Capítulo 1. De los oficios de las horas tercera, sexta y nona, que se observan en las regiones de Siria
III, 1
El sistema nocturno de oraciones y Salmos tal como se observa en todo Egipto ha sido, creo, con la ayuda de Dios, explicado hasta donde alcanzó nuestra escasa capacidad; y ahora debemos hablar de los oficios de Tercia, Sexta y Nona, según la regla de los monasterios de Palestina y Mesopotamia, como dijimos en el Prefacio, y debemos moderar con las costumbres de éstos la perfección y el rigor inimitable de la disciplina de los egipcios.
Cómo entre los egipcios se aplican todo el día a la oración y a los Salmos continuamente, con el añadido del trabajo, sin distinción de horas.
III, 2
Pues entre ellos (es a saber, los egipcios) estos oficios que a nosotros se nos enseña a rendir al Señor a horas separadas y a intervalos de tiempo, con el aviso del que convoca, se celebran continuamente durante todo el día, con el trabajo añadido, y ello por su propia y libre voluntad. Porque el trabajo manual lo practican incesantemente en sus celdas, de tal modo que la meditación de los Salmos y de las demás Escrituras nunca se omite del todo. Y como a cada momento le entreveran sufragios y oraciones, pasan todo el día en aquellos oficios que nosotros celebramos a horas fijas. Por tanto, excepto las Vísperas y los Maitines nocturnos, no hay entre ellos oficios públicos durante el día salvo el sábado y el domingo, cuando se reúnen a la hora tercera para la sagrada comunión. Pues lo que se ofrece continuamente es más que lo que se rinde a intervalos de tiempo; y más acepto es como don voluntario que los deberes que se ejecutan por la compulsión de una regla: como David por esto se regocija con cierto júbilo al decir: «Voluntariamente te ofreceré sacrificios;» y, «Sean de tu agrado, Señor, los ofrecimientos voluntarios de mi boca.»
Cómo en todo el Oriente los oficios de Tercia, Sexta y Nona terminan con solo tres Salmos y oraciones cada uno; y la razón por la que estos oficios espirituales se atribuyen más particularmente a esas horas.
III, 3
Así, en los monasterios de Palestina y Mesopotamia y en todo el Oriente, los oficios de las horas antedichas se terminan cada día con tres salmos cada una, a fin de que se ofrezcan a Dios oraciones constantes en los tiempos señalados y, sin embargo, cumplidos los deberes espirituales con la debida moderación, los trabajos necesarios no se vean en modo alguno estorbados: pues sabemos que a estas tres horas también el profeta Daniel derramaba día tras día sus oraciones a Dios en su cámara, abiertas las ventanas. [] Ni sin buenas razones se asignan más particularmente estos tiempos a los oficios religiosos, ya que en ellos se cumplió lo que consumó las promesas y resumió nuestra salvación. Pues podemos mostrar que a la hora tercera el Espíritu Santo, prometido antiguamente por los profetas, descendió por vez primera sobre los Apóstoles congregados en oración. Porque cuando, asombrados por el don de lenguas que de ellos procedía por la efusión del Espíritu Santo, el pueblo incrédulo de los judíos se burlaba y decía que estaban llenos de mosto, entonces Pedro, puesto en pie en medio de ellos, dijo: «Varones de Israel y todos los que habitáis en Jerusalén, seaos esto notorio y escuchad mis palabras. Pues éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día; sino que esto es lo dicho por el profeta Joel: y sucederá en los postreros días, dice el Señor, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y ciertamente sobre mis siervos y mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.» [] Y todo esto se cumplió a la hora tercera, cuando el Espíritu Santo, anunciado antes por los profetas, vino a aquella hora y moró sobre los Apóstoles. Mas a la hora sexta el Sacrificio inmaculado, nuestro Señor y Salvador, fue ofrecido al Padre, y, subiendo a la cruz por la salvación del mundo entero, expió los pecados del género humano, y, despojando a los principados y potestades, los llevó consigo a la vista de todos; y a todos nosotros, que estábamos sujetos a la muerte y atados por la deuda del quirógrafo que no podía pagarse, nos libertó, quitándolo de en medio y clavándolo en su cruz como trofeo. A la misma hora también a Pedro, en éxtasis de la mente, le fue divinamente revelada la vocación de los gentiles por el descenso del vaso evangélico desde el cielo, y asimismo la purificación de todos los vivientes contenidos en él, cuando le vino una voz que le decía: «Levántate, Pedro; mata y come;» vaso que, descendido del