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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia

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    TEXTOS — LATÍN POST-NICENO

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    Instituciones cenobíticas

    419–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF34 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 8 · Libro VIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
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    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia

    Libro VII

    Capítulo 1

    De cómo nuestra guerra contra la avaricia es una guerra extranjera, y de cómo este vicio no es natural en el hombre, como lo son los demás vicios.

    VII, 1

    Nuestro tercer combate es contra la avaricia, que podemos describir como el amor al dinero; guerra extranjera, y ajena a nuestra naturaleza, y que en el caso de un monje se origina sólo del estado de un alma corrompida y perezosa, y a menudo de que el comienzo de su renuncia haya sido insatisfactorio y de que su amor hacia Dios haya sido tibio en su fundamento. Pues los demás incentivos del pecado plantados en la naturaleza humana parecen tener su comienzo como congénito con nosotros, y de algún modo están profundamente arraigados en nuestra carne, y casi coetáneos con nuestro nacimiento, anticipándose a nuestras facultades de discernir el bien y el mal, y aunque en días muy tempranos atacan al hombre, sin embargo se vencen con una larga lucha.

    Capítulo 2. De cuán peligrosa es la enfermedad de la avaricia

    VII, 2

    Pero esta enfermedad, que sobreviene en un período más tardío, y que se acerca al alma desde fuera, así como puede ser guardada y resistida más fácilmente, así, si se la descuida y se le permite una vez entrar en el corazón, es tanto más peligrosa para cada uno, y con mayor dificultad expulsada. Pues se convierte en «raíz de todos los males,» [] y da lugar a una multiplicidad de incentivos para el pecado.

    Capítulo 3. De cuál es la utilidad de aquellos vicios que nos son naturales

    VII, 3

    Por ejemplo, ¿no vemos los impulsos naturales de la carne no sólo en los niños, en quienes la inocencia anticipa todavía el discernimiento del bien y del mal, sino incluso en los pequeñuelos e infantes, quienes, aunque no tienen en ellos ni el más leve acercamiento a la lujuria, sin embargo muestran que los impulsos de la carne existen en ellos y se excitan naturalmente? ¿No vemos también que los aguijones mortales de la ira existen ya en pleno vigor asimismo en los niños pequeños? Y antes de que hayan aprendido la virtud de la paciencia, vemos que se turban por las injurias, y sienten las afrentas que se les hacen aun en broma; y a veces, aunque les falte la fuerza, no les falta el deseo de vengarse, cuando la ira los excita. Y no digo esto para echar la culpa a su estado natural, sino para señalar que de estos impulsos que proceden de nosotros, algunos están implantados en nosotros para un propósito útil, mientras que otros son introducidos desde fuera, por la culpa del descuido y el deseo de una voluntad perversa. Pues estos impulsos carnales, de los que hablamos más arriba, fueron con un propósito útil implantados en nuestros cuerpos por la providencia del Creador, a saber: para perpetuar la raza y criar hijos para la posteridad: y no para cometer adulterios y disoluciones, que la autoridad de la ley también condena. Y los aguijones de la ira, ¿no vemos que nos han sido dados muy sabiamente, para que, indignados contra nuestros pecados y errores, nos apliquemos más bien a las virtudes y a los ejercicios espirituales, mostrando todo amor hacia Dios y paciencia hacia nuestros hermanos? Sabemos también cuán grande es el uso de la tristeza, que se cuenta entre los otros vicios, cuando se convierte a un uso contrario. Pues por una parte, cuando está de acuerdo con el temor de Dios es sumamente necesaria, y por otra, cuando está de acuerdo con el mundo, sumamente perniciosa; como nos enseña el Apóstol cuando dice que «la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento firme para salvación, pero la tristeza del mundo produce muerte.» []

    Capítulo 4. De que podemos decir que existen en nosotros algunos vicios naturales, sin agraviar al Creador

    VII, 4

    Si decimos, pues, que estos impulsos fueron implantados en nosotros por el Creador, no por ello parecerá Él digno de culpa, si nosotros elegimos abusar de ellos perversamente y pervertirlos para fines dañinos, y estamos dispuestos a entristecernos por medio de los Caínes inútiles de este mundo, y no por medio de mostrar penitencia y corrección de nuestros vicios; o al menos si nos airanos no contra nosotros mismos (lo cual sería provechoso) sino contra nuestros hermanos, desafiando el mandato de Dios. Pues en el caso del hierro, que se nos da para fines buenos y útiles, si alguien lo pervirtiera para asesinar al inocente, no se culparía por ello al fabricante del metal porque el hombre hubiera usado para dañar a otros aquello que él había provisto para fines buenos y útiles de vivir felizmente.

