De la formación de los que renuncian a este mundo, y del modo en que son instruidos entre los monjes de Tabenna y los egipcios los que son recibidos en los monasterios.
IV, 1
Del sistema canónico de Salmos y oraciones que debe observarse en los oficios diarios en todos los monasterios, pasamos, en el debido curso de nuestra narración, a la formación del que renuncia a este mundo; esforzándonos primero, en cuanto podamos, por abarcar en una breve exposición las condiciones con que pueden ser recibidos en los monasterios los que desean volverse al Señor; añadiendo algunas cosas de la regla de los egipcios, otras de la de los monjes de Tabenna, cuyo monasterio en la Tebaida está mejor provisto en cuanto al número, así como es más estricto en el rigor de su sistema, que todos los demás, pues hay en él más de cinco mil hermanos bajo la regla de un solo Abad; y la obediencia con que toda la multitud de monjes está en todo momento sujeta a un solo Anciano es lo que nadie entre nosotros prestaría a otro ni siquiera por breve tiempo, ni lo exigiría de él.
Comentario editorial · Tabenna y Pacomio
Casiano dice que tomará parte de lo que cuenta de la regla de los monjes de Tabenna. Una nota de Gibson explica que Tabenna (o Tabennæ) era una isla del Nilo donde Pacomio fundó hacia 330 un monasterio floreciente; remite a Sozomeno (Historia eclesiástica III, 14) y recuerda que su regla se tradujo al latín con un prefacio de Jerónimo. La fecha es la de la nota de la edición inglesa y no se contrasta aquí con otras fuentes.
Capítulo 2. Del modo en que entre ellos permanecen los hombres en los monasterios hasta la extrema vejez
IV, 2
Y creo que ante todo debemos tratar de su perseverancia infatigable, de su humildad y de su sujeción —cómo dura tanto tiempo, y por qué sistema se forma, mediante el cual permanecen en los monasterios hasta quedar doblados por la vejez; porque es tan grande que no podemos recordar a ninguno que, habiendo entrado en nuestros monasterios, la haya mantenido sin interrupción siquiera un año: de modo que, cuando hayamos visto el comienzo de su renunciación al mundo, entenderemos cómo sucedió que, partiendo de tal comienzo, alcanzaron tal altura de perfección.
IV, 3
El que busca ser admitido a la disciplina del monasterio, pues, nunca es recibido antes de dar, permaneciendo echado ante las puertas durante diez días o más, muestra de su perseverancia y deseo, así como de humildad y paciencia. Y cuando, postrado a los pies de todos los hermanos que pasan, y de propósito rechazado y despreciado por todos ellos, como si quisiera entrar en el monasterio no por causa de la religión sino porque se veía obligado; y cuando, cubierto además de muchos insultos y afrentas, ha dado prueba práctica de su firmeza, y ha mostrado cómo será en las tentaciones por el modo en que ha soportado la deshonra; y cuando, comprobado así el ardor de su alma, es admitido, entonces averiguan con el mayor cuidado si está contaminado por una sola moneda de sus antiguas posesiones que se le haya quedado pegada. Porque saben que no podrá permanecer mucho tiempo bajo la disciplina del monasterio, ni aprender jamás la virtud de la humildad y de la obediencia, ni contentarse con la pobreza y la vida difícil del monasterio, si sabe que ha guardado escondida aunque sea una suma de dinero por pequeña que sea; sino que, tan pronto como surja alguna perturbación en cualquier ocasión, se lanzará de inmediato fuera del monasterio como una piedra de una honda, impulsado a ello por la confianza en aquella suma de dinero.
Capítulo 4. La razón por la que a los que son recibidos en el monasterio no se les permite traer consigo cosa alguna
IV, 4
Y por estas razones no consienten en recibir de él dinero que haya de emplearse aun para el bien del monasterio: primero, no sea que se infle de arrogancia a causa de esta ofrenda, y así no se digne ponerse al nivel de los hermanos más pobres; y después, no sea que por este orgullo suyo deje de inclinarse a la humildad de Cristo, y así, cuando no pueda perseverar bajo la disciplina del monasterio, lo abandone, y más tarde, cuando se haya enfriado, quiera con mal espíritu recibir y recuperar —no sin pérdida para el monasterio— lo que había aportado en los primeros días de su renunciación, cuando ardía en fervor espiritual. Y que esta regla deba guardarse siempre se lo han enseñado con frecuencia muchos ejemplos. Pues en algunos monasterios donde no se tiene tanto cuidado, algunos que han sido recibidos sin reserva han intentado después, de manera sacrílega, exigir la devolución de aquello que habían aportado y que se había gastado en la obra de Dios.
La razón por la que los que abandonan el mundo, cuando son recibidos en los monasterios, deben despojarse de sus propios vestidos y ser vestidos con otros por el Abad.
IV, 5
[Por lo cual] cada uno, al ser admitido, es despojado de todas sus posesiones anteriores, de modo que ya no se le permite conservar ni siquiera los vestidos que lleva puestos: sino que, en la asamblea de los hermanos, es llevado al medio y despojado de sus propios vestidos, y vestido por las manos del Abad con el vestido del monasterio, para que por esto sepa no sólo que ha sido despojado de todas sus cosas antiguas, sino también que ha depuesto toda soberbia mundana, y ha descendido a la indigencia y pobreza de Cristo, y que en adelante ha de ser sustentado no por riquezas buscadas con las artes del mundo, ni por cosa alguna reservada de su antigua condición de incredulidad, sino que ha de recibir de los fondos santos y sagrados del monasterio sus raciones por su servicio; y que, sabiendo que de allí ha de ser vestido y alimentado y que no tiene nada propio, aprenda, sin embargo, a no andar ansioso por el mañana, según la palabra del Evangelio, y no se avergüence de estar al nivel de los pobres, es decir, del cuerpo de los hermanos, con quienes Cristo no se avergonzó de ser contado, y de llamarse su hermano, sino que más bien se gloríe de que ha sido hecho partícipe de la suerte de sus propios siervos.
Capítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
IV, 6
Pero aquellos vestidos que dejó son entregados al cuidado del mayordomo y guardados hasta que, por diferentes clases de tentaciones y pruebas, puedan reconocer la excelencia de su aprovechamiento, de su vida y de su constancia. Y si ven que puede continuar en ello con el paso del tiempo, y permanecer en aquel fervor con que comenzó, los entregan a los pobres. Pero si hallan que ha incurrido en alguna falta de murmuración, o en la más pequeña desobediencia, entonces le quitan el vestido del monasterio con que había sido revestido, y lo visten de nuevo con sus antiguos vestidos que habían sido confiscados, y lo despiden. Porque no es justo que se vaya con aquellos que había recibido, ni permiten que nadie siga vestido con ellos si lo han visto una vez entibiarse respecto de la regla de su institución. Por lo cual, tampoco se da a nadie la oportunidad de salir abiertamente, a menos que huya como un esclavo fugitivo aprovechando las tinieblas más cerradas de la noche, o sea juzgado indigno de este orden y profesión y deponga el vestido del monasterio y sea expulsado con vergüenza y deshonra ante todos los hermanos.
La razón por la que a los que son admitidos en un monasterio no se les permite mezclarse enseguida con la congregación de los hermanos, sino que primero son encomendados a la hospedería.