cielo por los cuatro extremos, claramente se ve que no significa otra cosa sino el Evangelio. Pues aunque, dividido por la cuádruple narración de los Evangelistas, parece tener «cuatro extremos» (o principios), sin embargo el cuerpo del Evangelio es uno solo; abrazando, como abraza, el nacimiento y la divinidad, y los milagros y la pasión de uno y el mismo Cristo. Excelentemente también no dice «de lino» sino «como de lino.» Pues el lino significa la muerte. Y como la muerte y pasión de nuestro Señor no fueron sufridas por ley de la naturaleza humana, sino por su propia voluntad, dice «como de lino.» Porque, muerto según la carne, no estaba muerto según el espíritu, pues «su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción.» Y de nuevo dice: «Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla, y tengo poder para recobrarla.» [] Y así, en este vaso de los Evangelios descendido del cielo, es decir, escrito por el Espíritu Santo, todas las naciones que antes estaban fuera de la observancia de la ley y eran tenidas por inmundas, ahora confluyen por la fe, para que, apartadas de la idolatría para su salvación, sirvan de alimento saludable, y son traídas a Pedro y purificadas por la voz del Señor. Mas a la hora nona, penetrando hasta los infiernos, extinguió allí con el resplandor de su fulgor las tinieblas indescriptibles del infierno, y, rompiendo sus puertas de bronce y quebrantando los cerrojos de hierro, llevó consigo a los cielos la cautiva multitud de los santos que allí estaba encerrada y detenida en la oscuridad del infierno inexorable, y, quitando la espada de fuego, restituyó al paraíso a sus moradores originales por su piadosa confesión. A la misma hora, también Cornelio, el centurión, perseverando con su acostumbrada devoción en sus oraciones, es advertido por la conversación del ángel con él de que sus oraciones y limosnas son recordadas ante el Señor, y a la hora nona se le muestra claramente el misterio de la vocación de los gentiles, que había sido revelado a Pedro en éxtasis de la mente a la hora sexta. En otro pasaje también, en los Hechos de los Apóstoles, se nos dice lo siguiente acerca del mismo tiempo: «Mas Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, la hora nona.» [] Y por estas noticias se prueba claramente que estas horas no sin buena razón fueron consagradas con oficios religiosos por varones santos y apostólicos, y deben ser observadas de igual manera por nosotros, quienes, a menos que seamos compelidos, por así decirlo, por alguna regla a cumplir estos piadosos oficios al menos a tiempos señalados, ya por pereza, ya por olvido, ya absortos en los negocios, pasamos todo el día sin ocuparnos en la oración. Mas acerca de los sacrificios vespertinos, ¿qué diremos, puesto que ya en el Antiguo Testamento se manda que se ofrezcan continuamente por la ley de Moisés? Pues que los holocaustos matutinos y los sacrificios vespertinos se ofrecían cada día continuamente en el templo, aunque con ofrendas figuradas, podemos mostrarlo por aquello que canta David: «Sea enderezada mi oración ante tu vista como el incienso, y sea la elevación de mis manos un sacrificio vespertino,» en cuyo lugar podemos entenderlo en un sentido aún más alto de aquel verdadero sacrificio vespertino que fue dado por el Señor nuestro Salvador, al atardecer, a los Apóstoles en la Cena, cuando instituyó los santos misterios de la Iglesia, y de aquel sacrificio vespertino que Él mismo, al día siguiente, en el fin de los siglos, ofreció al Padre por la elevación de sus manos para la salvación del mundo entero; cuya extensión de sus manos en la Cruz con toda propiedad se llama «elevación.» Pues cuando todos estábamos postrados en los infiernos, Él nos levantó al cielo, según la palabra de su propia promesa cuando dice: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos los hombres hacia mí.» [] Mas acerca de los Maitines, también nos instruye aquello que se acostumbra cantar cada día en ellos: «Oh Dios, Dios mío, a ti velo yo desde el alba;» y «En la mañana meditaré en ti;» y «Me anticipé al despuntar del día y clamé;» y también «Mis ojos se anticiparon a ti desde la mañana, para meditar en tus palabras.» A estas horas también aquel padre de familia del Evangelio contrató jornaleros para su viña. Pues así se describe que los contrató en la madrugada, tiempo que denota el oficio de Maitines; luego a la hora tercera; después a la sexta; tras esto, a la nona; y por último, a la undécima, [] con la cual se denota la hora de las lámparas.
De cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
Cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que se inició en nuestros propios días por una razón determinada.
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Pero habéis de saber que estos Maitines, que actualmente se observan de modo muy general en los países de Occidente, fueron instituidos como oficio canónico en nuestros propios días, y también en nuestro propio monasterio, donde nuestro Señor Jesucristo nació de una Virgen y se dignó someterse al crecimiento de la infancia como hombre, y donde por su gracia sostuvo nuestra propia infancia, aún tierna en la religión, alimentada, por así decirlo, con leche. Pues hasta aquel tiempo hallamos que, cuando este oficio de Maitines (que generalmente se celebra tras un breve intervalo después de los Salmos y oraciones de los Maitines nocturnos en los monasterios de la Galia) terminaba, junto con las vigilias cotidianas, las horas restantes eran asignadas por nuestros ancianos al descanso corporal. Pero cuando algunos, con bastante descuido, abusaron de esta indulgencia y prolongaron demasiado su tiempo de sueño, ya que no estaban obligados por exigencia alguna del servicio a salir de sus celdas ni a levantarse de sus lechos hasta la hora tercera; y cuando, además de perder su trabajo, estaban adormecidos por el exceso de sueño durante el día, cuando debían haberse aplicado a algunas tareas (especialmente en aquellos días en que un cansancio inusualmente opresivo les causaba el velar desde la tarde hasta la proximidad de la mañana), se presentó una queja a los ancianos por parte de algunos de los hermanos que eran ardientes de espíritu y estaban en no pequeña medida perturbados por este descuido, y se determinó por ellos, tras larga discusión y ansiosa consideración, que hasta la salida del sol, cuando pudieran sin daño estar dispuestos a leer o a emprender el trabajo manual, se diera tiempo de descanso a sus cuerpos fatigados, y que después de esto fueran todos convocados a la observancia de este servicio y se levantaran de sus lechos, y que, recitando tres Salmos y oraciones (según el orden antiguamente fijado para la observancia de Tercia y Sexta, para significar la confesión de la Trinidad), pusieran a la vez, por disposición uniforme, fin a su sueño y principio a su trabajo. Y esta forma, aunque parezca haber surgido de un accidente y haber sido instituida en memoria reciente por la razón arriba indicada, sin embargo completa claramente según la letra aquel número que el bienaventurado David indica (aunque pueda tomarse espiritualmente): «Siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios.» Pues por la adición de este servicio ciertamente celebramos estas asambleas espirituales siete veces al día, y se muestra que cantamos alabanzas a Dios siete veces en él. Por último, aunque esta misma forma, partiendo de Oriente, se ha extendido muy beneficiosamente a estas regiones, sin embargo aún en algunos monasterios de antigua fundación en Oriente, que no toleran la menor violación de las antiguas reglas de los Padres, parece no haberse introducido nunca.
