De la vida del pastor.
Cómo debe comportarse en él quien ha llegado en debida forma a un lugar de gobierno.
II, 1
La conducta de un prelado debe tanto sobrepasar la conducta del pueblo cuanto la vida del pastor suele exaltarlo sobre el rebaño. Pues aquel cuya estima es tal que el pueblo es llamado rebaño suyo, está obligado a considerar con ansiedad cuán gran necesidad se le impone de mantener la rectitud. Es necesario, pues, que sea puro en el pensamiento, principal en la acción; discreto en el callar, provechoso en el hablar; prójimo de todos por la simpatía, exaltado sobre todos por la contemplación; amigo familiar de los de buena vida por la humildad, inflexible contra los vicios de los malhechores por el celo de la justicia; que no se relaje en el cuidado de lo interior por ocuparse de lo exterior, ni descuide proveer lo exterior en su solicitud por lo interior. Mas las cosas que hemos tocado así brevemente, despleguémoslas ahora y tratémoslas con más detenimiento.
Que el rector debe ser puro en el pensamiento.
II, 2
El rector debe ser siempre puro en el pensamiento, por cuanto ninguna impureza debe contaminar a quien ha asumido el oficio de limpiar también en el corazón de los demás las manchas de la contaminación; pues la mano que ha de limpiar la suciedad debe estar limpia, no sea que, estando ella misma sórdida con el lodo adherido, ensucie tanto más cuanto toca. Por esto se dice por el profeta: Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor []. Pues llevan los vasos del Señor quienes emprenden, con la garantía de su propia conducta, conducir las almas de sus prójimos al santuario eterno. Perciban, pues, dentro de sí cuán purificados deben estar quienes llevan en el seno de su propia responsabilidad personal vasos vivos al templo de la eternidad. De aquí se ordena por la voz divina [] que sobre el pecho de Aarón esté estrechamente ceñido con cintas de ligadura el racional del juicio; pues las cogitaciones laxas de ningún modo deben poseer el corazón sacerdotal, sino que la sola razón lo constriña; ni debe cogitar nada indiscreto o inútil quien, constituido como está para ejemplo de los demás, debe mostrar en la gravedad de su vida cuánto caudal de razón lleva en su pecho. Y en este racional se prescribe además cuidadosamente que se graben los nombres de los doce patriarcas. Pues llevar siempre a los padres registrados en el pecho es pensar sin intermisión en las vidas de los antiguos. Porque el sacerdote anda entonces sin culpa cuando se aplica continuamente a los ejemplos de los padres que le precedieron, cuando considera sin cesar las pisadas de los santos, y reprime los pensamientos ilícitos, para no adelantar el pie de su conducta más allá del límite del orden. Y se llama bien también racional del juicio, porque el rector debe siempre, con sutil escrutinio, discernir entre el bien y el mal, y considerar con estudio qué cosas son aptas para qué, y cuándo y cómo; ni debe buscar nada para sí, sino estimar el bien de su prójimo como provecho propio. De aquí está escrito en el mismo lugar: Y pondrás en el racional de Aarón doctrina y verdad, que estarán sobre el pecho de Aarón, cuando entre delante del Señor, y llevará el juicio de los hijos de Israel sobre su pecho a la vista del Señor continuamente [Éxodo 18:30]. Pues que el sacerdote lleve el juicio de los hijos de Israel sobre su pecho ante la faz del Señor significa que examina las causas de sus súbditos atendiendo sólo a la mente del juez interior, de modo que ninguna mezcla de humanidad se le adhiera en lo que dispensa como estando en lugar de Dios, no sea que el enojo privado exaspere la agudeza de su censura. Y mientras se muestra celoso contra los vicios de los demás, deshágase de los suyos, no sea que o el rencor latente vicie la calma de su juicio, o la ira precipitada la turbe. Pero cuando se considera el terror de Aquel que preside todas las cosas (es decir, del juez interior), no sin gran temor pueden ser gobernados los súbditos. Y tal temor, en verdad, purga, mientras humilla, la mente del rector, guardándola de ser elevada por presunción de espíritu, o manchada por el deleite de la carne, u oscurecida por la importunidad del pensamiento polvoriento mediante el deseo de las cosas terrenas. Estas cosas, sin embargo, no pueden dejar de golpear la mente del rector; pero es necesario apresurarse a vencerlas por la resistencia, no sea que el vicio que tienta por la sugestión someta por la blandura del deleite, y, expulsado éste tardíamente de la mente, mate con la espada del consentimiento.
Comentario editorial · El «racional del juicio»
El argumento de Gregorio descansa en una palabra. En la Vulgata llama rationale («racional») al pectoral del sumo sacerdote, la Septuaginta λογεῖον y BTX4 «pectoral»; de ahí que el pastor lleve «caudal de razón» sobre el pecho. Barmby añade, en una nota que el epub no recoge, que rationale nombraba también un adorno de las vestiduras episcopales y a veces la propia vestidura (Du Cange). Algo parecido ocurre con «doctrina y verdad»: donde el hebreo dice Urim y Tumim, la Septuaginta pone δήλωσις y ἀλήθεια («manifestación» y «verdad») y la Vulgata doctrina et veritas. La edición inglesa remite ese texto a «Éxodo 18:30», que no existe; es .
Que el rector sea siempre el primero en la acción.
II, 3
El rector debe ser siempre el primero en la acción, para que con su vida señale el camino de la vida a los que están bajo él, y para que el rebaño, que sigue la voz y las costumbres del pastor, aprenda a caminar mejor por el ejemplo que por las palabras. Porque quien por la necesidad de su cargo está obligado a decir las cosas más altas, está compelido por la misma necesidad a mostrar las cosas más altas. Porque aquella voz penetra más prontamente el corazón del oyente, a la cual la vida del que habla encomienda, ya que lo que manda con la palabra lo ayuda a hacer mostrándolo. Por eso se dice por medio del profeta: Sube a un alto monte, tú que anuncias buenas nuevas a Sión []; lo cual significa que quien está ocupado en la predicación celestial debe haber abandonado ya el nivel bajo de las obras terrenas, y aparecer como estando en la cumbre de las cosas, y tanto más fácilmente debe atraer a los que están bajo él a las cosas mejores cuanto por el mérito de su vida clama desde las alturas. Por eso, bajo la ley divina, el sacerdote recibe la espaldilla para el sacrificio, y ésta la derecha y apartada []; para significar que su acción no sólo debe ser provechosa, sino incluso singular; y que no ha de hacer meramente lo recto entre los malos, sino sobrepasar incluso a los que obran bien entre los que están bajo él en la virtud de su conducta, como los supera en la dignidad de su orden. También el pecho, junto con la espaldilla, se le asigna para comer, a fin de que aprenda a inmolar al Dador de todo aquello de sí mismo que se le ordena tomar del Sacrificio; que no sólo entretenga en su pecho rectos pensamientos, sino que con la espaldilla de la obra invite a los que lo contemplan a las cosas de lo alto; que no codicie prosperidad alguna de la vida presente, y no tema adversidad alguna; que, atendiendo al temor que hay en él, desprecie el encanto del mundo, y considerando el encanto de la dulzura interior, desprecie sus terrores. Por lo cual, por mandato de la voz celestial [], el sacerdote es ceñido en cada hombro con la vestidura del efod, para que esté siempre guardado contra la prosperidad y la adversidad por el ornamento de las virtudes; de modo que, andando, como dice San Pablo [], en la armadura de justicia a la derecha y a la izquierda, mientras aspira sólo a las cosas que están delante, no se incline a ningún lado hacia el deleite bajo. Ni la prosperidad lo engría, ni la adversidad lo perturbe; que ni las cosas suaves lo halaguen hasta entregar su voluntad, ni las ásperas lo abatan hasta la desesperación; de suerte que, mientras no humilla la inclinación de su mente a ninguna pasión, muestre con cuánta gran hermosura del efod está cubierto en cada hombro. El cual efod se ordena también rectamente que sea hecho de oro, jacinto, púrpura, escarlata dos veces teñida y lino fino torcido [], para que se muestre por cuán gran diversidad de virtudes debe distinguirse el sacerdote. Así, en la vestidura del sacerdote, antes de todas las cosas brilla el oro, para mostrar que ha de resplandecer principalmente en la inteligencia de la sabiduría. Y con él se junta el jacinto, que resplandece con color aéreo, para mostrar que, a través de todo lo que penetra con su inteligencia, debe elevarse por encima de los favores terrenos al amor de las cosas celestiales; no sea que, sorprendido por sus propias alabanzas, quede vacío de la misma inteligencia de la verdad. Con el oro y el jacinto se mezcla también la púrpura; lo cual significa que el corazón del sacerdote, mientras espera las cosas altas que predica, debe reprimir en sí mismo incluso las sugestiones del vicio, y, como en virtud de un poder real, rechazarlas, en cuanto atiende siempre a la nobleza de la regeneración interior, y con sus costumbres guarda su derecho a la vestidura del reino celestial. Porque de esta nobleza del espíritu se dice por medio de Pedro: Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio []. Con respecto también a este poder, por el cual sometemos los vicios, somos fortalecidos por la voz de Juan, que dice: A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios []. Esta dignidad de fortaleza tiene a la vista el Salmista cuando dice: Pero conmigo han sido grandemente honrados tus amigos, oh Dios; grandemente fortalecido ha sido su principado [Salmo 138:17]. Porque verdaderamente la mente de los santos es exaltada a eminencia principesca mientras exteriormente se los ve sufrir abatimiento. Pero con el oro, el jacinto y la púrpura se junta la escarlata dos veces teñida, para mostrar que todas las excelencias de la virtud deben ser adornadas con la caridad a los ojos del juez interior; y que todo lo que brilla ante los hombres sea iluminado a la vista del árbitro oculto con la llama del amor interior. Y, además, esta caridad, puesto que consiste en el amor a la vez de Dios y del prójimo, tiene, por así decirlo, el lustre de un doble teñido. Aquel, pues, que de tal manera anhela la hermosura de su Hacedor que descuida el cuidado de sus prójimos, o de tal manera atiende al cuidado de sus prójimos que se entibia en el amor divino, cualquiera de estas dos cosas que descuide, no sabe lo que es tener la escarlata dos veces teñida en el adorno de su efod. Pero, mientras la mente está atenta a los preceptos de la caridad, queda indudablemente que la carne sea macerada por la abstinencia. Por eso, con la escarlata dos veces teñida se junta el lino fino torcido. Porque el lino fino (bisó) brota de la tierra con brillante apariencia: ¿y qué se designa con el lino fino sino la castidad corporal que resplandece blanca en la hermosura de la pureza? Y se tuerce también para ser entretejido en la hermosura del efod, ya que el hábito de la castidad alcanza entonces la perfecta blancura de la pureza cuando la carne es gastada por la abstinencia. Y, como el mérito de la aflicción de la carne aprovecha entre las demás virtudes, el lino fino torcido se muestra blanco, por así decirlo, en la diversa hermosura del efod.
