Cómo han de ser amonestados los simples y los insinceros.
III, 11
( Amonestación 12.) De diferente manera deben ser amonestados los simples y los insinceros. A los simples hay que alabarlos porque se esfuerzan por no decir nunca lo falso, pero han de ser amonestados para que sepan callar a veces lo verdadero. Porque, así como la falsedad siempre dañó a quien la dice, así a veces el oír la verdad ha causado daño a algunos. Por lo cual el Señor, delante de sus discípulos, templando su palabra con silencio, dice: Muchas cosas tengo que deciros, mas ahora no las podéis llevar []. Por tanto, los simples han de ser amonestados para que, así como siempre evitan con provecho el engaño, así siempre digan con provecho la verdad. Han de ser amonestados para que añadan prudencia a la bondad de la sencillez, a fin de poseer de tal modo la seguridad de la sencillez que no pierdan la circunspección de la prudencia. Porque de aquí dice el maestro de los gentiles: Quiero que seáis sabios para el bien y simples para el mal []. De aquí la Verdad en persona amonesta a sus elegidos, diciendo: Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas []; porque, a saber, en los corazones de los elegidos la sabiduría de la serpiente debe aguzar la sencillez de la paloma, y la sencillez de la paloma templar la sabiduría de la serpiente, a fin de que ni por la prudencia sean seducidos a la astucia, ni por la sencillez se entorpezcan en el ejercicio del entendimiento.
Pero, por el contrario, los insinceros han de ser amonestados para que aprendan cuán pesado es el trabajo de la duplicidad, que con culpa soportan. Porque, mientras temen ser descubiertos, buscan siempre defensas deshonestas y se agitan con temerosas sospechas. Pero nada hay más seguro para la defensa que la sinceridad, nada más fácil de decir que la verdad. Porque, cuando el corazón se ve obligado a defender su engaño, se fatiga con duro trabajo. De aquí está escrito: La labor de sus labios los cubrirá [Salmo 139:10]. Pues lo que ahora los llena, entonces los cubre, ya que entonces oprime con aguda retribución a aquel cuya alma ahora eleva con suave desasosiego. De aquí se dice por Jeremías: Enseñaron su lengua a hablar mentira, y se afanan por cometer iniquidad []: como si se dijera claramente: Quienes sin trabajo pudieron ser amigos de la verdad, trabajan por pecar; y, mientras rehúsan vivir en sencillez, con trabajos procuran morir. Porque comúnmente, al ser sorprendidos en una falta, mientras rehúyen ser conocidos como son, se esconden bajo un velo de engaño y se esfuerzan por excusar su pecado, ya claramente percibido; de modo que a menudo quien cuida de reprender sus faltas, extraviado por las nieblas de la falsedad que los rodean, se encuentra casi habiendo perdido lo que poco antes tenía por cierto acerca de ellos. De aquí rectamente se dice por el profeta, bajo la semejanza de Judá, al alma que peca y se excusa: Allí el erizo tuvo su nido []. Porque con el nombre de erizo se denota la duplicidad de una mente insincera, que astutamente se defiende; porque, a saber, cuando se atrapa un erizo, se percibe su cabeza, aparecen sus pies y todo su cuerpo queda expuesto a la vista; pero no bien ha sido atrapado, se recoge en una bola, encoge sus pies, esconde su cabeza, y todo lo que antes era visible junto se pierde junto dentro de las manos de quien lo sostiene. Así, ciertamente, así son las mentes insinceras cuando son apresadas en sus transgresiones. Porque se percibe la cabeza del erizo, pues aparece desde qué comienzo el pecador avanzó a su crimen; se ven los pies del erizo, porque se descubre por qué pasos se ha perpetrado la iniquidad; y sin embargo, aduciendo de repente excusas, la mente insincera recoge sus pies, en cuanto oculta todas las huellas de su iniquidad; encoge la cabeza, porque con extrañas defensas da a entender que ni siquiera comenzó mal alguno; y queda como una bola en la mano de quien la sostiene, porque quien la reprende, perdiendo de repente todo lo que poco antes había llegado a conocer, sostiene al pecador arrollado dentro de su propia conciencia, y, aunque lo había visto entero cuando fue atrapado, iludido por la tergiversación de la defensa deshonesta, queda en igual medida ignorante de todo él. Así el erizo tiene su nido en los réprobos, porque la duplicidad de una mente astuta, recogiéndose dentro de sí misma, se esconde en las tinieblas de su propia defensa.
Oigan los insinceros lo que está escrito: El que anda en sencillez anda seguro []. Pues en verdad la sencillez de conducta es garantía de gran seguridad. Oigan lo que dice la boca del sabio: El espíritu santo de la disciplina huirá del engaño []. Oigan lo que de nuevo afirma el testimonio de la Escritura: Su comunión es con los simples []. Porque la comunión de Dios es la revelación de secretos a las mentes humanas mediante la iluminación de su presencia. Se dice, pues, que comulga con los simples, porque ilumina con el rayo de su visitación acerca de los misterios celestiales las mentes de aquellos a quienes ninguna sombra de duplicidad oscurece. Pero es mal propio de los de doble ánimo que, mientras engañan a otros con su conducta torcida y doble, se glorían como si fueran sobremanera prudentes más que los demás; y, como no consideran la severidad de la retribución, se exultan, miserables que son, en sus propias pérdidas. Pero oigan cómo el profeta Sofonías extiende sobre ellos el poder de la reprensión divina, diciendo: He aquí que viene el día del Señor, grande y horrible, el día de la ira, aquel día; día de tinieblas y oscuridad, día de nube y torbellino, día de trompeta y estruendo, sobre todas las ciudades fortificadas y sobre todos los ángulos altos []. Porque ¿qué se expresa por ciudades fortificadas sino las mentes sospechosas, rodeadas siempre de falaz defensa; mentes que, cuantas veces su falta es atacada, no dejan que los dardos de la verdad les lleguen? ¿Y qué se significa por ángulos altos (siendo la pared siempre doble en los ángulos) sino los corazones insinceros; los cuales, mientras rehúyen la sencillez de la verdad, en cierto modo se repliegan sobre sí mismos en la tortuosidad de la duplicidad y, lo que es peor, por su misma falta de insinceridad se levantan en sus pensamientos con la soberbia de la prudencia? Por tanto, el día del Señor viene lleno de venganza y reprensión sobre las ciudades fortificadas y sobre los ángulos altos, porque la ira del juicio final destruye los corazones humanos cerrados por defensas contra la verdad y despliega los que estaban plegados en duplicidades. Pues entonces caen las ciudades fortificadas, porque serán condenadas las almas en las que Dios no ha penetrado. Entonces se derrumban los ángulos altos, porque los corazones que se yerguen en la prudencia de la insinceridad son postrados por la sentencia de justicia.
