Capítulo 1. Cómo nuestro cuarto combate es contra el pecado de ira, y cuántos males produce esta pasión
VIII, 1
En nuestro cuarto combate hay que arrancar de raíz de los rincones más íntimos de nuestra alma el veneno mortífero de la ira. Pues mientras ésta permanezca en nuestros corazones y ciegue con su dañosa oscuridad el ojo del alma, no podemos adquirir recto juicio y discreción, ni alcanzar la penetración que brota de una mirada honesta, ni la madurez de consejo, ni podemos ser partícipes de la vida, ni retener la justicia, ni tener siquiera capacidad para la luz espiritual y verdadera: «porque», dice uno, «mi ojo está turbado por causa de la ira.» Ni podemos hacernos partícipes de la sabiduría, aunque seamos tenidos por sabios por consentimiento universal, porque «la ira reposa en el seno de los necios.» Ni podemos alcanzar la vida inmortal, aunque seamos considerados prudentes en la opinión de todos, porque «la ira destruye aun a los prudentes.» Ni podremos con un juicio claro del corazón asegurar el dominio de la justicia, aunque seamos tenidos por perfectos y santos en la estimación de todos los hombres, porque «la ira del hombre no obra la justicia de Dios.» [] Ni podemos de ningún modo adquirir aquella estima y honor que tan frecuentemente se ve aun en los mundanos, aunque se nos tenga por nobles y honorables por los privilegios del nacimiento, porque «el hombre airado es deshonrado.» Ni tampoco podemos asegurar madurez alguna de consejo, aunque parezcamos graves y dotados del mayor conocimiento; porque «el hombre airado obra sin consejo.» Ni podemos estar libres de peligrosas turbaciones, ni sin pecado, aunque ninguna clase de turbación nos venga de otros; porque «el hombre apasionado engendra riñas, y el hombre airado excava pecados.»
De los que dicen que la ira no es perjudicial, si nos airamos contra los que obran mal, puesto que se dice que Dios mismo se aíra.
VIII, 2
Hemos oído a algunos que tratan de excusar esta enfermedad perniciosísima del alma, intentando atenuarla con un modo bastante chocante de interpretar la Escritura: dicen que no es perjudicial si nos airamos contra los hermanos que obran mal, pues, dicen, Dios mismo está airado y se enciende en ira contra los que no quieren conocerlo, o, conociéndolo, lo desprecian, como aquí: «Y se encendió la ira del Señor contra su pueblo;» o donde el profeta ora y dice: «Oh Señor, no me reprendas en tu ira, ni me castigues en tu furor;» no entendiendo que, mientras quieren abrir a los hombres una excusa para un pecado pestilentísimo, atribuyen a la Infinidad divina y Fuente de toda pureza una mancha de pasión humana.
VIII, 3
Pues si cuando estas cosas se dicen de Dios han de entenderse literalmente en un sentido material y grosero, entonces Él duerme, como se dice: «Levántate, ¿por qué duermes, oh Señor?» aunque en otro lugar se dice de Él: «He aquí, el que guarda a Israel no se adormecerá ni dormirá.» Y Él está en pie y se sienta, puesto que dice: «El cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies:» [] aunque Él «mide el cielo con su palmo y contiene la tierra en su puño.» [] Y Él es «embriagado de vino», como se dice: «El Señor despertó como quien duerme, como un hombre fuerte embriagado de vino;» Él «que sólo tiene inmortalidad y habita en la luz inaccesible, a quien ningún hombre puede acercarse:» [] por no decir nada de la «ignorancia» y del «olvido», de los que a menudo encontramos mención en la Sagrada Escritura: ni, en fin, del contorno de sus miembros, de los que se habla como dispuestos y ordenados como los de un hombre; a saber, el cabello, la cabeza, las narices, los ojos, el rostro, las manos, los brazos, los dedos, el vientre y los pies: si estamos dispuestos a tomar todo esto según el mero sentido literal, habremos de pensar en Dios como formado con el contorno de los miembros y una forma corporal; lo cual es ciertamente chocante incluso de decir, y debe estar lejos de nuestros pensamientos.