Que el rector sea discreto en guardar silencio y provechoso en el hablar.
II, 4
El rector debe ser discreto en guardar silencio y provechoso en el hablar, no sea que profiera lo que debe suprimirse o suprima lo que debe proferir. Porque, así como el hablar incauto lleva al error, así el silencio indiscreto deja en el error a quienes habrían podido ser instruidos. Pues a menudo los rectores imprudentes, temiendo perder el favor humano, se abstienen con timidez de decir libremente lo que es recto; y, según la voz de la Verdad [], no sirven en modo alguno a la custodia del rebaño con el celo de los pastores, sino a la manera de asalariados, ya que huyen cuando viene el lobo si se ocultan bajo el silencio. Por eso el Señor los increpa por medio del profeta, diciendo: Perros mudos, que no pueden ladrar []. Y de nuevo se queja, diciendo: No habéis subido contra el enemigo, ni habéis opuesto un muro a la casa de Israel, para estar firmes en la batalla en el día del Señor []. Ahora bien, subir contra el enemigo es ir con voz libre contra los poderes de este mundo en defensa del rebaño; y estar firmes en la batalla en el día del Señor es, por amor a la justicia, resistir a los malos cuando contienden contra nosotros. Pues que un pastor haya temido decir lo que es justo, ¿qué otra cosa es sino haber vuelto la espalda guardando silencio? Pero ciertamente, si se pone delante por el rebaño, opone un muro contra el enemigo a favor de la casa de Israel. De donde de nuevo se dice al pueblo pecador: Vuestros profetas han visto para vosotros cosas falsas y necias: no descubrieron vuestra iniquidad, para provocaros a arrepentimiento []. Porque en el lenguaje sagrado los maestros son llamados a veces profetas, en cuanto, al señalar cuán fugaces son las cosas presentes, manifiestan las venideras. Y a tales el discurso divino los convence de ver cosas falsas, porque, temiendo reprender las culpas, adulan vanamente a los malhechores prometiéndoles seguridad; y en absoluto descubren la iniquidad de los pecadores, puesto que retraen su voz de la reprensión. Porque el lenguaje de la reprensión es la llave del descubrimiento, pues, reprendiendo, pone de manifiesto la culpa de la que a menudo ni siquiera es consciente quien la ha cometido. De donde Pablo dice: Que sea capaz, por la doctrina saludable, de convencer a los que contradicen []. De donde se dice por medio de Malaquías: Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y de su boca buscarán la ley []. De donde por medio de Isaías amonesta el Señor, diciendo: Clama a voz en cuello, no te detengas, alza tu voz como trompeta []. Pues es verdad que todo el que entra en el sacerdocio emprende el oficio de heraldo, de modo que ha de caminar, gritando él mismo, delante de la venida del juez que sigue terriblemente. Por lo cual, si el sacerdote no sabe predicar, ¿qué voz de gran clamor proferirá el heraldo mudo? Por eso sucedió que el Espíritu Santo se posó sobre los primeros pastores bajo la apariencia de lenguas []; porque a quienes Él llena, al punto los hace elocuentes. De ahí que se ordene a Moisés que, cuando el sacerdote entre en el tabernáculo, lleve campanillas alrededor []; esto es, que tenga en torno suyo los sones de la predicación, no sea que provoque con su silencio el juicio de Aquel que lo contempla desde lo alto. Porque está escrito: Que se oiga su sonido cuando entre en el lugar santo delante del Señor y cuando salga, para que no muera []. Pues el sacerdote, cuando entra o sale, muere si no se oye de él sonido alguno, porque provoca la ira del juez oculto si va sin el sonido de la predicación. Acertadamente se describe también que las campanillas están insertas en sus vestiduras. Porque ¿qué otra cosa debemos entender por las vestiduras del sacerdote sino las obras justas, como atestigua el profeta cuando dice: Vístanse tus sacerdotes de justicia [Salmo 131:9]? Las campanillas, por tanto, están inherentes en sus vestiduras para significar que las mismas obras del sacerdote deben también proclamar el camino de la vida junto con el sonido de su lengua. Pero, cuando el rector se dispone a hablar, tenga presente con cuánta cautela estudiosa debe hablar, no sea que, si se precipita desordenadamente a hablar, los corazones de los oyentes sean heridos con la herida del error y, mientras acaso desea parecer sabio, corte imprudentemente el vínculo de la unidad. Pues por esto dice la Verdad: Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros []. Ahora bien, por sal se denota la palabra de la sabiduría. Tema, pues, grandemente quien se esfuerza por hablar con sabiduría, no sea que por su elocuencia se perturbe la unidad de sus oyentes. De donde Pablo dice: No ser más sabios de lo que conviene, sino ser sabios para la sobriedad []. De ahí que en la vestidura del sacerdote, según el precepto divino, a las campanillas se añadan granadas []. Porque ¿qué se significa por las granadas sino la unidad de la fe? Pues, como dentro de una granada muchas semillas están protegidas por una sola corteza exterior, así la unidad de la fe comprende a los innumerables pueblos de la santa Iglesia, a los cuales retiene dentro de sí una diversidad de méritos. Para que, pues, el rector no se precipite imprudentemente a hablar, la Verdad en persona proclama a sus discípulos esto que ya hemos citado: Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros []. Como si dijese en figura por medio del vestido del sacerdote: Juntad granadas a las campanillas, para que en todo lo que digáis guardéis con cautelosa vigilancia la unidad de la fe. Deben también los rectores guardar con pensamiento ansioso no sólo no decir en modo alguno lo que es malo, sino no proferir aun lo que es bueno excesiva y desordenadamente; ya que el buen efecto de las cosas dichas se pierde a menudo, cuando se debilita en los corazones de los oyentes por la importunidad incauta de la locuacidad; y esta misma locuacidad, que no sabe servir al provecho de los oyentes, también mancha al que habla. De ahí que esté bien dicho por Moisés: El hombre que padece flujo de semilla será inmundo []. Pues la calidad del habla que se oye es la semilla del pensamiento que sigue, ya que, mientras el habla es concebida por el oído, el pensamiento es engendrado en la mente. Por lo cual también los sabios de este mundo llamaron sembrador de palabras (seminiverbius) al excelente predicador []. Por tanto, el que padece flujo de semilla es declarado inmundo, porque, entregado a hablar mucho, se mancha con aquello que, si hubiera sido emitido ordenadamente, habría podido producir la descendencia del pensamiento recto en los corazones de los oyentes; y, mientras se gasta incautamente en locuacidad, derrama su semilla no para servir a la generación, sino para la inmundicia. De ahí también Pablo, al amonestar a su discípulo a que sea constante en la predicación, cuando dice: Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos por su manifestación y por su reino: predica la palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo [], estando a punto de decir fuera de tiempo, antepone a tiempo, porque en verdad la importunidad se echa a perder para la mente del oyente por su misma bajeza, si no sabe observar la oportunidad.
Que el rector sea prójimo de todos en la compasión, y exaltado sobre todos en la contemplación.
