Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 46 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minPrefacio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minLibro II
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 4
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 14 minCapítulo 6
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 7
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 9
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 2
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 10
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 14
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 15
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 17
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 18
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 20
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 21
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 22
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 23
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 24
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 25
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 26
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 27
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 28
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 29
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 30
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 31
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 33
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 35
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 36
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 39
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejó la Regla pastoral

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 6. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Regla pastoral

    Hacia 590 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Barmby (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 8 · Capítulo 24Publicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-01

    Leer por sesiones · 46 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minPrefacio
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minLibro II
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 4
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 14 minCapítulo 6
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 7
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 9
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 2
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 10
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 14
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 15
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 17
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 18
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 20
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 21
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 22
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 23
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 24
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 25
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 26
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 27
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 28
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 29
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 30
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 31
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 33
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 35
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 36
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 39
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejó la Regla pastoral

    Capítulo 24

    De qué manera han de ser amonestados los rudos en la sagrada doctrina, y los doctos que no son humildes.

    III, 24

    (Amonestación 25.) De diferente manera han de ser amonestados los que no entienden rectamente las palabras de la sagrada Ley, y los que ciertamente las entienden rectamente, pero no las profieren con humildad. Porque los que no entienden rectamente las palabras de la sagrada Ley han de ser amonestados a considerar que convierten para sí una bebida salutífera de vino en copa de veneno, y con cuchillo medicinal se infieren a sí mismos herida mortal, cuando destruyen en sí lo que estaba sano por aquello con que debían, para su salud, haber cortado lo que estaba enfermo. Han de ser amonestados a considerar que la Sagrada Escritura está puesta como una especie de linterna para nosotros en la noche de la vida presente; y, cuando no entienden rectamente sus palabras, de la luz sacan tinieblas. Pero en verdad no los arrastraría a entenderla mal una torcida inclinación de la mente, si primero no los hinchara la soberbia. Pues, mientras se creen más sabios que todos los demás, se desdeñan de seguir a otros hacia cosas mejor entendidas; y, para arrancar para sí de la multitud inexperta un nombre de ciencia, se esfuerzan poderosamente por trastornar las rectas opiniones de los otros y confirmar las suyas perversas. De aquí está bien dicho por el profeta, Han abierto el vientre de las mujeres encinta de Galaad, para ensanchar su término []. Porque Galaad se interpreta "montón de testimonio" []. Y, puesto que toda la congregación de la Iglesia juntamente sirve por su confesión de testimonio a la verdad, no sin propiedad se expresa por Galaad la Iglesia, que testifica por boca de todos los fieles cuanto hay de verdadero acerca de Dios. Además, se llama a las almas encinta cuando del amor divino conciben el entendimiento de la Palabra, de modo que, si llegan a su tiempo, den a luz la inteligencia concebida en la manifestación de la obra. Además, ensanchar su término es extender a lo lejos la fama de su reputación. Han rasgado, pues, el vientre de las mujeres encinta de Galaad para ensanchar su término, porque los herejes ciertamente matan con su perversa predicación las almas de los fieles que ya habían concebido algo del entendimiento de la verdad, y extienden para sí un nombre de ciencia. Los corazones de los pequeñuelos, ya grávidos con la concepción de la palabra, los hienden con la espada del error y, por así decirlo, se labran reputación de maestros. Cuando, pues, nos esforzamos por instruir a éstos para que no piensen perversamente, es necesario que primero los amonestemos a huir de la vanagloria. Porque, si se corta la raíz de la jactancia, las ramas de la aserción errónea se secan por consiguiente. Han de ser amonestados también a guardarse, no sea que, engendrando errores y discordias, conviertan en sacrificio a Satanás la mismísima ley de Dios que ha sido dada para impedir los sacrificios a Satanás. De donde el Señor se queja por el profeta diciendo, Les di grano, vino y aceite, y les multipliqué la plata y el oro, los cuales sacrificaron a Baal []. Porque, en efecto, recibimos grano del Señor cuando, en los pasajes más oscuros, quitada la cáscara de la letra, percibimos en la médula del Espíritu el sentido interior de la Ley. El Señor nos ofrece su vino cuando nos embriaga con la predicación excelente de su Escritura. Nos da también su aceite cuando, con preceptos más claros, ordena nuestra vida suave y llanamente. Multiplica la plata cuando nos provee de expresiones elocuentes, llenas de la luz de la verdad. Con oro también nos enriquece cuando ilumina nuestro corazón con el entendimiento del supremo esplendor. Todas estas cosas las ofrecen los herejes a Baal, porque las pervierten en los corazones de sus oyentes con una comprensión corrompida de todas ellas. Y del grano de Dios, de su vino y aceite, y también de su plata y oro, ofrecen sacrificio a Satanás, porque desvían las palabras de paz para promover el error de la discordia. Por lo cual han de ser amonestados a considerar que, cuando por su mente perversa hacen discordia de los preceptos de paz, ellos mismos, en el justo juicio de Dios, mueren por las palabras de vida.
    Mas, por otra parte, los que entienden ciertamente rectamente las palabras de la Ley, pero no las profieren con humildad, han de ser amonestados a que, en los discursos divinos, antes de proponerlos a otros, se examinen a sí mismos; no sea que, siguiendo las obras de los demás, se dejen atrás a sí mismos; y no sea que, pensando rectamente de todo lo restante de la Sagrada Escritura, no atiendan a esto solo, a lo que en ella se dice contra los soberbios. Porque ciertamente es pobre e inhábil médico aquel que quisiera curar la enfermedad de otro ignorando aquella de la que él mismo sufre. Aquellos, pues, que no profieren con humildad las palabras de Dios deben ciertamente ser amonestados a que, cuando apliquen medicinas a los enfermos, atiendan al veneno de su propia infección, no sea que, curando a otros, mueran ellos mismos. Deben ser amonestados a guardarse, no sea que su manera de decir las cosas esté en desacuerdo con la excelencia de lo dicho, y no sea que prediquen una cosa con sus palabras y otra con su porte exterior. Oigan, pues, lo que está escrito, Si alguno habla, hable conforme a los oráculos de Dios []. Si, pues, las palabras que profieren no son de lo que les es propio, ¿por qué se hinchan por ellas como si fueran propias? Oigan lo que está escrito, Como de Dios, en la presencia de Dios, hablamos en Cristo []. Porque habla de Dios en la presencia de Dios aquel que entiende que ha recibido de Dios la palabra de la predicación, y por medio de ella busca agradar a Dios, no a los hombres. Oigan lo que está escrito, Todo altivo de corazón es abominación para el Señor []. Porque, ciertamente, cuando en la Palabra de Dios busca su propia gloria, invade el derecho del dador; y en nada teme posponer a su propia alabanza a Aquel de quien ha recibido aquello mismo que es alabado. Oigan lo que se dice al predicador por Salomón, Bebe el agua de tu propia cisterna, y las aguas vivas de tu propio pozo. Sean tus fuentes derramadas afuera, y reparte tus aguas por las calles. Tenlas para ti solo, y no participen de ellas los extraños contigo []. Porque ciertamente el predicador bebe de su propia cisterna cuando, volviendo a su propio corazón, se escucha primero a sí mismo lo que tiene que decir. Bebe las aguas vivas de su propio pozo si es regado por su propia palabra. Y en el mismo lugar se añade bien, Sean tus fuentes derramadas afuera, y reparte tus aguas por las calles. Porque ciertamente es recto que él mismo beba primero, y después fluya sobre los demás en la predicación. Porque derramar afuera las fuentes es derramar exteriormente sobre los demás la fuerza de la predicación. Además, repartir las aguas por las calles es dispensar los divinos dichos entre una gran multitud de oyentes según la calidad de cada uno. Y, porque la mayor parte de las veces se insinúa el deseo de vanagloria cuando la Palabra de Dios tiene libre curso hasta el conocimiento de muchos, después de haberse dicho, Reparte tus aguas por las calles, rectamente se añade, Tenlas para ti solo, y no participen de ellas los extraños contigo. Llama aquí extraños a los espíritus malignos, de los cuales se dice por el profeta en las palabras de uno que es tentado, Extraños se han levantado contra mí, y fuertes han buscado mi alma [Salmo 53:5]. Dice, pues, Reparte tus aguas por las calles, y tenlas para ti solo; como si hubiera dicho más claramente: Necesario es que sirvas tan exteriormente en la predicación que no te unas por la jactancia a los espíritus inmundos, no sea que en el ministerio de la palabra divina admitas a tus enemigos como partícipes contigo. Así repartimos nuestras aguas por las calles, y aun así las poseemos solos, cuando derramamos exteriormente la predicación a lo lejos y a lo ancho, y, sin embargo, de ningún modo cortejamos por ella las alabanzas humanas.