IV, 7
Cuando, pues, alguno ha sido recibido y probado por aquella perseverancia de que hemos hablado, y, deponiendo sus propios vestidos, ha sido revestido con los del monasterio, no se le permite mezclarse enseguida con la congregación de los hermanos, sino que se le entrega al cuidado de un Anciano, que habita aparte no lejos de la entrada del monasterio, y a quien se confía el cuidado de los forasteros y huéspedes, y pone toda su diligencia en recibirlos con bondad. Y cuando ha servido allí durante todo un año sin queja alguna, y ha dado pruebas de su servicio para con los forasteros, iniciado así en los primeros rudimentos de la humildad y de la paciencia, y reconocido por la larga práctica en ello, cuando ha de ser admitido desde allí a la congregación de los hermanos, es entregado a otro Anciano, que está puesto sobre diez de los menores, los cuales le son confiados por el Abad, y a los cuales enseña y gobierna conforme al orden que leemos en el Éxodo establecido por Moisés.
Capítulo 8. De las prácticas en que primero se ejercita a los menores para que lleguen a ser diestros en vencer todos sus deseos
IV, 8
Y su solicitud y la parte principal de su instrucción —merced a la cual los menores traídos a él podrán a su tiempo subir a las mayores alturas de la perfección— será enseñarle ante todo a vencer sus propios deseos; y, ejercitándolo en esto con ansia y diligencia, de propósito deliberado procurará darle órdenes que sabe contrarias a su gusto; pues, instruidos por muchos ejemplos, dicen que un monje, y especialmente los más jóvenes, no puede refrenar el deseo de su concupiscencia si no ha aprendido antes por la obediencia a mortificar sus deseos. Y así establecen que quien no ha aprendido primero a vencer sus deseos no puede de ningún modo extirpar la ira o el mal humor, ni el espíritu de fornicación; ni puede conservar la verdadera humildad de corazón, ni la unión duradera con los hermanos, ni una concordia estable y continua; ni permanecer por mucho tiempo en el monasterio.
Capítulo 9. De la razón por la que se ordena a los menores no ocultar al mayor ninguno de sus pensamientos
IV, 9
Con estas prácticas, pues, se apresuran a imprimir e instruir a aquellos a quienes forman, como con el alfabeto y las primeras sílabas, en el camino de la perfección, pues por ellas ven claramente si se fundan en una humildad falsa e imaginaria o en una verdadera. Y, para que puedan llegar fácilmente a esto, se les enseña en seguida a no ocultar por falsa vergüenza ningún pensamiento que les pique en el corazón, sino, tan pronto como surja, a manifestarlo desnudamente al mayor, y, al formar juicio de él, a no fiarse de su propia discreción, sino a creer que es bueno o malo lo que el examen del mayor considere y declare tal. Así resulta que nuestro astuto adversario no puede de ninguna manera engañar a un monje joven e inexperto, ni prevalecer contra su ignorancia, ni con artificio alguno seducir a aquel a quien ve protegido no por su propia discreción sino por la de su mayor, y a quien no puede persuadir a ocultar a su mayor aquellas sugestiones que como dardos encendidos ha lanzado en su corazón; pues el demonio, sutil como es, no puede arruinar ni destruir a un menor si no lo ha inducido, por soberbia o por vergüenza, a ocultar sus pensamientos. Porque establecen como prueba universal y clara de que un pensamiento proviene del diablo el que nos avergoncemos de manifestarlo al mayor.
IV, 10
Luego, la regla se guarda con obediencia tan estricta que, sin el conocimiento y permiso de su superior, los menores no sólo no se atreven a salir de su celda, sino que por propia autoridad no se aventuran a satisfacer sus necesidades comunes y naturales. Y así se apresuran a cumplir sin discusión alguna todo lo que él les ordena, como si les fuera mandado por Dios desde el cielo; de modo que a veces, cuando se les mandan cosas imposibles, las emprenden con tal fe y devoción que se esfuerzan con todas sus fuerzas y sin la menor vacilación por cumplirlas y llevarlas a cabo; y por reverencia a su mayor ni siquiera consideran si el mandato es imposible. Pero de su obediencia omito por ahora hablar más en particular, pues nos proponemos tratarla en su lugar conveniente un poco más adelante, con ejemplos de ella, si por vuestras oraciones el Señor nos lleva a buen término. Pasamos ahora a las demás reglas, omitiendo todo lo que no puede imponerse ni guardarse en los monasterios de este país, como prometimos en nuestro Prefacio; por ejemplo, cómo nunca usan vestidos de lana, sino sólo de algodón, y éstos no dobles, cuyas mudas da cada superior a los diez monjes que están a su cuidado cuando ve que las que llevan están sucias.
IV, 11
Paso también por alto aquel difícil y sublime género de dominio propio, por el cual se considera el mayor lujo que la planta llamada cientomedia, preparada con sal y remojada en agua, se ponga en la mesa para la refección de los hermanos; y otras muchas cosas semejantes, que en este país ni el clima ni la debilidad de nuestra constitución permitirían. Y sólo proseguiré aquellas materias que no pueden ser impedidas por debilidad alguna de la carne ni por la situación del lugar, con tal que ninguna debilidad del espíritu ni frialdad del alma las haga desaparecer.
Capítulo 12. De cómo dejan toda clase de trabajo al oír que alguien llama a la puerta, en su afán de responder al instante
IV, 12
Y así, sentados en sus celdas y entregando sus energías por igual al trabajo y a la meditación, cuando oyen el ruido de alguien que llama a la puerta y golpea en la celda de cada uno, convocándolos a la oración o a algún trabajo, todos salen con ansia de su celda, de modo que quien ejercita el arte de escribir, aunque acabe de comenzar a trazar una letra, no se atreve a terminarla, sino que sale corriendo con la mayor rapidez, en el mismo momento en que el ruido de la llamada llega a sus oídos, sin esperar siquiera a acabar la letra empezada; antes bien, dejando incompletas las líneas de la letra, no busca abreviar y ahorrar su trabajo, sino que se apresura con la mayor seriedad y celo a alcanzar la virtud de la obediencia, la cual no anteponen sólo al trabajo manual y a la lectura y al silencio y a la quietud de la celda, sino incluso a todas las virtudes, de tal manera que consideran que todo debe posponerse a ella, y se contentan con sufrir cualquier incomodidad con tal que se vea que de ningún modo han descuidado esta virtud.
IV, 13
Entre sus demás prácticas me parece que es innecesario siquiera mencionar esta virtud, a saber: que a nadie se le permite poseer una caja o una cesta como propiedad suya particular, ni cosa semejante que pudiera guardar como propia y asegurar con su propio sello, pues bien sabemos que están en todo despojados tan por completo que nada tienen en absoluto excepto su túnica, capa, sandalias, piel de oveja y estera de juncos; pues también en otros monasterios, donde se concede alguna indulgencia y relajación, vemos que esta regla se guarda todavía con el mayor rigor, de modo que nadie se atreve a decir ni con palabras que algo es suyo: y es gran falta si se le escapa de la boca a un monje una expresión como «mi libro,» «mis tablillas,» «mi pluma,» «mi capa,» o «mis sandalias;» y por ello habría de dar satisfacción con una penitencia adecuada, si por casualidad se le escapara de los labios alguna expresión semejante por descuido o ignorancia.