Capítulo 4. En qué sentido deben entenderse las pasiones y las artes humanas que se atribuyen al Dios inmutable e incorpóreo
VIII, 4
Y así como sin horrible profanidad no pueden entenderse literalmente estas cosas de Aquel a quien la autoridad de la Sagrada Escritura declara invisible, inefable, incomprensible, inestimable, simple y sin composición, así tampoco puede atribuirse la pasión de la ira y del enojo a aquella naturaleza inmutable sin temible blasfemia. Pues debemos ver que los miembros significan las potencias divinas y las operaciones sin límites de Dios, que sólo pueden representársenos mediante la expresión familiar de los miembros: por la boca debemos entender sus palabras, que de su misericordia se derraman continuamente en los sentidos secretos del alma, o que habló entre nuestros padres y los profetas: por los ojos podemos entender el carácter sin límites de su vista, con la cual ve y penetra todas las cosas, de modo que nada se le oculta de lo que hacemos o podemos hacer, o aun pensar. Por la expresión «manos» entendemos su providencia y su obra, por la cual es creador y autor de todas las cosas; los brazos son los emblemas de su poder y gobierno, con los cuales sostiene, rige y gobierna todas las cosas. Y por no hablar de otras cosas, ¿qué otra cosa significa la cabeza cana sino la eternidad y perpetuidad de la Deidad, por la cual es sin principio alguno, y anterior a todos los tiempos, y excede a todas las criaturas? Así pues, también cuando leemos de la ira o del furor del Señor, no debemos tomarlo [ἀνθρωποπαθῶς], es decir, según un sentido indigno de pasión humana, sino en un sentido digno de Dios, que está libre de toda pasión; de modo que por esto entendamos que Él es juez y vengador de todas las cosas injustas que se hacen en este mundo; y por razón de estos términos y de su significado le temamos como el terrible remunerador de nuestras obras, y temamos hacer algo contra su voluntad. Pues la naturaleza humana suele temer a aquellos a quienes sabe indignados, y tiene miedo de ofenderlos: como en el caso de algunos jueces justísimos, la ira vengadora suele ser temida por aquellos a quienes atormenta alguna acusación de su conciencia; no ciertamente porque esta pasión exista en la mente de quienes han de juzgar con perfecta equidad, sino que, mientras temen, la disposición del juez hacia ellos es la precursora de una ejecución justa e imparcial de la ley. Y esto, por mucha bondad y mansedumbre con que se lleve a cabo, es considerado por quienes han de ser justamente castigados como la ira más salvaje y el enojo más vehemente. Sería tedioso y ajeno al alcance de la presente obra explicar todas las cosas que se dicen metafóricamente de Dios en la Sagrada Escritura con figuras humanas. Baste para nuestro presente propósito, que apunta contra el pecado de la ira, haber dicho esto: que nadie, por ignorancia, atraiga sobre sí una causa de este mal y de la muerte eterna, de aquellas Escrituras en las que debiera buscar la santidad y la inmortalidad como los remedios que traen vida y salvación.
VIII, 5
Y así, el monje que aspira a la perfección y desea combatir legítimamente en su combate espiritual, debe estar libre de todo pecado de ira y de enojo, y debe escuchar el encargo que le da el «vaso de elección». «Toda ira», dice, «y enojo, y gritería, y maledicencia, sea quitada de entre vosotros, con toda malicia.» [] Cuando dice: «Toda ira sea quitada de vosotros», no exceptúa ninguna como necesaria o útil para nosotros. Y si es preciso, debe tratar en seguida al hermano que yerra de tal manera que, mientras procura aplicar un remedio a uno afligido por quizá una fiebre ligera, no se envuelva él mismo por su ira en una dolencia más peligrosa de ceguera. Porque quien quiere sanar la herida de otro debe estar él mismo en buena salud y libre de toda afección de debilidad, no sea que se le aplique aquel dicho del evangelio: «Médico, cúrate primero a ti mismo»; [] y no sea que, viendo la mota en el ojo de su hermano, no vea la viga en su propio ojo, pues ¿cómo verá para sacar la mota del ojo de su hermano quien tiene la viga de la ira en su propio ojo? []
VIII, 6
Por casi toda causa hierve la emoción de la ira, y ciega los ojos del alma, y, trayendo la viga mortal de una enfermedad peor sobre la agudeza de nuestra vista, nos impide ver el sol de justicia. Nada importa que se pongan sobre nuestros párpados láminas de oro, o de plomo, o del metal que se quiera: el valor del metal no cambia en nada nuestra ceguera.
VIII, 7
Hay, es preciso admitirlo, un uso de la ira excelentemente implantado en nosotros, y por el cual sólo nos es útil y provechoso admitirla, a saber: cuando nos indignamos y nos encendemos contra las emociones lujuriosas de nuestro corazón, y nos duele que las cosas que nos avergonzaría hacer o decir ante los hombres se hayan levantado en los escondrijos de nuestro corazón, mientras temblamos ante la presencia de los ángeles y de Dios mismo, que lo penetra todo en todas partes, y tememos con el mayor pavor el ojo de Aquel a quien los secretos de nuestros corazones no pueden ocultarse de ningún modo.
