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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia

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    TEXTOS — LATÍN POST-NICENO

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    Instituciones cenobíticas

    419–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF52 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 8 · Libro XPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De la Túnica del Monje
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6. De sus Esclavinas
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro II
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cómo el hecho de que el número de los salmos hubiera de ser doce fue recibido de la enseñanza de un ángel
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. De la oración que sigue al Salmo
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 16. Cómo a nadie se le permite orar con quien ha sido suspendido de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro III
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minDe cómo el oficio de Maitines no fue instituido por antigua tradición, sino que comenzó en nuestros propios días por una razón determinada
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cómo se llegó a ayunar el sábado en la ciudad
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro IV
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. La razón por la que el mayordomo conserva los vestidos de los renunciantes con los que entraron en el monasterio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11. Del género de alimento que entre ellos se tiene por mayor delicadeza
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. De las reglas para las diversas reprensiones
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20. De las tres lentejas que halló el mayordomo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 25. De la única vasija de aceite que el abad Juan arrojó por mandato de su mayor
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la obediencia de un hermano que, por mandato del abad, llevaba en público diez cestas y las vendía al por menor
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Cómo de nada nos sirve la renunciación al mundo si volvemos a enredarnos en las cosas que hemos renunciado
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 40. Que el monje no ha de buscar ejemplos de perfección en muchos, sino en uno o en muy pocos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro V
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que una y la misma regla de ayuno no puede ser observada por todos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la medida de la mortificación que ha de emprenderse, y del remedio del ayuno
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De que no podemos entrar en la batalla del hombre interior si no hemos sido liberados del vicio de la glotonía
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. De que el fundamento y la base del combate espiritual deben ponerse en la lucha contra la glotonía
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Cuál debe ser la índole del alimento del monje
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 28. La lección y el ejemplo que el abad Juan dejó a sus discípulos al morir
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la solución de una cuestión que el abad Teodoro obtuvo por la oración
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 38. El mismo Arquevio pagó una deuda de su madre con el trabajo de sus propias manos
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 41
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la fuente de la que brota la avaricia, y de los males de los que ella misma es madre
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 10
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la diferencia entre quien renuncia mal al mundo y quien no renuncia en absoluto
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que si queremos imitar a los apóstoles no debemos vivir según nuestras propias prescripciones, sino seguir su ejemplo
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. De las muertes de Ananías y Safira, y de Judas, que padecieron por el impulso de la avaricia
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 5. Cuán sereno debe ser un monje
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 11. De aquellos a cuya ira ni siquiera la puesta del sol pone límite
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 21
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que las turbaciones no nos las causan las faltas ajenas, sino las nuestras
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro X
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro XII
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que los incentivos de todos los pecados brotan de la soberbia
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 10. Que nadie puede alcanzar la virtud perfecta y la bienaventuranza prometida por su sola fuerza
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. De quiénes podemos aprender el camino de la perfección
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 18. Cómo somos protegidos por la gracia de Dios no sólo en nuestra condición natural, sino también por su providencia diaria
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que toda alma soberbia está sujeta a la maldad espiritual para ser engañada por ella
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 28. Sobre la soberbia de cierto hermano
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 33. Remedios contra el mal de la soberbia

    Libro X

    Capítulo 1. De cómo nuestro sexto combate es contra el espíritu de acidia, y cuál es su carácter

    X, 1

    Nuestro sexto combate es contra lo que los griegos llaman [ἀκηδία], que podemos traducir por tedio o angustia del corazón. Esta se asemeja al abatimiento, y es especialmente molesta para los solitarios, y un enemigo peligroso y frecuente de los moradores del desierto; y perturba sobre todo al monje hacia la hora sexta, como una fiebre que lo asalta a horas determinadas, trayendo el ardor abrasador de sus ataques al enfermo a las horas usuales y regulares. Por último, hay algunos de los ancianos que declaran que este es el «demonio del mediodía» de que se habla en el salmo nonagésimo.
    Comentario editorial · El demonio del mediodía
    Casiano da como opinión de algunos ancianos que la acedia es el «demonio del mediodía» del Salmo 90 (91 en la numeración hebrea), versículo 6. Gibson observa en nota que la Vulgata, siguiendo la Septuaginta (δαιμονίου μεσημβρινοῦ), lee «demonio meridiano», frente a «la destrucción que devasta a mediodía» de las versiones inglesas. Casiano sigue, pues, la lectura latina; la relación del pasaje con el mediodía y con la hora sexta es de esos ancianos, no una afirmación suya.

    Capítulo 2. Descripción de la acidia, del modo en que se desliza sobre el corazón de un monje, y del daño que inflige al alma

    X, 2

    Y cuando esta se ha apoderado de algún alma desdichada, produce aversión al lugar, disgusto por la celda, y desdén y desprecio de los hermanos que moran con él o a poca distancia, como si fueran negligentes o poco espirituales. Hace también al hombre perezoso y tardo para toda clase de trabajo que ha de hacerse dentro del recinto de su dormitorio. No le permite permanecer en su celda, ni poner diligencia alguna en la lectura, y a menudo gime porque no puede hacer ningún bien mientras permanece allí, y se queja y suspira porque no puede dar fruto espiritual alguno mientras está unido a aquella compañía; y se queja de que está privado del provecho espiritual, y de que no es de utilidad alguna en el lugar, como si fuera uno que, aunque pudiera gobernar a otros y ser útil a un gran número de personas, no edificara a nadie ni aprovechara a ninguno con su enseñanza y doctrina. Exalta los monasterios lejanos y los que están a gran distancia, y describe tales lugares como más provechosos y mejor dispuestos para la salvación; y además pinta el trato con los hermanos de allí como dulce y lleno de vida espiritual. Por otra parte, dice que todo lo que lo rodea es áspero, y no sólo que no hay nada edificante entre los hermanos que se detienen allí, sino que incluso el alimento para el cuerpo no puede conseguirse sin gran dificultad. Finalmente, imagina que nunca estará bien mientras permanezca en aquel lugar, a menos que deje su celda (en la cual está seguro de morir si se queda en ella por más tiempo) y se marche de allí lo más rápidamente posible. Entonces la hora quinta o sexta le trae tal cansancio corporal y deseo de comer que se siente agotado y rendido como por un largo viaje, o por algún trabajo muy pesado, o como si hubiera diferido el tomar alimento durante un ayuno de dos o tres días. Además de esto, mira ansiosamente de un lado a otro, y suspira porque ninguno de los hermanos viene a verlo, y a menudo entra y sale de su celda, y frecuentemente mira al sol, como si tardara demasiado en ponerse, y así una especie de confusión irrazonable de la mente se apodera de él como una oscuridad inmunda, y lo hace ocioso e inútil para toda obra espiritual, de modo que imagina que no puede hallarse cura para tan terrible ataque en nada, excepto en visitar a alguno de los hermanos o únicamente en el consuelo del sueño. Entonces la enfermedad le sugiere que debe mostrar corteses y amistosas hospitalidades a los hermanos, y visitar a los enfermos, ya estén cerca o lejos. Habla también de algunos oficios piadosos y religiosos; que conviene informarse de aquellos parientes, y que debe ir a verlos con más frecuencia; que sería una verdadera obra de piedad ir más a menudo a visitar a aquella mujer religiosa, consagrada al servicio de Dios, que está privada de todo apoyo de parientes; y que sería excelentísimo conseguir lo necesario para aquella que es descuidada y despreciada por sus propios parientes; y que debería piadosamente dedicar su tiempo a estas cosas en lugar de permanecer inútilmente y sin provecho en su celda.

