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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

    Índice de la obra

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    Gregorio Magno

    Regla pastoral

    Texto base: versión inglesa de James Barmby, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (Buffalo, 1895), «The Book of Pastoral Rule», sobre la edición benedictina (Migne, Patrologia Latina, vol. 77) · cuatro libros

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Barmby; no del latín, y sin traductor humano

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Gregorio, ya obispo de Roma, escribe a otro obispo para explicar por qué había querido esconderse de la carga que ahora lleva: el gobierno de almas es algo que hay que temer, y quien llega a él debe saber cómo vivir, cómo enseñar y cómo examinarse para que el cargo no lo hunda. Esa es la Regla pastoral (Liber regulae pastoralis), que su autor ordena en cuatro libros —cómo llegar al gobierno, cómo vivir en él, cómo enseñar desde él y cómo volver sobre uno mismo— y que Wikipedia presenta como una de las obras más influyentes que se hayan escrito sobre el oficio del pastor.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del reverendo James Barmby, publicada en 1895 en el volumen 12 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), dirigido por Philip Schaff y Henry Wace. Barmby tradujo la edición benedictina, que reproduce Migne en el volumen 77 de la Patrologia Latina. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio I, llamado Gregorio Magno (hacia 540 – 12 de marzo de 604), obispo de Roma desde el 3 de septiembre de 590 (Wikipedia)
    TítuloLiber regulae pastoralis (también Cura pastoralis, «Cuidado pastoral»); en el NPNF, The Book of Pastoral Rule
    DestinatarioJuan, obispo de Rávena, a quien responde en la carta que abre el libro I
    FechaHacia 590–591: Gregorio dice que lo escribió «al comienzo de mi episcopado» (carta a Leandro de Sevilla, citada por Barmby); Wikipedia lo fecha «hacia 590» y, en el artículo sobre Gregorio, «probablemente empezado antes de ser elegido papa y terminado en 591»
    GéneroTratado sobre el oficio episcopal
    EstructuraCuatro libros: I (introducción y 11 capítulos), II (11), III (prólogo y 40) y IV (un solo capítulo, sin título)
    ExtensiónUnas 64 000 palabras de Gregorio en esta edición, más el prefacio de Barmby
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Barmby; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (1895), tal como lo recogen New Advent y CCEL

    Los cuatro libros

    Gregorio los anuncia en su propia introducción: primero, «de qué manera cada uno debe llegar al supremo gobierno»; luego, cómo debe vivir en él; después, cómo debe enseñar; y por último, con cuánta consideración debe hacerse consciente cada día de su propia enfermedad.
    LibroCapítulosDe qué trata
    IIntroducción y 1–11Quién debe llegar al gobierno y quién no: el peso de la autoridad, la huida por humildad, el deseo de preeminencia y las cualidades que se exigen
    II1–11La vida del pastor: pureza de pensamiento, ser el primero en la acción, saber callar y hablar, la compasión y la contemplación, la meditación de la Escritura
    IIIPrólogo y 1–40Cómo debe enseñar: treinta y seis amonestaciones según el oyente (los pobres y los ricos, los alegres y los tristes, los casados y los solteros…) y cinco capítulos sobre la exhortación en general
    IVÚnicoVolver sobre sí: el predicador que ha hablado bien debe temer que su vida o su palabra lo enaltezcan
    Para el ministerio en la misma Antigüedad, véanse Sobre el sacerdocio, de Juan Crisóstomo, y Sobre los deberes del clero, de Ambrosio, o el compendio Autoridad y ministerio.

    La fuente y su traducción

    El volumen 12 de la segunda serie de los NPNF reúne a León Magno (traducido por Charles Lett Feltoe) y a Gregorio Magno, que traduce James Barmby, «vicario de Northallerton, Yorkshire», según la portada que reproduce CCEL. New Advent da como pie de la obra «Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1895», y Wikipedia fecha también el volumen en 1895. Barmby dice en su nota previa que sigue el texto benedictino tal como lo da Migne en la Patrologia Latina (vol. 77); que el mismo texto de la Regla había aparecido con traducción inglesa del reverendo H. R. Bramley (James Parker and Co., 1874); y que la suya es «original», aunque reconoce su deuda con esa versión anterior.
    El inglés del que parte esta edición coincide, párrafo a párrafo, con el que ofrece New Advent (revisado por Kevin Knight): el de CCEL conserva grafías de la época («learnt», «shew», «divers») que New Advent moderniza. Ese inglés no trae las 36 notas de Barmby —la mayoría dan la numeración de los Salmos en la Biblia inglesa— ni sus Prolegómenos sobre la vida de Gregorio y su tiempo. Varias de esas notas y varios datos de los Prolegómenos pasan, resumidos y con su fuente, a los comentarios de esta edición.
    Entre los numerosos manuscritos de la obra, quizá el más antiguo es el de Troyes (Bibliothèque municipale, ms. 504), de comienzos del siglo VII, que contiene el texto revisado completo (Wikipedia). Wikipedia añade que Gregorio revisó algo el texto más tarde.
    Lo que viene de la edición. La división de la obra en cuatro partes es del propio Gregorio; la edición inglesa las llama «Partes» y el epub de partida «Libros», y así se citan aquí («III, 12» es el libro III, capítulo 12). Los números y los títulos de los capítulos, los sumarios que la edición pone entre corchetes al comienzo de los libros II, III y IV (aquí en cursiva, bajo el encabezado) y la numeración de las amonestaciones del libro III vienen de la edición inglesa. El título «Introducción» de la carta inicial a Juan de Rávena, y el de «Prólogo» del libro III, son de la edición. El prefacio que precede al texto es de Barmby, no de Gregorio.
    Referencias bíblicas. Gregorio cita la Biblia latina y numera los Salmos como ella (Vulgata y Septuaginta), no como las traducciones modernas del hebreo. Por eso, de las 38 referencias a Salmos que trae el texto, solo seis coinciden con la numeración moderna y se muestran con su versículo emergente (Salmo 1:1, 23:4, 38:8, 112:9, 119:106 y 150:4); las otras 32 quedan como texto, para no enseñar al lector un salmo distinto del que Gregorio cita. Tres referencias más quedaron como texto porque no existen tal como están escritas: «Éxodo 18:30» (el pasaje es Éxodo 28:30), «Eclesiastés 20:7» (la cita es del Eclesiástico o Sirac 20:7; Barmby abrevia «Eccles.» para los dos libros) y «Lucas 5:46» (la edición inglesa escribe «Ibid. v. 46» tras «Luke ii. 42, 43»: es Lucas 2:46). Lo mismo ocurre con «Salmo 5:8», que es el versículo 8 del Salmo 29 de la Vulgata («Ibid. v. 8» tras «Ps. xxix. 7»). Ninguna palabra de la traducción cambia.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. Faltan los rótulos de las amonestaciones 34, 35 y 36, que el inglés trae al comienzo de los capítulos III, 33, 34 y 35; los números de las amonestaciones se interrumpen en la 33, sin que falte ningún párrafo. En «Colosenses 2:23» (III, 19) la traducción da el versículo citado, mientras que el inglés de New Advent y CCEL escribe «Coloss. ii. 25», que no existe. Fuera de eso, el cotejo con el inglés da los mismos 69 encabezados y los mismos 223 párrafos, con un largo castellano/inglés de 1,003, y ningún trozo sin traducir.