Comentario editorial · Cuándo se inventó el segundo «oficio de la mañana»
Casiano cuenta que este oficio matutino se instituyó «en nuestros propios días», en su monasterio de Belén, para que quienes se volvían a dormir tras los salmos nocturnos no perdieran la mañana: se les dejó descansar hasta la salida del sol y luego se les convocó con tres salmos y oraciones. Gibson, en una nota de la edición inglesa, identifica este segundo oficio con lo que la Iglesia posterior llamó Prima, su primer «Maitines» con las Laudes y sus «Nocturnos» con los Maitines posteriores. Así salen las siete horas que Casiano cuenta con el Salmo 118:164: nocturnos, laudes, prima, tercia, sexta, nona y vísperas. Completas, anota Gibson, aún no existía; aparece por primera vez un siglo después en la Regla de Benito. La identificación con los nombres posteriores es de Gibson, no de Casiano.
Cómo no han de volver al lecho después de las oraciones de Maitines.
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Pero algunos en esta provincia, ignorando la razón por la cual se instituyó e introdujo este oficio, vuelven a acostarse después de terminados sus rezos de Maitines, y a pesar de ello caen en ese mismo hábito que nuestros ancianos instituyeron este servicio para corregir. Pues se apresuran a terminarlo a esa hora para que se dé oportunidad a los que se inclinan a la indiferencia y no son bastante cuidadosos de volver a acostarse, lo que ciertamente no debería hacerse (como mostramos más ampliamente en el libro anterior al describir el servicio de los egipcios), no sea que la fuerza de nuestras pasiones naturales se despierte y mancille aquella pureza nuestra ganada por la humilde confesión y las oraciones antes del alba, o alguna ilusión del enemigo nos contamine, o aun el reposo de un sueño puro y natural interfiera con el fervor de nuestro espíritu y nos haga perezosos y negligentes durante todo el día, entumecidos por la modorra causada por el sueño. Y para evitar esto los egipcios, especialmente como tienen la costumbre de levantarse a horas fijas aun antes del canto del gallo, cuando el oficio canónico ha sido celebrado, prolongan después sus vigilias hasta la luz del día, para que la luz matutina, al sobrevenirles, los halle establecidos en fervor de espíritu, y los conserve aún más cuidadosos y fervorosos durante todo el día, como los ha hallado preparados para el combate y fortalecidos contra su lucha diaria con el diablo por la práctica de las vigilias nocturnas y la meditación espiritual.
De cómo los ancianos no hicieron cambio alguno en el antiguo sistema de los salmos al instituirse el oficio de Maitines
De cómo los ancianos no introdujeron cambio alguno en el antiguo sistema de los Salmos al instituirse el oficio de Maitines.
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Pero también hemos de saber esto, a saber: que nuestros ancianos, que decidieron añadir este servicio de Maitines, no hicieron cambio alguno en la antigua disposición de los Salmos; antes bien, aquel oficio se celebró siempre en sus asambleas nocturnas según el mismo orden que antes había tenido. Porque los himnos que en esta región se usaban en el servicio de Maitines al término de las vigilias nocturnas, las cuales suelen terminar después del canto del gallo y antes del alba, esos mismos cantan todavía de igual manera; es a saber, el Salmo 148, que comienza «Alabad al Señor desde los cielos», y los demás que le siguen; pero el Salmo 50, el 62 y el 89 han sido, según sabemos, asignados a este nuevo servicio. En fin, en toda Italia hasta el día de hoy, terminados los himnos de Maitines, se canta el Salmo 50 en todas las iglesias, lo cual no tengo duda de que no puede haberse derivado sino de esta fuente.
Cómo quien no acude a la oración diaria antes del fin del primer Salmo no puede entrar en el oratorio; pero en los maitines nocturnos se puede pasar por alto al que llega tarde hasta el final del segundo Salmo.