    Capítulo 3. De los diferentes modos en que la acidia vence a un monje

    X, 3

    Y así el alma desdichada, turbada por tales artificios del enemigo, se agita, hasta que, agotada por el espíritu de acidia, como por un fuerte ariete, o bien aprende a hundirse en el sueño, o, expulsada del encierro de su celda, se acostumbra a buscar consuelo en estos ataques visitando a algún hermano, para quedar después tanto más debilitada por este remedio que busca por el momento. Pues con más frecuencia y más severidad atacará el enemigo a aquel que, cuando se traba la batalla, como bien sabe, volverá inmediatamente la espalda, y a quien ve buscar la seguridad no en la victoria ni en la lucha, sino en la huida: hasta que poco a poco es apartado de su celda, y comienza a olvidar el objeto de su profesión, que no es sino la meditación y contemplación de aquella pureza divina que excede a todas las cosas, y que sólo puede ganarse con el silencio y permaneciendo continuamente en la celda, y con la meditación, de modo que el soldado de Cristo se convierte en fugitivo de su servicio, y en desertor, y «se enreda en negocios seculares», sin agradar en absoluto a Aquel a quien se entregó. []

    Capítulo 4. De cómo la acidia impide a la mente toda contemplación de las virtudes

    X, 4

    Todos los inconvenientes de esta enfermedad están admirablemente expresados por David en un solo versículo, donde dice: «Mi alma se durmió de tedio», es decir, de acidia. Con mucha razón dice, no que su cuerpo, sino que su alma se durmió. Pues en verdad el alma que es herida por la flecha de esta pasión duerme, en cuanto a toda contemplación de las virtudes y a la percepción de los sentidos espirituales.

    Capítulo 5. De cómo el ataque de la acidia es doble

    X, 5

    Y así el verdadero atleta de Cristo, que desea luchar legítimamente en los estadios de la perfección, debe apresurarse a expulsar también esta enfermedad de los rincones de su alma; y debe luchar contra este malignísimo espíritu de acidia en ambos sentidos, de modo que ni caiga herido por la flecha del sueño, ni sea expulsado del claustro monástico, aunque sea bajo algún pretexto o excusa piadosa, y se aleje como un fugitivo.

    Capítulo 6. Cuán perjudiciales son los efectos de la acidia

    X, 6

    Y cuandoquiera que comienza en algún grado a vencer a alguien, o lo hace permanecer en su celda ocioso y perezoso, sin hacer ningún progreso espiritual, o lo expulsa de allí y lo hace inquieto y vagabundo, e indolente en materia de toda clase de trabajo, y lo hace andar continuamente de un lado para otro, por las celdas de los hermanos y los monasterios, sin mirar a otra cosa sino a esto: a saber, dónde o con qué excusa puede procurarse en seguida algún refrigerio. Porque la mente de un ocioso no puede pensar en otra cosa que en la comida y el vientre, hasta que se asegura la compañía de algún hombre o mujer, igualmente fríos e indiferentes, y se pierde en sus asuntos y negocios, y así queda poco a poco atrapada en ocupaciones peligrosas, de modo que, como si estuviera envuelta en las espiras de una serpiente, no puede ya desenredarse y volver a la perfección de su antigua profesión.

    Capítulo 7. Testimonios del Apóstol acerca del espíritu de acidia

    X, 7

    El bienaventurado Apóstol, como verdadero y espiritual médico, ya viendo esta enfermedad, que brota del espíritu de acidia, que ya se insinuaba, o previendo, por revelación del Espíritu Santo, que había de surgir entre los monjes, se apresura a anticiparla con las medicinas curativas de sus indicaciones. Pues escribiendo a los Tesalonicenses, y al principio, como médico hábil y excelente, aplicando a la enfermedad de sus pacientes el remedio suave y suave de sus palabras, y comenzando con la caridad, y alabándolos en ese punto, para que esta herida mortal, habiendo sido tratada con un remedio más suave, perdiera su irritada supuración y soportara más fácilmente un tratamiento más severo, dice: «Acerca del amor fraterno no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis sido enseñados por Dios a amaros unos a otros; y en efecto lo hacéis con todos los hermanos en toda Macedonia.» [] Comenzó primero con la aplicación tranquilizadora de la alabanza, e hizo sus oídos sumisos y dispuestos para el remedio de las palabras curativas. Luego prosigue: «Mas os rogamos, hermanos, que abundéis más.» Hasta aquí los tranquiliza con palabras amables y suaves, por temor de no hallarlos aún preparados para recibir su curación perfecta. ¿Por qué pides, oh Apóstol, que abunden más en caridad, de la cual habías dicho antes: «Acerca del amor fraterno no tenemos necesidad de escribiros»? ¿Y por qué es necesario que les digas: «Mas os rogamos que abundéis más», cuando no necesitaban en absoluto que se les escribiera sobre este asunto? Especialmente cuando añades la razón por la cual no lo necesitan, diciendo: «Pues vosotros mismos habéis sido enseñados por Dios a amaros unos a otros.» Y añades una tercera cosa todavía más importante: que no sólo han sido enseñados por Dios, sino que también cumplen de hecho aquello que se les enseña. «Porque lo hacéis,» dice, no a uno o dos, sino «a todos los hermanos;» y no sólo a vuestros conciudadanos y amigos, sino «en toda Macedonia.» Dinos, pues, te ruego, por qué comienzas tan particularmente con esto. De nuevo prosigue: «Mas os rogamos, hermanos, que abundéis más.» Y con dificultad por fin prorrumpe en aquello a lo que apuntaba antes: «y que os esforcéis por estar quietos.» Dio el primer objetivo. Luego añade un segundo, «y a ocuparos en vuestros propios asuntos;» y un tercero también: «y trabajéis con vuestras manos, como os lo mandamos;» un cuarto: «y andéis honestamente para con los de afuera;» un quinto: «y no codiciéis los bienes ajenos.» He aquí, podemos ver a través de aquella vacilación que le hizo, con estos preludios, diferir el decir aquello de que su mente estaba llena: «Y que os esforcéis por estar quietos;» es decir, que permanezcáis en vuestras celdas, y no os dejéis perturbar por rumores, que generalmente brotan de los deseos y habladurías de los ociosos, y así perturbáis vosotros mismos a los demás. Y, «a ocuparos en vuestros propios asuntos,» no debéis querer inquirir curiosamente las acciones del mundo, ni, examinando la vida de los otros, gastar vuestras fuerzas, no en mejoraros a vosotros mismos y tender a la virtud, sino en menospreciar a vuestros hermanos. «Y trabajéis con vuestras manos, como os lo mandamos;» para asegurar aquello que arriba os había advertido que no hicierais; es decir, que no estéis inquietos y ansiosos por los asuntos ajenos, ni andéis deshonestamente para con los de afuera, ni codiciéis los bienes de otro, ahora añade y dice: «y trabajéis con vuestras manos, como os lo mandamos.» Pues ha mostrado claramente que el ocio es la razón por la cual se hacían aquellas cosas que arriba reprendió. Porque nadie puede estar inquieto o ansioso por los asuntos ajenos, sino aquel que no se contenta con aplicarse al trabajo de sus propias manos. Añade también un cuarto mal, que brota asimismo de este ocio, a saber, que no debían andar deshonestamente: cuando dice: «Y que andéis honestamente para con los de afuera.» No puede de ningún modo andar honestamente, ni siquiera entre los hombres de este mundo, quien no se contenta con aferrarse al retiro de su celda y al trabajo de sus propias manos; sino que es seguro que será deshonesto, mientras busca su alimento necesario; y se afana por adular, por seguir noticias y habladurías, por buscar ocasiones de charla y cuentos mediante las cuales pueda ganar entrada y obtener acceso a las casas de otros. «Y que no codiciéis los bienes ajenos.» Es seguro que mirará con ojos envidiosos los dones y mercedes de otro, quien no cuida de asegurar lo suficiente para su sustento diario con el trabajo fiel y pacífico de sus manos. Ved qué condiciones, y cuán graves y vergonzosas, brotan únicamente de la enfermedad del ocio. Por último, a aquellas mismas personas a quienes en su primera Epístola había tratado con la suave aplicación de sus palabras, en su segunda Epístola se esfuerza por curarlas con remedios más severos y más duros, como quienes no habían aprovechado con el tratamiento más suave; y ya no aplica el tratamiento de palabras suaves, ni expresiones amables y bondadosas, como éstas: «Mas os rogamos, hermanos,» sino «Os conjuramos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente.» [] Allí ruega; aquí conjura. Allí está la bondad de quien persuade; aquí la severidad de quien protesta y amenaza. «Os conjuramos, hermanos:» porque, cuando primero os rogamos, despreciasteis el escuchar; ahora al menos obedeced a nuestras amenazas. Y esta conjuración la hace terrible, no por su sola palabra, sino por la imprecación del nombre de nuestro Señor Jesucristo: por temor de que de nuevo la despreciaran, como mera palabra de hombre, y pensaran que no era de mucha importancia. E inmediatamente, como médico bien experto con miembros supurantes, a los cuales no podía aplicar el remedio de un tratamiento suave, intenta curar mediante una incisión con cuchillo espiritual, diciendo: «que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la tradición que recibisteis de nosotros.» Y así les manda apartarse de aquellos que no quieren hacer tiempo para el trabajo, y cortarlos como miembros contaminados con las llagas supurantes del ocio: no sea que la enfermedad de la ociosidad, como algún contagio mortal, infecte incluso la porción sana de sus miembros, por el avance gradual de la infección. Y cuando va a hablar de aquellos que no quieren trabajar con sus propias manos y comer su pan en quietud, de quienes los insta a apartarse, oíd con qué reproches los marca desde el principio. Primero los llama «desordenados,» y «que no andan según la tradición.» En otras palabras, los estigmatiza como obstinados, puesto que no quieren andar según su disposición; y «deshonestos,» es decir, que no guardan los tiempos debidos y apropiados para salir, visitar y hablar. Pues una persona desordenada está ciertamente sujeta a todos esos vicios. «Y no según la tradición que recibieron de nosotros.» Y en esto los marca como en cierto modo rebeldes y despreciadores, que desdeñaron guardar la tradición que habían recibido de él, y no quisieron seguir aquello que no sólo recordaban que el maestro había enseñado de palabra, sino que sabían que él lo había realizado de hecho. «Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis ser imitadores de nosotros.» Amontona una inmensa pila de censura cuando afirma que no observaron aquello que estaba todavía en su memoria, y que no sólo habían aprendido por instrucción verbal, sino que también habían recibido por el estímulo de su ejemplo en el trabajo.

