a vivos y muertos. No ponga, pues, este hombre ningún impedimento en el camino de su salvación a la naturaleza humana, levantando una mala defensa de sus méritos; porque todos nacemos bajo el pecado, y somos librados de él por el único que nació sin pecado.

    Capítulo 25 [XII.] — Agustín no es el inventor del pecado original

    II, 25

    «Esta unión sexual de cuerpos,» dice, «junto con el ardor, con el placer, con la emisión de la simiente, fue hecha por Dios, y es loable por sí misma, y por tanto ha de ser aprobada; llegó a ser, además, a veces incluso un gran don para varones piadosos.» Repitió distinta y separadamente las frases, «con ardor,» «con placer,» «con emisión de simiente.» No se atrevió, sin embargo, a decir, «con lujuria.» ¿A qué se debe esto, si no es que se avergüenza de nombrar lo que no se sonroja de alabar? Un don, en efecto, para los varones piadosos es la propagación próspera de los hijos; pero no aquella excitación de los miembros que produce vergüenza, la cual nuestra naturaleza no sentiría si estuviera en estado sano, aunque la naturaleza corrompida ahora la experimenta. Por esta razón, en efecto, es que quien nace de ella requiere nacer de nuevo, para poder ser miembro de Cristo; y que aquel de quien nace, aunque ya haya nacido de nuevo, necesita ser librado de aquello que existe en este cuerpo de muerte a causa de la ley del pecado. Ahora bien, siendo esto así, ¿cómo es que prosigue diciendo, «Debéis, por tanto, confesar por necesidad que el pecado original que habíais ideado queda eliminado»? No fui yo quien ideó el pecado original, que la fe católica sostiene desde tiempos antiguos; sino tú, que lo niegas, eres sin duda un hereje innovador. En el juicio de Dios, todos están en poder del diablo, nacidos en pecado, a menos que sean regenerados en Cristo.

    Capítulo 26 [XIII.] — El niño en modo alguno es formado por la concupiscencia

    II, 26

    Pero, como estaba hablando de Abraham y Sara, continúa diciendo: «Si, en efecto, afirmaras que el uso natural era fuerte en ellos, y no había descendencia, mi respuesta será: A quien el Creador prometió, el Creador también lo dio; el niño que nace no es obra de la cohabitación, sino de Dios. Él, en efecto, que hizo al primer hombre del polvo, forma a todos los hombres de la simiente. Así, pues, como el polvo de la tierra, que fue tomado como material, no fue el autor del hombre; así también aquella fuerza del placer sexual que forma y mezcla los elementos seminales no completa todo el proceso de la hechura del hombre, sino que más bien presenta a Dios, de los tesoros de la naturaleza, el material con el cual Él se digna hacer al ser humano.» Ahora bien, toda esta afirmación suya, salvo donde dice que los elementos seminales son formados y mezclados por el placer sexual, estaría correctamente expresada por él si tan sólo se esforzara en hacerla para defender el sentido católico. Para nosotros, sin embargo, que somos plenamente conscientes de lo que se esfuerza en sacar de ella, habla ciertamente de manera correcta, pero con intención perversa. La afirmación excepcional respecto de la verdad general, que no niego que pertenezca a este pasaje, es falsa por esta razón: porque el placer en cuestión de la concupiscencia carnal no forma los elementos seminales. Éstos ya están en el cuerpo, y son formados por el mismo Dios verdadero que creó el cuerpo mismo. No reciben su existencia del placer libidinoso, sino que son excitados y emitidos en compañía de él. Si, en efecto, tal placer acompaña la mezcla de los elementos seminales de los dos sexos en el seno materno, es cuestión que quizá las mujeres puedan determinar por sus sentimientos más íntimos; pero no nos corresponde a nosotros llevar una curiosidad ociosa tan lejos. Aquella concupiscencia, sin embargo, de la cual hemos de avergonzarnos, y cuya vergüenza ha dado a nuestros miembros secretos su designación vergonzosa, pudenda, no tenía existencia en el cuerpo durante su vida en el paraíso antes de la entrada del pecado; sino que comenzó a existir «en el cuerpo de esta muerte» después del pecado, la rebelión de los miembros vengando la propia desobediencia del hombre. Sin esta concupiscencia era del todo posible efectuar la función de la pareja casada en la procreación de los hijos: así como muchas obras laboriosas se realizan por la operación dócil de nuestros otros miembros, sin ningún calor lascivo; pues éstos son simplemente movidos por la dirección de la voluntad, no excitados por el ardor de la concupiscencia.

    Capítulo 27

    Los pelagianos argumentan que Dios a veces cierra el seno materno en su ira, y lo abre cuando es aplacado

    II, 27

    Considera con cuidado el resto de sus observaciones: «Esto igualmente,» dice él, es confirmado por la autoridad del apóstol. Pues cuando el bienaventurado Pablo habló de la resurrección de los muertos, dijo: «Necio, lo que tú siembras no se vivifica.» [] Y después: "Pero Dios le da un cuerpo como le place, y a cada semilla su propio cuerpo". Si, por tanto, dice él, «Dios ha asignado a la simiente humana, como a toda otra cosa, su propio cuerpo propio, lo cual ningún sabio ni piadoso negará, ¿cómo probarás que alguna persona nace culpable? Haz, te lo ruego, reflexiona con qué nudo corredizo es estrangulada esta afirmación del pecado natural. Pero ven,» dice él, «trátate más suavemente, te lo pido. Créeme, Dios te hizo incluso a ti: ha de confesarse, sin embargo, que un error grave te ha infectado. Pues ¿qué opinión más profana puede proferirse que la de que o Dios no hizo al hombre, o que lo hizo para el diablo; o, en todo caso, que el diablo formó la imagen de Dios, es decir, al hombre— lo cual claramente es una afirmación no más absurda que impía? ¿Es, entonces,» dice él, «Dios tan pobre en recursos, tan carente de todo sentido de lo conveniente, como para no haber tenido nada que pudiera conferir a los hombres santos como su recompensa, salvo lo que el diablo, después de engañarlos, pudiera infundirles para su corrupción? ¿Querrías saber, sin embargo, que aun en el caso de quienes no son santos, se puede probar que Dios ha otorgado este poder de procreación de hijos? Cuando Abrahán, golpeado por el temor entre una nación extranjera, dijo que Sara, su mujer, era su hermana, se dice que Abimelec, el rey del país, la raptó para el disfrute de una noche. Pero Dios, que tenía el honor de la santa mujer bajo su custodia, se apareció a Abimelec en sueños, y refrenó la audacia real; amenazándolo con la muerte si llegaba al extremo de violar a la esposa. Entonces Abimelec dijo: "¿Matarás, oh Señor, a una nación inocente y justa? ¿No me dijeron ellos que eran hermano y hermana?" Por tanto, Abimelec se levantó temprano por la mañana, y tomó mil piezas de plata, y ovejas, y bueyes, y siervos, y siervas, y los dio a Abrahán, y devolvió a su mujer intacta. Pero Abrahán oró a Dios por Abimelec; y Dios sanó a Abimelec, y a su mujer, y a sus siervas.» Ahora bien, por qué narró todo esto con tanta extensión, puedes hallarlo en estas pocas palabras que añadió: «Dios,» dice él, «por la oración de Abrahán, les restauró su potencia de generación, que había sido quitada de los senos hasta de las siervas más humildes; porque Dios había cerrado todo seno en la casa de Abimelec. [] Considera ahora,» dice él, «si debe llamarse mal natural aquello que a veces Dios, cuando está airado, quita, y cuando es aplacado, restaura. Él,» dice él, «hace los hijos tanto de los piadosos como de los impíos, en la medida en que la circunstancia de ser padres pertenece a aquella naturaleza que se goza en Dios como su Autor, mientras que el hecho de su impiedad pertenece a la depravación de sus deseos, y esto sobreviene a toda persona como consecuencia del libre albedrío.»

    Capítulo 28 [XIV.] — Respuesta de Agustín a este argumento. Su trato de la Escritura

    II, 28

    Ahora bien, a esta extensa afirmación suya hemos de decir en respuesta, que, en los pasajes que ha citado de las sagradas escrituras, nada se dice acerca de aquella lujuria vergonzosa, que decimos que no existía en el cuerpo de nuestros primeros padres en su bienaventuranza, cuando estaban desnudos y no se avergonzaban. [] El primer pasaje del apóstol fue dicho de las semillas de grano, que primero mueren para ser vivificadas. Por alguna razón u otra, no quiso completar el versículo para su cita. Todo lo que aduce de él es: «Necio, lo que tú siembras no se vivifica;» pero el apóstol añade, «si no muere.» [] Este escritor, sin embargo, en la medida en que puedo juzgar, quiso que este pasaje, que trata sólo de semillas de grano, fuese entendido de la simiente humana, por quienes lo lean sin entender las Sagradas Escrituras o sin recordarlas. En efecto, no sólo mutiló esta frase particular, omitiendo la cláusula, «si no muere,» sino que omitió las siguientes palabras, en las cuales el apóstol explicó de qué semillas estaba hablando; pues el apóstol añade: «Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser, sino el grano desnudo, ya sea de trigo, o de algún otro grano.» [] Esto lo omitió, y cerró su contexto con lo que el apóstol escribe luego: «Pero Dios le da un cuerpo como le ha placido, y a cada semilla su propio cuerpo;» como si el apóstol hablara del hombre en la cohabitación cuando dijo, «Necio, lo que tú siembras no se vivifica,» con miras a que entendiéramos la simiente humana, que es vivificada por Dios, no por el hombre en la cohabitación que engendra hijos. Pues previamente había dicho: «El placer sexual no completa todo el proceso de la hechura del hombre, sino que más bien presenta a Dios, de los tesoros de la naturaleza, el material con el cual Él se digna hacer al ser humano.» Luego añadió la cita, como si el apóstol afirmara lo siguiente: Necio, lo que tú siembras no se vivifica— no se vivifica, es decir, por ti mismo; sino que Dios forma al ser humano de tu simiente. Como si el apóstol no hubiera dicho las palabras intermedias, que este escritor eligió pasar por alto; y como si el propósito del apóstol fuera hablar de la simiente humana así: «Necio, lo que tú siembras no se vivifica; sino que Dios da a la semilla un cuerpo tal como le place, y a cada semilla su propio cuerpo.» En efecto, después de las palabras del apóstol, introduce observaciones propias de este tenor: «Si, por tanto, Dios ha asignado a la simiente humana, como a toda otra cosa, su propio cuerpo propio, lo cual ningún sabio ni piadoso negará;» exactamente como si el apóstol en el pasaje en cuestión hablara de la simiente humana.