II, 5
El rector debe ser prójimo de todos en la compasión, y exaltado sobre todos en la contemplación, de modo que por las entrañas de la misericordia amorosa transfiera a sí mismo las enfermedades de los otros, y por la alteza de la especulación trascienda incluso a sí mismo en su aspiración a lo invisible; no sea que, buscando las cosas altas, desprecie las flaquezas de sus prójimos, o, acomodándose a las flaquezas de sus prójimos, abandone su aspiración a las cosas altas. Pues por eso Pablo es arrebatado al Paraíso [] y explora los secretos del tercer cielo, y, sin embargo, aunque llevado a lo alto en aquella contemplación de las cosas invisibles, hace volver la visión de su mente al lecho de los carnales, y prescribe cómo deben tener trato mutuo en su intimidad oculta, diciendo: Mas a causa de la fornicación, tenga cada uno su propia mujer, y cada mujer tenga su propio marido. El marido dé a la mujer lo que le es debido, y asimismo la mujer al marido []. Y un poco después []: No os defraudéis el uno al otro, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para entregaros a la oración, y volved a juntaros, para que no os tiente Satanás. He aquí que ya está iniciado en los secretos celestiales, y sin embargo por las entrañas de la condescendencia escudriña el lecho de los carnales; y el mismo ojo del corazón que en su elevación levanta a lo invisible, lo inclina en su compasión sobre los secretos de los sujetos a enfermedad. En la contemplación trasciende el cielo, y sin embargo en su cuidado ansioso no abandona el lecho de los carnales; porque, unido a la vez a lo más alto y a lo más bajo por el vínculo de la caridad, aunque en sí mismo poderosamente arrebatado por la fuerza del espíritu a las alturas, entre los otros, en su misericordia amorosa, se contenta con hacerse débil. De ahí, por tanto, dice: ¿Quién es débil, y yo no soy débil? ¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso? []. De nuevo dice: A los judíos me hice como judío []. Ahora bien, mostró esta conducta no perdiendo asimiento de su fe, sino extendiendo su misericordia amorosa; de modo que, transfiriendo en figura a sí mismo la persona de los incrédulos, aprendiera de sí mismo cómo había que mostrarles compasión; a fin de otorgarles lo que con razón habría deseado que se le otorgara a él, si hubiera sido como ellos. De nuevo dice: Porque si estamos fuera de nosotros, es para Dios; o si somos sobrios, es para vosotros []. Pues había sabido a la vez trascenderse a sí mismo en la contemplación y acomodarse a sus oyentes en la condescendencia. De ahí que Jacob, mirando el Señor desde lo alto, y derramándose aceite sobre la piedra, viera ángeles que subían y descendían []; para significar que los verdaderos predicadores no sólo aspiran en la contemplación a la santa cabeza de la Iglesia, es decir, al Señor, en lo alto, sino que también descienden en conmiseración hacia sus miembros. De ahí que Moisés entre y salga frecuentemente del tabernáculo, y el que está envuelto en la contemplación dentro se ocupa fuera de los asuntos de los sujetos a enfermedad. Dentro considera las cosas secretas de Dios; fuera lleva las cargas de los carnales. Y también en las cuestiones dudosas recurre siempre al tabernáculo, a consultar al Señor delante del arca de la alianza; dando sin duda ejemplo a los rectores; para que, cuando en el mundo exterior no estén seguros de cómo ordenar las cosas, vuelvan a su propia alma como al tabernáculo, y, como delante del arca de la alianza, consulten al Señor, si acaso, para que escudriñen dentro de sí las páginas de la sagrada palabra acerca de aquello de que dudan. De ahí que la Verdad misma, manifestada a nosotros por la asunción de nuestra humanidad, persevera en oración en el monte, pero obra milagros en las ciudades [], señalando así el camino que han de seguir los buenos rectores; que, aunque ya aspirando en la contemplación a las cosas más altas, se mezclen en compasión con las necesidades de los enfermos; ya que la caridad sube entonces maravillosamente a lo alto cuando es atraída compasivamente a las cosas bajas de los prójimos; y cuanto más benignamente desciende a las cosas débiles de este mundo, tanto más vigorosamente recurre a las cosas de lo alto. Pero los que están sobre otros deben mostrarse de tal modo que sus súbditos no se avergüencen de descubrirles incluso sus secretos; que los pequeños, agitados por las olas de la tentación, acudan al corazón de su pastor como al pecho de una madre, y laven la mancha que prevén para sí mismos con la suciedad del pecado que los azota, en el consuelo de su exhortación y en las lágrimas de la oración. De ahí también que ante las puertas del templo el mar de bronce para lavar las manos de los que entran, esto es, la fuente, esté sostenido por doce bueyes [1 Reyes 7:23, y sigs.], cuyos rostros ciertamente se ven de frente, pero cuyas partes traseras están ocultas. Pues ¿qué se significa por los doce bueyes sino todo el orden de los pastores, de quienes la ley dice, según la explica Pablo: No pondrás bozal al buey que trilla (1 Corintios 9:9; cf. Deuteronomio 25:4)? Sus obras abiertas ciertamente las vemos; pero lo que les queda detrás en la retribución oculta del juez estricto no lo conocemos. Sin embargo, cuando disponen la paciencia de su condescendencia para limpiar los pecados de sus prójimos en la confesión, sostienen, por así decirlo, la fuente ante las puertas del templo; para que quienquiera que se esfuerce por entrar en la puerta de la eternidad muestre sus tentaciones al corazón de su pastor, y, como si dijéramos, lave las manos de su pensamiento y de su obra en la fuente de los bueyes. Y por lo común sucede que, mientras la mente del rector se entera por la condescendencia de las pruebas de otros, es atacada también ella misma por las tentaciones de que oye; ya que la misma agua de la fuente en que se limpia la multitud del pueblo queda sin duda ella misma manchada. Pues, al recibir las inmundicias de los que se lavan, pierde, por así decirlo, la calma de su propia pureza. Pero de esto no debe en modo alguno temer el pastor, pues, bajo Dios, que todo lo equilibra con exactitud, es rescatado tanto más fácilmente de sus propias tentaciones cuanto más compasivamente se angustia por las de los otros.
Que el rector debe ser, por la humildad, compañero de los que viven bien, pero, por el celo de la justicia, rígido contra los vicios de los que obran mal.
II, 6
El rector debe ser, por la humildad, compañero de los que viven bien, y, por el celo de la justicia, rígido contra los vicios de los que obran mal; de modo que en nada se prefiera a los buenos, y sin embargo, cuando la falta de los malos lo exija, sea al punto consciente del poder de su preeminencia; a fin de que, mientras entre sus súbditos que viven bien renuncia a su rango y los tiene por iguales suyos, no tema ejecutar las leyes de la rectitud contra los perversos. Porque, como recuerdo haber dicho en mi libro sobre la moral (Lib. xxi., Moral, cap. 10, nunc. n. 22), es claro que la naturaleza produjo a todos los hombres iguales; pero, por la variación en el orden de sus méritos, la culpa pone a unos debajo de otros. Mas la misma diversidad que ha sobrevenido por el vicio está ordenada por el juicio divino, de modo que, ya que no todos los hombres pueden permanecer en un mismo pie, uno sea regido por otro. De donde todos los que están sobre otros deben considerar en sí mismos no la autoridad de su rango, sino la igualdad de su condición, y alegrarse no de estar sobre los hombres, sino de hacerles bien. Pues en verdad nuestros antiguos padres se dice que no fueron reyes de hombres, sino pastores de rebaños. Y cuando dijo el Señor a Noé y a sus hijos: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra [], al punto añadió: Y vuestro temor y vuestro espanto sea sobre todos los animales de la tierra. Así aparece que, mientras se ordena que el temor y el espanto estén sobre los animales de la tierra, se prohíbe que estén sobre los hombres. Porque el hombre por naturaleza es preferido a los brutos animales, pero no a los demás hombres; y por eso se le dice que sea temido por los animales, pero no por los hombres; pues querer ser temido por un igual suyo es ensoberbecerse contra la naturaleza. Y sin embargo es necesario que los rectores sean temidos por sus súbditos cuando hallan que Dios no es temido por ellos; de modo que quienes no temen los juicios divinos, al menos por el temor humano, tengan miedo de pecar. Pues los superiores de ningún modo se muestran soberbios al procurar inspirar este temor, en el cual no buscan su propia gloria, sino la rectitud de sus súbditos. Porque al exigir temor de sí mismos a los que viven perversamente, no se enseñorean, por decirlo así, de hombres, sino de bestias, en cuanto que, en la medida en que sus súbditos son bestiales, también deben yacer sometidos al temor.