    Capítulo 5. De los vicios que se contraen por culpa nuestra, sin impulsos naturales

    VII, 5

    Pero afirmamos que algunos vicios crecen sin que ocasión natural alguna les dé nacimiento, sino simplemente por la libre elección de una voluntad corrompida y perversa, como la envidia y este mismo pecado de la avaricia; los cuales son atrapados (por así decirlo) desde fuera, sin tener origen en nosotros por instintos naturales. Pero éstos, en la proporción en que son fácilmente guardados y prontamente evitados, así hacen desdichada al alma de la que se han apoderado y a la que han cautivado, y difícilmente le permiten llegar a los remedios que podrían curarla: ya sea porque los que son heridos por personas que habrían podido ignorar, o evitar, o vencer fácilmente, no merecen ser sanados con una cura rápida, o bien porque, habiendo puesto mal los cimientos, son indignos de levantar un edificio de virtud y alcanzar la cumbre de la perfección.

    Capítulo 6. De cuán difícil es expulsar el mal de la avaricia una vez que ha sido admitido

    VII, 6

    [Por tanto] que este mal no parezca de poca cuenta o sin importancia para nadie: pues así como puede evitarse fácilmente, así, si una vez se ha apoderado de alguien, apenas le permite llegar a los remedios para curarlo. Pues es un verdadero nido de pecados, y una «raíz de todos los males,» y se convierte en un incentivo sin esperanza de iniquidad, como dice el Apóstol, «La avaricia,» es decir, el amor al dinero, «es raíz de todos los males.» []

    Capítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre

    VII, 7

    Cuando, pues, este vicio se ha apoderado del alma floja y tibia de algún monje, comienza tentándolo con respecto a una pequeña suma de dinero, dándole excelentes y casi razonables excusas de por qué debe retener algún dinero para sí. Pues se queja de que lo que en el monasterio se provee no basta, y de que apenas puede tolerarlo un cuerpo sano y robusto. ¿Qué hará si le sobreviene la enfermedad, sin tener acopio propio con que sustentarse en su flaqueza? Dice que la ración del monasterio es demasiado exigua, y que de los enfermos se tiene el mayor descuido: y si no tiene algo suyo con que atender a las necesidades de su cuerpo, perecerá miserablemente. El vestido que se le permite es insuficiente, a menos que haya provisto algo con que procurarse otro. Finalmente, dice que no puede posiblemente permanecer por mucho tiempo en el mismo lugar y monasterio, y que, a menos que haya asegurado el dinero para su viaje y el costo de su traslado por mar, no puede moverse cuando quiera, y que, detenido por la compulsión de la necesidad, arrastrará en adelante una existencia miserable y fatigosa sin hacer el más mínimo progreso: que no puede sin indignidad ser sustentado por la sustancia de otro, como un pobre y un necesitado. Y así, cuando se ha embaucado a sí mismo con pensamientos como éstos, se devana los sesos pensando cómo puede adquirir al menos una sola moneda. Entonces busca ansiosamente algún trabajo especial que pueda hacer sin que el Abad sepa nada de ello. Y vendiéndolo en secreto, y asegurando así la codiciada moneda, se atormenta cada vez más pensando cómo puede duplicarla: perplejo en cuanto a dónde depositarla, o a quién confiarla. Luego lo oprime un cuidado aún más pesado sobre qué comprar con ella, o mediante qué transacción puede duplicarla. Y cuando esto ha resultado como deseaba, surge un ansia aún más ávida de oro, y se excita cada vez con más intensidad, a medida que su provisión de dinero crece más y más. Porque con el aumento de la riqueza crece la manía de la avaricia. Luego tiene presentimientos de una larga vida, y de una vejez debilitada, y de enfermedades de todo tipo, y prolongadas, que serán insoportables en la vejez, a menos que se haya acumulado una gran provisión de dinero en la juventud. Y así el alma desdichada es agitada, y retenida, por así decirlo, en las redes de una serpiente, mientras se esfuerza por añadir a aquel montón que ha asegurado ilícitamente mediante un cuidado aún más ilícito, y ella misma da a luz plagas que la inflaman más dolorosamente, y, enteramente absorta en la búsqueda de ganancia, no presta atención a nada sino a cómo obtener dinero con el cual huir lo más rápidamente posible de la disciplina del monasterio, sin guardar jamás fidelidad donde haya un destello de esperanza de obtener dinero. Por esto no retrocede ante el crimen de la mentira, del perjurio y del robo, de romper una promesa, de ceder a arrebatos injuriosos de pasión. Si el hombre se ha apartado en algo de la esperanza de ganancia, no tiene escrúpulos en transgredir los límites de la humildad, y en todo esto el oro y el amor a la ganancia se convierten para él en su dios, como el vientre lo es para otros. Por lo cual el bienaventurado Apóstol, observando el veneno mortal de esta peste, no sólo dice que es raíz de todos los males, sino que también la llama culto de ídolos, diciendo «Y la avaricia (que en griego se llama [φιλαργυρία]) que es culto de ídolos.» [] Veis, pues, a qué ruina esta locura conduce paso a paso, de modo que por la voz del Apóstol es declarada realmente culto de ídolos y de dioses falsos, porque, pasando por encima de la imagen y semejanza de Dios (la cual quien sirve a Dios con devoción debe conservar sin mancha en sí mismo), elige amar y cuidar imágenes estampadas en oro en lugar de Dios.