    Capítulo 29 — Lo mismo continúa. Agustín afirma también que Dios forma al hombre en el nacimiento

    II, 29

    Aunque he prestado especial atención al punto, no he logrado descubrir qué ayuda podía obtener de este uso engañoso de la Escritura, salvo que quería presentar al apóstol como testigo, y por medio de él probar, lo que también nosotros afirmamos, que Dios forma al hombre de la simiente humana. Y en la medida en que ningún pasaje se le ocurrió directamente, manipuló engañosamente éste en particular; temiendo sin duda que, si el apóstol pareciera por casualidad haber hablado de semillas de grano, y no de la humana, en este pasaje, se nos habría sugerido al punto por tal proceder suyo, cómo refutarlo: no ciertamente como el abogado de mente pura de una voluntad casta, sino como el pregonero impudente de una voluptuosidad desenfrenada. Pero por las mismísimas semillas, bien se ve, que los labradores siembran en sus campos puede ser refutado. Pues ¿por qué no podemos suponer que Dios pudo haber concedido al hombre en su estado feliz en el paraíso, el mismo curso con respecto a su propia simiente que vemos concedido a las semillas de grano, de tal modo que aquélla pudiera ser sembrada sin ninguna lujuria vergonzosa, obedeciendo los miembros de la generación simplemente a la inclinación de la voluntad; así como ésta es sembrada sin ninguna lujuria vergonzosa, moviéndose las manos del labrador meramente en obediencia a su voluntad? Habiendo, en efecto, esta diferencia: que el deseo de engendrar hijos en el padre es más noble que el que caracteriza al agricultor, de llenar sus graneros. Luego, de nuevo, ¿por qué no podría el Creador omnipotente, con su ubicuidad incontaminable, y su poder de crear de la simiente humana justo lo que le placía, haber obrado en las mujeres, con respecto a lo que aún ahora hace, de la misma manera como obra en la tierra con las semillas de grano según su voluntad, haciendo que las madres bienaventuradas concibieran sin pasión lujuriosa, y dieran a luz hijos sin dolores de parto, en la medida en que no había (en aquel estado de felicidad, y en el cuerpo que aún no era el cuerpo de esta muerte, sino más bien el de aquella vida) en la mujer al recibir la simiente nada que produjera vergüenza, como no había nada al dar a luz a la descendencia que causara dolor? Quien rehúse creer esto, o no esté dispuesto a que se suponga que, mientras los hombres anteriores a todo pecado vivían en aquel estado feliz del paraíso, tal condición como la que hemos bosquejado no pudo haber sido permitida en la voluntad y bondad de Dios, debe ser considerado como amante del placer vergonzoso, más bien que encomiador de la fecundidad deseable.

    Capítulo 30 [XV.] — El caso de Abimelec y su casa examinado

    II, 30

    Luego, de nuevo, en cuanto al pasaje que ha aducido de la historia inspirada acerca de Abimelec, y la elección de Dios de cerrar todo seno en su casa para que las mujeres no dieran a luz hijos, y de abrirlos después para que se volvieran fecundos, ¿qué tiene todo esto que ver con el punto? ¿Qué tiene que ver con aquella concupiscencia vergonzosa que es ahora la cuestión en disputa? ¿Acaso Dios, entonces, privó a aquellas mujeres de este sentimiento, y se lo dio de nuevo justo cuando le placía? El castigo, sin embargo, era que no podían dar a luz hijos, y la bendición que podían darlos, según la manera de esta carne corruptible. Pues Dios no conferiría tal bendición sobre este cuerpo de muerte, como sólo aquel cuerpo de vida en el paraíso pudo haber tenido antes de que entrara el pecado; es decir, el proceso de concebir sin el prurito de la lujuria, y de dar a luz hijos sin dolor atroz. Pero ¿por qué no habríamos de suponer, puesto que, en efecto, la Escritura dice que todo seno fue cerrado, que esto sucedió con algo de dolor, de modo que las mujeres no podían soportar la cohabitación, y que Dios infligió este dolor en su ira, y lo removió en su misericordia? Pues si la lujuria había de ser quitada como impedimento para engendrar descendencia, debió haber sido quitada de los hombres, no de las mujeres. Pues una mujer podría realizar su parte en la cohabitación por su voluntad, aun si cesara la lujuria por la cual es estimulada, con tal de que no estuviera ausente del hombre para excitarlo; a menos que, quizá (como la Escritura nos informa que incluso Abimelec mismo fue sanado), nos dijera que la concupiscencia viril le fue restaurada. Si, sin embargo, fuera cierto que la había perdido, ¿qué necesidad había de que fuera advertido por Dios de no tener trato con la mujer de Abrahán? La verdad es que se dice que Abimelec fue sanado, porque su casa fue curada de la aflicción que la azotaba.

    Capítulo 31 [XVI.] — Por qué Dios procede a crear seres humanos, que Él sabe que nacerán en pecado

    II, 31

    Examinemos ahora aquellas tres cláusulas suyas, más profanas que las cuales, dice él, nada podría posiblemente proferirse: «O Dios no hizo al hombre, o lo hizo para el diablo; o, en todo caso, el diablo formó la imagen de Dios, es decir, al hombre.» Ahora bien, la primera y la última de estas frases, aun él mismo debe concederlo, si no es temerario y perverso, nunca fueron proferidas por nosotros. La disputa se limita a aquella que él pone en segundo lugar entre las otras dos. Respecto de ésta, se equivoca en tanto en cuanto supone que habíamos dicho que Dios hizo al hombre para el diablo; como si, en el caso de los seres humanos a quienes Dios crea de padres humanos, su cuidado y propósito y providencia fueran que, por medio de su obra, el diablo tuviera como esclavos a aquellos a quienes es incapaz de hacer para sí mismo. ¡Dios no lo permita que ningún tipo de creencia piadosa, por infantil que sea, abrigue jamás tal sentimiento como éste! De su propia bondad Dios ha hecho al hombre— el primero sin pecado, todos los demás bajo pecado— para los propósitos de sus propios pensamientos profundos. Pues así como sabía muy bien qué hacer con referencia a la malicia del diablo mismo, y lo que hace es justo y bueno, por injusto y malvado que sea aquel respecto del cual toma sus medidas; y así como no fue renuente a crearlo porque preveía que sería malvado; así respecto de toda la raza humana, aunque ningún hombre de ella nace sin la mancha del pecado, Aquel que es sumamente bueno Él mismo está siempre obrando el bien, haciendo a algunos hombres, por así decir, «vasos de misericordia,» a quienes la gracia distingue de aquellos que son «vasos de ira;» mientras hace a otros, por así decir, «vasos de ira,» para dar a conocer las riquezas de su gloria hacia los vasos de misericordia. [] Vaya, pues, este objetor y dispute el punto contra el apóstol, cuyas palabras uso; más aún, contra el mismo Alfarero, a quien el apóstol nos prohíbe replicar, en las bien conocidas palabras: «¿Quién eres tú, oh hombre, que replicas contra Dios? ¿Dirá lo formado a quien lo formó: Por qué me has hecho así? ¿No tiene el alfarero poder sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para deshonra?» [] Ahora bien, ¿acaso este hombre sostendrá que los vasos de ira no están bajo el dominio del diablo? O, porque están bajo este dominio, ¿son hechos por otro creador distinto de Aquel que hace los vasos de misericordia? ¿O los hace de otro material, y no de la mismísima masa? Aquí, entonces, puede objetar, y decir: «Por tanto, Dios hace estos vasos para el diablo.» Como si Dios no supiera hacer tal uso incluso de éstos para el avance de sus propias obras buenas y justas, como hace del diablo mismo.

    Capítulo 32 [XVII.] — Dios no es el autor del mal en aquellos a quienes crea

    II, 32

    Entonces, ¿alimenta Dios a los hijos de perdición, a los cabritos de su izquierda, [] para el diablo, y los sustenta y viste para el diablo «porque hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos»? [] Crea, pues, a los malos del mismo modo que alimenta y sustenta a los malos; porque lo que les otorga al crearlos pertenece a la bondad de la naturaleza; y el crecimiento que les da mediante el alimento y el sustento se lo concede, ciertamente, como ayuda bondadosa, no a su mal carácter, sino a esa misma naturaleza buena que Él en su bondad creó. Pues en cuanto son seres humanos —esto es un bien de aquella naturaleza cuyo autor y hacedor es Dios—; pero en cuanto nacen con pecado y, por tanto, destinados a la perdición si no renacen, pertenecen a la simiente que fue maldecida desde el principio, [] por la culpa de la primera desobediencia. Esta culpa, sin embargo, es convertida en bien por el Hacedor incluso de los vasos de ira, para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia: [Romanos 9:33] y para que nadie atribuya a méritos propios, puesto que pertenece a la misma masa, su liberación por gracia; sino que «el que se gloría, gloríese en el Señor». []

    Capítulo 33 [XVIII.] — Aunque Dios nos hace, perecemos si no nos rehace en Cristo

    II, 33

    De este principio tan verdadero y firmemente establecido de la fe apostólica y católica se aparta el escritor que tenemos delante, en compañía de los pelagianos. No admite que los hombres nazcan bajo el dominio del diablo, no sea que los niños sean llevados a Cristo para ser librados del poder de las tinieblas y trasladados a su reino. [] Así se convierte en acusador de la Iglesia extendida por todo el mundo; en esta Iglesia, en todas partes, cuando los niños han de ser bautizados, son primero exorcizados, por ninguna otra razón sino para que el príncipe de este mundo sea arrojado [] de ellos. Pues necesariamente han de estar poseídos por él, como vasos de ira, puesto que nacen de Adán, a menos que renazcan en Cristo y, por gracia, sean trasladados como vasos de misericordia a su reino. Pero al atacar esta verdad firmísima, quiere evitar la apariencia de asaltar a toda la Iglesia de Cristo. Por eso limita su apelación a mí solo, y en tono de reproche y amonestación dice: «Pero Dios te hizo también a ti, aunque hay que confesar que un grave error te ha infectado.» Ahora bien, reconozco con gratitud que Dios me hizo también a mí; y, sin embargo, habría perecido con los vasos de ira si solo me hubiera hecho de Adán y no me hubiera rehecho en Cristo. Mas poseído como está este hombre por la herejía de Pelagio, no cree esto; y si, en efecto, persiste en tan grande error hasta el fin, entonces no él, sino los católicos, podrán ver el carácter y la extensión del error que no simplemente lo ha infectado, sino que absolutamente lo ha destruido.

    Capítulo 34 [XIX.]