Mas comúnmente el rector, por el mero hecho de estar por encima de los demás, se hincha con jactancia de pensamiento; y mientras todas las cosas sirven a su necesidad, mientras sus mandatos se ejecutan prontamente según su deseo, mientras todos sus súbditos ensalzan con alabanzas lo que ha hecho bien, pero no tienen autoridad para hablar contra lo que ha hecho mal, y mientras comúnmente alaban incluso lo que deberían haber reprendido, su mente, seducida por lo que se le ofrece en abundancia desde abajo, se eleva sobre sí misma; y, mientras por fuera está rodeada de favor ilimitado, pierde el sentido interior de la verdad; y, olvidada de sí, se dispersa en las voces de los demás hombres, y cree ser tal como por fuera se oye llamar, más que tal como debiera haberse juzgado interiormente que es. Mira por encima del hombro a los que están debajo de él, y no los reconoce como iguales suyos en el orden de la naturaleza; y a aquellos a quienes ha superado en el accidente del poder cree haberlos superado también en los méritos de la vida; se tiene por más sabio que todos aquellos a quienes se ve aventajar en poder. Pues en verdad se establece en su propia mente en cierta eminencia elevada, y, aunque unido con los demás en la misma condición de la naturaleza, se desdeña de mirar a los demás desde el mismo nivel; y así llega a ser semejante a aquel de quien está escrito: Él contempla toda cosa alta; es rey sobre todos los hijos de la soberbia []. Más aún, aspirando a una eminencia singular y despreciando la vida social de los ángeles, dice: Pondré mi asiento en el norte, y seré semejante al Altísimo []. Por lo cual, por un juicio admirable, halla dentro de sí un pozo de ruina mientras por fuera se exalta en la cumbre del poder. Pues en verdad se asemeja al ángel apóstata cuando, siendo hombre, se desdeña de ser semejante a los hombres. Así Saúl, después del mérito de la humildad, se hinchó de soberbia cuando estuvo en la altura del poder: por su humildad fue preferido, por su soberbia rechazado; como lo atestigua el Señor, que dice: Cuando eras pequeño ante tus propios ojos, ¿no te hice yo cabeza de las tribus de Israel? []. Antes se había visto pequeño ante sus propios ojos; pero, cuando fue sostenido por el poder temporal, ya no se vio pequeño. Pues, prefiriéndose en comparación con los demás porque tenía más poder que todos, se tuvo por grande sobre todos. Mas de manera admirable, cuando era pequeño para consigo mismo, era grande para con Dios; pero, cuando apareció grande para consigo mismo, fue pequeño para con Dios. Así comúnmente, mientras la mente se infla por la abundancia de súbditos, se corrompe hasta un flujo de soberbia, siendo la cumbre misma del poder alcahueta del deseo. Y en verdad ordena bien este poder quien sabe a la vez mantenerlo y combatirlo. Lo ordena bien quien sabe por él elevarse sobre las culpas y sabe con él igualarse a los demás en igualdad. Pues la mente humana comúnmente se exalta aun cuando no tiene autoridad alguna que la sostenga: ¡cuánto más se levanta a lo alto cuando la autoridad se presta a sostenerla! Con todo, dispensa rectamente esta autoridad quien sabe, con solícito cuidado, tomar de ella lo que aprovecha y rechazar lo que tienta, y con ella percibirse a la par de los demás, y sin embargo ponerse por encima de los que pecan en su celo vengador.
Pero comprenderemos más plenamente esta distinción si atendemos a los ejemplos dados por el primer pastor. Pues Pedro, que había recibido de Dios el principado de la Santa Iglesia, ante Cornelio, que obraba bien y se postraba humildemente ante él, rehusó aceptar una veneración inmoderada, diciendo: Levántate; no lo hagas; yo también soy hombre []. Mas cuando descubre la culpa de Ananías y Safira, pronto muestra con cuánto poder había sido hecho eminente sobre todos los demás. Pues con su palabra hirió la vida de aquellos, cuya culpa detectó por la penetración de su espíritu; y se acordó de sí mismo como principal dentro de la Iglesia contra los pecados, aunque no lo reconoció cuando se le tributaba honor con afán ante sus hermanos que obraban bien. En un caso la santidad de la conducta mereció la comunión de la igualdad; en el otro, el celo vengador sacó a la luz las justas exigencias de la autoridad. Pablo tampoco se conoció a sí mismo como preferido por encima de sus hermanos que obraban bien, cuando dijo: No porque tengamos dominio sobre vuestra fe, sino que somos colaboradores de vuestro gozo []. Y al punto añadió: Porque por la fe estáis firmes; como para explicar su declaración diciendo: Por esta causa no tenemos dominio sobre vuestra fe, porque por la fe estáis firmes; pues somos vuestros iguales en aquello en que sabemos que estáis firmes. No se conoció a sí mismo como preferido por encima de sus hermanos, cuando dijo: Nos hicimos niños en medio de vosotros []; y de nuevo: Sino a nosotros mismos como vuestros siervos por Cristo []. Mas cuando halló una falta que requería ser corregida, al punto se acordó de sí mismo como maestro, diciendo: ¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara? []?
El supremo gobierno, pues, se ordena bien cuando el que preside se enseñorea de los vicios, más bien que de sus hermanos. Mas cuando los superiores corrigen a sus súbditos delincuentes, les queda por atender con ansiedad hasta qué punto, mientras por derecho de su autoridad hieren las faltas con la debida disciplina, todavía, por la custodia de la humildad, se reconocen a la par de los mismos hermanos corregidos; aunque por lo general conviene que en nuestro silencioso pensamiento prefiramos incluso a nosotros mismos a los hermanos a quienes corregimos. Pues sus vicios son heridos por nosotros con el vigor de la disciplina; pero en los que nosotros mismos cometemos no somos desgarrados ni siquiera por una palabra de reproche. Por lo cual estamos tanto más obligados ante el Señor cuanto entre los hombres pecamos sin castigo; mas nuestra disciplina vuelve a nuestros súbditos tanto más libres del juicio divino cuanto no deja sus faltas sin retribución aquí. Por tanto, en el corazón debe mantenerse la humildad, y en la acción la disciplina. Y en todo tiempo hay necesidad de sagaz discernimiento, no sea que, por excesiva custodia de la virtud de la humildad, se relajen las justas exigencias del gobierno, y no sea que, mientras un superior se abaja más de lo conveniente, no pueda refrenar la vida de sus súbditos bajo el vínculo de la disciplina. Mantengan, pues, los rectores por fuera lo que emprenden en beneficio de los demás; retengan por dentro lo que los hace temerosos en la estima de sí mismos. Pero aun sus súbditos perciban, por ciertas señales que se manifiestan decorosamente, que en sí mismos son humildes; de modo que a la vez vean algo que temer en su autoridad y reconozcan algo que imitar en lo tocante a la humildad. Por tanto, los que presiden procuren sin intermisión que, en la medida en que su poder se ve grande por fuera, sea reprimido dentro de sí mismos por dentro; que no venza su pensamiento; que el corazón no sea arrastrado a deleitarse en él; no sea que la mente no pueda gobernar aquello a lo que se somete por el deseo de dominar. Pues, para que el corazón del rector no sea entregado a la jactancia por el deleite en el poder personal, con razón se dice por cierto sabio: Te han hecho caudillo: no te ensalces, mas sé entre ellos como uno de ellos [Sirácides 32:1]. De donde también dice Pedro: No como teniendo señorío sobre la heredad de Dios, sino hechos ejemplos del rebaño []. De donde la Verdad en persona, provocándonos a mejor merecimiento virtuoso, dice: Sabéis que los príncipes de los gentiles se enseñorean de ellos, y los que son mayores ejercen autoridad sobre ellos. No será así entre vosotros; sino que el que quiera ser mayor entre vosotros, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, sea vuestro siervo; así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir []. De donde también indica qué castigos aguardan al siervo que fue exaltado por su asunción del gobierno, diciendo: Mas si aquel mal siervo dijere en su corazón: Mi Señor tarda su venida; y comenzare a herir a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el Señor de aquel siervo en día que no le espera, y a la hora que no conoce, y le cortará por medio, y pondrá su parte con los hipócritas [Mateo 24:48, seq.]. Pues con razón es contado entre los hipócritas quien, bajo pretexto de disciplina, convierte el ministerio del gobierno en ejercicio de dominación. Y sin embargo a veces hay delito más grave, si entre personas perversas se guarda la igualdad más que la disciplina. Pues Elí, porque, vencido por un afecto falso, no quiso castigar a sus hijos delincuentes, se hirió a sí mismo junto con sus hijos ante el juez estricto con un destino cruel []. Pues por esto le dice la voz divina: Has honrado a tus hijos más que a mí []. De donde también reprende a los pastores por medio del profeta, diciendo: Lo que estaba quebrado no habéis ligado, y lo que estaba desechado no habéis traído de vuelta []. Pues lo que había sido desechado es traído de vuelta cuando aquel que cayó en pecado es llamado de nuevo al estado de rectitud por el vigor de la solicitud pastoral. Pues la ligadura ata la fractura cuando la disciplina subyuga un pecado, no sea que la herida sangre mortalmente por falta de ser comprimida con la severidad de la constricción. Mas a menudo la fractura se hace peor cuando es ligada sin cautela, de modo que la cortadura se siente más gravemente por ser constreñida sin medida por las ligaduras. De aquí es necesario que, cuando la herida del pecado en los súbditos es reprimida por la corrección, aun la constricción se modere con gran cuidado, a fin de que ejercite los derechos de la disciplina contra los delincuentes reteniendo las entrañas de la misericordia amorosa. Pues debe cuidarse de que el rector se muestre a sus súbditos madre en la misericordia amorosa y padre en la disciplina. Y en todo tiempo ha de mirarse con solícita circunspección que ni la disciplina sea rígida ni la misericordia amorosa sea laxa. Porque, como ya antes dijimos en nuestro libro sobre la Moral (Lib. xx., Moral n. 14, c. 8, et ep. 25, lib. 1), mucho falta tanto a la disciplina como a la compasión, si se tiene la una sin la otra. Mas debe haber en los rectores hacia sus súbditos tanto compasión justamente considerada como disciplina afectuosamente severa. Porque de aquí es que, como enseña la Verdad [], el hombre medio muerto es traído por el cuidado del samaritano al mesón, y se aplican a sus heridas vino y aceite; el vino para que escuezan, el aceite para que las alivie. Pues quien preside la curación de las heridas debe necesariamente administrar en el vino la punzada del dolor y en el aceite la suavidad de la misericordia amorosa, a fin de que por el vino se purgue lo que supura y por el aceite se alivie lo que puede sanar. Mezclése, pues, la mansedumbre con la severidad; hágase una especie de compuesto de ambas; de modo que los súbditos no sean ni ulcerados por demasiada aspereza ni relajados por demasiada bondad. Lo cual, según las palabras de Pablo [], está bien significado por aquella arca del tabernáculo, en la cual, junto con las tablas, había una vara y maná; porque, si en el pecho del buen rector hay, con el conocimiento de la Sagrada Escritura, la vara de la constricción, debe haber también el maná de la dulzura. De donde dice David: Tu vara y tu cayado, ellos me han consolado []. Pues con la vara somos heridos, con el cayado somos sostenidos. Si, pues, hay la constricción de la vara para herir, debe haber también el consuelo del cayado para sostener. Por lo cual haya amor, pero no enervante; haya vigor, pero no exasperante; haya celo, pero no inmoderadamente ardiente; haya piedad, pero no que perdone más de lo conveniente; para que, mientras la justicia y la misericordia se mezclan entre sí en el supremo gobierno, el que está a la cabeza pueda a la vez aliviar los corazones de sus súbditos haciéndolos temer y, consolándolos, constreñirlos a reverencial temor.