    Capítulo 8. Que es seguro que estará inquieto quien no se contenta con el trabajo de sus propias manos

    X, 8

    «Porque no estuvimos inquietos entre vosotros.» Cuando quiere probar con la práctica del trabajo que no estuvo inquieto entre ellos, muestra plenamente que quienes no quieren trabajar están siempre inquietos, por culpa de la ociosidad. «Ni comimos de balde el pan de nadie.» Con cada expresión, el maestro de los gentiles avanza un paso en la reprensión. El predicador del evangelio dice que no ha comido de balde el pan de nadie, porque sabe que el Señor mandó que «los que predican el evangelio vivan del evangelio:» [] y también, «El obrero es digno de su alimento.» [] Y así, si quien predicó el evangelio, realizando una obra tan excelsa y espiritual, no se atrevió, fiado en el mandato del Señor, a comer su pan de balde, ¿qué haremos nosotros, a quienes no sólo no se nos ha confiado la predicación de la palabra, sino que tampoco se nos ha encomendado la cura de almas, sino sólo la nuestra propia? ¿Con qué confianza nos atreveremos con manos ociosas a comer nuestro pan de balde, cuando el «vaso de elección,» constreñido por su solicitud por el evangelio y su labor de predicación, no se atrevió a comer sin trabajar con sus propias manos? «Sino con trabajo,» dice, «y fatiga, trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros.» [] Hasta aquí amplifica y acrecienta su reprensión. Pues no dijo simplemente, «No comimos de balde el pan de ninguno de vosotros,» y se detuvo allí. Porque podría haberse pensado que se sustentaba de sus propios medios privados, y del dinero que había ahorrado, o del de otras personas, aunque no de sus colectas y dones. «Sino con trabajo,» dice, «y fatiga, trabajando de noche y de día;» es decir, sustentado especialmente por nuestro propio trabajo. Y esto, dice, no lo hicimos por nuestro propio deseo, ni por nuestro propio placer, como lo sugerirían el descanso y el ejercicio corporal, sino porque nuestras necesidades y la falta de alimento nos obligaron a ello, y no sin gran fatiga corporal. Pues no sólo durante todo el día, sino también de noche, que parece concedida para el descanso del cuerpo, estuve continuamente entregado al trabajo de mis manos, por la ansiedad del alimento.

    Capítulo 9. Que no sólo el Apóstol, sino también aquellos dos que estaban con él trabajaron con sus propias manos

    X, 9

    Y atestigua que no fue él solo quien vivió así entre ellos, no sea que este método no pareciera importante o general si dependía sólo de su ejemplo. Sino que declara que todos aquellos que fueron designados con él para el ministerio del evangelio, es decir, Silvano y Timoteo, que escribieron esto con él, trabajaron de la misma manera. Pues al decir: para no ser gravosos a ninguno de vosotros, los cubre de gran vergüenza. Porque si quien predicó el evangelio y lo recomendó con señales y obras poderosas, no se atrevió a comer pan de balde, para no ser gravoso a nadie, ¿cómo pueden dejar de pensar que son gravosos aquellos que lo toman cada día en la ociosidad y en su descanso?

    Capítulo 10. Que por esta razón el Apóstol trabajó con sus propias manos, para darnos ejemplo de trabajo

    X, 10

    «No como si no tuviésemos potestad; sino para darnos a vosotros como modelo que imitar.» Él pone al descubierto la razón por la que se impuso tal trabajo: «para que,» dice, «nos diéramos a vosotros como modelo que imitar,» para que, si acaso os olvidáis de la enseñanza de nuestras palabras que tantas veces pasa por vuestros oídos, al menos retengáis en vuestra memoria el ejemplo de mi manera de vivir, dado a vosotros por demostración ocular. Hay aquí también una no pequeña reprensión de ellos, donde dice que ha pasado por este trabajo y fatiga de noche y de día, por ninguna otra razón sino para dar ejemplo, y que sin embargo no quisieron dejarse instruir, por amor de los cuales él, aunque no obligado a hacerlo, se impuso sin embargo tal fatiga. «Y ciertamente,» dice, «aunque teníamos potestad, y se nos abrían oportunidades de usar todos vuestros bienes y hacienda, y yo sabía que tenía permiso de nuestro Señor para usarlos: sin embargo no usé de esta potestad, no sea que lo que era hecho recta y lícitamente de mi parte pudiera dar a otros ejemplo de peligrosa ociosidad. Y por tanto, al predicar el evangelio, preferí sustentarme con mis propias manos y trabajo, para abriros el camino de la perfección a vosotros que deseáis andar en la senda de la virtud, y dar ejemplo de buena vida con mi trabajo.»

