XII, 1
Nuestro octavo y último combate es contra el espíritu de soberbia, el cual mal, aunque es el último en nuestra lucha contra nuestros vicios y figura el último en la lista, sin embargo en su comienzo y en el orden del tiempo es el primero: una bestia maligna que es la más salvaje y más temible que todas las anteriores, que prueba principalmente a los perfectos, y devora con su terrible mordedura a los que casi han alcanzado la consumación de la virtud.
XII, 2
Y de esta soberbia hay dos clases: la una, aquella por la que dijimos que se ven turbados los mejores de los hombres y los de mente espiritual; la otra, la que asalta incluso a los principiantes y a los carnales. Y aunque cada clase de soberbia se excita con respecto a Dios y a los hombres por una peligrosa exaltación, sin embargo aquella primera clase tiene que ver más particularmente con Dios; la segunda se refiere especialmente a los hombres. Del origen de esta última y de los remedios para ella trataremos, con la ayuda de Dios, en la medida de lo posible en la última parte de este libro. Nos proponemos ahora decir algunas cosas acerca de aquella primera clase, por la cual, como mencioné antes, son especialmente probados los perfectos.
XII, 3
No hay, pues, otro vicio que sea tan destructivo de todas las virtudes, y que robe y despoje al hombre de toda justicia y santidad, como este mal de la soberbia, que como una enfermedad pestilencial ataca al hombre entero, y, no contenta con dañar una parte o un solo miembro, daña el cuerpo entero con su influencia mortífera, y se esfuerza por derribar con una caída fatalísima, y destruir, a los que ya estaban en la cima del árbol de las virtudes. Pues todo otro vicio se satisface dentro de sus propios límites y confines, y aunque oscurece también las demás virtudes, sin embargo se dirige principalmente contra una sola, y la ataca y asalta especialmente. Y así (para hacer más claro mi sentido) la gula, esto es, los apetitos del vientre y los placeres del paladar, es destructiva de la estricta templanza; la lujuria mancha la castidad, la ira destruye la paciencia: de modo que a veces un hombre que está en esclavitud de algún pecado no carece enteramente de las demás virtudes; sino que, privado simplemente de aquella única virtud que en la lucha cede ante el vicio que es su rival y opuesto, puede en cierta medida conservar sus otras virtudes: pero ésta, una vez que ha tomado posesión de algún alma desdichada, como un tirano brutalísimo, tomada la alta ciudadela de las virtudes, destruye por completo y asola toda la ciudad; y arrasando hasta el suelo de los vicios los que antes eran altos muros de santidad, y confundiéndolos entre sí, no permite que sobreviva en adelante sombra alguna de libertad en el alma que le está sujeta. Y en la medida en que era originalmente más rica, así ahora será más severo el yugo de la servidumbre, por el cual, con sus crueles estragos, despojará al alma que ha sometido de todos sus poderes de virtud.
XII, 4
Y para que podamos comprender el poder de su terrible tiranía, vemos que aquel ángel que, por la grandeza de su esplendor y belleza fue llamado Lucifer, fue arrojado del cielo por ningún otro pecado sino éste, y, atravesado por el dardo de la soberbia, fue precipitado desde su grande y exaltada posición de ángel al infierno. Si, pues, la sola soberbia de corazón bastó para arrojar del cielo a la tierra a un poder que era tan grande y estaba adornado con los atributos de tal fuerza, la misma grandeza de su caída nos muestra con qué cuidado debemos guardarnos nosotros, que estamos rodeados por la flaqueza de la carne. Pero podemos aprender cómo evitar el veneno mortífero de este mal si rastreamos el origen y las causas de su caída. Pues la debilidad nunca puede curarse, ni los remedios para los malos estados de salud pueden descubrirse, si primero no se investigan con un escrutinio sabio su origen y sus causas. Pues como él (esto es, Lucifer) estaba dotado de esplendor divino, y resplandecía entre las demás potestades superiores por la generosidad de su Hacedor, creyó que había adquirido el esplendor de aquella sabiduría y la hermosura de aquellos poderes, con los que había sido agraciado por el don del Creador, por la fuerza de su propia naturaleza, y no por la beneficencia de Su generosidad. Y por esta causa se ensoberbeció, como si no tuviera necesidad de la ayuda divina para continuar en este estado de pureza, y se estimó semejante a Dios, como si, al igual que Dios, no tuviera necesidad de nadie, y confiando en el poder de su propia voluntad, imaginó que por ella podía proveerse abundantemente de todo lo necesario para la consumación de la virtud o para la perpetuación de la bienaventuranza perfecta. Este solo pensamiento fue la causa de su primera caída. A causa de lo cual, abandonado por Dios, a quien imaginó que ya no necesitaba, se volvió de repente inestable y vacilante, y descubrió la debilidad de su propia naturaleza, y perdió la bienaventuranza que había gozado por el don de Dios. Y porque «amó las palabras de ruina,» con las que había dicho, «Subiré al cielo,» y la «lengua engañosa,» con la que había dicho de sí mismo, «Seré semejante al Altísimo,» [] y a Adán y a Eva, «Seréis como dioses,» por tanto «Dios lo destruirá para siempre, lo arrancará y lo apartará de su morada, y arrancará su raíz de la tierra de los vivos.» Entonces «los justos,» cuando vean su ruina, «temerán, y se reirán de él y dirán» (lo que también puede aplicarse con toda justicia a los que confían en que pueden obtener el sumo bien sin la protección y ayuda de Dios): «He aquí el hombre que no puso a Dios por su ayuda, sino que confió en la abundancia de sus riquezas, y prevaleció en su vanidad.»
XII, 5
Esta es la razón de la primera caída y el punto de partida de la enfermedad original, que, insinuándose de nuevo en el primer hombre, por medio de aquel que ya había sido destruido por ella, produjo las debilidades y la materia de todos los vicios. Pues, mientras creyó que por la libertad de su voluntad y por sus propios esfuerzos podía obtener la gloria de la Deidad, perdió de hecho aquella gloria que ya poseía por don gratuito del Creador.