Que el rector no relaje su cuidado de las cosas de dentro en su ocupación con las cosas de fuera, ni descuide proveer a las cosas de fuera en su solicitud por las cosas de dentro.
II, 7
El rector no debe relajar su cuidado de las cosas de dentro en su ocupación con las cosas de fuera, ni descuidar proveer a las cosas de fuera en su solicitud por las cosas de dentro; no sea que, entregado a las cosas de fuera, se aparte de sus íntimos intereses, o, ocupado sólo en las cosas de dentro, no conceda a sus prójimos de fuera lo que les debe. Pues a menudo sucede que algunos, como olvidando que han sido puestos sobre sus hermanos por el bien de sus almas, se entregan con todo el esfuerzo de su corazón a los negocios seculares; cuando éstos se presentan, se gozan en despacharlos, y, aun cuando faltan, los anhelan noche y día con hervores de turbio pensamiento; y cuando, acaso por falta de ocasión, tienen reposo de ellos, con su mismo reposo se fatigan tanto más. Porque tienen por placer el cansarse con la acción: estiman trabajo no trabajar en negocios terrenos. Y así sucede que, mientras se deleitan en ser zarandeados por los tumultos del mundo, ignoran las cosas de dentro, que debían haber enseñado a los demás. Y por esta causa, sin duda, la vida de sus súbditos se entorpece; porque, mientras desean avanzar espiritualmente, tropiezan en el camino con el ejemplo de aquel que está puesto sobre ellos. Pues cuando la cabeza languidece, los miembros no prosperan; y en vano un ejército sigue rápidamente en persecución de los enemigos si el guía mismo de la marcha se equivoca. Ninguna exhortación sostiene las mentes de los súbditos, y ningún reproche castiga sus faltas, porque, mientras el oficio de juez terreno es ejercido por el guardián de las almas, la atención del pastor se aparta de la custodia del rebaño; y los súbditos no pueden percibir la luz de la verdad, porque, mientras los afanes terrenos ocupan la mente del pastor, el polvo, empujado por el viento de la tentación, ciega los ojos de la Iglesia. Para precaverse contra esto, el Redentor del género humano, cuando quiso apartarnos de la glotonería, diciendo: Mirad por vosotros, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez [], añadió al punto: ni de los cuidados de esta vida; y en el mismo lugar, para aumentar el temor en la advertencia, dijo inmediatamente: No sea que acaso aquel día venga sobre vosotros de repente []. Y aun declara el modo de aquella venida, diciendo: Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan en la faz de toda la tierra []. De aquí dice también: Ninguno puede servir a dos señores []. De aquí Pablo aparta las mentes de los religiosos del consorcio con el mundo llamándolos, o más bien alistándolos, cuando dice: Ninguno que milita por Dios se enreda en los negocios de esta vida, para agradar a aquel a quien se ha aprobado []. De aquí a los rectores de la Iglesia les encomienda los estudios de la quietud y les indica los remedios del consejo, diciendo: Si, pues, tuviereis juicios seculares, poned para juzgar a los que son despreciables en la iglesia []; es decir, que aquellos mismos a quienes ningún don espiritual adorna se dediquen a los cargos terrenos. Es como si hubiera dicho más claramente: Ya que son incapaces de penetrar las cosas íntimas, al menos empleense exteriormente en las cosas necesarias. De aquí Moisés, que habla con Dios [], es corregido por el reproche de Jetro, que era de raza extraña, porque con trabajo mal aconsejado se dedica a los asuntos terrenos del pueblo; y al punto se le da consejo de que nombre a otros en su lugar para dirimir las contiendas terrenas, y él quede más libre para aprender los secretos espirituales para instrucción del pueblo.
Por los súbditos, pues, han de despacharse las materias inferiores; por los rectores, las sumas han de pensarse; de suerte que ninguna molestia del polvo oscurezca el ojo que está colocado en lo alto para mirar hacia los pasos venideros. Pues todos los que presiden son la cabeza de sus súbditos; y, para que los pies puedan llevar un camino recto, la cabeza debe sin duda mirar hacia él desde arriba, no sea que los pies se retrasen en su camino, el cuerpo se doble de su rectitud y la cabeza se incline hasta la tierra. Mas ¿con qué conciencia puede el supervisor de las almas valerse entre los demás hombres de su dignidad pastoral, mientras se ocupa él mismo en los cuidados terrenos que era su deber reprender en otros? Y esto es ciertamente lo que el Señor, en la ira de la justa retribución, amenazó por medio del profeta, diciendo: Y será el pueblo como el sacerdote []. Porque el sacerdote es como el pueblo, cuando quien tiene un oficio espiritual obra como los demás que aún están bajo juicio en cuanto a sus afanes carnales. Y esto ciertamente lo deplora el profeta Jeremías, en el gran dolor de su caridad, bajo la imagen de la destrucción del templo, diciendo: ¡Cómo se ha oscurecido el oro! ¡El color más excelente se ha cambiado! Las piedras del santuario están esparcidas en lo alto de todas las calles []. Pues ¿qué se expresa por el oro, que supera a todos los demás metales, sino la excelencia de la santidad? ¿Qué por el color más excelente, sino la reverencia que rodea a la religión, amable para todos los hombres? ¿Qué se significa por las piedras del santuario, sino las personas de las sagradas órdenes? ¿Qué se figura bajo el nombre de calles, sino la latitud de la vida presente? Pues, porque en la lengua griega la palabra para latitud es [πλάτος], las calles (plateæ) han sido llamadas así por su anchura, o latitud. Y la Verdad en persona dice: Ancha y espaciosa es la senda que lleva a la perdición []. El oro, pues, se oscurece cuando una vida de santidad se contamina con acciones terrenas; el color más excelente se cambia, cuando la reputación anterior de personas que se creía vivían religiosamente se mengua. Pues cuando alguno, después de un hábito de santidad, se mezcla con acciones terrenas, es como si su color se mudara, y la reverencia que lo rodeaba palidece y es desestimada ante los ojos de los hombres. Las piedras del santuario también se esparcen por las calles, cuando aquellos que, para ornamento de la Iglesia, deberían estar libres para penetrar los misterios interiores como en los lugares secretos del tabernáculo, buscan fuera los amplios caminos de las causas seculares. Pues en verdad para este fin fueron hechos piedras del santuario, para que apareciesen en el vestido del sumo sacerdote dentro del santo de los santos. Mas cuando los ministros de la religión no exigen la honra del Redentor de los que están debajo de ellos por el mérito de su vida, no son piedras del santuario en el ornamento del pontífice. Y en verdad estas piedras del santuario yacen esparcidas por las calles, cuando personas de sagradas órdenes, entregadas a la latitud de sus propios placeres, se adhieren a los negocios terrenos. Y ha de observarse que se dice que están esparcidas, no en las calles, sino en lo alto de las calles; porque, aun cuando se ocupan en materias terrenas, desean aparecer en lo más alto; de modo que ocupan los caminos anchos en el disfrute de su deleite y, sin embargo, están en lo alto de las calles en la dignidad de la santidad.