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Pero quien en Tercia, Sexta o Nona no ha llegado a la oración antes de que el Salmo se comience y se termine, no se atreve a entrar más en el Oratorio ni a unirse a los que cantan los Salmos; sino que, permaneciendo fuera, aguarda la disolución de la congregación y, mientras todos van saliendo, hace penitencia postrado en tierra y obtiene la absolución de su descuido y de su tardanza, sabiendo que de ningún otro modo puede expiar la culpa de su pereza, ni podrá jamás ser admitido al oficio que se seguirá tres horas más tarde, a menos que se haya apresurado a reparar en seguida su negligencia presente con el auxilio de la verdadera humildad. Pero en las asambleas nocturnas se permite una llegada tardía hasta el segundo Salmo, con tal de que, antes de que se termine el Salmo y los hermanos se inclinen en oración, se apresure a ocupar su lugar en la congregación y a unirse a ellos; pero ciertísimamente será sometido a la misma reprensión y penitencia que mencionamos antes, si se ha demorado siquiera un poco más allá de la hora permitida para la llegada tardía.
Capítulo 8. Del oficio de Vigilias que se celebra en la tarde precedente al sábado; de su duración y de la manera en que se observa
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En el invierno, sin embargo, cuando las noches son más largas, las Vigilias que se celebran cada semana en la tarde al comenzar el sábado, son dispuestas por los ancianos en los monasterios para durar hasta el cuarto canto del gallo, es a saber, para que, después de la vigilia de toda la noche, descansando sus cuerpos por el tiempo restante de casi dos horas, eviten desfallecer por la somnolencia todo el día, y se contenten con este breve descanso en lugar de reposar toda la noche. Y también nos conviene observar esto con el mayor cuidado, para que nos contentemos con el sueño que se nos concede después del oficio de Vigilias hasta el amanecer —es decir, hasta los Salmos de Maitines—, y después pasemos todo el día en el trabajo y en los deberes necesarios, no sea que, por el cansancio de las Vigilias y la debilidad, nos veamos forzados a tomar de día el sueño que hemos escatimado a la noche, y así no se piense que no hemos acortado nuestro descanso corporal sino más bien que hemos cambiado el tiempo del reposo y del retiro nocturno. Porque nuestra carne débil no podría ser privada del descanso de toda la noche y conservar, sin embargo, su vigor inquebrantable durante el día siguiente sin somnolencia de la mente y pesadez de espíritu, pues más bien será estorbada que ayudada por ello, si no goza de un breve sueño una vez terminadas las Vigilias. Y, por tanto, si, como hemos sugerido, se arrebata al menos una hora de sueño antes del amanecer, salvaremos todas las horas de Vigilias que hemos pasado toda la noche en oración, concediendo a la naturaleza lo que se le debe, y sin necesidad de recobrar de día lo que hemos quitado a la noche. Pues un hombre ciertamente tendrá que concederlo todo a esta carne si intenta, no de manera racional retener sólo una parte, sino negarle el todo, y (hablando con franqueza) se afana por cortar no lo superfluo, sino lo necesario. Por lo cual las Vigilias han de ser compensadas con creces si se prolongan con una duración inconsiderada e irrazonable hasta el amanecer. Y así las dividen en un oficio en tres partes, para que con esta variedad se distribuya el esfuerzo y se alivie el agotamiento del cuerpo con algún descanso agradable. Pues cuando están de pie han cantado tres Salmos en antífona; después, sentados en el suelo o en asientos muy bajos, uno de ellos repite tres Salmos, mientras los demás responden, asignándose cada Salmo a uno de los hermanos, que se suceden por turno; y a éstos añaden tres lecciones, permaneciendo aún sentados en silencio. Y así, disminuyendo el esfuerzo corporal, logran guardar sus Vigilias con mayor atención de la mente.
La razón por la que se instituye una Vigilia al rayar el sábado, y por la que se goza de dispensa del ayuno en el sábado en todo el Oriente.