Capítulo 6. Que el pecado de soberbia es el último en el orden actual del combate, pero el primero en el tiempo y en el origen
XII, 6
Y así queda clarísimamente establecido por ejemplos y testimonios de la Escritura que el mal de la soberbia, aunque en el orden del combate viene después, es sin embargo anterior en el origen y es el comienzo de todos los pecados y vicios; ni es (como los demás vicios) simplemente fatal para la virtud contraria a ella (en este caso, la humildad), sino que es al mismo tiempo destructora de todas las virtudes; y no tienta sólo a la gente común y a los pequeños, sino principalmente a quienes ya están en las cumbres del valor. Pues así habla de este espíritu el profeta: «Su manjar es escogido.» Y así el bienaventurado David, aunque guardaba los rincones de su corazón con el mayor cuidado, hasta atreverse a decir a Aquel de quien no se ocultaban los secretos de su conciencia: «Señor, mi corazón no es altivo, ni mis ojos altaneros; no he andado en grandezas, ni en cosas maravillosas que me sobrepasan. Si no he tenido un ánimo humilde;» y de nuevo: «El que obra con soberbia no morará en medio de mi casa;» sin embargo, como sabía cuán dura es esa vigilancia aun para los perfectos, no presumió de sus propias fuerzas, sino que rogó a Dios e imploró su ayuda para escapar sin herida de los dardos de este enemigo, diciendo: «No venga contra mí el pie de la soberbia,» porque temía y recelaba caer en aquello que se dice de los soberbios, a saber: «Dios resiste a los soberbios;» [] y también: «Todo aquel que ensalza su corazón es inmundo ante el Señor.»
Capítulo 7. Que el mal de la soberbia es tan grande que justamente tiene como adversario al mismo Dios
XII, 7
¡Cuán grande es el mal de la soberbia, que justamente no tiene como adversario a ningún ángel ni a otras virtudes, sino al mismo Dios! Pues debe notarse que jamás se dice de los enredados en otros pecados que Dios les resista; quiero decir, no se dice que Dios se oponga «a los glotones, a los fornicarios, a los iracundos o a los avaros», sino solamente «a los soberbios». Porque aquellos pecados reaccionan sólo sobre quienes los cometen, o parecen cometerse contra quienes participan de ellos, es decir, contra los demás hombres; pero éste tiene que ver más propiamente con Dios, y por eso es especialmente justo que lo tenga a Él por adversario.
Capítulo 8. Cómo Dios ha destruido la soberbia del diablo por la virtud de la humildad, y varios pasajes en prueba de ello
XII, 8
Y así Dios, Creador y Médico de todas las cosas, sabiendo que la soberbia es causa y fuente de los males, ha cuidado de curar los contrarios con los contrarios, para que lo que fue arruinado por la soberbia fuera restaurado por la humildad. Pues el uno dice: «Subiré a los cielos;» [] el otro: «Mi alma se humilló hasta la tierra.» El uno dice: «Y seré semejante al Altísimo;» el otro: «Aunque estaba en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, y se humilló y se hizo obediente hasta la muerte.» [] El uno dice: «Exaltaré mi trono sobre las estrellas de Dios;» el otro: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» [] El uno dice: «No conozco al Señor, y no dejaré ir a Israel;» [] el otro: «Si dijera que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco y guardo sus mandamientos.» [] El uno dice: «Míos son los ríos, y yo los hice;» el otro: «Yo no puedo hacer nada por mí mismo; el Padre que permanece en mí, Él hace las obras.» El uno dice: «A mí me han sido entregados todos los reinos del mundo y su gloria, y yo los doy a quien quiero;» [] el otro: «Aunque era rico, se hizo pobre, para que por su pobreza fuésemos enriquecidos.» [] El uno dice: «Como se juntan huevos abandonados, así he juntado toda la tierra; y no hubo quien moviese el ala ni abriese la boca ni piase;» [] el otro: «Me he hecho semejante al pelícano del desierto; he velado y soy como el gorrión solitario sobre el tejado.» El uno dice: «He secado con la planta de mi pie todos los ríos encerrados en sus canales;» [] el otro: «¿No puedo yo rogar a mi Padre, y al instante me daría más de doce legiones de ángeles?» [] Si miramos la razón de nuestra caída original y los fundamentos de nuestra salvación, y consideramos por quién y de qué manera fueron puestos los segundos y tuvo origen la primera, podremos aprender, ya por la caída del diablo, ya por el ejemplo de Cristo, cómo evitar una muerte tan terrible por la soberbia.