Además, nada nos impide tomar las piedras del santuario por aquellas de las que el santuario mismo fue construido; las cuales yacen esparcidas en lo alto de las calles cuando hombres de sagradas órdenes, en cuyo oficio la gloria de la santidad parecía antes mantenerse, se entregan por preferencia a acciones terrenas. Los empleos seculares, por tanto, aunque a veces puedan tolerarse por compasión, nunca deben buscarse por afición a las cosas mismas; no sea que, mientras abruman la mente de quien los ama, la hundan, vencida por su propio peso, desde los lugares celestiales a lo más bajo. Pero, por otra parte, hay algunos que emprenden el cuidado del rebaño, mas desean estar tan ociosos para sus propios intereses espirituales que de ninguna manera se ocupan de las cosas externas. Tales personas, al descuidar todo cuidado por lo que atañe al cuerpo, de ningún modo atienden las necesidades de los que están puestos debajo de ellos. Y ciertamente su predicación es por lo general despreciada; porque, mientras reprenden las obras de los pecadores, pero no les suministran lo necesario de la vida presente, no son escuchados en absoluto de buena gana. Pues la palabra de doctrina no penetra en la mente de quien está en necesidad, si la mano de la compasión no la recomienda a su corazón. Mas la semilla de la palabra germina prontamente cuando la misericordia amorosa del predicador la riega en el pecho del oyente. De donde, para que el rector pueda infundir lo que aprovecha interiormente, le es necesario, con consideración irreprensible, proveer también a las cosas de fuera. Ardan, pues, los pastores en ardor respecto de los afectos interiores de aquellos que tienen a su cargo, de modo que no abandonen la provisión de su vida exterior. Pues, como hemos dicho, el corazón del rebaño está, aun como por derecho, dispuesto contra la predicación, si el cuidado del socorro externo es descuidado por el pastor. De donde también el primer pastor amonesta con ansiedad, diciendo: A los ancianos que están entre vosotros ruego, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, y participante de la gloria que ha de ser revelada: Apacentad el rebaño de Dios que está entre vosotros []; en cuyo lugar mostró si recomendaba la alimentación del corazón o del cuerpo, cuando añadió al punto: Cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente, según Dios, no por torpe ganancia, sino con prontitud de ánimo. En estas palabras, en verdad, los pastores son bondadosamente advertidos, no sea que, mientras satisfacen la necesidad de los que están debajo de ellos, se maten a sí mismos con la espada de la ambición; no sea que, mientras por medio de ellos sus prójimos son refrigerados con socorros de la carne, ellos mismos permanezcan en ayunas del pan de la rectitud. Esta solicitud de los pastores la excita Pablo cuando dice: Si alguno no provee a los suyos, y especialmente a los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un infiel []. En medio de todo esto, pues, deben temer, y atender con vigilancia, no sea que, mientras se ocupan en el cuidado exterior, sean arrebatados de la atención interior. Porque comúnmente, como ya hemos dicho, los corazones de los rectores, mientras sin cautela se entregan a la solicitud temporal, se enfrían en el amor íntimo; y, llevados acá y allá fuera, no temen olvidar que han emprendido el gobierno de las almas. Es necesario, pues, que la solicitud empleada en los que están puestos debajo de nosotros se mantenga dentro de cierta medida. De aquí se dice bien a Ezequiel: Los sacerdotes no se raparán la cabeza, ni dejarán crecer sus cabellos, sino que recortando recortarán sus cabezas []. Pues con razón se llaman sacerdotes los que están puestos sobre los fieles para ofrecerles guía sagrada. Mas los cabellos fuera de la cabeza son pensamientos en la mente; los cuales, como brotan insensiblemente sobre el cerebro, denotan los cuidados de la vida presente, que, por descuidada percepción, puesto que a veces salen a destiempo, avanzan, por decirlo así, sin que los sintamos. Puesto que, pues, todos los que están sobre otros deben en verdad tener ansiedades externas y, sin embargo, no han de inclinarse vehemente a ellas, con razón se prohíbe a los sacerdotes raparse la cabeza o dejar crecer demasiado el cabello; para que ni se corten del todo los pensamientos de la carne para la vida de los que están debajo de ellos, ni permitan que crezcan demasiado. Así en este pasaje se dice bien: Recortando recortarán sus cabezas; a saber, que los cuidados de la ansiedad temporal se extiendan tanto cuanto la necesidad lo pide y, sin embargo, se corten pronto, no sea que crezcan de modo inmoderado. Cuando, pues, mediante el cuidado providente por los cuerpos aplicado por fuera se protege la vida [o, mediante el cuidado providente aplicado por fuera, se protege la vida de los cuerpos], y a su vez, mediante la moderada atención del corazón, no se impide, los cabellos de la cabeza del sacerdote se conservan para cubrir la piel y se cortan para no velar los ojos.
Comentario editorial · Un pasaje de texto dudoso
El final de este capítulo es oscuro, y el corchete del castellano («o, mediante el cuidado providente…») refleja una doble lectura que ya trae la edición inglesa. Barmby dice, en una nota que el epub omite, que el pasaje puede estar corrupto: una frase paralela de las Cartas de Gregorio (VII, 4) lee «inmoderada» donde aquí se lee «moderada» atención del corazón, y el «no» de «no se impide», que falta en muchos manuscritos y rechazaron los editores benedictinos, le parece necesario para el sentido. Su lectura es que el pastor debe atender a las necesidades del cuerpo de su gente sin que esa atención estorbe la devoción de su corazón; solo entonces los cabellos del sacerdote «se conservan para cubrir la piel y se cortan para no velar los ojos».
Que el rector no debe poner su corazón en agradar a los hombres, y sin embargo debe atender a lo que debe agradarles.
II, 8
Mientras tanto, es también necesario que el rector vigile con cautela, no sea que el deseo de agradar a los hombres le asalte; no sea que, cuando penetra con estudio las cosas de dentro y provee con providencia las de fuera, busque ser amado por los que están bajo él más que la verdad; no sea que, mientras, apoyado en sus buenas obras, parece no pertenecer al mundo, el amor propio lo enajene de su Hacedor. Porque es enemigo del Redentor quien por las buenas obras que hace codicia ser amado por la Iglesia en lugar de Él; pues el siervo a quien el esposo ha enviado con dones a la esposa es reo de pensamiento traicionero si desea agradar a los ojos de la esposa. Y en verdad este amor propio, cuando se ha apoderado de la mente del rector, a veces la arrastra desordenadamente a la blandura, pero a veces a la aspereza. Porque por amor de sí mismo la mente del rector se inclina a la blandura, porque, cuando ve pecar a los que están bajo él, no se atreve a reprenderlos, no sea que el afecto que le tienen se entibie; más aún, a veces suaviza con lisonjas la ofensa de sus súbditos que debió haber reprendido. De donde bien se dice por el profeta: ¡Ay de los que cosen almohadillas bajo todo codo, y hacen cabezales bajo la cabeza de toda estatura para cazar almas! []; en cuanto que poner almohadillas bajo todo codo es acariciar con blandas lisonjas a las almas que caen de su rectitud y se reclinan en el goce de este mundo. Pues es como si el codo de una persona recostada descansara sobre una almohadilla y su cabeza sobre cabezales, cuando se retira la dureza de la reprensión al que peca, y se le ofrece la blandura del favor, para que yazga muellemente en el error, sin que ninguna aspereza de contradicción lo turbe. Pero los rectores que se aman a sí mismos se muestran sin duda tales a aquellos por quienes temen ser perjudicados en la consecución de la gloria temporal. A los que ven que no tienen poder contra ellos, los tienen siempre abatidos con la aspereza de una censura rígida, jamás los amonestan con suavidad, sino que, olvidados de la misericordia pastoral, los aterran con los derechos del dominio. A tales reprende con razón la voz divina por el profeta, diciendo: Con aspereza y con poder los dominasteis []. Porque, amándose a sí mismos más que a su Hacedor, se alzan con soberbia hacia los que están bajo ellos, sin considerar lo que deben hacer, sino lo que pueden hacer; no temen el juicio futuro; se glorían con insolencia en el poder temporal; les agrada ser libres para hacer aun cosas ilícitas, y que nadie entre sus súbditos les contradiga. Quien, pues, se dispone a hacer cosas malas y, no obstante, quiere que todos los demás callen acerca de ellas, es testigo contra sí mismo de que desea ser amado más a sí mismo que a la verdad, la cual no quiere que sea defendida contra él. No hay, en efecto, nadie que viva de tal modo que no falte en algo a su deber. Desea, pues, que la verdad sea amada más plenamente que a sí mismo quien desea que nadie lo perdone contra la verdad. De aquí que Pedro aceptó de buena gana la reprensión de Pablo []; de aquí que David escuchó con humildad la corrección de su súbdito [2 Samuel 12:7<]; porque los buenos rectores, no teniendo conciencia de amar con afección parcial, creen que la palabra de libre sinceridad de los súbditos es el homenaje de la humildad. Pero entretanto es necesario que el cuidado del gobierno se temple con tan grande habilidad de dirección, que la mente de los súbditos, cuando haya llegado a poder sentir rectamente sobre algunas cosas, avance de tal modo a la libertad de palabra, que la libertad no prorrumpa en soberbia; no sea que, mientras se les concede acaso demasiado la libertad de lengua, se pierda la humildad de su vida. Ha de tenerse presente también que es recto que los buenos rectores deseen agradar a los hombres; pero esto para atraer a sus prójimos con la dulzura de su propio carácter al afecto por la verdad; no de modo que anhelen ser amados ellos mismos, sino que hagan del afecto hacia sí mismos como una especie de camino por el cual conducir los corazones de sus oyentes al amor del Creador. Porque es ciertamente difícil que un predicador que no es amado, por bien que predique, sea escuchado de buena gana. Quien, pues, está sobre otros debe procurar ser amado para ser escuchado, y sin embargo no buscar el amor por sí mismo, no sea que se le halle en la oculta usurpación de su pensamiento rebelde contra Aquel a quien en su oficio parece servir. Lo cual insinúa bien Pablo cuando, manifestando el secreto de su afecto por nosotros, dice: Así como agrado a todos en todas las cosas []. Y sin embargo dice de nuevo: Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo []. Así Pablo agrada, y no agrada; porque en cuanto desea agradar busca que no agrade él mismo a los hombres, sino la verdad por medio de él.
