Capítulo 1. Del paso de las Instituciones de los monjes al combate contra los ocho vicios principales
V, 1
Este nuestro quinto libro ha de producirse ahora con la ayuda de Dios. Porque después de los cuatro libros que se han compuesto sobre las costumbres de los monasterios, nos proponemos ahora, fortalecidos por Dios mediante vuestras oraciones, acercarnos al combate contra los ocho vicios principales, a saber: primero, Glotonía o los placeres del paladar; segundo, Fornicación; tercero, Codicia, que significa Avaricia o, como más propiamente puede llamarse, amor al dinero; cuarto, Ira; quinto, Abatimiento; sexto, «Acedia», que es pesadez o hastío del corazón; séptimo, [kenodoxía], que significa vana o necia gloria; octavo, soberbia. Y al entrar en esta difícil tarea necesitamos más que nunca vuestras oraciones, oh santísimo papa Castor, para que, en primer lugar, podamos investigar dignamente la naturaleza de estos vicios en todos sus puntos, por más triviales, ocultos u oscuros que sean; luego, explicar con suficiente claridad sus causas; y, en tercer lugar, presentar convenientemente sus curas y remedios.
Comentario editorial · Las ocho faltas y la palabra «acedia»
Aquí Casiano enumera las ocho faltas principales que ocuparán los libros V a XII: gula, fornicación, avaricia, ira, tristeza, acedia, vanagloria y soberbia. Wikipedia atribuye la lista a Evagrio Póntico, del que Casiano habría sido discípulo, y cuenta que Gregorio Magno la redujo hacia 590 a la serie de siete pecados capitales. Gibson, por su parte, lamenta que el inglés «accidie» haya caído en desuso y la define como el desfallecimiento del ánimo producido por el ayuno y otras causas físicas, y luego como pereza espiritual en general; el libro X le está dedicado. Wikipedia ordena la lista de Evagrio con la tristeza antes que la ira, mientras que Casiano pone la ira antes que la tristeza.
Cómo las ocasiones de estos vicios, hallándose en todos, son ignoradas por todos; y cómo necesitamos la ayuda del Señor para ponerlas de manifiesto.
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Y así como las ocasiones de estas pasiones son reconocidas por todos tan pronto como las ponen de manifiesto las enseñanzas de los ancianos, del mismo modo antes de ser reveladas, aunque todos somos vencidos por ellas y existen en cada uno, nadie las conoce. Pero confiamos en poder explicarlas en alguna medida si, por vuestras oraciones, aquella palabra del Señor anunciada por Isaías se aplica también a nosotros: «Iré delante de ti y humillaré a los poderosos de la tierra, quebraré las puertas de bronce y romperé los cerrojos de hierro, y te abriré tesoros escondidos y secretos ocultos» [] — de modo que la palabra del Señor vaya también delante de nosotros y, en primer lugar, humille a los poderosos de nuestra tierra, es decir, a estas mismas pasiones malvadas que deseamos vencer y que reclaman para sí dominio y una tiranía horribilísima en nuestro cuerpo mortal; y las haga ceder a nuestra investigación y explicación, y así, quebrantando las puertas de nuestra ignorancia y rompiendo los cerrojos de los vicios que nos cierran el paso al verdadero conocimiento, nos lleve a lo oculto de nuestros secretos y nos revele a nosotros, que hemos sido iluminados según la palabra del apóstol, «lo oculto de las tinieblas y ponga de manifiesto los designios de los corazones» []; para que, penetrando así con ojos puros del alma en la sucia oscuridad de los vicios, podamos descubrirlos y sacarlos a la luz; y logremos explicar sus ocasiones y naturalezas a quienes están libres de ellos o todavía atados y ligados por ellos, y así, pasando, como dice el profeta, por el fuego de los vicios que terriblemente inflaman nuestras mentes, podamos pasar en seguida también por el agua de las virtudes que los extinguen, ilesos, y, rociados (por así decir) con remedios espirituales, seamos hallados dignos de ser llevados en pureza de corazón a los consuelos de la perfección.
Capítulo 3. Cómo nuestro primer combate debe ser contra el espíritu de la glotonía, es decir, los placeres del paladar
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Así, pues, el primer conflicto en que debemos entrar es contra la glotonía, que hemos explicado como los placeres del paladar; y, en primer lugar, como vamos a hablar del sistema de ayunos y de la calidad de los alimentos, debemos recurrir de nuevo a las tradiciones y costumbres de los egipcios, pues todos saben que contienen una disciplina más avanzada en materia de dominio de sí y un método perfecto de discreción.
Capítulo 4. El testimonio del abad Antonio en el que enseña que cada virtud debe buscarse en aquel que la profesa en grado especial
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Pues es dicho antiguo y excelente del bienaventurado Antonio que, cuando un monje se esfuerza según el plan de la vida monástica por alcanzar las cumbres de una perfección más avanzada y, habiendo aprendido la consideración de la discreción, es ya capaz de sostenerse por su propio juicio y de llegar a la cima misma de la vida anacoreta, de ningún modo debe buscar toda clase de virtudes en un solo hombre, por excelente que sea. Porque uno está adornado con flores de conocimiento; otro está más firmemente fortificado con métodos de discreción; otro está establecido en la dignidad de la paciencia; otro sobresale en la virtud de la humildad; otro en la de la continencia; otro está engalanado con la gracia de la sencillez. Éste supera a todos en magnanimidad; aquél en compasión; otro en vigilias; otro en silencio; otro en fervor en el trabajo. Y por tanto, el monje que desea recoger miel espiritual debe, como abeja diligentísima, chupar la virtud de aquellos que la poseen especialmente, y guardarla con diligencia en el vaso de su propio pecho; y no debe indagar qué le falta a cada uno, sino sólo mirar y recoger la virtud que tenga. Porque si queremos obtener todas las virtudes de una sola persona, con gran dificultad, o acaso nunca, hallaremos ejemplos adecuados para imitar. Pues aunque aún no vemos que Cristo sea ya «todo en todos», como dice el apóstol [], con todo, de este modo podemos hallarle poco a poco en todos. Porque de Él se dice: «El cual nos fue hecho por Dios sabiduría, justicia, santificación y redención» []. Así, pues, mientras en uno se halla sabiduría, en otro justicia, en otro santificación, en otro bondad, en otro castidad, en otro humildad, en otro paciencia, Cristo está por ahora dividido, miembro por miembro, entre todos los santos. Pero cuando todos se reúnan en la unidad de la fe y de la virtud, Él se forma en el «hombre perfecto» [], completando la plenitud de su cuerpo en las coyunturas y propiedades de todos sus miembros. Hasta que llegue aquel tiempo en que Dios será «todo en todos»; por ahora, Dios puede, de la manera que hemos dicho, ser «en todos» por virtudes particulares, aunque todavía no es «todo en todos» por la plenitud de ellas. Pues aunque nuestra religión tiene un solo fin y objeto, hay sin embargo caminos diferentes por los que nos acercamos a Dios, como se mostrará más plenamente en las Conferencias de los Ancianos. Y así debemos buscar un modelo de discreción y continencia más particularmente en aquellos de quienes vemos que esas virtudes fluyen más abundantemente por la gracia del Espíritu Santo; no porque alguien pueda adquirir por sí solo las cosas que están repartidas entre muchos, sino para que, en aquellas buenas cualidades de que somos capaces, avancemos hacia la imitación de quienes especialmente las han adquirido.
