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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia

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    TEXTOS — LATÍN POST-NICENO

    Índice de la obra

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    Juan Casiano

    Instituciones cenobíticas

    Texto base: versión inglesa de Edgar C. S. Gibson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11 (Philip Schaff y Henry Wace, eds.), «The Twelve Books of John Cassian on the Institutes of the Cœnobia, and the Remedies for the Eight Principal Faults», tal como la recoge New Advent · once libros (falta el VI) y 268 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué necesita una comunidad para vivir de la oración, y qué la amenaza desde dentro? Entre 419 y 426, Juan Casiano, que había conocido los monasterios de Belén y de Egipto, escribe a petición de Castor, obispo de Apta Julia, en la Galia, una guía para una diócesis «sin monasterios»: las costumbres de los monjes, tal como las vio en Egipto y Palestina, y los remedios contra las ocho faltas principales. Los cuatro primeros libros describen el vestido, los salmos y las oraciones, y el ingreso de los novicios; del quinto al duodécimo, cada libro examina una falta y su cura.

    Ficha de la obra

    AutorJuan Casiano (c. 360 – c. 435). La edición inglesa recoge que Genadio lo llama «escita» y discute su origen: duda de que lo fuera y no descarta una procedencia gala. Wikipedia lo hace probablemente natural de la Escitia Menor, con la hipótesis de un origen galo como alternativa
    TítuloInstituciones cenobíticas (en latín, De institutis coenobiorum). Título completo, tal como lo da Casiano según la edición: «Los doce libros de Juan Casiano sobre las instituciones de los cenobios y los remedios de las ocho faltas principales»
    FechaEntre 419 y 426, según Gibson: por el Prefacio, la obra se dedica a Castor, que murió en 426. Wikipedia da «hacia 420»
    DestinatarioCastor, obispo de Apta Julia (hoy Apt), a unas cuarenta millas al norte de Marsella, que quería introducir la vida monástica en su diócesis
    GéneroGuía práctica de vida monástica: reglas de vestido, oración y ingreso, y un tratado sobre ocho faltas con sus remedios
    EstructuraLibros I–IV: el vestido (I), el oficio nocturno (II) y el de las horas del día (III), y el ingreso de los novicios (IV). Libros V–XII: gula (V), fornicación (VI), avaricia (VII), ira (VIII), tristeza (IX), acedia (X), vanagloria (XI) y soberbia (XII)
    Estado del textoEsta edición tiene once libros y 268 capítulos: falta el libro VI, que la versión inglesa de Gibson omite deliberadamente. Tampoco están el Prefacio ni los Prolegómenos y las notas de Gibson, que en CCEL acompañan el texto
    ExtensiónUnas 66 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de la obra. El libro I explica por qué el monje lleva ceñidos los lomos y qué enseña cada pieza de su vestido. El II y el III pasan a la oración: los doce salmos nocturnos de los egipcios, el oficio de tercia, sexta y nona de las regiones de Siria y el segundo oficio matutino que Casiano fecha en su propia época. El IV describe cómo se recibe a quien renuncia al mundo, con el aprendizaje de la obediencia entre los monjes de Tabenna y los egipcios. Desde el V, Casiano cambia de método: en lugar de costumbres, ocho combates, cada uno con sus causas, sus manifestaciones y sus remedios.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del volumen 11 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), editada por Philip Schaff y Henry Wace, que reúne a Sulpicio Severo, Vicente de Lerins y Juan Casiano. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La versión inglesa lleva el nombre de Edgar C. S. Gibson. La portada de CCEL la presenta como obra del «Rev. Edgar C. S. Gibson, M.A., Principal of the Theological College, Wells, Somerset», con Prolegómenos, prefacios y notas; New Advent da «C.S. Gibson» y añade que el texto fue «revisado y editado» para su sitio por Kevin Knight. CCEL registra como editoriales a T&T Clark, de Edimburgo, y a Eerdmans, de Grand Rapids. Esta edición sigue el texto de New Advent, que es el del epub, y recurre a CCEL para el Prefacio, el libro VI, los Prolegómenos y las notas de Gibson, de donde salen las notas de este libro. No se identifica a este Gibson con otras personas del mismo nombre: la edición no da más datos.
    Lo que viene de la edición. La división en capítulos, sus títulos y la numeración de libros y capítulos son de la edición inglesa. Los corchetes con referencias bíblicas se conservan como llegan; una, «Hechos v» (VII, 25), queda como texto porque da solo el capítulo en números romanos; se refiere al episodio de Ananías y Safira. El epub no incluye el Prefacio, los Prolegómenos ni las notas de Gibson, y omite el libro VI, que la versión inglesa de Gibson no traduce (véase la nota entre los libros V y VII).
    Defectos de la traducción castellana. La traducción automática tiene un fallo localizado que se conserva y se avisa: en I, 3 falta la primera frase del inglés (véase la nota). En los capítulos 4 a 6 del libro III el encabezado trae el título en lugar de «Capítulo N.»; la numeración sale de la secuencia y el encabezado queda tal como llegó. Aparte de ello, el epub tiene los mismos capítulos y párrafos que su inglés y un largo muy próximo (1,00); no se han buscado más omisiones frase por frase.

    Libro I

    I, encabezado

    Los Doce Libros de Juan Casiano sobre las Instituciones de los Cenobios y los Remedios contra los Ocho Vicios Principales.