Que el rector debe cuidarse de entender cuán comúnmente los vicios se hacen pasar por virtudes.
II, 9
El rector debe también entender cuán comúnmente los vicios se hacen pasar por virtudes. Porque a menudo la tacañería se disculpa bajo el nombre de frugalidad, y por otra parte la prodigalidad se oculta bajo el apelativo de liberalidad. A menudo la relajación desordenada es tenida por misericordia amorosa, y la ira desenfrenada es considerada virtud de celo espiritual. A menudo la acción precipitada se toma por eficacia de prontitud, y la tardanza por deliberación de seriedad. De donde es necesario que el rector de almas distinga con cuidado vigilante entre virtudes y vicios, no sea que la tacañería se apodere de su corazón mientras se regocija de parecer frugal en el gasto; o que, mientras algo se derrocha pródigamente, se gloríe de ser como compasivamente liberal; o que, al remitir lo que debió castigar, arrastre a los que están bajo él al castigo eterno; o que, al castigar sin misericordia una ofensa, él mismo ofenda más gravemente; o que, anticipando inmaduramente, eche a perder lo que pudo hacerse propia y gravemente; o que, difiriendo el mérito de una buena acción, la mude en algo peor.
Qué discernimiento debe tener el rector entre corrección y disimulo, entre fervor y suavidad.
II, 10
Debe saberse también que a veces los vicios de los súbditos deben ser prudentemente disimulados, pero indicados en que se disimulan; que algunas cosas, aun abiertamente conocidas, deben a veces tolerarse oportunamente, pero a veces, aunque ocultas, investigarse de cerca; que a veces deben ser reprendidas con suavidad, pero a veces censuradas con vehemencia. Porque, en efecto, algunas cosas, como hemos dicho, deben ser prudentemente disimuladas, pero indicadas en que se disimulan, para que, cuando el delincuente advierta que es descubierto y soportado, se avergüence de aumentar aquellas faltas que considera que en sí son toleradas en silencio, y se castigue en su propio juicio como uno a quien la paciencia de su rector excusa misericordiosamente en su propia mente. Con tal disimulo reprende bien el Señor a Judá, cuando dice por el profeta: Has mentido, y no te has acordado de mí, ni lo has puesto en tu corazón, porque he callado y he sido como quien no ve []. Así Él a la vez disimuló las faltas y las dio a conocer, pues a la vez calló contra el pecador y, no obstante, declaró esto mismo, que había callado. Pero algunas cosas, aun abiertamente conocidas, deben ser toleradas oportunamente; es decir, cuando las circunstancias no ofrecen ocasión adecuada para corregirlas abiertamente. Porque las llagas, cortadas a destiempo, se inflaman peor y, si los medicamentos no se acomodan al tiempo, es sin duda evidente que pierden su función medicinal. Pero, mientras se busca un tiempo apto para la corrección de los súbditos, se ejercita la paciencia del prelado bajo el peso mismo de sus ofensas. De donde bien dice el Salmista: Los pecadores han edificado sobre mi espalda [Salmo 128:3]. Porque sobre la espalda soportamos cargas; y por eso se queja de que los pecadores han edificado sobre su espalda, como si dijera claramente: A los que no puedo corregir los llevo como carga puesta sobre mí.
Algunas cosas ocultas, sin embargo, deben ser investigadas de cerca, para que, por la aparición de ciertos indicios, el rector descubra todo lo que yace oculto en las mentes de sus súbditos y, interviniendo la reprensión en el momento preciso, se percate de las mayores a partir de las muy pequeñas. De donde con razón se dice a Ezequiel: Hijo de hombre, horada en la pared []; a lo cual el citado profeta añade al punto: Y cuando hube horadado en la pared, apareció una puerta. Y me dijo: Entra, y verás las malvadas abominaciones que hacen aquí. Entré, pues, y vi; y he aquí que toda figura de reptiles, y abominación de bestias, y todos los ídolos de la casa de Israel, estaban pintados en la pared (ibíd. 9, 10). Ahora bien, por Ezequiel son representados los hombres en autoridad; por la pared se significa la dureza de sus súbditos. Y ¿qué es horadar en una pared sino abrir la dureza del corazón mediante inquisiciones penetrantes? Cuando hubo horadado dicha pared, apareció una puerta, porque cuando la dureza del corazón es atravesada, sea por interrogaciones cuidadosas, sea por reprensiones oportunas, se muestra como una especie de puerta, por la cual puede aparecer lo interior de los pensamientos en aquel que es reprendido. De donde también se sigue bien en aquel lugar: Entra y verás las malvadas abominaciones que hacen aquí (ibíd.). Entra, por así decirlo, a ver las abominaciones quien, mediante el examen de ciertos indicios que aparecen exteriormente, penetra de tal modo los corazones de sus súbditos que llega a conocer todos sus pensamientos ilícitos. De donde también añadió: Y entré y vi; y he aquí toda figura de reptiles, y abominación de bestias (ibíd.). Por reptiles se significan pensamientos del todo terrenos; por bestias, en cambio, los que, aunque un poco levantados sobre la tierra, todavía codician las recompensas del pago terreno. Porque los reptiles se adhieren a la tierra con todo el cuerpo; pero las bestias, en gran parte del cuerpo levantadas sobre la tierra, se inclinan sin embargo siempre a la tierra por la gula. Hay, pues, reptiles dentro de la pared, cuando se revuelven en la mente pensamientos que nunca se alzan sobre los apetitos terrenos. Hay también bestias dentro de la pared, cuando, aunque se abriguen algunos pensamientos justos y algunos honrosos, todavía están subordinados al apetito de ganancias y honores temporales, y, aunque en sí mismos, por así decir, levantados sobre la tierra, sin embargo por el deseo de ganar favor, como por el ansia de la garganta, se rebajan a lo más bajo. De donde también bien se añade: Y todos los ídolos de la casa de Israel estaban pintados en la pared [], en cuanto que está escrito: Y la avaricia, que es idolatría []. Con razón, pues, después de las bestias se habla de ídolos, porque algunos, aunque levantándose como sobre la tierra por una acción honrosa, se rebajan sin embargo a la tierra por una ambición deshonrosa. Y bien se dice: Estaban pintados; porque, cuando las imágenes de las cosas externas se introducen en el interior de uno mismo, todo lo que se medita bajo figuras imaginarias queda, por así decirlo, pintado en el corazón. Ha de observarse, por tanto, que primero se percibe un agujero en la pared, y después una puerta, y que luego, por fin, se manifiesta la abominación oculta; porque, en efecto, de cada pecado se ven primero las señales exteriormente, y después se señala una puerta para abrir la iniquidad a la vista; y entonces, por fin, se descubre todo mal que yace oculto dentro.
Algunas cosas, empero, deben ser reprendidas con suavidad: porque, cuando la falta se comete no por malicia, sino sólo por ignorancia o flaqueza, es sin duda necesario que la censura misma se temple con gran moderación. Pues es cierto que todos nosotros, mientras subsistimos en esta carne mortal, estamos sujetos a las flaquezas de nuestra corrupción. Por lo tanto, cada uno debe colegir de sí mismo cuánto le conviene compadecer la debilidad de otro, no sea que, si se precipita con demasiado fervor a palabras de reprensión contra la flaqueza del prójimo, parezca olvidado de la suya propia. De donde Pablo amonesta bien, cuando dice: Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales restaurad a tal persona con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado []; como si dijera claramente: Cuando lo que ves de la flaqueza de otro te desagrada, considera lo que eres; de modo que el espíritu se modere en el celo de la reprensión, mientras por sí mismo teme también aquello que reprende.
Algunas cosas, empero, deben ser reprendidas con vehemencia, para que, cuando la falta no es reconocida por quien la ha cometido, se le haga sentir su gravedad por boca del que reprende; y para que, cuando alguno se disculpa a sí mismo el mal que ha perpetrado, sea llevado por la aspereza de su censor a concebir graves temores de sus efectos contra sí mismo. Porque, en efecto, es deber del rector mostrar con la voz de la predicación la gloria de la patria celestial, descubrir cuán grandes tentaciones del antiguo enemigo acechan en el camino de esta vida, y corregir con gran aspereza de celo los males que entre los que están bajo su gobierno no deben ser soportados con suavidad; no sea que, por indignarse demasiado poco contra las faltas, sea él mismo tenido por culpable de todas ellas. De donde bien se dice a Ezequiel: Toma para ti una teja, y la pondrás delante de ti, y pintarás en ella la ciudad de Jerusalén []. E inmediatamente se añade: Y pondrás sitio contra ella, y edificarás fuertes, y levantarás un terraplén, y pondrás campamentos contra ella, y arietes contra ella alrededor. Y a él, para su propia defensa, se añade inmediatamente: Y tú toma para ti una sartén de hierro, y la pondrás por muro de hierro entre ti y la ciudad. Porque, ¿a quién representa el profeta Ezequiel sino a los maestros, en cuanto se le dice: Toma para ti una teja, y la pondrás delante de ti, y pintarás en ella la ciudad de Jerusalén?
