Cómo han de ser amonestados los que lloran pecados de obra, y los que lloran sólo pecados de pensamiento.
III, 29
(Amonestación 30.) De diferente manera han de ser amonestados los que deploran pecados de obra, y los que deploran pecados de pensamiento. Pues los que deploran pecados de obra han de ser amonestados a que los lamentos perfeccionados laven los males consumados, no sea que queden atados por una deuda mayor de la obra perpetrada que la que pagan con las lágrimas de satisfacción por ella. Porque está escrito: Nos ha dado a beber lágrimas con medida [Salmo 79:6]; lo cual significa que el alma de cada persona debe beber en su penitencia las lágrimas de compunción en la medida en que se acuerda de haber quedado seca de Dios por los pecados. Han de ser amonestados a traer incesantemente ante sus ojos las ofensas pasadas, y a vivir de tal modo que éstas no hayan de ser vistas por el juez severo.
De ahí que David, cuando oraba, diciendo: Aparta tus ojos de mis pecados [Salmo 50:11], había dicho también poco antes: Mi falta está siempre delante de mí [Salmo 50:5]; como si dijera: Te ruego que no mires mi pecado, puesto que yo mismo no ceso de mirarlo. De donde también dice el Señor por medio del profeta: Y no me acordaré de tus pecados; mas acuérdate tú de ellos []. Han de ser amonestados a considerar una por una todas sus ofensas pasadas, y, llorando las manchas de su antigua errancia una a una, a limpiar al mismo tiempo aun todo su ser con lágrimas. De donde bien se dice por medio de Jeremías, cuando se consideraban las varias transgresiones de Judá: Mi ojo ha derramado divisiones de aguas []. Porque en verdad derramamos aguas divididas de nuestros ojos, cuando a nuestros varios pecados damos lágrimas separadas. Pues la mente no se duele al mismo tiempo por igual de todas las cosas; sino que, mientras es tocada más agudamente por el recuerdo ya de esta falta, ya de aquella, movida acerca de todas en cada una, es purgada al punto de todas.
Han de ser amonestados a edificar sobre la misericordia que imploran, no sea que perezcan por la fuerza de una aflicción inmoderada. Pues el Señor no pondría los pecados para ser llorados ante los ojos de los delincuentes, si fuera su voluntad herirlos Él mismo con severidad estricta. Porque es evidente que ha querido esconder de su propio juicio a aquellos a quienes de antemano ha hecho jueces de sí mismos. De ahí que esté escrito: Presentémonos delante del rostro del Señor con confesión [Salmo 94:2]. De ahí que por medio de Pablo se diga: Si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados []. Y de nuevo, han de ser amonestados a estar confiados en la esperanza de tal modo que no se entorpezcan en seguridad descuidada. Pues comúnmente el astuto enemigo, cuando ve que el alma a la que hace tropezar con el pecado está afligida por su caída, la seduce con las blandicias de una seguridad funesta. Lo cual se expresa figuradamente en la historia de Dina. Porque está escrito: Salió Dina a ver las mujeres de aquella tierra; y cuando Siquem, hijo de Hemor el heveo, príncipe del país, la vio, la amó, y la tomó, y durmió con ella, y la deshonró por la fuerza; y su alma se apegó a ella, y la consoló con tiernas blandicias cuando estaba triste []. Porque en verdad Dina sale a ver las mujeres de una tierra extranjera, cuando un alma, descuidando sus propios asuntos y atendiendo a las acciones de los demás, se extravía fuera de su propia condición y orden. Y Siquem, príncipe del país, la subyuga en cuanto el diablo la corrompe, cuando la encuentra ocupada en cuidados externos. Y su alma se apegó a ella, porque la considera unida a sí por la iniquidad. Y porque, cuando el alma llega al conocimiento de su pecado, queda condenada, y quisiera deplorar su transgresión, pero el corruptor le trae ante los ojos vanas esperanzas y motivos de seguridad a fin de arrebatarle el beneficio del dolor, por eso rectamente se añade en el texto: Y la consoló con blandicias cuando estaba triste. Porque le habla ora de las ofensas más graves de otros, ora de que lo cometido no es nada, ora de que Dios es misericordioso; o de nuevo le promete tiempo en adelante para el arrepentimiento; de modo que el alma, seducida por estos engaños, sea suspendida de su propósito de penitencia, a fin de que no reciba bien alguno en lo futuro, no estando entristecida por mal alguno ahora, y para que entonces quede más plenamente abrumada por el castigo, cuanto que ahora aun se goza en sus transgresiones.