V, 5
Así, pues, en cuanto a la manera de ayunar no puede observarse fácilmente una regla uniforme, porque no todos tienen las mismas fuerzas; ni es como las demás virtudes, que se adquieren sólo por la firmeza del ánimo. Y por tanto, como no depende únicamente de la firmeza mental, sino que tiene que ver con las posibilidades del cuerpo, hemos recibido esta explicación que nos ha sido transmitida, a saber: que hay diferencia de tiempo, de modo y de calidad del alimento según la diferencia de condición del cuerpo, de la edad y del sexo; pero que hay una sola y misma regla de templanza para todos en cuanto a la continencia de la mente y a la virtud del espíritu. Porque es imposible que todos prolonguen su ayuno durante una semana, o difieran el tomar alimento durante una abstinencia de dos o tres días. Muchos, agotados por la enfermedad y sobre todo por la vejez, no pueden soportar sin padecer ni siquiera un ayuno hasta la puesta del sol. El alimento poco sustancioso de habas remojadas no sienta bien a todos; ni una dieta parca de legumbres frescas conviene a todos, ni se permite a todos igualmente una comida escasa de pan seco. Uno no se siente satisfecho con dos libras; para otro una comida de una libra, o de seis onzas, es demasiada; pero hay un solo fin y objeto de continencia en todos éstos, a saber: que nadie sea agobiado por la gula más allá de la medida de su apetito. Porque no es sólo la calidad, sino también la cantidad del alimento lo que embota la agudeza de la mente, y cuando el alma, al igual que la carne, queda saciada, enciende el nocivo y ardiente incentivo del vicio.
V, 6
El vientre, cuando está lleno de toda clase de alimentos, engendra semillas de lascivia, y la mente, ahogada por el peso de la comida, no puede conservar la guía y el gobierno de los pensamientos. Pues no sólo la embriaguez del vino suele embriagar la mente, sino que el exceso de toda clase de alimentos la hace débil e incierta y le roba toda su capacidad de contemplación pura y clara. La causa de la ruina y de la lascivia de Sodoma no fue la embriaguez del vino, sino la hartura de pan. Oye al Señor reprender a Jerusalén por el profeta: «¿Pues en qué pecó tu hermana Sodoma, sino en que comió su pan con hartura y abundancia?» []. Y porque con la hartura de pan se inflamaron en deseo incontrolable de la carne, fueron abrasados por el juicio de Dios con fuego y azufre del cielo. Pero si sólo el exceso de pan los arrastró a tan precipitada ruina en el pecado por el vicio de la saciedad, ¿qué pensaremos de aquellos que, con cuerpo vigoroso, se atreven a tomar carne y vino con desenfrenada licencia, tomando no lo que exige la flaqueza corporal, sino lo que sugiere el ansia de la mente?
V, 7
La debilidad corporal no es impedimento para la pureza de corazón, con tal de que se tome tanta comida cuanta exige la debilidad del cuerpo, y no la que pide el placer. Es más fácil hallar hombres que se abstienen por completo de los alimentos que engordan más, que hombres que hagan un uso moderado de lo que se permite a nuestras necesidades; y hombres que se niegan a sí mismos todo por amor a la continencia, que hombres que, tomando alimento con pretexto de debilidad, conservan la justa medida de lo suficiente. Pues la debilidad corporal tiene su gloria de templanza cuando, aun permitiéndose el alimento al cuerpo desfalleciente, el hombre se priva de su refrigerio aunque lo necesite, y sólo se permite la cantidad de comida que el juicio estricto de la templanza juzga suficiente para las necesidades de la vida, y no la que pide el apetito anhelante. Los alimentos más delicados, así como contribuyen a la salud del cuerpo, tampoco destruyen la pureza de la castidad si se toman con moderación. Pues toda fuerza que se gane con participar de ellos se consume en el trabajo y en el desgaste de las preocupaciones. Por lo cual, así como ningún estado de vida puede ser privado de la virtud de la abstinencia, así a ninguno se le niega la corona de la perfección.
V, 8
Y así es una sentencia de los Padres muy verdadera y excelentísima: que el recto método del ayuno y de la abstinencia consiste en la medida de la moderación y de la mortificación corporal; y que éste es el fin de la virtud perfecta para todos por igual, a saber: que, aunque todavía nos veamos forzados a desearlo, ejercitemos sin embargo el dominio propio en lo tocante al alimento que nos vemos obligados a tomar por la necesidad de sustentar el cuerpo. Porque aun cuando uno sea débil de cuerpo, puede alcanzar una virtud perfecta e igual a la de los que son enteramente fuertes y sanos, si con firmeza de ánimo refrena los deseos y las concupiscencias que no provienen de la flaqueza de la carne. Pues dice el Apóstol: «Y no tengáis cuidado de la carne en sus concupiscencias.» [] No prohíbe el cuidado de ella en todos los respectos, sino que dice que no se ha de tener cuidado en lo que atañe a sus deseos y concupiscencias. Corta el regalo excesivo de la carne; no excluye la moderación necesaria para la vida: hace lo primero para que, mimando la carne, no nos veamos envueltos en peligrosos enredos de los deseos; lo segundo, para que el cuerpo no sea dañado por culpa nuestra y no pueda cumplir sus deberes espirituales y necesarios.
V, 9
La perfección, pues, de la abstinencia no ha de deducirse de solos los cálculos del tiempo, ni únicamente de la calidad del alimento, sino ante todo del juicio de la conciencia. Pues cada uno debe imponerse una dieta tan parca como lo requiera el combate de su lucha corporal. La observancia canónica de los ayunos es ciertamente valiosa y debe guardarse por todos los medios. Pero si no va seguida de una participación moderada del alimento, no se podrá llegar a la meta de la perfección. Porque la abstinencia de ayunos prolongados —cuando la sigue la saciedad del cuerpo— produce hastío por un tiempo más bien que pureza y castidad. La perfección del alma depende, en verdad, de la abstinencia del vientre. No tiene pureza ni castidad duraderas quien no se contenta con guardar siempre una dieta equilibrada y moderada. El ayuno, aunque severo, si le sigue una relajación innecesaria, se hace inútil y al punto conduce al vicio de la glotonía. Una razonable provisión de alimento, tomada cada día con moderación, es mejor que un ayuno severo y largo a intervalos. Se sabe que el ayuno excesivo no sólo ha socavado la constancia del alma, sino que también ha debilitado el vigor de las oraciones por el puro cansancio del cuerpo.
Capítulo 10. De que la abstinencia del alimento no basta por sí sola para conservar la pureza corporal y espiritual
V, 10
Para conservar el alma y el cuerpo en perfecto estado no basta la sola abstinencia del alimento, a menos que se le añadan las demás virtudes del alma. Y así, primero debe aprenderse la humildad por la virtud de la obediencia, y el trabajo abrumador y el cansancio corporal. No sólo debe evitarse la posesión del dinero, sino que el deseo de tenerlo debe ser arrancado de raíz por completo. Pues no basta no poseerlo —cosa que a muchos les sucede por necesidad—, sino que debemos, si por casualidad se ofrece, ni siquiera admitir el deseo de tenerlo. Hay que contener la locura de la ira; vencer el semblante abatido del abatimiento; despreciar la vanagloria; pisotear el desdén de la soberbia; y refrenar los pensamientos movedizos y errantes del alma con el recuerdo continuo de Dios. Y las resbaladizas divagaciones de nuestro corazón deben ser traídas de nuevo a la contemplación de Dios tan a menudo como nuestro astuto enemigo, en su empeño por llevar cautiva al alma lejos de esta consideración, se desliza en los más íntimos recovecos del corazón.