    Los pelagianos argumentan que la cohabitación usada rectamente es un bien, y lo que nace de ella es bueno

    II, 34

    Pido ahora vuestra atención a las siguientes palabras. Dice: «Que los hijos, sin embargo, concebidos en el matrimonio son por naturaleza buenos, podemos aprenderlo de las palabras del apóstol, cuando habla de hombres que, dejando el uso natural de la mujer, ardieron en sus concupiscencias, cometiendo hombres con hombres aquello que es vergonzoso. [] Aquí,» dice, «el apóstol muestra que el uso de la mujer es a la vez natural y, en su modo, laudable; consistiendo el abuso en el ejercicio de la propia voluntad contra el uso honesto de la institución. Con razón, pues,» dice, «en quienes hacen recto uso de ella se alaba la concupiscencia en su especie y modo; mientras que el exceso de ella, al que se entregan los abandonados, es castigado. En efecto, en el mismo momento en que Dios castigó con su juicio de fuego el abuso en Sodoma, vigorizó las potencias generativas de Abrahán y Sara, que se habían vuelto impotentes por la vejez. Si, por tanto,» continúa, «piensas que debe hallarse falta en la fuerza de los órganos generativos porque los sodomitas se hundieron en el pecado por ellos, tendrás que censurar también cosas creadas como el pan y el vino, puesto que la Sagrada Escritura nos informa de que pecaron también en el abuso de estos dones. Pues el Señor, por boca de su profeta Ezequiel, dice: 'Estas, además, fueron las iniquidades de tu hermana Sodoma: en su soberbia, ella y sus hijas rebosaron de pan en abundancia y de vino en demasía; y no ayudaron la mano del pobre y del necesitado.' [] Escoge, pues,» dice, «qué alternativa prefieres: o imputar a la obra de Dios la unión sexual de los cuerpos humanos, o considerar igualmente malas cosas creadas como el pan y el vino. Pero si prefieres esta última conclusión, te demuestras maniqueo. La verdad, sin embargo, es esta: quien guarda moderación en la concupiscencia natural usa bien de una cosa buena; pero quien no guarda moderación, abusa de una cosa buena. ¿Qué significan, pues, tus palabras,» pregunta, «cuando dices que 'el bien del matrimonio no es más censurable a causa del pecado original que de él se deriva, que el mal del adulterio y la fornicación puede ser excusado por el bien natural que de ellos nace'? Con estas palabras,» dice, «concediste lo que habías negado, y anulaste lo que habías concedido; y no pretendes otra cosa sino ser ininteligible. Muéstrame un matrimonio corporal sin unión sexual. De lo contrario, impón un nombre a esta operación y designa la unión conyugal como bien o como mal. Respondes, sin duda, que ya has definido que los matrimonios son buenos. Ahora bien, si el matrimonio es bueno—si el ser humano es el fruto bueno del matrimonio; si este fruto, siendo obra de Dios, no puede ser malo, nacido como es por agencia buena de lo bueno—¿dónde está el mal original que ha sido descartado por tantas concesiones previas?»

    Capítulo 35 [XX.]

    Responde a los argumentos de Juliano. ¿Qué es el uso natural de la mujer? ¿Qué es el uso antinatural?

    II, 35

    Mi respuesta a este reto es que no solo los hijos del matrimonio, sino también los del adulterio, son una obra buena en cuanto son obra de Dios, por quien son creados; pero en lo que toca al pecado original, todos nacen bajo la condenación del primer Adán; no solo los que nacen en adulterio, sino igualmente los que nacen en matrimonio, a no ser que sean regenerados en el segundo Adán, que es Cristo. En cuanto a lo que dice el apóstol de los malvados, que «dejando el uso natural de la mujer, los hombres ardieron en sus concupiscencias unos hacia otros: hombres con hombres cometiendo lo que es indecoroso;» [] no habló del uso conyugal, sino del «uso natural», queriendo que entendamos cómo sucede que por medio de los miembros creados para ello los dos sexos puedan unirse para la generación. De ahí se sigue que aun cuando un hombre se une con una meretriz para usar de estos miembros, el uso es natural. Sin embargo, no es laudable, sino más bien culpable. Pero en cuanto a cualquier parte del cuerpo que no está destinada a la generación, si un hombre usa incluso a su propia mujer en ella, es contra la naturaleza y flagicioso. En efecto, el mismo apóstol había dicho antes [Romanos 9:26] acerca de las mujeres: «Hasta sus mujeres mudaron el uso natural en el que es contra la naturaleza;» y luego, acerca de los hombres, añadió que cometieron lo indecoroso al dejar el uso natural de la mujer. Por tanto, con la frase en cuestión, «el uso natural», no se pretende alabar la unión conyugal; sino que con ella se denotan aquellos hechos flagiciosos que son más impuros y criminales que incluso el uso de las mujeres por los hombres, que, aun siendo ilícito, es no obstante natural.

    Capítulo 36 [XXI.] — Dios hizo buena la naturaleza; el Salvador la restaura cuando está corrompida

    II, 36

    Ahora bien, no reprobamos el pan y el vino porque algunos hombres sean lujuriosos y borrachos, como tampoco desaprobamos el oro a causa de los codiciosos y avaros. Por lo cual, según el mismo principio, no censuramos la unión honorable entre el marido y la mujer a causa de la lujuria de los cuerpos que causa vergüenza. Pues lo primero habría sido del todo posible antes de cualquier comisión antecedente de pecado, y con ello la pareja unida no se habría visto obligada a sonrojarse; mientras que lo segundo surgió después de perpetrarse el pecado, y se vieron obligados a ocultarlo, de pura vergüenza. [] En consecuencia, en todas las parejas unidas desde entonces, por bien y legalmente que hayan usado de este mal, ha habido una necesidad permanente de evitar la vista del hombre en cualquier obra de esta clase, y así reconocer lo que causaba una vergüenza inevitable, aunque una cosa buena ciertamente no haría que nadie se avergonzara. De este modo tenemos dos hechos distintos que se nos presentan insensiblemente: el bien de aquella laudable unión de los sexos con el fin de engendrar hijos; y el mal de aquella torpe concupiscencia, a consecuencia de la cual la descendencia debe ser regenerada para escapar de la condenación. Por tanto, el hombre que, aunque con la lujuria que causa vergüenza, se une en cohabitación lícita, convierte un mal en buen uso; mientras que el que se une en cohabitación ilícita usa mal de un mal; pues más correctamente se llama mal que bien aquello de lo que se sonrojan tanto los malos como los buenos. Mejor hacemos en creer a quien dijo: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien» [] que a aquel que llama bueno aquello por lo que de tal modo se conforma que admite que es malo; pero si no siente vergüenza, añade el mal peor de la desvergüenza. Con razón, pues, declaramos que «el bien del matrimonio no es más censurable a causa del pecado original que de él se deriva, que el mal del adulterio y la fornicación puede ser excusado por el bien natural que de ellos nace»: puesto que la naturaleza humana que nace, ya del matrimonio, ya del adulterio, es obra de Dios. Ahora bien, si esta naturaleza fuera un mal, no debería haber nacido; si no tuviera mal alguno, no tendría que ser regenerada; y (para combinar los dos casos en un mismo y único predicado) si la naturaleza humana fuera cosa mala, no tendría que ser salvada; si no tuviera en sí mal alguno, no tendría que ser salvada. Quien, por tanto, sostiene que la naturaleza no es buena, dice que el Hacedor de la criatura no es bueno; mientras que quien afirma que la naturaleza no tiene en sí mal alguno, la priva, en su condición corrompida, de un Salvador misericordioso. De aquí, pues, se sigue que en el nacimiento de los seres humanos ni la fornicación debe ser excusada a causa del bien que de ella forma el Creador bueno, ni el matrimonio debe ser censurado a causa del mal que ha de ser sanado en él por el Salvador misericordioso.

    Capítulo 37 [XXII.] — Si no hay matrimonio sin cohabitación, tampoco hay cohabitación sin vergüenza

    II, 37

    «Muéstrame,» dice, «un matrimonio corporal sin unión sexual.» No le muestro ningún matrimonio corporal sin unión sexual; pero entonces, tampoco me muestra él ningún caso de unión sexual que sea sin vergüenza. En el paraíso, sin embargo, si el pecado no hubiera precedido, no habría habido, ciertamente, generación sin unión de sexos, pero esta unión habría sido ciertamente sin vergüenza; pues en la unión sexual habría habido una aquiescencia tranquila de los miembros, no una lujuria de la carne productora de vergüenza. El matrimonio, por tanto, es un bien, en el que el ser humano nace después de una concepción ordenada; el fruto, asimismo, del matrimonio es bueno, por ser el mismo ser humano que así nace; el pecado, sin embargo, es un mal con el que todo hombre nace. Ahora bien, fue Dios quien hizo y aún hace al hombre; pero «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» []

    Capítulo 38 [XXIII.]

    Joviniano solía antes llamar maniqueos a los católicos; también los arrianos solían llamar sabelianos a los católicos

    II, 38

    «Con tu nuevo modo de controversia,» dice, «te profesas católico y al mismo tiempo patrocinas a Maniqueo, en cuanto designas el matrimonio como un gran bien y un gran mal.» Ahora bien, él ignora por completo lo que dice, o finge ignorarlo. O no entiende lo que decimos, o no quiere que se entienda. Pero si no entiende, está impedido por la preocupación del error; o si no quiere que se entienda nuestro pensamiento, entonces la obstinación es la falta con que defiende su error. También Joviniano, que hace pocos años intentó fundar una nueva herejía, solía declarar que los católicos patrocinaban a los maniqueos porque, en oposición a él, preferían la santa virginidad al matrimonio. Pero este hombre replicará seguramente que no está de acuerdo con Joviniano en su indiferencia acerca del matrimonio y la virginidad. Yo no digo que esta sea su opinión; con todo, estos nuevos herejes han de conceder, por el hecho de que Joviniano enfrentara a los maniqueos contra los católicos, que el expediente no es nuevo. Nosotros, pues, declaramos que el matrimonio es un bien, no un mal. Pero así como los arrianos nos acusan de sabelianos, aunque no decimos que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo sean uno y el mismo, como los sabelianos sostienen; sino que afirmamos que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo tienen una y la misma naturaleza, como creen los católicos: así también los pelagianos nos echan en cara a los maniqueos, aunque no declaramos que el matrimonio sea un mal, como pretenden los maniqueos, sino que afirmamos que el mal sobrevino al primer hombre y a la primera mujer, es decir, a la primera pareja casada, y de ellos pasó a todos los hombres, como sostienen los católicos. Sin embargo, así como los arrianos, al evitar a los sabelianos, caen en peor compañía, porque han tenido la audacia de dividir no las Personas de la Trinidad, sino las naturalezas; así los pelagianos, en sus esfuerzos por escapar del pestilente error de los maniqueos, tomando el extremo opuesto, son convictos de abrigar sentimientos peores que los mismos maniqueos respecto del fruto del matrimonio, en cuanto creen que los niños no necesitan de Cristo como su Médico.

    Capítulo 39 [XXIV.] — El hombre nacido de cualquier parentesco es pecador y capaz de redención

    II, 39

    Luego dice: «Concluyes que un ser humano, si nace de fornicación, no es culpable; y si nace en matrimonio, no es inocente. Tu afirmación, por tanto, equivale a esto: que el bien natural puede subsistir de uniones adúlteras, mientras que el pecado original se deriva efectivamente del matrimonio.» Ahora bien, aquí intenta, pero en vano ante un lector inteligente, dar un giro erróneo a palabras que son bastante correctas. Lejos de nosotros decir que un ser humano, si nace de fornicación, no es culpable. Pero sí afirmamos que un ser humano, ya nazca en matrimonio o en fornicación, es en algún respecto bueno, a causa del Autor de la naturaleza, Dios; añadimos, sin embargo, que deriva algún mal a causa del pecado original. Nuestra afirmación, por tanto, «que el bien natural puede subsistir aun de parentesco adúltero, pero que el pecado original se deriva aun del matrimonio,» no equivale a lo que él se esfuerza en hacer de ella, a saber, que el nacido en adulterio no es culpable, ni inocente cuando nace en matrimonio; sino que el que es engendrado en una u otra condición es culpable, por causa del pecado original; y que la descendencia de uno y otro estado puede ser liberada por la regeneración, por causa del bien de la naturaleza.