    Capítulo 1. Del Cinturón del Monje

    I, 1

    Al disponernos a hablar de las costumbres y reglas de los monasterios, ¿cómo podríamos, por la gracia de Dios, comenzar mejor que por el vestido mismo de los monjes? Pues así podremos exponer a su debido tiempo su vida interior, una vez que hayamos puesto ante vuestros ojos su hombre exterior. El monje, pues, como soldado de Cristo siempre dispuesto para el combate, debe andar siempre con los lomos ceñidos. Porque de esta manera también, según muestra la autoridad de la Sagrada Escritura, anduvieron aquellos que en el Antiguo Testamento dieron origen a esta vida —me refiero a Elías y Eliseo—; y, además, sabemos que los guías y autores del Nuevo Testamento, a saber, Juan, Pedro y Pablo, y los demás del mismo rango, anduvieron de la misma manera. Y de éstos, el primero mencionado, que ya en el Antiguo Testamento mostró las flores de una vida virginal y un ejemplo de castidad y continencia, cuando fue enviado por el Señor a reprender a los mensajeros de Ocozías, el impío rey de Israel, porque, postrado por la enfermedad, había intentado consultar a Beelzebú, dios de Ecrón, sobre el estado de su salud, y cuando el dicho profeta los encontró y les dijo que no bajaría del lecho en que yacía, este hombre fue dado a conocer al rey postrado por la descripción de su vestimenta. Pues cuando los mensajeros volvieron a él y le trajeron el mensaje del profeta, preguntó cómo era el hombre que los había encontrado y les había hablado tales palabras, y cómo iba vestido. «Un hombre velludo,» dijeron, «y ceñido con un cinturón de cuero alrededor de sus lomos;» y por este vestido el rey al punto comprendió que era el hombre de Dios, y dijo: «Es Elías el tisbita» []; es decir, por el testimonio del cinturón y el aspecto del cuerpo velludo y descuidado reconoció sin la menor duda al hombre de Dios, porque esto estaba siempre adherido a él mientras habitaba entre tantos miles de israelitas, como si estuviera impreso como una señal especial de su propio estilo particular. También de Juan, que vino como una especie de frontera sagrada entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, siendo a la vez principio y fin, sabemos por el testimonio del Evangelista que «el mismo Juan tenía su vestido de pelos de camello y un cinturón de piel alrededor de sus lomos» []. Cuando también Pedro fue encarcelado por Herodes y había de ser sacado al día siguiente para ser ejecutado, estando el ángel junto a él, se le ordenó: «Cíñete y cálzate las sandalias» []. Y ciertamente el ángel del Señor no le habría mandado hacer esto si no hubiera visto que, por causa del descanso de la noche, había soltado por un momento de sus miembros fatigados el cinturón que solía ceñirlos. También Pablo, subiendo a Jerusalén y a punto de ser encadenado por los judíos, fue encontrado en Cesarea por el profeta Ágabo, quien tomó su cinturón y ató sus manos y pies para mostrar con sus acciones corporales los ultrajes que había de padecer, y dijo: «Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles» []. Y ciertamente el profeta jamás habría aducido esto, ni habría dicho «el hombre de quien es este cinturón», si Pablo no hubiera tenido siempre por costumbre ceñirlo a sus lomos.

    Capítulo 2. De la Túnica del Monje

    I, 2

    Sea también la túnica del monje tal que apenas cubra el cuerpo e impida la vergüenza de la desnudez, y defienda del daño del frío; no tal que fomente las semillas de la vanagloria y de la soberbia; pues el mismo apóstol nos dice: «Teniendo alimento y con qué cubrirnos, estemos contentos con esto.» «Con qué cubrirnos,» dice, no «vestido,» como se lee equivocadamente en algunos códices latinos: es decir, lo que apenas cubra el cuerpo, no lo que agrade a la fantasía por el esplendor del atavío; común, de modo que no se considere notable por la novedad del color o de la hechura entre otros hombres de la misma profesión; y enteramente libre de afanoso cuidado, aunque no descolorida por manchas adquiridas por negligencia. Finalmente, estén tan alejadas de las modas de este mundo que permanezcan del todo como propiedad común para uso de los siervos de Dios. Porque todo lo que es reclamado por uno o por pocos entre los siervos de Dios y no es propiedad común de todo el cuerpo de los hermanos por igual, es superfluo o vano, y por esa razón ha de considerarse nocivo, y da apariencia de vanagloria más que de virtud. Y, por tanto, cualesquiera modelos que veamos no fueron enseñados ni por los antiguos santos que pusieron los fundamentos de la vida monástica, ni por los padres de nuestro tiempo que a su vez conservan hoy sus costumbres, esos también debemos rechazarlos como superfluos e inútiles: por lo cual desaprobaron por completo una túnica de cilicio, por ser visible a todos y conspicua, y porque de este mismo hecho no sólo no reportará provecho alguno al alma, sino que más bien servirá a la vanagloria y a la soberbia, y por ser incómoda e inadecuada para realizar los trabajos necesarios para los que un monje debe ir siempre dispuesto y sin impedimentos. Pero aunque oigamos de algunas personas respetables que se han vestido con este sayal, no por ello debe pasarse por nosotros una regla para los monasterios, ni deben derribarse los antiguos decretos de los santos padres porque no pensemos que unos pocos hombres, presumiendo de poseer otras virtudes, hayan de ser reprendidos aun en aquellas cosas que practicaron no conforme a la regla católica. Pues la opinión de unos pocos no debe ser preferida a la regla general de todos ni estorbarla. Porque debemos prestar adhesión sin vacilar y obediencia sin discusión, no a aquellas costumbres y reglas que la voluntad de unos pocos ha introducido, sino a aquellas que una antigüedad prolongada y el gran número de los santos padres han transmitido por decisión unánime a los que vienen después. Ni, ciertamente, debe influirnos como precedente para nuestra vida diaria que Joram, el impío rey de Israel, al verse rodeado por las bandas de sus enemigos, rasgara sus vestiduras, y se diga que llevaba cilicio debajo de ellas []; ni que los ninivitas, para mitigar la sentencia de Dios que había sido pronunciada contra ellos por el profeta, se vistieran de áspero cilicio []. Del primero se muestra que lo llevaba oculto por debajo, de modo que, si la vestidura exterior no hubiera sido rasgada, nadie habría podido saberlo; y los segundos toleraron una cubierta de cilicio en un tiempo en que, estando todos de luto por la inminente destrucción de la ciudad y vestidos con las mismas ropas, nadie podía ser acusado de ostentación. Pues donde no hay diferencia especial y todos son iguales, ningún daño se hace.

    Capítulo 3. De las Capuchas de los Egipcios

    I, 3

    Usan constantemente, de día y de noche, pequeñísimas capuchas que descienden hasta el extremo del cuello y de los hombros, y que sólo cubren la cabeza, para moverse continuamente a conservar la sencillez y la inocencia de los niños pequeños imitando su propio vestido. Y estos hombres han vuelto a la infancia en Cristo y cantan a todas horas con el corazón y el alma: «Señor, mi corazón no se ha ensoberbecido, ni mis ojos se han alzado con altivez; no he andado en grandezas, ni en maravillas que me superan. Si no he sido humilde de corazón, sino que he engrandecido mi alma: como un niño destetado hacia su madre.»