De cómo, aunque por el trabajo de cada uno se reúna una gran cantidad de dinero, nadie se atreve a exceder el límite moderado de lo que se ha señalado como suficiente.
IV, 14
Y aunque cada uno de ellos pueda aportar diariamente con su trabajo y fatiga tan grande ganancia al monasterio que con ella no sólo podría satisfacer sus propias y moderadas necesidades, sino también proveer abundantemente las de muchos, sin embargo de ningún modo se envanece, ni se halaga por su esfuerzo y esta gran ganancia de su labor, sino que, salvo dos panecillos, que allí se venden por apenas tres monedas, nadie piensa que tiene derecho a nada más. Y entre ellos no hay nada (y me avergüenzo de decirlo, y de corazón desearía que fuese desconocido en nuestros propios monasterios) que alguno de ellos reclame, no digo ya de hecho, sino incluso de pensamiento, como propiedad suya particular. Y aunque cree que todo el granero del monasterio forma su sustancia, y, como señor de todo, dedica a todo ello su entero cuidado y energía, sin embargo, para mantener aquel excelente estado de indigencia y pobreza que ha alcanzado y que se esfuerza por conservar hasta el final en perfección ininterrumpida, se considera extranjero y extraño a todas esas cosas, de modo que se conduce como un forastero y peregrino en este mundo, y se tiene por discípulo del monasterio y siervo, en vez de imaginarse señor y dueño de algo.
IV, 15
Ante esto, ¿qué diremos nosotros, miserables, que viviendo en cenobios y establecidos bajo el gobierno y cuidado de un Abad, llevamos sin embargo nuestras propias llaves, y, pisoteando todo sentimiento de vergüenza y deshonra que debería brotar de nuestra profesión, no nos avergonzamos de llevar abiertamente en los dedos anillos con los que sellamos lo que hemos guardado; y en cuyo caso no ya cajas y cestas, sino ni siquiera arcones y armarios bastan para las cosas que recogemos o que reservamos cuando abandonamos el mundo; y que a veces nos enojamos tanto por fruslerías y por puras naderías (a las que sin embargo reclamamos como si fueran nuestras) que si alguien se atreve a poner un dedo sobre alguna de ellas, nos llenamos de tal rabia contra él que no podemos impedir que la ira de nuestro corazón se exprese en los labios y en la agitación corporal? Mas, pasando por alto nuestras faltas y tratando con silencio aquello de lo que es vergonzoso aun hablar, conforme a aquel dicho: «No hablará mi boca de las obras de los hombres,» siguiendo el método de nuestra narración ya comenzada, pasemos a aquellas virtudes que se practican entre ellos y a las que debemos aspirar con toda seriedad; y expongamos breve y apresuradamente las reglas y sistemas reales para que después, llegando a algunos de los hechos y actos de los ancianos que nos proponemos conservar cuidadosamente para el recuerdo, podamos apoyar con los testimonios más firmes lo que hemos expuesto en nuestro tratado, y confirmar todavía más todo lo que hemos dicho con ejemplos y casos de la vida.
IV, 16
Si, pues, alguien rompe por accidente una vasija de barro (que ellos llaman «baucalis»), sólo puede expiar su descuido con penitencia pública; y, cuando todos los hermanos están reunidos para el oficio, debe tenderse en el suelo y pedir absolución hasta que termine el oficio de las oraciones; y la obtendrá cuando por mandato del Abad se le ordene levantarse del suelo. La misma satisfacción debe dar quien, convocado a algún trabajo o al oficio acostumbrado, llega algo tarde, o quien, cantando un Salmo, vacila un poco siquiera. Del mismo modo, si responde innecesariamente o con aspereza o impertinencia, si es negligente en cumplir los servicios que se le han encomendado, si hace una leve queja, si prefiere la lectura al trabajo o a la obediencia y es lento en el cumplimiento de sus deberes señalados, si al terminar el oficio no se apresura a volver en seguida a su celda, si se detiene por brevísimo tiempo con algún otro, si va a cualquier otro lugar aunque sea por un momento, si toma de la mano a otro, si se atreve a tratar cualquier asunto por pequeño que sea con quien no comparte su celda, si ora con uno que está suspendido de la oración, si ve a algunos de sus parientes o amigos del mundo y habla con ellos sin su mayor, si intenta recibir carta de alguien o responder sin licencia de su Abad. Hasta tal punto llega la censura espiritual y en tales asuntos y faltas semejantes. Pero en cuanto a otras cosas que, cuando se cometen indistintamente entre nosotros, también nosotros tratamos como reprensibles, a saber: la disputa abierta, el desprecio manifiesto, las contradicciones arrogantes, el salir libremente y sin freno del monasterio, el trato con mujeres, la ira, las riñas, los celos, las disputas, el reclamar algo como propiedad propia, la infección de la avaricia, el deseo y adquisición de cosas innecesarias que el resto de los hermanos no posee, el tomar alimento entre horas y a escondidas, y cosas semejantes— éstas no se castigan con aquella censura espiritual de que hemos hablado, sino con azotes; o se expían con la expulsión.
De los que introdujeron la costumbre de que se lean las santas Lecciones en los cenobios mientras los hermanos comen, y del estricto silencio que se guarda entre los egipcios.
IV, 17
Pero se nos ha informado de que la costumbre de que, mientras los hermanos comen, se lean las santas lecciones en los cenobios no se originó en el sistema egipcio sino en el capadocio. Y no hay duda de que quisieron establecerla no tanto por el ejercicio espiritual cuanto por poner fin a la conversación innecesaria y ociosa, y especialmente a las discusiones, que tan a menudo surgen en las comidas; pues veían que éstas no podían evitarse entre ellos de ningún otro modo. Porque entre los egipcios, y especialmente entre los de Tabenna, se guarda por todos un silencio tan estricto que cuando tan gran número de hermanos se ha sentado junto a la mesa, nadie se atreve a hablar ni en voz baja, excepto el decano, el cual, si ve que hace falta poner o quitar algo de la mesa, lo indica por una señal más bien que con una palabra. Y mientras comen, la regla de este silencio se observa tan estrictamente que, con las capuchas echadas sobre los párpados (para impedir que sus miradas errantes tengan ocasión de vagar con curiosidad), no pueden ver nada sino la mesa y el alimento que se pone en ella y que toman de ella; de modo que nadie se fija en lo que otro come.
IV, 18
Entre las comidas regulares en común ponen especial cuidado en que nadie presuma halagar su paladar con alimento alguno: de modo que, cuando caminan casualmente por huertos o vergeles, cuando la fruta que cuelga tentadoramente de los árboles no sólo golpea en sus pechos al pasar, sino que también está tendida en el suelo y se ofrece a ser pisoteada, y (estando toda lista para ser recogida) fácilmente podría inducir a quienes la ven a satisfacer su apetito, y, por la ocasión que se les ofrece y la abundancia de la fruta, excitar aun a los más severos y abstemios a desearla; sin embargo, consideran ilícito no ya probar una sola fruta, sino incluso tocarla con la mano, salvo lo que se pone abiertamente en la mesa para la comida común de todos, y lo que suministra públicamente la provisión del mayordomo mediante el servicio de los hermanos, para su disfrute.