VIII, 8
Y en todo caso esto es así: cuando nos agitamos contra esta misma ira, porque se ha deslizado en nosotros contra nuestro hermano, y cuando con enojo expulsamos sus incitaciones mortales, y no permitimos que tenga un peligroso escondrijo en los repliegues de nuestro corazón. A airarse de esta manera nos enseña aquel profeta que tan completamente la había expulsado de sus propios sentimientos que no quiso tomar venganza ni aun de sus enemigos y de aquellos entregados por Dios en sus manos, cuando dice: «Airaos, pero no pequéis.» Pues él, habiendo deseado agua de la cisterna de Belén, y habiéndosela traído sus valientes, que la habían sacado de en medio de las huestes enemigas, al punto la derramó en tierra: y así, en su ira, extinguió la deliciosa sensación de su deseo, y la derramó ante el Señor, sin satisfacer el anhelo que había expresado, diciendo: «¡Lejos de mí hacer esto! ¿Beberé la sangre de los hombres que fueron con peligro de sus almas?» [] Y cuando Semei arrojó piedras al rey David y lo maldijo, oyéndolo él, delante de todos, y Abisai, hijo de Sarvia, capitán del ejército, quiso cortarle la cabeza y vengar la injuria hecha al rey, el bienaventurado David, movido de ira piadosa contra esta terrible sugerencia suya, y guardando la debida medida de humildad y una estricta paciencia, dijo con imperturbable mansedumbre: «¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Dejadle que maldiga. Pues el Señor le ha mandado que maldiga a David. ¿Y quién se atreverá a decir: Por qué has hecho esto? He aquí que mi hijo, que salió de mis entrañas, busca mi vida, ¿cuánto más este hijo de Benjamín? Dejadle que maldiga, conforme al mandato del Señor. Quizá el Señor mirará mi aflicción, y me devolverá bien por esta maldición de hoy.» []
VIII, 9
Y a algunos se les manda «airarse» de manera saludable, pero contra nosotros mismos y contra los malos pensamientos que surgen, y «no pecar», es decir, no llevarlos a mal término. Finalmente, el versículo siguiente explica más claramente que éste es el sentido: «Las cosas que decís en vuestros corazones, doléos de ellas sobre vuestros lechos:» es decir, cualquier cosa que penséis en vuestros corazones cuando excitaciones repentinas y nerviosas os invadan, corregidla y enmendadla con saludable dolor, yaciendo como en un lecho de reposo, y quitando por la influencia moderadora del consejo todo ruido y turbación de la ira. Por último, el bienaventurado Apóstol, cuando hizo uso del testimonio de este versículo, y dijo: «Airaos, pero no pequéis», añadió: «No se ponga el sol sobre vuestra ira, ni deis lugar al diablo.» [] Si es peligroso que el sol de justicia se ponga sobre nuestra ira, y si cuando nos airamos damos al punto lugar al diablo en nuestro corazón, ¿cómo es que arriba nos encarga que nos airemos, diciendo: «Airaos, pero no pequéis»? ¿No quiere decir evidentemente esto: airaos contra vuestros vicios y vuestros temperamentos, no sea que, si consentís en ellos, Cristo, el sol de justicia, comience, por causa de vuestra ira, a ponerse sobre vuestras mentes oscurecidas, y que, al partir Él, preparéis lugar para el diablo en vuestros corazones?
VIII, 10
Y de este sol hace mención claramente Dios por el profeta, cuando dice: «Mas para los que temen mi nombre nacerá el sol de justicia, con la salud en sus alas.» [] Y de éste se dice también que «se pone» al mediodía para los pecadores y falsos profetas, y para los airados, cuando el profeta dice: «Su sol se puso al mediodía.» [] Y en todo caso, «trópicamente», la mente, es decir, el [νοῦς] o razón, que con justicia es llamado sol porque mira todos los pensamientos y discernimientos del corazón, no debe ser apagado por el pecado de la ira: no sea que cuando «se pone», las sombras de la turbación, junto con el diablo su autor, llenen todos los sentimientos de nuestro corazón, y, abrumados por las sombras de la ira como en noche oscura, no sepamos lo que debemos hacer. En este sentido hemos traído este pasaje del Apóstol, transmitido por la enseñanza de los ancianos, porque era necesario, aun a riesgo de un discurso algo extenso, mostrar cómo sentían ellos respecto de la ira, pues no permiten que ni por un momento logre entrada en nuestro corazón: observando con el máximo cuidado aquel dicho del evangelio: «Quienquiera que se aíra contra su hermano estará en peligro de juicio.» [] Pero si fuera lícito airarse hasta la puesta del sol, la demasía de nuestra ira y la venganza de nuestro enojo podrían dar rienda suelta a la pasión y a la excitación peligrosa antes de que el sol se incline a su ocaso.