    Capítulo 4. De las Túnicas de Lino de los Egipcios

    I, 4

    Llevan también túnicas de lino que apenas llegan a los codos, y por lo demás dejan desnudas las manos, para que el recorte de las mangas sugiera que han cortado todas las obras y acciones de este mundo, y el vestido de lino enseñe que están muertos a toda conversación terrenal, y para que por esto oigan al Apóstol que les dice cada día: «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra;» declarando también su mismo vestido esto: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios;» y de nuevo: «Y vivo, pero ya no yo, sino que Cristo vive en mí; para mí, ciertamente, el mundo está crucificado, y yo para el mundo.»

    Capítulo 5. De sus Cuerdas

    I, 5

    Llevan también dobles bufandas tejidas de hilo de lana, que los griegos llaman [ἀνάλαβοι], y que nosotros deberíamos llamar cinturones o cordeles, o más propiamente cuerdas. Éstas, cayendo sobre la parte superior del cuello y divididas a ambos lados de la garganta, rodean los pliegues (de la túnica) a la altura de las axilas y los recogen a ambos lados, de modo que pueden subir y ajustar al cuerpo los amplios pliegues del vestido, y así, con los brazos ceñidos, se vuelven ágiles y dispuestos para toda clase de trabajos, esforzándose con todas sus fuerzas por cumplir el encargo del Apóstol: «Estas manos han servido no sólo a mí, sino también a los que están conmigo,» «ni hemos comido de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga, de noche y de día, trabajamos para no ser gravosos a ninguno de vosotros.» Y: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma.»

    Capítulo 6. De sus Esclavinas

    I, 6

    Cubren después el cuello y los hombros con una esclavina estrecha, buscando tanto la modestia en el vestir como la baratura y la economía; y ésta se llama en nuestra lengua lo mismo que en la suya mafors; y así evitan a la vez el gasto y la ostentación de los mantos y de los grandes capotes.

    Capítulo 7. De la Piel de Oveja y de la Piel de Cabrito

    I, 7

    La última prenda de su vestido es la piel de cabrito, que se llama melotes, o pera, y un bastón, que llevan a imitación de aquellos que prefiguraron las líneas de la vida monástica en el Antiguo Testamento, de los cuales dice el Apóstol: «Anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabrito, necesitados, angustiados, afligidos; de los cuales el mundo no era digno; errantes por desiertos, por montes, por cuevas y por cavernas de la tierra.» [] Y este vestido de piel de cabrito significa que, una vez destruida toda liviandad de las pasiones carnales, deben perseverar en la suma sobriedad de la virtud, y que nada de la liviandad ni del ardor de la juventud, ni de su antigua ligereza de ánimo, debe permanecer en sus cuerpos.

    Capítulo 8. Del Bastón de los Egipcios

    I, 8

    Pues Eliseo, uno de ellos, enseña que los mismos hombres solían llevar un bastón; como dice a Giezi, su criado, cuando lo envía a resucitar al hijo de la mujer: «Toma mi bastón, corre, ve y ponlo sobre el rostro del muchacho para que viva.» [] Y ciertamente el profeta no se lo habría dado para que lo llevara si no hubiera tenido la costumbre de traerlo siempre en la mano. Y el llevar el bastón enseña espiritualmente que jamás deben caminar desarmados entre tantos perros que ladran, los vicios, y las bestias invisibles de la maldad espiritual (de las cuales el bienaventurado David, anhelando verse libre, dice: «No entregues, oh Señor, a las bestias el alma que confía en Ti»), sino que, cuando éstas los ataquen, deben rechazarlas con la señal de la cruz y ahuyentarlas lejos; y cuando se enfurezcan contra ellos, deben aniquilarlas con el recuerdo constante de la pasión del Señor y siguiendo el ejemplo de su vida mortificada.

    Capítulo 9. De sus Sandalias

    I, 9

    Pero rehusando el calzado, como prohibido por el mandato del Evangelio, si la debilidad corporal o el frío de la mañana en invierno o el calor abrasador del mediodía los obliga, apenas protegen sus pies con sandalias, explicando que con el uso de ellas y el permiso del Señor se da a entender que, si mientras estamos todavía en este mundo no podemos quedar completamente libres del cuidado y de la ansiedad por la carne, ni podemos ser del todo desligados de ella, al menos debemos proveer a las necesidades del cuerpo con la menor molestia y el menor enredo posibles: y en cuanto a los pies de nuestra alma, que deben estar dispuestos para nuestra carrera espiritual y siempre preparados para predicar la paz del Evangelio (con los cuales correremos tras el olor de los ungüentos de Cristo, y de los cuales dice David: «Corrí en la sed,» y Jeremías: «Mas yo no me he turbado, siguiéndote a Ti»), no debemos permitir que se enreden en los cuidados mortíferos de este mundo, llenando nuestros pensamientos de aquellas cosas que no atañen a la provisión de las necesidades de la naturaleza, sino a placeres innecesarios y nocivos. Y esto lo cumpliremos si, como aconseja el Apóstol, «no hacemos provisión para la carne con sus concupiscencias.» [] Pero aunque usen estas sandalias con toda licitud, por estar permitidas por el mandato del Señor, sin embargo nunca permiten que permanezcan en sus pies cuando se acercan a celebrar o a recibir los santos misterios, pues piensan que deben observar a la letra aquello que se dijo a Moisés y a Josué, hijo de Nun: «Desata la correa de tu sandalia, porque el lugar en que estás es tierra santa.»

    Capítulo 10. De la modificación de las observancias que puede permitirse según el carácter del clima o la costumbre de la región

    I, 10

    Tanto puede decirse, para que no parezca que hemos omitido alguna prenda del vestido de los egipcios. Pero sólo debemos atenernos a aquellas que permiten la situación del lugar y las costumbres de la región. Porque la severidad del invierno no nos permite contentarnos con sandalias o túnicas o una sola túnica; y la cubierta de pequeñas capuchas o el uso de una piel de oveja daría motivo de burla en lugar de edificar a los espectadores. Por lo cual sostenemos que debemos introducir únicamente aquellas cosas que hemos descrito arriba y que están adaptadas al carácter humilde de nuestra profesión y a la naturaleza del clima, para que lo principal de nuestro vestido no sea la novedad del atavío, que podría ofender a los hombres del mundo, sino su sencillez honesta.