Mas, por otra parte, los que lloran pecados de pensamiento han de ser amonestados a considerar con ansiedad dentro de los repliegues de su alma si han pecado sólo en el deleite, o también en el consentimiento. Porque comúnmente el corazón es tentado, y en la pecaminosidad de la carne experimenta deleite, y sin embargo en su juicio resiste a esta misma pecaminosidad; de modo que en lo secreto del pensamiento está a un tiempo entristecido por lo que le place y complacido por lo que le entristece. Pero a veces el alma queda tan sumergida en un abismo de tentación que no resiste en absoluto, sino que sigue de propósito deliberado aquello por lo que es asaltada mediante el deleite; y, si la ocasión externa se presenta, pronto lleva a efecto sus deseos internos. Y ciertamente, si esto se considera según la justa animadversión de un juez severo, el pecado es uno, no de pensamiento, sino de obra; ya que, aunque la tardanza de las circunstancias ha diferido exteriormente el pecado, la voluntad lo ha consumado interiormente por el acto del consentimiento.
Además, hemos aprendido en el caso de nuestro primer padre que perpetramos la iniquidad de todo pecado de tres maneras; es decir, en la sugestión, el deleite y el consentimiento. Así, la primera se perpetra por medio del enemigo, la segunda por medio de la carne, la tercera por medio del espíritu. Pues el insidiador sugiere las cosas malas; la carne se somete al deleite; y al fin el espíritu, vencido por el deleite, consiente. De donde también aquella serpiente sugirió cosas malas; luego Eva, como si hubiera sido la carne, se sometió al deleite; pero Adán, como espíritu, vencido por la sugestión y el deleite, asintió. Así, por la sugestión tenemos conocimiento del pecado, por el deleite somos vencidos, por el consentimiento quedamos también atados. Han de ser, pues, amonestados los que lloran las iniquidades del pensamiento a considerar con ansiedad en qué medida han caído en el pecado, a fin de que sean levantados por una medida de lamentación correspondiente al grado de la caída de la que son interiormente conscientes; no sea que, si los males meditados los atormentan demasiado poco, los conduzcan aun a la perpetración de las obras. Mas en todo esto deben alarmarse de tal manera que de ningún modo queden quebrantados. Pues a menudo el Dios misericordioso absuelve tanto más pronto los pecados del corazón cuanto que no permite que se conviertan en obras; y la iniquidad meditada es tanto más pronto desatada cuanto que no ha sido atada con demasiada fuerza por la obra efectuada. De donde rectamente dice el Salmista: Dije: contra mí declararé al Señor mis iniquidades, y tú perdonaste la impiedad de mi corazón [Salmo 31:5]. Porque, al añadir impiedad del corazón, indicó que eran iniquidades del pensamiento las que declararía; y al decir Dije: las declararé, y al añadir inmediatamente Y tú perdonaste, mostró cuán fácil era en tal caso el perdón. Pues, aun sólo prometiendo que pediría, obtuvo lo que prometió pedir; de modo que, ya que su pecado no había avanzado hasta la obra, tampoco su penitencia debía llegar a ser tormento; y que la aflicción meditada debía limpiar el alma que, en verdad, no la había manchado sino una iniquidad meditada.
Cómo han de ser amonestados los que no se abstienen de los pecados que lloran, y los que, absteniéndose de ellos, no los lloran.