VIII, 11
¿Pero qué diré de aquellos (y no puedo decirlo sin vergüenza por mi parte) a cuya implacabilidad ni siquiera la puesta del sol pone límite: sino que, prolongándola varios días, y alimentando sentimientos rencorosos contra aquellos contra quienes se han excitado, dicen de palabra que no están airados, pero de hecho y con sus obras muestran que están sumamente turbados? Pues no les hablan con agrado, ni se dirigen a ellos con la cortesía ordinaria, y piensan que no obran mal en esto, porque no buscan vengarse de su turbación. Pero como no se atreven, o al menos no pueden mostrar abiertamente su ira, y darle curso, introducen en sí, para su propio daño, el veneno de la ira, y secretamente la acarician en sus corazones, y silenciosamente se alimentan de ella en su interior; sin sacudir por un esfuerzo de la mente su disposición hosca, sino digiriéndola a medida que pasan los días, y mitigándola en algo después de un tiempo.
Capítulo 12. Cómo éste es el fin del enojo y de la ira cuando el hombre la lleva a la obra hasta donde puede
VIII, 12
Pero parece que ni siquiera esto es el fin de la venganza para todos, sino que algunos sólo pueden satisfacer por completo su ira u hosquedad si llevan a cabo el impulso de la ira hasta donde les es posible; y sabemos que esto es lo que ocurre con aquellos que refrenan sus sentimientos, no por deseo de calmarlos, sino simplemente por falta de oportunidad de venganza. Pues nada más pueden hacer a aquellos con quienes están airados, excepto hablarles sin la cortesía ordinaria: o parece como si la ira debiera moderarse sólo en la acción, y no ser arrancada del todo de su escondrijo en nuestro pecho: de modo que, abrumados por sus sombras, no podamos no sólo admitir la luz del consejo saludable y del conocimiento, sino también ser templo del Espíritu Santo, mientras el espíritu de ira habite en nosotros. Pues la ira que se alimenta en el corazón, aunque no dañe a los hombres presentes, excluye sin embargo el esplendor del resplandor del Espíritu Santo, igualmente que la ira abiertamente manifestada.
VIII, 13
¿O cómo podemos pensar que el Señor quiera que se la retenga ni por un instante, si no nos permite ofrecer los sacrificios espirituales de nuestras oraciones, si tenemos conciencia de que otro tiene alguna amargura contra nosotros: diciendo: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete; primero reconcíliate con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» [] ¿Cómo, pues, podremos retener el disgusto contra nuestro hermano, no diré por varios días, sino aun hasta la puesta del sol, si no se nos permite ofrecer nuestras oraciones a Dios mientras él tenga algo contra nosotros? Y sin embargo, el Apóstol nos manda: «Orad sin cesar»; [] y «en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni discusiones.» [] Queda, pues, o que nunca oremos en absoluto, reteniendo este veneno en nuestros corazones, y nos hagamos culpables respecto de este encargo apostólico o evangélico, en el cual se nos manda orar en todo lugar y sin cesar; o bien, si, engañándonos a nosotros mismos, nos atrevemos a derramar nuestras oraciones, contra su mandato, debemos saber que no ofrecemos a Dios oración alguna, sino un temperamento obstinado con un espíritu rebelde.
VIII, 14
Y porque a menudo despreciamos a los hermanos que son injuriados y entristecidos, y los menospreciamos, y decimos que no fueron heridos por culpa nuestra, el Médico de las almas, que conoce todos los secretos, queriendo erradicar del todo de nuestros corazones toda ocasión de ira, no sólo nos manda perdonar si hemos sido injuriados, y reconciliarnos con nuestros hermanos, y no guardar memoria alguna de injuria o agravio contra ellos, sino que da un encargo semejante: que en caso de que sepamos que tienen algo contra nosotros, con justicia o sin ella, dejemos nuestra ofrenda, es decir, aplacemos nuestras oraciones, y nos apresuremos primero a ofrecerles satisfacción; y así, cuando la curación de nuestro hermano se haya efectuado primero, podamos traer la ofrenda de nuestras oraciones sin mancha. Pues el Señor común de todos no cuida tanto de nuestro homenaje como para perder en uno lo que gana en otro, permitiendo que el disgusto reine en nosotros. Pues en la pérdida de cualquiera sufre alguna pérdida Aquel que desea y busca la salvación de todos sus siervos de una sola y misma manera. Y por tanto, nuestra oración perderá su efecto si nuestro hermano tiene algo contra nosotros, tanto como si nosotros mismos alimentáramos sentimientos de amargura contra él con espíritu hinchado e iracundo.