Capítulo 11. De que las concupiscencias corporales no se extinguen sino por el total desarraigo del vicio
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Porque es imposible que los ardientes movimientos del cuerpo puedan extinguirse antes de que los incentivos de los otros vicios capitales sean arrancados de raíz por completo; de los cuales hablaremos en su lugar oportuno, si Dios lo permite, por separado, en distintos libros. Pero ahora hemos de tratar de la Glotonía, es decir, del deseo del paladar, contra el cual se libra nuestra primera batalla. Nunca, pues, podrá reprimir los movimientos de una ardiente concupiscencia quien no puede refrenar los deseos del apetito. La castidad del hombre interior se muestra por la perfección de esta virtud. Porque nunca estarás seguro de que pueda luchar contra la oposición de un enemigo más fuerte aquel a quien has visto vencido por otros más débiles en un combate superior. Pues de todas las virtudes la naturaleza es una y la misma, aunque parezcan dividirse en muchas clases y nombres diferentes; así como una sola es la sustancia del oro, aunque parezca distribuirse en muchas joyas diversas según la destreza del orfebre. Y así se demuestra que no posee perfectamente ninguna virtud aquel de quien se sabe que ha fallado en alguna parte de ellas. Pues ¿cómo podemos creer que ha extinguido los ardientes calores de la concupiscencia (los cuales se encienden no sólo por incitación corporal, sino por vicio del alma) aquel que no pudo calmar los agudos aguijones de la ira, que brotan sólo de la destemplanza del corazón? O ¿cómo podemos pensar que ha reprimido los deseos desenfrenados de la carne y del espíritu quien no ha sido capaz de vencer la simple falta de la soberbia? O ¿cómo podemos creer que ha pisoteado un desenfreno arraigado en la carne quien no ha podido renunciar al amor al dinero, que es algo externo y ajeno a nuestra propia sustancia? ¿De qué manera triunfará en la guerra de la carne y del espíritu quien no ha tenido hombría para curar la enfermedad del abatimiento? Por grande que sea una ciudad protegida por la altura de sus muros y la solidez de sus puertas cerradas, queda devastada por la entrega de un solo postigo, por pequeño que sea. Pues ¿qué diferencia hay entre que un enemigo peligroso penetre en el corazón de la ciudad por encima de altos muros y por los anchos vanos de la puerta, o por pasadizos secretos y estrechos?
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«El que lucha en los juegos no es coronado si no ha luchado legítimamente.» [] El que quiere extinguir los deseos naturales de la carne debe ante todo apresurarse a vencer aquellos vicios cuya sede está fuera de nuestra naturaleza. Porque si deseamos poner a prueba la fuerza de la sentencia del Apóstol, debemos aprender primero cuáles son las leyes y cuál la disciplina del combate del mundo, para que finalmente, por comparación con ellas, podamos saber lo que el bienaventurado Apóstol quiso enseñarnos a los que luchamos en un combate espiritual mediante esta imagen. Pues en estos conflictos, que, como dice el mismo Apóstol, ofrecen «una corona corruptible» [] a los vencedores, se guarda esta regla: que aquel que aspira a prepararse para la corona de gloria, la cual está embellecida con el privilegio de la exención, y que está ansioso por entrar en la suprema lucha del certamen, debe primero, en los juegos olímpicos y píticos, dar testimonio de sus aptitudes de joven y de su vigor en sus primeros comienzos; pues en éstos los más jóvenes que quieren ejercitarse en esta disciplina son probados en cuanto a si merecen o deben ser admitidos en ella, por el juicio tanto del presidente de los juegos como de toda la multitud. Y cuando alguien ha sido cuidadosamente puesto a prueba, y primero se ha demostrado que no está manchado por infamia alguna de vida, y luego ha sido juzgado no innoble por el yugo de la esclavitud, y por esta razón indigno de ser admitido a esta disciplina y a la compañía de los que la practican, y cuando en tercer lugar produce pruebas suficientes de su capacidad y destreza, y luchando con los más jóvenes y con sus iguales ha mostrado tanto su habilidad como su valor de joven, y avanzando desde los combates de los muchachos ha sido, por el escrutinio del presidente, admitido a mezclarse con los hombres hechos y de experiencia probada, y no sólo se ha mostrado igual a ellos en valor por el continuo luchar con ellos, sino que también muchas veces se ha llevado entre ellos el premio de la victoria, entonces por fin se le permite acercarse al más ilustre conflicto de los juegos, permiso para luchar en el cual no se concede sino a vencedores y a los que están adornados con muchas coronas y premios. Si entendemos esta imagen de un combate carnal, debemos por comparación con ella conocer cuál es el sistema y el método de nuestro combate espiritual.
Capítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
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También nosotros debemos primero dar testimonio de nuestra libertad respecto a la sujeción a la carne. Pues «de quien uno es vencido, de ése es hecho esclavo.» [] Y «todo el que comete pecado es esclavo del pecado.» [] Y cuando el escrutinio del presidente del certamen halle que no estamos manchados por infamia alguna de concupiscencia vergonzosa, y cuando seamos juzgados por él no esclavos de la carne, e innobles e indignos de la lucha olímpica contra nuestros vicios, entonces podremos entrar en liza contra nuestros iguales, es decir, contra las concupiscencias de la carne y los movimientos y perturbaciones del alma. Porque es imposible que un vientre lleno haga prueba del combate del hombre interior; ni es digno de ser probado en batallas más duras quien puede ser vencido en una escaramuza leve.
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Primero, pues, debemos pisotear los deseos de la glotonía; y para ello el alma ha de ser reducida no sólo por el ayuno, sino también por las vigilias, por la lectura y por la frecuente compunción del corazón por aquellas cosas en las que tal vez recuerda que ha sido engañada o vencida, gimiendo a veces con horror por el pecado, otras veces inflamada con el deseo de la perfección y de la santidad, hasta que esté del todo ocupada y poseída por tales cuidados y meditaciones, y reconozca que la participación del alimento no es tanto una concesión al placer como una carga que se le impone, y la considere más una necesidad del cuerpo que algo deseable para el alma. Y, conservados por este celo del alma y por la continua compunción, abatiremos el desenfreno de la carne (que se vuelve más soberbio y altivo al ser fomentado con el alimento) y su peligrosa incitación, y así, por la abundancia de nuestras lágrimas y el llanto de nuestro corazón, lograremos extinguir el horno ardiente de nuestro cuerpo, encendido por el rey de Babilonia, que continuamente nos provee de ocasiones de pecado y de vicios con los que ardemos más ferozmente, en lugar de nafta y pez, hasta que, por la gracia de Dios, infundida como rocío por su Espíritu en nuestros corazones, los ardores de las concupiscencias carnales puedan quedar del todo amortiguados. Éste es, pues, nuestro primer combate; ésta es, por así decir, nuestra primera prueba en los juegos olímpicos: extinguir los deseos del paladar y del vientre con el anhelo de la perfección. Por lo cual no sólo debemos pisotear todo deseo innecesario de alimento mediante la contemplación de las virtudes, sino que debemos tomar lo necesario para el sustento de la naturaleza no sin ansiedad del corazón, como si fuera contrario a la castidad. Y así, al fin, podremos entrar en la carrera de nuestra vida, de modo que no haya tiempo en que sintamos que nos apartan de nuestros estudios espirituales, salvo cuando nos veamos obligados por la flaqueza del cuerpo a descender al cuidado necesario de éste. Y cuando estemos sujetos a esta necesidad —de atender a las necesidades de la vida antes que a los deseos del alma—, debemos apresurarnos a retirarnos de ella lo antes posible, como si nos apartara de estudios verdaderamente saludables. Porque no podemos en modo alguno despreciar la satisfacción del alimento que se nos presenta, a menos que el alma esté fija en la contemplación de las cosas divinas y esté más bien arrebatada por el amor de la virtud y el deleite de las cosas celestiales. Y así el hombre despreciará todas las cosas presentes como transitorias, cuando haya fijado con seguridad su mirada mental en las cosas inmutables y eternas, y contemple ya en el corazón —aunque todavía en la carne— la bienaventuranza de la vida futura.