IV, 19
Para que no parezca que omitimos alguna de las Instituciones de los cenobios, creo que debe mencionarse brevemente que también en otros países los hermanos prestan un servicio diario. Porque en toda Mesopotamia, Palestina y Capadocia y todo el Oriente los hermanos se suceden por turnos cada semana para el cumplimiento de ciertos deberes, de modo que el número de los que sirven se distribuye según el número total de monjes del cenobio. Y se apresuran a cumplir estos deberes con un celo y una humildad tales como ningún esclavo pone en su servicio ni aun para con el amo más duro y poderoso; de manera que no contentos sólo con estos servicios que se prestan por regla canónica, se levantan de noche por su celo y relevan a aquellos cuyo oficio especial es aquél; y, anticipándose secretamente, intentan acabar los deberes que esos otros habrían de hacer. Pero cada uno de los que emprenden estas semanas está de turno y ha de servir hasta la cena del domingo, y, cuando ésta se ha acabado, su deber de toda la semana queda terminado, de suerte que, cuando todos los hermanos se reúnen para cantar los Salmos (que según costumbre cantan antes de acostarse), aquellos cuyo turno ha terminado lavan los pies de todos por turno, pidiéndoles fielmente la recompensa de esta bendición por su trabajo de toda la semana, para que las oraciones ofrecidas por todos los hermanos juntos los acompañen mientras cumplen el mandato de Cristo, a saber, la oración que intercede por sus ignorancias y por sus pecados cometidos por fragilidad humana, y encomienden a Dios el servicio completo de su devoción como una rica ofrenda. Y así el lunes, después de los himnos de Maitines, entregan a otros que toman su lugar los vasos y utensilios con que han servido, los cuales reciben y guardan éstos con sumo cuidado y ansiedad, para que ninguno de ellos se dañe o destruya, pues creen que aun de los vasos más pequeños han de dar cuenta, como de cosas sagradas, no sólo a un mayordomo presente, sino al Señor, si por casualidad alguno de ellos se daña por su negligencia. Y cuál sea el límite de esta disciplina, y cuánta fidelidad y cuidado hay en mantenerla, podéis verlo por un solo ejemplo que daré. Porque, mientras estamos ansiosos por satisfacer ese fervor vuestro con el que pedís una relación completa de todo, y queréis que incluso lo que ya sabéis perfectamente se os repita en este tratado, tememos también exceder los límites de la brevedad.
IV, 20
Durante la semana de servicio de cierto hermano, el mayordomo, al pasar, vio tiradas en el suelo tres lentejas que se le habían escurrido de la mano al monje encargado de aquella semana, mientras las preparaba apresuradamente para la cocción, juntamente con el agua con que las lavaba; y al punto consultó al abad el asunto; y por éste fue el monje juzgado como ladrón y negligente con los bienes sagrados, y por ello suspendido de la oración. Y la falta de su negligencia sólo le fue perdonada cuando la hubo expiado con penitencia pública. Porque creen no sólo que ellos mismos no se pertenecen, sino también que todo cuanto poseen está consagrado al Señor. Por lo cual, si alguna cosa ha sido una vez introducida en el monasterio, juzgan que debe ser tratada con la mayor reverencia como cosa santa. Y atienden y disponen todas las cosas con gran fidelidad, incluso tratándose de cosas tenidas por insignificantes o consideradas comunes y viles, de modo que si cambian de lugar algo y lo ponen en sitio mejor, o si llenan una vasija de agua, o dan de beber a alguien de ella, o si quitan un poco de polvo del oratorio o de su celda, creen con fe implícita que recibirán del Señor la recompensa.
IV, 21
Se nos ha hablado de hermanos en cuya semana era tanta la escasez de leña que no tenían suficiente para preparar la comida acostumbrada de los hermanos; y cuando por autoridad del abad se ordenó que, hasta que se pudiera traer y acarrear más, se contentaran con alimentos secos, y aunque esto fue aceptado por todos y nadie podía esperar comida cocinada, sin embargo estos hombres, como si se les defraudase del fruto y la recompensa de su trabajo y de su servicio si no preparaban la comida de los hermanos según la costumbre y en el orden de su turno, se imponían a sí mismos un trabajo y un cuidado tan fuera de lo común que en aquellas regiones secas y estériles, donde no se puede procurar leña de ningún modo a menos que se corte de los árboles frutales (pues allí no se hallan matorrales silvestres como entre nosotros), vagan por los anchos desiertos y, atravesando la soledad que se extiende hacia el Mar Muerto, recogen en su regazo y en los pliegues de su vestido los escasos rastrojos y zarzas que el viento arrastra de un lado para otro, y de este modo, con su servicio voluntario, preparan a los hermanos toda la comida acostumbrada, para que nada se vea disminuido de la provisión ordinaria; cumpliendo estos deberes para con sus hermanos con tal fidelidad que, aunque la escasez de leña y la orden del abad serían para ellos una excusa legítima, sin embargo, por mirar a su provecho y recompensa, no quieren aprovecharse de esa libertad.
IV, 22
Estas cosas han sido referidas conforme al sistema, como antes dijimos, de todo el Oriente, el cual también decimos que debe observarse como cosa natural en nuestra propia tierra. Pero entre los egipcios, cuyo principal cuidado es el trabajo, no hay el cambio mutuo del servicio semanal, por temor de que, a causa de las exigencias del oficio, todos pudieran verse impedidos de guardar la regla del trabajo. Sino que a uno de los hermanos más probados se le confía el cuidado de la despensa y de la cocina, y desempeña ese oficio de una vez para siempre, mientras sus fuerzas y sus años lo permitan. Porque no se agota con ningún gran trabajo corporal, ya que entre ellos no se pone gran cuidado en preparar la comida ni en cocinar, pues usan en gran parte alimentos secos y no cocidos; y entre ellos las hojas de puerro cortadas cada mes, la cientomedia, la sal de mesa, las aceitunas y los pececillos salados que llaman sardinas constituyen el mayor manjar.
IV, 23
Y puesto que este libro trata de la formación de quien renuncia a este mundo, mediante la cual, comenzando por la verdadera humildad y la perfecta obediencia, pueda ser capaz de subir también a las cumbres de las demás virtudes, me parece bien consignar, a modo de ejemplo, como prometimos, algunas de las obras de los ancianos por las cuales sobresalieron en esta virtud, escogiendo sólo unas pocas entre muchas, para que, si algunos desean aspirar a cumbres todavía más altas, no sólo reciban de ellas un estímulo hacia la vida perfecta, sino que se les proporcione un modelo de lo que se proponen. Por lo cual, para hacer este libro lo más breve posible, presentaremos y consignaremos dos o tres ejemplos de entre todo el número de los Padres; y, en primer lugar, el del abad Juan, que vivía cerca de Lycon, ciudad de la Tebaida; el cual, por su admirable obediencia, fue ensalzado incluso hasta la gracia de profecía, y fue tan célebre en todo el mundo que por sus méritos se hizo famoso aun entre los reyes de este mundo. Pues aunque, como dijimos, vivía en las regiones más remotas de la Tebaida, el emperador Teodosio no se atrevió a declarar la guerra a los tiranos más poderosos antes de ser animado por sus palabras y respuestas; confiando en ellas como si le hubieran sido traídas del cielo, obtuvo victorias sobre sus enemigos en batallas que parecían desesperadas.