Cómo han de ser amonestados los sanos y los enfermos.
III, 12
( Amonestación 13.) De diferente manera deben ser amonestados los sanos y los enfermos. Porque los sanos han de ser amonestados a emplear la salud del cuerpo para la salud del alma: no sea que, si convierten la gracia de la salud concedida al uso de la iniquidad, se hagan peores por el don, y después merezcan castigos más severos, al no temer usar mal ahora los dones más abundantes de Dios. Los sanos han de ser amonestados a no despreciar la oportunidad de ganar la salud para siempre. Porque está escrito: He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación []. Han de ser amonestados, no sea que, si no quieren agradar a Dios cuando pueden, no puedan cuando, ya tarde, lo deseen. Porque de aquí sucede que la Sabiduría después abandona a aquellos a quienes, por negarse demasiado tiempo, antes llamó, diciendo: Llamé, y rehusasteis; extendí mi mano, y no hubo quien atendiera; desechasteis todo mi consejo y no quisisteis mi reprensión: también yo me reiré de vuestra calamidad y me burlaré cuando venga lo que temíais [Proverbios 1:24, y sig.]. Y de nuevo: Entonces me llamarán, y no responderé; madrugarán, y no me hallarán []. Y así, cuando se desprecia la salud del cuerpo, recibida para hacer el bien, se siente, después de perdida, cuán precioso era el don; y al final se busca inútilmente, habiéndola disfrutado sin provecho cuando fue concedida en el tiempo oportuno. De donde bien se dice por Salomón: No des tu honor a los extraños, ni tus años al cruel; no sea que los extraños se llenen de tu hacienda, y tus trabajos estén en casa ajena, y gimas al final, cuando tu carne y tu cuerpo se consuman [Proverbios 5:9, y sig.]. Pues ¿quiénes son extraños a nosotros sino los espíritus malignos, apartados de la suerte de la patria celestial? ¿Y cuál es nuestro honor sino que, aunque hechos de barro, somos creados a imagen y semejanza de nuestro Hacedor? ¿O quién otro es cruel sino aquel ángel apóstata, que se hirió a sí mismo con el dolor de la muerte por soberbia, y no perdonó, aunque perdido, traer la muerte al género humano? Da, pues, su honor a los extraños quien, hecho a imagen y semejanza de Dios, consagra las estaciones de su vida a los placeres de los espíritus malignos. Entrega también sus años al cruel quien gasta el espacio de vida que le ha sido concedido según la voluntad del adversario que domina mal. Y en el mismo lugar bien se añade: No sea que los extraños se llenen de tu hacienda, y tus trabajos estén en casa ajena. Porque cualquiera que, por la salud corporal recibida o por la sabiduría de mente concedida, no trabaja en la práctica de virtudes sino en la perpetración de vicios, en modo alguno llena su propia casa, sino las moradas de los extraños, con su hacienda: es decir, multiplica las obras de los espíritus inmundos, y aun obra de tal modo, en su lujuria o en su soberbia, que aumenta el número de los perdidos con la adición de sí mismo. Además, bien se añade: Y gimas al final, cuando tu carne y tu cuerpo se consuman. Porque, las más de las veces, la salud de la carne recibida se gasta en vicios; pero, cuando se retira de repente, cuando la carne se gasta con aflicciones, cuando ya se urge al alma a salir, entonces la salud perdida, largo tiempo disfrutada para el mal, se busca de nuevo como para vivir bien. Y entonces gimen los hombres por no haber querido servir a Dios, cuando ya no pueden reparar en modo alguno las pérdidas de su negligencia sirviéndole. De donde se dice en otro lugar: Cuando los mataba, entonces le buscaban [Salmo 77:34].
Pero, por el contrario, los enfermos han de ser amonestados a sentirse hijos de Dios en que el azote de la disciplina los castiga. Porque, si no se propusiera darles una herencia después de la corrección, no tendría cuidado de educarlos con aflicciones. Porque de aquí dice el Señor a Juan por medio del ángel: A los que amo, reprendo y castigo []. De aquí también está escrito: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él. Porque el Señor al que ama castiga, y azota a todo hijo que recibe []. De aquí dice el Salmista: Muchas son las tribulaciones de los justos, y de todas ellas los librará el Señor [Salmo 33:20]. De aquí también el bienaventurado Job, clamando en su dolor, dice: Si fuere justo, no levantaré mi cabeza, estando saciado de aflicción y miseria []. Ha de decirse a los enfermos que, si creen propia la patria celestial, es necesario que soporten trabajos en ésta como en tierra extraña. Porque de aquí sucedió que las piedras fueran labradas fuera, para ser colocadas sin ruido de martillo en el edificio del templo del Señor; porque, es decir, ahora somos labrados con azotes fuera, para ser después colocados en nuestro lugar dentro, sin golpe de disciplina, en el templo de Dios; a fin de que los golpes corten ahora lo superfluo en nosotros, y luego la concordia de la caridad nos una en el edificio. Han de ser amonestados los enfermos a considerar con cuán severos azotes de disciplina castigamos a nuestros hijos según la carne para alcanzar herencias terrenas. ¿Qué dolor, pues, de corrección divina es duro para nosotros, por la cual se alcanza una herencia jamás perdible y se evitan castigos que durarán para siempre? Porque de aquí dice Pablo: Tuvimos a nuestros padres según la carne por educadores, y los reverenciábamos: ¿no nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos? Y ellos, a la verdad, por pocos días nos educaban según su voluntad; mas Éste, para nuestro provecho, en la recepción de su santificación [].