XII, 9
Y así podemos escapar del lazo de este malvadísimo espíritu si, en el caso de toda virtud en la que sintamos que progresamos, decimos estas palabras del Apóstol: «No yo, sino la gracia de Dios conmigo,» y «por la gracia de Dios soy lo que soy;» [] y «Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el obrar, según su beneplácito.» [] Como dice también el propio Autor de nuestra salvación: «Si alguno permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer.» [] Y «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia.» Y «En vano os levantáis antes de la luz.» Porque «no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» []
Capítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
XII, 10
Porque la voluntad y la carrera de nadie, por ansiosa y afanosa que sea, está suficientemente pronta para él, mientras permanece encerrado en la carne que guerrea contra el espíritu, a fin de alcanzar tan gran premio de perfección y la palma de la rectitud y de la pureza, a menos que sea protegido por la compasión divina, de modo que se le conceda alcanzar aquello que tanto desea y hacia lo cual corre. Pues «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces.» [] «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» []
XII, 11
Porque si recordamos a aquel ladrón que, por una sola confesión, fue admitido en el paraíso [], sentiremos que no adquirió tal bienaventuranza por los méritos de su vida, sino que la obtuvo por don de un Dios misericordioso. O si traemos a la memoria aquellos dos graves y horrendos pecados del rey David, borrados por una sola palabra de penitencia [], veremos que tampoco aquí bastaron los méritos de sus obras para obtener el perdón de tan grande pecado, sino que sobreabundó la gracia de Dios; pues, apenas se ofreció ocasión de verdadera penitencia, quitó todo el peso de los pecados por la plena confesión de una sola palabra. Si consideramos también el comienzo de la vocación y salvación del género humano, en la cual, como dice el Apóstol, somos salvados no por nosotros mismos, ni por nuestras obras, sino por el don y la gracia de Dios, podemos ver claramente cómo toda la perfección es «no del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia», el cual nos hace vencedores de nuestros vicios sin méritos algunos de obras y de vida que los contrapesen, y sin que esfuerzo alguno de nuestra voluntad baste para escalar las difíciles cumbres de la perfección ni para someter la carne de que hemos de servirnos; puesto que ningún tormento de este cuerpo, ninguna contrición de corazón, pueden bastar para adquirir aquella verdadera castidad del hombre interior, de modo que podamos lograr la gran virtud de la pureza (innata sólo en los ángeles y, por así decirlo, natural del cielo) con solos esfuerzos humanos, es decir, sin la ayuda de Dios; porque la ejecución de todo bien procede de su gracia, la cual, multiplicando su liberalidad, ha concedido tan duradera bienaventuranza y tan inmensa gloria a nuestra débil voluntad y a esta corta y mezquina carrera de la vida.
XII, 12
Porque todos los largos años de esta vida presente desaparecen cuando se mira la eternidad de la gloria futura; y todas nuestras tristezas se desvanecen en la contemplación de aquella inmensa bienaventuranza, y como humo se disipan, y vienen a la nada, y como ceniza ya no se ven.
XII, 13
[Por tanto] ya es hora de presentar, con las mismas palabras con que ellos la transmiten, la opinión de los Padres, es decir, de aquellos que no han pintado el camino de la perfección y su carácter con palabras altisonantes, sino que, poseyéndolo más bien de hecho y en verdad, y en la virtud de su espíritu, lo han transmitido con su propia experiencia y con su ejemplo seguro. Y así dicen que nadie puede ser del todo limpio de los pecados carnales, a menos que haya comprendido que todos sus trabajos y esfuerzos son insuficientes para tan grande y perfecto fin; y a menos que, enseñado, no por el sistema que se le ha transmitido, sino por sus sentimientos, sus virtudes y su propia experiencia, reconozca que sólo puede alcanzarse por la misericordia y el auxilio de Dios. Pues por grandes que sean los esfuerzos de ayunos, vigilias, lecturas, soledad y retiro que se apliquen a ello, no bastarán para asegurarlo por los méritos de los esfuerzos y del trabajo efectivos. Porque los esfuerzos del hombre y sus afanes humanos jamás suplirán la falta del don divino, a menos que éste sea concedido por la divina compasión en respuesta a su oración.
XII, 14
Ni digo esto para menospreciar los esfuerzos humanos, ni con el intento de desalentar a nadie de su propósito de trabajar y de hacer cuanto pueda. Pero clara y muy insistentemente establezco, no dando mi opinión, sino la de los ancianos, que la perfección no puede en modo alguno conseguirse sin éstos, pero que por éstos solos, sin la gracia de Dios, nadie podrá alcanzarla jamás. Porque cuando decimos que los esfuerzos humanos no pueden por sí solos asegurarla sin la ayuda de Dios, insistimos en que la misericordia y la gracia de Dios se otorgan sólo a quienes trabajan y se afanan, y se conceden (para usar la expresión del Apóstol) a los que «quieren» y «corren», conforme a lo que se canta en persona de Dios en el salmo ochenta y ocho: «He puesto auxilio sobre un valiente, y he exaltado a un elegido de mi pueblo.» Pues decimos, conforme a las palabras de nuestro Salvador, que se da a los que piden, se abre a los que llaman y es hallado por los que buscan; [] pero que el pedir, el buscar y el llamar por nuestra parte son insuficientes, si la misericordia de Dios no da lo que pedimos, no abre aquello a lo que llamamos y no nos permite hallar lo que buscamos. Porque Él está pronto a otorgar todas estas cosas, con tal de que se le dé ocasión con nuestra buena voluntad. Pues Él desea y espera nuestra perfección y salvación mucho más que nosotros mismos. Y el bienaventurado David sabía tan bien que por sus propios esfuerzos no podía asegurar el progreso de su obra y de su trabajo, que suplicaba con renovadas oraciones obtener del Señor la «dirección» de su obra, diciendo: «Dirige sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, dirige la obra de nuestras manos;» y de nuevo: «Confirma, oh Dios, lo que has obrado en nosotros.»
XII, 15
Y así, si de verdad y con verdad deseamos alcanzar la corona de las virtudes, debemos escuchar a aquellos maestros y guías que, no soñando con declamaciones pomposas, sino aprendiendo con el obrar y la experiencia, son capaces de enseñarnos asimismo, y de dirigirnos igualmente, y de mostrarnos el camino por el cual lleguemos a ella por una senda segurísima; y que además testifican que ellos mismos la alcanzaron por la fe más bien que por mérito alguno de sus esfuerzos. Y además, la pureza de corazón que han adquirido les ha enseñado sobre todo esto: a reconocer cada vez más que están cargados de pecado (porque su compunción por sus faltas aumenta día a día en proporción a cuanto avanza la pureza de su alma), y a suspirar sin cesar desde el fondo de su corazón, porque ven que no pueden de ningún modo evitar las manchas y las impurezas de aquellas faltas arraigadas en ellos por las innumerables bagatelas de los pensamientos. Y por eso declaraban que esperaban la recompensa de la vida futura, no de los méritos de sus obras, sino de la misericordia del Señor, sin atribuirse mérito alguno por su gran circunspección de corazón en comparación con otros, puesto que no la atribuían a sus propios esfuerzos, sino a la gracia divina; y, sin adularse a causa del descuido de los que están fríos y son peores que ellos mismos, aspiraban más bien a una humildad duradera fijando la mirada en aquellos a quienes sabían realmente libres de pecado y ya en el goce de la bienaventuranza eterna en el reino de los cielos, y así, con esta consideración, evitaban la caída de la soberbia, y al mismo tiempo veían siempre qué era lo que pretendían y qué tenían que llorar; pues sabían que no podían alcanzar aquella pureza de corazón a la que aspiraban mientras estuvieran oprimidos por el peso de la carne.