Capítulo 15. Cómo la Ley Antigua arrancaba la ira no sólo de las acciones, sino también de los pensamientos
VIII, 15
Pero ¿por qué hemos de gastar más tiempo en preceptos evangélicos y apostólicos, cuando incluso la ley antigua, que se considera algo más laxa, previene contra lo mismo, al decir: «No odiarás a tu hermano en tu corazón»; y de nuevo: «No guardes rencor a tus conciudadanos» []; y de nuevo: «Los caminos de quienes conservan el recuerdo de las injurias van hacia la muerte»? Veis que también allí la maldad se reprueba no sólo en la acción, sino también en los pensamientos secretos, pues se manda que el odio sea arrancado de raíz del corazón, y no sólo la venganza, sino el recuerdo mismo de la injuria.
VIII, 16
[A veces] cuando hemos sido vencidos por la soberbia o la impaciencia, y queremos corregir nuestros modales ásperos y groseros, nos quejamos de que necesitamos soledad, como si allí donde nadie nos provoca hubiéramos de hallar la virtud de la paciencia; y excusamos nuestra negligencia, diciendo que la causa de nuestra turbación no brota de nuestra propia impaciencia, sino de la falta de nuestros hermanos. Y mientras echamos la culpa de nuestra falta a otros, jamás podremos alcanzar la meta de la paciencia y de la perfección.
Capítulo 17. Que la paz de nuestro corazón no depende de la voluntad ajena, sino que está en nuestro propio dominio
VIII, 17
Por tanto, la parte principal de nuestro aprovechamiento y de la paz del alma no debe hacerse depender de la voluntad ajena, la cual de ningún modo puede estar sujeta a nuestra autoridad, sino que radica más bien en nuestro propio dominio. Y así, el no airarnos no debe resultar de la perfección de otro, sino de nuestra propia virtud, la cual se adquiere no por la paciencia de otro, sino por nuestra propia longanimidad.
VIII, 18
Además, son aquellos que son perfectos y están purificados de todos los vicios quienes deben buscar el desierto; y, cuando hayan exterminado por completo todos sus vicios en medio de la asamblea de los hermanos, deben entrar en él no por modo de huida cobarde, sino con miras a la contemplación divina y con el deseo de una penetración más profunda en las cosas celestiales, la cual sólo pueden alcanzar en la soledad los perfectos. Pues todos los vicios que llevamos con nosotros sin curar al desierto, hallaremos que permanecen ocultos en nosotros y no se eliminan. Porque así como, cuando el carácter ha sido mejorado, la soledad puede abrirle la contemplación purísima y revelar a su mirada límpida el conocimiento de los misterios espirituales, así también generalmente no sólo conserva, sino que agrava los vicios de quienes no han sufrido corrección alguna. Pues el hombre se cree a sí mismo paciente y humilde mientras no se encuentra con nadie en el trato; pero en seguida volverá a su antigua naturaleza, tan pronto como se presente la ocasión de alguna pasión: quiero decir que al punto aparecerán en la superficie aquellos vicios que estaban ocultos y, como caballos desbocados diligentemente cebados durante un ocio demasiado prolongado, se lanzarán desde las barreras con tanto más ímpetu y fiereza, para ruina de su auriga. Porque, quitada la ocasión de practicarlos entre los hombres, nuestros vicios irán en aumento cada vez más en nosotros, si primero no hemos sido purificados de ellos. Y la mera sombra de paciencia que, cuando nos mezclábamos con nuestros hermanos, parecíamos poseer fantásticamente, al menos por respeto a ellos y a la publicidad, la perdemos del todo por la pereza y la negligencia.
Capítulo 19. Un símil para formar juicio sobre quienes sólo son pacientes cuando nadie los pone a prueba
VIII, 19
Pero sucede como con todas las especies venenosas de serpientes o de fieras, las cuales, mientras permanecen en la soledad y en sus propias guaridas, no por eso son inofensivas; pues no puede decirse verdaderamente que sean inofensivas, por el hecho de que en ese momento no hagan daño a nadie. Esto les ocurre, no por sentimiento alguno de bondad, sino por las exigencias de la soledad; y, apenas consiguen ocasión de dañar a alguien, al punto despiden el veneno que tienen almacenado y muestran la ferocidad de su naturaleza. Así también, en el caso de los hombres que aspiran a la perfección, no basta no airarse contra los hombres. Pues recordamos que, viviendo en soledad, se deslizaba sobre nosotros un sentimiento de irritación contra nuestra pluma, por ser demasiado gruesa o demasiado fina; contra nuestro cortaplumas, cuando cortaba mal y con el filo embotado lo que queríamos cortar; y contra el pedernal, si por casualidad, llegando tarde y con prisa a la lectura, saltaba una chispa de fuego, de modo que no podíamos sacudirnos ni librarnos de la perturbación del ánimo sino maldiciendo la materia insensible, o al menos al demonio. Por lo cual, para el camino de la perfección de nada servirá que haya escasez de hombres contra quienes pueda encenderse nuestra ira; pues, si no se ha adquirido ya la paciencia, los sentimientos de pasión que aún moran en nuestro corazón pueden gastarse igualmente en cosas mudas y en objetos insignificantes, y no nos permiten alcanzar un estado continuo de paz, ni vernos libres de los vicios que nos quedan; a no ser que pensemos que de ello se sigue alguna ventaja y una especie de remedio para nuestra pasión, por el hecho de que las cosas inanimadas y sin voz no pueden replicar a nuestras maldiciones ni a nuestra rabia, ni provocar que nuestro temperamento ingobernable estalle en una locura peor de pasión.