    Capítulo 25

    De qué manera han de ser amonestados los que por excesiva humildad rehúsan el oficio de la predicación, y los que se apoderan de él con precipitada celeridad.

    III, 25

    (Amonestación 26.) De diferente manera han de ser amonestados aquellos que, aunque capaces de predicar dignamente, temen por causa de excesiva humildad, y aquellos a quienes la imperfección o la edad prohíbe predicar, y sin embargo la precipitación los impulsa. Porque aquellos que, pudiendo predicar con provecho, se retraen todavía por humildad excesiva, han de ser amonestados a deducir de la consideración de una materia menor cuán culpables son en una mayor. Pues, si escondieran a sus vecinos indigentes el dinero que ellos mismos poseían, sin duda se mostrarían promotores de su calamidad. Perciban, pues, en qué culpa están implicados aquellos que, reteniendo la palabra de la predicación a sus hermanos que pecan, esconden los remedios de la vida a las almas que mueren. De donde también un cierto sabio dice bien, La sabiduría escondida y el tesoro invisible, ¿qué provecho hay en ambos [Sirácides 20:32]? Si una hambruna consumiera al pueblo, y ellos mismos guardaran oculto el grano, sin duda serían autores de la muerte. Consideren, pues, con qué castigo han de ser visitados aquellos que, cuando las almas perecen por hambre de la palabra, no suministran el pan de la gracia que ellos mismos han recibido. De donde también se dice bien por Salomón, El que esconde el grano será maldito entre el pueblo []. Porque esconder el grano es retener consigo las palabras de la sagrada predicación. Y todo el que esto hace es maldito entre el pueblo, porque por su sola culpa de silencio es condenado en el castigo de los muchos a quienes hubiera podido corregir. Si personas de ningún modo ignorantes del arte medicinal vieran una llaga que requería sajadura, y sin embargo rehusaran sajarla, ciertamente por su mera inacción serían culpables de la muerte del hermano. Vean, pues, en cuán gran culpa están implicados aquellos que, conociendo las llagas de las almas, descuidan curarlas con la sajadura de las palabras. De donde también se dice bien por el profeta, Maldito el que retrae su espada de la sangre []. Porque retraer la espada de la sangre es retener la palabra de la predicación de la matanza de la vida carnal. De cuya espada se dice de nuevo, Y mi espada devorará carne [].
    Oigan, pues, éstos, cuando guardan para sí la palabra de la predicación, con terror las sentencias divinas contra ellos, a fin de que el temor expulse el temor de sus corazones. Oigan cómo aquel que no quiso negociar su talento lo perdió, añadida sentencia de condenación [Mateo 25:24, etc.]. Oigan cómo Pablo creyó ser puro de la sangre de sus prójimos en esto, que no perdonó los vicios de ellos que requerían ser heridos, diciendo, Yo os tomo por testigos en este día de que estoy limpio de la sangre de todos los hombres; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios []. Oigan cómo Juan es amonestado por la voz angélica, cuando se dice, El que oye, diga: Ven []; sin duda para que aquel en cuyo corazón se ha abierto camino la voz interior pueda, clamando en voz alta, atraer a otros adonde él mismo es llevado; no sea que, aunque llamado, halle cerradas las puertas, si se acerca vacío a Aquel que lo llama. Oigan cómo Isaías, por haber callado en el ministerio de la palabra cuando fue iluminado por luz suprema, se culpó a sí mismo con gran clamor de penitencia, diciendo ¡Ay de mí, que he callado! []. Oigan cómo por Salomón se promete que se multiplicará el conocimiento de la predicación a aquel que no es retenido por el vicio de la torpeza en aquello a lo que ya ha llegado. Pues dice, El alma que bendice será engordada; y el que embriaga será también embriagado él mismo []. Porque el que bendice exteriormente predicando recibe la grosura del ensanchamiento interior; y, mientras no cesa de embriagar las mentes de sus oyentes con el vino de la elocuencia, se embriaga cada vez más con la bebida de un don multiplicado. Oigan cómo David ofreció esto como don a Dios, que no ocultó la gracia de la predicación que había recibido, diciendo, He aquí, no refrenaré mis labios, oh Señor, tú lo sabes; no he escondido tu justicia dentro de mi corazón; he declarado tu verdad y tu salvación [Salmo 39:10-11]. Oigan lo que dice el esposo en su coloquio con la esposa; Tú que moras en los huertos, tus amigos escuchan: haz que oiga tu voz []. Porque la Iglesia mora en los huertos, en cuanto mantiene en estado de verdor interior los cultos planteles de las virtudes. Y que sus amigos escuchen su voz significa que todos los elegidos desean la palabra de su predicación; voz que también el esposo desea oír, porque anhela su predicación por las almas de sus elegidos. Oigan cómo Moisés, cuando vio que Dios estaba airado contra su pueblo, y mandó tomar