    Capítulo 11. Que predicó y enseñó a los hombres a trabajar no sólo con su ejemplo, sino también con sus palabras

    X, 11

    Pero para que no se pensara acaso que, mientras trabajaba en silencio y trataba de enseñarles con el ejemplo, no los había instruido con preceptos y advertencias, prosigue diciendo: «Porque cuando estábamos entre vosotros, esto os declaramos: que si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.» Aún mayor hace aparecer su ociosidad, pues, aunque sabían que él, como buen maestro, trabajaba con sus manos por causa de su enseñanza y para instruirlos, sin embargo se avergonzaban de imitarlo; y hace resaltar nuestra diligencia y cuidado diciendo que no sólo les dio esto como ejemplo cuando estaba presente, sino que también lo proclamó continuamente con palabras; diciendo que si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.

    Capítulo 12. De su sentencia: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.»

    X, 12

    Y ya no les dirige el consejo de un maestro o de un médico, sino que procede con la severidad de una sentencia judicial y, recobrando su autoridad apostólica, pronuncia sentencia contra quienes lo desprecian como desde el tribunal: con aquella potestad, quiero decir, que, al escribir con amenazas a los Corintios, declaró que le había sido dada por el Señor, cuando encargó a los sorprendidos en pecado que se apresuraran a enmendar sus vidas antes de su venida: encargándoles así, «Os ruego que no tenga que mostrarme osado cuando esté presente, contra algunos, con aquella potestad que me ha sido dada sobre vosotros.» Y de nuevo: «Porque si también yo me gloriara algo de la potestad que el Señor me ha dado para edificación y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré.» Con aquella potestad, digo, declara, «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.» No castigándolos con espada carnal, sino con la potestad del Espíritu Santo, prohibiéndoles los bienes de esta vida, para que, si acaso, pensando poco en el castigo de la muerte futura, permanecieran aún obstinados por amor a la comodidad, al fin, forzados por las exigencias de la naturaleza y el temor de la muerte inmediata, se vean compelidos a obedecer su saludable mandato.

    Capítulo 13. De su sentencia: «Hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente.»

    X, 13

    Luego, después de todo este rigor de la severidad evangélica, pone al descubierto la razón por la cual presentó todos estos asuntos. «Porque hemos oído que algunos entre vosotros andan desordenadamente, sin trabajar en absoluto, sino entremetiéndose en lo que no les importa.» En ninguna parte se contenta con hablar de los que no quieren entregarse al trabajo, como si fueran víctimas de una sola enfermedad. Pues en su primera Epístola habla de ellos como «desordenados,» y de que no andan según las tradiciones que habían recibido de él: y afirma también que eran inquietos, y que comían su pan de balde. De nuevo dice aquí, «Hemos oído que hay algunos entre vosotros que andan desordenadamente.» Y al punto añade una segunda debilidad, que es la raíz de esta inquietud, y dice, «sin trabajar en absoluto;» añade también una tercera enfermedad, que brota de esta última como un retoño: «sino entremetiéndose en lo que no les importa.»

    Capítulo 14. Cómo el trabajo manual previene muchos vicios

    X, 14

    Y así no pierde tiempo en aplicar al punto un remedio adecuado al estímulo de tantos vicios y, dejando de lado aquella potestad apostólica de la que se había servido un poco antes, adopta de nuevo el tierno carácter de un buen padre, o de un médico bondadoso, y, como si fueran sus hijos o sus pacientes, aplica con su consejo saludable remedios para curarlos, diciendo: «Ahora encargamos a los que son tales, y les rogamos por el Señor Jesús, que trabajando con silencio coman su propio pan.» La causa de todas estas úlceras, que brotan de la raíz de la ociosidad, la cura como un médico muy hábil con una sola orden saludable de trabajar; pues sabe que todos los otros malos síntomas, que brotan por así decirlo del mismo matorral, desaparecerán al punto cuando se haya eliminado la causa del mal principal.

    Capítulo 15. Cómo se ha de mostrar bondad aun a los ociosos y negligentes

    X, 15

    [No obstante], como médico previsor y cuidadoso, no sólo está ansioso por curar las heridas de los enfermos, sino que también da indicaciones adecuadas a los sanos, para que su salud se conserve continuamente, y dice: «Pero no os canséis de hacer el bien:» vosotros que, siguiéndonos, es decir, nuestros caminos, copiáis el ejemplo que se os ha dado imitándonos en el trabajo, y no seguís su pereza y desidia: «No os canséis de hacer el bien;» es decir, mostrad asimismo bondad hacia ellos si acaso no han observado lo que dijimos. Así como fue severo con los débiles, por temor de que, enervados por la pereza, cedieran a la inquietud y a la curiosidad, así amonesta a los que gozan de buena salud a que ni repriman aquella bondad que el mandato del Señor nos manda mostrar a buenos y malos, [] aun si algunos hombres malos no se vuelven a la sana doctrina; ni desistan de hacer el bien y de alentarlos tanto con palabras de consolación como con la reprensión, así como con la bondad y cortesía ordinarias.

    Capítulo 16. Cómo debemos amonestar a los que yerran, no por odio, sino por amor

    X, 16

    Pero de nuevo, para que algunos no se animaran con esta mansedumbre y menospreciaran obedecer sus mandatos, procede con la severidad de un apóstol: «Mas si alguno no obedece a nuestra palabra por esta Epístola, señalad a ese hombre y no os juntéis con él, para que se avergüence.» Y al advertirles de lo que deben observar por consideración a él y al bien de todos, y del cuidado con que deben guardar los mandatos apostólicos, al punto une a la advertencia la bondad de un padre indulgentísimo; y les enseña asimismo, como si fueran sus hijos, qué disposición fraternal deben cultivar hacia los mencionados, por amor. «Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano.» Con la severidad de un juez combina el afecto de un padre, y templa con bondad y mansedumbre la sentencia pronunciada con severidad apostólica. Pues les manda señalar a aquel hombre que menosprecia obedecer sus mandatos, y no juntarse con él; y sin embargo no les manda hacer esto por un mal sentimiento de aversión, sino por afecto fraternal y por consideración a su enmienda. «No os juntéis,» dice, «con él para que se avergüence;» de modo que, aun si no se hace mejor por mis cargos suaves, al fin sea llevado a la vergüenza por ser públicamente separado de todos vosotros, y así pueda algún día comenzar a ser restaurado al camino de la salvación.

    Capítulo 17. Diversos pasajes en los que el Apóstol declara que debemos trabajar, o en los que se muestra que él mismo trabajó

    X, 17

    En la Epístola a los Efesios también da así un mandato sobre este asunto del trabajo, diciendo: «El que hurtaba, no hurte ya más, sino más bien trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué dar al que padece necesidad.» [] Y en los Hechos de los Apóstoles también hallamos que no sólo enseñó esto, sino que lo practicó realmente él mismo. Pues cuando llegó a Corinto, no se permitió hospedarse en parte alguna sino con Aquila y Priscila, porque eran del mismo oficio que él mismo acostumbraba practicar. Pues así leemos: «Después de esto, Pablo, saliendo de Atenas, vino a Corinto; y hallando a un judío llamado Aquila, nacido en el Ponto, y a Priscila su mujer, fue a ellos porque eran del mismo oficio; y moró con ellos y trabajó: porque eran de oficio tejedores de tiendas.» []

    Capítulo 18. Que el Apóstol trabajó lo que juzgó suficiente para sí y para otros que estaban con él

    X, 18

    Luego, yendo a Mileto, y enviando desde allí a Éfeso, y llamando a sí a los ancianos de la iglesia de Éfeso, les encargó cómo debían gobernar la iglesia de Dios en su ausencia, y dijo: «No he codiciado la plata ni el oro de nadie; vosotros mismos sabéis cómo para lo que era necesario para mí y para los que están conmigo, estas manos han servido. Os he mostrado todas las cosas, cómo trabajando así debéis sustentar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, cómo dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.» [] Nos dejó un ejemplo de peso en su manera de vivir, pues atestigua que no sólo trabajó lo que supliría sus propias necesidades corporales, sino también lo que sería suficiente para las necesidades de los que estaban con él: de aquellos, quiero decir, que, ocupados en deberes necesarios, no tenían oportunidad de procurarse alimento con sus propias manos. Y así como dice a los Tesalonicenses que había trabajado para darles ejemplo a fin de que lo imitaran, así también aquí da a entender algo del mismo género cuando dice: «Os he mostrado todas las cosas, cómo trabajando así debéis sustentar a los débiles,» es a saber, ya sea en la mente o en el cuerpo; es decir, que debemos ser diligentes en suplir sus necesidades, no del acopio de nuestra abundancia, ni del dinero guardado, ni de la generosidad y hacienda de otro, sino más bien procurándonos la suma necesaria con nuestro propio trabajo y fatiga.