Capítulo 16. Que ni siquiera podemos hacer el esfuerzo de alcanzar la perfección sin la misericordia y la inspiración de Dios
XII, 16
Debemos, pues, conforme a su enseñanza e instrucción, avanzar hacia ella y ser diligentes en ayunos, vigilias, oraciones y contrición de corazón y de cuerpo, por temor a que todas estas cosas resulten inútiles a causa de un ataque de esta enfermedad. Pues debemos creer no sólo que no podemos asegurar con nuestros propios esfuerzos y afanes la perfección misma, sino también que no podemos realizar aquellas cosas que practicamos por su causa —es decir, nuestros esfuerzos, afanes y deseos—, sin la asistencia de la divina protección y sin la gracia de su inspiración, corrección y exhortación, que Él suele derramar en nuestros corazones, ya mediante el ministerio de otro, ya viniendo en persona a visitarnos.
Capítulo 17. Varios pasajes que muestran claramente que nada de cuanto atañe a nuestra salvación podemos hacer sin la ayuda de Dios
XII, 17
Por último, el Autor de nuestra salvación nos enseña lo que no sólo debemos pensar, sino también reconocer en todo lo que hacemos. «No puedo», dice, «hacer nada por mí mismo; el Padre que permanece en mí, Él hace las obras.» Dice, hablando en la naturaleza humana que había asumido, que nada podía hacer por sí mismo; ¿y nosotros, que somos polvo y ceniza, habremos de pensar que no necesitamos la ayuda de Dios en lo que atañe a nuestra salvación? Así, pues, aprendamos en todo, al sentir nuestra propia flaqueza y, al mismo tiempo, su ayuda, a decir con los santos: «Fui empujado para que cayera, pero el Señor me sostuvo. El Señor es mi fortaleza y mi alabanza, y se ha hecho mi salvación.» Y «Si el Señor no me hubiera ayudado, mi alma habría habitado casi en el infierno. Si decía: Mi pie vacila; tu misericordia, Señor, me socorría. Según la multitud de mis dolores en mi corazón, tus consuelos han dado alegría a mi alma.» Viendo también que nuestro corazón se fortalece en el temor del Señor y en la paciencia, digamos: «Y el Señor se hizo mi protector, y me sacó a un lugar espacioso.» Y sabiendo que el conocimiento aumenta con el progreso en la obra, digamos: «Porque tú enciendes mi lámpara, Señor; Dios mío, ilumina mis tinieblas, pues contigo me veré libre de la tentación, y con mi Dios pasaré sobre la muralla.» Luego, sintiendo que hemos buscado valor y perseverancia, y que somos dirigidos con mayor facilidad y sin trabajo por la senda de las virtudes, digamos: «Es Dios quien me ciñó de fortaleza y allanó mi camino; quien hizo mis pies como de ciervo y me puso en las alturas; quien adiestra mis manos para la guerra.» Y habiendo alcanzado también la discreción, fortalecidos con la cual podemos abatir a nuestros enemigos, clamemos a Dios: «Tu disciplina me ha levantado hasta el fin, y tu disciplina me enseñará. Has ensanchado mis pasos debajo de mí, y mis pies no se han debilitado.» Y porque estoy así fortalecido con tu conocimiento y tu poder, tomaré con confianza las palabras que siguen, y diré: «Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré; y no volveré hasta acabarlos. Los quebrantaré, y no podrán sostenerse; caerán debajo de mis pies.» De nuevo, conscientes de nuestra propia flaqueza y de que, mientras estemos cargados con la carne débil, no podemos sin su ayuda vencer a enemigos tan amargos como son nuestros pecados, digamos: «Por ti dispersaremos a nuestros enemigos, y en tu nombre pisotearemos a los que se levantan contra nosotros. Pues no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará; porque tú nos has salvado de los que nos afligen, y has confundido a los que nos odian.» Y además: «Me ceñiste de fortaleza para la batalla, y sometiste debajo de mí a los que se levantaban contra mí. Hiciste que mis enemigos volvieran la espalda ante mí, y destruiste a los que me odiaban.» Y reflexionando que con nuestras solas armas no podemos vencer, digamos: «Empuña el escudo y la adarga, y levántate en mi ayuda; desenvaina la espada y cierra el paso a los que me persiguen; di a mi alma: Yo soy tu salvación.» Y has hecho mis brazos como arco de bronce, y me has dado el escudo de tu salvación, y tu diestra me ha sostenido. «Pues no conquistaron la tierra con su espada, ni su brazo los salvó; sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos.» Por último, considerando con ánimo agradecido todos sus beneficios, clamemos a Él desde lo más íntimo del corazón, por todas estas cosas: porque hemos combatido y obtenido de Él la luz del conocimiento, el dominio propio y la discreción; porque nos ha provisto de sus propias armas y nos ha fortalecido con el ceñidor de la virtud; y porque ha hecho volver la espalda a nuestros enemigos y nos ha dado poder para dispersarlos como polvo ante el viento: «Te amaré, Señor, fortaleza mía; el Señor es mi roca, mi refugio y mi libertador. Mi Dios es mi auxilio, y en Él pondré mi confianza; mi protector y cuerno de mi salvación, y mi amparo. Alabando invocaré el nombre del Señor, y seré salvo de mis enemigos.»
Capítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
XII, 18
No sólo dándole gracias por habernos creado como seres racionales, y habernos dotado con el poder del libre albedrío, y bendecido con la gracia del bautismo, y concedido el conocimiento y el auxilio de la ley, sino también por estos bienes que nos otorga su providencia diaria; es a saber: que nos libra de las asechanzas de nuestros enemigos; que coopera con nosotros para que podamos vencer los pecados de la carne; que, aun sin saberlo nosotros, nos escuda de los peligros; que nos protege de caer en pecado; que nos ayuda y nos ilumina, para que podamos entender y reconocer el auxilio mismo que nos presta (lo cual algunos quieren que sea lo significado por la ley); que, cuando por su influjo somos secretamente heridos de compunción por nuestros pecados y negligencias, nos visita con su mirada y nos castiga para salud de nuestra alma; que aun contra nuestra voluntad somos a veces atraídos por Él a la salvación; y, por último, que este mismo libre albedrío nuestro, más inclinado al pecado, es vuelto por Él a mejor propósito, y por su moción y sugestión, inclinado hacia el camino de la virtud.
Capítulo 19. De qué modo esta fe acerca de la gracia de Dios nos fue transmitida por los antiguos Padres
XII, 19
Ésta es, pues, aquella humildad para con Dios; ésta es aquella fe genuina de los antiguos padres que aún permanece intacta entre sus sucesores. Y de esta fe dan testimonio indudable las virtudes apostólicas que tan a menudo mostraron, no sólo entre nosotros, sino también entre los infieles y los incrédulos: pues, guardando en la sencillez del corazón la fe sencilla de los pescadores, no la recibieron con espíritu mundano por medio de silogismos dialécticos ni de la elocuencia de un Cicerón, sino que aprendieron por la experiencia de una vida pura y de acciones sin mancha, corrigiendo sus vicios y (por hablar con más verdad) por pruebas visibles, que el carácter de la perfección se halla en aquella fe sin la cual ni la piedad para con Dios, ni la purificación del pecado, ni la enmienda de la vida, ni la perfección de la virtud pueden asegurarse.
XII, 20
[Conocí] a uno del número de los hermanos, a quien de todo corazón quisiera no haber conocido jamás, pues después se dejó cargar con las responsabilidades de mi orden: el cual confesó a un anciano dignísimo de admiración que era atacado por un terrible pecado de la carne; pues estaba inflamado de una intolerable concupiscencia, con el deseo contra natura de padecer más bien que de cometer un acto vergonzoso. Entonces el otro, como verdadero médico espiritual, vio al punto la causa y el origen interior de este mal, y, suspirando profundamente, dijo: «Jamás habría permitido el Señor que fueses entregado a un espíritu tan inmundo, si no hubieras blasfemado contra Él.» Y el otro, al ser esto descubierto, cayó al instante a sus pies en tierra, y, herido del mayor asombro, como si viera los secretos de su corazón puestos al desnudo por Dios, confesó que había blasfemado con malos pensamientos contra el Hijo de Dios. De donde es claro que quien está poseído por el espíritu de soberbia, o ha sido culpable de blasfemia contra Dios —como quien infiere injuria a Aquel de quien ha de esperarse el don de la pureza—, queda privado de su rectitud y perfección, y no merece la gracia santificante de la castidad.
XII, 21
Cosa semejante leemos en el libro de las Crónicas. Pues Joás, rey de Judá, a la edad de siete años fue llamado al reino por el sacerdote Jojada, y por el testimonio de la Escritura es alabado en todas sus acciones mientras vivió dicho sacerdote. Pero oye lo que la Escritura cuenta de él después de la muerte de Jojada, y cómo, henchido de soberbia, fue entregado a un estado vergonzosísimo. «Pero después de la muerte de Jojada, los príncipes entraron y adoraron al rey; y él, halagado por sus servicios, les prestó oídos. Y abandonaron el templo del Señor, el Dios de sus padres, y sirvieron a los bosques y a los ídolos, y vino gran ira sobre Judá y Jerusalén a causa de este pecado.» Y poco después: «Pasado un año, el ejército de Siria subió contra él; y vinieron a Judá y a Jerusalén, y mataron a todos los príncipes del pueblo, y enviaron todos los despojos al rey, a Damasco. Y aunque había venido un número muy pequeño de sirios, el Señor entregó en sus manos una multitud infinita, porque habían abandonado al Señor, el Dios de sus padres; y sobre Joás ejecutaron juicios vergonzosos. Y al retirarse lo dejaron en grandes enfermedades.» Veis cómo la consecuencia de la soberbia fue que él fuese entregado a pasiones horrendas e impuras. Pues el que está henchido de soberbia y ha permitido que se le adore como a Dios, es (como dice el Apóstol) «entregado a pasiones vergonzosas y a un réprobo entendimiento, para hacer lo que no conviene.» Y porque, como dice la Escritura, «todo aquel que se enaltece su corazón es inmundo ante Dios,» el que está hinchado por la hinchazón de la soberbia de su corazón es entregado a confusión vergonzosísima para ser engañado por ella, a fin de que, humillado así, conozca que es inmundo por la impureza de la carne y por el conocimiento de los deseos impuros —cosa que se había negado a reconocer en la soberbia de su corazón—; y también para que la vergonzosa infección de la carne descubra la oculta impureza del corazón, que contrajo por el pecado de soberbia, y para que, por la manifiesta contaminación de su cuerpo, quede probado que es impuro quien antes no veía que se había hecho inmundo por la soberbia de su espíritu.
XII, 22
Y esto muestra claramente que toda alma de la cual se han apoderado las hinchazones de la soberbia es entregada a los sirios del alma, es decir, a la maldad espiritual, y que queda enredada en las concupiscencias de la carne, para que el alma, humillada al fin por las faltas terrenas y contaminada carnalmente, reconozca su impureza, pues mientras permanecía erguida en la frialdad de su corazón no podía entender que por la soberbia del corazón se había hecho inmunda a los ojos de Dios; y, humillada por este medio, pueda el hombre despojarse de su antigua frialdad y, abatido y confundido por la vergüenza de sus concupiscencias carnales, apresurarse desde entonces con mayor ardor a buscar el fervor y el calor del espíritu.