espadas para ejecutar venganza, declaró que estaban del lado de Dios aquellos que hiriesen sin demora los crímenes de los ofensores, diciendo, Si alguno es del Señor, únase a mí; ponga cada uno su espada sobre su muslo; id y venid de puerta en puerta por medio del campamento, y mate cada uno a su hermano y amigo y vecino []. Porque poner la espada sobre el muslo es anteponer la diligencia en la predicación a los placeres de la carne; de modo que, cuando alguno se afana por hablar palabras santas, debe necesariamente cuidar de someter las sugestiones ilícitas. Mas ir de puerta en puerta es correr de acá para allá con la reprensión de vicio en vicio, incluso hasta cada uno por el cual entra la muerte al alma. Y pasar por medio del campamento es vivir con tal imparcialidad dentro de la Iglesia que quien reprende los pecados de los ofensores no se desvíe para mostrar favor a ninguno. De donde también rectamente se añade, mate cada uno a su hermano y amigo y vecino. En verdad mata al hermano y al amigo y al vecino quien, cuando halla algo digno de castigo, no perdona ni siquiera a aquellos a quienes ama por razón del parentesco, de la espada de su reprensión. Si, pues, se dice que es de Dios aquel que es movido por el celo del amor divino a herir los vicios, ciertamente se niega a sí mismo ser de Dios aquel que rehúsa reprender la vida de los carnales hasta el extremo de su poder.
    Mas, por otra parte, aquellos a quienes la imperfección o la edad apartan del oficio de la predicación, y sin embargo la precipitación los impulsa a él, han de ser amonestados a que, al arrogarse temerariamente la carga de tan gran oficio, no se corten el camino del mejoramiento subsiguiente; y a que, apoderándose fuera de sazón de aquello a lo que no son iguales, no pierdan aun lo que en algún tiempo, en sazón debida, hubieran podido cumplir; y sean mostrados como justamente privados de su conocimiento por su intento de exhibirlo indebidamente. Han de ser amonestados a considerar que las aves jóvenes, si intentan volar antes de que sus alas estén plenamente formadas, son precipitadas hacia abajo desde el lugar desde donde hubieran querido elevarse a lo alto. Han de ser amonestados a considerar que, si sobre edificios nuevos aún no compactados se pone un peso de maderos, no se edifica una morada, sino una ruina. Han de ser amonestados a considerar que, si las mujeres dan a luz su descendencia concebida antes de que esté plenamente formada, de ningún modo llenan casas, sino sepulcros. Porque de aquí es que la Verdad misma, que podía de una vez fortalecer a quienes quisiera, para dar ejemplo a sus seguidores de que no presumieran predicar siendo imperfectos, después de haber instruido plenamente a sus discípulos acerca del poder de la predicación, añadió inmediatamente, Pero permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto []. Porque ciertamente permanecemos juntos en la ciudad, si nos contenemos dentro de los recintos de nuestras almas de vagar afuera en el hablar; de modo que, cuando estemos perfectamente revestidos de poder divino, salgamos entonces, por así decirlo, fuera de nosotros mismos, instruyendo también a otros. De aquí se dice por cierto sabio, Joven, habla apenas en tu causa; y si has sido preguntado dos veces, tenga tu respuesta un comienzo [Sirácides 32:10]. De aquí es que el mismo nuestro Redentor, aunque en el cielo era el Creador, e incluso maestro de los ángeles en la manifestación de su poder, no quiso hacerse maestro de los hombres en la tierra antes de su trigésimo año, para, a saber, infundir en los precipitados la fuerza de un temor muy saludable, en que aun Él mismo, que no podía resbalar, no predicó la gracia de una vida perfecta hasta que fue de edad perfecta. Porque está escrito, Cuando tenía doce años, el niño Jesús se quedó en Jerusalén []. Y poco después se dice además de Él, cuando era buscado por sus padres, Le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles [Lucas 5:46]. Ha de ponderarse, pues, con vigilante consideración que, cuando se dice que Jesús a los doce años estaba sentado en medio de los doctores, se le halla, no enseñando, sino preguntando. Con cuyo ejemplo se muestra claramente que ninguno que sea débil debe aventurarse a enseñar, si aquel niño estaba dispuesto a ser enseñado preguntando, el cual por el poder de su divinidad suministraba la palabra de conocimiento a sus mismos maestros. Mas, cuando se dice por Pablo a su discípulo, Estas cosas manda y enseña: nadie menosprecie tu adolescencia [], debemos entender que en el lenguaje de la Sagrada Escritura la juventud es a veces llamada adolescencia. Lo cual se hace más pronto evidente, si aducimos las palabras de Salomón, que dice, Alégrate, oh joven, en tu adolescencia []. Pues si no quisiera decir lo mismo con ambas palabras, no llamaría joven a aquel a quien amonestaba en su adolescencia.