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Sucede como cuando uno se esfuerza por alcanzar en lo alto un gran premio de virtud, señalado por una marca muy pequeña; con la más aguda vista dirige la puntería de su dardo, sabiendo que grandes recompensas de gloria y premios dependen de que acierte en ella; y aparta su mirada de toda otra consideración y debe dirigirla allí donde ve que está colocado el premio y la recompensa, porque con toda seguridad perdería el premio de su destreza y la recompensa de su valor si la agudeza de su mirada se desviara por poco que fuera.
De cómo, a la manera de los juegos olímpicos, el monje no debe intentar los combates espirituales si no ha ganado antes las batallas contra la carne.
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Y así, cuando los deseos del vientre y del paladar hayan sido vencidos por estas consideraciones, y cuando hayamos sido declarados, como en los certámenes olímpicos, no esclavos de la carne ni infames por la marca del pecado, seremos juzgados dignos también del combate en luchas superiores y, dejando atrás lecciones de esta índole, se podrá creer que somos capaces de entrar en liza contra las maldades espirituales, contra las cuales sólo los vencedores y los que tienen permitido contender en un combate espiritual son considerados dignos de luchar. Pues éste es, por así decir, el fundamento más sólido de todos los combates, a saber: que en primer lugar deben ser destruidos los impulsos de los deseos carnales. Porque nadie puede luchar legítimamente si no ha vencido su propia carne. Y quien no lucha legítimamente ciertamente no puede tomar parte en el certamen, ni ganar una corona de gloria y la gracia de la victoria. Pero si hemos sido vencidos en esta batalla, habiendo sido probados como esclavos de las concupiscencias carnales, y mostrando así las señales ni de libertad ni de fortaleza, seremos inmediatamente rechazados de los conflictos contra las huestes espirituales, como indignos y como esclavos, con toda marca de confusión. Pues «todo el que comete pecado es esclavo del pecado.» [] Y esto nos será dirigido por el bienaventurado Apóstol, juntamente con aquellos entre quienes se nombra la fornicación. «No os sobrevendrá tentación alguna, sino la humana.» [] Porque si no buscamos la fortaleza del alma, no mereceremos hacer prueba de un combate más severo contra la maldad en lo alto, si no hemos podido subyugar nuestra débil carne que resiste al espíritu. Y algunos, no entendiendo este testimonio del Apóstol, han leído el subjuntivo en lugar del indicativo, es decir: «No os sobrevenga tentación alguna, sino la humana.» Pero es claro que él lo dice más bien con el sentido no de un deseo, sino de una declaración o reprensión.
Capítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
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¿Queréis oír a un verdadero atleta de Cristo que lucha según las reglas y leyes del combate? «Yo», dijo él, «corro, no como a la ventura; peleo, no como quien golpea el aire; sino que castigo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo predicado a otros, venga yo mismo a ser reprobado.» [] Veis cómo hizo depender de sí mismo, es decir, de su carne, la parte principal de la lucha, como de un fundamento segurísimo, y puso el resultado de la batalla simplemente en el castigo de la carne y en la sujeción de su cuerpo. «Yo corro, pues, no como a la ventura.» No corre a la ventura, porque, mirando a la Jerusalén celestial, tiene puesta la meta hacia la que su corazón se dirige velozmente sin desviarse. No corre a la ventura, porque, «olvidando lo que queda atrás, se extiende hacia lo que está delante, prosiguiendo hacia la meta, hacia el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús,» [] adonde dirige siempre su mirada mental, y apresurándose hacia ella con toda la prontitud del corazón, proclama con confianza: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.» [] Y porque sabe que ha corrido incansablemente «tras el olor de los ungüentos» [] de Cristo con pronta devoción del corazón, y ha ganado la batalla del combate espiritual mediante el castigo de la carne, concluye con valentía y dice: «Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día.» Y para abrirnos también a nosotros una esperanza semejante de recompensa, si deseamos imitarlo en la lucha de su carrera, añadió: «Y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida;» [] declarando que seremos partícipes de su corona en el día del juicio, si amamos la venida de Cristo —no sólo aquella que se manifestará a los hombres aun contra su voluntad, sino también ésta que diariamente se realiza en las almas santas— y si alcanzamos la victoria en la lucha castigando el cuerpo. Y de esta venida es de la que habla el Señor en el Evangelio. «Yo», dice Él, «y mi Padre vendremos a él, y haremos morada en él.» [] Y de nuevo: «He aquí, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» []
Del número de los diversos combates y victorias por los cuales el bienaventurado Apóstol ascendió a la corona del combate supremo.
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Pero no quiere decir que sólo ha terminado la carrera de una competición cuando dice «Así corro, no como a la ventura» (frase que se refiere más particularmente a la intención de la mente y al fervor de su espíritu, con que seguía a Cristo con todo celo, clamando con la Esposa: «Correremos en pos de ti, al olor de tus ungüentos»; [] y de nuevo: «Mi alma está apegada a ti»); sino que también da testimonio de que ha vencido en otra clase de lucha, diciendo: «Así peleo, no como quien golpea el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre». Y esto propiamente se refiere a las fatigas de la abstinencia, del ayuno corporal y de la mortificación de la carne; pues con ello da a entender que es un vigoroso combatiente contra su propia carne, y señala que no en vano ha asestado contra ella los golpes de la continencia, sino que ha conseguido el triunfo en la batalla mortificando su propio cuerpo; porque cuando éste es castigado con los golpes de la continencia y derribado con los puños del ayuno, ha asegurado para su espíritu victorioso la corona de la inmortalidad y el premio de la incorrupción. Ved el método ortodoxo del combate y considerad el resultado de los combates espirituales: cómo el atleta de Cristo, habiendo obtenido la victoria sobre la carne rebelde, habiéndola puesto como debajo de sus pies, es llevado adelante como triunfando en lo alto. Y por eso «no corre a la ventura», porque confía en que entrará inmediatamente en la ciudad santa, la Jerusalén celestial. «Así pelea», esto es, con ayunos y humillación de la carne, «no como quien golpea el aire», es decir, no hiere el aire vacío, sino a aquellos espíritus que lo habitan, mediante el castigo de su cuerpo. Pues quien dice «no como quien golpea el aire» muestra que hiere — no al aire vacío y vano, sino a ciertos seres que están en el aire. Y porque había vencido en esta clase de combate, y avanzaba enriquecido con los premios de muchas coronas, no sin razón comienza a entrar en liza contra enemigos todavía más poderosos, y habiendo triunfado de sus rivales anteriores, proclama con valentía y dice: «Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra espíritus de maldad en las regiones celestes». []
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El atleta de Cristo, mientras se halla en el cuerpo, nunca carece de victorias que ganar en los combates; mas en la medida en que crece por los triunfos, tanto más severa es la clase de lucha que se le presenta. Porque cuando la carne está sometida y vencida, ¡qué enjambres de enemigos, qué multitudes de adversarios se levantan incitados por sus triunfos contra el victorioso soldado de Cristo! No sea que, en la tranquilidad de la paz, el soldado de Cristo relaje sus esfuerzos y comience a olvidar las gloriosas luchas de sus combates, y se vuelva perezoso por la ociosidad que produce la ausencia de peligro, y sea defraudado del premio de sus galardones y de la recompensa de sus triunfos. Por eso, si queremos ascender con virtud siempre creciente a estas etapas de triunfo, debemos asimismo entrar en la liza de la batalla y comenzar diciendo con el Apóstol: «Así peleo, no como quien golpea el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre», [] para que, una vez terminado este combate, podamos de nuevo decir con él: «No luchamos contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra espíritus de maldad en las regiones celestes». [] Porque de otro modo no podremos jamás trabar combate con ellos ni merecer hacer prueba de los combates espirituales si quedamos derrotados en un combate carnal y abatidos en la lucha con el vientre; y con razón se dirá de nosotros por el Apóstol en tono de reprensión: «No os ha sobrevenido tentación alguna que no sea común a los hombres». []
De cómo un monje no debe traspasar las horas debidas para tomar alimento, si quiere pasar al combate de los conflictos interiores.