    Capítulo 8. Cómo la avaricia es un obstáculo para todas las virtudes

    VII, 8

    Con tales pasos, pues, en dirección descendente va de mal en peor, y al fin no se cuida de conservar, no diré la virtud, sino ni siquiera la sombra de la humildad, la caridad y la obediencia; y se desagrada de todo, y murmura y gime por cada trabajo; y habiendo ya desechado toda reverencia, como un caballo de mal genio, se lanza de cabeza y sin freno; y descontento con su comida diaria y su ropa habitual, anuncia que no lo soportará más. Declara que Dios no está sólo allí, y que su salvación no se limita a ese lugar, y que si no se aleja bien pronto de él, teme profundamente morir pronto.

    Capítulo 9. Cómo un monje que tiene dinero no puede permanecer en el monasterio

    VII, 9

    Y así, teniendo dinero para proveer a sus andanzas, con cuya ayuda se ha provisto como de alas, y estando ya del todo dispuesto a partir, responde con impertinencia a todas las órdenes, y se comporta como un extraño y un visitante, y todo lo que ve que necesita mejora, lo desprecia y trata con desdén. Y aunque tiene dinero escondido en secreto, se queja de que no tiene ni zapatos ni ropa, y se indigna de que se le den tan lentamente. Y si sucede que por disposición del superior algunas de estas cosas se dan primero a uno que se sabe que no tiene nada, se inflama aún más con ardiente ira, y piensa que es despreciado como extraño; ni se contenta con poner mano a ningún trabajo, sino que critica todo lo que las necesidades del monasterio exigen que se haga. Luego, de propósito, busca ocasiones de ofenderse y enojarse, para que no parezca que ha salido de la disciplina del monasterio por una razón trivial. Y no contento con partir él solo, para que no se piense que se ha ido como por su propia culpa, no deja de corromper a cuantos puede mediante conferencias clandestinas. Y si la severidad del tiempo impide su viaje, permanece todo el tiempo en suspenso y ansiedad de corazón, y no deja de sembrar y excitar el descontento; pues piensa que sólo hallará consuelo para su partida y excusa para su inconstancia en el mal carácter y los defectos del monasterio.

    Capítulo 10

    De los trabajos que debe soportar por causa de la avaricia el desertor de un monasterio, aunque antes murmuraba por las tareas más insignificantes.

    VII, 10

    Y así es arrastrado de un lado a otro, y cada vez más inflamado en el amor de su dinero, el cual, cuando es adquirido, no permite jamás que un monje permanezca en un monasterio ni viva bajo la disciplina de una regla. Y cuando, separándolo como a una fiera salvaje del resto del rebaño, lo ha convertido, por falta de compañeros, en un animal apto para la presa, y ha hecho que sea fácilmente devorado, al estar privado de convivientes, le obliga, a quien antes le parecía indigno realizar las tareas ligeras del monasterio, a trabajar sin cesar noche y día por la esperanza de ganancia; no le permite observar servicio alguno de oración, sistema alguno de ayuno, regla alguna de vigilias; no le deja cumplir los deberes de la intercesión conveniente, con tal de poder satisfacer la locura de la avaricia y proveer a sus necesidades diarias; inflamando más el fuego de la codicia, mientras cree que se extinguirá adquiriendo.

    Capítulo 11. Que con pretexto de guardar el dinero buscan mujeres para que habiten con ellos

    VII, 11

    De ahí que muchos son arrastrados por un precipicio abrupto, y por una caída irrevocable, a la muerte, y no contentos con poseer ellos solos ese dinero que o bien nunca antes tuvieron, o que por un mal comienzo retuvieron, buscan mujeres para que habiten con ellos, para guardar lo que han amasado o retenido injustamente. Y se implican en tantas ocupaciones dañosas y peligrosas, que son arrojados hasta las profundidades del infierno, mientras se niegan a aceptar aquella sentencia del Apóstol, de que «teniendo alimento y vestido, estén contentos» con lo que la frugalidad del monasterio provee, sino que «queriendo hacerse ricos caen en tentación y en lazo del diablo, y en muchas codicias insensatas y perniciosas, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero,» es decir, la avaricia, «el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores.» []