VIII, 20
[Por lo cual], si deseamos alcanzar la sustancia de aquel divino galardón del que está dicho: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» [], no sólo debemos desterrar la ira de nuestras acciones, sino arrancarla de raíz de lo más íntimo del alma. Porque de nada servirá haber refrenado la ira en las palabras y no haberla manifestado en las obras, si Dios, a quien no se ocultan los secretos del corazón, ve que permanece en los repliegues escondidos de nuestro pecho. Pues la palabra del Evangelio nos manda destruir las raíces de nuestros vicios más bien que los frutos; porque éstos, quitados todos los incentivos, ciertamente no brotarán ya más; y así la mente podrá perseverar en toda paciencia y santidad, una vez desterrada esta ira no de la superficie de los actos y las obras, sino de los pensamientos más íntimos. Y, por tanto, para evitar el homicidio se cortan la ira y el odio, sin los cuales no puede cometerse el crimen de homicidio. Porque «quien se aíra contra su hermano será reo de juicio»; y «quien odia a su hermano es homicida» []; es a saber, porque en su corazón desea matarlo, cuya sangre sabemos que ciertamente no ha derramado entre los hombres con su propia mano ni con arma alguna; y sin embargo, a causa del arrebato de ira, Dios lo declara homicida, Dios, que da a cada hombre, no sólo según el resultado de sus acciones, sino según sus propósitos, deseos y anhelos, o bien galardón o bien castigo; conforme a lo que Él mismo dice por el profeta: «Mas yo vengo para reunirlos con todas las naciones y lenguas» []; y de nuevo: «Sus pensamientos, acusándose o también defendiéndose unos a otros, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres» [].
Si debemos admitir la adición de «sin causa» en aquello que está escrito en el Evangelio: «quien se aíra contra su hermano», etc.
VIII, 21
Pero debéis saber que en aquello que se halla en muchos ejemplares: «Quien se aíra contra su hermano sin causa, será reo de juicio», las palabras «sin causa» son superfluas, y fueron añadidas por quienes no creían que hubiera de desterrarse la ira aun por causas justas; pues ciertamente nadie, por irrazonablemente que se turbe, diría que se aíra sin causa. Por lo cual parece que fueron añadidas por quienes no entendieron el propósito de la Escritura, que pretendía desterrar del todo el incentivo de la ira, y no reservar ocasión alguna para la indignación; no fuese que, mandándosenos airarnos con causa, se nos presentara ocasión de airarnos sin causa. Pues el fin y el objeto de la paciencia consisten, no en airarse con buena razón, sino en no airarse en absoluto. Aunque sé que por algunos esta misma expresión, «sin causa», se interpreta en el sentido de que se aíra sin causa aquel que, una vez airado, no tiene permitido buscar venganza. Pero es mejor tomarla tal como la hallamos escrita en muchos ejemplares modernos y en todos los antiguos.
VIII, 22
[Por lo cual], el atleta de Cristo que lucha legítimamente debe arrancar de raíz el sentimiento de ira. Y será remedio seguro para esta enfermedad si, en primer lugar, nos persuadimos de que no hemos de airarnos jamás, ni por buenas ni por malas razones: pues sabemos que al punto perderemos la luz de la discreción, la seguridad del buen consejo, nuestra misma rectitud y el temple de la justicia, si la luz principal de nuestro corazón se ha oscurecido con sus sombras; después, que la pureza de nuestra alma quedará al instante empañada, y que de ningún modo puede convertirse en templo del Espíritu Santo mientras el espíritu de ira more en nosotros; por último, que consideremos que no debemos orar jamás, ni derramar nuestra oración ante Dios, mientras estemos airados. Y sobre todo, teniendo ante los ojos la condición incierta del género humano, debemos caer en la cuenta cada día de que pronto hemos de salir del cuerpo, y de que nuestra continencia y castidad, nuestra renuncia a todos los bienes, nuestro desprecio de las riquezas, nuestros esfuerzos en ayunos y vigilias de nada nos servirán, si únicamente a causa de la ira y del odio el juez del mundo nos condena a las penas eternas.