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Un monje, por tanto, que quiera pasar al combate de los conflictos interiores debe imponerse desde el principio esta precaución: a saber, que de ningún modo se permitirá ser vencido por manjar alguno, ni tomar nada de comer o beber antes de terminar el ayuno y llegar la hora debida del refrigerio, fuera de las horas de comida; ni, una vez terminada la comida, se permitirá tomar bocado alguno por pequeño que sea; y asimismo guardará el tiempo y la medida canónica del sueño. Porque aquella complacencia propia debe ser cortada del mismo modo que ha de ser arrancado de raíz el pecado de la impureza. Pues si un hombre no es capaz de refrenar los deseos innecesarios del apetito, ¿cómo podrá extinguir el fuego de la concupiscencia carnal? Y si un hombre no es capaz de dominar las pasiones que son abiertamente manifiestas y pequeñas, ¿cómo podrá con templada discreción luchar contra las que son secretas y lo excitan cuando nadie lo ve? Por eso la fortaleza del ánimo se prueba en cada impulso y en toda clase de pasión; y si es vencida en los deseos muy pequeños y manifiestos, cómo ha de resistir en los verdaderamente grandes, poderosos y ocultos, cada cual debe atestiguarlo con su propia conciencia.
V, 21
Pues no es un enemigo exterior al que hemos de temer. Nuestro enemigo está encerrado dentro de nosotros mismos: una guerra interior se libra diariamente por nosotros; y si en ella vencemos, todas las cosas exteriores se debilitarán, y todo se hará pacífico y sometido para el soldado de Cristo. Ningún enemigo exterior tendremos que temer, si lo que está dentro es vencido y sometido al espíritu. Y no creamos que aquel ayuno exterior de alimentos visibles baste por sí solo para la perfección del corazón y la pureza del cuerpo, si con él no se une también un ayuno del alma. Pues también el alma tiene sus alimentos nocivos, con los cuales, engordando, aun sin superfluidad de manjares, se ve envuelta en la caída de la lascivia. La maledicencia es su alimento, y ciertamente uno que le es muy querido. El arrebato de ira también es su alimento, aunque sea muy leve; y sin embargo le suministra por una hora un miserable sustento, y a la vez lo destruye con su sabor mortífero. La envidia es alimento de la mente, que la corrompe con sus jugos venenosos y no cesa jamás de hacerla desdichada y miserable ante la prosperidad y el éxito ajeno. La kenodoxia, es decir, la vanagloria, es su alimento, que la halaga por un tiempo con una comida deliciosa; pero después la deja despojada y desnuda de toda virtud, y la despide estéril y vacía de todo fruto espiritual, de modo que no sólo le hace perder el premio de los grandes trabajos, sino que le hace incurrir en castigos más graves. Toda concupiscencia y los vagabundeos tornadizos del corazón son una especie de alimento para el alma, que la nutren con manjares nocivos, pero que después la dejan sin parte del pan celestial y del alimento verdaderamente sólido. Si, pues, con todas nuestras fuerzas nos abstenemos de éstos en un santísimo ayuno, la observancia del ayuno corporal será útil y provechosa. Porque el trabajo de la carne, unido a la contrición del espíritu, producirá un sacrificio agradabilísimo a Dios y un digno santuario de santidad en las puras e inmaculadas cámaras íntimas del corazón. Pero si, mientras ayunamos en cuanto al cuerpo, estamos enredados en los vicios más peligrosos del alma, la humillación de la carne de nada nos servirá, mientras la parte más preciosa de nosotros queda manchada: pues erramos por aquella sustancia en virtud de la cual somos hechos santuario del Espíritu Santo. Porque no es tanto la carne corruptible como el corazón limpio lo que se hace santuario de Dios y templo del Espíritu Santo. Debemos, por tanto, siempre que el hombre exterior ayuna, refrenar también al hombre interior de los alimentos que le son nocivos: aquel hombre interior, a saber, que el bienaventurado Apóstol sobre todo nos exhorta a presentar puro ante Dios, para que sea hallado digno de recibir a Cristo como huésped dentro de sí, diciendo: «que habite Cristo por la fe en vuestros corazones en el hombre interior». []
Capítulo 22. Que por esta razón debemos practicar la abstinencia corporal, para alcanzar por ella el ayuno espiritual
V, 22
Y así sabemos que por eso debemos poner atención en la abstinencia corporal, para alcanzar por este ayuno la pureza de corazón. De lo contrario, nuestros trabajos se gastarán en vano, si soportamos esto sin fatiga contemplando el fin, pero no podemos alcanzar el fin por el cual hemos soportado tales pruebas; y habría sido mejor abstenerse de los alimentos prohibidos del alma, que ayunar con el cuerpo de cosas indiferentes e inofensivas, pues en el caso de estas últimas hay una recepción simple e inocente de una criatura de Dios, que en sí misma nada tiene de malo; pero en el caso de las primeras hay desde el primer momento una peligrosa tendencia a devorar a los hermanos; de lo cual se dice: «No ames la detracción, para que no seas desarraigado». [] Y acerca de la ira y de los celos dice el bienaventurado Job: «La ira mata al insensato, y la envidia mata al niño». [] Y al mismo tiempo debe notarse que el que se aíra es considerado insensato, y el que envidia, niño. Pues el primero no sin razón es tenido por insensato, ya que por su propia voluntad se acarrea la muerte, aguijoneado por los aguijones de la ira; y el segundo, mientras envidia, demuestra que es niño y menor de edad, pues al envidiar a otro muestra que aquel por cuya prosperidad se aflige es mayor que él.
V, 23
Debemos, por tanto, escoger para nuestro alimento no sólo lo que modera el ardor de la concupiscencia abrasadora y evita encenderla, sino lo que se prepara con facilidad, lo que es recomendable por su baratura y es apto para la vida de los hermanos y su uso común. Pues la naturaleza de la gula es triple: primero, la que nos obliga a anticipar la hora debida de la comida; luego, la que se deleita en llenar el estómago y en atiborrarse de toda clase de manjares; en tercer lugar, la que se complace en banquetes más refinados y delicados. Y por eso contra ella debe el monje observar una triple vigilancia: primero, debe esperar hasta el tiempo debido para romper el ayuno; segundo, no debe entregarse a la glotonería; tercero, debe contentarse con cualquiera de los alimentos más comunes. Pues todo lo que se toma por encima de lo acostumbrado y del uso común de todos, es marcado por la antigua tradición de los padres como contaminado con el pecado de la vanidad, de la jactancia y de la ostentación. Ni entre aquellos que hemos visto justamente eminentes por su doctrina y discreción, o a quienes la gracia de Cristo ha señalado como luces brillantes para imitación de todos, hemos conocido a ninguno que se haya abstenido de comer el pan que entre ellos se tiene por barato y fácil de obtener; ni hemos visto que ninguno que haya rechazado esta regla y abandonado el uso del pan y adoptado una dieta de legumbres, hierbas o frutas, haya sido contado entre los más estimados, ni siquiera haya adquirido la gracia del conocimiento y de la discreción. Pues no sólo establecen que un monje no debe pedir alimentos que no son acostumbrados para los demás, no sea que su modo de vida quede expuesto públicamente a todos y se haga vano y ocioso, y sea destruido por la enfermedad de la vanidad; sino que insisten en que la común disciplina penitencial de los ayunos no debe ser revelada a la ligera a nadie, sino ocultada y guardada en secreto en lo posible. Pero cuando llegan algunos de los hermanos, disponen que debemos mostrar las virtudes de la bondad y de la caridad, en lugar de observar una abstinencia severa y nuestra estricta regla cotidiana; y no debemos mirar lo que requieren nuestros propios deseos y provecho o el ardor de nuestras apetencias, sino poner delante de nosotros y cumplir gustosamente todo lo que pida de nosotros el refrigerio del huésped o su debilidad.