Los enfermos han de ser amonestados a considerar cuán grande es la salud del corazón en la aflicción corporal, que llama a la mente al conocimiento de sí misma y renueva la memoria de la flaqueza que la salud las más de las veces desecha, de modo que el espíritu, arrebatado fuera de sí a la jactancia, sea recordado por la carne herida, de la cual sufre, a qué condición está sujeto. Lo cual rectamente se significa a Balaam (si hubiera querido seguir obedientemente la voz de Dios) en la misma tardanza de su camino [, y sig.]. Porque Balaam va de camino para alcanzar su propósito; mas el animal que va debajo de él frustra su deseo. La asna, detenida por la prohibición, ve al ángel que la mente humana no ve; porque las más de las veces la carne, lenta por las aflicciones, indica a la mente, por el azote que sufre, al Dios a quien la mente misma que tiene debajo la carne no veía, de tal suerte que impide el ansia del espíritu que desea avanzar en este mundo como prosiguiendo un viaje, hasta que le da a conocer al invisible que se interpone en su camino. De donde también bien se dice por Pedro: Tuvo la muda bestia de carga por reprensión de su locura, la cual, hablando con voz humana, prohibió la insensatez del profeta []. Pues en verdad un hombre es reprendido como loco por una muda bestia de carga, cuando una mente enaltecida es recordada por la carne afligida del bien de la humildad que debía retener. Pero Balaam no obtuvo el beneficio de esta reprensión por esta razón: que, yendo a maldecir, cambió su voz, mas no su mente. Han de ser amonestados los enfermos a considerar cuán gran bien es la aflicción corporal, que lava los pecados cometidos y refrena los que pudieron cometerse, que inflige a la mente turbada heridas de penitencia derivadas de los azotes exteriores. De donde está escrito: La lividez de la herida limpia el mal, y las llagas en lo secreto del vientre []. Porque la lividez de la herida limpia el mal, porque el dolor de los azotes limpia las iniquidades, meditadas o perpetradas. Mas con la apelación de vientre se suele entender la mente. Pues que la mente es llamada vientre lo enseña aquella sentencia en que está escrito: El espíritu del hombre es lámpara del Señor, que escudriña todos los secretos del vientre []. Como si dijera: La iluminación de la divina inspiración, cuando entra en la mente del hombre, se la muestra a sí misma iluminándola, mientras que antes de la venida del Espíritu Santo podía albergar malos pensamientos y no sabía estimarlos. Entonces, la lividez de la herida limpia el mal, y las llagas en lo secreto del vientre, porque, cuando somos heridos exteriormente, somos llamados, silenciosos y afligidos, a la memoria de nuestros pecados, y ponemos ante nuestros ojos todas nuestras malas obras pasadas, y por lo que sufrimos exteriormente nos dolemos interiormente más de lo que hemos hecho. De donde sucede que, en medio de las heridas abiertas del cuerpo, la llaga secreta del vientre nos limpia más plenamente, porque una herida oculta de dolor sana las iniquidades del mal obrar.
Los enfermos han de ser amonestados, a fin de que conserven la virtud de la paciencia, a considerar incesantemente cuán grandes males soportó nuestro Redentor de parte de aquellos a quienes había creado; que llevó tantos viles insultos de oprobio; que, mientras arrebataba cada día las almas de los cautivos de la mano del antiguo enemigo, recibió bofetadas en el rostro de hombres injuriosos; que, mientras nos lavaba con el agua de la salvación, no ocultó su rostro de los escupitajos de los infieles; que, mientras nos libraba por su intercesión de los castigos eternos, soportó azotes en silencio; que, mientras nos daba honores eternos entre los coros de los ángeles, sufrió bofetadas; que, mientras nos salvaba de los aguijones de nuestros pecados, no rehusó someter su cabeza a las espinas; que, mientras nos embriagaba con eterna dulzura, aceptó en su sed la amargura de la hiel; que Aquel que por nosotros adoraba al Padre, aunque igual a Él en la divinidad, cuando fue adorado en burla calló; que, mientras preparaba la vida para los muertos, Aquel que era la vida misma vino incluso a la muerte. ¿Por qué, pues, se tiene por duro que el hombre soporte azotes de Dios por el mal obrar, si Dios sufrió tan grandes males por el bien obrar? ¿O quién de sano entendimiento puede ser ingrato por ser él mismo herido, cuando aun Aquel que vivió aquí sin pecado no partió de aquí sin azote?
Cómo han de ser amonestados los que temen los azotes y los que los desprecian.
III, 13
(Amonestación 14.) De diferente manera han de ser amonestados los que temen los azotes y por eso viven inocentemente, y los que se han endurecido tanto en la maldad que ni aun los azotes los corrigen. Porque a los que temen los azotes se les ha de decir que de ningún modo deseen los bienes temporales como si fueran de gran estima, viendo que también los malos los poseen; y que de ningún modo rehúyan los males presentes como intolerables, viendo que no ignoran cómo en su mayoría también los buenos son tocados por ellos. Han de ser amonestados para que, si desean verse verdaderamente libres de males, teman los castigos eternos; y que, sin embargo, no permanezcan en este temor de los castigos, sino que crezcan por el alimento de la caridad hasta la gracia del amor. Porque está escrito: "La caridad perfecta echa fuera el temor" []. Y de nuevo está escrito: "No habéis recibido el espíritu de servidumbre otra vez en temor, sino el espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: ¡Abba, Padre!" []. De donde el mismo maestro dice también: "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" []. Si, pues, el temor del castigo todavía retrae de obrar el mal, en verdad ninguna libertad de espíritu posee el alma del que así teme. Porque, si no temiera el castigo, sin duda cometería el pecado. Luego la mente que está atada por la atadura del temor no conoce la gracia de la libertad. Porque el bien debe ser amado por sí mismo, no buscado por la coacción de las penas. Pues el que hace lo bueno por esta razón, porque teme el mal de los tormentos, desea que no exista lo que teme, para así poder cometer impunemente lo ilícito. De donde aparece más claro que la luz que la inocencia se pierde así delante de Dios, en cuyos ojos el mal deseo es pecado.