    Capítulo 19. Cómo debemos entender estas palabras: «Más bienaventurado es dar que recibir.»

    X, 19

    Y dice que esto es un mandato del Señor: «Porque Él mismo,» a saber, el Señor Jesús, dijo, «dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.» Es decir, la generosidad del que da es más bienaventurada que la necesidad del que recibe, cuando el don no se suple del dinero que se ha retenido por incredulidad o infidelidad, ni de los tesoros acumulados de la avaricia, sino que se produce de los frutos de nuestro propio trabajo y de nuestra honesta fatiga. Y así «más bienaventurado es dar que recibir,» porque mientras el que da comparte la pobreza del que recibe, sin embargo es diligente en proveer con piadoso cuidado por su propia fatiga, no meramente lo suficiente para sus propias necesidades, sino también lo que puede dar a uno en necesidad; y así es adornado con una doble gracia, puesto que al dar todos sus bienes asegura la perfecta abnegación de Cristo, y sin embargo con su trabajo y su pensamiento muestra la generosidad del rico; honrando así a Dios con sus honestos trabajos, y recogiendo para él los frutos de su justicia, mientras que otro, enervado por la desidia y la pereza indolente, se muestra, por el dicho del Apóstol, indigno del alimento, pues desafiando su mandato lo toma en la ociosidad, no sin la culpa del pecado y de la obstinación.

    Capítulo 20. De un hermano perezoso que intentó persuadir a otros a dejar el monasterio

    X, 20

    Conocemos a un hermano, cuyo nombre daríamos si sirviera de algo, que, aunque permanecía en el monasterio y estaba obligado a entregar diariamente al mayordomo su tarea fijada, sin embargo, por temor a que se le condujera a alguna porción mayor de trabajo, o a ser avergonzado por el ejemplo de uno que trabajaba más celosamente, cuando había visto admitir en el monasterio a algún hermano que en el ardor de su fe quería completar la venta de una pieza mayor de trabajo, si hallaba que no podía con secreta persuasión apartarlo de llevar a cabo su propósito, lo persuadía con malos consejos y cuchicheos a partir de allí. Y para deshacerse de él más fácilmente, fingía que él también había sido ya ofendido por muchas razones, y quería irse, con tal de encontrar un compañero y apoyo para el viaje. Y cuando, hablando mal en secreto del monasterio, lo había engatusado para que consintiera, y había arreglado con él el tiempo en que dejarían el monasterio, y el lugar adonde él iría primero, y dónde lo esperaría, él mismo, fingiendo que lo seguiría, se quedó donde estaba. Y cuando el otro, por vergüenza de su huida, no se atrevió a volver al monasterio del que había huido, el miserable autor de su huida se quedó atrás en el monasterio. Bastará haber dado este único ejemplo de esta clase de hombres para poner en guardia a los principiantes, y para mostrar claramente cuántos males puede producir la ociosidad, como dice la Escritura, en la mente de un monje, y cómo «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.» []

    Capítulo 21. Distintos pasajes de los escritos de Salomón contra la acidia

    X, 21

    Y Salomón, el más sabio de los hombres, señala claramente en muchos pasajes este vicio de la ociosidad, como cuando dice: «El que sigue la ociosidad se llenará de pobreza,» [] ya sea visible o invisible, en la cual ciertamente se verá envuelto el ocioso y el que está enredado en diversos vicios, y será siempre ajeno a la contemplación de Dios y a las riquezas espirituales, de las cuales dice el bienaventurado Apóstol: «Porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia.» [] Pero sobre esta pobreza del ocioso escribe también en otra parte así: «Todo perezoso será vestido de vestidos rotos y de harapos.» [] Pues ciertamente no merecerá ser adornado con aquel vestido de incorrupción (del cual dice el Apóstol: «Revestíos del Señor Jesucristo,» [] y también: «vestidos con la coraza de la justicia y de la caridad,» [] sobre el cual también el Señor mismo habla a Jerusalén por el profeta: «Levántate, levántate, oh Jerusalén, vístete las vestiduras de tu gloria),» [] todo el que, vencido por el sopor perezoso o por la acidia, prefiere vestirse, no con su trabajo e industria, sino con los harapos de la ociosidad, que arranca de la pieza sólida y del cuerpo de las Escrituras, y ajusta a su pereza, no un vestido de gloria y de honor, sino un manto y excusa ignominiosos. Porque los que padecen esta pereza, y no quieren sostenerse con el trabajo de sus propias manos, como hacía continuamente el Apóstol y nos mandó hacer, suelen servirse de ciertos testimonios de la Escritura con los cuales intentan encubrir su ociosidad, diciendo que está escrito: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna;» [] y «Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre.» [] Mas estos testimonios son (por así decirlo) harapos de la pieza sólida del evangelio, adoptados para este fin, es a saber, para cubrir el deshonor de nuestra ociosidad y vergüenza más que para abrigarnos, y adornarnos con aquel vestido costoso y espléndido de la virtud que aquella mujer sabia de los Proverbios, vestida de fortaleza y hermosura, se dice que hizo para sí o para su marido; de la cual poco después se dice: «Fortaleza y hermosura son su vestido, y se regocija en los últimos días.» [] De este mal de la ociosidad vuelve a hacer mención Salomón así: «Los caminos de los ociosos están sembrados de espinas;» es decir, con estos y semejantes vicios, que el Apóstol declaró más arriba que brotan de la ociosidad. Y de nuevo: «Todo perezoso está siempre en necesidad.» Y de estos hace mención el Apóstol cuando dice: «y que no necesitéis nada de nadie.» [] Y finalmente: «Porque la ociosidad ha sido maestra de muchos males:» [] lo cual enumeró claramente el Apóstol en el pasaje que expuso más arriba: «Sin trabajar en nada, pero entremetiéndose en lo ajeno.» A este vicio junta también otro: «y que procuréis estar quietos;» y luego: «que os ocupéis en vuestros propios negocios y andéis honestamente para con los de afuera, y que no necesitéis nada de nadie.» También a aquellos a quienes señala como desordenados y rebeldes, de estos manda apartarse a los solícitos: «que os apartéis,» dice, «de todo hermano que ande desordenadamente y no según la tradición que recibieron de nosotros.»

    Capítulo 22

    Cómo los hermanos en Egipto trabajan con sus manos, no sólo para atender a sus propias necesidades, sino también para servir a los que están en prisión.

    X, 22

    Y así, enseñados por estos ejemplos, los Padres en Egipto jamás permiten que los monjes, y especialmente los más jóvenes, estén ociosos, estimando el propósito de sus corazones y su crecimiento en la paciencia y la humildad por su diligencia en el trabajo; y no sólo no les permiten recibir nada de otro para atender a sus propias necesidades, sino que además no solamente refrescan a los peregrinos y hermanos que vienen a visitarlos mediante sus labores, sino que realmente recogen una enorme provisión de víveres y alimentos, y la distribuyen en las regiones de Libia que padecen hambre y esterilidad, y también en las ciudades, a los que desfallecen en la miseria de la prisión; pues creen que con tal ofrenda del fruto de sus manos ofrecen un sacrificio razonable y verdadero al Señor.