Capítulo 24. De cómo en Egipto vimos que el ayuno cotidiano se rompía sin escrúpulo a nuestra llegada
V, 24
Cuando habíamos llegado de la región de Siria y habíamos buscado la provincia de Egipto, con deseo de aprender las reglas de los Ancianos, nos asombró la prontitud de corazón con que allí fuimos recibidos, de tal modo que no se observaba regla alguna que prohibiera el refrigerio hasta pasada la hora señalada del ayuno, tal como habíamos sido educados a observar en los monasterios de Palestina; sino que, excepto en los días regulares, miércoles y viernes, dondequiera que íbamos se rompía el ayuno cotidiano. Y cuando preguntamos por qué el ayuno cotidiano era así desatendido por ellos sin escrúpulo, uno de los ancianos respondió: «La ocasión de ayunar siempre está conmigo. Mas, como voy a conduciros por el camino, no puedo teneros siempre conmigo. Y el ayuno, aunque útil y aconsejable, es sin embargo una ofrenda voluntaria. Pero las exigencias del mandato requieren el cumplimiento de una obra de caridad. Así, recibiendo a Cristo en vosotros, debo darle refrigerio; pero cuando os haya despedido, podré compensar la hospitalidad ofrecida por su causa con un ayuno más estricto por mi cuenta. Porque "los hijos del esposo no pueden ayunar mientras el esposo está con ellos"; mas cuando él se haya ido, entonces ayunarán justamente.»
Capítulo 25. De la abstinencia de un anciano que tomó alimento seis veces con tanta parquedad que aún seguía hambriento
V, 25
Cuando uno de los ancianos me instaba a comer un poco más mientras tomaba el refrigerio, y yo dije que no podía, respondió: «Ya he puesto mi mesa seis veces para distintos hermanos que han llegado, y, instando a cada uno, he participado del alimento con él, y aún estoy hambriento; ¿y tú, que ahora participas del refrigerio por primera vez, dices que no puedes comer más?»
V, 26
Hemos visto a otro que vivía solo, el cual declaró que jamás había tomado alimento él solo, sino que, aun cuando durante cinco días seguidos ninguno de los hermanos viniera a su celda, difería constantemente tomar alimento hasta que el sábado o el domingo iba a la iglesia para el oficio y encontraba a algún forastero, a quien traía consigo en seguida a su celda, y junto con él participaba del refrigerio corporal no tanto por razón de sus propias necesidades, cuanto por benevolencia y por causa de su hermano. Y así, como saben que el ayuno cotidiano se rompe sin escrúpulo a la llegada de los hermanos, cuando éstos se van compensan el refrigerio que se ha disfrutado por causa de ellos con una mayor abstinencia, y severamente reparan la recepción aun de muy poco alimento con un castigo más riguroso, no sólo en cuanto al pan, sino también disminuyendo su cantidad acostumbrada de sueño.
V, 27
Cuando el anciano Juan, que era superior de un gran monasterio y de una multitud de hermanos, vino a visitar al anciano Pæsio, que vivía en un vasto desierto, y le preguntó, como a un amigo muy antiguo, qué había hecho durante los cuarenta años en que había estado separado de él y apenas había sido perturbado en su soledad por los hermanos: «Jamás,» dijo, «me ha visto el sol comiendo,» «ni airado,» dijo el otro.
V, 28
Cuando el mismo anciano, como quien está pronto a partir hacia lo suyo, yacía en su último suspiro, y los hermanos estaban de pie alrededor, le rogaban y suplicaban que les dejara, como una especie de legado, algún encargo especial mediante el cual pudieran alcanzar la cumbre de la perfección, más fácilmente por la brevedad del encargo: suspiró y dijo, «Jamás hice mi propia voluntad, ni enseñé a nadie lo que no hubiera hecho yo primero.»
Del abad Machetes, que nunca dormía durante las conferencias espirituales, pero siempre se dormía durante los relatos terrenales.
V, 29
Conocimos a un anciano, de nombre Machetes, que vivía lejos de las multitudes de los hermanos, y obtuvo por sus oraciones diarias esta gracia del Señor: que cuantas veces se celebraba una conferencia espiritual, ya fuera de día o de noche, jamás era vencido por el sueño; pero si alguien intentaba introducir una palabra de detracción o una charla ociosa, se dormía al instante, como si el veneno de la calumnia no pudiera penetrar para contaminar sus oídos.
V, 30
El mismo anciano, cuando nos enseñaba que nadie debe juzgar a otro, dijo que había tres cosas en las que había reprendido y corregido a los hermanos, es a saber: porque algunos se dejaban cortar la úvula, o guardaban una capa en su celda, o bendecían aceite y lo daban a los que vivían en el mundo y lo pedían; y dijo que él mismo había hecho todas estas cosas. Pues habiendo contraído una enfermedad de la úvula, me consumí, dijo, durante tanto tiempo por su debilidad, que al fin me vi obligado por la fuerza del dolor y por la persuasión de todos los ancianos a dejármela cortar. Y también me vi forzado, por causa de esta enfermedad, a guardar una capa. Y también me vi compelido a bendecir aceite y darlo a los que lo pedían — cosa que yo execraba sobre todas las cosas, porque pensaba que procedía de gran presunción de corazón — cuando de repente muchos de los que vivían en el mundo me rodearon, de modo que no podía escapar de ellos de ninguna otra manera, si no me arrancaban con no poca violencia y súplicas que pusiera mi mano sobre un vaso que me ofrecían, y lo signara con la señal de la cruz; y así, creyendo que habían obtenido aceite bendecido, al fin me dejaron ir. Y por estas cosas descubrí claramente que un monje se hallaba en el mismo caso y enredado en las mismas faltas por las que se había atrevido a juzgar a otros. Por tanto, cada uno debe juzgarse sólo a sí mismo, y estar en guardia, con cuidado y circunspección en todas las cosas, para no juzgar la vida y la conducta de los demás, conforme al mandato del Apóstol, «Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Para su propio señor está en pie o cae.» Y esto: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados.» Pues además de la razón de que hemos hablado, también por esta causa es peligroso juzgar de los demás: porque en aquellas cosas en que nos ofendemos — como no conocemos la necesidad o la razón por la cual realmente actúan, ya sea rectamente a los ojos de Dios, o al menos de manera perdonable — se halla que los hemos juzgado temerariamente, y en esto cometemos un pecado no leve, formando de nuestros hermanos una opinión distinta de la que debiéramos.
La reprensión del mismo anciano cuando vio cómo los hermanos se dormían durante las conferencias espirituales, y se despertaban cuando se contaba alguna historia ociosa.
V, 31
El mismo anciano hizo ver con esta prueba que era el diablo quien fomentaba los cuentos ociosos, y se mostraba siempre como enemigo de las conferencias espirituales. Pues cuando estaba discurriendo con algunos de los hermanos sobre asuntos necesarios y cosas espirituales, y vio que estaban abrumados por un sueño profundo, y que no podían apartar de sus ojos el peso del sueño, de repente introdujo un cuento ocioso. Y cuando vio que al instante se despertaban, deleitados con él, y aguzaban los oídos, gimió y dijo, «Hasta ahora estábamos hablando de cosas celestiales y todos vuestros ojos estaban abrumados por un sueño profundo; pero tan pronto como se introdujo un cuento ocioso, todos nos despertamos y sacudimos la somnolencia que nos había vencido. Por tanto, considerad de esto quién es el enemigo de aquella conferencia espiritual, y quién se ha mostrado el inspirador de aquella conversación inútil y carnal. Pues se muestra con toda evidencia que es aquel que, gozándose en el mal, no cesa de fomentar ésta y de oponerse a aquélla.»