    Capítulo 26

    Cómo han de ser amonestados aquéllos a quienes todo les sucede según su deseo, y aquéllos a quienes nada les sucede.

    III, 26

    (Amonestación 27.) De diferente manera han de ser amonestados los que prosperan en lo que desean en las cosas temporales, y los que ciertamente codician las cosas de este mundo, pero están fatigados por el trabajo de la adversidad. Porque los que prosperan en lo que desean en las cosas temporales han de ser amonestados, cuando todo responde a sus deseos, a que no, fijando el corazón en lo que se da, descuiden buscar al dador; a que no amen su peregrinación en lugar de su patria; a que no conviertan las provisiones del camino en estorbos para llegar a su fin; a que no, deleitados con la luz de la luna por la noche, rehúyan contemplar la claridad del sol. Han de ser, pues, amonestados a considerar las cosas que alcanzan en este mundo como consuelos en la calamidad, y no como premios de retribución; mas, por otra parte, a levantar su mente contra los favores del mundo, no sea que sucumban en medio de ellos con entero deleite del corazón. Porque quien en el juicio de su corazón no reprime la prosperidad que goza por el amor de una vida mejor, convierte los favores de esta vida transitoria en ocasión de muerte eterna. De aquí proviene que, bajo la figura de los idumeos, que se dejaron vencer por su propia prosperidad, se reprenda a los que se gozan en los éxitos de este mundo, cuando se dice: Se han dado mi tierra en herencia para sí con gozo, y con todo su corazón y su mente []. En cuyas palabras ha de observarse que son heridos con severa reprensión no sólo porque se gozan, sino porque se gozan con todo su corazón y su mente. De donde Salomón dice: El apartamiento de los simples los matará, y la prosperidad de los necios los destruirá []. De donde Pablo amonesta, diciendo: Los que compran, como si no poseyesen; y los que usan de este mundo, como si no usasen de él []. Así, las cosas que se nos suministran nos sirvan exteriormente sólo en cuanto no aparten nuestra mente del deseo de la delicia celestial; y así las cosas que nos prestan socorro en nuestro destierro no mengüen el luto de la peregrinación de nuestra alma; y nosotros, que nos vemos miserables en nuestra separación de las cosas eternas, no nos gocemos como si fuésemos felices en las cosas transitorias. De aquí proviene que la Iglesia dice por voz de los elegidos: Su izquierda está debajo de mi cabeza, y su diestra me abrazará []. La izquierda de Dios, es decir, la prosperidad en la vida presente, la ha puesto debajo de su cabeza, porque la oprime en la tensión de su altísimo amor. Pero la diestra de Dios la abraza, porque en toda su devoción es abrazada con su eterna bienaventuranza. De aquí, otra vez, se dice por Salomón: Largura de días está en su diestra, y en su izquierda riquezas y gloria []. Diciendo, pues, que las riquezas y la gloria están puestas en su izquierda, mostró de qué manera han de ser estimadas. De donde el Salmista dice: Sálvame con tu diestra [Salmo 107:7]. Porque no dice: con tu mano, sino con tu diestra; para indicar, es decir, al decir diestra, que era la salvación eterna la que buscaba. De aquí otra vez está escrito: Tu diestra, oh Señor, ha despedazado a los enemigos []. Porque los enemigos de Dios, aunque prosperan en su izquierda, son despedazados con su diestra; pues por lo general la vida presente eleva a los malos, pero la venida de la eterna bienaventuranza los condena.
    Aquellos que prosperan en este mundo han de ser amonestados a considerar sabiamente cómo esa prosperidad en la vida presente se da a veces para mover a los hombres a una vida mejor, pero a veces para condenarlos más plenamente para siempre. Pues de aquí proviene que al pueblo de Israel se le prometa la tierra de Canaán, para que sea impulsado en algún tiempo a esperar las cosas eternas. Porque aquella nación ruda no habría creído las promesas lejanas de Dios, si no hubiera recibido también algo cercano de Aquel que prometía. Para que, pues, sean más seguramente fortalecidos en la fe de las cosas eternas, son atraídos no sólo por la esperanza a las realidades, sino también por las realidades a la esperanza. Lo cual testifica claramente el Salmista, diciendo: Les dio las tierras de los gentiles, y tomaron en posesión los trabajos de los pueblos, para que guardasen sus estatutos y buscasen su ley [Salmo 104:44]. Pero, cuando la mente humana no sigue a Dios en sus dones generosos con la correspondencia de buenas obras, es tanto más justamente condenada cuanto se la tiene por benignamente alimentada. Porque de aquí se dice otra vez por el Salmista: Los derribaste cuando se levantaban [Salmo 72:18]. Pues en verdad, cuando los réprobos no devuelven obras justas a cambio de los dones divinos, cuando aquí se abandonan enteramente y se hunden en su abundante prosperidad, entonces en aquello por lo que aprovechan exteriormente caen de lo interior. De aquí proviene que al rico atormentado en el infierno se le diga: Tú recibiste en tu vida tus bienes []. Pues por esto, aunque era un hombre malo, recibió aquí bienes, para que allí recibiese males más plenamente, porque aquí ni siquiera por los bienes se había convertido.
    Mas, por otra parte, los que ciertamente codician las cosas del mundo, pero están fatigados por el trabajo de la adversidad, han de ser amonestados a considerar con ansiedad con cuán grande favor el Creador y Ordenador de todas las cosas vela por aquellos a quienes no entrega a sus propios deseos. Porque al enfermo de quien el médico desespera le permite tomar cuanto apetece; pero a aquel de quien se piensa que puede curarse se le prohíben muchas cosas que desea; y retiramos el dinero a los muchachos, para quienes al mismo tiempo, como a herederos nuestros, reservamos todo el patrimonio. Gócense, pues, aquellos a quienes la adversidad temporal humilla, con la esperanza de una herencia eterna, puesto que la Divina Providencia no los reprimiría para educarlos bajo la regla de la disciplina, si no los destinara a salvarse para siempre. Han de ser, por tanto, amonestados los que en cuanto a las cosas temporales que codician están fatigados por el trabajo de la adversidad, a considerar cuidadosamente cómo por lo general incluso los justos, cuando el poder temporal los exalta, son apresados por el pecado como en un lazo. Pues, como ya hemos dicho en la parte anterior de este volumen, David, amado de Dios, fue más recto en la servidumbre que cuando llegó al reino []. Porque, cuando era siervo, en su amor a la justicia temió herir a su adversario cuando lo tenía preso; pero, cuando fue rey, por persuasión de la lascivia, quitó la vida con un plan engañoso incluso a un soldado fiel []. ¿Quién, pues, puede buscar sin daño riquezas, o poder, o gloria, si resultaron perjudiciales incluso para quien los tuvo sin buscarlos? ¿Quién en medio de estas cosas se salvará sin el trabajo de un gran combate, si quien había sido preparado para ellas por elección de Dios fue perturbado entre ellas por la intervención del pecado? Han de ser amonestados a considerar que Salomón, de quien se dice que después de tan gran sabiduría cayó incluso en la idolatría, no se dice que haya tenido adversidad alguna en este mundo antes de su caída; sino que la sabiduría que le había sido concedida abandonó por completo su corazón, porque ni siquiera la menor disciplina de la tribulación lo había guardado.