    Capítulo 23. Que la ociosidad es la razón por la cual no hay monasterios para monjes en Occidente

    X, 23

    De aquí viene que en estas regiones no veamos fundarse monasterios con tan gran número de hermanos: porque no se sustentan con los recursos de su propio trabajo de modo que puedan permanecer en ellos continuamente; y si de alguna manera, por la liberalidad de otro, hubiera provisión suficiente para mantenerlos, el amor a la comodidad y la inquietud del corazón no les permiten continuar mucho tiempo en el lugar. De donde se ha transmitido este dicho de los antiguos padres de Egipto: que un monje que trabaja es atacado por un solo demonio; pero un ocioso es atormentado por incontables espíritus.

    Capítulo 24. Ab Pablo, que cada año quemaba con fuego todas las obras de sus manos

    X, 24

    Por último, el ab Pablo, uno de los más grandes entre los Padres, viviendo en un vasto desierto que se llama el desierto Porfiriano, y hallándose libre de ansiedad gracias a las palmeras datileras y a un pequeño huerto, tenía abundancia para sustentarse y copiosa provisión de alimentos, y no podía encontrar ningún otro trabajo que hacer que le sustentase, porque su morada estaba separada de las ciudades y de los lugares habitados por un viaje de siete días, o aún más, a través del desierto, y por el transporte de las cosas se pediría más de lo que valdría el precio de la obra; recogía las hojas de las palmeras, y se exigía regularmente su tarea diaria, como si hubiera de sustentarse con ella. Y cuando su cueva se había llenado con el trabajo de todo un año, cada año quemaba con fuego aquello en lo que tan diligentemente había trabajado: probando así que sin el trabajo manual un monje no puede permanecer en un lugar ni elevarse a las alturas de la perfección; de modo que, aunque la necesidad de alimento no exigía que hiciera esto, sin embargo lo realizaba sólo por purificar su corazón, fortalecer sus pensamientos, perseverar en su celda y alcanzar la victoria sobre la acidia y expulsarla.

    Capítulo 25. Las palabras del abad Moisés que me dijo acerca del remedio de la acidia

    X, 25

    Cuando yo comenzaba mi estancia en el desierto, y le dije al abad Moisés, el más principal de todos los santos, que ayer me había turbado terriblemente un ataque de acidia, y que sólo podía librarme de ella corriendo enseguida a casa del ab Pablo, me dijo: «No te has librado de ella, sino que más bien te has entregado a ella como esclavo y súbdito suyo. Porque en adelante el enemigo te atacará con más fuerza como a un desertor y fugitivo, ya que ha visto que huiste enseguida al verte vencido en el combate; a menos que, en una segunda ocasión, cuando trabes batalla con ella, te propongas no disipar sus ataques y ardores por el momento abandonando tu celda, o con la inactividad del sueño, sino más bien aprender a triunfar sobre ella con la resistencia y el combate.» De donde se prueba por experiencia que un acceso de acidia no debe evitarse huyendo de él, sino vencerse resistiéndolo.

    Libro XI

    Capítulo 1. Cómo nuestro séptimo combate es contra el espíritu de vanagloria, y cuál es su naturaleza

    XI, 1

    Nuestro séptimo combate es contra el espíritu de [κενοδοξία], que podemos llamar vana o vanagloria: un espíritu que toma muchas formas, y es cambiante y sutil, de modo que difícilmente, no diré puede guardarse uno de él, sino que apenas puede ser visto y descubierto aun por los ojos más penetrantes.

    Capítulo 2. Cómo la vanagloria ataca al monje no sólo en lo carnal, sino también en lo espiritual

    XI, 2

    Porque no sólo ataca éste, como los demás vicios, al monje en lo carnal, sino también en lo espiritual, insinuándose con astucia y engaño en su mente: de suerte que aquellos que no pueden ser engañados por los vicios carnales son heridos más gravemente en su aprovechamiento espiritual; y tanto más difícil es luchar contra él cuanto más difícil es guardarse de él. Porque el ataque de todos los demás vicios es más abierto y directo, y en el caso de cada uno de ellos, cuando aquel que los excita se encuentra con una negativa decidida, se va debilitado por ello, y el adversario vencido atacará en la ocasión siguiente a su víctima con menos vigor. Mas esta enfermedad, cuando ha atacado la mente por medio de la soberbia carnal y ha sido rechazada con el escudo de la respuesta, de nuevo, como una maldad que toma muchas formas, cambia su anterior aspecto y carácter, y bajo la apariencia de las virtudes trata de derribar y destruir a su vencedor.

    Capítulo 3. Cuántas formas y figuras toma la vanagloria

    XI, 3

    Porque nuestros demás vicios y pasiones puede decirse que son más simples y de una sola forma; mas éste toma muchas formas y figuras, y cambia y acomete por todos lados al hombre que se le opone, y asalta a su vencedor por todas partes. Porque intenta dañar al soldado de Cristo en su vestido, en sus modales, en su andar, en su voz, en su trabajo, en sus vigilias, en sus ayunos, en sus oraciones, cuando se retira, cuando lee, en su conocimiento, en su silencio, en su obediencia, en su humildad, en su paciencia; y como una roca peligrosísima oculta entre las olas que se levantan, causa un imprevisto y miserable naufragio a los que navegan con viento favorable, mientras no están atentos a ella ni se guardan de ella.

    Capítulo 4. Cómo la vanagloria ataca al monje por la derecha y por la izquierda

    XI, 4

    Y así, el que desea ir por el camino real mediante las «armas de justicia a diestra y siniestra,» debe, según la enseñanza del Apóstol, pasar por «honra y deshonra, mala fama y buena fama,» [] y con tal cuidado dirigir su curso virtuoso entre las olas amenazadoras de la tentación, con la discreción al timón y el Espíritu del Señor soplando sobre nosotros, sabiendo que si nos desviamos por poco que sea a la derecha o a la izquierda, pronto seremos estrellados contra escollos peligrosísimos. Y así nos amonesta Salomón, el más sabio de los hombres: «No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;» es decir, no te lisonjees de tus virtudes ni te engrías por tus progresos espirituales a la derecha; ni, desviándote al camino de los vicios a la izquierda, busques para ti (usando las palabras del Apóstol) «gloria en tu vergüenza.» [] Pues donde el diablo no puede engendrar vanagloria en un hombre por medio de su vestido bien ajustado y pulcro, intenta introducirla por medio de un estilo sucio, vil y descuidado. Si no puede derribar a un hombre por la honra, lo derriba por la humildad. Si no puede engreírlo con la gracia del conocimiento y de la elocuencia, lo abate con el peso del silencio. Si un hombre ayuna abiertamente, es atacado por la soberbia de la vanidad. Si lo oculta para despreciar la gloria de ello, es asaltado por el mismo pecado de soberbia. Para no ser manchado por las manchas de la vanagloria, evita hacer oraciones largas a la vista de los hermanos; y sin embargo, como las ofrece en secreto y no tiene a nadie que lo sepa, no escapa a la soberbia de la vanidad.

    Capítulo 5. Una comparación que muestra la naturaleza de la vanagloria

    XI, 5

    Nuestros ancianos describen admirablemente la naturaleza de esta enfermedad como semejante a la de una cebolla, y a la de aquellos bulbos que, cuando se les quita una cubierta, se hallan envueltos en otra; y cuantas veces los desnudas, otras tantas los hallas todavía protegidos.