Pero, por otra parte, aquellos a quienes ni siquiera los azotes retraen de las iniquidades han de ser heridos con reprensión más aguda en proporción a como se han endurecido con mayor insensibilidad. Porque generalmente han de ser desdeñados sin desdén, y desesperados sin desesperación, de modo, a saber, que la desesperación mostrada los hiera con temor, y la amonestación que sigue los traiga de nuevo a esperanza. Con severidad, pues, han de proponerse contra ellos los juicios divinos, para que sean llamados de nuevo, por la consideración de la retribución eterna, al conocimiento de sí mismos. Porque oigan que en ellos se cumple lo que está escrito: "Si machacaras al necio en un mortero, como quien con un majadero muele cebada, no se le quitará su necedad" []. Contra éstos se queja el profeta al Señor, diciendo: "Los has quebrantado, y han rehusado recibir disciplina" []. De aquí que el Señor diga: "He matado y destruido a este pueblo, y con todo no se han vuelto de sus caminos" []. De aquí dice otra vez: "El pueblo no se ha vuelto al que los hiere" []. De aquí el profeta se queja con la voz de los azotadores, diciendo: "Hemos cuidado de Babilonia, y no ha sido sanada" []. Porque se cuida de Babilonia, y sin embargo no es restituida a salud, cuando la mente, confusa en el mal obrar, oye las palabras de reprensión, siente los azotes de la reprensión, y con todo desdeña volver a los caminos rectos de la salvación. De aquí el Señor reprocha a los hijos de Israel, cautivos, pero no convertidos de su iniquidad, diciendo: "La casa de Israel se me ha vuelto escoria: todos ellos son bronce, y estaño, y hierro, y plomo, en medio del horno" []; como si dijera claramente: Quise purificarlos por el fuego de la tribulación, y busqué que se hicieran plata u oro; pero se han tornado delante de mí en el horno en bronce, estaño, hierro y plomo, porque aun en la tribulación han prorrumpido, no a la virtud, sino a los vicios. Pues, en verdad, el bronce, cuando es herido, devuelve un sonido mayor que todos los demás metales. Por eso, quien, al recibir los golpes, prorrumpe en sonido de murmuración, se convierte en bronce en medio del horno. Mas el estaño, cuando se labra con arte, finge apariencia de plata. Así, pues, quien en medio de la tribulación no está libre del vicio de la simulación, se vuelve estaño en el horno. Además, el que maquina contra la vida de su prójimo usa hierro. Por lo cual hierro en el horno es aquel que en la tribulación no pierde la malicia que causaría daño. El plomo, asimismo, es el más pesado de los metales. Luego es hallado como plomo en el horno quien, aun puesto en medio de la tribulación, no se levanta sobre los deseos terrenos. De aquí, otra vez, está escrito: "Se ha fatigado con mucho trabajo, y su excesivo orín no salió de ella, ni aun por el fuego" []. Pues Él trae sobre nosotros el fuego de la tribulación para purgarnos del orín de los vicios; pero no perdemos nuestro orín ni aun por el fuego, cuando aun en medio de los azotes no carecemos de vicio. De aquí dice también el Profeta: "El fundidor se ha derretido en vano; sus maldades no han sido consumidas" [].
Sin embargo, ha de saberse que a veces, cuando permanecen sin corregirse en medio de la dureza de los azotes, han de ser aplacados con dulce amonestación. Pues los que no son corregidos por los tormentos a veces se ven retraídos de las obras injustas por suaves halagos. Porque comúnmente también los enfermos, a quienes una poción fuerte de medicina no ha aprovechado para curar, han sido restituidos a su salud primera por agua tibia; y algunas llagas que no pueden curarse por incisión se sanan con fomentos de aceite; y el diamante duro no admite en modo alguno la incisión del acero, pero se ablanda con la sangre suave de los machos cabríos.
Cómo han de ser amonestados los silenciosos y los habladores.