    Capítulo 27

    Cómo han de ser amonestados los casados y los solteros.

    III, 27

    (Amonestación 28.) De diferente manera han de ser amonestados los que están ligados en matrimonio y los que están libres de los lazos del matrimonio. Porque los que están ligados en matrimonio han de ser amonestados a que, mientras se preocupan por el bien mutuo, procuren ambos agradar a sus cónyuges de tal modo que no desagraden a su Hacedor; a que de tal modo lleven las cosas de este mundo que no omitan desear las cosas de Dios; a que de tal modo se gocen en el bien presente que, con solicitud esmerada, teman el mal eterno; a que de tal modo se entristezcan por los males temporales que fijen su esperanza con entero consuelo en el bien eterno; a fin de que, sabiendo que aquello en que se ocupan es transitorio y que aquello que desean es permanente, ni los males del mundo quebranten su corazón fortalecido por la esperanza del bien celestial, ni los bienes de la vida presente los engañen, mientras están entristecidos por los males temidos del juicio venidero. Por lo cual la mente de los cristianos casados es a la vez débil y firme, en cuanto no puede despreciar del todo todas las cosas temporales, y sin embargo puede unirse en deseo a las cosas eternas. Aunque yace entretanto en las delicias de la carne, fortalézcase en el refrigerio de la esperanza celestial; y, si tiene las cosas del mundo para el servicio de su camino, espere las cosas de Dios para el fruto del fin de su camino; y no se entregue enteramente a lo que ahora la ocupa, no sea que caiga del todo de lo que debe esperar firmemente. Lo cual expresa bien brevemente Pablo, diciendo: Los que tienen esposa, como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se gozan, como si no se gozasen []. Pues tiene esposa como si no la tuviese quien de tal modo goza del consuelo carnal por medio de ella que nunca es apartado por el amor de ella a las malas obras de la rectitud de un propósito mejor. Tiene esposa como si no la tuviese quien, viendo que todas las cosas son transitorias, soporta por necesidad el cuidado de la carne, pero mira con anhelo los gozos eternos del espíritu. Además, llorar como si no llorásemos es lamentar las adversidades exteriores de tal modo que sepamos gozarnos en el consuelo de la esperanza eterna. Y, a su vez, gozarse como si no se gozasen es animarse con las cosas de abajo de tal modo que nunca se cese de temer por las cosas de arriba. En el mismo lugar, poco después, añade oportunamente: Porque la figura de este mundo pasa []; como si dijese claramente: No améis al mundo de modo permanente, puesto que el mundo que amáis no puede él mismo permanecer. En vano fijáis en él vuestros afectos como si continuase, cuando aquello que amáis es en sí fugaz. Han de ser amonestados los maridos y las mujeres a que aquellas cosas en que a veces se desagradan mutuamente las sobrelleven con paciencia mutua y las remedien con mutuas exhortaciones. Pues está escrito: Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo []. Porque la ley de Cristo es la Caridad; pues ella nos ha otorgado generosamente sus bienes, y ha soportado con paciencia nuestros males. Nosotros, pues, cumplimos entonces por imitación la ley de Cristo, cuando otorgamos bondadosamente nuestros bienes y soportamos piadosamente los males de nuestros amigos. Han de ser también amonestados a atender, cada uno, no tanto a lo que han de soportar del otro, como a lo que el otro ha de soportar de ellos. Porque, si uno considera lo que se soporta de uno mismo, lleva más ligeramente lo que padece de otro.
    Han de ser amonestados los esposos a que recuerden que están unidos para engendrar hijos; y, cuando entregándose a una unión inmoderada trasladan la ocasión de la procreación al servicio del placer, consideren que, aunque no salen fuera del matrimonio, sin embargo en el matrimonio mismo exceden los justos derechos del matrimonio. De donde es menester que con frecuentes súplicas borren el haber manchado con la mezcla del placer la hermosa forma de la unión conyugal. Pues de aquí proviene que el Apóstol, perito en la medicina celestial, no tanto trazara una regla de vida para los perfectos cuanto señalara remedios a los débiles cuando dijo: Bueno es al hombre no tocar mujer; mas por causa de la fornicación, tenga cada uno su propia mujer, y cada una tenga su propio marido []. Pues al anteponer el temor de la fornicación, no dio ciertamente precepto a los que estaban en pie, sino que mostró el lecho a los que caían, no sea que acaso se estrellaran contra el suelo. Por lo cual a los que todavía eran débiles añadió: Pague el marido a la mujer lo que le es debido, y asimismo la mujer al marido []. Y, permitiéndoles algo de placer en el estado más honroso del matrimonio, añadió: Mas esto digo como concesión, no como mandato []. Ahora bien, donde se habla de concesión, se implica una