    Capítulo 6. Que la vanagloria no se elimina del todo con las ventajas de la soledad

    XI, 6

    En la soledad tampoco cesa de perseguir al que por causa de la gloria huyó del trato con todos los hombres. Y cuanto más a fondo ha rehuido un hombre el mundo entero, tanto más vivamente lo persigue. Intenta ensoberbecer a uno por su gran resistencia en el trabajo y en la labor, a otro por su extremada prontitud en obedecer, a otro porque aventaja a los demás en humildad. A uno se le tienta por la extensión de su conocimiento, a otro por la extensión de sus lecturas, a otro por la duración de sus vigilias. Y no procura esta enfermedad herir al hombre sino por medio de sus virtudes; introduciendo estorbos que llevan a la muerte mediante aquellas mismas cosas por las que se buscan los medios de vida. Pues cuando los hombres se afanan por andar en el camino de la santidad y de la perfección, los enemigos no tienden sus lazos para engañarlos sino en el camino por donde andan, conforme a aquel dicho del bienaventurado David: «En el camino por donde yo andaba me tendieron un lazo;» para que en este mismo camino de la virtud por donde andamos, al proseguir hacia «el premio de la soberana vocación,» [] podamos ser engreídos por nuestros éxitos, y así nos hundamos y caigamos con los pies del alma enredados y atrapados en los lazos de la vanagloria. Y así resulta que aquellos de nosotros que no pudieron ser vencidos en el combate contra el enemigo, son vencidos por la misma grandeza de su triunfo, o bien (lo que es otra clase de engaño) que, esforzándonos más allá de los límites de aquel dominio propio que nos es posible, no perseveramos en nuestra carrera a causa de la debilidad corporal.

    Capítulo 7. Cómo la vanagloria, una vez vencida, se levanta de nuevo más encarnizada que nunca para el combate

    XI, 7

    Todos los vicios, una vez vencidos, se debilitan, y al ser derrotados se van haciendo cada día más flojos, y así en lo que toca al lugar como al tiempo menguan y se apaciguan, o al menos, como son contrarios a las virtudes opuestas, se evitan y rehúyen más fácilmente; mas éste, cuando es derrotado, se levanta de nuevo más encarnizado que nunca para la lucha; y cuando creemos que está destruido, revive otra vez, más fuerte por su misma muerte. Las demás clases de vicios suelen atacar solamente a aquellos a quienes han vencido en el combate; pero éste persigue a sus vencedores sólo con más vehemencia; y cuanto más a fondo se le ha resistido, tanto más vigorosamente ataca al hombre que se engríe por su victoria sobre él. Y aquí está la astuta malicia de nuestro adversario, a saber, en que, donde no puede vencer al soldado de Cristo con las armas del enemigo, lo derriba con su propia lanza.

    Capítulo 8. Cómo la vanagloria no se mitiga ni en el desierto ni con el paso de los años

    XI, 8

    Los demás vicios, como dijimos, se mitigan a veces con las ventajas de lugar, y cuando se quita la materia del pecado y la ocasión y oportunidad de él, se aflojan y disminuyen; mas éste penetra en los desiertos con el hombre que huye de él, y no se lo puede excluir de ningún lugar, ni, cuando se le quita la materia exterior, desfallece. Pues simplemente se alienta con los logros de las virtudes del hombre a quien ataca. Porque todos los demás vicios, como dijimos antes, a veces disminuyen con el transcurso del tiempo y desaparecen; a éste, la larga vida, si no está sostenida por una diligencia hábil y una discreción prudente, no le es estorbo, sino que más bien le suministra nuevo combustible para la vanidad.

    Capítulo 9. Que la vanagloria es tanto más peligrosa cuanto que se halla mezclada con las virtudes

    XI, 9

    Por último, las demás pasiones, que son enteramente diferentes de las virtudes que les son opuestas, y que nos atacan abiertamente y como a plena luz del día, se vencen y se evitan más fácilmente; pero ésta, entretejida con nuestras virtudes y enredada en la batalla, peleando, por así decirlo, al amparo de la oscuridad de la noche, engaña más peligrosamente a los que están desprevenidos y no vigilan.

    Capítulo 10. Ejemplo de cómo el rey Ezequías fue derribado por el dardo de la vanagloria

    XI, 10

    Pues así leemos que Ezequías, rey de Judá, varón de perfectísima justicia en todas las cosas, y aprobado por el testimonio de la Sagrada Escritura, después de innumerables alabanzas por sus virtudes, fue derribado por un solo dardo de vanagloria. Y aquel que con una sola oración suya pudo procurar la muerte de ciento ochenta y cinco mil hombres del ejército de los asirios, a quienes el ángel destruyó en una sola noche, es vencido por la jactancia y la vanidad. Del cual —dejando de lado la larga lista de sus virtudes, que llevaría mucho tiempo desplegar— diré solamente esto. Fue un hombre que, después de que el fin de su vida había sido decretado y el día de su muerte determinado por la sentencia del Señor, logró con una sola oración extender por quince años los límites fijados a su vida, retrocediendo el sol diez grados, sobre los cuales ya había brillado en su camino hacia el ocaso, y disipando con su retorno aquellas líneas que la sombra que seguía su curso ya había marcado, y dando con esto dos días en uno a todo el mundo, por un milagro estupendo contrario a las leyes fijas de la naturaleza. [] Sin embargo, después de señales tan grandes y tan increíbles, después de tan inmensas pruebas de su bondad, oíd cómo dice la Escritura que fue destruido por sus mismos éxitos. «En aquellos días,» se nos dice, «Ezequías cayó enfermo de muerte: y oró al Señor, y Él le oyó y le dio una señal,» a saber, aquella de la que leemos en el cuarto libro de los Reyes, que fue dada por el profeta Isaías mediante el retroceso del sol. «Pero,» dice, «no correspondió según los beneficios que había recibido, porque su corazón se enalteció; y se encendió la ira contra él y contra Judá y Jerusalén; y se humilló después por haberse enaltecido su corazón, él y los habitantes de Jerusalén, y por eso la ira del Señor no vino sobre ellos en los días de Ezequías.» [] ¡Cuán peligrosa, cuán terrible es la dolencia de la vanidad! ¡Tanta bondad, tantas virtudes, fe y devoción, bastante grandes como para lograr cambiar la naturaleza misma y las leyes del mundo entero, perecen por un solo acto de soberbia! De modo que todas sus buenas obras habrían sido olvidadas como si nunca hubieran existido, y al instante habría quedado sujeto a la ira del Señor, si no lo hubiera aplacado recobrando su humildad: de modo que aquel que, por sugestión de la soberbia, había caído de tan gran altura de excelencia, sólo pudo subir de nuevo a la altura que había perdido por los mismos pasos de la humildad. ¿Queréis ver otro ejemplo de una caída semejante?

    Capítulo 11. Ejemplo del rey Ozías, vencido por el contagio de la misma dolencia

    XI, 11

    De Ozías, antepasado de este rey del que hemos estado hablando, alabado también él mismo en todas las cosas por el testimonio de la Escritura, después de grandes alabanzas por su virtud, después de innumerables triunfos que alcanzó por el mérito de su devoción y fe, aprended cómo fue derribado por la soberbia de la vanagloria. «Y,» se nos dice, «el nombre de Ozías se extendió, porque el Señor le ayudaba y le había fortalecido. Pero cuando se hizo fuerte, su corazón se enalteció para su destrucción, y descuidó al Señor su Dios.» [] Contemplad otro ejemplo de una caída terrible, y ved cómo dos varones tan rectos y excelentes fueron deshechos por sus mismos triunfos y victorias. De donde veis cuán peligrosos son generalmente los éxitos de la prosperidad, de modo que a quienes no pudo dañar la adversidad los arruina, si no se guardan, la prosperidad; y los que en el conflicto de la batalla escaparon del peligro de la muerte caen ante sus propios trofeos y triunfos.