    Capítulo 40 [XXV.] — Agustín rehúsa el dilema que se le ofrece

    II, 40

    «Una de estas proposiciones,» dice, «es verdadera, la otra falsa.» Mi respuesta es tan breve como la alegación: ambas son realmente verdaderas, ninguna es falsa. «Es verdad,» prosigue, «que el pecado de adulterio no puede excusarse por razón del hombre que nace de él; en cuanto que el pecado que cometen los adúlteros pertenece a la corrupción de la voluntad; pero la descendencia que producen tiende a la alabanza de la fecundidad. Si alguien sembrara trigo que había sido robado, la cosecha que brota no es peor. Por supuesto,» dice, «yo culpo al ladrón, pero alabo el grano. Así declaro inocente al que nace de la generosa fecundidad de la semilla; tal como dice el apóstol: 'Dios le da un cuerpo como le place; y a cada semilla su propio cuerpo;' [] pero, al mismo tiempo, condeno al hombre malvado que ha cometido su pecado de adulterio en su uso perverso de la disposición divina.»

    Capítulo 41 [XXVI.]

    Los pelagianos argumentan que el pecado original no puede venir mediante el matrimonio si el matrimonio es bueno

    II, 41

    Después de esto prosigue con las siguientes palabras: «Ciertamente, si el mal se contrae del matrimonio, puede ser culpado; más aún, no puede ser excusado; y pones bajo el poder del diablo su obra y su fruto, porque todo lo que es causa del mal carece en sí mismo de bien. El ser humano, empero, que nace del matrimonio debe su origen no a los reproches del matrimonio, sino a sus elementos seminales: la causa de éstos, sin embargo, reside en la condición de los cuerpos; y quien hace mal uso de estos cuerpos asesta un golpe al buen mérito de ellos, no a su naturaleza. Por tanto, es claro,» argumenta, «que el bien no es causa del mal. Si, por consiguiente,» continúa, «el mal original se deriva incluso del matrimonio, la causa del mal es el pacto del matrimonio; y eso necesariamente ha de ser malo, aquello por lo cual y de lo cual ha aparecido el fruto malo; como dice el Señor en el Evangelio: 'Por sus frutos se conoce el árbol.' [] ¿Cómo, pues,» pregunta, «piensas que mereces atención, cuando dices que el matrimonio es bueno y, sin embargo, declaras que de él no procede sino el mal? Es evidente, entonces, que los matrimonios son culpables, puesto que de ellos se deduce el pecado original; y son indefendibles también, a menos que su fruto se demuestre inocente. Pero son defendidos y declarados buenos; por tanto, su fruto se demuestra inocente.»

    Capítulo 42

    Los pelagianos intentan deshacerse del pecado original mediante su alabanza de las obras de Dios; el matrimonio, en su naturaleza y por su institución, no es la causa del pecado

    II, 42

    Tengo una respuesta preparada para todo esto; pero antes de darla, deseo que el lector advierta con cuidado que el resultado de las opiniones de estas personas es que no es necesario Salvador alguno para los infantes, a quienes consideran totalmente sin pecados de los que ser salvados. Esta inmensa perversión de la verdad, tan hostil a la gran gracia de Dios, que se da por nuestro Señor Jesucristo, el cual «vino a buscar y salvar lo que se había perdido,» [] intenta insinuarse en los corazones de los ignorantes elogiando las obras de Dios; es decir, mediante su elogio de la naturaleza humana, de la simiente humana, del matrimonio, de la relación sexual, de los frutos del matrimonio—cosas todas ellas buenas. No diré que añade la alabanza de la lujuria; porque él también se avergüenza incluso de nombrarla, de modo que es otra cosa, y no ella, lo que parece alabar. Con este método suyo, al no distinguir entre los males que han sobrevenido a la naturaleza y la bondad de la naturaleza misma, no la muestra, ciertamente, sana (porque eso es falso), pero no permite que se cure su condición enferma. Y, por tanto, aquella primera proposición nuestra, a saber, que la cosa buena, incluso el ser humano, que nace del adulterio, no excusa el pecado de la unión adúltera, la concede como verdadera; y este punto, que no suscita cuestión alguna entre nosotros, lo defiende y fortalece incluso (como bien puede) con su símil del ladrón que siembra la semilla que robó, y de la cual surge una cosecha realmente buena. Nuestra otra proposición, empero, que «el bien del matrimonio no puede ser culpado por el pecado original que de él se deriva,» no la admitirá como verdadera; si, en efecto, asintiera a ella, no sería hereje pelagiano, sino cristiano católico. «Ciertamente,» dice, «si el mal surge del matrimonio, puede ser culpado; más aún, no puede ser excusado; y pones su obra y su fruto bajo el poder del diablo, porque todo lo que es causa del mal carece en sí mismo de bien.» Y además de esto, urdió otros argumentos para mostrar que el bien no podría ser causa del mal; y de esto sacó la inferencia de que el matrimonio, que es un bien, no es causa del mal; y que, por consiguiente, de él no podría nacer hombre alguno en estado pecaminoso y necesitado de Salvador: como si nosotros dijéramos que el matrimonio es causa del pecado, aunque es verdad que el ser humano que nace en el matrimonio no nace sin pecado. El matrimonio no fue instituido con el propósito de pecar, sino de producir hijos. En consecuencia, la bendición del Señor sobre el estado matrimonial decía así: «Creced y multiplicaos, y henchid la tierra.» [] El pecado, sin embargo, que se transmite a los hijos desde el matrimonio no pertenece al matrimonio, sino al mal que sobreviene a los agentes humanos, de cuya unión surge el matrimonio. La verdad es que tanto el mal de la lujuria vergonzosa puede existir sin matrimonio, como el matrimonio podría haber existido sin él. Pero pertenece a la condición del cuerpo (no de aquella vida, sino) de esta muerte, que el matrimonio no pueda existir sin él aunque pueda existir sin matrimonio. Por supuesto, aquella lujuria de la carne que causa vergüenza tiene existencia fuera del estado matrimonial, cuando empuja a los hombres a cometer adulterio, fornicaciones e impurezas, tan totalmente hostiles a la pureza del matrimonio; o también, cuando no comete ninguna de estas cosas, porque el agente humano no da permiso ni asentimiento a su comisión, pero aun así se levanta y se pone en movimiento y crea perturbación, y (especialmente en sueños) efectúa la semejanza de su propia obra real, y llega al fin de su propia emoción. Ahora bien, este es un mal que ni siquiera en el estado matrimonial es realmente un mal del matrimonio; pero tiene todo este aparato preparado en el cuerpo de esta muerte, incluso contra su propia voluntad, que es indispensable sin duda para la realización de aquello que quiere. El mal en cuestión, por tanto, no sobreviene al matrimonio por su propia institución, que fue bendecida; sino enteramente por la circunstancia de que el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él. []

    Capítulo 43 — El buen árbol del Evangelio que no puede traer fruto malo no significa el matrimonio

    II, 43

    ¿Qué quiere decir, pues, cuando dice: «Un árbol se conoce por sus frutos,» fundándose en que leemos que el Señor habló así en el Evangelio? ¿Acaso el Señor hablaba de esta cuestión con estas palabras, y no más bien de las dos voluntades del hombre, la buena y la mala, llamando a una de ellas árbol bueno y a la otra árbol corrupto, en cuanto que las buenas obras brotan de una buena voluntad y las malas de una mala voluntad —siendo imposible lo contrario: buenas obras de una mala voluntad y malas obras de una buena voluntad? Si, empero, supusiéramos que el matrimonio es el árbol bueno, según el símil evangélico que ha mencionado, entonces, por supuesto, por otro lado hemos de suponer que la fornicación es el árbol corrupto. Por lo cual, si se dice que un ser humano es fruto del matrimonio, en el sentido del buen fruto de un buen árbol, entonces indudablemente un ser humano nunca habría podido nacer en fornicación. «Porque un árbol corrupto no da buen fruto.» [] Una vez más, si dijera que no el adulterio, sino más bien la naturaleza humana, de la cual nace el hombre, ha de suponerse que ocupa el lugar del árbol, entonces de esta manera ni siquiera el matrimonio puede representar el árbol, sino sólo la naturaleza humana de la que nace el hombre. Su símil, por tanto, tomado del Evangelio no le sirve de nada para dilucidar esta cuestión, porque el matrimonio no es la causa del pecado que se transmite en el nacimiento natural y se expía en el nuevo nacimiento; sino que la transgresión voluntaria del primer hombre es la causa del pecado original. «Repites,» dice, «tu alegato: 'Así como el pecado, de cualquier fuente que se derive a los infantes, es obra del diablo, así el hombre, de cualquier modo que nazca, es obra de Dios.'» Sí, dije esto, y con toda verdad; y si este hombre no fuera pelagiano, sino católico, tampoco tendría otra cosa que confesar en la fe católica.

    Capítulo 44 [XXVII.]

    Los pelagianos argumentan que si el pecado viene por nacimiento, todas las personas casadas merecen condenación

    II, 44

    ¿Cuál es, pues, su propósito cuando nos pregunta: «¿Por qué medio puede hallarse el pecado en un infante, por la voluntad, o por el matrimonio, o por sus padres?»? Habla, ciertamente, de tal manera como si tuviera respuesta a todas estas preguntas, y como si, al limpiar a todos de pecado a la vez, nada quedaría en el infante de donde pudiera hallarse pecado. Ruego tu atención a sus mismas palabras: «¿Por qué,» dice, «se halla pecado en un infante? ¿Por la voluntad? Pero nunca ha habido una en él. ¿Por el matrimonio? Pero esto pertenece a la obra de los padres, de quienes antes habías declarado que en esta acción no habían pecado; aunque por tus palabras posteriores parece que no hiciste esta concesión con verdad. El matrimonio, por tanto,» dice, «debe ser condenado, ya que proporcionó la causa del mal. Sin embargo, el matrimonio sólo indica la obra de agentes personales. Los padres, por tanto, que con su unión dieron ocasión al pecado, merecen propiamente la condenación. No admite duda, pues,» dice, «ya, si hemos de seguir tu opinión, que las personas casadas son entregadas al castigo eterno, habiéndose logrado por su medio que el diablo haya venido a ejercer dominio sobre los hombres. ¿Y qué es de lo que poco antes habías dicho, que el hombre era obra de Dios? Porque si por su nacimiento sucede que el mal está en los hombres, y por el mal que el diablo tiene poder sobre los hombres, de hecho declaras al diablo autor de los hombres, de quienes viene su origen en el nacimiento. Si, empero, crees que el hombre es hecho por Dios, y que el marido y la mujer son inocentes, mira cuán imposible es tu posición, que el pecado original se derive de ellos.»