XII, 23
Y así queda claramente mostrado que nadie puede alcanzar el fin de la perfección y de la pureza sino por la verdadera humildad, la cual muestra en primer lugar a los hermanos, y manifiesta también a Dios en lo más íntimo del corazón, creyendo que sin su protección y auxilio, extendidos a él en todo instante, no puede de ningún modo obtener la perfección que desea y a la que tan ardientemente se apresura.
XII, 24
Baste, pues, haber hablado así, en cuanto, con la ayuda de Dios, pudo nuestra escasa capacidad, acerca de la soberbia espiritual, de la cual hemos dicho que ataca a los cristianos adelantados. Y esta especie de soberbia no es familiar ni experimentada por la mayoría de los hombres, porque los más no aspiran a alcanzar la perfecta pureza de corazón, de modo que lleguen al grado de estos combates; ni han logrado purificación alguna de los vicios precedentes, de los cuales hemos explicado aquí, en libros separados, tanto el carácter como los remedios. Pero generalmente ataca sólo a aquellos que han vencido los vicios anteriores y han llegado ya casi a la cumbre del árbol en lo que toca a las virtudes. Y porque nuestro astutísimo enemigo no ha podido destruirlos por una caída carnal, se esfuerza en derribarlos y arruinarlos por una catástrofe espiritual, procurando así robarles los premios de sus antiguos galardones, asegurados con gran trabajo. Pero a nosotros, que estamos aún enredados en las pasiones terrenas, nunca se digna tentarnos de esta manera, sino que nos derriba por una soberbia más grosera, que he llamado carnal. Y por eso me parece bien, como prometí, decir algunas cosas sobre esta especie de soberbia por la cual solemos ser afectados nosotros y los hombres de nuestra condición, y por la cual peligran sobre todo las mentes de los más jóvenes y de los principiantes.
XII, 25
Esta soberbia carnal, pues, de la que hemos hablado, cuando ha ganado entrada en el corazón de un monje que está tibio y que ha hecho un mal comienzo en la renunciación al mundo, no le permite abajarse de su anterior altivez mundana a la verdadera humildad de Cristo, sino que ante todo lo hace desobediente y áspero; luego no lo deja ser manso ni afable, ni le permite estar a nivel y ser semejante a sus hermanos, ni consiente que sea despojado y privado de sus bienes mundanos, como lo mandan Dios y nuestro Salvador. Y, aunque la renunciación al mundo no sea otra cosa que la marca de la mortificación y de la cruz, y no pueda comenzar ni levantarse sino sobre estos fundamentos: es a saber, que el hombre reconozca que no sólo está muerto espiritualmente a las obras de este mundo, sino que también comprenda cada día que ha de morir en el cuerpo —ella, por el contrario, le hace esperar una larga vida, le presenta muchas y prolongadas enfermedades, y lo cubre de vergüenza y confusión. Si, despojado de todo, ha comenzado a ser sustentado por los bienes ajenos y no por los propios, le persuade de que es mucho mejor que el alimento y el vestido le sean provistos por sus propios medios antes que por los ajenos, conforme a aquel texto (que, como antes se dijo, los que se han vuelto torpes por tal embotamiento y frialdad de corazón no pueden de ningún modo entender), «Más bienaventurado es dar que recibir.» []
XII, 26
Aquellos, pues, que están poseídos por tal desconfianza de espíritu, y que por la propia incredulidad del diablo se apartan de aquella chispa de fe con que parecían estar encendidos en los primeros días de su conversión, comienzan a vigilar con más ansiedad el dinero que antes habían empezado a dar, y a atesorarlo con mayor avaricia, como hombres que no pueden recuperar lo que una vez han malgastado; o —lo que es todavía peor— vuelven a tomar lo que antes habían arrojado; o bien (lo que es una tercera y repugnantísima especie de pecado) recogen lo que nunca antes poseyeron, y así quedan convictos de no haber ido más lejos en el abandono del mundo que en tomar el nombre y el estado de monje. Con este comienzo, pues, y sobre este fundamento malo y podrido, es natural que se levante toda la superestructura de los vicios, y nada puede edificarse sobre tan viles cimientos sino lo que ha de derribar por tierra, con un desastre sin esperanza, al alma desdichada.