    Capítulo 12. Ejemplo de un monje tibio atrapado en las redes de la avaricia

    VII, 12

    Conozco a uno, que se cree monje, y lo que es peor se jacta de su perfección, que había sido recibido en un monasterio, y cuando su Abad le ordenó que no volviera sus pensamientos a aquellas cosas que había abandonado y renunciado, sino que se liberase de la avaricia, raíz de todos los males, y de las redes terrenales; y cuando se le dijo que si deseaba ser limpiado de sus pasiones anteriores, por las cuales veía que de vez en cuando era gravemente oprimido, debía dejar de preocuparse por aquellas cosas que ni siquiera antes eran suyas, enredado en cuyas cadenas ciertamente no podía avanzar hacia la purificación de sus vicios: con expresión airada no dudó en responder, «Si tú tienes con qué sostener a otros, ¿por qué me prohíbes a mí tenerlo también?»

    Capítulo 13. Lo que los ancianos refieren a los jóvenes acerca de despojarse de los pecados

    VII, 13

    Pero que esto no parezca superfluo ni objetable a nadie. Porque si primero no se explican las diferentes clases de pecados, y se rastrean el origen y las causas de las enfermedades, no se pueden aplicar los remedios curativos apropiados a los enfermos, ni los fuertes pueden asegurar la conservación de la salud perfecta. Pues tanto estas cosas como muchas otras además de éstas suelen ser presentadas para instrucción de los hermanos más jóvenes por los ancianos en sus conferencias, como quienes han tenido experiencia de innumerables caídas y de la ruina de toda clase de personas. Y a menudo, reconociendo en nosotros mismos muchas de estas cosas, cuando los ancianos las explicaban y mostraban, como hombres que estaban ellos mismos inquietados por las mismas pasiones, fuimos curados sin vergüenza ni confusión de nuestra parte, ya que sin decir nada aprendimos tanto los remedios como las causas de los pecados que nos asedian, las cuales hemos pasado por alto y no hemos dicho nada sobre ellas, no por temor a los hermanos, sino para que nuestro libro no cayera por casualidad en manos de algunos que no han sido instruidos en este modo de vida, y pudiera revelar a personas inexpertas lo que debe ser conocido sólo por aquellos que se esfuerzan y luchan por alcanzar las cumbres de la perfección.

    Capítulo 14. Ejemplos que muestran que la enfermedad de la avaricia es triple

    VII, 14

    Así, pues, esta enfermedad y estado malsano es triple, y es condenado con igual aborrecimiento por todos los padres. Una forma es ésta, de la que describimos la mancha más arriba, que, engañando a los desdichados, los persuade a atesorar aunque nunca tuvieron nada propio cuando vivían en el mundo. Otra, que obliga luego a los hombres a retomar y desear de nuevo aquellas cosas que en los primeros días de su renunciación al mundo habían abandonado. Una tercera, que naciendo de un comienzo defectuoso y perjudicial y haciendo un mal arranque, no permite a aquellos a quienes una vez ha infectado con esta tibieza de espíritu despojarse de todos sus bienes mundanos, por temor a la pobreza y a la falta de fe; y a los que retienen dinero y propiedades que ciertamente debían haber renunciado y abandonado, jamás les permite llegar a la perfección del Evangelio. Y encontramos en la Sagrada Escritura ejemplos de estas tres catástrofes que fueron castigadas con no leve pena. Porque cuando Giezi quiso adquirir lo que nunca antes había tenido, no sólo no consiguió el don de profecía que hubiera sido suyo recibir de su maestro por sucesión hereditaria, sino que, por el contrario, fue cubierto por la maldición del santo Eliseo con una lepra perpetua: mientras que Judas, queriendo retomar la posesión de la riqueza que antes había desechado cuando siguió a Cristo, no sólo cayó en la traición al Señor y perdió su rango apostólico, sino que tampoco se le permitió cerrar su vida con la suerte común de todos, sino que la terminó con una muerte violenta. Pero Ananías y Safira, reteniendo una parte de lo que antes era suyo, fueron castigados con la muerte por la palabra del Apóstol.

    Capítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto

    VII, 15

    De aquellos, pues, que dicen que han renunciado a este mundo y que después, vencidos por la falta de fe, temen perder sus bienes mundanos, se da místicamente un mandato en el Deuteronomio: «Si alguno tiene miedo y su corazón desfallece, no salga a la guerra; vuélvase y regrese a su casa, no sea que haga desfallecer el corazón de sus hermanos, como él mismo es tímido y está amedrentado.» [] ¿Qué se puede querer más claro que este testimonio? ¿No prefiere claramente la Escritura que no asuman ni siquiera los primeros pasos de esta profesión y de su nombre, antes que con su persuasión y mal ejemplo hagan volver a otros de la perfección del Evangelio y los debiliten con su terror sin fe? Y así se les ordena retirarse de la batalla y volver a sus casas, porque un hombre no puede pelear la batalla del Señor con un corazón doble. Porque «el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.» [] Y pensando, según aquella parábola del Evangelio [], que el que sale con diez mil hombres contra un rey que viene con veinte mil no puede de ninguna manera pelear, deberían, mientras está aún lejos, pedir la paz; es decir, mejor les es no dar siquiera el primer paso hacia la renunciación, antes que después, siguiéndola fríamente, envolverse en peligros aún mayores. Porque «mejor es no hacer voto que hacerlo y no cumplirlo.» Pero finamente se describe al uno como viniendo con diez mil y al otro con veinte. Porque el número de pecados que nos atacan es mucho mayor que el de las virtudes que luchan por nosotros. Pero «nadie puede servir a Dios y a Mammón.» [] Y «nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios.» []