Capítulo 24. Del palo seco que, por mandato de su mayor, el abad Juan no cesaba de regar como si hubiera de crecer
IV, 24
Así, pues, este bienaventurado Juan, desde su juventud hasta la plena y madura edad viril, estuvo sujeto a su mayor mientras éste continuó viviendo en este mundo, y cumplía sus mandatos con tanta humildad que su mismo mayor quedaba completamente atónito de su obediencia; y como quería cerciorarse de si esta virtud provenía de una fe genuina y de una profunda sencillez de corazón, o si era fingida y, por decirlo así, forzada, mostrándose sólo en presencia de quien mandaba, a menudo le imponía muchos mandatos superfluos y casi innecesarios, e incluso imposibles. De los cuales escogeré tres para mostrarlos a quienes desean saber cuán perfecta era su disposición y su sujeción. Pues el anciano tomó de su leñera un palo que antes había sido cortado y preparado para hacer fuego, y que, al no haberse presentado ocasión de cocinar, estaba no sólo seco, sino ya mohoso por el paso del tiempo. Y habiéndolo clavado en tierra ante sus propios ojos, le ordenó traer agua y regarlo dos veces al día, para que con este riego cotidiano echara raíces y volviera a la vida como árbol, tal como era antes, y extendiera sus ramas y ofreciera una vista agradable a los ojos, así como sombra para quienes se sentaran bajo él en el calor del verano. Y esta orden la recibió el joven con su reverencia acostumbrada, sin considerar jamás su imposibilidad, y la cumplió día tras día, de modo que constantemente llevaba agua desde casi dos millas de distancia y no cesaba de regar el palo; y durante todo un año ninguna enfermedad corporal, ninguna solemnidad de las fiestas, ningún negocio necesario (que con razón habría podido excusarlo de cumplir el mandato), y por último ninguna inclemencia del invierno pudo interponerse e impedirle obedecer esta orden. Y cuando el anciano hubo observado a escondidas y sin decir nada este celo suyo durante varios días, y vio que cumplía este mandato suyo con sencilla prontitud de corazón, como si hubiese venido del cielo, sin cambio alguno de semblante ni consideración de su racionalidad— aprobando la no fingida obediencia de su humildad y, al mismo tiempo, compadeciéndose de su penoso trabajo, que con el fervor de su devoción había continuado durante todo un año— se acercó al palo seco, y «Juan,» dijo, «¿ha echado raíces este árbol o no?» Y como el otro dijo que no lo sabía, entonces el anciano, como buscando la verdad del asunto y probando si todavía dependía de sus raíces, arrancó el palo delante de él con una leve remoción de la tierra, y arrojándolo le dijo que en adelante podía dejar de regarlo.
IV, 25
Así, el joven, adiestrado por ejercicios de esta clase, crecía cada día en esta virtud de la obediencia y resplandecía cada vez más con la gracia de la humildad; y cuando el suave olor de su obediencia se difundió por todos los monasterios, algunos de los hermanos, que acudían al anciano para probarlo, o más bien para ser edificados por él, se maravillaban de la obediencia de que habían oído hablar; y entonces el mayor lo llamó de repente, y dijo: «Sube y toma esta redoma de aceite» (que era la única que había en el desierto, y que suministraba una provisión muy escasa del rico líquido para su propio uso y para el de los forasteros) «y arrójala por la ventana.» Y él, volando escaleras arriba cuando fue llamado, la arrojó por la ventana y la lanzó al suelo y la rompió en pedazos, sin pensamiento ni consideración alguna de la insensatez del mandato, ni de sus necesidades diarias y de la debilidad corporal, ni de su pobreza, ni de las pruebas y dificultades del miserable desierto, en el cual, aun teniendo dinero para ello, no se podría procurar ni reponer aceite de aquella calidad una vez perdido.
Capítulo 26. De cómo el abad Juan obedeció a su mayor intentando hacer rodar una enorme piedra, que un gran número de hombres no podía mover
IV, 26
De nuevo, cuando algunos otros deseaban ser edificados con el ejemplo de su obediencia, el mayor lo llamó y dijo: «Juan, corre y haz rodar hasta aquí aquella piedra lo más pronto posible;» y él al instante, aplicando ya el cuello, ya todo el cuerpo, intentaba con todas sus fuerzas hacer rodar una piedra enorme que una gran multitud de hombres no habría podido mover, de tal modo que no sólo sus vestidos quedaban empapados de sudor por sus miembros, sino que la misma piedra era mojada por su cuello; sin ponderar tampoco en esto la imposibilidad del mandato y de la obra, por reverencia al anciano y por la no fingida sencillez de su servicio, pues creía implícitamente que el anciano no podía mandarle nada vano o sin razón.
De la humildad y obediencia del abad Patermucio, que no vaciló en hacer perfecta arrojando a su hijito al río por mandato de su mayor.
IV, 27
Hasta aquí baste haberme referido unas pocas cosas entre muchas acerca del abad Juan; ahora referiré un hecho memorable del abad Patermucio. Pues él, deseoso de renunciar al mundo, permaneció tendido ante las puertas del monasterio durante mucho tiempo, hasta que con su porfiada insistencia logró que —contra todas las reglas de los cenobios— lo recibieran junto con su hijito, que tenía unos ocho años. Y cuando, por fin, fueron admitidos, al punto fueron no sólo encomendados al cuidado de superiores distintos, sino también puestos a vivir en celdas separadas, para que el padre no recordara, por la continua vista del pequeño, que de todas sus posesiones y tesoros carnales, a los que había renunciado y de los que se había despojado, al menos le quedaba su hijo; y para que, así como ya se le había enseñado que ya no era rico, pudiera también olvidar el hecho de que era padre. Y para que se probara más a fondo si estimaba el afecto y el amor por su propia carne y sangre más que la obediencia y la mortificación cristiana (que todos los que renuncian al mundo deben preferir por amor de Cristo), el niño era a propósito descuidado y vestido con harapos en lugar de ropa adecuada; y tan cubierto y desfigurado de suciedad que más bien causaba repugnancia que deleite a los ojos de su padre cada vez que lo veía. Y además, estaba expuesto a golpes y bofetadas de distintas personas, que el padre muchas veces veía infligir sin el menor motivo a su hijo inocente ante sus mismos ojos, de modo que nunca veía sus mejillas sin que estuvieran manchadas por las sucias huellas de las lágrimas. Y aunque el niño era tratado así día tras día delante de sus ojos, sin embargo, por amor de Cristo y por la virtud de la obediencia, el corazón del padre permanecía firme e inconmovible. Porque ya no lo consideraba como hijo suyo, pues lo había ofrecido, junto consigo mismo, a Cristo; ni se preocupaba por las injurias presentes, sino que más bien se alegraba porque veía que eran soportadas, no sin provecho; pensando poco en las lágrimas de su hijo, pero ansioso por su propia humildad y perfección. Y cuando el Superior del cenobio vio la firmeza de su ánimo y su inflexibilidad inconmovible, para probar a fondo la constancia de su propósito, un día, habiendo visto llorar al niño, fingió estar irritado con él y dijo al padre que lo arrojara al río. Entonces él, como si esto le hubiera sido mandado por el Señor, al punto arrebató al niño con la mayor rapidez posible y lo llevó en brazos hasta la orilla del río para arrojarlo. Y en seguida, en el fervor de su fe y de su obediencia, esto se habría llevado a cabo de hecho, si no hubiera sido porque algunos de los hermanos habían sido puestos a propósito para vigilar con mucho cuidado las orillas del río, y cuando el niño fue arrojado, de algún modo lo sacaron del lecho de la corriente e impidieron que el mandato, que en realidad se cumplió por la obediencia y devoción del padre, se consumara en acto y en resultado.