III, 14
(Amonestación 15.) De diferente manera han de ser amonestados los que guardan silencio en demasía y los que gastan tiempo en mucho hablar. Porque ha de insinuarse a los que guardan silencio en demasía que, mientras rehúyen algunos vicios sin cautela, se ven envueltos, sin que se perciba, en otros peores. Pues a menudo, por frenar la lengua en exceso, sufren de locuacidad más grave en el corazón; de modo que los pensamientos hierven tanto más en la mente cuanto más estrechados están por la guarda violenta de un silencio indiscreto. Y en su mayor parte se derraman tanto más ampliamente cuanto más seguros se consideran por no ser vistos por los censores de fuera. De donde a veces la mente del hombre se exalta en soberbia, y desprecia como débiles a aquellos a quienes oye hablar. Y, cuando cierra la boca del cuerpo, no advierte hasta qué punto, a causa de su soberbia, se abre a los vicios. Porque reprime la lengua y exalta la mente; y, considerando poco su propia maldad, acusa a todos en su interior tanto más libremente cuanto más secretamente lo hace. Por lo cual los que guardan silencio en demasía han de ser amonestados para que estudien con ahínco saber no sólo qué clase de hombres deben mostrarse por fuera, sino también qué clase de hombres deben mostrarse por dentro; para que teman más el juicio oculto acerca de sus pensamientos que la reprensión de los prójimos acerca de sus palabras. Porque está escrito: "Hijo mío, atiende a mi sabiduría, e inclina tu oído a mi prudencia, para que guardes tus pensamientos" []. Pues, en verdad, nada hay más fugitivo que el corazón, que nos abandona cada vez que se escapa por malos pensamientos. De aquí dice el Salmista: "Mi corazón me ha faltado" [Salmo 39:13]. De aquí, cuando vuelve en sí, dice: "Tu siervo ha hallado su corazón para orar ante ti" []. Cuando, pues, el pensamiento se mantiene bajo guarda, se halla el corazón que solía huir. Además, los que guardan silencio en demasía, en su mayor parte, cuando padecen algunas injusticias, llegan a tener un sentido más agudo del dolor por no hablar de lo que sufren. Pues, si la lengua dijera con calma las molestias que se les han causado, el dolor se iría de la conciencia. Porque las llagas cerradas atormentan más; puesto que, cuando se echa fuera la corrupción que está caliente dentro, el dolor se abre para la curación. Por tanto, los que callan más de lo conveniente deben saber esto, no sea que, en medio de las molestias que padecen mientras retienen la lengua, agraven la violencia de su dolor. Porque han de ser amonestados para que, si aman a sus prójimos como a sí mismos, de ningún modo les oculten los motivos por los que justamente los reprenden. Pues de la medicina de la voz hay un efecto concurrente para la salud de ambas partes, mientras que por parte del que infiere la injuria se refrena su mala conducta, y por parte del que la padece se alivia el violento ardor del dolor abriendo la llaga. Porque los que advierten lo malo en sus prójimos y, con todo, refrenan la lengua en silencio, retiran, por decirlo así, el auxilio de la medicina de las llagas observadas, y se hacen causadores de la muerte, en cuanto no quisieron curar el veneno que habrían podido curar. La lengua, por tanto, debe ser discretamente frenada, no atada con fuerza. Pues está escrito: "El hombre sabio guardará silencio hasta el tiempo" [Eclesiastés 20:7]; a fin, ciertamente, de que, cuando lo considere oportuno, abandone la censura del silencio y se aplique al servicio de la utilidad hablando lo que conviene. Y otra vez está escrito: "Tiempo de callar y tiempo de hablar" []. Pues, en verdad, los tiempos para los cambios deben ser discretamente ponderados, no sea que, cuando la lengua deba refrenarse, corra suelta sin provecho en palabras, o, cuando pudiera hablar con provecho, se refrene perezosamente. Considerando esto bien, dice el Salmista: "Pon, oh Señor, guarda a mi boca, y puerta en derredor de mis labios" [Salmo 140:3]. Pues no busca que se ponga un muro sobre sus labios, sino una puerta: es decir, algo que se abre y se cierra. De donde también nosotros debemos aprender con cautela, a fin de que la voz, discreta y en el tiempo oportuno, abra la boca, y en el tiempo oportuno la cierre el silencio.
Mas, por otra parte, los que gastan tiempo en mucho hablar han de ser amonestados para que noten con vigilancia de qué estado de rectitud caen cuando se derraman en multitud de palabras. Porque la mente humana, a la manera del agua, cuando está encerrada, se recoge hacia niveles más altos, en cuanto busca de nuevo la altura de donde descendió; y, cuando se la deja suelta, cae, en cuanto se dispersa sin provecho por los lugares más bajos. Pues por tantas palabras superfluas como se disipa de la censura de su silencio, por tantas corrientes, por decirlo así, es arrastrada fuera de sí misma. De donde también es incapaz de volver interiormente al conocimiento de sí misma, porque, esparcida por el mucho hablar, se excluye del lugar secreto de la consideración más íntima. Y descubre todo su ser a las heridas del enemigo que acecha, porque no se rodea de ninguna defensa de vigilancia. De aquí está escrito: "Como ciudad abierta y sin cerco de muros, así es el hombre que no puede refrenar su espíritu al hablar" []. Pues, porque no tiene el muro del silencio, la ciudad de la mente queda abierta a los dardos del enemigo; y, cuando por las palabras se arroja fuera de sí misma, se muestra expuesta al adversario. Y éste la vence con tanto menos trabajo cuanto con más trabajo la propia mente, que es vencida, combate contra sí misma por el mucho hablar.
Además, puesto que la mente indolente en su mayor parte cae por grados en ruina, mientras descuidamos guardarnos de las palabras ociosas pasamos a las dañosas; de modo que al principio nos agrada hablar de los asuntos de otros; después la lengua roe con detracción las vidas de aquellos de quienes hablamos; y al fin prorrumpe incluso en calumnias abiertas. De aquí se siembran espinas punzantes, surgen las contiendas, se encienden las antorchas de las enemistades, se extingue la paz de los corazones. De donde está bien dicho por Salomón: "El que suelta las aguas es fuente de contiendas" []. Pues soltar las aguas es soltar la lengua a un flujo de palabras. Por lo cual, por otra parte, en buen sentido se dice también: "Las palabras de la boca del hombre son como aguas profundas" []. Por tanto, el que suelta las aguas es fuente de contiendas, porque quien no refrena su lengua disipa la concordia. De aquí, por otra parte, está escrito: "El que impone silencio al necio apacigua las enemistades" []. Además, que quien se entrega al mucho hablar no puede guardar el camino recto de la justicia lo atestigua el Profeta, que dice: "El hombre lleno de palabras no será guiado rectamente sobre la tierra" [Salmo 139:12]. De aquí también Salomón dice otra vez: "En la muchedumbre de palabras no faltará pecado" []. De aquí dice Isaías: "El cultivo de la justicia es el silencio" [], indicando, a saber, que la justicia de la mente queda desolada cuando no hay freno al hablar inmoderado. De aquí dice Santiago: "Si alguno piensa que es religioso, y no refrena su lengua, sino que engaña su propio corazón, la religión de éste es vana" []. De aquí dice otra vez: "Sea todo hombre pronto para oír, pero tardo para hablar" []. De aquí, definiendo el poder de la lengua, añade: "Un mal turbulento, lleno de veneno mortal" []. De aquí la Verdad en persona nos amonesta, diciendo: "Toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio" []. Pues, en verdad, toda palabra es ociosa que carece o de razón de justa necesidad o de intención de piadosa utilidad. Si, pues, se pide cuenta del discurso ocioso, ponderemos bien qué castigo aguarda al mucho hablar, en el cual hay también el pecado de las palabras dañosas.