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Y en todo el Oriente se ha establecido, desde el tiempo de la predicación de los Apóstoles, cuando se fundó la fe y la religión cristiana, que estas Vigilias se celebren al amanecer del sábado, por esta razón: porque, habiendo sido crucificado nuestro Señor y Salvador el día sexto de la semana, los discípulos, abrumados por la frescura de sus sufrimientos, permanecieron velando toda la noche, sin dar descanso ni sueño a sus ojos. Por lo cual, desde aquel tiempo, se ha instituido para esta noche un oficio de Vigilias, y todavía se observa de la misma manera hasta el día de hoy en todo el Oriente. Y así, después del esfuerzo de la Vigilia, una dispensa del ayuno, instituida de igual modo para el sábado por varones apostólicos, se prescribe no sin razón en todas las iglesias del Oriente, de acuerdo con aquella sentencia del Eclesiastés que, aunque tiene un sentido distinto y místico, no se aplica mal a esto, por la cual se nos manda dar a ambos días —es decir, al séptimo y al octavo por igual— la misma parte del servicio, como dice: «Reparte a siete, y aun a ocho» []. Pues esta dispensa del ayuno no debe entenderse como una participación en la fiesta judía, sobre todo por parte de aquellos que se muestran libres de toda superstición judaica, sino como algo que contribuye a aquel descanso del cuerpo fatigado del que hemos hablado; el cual, como ayuna continuamente cinco días a la semana durante todo el año, fácilmente se agotaría y desfallecería, si no fuera reanimado por un intervalo de al menos dos días.
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Pero algunos en ciertos países de Occidente, y especialmente en la ciudad, no conociendo la razón de esta indulgencia, piensan que no debería permitirse dispensa del ayuno en sábado, porque dicen que en este día el apóstol Pedro ayunó antes de su encuentro con Simón. Pero de esto se desprende claramente que no lo hizo conforme a una regla canónica, sino más bien por las necesidades de su lucha inminente. Pues allí también, con el mismo fin, Pedro parece haber impuesto a sus discípulos no un ayuno general, sino particular, lo que ciertamente no habría hecho si hubiera sabido que se solía guardar por regla canónica; así como seguramente habría estado dispuesto a instituirlo incluso en domingo, si la ocasión de su lucha hubiera caído en él; pero de esto no se habría hecho regla canónica general de ayuno, porque no fue una observancia general lo que lo motivó, sino una necesidad que forzó a observarlo en una sola ocasión.
Capítulo 11. De los puntos en que el oficio celebrado el domingo difiere de lo acostumbrado en los demás días
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Pero también debemos saber esto: que el domingo sólo se celebra un oficio antes de la comida, en el cual, por respeto al servicio mismo y a la comunión del Señor, se emplea un oficio más solemne y más largo de Salmos, oraciones y lecciones, y así se considera que Tercia y Sexta están incluidas en él. Y de aquí resulta que, por la adición de las lecciones, no hay disminución de la cantidad de sus devociones, y sin embargo se introduce alguna diferencia, y parece concederse a los hermanos una indulgencia respecto de los demás tiempos por reverencia a la resurrección del Señor; y esto parece aligerar la observancia durante toda la semana, y, por la diferencia que se interpone, hace que el día sea esperado con más solemnidad como fiesta, y por la anticipación de él se sienten menos los ayunos de la semana siguiente. Pues todo cansancio se sobrelleva siempre con mayor ecuanimidad, y el trabajo se emprende sin aversión, si se interpone alguna variedad o sucede un cambio de ocupación.
De los días en que, cuando se sirve la cena a los hermanos, no se dice un Salmo al reunirse para las comidas, como es costumbre en la comida ordinaria.
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Por último, también en aquellos días —es decir, el sábado y el domingo— y en los días santos, en que se acostumbra proveer a los hermanos comida y cena, no se dice un Salmo por la tarde, ni cuando llegan a la cena ni cuando se levantan de ella, como es costumbre en su comida ordinaria y en el refrigerio canónico de los días de ayuno, que los Salmos acostumbrados suelen preceder y seguir. Sino que simplemente hacen una oración sencilla y van a la cena, y de nuevo, cuando se levantan de ella, concluyen con sola oración; porque esta refección es algo especial entre los monjes: ni todos están obligados a asistir a ella, sino sólo los huéspedes que han venido a ver a los hermanos, y aquellos a quienes la debilidad corporal o su propia inclinación invita a ella.