III, 30
( Amonestación 31.) De diferente manera han de ser amonestados los que lloran sus transgresiones y, sin embargo, no las abandonan, y los que las abandonan y, sin embargo, no las lloran. Porque los que lloran sus transgresiones y, sin embargo, no las abandonan, han de ser amonestados a aprender a considerar con ansiedad que en vano se limpian con su llanto, si se manchan malvadamente en su vida, puesto que el fin para el cual se lavan en lágrimas es que, cuando estén limpios, vuelvan a la inmundicia. Porque de aquí está escrito: El perro ha vuelto a su propio vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno []. Porque el perro, cuando vomita, ciertamente arroja el alimento que pesaba sobre su estómago; pero, cuando vuelve a su vómito, se carga de nuevo con aquello de que se había aliviado. Y los que lloran sus transgresiones ciertamente arrojan por la confesión la maldad con que han sido malvadamente saciados, y que oprimía lo más íntimo de su alma; y, sin embargo, al volver a ella después de la confesión, la toman de nuevo. Mas la puerca, al revolcarse en el cieno después de lavada, se vuelve más inmunda. Y el que llora transgresiones pasadas, pero no las abandona, se somete a la pena de pecado más grave, puesto que desprecia el mismo perdón que habría podido ganar con su llanto, y como que se revuelca en agua cenagosa; porque al negar pureza de vida a su llanto, hace incluso sus propias lágrimas inmundas ante los ojos de Dios. De donde también está escrito: No repitas palabra en tu oración [Sirácides 7:14]. Pues repetir palabra en la oración es, después de llorar, cometer lo que de nuevo exige llanto. De donde se dice por Isaías: Lavaos, sed limpios []. Porque descuida estar limpio después de lavarse quien, después de las lágrimas, no conserva la inocencia de la vida. Y, por tanto, son lavados, pero de ningún modo limpios, los que no cesan de llorar las cosas que han cometido, sino que cometen de nuevo cosas que han de ser lloradas. De donde por cierto sabio se dice: El que es bautizado por el contacto de un cadáver y lo toca de nuevo, ¿de qué le aprovecha su lavado? [Sirácides 34:30]. Pues ciertamente es bautizado por el contacto de un cadáver el que es limpiado del pecado por el llanto: pero toca un cadáver después de su bautismo quien, después de las lágrimas, repite su pecado.
Los que lloran transgresiones, pero no las abandonan, han de ser amonestados a reconocerse a sí mismos, ante los ojos del juez estricto, como aquellos que, cuando se presentan ante el rostro de ciertos hombres, los halagan con gran sumisión, pero, cuando se apartan, traen sobre ellos atrozmente toda la enemistad y el daño que pueden. Pues ¿qué es llorar por el pecado sino mostrar la humildad de la propia devoción a Dios? ¿Y qué es obrar malvadamente después del llanto sino poner en práctica una enemistad arrogante contra Aquel a quien se ha dirigido la súplica? Esto lo atestigua Santiago, que dice: Quien quiera ser amigo de este mundo se hace enemigo de Dios []. Los que lloran sus transgresiones, pero no las abandonan, han de ser amonestados a considerar con ansiedad que, por lo general, los malos son atraídos infructuosamente por la compunción a la justicia, así como, por lo general, los buenos son tentados al pecado sin daño. Aquí ciertamente se halla una medida maravillosa de la disposición interior conforme a las exigencias del mérito, en que los malos, mientras hacen algo bueno, pero sin perfeccionarlo, se confían orgullosamente en medio del mismo mal que perpetran hasta el colmo; mientras que los buenos, cuando son tentados por el mal en el que de ningún modo consienten, plantan con humildad los pasos de su corazón hacia la justicia tanto más seguramente cuanto que vacilan por su propia flaqueza. Así Balaam, mirando las tiendas de los justos, dijo: Muera mi alma con la muerte de los justos, y sea mi fin semejante al suyo. Pero, cuando hubo pasado el tiempo de la compunción, dio consejo contra la vida de aquellos a quienes había pedido para sí ser semejante incluso en la muerte; y, cuando halló ocasión para la satisfacción de su avaricia, al punto olvidó todo lo que había deseado para sí de inocencia. De donde Pablo, maestro y predicador de los gentiles, dice: Veo otra ley en mis miembros, que guerrea contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros []. Él es, en verdad, tentado para este mismo fin, para que sea confirmado tanto más firmemente en el bien por el conocimiento de su propia flaqueza. ¿Por qué, pues, el uno es tocado por la compunción y, sin embargo, no se acerca a la justicia, mientras que el otro es tentado y, sin embargo, el pecado no le mancha, sino por esta razón evidente: que ni las cosas buenas no perfeccionadas aprovechan a los malos, ni las cosas malas no consumadas condenan a los buenos?