De cómo fue revelado al abad, acerca de Patermucio, que había realizado la obra de Abrahán; y de cómo, habiendo muerto el mismo abad, Patermucio le sucedió en el gobierno del monasterio.
IV, 28
Y la fe y devoción de este hombre fueron tan aceptas a Dios que al punto fueron aprobadas por un testimonio divino. Porque inmediatamente le fue revelado al Superior que, con esta obediencia suya, había imitado la obra del patriarca Abrahán. Y cuando, poco después, el mismo abad del monasterio partió de esta vida a Cristo, lo prefirió a todos los hermanos y lo dejó como sucesor suyo y como abad del monasterio.
Capítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
IV, 29
Tampoco guardaremos silencio acerca de un hermano a quien conocimos, el cual pertenecía a una familia elevada según la dignidad de este mundo, pues era hijo de un padre que era conde y sumamente rico, y había sido bien educado con una formación liberal. Este hombre, cuando abandonó a sus padres y huyó al monasterio, para probar la humildad de su disposición y el ardor de su fe, fue al punto ordenado por su superior que cargara sobre sus hombros diez cestas (que no había necesidad de vender en público) y que las fuera pregonando por las calles para venderlas; con esta condición añadida, para que se le mantuviera más tiempo en el trabajo, a saber: que si alguien quería comprarlas todas juntas, no se lo había de permitir, sino que había de venderlas a los compradores por separado. Y esto lo cumplió con el mayor celo y, pisoteando toda vergüenza y confusión, por amor de Cristo y por causa de su Nombre, se puso las cestas sobre los hombros y las vendió al por menor al precio fijado, y trajo el dinero al monasterio; sin turbarse lo más mínimo por la novedad de un deber tan bajo e insólito, y sin prestar atención a la indignidad de la cosa, al esplendor de su nacimiento ni a la deshonra de la venta, pues aspiraba a alcanzar, por la gracia de la obediencia, aquella humildad de Cristo que es la verdadera nobleza.
De la humildad del abad Pinufio, que dejó un célebre cenobio que presidía como presbítero y, por amor a la sujeción, buscó un monasterio lejano donde pudiera ser recibido como novicio.
IV, 30
Los límites del libro nos obligan a llegar ya al término; pero la virtud de la obediencia, que ocupa el primer lugar entre las demás buenas cualidades, no nos permitirá pasar del todo en silencio los hechos de quienes sobresalieron por ella. Por lo cual, uniendo oportunamente ambas cosas, es decir, atendiendo a la brevedad y también a los deseos y al provecho de los que van en serio, añadiremos un solo ejemplo de humildad, el cual, como no lo dio un novicio sino uno ya perfecto y abad, podrá no sólo instruir a los más jóvenes, sino también incitar a los ancianos, al leerlo, a la virtud perfecta de la humildad. Así vimos al abad Pinufio, que era presbítero de un gran cenobio de Egipto no lejos de la ciudad de Panéfisis, y era tenido por todos en honor y respeto, ya por reverencia a su vida, ya a su edad, ya a su sacerdocio. Y viendo que por esta causa no podía practicar aquella humildad que anhelaba con todo el ardor de su ánimo, ni tenía ocasión de ejercitar la virtud de la sujeción que deseaba, huyó secretamente del cenobio y se retiró solo a las partes más remotas de la Tebaida; allí dejó el hábito de los monjes y vistió un traje secular, y buscó así el cenobio de Tabenna, que sabía ser el más estricto de todos, y en el cual pensaba que no sería reconocido por la lejanía del lugar, o que podría fácilmente permanecer oculto allí a causa del tamaño del monasterio y del número de hermanos. Allí permaneció largo tiempo a la puerta, y como suplicante, a las rodillas de los hermanos, pedía con oraciones insistentes ser admitido. Y cuando al fin, con mucho menosprecio, fue admitido como un anciano débil que había vivido toda su vida en el mundo y que pedía en su vejez entrar en un cenobio cuando ya no podía satisfacer sus pasiones —pues decían que no buscaba esto por religión, sino compelido por el hambre y la necesidad—, le dieron el cuidado y la administración del huerto, pareciéndoles anciano y no especialmente apto para trabajo alguno particular. Y esto lo desempeñaba bajo otro hermano más joven que lo tenía consigo como encomendado, y le estaba tan subordinado y cultivaba con tal obediencia la deseada virtud de la humildad, que cada día realizaba con suma diligencia no sólo todo lo referente al cuidado y administración del huerto, sino también todas aquellas tareas que el otro consideraba duras, humillantes y desagradables. Levantándose también de noche, hacía muchas cosas en secreto, sin que nadie lo viera ni lo supiera, ocultándole las tinieblas de modo que nadie pudiera descubrir al autor de la obra. Y habiendo permanecido allí escondido tres años, y habiendo sido buscado por todas partes por los hermanos en todo Egipto, fue visto por fin por uno que había venido de las regiones de Egipto, pero apenas pudo ser reconocido a causa de la vileza de su vestido y del carácter humilde de la tarea que realizaba. Pues estaba inclinado, cavando la tierra para las hortalizas y llevando estiércol sobre sus hombros y extendiéndolo junto a sus raíces. Al ver esto, el hermano dudó largo tiempo en reconocerlo, pero al fin se acercó, y observando atentamente no sólo su aspecto sino también el tono de su voz, al punto cayó a sus pies. Y al principio, cuantos lo vieron quedaron llenos de grandísimo asombro de que hiciera esto a quien ellos tenían por el más bajo de todos, por ser novicio y haber dejado el mundo hacía poco; pero después quedaron aún más maravillados cuando inmediatamente pronunció su nombre, que también entre ellos era bien conocido por su reputación. Y todos los hermanos, pidiéndole perdón por su anterior ignorancia, pues durante tanto tiempo lo habían contado entre los más jóvenes y los niños, lo devolvieron a su propio cenobio contra su voluntad y entre lágrimas, porque por envidia del diablo había sido defraudado de un modo de vida digno y de la humildad que se gozaba en haber hallado tras larga búsqueda, y porque no había logrado acabar su vida en aquel estado de sujeción que había alcanzado. Y así lo guardaron con sumo cuidado, no fuera que de nuevo se les escapara del mismo modo y huyera también de ellos.
Cómo, una vez devuelto el abad Pinufio a su monasterio, permaneció allí poco tiempo y huyó de nuevo a las regiones de la Palestina siria.
IV, 31
Y habiéndose detenido allí poco tiempo, de nuevo lo acometió el ansia y el deseo de humildad, y aprovechando el silencio de la noche huyó de tal modo que esta vez no buscó una comarca vecina, sino regiones desconocidas, extrañas y separadas por gran distancia. Embarcándose en una nave, logró viajar a Palestina, creyendo que se ocultaría con más seguridad si se retiraba a lugares donde su nombre nunca había sido oído. Y llegado allí, buscó en seguida nuestro propio monasterio, que no distaba mucho de la cueva en la que nuestro Señor se dignó nacer de una virgen. Y aunque se ocultó allí algún tiempo, sin embargo, como «ciudad asentada sobre un monte» [] (por usar la expresión de nuestro Señor), no pudo estar mucho tiempo escondido. Pues al punto algunos de los hermanos que habían venido de Egipto a los santos lugares para orar allí lo reconocieron y lo reclamaron con ardentísimas súplicas a su propio cenobio.