V, 32
Ni considero menos necesario relatar este hecho de un hermano que estaba atento a la pureza de corazón, y sumamente ansioso por la contemplación de las cosas divinas. Cuando después de un intervalo de quince años le fueron traídas de su padre y de su madre y de muchos amigos de la provincia del Ponto un gran número de cartas, recibió el enorme paquete de cartas, y revolviendo el asunto en su mente durante algún tiempo, «¿Qué pensamientos,» dijo, «me sugerirá la lectura de éstas, que me incitarán ya a una alegría insensata, ya a una tristeza inútil? Pues ¡cuántos días apartarán la atención de mi corazón de la contemplación que me he propuesto, con el recuerdo de quienes las escribieron! ¡Cuánto tiempo tardará en calmarse la perturbación del ánimo así creada, y qué esfuerzo costará que se restablezca aquel estado anterior de paz, si la mente, una vez movida por la simpatía de las cartas, y recordando las palabras y los rostros de aquellos a quienes ha dejado por tanto tiempo, comienza de nuevo en pensamiento y espíritu a visitarlos, a morar entre ellos y a estar con ellos? Y de nada habrá servido haberlos abandonado en el cuerpo, si uno comienza a mirarlos con el corazón, y readmite y revive aquella memoria que, al renunciar a este mundo, cada uno abandonó, como si estuviera muerto.» Revolviendo esto en su mente, determinó no sólo no leer una sola carta, sino ni siquiera abrir el paquete, por temor de que, a la vista de los nombres de los remitentes, o al recordar su apariencia, pudiera ceder el propósito de su espíritu. Y así lo arrojó al fuego para que se quemara, todo atado tal como lo había recibido, clamando, «Fuera, oh pensamientos de mi casa, quemáos, y no intentéis más llamarme a aquellas cosas de las que he huido.»
V, 33
Conocimos también al abad Teodoro, varón dotado de suma santidad y de perfecto conocimiento no sólo en la vida práctica, sino también en la inteligencia de las Escrituras, que no había adquirido tanto por el estudio y la lectura, o por la educación mundana, como por la sola pureza de corazón: pues apenas podía entender y hablar unas pocas palabras de la lengua griega. Este hombre, cuando buscaba la explicación de alguna cuestión dificilísima, continuaba sin cesar durante siete días y siete noches en oración hasta que descubría por una revelación del Señor la solución de la cuestión propuesta.
De la sentencia del mismo anciano, por la cual enseñaba con qué esfuerzos puede un monje adquirir el conocimiento de las Escrituras.
V, 34
Este hombre, pues, cuando algunos de los hermanos se maravillaban del espléndido resplandor de su conocimiento y le preguntaban sobre ciertos sentidos de la Escritura, dijo que un monje que quisiera adquirir el conocimiento de las Escrituras no debe gastar su trabajo en las obras de los comentadores, sino más bien mantener todos los esfuerzos de su mente y las intenciones de su corazón puestos en purificarse de los vicios carnales: pues cuando éstos son expulsados, al punto los ojos del corazón, como si se quitara el velo de las pasiones, comenzarán como naturalmente a contemplar los misterios de la Escritura: pues no nos fueron declarados por la gracia del Espíritu Santo para que permanecieran desconocidos y oscuros; sino que se tornan oscuros por culpa nuestra, porque el velo de nuestros pecados cubre los ojos del corazón, y cuando éstos son restituidos a su estado natural de salud, la mera lectura de la Sagrada Escritura es por sí sola ampliamente suficiente para contemplar el verdadero conocimiento, y no necesitan la ayuda de los comentadores, así como estos ojos de carne no necesitan enseñanza de ningún hombre para ver, con tal de que estén libres de la oscuridad o de las tinieblas de la ceguera. Por esta razón han surgido tan grandes diferencias y errores entre los comentadores, porque la mayoría de ellos, sin prestar atención alguna a purificar la mente, se precipitan a la obra de interpretar las Escrituras, y en proporción a la densidad o impureza de su corazón forman opiniones que están en desacuerdo y son contrarias entre sí y a la fe, y así son incapaces de recibir la luz de la verdad.
V, 35
El mismo Teodoro vino inesperadamente a mi celda en lo profundo de la noche, buscando con curiosidad paternal lo que yo —siendo como era un anacoreta informe— pudiera estar haciendo solo; y cuando me encontró allí ya, habiendo terminado mi oficio de vísperas, comenzando a refrescar mi cuerpo fatigado, y tendido sobre una estera, suspiró desde el fondo de su corazón, y llamándome por mi nombre, dijo, «¡Cuántos, oh Juan, están a esta hora comunicando con Dios, y abrazándole, y deteniéndole consigo, mientras tú te ves privado de tan gran luz, debilitado como estás por el sueño perezoso!»
Y ya que las virtudes de los padres y la gracia que les fue concedida nos han tentado a desviarnos hacia una historia como ésta, creo oportuno consignar en este volumen un hecho notable de caridad, que experimentamos de la bondad de aquel excelentísimo varón Arquevio, para que la pureza de la continencia injertada en una obra de caridad brille más prontamente, engalanada con una agradable variedad. Pues el deber del ayuno se hace entonces aceptable a Dios, cuando se perfecciona con los frutos de la caridad.
V, 36
Y así, cuando llegamos, siendo aún principiantes, desde los monasterios de Palestina a una ciudad de Egipto llamada Diolcos, y contemplábamos a un gran número de monjes sujetos a la disciplina del cenobio, y formados en aquel excelente sistema de monasterios, que es también el más antiguo, deseábamos también ver con toda sabiduría de corazón otro sistema aún mejor, es a saber: el de los anacoretas, incitados a ello por las alabanzas que de él hacían todos. Pues estos hombres, habiendo vivido primero por muchísimo tiempo en los cenobios, y habiendo aprendido diligentemente todas las reglas de la paciencia y de la discreción, y adquirido las virtudes de la humildad y de la renuncia, y habiendo vencido perfectamente todas sus faltas, para entablar combates temerosísimos con los demonios, penetran en los más profundos recovecos del desierto. Hallando, pues, que hombres de esta clase vivían cerca del río Nilo en un lugar que está rodeado por un lado por el mismo río, y por el otro por la extensión del mar, y forma una isla, habitable sólo por monjes que buscan tales retiros, ya que la salinidad del suelo y la sequedad de la arena la hacen inadecuada para todo cultivo — a estos hombres, digo, nos apresuramos ávidamente, y quedamos fuera de toda medida asombrados de sus trabajos que soportan en la contemplación de las virtudes y su amor a la soledad. Pues se ven acosados por tal escasez incluso de agua, que el cuidado y la exactitud con que la reparten es tal como ningún avaro pondría en conservar y atesorar la clase más preciosa de vino. Pues la traen desde tres millas o aún más lejos del lecho del mencionado río, para todos los usos necesarios; y la distancia, por grande que sea, con montañas de arena en medio, se duplica por la grandísima dificultad de la tarea.
V, 37
Habiendo visto, pues, esto, como estábamos inflamados con el deseo de imitarlos, el susodicho Arquevio, el más famoso entre ellos por la gracia de la bondad, nos introdujo en su celda, y habiendo descubierto nuestro deseo, fingió que quería dejar el lugar y ofrecernos su celda, como si se fuera a ir, declarando que lo habría hecho, aunque no hubiéramos venido. Y nosotros, inflamados con el deseo de permanecer allí, y poniendo fe sin vacilar en las afirmaciones de un hombre tan grande, aceptamos de buen grado, y tomamos su celda con todos sus enseres y pertenencias. Y así, habiendo tenido éxito en su piadoso fraude, dejó el lugar por unos días para procurarse los medios de construir una celda, y después de esto volvió, y con grandísimo trabajo se construyó otra celda. Y después de algún tiempo, cuando vinieron algunos otros hermanos inflamados con el mismo deseo de quedarse allí, los engañó con una falsedad caritativa semejante, y les cedió ésta con todo lo que le pertenecía. Pero él, perseverando infatigablemente en su obra de caridad, se construyó una tercera celda para habitar.