Cómo han de ser amonestados los perezosos y los apresurados.
III, 15
(Amonestación 16.) De diferente manera han de ser amonestados los perezosos y los apresurados. Porque a los primeros se les ha de persuadir que no pierdan, por diferirlo, el bien que han de hacer; y a los últimos se les ha de amonestar que no sea que, mientras se anticipan al tiempo de las buenas obras con apresuramiento inconsiderado, muden su carácter meritorio. A los perezosos, pues, ha de insinuárseles que a menudo, cuando no queremos hacer a su tiempo lo que podemos, poco después, cuando queramos, no podemos. Porque la propia indolencia de la mente, cuando no se enciende con el fervor conveniente, queda cortada por un torpor que sigilosamente crece sobre ella, de todo deseo de los bienes. De donde claramente se dice por Salomón: "La pereza arroja en un sueño profundo" []. Porque el perezoso está como despierto en cuanto siente rectamente, aunque se va entorpeciendo por no hacer nada; pero se dice que la pereza arroja en un sueño profundo, porque por grados se pierde incluso la vigilia del recto sentir, cuando se interrumpe el celo por obrar bien. Y en el mismo lugar se añade con razón: "Y el alma disoluta padecerá hambre" []. Pues, porque no se arma hacia las cosas más altas, se deja correr suelta y descuidada en los deseos inferiores; y, mientras no está armada con el vigor de los altos propósitos, sufre los dolores del hambre de la baja concupiscencia, y, en cuanto descuida atarse con la disciplina, tanto más se dispersa fuera, hambrienta en su anhelo de placeres. De aquí está escrito otra vez por el mismo Salomón: "El hombre ocioso está enteramente en deseos" []. De aquí, en la predicación de la Verdad misma [], se dice, en efecto, que la casa está limpia cuando un espíritu ha salido; pero, estando vacía, es tomada en posesión por él al volver con muchos más. En su mayor parte el perezoso, mientras descuida hacer las cosas necesarias, se propone algunas que son difíciles, pero tiene miedo inconsiderado de otras; y así, como hallando algo que razonablemente tema, se satisface a sí mismo de que tiene buena razón para permanecer entorpecido. A éste se le dice rectamente por Salomón: "El perezoso no quiere arar a causa del frío; por eso pedirá en el verano, y no se le dará" []. Pues, en verdad, el perezoso no ara a causa del frío, cuando halla excusa para no hacer las cosas buenas que debe hacer. El perezoso no ara a causa del frío, cuando teme males pequeños que están contra él y deja sin hacer cosas de la mayor importancia. Además está bien dicho: "Pedirá en el verano, y no se le dará". Porque quien no trabaja ahora en buenas obras pedirá en el verano y no recibirá nada, porque, cuando aparezca el sol ardiente del juicio, entonces suplicará en vano la entrada en el reino. A éste se le dice bien otra vez por el mismo Salomón: "El que observa el viento no siembra; y el que mira las nubes nunca siega" []. Pues, ¿qué se expresa por el viento sino la tentación de los espíritus malignos? Y ¿qué se denota por las nubes que son movidas por el viento sino las oposiciones de los hombres malos? Las nubes, es decir, son empujadas por los vientos, porque los hombres malos son excitados por los soplos de los espíritus inmundos. Luego el que observa el viento no siembra, y el que mira las nubes no siega, porque quien teme la tentación de los espíritus malignos, y quien teme la persecución de los hombres malos, y no siembra ahora la semilla de la buena obra, tampoco siega entonces gavillas de la santa recompensa.
Mas, por otra parte, los apresurados, mientras se anticipan al tiempo de las buenas obras, pervierten su mérito, y a menudo caen en lo malo, no acertando en absoluto a discernir lo bueno. Tales personas no miran en absoluto qué cosas hacen cuando las hacen, sino que en su mayor parte, cuando ya están hechas, advierten que no debían haberlas hecho. A éstos, bajo la apariencia de un discente, se les dice bien en Salomón: "Hijo mío, no hagas nada sin consejo, y después de hecho no te arrepentirás" [Sirácides 32:24]. Y otra vez: "Vayan tus párpados delante de tus pasos" []. Pues, en verdad, nuestros párpados van delante de nuestros pasos, cuando los rectos consejos previenen nuestras obras. Porque el que descuida mirar hacia adelante, considerando lo que va a hacer, avanza sus pasos con los ojos cerrados; prosigue y cumple su camino, pero no va delante de sí mismo mirando hacia adelante; y por eso cae tanto más pronto, cuanto que no presta atención, por el párpado del consejo, a dónde debe poner el pie de la acción.
Cómo han de ser amonestados los mansos y los iracundos.
III, 16
(Amonestación 17.) De diferente manera han de ser amonestados los mansos y los iracundos. Porque a veces los mansos, cuando están en autoridad, padecen el torpor de la pereza, que es disposición afín y como puesta muy cerca. Y la mayor parte de las veces, por la blandura de una mansedumbre demasiado grande, reblandecen más de lo necesario la fuerza de la severidad. Mas, por el contrario, los iracundos, al ser arrebatados a la locura de la mente por el impulso de la ira, rompen la calma de la quietud y así arrojan en confusión la vida de los que están puestos bajo ellos. Porque, cuando la rabia los arrastra de cabeza, no saben qué hacen en su ira, no saben qué padecen de sí mismos en su ira. Pero a veces, lo que es más grave, piensan que el aguijón de su ira es el celo de la justicia. Y, cuando el vicio es tenido por virtud, la culpa se amontona sin temor. A menudo, pues, los mansos se entorpecen en la pereza de la inacción; a menudo los iracundos son engañados por el celo de la rectitud. Así a la virtud de aquéllos se junta inadvertidamente un vicio, pero a éstos su vicio les parece como si fuera virtud ferviente. Aquéllos, por tanto, han de ser amonestados para que huyan lo que está cerca de ellos mismos; éstos, para que atiendan a lo que hay en ellos mismos; aquéllos, a discernir lo que no tienen; éstos, lo que tienen. Abracen los mansos la solicitud; destierren los iracundos la perturbación. Los mansos han de ser amonestados a procurar tener también el celo de la justicia; los iracundos, a añadir mansedumbre al celo que piensan tener. Porque por esto el Espíritu Santo se nos ha manifestado en paloma y en fuego; es a saber, porque a todos los que llena los hace mostrarse mansos con la sencillez de la paloma y ardientes con el fuego del celo.