    Prefacio

    Texto de la fuenteJames Barmby · Prefacio de la edición inglesa (NPNF 2, vol. 12) · Prefacio
    El título, Liber Regulæ Pastoralis, es el adoptado por la Edición Benedictina a partir de varios manuscritos antiguos, siendo la propia designación de Gregorio para su obra cuando la envió a su amigo Leandro de Sevilla;— «Ut librum Regulæ Pastoralis, quem in episcopatus mei exordio scripsi...sanctitati tuæ transmitterem» (Epp. Lib. v., Ep. 49). El anteriormente más usual, Liber Pastoralis Curæ, puede haber sido tomado de las palabras iniciales del propio libro, «Pastoralis curæ me pondera fugere, etc.» El libro fue publicado (según aparece por el pasaje arriba citado en la Epístola a Leandro) al comienzo del episcopado de Gregorio, y (según aparece por sus palabras iniciales) dirigido a Juan, obispo de Rávena, en respuesta a una carta recibida de él. Pero, aunque puesto en forma para un propósito especial en esta ocasión, debe haber sido el resultado de un largo pensamiento anterior, como se evidencia además por el hecho de que en su Magna Moralia, o Comentario al Libro de Job, comenzado y en gran parte escrito durante su residencia en Constantinopla, ya había bosquejado el plan de tal tratado y expresado la esperanza de darle forma algún día. Pues allí encontramos el prólogo al tercer libro de la Regla ya escrito, junto con la mayoría de los epígrafes contenidos en el primer capítulo de ese libro, seguidos por las palabras, «Y en verdad deberíamos haber señalado particularmente cuál debe ser el orden de la amonestación con respecto a cada uno de estos puntos; pero el temor a la prolijidad nos disuade. Sin embargo, con la ayuda de Dios, esperamos completar esta tarea en otra obra, si nos queda todavía un poco de tiempo de esta vida laboriosa» (Moral. Lib. xxx. c. 12 y 13).
    El libro parece haber sido estimado como merecía durante la vida del escritor. Fue enviado por él, como hemos visto, a Leandro de Sevilla, aparentemente a petición de éste, para beneficio de la Iglesia en España; y se hallará entre las Epístolas una dirigida a Gregorio desde Liciniano, un docto obispo de Cartagena en aquel país, en la que es altamente alabado, aunque se expresa el temor de que la norma requerida en él de idoneidad para el oficio episcopal pudiera resultar demasiado alta para el logro ordinario (Epp. Lib. II., Ep. 54). El emperador Mauricio, habiendo pedido y obtenido una copia de él a Anatolio, diácono de Gregorio en Constantinopla, lo hizo traducir al griego por Anastasio, patriarca de Antioquía, quien personalmente lo aprobó mucho (Epp. Lib. XII., Ep. 24). Parece haber sido llevado a Inglaterra por el monje Agustín. Esto lo afirma Alfredo el Grande, quien, casi trescientos años después, con la ayuda de sus teólogos, hizo una traducción, o más bien paráfrasis, de él en lengua sajona occidental, con la intención, según dice, de enviar una copia a cada obispo de su reino.
    Antes de esto, hay evidencia de la alta reputación en que el libro era tenido en la Galia. En una serie de concilios celebrados por orden de Carlomagno, en el año 813 d. C.— a saber, en Maguncia, Reims, Tours y Chalons-sur-Seine— se ordenó especialmente a todos los obispos el estudio de él, junto con las Escrituras del Nuevo Testamento y los Cánones de los Padres. También en un Concilio celebrado en Aquisgrán, en el año 836 d. C. Además, por una carta de Hincmar, arzobispo de Reims (845-882 d. C.), parece que una copia de él, junto con el Libro de los Cánones, se entregaba en manos de los obispos ante el altar en su consagración, y que se les amonestaba a conformar sus vidas en consecuencia.
    La obra es digna de su antigua reputación, siendo la mejor de su género y provechosa para todas las edades. Dos obras similares la habían precedido. Primero, la de Gregorio Nacianceno (c. 362 d. C.), conocida como su segunda oración y llamada [τοῦ αὐτοῦ ἀπολογητικός], que fue escrita, como la del Gregorio posterior, para excusar la renuencia del escritor a aceptar el episcopado y exponer las responsabilidades del oficio. Es obvio, al comparar los dos tratados, que el anterior había sugerido el posterior; y de hecho el Papa Gregorio reconoce su deuda en su prólogo al segundo libro de la Regla. El segundo tratado algo similar había sido el de Crisóstomo, 'De Sacerdotio', en seis libros, c. 382 d. C. También expone las terribles responsabilidades del oficio episcopal; pero no hay indicios de que el papa Gregorio haya extraído de él.
    Debe observarse que el asunto de todos estos tratados es el oficio del episcopado; no el oficio pastoral o sacerdotal en su sentido más amplio, como hoy se entiende comúnmente: y es digno de notar cuán prominentes son, en la visión de Gregorio, los deberes de la predicación y de la guía espiritual de las almas. Se lo considera, ciertamente, en primer lugar como un oficio de gobierno— locus regiminis, culmen regiminis, lo denotan frecuentemente— y de ahí que el ejercicio de la disciplina aparezca con prominencia; y el pastor principal es visto también como intercesor entre su rebaño y Dios— Véase, p. ej., I. 10— pero es especialmente como maestro y médico de las almas como se habla de él a lo largo del tratado; como uno cuyo deber peculiar es estar versado en todas las formas de enfermedad espiritual, y así poder adecuar su tratamiento a todos los casos, «predicar la palabra, reprender, redargüir, exhortar, con toda paciencia y doctrina», y guiar las almas por la vía de salvación tanto con el precepto como con el ejemplo. Gregorio no había estudiado en vano las Epístolas Pastorales de San Pablo. Notable es, en verdad, su propia y discriminatoria perspicacia, desplegada en todo el libro, sobre los caracteres y motivos humanos, y su percepción de las tentaciones a las que las circunstancias o el temperamento hacen peculiarmente propensos a diversas personas— tanto pastores como miembros de sus rebaños—. No menos sorprendente, en ésta como en otras obras suyas, es su íntimo conocimiento de toda la Sagrada Escritura. La conocía, ciertamente, sólo a través de la versión latina; su conocimiento crítico falla con frecuencia; y abundan interpretaciones místicas traídas de lejos, como las que le deleitaban. Pero como verdadero expositor de su enseñanza moral y religiosa general, bien merece su nombre de uno de los grandes doctores de la Iglesia. Y, además, a pesar de toda su reverencia por los Concilios y los Padres como autoridades supremas en materia de fe, es a la Escritura a la que siempre apela como autoridad final para la conducta y la creencia.