Mas, por otra parte, los que abandonan sus transgresiones y, sin embargo, no las lloran, han de ser amonestados a no suponer que les son ya perdonados los pecados que, aunque no los multiplican con la acción, todavía no los limpian con ningún llanto. Pues ni el escritor, cuando ha cesado de escribir, ha borrado lo que escribió por el hecho de no haber añadido más; ni el que infiere injurias ha satisfecho con sólo guardar silencio, siendo ciertamente necesario que impugne sus anteriores palabras de soberbia con palabras de humildad subsiguiente; ni el deudor queda absuelto por no aumentar su deuda, a menos que pague también lo que ha contraído. Así también, cuando ofendemos a Dios, de ningún modo satisfacemos cesando de la iniquidad, a menos que persigamos los placeres que hemos amado con lamentaciones que se les opongan. Pues, si ningún pecado de obra nos hubiera contaminado en esta vida, nuestra misma inocencia de ningún modo bastaría para nuestra seguridad mientras vivamos aquí, puesto que muchas cosas ilícitas asaltarían aún nuestro corazón. ¿Con qué conciencia, pues, puede sentirse seguro quien, habiendo perpetrado iniquidades, es él mismo testigo de sí mismo de que no es inocente?
Pues no es como si Dios se alimentara de nuestros tormentos: sino que sana las enfermedades de nuestras transgresiones con medicinas que se les oponen, para que nosotros, que nos habíamos apartado de Él deleitados por los placeres, volvamos a Él amargados por las lágrimas; y para que, habiendo caído por correr sueltos en cosas ilícitas, nos levantemos refrenándonos incluso en las lícitas; y para que el corazón que la alegría insensata había inundado sea quemado y purificado por una tristeza saludable; y para que lo que la jactancia de la soberbia había herido sea curado por el abatimiento de una vida humilde. Pues de aquí está escrito: Dije a los malvados: No obréis malvadamente; y a los transgresores: No levantéis el cuerno [Salmo 74:5]. Porque los transgresores levantan el cuerno si de ningún modo se humillan a la penitencia después del conocimiento de su iniquidad. De donde también se dice: Un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia [Salmo 50:19]. Pues quien llora sus pecados pero no los abandona, ciertamente contrista su corazón, pero se desdeña de humillarlo. Mas el que abandona sus pecados pero no los llora, ciertamente ya humilla su corazón, pero se niega a contristarlo. De donde Pablo dice: Y esto erais algunos; mas sois lavados, mas sois santificados []; porque, en verdad, la vida enmendada santifica a aquellos a quienes la ablución de la aflicción de las lágrimas limpia mediante la penitencia. De donde Pedro, cuando vio a algunos aterrorizados por la consideración de sus malas obras, los amonestó diciendo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros []. Pues, estando a punto de hablar del bautismo, habló primero de las lamentaciones de la penitencia; para que primero se bañaran en el agua de su propia aflicción, y después se lavaran en el sacramento del bautismo. ¿Con qué conciencia, pues, pueden vivir seguros del perdón los que descuidan llorar sus pasadas maldades, cuando el mismo jefe de los pastores de la Iglesia creyó que la penitencia debía añadirse incluso a este sacramento que principalmente extingue los pecados?
Cómo han de ser amonestados los que alaban las cosas ilícitas de que son conscientes, y los que, condenándolas, de ningún modo se guardan de ellas.
III, 31
( Amonestación 32.) De diferente manera han de ser amonestados los que incluso alaban las cosas ilícitas que hacen, y los que censuran lo malo y, sin embargo, no lo evitan. Porque los que incluso alaban las cosas ilícitas que hacen han de ser amonestados a considerar cuánto, por lo general, ofenden más con la boca que con las obras. Pues con las obras perpetran cosas malas sólo en sus propias personas; pero con la boca sacan la maldad en las personas de cuantas almas de oyentes hay, a quienes enseñan cosas malas al alabarlas. Por tanto, han de ser amonestados a que, si evaden la extirpación del mal, al menos teman sembrarlo. Han de ser amonestados a que les baste su propia perdición individual. Y de nuevo han de ser amonestados a que, si no temen ser malos, al menos se avergüencen de que se vea lo que son. Pues generalmente un pecado, cuando está oculto, es evitado; porque, cuando un alma se avergüenza de que se vea lo que sin embargo no teme ser, llega con el tiempo a avergonzarse de ser lo que evita que se vea que es. Pero, cuando algún malvado busca desvergonzadamente ser notado, entonces cuanto más libremente perpetra toda maldad, tanto más llega incluso a pensar que es lícita; y en lo que imagina que es lícito se hunde sin duda cada vez más. De aquí está escrito: Han declarado su pecado como Sodoma, y no lo han ocultado []. Pues, si Sodoma hubiera ocultado su pecado, habría pecado aún, pero con temor. Mas había perdido del todo el freno del temor, en que ni siquiera buscó la oscuridad para su pecado. De donde también está escrito: El clamor de Sodoma y Gomorra se ha multiplicado []. Pues el pecado con voz es culpa en acto; pero el pecado con clamor incluso es culpa en libertad.