No está, pues, en modo alguno lleno del Espíritu Santo quien en la calma de la mansedumbre abandona el fervor del celo, o en el ardor del celo pierde la virtud de la mansedumbre. Lo cual quizá mostraremos mejor si aducimos la autoridad de Pablo, quien a dos discípulos suyos, dotados de una caridad semejante, les suministra sin embargo auxilios distintos para la predicación. Pues al amonestar a Timoteo dice: Reprende, ruega, increpa, con toda longanimidad y doctrina []. También amonesta a Tito, diciendo: Habla de estas cosas, exhorta y reprende con toda autoridad []. ¿Cuál es la razón de que distribuya su enseñanza con tan grande arte que, al presentarla, recomiende autoridad al uno y longanimidad al otro, sino que veía a Tito de espíritu más manso y a Timoteo de uno algo más ardiente? A aquél lo enciende con la vehemencia del celo; a éste lo modera con la suavidad de la longanimidad. Al uno le añade lo que le falta; al otro le quita lo que le sobra. Al uno se esfuerza por empujarlo con la espuela; al otro por refrenarlo con el freno. Porque el gran labrador que tiene a su cargo la Iglesia riega algunos brotes para que crezcan, pero poda otros cuando ve que crecen demasiado; no sea que por no crecer no den fruto, o por crecer en demasía pierdan los frutos que pudieran echar. Pero muy diferente es la ira que se introduce bajo apariencia de celo de la que confunde al corazón turbado sin pretexto de justicia. Porque aquélla se extiende desordenadamente en aquello en que debe estar, pero ésta se enciende siempre en aquello en que no debe. Y ha de saberse que en esto difieren los apasionados de los impacientes: que los últimos no soportan las cosas que otros les causan, pero los primeros ellos mismos provocan las cosas que han de soportar. Pues los apasionados a menudo persiguen a quienes los esquivan, suscitan ocasión de contienda, se gozan en la fatiga de la porfía; y sin embargo a tales los corregimos mejor si en medio de la conmoción de su ira los evitamos. Porque, mientras están turbados, no saben lo que les decimos; pero, cuando vuelven en sí, reciben las palabras de exhortación tanto más libremente cuanto más se avergüenzan de haber sido soportados con mayor calma. En cambio, a una mente ebria de furor todo lo recto que se le dice le parece mal. De donde Abigaíl, cuando Nabal estaba ebrio, calló loablemente su culpa, pero, cuando hubo digerido el vino, se la refirió loablemente []. Pues por esto pudo percibir el mal que había hecho, porque no lo oyó estando ebrio.
Mas cuando los apasionados atacan de tal modo a otros que no pueden ser del todo evitados, han de ser heridos, no con abierta reprensión, sino parcamente con cierta cautela respetuosa. Y esto lo mostraremos mejor si aducimos lo que hizo Abner. Pues cuando Asael lo atacó con la violencia de una prisa irreflexiva, está escrito: Habló Abner a Asael, diciendo: Apártate de seguirme, no sea que me vea obligado a derribarte por tierra. Mas él menospreció escuchar y rehusó apartarse. Por lo cual Abner lo hirió con el regatón de la lanza en la ingle, y lo traspasó, y murió []. Pues ¿de quiénes presentaba Asael figura sino de aquéllos a quienes el furor arrebata con violencia y lleva de cabeza? Y a tales, en este mismo ataque de furor, se les ha de evitar con cautela en la medida en que se precipitan con locura. De donde también Abner, que en nuestro lenguaje es llamado la linterna del padre, huía; porque cuando la lengua de los maestros, que indica la luz supernal de Dios, ve la mente de alguno arrastrada por los precipicios de la ira, y se abstiene de devolver dardos de palabras contra el airado, es como si no quisiera herir a uno que persigue. Pero cuando los apasionados no quieren pacificarse con consideración alguna y, como Asael, no cesan de perseguir y de enloquecer, es necesario que quienes se esfuerzan por reprimir a estos furiosos de ningún modo se levanten a sí mismos en furor, sino que muestren toda la calma posible; y sin embargo diestramente pongan algo por obra con que, mediante un golpe de soslayo, puncen el corazón del furioso. De donde también Abner, cuando se detuvo frente al que lo perseguía, lo traspasó, no con golpe directo, sino con el regatón de su lanza. Porque herir con la punta es oponerse con un ataque de abierta reprensión; mas herir al perseguidor con el regatón de la lanza es tocar con calma al furioso con ciertos golpes y, por así decirlo, vencerlo perdonándolo. Asael además cayó al instante, porque las mentes agitadas, cuando se sienten perdonadas y, sin embargo, son tocadas interiormente por las respuestas dadas con calma, caen en seguida de la altura a que se habían encumbrado. Quienes, pues, rebotan del ataque de su ardor bajo el golpe de la mansedumbre, mueren, por así decirlo, sin acero.
Cómo han de ser amonestados los humildes y los soberbios.