    Capítulo 12. Diversos testimonios contra la vanagloria

    XI, 12

    Y así nos advierte el Apóstol: «No seáis deseosos de vanagloria.» [] Y el Señor, reprendiendo a los fariseos, dice: «¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?» [] De éstos también habla el bienaventurado David con una amenaza: «Porque Dios ha esparcido los huesos de los que agradan a los hombres.»

    Capítulo 13. De los modos en que la vanagloria ataca al monje

    XI, 13

    En el caso también de los principiantes y de los que aún han progresado poco, sea en las potencias del alma sea en el conocimiento, suele hinchar sus mentes, bien por la calidad de su voz porque cantan bien, bien porque sus cuerpos están demacrados, o porque son de buena figura, o porque tienen parientes ricos y nobles, o porque han despreciado la milicia y los honores. A veces también persuade a un hombre de que, si hubiera permanecido en el mundo, fácilmente habría obtenido honores y riquezas, que acaso no habría podido conseguir jamás, y lo infla con una vana esperanza de cosas inciertas; y en el caso de aquellas cosas que nunca poseyó, lo hincha de orgullo y vanidad, como si fuera uno que las hubiera despreciado.

    Capítulo 14. Cómo sugiere que un hombre puede pretender recibir las órdenes sagradas

    XI, 14

    Pero a veces crea el deseo de recibir las órdenes sagradas, y la aspiración al sacerdocio o al diaconado. Y representa que si un hombre, aun contra su voluntad, ha recibido este oficio, lo cumplirá con tal santidad y rigor que podrá dar ejemplo de santidad incluso a los demás sacerdotes; y que ganará a muchas personas, no sólo con su manera de vivir, sino también con su enseñanza y su predicación. Hace que un hombre, aun estando solo y sentado en su celda, vaya en mente e imaginación a las moradas y monasterios de otros, y haga muchas conversiones bajo el estímulo de una exultación imaginaria.

    Capítulo 15. De cómo la vanagloria embriaga la mente

    XI, 15

    Y así el alma miserable es afectada por tal vanidad —como si fuera engañada por un profundo letargo— que a menudo es arrastrada por el placer de tales pensamientos, y llena de tales imaginaciones, de modo que ni siquiera puede atender a las cosas presentes, ni a los hermanos, mientras goza demorándose en estas cosas, de las que con sus pensamientos errantes tiene sueños despiertos, como si fueran verdaderas.

    Capítulo 16. De aquel a quien el superior sorprendió en su celda, engañado por la ociosa vanagloria

    XI, 16

    Recuerdo a un anciano, cuando yo estaba en el desierto de Escete, que fue a la celda de cierto hermano para hacerle una visita, y cuando llegó a la puerta lo oyó murmurar dentro, y se detuvo un poco, queriendo saber qué era lo que leía de la Biblia o repetía de memoria (como es costumbre) mientras trabajaba. Y cuando este excelentísimo escuchador aplicó diligentemente el oído y escuchó con cierta curiosidad, halló que el hombre era inducido por el ataque de este espíritu a imaginar que estaba pronunciando un sermón conmovedor al pueblo. Y cuando el anciano, que seguía quieto, lo oyó terminar su discurso y volver de nuevo a su oficio, y dar la despedida de los catecúmenos, como hace el diácono, entonces por fin llamó a la puerta, y el hombre salió, y recibió al anciano con la reverencia acostumbrada, y lo hizo entrar y (pues el conocimiento de lo que habían sido sus pensamientos lo inquietaba) le preguntó cuándo había llegado, por temor a que hubiera podido sufrir algún daño por estar demasiado tiempo ante la puerta: y el anciano, bromeando con agrado, respondió: «Llegué justo cuando dabas la despedida a los catecúmenos.»

    Capítulo 17. De cómo los vicios no pueden curarse si no se han descubierto sus raíces y causas

    XI, 17

    He considerado oportuno insertar estas cosas en esta pequeña obra mía, para que aprendamos, no sólo por la razón, sino también por los ejemplos, acerca de la fuerza de las tentaciones y del orden de los pecados que dañan a un alma desdichada, y así seamos más cuidadosos en evitar las trampas y los múltiples engaños del enemigo. Pues estas cosas son presentadas indistintamente por los Padres egipcios, para que, al contarlas, como quienes todavía las padecen, puedan descubrir y dejar al desnudo los combates con todos los vicios, que ellos realmente sufren, y los que los más jóvenes ciertamente sufrirán; de modo que, cuando explican las ilusiones que surgen de todas las pasiones, los que son principiantes y fervientes de espíritu puedan conocer el secreto de sus luchas, y viéndolas como en un espejo, aprendan tanto las causas de los pecados que los turban como los remedios para ellos, e instruidos de antemano acerca de la proximidad de las luchas futuras, sean enseñados a guardarse de ellas, o a afrontarlas y pelear contra ellas. Así como los médicos hábiles suelen no sólo curar las enfermedades ya existentes, sino también con sabia destreza tratar de obviar las futuras, y prevenirlas con sus prescripciones y bebidas sanadoras, así estos verdaderos médicos del alma, por medio de las conferencias espirituales, como un antídoto celestial, destruyen de antemano aquellas enfermedades del alma que habrían de surgir, y no permiten que ganen pie en las mentes de los jóvenes, al desplegarles las causas de las pasiones que los amenazan y los remedios que las sanarán.

    Capítulo 18. De cómo el monje debe evitar a las mujeres y a los obispos

    XI, 18

    Por tanto, ésta es una antigua máxima de los Padres que aún está en curso —aunque no puedo repetirla sin vergüenza por mi parte, pues no pude evitar a mi propia hermana, ni escapar de las manos del obispo— es a saber, que un monje debe huir por todos los medios de las mujeres y de los obispos. Pues ninguno de los dos permitirá que aquel que una vez ha estado unido en estrecha familiaridad cuide ya de la quietud de su celda, o continúe con ojos puros en la contemplación divina mediante su penetración en las cosas santas.

    Capítulo 19. Remedios con los que podemos vencer la vanagloria

    XI, 19

    Y así el atleta de Cristo que desea combatir legítimamente en este verdadero y espiritual combate, debe esforzarse por todos los medios por vencer a este monstruo cambiante de muchas formas, el cual, como nos ataca por todas partes como una maldad multiforme, podemos evitar con un remedio como éste: a saber, pensando en aquella sentencia de David: «El Señor ha esparcido los huesos de los que agradan a los hombres.» Para empezar, no debemos permitirnos hacer nada por sugestión de la vanidad, ni por obtener vanagloria. Luego, cuando hemos comenzado bien una cosa, debemos esforzarnos por mantenerla con el mismo cuidado, no sea que después la dolencia de la vanagloria se infiltre y haga vanos todos los frutos de nuestros trabajos. Y cualquier cosa que sea de muy poca utilidad o valor en la vida común de los hermanos, debemos evitarla como conducente a la jactancia; y todo lo que nos hiciera notables entre los demás, y por lo cual se ganara crédito entre los hombres, como si fuéramos los únicos que pudiéramos hacerlo, debe ser rehuido por nosotros. Pues por estas señales se mostrará que la mancha mortífera de la vanagloria se nos adhiere: de la cual escaparemos más fácilmente si consideramos que no sólo perderemos los frutos de aquellos trabajos nuestros que hemos realizado por sugestión de la vanagloria, sino que también seremos culpables de un gran pecado, y como impíos sufriremos castigos eternos, por cuanto hemos agraviado a Dios haciendo por el favor de los hombres lo que debíamos haber hecho por Su causa, y somos convictos por Aquel que conoce todos los secretos de haber preferido a los hombres a Dios, y la alabanza del mundo a la alabanza del Señor.
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