culpa; pero una culpa que es tanto más fácilmente perdonada cuanto que consiste, no en hacer lo ilícito, sino en no mantener bajo control lo lícito. Lo cual expresa bien Lot en su propia persona, cuando huye de la ardiente Sodoma y, hallando Zoar, no sube todavía a las alturas de los montes. Porque huir de la ardiente Sodoma es evitar los fuegos ilícitos de la carne. Mas la altura de los montes es la pureza de los continentes. O, en todo caso, están como sobre el monte quienes, aun adhiriéndose al comercio carnal, no se pierden desordenadamente en el placer de la carne más allá de la debida asociación para la procreación de los hijos. Porque estar sobre el monte es no buscar en la carne sino el fruto de la procreación. Estar sobre el monte es no adherirse a la carne de manera carnal. Pero, como hay muchos que abandonan ciertamente los pecados de la carne, y, sin embargo, puestos en estado de matrimonio, no observan únicamente lo que se debe a la unión legítima, Lot salió ciertamente de Sodoma, pero no alcanzó en seguida las alturas de los montes; porque ya se abandona una vida condenable, pero todavía no se alcanza del todo la alteza de la continencia conyugal. Mas a medio camino está la ciudad de Zoar, para salvar al fugitivo débil; porque, es decir, cuando los casados tienen trato mutuo incluso incontinentemente, todavía evitan la caída en el pecado y se salvan por misericordia. Pues hallan, por así decirlo, una ciudad pequeña en la que ser protegidos del fuego; porque esta vida matrimonial no es, ciertamente, admirable por su virtud, pero está a salvo del castigo. De donde el mismo Lot dice al ángel: Esta ciudad está cerca para huir a ella, y es pequeña, y me salvaré en ella. ¿No es acaso pequeña, y vivirá mi alma en ella? []. Así, pues, se dice que está cerca, y sin embargo se habla de ella como refugio de seguridad, porque la vida matrimonial ni está lejos del mundo ni es ajena al gozo de la seguridad. Mas los casados, en este modo de conducta, conservan entonces sus vidas como en una ciudad pequeña, cuando interceden unos por otros con continuas súplicas. Por lo cual también se dice con razón por el ángel al mismo Lot: He aquí, he aceptado también tus ruegos en esto, de no destruir la ciudad por la cual has hablado []. Pues en verdad, cuando se derrama súplica a Dios, semejante vida matrimonial de ningún modo es condenada. Acerca de la cual súplica amonesta también Pablo, diciendo: No os defraudéis el uno al otro, sino de común acuerdo por algún tiempo, para que os entreguéis a la oración [].
    Mas, por otra parte, los que no están ligados por el matrimonio han de ser amonestados a que observen tanto más de cerca los preceptos celestiales cuanto que ningún yugo de unión carnal los inclina a los cuidados del mundo; a que, así como están libres de la carga legítima del matrimonio, de ningún modo los oprima el peso ilícito de la ansiedad terrena; a que el último día los halle tanto más preparados cuanto los encuentre menos cargados; no sea que, por estar libres y poder hacer cosas mejores, y, sin embargo, descuidarlas, sean hallados dignos de peor castigo. Oigan cómo el Apóstol, cuando quería ejercitar a algunos para la gracia del celibato, no menospreció el matrimonio, sino que previno contra los cuidados mundanos que nacen del matrimonio, diciendo: Esto digo para vuestro provecho, no para echaros lazo, sino para lo que es honesto y para que os unáis al Señor sin impedimento []. Porque del matrimonio proceden ansiedades terrenas; y por eso el maestro de los gentiles persuadió a sus oyentes a cosas mejores, para que no fuesen atados por la ansiedad terrena. Así, pues, el hombre a quien, siendo soltero, impide el estorbo de los cuidados seculares, aunque no se haya sometido al matrimonio, no ha escapado, sin embargo, a las cargas del matrimonio. Han de ser amonestados los solteros a no pensar que pueden tener trato con mujeres libres sin incurrir en el juicio de condenación. Porque cuando Pablo insertó el vicio de la fornicación entre tantos crímenes execrables, indicó la culpa del mismo, diciendo: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces, poseerán el reino de Dios []. Y otra vez: Mas a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios []. Han de ser, por tanto, amonestados a que, si padecen las tormentas de la tentación con riesgo de su salvación, busquen el puerto del matrimonio. Porque está escrito: Mejor es casarse que quemarse []. Llegan, en efecto, al matrimonio sin culpa, con tal de que no hayan hecho voto de cosas mejores. Porque quien se ha propuesto alcanzar un bien mayor ha hecho ilícito el bien menor que antes era lícito. Porque está escrito: Ninguno que poniendo su mano en el arado y mirando atrás es apto para el reino de Dios []. Aquel, pues, que se ha entregado a un propósito más firme es convicto de mirar atrás si, dejando el bien mayor, vuelve al menor.