    Capítulo 45 — Respuesta a este argumento: el apóstol dice que todos pecamos en uno

    II, 45

    Ahora bien, para todas estas preguntas tiene él una respuesta dada por el apóstol, quien no censura ni la voluntad del infante, que aún no está madura en él para pecar, ni el matrimonio, que, como tal, no sólo tiene su institución, sino también su bendición, de Dios; ni a los padres, en cuanto padres, que están unidos propia y lícitamente para la procreación de los hijos; sino que dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» [] Ahora, si estas personas recibieran esta declaración con corazones y oídos católicos, no tendrían sentimientos rebeldes contra la gracia y la fe de Cristo, ni se esforzarían vanamente por convertir a su propio sentido particular y herético estas palabras tan claras y manifiestas del apóstol, cuando afirman que el tenor del pasaje es a este efecto: que Adán fue el primero en pecar, y que cualquiera que después quisiera cometer pecado halló en él un ejemplo para pecar; de modo que el pecado, has de saber, no pasó de este uno a todos los hombres por nacimiento, sino por la imitación de este uno. Si bien es cierto que si el apóstol quisiera que se entendiera aquí esta imitación, habría dicho que el pecado había entrado en el mundo y pasó a todos los hombres, no por un hombre, sino más bien por el diablo. Pues del diablo está escrito: «Los que están de su parte lo imitan.» [] Usó la frase «por un hombre,» de quien la generación de los hombres, por supuesto, tuvo su comienzo, para mostrarnos que el pecado original había pasado a todos los hombres por generación.

    Capítulo 46

    El dominio de la muerte, qué es; la figura del Adán futuro; cómo todos los hombres son justificados por Cristo

    II, 46

    Pero, ¿qué otra cosa significan incluso las palabras siguientes del apóstol? Pues después de haber dicho lo anterior, añadió: «Porque hasta la ley el pecado estaba en el mundo,» [] como diciendo que ni siquiera la ley pudo quitar el pecado. «Pero el pecado,» añade, «no se imputaba cuando no había ley.» [] Existía, entonces, pero no se imputaba, pues no se manifestaba de modo que pudiera imputarse. Es por el mismo principio, ciertamente, por lo que dice en otro pasaje: «Por la ley es el conocimiento del pecado.» [] «Sin embargo,» dice, «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés;» [] es decir, como ya lo había expresado, «hasta la ley.» No es que no hubiera pecado después de Moisés, sino porque ni siquiera la ley, que fue dada por Moisés, pudo privar a la muerte de su poder, el cual, por supuesto, reina sólo por el pecado. Su reino, además, es tal que hunde al hombre mortal incluso en aquella segunda muerte que ha de durar para siempre. «La muerte reinó,» pero ¿sobre quiénes? «Aun sobre los que no habían pecado a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.» [] ¿De quién había de venir, sino de Cristo? ¿Y en qué clase de figura, sino en el modo de la contrariedad? Lo cual expresa brevemente en otro lugar: «Como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.» [] La una condición estaba en uno, como la otra condición estaba en el otro; ésta es la figura. Pero esta figura no es conforme en todos los aspectos; en consecuencia, el apóstol, siguiendo la misma idea, añadió: «Mas no como el delito, así también es el don gratuito. Porque si por el delito de uno muchos murieron, mucho más la gracia de Dios y el don por la gracia, que es por un hombre, Jesucristo, abundaron para muchos.» [] Pero ¿por qué «abundó mucho más,» sino porque todos los que son librados por Cristo sufren la muerte temporal por causa de Adán, pero tienen reservada la vida eterna por causa de Cristo mismo? «Y no como fue por uno que pecó,» dice, «así es el don: porque el juicio fue de uno para condenación, pero el don gratuito es de muchos delitos para justificación.» [] «Por uno» ¿qué, sino delito? Puesto que se añade: «el don gratuito es de muchos delitos.» Que estos objetores nos digan cómo puede ser «por un delito para condenación,» a menos que incluso el único pecado original que ha pasado a todos los hombres sea suficiente para la condenación; mientras que el don gratuito libra de muchos delitos para justificación, porque no sólo cancela el único delito, que se deriva del pecado primero, sino también todos los demás que se añaden en cada hombre por el movimiento de su propia voluntad. «Porque si por el delito de uno reinó la muerte por uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en vida por uno, Jesucristo. Así que, por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.» [] Que después de esto persistan en sus vanas imaginaciones y sostengan que un solo hombre no transmitió el pecado por propagación, sino que sólo dio el ejemplo de cometerlo. ¿Cómo es, entonces, que por el delito de uno venga el juicio a todos los hombres para condenación, y no más bien por los numerosos pecados propios de cada uno, a menos que incluso si no hubiera más que aquel único pecado, sea suficiente, sin añadirse ninguno más, para llevar a condenación—como, en efecto, lleva a todos los que mueren en la infancia, nacidos de Adán, sin renacer en Cristo? ¿Por qué, pues, cuando se niega a oír al apóstol, nos pide una respuesta a su pregunta: «¿Por qué medios puede descubrirse el pecado en un infante: por la voluntad, o por el matrimonio, o por sus padres?» Que escuche en silencio, y oiga por qué medio puede descubrirse el pecado en un infante. «Por el delito de uno,» dice el apóstol, «vino la condenación a todos los hombres.» Dijo, además, todos para condenación por Adán, y todos para justificación por Cristo: no, por supuesto, que Cristo lleve a la vida a todos los que mueren en Adán; sino que dijo «todos» y «todos,» porque, como sin Adán nadie va a la muerte, así sin Cristo nadie va a la vida. Tal como decimos de un maestro de letras, cuando es el único en una ciudad: "Este hombre enseña todas sus letras"; no porque todos los habitantes reciban lecciones, sino porque nadie que aprenda, aprende de otro que no sea él. En efecto, el apóstol designa después como muchos a los que antes había descrito como todos, queriendo decir las mismas personas con los dos términos distintos. Pues, dice, «como por la desobediencia de un hombre muchos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno muchos serán hechos justos.» []

    Capítulo 47 — Las Escrituras nos enseñan repetidamente que todos pecaron en uno solo

    II, 47

    Que siga, pues, preguntando: «¿Por qué medio puede descubrirse el pecado en un infante?» Puede hallar respuesta en las páginas inspiradas: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron en él.» «Por la ofensa de uno muchos murieron.» «El juicio vino de uno solo para condenación.» «Por la ofensa de un hombre reinó la muerte por uno solo.» «Por la ofensa de uno vino el juicio sobre todos los hombres para condenación.» «Por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores.» [] He aquí, pues, «por qué medios puede descubrirse el pecado en un infante.» Que crea ahora en el pecado original; que permita a los infantes venir a Cristo, para que sean salvados. [XXVIII.] ¿Qué significa este pasaje suyo: «No peca quien nace; no peca quien lo engendró; no peca quien lo creó. En medio de estas trincheras de inocencia, pues, ¿cuáles son las brechas por las que pretendes que entró el pecado?» ¿Por qué busca una rendija oculta cuando tiene una puerta abierta? «Por un hombre,» dice el apóstol; «por la ofensa de uno,» dice el apóstol; «Por la desobediencia de un hombre,» dice el apóstol. ¿Qué más quiere? ¿Qué más claro exige? ¿Qué espera que se repita con más insistencia?

    Capítulo 48 — El pecado original surgió de la voluntad depravada de Adán. De dónde brotó la voluntad corrupta

    II, 48

    «Si,» dice él, «el pecado proviene de la voluntad, es una voluntad mala la que causa el pecado; si proviene de la naturaleza, entonces la naturaleza es mala.» Respondo de inmediato: el pecado proviene ciertamente de la voluntad. ¿Acaso quiere saber si también el pecado original? Respondo: con toda certeza, también el pecado original. Porque también él fue engendrado por la voluntad del primer hombre; de modo que existió en él y pasó a todos. En cuanto a lo que propone a continuación, «Si proviene de la naturaleza, entonces la naturaleza es mala,» le pido que responda, si puede, a esto: así como es manifiesto que todas las malas obras brotan de una voluntad corrupta, como frutos de un árbol corrupto, que diga de dónde surgió la voluntad corrupta misma— el árbol corrupto que produce los frutos corruptos. Si de un ángel, ¿qué era el ángel sino la buena obra de Dios? Si del hombre, ¿qué era éste sino la buena obra de Dios? Más aún, por cuanto la voluntad corrupta surgió en el ángel a partir de un ángel, y en el hombre a partir de un hombre, ¿qué eran ambos, antes de que el mal surgiera dentro de ellos, sino la buena obra de Dios, con una naturaleza buena y loable? He aquí, pues, que el mal surge del bien; y no había otra fuente, en verdad, de la cual pudiera surgir, sino del bien. Llamo mala a aquella voluntad a la que ningún mal ha precedido; a la que no han precedido malas obras, ciertamente, puesto que ellas sólo proceden de una voluntad mala, como de un árbol corrupto. Sin embargo, que la voluntad mala surgiera del bien no pudo ser porque aquel bien fuera hecho por el Dios bueno, sino porque fue creado de la nada— no de Dios. ¿Qué se hace, por tanto, de su argumento: «Si la naturaleza es obra de Dios, jamás convendrá que la obra del diablo penetre la obra de Dios»? ¿Acaso la obra del diablo, pregunto, no surgió en una obra de Dios, cuando surgió por primera vez en aquel ángel que se convirtió en diablo? Pues bien, si el mal, que antes no existía absolutamente en ningún lugar, pudo surgir en una obra de Dios, ¿por qué no podría el mal, que ya para entonces había hallado existencia en algún lugar, invadir la obra de Dios; especialmente cuando el apóstol usa la expresión misma en el pasaje: «Y así la muerte pasó a todos los hombres»? [] ¿Puede acaso decirse que los hombres no son obra de Dios? El pecado, por tanto, ha pasado a todos los hombres— en otras palabras, la obra del diablo ha penetrado la obra de Dios; o, dándole el mismo sentido en otra forma, la obra hecha por una obra de Dios ha invadido la obra de Dios. Y ésta es la razón por la cual sólo Dios tiene una bondad inmutable y todopoderosa: aun antes de que existiera mal alguno, hizo todas las cosas buenas; y de todos los males que han surgido en las cosas buenas que Él ha hecho, obra Él mismo a través de todo para bien.