    Capítulo 11. Del Cinturón Espiritual y su Significado Místico

    I, 11

    Vestido, pues, con estas vestiduras, el soldado de Cristo debe saber ante todo que está protegido por el cinturón que lo ciñe, no sólo para estar pronto de ánimo para todo el trabajo y los asuntos del monasterio, sino también para andar siempre sin estorbo por su vestido. Porque se demostrará tanto más ardiente en la pureza de corazón para el progreso espiritual y el conocimiento de las cosas divinas cuanto más ferviente sea en su celo por la obediencia y el trabajo. En segundo lugar, debe comprender que en el hecho mismo de llevar el cinturón hay un misterio no pequeño que declara lo que se exige de él. Porque el ceñir los lomos y atarlos alrededor con una piel muerta significa que lleva consigo la mortificación de aquellos miembros en los que están contenidas las semillas de la lujuria y de la lascivia, sabiendo siempre que el mandato del Evangelio, que dice: «Estén ceñidos vuestros lomos,» [] se le aplica por la interpretación del Apóstol; a saber: «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, impureza, pasión desordenada, mala concupiscencia.» [] Y así hallamos en la Sagrada Escritura que sólo estaban ceñidos con el cinturón aquellos en quienes se ve destruidas las semillas de la concupiscencia carnal, y que cantan con todas sus fuerzas aquella sentencia del bienaventurado David: «Porque me he vuelto como un odre al hielo,» porque, una vez destruida la carne pecadora en lo más íntimo, pueden dilatar por el poder del espíritu la piel muerta del hombre exterior. Y por eso añade significativamente «al hielo,» porque no se contentan jamás con la sola mortificación del corazón, sino que también tienen los movimientos del hombre exterior y los incentivos de la naturaleza misma helados por la aproximación del hielo de la continencia desde fuera, si es que, como dice el Apóstol, no permiten ya que reine el pecado en su cuerpo mortal, ni llevan una carne que resista al espíritu.

    Libro II

    Capítulo 1. Del sistema canónico de las oraciones y salmos nocturnos

    II, 1

    Ceñido, pues, con este doble cinturón del que hemos hablado, el soldado de Cristo debe aprender a continuación el sistema de las oraciones y salmos canónicos que fue ordenado hace mucho tiempo por los santos padres en Oriente. De su carácter, sin embargo, y del modo en que podemos orar, como el Apóstol ordena, «sin cesar,» [] trataremos, según el Señor nos lo permita, en el lugar oportuno, cuando comencemos a relatar las Conferencias de los Ancianos.

    Capítulo 2. De la diferencia del número de salmos señalados para ser cantados en todas las provincias

    II, 2

    Pues hemos hallado que muchos en diferentes países, según el capricho de su mente (teniendo, en verdad, como dice el Apóstol, «celo de Dios, pero no conforme a conocimiento» []), se han hecho para sí mismos diferentes reglas y ordenaciones en esta materia. Pues algunos han dispuesto que cada noche se digan veinte o treinta salmos, y que éstos se prolonguen con la música del canto antifonal y con la adición de algunas modulaciones. Otros han intentado incluso sobrepasar este número. Algunos usan dieciocho. Y de este modo hemos hallado diferentes reglas establecidas en diferentes lugares, y casi son tantos los sistemas y ordenaciones que hemos visto como los monasterios y celdas que hemos visitado. Hay también algunos a quienes les ha parecido bien que en los oficios diurnos de oración, es a saber, Tercia, Sexta y Nona, el número de salmos y oraciones corresponda exactamente al número de las horas en que los oficios se ofrecen al Señor. Algunos han juzgado conveniente que se asignen seis salmos a cada oficio del día. Y así, pienso que lo mejor es exponer el sistema más antiguo de los padres, que todavía observan los siervos de Dios en todo Egipto, para que vuestro nuevo monasterio, en su infancia inexperta en Cristo, sea instruido en las instituciones más antiguas de los primeros padres.

    Capítulo 3. De la observancia de una regla uniforme en todo Egipto, y de la elección de los que son puestos al frente de los hermanos

    II, 3

    Y así, en todo Egipto y la Tebaida, donde los monasterios no se fundan al capricho de cada hombre que renuncia al mundo, sino que por la sucesión de los padres y sus tradiciones perduran incluso hasta el día de hoy, o se fundan para perdurar, en éstos hemos notado que se observa un sistema prescrito de oraciones en sus asambleas vespertinas y vigilias nocturnas. Pues a nadie se le permite presidir la asamblea de los hermanos, ni siquiera a sí mismo, antes de haberse no sólo despojado de todos sus bienes, sino de haber aprendido también que no es hacedor de sí mismo y que no tiene autoridad sobre sus propias acciones. Pues el que renuncia al mundo, cualesquiera que sean los bienes o riquezas que posea, debe buscar la morada común de un cenobio, para no engreírse en modo alguno con lo que ha abandonado o con lo que ha traído al monasterio. Debe también ser obediente a todos, de modo que aprenda que debe, como dice el Señor, [] volver a hacerse niño pequeño, sin arrogarse nada por razón de su edad ni por el número de los años que ahora cuenta como perdidos mientras los pasaba inútilmente en el mundo; y, como es sólo un principiante, y por la novedad del noviciado que sabe que está sirviendo en el servicio de Cristo, no debe dudar en someterse incluso a los más jóvenes que él. Además, está obligado a habituarse al trabajo y al esfuerzo, para preparar con sus propias manos, conforme al mandato del Apóstol, [] el sustento diario, ya sea para su propio uso o para las necesidades de los extraños; y para olvidar también el orgullo y el lujo de su vida pasada, y ganar por el trabajo agotador la humildad de corazón. Y así, nadie es elegido para ser puesto al frente de una congregación de hermanos antes de que el que ha de ser colocado en autoridad haya aprendido por la obediencia lo que debe ordenar a los que han de someterse a él, y haya descubierto por las reglas de los Ancianos lo que debe enseñar a los más jóvenes. Pues dicen que gobernar bien o ser bien gobernado requiere un hombre sabio, y lo llaman el mayor don y gracia del Espíritu Santo, ya que nadie puede imponer preceptos saludables a los que se le someten sino aquel que ha sido previamente entrenado en todas las reglas de la virtud; ni puede nadie obedecer a un Anciano sino aquel que ha sido lleno del amor de Dios y perfeccionado en la virtud de la humildad. Y así vemos que hay variedad de reglas y ordenaciones en uso en otros distritos, porque a menudo tenemos la audacia de presidir un monasterio sin siquiera haber aprendido el sistema de los Ancianos, y nos nombramos Abades antes de habernos, como deberíamos, profesado discípulos, y estamos más prontos a exigir la observancia de nuestras propias invenciones que a preservar la enseñanza bien probada de nuestros predecesores. Pero, mientras queríamos explicar el mejor sistema de oraciones que ha de observarse, en nuestro afán por las instituciones de los padres hemos anticipado con una digresión apresurada el relato que reservábamos para su lugar oportuno. Y así, volvamos ahora al asunto que nos ocupa.