    Capítulo 16. De la autoridad con que se amparan los que se oponen a despojarse de sus bienes

    VII, 16

    Éstos, pues, tratan de defender su avaricia original mediante alguna autoridad de la Sagrada Escritura, que interpretan con vil ingenio, en su deseo de torcer y pervertir para sus propios fines una sentencia del Apóstol o más bien del Señor mismo: y, no adaptando su vida o su entendimiento al sentido de la Escritura, sino haciendo que el sentido de la Escritura se doblegue a los deseos de su propia concupiscencia, tratan de hacerlo corresponder a sus propias opiniones, y dicen que está escrito: «Más bienaventurado es dar que recibir.» [] Y mediante una interpretación totalmente errónea de esto piensan que pueden debilitar la fuerza de aquella sentencia del Señor en la que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.» [] Y piensan que con pretexto de esto no necesitan privarse de sus riquezas: declarando incluso que son más bienaventurados si, sustentados por aquello que originalmente les pertenecía, dan también a otros de su superabundancia. Y mientras rehúyen abrazar con el Apóstol aquel glorioso estado de abnegación por causa de Cristo, no se contentarán ni con el trabajo manual ni con la dieta frugal del monasterio. Y la única cosa es que éstos deben saber o que se engañan a sí mismos y no han renunciado realmente al mundo mientras se aferran a sus riquezas anteriores; o, si realmente y de verdad quieren probar la vida monástica, deben renunciar y abandonar todas estas cosas y no retener nada de aquello a lo que han renunciado, y, con el Apóstol, gloriarse «en hambre y sed, en frío y desnudez.» []

    Capítulo 17. De la renunciación de los apóstoles y de la iglesia primitiva

    VII, 17

    ¡Como si él (quien, por su afirmación de que estaba dotado de los privilegios de ciudadano romano de nacimiento, testifica que no era persona de baja condición según el rango de este mundo) no hubiera podido igualmente ser sustentado por la propiedad que antes le pertenecía! ¡Y como si aquellos hombres que eran poseedores de tierras y casas en Jerusalén y vendieron todo y no retuvieron nada para sí mismos, y trajeron el precio de ellas y lo pusieron a los pies de los apóstoles, no hubieran podido suplir sus necesidades corporales de su propia propiedad, si esto hubiera sido considerado el mejor plan por los apóstoles, o si ellos mismos lo hubieran juzgado preferible! Pero renunciaron a toda su propiedad de inmediato, y prefirieron ser sustentados por su propio trabajo, y por las contribuciones de los gentiles, de cuya colecta habla el santo Apóstol escribiendo a los Romanos, declarándoles su propio oficio en este asunto, e instándolos asimismo a hacer esta colecta: «Pero ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una contribución para los pobres de entre los santos que están en Jerusalén: les pareció bien, y son deudores suyos. Porque si los gentiles han sido hechos partícipes de sus bienes espirituales, deben también ministrarles en los bienes materiales.» [] A los Corintios también muestra la misma ansiedad acerca de esto, y los insta con más diligencia a preparar antes de su llegada una colecta, que pensaba enviar para sus necesidades. «En cuanto a la colecta para los santos, haced vosotros también como ordené a las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo, atesorando lo que bien le parezca, para que cuando yo llegue no se hagan entonces las colectas. Y cuando llegue, a quienes aprobéis por cartas, a ésos enviaré a llevar vuestra gracia a Jerusalén.» Y para estimularlos a hacer una colecta mayor, añade: «Y si conviene que yo también vaya, irán conmigo:» [] es decir, si vuestra ofrenda es de tal carácter que merezca ser llevada allá por mi ministerio. A los Gálatas también testifica que cuando estaba estableciendo la división del ministerio de la predicación con los apóstoles, había arreglado esto con Santiago, Pedro y Juan: que él emprendería la predicación a los gentiles, pero jamás repudiaría el cuidado y el pensamiento ansioso por los pobres que estaban en Jerusalén, quienes por causa de Cristo renunciaron a todos sus bienes y se sometieron a pobreza voluntaria. «Y cuando vieron,» dijo, «la gracia de Dios que me había sido dada, Santiago y Cefas y Juan, que parecían ser columnas, nos dieron a mí y a Bernabé las diestras de compañerismo, para que nosotros predicáramos a los gentiles, y ellos a los de la circuncisión: sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres.» Cosa que él testifica que atendió con sumo cuidado, diciendo: «lo cual también procuré con diligencia hacer yo mismo.» [] ¿Quiénes son, pues, los más bienaventurados: aquellos que apenas hacía poco habían sido recogidos de entre los gentiles, y no pudiendo subir a las alturas de la perfección del Evangelio, se aferraron a su propia propiedad, en cuyo caso el Apóstol consideraba una gran cosa si al menos se abstenían del culto a los ídolos, de la fornicación, de lo estrangulado y de la sangre, [] y habían abrazado la fe de Cristo con sus bienes y todo; o aquellos que viven conforme a las exigencias del Evangelio, y llevan la cruz del Señor cada día, y no desean que nada de su propiedad quede para su propio uso? Y si el bienaventurado Apóstol mismo, atado con cadenas y grillos, o impedido por las dificultades del viaje, y por estas razones no pudiendo proveer con sus manos, como generalmente hacía, para el suministro de su alimento, declara que recibió aquello que suplía sus necesidades de los hermanos que vinieron de Macedonia; «Porque lo que me faltaba,» dice, «lo suplieron los hermanos que vinieron de Macedonia:» [] y a los Filipenses dice: «Y sabéis también vosotros, filipenses, que al principio del Evangelio, cuando salí de Macedonia, ninguna iglesia comunicó conmigo en materia de dar y recibir, sino vosotros solos; porque aun a Tesalónica una y otra vez enviasteis para mis necesidades:» [] (si esto fue así) entonces, según la noción de estos hombres, que han formado en la frialdad de su corazón, ¿serán realmente aquéllos más bienaventurados que el Apóstol, porque se halla que le ministraron de su sustancia? Pero esto nadie se atreverá a afirmarlo, por muy grande necio que sea.

    Capítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo

    VII, 18

    Por tanto, si queremos obedecer el precepto evangélico y mostrarnos seguidores del Apóstol y de toda la Iglesia primitiva, o de los padres que en nuestros días han sucedido a sus virtudes y perfección, no debemos conformarnos con nuestras propias prescripciones, prometiéndonos la perfección desde esta miserable y tibia condición nuestra; sino que, siguiendo sus huellas, de ningún modo hemos de buscar nuestros propios intereses, sino buscar la disciplina y el régimen de un monasterio, para renunciar de verdad a este mundo; no conservando nada de aquellas cosas que hemos despreciado por la tentación de la falta de fe; y debemos procurar nuestro sustento diario, no de reserva alguna de dinero propio, sino de nuestro propio trabajo.

    Capítulo 19. Un dicho de San Basilio, el obispo, dirigido contra Sinclecio

    VII, 19

    Circula un dicho de San Basilio, obispo de Cesarea, dirigido contra cierto Sinclecio que se iba volviendo indiferente con esa tibieza de la que hemos hablado; el cual, aun habiendo profesado renunciar a este mundo, se había reservado para sí algo de sus bienes, no queriendo ser sustentado por el trabajo de sus propias manos, ni adquirir la verdadera humildad con el despojo, con las duras fatigas y con la sujeción del monasterio: «Has», dijo, «echado a perder a Sinclecio, y no has hecho un monje.»

    Capítulo 20. Cuán despreciable es ser vencido por la avaricia

    VII, 20

    Y así, si queremos combatir legítimamente en nuestro combate espiritual, expulsemos también de nuestros corazones a este enemigo peligroso. Pues vencerlo no muestra tanta virtud como es vergonzoso y deshonroso ser vencido por él. Porque cuando uno es vencido por un hombre fuerte, aunque hay dolor en ser derribado y pena por la pérdida de la victoria, sin embargo los vencidos pueden obtener algún consuelo de la fortaleza de su adversario. Pero si el enemigo es una criatura débil y la lucha es endeble, además del dolor por la derrota hay una confusión de carácter más deshonroso, y una vergüenza peor que la pérdida.

    Capítulo 21. Cómo se puede vencer la avaricia

    VII, 21

    Y en este caso la mayor victoria y un triunfo duradero consistirán en que, como se ha dicho, la conciencia del monje no se manche con la posesión de la más pequeña moneda. Pues es imposible que quien, vencido en lo poco, ha admitido una vez en su corazón la raíz del mal deseo, no se inflame al punto con el ardor de un deseo aún mayor. Porque el soldado de Cristo será victorioso y estará seguro, y libre de todos los ataques del deseo, mientras este espíritu malignísimo no implante en su corazón semilla alguna de ese deseo. Por tanto, aunque en el caso de toda clase de vicios debamos vigilar ordinariamente la cabeza de la serpiente, [] en esto sobre todo debemos estar más atentos. Pues si ha sido admitida, crecerá alimentándose de sí misma y encenderá para sí un fuego peor. Y así no sólo debemos guardarnos de la posesión del dinero, sino también expulsar de nuestras almas el deseo de él. Pues no debemos tanto evitar los resultados de la avaricia cuanto cortar de raíz toda inclinación hacia ella. Porque de nada sirve no poseer dinero, si existe en nosotros el deseo de obtenerlo.