    Capítulo 49 [XXIX.] — En los infantes la naturaleza es de Dios, y la corrupción de la naturaleza, del diablo

    II, 49

    «En un solo hombre con razón se censura la intención y se alaba el origen; porque debe haber dos cosas para admitir contrarios: en un infante, sin embargo, no hay más que una sola cosa, la naturaleza solamente; porque la voluntad no tiene existencia en su caso. Ahora bien, esta única cosa,» dice él, «es atribuible o a Dios o al diablo. Si la naturaleza,» continúa observando, «es de Dios, no puede haber en ella mal original. Si es del diablo, no habrá nada por lo cual el hombre pueda ser reivindicado como obra de Dios. De modo que es completamente maniqueo quien sostiene el pecado original.» Que escuche más bien lo que es verdadero en oposición a todo esto. En un solo hombre la voluntad ha de ser censurada, y su naturaleza alabada; porque debe haber dos cosas para la aplicación de los contrarios. Aun así, incluso en un infante, no es el caso que haya una sola cosa, es decir, la naturaleza en la que el hombre fue creado por el Dios bueno; pues tiene también aquella corrupción que ha pasado a todos los hombres por uno solo, como sabiamente dice el apóstol, y no como la necedad de Pelagio, o de Celestio, o de cualquiera de sus discípulos querría presentar el asunto. De estas dos cosas, pues, que hemos dicho que existen en un infante, una se atribuye a Dios, la otra al diablo. Del hecho, sin embargo, de que (a causa de una de las dos, a saber, la corrupción) ambas queden sujetas al poder del diablo, no se sigue realmente incongruencia alguna; porque esto no sucede por el poder del diablo mismo, sino por el de Dios. En efecto, la corrupción queda sujeta a la corrupción, la naturaleza a la naturaleza, porque ambas se hallan incluso en el diablo; de modo que cada vez que los amados y elegidos son «librados del poder de las tinieblas» [] al cual están justamente expuestos, queda bastante claro cuán grande es el don que se otorga a los justificados y buenos por el Dios bueno, que saca bien aun del mal.

    Capítulo 50

    El surgimiento y origen del mal. El exorcismo y la exsuflación de los infantes, rito cristiano primitivo

    II, 50

    En cuanto al pasaje que pareció escribir, como quien dice, en vena piadosa: «Si la naturaleza es de Dios, no puede haber en ella pecado original,» ¿acaso no le parecería incluso a él que otro le diera un giro aún más piadoso, así: «Si la naturaleza es de Dios, no puede surgir en ella pecado alguno?» Y, sin embargo, esto no es verdad. Los maniqueos, ciertamente, pretendieron afirmar esto, y se esforzaron por empapar en toda suerte de males la naturaleza misma de Dios, y no la de su criatura, hecha de la nada. Pues el mal no surgió en otra cosa que en lo que era bueno— no, por cierto, en el bien supremo e inmutable que es la naturaleza de Dios, sino en aquello que fue hecho de la nada por la sabiduría de Dios. Ésta es, pues, la razón por la cual el hombre es reivindicado como obra divina; pues no sería hombre si no hubiera sido hecho por la operación de Dios. Pero el mal no existiría en los infantes si el mal no hubiera sido cometido por la obstinación del primer hombre, y el pecado original no se derivara de una naturaleza así corrompida. No es verdad, entonces, como él lo presenta: «Es completamente maniqueo quien sostiene el pecado original;» sino más bien: es completamente pelagiano quien no cree en el pecado original. Pues no es simplemente desde el tiempo en que las pestilentes opiniones de Maniqueo comenzaron a crecer cuando en la Iglesia de Dios los infantes que iban a ser bautizados fueron exorcizados por primera vez con la exsuflación— ceremonial destinado a mostrar que no eran trasladados al reino de Cristo sin antes ser librados del poder de las tinieblas; [] ni es en los libros de Maniqueo donde leemos cómo «el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido,» [] o cómo «por un hombre entró el pecado en el mundo,» [] con aquellos otros pasajes semejantes que hemos citado arriba; o cómo Dios «visita los pecados de los padres sobre los hijos;» [] o cómo está escrito en el Salmo: «En iniquidad fui formado, y en pecado me concibió mi madre;» o también, cómo «el hombre fue hecho semejante a la vanidad: sus días pasan como una sombra;» o también, «he aquí, Tú has hecho viejos mis días, y mi existencia como nada delante de Ti; más aún, todo hombre viviente es enteramente vanidad;» o cómo dice el apóstol: «toda criatura fue hecha sujeta a la vanidad;» [] o cómo está escrito en el libro del Eclesiastés: «vanidad de vanidades; todo es vanidad: ¿qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?» [] y en el libro del Eclesiástico: «un yugo pesado está sobre los hijos de Adán desde el día en que salen del vientre de su madre hasta el día en que vuelven a la madre de todas las cosas;» [] o también cómo escribe el apóstol: «en Adán todos mueren;» [] o cómo el santo Job dice, hablando acerca de sus propios pecados: «porque el hombre nacido de mujer es de corta vida y lleno de ira: como la flor de la hierba, así cae; y se va como una sombra, ni permanecerá. ¿No has tomado cuenta incluso de él, y lo has hecho entrar en juicio ante Tu vista? Porque ¿quién será puro de la inmundicia? Ni uno solo, aun si su vida fuera de un solo día sobre la tierra.» [] Ahora bien, cuando habla aquí de inmundicia, la mera lectura del pasaje basta para mostrar que quiso que se entendiera pecado. Es claro por las palabras de qué está hablando. La misma frase y el mismo sentido aparecen en el profeta Zacarías, en el lugar donde «las vestiduras sucias» son quitadas de sobre el sumo sacerdote, y se le dice: «He quitado tus pecados.» [] Pues bien, yo más bien pienso que todos estos pasajes, y otros de semejante tenor, que señalan el hecho de que el hombre nace en pecado y bajo la maldición, no han de leerse entre los oscuros recovecos de los maniqueos, sino a la luz del sol de la verdad católica.

    Capítulo 51

    Llamar maniqueos a los que enseñan el pecado original es acusar a Ambrosio, a Cipriano y a toda la Iglesia

    II, 51

    ¿Qué diré, además, de aquellos comentadores de las divinas Escrituras que han florecido en la Iglesia católica? Nunca han intentado pervertir estos testimonios hacia un sentido ajeno, porque estaban firmemente establecidos en nuestra fe antiquísima y sólida, y jamás fueron apartados por la novedad del error. Si quisiera reunirlos a todos y hacer uso de su testimonio, la tarea sería demasiado larga, y probablemente parecería que he otorgado menos preferencia de la debida a las autoridades canónicas, de las cuales jamás hay que apartarse. Mencionaré solamente al bienaventuradísimo Ambrosio, a quien (como ya he observado ) Pelagio otorgó tan señalado testimonio de su integridad en la fe. Este Ambrosio, sin embargo, sostuvo que no había otra cosa en los infantes que requiriera la gracia sanadora de Cristo, que el pecado original. Pero respecto de Cipriano, con su corona de gloria toda radiante, ¿dirá alguien de él que fue, o que jamás pudo por posibilidad alguna haber sido, maniqueo, cuando padeció antes de que la pestilente herejía hubiera hecho su aparición en el mundo romano? Y sin embargo, en su libro sobre el bautismo de los infantes, sostiene con tanto vigor el pecado original que declara que, aun antes del octavo día, si es necesario, el infante debe ser bautizado, no sea que su alma se pierda; y quiso que se entendiera que el infante podía alcanzar con tanta mayor facilidad la indulgencia del bautismo, por cuanto no son tanto sus propios pecados, sino los pecados de otro, los que se le remiten. Pues bien, que este escritor se atreva a llamar maniqueos a éstos; que además, bajo esta escandalosa imputación, mancille aquella antiquísima tradición de la Iglesia, por la cual los infantes son, como he dicho, exorcizados con la exsuflación, a fin de ser trasladados al reino de Cristo, después de ser librados del poder de las tinieblas— es decir, del diablo y sus ángeles. En cuanto a nosotros, ciertamente, estamos más dispuestos a ser asociados con estos hombres, y con la Iglesia de Cristo, tan firmemente arraigada en esta fe antigua, sufriendo cualquier cantidad de maldición y contumelia, que con los pelagianos, a ser cubiertos con la lisonja de la alabanza pública.

    Capítulo 52 [XXX.] — El pecado fue el origen de toda concupiscencia vergonzosa

    II, 52

    «¿Acaso,» pregunta él, «repites tu afirmación: 'No habría concupiscencia si el hombre no hubiera pecado primero; el matrimonio, sin embargo, habría existido, aun si nadie hubiera pecado'?» Yo nunca dije «No habría concupiscencia,» porque hay una concupiscencia del espíritu, que anhela la sabiduría. [] Mis palabras fueron: «No habría concupiscencia vergonzosa.» Que se vuelvan a leer mis palabras, aun aquellas que él ha citado, para que se vea claramente con cuánta deshonestidad son manejadas por él. Sin embargo, que las llame con el nombre que quiera. Lo que dije que no habría existido si el hombre no hubiera pecado previamente, fue aquello que los hizo avergonzarse en el paraíso cuando cubrieron sus lomos, y que todos concederán que no se habría sentido, si no hubiera ocurrido primero el pecado de desobediencia. Ahora bien, quien desee entender lo que ellos sintieron, debe considerar qué fue lo que cubrieron. Pues de hojas de higuera se hicieron «delantales,» no vestidos; y estos delantales o faldellines se llaman [περιζώματα] en griego. Ahora bien, todos saben sobradamente qué es lo que cubren estos peri-zomata, que algunos escritores latinos explican con la palabra campestria. ¿Quién ignora qué personas usaban este faldellín, y qué partes del cuerpo ocultaba tal vestidura; precisamente las mismas que los jóvenes romanos solían cubrir cuando se ejercitaban desnudos en el campo, de cuya circunstancia se dio el nombre de campestre al delantal?

    Capítulo 53 [XXXI.] — La concupiscencia no habría sido necesaria para la fecundidad

    II, 53

    Dice él: «Por tanto, aquel matrimonio que habría podido existir sin concupiscencia, sin movimiento corporal, sin necesidad de órganos sexuales— para usar tu propia afirmación— es declarado por ti loable; mientras que los matrimonios tales como ahora se celebran son, según tu decisión, invención del diablo. Aquellos, por tanto, cuya institución era posible en tus sueños, afirmas deliberadamente que son buenos, mientras que los que la Sagrada Escritura entiende, cuando dice: 'Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne,' [] los declaras males diabólicos, dignos, en suma, de ser llamados peste, no matrimonio.» No es de extrañar que estos oponentes pelagianos míos traten de torcer mis palabras a cualquier sentido que deseen que tengan, cuando ha sido su costumbre hacer lo mismo con las Sagradas Escrituras, y no simplemente en pasajes oscuros, sino donde su testimonio es claro y manifiesto: costumbre, ciertamente, que siguen todos los demás herejes. Ahora bien, ¿quién podría hacer tal afirmación, como que era posible que los matrimonios existieran «sin movimiento corporal, sin necesidad de órganos sexuales»? Pues Dios hizo los sexos; porque, como está escrito, «los creó varón y hembra.» [] Pero ¿cómo podría suceder, acaso, que quienes habían de unirse, y por la unión misma engendrar hijos, no movieran sus cuerpos, cuando, por supuesto, no puede haber contacto corporal de una persona con otra si no se recurre al movimiento corporal? La cuestión ante nosotros, pues, no es acerca del movimiento de los cuerpos, sin el cual no podría haber relación sexual; sino acerca del movimiento vergonzoso de los órganos de la generación, que ciertamente podría estar ausente, y sin embargo no faltar la unión fecundante, si los órganos de la generación no obedecieran a la lujuria, sino simplemente a la voluntad, como los demás miembros del cuerpo. ¿Acaso no sucede incluso ahora, en «el cuerpo de esta muerte,» que se da una orden al pie, al brazo, al dedo, al labio o a la lengua, y al instante se ponen en movimiento ante esta intimación de nuestra voluntad? Y (para tomar un caso aún más admirable) incluso el líquido contenido en los vasos urinarios obedece la orden de fluir de nosotros a nuestro placer, y cuando no nos apremia su desbordamiento; mientras que los vasos, también, que contienen el líquido, descargan sin dificultad, si están en estado saludable, el oficio que les asigna nuestra voluntad de propulsar, exprimir y expulsar su contenido. Así pues, ¿con cuánta mayor facilidad y quietud, si los órganos generativos de nuestro cuerpo fueran dóciles, se seguiría el movimiento natural y se efectuaría la concepción humana; salvo en el caso de aquellas personas que violan el orden natural, y por justa retribución son castigadas con la indocilidad de estos miembros y órganos! Este castigo lo sienten los castos y puros, quienes, sin duda, preferirían engendrar hijos por mero deseo natural antes que por voluptuosa lascivia; mientras que las personas impúdicas, que son impulsadas por esta pasión enfermiza, y entregan su amor tanto a las rameras como a las esposas, son excitadas por un remordimiento mental aún más pesado a consecuencia de este castigo carnal.