    Capítulo 4. Cómo en todo Egipto y la Tebaida el número de salmos está fijado en doce

    II, 4

    Así pues, como dijimos, en todo Egipto y la Tebaida el número de salmos está fijado en doce, tanto en Vísperas como en el oficio de Maitines, de tal manera que al final siguen dos lecciones, una del Antiguo y otra del Nuevo Testamento. Y esta ordenación, fijada desde hace muchísimo tiempo, ha continuado sin interrupción hasta el día de hoy a través de tantas edades, en todos los monasterios de aquellos distritos, porque se dice que no fue disposición de invención humana, sino que fue traída del cielo a los padres por ministerio de un ángel.

    Capítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel

    II, 5

    Pues en los primeros días de la fe, cuando sólo unos pocos, y éstos los mejores de los hombres, eran conocidos con el nombre de monjes, los cuales, como recibieron aquel modo de vida del Evangelista Marcos, de bendita memoria, el primero que presidió como Obispo la Iglesia de Alejandría, no sólo conservaron aquellas grandes características por las que, según leemos en los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia y la multitud de los creyentes en los tiempos primitivos era insigne ( «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Y ninguno decía que nada de lo que poseía era suyo: sino que tenían todas las cosas en común; pues cuantos eran dueños de tierras o casas las vendían, y traían el precio de lo que vendían, y lo ponían a los pies de los Apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad» ), [] sino que añadieron a estas características otras aún más sublimes. Pues retirándose a lugares más apartados fuera de las ciudades, llevaban una vida marcada por una abstinencia tan rigurosa que incluso para los de otra creencia el carácter exaltado de su vida era un prodigio permanente. Pues se entregaban a la lectura de la Sagrada Escritura, a las oraciones y al trabajo manual noche y día con tal fervor que no tenían deseo ni pensamiento de comida —a menos que al segundo o tercer día el hambre corporal se lo recordara—, y tomaban su alimento y bebida no tanto porque lo desearan como porque era necesario para la vida; y aun entonces no lo tomaban antes de la puesta del sol, para unir las horas de la luz con la práctica de las meditaciones espirituales, y el cuidado del cuerpo con la noche, y realizaban otras cosas mucho más exaltadas que éstas. Y sobre estas materias, el que nunca ha oído nada de quien está versado en tales cosas, puede aprenderlo por la historia eclesiástica. En aquel tiempo, pues, cuando la perfección de la Iglesia primitiva permanecía intacta, y era todavía conservada fresca en la memoria por sus seguidores y sucesores, y cuando la fe ferviente de los pocos no se había aún entibiado al dispersarse entre los muchos, los venerables padres con cuidado vigilante proveyeron para los que habían de venir después de ellos, y se reunieron para deliberar qué plan debía adoptarse para el culto diario de todo el cuerpo de los hermanos; para poder transmitir a los que les sucedieran un legado de piedad y de paz libre de toda disputa y disensión, pues temían que, en lo tocante a los oficios diarios, surgiera alguna diferencia o disputa entre los que se unían en el mismo culto, y que en algún momento pudiera hacer brotar una raíz venenosa de error o de celos o de cisma entre los que vinieran después. Y cuando cada uno, en proporción a su propio fervor— y olvidado de la debilidad de los otros—, pensaba que aquello debía ordenarse que juzgaba bastante fácil considerando su propia fe y su fuerza, teniendo demasiado poco en cuenta lo que sería posible para la gran masa de los hermanos en general (en la cual es seguro que se halla una proporción muy grande de débiles); y cuando en grados diferentes se esforzaban, cada uno según sus propias fuerzas, por fijar un número enorme de salmos, y unos eran partidarios de cincuenta, otros de sesenta, y algunos, no contentos con este número, pensaban que debían de hecho sobrepasarlo—, hubo tal santa diferencia de opinión en su piadosa discusión sobre la regla de su religión que llegó la hora del oficio de Vísperas antes de que la sagrada cuestión fuera decidida; y, cuando iban a celebrar sus ritos y oraciones diarios, uno se levantó en medio para cantar los Salmos al Señor. Y mientras todos estaban sentados (como es todavía costumbre en Egipto), con sus mentes fijas intensamente en las palabras del cantor, cuando éste hubo cantado once Salmos, separados por oraciones intercaladas entre ellos, enunciando verso tras verso con uniformidad, terminó el duodécimo con una respuesta de Aleluya, y entonces, con su súbita desaparición de los ojos de todos, puso fin a la vez a su discusión y a su oficio.

    Capítulo 6. De la costumbre de tener doce oraciones

    II, 6

    [Entonces] la venerable asamblea de los Padres entendió que por la Divina Providencia se había fijado una regla general para las congregaciones de los hermanos mediante la dirección del ángel, y así decretó que este número se conservara tanto en sus oficios vespertinos como en los nocturnos; y cuando añadieron a éstos dos lecciones, una del Antiguo y una del Nuevo Testamento, las añadieron simplemente como algo extraordinario y de su propia ordenación, sólo para los que quisieran, y que estuvieran deseosos de ganar mediante el estudio constante una mente bien provista de la Sagrada Escritura. Pero el sábado y el domingo las leen ambas del Nuevo Testamento; es a saber, una de las Epístolas o de los Hechos de los Apóstoles, y una del Evangelio. Y esto lo hacen también aquellos cuyo cuidado es la lectura y la recordación de las Escrituras, desde Pascua hasta Pentecostés.