    Libro I

    Introducción

    I, introducción

    Gregorio a su muy reverendo y santísimo hermano y coobispo, Juan.
    Con afable y humilde intención me reprehendes, carísimo hermano, por haber querido, ocultándome, huir de las cargas del cuidado pastoral; acerca de las cuales, para que a algunos no parezcan leves, consigno con mi pluma, en el libro que tienes delante, toda mi propia estimación de su pesadumbre, a fin de que quien está libre de ellas no las busque sin cautela, y quien las buscó tiemble de haberlas obtenido. Este libro se divide en cuatro cabezas separadas de argumento, para que se acerque a la mente del lector por alegaciones ordenadas— por ciertos pasos, por así decirlo. Pues, como la necesidad de las cosas lo exige, debemos considerar especialmente de qué manera cada uno debe llegar al supremo gobierno; y, llegando debidamente a él, de qué manera debe vivir; y, viviendo bien, de qué manera debe enseñar; y, enseñando rectamente, con cuánta consideración cada día debe hacerse consciente de su propia enfermedad; no sea que la humildad huya de la llegada, o la vida esté en desacuerdo con la llegada, o la enseñanza falte a la vida, o la presunción exalte indebidamente la enseñanza. Por lo cual, que el temor temple el deseo; pero después, asumida la autoridad por quien no la buscó, que su vida la encomiende. Mas entonces es necesario que el bien que se muestra en la vida del pastor se propague también por su palabra. Y por último queda que, cualesquiera obras que se lleven a perfección, la consideración de nuestra propia enfermedad nos abata respecto de ellas, no sea que la hinchazón de la jactancia las extinga aun ante los ojos del juicio oculto. Mas, puesto que hay muchos, como yo, inexpertos, que, no sabiendo medirse a sí mismos, codician enseñar lo que no han aprendido; que estiman livianamente la carga de la autoridad en la medida en que ignoran la presión de su grandeza; sean reprendidos desde el comienzo mismo de este libro; para que, mientras, indoctos y precipitados, desean tener la ciudadela de la enseñanza, sean repelidos en la puerta misma de nuestro discurso de las empresas de su precipitación.
    Comentario editorial · El destinatario y la huida
    La carta responde a una reprensión de Juan, obispo de Rávena, de la que no sabemos más que lo que ella dice: Gregorio había querido, «ocultándome», huir del cuidado pastoral. Barmby cuenta en sus Prolegómenos que, muerto Pelagio II en febrero de 590, el clero y el pueblo de Roma concurrieron en elegir a Gregorio; este escribió al emperador Mauricio rogándole que no confirmase la elección, pero el prefecto de la ciudad interceptó la carta y envió otra que la pedía. Fue ordenado el 3 de septiembre de 590. La fuga a un bosque, descubierto por una columna de luz, la recogen Pablo Diácono y Juan Diácono, y Barmby la da como relato («se dice»). En el registro de cartas de Gregorio (III, 56 y V, 15) consta además que reprochó a ese mismo Juan usar el palio fuera de la misa y escribirle «con doble corazón».

    Capítulo 1

    Que los inexpertos no se atrevan a acercarse a un cargo de autoridad.

    I, 1

    Nadie presume enseñar un arte hasta que primero, con meditación atenta, lo ha aprendido. ¡Qué temeridad, pues, que los inexpertos asuman la autoridad pastoral, siendo el gobierno de las almas el arte de los artes! Porque, ¿quién puede ignorar que las llagas de los pensamientos de los hombres son más ocultas que las llagas de las entrañas? Y sin embargo, ¡cuán a menudo los hombres que no tienen conocimiento alguno de los preceptos espirituales se profesan sin temor médicos del corazón, aunque los que ignoran el efecto de las drogas se avergüenzan de aparecer como médicos de la carne! Pero, como por ordenación de Dios todos los de más alto rango de esta edad presente se inclinan a reverenciar la religión, hay algunos que, mediante la apariencia exterior de gobierno dentro de la santa Iglesia, ambicionan la gloria de la distinción. Desean aparecer como maestros, codician la superioridad sobre los demás y, como atestigua la Verdad, buscan los primeros saludos en la plaza, los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las asambleas [], siendo tanto menos capaces de administrar dignamente el oficio de cuidado pastoral que han emprendido, cuanto que han alcanzado la posición magisterial de la humildad sólo por jactancia. Pues, en verdad, en una posición magisterial el lenguaje mismo se confunde cuando una cosa se aprende y otra se enseña. Contra tales se queja el Señor por el profeta, diciendo: Ellos reinaron, y no por mí; se establecieron como príncipes, y no los conocí []. Pues reinan por sí mismos, y no por la Voluntad del Supremo Gobernante, quienes, sin el apoyo de virtud alguna y sin ser llamados de modo divino, sino inflamados por su propio deseo, se apoderan del supremo gobierno antes que alcanzarlo. Mas a éstos el Juez interior los adelanta y, sin embargo, no los conoce; porque a los que por permiso tolera, ciertamente los ignora por el juicio de reprobación. De ahí que a algunos que acuden a Él incluso después de milagros les diga: Apartaos de mí, obradores de maldad; no os conozco quiénes sois []. La impericia de los pastores es reprendida por la voz de la Verdad, cuando se dice por el profeta: Los pastores mismos no han conocido el entendimiento []; a los que de nuevo el Señor denuncia, diciendo: Y los que manejan la ley no me conocieron []. Y por eso la Verdad se queja de no ser conocida por ellos, y protesta que no conoce el principado de quienes no le conocen; porque, en verdad, los que no conocen las cosas del Señor son desconocidos del Señor; como atestigua Pablo, que dice: Mas si alguno no conoce, no será conocido []. Sin embargo, esta impericia de los pastores conviene ciertamente a menudo a los méritos de los que les están sujetos, porque, aunque es culpa suya no tener la luz del conocimiento, sin embargo es por el trato del juicio estricto que, por su ignorancia, tropiecen también los que los siguen. De ahí que, en el Evangelio, la Verdad en persona diga: Si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo []. De ahí que el Salmista (no expresando su propio deseo, sino en su ministerio profético) denuncie a tales, cuando dice: Que sus ojos se oscurezcan para que no vean, y encorva siempre su espalda [Salmo 68:24]. Pues, en verdad, son ojos aquellas personas que, puestas en el rostro mismo de la más alta dignidad, han emprendido el oficio de espiar el camino; mientras que los que están adheridos a ellas y las siguen son llamados espaldas. Y así, cuando los ojos se oscurecen, la espalda se encorva, porque, cuando los que van delante pierden la luz del conocimiento, los que siguen son encorvados para llevar la carga de sus pecados.

    Capítulo 2

    Que nadie entre en un lugar de gobierno que no practique en la vida lo que ha aprendido por el estudio.