    Capítulo 28

    Cómo han de ser amonestados los que han tenido experiencia de los pecados de la carne, y los que no la han tenido.

    III, 28

    (Amonestación 29.) De diferente manera han de ser amonestados aquellos que tienen conciencia de los pecados de la carne, y aquellos que no los conocen. Pues los que han tenido experiencia de los pecados de la carne han de ser amonestados para que, al menos después del naufragio, teman el mar y sientan horror de su riesgo de perdición al menos cuando se les ha hecho conocido; no sea que, habiendo sido misericordiosamente preservados después de cometidas las malas obras, repitiendo malvadamente las mismas mueran. De donde al alma que peca y nunca cesa del pecado se le dice: Te ha venido una frente de ramera; rehusas avergonzarte []. Han de ser, pues, amonestados a guardarse, a fin de que, si rehusaron conservar enteros los bienes de la naturaleza que recibieron, al menos los reparen después de haber sido desgarrados. Y ciertamente han de considerar cuántos, en tan gran número de fieles, se conservan a sí mismos sin mancha y además convierten a otros del error de su camino. ¿Qué podrán, pues, decir, si mientras otros permanecen en integridad, ellos mismos, aun después de la pérdida, no vuelven a mejor disposición? ¿Qué podrán decir, si, cuando muchos traen consigo también a otros al reino, no traen de vuelta ni siquiera a sí mismos al Señor que los aguarda? Han de ser amonestados a considerar las transgresiones pasadas y a evitar las que se ciernen. De donde, bajo la figura de Judá, el Señor por medio del profeta trae a la memoria de las almas corrompidas en este mundo los pecados pasados, a fin de que se avergüencen de ser contaminados en los pecados venideros, diciendo: Cometieron fornicaciones en Egipto; fornicaron en su juventud: allí fueron apretados sus pechos, y los pezones de su virginidad fueron magullados []. Porque en verdad los pechos son apretados en Egipto, cuando la voluntad del alma humana se prostituye al vil deseo de este mundo. Los pezones de la virginidad son magullados en Egipto, cuando los sentidos naturales, todavía enteros en sí mismos, son viciados por la corrupción de la concupiscencia que asalta.
    Los que han tenido experiencia de los pecados de la carne han de ser amonestados a observar con vigilancia con cuánta benevolencia abre Dios el seno de su piedad para nosotros, si después de las transgresiones volvemos a Él, cuando dice por medio del profeta: Si un hombre despide a su mujer, y ella se va de él y se hace de otro hombre, ¿volverá él a ella de nuevo? ¿No quedará aquella mujer manchada y contaminada? Mas tú has fornicado con muchos amantes; con todo, vuélvete a mí, dice el Señor []. Así, acerca de la mujer que ha fornicado y es abandonada, se presenta el argumento de la justicia; y, sin embargo, a nosotros, que volvemos después de la caída, no se nos muestra justicia, sino piedad. De donde ciertamente hemos de deducir cuán grande es nuestra maldad, si no volvemos aun después de la transgresión, viendo que, cuando transgredimos, se nos perdona con tan gran piedad; o qué perdón habrá para el malvado de parte de Aquel que, después de nuestro pecado, no cesa de llamarnos. Y en verdad esta misericordia, al llamar después de la transgresión, está bien expresada por el Profeta, cuando al hombre apartado de Dios se le dice: Tus ojos verán a tu maestro, y tus oídos oirán la palabra de uno que a tus espaldas te amonesta []. Porque en verdad el Señor amonestó al género humano de frente, cuando al hombre, creado en el Paraíso y puesto en libre albedrío, le declaró lo que debía hacer o no hacer. Pero el hombre volvió la espalda al rostro de Dios, cuando en su soberbia despreció sus mandatos. Mas ni aun así lo abandonó Dios en su soberbia, pues le dio la Ley con el fin de llamarlo de nuevo, envió ángeles exhortadores, y Él mismo apareció en la carne de nuestra mortalidad. Por tanto, puesto de pie detrás de nuestra espalda, nos amonestó, pues, aunque despreciado, nos llamó a la recuperación de la gracia. Lo que, pues, podía decirse en general de todos por igual, necesariamente ha de sentirse en particular respecto de cada uno. Porque todo hombre oye las palabras de la amonestación de Dios puestas, por así decirlo, ante él, cuando, antes de cometer pecado, conoce los preceptos de su voluntad. Pues todavía estar delante de su rostro es no haberle despreciado aún pecando. Pero, cuando el hombre abandona el bien de la inocencia y por elección desea la iniquidad, entonces vuelve la espalda al rostro de Dios. Mas he aquí que, aun detrás de su espalda, Dios lo sigue y lo amonesta, pues aun después del pecado le persuade a volver a sí. Llama de nuevo al apartado, no mira las transgresiones pasadas, abre el seno de la piedad al que vuelve. Escuchemos, pues, la voz de aquel que a nuestras espaldas nos amonesta, si al menos después de los pecados volvemos al Señor que nos invita. Debemos, por tanto, avergonzarnos de la piedad de Aquel que nos llama, si no queremos temer su justicia; pues hay maldad tanto más grave en despreciarle cuanto que, aun despreciado, no se digna dejar de llamarnos todavía.