XII, 27
El espíritu, pues, que se ha endurecido con tales sentimientos y que comienza con esta miserable frialdad, de seguro va cada día de mal en peor y concluye su vida con un fin más horrible; y mientras se deleita en sus antiguos deseos y queda vencido, como dice el Apóstol, por la avaricia impía (como dice de ella: «y la avaricia, que es idolatría, o culto de ídolos,» y de nuevo: «el amor al dinero,» dice, «es raíz de todos los males» ), jamás puede admitir en el corazón la verdadera y no fingida humildad de Cristo, mientras el hombre se jacta de su alto nacimiento, o se hincha por su posición en el mundo (que ha abandonado en el cuerpo, pero no en el espíritu), o se enorgullece de su riqueza, que retiene para su propia destrucción. Y a causa de esto ya no se contenta con soportar el yugo del monasterio, ni con ser instruido por la enseñanza de alguno de los ancianos; y no sólo se opone a guardar regla alguna de sujeción u obediencia, sino que ni siquiera quiere escuchar la enseñanza acerca de la perfección. Y crece en su corazón tal aversión a la conversación espiritual, que si acaso surgiera una plática de este género, no puede mantener los ojos fijos en un punto, sino que su mirada vaga sin objeto de aquí para allá, y sus ojos se desvían de un lado a otro, como es costumbre. En lugar de carraspeos saludables, escupe con garganta seca; tose a propósito sin necesidad alguna; tamborilea con los dedos, los retuerce y garabatea como quien escribe; y todos sus miembros se agitan de tal modo que, mientras dura la conversación espiritual, se diría que está sentado sobre espinas, y muy agudas, o en medio de una multitud de gusanos. Y si la conversación se dirige con toda sencillez a algo que sea para bien de los oyentes, piensa que se ha traído a colación para provecho especial suyo. Y todo el tiempo que se está tratando del examen de la vida espiritual, está ocupado con sus propios pensamientos sospechosos, y no está atento a sacar algo para su provecho, sino que busca con ansiedad la razón de por qué se dice algo, o da vueltas en silencio en su mente a cómo poder ponerle objeciones, de modo que no puede en modo alguno comprender ninguna de aquellas cosas que tan admirablemente se proponen, ni recibir de ellas bien alguno. Y así resulta que la conferencia espiritual no sólo no le es de utilidad, sino que le es positivamente perjudicial, y se convierte para él en ocasión de mayor pecado. Pues mientras se siente herido en su conciencia y se figura que todo se dirige contra él, se endurece más obstinadamente en la obstinación de su corazón y se siente más vivamente aguijoneado por los aguijones de su ira; después, su voz es fuerte, su conversación áspera, sus respuestas amargas y ruidosas, su andar señorial y caprichoso; su lengua demasiado pronta, se adelanta en la conversación y no es amigo del silencio, salvo cuando está alimentando en su corazón alguna amargura contra un hermano, y su silencio no denota compunción ni humildad, sino soberbia e ira; de manera que apenas se puede decir cuál sea más censurable en él, aquella alegría desenfrenada y ruidosa, o esta solemnidad terrible y mortífera. Pues en la primera vemos charla inoportuna, risa ligera y frívola, regocijo desenfrenado e indisciplinado. En el segundo, un silencio lleno de ira y mortífero, que nace simplemente del deseo de prolongar cuanto sea posible los sentimientos rencorosos que se alimentan en silencio contra algún hermano, y no del deseo de obtener de él las virtudes de la humildad y de la paciencia. Y así como el que es víctima de la pasión fácilmente hace desdichados a todos los demás y se avergüenza de pedir perdón al hermano a quien ha ofendido, así, cuando el hermano se ofrece a pedírselo a él, lo rechaza con desprecio. Y no sólo no se conmueve ni se ablanda con las insinuaciones de su hermano, sino que más bien se enfurece porque su hermano se le anticipa en la humildad. Y aquella saludable humillación y disculpa, que generalmente pone fin a la tentación del diablo, se convierte para él en ocasión de un estallido peor.
XII, 28
He oído mientras he estado en esta región una cosa que me estremezco y me avergüenzo de recordar; a saber: que uno de los menores —cuando fue reprendido por su Abad porque daba señales de haberse despojado de la humildad, de la cual había hecho prueba por poco tiempo en su renunciación al mundo, y de estar henchido de soberbia diabólica— respondió con suma impertinencia: «¿Acaso me humillé por un tiempo para tener que estar siempre en sujeción?» Y ante esta respuesta desvergonzada y malvada el anciano quedó absolutamente estupefacto, y no pudo decir nada, como si hubiera recibido esta respuesta del propio Lucifer antiguo y no de un hombre; de tal modo que no pudo pronunciar palabra alguna contra tamaña impudencia, sino que sólo dejó escapar suspiros y gemidos de su corazón, revolviendo en silencio en su mente aquello que se dice de nuestro Salvador: «El cual, siendo en forma de Dios, se humilló a sí mismo y se hizo obediente» —no, como dijo el hombre arrebatado por un espíritu diabólico de soberbia, «por un tiempo», sino «hasta la muerte». []
Capítulo 29. Las señales por las que se puede reconocer la presencia de la soberbia carnal en un alma
XII, 29
Y para resumir brevemente lo dicho sobre esta especie de soberbia, recogiendo, como mejor podamos, algunas de sus señales, a fin de dar de algún modo a los que tienen sed de instrucción en la perfección una idea de sus características a partir de los movimientos del hombre exterior: creo conveniente exponerlas en pocas palabras, para que podamos reconocer con comodidad las señales por las cuales discernirla y detectarla, de modo que, cuando las raíces de esta pasión sean desnudadas y sacadas a la superficie, y vistas y rastreadas con demostración ocular, puedan ser arrancadas y evitadas más fácilmente. Porque sólo entonces se escapará enteramente de este mal pestilentísimo, y si no comenzamos demasiado tarde, cuando ya se ha enseñoreado de nosotros, a guardarnos de su peligroso ardor y de su influjo nocivo, sino que, reconociendo sus síntomas (por así decir) de antemano, tomamos precauciones contra él con previsión sabia y cuidadosa. Pues, como dijimos antes, se puede conocer la condición interior del hombre por su porte exterior. Por estas señales, pues, se muestra aquella soberbia carnal de la que hablamos antes. Para empezar, en la conversación su voz es estentórea; en su silencio, amargura; en su risa, alboroto desmedido; cuando es serio, tristeza sin causa; en sus respuestas, rencor; es demasiado libre de lengua, y las palabras se le derraman al azar, sin ser pesadas. Carece por completo de paciencia, y está sin caridad: es impudente en ofrecer injurias a los demás, pusilánime en soportarlas él mismo: molesto en materia de obediencia, salvo cuando sus propios deseos y gustos coinciden con su deber: rencoroso al recibir la admonición: débil en renunciar a sus propios deseos: muy terco en ceder a los de los demás: siempre tratando de lograr sus propios fines, y nunca dispuesto a cederlos por otros: y así resulta que, aunque es incapaz de dar consejo sano, en todo prefiere su propia opinión a la de los ancianos.