Porque, en efecto, los santos maestros toman para sí una teja cuando toman el corazón terreno de los oyentes para enseñarles: la cual teja en verdad ponen delante de sí, porque la guardan con toda la tensión de su mente: en la cual teja también se les manda pintar la ciudad de Jerusalén, porque ponen el mayor empeño en representar a los corazones terrenos, mediante la predicación, una visión de la paz celestial. Pero, porque la gloria de la patria celestial se percibe en vano, si no se sabe también cuán grandes tentaciones del astuto enemigo nos asaltan aquí, se añade oportunamente: Y pondrás sitio contra ella, y edificarás fuertes. Porque, en efecto, los santos predicadores ponen sitio en torno a la teja en la que está delineada la ciudad de Jerusalén, cuando a una mente que es terrena pero que ya busca la patria celestial muestran cuán grande oposición de vicios está dispuesta contra ella en el tiempo de esta vida. Pues, cuando se muestra cómo cada pecado nos asedia en nuestro camino, es como si la voz del predicador pusiera sitio alrededor de la ciudad de Jerusalén. Pero, porque los predicadores no sólo han de dar a conocer cómo los vicios nos asaltan, sino también cómo las virtudes bien guardadas nos fortalecen, se añade con razón: Y edificarás fuertes. Porque, en efecto, el santo predicador edifica fuertes cuando muestra qué virtudes resisten a qué vicios. Y porque, al aumentar la virtud, las guerras de la tentación se acrecientan por lo general, se añade con razón además: Y levantarás un terraplén, y pondrás campamentos contra ella, y arietes alrededor. Porque, cuando un predicador presenta la mole de la tentación creciente, levanta un terraplén. Y pone campamentos contra Jerusalén cuando a la recta intención de sus oyentes predice las emboscadas no previstas y, por así decir, incomprensibles del astuto enemigo. Y pone arietes alrededor, cuando da a conocer los dardos de la tentación que nos cercan por todas partes en esta vida, y atraviesan nuestro muro de virtudes.
Pero, aunque el rector insinúe bien todas estas cosas, no se procura una absolución duradera, si no arde con espíritu de celo contra las faltas de todos y cada uno. De donde en aquel lugar se añade además con razón: Y tú toma para ti una sartén de hierro, y la pondrás por muro de hierro entre ti y la ciudad. Porque por la sartén se denota una fritura de la mente, y por el hierro la dureza de la reprensión.
Mas ¿qué cosa fríe y atormenta más ferozmente la mente del maestro que el celo por Dios? De aquí que Pablo ardía con la fritura de esta sartén cuando decía: ¿Quién desfallece, y yo no desfallezco? ¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso? []. Y, porque todo el que se inflama de celo por Dios es protegido por una guardia continua, para no merecer ser condenado por negligencia, con razón se dice: La pondrás por muro de hierro entre ti y la ciudad. Porque una sartén de hierro se pone por muro de hierro entre el profeta y la ciudad, porque, cuando los rectores muestran ya un celo fuerte, conservan ese mismo celo como defensa fuerte después entre ellos y sus oyentes, no sea que se vean entonces privados del poder de castigar por haber sido antes remisos en reprender.
Mas entretanto ha de tenerse presente que, mientras la mente del maestro se exaspera para reprender, le es muy difícil evitar prorrumpir en algo que no debe decir. Y la mayor parte de las veces sucede que, cuando las faltas de los súbditos son reprendidas con severa invectiva, la lengua del maestro se desborda en exceso de lenguaje. Y, cuando la reprensión es inmoderadamente ardiente, los corazones de los delincuentes se hunden en la desesperación. Por lo cual es necesario que el rector exasperado, cuando considere que ha herido los sentimientos de sus súbditos más de lo debido, recurra en su propia mente a la penitencia, para alcanzar con lamentos el perdón ante la Verdad; y aun por esta causa, porque peca por el ardor de su celo por ella. Esto es lo que el Señor en figura ordena por medio de Moisés, diciendo: Si un hombre va con simplicidad de corazón con su amigo al bosque a cortar leña, y el hierro del hacha se le escapa de la mano, y el hierro salta del mango y hiere a su amigo y lo mata, huirá a una de las ciudades antedichas y vivirá; no sea que acaso el pariente más cercano de aquel cuya sangre ha sido derramada, mientras su corazón está ardiendo, lo persiga, y lo alcance, y lo hiera de muerte []. Porque, en efecto, vamos con un amigo al bosque cuantas veces nos ponemos a examinar las faltas de los súbditos. Y cortamos leña con simplicidad de corazón, cuando con intención piadosa cortamos los vicios de los delincuentes. Pero el hacha se escapa de la mano, cuando la reprensión se lleva a una aspereza mayor de lo necesario. Y el hierro salta del mango, cuando de la reprensión sale una palabra demasiado dura. Y hiere y mata a su amigo, porque la contumelia excesiva lo priva del espíritu de amor. Pues la mente del reprendido prorrumpe de repente en odio, si la reprensión inmoderada lo carga más allá de lo debido. Pero el que corta leña sin cautela y destruye a su prójimo debe huir a tres ciudades, para vivir protegido en una de ellas; pues si, acogiéndose a los lamentos de la penitencia, queda oculto bajo la esperanza y la caridad en la unidad sacramental, no es tenido por culpable del homicidio perpetrado. Y a él no lo mata el pariente más cercano del muerto, aun cuando lo encuentre; porque, cuando venga el juez estricto, que se unió a nosotros compartiendo nuestra naturaleza, sin duda no exige la pena de su falta a aquel a quien la fe, la esperanza y la caridad ocultan al amparo de su perdón.
Cuán atento debe estar el rector a las meditaciones de la Sagrada Ley.
II, 11
Mas todo esto lo ejecuta debidamente el rector si, inspirado por el espíritu del temor y del amor celestiales, medita cada día en los preceptos de la Sagrada Escritura, para que las palabras de la amonestación divina restauren en él el vigor de la solicitud y de la circunspección providente con respecto a la vida celestial, que el trato familiar con los hombres continuamente destruye; y para que quien es arrastrado a la vejez de la vida por la sociedad secular sea renovado sin cesar, por la aspiración de la compunción, al amor de la patria espiritual. Porque el corazón corre gran desperdicio en medio de las palabras humanas; y, como es indudablemente evidente que, cuando es empujado por los tumultos de las ocupaciones exteriores, pierde el equilibrio y cae, conviene cuidar incesantemente de que mediante la búsqueda afanosa de la instrucción vuelva a levantarse. Pues de aquí que Pablo amoneste a su discípulo a quien había puesto al frente del rebaño, diciendo: Hasta que yo venga, asiste a la lectura []. De aquí dice David: ¡Cuánto he amado tu ley, oh Señor! Es mi meditación todo el día [Salmo 109:97]. De aquí mandó el Señor a Moisés acerca del transporte del arca, diciendo: Harás cuatro anillas de oro, que pondrás en las cuatro esquinas del arca; y harás varas de madera de setim, y las cubrirás de oro, y las pasarás por las anillas que están a los lados del arca, para que sea llevada con ellas; y estarán siempre en las anillas, y nunca serán sacadas de ellas [Éxodo 25:12, sig.]. ¿Qué sino la santa Iglesia está figurada por el arca? A la cual se manda añadir cuatro anillas de oro en las cuatro esquinas, porque, al extenderse así hacia las cuatro partes del orbe, se declara indudablemente que está provista para el camino con los cuatro libros del santo Evangelio. Y se hacen varas de madera de setim, y se pasan por las mismas anillas para llevarla, porque han de buscarse maestros fuertes y perseverantes, como maderos incorruptibles, que, adhiriéndose siempre a la instrucción de los sagrados volúmenes, declaren la unidad de la santa Iglesia y, por decirlo así, lleven el arca al ser introducidos en sus anillas. Porque, en verdad, llevar el arca por medio de varas es, mediante la predicación, llevar la santa Iglesia ante las mentes rudas de los incrédulos por medio de buenos maestros. Y a éstos se les manda asimismo cubrirlos de oro, para que, mientras resuenan ante los demás en el discurso, brillen también ellos en el esplendor de sus vidas. De los cuales se añade además convenientemente: Estarán siempre en las anillas, y nunca serán sacadas de ellas; porque es ciertamente necesario que quienes atienden al oficio de la predicación no se aparten del estudio de la sagrada erudición. Pues a este fin se manda que las varas estén siempre en las anillas: para que, cuando la ocasión exija que el arca sea llevada, no surja tardanza en el transporte por tener que introducir las varas; porque, es decir, cuando un pastor es consultado por sus súbditos sobre cualquier asunto espiritual, es sumamente ignominioso que se ponga entonces a aprender, cuando debía resolver la cuestión. Queden, pues, las varas siempre en las anillas, para que los maestros, meditando siempre en su corazón las palabras de la Sagrada Escritura, levanten sin demora el arca de la alianza; lo cual sucederá si enseñan al punto lo que se les pida. De aquí que el primer Pastor de la Iglesia amoneste bien a todos los demás pastores, diciendo: Estad siempre prontos para dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros []: como si dijera llanamente: Para que ninguna demora impida llevar el arca, no se retiren nunca las varas de las anillas.