    Mas, por otra parte, los que no conocen los pecados de la carne han de ser amonestados a temer la ruina precipitada tanto más ansiosamente cuanto más alta es la eminencia en que están. Han de ser amonestados a advertir que cuanto más prominente es el lugar en que se hallan, tanto más frecuentes son las flechas del insidiador con las que son asaltados. Porque él suele excitarse tanto más ardientemente cuanto más resueltamente se ve vencido; y tanto más desdeña y siente intolerable ser vencido, cuanto percibe que el campamento intacto de la carne débil se dispone en orden contra él. Han de ser amonestados a mirar incesantemente a los premios, y entonces sin duda pisotearán con gusto las fatigas de la tentación que padecen. Porque, si la atención se fija en la felicidad alcanzada, aparte del paso hacia ella, el trabajo del camino se hace ligero. Oigan lo que se dice por medio del Profeta: Así dice el Señor a los eunucos: Quien guardare mis sábados, y escogiere las cosas que yo quiero, y guardare mi pacto, yo le daré en mi casa y dentro de mis muros lugar y nombre mejor que el de hijos y de hijas []. Porque en verdad son eunucos quienes, reprimiendo los movimientos de la carne, cortan dentro de sí el afecto al mal obrar. Además, se muestra en qué lugar son tenidos junto al Padre, puesto que en la casa del Padre, esto es, en su eterna morada, son preferidos aun antes que los hijos. Oigan lo que se dice por medio de Juan: Éstos son los que no se han manchado con mujeres; porque son vírgenes, y siguen al Cordero adondequiera que va []; y cómo cantan un cántico que nadie puede entonar sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil. Porque en verdad cantar singularmente un cántico al Cordero es gozarse con Él para siempre por encima de todos los fieles, aun por la incorrupción de la carne. Mas el resto de los elegidos puede oír este cántico, aunque no puede entonarlo, porque, por la caridad, se gozan en la exaltación de aquellos otros, aunque no llegan a sus premios. Oigan los que no conocen los pecados de la carne lo que la Verdad en persona dice acerca de esta pureza: No todos reciben esta palabra []. Lo cual Él señaló como lo más alto, pues habló de ello como no perteneciente a todos; y, al predecir que sería difícil recibirlo, da a entender a sus oyentes con cuánta cautela debe guardarse cuando se ha recibido.
    Los que no conocen los pecados de la carne han de ser, pues, amonestados a saber que la virginidad supera al matrimonio, y sin embargo no a exaltarse sobre los casados; a fin de que, poniendo la virginidad lo primero y a sí mismos lo último, conserven aquello que estiman como lo mejor y se guarden de exaltarse vanamente a sí mismos.
    Han de ser amonestados a considerar que comúnmente la vida de los continentes es avergonzada por la acción de las personas seglares, cuando éstas asumen obras más allá de su condición, y aquéllos no levantan sus corazones hasta la meta de su propio orden. De donde bien se dice por medio del Profeta: Avergüénzate, oh Sidón, dice el mar []. Porque Sidón es, por así decirlo, avergonzada por la voz del mar, cuando la vida de aquel que está fortalecido y, como si dijéramos, firme, es reprendida en comparación con la vida de los que son seglares y fluctuantes en este mundo. Pues a menudo hay algunos que, volviendo al Señor después de los pecados de la carne, se muestran tanto más ardientes en las buenas obras cuanto más sujetos se ven a condenación por las malas; y a menudo algunos de los que perseveran en la pureza de la carne, viendo que tienen menos que deplorar en el pasado, piensan que la inocencia de su vida les es plenamente suficiente, y no se inflaman con incitamiento alguno de ardor al fervor del espíritu. Y la mayor parte de las veces una vida que arde en amor después del pecado se hace más agradable a Dios que la inocencia que se entorpece en la seguridad. De donde también se dice por la voz del Juez: Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho []; y Habrá gozo en el cielo por un solo pecador que se arrepiente, más que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento []. Lo cual deducimos tanto más pronto de la experiencia misma si ponderamos los juicios de nuestra propia mente. Porque amamos la tierra que produce fruto abundante después de haber arrancado de ella las espinas, más que aquella que no ha tenido espinas, pero que, cultivada, da una cosecha estéril. Han de ser amonestados los que no conocen los pecados de la carne a no preferirse a otros por la alteza de su orden superior, mientras ignoran cuán grandes cosas son hechas por sus inferiores mejor que por ellos mismos. Pues en la inquisición del juez justo la cualidad de las acciones cambia los méritos de los órdenes. Porque, ¿quién, considerando la apariencia externa misma de las cosas, puede ignorar que en la naturaleza de las gemas el carbunclo es preferido al jacinto? Pero aun así, un jacinto de color cerúleo es preferido a un carbunclo pálido; porque al primero su brillo de hermosura le suple lo que el orden de la naturaleza le negó, y al segundo, a quien el orden natural había preferido, lo rebaja la cualidad de su color. Así, pues, en el género humano, unos en el orden mejor son peores, y otros en el orden peor son mejores; ya que éstos por su buena vida superan la suerte de su estado inferior, y aquéllos disminuyen el mérito de su lugar superior al no igualarlo con su conducta.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 6 de 8