Capítulo 30. Cómo, cuando un hombre se ha enfriado por causa de la soberbia, quiere que se le ponga a gobernar a otros
XII, 30
Y cuando un hombre a quien ha dominado la soberbia ha caído por estos grados de descenso, se estremece ante la disciplina del cenobio, y —como si la compañía de los hermanos obstaculizara su perfección, y los pecados de otros impidieran y estorbaran su progreso en la paciencia y la humildad— desea fijar su morada en una celda solitaria; o bien arde en deseos de edificar un monasterio y reunir a algunos otros para enseñarlos e instruirlos, como si hubiera de hacer bien a mucha más gente, y convertirse de mal discípulo en maestro aún peor. Porque cuando por esta soberbia de corazón un hombre ha caído en esta peligrosísima y dañina frialdad, no puede ser ni verdadero monje ni hombre del mundo, y lo que es peor, se promete a sí mismo ganar la perfección por medio de este miserable estado y manera de vida suya.
XII, 31
[Por tanto], si deseamos que la cima de nuestro edificio sea perfecta y se eleve agradable a Dios, debemos esforzarnos por echar sus cimientos no conforme a los deseos de nuestra propia concupiscencia, sino según las reglas de la severidad evangélica: la cual no puede ser sino el temor de Dios y la humildad, que proceden de la bondad y de la sencillez de corazón. Pero la humildad no puede adquirirse de ningún modo sin renunciar a todo: y mientras un hombre sea ajeno a esto, no puede alcanzar de ningún modo la virtud de la obediencia, ni la fuerza de la paciencia, ni la serenidad de la bondad, ni la perfección del amor; sin las cuales cosas nuestros corazones no pueden ser de ningún modo morada del Espíritu Santo: como dice el Señor por medio del profeta: «¿Sobre quién reposará mi espíritu, sino sobre el que es humilde y tranquilo y escucha mis palabras?» o según aquellos ejemplares que expresan con exactitud el hebreo: «¿A quién miraré, sino al que es pobre y pequeño y de espíritu contrito y que tiembla ante mis palabras?»
Capítulo 32. Cómo la soberbia, que es tan destructiva de todas las virtudes, puede ser destruida por la verdadera humildad
XII, 32
[Por tanto] el atleta de Cristo que lucha legítimamente en el combate espiritual y desea ser coronado por el Señor, debe esforzarse por todos los medios en destruir a esta bestia ferocísima, que es destructora de todas las virtudes, sabiendo que mientras ésta permanezca en su pecho, no sólo no estará nunca libre de toda clase de males, sino que, aunque parezca tener algunas buenas cualidades, las perderá por su maligno influjo. Porque ninguna estructura (por así decir) de virtud puede levantarse en nuestra alma si primero no se echan en nuestro corazón los cimientos de la verdadera humildad, los cuales, una vez asentados con seguridad, puedan soportar sobre ellos el peso de la perfección y del amor, de manera que, como hemos dicho, mostremos primero a nuestros hermanos verdadera humildad desde lo más profundo de nuestro corazón, sin consentir en nada que los entristezca o los dañe: y esto no podemos lograrlo de ningún modo a menos que la verdadera abnegación, que consiste en despojarnos y privarnos de todas nuestras posesiones, sea implantada en nosotros por el amor de Cristo. A continuación debe tomarse el yugo de la obediencia y de la sujeción con sencillez de corazón, sin fingimiento alguno, de modo que, salvo en lo mandado por el Abad, ninguna voluntad propia esté viva en nosotros. Pero esto sólo puede asegurarse en el caso de aquel que se considera a sí mismo no sólo muerto a este mundo, sino también necio e insensato; y cumple sin discusión alguna todo lo que le ordenan sus mayores, creyéndolo divino y mandado desde el cielo.
XII, 33
Y cuando los hombres permanecen en esta condición, no hay duda de que se seguirá este estado quieto y seguro de humildad, de modo que, considerándonos inferiores a todos los demás, soportaremos todo lo que se nos ofrezca, aun si es dañino, entristecedor y perjudicial, con la mayor paciencia, como si viniera de quienes son superiores a nosotros. Y estas cosas no sólo las soportaremos con la mayor facilidad, sino que las consideraremos menudencias y puras naderías, si tenemos constantemente presente la pasión de nuestro Señor y de todos Sus Santos: considerando que las injurias con que somos probados son tanto menores que las suyas cuanto más lejos estamos de sus méritos y de sus vidas: recordando también que pronto saldremos de este mundo, y que por un rápido fin de nuestra vida aquí seremos hechos partícipes de su suerte. Porque consideraciones como éstas son fin seguro no sólo de la soberbia, sino de toda clase de pecados. Luego, después de esto, debemos mantener firmemente esta misma humildad para con Dios: la cual hemos de asegurar de tal modo que no sólo reconozcamos que no podemos de ningún modo realizar nada relacionado con la consecución de la virtud perfecta sin Su asistencia y gracia, sino que también creamos de verdad que el hecho mismo de poder entender esto es don Suyo.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Casiano no fundó el monacato occidental; Gibson lo describe como su primer organizador y sistematizador, un juicio de la edición inglesa y no un hecho comprobable. Lo que las Instituciones ofrecen es una guía escrita para quien debe organizar una comunidad que no existe: el orden de los salmos, el vestido que enseña, el ingreso del novicio y el catálogo de ocho faltas con sus remedios. Gibson ilustra los cuatro primeros libros con paralelos de la Regla de Benito, y recuerda que Benito mandó leer a diario las Colaciones y que Casiodoro recomendó las Instituciones y las Colaciones. Otra línea de herencia es la lista de las ocho faltas, que Wikipedia atribuye a Evagrio y cuenta que Gregorio Magno redujo a siete hacia 590.
Límites. La fecha (419–426) es la de Gibson, que la deduce de la muerte de Castor; Wikipedia da «hacia 420». Las identificaciones de las notas proceden de Gibson y de Wikipedia, no del texto, y cuando difieren se dice cuál afirma qué. Falta el libro VI y el Prefacio. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase: tiene la omisión señalada en I, 3 y no se ha buscado otra.