    I, 2

    Hay también algunos que investigan los preceptos espirituales con cuidado astuto, pero lo que penetran con el entendimiento lo pisotean en su vida: enseñan a la vez las cosas que han aprendido no por la práctica sino por el estudio; y lo que predican de palabra lo impugnan con sus costumbres. De donde sucede que cuando el pastor camina por lugares escarpados, el rebaño le sigue hasta el precipicio. De ahí que el Señor, por medio del profeta, se queje del despreciable conocimiento de los pastores, diciendo: Cuando vosotros mismos habíais bebido el agua purísima, ensuciasteis el resto con vuestros pies; y mis ovejas se apacentaron de lo que había sido pisoteado por vuestros pies, y bebieron lo que vuestros pies habían ensuciado []. Porque, en verdad, los pastores beben agua purísima, cuando con recto entendimiento beben las corrientes de la verdad. Pero ensuciar esa misma agua con sus pies es corromper los estudios de la santa meditación con la mala vida. Y ciertamente las ovejas beben el agua ensuciada por sus pies, cuando algunos de los que están sujetos a ellos no siguen las palabras que oyen, sino que sólo imitan los malos ejemplos que ven. Sedientos de lo que se dice, pero pervertidos por las obras que observan, tragan lodo con sus sorbos, como de fuentes contaminadas. De ahí que también esté escrito por el profeta: Lazo para la ruina de mi pueblo son los sacerdotes malvados []. De ahí que de nuevo el Señor diga por el profeta acerca de los sacerdotes: Han sido puestos como tropiezo de iniquidad para la casa de Israel. Porque ciertamente nadie hace más daño en la Iglesia que quien tiene el nombre y el rango de santidad, mientras obra perversamente. Pues a ése, cuando transgrede, nadie se atreve a reprender; y la ofensa se extiende con fuerza como ejemplo, cuando por reverencia a su rango se honra al pecador. Pero todos los indignos huirían de la carga de tanta culpa, si con el oído atento del corazón pesaran la sentencia de la Verdad: Cualquiera que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino y se le hundiese en lo profundo del mar []. Por la piedra de molino se expresa el giro y el trabajo de la vida mundana, y por lo profundo del mar se denota la condenación final. Quienquiera, pues, que habiendo llegado a llevar la apariencia exterior de santidad, destruye a otros por palabra o por ejemplo, ciertamente habría sido mejor para él que los hechos terrenales en apariencia abierta lo oprimieran hasta la muerte, antes que los oficios sagrados lo señalaran a otros como imitable en su mal obrar; porque, seguramente, si cayera solo, las penas del infierno lo atormentarían en grado más tolerable.

    Capítulo 3

    Del peso del gobierno; y que toda clase de adversidad ha de ser despreciada, y la prosperidad temida.

    I, 3

    Hasta aquí, pues, hemos dicho brevemente, para mostrar cuán grande es el peso del gobierno, no sea que quien sea desigual a los oficios sagrados del gobierno se atreva a profanarlos, y por ansia de preeminencia emprenda un liderazgo de perdición. Porque de ahí que Santiago nos disuada cariñosamente, diciendo: No os hagáis muchos maestros, hermanos míos []. De ahí que el Mediador entre Dios y el hombre mismo— Él, que excede el conocimiento y el entendimiento de los espíritus celestiales, reina en el cielo desde la eternidad— en la tierra huyó de recibir un reino. Pues está escrito: Cuando, pues, Jesús entendió que iban a venir a apoderarse de él para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo []. Porque, ¿quién podría tan irreprochablemente haber tenido principado sobre los hombres como Aquel que, de hecho, habría reinado sobre los que Él mismo había creado? Pero, como había venido en carne con este fin, no sólo de redimirnos por su pasión sino también de enseñarnos por su conversación, ofreciéndose a sí mismo como ejemplo a sus seguidores, no quiso ser hecho rey; sino que fue de su propia voluntad al patíbulo de la cruz. Huyó de la gloria ofrecida de la preeminencia, pero deseó el dolor de una muerte ignominiosa; para que así sus miembros aprendieran a huir de los favores del mundo, a no temer terrores, a amar la adversidad por causa de la verdad y a apartarse con temor de la prosperidad; porque ésta a menudo mancha el corazón mediante la vanagloria, mientras que aquélla lo purga mediante el dolor; en ésta la mente se exalta, pero en aquélla, aun cuando se haya exaltado una vez, se abate; en ésta el hombre se olvida de sí mismo, pero en aquélla, aun por fuerza y contra su voluntad, es traído a la memoria de lo que es; en ésta, incluso las cosas buenas hechas antes a menudo se desvanecen, pero en aquélla, aun las faltas de larga data se borran. Porque comúnmente en la escuela de la adversidad el corazón se somete bajo la disciplina, mientras que, al alcanzar de repente el supremo gobierno, se cambia inmediatamente y se exalta por la familiaridad con la gloria. Así Saúl, que antes había huido por consideración de su indignidad, no bien asumió el gobierno del reino, se hinchó de orgullo []; pues, deseoso de ser honrado ante el pueblo mientras no estaba dispuesto a ser reprendido públicamente, apartó de sí incluso a aquel que lo había ungido para el reino. Así David, que en el juicio de Aquel que lo eligió era agradable a sus ojos en casi todas sus obras, tan pronto como se le quitó el peso de la presión, estalló en una llaga hinchada [2 Reyes 11:3, seq], y, habiendo sido como uno que corre con soltura tras su apetito por la mujer, se volvió como uno cruelmente duro en la matanza del hombre; y quien antes había sabido compadecerse para perdonar a los malos, aprendió después, sin obstáculo de vacilación, a anhelar incluso la muerte de los buenos []. Pues, en verdad, antes no había querido herir a su perseguidor capturado; y después, con pérdida para su fatigado ejército, destruyó incluso a su soldado devoto. Y en verdad su crimen lo habría arrebatado más lejos del número de los elegidos, si los azotes no lo hubieran llamado de nuevo al perdón.

    Capítulo 4

    Que las más de las veces el ejercicio del gobierno disipa la solidez de la mente.