Capítulo 1. Cómo nuestro quinto combate es contra el espíritu de abatimiento, y del daño que inflige al alma
IX, 1
En nuestro quinto combate hemos de resistir los dolores del abatimiento corrosivo: pues si éste, mediante ataques sueltos hechos al azar y por cambios fortuitos y casuales, consigue ocasión de apoderarse de nuestra mente, nos aparta en todo momento de toda penetración en la contemplación divina, y arruina por completo y deprime la mente que ha caído de su estado íntegro de pureza. No le permite hacer sus oraciones con la alegría de corazón acostumbrada, ni le deja apoyarse en el consuelo de la lectura de las Sagradas Escrituras, ni sufre que esté tranquila y apacible con los hermanos; la hace impaciente y áspera en todos los deberes del trabajo y de la devoción; y, perdido todo consejo saludable y destruida la firmeza del corazón, vuelve los sentimientos casi locos y ebrios, y los aplasta y abruma con una desesperación que es castigo.
IX, 2
[Por lo cual], si deseamos esforzarnos legítimamente en la lucha de nuestro combate espiritual, con no menor cuidado debemos emprender la curación de esta enfermedad también. Pues «como la polilla daña el vestido, y el gusano la madera, así el abatimiento daña el corazón del hombre». Con suficiente claridad y propiedad ha expresado el Espíritu divino la fuerza de este vicio peligroso y perjudicialísimo.
IX, 3
Porque el vestido apolillado no tiene ya valor comercial alguno ni uso bueno al que pueda destinarse; y de la misma manera, la madera carcomida no vale ya nada ni siquiera para adornar un edificio ordinario, sino que está destinada al fuego. Así, pues, también el alma que es presa de los ataques del abatimiento corrosivo será inútil para aquella vestidura sacerdotal que, según la profecía del santo David, suele recibir el ungüento del Espíritu Santo que desciende del cielo, primero sobre la barba de Aarón y luego sobre sus vestiduras; como está dicho: «Es como el ungüento sobre la cabeza, que desciende sobre la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras». Ni podrá tener parte alguna en la edificación u ornato de aquel templo espiritual del que Pablo, como sabio arquitecto, puso los cimientos, diciendo: «Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en vosotros»; y cuáles sean sus vigas nos lo dice la esposa en el Cantar de los Cantares: «Nuestras vigas son de ciprés; los artesonados de nuestras casas son de cedro». Por eso se eligen para el templo de Dios aquellas maderas que son fragantes y no están sujetas a pudrirse, y que no se corrompen con la edad ni son carcomidas.
IX, 4
Mas a veces se descubre que resulta de la falta de una ira anterior, o que brota del deseo de alguna ganancia no conseguida, cuando uno ha visto que fracasó en su esperanza de alcanzar aquellas cosas que se había propuesto. Pero a veces, sin razón aparente alguna que nos impulse a caer en esta desgracia, por instigación de nuestro astuto enemigo quedamos de pronto deprimidos con tan gran tristeza que no podemos recibir con la cortesía ordinaria las visitas de quienes nos son cercanos y queridos; y cualquier tema de conversación que ellos inicien lo juzgamos inoportuno y fuera de lugar; y no podemos darles respuesta cortés alguna, porque la hiel de la amargura se ha apoderado de todos los rincones de nuestro corazón.
IX, 5
De donde se prueba claramente que las penas de las turbaciones no siempre las causan en nosotros las faltas ajenas, sino más bien las nuestras propias, puesto que hemos almacenado en nosotros las causas de la ofensa y las semillas de los vicios, las cuales, tan pronto como una lluvia de tentación riega nuestra alma, al punto brotan en renuevos y frutos.
Capítulo 6. Que nadie llega al desastre por una caída súbita, sino que se pierde cayendo por una larga serie de negligencias
IX, 6
Porque nadie es empujado jamás al pecado por ser provocado por la falta de otro, si no tiene almacenado en su propio corazón el combustible del mal. Ni hemos de imaginar que un hombre ha sido engañado de repente cuando ha mirado a una mujer y ha caído en el abismo de la torpe concupiscencia; sino más bien que, con ocasión de mirarla, los síntomas de la enfermedad que estaban ocultos y escondidos en lo más íntimo de su alma han salido a la superficie.
Que no debemos renunciar al trato con nuestros hermanos para buscar la perfección, sino más bien cultivar constantemente la virtud de la paciencia.