III, 17
( Amonestación 18.) De diferente manera han de ser amonestados los humildes y los soberbios. A los primeros se les ha de insinuar cuán verdadera es aquella excelencia que poseen al esperarla; a los últimos se les ha de dar a entender cómo no es nada aquella gloria temporal que, aun abrazándola, no poseen. Oigan los humildes cuán eternas son las cosas que anhelan, cuán transitorias las que desprecian; oigan los soberbios cuán transitorias son las cosas que cortejan, cuán eternas las que pierden. Oigan los humildes de la autorizada voz de la Verdad: Todo el que se humilla será ensalzado []. Oigan los soberbios: Todo el que se ensalza será humillado []. Oigan los humildes: La humildad precede a la gloria; oigan los soberbios: El espíritu se ensalza antes de la caída []. Oigan los humildes: ¿A quién miraré sino al humilde y quieto, y que tiembla ante mis palabras []? Oigan los soberbios: ¿Por qué es soberbia la tierra y la ceniza [Sirácides 10:9]? Oigan los humildes: Dios mira las cosas humildes. Oigan los soberbios: Y las cosas altas las conoce de lejos [Salmo 137:6]. Oigan los humildes: Que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir []; oigan los soberbios que El comienzo de todo pecado es la soberbia [Sirácides 10:13]. Oigan los humildes que Nuestro Redentor se humilló, hecho obediente hasta la muerte []; oigan los soberbios lo que está escrito acerca de su cabeza: Él es rey sobre todos los hijos de la soberbia []. La soberbia, pues, del diablo se convirtió en ocasión de nuestra perdición, y la humildad de Dios ha sido hallada argumento de nuestra redención. Porque nuestro enemigo, habiendo sido creado entre todas las cosas, deseó aparecer exaltado sobre todas; mas nuestro Redentor, permaneciendo grande sobre todas, se dignó hacerse pequeño entre todas.
Dígase, pues, a los humildes que, cuando se abajan, ascienden a la semejanza de Dios; dígase a los soberbios que, cuando se ensalzan, caen en imitación del ángel apóstata. ¿Qué hay, pues, más abatido que la altivez, que, mientras se estira por encima de sí misma, se alarga más allá de la estatura de la verdadera alteza? ¿Y qué hay más sublime que la humildad, que, mientras se deprime hasta lo más bajo, se une a su Hacedor, que permanece por encima de lo más alto? Hay, sin embargo, otra cosa en estos casos que debe considerarse con cuidado: que algunos son a menudo engañados por una falsa apariencia de humildad, mientras que otros son seducidos por la ignorancia de su propia altivez. Pues comúnmente algunos que se creen humildes tienen una mezcla de temor, tal como no se debe a los hombres; mientras que una afirmación de libre palabra suele acompañar a los soberbios. Y cuando algunos vicios requieren reprensión, los primeros callan por temor, y sin embargo se estiman silenciosos por humildad; los segundos hablan en la impaciencia de la altivez, y sin embargo creen hablar en la libertad de la rectitud. A aquéllos la culpa de la timidez bajo apariencia de humildad los retiene de reprender lo malo; a éstos el desenfrenado ímpetu de la soberbia, bajo la imagen de la libertad, los impulsa a reprender cosas que no deben, o a reprenderlas más de lo que deben. De donde tanto los soberbios han de ser amonestados para que no sean libres más de lo conveniente, como los humildes para que no sean más sumisos de lo justo; no sea que aquéllos conviertan la defensa de la justicia en ostentación de soberbia, o éstos, mientras estudian más de lo necesario someterse a los hombres, sean arrastrados incluso a respetar sus vicios.
Ha de considerarse, empero, que por lo general reprendemos con más provecho a los soberbios si con nuestras reprensiones mezclamos algunos bálsamos de alabanza. Pues otros bienes que hay en ellos, o al menos algunos que podría haber aunque no los haya, deben introducirse en nuestras reprensiones; y entonces al fin se han de cortar las cosas malas que nos desagradan, cuando la previa concesión de las buenas que nos agradan haya dispuesto favorablemente sus mentes a escuchar. Porque también a los caballos no domados los tocamos primero con mano suave, para poder después someterlos aun con azotes. Y la dulzura de la miel se añade a la copa amarga de la medicina, para que la amargura que ha de aprovechar a la salud no se sienta áspera al gustarla; mas, mientras el gusto es engañado por la dulzura, el humor mortífero es expulsado por la amargura. Así, pues, en el caso de los soberbios, los primeros comienzos de nuestra reprensión deben templarse con mezcla de alabanza, para que, mientras admiten las alabanzas que aman, acepten también las reprensiones que odian.
Además, en la mayoría de los casos persuadiremos mejor a los soberbios para su provecho si hablamos de su mejoramiento como de algo que ha de aprovecharnos más a nosotros que a ellos; si pedimos que su enmienda se nos otorgue más a nosotros que a ellos mismos. Pues la altivez se doblega fácilmente al bien, si se cree que su doblegarse aprovecha también a otros. De donde Moisés, que caminaba por el desierto bajo la dirección de Dios y la guía de la columna de nube, queriendo apartar a Hobab, su pariente, del trato con el mundo gentil y someterlo al dominio de Dios todopoderoso, dijo: Vamos caminando hacia el lugar del cual dijo el Señor: Yo os lo daré; ven con nosotros, y te haremos bien; porque el Señor ha hablado bien acerca de Israel. Y como el otro le hubiera respondido: No iré contigo, sino que volveré a mi propia tierra en que nací; él añadió al punto: No nos dejes, te lo ruego; porque tú sabes en qué lugares debemos acampar en el desierto, y serás nuestro guía [, seq.]. Y sin embargo Moisés no estaba apremiado en su mente por ignorancia del camino, puesto que el trato con la Deidad le había abierto por dentro el conocimiento de la profecía; y la columna iba delante de él por fuera, mientras que por dentro la palabra familiar, en su asidua conversación con Dios, le instruía acerca de todas las cosas. Mas, en verdad, como hombre previsor que hablaba a un oyente altivo, buscó socorro para darlo; pidió un guía en el camino, para poder ser él su guía hacia la vida. Así obró para que el oyente soberbio se volviera tanto más atento a la voz que lo persuadía a cosas mejores cuanto que se le suponía necesario, y para que, creyéndose guía de su exhortador, se doblegara a las palabras de la exhortación.