    I, 4

    A menudo el cuidado del gobierno, una vez emprendido, distrae el corazón en diversas direcciones; y uno se halla desigual para atender a las cosas particulares, mientras, con la mente confusa, está dividido entre muchas. De donde cierto sabio disuade con providencia, diciendo: "Hijo mío, no te entremetas en muchos asuntos" [Sirácides 11:10]; porque, es decir, la mente de ningún modo se concentra en el propósito de una sola obra mientras está repartida entre varias. Y, cuando se la arrastra fuera de sí con un cuidado desacostumbrado, queda vacía de la solidez del temor interior: se vuelve ansiosa en la ordenación de las cosas exteriores y, ignorándose a sí misma, sabe pensar en muchas cosas, pero a sí misma no se conoce. Pues, cuando se implica en las cosas exteriores más de lo necesario, es como si, ocupada de tal modo durante un viaje, olvidara adónde se dirigía; de suerte que, apartada del ejercicio del examen de sí misma, ni siquiera considera las pérdidas que está sufriendo, ni sabe cuán grandes son. Pues ni Ezequías creyó que pecaba [] cuando mostró a los extranjeros que vinieron a él sus depósitos de especias; mas cayó bajo la ira del juez, para condenación de su futura descendencia, por lo que él suponía hacer lícitamente []. A menudo, cuando abundan los medios y pueden hacerse muchas cosas admirables para los súbditos, la mente se exalta en el pensamiento y provoca plenamente contra sí la ira del juez, aunque no prorrumpa en actos manifiestos de iniquidad. Porque el que juzga está dentro; lo que se juzga está dentro. Así, pues, cuando pecamos en el corazón, lo que hacemos dentro de nosotros está oculto a los hombres; y sin embargo, a los ojos del juez, pecamos. Pues ni el rey de Babilonia se hizo entonces por primera vez reo de jactancia [Daniel 4:16, seq] cuando llegó a pronunciar palabras de jactancia, puesto que aun antes, cuando no había proferido su jactancia, oyó de boca del profeta la sentencia de reprobación. Pues ya había borrado la culpa de la soberbia de que se había hecho culpable, cuando proclamó a todas las naciones que tenía debajo al Dios omnipotente a quien se hallaba que había ofendido.
    Mas después de esto, enaltecido por el éxito de su dominio y gozándose en haber hecho grandes cosas, se prefirió primero a todos en su pensamiento, y después, todavía vanaglorioso, dijo: "¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder y para honra de mi majestad?" [] La cual expresión suya, como vemos, cayó abiertamente bajo la venganza de la ira que su jactancia oculta había encendido. Porque el juez estricto ve primero invisiblemente lo que después reprueba hiriéndolo públicamente. De ahí que Él lo convirtiera incluso en un animal irracional, lo apartara de la sociedad humana, le mudara la mente y lo uniera a las bestias del campo, para que, en un juicio manifiestamente estricto y justo, quien se había tenido por grande más allá de los hombres perdiera incluso su ser de hombre. Ahora bien, al aducir estas cosas no censuramos el dominio, sino que guardamos la flaqueza del corazón de codiciarlo, no sea que algunos imperfectos se atrevan a arrebatar el supremo gobierno, o los que tropiezan en terreno llano pongan el pie en un precipicio.

    Capítulo 5

    De los que, en el supremo gobierno, pueden aprovechar a otros con su ejemplo virtuoso, pero lo rehúyen por perseguir su propia comodidad.

    I, 5

    Porque hay algunos eminentemente dotados de virtudes, y para la edificación de los demás son ensalzados con grandes dones, puros en el celo por la castidad, fuertes en el poder de la abstinencia, llenos de los banquetes de la doctrina, humildes en la longanimidad de la paciencia, erguidos en la fortaleza de la autoridad, tiernos en la gracia de la misericordia amorosa, severos en la severidad de la justicia. Ciertamente, éstos, si, cuando son llamados, rehúsan emprender los cargos del supremo gobierno, las más de las veces se privan de los mismos dones que no recibieron para sí solos, sino también para otros; y, mientras meditan su propia ganancia y no la ajena, pierden los mismos beneficios que desean guardarse para sí. Pues de aquí provino que la Verdad dijera a sus discípulos: "Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder; ni se enciende una candela y se pone debajo de un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa" []. De aquí dice a Pedro: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?" []; y él, habiendo respondido al punto que amaba, oyó: "Si me amas, apacienta mis ovejas." Si, pues, el cuidado de apacentar es la prueba del amor, quienquiera que abunda en virtudes, y sin embargo rehúsa apacentar el rebaño de Dios, es convicto de no amar al supremo Pastor. De aquí dice Pablo: "Si Cristo murió por todos, luego todos murieron; y si murió por todos, resta que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" []. De aquí dice Moisés [] que un hermano sobreviviente tomará para sí la mujer de un hermano que murió sin hijos, y engendrará hijos para el nombre de su hermano; y que, si acaso rehúsa tomarla, la mujer escupirá en su rostro, y su pariente soltará el zapato de uno de sus pies, y llamará a su morada la casa del que tiene su zapato desatado. Ahora bien, el hermano difunto es Aquel que, después de la gloria de la resurrección, dijo: "Id, decid a mis hermanos" []. Pues murió como sin hijos, porque aún no había llenado el número de sus elegidos. Luego se ordena que al hermano sobreviviente se le asigne la mujer, porque ciertamente conviene que el cuidado de la santa Iglesia se imponga a quien mejor puede gobernarla bien. Pero, si no quisiere, la mujer escupe en su rostro, porque a quien no cuida de aprovechar a los demás con los dones que ha recibido, la santa Iglesia le exprobra incluso lo que tiene de bueno, y, como quien dice, arroja saliva sobre su rostro; y de un pie se le quita el zapato, según está escrito: "Teniendo calzados los pies con la preparación del Evangelio de la paz" []. Si, pues, tenemos a nuestro cargo el cuidado del prójimo no menos que el de nosotros mismos, tenemos cada pie protegido por un zapato. Pero quien, meditando su propia ventaja, descuida la de sus prójimos, pierde con deshonra el zapato de un pie. Y así hay algunos, como hemos dicho, enriquecidos con grandes dones, que, mientras arden sólo por los estudios de la contemplación, se resisten a servir al provecho del prójimo mediante la predicación; aman un lugar secreto de quietud, anhelan un retiro para la especulación. Con respecto a esta conducta, ellos son, si se les juzga estrictamente, indudablemente culpables en proporción a la grandeza de los dones con que podrían haber sido útiles públicamente. Pues ¿con qué disposición de ánimo uno que podría ser conspicuo en aprovechar a sus prójimos prefiere su propio retiro a la ventaja de los demás, cuando el Unigénito del supremo Padre mismo salió del seno del Padre al medio de todos nosotros, para aprovechar a muchos?

    Capítulo 6

    Que quienes huyen de la carga del gobierno por humildad son entonces verdaderamente humildes cuando no resisten los decretos divinos.

    I, 6

    Hay también algunos que huyen sólo por humildad, no sea que hayan de ser preferidos a otros a quienes se juzgan desiguales. Y la suya, ciertamente, si va acompañada de otras virtudes, es entonces verdadera humildad ante los ojos de Dios, cuando no es pertinaz en rechazar lo que se le ordena emprender con provecho. Pues tampoco es verdaderamente humilde quien comprende cómo debe prevalecer el beneplácito de la Voluntad soberana, y sin embargo desprecia su imperio. Mas, sometiéndose a las disposiciones divinas, y apartado del vicio de la obstinación, si ya ha sido prevenido con dones con que puede aprovechar también a otros, debe, cuando se le ordena emprender el supremo gobierno, huir de él en su corazón, pero obedecer contra su voluntad.

    Capítulo 7

    Que a veces algunos desean loablemente el oficio de predicar, mientras que otros, de manera igualmente loable, son arrastrados a él por compulsión.