V, 38
Me parece digno de transmitir otro acto caritativo del mismo hombre, para que los monjes de nuestra tierra sean enseñados con el ejemplo de un solo y mismo hombre a mantener no sólo una continencia rigurosa, sino también el afecto más sincero del amor. Pues él, nacido de familia no innoble, siendo aún niño, despreciando el amor de este mundo y de sus parientes, huyó al monasterio que dista casi cuatro millas de la mencionada ciudad, donde pasó toda su vida de tal manera que jamás, en los cincuenta años enteros, entró o vio el pueblo de donde había venido, ni siquiera miró el rostro de ninguna mujer, ni aun el de su propia madre. Mientras tanto, su padre fue sorprendido por la muerte, y dejó una deuda de cien sueldos. Y aunque él mismo estaba enteramente libre de toda molestia, pues había sido desheredado de todos los bienes de su padre, halló sin embargo que su madre era excesivamente molestada por los acreedores. Entonces él, por consideración al deber, moderó en cierto modo aquella severidad evangélica por la cual anteriormente, mientras sus padres eran prósperos, no reconocía poseer padre ni madre en la tierra; y reconoció que tenía madre, y se apresuró a socorrerla en su angustia, sin relajar nada de la austeridad que se había impuesto. Pues permaneciendo dentro del claustro del monasterio, pidió que la tarea de su trabajo habitual fuera triplicada. Y allí, durante todo un año, trabajando noche y día por igual, pagó a los acreedores la debida medida de la deuda asegurada con su fatiga y su trabajo, y alivió a su madre de toda molestia y ansiedad; librándola de la carga de la deuda de tal manera que no permitió que nada de la severidad que se había impuesto se disminuyera con pretexto de necesidad deberosa. Así preservó sus acostumbradas austeridades, sin negar jamás al corazón de su madre la obra que el deber exigía, pues, aunque antes la había desatendido por amor de Cristo, ahora la reconocía de nuevo por consideración al deber.
Capítulo 39. Del artificio de cierto anciano con el cual se procuró algún trabajo al abad Simeón cuando no tenía nada que hacer
V, 39
Cuando un hermano que nos era muy querido, llamado Simeón, varón enteramente ignorante del griego, hubo llegado de la región de Italia, uno de los ancianos, deseoso de mostrarle, por ser forastero, una obra de caridad, con cierto pretexto de que el beneficio era mutuo, le preguntó por qué permanecía ocioso en su celda, infiriendo de ello que no podría permanecer mucho tiempo en ella, tanto a causa de los pensamientos errantes que la ociosidad produce como por su carencia de las cosas necesarias para la vida; sabiendo bien que nadie puede soportar los asaltos que se padecen en la soledad, sino aquel que se contenta con procurarse el alimento por el trabajo de sus manos. Y cuando el otro respondió que no podía hacer ni desempeñar ninguna de las cosas que allí solían hacer los hermanos, salvo escribir con buena letra, si alguien en Egipto quería un libro latino para su uso, entonces aquél, al fin, aprovechó la ocasión para asegurar la tan deseada obra de caridad, bajo pretexto de ser un beneficio mutuo; y le dijo: «De Dios os viene esta ocasión, porque precisamente buscaba a quien me copiase las Epístolas en latín; tengo un hermano atado a los vínculos del servicio militar, docto en la lengua latina, a quien quiero enviar algo de la Escritura para su edificación.» Y así, cuando Simeón aceptó agradecido esto como una ocasión que Dios le ofrecía, también el anciano aprovechó gustoso el pretexto bajo cuyo amparo podía realizar libremente su obra de caridad, y en seguida no sólo le llevó, como cosa de negocio, todo lo que podía necesitar durante un año entero, sino que también le condujo pergamino y todo lo necesario para escribir, y recibió después el manuscrito, que no fue de utilidad alguna (pues en aquellas partes todos eran enteramente ignorantes de esta lengua), y no hizo bien a nadie sino el que resultó de esta industria y de este gran desembolso, ya que el uno, sin vergüenza ni confusión, se procuró el alimento y sustento necesarios con la recompensa de su trabajo y de su labor, y el otro llevó a cabo su bondad y liberalidad como por la compulsión de una deuda: asegurándose para sí una recompensa más abundante, proporcionada al celo con que procuró para su hermano extranjero no sólo el alimento necesario, sino los materiales para escribir y una ocasión de trabajo.
Capítulo 40. De los niños que, llevando unos higos a un enfermo, murieron en el desierto de hambre, sin haberlos probado
V, 40
Pero ya que en la sección en que nos propusimos decir algo acerca del rigor del ayuno y de la abstinencia, parecen haberse entremezclado actos de bondad y obras de caridad, volviendo de nuevo a nuestro designio insertaremos en este pequeño libro un hecho digno de memoria de unos que eran niños en años, aunque no en sus sentimientos. Pues cuando, con gran sorpresa suya, alguien hubo traído al abad Juan, mayordomo en el desierto de Escete, unos higos de Libia Mareotis, como cosa nunca antes vista en aquellas comarcas — (Juan) que tenía la administración de la iglesia en los días del bienaventurado presbítero Pafnucio, por quien le había sido confiada —, al punto los envió por manos de dos muchachos a un anciano que yacía enfermo en las partes más lejanas del desierto, y que vivía a unas dieciocho millas de la iglesia. Y cuando hubieron recibido la fruta y se pusieron en camino hacia la celda del mencionado anciano, perdieron por completo la senda — cosa que allí fácilmente sucede incluso a los ancianos—, pues de repente sobrevino una niebla espesa. Y cuando hubieron vagado todo el día y toda la noche por el yermo desierto, sin senda alguna, sin poder dar con la celda del enfermo, exhaustos al fin por el cansancio del viaje, por el hambre y por la sed, doblaron las rodillas y entregaron sus almas a Dios en el mismo acto de la oración. Y después, cuando hubieron sido buscados durante mucho tiempo por las huellas de sus pisadas, que en aquellas regiones arenosas se imprimen como sobre nieve, hasta que una delgada capa de arena, removida aun por una brisa ligera, las vuelve a cubrir, se halló que habían conservado los higos intactos, tal como los habían recibido; prefiriendo entregar sus vidas antes que su fidelidad al encargo, y perder la vida en la tierra antes que violar los mandatos de su mayor.
Del dicho del abad Macario sobre el comportamiento de un monje como quien ha de vivir largo tiempo, y como quien está a diario a punto de morir.
V, 41
Aún nos queda por presentar una valiosa instrucción del bienaventurado Macario, para que un dicho de tan gran varón cierre este libro de los ayunos y de la abstinencia. Dijo, pues, que un monje debía atender a sus ayunos como si hubiera de permanecer en la carne durante cien años; y refrenar los movimientos del alma, y olvidar las injurias, y aborrecer la tristeza, y despreciar las penas y las pérdidas, como si estuviera a diario a punto de morir. Porque en el primer caso la discreción es útil y propia, pues hace que el monje camine siempre con cuidado bien equilibrado, y no le permite, a causa de un cuerpo debilitado, caer desde las alturas por precipicios peligrosísimos; en el segundo, la magnanimidad es de grandísimo valor, pues le permitirá no sólo despreciar la aparente prosperidad de este mundo presente, sino también no ser aplastado por la adversidad y el dolor, y despreciarlos como asuntos pequeños y mezquinos, puesto que tiene la mirada de su mente fija continuamente allí adonde a diario y a cada instante cree que pronto ha de ser convocado.