    Capítulo 7. De su método de orar

    II, 7

    Estas oraciones antedichas, pues, las comienzan y terminan de tal manera que, cuando el Salmo termina, no se apresuran en seguida a arrodillarse, como hacen algunos de nosotros en este país, quienes, antes de que el Salmo esté del todo terminado, se apresuran a postrarse para la oración, en su prisa por acabar el oficio lo más rápidamente posible. Pues aunque hemos elegido exceder el límite que antiguamente fue fijado por nuestros predecesores, supliendo el número de los Salmos restantes, estamos ansiosos por llegar al fin del oficio, pensando en el refrigerio del cuerpo fatigado más que en buscar provecho y beneficio de la oración. Entre ellos, por tanto, no es así, sino que antes de doblar las rodillas oran por unos momentos, y mientras están de pie pasan la mayor parte del tiempo en oración. Y así, después de esto, por el más breve espacio de tiempo, se postran en tierra, como si sólo adoraran la Divina Misericordia, y lo antes posible se levantan, y de nuevo permanecen erguidos con las manos extendidas— tal como habían estado de pie para orar antes—, con los pensamientos atentos a sus oraciones. Pues cuando yaces postrado por largo tiempo en tierra estás más expuesto a un ataque, dicen, no sólo de pensamientos errantes sino también del sueño. Y ojalá que nosotros tampoco conociéramos la verdad de esto por experiencia y práctica diaria— nosotros que, al postrarnos en tierra, demasiado a menudo deseamos que esta postura se prolongue por algún tiempo, no tanto por causa de nuestra oración como por causa del descanso. Pero cuando el que ha de «colectar» la oración se levanta de la tierra, todos se ponen en pie al instante, de modo que nadie se atrevería a doblar la rodilla antes de que él se incline, ni a demorarse cuando él se ha levantado de la tierra, no sea que se piense que ha ofrecido su propia oración independientemente en lugar de seguir al que dirige hasta el fin.

    Capítulo 8. De la oración que sigue al Salmo

    II, 8

    Aquella práctica también que hemos observado en este país— es a saber, que mientras uno canta hasta el fin del Salmo, todos de pie cantan juntos en alta voz, «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» — nunca la hemos oído en parte alguna de Oriente, sino que allí, mientras todos guardan silencio cuando el Salmo ha terminado, la oración que sigue es ofrecida por el cantor. Pero con este himno en honor de la Trinidad suele terminarse solamente toda la Salmodia.

    Capítulo 9. De las características de la oración, cuyo tratamiento más completo se reserva para las Conferencias de los Ancianos

    II, 9

    Y como el plan de estas Instituciones nos lleva al sistema de las oraciones canónicas, cuyo tratamiento más completo reservaremos, sin embargo, para las Conferencias de los Ancianos (donde hablaremos de ellas más extensamente cuando hayamos comenzado a contar con sus propias palabras el carácter de sus oraciones, y cuán continuas son), aun así pienso que es bien, en cuanto el lugar y mi narración lo permitan, según la ocasión se ofrezca, echar una breve mirada por el momento a unos pocos puntos, de modo que, pintando entre tanto los movimientos del hombre exterior, y poniendo ahora los cimientos, por así decirlo, de la oración, podamos después, cuando lleguemos a hablar del hombre interior, edificar con menos trabajo el edificio completo de sus oraciones; proveyendo, sobre todo, para esto: que si el fin de la vida nos sobreviniera y nos cortara de terminar la narración que estamos ansiosos (D.V.) de componer dignamente, podamos al menos dejar en esta obra los comienzos de materia tan necesaria para vosotros, a quienes todo parece retraso, por razón del fervor de vuestro deseo: de modo que, si se nos conceden unos pocos años más de vida, podamos al menos trazaros algunos bosquejos de sus oraciones, para que aquellos sobre todo que viven en monasterios puedan tener alguna información sobre ellas; proveyendo también, al mismo tiempo, que aquellos que quizá encuentren sólo este libro, y no puedan obtener el otro, hallen que se les suministra alguna suerte de información sobre la naturaleza de sus oraciones; y así como son instruidos acerca del vestido y la vestimenta del hombre exterior, así tampoco ignoren cuál debe ser su comportamiento al ofrecer sacrificios espirituales. Puesto que, aunque estos libros, que ahora estamos disponiéndonos a escribir con la ayuda del Señor, se ocupan principalmente de lo que pertenece al hombre exterior y a las costumbres de los cenobios, sin embargo aquéllos se ocuparán más bien del entrenamiento del hombre interior y de la perfección del corazón, y de la vida y doctrina de los Anacoretas.

    Capítulo 10. Del silencio y la concisión con que los egipcios ofrecen las colectas

    II, 10

    Cuando, pues, se reúnen para celebrar los mencionados ritos, que ellos llaman synaxes, guardan todos un silencio tan perfecto que, aunque se halle congregado tan gran número de hermanos, no se creería que hubiera una sola persona presente, salvo aquel que se levanta y canta el salmo en medio; y esto se cumple especialmente cuando se hace la oración, porque entonces no hay esputos, ni carraspeos, ni ruido de tos, ni bostezos soñolientos con la boca abierta, ni suspiros o gemidos que puedan distraer a los que están cerca. No se oye voz alguna sino la del sacerdote que concluye la oración, a no ser quizá la que se escapa de los labios por aberración de la mente e inconscientemente sorprende al corazón, inflamado como está con un fervor de espíritu incontrolable e irreprimible, mientras que lo que la mente encendida no puede retener en sí misma pugna por salir de las cámaras más íntimas del pecho mediante una suerte de gemido inefable. Pero si alguno, contagiado de frialdad de espíritu, ora en voz alta o emite alguno de aquellos sonidos que hemos mencionado, o es vencido por un acceso de bostezos, declaran que es culpable de doble falta.
    Es censurable, en primer lugar, por lo que toca a su propia oración, porque la ofrece a Dios de manera descuidada; y, en segundo lugar, porque con su ruido descomedido perturba los pensamientos de otro que de otro modo quizá habría podido orar con mayor atención. Y así su regla es que la oración debe concluirse con rápido final, no sea que, mientras nos demoramos en ella, alguna superfluidad de saliva o de flema venga a interrumpir el término de nuestra oración. Por tanto, mientras aún está ferviente, la oración ha de ser arrebatada lo más rápidamente posible de las fauces del enemigo, el cual, aunque en verdad siempre nos es hostil, nunca lo es más que cuando ve que deseamos ofrecer a Dios oraciones contra sus asaltos; y excitando pensamientos errantes y toda suerte de fluxiones se esfuerza por distraer nuestra mente de la atención a las oraciones, y con esto intenta que se enfríe aquella que comenzó con fervor. Por lo cual piensan que lo mejor es que las oraciones sean breves y se ofrezcan muy a menudo: por una parte, para que, orando tan frecuentemente al Señor, podamos unirnos a Él continuamente; por otra, para que cuando el diablo nos acecha, podamos, mediante su concisa brevedad, evitar los dardos con que procura herirnos especialmente mientras decimos nuestras oraciones.