    I, 7

    Aunque a veces algunos desean loablemente el oficio de predicar, otros, sin embargo, son arrastrados a él de manera igualmente loable por compulsión; como percibimos claramente si consideramos la conducta de dos profetas, de los cuales uno se ofreció por su propia voluntad a ser enviado a predicar, y el otro, en cambio, rehusó ir por temor. Pues Isaías, cuando el Señor preguntó a quién enviaría, se ofreció por su propia voluntad, diciendo: "Heme aquí; envíame" []. Pero Jeremías es enviado, y sin embargo ruega humildemente que no se le envíe, diciendo: "¡Ah, Señor Dios! He aquí que no sé hablar, porque soy un niño" []. Mirad, de estos dos hombres procedían externamente voces diferentes, pero brotaban de la misma fuente del amor. Porque hay dos preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo. Por lo cual Isaías, ansioso de aprovechar a sus prójimos mediante la vida activa, desea el oficio de predicar; pero Jeremías, anhelando adherirse con solicitud al amor de su Creador mediante la vida contemplativa, presenta excusas contra su envío a predicar. Así, lo que el uno deseaba loablemente, de ello se apartaba loablemente el otro; éste, no sea que hablando perdiera las ganancias de la contemplación silenciosa; aquél, no sea que guardando silencio sufriera pérdida por falta de trabajo diligente. Pero en ambos casos ha de observarse con cuidado que quien rehusó no persistió en su negativa, y quien quiso ser enviado se vio antes purificado por un carbón del altar; no sea que alguien que no ha sido purgado ose acercarse a los ministerios sagrados, o que alguno a quien la gracia soberana ha elegido lo contradiga con soberbia bajo apariencia de humildad. Por lo cual, siendo muy difícil que alguien esté seguro de haber sido purificado, es más seguro rehusar el oficio de predicar, aunque (como hemos dicho) no debe rehusarse pertinazmente cuando se reconoce que la Voluntad soberana quiere que se emprenda. Ambos requisitos cumplió admirablemente Moisés, quien no quería ser puesto al frente de una multitud tan grande, y sin embargo obedeció. Porque acaso habría sido soberbio si hubiera emprendido sin temblor la jefatura de aquel pueblo innumerable; y, a su vez, claramente habría sido soberbio si hubiera rehusado obedecer el mandato de su Señor. Así, humilde en ambos sentidos, sumiso en ambos sentidos, no quería, midiéndose a sí mismo, ser puesto sobre el pueblo; y sin embargo, confiando en el poder de Aquel que se lo mandaba, consintió. De aquí, pues, de aquí infieran todos los temerarios cuán grande es su culpa, si no temen ser preferidos a otros por su propia búsqueda, cuando los santos, aun mandándoselo Dios, temieron emprender la jefatura de los pueblos. Moisés tiembla aunque Dios le persuade; y, sin embargo, cualquier débil anhela tomar sobre sí la carga de la dignidad; y uno que apenas puede soportar su propia carga sin caer, pone gustoso sus hombros bajo el peso ajeno: sus propias obras son demasiado pesadas para que él las lleve, y aumenta su carga.

    Capítulo 8

    De los que codician la preeminencia y se apoderan del lenguaje del Apóstol para servir al propósito de su propia codicia.

    I, 8

    Pero las más de las veces los que codician la preeminencia se apoderan del lenguaje del Apóstol para servir al propósito de su propia codicia, allí donde dice: "Si alguno desea el oficio de obispo, desea una obra buena" []. Mas, mientras alaba el deseo, inmediatamente convierte en temor lo que ha alabado, cuando al punto añade: "pero es necesario que el obispo sea irreprensible" []. Y, cuando después enumera las virtudes necesarias, pone de manifiesto en qué consiste esta irreprensibilidad. Y así, en cuanto al deseo, los aprueba; pero con su precepto los amedrenta; como si dijera claramente: Alabo lo que buscáis; pero aprended primero qué es lo que buscáis; no sea que, mientras descuidáis medir vosotros mismos, vuestra reprensibilidad aparezca tanto más torpe por su prisa de ser vista por todos en el lugar más alto del honor. Pues el gran maestro en el arte de gobernar impele con la aprobación y frena con los temores; de modo que, describiendo la altura de la irreprensibilidad, contenga a sus oyentes de la soberbia, y, alabando el oficio que se busca, los disponga a la vida requerida. No obstante, ha de notarse que esto se dijo en un tiempo en que quien era puesto al frente del pueblo solía ser el primero en ser llevado a los tormentos del martirio. En aquel tiempo, por tanto, era loable buscar el oficio de obispo, pues mediante él no cabía duda de que el hombre vendría al fin a dolores más pesados. De ahí que aun el oficio mismo de obispo se define como obra buena cuando se dice: "Si alguno desea el oficio de obispo, desea una obra buena" []. Por lo cual, el que no busca este ministerio de obra buena, sino la gloria de la distinción, es testigo contra sí mismo de que no desea el oficio de obispo; puesto que aquel hombre no sólo no ama en absoluto el oficio sagrado, sino que ni siquiera sabe lo que es, quien, anhelando el supremo gobierno, se alimenta de la sujeción de los demás en la meditación oculta de su pensamiento, se regocija en sus propias alabanzas, levanta su corazón hacia el honor, se exulta en la abundante opulencia. Así se busca la ganancia mundana so color de aquel honor por el cual las ganancias mundanas deberían haber sido destruidas; y, cuando la mente piensa apoderarse del más alto puesto de humildad para su propia jactancia, muda en su interior lo que desea en su exterior.

    Capítulo 9

    Que la mente de quienes desean la preeminencia se lisonjea las más de las veces con una promesa fingida de buenas obras.