    Capítulo 54 [XXXII.] — Cómo el matrimonio es ahora diferente desde que existe el pecado

    II, 54

    ¡Dios nos libre de decir lo que este hombre pretende que decimos: «que los matrimonios como los que ahora se contraen son invención del diablo». Son, en verdad, absolutamente los mismos matrimonios que Dios instituyó desde el principio. Porque esta bendición suya, que ordenó para la procreación del género humano, no la ha quitado ni aun a los hombres condenados, como tampoco los ha privado de sus sentidos ni de sus miembros corporales, que son sin duda dones suyos, aunque estén condenados a morir por una retribución ya merecida. Este es, digo, el matrimonio del cual se dijo (con la única excepción del gran sacramento de Cristo y de la Iglesia, prefigurado por aquella institución): «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne». [] Pues esto, sin duda, se dijo antes del pecado; y si nadie hubiera pecado, habría podido cumplirse sin la torpe concupiscencia. Y ahora, aunque no se cumple sin ella, en el cuerpo de esta muerte, hay sin embargo algo que no deja de cumplirse: que el hombre se una a su mujer, y sean dos en una sola carne. Cuando, por tanto, se alega que el matrimonio es ahora una cosa, pero habría podido ser otra si nadie hubiera pecado, no se predica esto de su naturaleza, sino de cierta condición que ha empeorado. Así como se dice que un hombre es diferente, aunque en realidad es el mismo individuo, cuando ha cambiado su manera de vivir para bien o para mal; pues como justo es una cosa, y como pecador otra, aunque el hombre mismo sea realmente el mismo individuo. De igual modo, el matrimonio sin la torpe concupiscencia es una cosa, y el matrimonio con la torpe concupiscencia es otra. Sin embargo, cuando la mujer se une legítimamente a su marido conforme a la verdadera constitución del matrimonio, y se guarda la fidelidad debida a la carne libre del pecado de adulterio, y así se engendran legítimamente los hijos, es realmente el mismo matrimonio que Dios instituyó al principio, aunque el diablo, con su primitiva incitación al pecado, infligió una herida profunda, no ciertamente al matrimonio mismo, sino al hombre y a la mujer por quienes se realiza el matrimonio, prevaleciéndose de ellos para que desobedecieran a Dios; pecado que es castigado, en el curso del juicio divino, con la recíproca desobediencia de los propios miembros del hombre. Unidas en este estado matrimonial, aunque se avergonzaban de su desnudez, no pudieron de ningún modo perder por completo la bendición del matrimonio que Dios estableció.

    Capítulo 55 [XXXIII.] — La concupiscencia es una enfermedad; la palabra «Pasión» en el sentido eclesiástico

    II, 55

    Pasa luego de los que están unidos en matrimonio a los que nacen de él. En relación con estos es donde tenemos que afrontar las discusiones más laboriosas con los nuevos herejes en conexión con nuestro tema. Impulsado por algún instinto oculto de Dios, hace confesiones que contribuyen en gran medida a desatar todo el nudo. Pues, deseando concitar mayor odio contra nosotros, porque habíamos dicho que los niños nacen en pecado aun de legítimo matrimonio, hace la siguiente observación: «Afirmáis que, ciertamente, los que nunca han nacido podrían haber sido buenos; pero a los que han poblado el mundo, y por quienes Cristo murió, decidís que son obra del diablo, nacidos en estado de desorden y culpables desde el principio. Por tanto», continúa, «he mostrado que no hacéis otra cosa que negar que Dios sea el Creador de los hombres que existen realmente». Ruego decir que yo declaro que nadie sino Dios es el Creador de todos los hombres, por muy cierto que sea que todos nacen en pecado y deben perecer si no renacen. En efecto, fue la corrupción pecaminosa sembrada en ellos por la persuasión del diablo la que llegó a ser el medio de que nacieran en pecado; no la naturaleza creada de la que están compuestos los hombres. La torpe concupiscencia, empero, no podría excitar nuestros miembros sino por nuestra propia voluntad, si no fuera una enfermedad. Ni siquiera la cohabitación legítima y honorable del marido y la mujer haría ruborizarse, rehuyendo toda mirada y deseando el secreto, si no hubiera en ello una condición enfermiza. Además, el apóstol no prohibiría poseer a las esposas en esta enfermedad, si no existiera enfermedad en ello. La frase del texto griego, [ἐ] [ν πάθει ἐπιθυμίας], es traducida por algunos al latín como in morbo desiderii o concupiscentiæ, en la enfermedad del deseo o de la concupiscencia; por otros, empero, in passione concupiscentiæ, en la pasión de la concupiscencia; o como quiera que se halle en otros códices: en todo caso, el equivalente latino passio (pasión), sobre todo en el uso eclesiástico, suele entenderse como término de censura.
    Comentario editorial · «Pasión» y «enfermedad» en 1 Tesalonicenses 4:5
    Agustín discute aquí una frase griega que no atribuye a ningún pasaje y que en el epub llega partida («[ἐ] [ν πάθει ἐπιθυμίας]», como en el inglés de partida). Por el griego se reconoce : el texto de Nestle-Aland (27.ª ed.) trae «μὴ ἐν πάθει ἐπιθυμίας», que la Biblia BTX4 vierte «no con pasión de concupiscencia» y la KJV, «not in the lust of concupiscence». Las versiones latinas que compara el capítulo vierten epithymía por desiderium o concupiscentia y páthos por morbus o passio. El mismo pasaje apareció en I, 9 como «no en la enfermedad del deseo» y en II, 19 como «pasión de la concupiscencia»: son las dos lecturas latinas que Agustín compara aquí (in morbo desiderii o concupiscentiae, in passione concupiscentiae).

    Capítulo 56

    Los pelagianos admiten que Cristo murió incluso por los niños; Juliano se mata con su propia espada

    II, 56

    Pero cualquiera que sea la opinión que él tenga acerca de la concupiscencia de la carne que causa vergüenza, debo pedir vuestra atención sobre lo que ha dicho respecto de los niños (y es en favor de ellos por quienes trabajamos), en cuanto a que se supone que necesitan un Salvador, si no han de morir sin salvación. Repito una vez más sus palabras: «Afirmáis», me dice, «que, ciertamente, los que nunca han nacido podrían haber sido buenos; pero a los que han poblado el mundo, y por quienes Cristo murió, decidís que son obra del diablo, nacidos en estado de desorden y culpables desde el principio mismo». ¡Ojalá resolviera él toda la controversia tan bien como desata el nudo de esta cuestión! ¿Acaso pretenderá decir que en este pasaje hablaba sólo de los adultos? Pues el asunto que nos ocupa versa sobre los niños, sobre los seres humanos en su nacimiento; y es acerca de estos que concita odio contra nosotros, porque los definimos como culpables desde el principio mismo, porque declaramos que son culpables, ya que Cristo murió por ellos. ¿Y por qué murió Cristo por ellos si no son culpables? Enteramente de ellos, sí, de ellos, hallaremos la razón por la que pensó que debía suscitar odio contra mí. Pregunta: «¿Cómo son culpables los niños, por quienes Cristo murió?» Respondemos: Al contrario, ¿cómo no son culpables los niños, ya que Cristo murió por ellos? Esta disputa quiere un juez que la determine. Sea Cristo el Juez, y díganos cuál es el objeto que se ha aprovechado de su muerte. «Esta es mi sangre», dice, «que será derramada por muchos para remisión de los pecados». [] Sea también el apóstol su asesor en el juicio; pues en el apóstol es Cristo mismo quien habla. Hablando de Dios Padre, exclama: «¡El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros!» [] Supongo que describe a Cristo como entregado por todos nosotros, de modo que los niños en este asunto no sean separados de nosotros. Pero ¿qué necesidad hay de detenerse en este punto, del cual ya ni él hace cuestión? Pues la verdad es que no sólo confiesa que Cristo murió incluso por los niños, sino que también nos reprocha a partir de esta admisión, porque decimos que esos mismos niños son culpables, por quienes Cristo murió. Ahora, pues, que el apóstol, que dice que Cristo fue entregado por todos nosotros, nos diga también por qué Cristo fue entregado por nosotros. «Fue entregado», dice, «por nuestras ofensas, y resucitó para nuestra justificación». [] Si, por consiguiente, como incluso este hombre confiesa y profesa, admite y objeta, los niños también están incluidos entre aquellos por quienes Cristo fue entregado; y si fue por nuestros pecados por lo que Cristo fue entregado, los niños, por supuesto, deben tener pecados originales, por quienes Cristo fue entregado; debe haber algo en ellos que sanar, quien (como Él mismo afirma) no es necesario como Médico para los sanos, sino para los enfermos; [] debe tener una razón para salvarlos, ya que vino al mundo, como dice el apóstol Pablo, «para salvar a los pecadores»; [] debe haber algo en ellos que perdonar, quien testifica que derramó su sangre «para remisión de los pecados»; [] debe tener buena razón para buscarlos, quien «vino», como dice, «a buscar y salvar lo que se había perdido»; [] el Hijo del hombre debe hallar en ellos algo que destruir, quien vino con el propósito expreso, como dice el apóstol Juan, «para deshacer las obras del diablo». [] Ahora bien, a esta salvación de los niños debe ser enemigo quien afirma su inocencia, de tal modo que les niega la medicina que requieren los heridos y lastimados.