IX, 7
Y así Dios, creador de todas las cosas, mirando ante todo por la enmienda de su propia obra, y porque las raíces y causas de nuestras caídas no se hallan en otros, sino en nosotros mismos, manda que no renunciemos al trato con nuestros hermanos, ni evitemos a aquellos que creemos que han sido lastimados por nosotros, o por quienes hemos sido ofendidos, sino que nos ordena apaciguarlos, sabiendo que la perfección del corazón no se alcanza tanto con separarse de los hombres como con la virtud de la paciencia. La cual, cuando se posee con firmeza, así como puede guardarnos en paz incluso con los que odian la paz, así, si no se ha adquirido, nos hace disentir perpetuamente de los que son perfectos y mejores que nosotros: pues las ocasiones de turbación, por las cuales deseamos alejarnos de aquellos con quienes estamos unidos, no han de faltar mientras vivamos entre los hombres; y por tanto no escaparemos del todo, sino que sólo cambiaremos las causas del abatimiento por las cuales nos separamos de nuestros antiguos amigos.
IX, 8
Debemos, pues, poner todo nuestro empeño en corregir nuestros vicios y enmendar nuestras costumbres. Y si logramos corregirlos, ciertamente estaremos en paz, no digo con los hombres, sino aun con las bestias y los animales irracionales, conforme a lo que se dice en el libro del bienaventurado Job: «Pues las bestias del campo estarán en paz contigo;» [] porque no temeremos las ofensas que vengan de fuera, ni nos inquietará ocasión alguna de tropiezo exterior, si las raíces de tales cosas no son admitidas ni implantadas dentro de nosotros mismos: porque «mucha paz tienen los que aman tu ley, oh Dios, y no hay para ellos ocasión de tropiezo.»
IX, 9
Hay también otra clase de abatimiento aún más reprobable, que no produce en el alma culpable enmienda de vida ni corrección de vicios, sino la más destructiva desesperación: la cual no hizo que Caín se arrepintiera después del asesinato de su hermano, ni que Judas, después de la traición, se apresurara a aliviarse haciendo reparación, sino que lo empujó a ahorcarse en su desesperación.
IX, 10
Y así debemos ver que el abatimiento sólo nos es útil en un caso: cuando cedemos a él ya sea en penitencia por el pecado, ya sea inflamados por el deseo de la perfección, o por la contemplación de la bienaventuranza futura. Y de esto dice el bienaventurado Apóstol: «La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento firme para salvación; pero la tristeza del mundo produce muerte.» []
Capítulo 11. Cómo podemos discernir cuál es la tristeza útil y según Dios, y cuál la diabólica y mortal
IX, 11
Pero aquel abatimiento y tristeza que «produce arrepentimiento firme para salvación» es obediente, cortés, humilde, benigno, suave y paciente, porque nace del amor de Dios, y se extiende incansablemente, por el deseo de perfección, a todo dolor corporal y tristeza de espíritu; y, de algún modo, regocijándose y alimentándose con la esperanza de su propio provecho, conserva toda la suavidad de la cortesía y de la paciencia, pues tiene en sí todos los frutos del Espíritu Santo, de los que el mismo Apóstol da la lista: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.» [] Pero la otra clase es áspera, impaciente, dura, llena de rencor y de tristeza inútil y de desesperación penosa, y quebranta al hombre en quien se ha fijado, y le impide la energía y la tristeza saludable, pues es irrazonable; y no sólo estorba la eficacia de sus oraciones, sino que destruye realmente todos aquellos frutos del Espíritu de que hemos hablado, los cuales aquella otra tristeza sabe producir.
Que, excepto aquella tristeza saludable que nace de tres maneras, toda tristeza y abatimiento debe ser resistido como perjudicial.
IX, 12
Por tanto, excepto aquella tristeza que se soporta ya sea por causa de la penitencia salvadora, ya por aspirar a la perfección, o por el deseo de lo futuro, toda tristeza y abatimiento debe ser igualmente resistida, como perteneciente a este mundo y como aquella que «produce muerte», y debe ser enteramente expulsada de nuestros corazones, como el espíritu de fornicación, de avaricia y de ira.
IX, 13
Debemos, pues, ser capaces de expulsar de nuestros corazones esta pasión tan perjudicial, de modo que, mediante la meditación espiritual, mantengamos nuestra mente constantemente ocupada con la esperanza del futuro y la contemplación de la bienaventuranza prometida. Porque de este modo podremos vencer todas aquellas clases de abatimiento, ya sean las que proceden de una ira anterior, o las que nos vienen por la frustración de una ganancia, o por alguna pérdida, o las que brotan de una injuria que se nos ha hecho, o las que surgen de una perturbación irrazonable de la mente, o las que nos acarrean una desesperación mortal, si, siempre gozosos con la visión de las cosas eternas y futuras, y permaneciendo inconmovibles, no nos deprimen los accidentes presentes, ni nos exaltan en demasía la prosperidad, sino que miramos cada condición como incierta y que probablemente pasará pronto.