    I, 9

    Pero las más de las veces quienes codician la autoridad pastoral se proponen mentalmente algunas buenas obras además, y, aunque la desean con un motivo de soberbia, meditan todavía cómo realizar grandes cosas; y así sucede que una cosa es el motivo que se esconde en lo profundo del corazón, y otra lo que la superficie del pensamiento presenta a la mente de quien medita. Pues la mente misma se miente a sí misma acerca de sí misma, y finge, respecto de la obra buena, amar lo que no ama, y, respecto de la gloria del mundo, no amar lo que ama. Ansiosa de dominación, se vuelve tímida respecto de ella mientras la persigue; audaz después de alcanzarla. Pues, mientras avanza hacia ella, está en trepidación no sea que no la alcance; pero de repente, una vez alcanzada, piensa que lo que ha alcanzado es lo que justamente se le debe. Y, una vez que ha comenzado a disfrutar de modo mundano el cargo de su dominio adquirido, olvida de buena gana lo que había cogitado de modo religioso. De aquí es necesario que, cuando tal cogitación se extiende más allá de lo acostumbrado, el ojo de la mente sea llamado de nuevo a las obras ya realizadas, y que cada uno considere lo que ha hecho como súbdito; y así podrá descubrir al punto si como prelado será capaz de hacer las cosas buenas que se ha propuesto hacer. Pues de ningún modo puede aprender la humildad en un lugar elevado quien no ha dejado de ser soberbio mientras ocupaba uno bajo: no sabe cómo huir de la alabanza cuando abunda quien ha aprendido a ansiarla cuando faltaba: de ningún modo puede vencer la avaricia, cuando es elevado al sustento de muchos, aquel a quien sus propios medios no bastaban para sí solo. Por lo cual, de su vida pasada descubra cada uno lo que es, no sea que, en su ansia de eminencia, el fantasma de su cogitación lo engañe. No obstante, suele suceder que la práctica misma de las buenas obras que se mantenía en la tranquilidad se pierde en la ocupación del gobierno; pues incluso una persona inexperta guía una nave en línea recta en un mar en calma; pero en uno agitado por las olas de la tempestad, aun el marinero experto se confunde. Porque ¿qué es el dominio eminente sino una tempestad de la mente, en la que el navío del corazón es sacudido siempre por los huracanes del pensamiento, es empujado incesantemente de aquí para allá, de modo que se estrella contra los súbitos excesos de palabra y obra, como contra rocas opuestas? En medio de todos estos peligros, pues, ¿qué camino se ha de seguir, qué rumbo se ha de mantener, sino que quien abunda en virtudes acceda al gobierno por compulsión, y que quien está vacío de virtudes no se acerque a él, ni aun por compulsión? En cuanto al primero, tenga cuidado de que, si rehúsa del todo, no sea como uno que envuelve en un pañuelo el dinero que ha recibido, y sea juzgado por haberlo escondido []. Pues, en verdad, envolver en un pañuelo es esconder los dones recibidos bajo la desidia de un torpor perezoso. Pero, por otra parte, el segundo, cuando anhela el gobierno, tenga cuidado de que, por su ejemplo de malas obras, no se convierta en obstáculo para los que caminan hacia la entrada del reino, a la manera de los fariseos, quienes, según la voz del Maestro [], ni entran ellos mismos ni dejan entrar a otros. Y considere también cómo, cuando un prelado elegido emprende la causa del pueblo, va, como quien dice, como un médico al que está enfermo. Si, pues, aún viven dolencias en su cuerpo, ¿qué presunción es la suya, apresurarse a sanar a los heridos, llevando él mismo una llaga en su rostro?

    Capítulo 10

    Qué clase de hombre debe llegar al gobierno.

    I, 10

    Por lo tanto, debe ser con toda diligencia atraído con cuerdas para ser ejemplo de buena vida aquel que ya vive espiritualmente, muriendo a todas las pasiones de la carne; que desprecia la prosperidad mundana; que no teme adversidad alguna; que desea sólo las riquezas interiores; a cuya intención el cuerpo, en buen acuerdo con ella, no la contraría en nada por su fragilidad, ni el espíritu grandemente por su desdén; uno que no es arrastrado a codiciar las cosas ajenas, sino que da libremente de las suyas; que por las entrañas de compasión es pronto a perdonar, sin apartarse jamás de la fortaleza de la rectitud por perdonar más de lo conveniente; que no comete obras ilícitas, y sin embargo deplora las cometidas por otros como si fueran suyas; que por afecto del corazón se compadece de la enfermedad ajena, y de tal modo se regocija en el bien de su prójimo como si fuera provecho propio; que de tal modo se insinúa como ejemplo a los demás en todo lo que hace, que entre ellos no tiene nada, al menos de sus obras pasadas, de qué avergonzarse; que procura vivir de tal modo que pueda regar aun los corazones secos con las corrientes de la doctrina; que ya ha aprendido por el uso y la prueba de la oración que puede alcanzar del Señor lo que le ha pedido, habiéndosele ya dicho, por así decirlo, por la voz de la experiencia, Mientras estás todavía hablando, diré: Heme aquí []. Pues si acaso viniera alguno a nosotros pidiéndonos interceder por él ante un hombre importante, irritado contra él, pero a nosotros desconocido, al punto responderíamos: No podemos ir a interceder por ti, pues no tenemos trato familiar con ese hombre. Si, pues, un hombre se avergüenza de hacerse intercesor ante otro hombre con quien no tiene autoridad, ¿con qué idea puede asir el cargo de interceder ante Dios por el pueblo quien no se sabe estar en gracia ante Él por el mérito de su propia vida? ¿Y cómo puede pedirle perdón por otros mientras ignora si para con él está aplacado? Y en este asunto hay todavía otra cosa que ha de temerse con mayor ansia; a saber, que quien se supone competente para aplacar la ira, él mismo la provoque por culpa suya. Pues todos sabemos bien que, cuando uno que está en desgracia es enviado a interceder ante una persona irritada, la mente de esta última es provocada a mayor severidad. Por lo cual, quien todavía está atado y ligado con deseos terrenos, cuide de que, al irritar más gravemente al juez severo, deleitándose en su lugar de honor, no se haga causa de ruina para sus súbditos.

    Capítulo 11

    Qué clase de hombre no debe llegar al gobierno.