Capítulo 32. La exhortación que el mismo abad Pinufio dirigió a un hermano al que admitió en su monasterio en presencia nuestra
IV, 32
A este anciano, pues, lo buscamos después con diligencia en Egipto porque habíamos tenido trato íntimo con él en nuestro monasterio; y me propongo insertar en esta obra mía una exhortación que dirigió en nuestra presencia a un hermano a quien admitió en el monasterio, porque pienso que puede ser útil. Sabed —dijo— que después de haber estado tantos días tendido a la puerta, hoy vais a ser admitido. Y, para empezar, debéis conocer la razón de la dificultad que se os ha puesto. Porque puede seros de gran provecho en este camino en el que deseáis entrar, si comprendéis su método y os acercáis al servicio de Cristo conforme a él y como debéis.
Cómo, así como se debe una gran recompensa al monje que trabaja según las normas de los padres, del mismo modo debe infligirse castigo al perezoso; y por tanto nadie debe ser admitido en un monasterio con demasiada facilidad.
IV, 33
Pues así como se promete una gloria ilimitada en el más allá a quienes sirven fielmente a Dios y se adhieren a Él según la regla de este sistema, así también aguardan las penas más severas a quienes lo han cumplido con negligencia y tibieza, y no han mostrado ante Él frutos de santidad correspondientes a lo que profesaron o a lo que los hombres creyeron que eran. Porque «mejor es», como dice la Escritura, «que un hombre no haga voto, antes que haga voto y no lo cumpla»; y «maldito el que hace la obra del Señor negligentemente». Por eso fuisteis rechazado por nosotros durante mucho tiempo, no como si no deseáramos con todo nuestro corazón asegurar vuestra salvación y la de todos, ni como si no nos importara salir al encuentro, aun desde lejos, de quienes ansían convertirse a Cristo, sino por temor de que, si os recibiéramos precipitadamente, nos hiciéramos culpables de ligereza ante Dios y os hiciéramos incurrir en un castigo todavía más grave, si, admitido por nosotros con demasiada facilidad sin comprender la responsabilidad de esta profesión, resultarais después desertor o tibio. Por lo cual debéis en primer lugar aprender la verdadera razón de la renunciación al mundo; y, una vez vista ésta, podréis aprender con más claridad lo que debéis hacer, a partir de la razón de la misma.
IV, 34
La renunciación no es sino el testimonio de la cruz y de la mortificación. Y así debéis saber que hoy estáis muerto a este mundo y a sus obras y deseos, y que, como dice el Apóstol, estáis crucificado a este mundo y este mundo a vos []. Considerad, pues, las exigencias de la cruz bajo cuyo signo debéis vivir en adelante en esta vida; porque vos ya no vivís, sino que Él vive en vos, el que fue crucificado por vos []. Debemos, por tanto, pasar el tiempo de esta vida en aquella forma y manera en que Él fue crucificado por nosotros en la cruz, de modo que (como dice David), traspasando nuestra carne con el temor del Señor, tengamos todos nuestros deseos y apetencias no sometidos a nuestras propias concupiscencias, sino clavados a su mortificación. Pues así cumpliremos el mandato del Señor que dice: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» []. Pero quizá diréis: ¿cómo puede un hombre llevar su cruz continuamente? O ¿cómo puede ser crucificado quien está vivo? Oíd brevemente cómo es esto.
IV, 35
El temor del Señor es nuestra cruz. Pues así como el crucificado ya no tiene poder de mover o volver sus miembros a su antojo, así también nosotros debemos fijar nuestros deseos y apetencias, no según lo que ahora nos es agradable y deleitoso, sino según la ley del Señor, allí donde nos constriñe. Y así como el que está clavado al madero de la cruz ya no considera las cosas presentes, ni piensa en sus gustos, ni se turba por la ansiedad y el cuidado del mañana, ni se agita por deseo alguno de posesión, ni se enciende por soberbia, contienda o rivalidad alguna, no se duele de las injurias presentes ni se acuerda de las pasadas, y, mientras aún respira en el cuerpo, se considera muerto a todas las cosas terrenas, enviando por delante los pensamientos de su corazón a aquel lugar adonde no duda que ha de llegar en breve: así también nosotros, crucificados por el temor del Señor, debemos estar realmente muertos a todas estas cosas, es decir, no sólo a los vicios carnales, sino también a todas las cosas terrenas, teniendo fijos los ojos de nuestra mente allí donde esperamos en cada momento pasar pronto. Pues de este modo podemos tener mortificados todos nuestros deseos y afectos carnales.
Capítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
IV, 36
Guardaos, pues, no sea que en algún momento toméis de nuevo algo de aquello que renunciasteis y abandonasteis, y, contra el mandato del Señor, volváis del campo de la labor evangélica, y se os halle habiéndoos vestido de nuevo el manto que os habíais quitado []; ni recaigáis en los bajos y terrenos apetitos y deseos de este mundo, y, desafiando la palabra de Cristo, descendáis de la cima de la perfección y os atreváis a tomar de nuevo algo de lo que habéis renunciado y abandonado. Guardaos de recordar algo de vuestros parientes o de vuestros antiguos afectos, y de ser llamados de nuevo a los cuidados y ansiedades de este mundo, y (como dice nuestro Señor) de que poniendo la mano en el arado y mirando atrás seáis hallados indignos del reino de los cielos []. Guardaos no sea que en algún momento, cuando hayáis comenzado a penetrar en el conocimiento de los Salmos y de esta vida, os vayáis poco a poco ensoberbeciendo y penséis en reavivar aquella soberbia que ahora, al comienzo, habéis pisoteado con el ardor de la fe y en plenísima humildad; y así (como dice el Apóstol), reedificando las cosas que habíais destruido, os hagáis prevaricadores []. Sino procurad más bien perseverar hasta el fin en aquel estado de desnudez que profesasteis a la vista de Dios y de sus ángeles. En esta humildad y paciencia, con la que perseverasteis diez días ante las puertas y suplicasteis con muchas lágrimas ser admitidos en el monasterio, no debéis sólo continuar, sino crecer y avanzar. Porque es harto malo que, cuando deberíais ser llevados desde los rudimentos y comienzos hacia la perfección, comencéis a recaer de estas cosas a otras peores. Pues no quien comienza estas cosas, sino quien persevera en ellas hasta el fin, será salvo [].
Capítulo 37. Cómo el diablo siempre acecha nuestro fin, y cómo debemos vigilar continuamente su cabeza
IV, 37
Porque la serpiente sutil está siempre «acechando nuestro calcañar», es decir, está al acecho del fin y se esfuerza por hacernos tropezar hasta el término de nuestra vida. Y por eso de nada servirá haber hecho un buen comienzo y haber dado con fervor el primer paso hacia la renunciación al mundo, si un fin correspondiente no lo corona y concluye igualmente, y si la humildad y la pobreza de Cristo, que ahora habéis profesado en su presencia, no son conservadas por vos hasta el fin de vuestra vida, tal como al principio se aseguraron. Y para que logréis hacer esto, «vigilad siempre su cabeza», es decir, el primer surgir de los pensamientos, llevándolos al punto a vuestro superior. Pues así aprenderéis a «aplastar» sus peligrosos comienzos, si no os avergonzáis de descubrir a vuestro superior cualquiera de ellos.