    Capítulo 57 [XXXIV.] — El gran pecado del primer hombre

    II, 57

    Observa ahora lo que sigue, según continúa diciendo: «Si, antes del pecado, Dios creó una fuente de la cual nacieran los hombres, pero el diablo una fuente de la cual se perturbara a los padres, entonces sin duda la santidad debe atribuirse a los que nacen, y la culpa a los que engendran. Mas, puesto que esto sería una condenación manifiestísima del matrimonio, aparta, te ruego, esta opinión de en medio de las iglesias, y cree realmente que todas las cosas fueron hechas por Jesucristo, y que sin Él nada fue hecho». [] Habla aquí como si quisiera hacernos decir que hay algo en la sustancia del hombre que fue creado por el diablo. El diablo persuadió el mal como pecado; no lo creó como naturaleza. Sin duda persuadió a la naturaleza, pues el hombre es naturaleza; y por eso con su persuasión la corrompió. Quien hiere un miembro no lo crea, ciertamente, sino que lo daña. Esas heridas, en verdad, que se infligen al cuerpo producen cojera en un miembro o dificultad de movimiento; pero no afectan a la virtud por la cual el hombre se hace justo: aquella herida, empero, que lleva el nombre de pecado, hiere la vida misma, que se estaba viviendo justamente. Esta herida fue infligida por el diablo en aquel momento fatal de la caída con una extensión y profundidad mucho mayores que los pecados conocidos entre los hombres. De donde sucedió que, habiendo quedado entonces y allí deteriorada nuestra naturaleza por aquel gran pecado del primer hombre, no sólo fue hecha pecadora, sino que también engendra pecadores; y sin embargo, la debilidad misma bajo la cual la virtud de una vida santa se ha abatido y muerto no es realmente naturaleza, sino corrupción; precisamente como un mal estado de salud no es una sustancia corporal o naturaleza, sino desorden; muy a menudo, en efecto, si no siempre, el carácter enfermizo de los padres se implanta de cierta manera y reaparece en los cuerpos de sus hijos.

    Capítulo 58

    El pecado de Adán se deriva de él a todo el que nace, aun de padres regenerados; el ejemplo del olivo y del olivo silvestre

    II, 58

    Pero este pecado, que cambió al hombre para peor en el paraíso, porque es mucho más grande de lo que podemos formarnos juicio, lo contrae cada uno en su nacimiento, y sólo se le perdona en los regenerados; y este desorden es tal que se deriva aun de padres que han sido regenerados, y en quienes el pecado está perdonado y cubierto, para condenación de los hijos nacidos de ellos, a menos que estos, que estaban ligados por su primer y carnal nacimiento, sean absueltos por su segundo y espiritual nacimiento. De este hecho admirable ha producido el Creador un ejemplo admirable en los casos del olivo y del olivo silvestre, en los cuales, de la semilla no sólo del olivo silvestre, sino incluso del buen olivo, nada nace sino un olivo silvestre. Por lo cual, aunque aun en personas cuyo nacimiento natural va seguido de la regeneración por la gracia, existe esta concupiscencia carnal que contiende contra la ley de la mente, sin embargo, viendo que es perdonada en la remisión de los pecados, ya no se les imputa como pecado, ni en grado alguno daña, a menos que se consienta a sus movimientos para actos ilícitos. Su descendencia, empero, siendo engendrada no de concupiscencia espiritual, sino carnal, como un olivo silvestre de nuestra raza del buen olivo, deriva de ellos culpa por el nacimiento natural hasta tal punto que no puede librarse de esa peste sino renaciendo. ¿Cómo es, pues, que este hombre afirma que nosotros atribuimos santidad a los que nacen, y culpa a sus padres? Cuando la verdad muestra más bien que, aunque haya habido santidad en los padres, el pecado original es inherente a sus hijos, el cual se anula en ellos sólo si renacen.

    Capítulo 59 [XXXV.]

    Apenas se atreven los pelagianos a situar la concupiscencia en el paraíso antes de cometerse el pecado

    II, 59

    Siendo esto así, piense lo que le plazca sobre esta concupiscencia de la carne y sobre la lujuria que domina a los incontinentes, que ha de ser dominada por los castos, y que, sin embargo, debe causar sonrojo tanto a los castos como a los incontinentes; pues veo claramente que le agrada mucho. No dude en alabar lo que se avergüenza de nombrar; llámelo (como de hecho lo ha llamado) el vigor de los miembros, y no tema el honor de los oídos castos; desígnele el poder de los miembros, y no se preocupe de la impudicia. Diga, si sus sonrojos se lo permiten, que si nadie hubiera pecado, este vigor habría florecido como una flor en el paraíso; y no habría habido necesidad de cubrir aquello que habría sido movido de tal manera que nadie se habría avergonzado; antes bien, provisto de esposa, habría sido ejercitado siempre y nunca reprimido, no sea que un placer tan grande se negara jamás a tan vasta felicidad. Lejos esté el que se piense que tal bienaventuranza pudiera en semejante lugar carecer de lo que deseaba, o experimentar jamás en el cuerpo o en el alma lo que le disgustaba. Y así, si el movimiento de la lujuria precediera a la voluntad de los hombres, la voluntad lo seguiría inmediatamente. La esposa, que ciertamente no debería estar jamás ausente en este estado feliz de cosas, sería urgida por él, ya a punto de concebir, ya ya embarazada; y, o bien se engendraría un hijo, o bien se satisfaría un placer natural y loable,— ¡perezca toda semilla antes que defraudar el apetito de tan buena concupiscencia! Sólo asegúrese de que la pareja unida no se aplique a aquel uso mutuo que es contrario a la naturaleza; entonces (con tan modesta reserva) usen, cuantas veces quisieran deleitarse, sus órganos de generación, creados para tal fin. Pero ¿qué si este mismo uso, que es contrario a la naturaleza, acaso les causara deleite; qué si la susodicha loable lujuria ansiara incluso tal deleite? Me pregunto si deberían buscarlo porque era dulce, o aborrecerlo porque era torpe. Si lo buscaran hasta la satisfacción, ¿qué queda de todo pensamiento de honor? Si lo aborrecieran, ¿dónde está la apacible serenidad de tan buena felicidad? Mas en este punto quizá despertarán sus sonrojos, y dirá que tan grande es la tranquilidad de este estado feliz, y tan entero el orden que pudo existir en este estado de cosas, que la concupiscencia carnal nunca precedió a la voluntad de estas personas: sólo cuando ellos mismos quisieran, surgiría entonces; y sólo entonces ellos tendrían el deseo, cuando hubiera necesidad de engendrar hijos; y el resultado sería que ninguna semilla se emitiría jamás en vano, ni sobrevendría jamás abrazo alguno al que no siguieran concepción y nacimiento; la carne obedecería a la voluntad, y la concupiscencia rivalizaría con ella en sumisión. Bien, si dice todo esto del imaginado estado feliz, al menos debe estar bastante seguro de que lo que describe no existe ahora entre los hombres. Y aun si no concede que la lujuria es una condición corrupta, permita al menos que por la desobediencia del hombre y de la mujer en el estado feliz la concupiscencia misma de su carne fue corrompida, de modo que lo que una vez se excitaba obediente y ordenadamente se mueve ahora desobediente e inordenadamente, y en tal grado que no obedece a la voluntad ni siquiera de esposos y esposas de mente casta, de suerte que se excita cuando no se la desea; y, siempre que es necesaria, jamás sigue su voluntad, sino que a veces demasiado aprisa, a veces demasiado tarde, ejerce sus propios movimientos. Tal es, pues, la rebelión de esta concupiscencia que la pareja primitiva recibió por su propia desobediencia, y nos transmitió por descendencia natural. Ciertamente no fue a su mandato, sino en total desorden, que se excitó, cuando cubrieron sus miembros, que al principio eran dignos de gloriarse en ellos, pero se habían convertido entonces en motivo de vergüenza.

    Capítulo 60 — No se complazcan los pelagianos en una defensa cruel de los infantes

    II, 60

    Como dije, sin embargo, que piense lo que quiera de esta lujuria; que la proclame como le plazca, que la alabe cuanto quiera (y le place mucho, como muestran varios de sus extractos), para que los pelagianos se complazcan, si no con sus usos, al menos con sus alabanzas, todos aquellos que no gozan de la limitación de la continencia ordenada en el matrimonio. Sólo que perdone a los infantes, para no alabar inútilmente su condición y defenderlos cruelmente. Que no los declare seguros; que los deje venir, no, ciertamente, a Pelagio para el elogio, sino a Cristo para la salvación. Pues, para que este libro llegue ahora a su término, ya que la disertación de este hombre ha concluido, la cual fue escrita en el breve papel que me enviaste, cerraré con sus últimas palabras: «Creed verdaderamente que todas las cosas fueron hechas por Jesucristo, y que sin Él nada fue hecho.» [] Concédanos que Jesús es Jesús aun para los infantes; y así como confiesa que todas las cosas fueron hechas por Él, en cuanto es Dios el Verbo, reconozca también que los infantes son salvados por Él en cuanto es Jesús; haga esto, digo, si quiere ser cristiano católico. Pues así está escrito en el Evangelio: «Y llamarán su nombre Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» [] — Jesús, porque Jesús en latín es Salvator, «Salvador.» Él salvará, ciertamente, a su pueblo; y entre su pueblo seguramente hay infantes. «De sus pecados» los salvará; en los infantes, por tanto, también hay pecados originales, por causa de los cuales Él puede ser Jesús, es decir, Salvador, aun para ellos.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Los dos libros de este tratado responden a una acusación concreta, la de que la doctrina del pecado original condena el matrimonio. Agustín contesta separando el matrimonio, que es bien (la prole, la fidelidad y el vínculo sacramental, I, 19), de la concupiscencia, que es mal y no procede de su esencia sino del pecado de Adán; por ella, dice, hasta del matrimonio de los justos nacen hijos que necesitan la regeneración (I, 20 y 21). Según las Retractaciones (II, 53), que el NPNF imprime antes del tratado, el libro II lo escribió para contestar los extractos que Valerio le envió de la obra de Juliano contra el libro I.
    La disputa no se cerró allí. Según Warfield, Juliano contestó el libro II con ocho libros dirigidos a Floro, el mismo año en que Alipio llevó el tratado a Italia (421); Alipio los encontró en Roma en 427 o 428 y envió a Agustín los cinco primeros; esa respuesta de Agustín, interrumpida por su muerte, es la que se conoce como Obra inacabada (nota del NPNF). En el libro II, Agustín cita la acusación de Juliano, «es completamente maniqueo quien sostiene el pecado original», y la invierte: es pelagiano quien no cree en él (II, 50). Sobre ese reproche, véase el maniqueísmo; sobre el movimiento al que pertenecía Juliano, el pelagianismo.
    Límites. La fecha del tratado la da el NPNF («419 y 420»; el libro I, a finales de 418 o comienzos de 419 según la advertencia benedictina, que el epub no trae); Wikipedia, citando a Fitzgerald (1999), da 419–420, y la Catholic Encyclopedia, 419. La atribución de la versión inglesa a Holmes sale de la tabla de contenido del volumen (New Advent da a Holmes y a Wallis juntos). Las ocho referencias bíblicas que no corresponden al versículo citado (véase «Lo que viene de la edición») son errores del NPNF, no de la traducción castellana, que además omite dos referencias de II, 12. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés no halló párrafos sin traducir ni palabras corruptas, pero conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren (la fecha, la ficha del volumen), se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; su tratado anterior sobre el matrimonio, Sobre el bien del matrimonio; Sobre la santa virginidad y Sobre el bien de la viudez; el discurso Sobre la continencia; y, de la misma controversia, Sobre el Espíritu y la letra y Sobre la naturaleza y la gracia.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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