    Capítulo 22. Que quien en realidad no tiene dinero puede ser tenido aún por avaro

    VII, 22

    Pues es posible incluso que quien no tiene dinero no esté en modo alguno libre de la enfermedad de la avaricia, y que la bendición de la pobreza no le aproveche, porque no ha podido arrancar de raíz el pecado de la codicia: deleitándose en las ventajas de la pobreza, no en el mérito de la virtud, y contento con la carga de la necesidad, no sin frialdad de corazón. Porque así como la palabra del Evangelio declara de aquellos que no están manchados en el cuerpo que son adúlteros en el corazón; [] así es posible que quienes no están oprimidos en modo alguno por el peso del dinero sean condenados con los avaros en disposición e intención. Pues lo que les faltaba era la ocasión de poseer, y no la voluntad de ello: la cual es siempre coronada por Dios, más bien que la compulsión. Y así debemos poner toda diligencia para que los frutos de nuestros trabajos no se destruyan en vano. Pues es cosa miserable haber soportado los efectos de la pobreza y de la necesidad, pero haber perdido sus frutos por culpa de una voluntad destrozada.

    Capítulo 23. Un ejemplo tomado del caso de Judas

    VII, 23

    ¿Queréis saber con cuánto peligro y daño aquel estímulo, si no ha sido cuidadosamente arrancado de raíz, crecerá para destrucción de su dueño y echará toda clase de ramas de distintos pecados? Mirad a Judas, contado entre el número de los apóstoles, y ved cómo, por no haber aplastado la cabeza mortífera de esta serpiente, ella lo destruyó con su veneno, y cómo, cuando quedó atrapado en las redes de la concupiscencia, lo arrastró al pecado y a una ruina precipitada, de modo que fue persuadido a vender al Redentor del mundo y autor de la salvación de los hombres por treinta monedas de plata. Y jamás habría podido ser empujado a este pecado atroz de la traición si no hubiera estado contaminado por el pecado de la avaricia; ni se habría hecho culpable inicuamente de traicionar al Señor, si no se hubiera acostumbrado antes a robar la bolsa que se le había confiado.

    Capítulo 24. Que la avaricia no puede vencerse sino despojándose uno de todo

    VII, 24

    Este es un ejemplo bastante terrible y claro de esta tiranía, que, una vez que la mente queda hecha prisionera por ella, no le permite guardar ninguna regla de honestidad, ni sentirse satisfecha con ningún aumento de sus ganancias. Pues debemos procurar poner fin a esta locura, no con riquezas, sino despojándonos de ellas. En fin, cuando él (a saber, Judas) recibió la bolsa destinada a la distribución a los pobres, y confiada a su cuidado con este fin, para que al menos se saciara con la abundancia de dinero y pusiera un límite a su avaricia, sin embargo su copiosa provisión sólo estalló en un incentivo aún más codicioso del deseo, de modo que ya estaba dispuesto no sólo a robar la bolsa en secreto, sino a vender al Señor mismo. Porque la locura de esta avaricia no se sacia con cantidad alguna de riquezas.

    Capítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia

    VII, 25

    En fin, el primero de los apóstoles, instruido por estos ejemplos, y sabiendo que quien tiene alguna avaricia no puede refrenarla, y que no puede ponérsele fin con una suma grande o pequeña de dinero, sino sólo con la virtud de la renuncia de todo, castigó con la muerte a Ananías y Safira, mencionados antes, porque habían retenido algo de sus bienes, para que aquella muerte que Judas había encontrado voluntariamente por el pecado de traicionar al Señor, la padecieran también ellos por su avaricia mentirosa. [Hechos v] ¡Cuán de cerca se corresponden el pecado y el castigo en cada caso! En un caso la traición, en el otro la falsedad, fue el resultado de la avaricia. En un caso se traiciona la verdad, en el otro se comete el pecado de mentir. Pues aunque el resultado de sus obras pueda parecer distinto, coinciden en tener un solo y mismo fin. Porque el uno, para escapar de la pobreza, deseaba recuperar lo que había abandonado; los otros, por miedo a empobrecerse, trataron de retener algo de sus bienes, que debieron ofrecer al Apóstol de buena fe o entregar enteramente a los hermanos. Y así en cada caso sigue la sentencia de muerte; porque cada pecado brotó de la raíz de la avaricia. Y así, si contra quienes no codiciaban los bienes ajenos, sino que trataban de ahorrar de los suyos, y no tenían deseo de adquirir, sino sólo el deseo de retener, salió sentencia tan severa, ¿qué hemos de pensar de quienes desean amasar riquezas, sin haber tenido jamás nada propio, y, haciendo alarde de pobreza ante los hombres, ante Dios son convictos de ser ricos por la pasión de la avaricia?