Capítulo 38. De la preparación del renunciante contra la tentación, y de los pocos que son dignos de imitación
IV, 38
Por lo cual, como dice la Escritura: «cuando vayas a servir al Señor, mantente en el temor del Señor y prepara tu alma» [], no para el reposo, la negligencia o los deleites, sino para las tentaciones y las tribulaciones. Pues «por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios». Porque «estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan». Considerad, por tanto, que pertenecéis a los pocos y elegidos; y no os enfriéis siguiendo los ejemplos de la tibieza de muchos, sino vivid como los pocos, para que con los pocos seáis dignos de un lugar en el reino de Dios; pues «muchos son los llamados, mas pocos los escogidos», y es «un pequeño rebaño al que el Padre se complace en dar» una herencia. Debéis, pues, comprender que no es pecado leve que quien ha hecho profesión de perfección siga lo imperfecto. Y a este estado de perfección podéis llegar por los siguientes pasos y del modo siguiente.
Capítulo 39. Del modo como subiremos hacia la perfección, por el cual después podremos ascender desde el temor de Dios hasta el amor
IV, 39
El «comienzo» de nuestra salvación y su salvaguardia es, como dije, «el temor del Señor» []. Pues por él, quienes se ejercitan en el camino de la perfección pueden obtener un principio de conversión, así como la purificación de los vicios y la firmeza en la virtud. Y cuando éste ha penetrado en el corazón del hombre, produce el desprecio de todas las cosas y engendra el olvido de los parientes y el horror del mundo mismo. Mas por el desprecio y la pérdida de todos los bienes se alcanza la humildad. Y la humildad se acredita por estas señales: primera, si el hombre tiene mortificados todos sus deseos; segunda, si no oculta a su superior ninguna de sus acciones ni siquiera de sus pensamientos; tercera, si no pone confianza en su propia opinión, sino toda en el juicio de su superior, y escucha con avidez y de buena gana sus instrucciones; cuarta, si mantiene en todo obediencia, mansedumbre y paciencia constante; quinta, si no sólo no daña a nadie, sino que tampoco se irrita ni se enoja por las injurias que se le hacen a él; sexta, si nada hace y nada emprende a lo que no le mueva la Regla común o el ejemplo de nuestros mayores; séptima, si se contenta con el lugar más bajo posible y se considera como mal obrero e indigno en todo cuanto se le ordena; octava, si no sólo profesa exteriormente con los labios que es inferior a todos, sino que realmente lo cree en lo más íntimo de su corazón; novena, si gobierna su lengua y no es demasiado hablador; décima, si no se altera fácilmente ni es demasiado pronto a la risa. Pues por estas señales y otras semejantes se reconoce la verdadera humildad. Y una vez que ésta ha sido genuinamente asegurada, al punto os conduce por un escalón aún más alto al amor que no conoce temor []; y por él comenzáis, sin esfuerzo alguno y como naturalmente, a guardar todo lo que antes observabais no sin temor del castigo; ya no por consideración al castigo ni por temor del mismo, sino por amor de la bondad misma y por deleite en la virtud.
Capítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
IV, 40
Y para que más fácilmente llegues a esto, los ejemplos de vida perfecta de uno que mora en la congregación, que puedas imitar, deben buscarse en muy pocos o, mejor, en uno o dos solamente y no en demasiados. Porque aparte de que una vida probada, refinada y purificada sólo se halla en pocos, se gana también esto, a saber: que un hombre es más cabalmente instruido y formado por el ejemplo de una persona hacia la perfección que se propone, a saber, la de la vida cenobítica.
IV, 41
Y para que puedas alcanzar todo esto y permanecer continuamente sujeto a esta regla espiritual, debes observar estas tres cosas en la congregación, a saber: que, como dice el salmista: «Fui como sordo y no oí, y como mudo que no abre su boca; y me volví como hombre que no oye, y en cuya boca no hay reproches,» así también tú has de andar como sordo y mudo y ciego, de modo que —dejando aparte la contemplación de aquel a quien justamente has elegido como modelo de perfección— seas como un ciego y no veas ninguna de las cosas que halles poco edificantes, ni te dejes influir por la autoridad o la moda de quienes hacen esas cosas, y te entregues a lo peor, a lo que antes condenaste. Si oyes a alguno desobediente, insubordinado, o que menosprecia a otro, o que hace algo distinto de lo que se te enseñó, no debes extraviarte ni dejarte arrastrar por semejante ejemplo a imitarlo; antes bien, «como un sordo,» como si nunca lo hubieras oído, debes pasarlo todo por alto. Si se te infieren injurias a ti o a otro, o se cometen agravios, permanece inmóvil y, en lo que toca a responder devolviendo el golpe, calla «como mudo,» cantando siempre en tu corazón este verso del salmista: «Dije: Guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua. Puse una guarda en mi boca cuando el pecador se puso delante de mí. Enmudecí y fui humillado y guardé silencio aun de las cosas buenas.» Pero cultiva sobre todo esta cuarta cosa, que adorna y da gracia a las tres de que hemos hablado antes, a saber: hazte, como ordena el apóstol, [] necio en este mundo para llegar a ser sabio, no ejerciendo discriminación ni juicio propio en nada de lo que se te mande, sino mostrando siempre obediencia con toda sencillez y fe, y teniendo por santo, útil y sabio únicamente aquello que la ley de Dios o la decisión de tu superior te declara serlo. Porque edificado sobre tal sistema de instrucción, podrás perseverar para siempre bajo esta disciplina y no caerás fuera del monasterio por causa de ninguna tentación ni asechanza del enemigo.
Cómo un monje no debe buscar la bendición de la paciencia en su propio caso como resultado de la virtud de otros, sino más bien como consecuencia de su propia longanimidad.
IV, 42
Por tanto, no debes esperar en tu caso la paciencia de la virtud de otros, pensando que sólo podrás asegurarla cuando no te irrite nadie (pues no está en tu poder impedir que esto suceda); sino que más bien debes esperarla como consecuencia de tu propia humildad y longanimidad, la cual sí depende de tu propia voluntad.
IV, 43
Y para que todas estas cosas, que han sido expuestas en un discurso algo extenso, se graben más fácilmente en tu corazón y se adhieran a tus pensamientos con toda tenacidad, haré un resumen de ellas para que puedas aprender de memoria todas las etapas gracias a su brevedad y concisión. Oye, pues, en pocas palabras cómo puedes subir a las cumbres de la perfección sin esfuerzo ni dificultad. «El principio» de nuestra salvación y «de la sabiduría» es, según la Escritura, «el temor del Señor.» Del temor del Señor nace la compunción saludable. De la compunción del corazón brota la renuncia, es decir, la desnudez y el desprecio de todas las posesiones. De la desnudez se engendra la humildad; de la humildad, la mortificación de los deseos. Mediante la mortificación de los deseos se extirpan y decaen todos los vicios. Al expulsar los vicios brotan y aumentan las virtudes. Por el brotar de las virtudes se alcanza la pureza de corazón. Por la pureza de corazón se adquiere la perfección del amor apostólico.