    Capítulo 11. Del sistema según el cual se dicen los Salmos entre los egipcios

    II, 11

    Y, por tanto, ni siquiera intentan terminar los Salmos, que cantan en el oficio, con una recitación ininterrumpida y continua. Antes bien los repiten por separado y poco a poco, divididos en dos o tres secciones, según el número de versículos, con oraciones en medio. Pues no se preocupan por la cantidad de versículos, sino por la inteligencia de la mente; tendiendo con todas sus fuerzas a esto: «Cantaré con el espíritu; cantaré también con el entendimiento.» [] Y así consideran mejor que se canten diez versículos con entendimiento y atención, que derramar un Salmo entero con la mente turbada. Y esto lo causa a veces la prisa del que habla cuando, pensando en el carácter y el número de los Salmos que restan por cantar, no se toma trabajo en aclarar el sentido a sus oyentes, sino que se apresura a llegar al fin del oficio. Por último, si alguno de los monjes más jóvenes, sea por fervor de espíritu, sea porque aún no ha sido debidamente instruido, traspasa el límite propio de lo que ha de cantarse, el que canta el Salmo es detenido por el mayor, que, sentado en su sitial, bate las palmas y los hace levantar a todos para la oración. Así ponen todo cuidado posible en que no se deslice entre ellos el hastío mientras están sentados a lo largo de los Salmos, pues con ello no sólo el cantor perdería los frutos del entendimiento, sino que también sufrirían pérdida aquellos a quienes hizo sentir el oficio como un fastidio por prolongarlo tanto. Guardan asimismo esto con el mayor cuidado, a saber: que ningún Salmo se diga con la respuesta de Aleluya sino aquellos que llevan en su título la inscripción de Aleluya. Pero el antedicho número de doce Salmos lo dividen de tal modo que, si hay dos hermanos, cada uno canta seis; si hay tres, cuatro; y si cuatro, tres cada uno. Nunca cantan en la congregación un número menor que éste, y, por consiguiente, por numerosa que sea la congregación reunida, no cantan en el oficio más de cuatro hermanos.

    Capítulo 12

    De la razón por la cual, mientras uno canta los Salmos, los demás se sientan durante el oficio; y del celo con que después prolongan en sus celdas las vigilias hasta el amanecer.

    II, 12

    Este sistema canónico de doce Salmos, del que hemos hablado, lo hacen más llevadero mediante tal descanso corporal que, cuando, según su costumbre, celebran estos oficios, todos, excepto el que se levanta en medio a recitar los Salmos, se sientan en sitiales muy bajos y siguen la voz del cantor con la mayor atención del corazón. Pues están tan extenuados por el ayuno y el trabajo de todo el día y de toda la noche que, si no fueran ayudados por semejante indulgencia, no podrían en modo alguno soportar este número de pie. Porque no dejan pasar tiempo alguno ociosamente sin realizar algún trabajo, ya que no sólo se afanan con todo empeño en hacer con sus manos aquellas cosas que pueden hacerse a la luz del día, sino que también con espíritu solícito examinan aquellos géneros de trabajo que ni siquiera la oscuridad de la noche puede interrumpir, pues sostienen que alcanzarán una comprensión mucho más profunda de las cosas de la contemplación espiritual con pureza de corazón cuanto más fervientemente se dediquen al trabajo y a la labor. Y por eso consideran que una medida moderada de oraciones canónicas fue divinamente dispuesta a fin de que, para los muy ardientes en la fe, quedara espacio en el cual pudiera derramarse el caudal infatigable de su virtud sin que, no obstante, surgiera hastío en sus cuerpos cansados y débiles por una cantidad demasiado grande. Y así, cuando los oficios de las oraciones canónicas se han terminado debidamente, cada uno se retira a su propia celda (la cual habita solo, o se le permite compartirla con un solo compañero, unido a él por la participación en el trabajo, o por la formación en el discipulado y el estudio, o tal vez por la semejanza de carácter), y de nuevo ofrecen con mayor fervor el mismo servicio de oración, como su especial y privado sacrificio, por así decir; y ninguno de ellos se entrega ya al descanso y al sueño hasta que, al despuntar la luz del día, los trabajos del día suceden a los trabajos y meditaciones de la noche.

    Capítulo 13. La razón por la cual no se les permite dormir después del oficio nocturno

    II, 13

    Y estos trabajos los mantienen por dos razones, además de esta consideración: que creen que, cuando se esfuerzan diligentemente, ofrecen a Dios un sacrificio del fruto de sus manos. Y, si aspiramos a la perfección, también nosotros debemos observar esto con la misma diligencia. En primer lugar, no sea que nuestro adversario envidioso, celoso de nuestra pureza contra la que siempre maquina y que sin cesar nos es hostil, contamine con alguna ilusión en sueños la pureza ganada por los Salmos y oraciones de la noche; pues tras aquella satisfacción que hemos ofrecido por nuestra negligencia e ignorancia, y la absolución implorada con abundantes suspiros en nuestra confesión, él procura con ansia, si halla algún tiempo concedido al descanso, mancillarnos; esforzándose sobre todo entonces por derribar y debilitar nuestra confianza en Dios cuando ve por la pureza de nuestras oraciones que nos esforzamos con el mayor fervor hacia Dios: de modo que a veces, cuando no ha podido dañar a algunos durante toda la noche, hace todo lo posible por deshonrarlos en aquella breve hora. En segundo lugar, porque, aunque no sobrevenga tan temida ilusión del diablo, aun un sueño puro en ese intervalo produce pereza en el monje que pronto ha de despertar; y, trayendo un torpor perezoso a la mente, embota su vigor durante todo el día, y amortigua aquella agudeza de percepción y agota aquella energía del corazón que sería capaz de mantenernos durante todo el día más vigilantes contra todas las asechanzas del enemigo y más robustos. Por lo cual a las Vigilias canónicas se añaden estas vigilias privadas, y a ellas se someten con mayor cuidado, tanto para que no se pierda la pureza ganada por los Salmos y oraciones, como para que, por la meditación de la noche, quede de antemano asegurada una más intensa diligencia en guardarnos durante el día.