    I, 11

    Por tanto, mídase cada uno sabiamente, no sea que se atreva a asumir un lugar de gobierno mientras en él mismo el vicio reine todavía para condenación; no sea que aquel a quien su propia culpa deprava desee hacerse intercesor de las faltas ajenas. Pues por esto se dijo a Moisés por la voz celestial: Habla a Aarón: Cualquiera de tu linaje en todas sus generaciones que tenga defecto, no ofrecerá panes de ofrenda al Señor su Dios []. Y también se añade inmediatamente: Si fuere ciego, si cojo, si tuviere la nariz pequeña o grande y torcida, si quebrado de pie o de mano, si corcovado, si legañoso (lippus), si tuviere nube en el ojo (albuginem), si sarna crónica, si impétigo en el cuerpo, o si fuere quebrado (ponderosus) []. Porque aquel es verdaderamente ciego que no conoce la luz de la contemplación celestial, el cual, envuelto en las tinieblas de la vida presente, no mirando en absoluto, por amarla, la luz venidera, no sabe hacia dónde dirige los pasos de su conducta. De ahí que Ana, profetizando, dijera: Él guardará los pies de sus santos, y los malvados enmudecerán en tinieblas []. Mas aquel es cojo que ve ciertamente hacia dónde debe ir, pero por flaqueza de propósito no puede guardar perfectamente el camino de vida que ve, porque, no elevándose el hábito inestable al estado asentado de la virtud, los pasos de la conducta no siguen eficazmente el fin del deseo. De aquí dice Pablo: Levantad las manos caídas y las rodillas débiles, y enderezad sendas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que más bien sea sanado []. Mas el de nariz pequeña es aquel que no es apto para guardar la medida del discernimiento. Pues con la nariz discernimos olores dulces y hedores; así, por la nariz se expresa propiamente el discernimiento, mediante el cual elegimos las virtudes y evitamos los pecados. De donde también se dice en alabanza de la esposa: Tu nariz es como la torre del Líbano []; porque, a saber, la Santa Iglesia, por el discernimiento, otea los asaltos que vienen de esta o aquella parte, y descubre desde una altura las guerras venideras de los vicios. Pero hay algunos que, no queriendo pasar por torpes, se ocupan a menudo más de lo necesario en varias investigaciones, y por demasiada sutileza se engañan. Por lo cual se añade también esto: O tienen la nariz grande y torcida. Pues la nariz grande y torcida es la excesiva sutileza del discernimiento, la cual, habiéndose hecho descomedidamente excrescente, confunde por sí misma la rectitud de su propia operación. Mas el quebrado de pie o de mano es aquel que no puede andar en el camino de Dios en absoluto, y está enteramente sin parte ni suerte en las buenas obras, hasta tal punto que no las mantiene, como el cojo, siquiera débilmente, sino que permanece del todo apartado de ellas. Mas el corcovado es aquel a quien el peso del cuidado terreno encorva, de modo que nunca mira las cosas de arriba, sino que está atento sólo a lo que se pisa entre lo más bajo. Y éste, si acaso oyera algo de los bienes de la patria celestial, está tan abatido por el peso de la costumbre perversa, que no levanta a ellos el rostro de su corazón, no pudiendo enderezar la postura de su pensamiento, que el hábito del cuidado terreno mantiene inclinada hacia abajo. De esta clase de hombres dice el Salmista: Estoy encorvado y humillado en gran manera continuamente []. La falta de éstos reprueba la Verdad en persona, diciendo: Mas la semilla que cayó entre espinas son los que, habiendo oído la palabra, salen, y son ahogados por los cuidados, las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto []. Mas el legañoso es aquel cuyo ingenio natural brilla para conocer la verdad, y sin embargo las obras carnales lo oscurecen. Pues en el legañoso las pupilas están sanas; pero los párpados, debilitados por el flujo de humores, se engruesan; y aun el brillo de las pupilas se daña, porque están gastadas continuamente por el flujo que cae sobre ellas. El legañoso, pues, es aquel cuyo sentido la naturaleza hizo agudo, pero a quien una depravada costumbre de vida lo confunde. A él se le dice bien por medio del ángel: Unge tus ojos con colirio para que veas []. Pues se puede decir que ungimos nuestros ojos con colirio para ver, cuando ayudamos al ojo de nuestro entendimiento, para percibir la claridad de la luz verdadera, con el medicamento de la buena conducta. Mas aquel tiene nube en el ojo a quien no le es permitido ver la luz de la verdad, por cuanto está cegado por la arrogante presunción de sabiduría o de justicia. Pues la pupila del ojo, cuando es negra, ve; pero cuando tiene una nube blanca, nada ve; por lo cual podemos entender que el sentido percipiente del pensamiento humano, si el hombre se entiende a sí mismo como necio y pecador, se hace conocedor de la claridad de la luz interior; pero si se atribuye a sí mismo la blancura de la justicia o de la sabiduría, se excluye de la luz del conocimiento de lo alto, y deja tanto más de penetrar la claridad de la luz verdadera cuanto más se exalta en sí mismo por la arrogancia; como de algunos se dice: Profesando ser sabios, se hicieron necios []. Mas aquel tiene sarna crónica a quien el desenfreno de la carne sin cesar lo domina. Pues en la sarna el calor violento de las entrañas es sacado a la piel; por lo cual se designa rectamente la lujuria, ya que, si la tentación del corazón brota en acción, se puede decir con verdad que el calor interno violento prorrumpe en sarna de la piel; y hiere ya al cuerpo exteriormente, porque, no reprimiéndose la sensualidad en el pensamiento, alcanza dominio también en la obra. Pues Pablo cuidó de limpiar esta comezón de la piel, cuando dijo: No os sobrevenga tentación que no sea humana []; como si dijera claramente: Es humano sufrir la tentación en el corazón; pero es diabólico, en la lucha de la tentación, ser también vencido en la obra. Tiene también impétigo en su cuerpo todo aquel que es asolado en la mente por la avaricia; la cual, si no se reprime en lo poco, se dilata ciertamente sin medida.
    Porque, así como el impétigo invade el cuerpo sin dolor y, extendiéndose sin molestia para aquel a quien invade, afrenta la hermosura de los miembros, así también la avaricia exulcera, mientras agrada, la mente de aquel que está cautivo de ella. Como ofrece al pensamiento una cosa tras otra que ganar, enciende el fuego de las enemistades y no causa dolor con las heridas que produce, porque promete a la mente afiebrada abundancia a partir del pecado. Pero la hermosura de los miembros se destruye, porque con ello se afea también la belleza de las demás virtudes; y exulcera, por así decirlo, todo el cuerpo, en cuanto corrompe la mente con vicios de toda clase; como atestigua Pablo, diciendo: El amor del dinero es raíz de todos los males []. Mas el quebrado es aquel que no lleva la torpeza a la acción, pero sin embargo es inmoderadamente agobiado por ella en la mente mediante continua cogitación; uno que, en verdad, de ningún modo es arrastrado hasta el extremo de una conducta nefanda, pero cuya mente todavía se deleita sin punzada de repugnancia en el placer de la lujuria. Pues la enfermedad de la quebradura es cuando humor viscerum ad virilia labitur, quæ profecto cum molestia dedecoris intumescunt. Se puede, pues, decir que está quebrado aquel que, dejando fluir todos sus pensamientos hacia la lascivia, lleva en su corazón un peso de torpeza; y, aunque no comete actualmente obras vergonzosas, no se aparta de ellas en la mente. Ni tiene fuerza para elevarse a la práctica del bien vivir ante los ojos de los hombres, porque, oculto dentro de él, el peso vergonzoso lo abate. Por tanto, todo aquel que está sometido a una cualquiera de estas enfermedades tiene prohibido ofrecer panes al Señor, no sea que en verdad no aproveche para expiar los pecados de los demás, siendo uno que aún está asolado por los suyos.
    Y ahora, habiendo mostrado brevemente de qué manera debe venir a la autoridad pastoral el que es digno, y de qué manera el indigno ha de temer grandemente, demostremos ahora de qué manera debe vivir en ella el que dignamente la ha alcanzado.
    Comentario editorial · El «quebrado»: Levítico 21 en la Vulgata
    Gregorio lee los defectos físicos que excluyen del sacerdocio en (el ciego, el cojo, el «quebrado»…) como vicios del alma, y su lectura depende de las palabras de la Vulgata. Barmby advierte, en una nota que el epub no trae, que los términos son los de la Vulgata de Trento salvo uno: donde esta dice herniosus, Gregorio escribe ponderosus, el que sufre el peso (pondus) de las entrañas; que el hebreo y la Septuaginta (μονόρχις) apuntan a otra dolencia; y que, para Gregorio, la «sarna crónica» es una erupción dolorosa por calor interno y el «impétigo» una afección indolora pero desfiguradora. No conviene, pues, juzgar su exégesis con una traducción moderna del hebreo en la mano: comenta otras palabras.
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