    Capítulo 26. Que la avaricia trae sobre el alma una lepra espiritual

    VII, 26

    Y tales se ven como leprosos en espíritu y corazón, a semejanza de Giezi, quien, deseando las riquezas inciertas de este mundo, quedó cubierto con la mancha de una lepra inmunda, con lo cual nos dejó un claro ejemplo de que toda alma manchada con la mácula de la codicia está cubierta con la lepra espiritual del pecado, y es tenida como impura ante Dios con maldición perpetua.

    Capítulo 27

    Pruebas de la Escritura por las que se enseña a quien aspira a la perfección a no volver a tomar lo que ha entregado y renunciado.

    VII, 27

    Si, pues, por el deseo de la perfección has abandonado todas las cosas y has seguido a Cristo, que te dice: «Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, sígueme,» [] ¿por qué, habiendo puesto la mano en el arado, miras atrás, de modo que serás declarado por la voz del mismo Señor no apto para el reino de los cielos? [] Cuando estás seguro en lo alto del tejado del Evangelio, ¿por qué desciendes a llevarte algo de la casa, de aquellas cosas, a saber, que antes despreciaste? Cuando estás en el campo y trabajas en las virtudes, ¿por qué corres hacia atrás y tratas de vestirte de nuevo con lo que pertenece a este mundo, de lo que te despojaste al renunciar a él? [] Pero si la pobreza te impidió tener algo que entregar, menos aún debes amasar lo que nunca antes tuviste. Pues por la gracia del Señor fuiste preparado para esto, para apresurarte a él más prontamente, no estando estorbado por redes de riqueza. Pero nadie que carezca de esto se desanime; pues no hay nadie que no tenga algo que entregar. Ha renunciado a todas las posesiones de este mundo todo aquel que ha erradicado por completo el deseo de poseerlas.

    Capítulo 28. Que la victoria sobre la avaricia sólo puede alcanzarse despojándose uno de todo

    VII, 28

    Esta es, pues, la victoria perfecta sobre la avaricia: no permitir que quede en nuestro corazón ni el más pequeño destello de ella, pues sabemos que ya no tendremos poder alguno para extinguirla si conservamos en nosotros hasta la más mínima partícula de una chispa de ella.

    Capítulo 29. Cómo puede un monje conservar su pobreza

    VII, 29

    Y sólo podemos conservar intacta esta virtud si permanecemos en un monasterio, y, como dice el Apóstol, teniendo alimento y vestido, estamos contentos con eso. []

    Capítulo 30. Los remedios contra la enfermedad de la avaricia

    VII, 30

    Teniendo, pues, presente la sentencia de Ananías y Safira, temamos retener algo de aquellas cosas que entregamos y juramos abandonar por completo. Temamos también el ejemplo de Giezi, quien por el pecado de avaricia fue castigado con la pena de lepra perpetua. A partir de esto, guardémonos de adquirir aquella riqueza que nunca antes poseímos. Además, temiendo tanto la falta como la muerte de Judas, evitemos con todas nuestras fuerzas volver a tomar algo de aquella riqueza que una vez arrojamos lejos de nosotros. Sobre todo, considerando el estado de nuestra naturaleza débil e inconstante, guardémonos de que el día del Señor venga sobre nosotros como ladrón en la noche, [] y halle nuestra conciencia manchada incluso por una sola moneda; pues esto anularía todos los frutos de nuestra renunciación al mundo, y haría que aquello que fue dicho al rico en el Evangelio se dirigiera también a nosotros por la voz del Señor: «Necio, esta noche se te pedirá el alma; entonces, ¿de quién será lo que has preparado?» [] Y no teniendo cuidado del mañana, no permitamos jamás ser seducidos y apartados de la regla del cenobio.

    Capítulo 31. Que nadie puede vencer la avaricia a menos que permanezca en el cenobio: y cómo puede uno permanecer allí

    VII, 31

    Pero ciertamente no se nos permitirá hacer esto, ni siquiera permanecer bajo la regla de un sistema, a menos que la virtud de la paciencia, que sólo puede brotar de la humildad como de su fuente, esté primero firmemente fijada y establecida en nosotros. Pues la una nos enseña a no turbar a ningún otro; la otra, a soportar con magnanimidad las injurias que se nos ofrecen.
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