    Capítulo 14. Del modo como se dedican en sus celdas por igual al trabajo manual y a la oración

    II, 14

    Y por eso añaden el trabajo a su oración, para que el sueño no los sorprenda como a ociosos. Pues así como apenas gozan de tiempo alguno de ocio, tampoco se pone límite a sus meditaciones espirituales. Porque, ejercitando por igual las virtudes del cuerpo y del alma, equilibran lo debido al hombre exterior con lo provechoso al hombre interior; afirmando los movimientos resbaladizos del corazón y las fluctuaciones cambiantes de los pensamientos con el peso del trabajo, a manera de áncora fuerte e inmóvil, con la cual la inconstancia y los extravíos del corazón, sujetos dentro de los límites de la celda, queden encerrados en un puerto enteramente seguro; y así, atentos sólo a la meditación espiritual y a la vigilancia de los pensamientos, no sólo impidan que la mente vigilante consienta apresuradamente en alguna sugestión mala, sino que la guarden también de todo pensamiento innecesario y ocioso: de suerte que no es fácil decir cuál de las dos cosas depende de la otra —quiero decir, si practican su incesante trabajo manual por causa de la meditación espiritual, o si es por causa de sus continuas labores por lo que adquieren tan notable aprovechamiento espiritual y luz de conocimiento.

    Capítulo 15

    De la discreta regla por la cual cada uno debe retirarse a su celda al terminar las oraciones; y de la reprensión a que se hace acreedor quien procede de otro modo.

    II, 15

    Y así, cuando los Salmos terminan y la asamblea diaria, como dijimos arriba, se disuelve, ninguno de ellos se atreve a demorarse ni un poco ni a conversar con otro; ni siquiera presume de salir de su celda durante todo el día, ni de abandonar el trabajo que acostumbra realizar en ella, salvo cuando son llamados para el cumplimiento de algún deber necesario, que desempeñan saliendo fuera, de modo que no haya entre ellos murmuración alguna. Sino que cada uno hace el trabajo que le ha sido asignado de tal manera que, repitiendo de memoria algún Salmo o pasaje de la Escritura, no da ocasión ni tiempo para planes peligrosos ni designios malvados, ni siquiera para conversaciones ociosas, pues boca y corazón están incesantemente ocupados en meditaciones espirituales. Pues son muy rigurosos en observar esta regla: que ninguno de ellos, y especialmente de los más jóvenes, sea sorprendido deteniéndose siquiera un momento o yendo a alguna parte junto con otro, o teniendo sus manos en las suyas. Pero, si descubren a algunos que, desafiando la disciplina de esta regla, han perpetrado alguna de estas cosas prohibidas, los declaran culpables de falta no pequeña, como contumaces y desobedientes a las reglas; y no quedan libres de sospecha de maquinaciones y designios nefastos. Y, a menos que expíen su falta con penitencia pública, reunidos todos los hermanos, a ninguno de ellos se le permite estar presente en las oraciones de los hermanos.

    Capítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración

    II, 16

    Además, si alguno de ellos ha sido suspendido de la oración por alguna falta que ha cometido, nadie tiene libertad de orar con él antes de que haga su penitencia en el suelo, y el Abad le haya concedido públicamente la reconciliación y el perdón de su ofensa ante todos los hermanos. Porque con un plan de esta índole se separan y se apartan de la comunión con él en la oración por esta razón: porque creen que quien está suspendido de la oración es, como dice el Apóstol, «entregado a Satanás:» y si alguno, movido por un afecto mal considerado, se atreve a tener comunión con él en la oración antes de que haya sido recibido por el Anciano, se hace partícipe de su condenación y se entrega por su propia voluntad a Satanás, a quien el otro había sido consignado para la corrección de su culpa. Y en esto cae en ofensa más grave porque, al unirse con él en comunión, sea en la conversación, sea en la oración, le da motivo para una arrogancia aún mayor, y no hace sino alentar y agravar la obstinación del culpable. Pues, dándole un consuelo que sólo es perjudicial, endurecerá aún más su corazón y no le permitirá humillarse por la falta por la que fue excomulgado; y con esto hará que tenga en nada la reprensión del Anciano y abrigue pensamientos engañosos acerca de la satisfacción y la absolución.

    Capítulo 17. Cómo el que los despierta para la oración debe llamarlos a la hora acostumbrada

    II, 17

    Pero aquel a quien se ha confiado el oficio de convocar la asamblea religiosa y el cuidado del oficio no debe presumir de despertar a los hermanos para sus vigilias diarias de manera irregular, según le plazca, o según se despierte en la noche, o según lo incline la contingencia de su propio sueño o insomnio. Antes bien, aunque la costumbre diaria lo obligue a despertar a la hora acostumbrada, con todo, averiguando a menudo y con solicitud por el curso de los astros la hora justa del oficio, debe convocarlos al oficio de la oración, no sea que se le halle descuidado de una de dos maneras: o bien si, vencido por el sueño, deja pasar la hora propia de la noche, o bien si, deseando acostarse e impaciente por dormir, se anticipa a ella, y así pueda pensarse que ha procurado su propio descanso en lugar de atender al oficio espiritual y al reposo de todos los demás.

    Capítulo 18. Cómo no se arrodillan desde la tarde del sábado hasta la tarde del domingo

    II, 18

    También debemos saber esto: que desde la tarde del sábado que precede al domingo hasta la tarde siguiente, entre los egipcios jamás se arrodillan, ni tampoco desde Pascua hasta Pentecostés; ni observan en esos tiempos regla de ayuno, cuya razón se explicará en su lugar propio en las Conferencias de los Ancianos, si el Señor lo permite. Por ahora sólo nos proponemos recorrer las causas muy brevemente, no sea que nuestro libro exceda sus debidos límites y resulte cansado o gravoso al lector.
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