Mas, por otra parte, los que censuran las cosas malas y, sin embargo, no las evitan, han de ser amonestados a ponderar circunspectamente qué pueden decir en su propia excusa ante el estricto juicio de Dios, viendo que no son excusados de la culpa de sus crímenes, siendo ellos mismos jueces. ¿Qué son, pues, estos hombres sino sus propios acusadores? Dan su voz contra las malas acciones, y se entregan a sí mismos como culpables en sus hechos. Han de ser amonestados a percibir cómo ya ahora proviene de la oculta retribución del juicio que su mente es iluminada para ver el mal que perpetra, pero no se esfuerza por vencerlo; de modo que cuanto mejor lo ve, tanto peor perezca; porque percibe la luz del entendimiento, y sin embargo no abandona las tinieblas del mal obrar. Pues, cuando descuidan el conocimiento que se les ha dado para ayuda, lo convierten en testimonio contra sí mismos; y de la luz del entendimiento, que en verdad habían recibido para poder quitar sus pecados, aumentan sus castigos. Y, ciertamente, esta su maldad, al hacer el mal que condena, tiene ya aquí un gusto del juicio venidero; de modo que, mientras permanece sujeta a la pena eterna, no sea por lo pronto absuelta aquí en su propio examen de sí misma; y para que experimente allí tormentos tanto más graves, cuanto que aquí no abandona el mal que incluso ella misma condena. Pues de aquí la Verdad dice: Aquel siervo que conoció la voluntad de su Señor, y no se preparó, ni hizo según su voluntad, será azotado con muchos azotes []. De aquí el Salmista dice: Desciendan vivos al infierno [Salmo 54:16]. Pues los vivos saben y sienten lo que se hace en torno a ellos; pero los muertos no pueden sentir nada. Pues descenderían muertos al infierno si cometieran lo malo sin conocimiento. Pero cuando conocen lo malo y, sin embargo, lo hacen, descienden vivos, miserables y sintiendo, al infierno de la iniquidad.
Cómo han de ser amonestados los que pecan por impulso repentino y los que pecan deliberadamente.
III, 32
( Amonestación 33.). De diferente manera han de ser amonestados los que son vencidos por una pasión repentina y los que están atados en culpa de propósito deliberado. Porque los que son vencidos por una pasión repentina han de ser amonestados a considerarse como colocados diariamente en la guerra de la vida presente, y a proteger el corazón, que no puede prever las heridas, con el escudo del temor ansioso; a temer los dardos ocultos del enemigo emboscado, y, en tan oscuro combate, a guardar con atención continua el campamento interior del alma. Pues, si el corazón queda privado de la solicitud de la circunspección, queda expuesto a las heridas; puesto que el astuto enemigo hiere el pecho tanto más libremente cuanto lo sorprende desprovisto de la coraza de la previsión. Los que son vencidos por una pasión repentina han de ser amonestados a dejar de cuidarse demasiado de las cosas terrenas; puesto que, mientras enredan su atención inmoderadamente en las cosas transitorias, no perciben los dardos de los pecados que los atraviesan. De donde también la expresión de uno que es herido y, sin embargo, duerme, es expresada por Salomón, que dice: Me han golpeado, y no sentí dolor; me han arrastrado, y no lo sentí. ¿Cuándo despertaré y volveré a hallar vino? []. Pues el alma que duerme por el descuido de su solicitud es golpeada y no siente dolor, porque, así como no prevé los males inminentes, tampoco se da cuenta de los que ha perpetrado. Es arrastrada, y de ningún modo lo siente, porque es llevada por los atractivos de los vicios, y sin embargo no es despertada para guardarse a sí misma. Mas de nuevo desea despertar, para volver a hallar vino, porque, aunque agobiada por el sueño de su torpor en cuanto a guardarse a sí misma, todavía se esfuerza por estar despierta para los cuidados del mundo, para estar siempre embriagada de placeres; y, mientras duerme para aquello en lo que debía haber estado sabiamente despierta, desea estar despierta para otra cosa, para la cual habría podido dormir laudablemente. De aquí está escrito anteriormente: Y serás como uno que duerme en medio del mar, y como un timonel que es arrullado al descanso, habiendo soltado el timón []. Pues duerme en medio del mar quien, colocado entre las tentaciones de este mundo, descuida vigilar los movimientos de los vicios que se precipitan sobre él como montones inminentes de olas. Y el timonel, por así decir, suelta el timón cuando la mente pierde la seriedad de la solicitud para guiar la nave del cuerpo. Pues, ciertamente, soltar el timón en el mar es abandonar la atención de la previsión entre las tormentas de esta vida. Porque, si el timonel sujeta el timón con ansioso cuidado, ora dirige la nave entre las olas de frente contra ellas, ora corta al sesgo los embates de los vientos. Así, cuando la mente guía vigilantemente el alma, ora supera algunas cosas y las pisotea, ora se aparta cautelosamente de otras, de modo que pueda, por un lado, con duro esfuerzo vencer los peligros presentes, y por otro, con previsión, reunir fuerzas contra la lucha futura. De aquí, también, de los fuertes guerreros de la patria celestial se dice: Cada uno tiene su espada sobre su muslo a causa de los temores de la noche []. Porque la espada se pone sobre el muslo cuando la mala sugestión de la carne es subyugada por el filo agudo de la santa predicación. Mas por la noche se expresa la ceguera de nuestra flaqueza; puesto que cualquier oposición que amenaza en la noche no es vista. La espada de cada uno, por tanto, se pone sobre su muslo a causa de los temores de la noche; es decir, porque los santos, mientras temen las cosas que no ven, están siempre preparados para el esfuerzo de una lucha. De aquí, también, se dice a la esposa: Tu nariz es como la torre que está en el Líbano []. Porque lo que no percibimos con los ojos lo anticipamos generalmente por el olfato. Por la nariz, también, discernimos entre olores y hedores. ¿Qué, pues, es significado por la nariz de la Iglesia sino el discernimiento previsor de los santos? Se dice también que es semejante a la torre que está en el Líbano, porque su discernimiento previsor está de tal modo puesto en una altura que ve las luchas de las tentaciones incluso antes de que vengan, y está fortificada contra ellas cuando vienen. Pues las cosas que son previstas cuando son futuras tienen menos fuerza cuando son presentes; porque, cuando cada uno se ha preparado más contra el golpe, el enemigo, que se suponía inesperado, es debilitado por el mismo hecho de haber sido anticipado.
Mas, por otra parte, los que están atados en culpa de propósito deliberado han de ser amonestados a considerar con cautelosa ponderación cómo, cuando hacen lo malo por su propio juicio, encienden contra sí mismos un juicio más estricto; y que la sentencia tanto más dura los herirá cuanto más estrechamente los hayan atado las cadenas de la deliberación en la culpa. Quizá podrían lavar más pronto sus transgresiones por la penitencia, si hubieran caído en ellas sólo por precipitación. Pues el pecado se suelta menos rápidamente cuando está firmemente atado con propósito deliberado. Porque, a menos que el alma despreciara totalmente las cosas eternas, no perecería en culpa advertidamente. En esto, pues, difieren los que perecen de propósito deliberado de los que caen por precipitación: que los primeros, cuando caen por el pecado del estado de justicia, caen por lo general también en el lazo de la desesperación. De aquí que el Señor por medio del Profeta reprueba no tanto las malas acciones de la precipitación como los propósitos del pecado, diciendo: No sea que mi indignación salga como fuego, y se inflame, y no haya quien la apague a causa de la maldad de vuestros propósitos []. De aquí, también, en su ira dice: Os visitaré según el fruto de vuestros propósitos []. Puesto que, pues, los pecados que se perpetran de propósito deliberado difieren de los demás pecados, el Señor censura los propósitos de maldad más bien que las malas obras. Pues en las obras el pecado es a menudo de flaqueza o de negligencia, pero en los propósitos es siempre de intención maliciosa. Al contrario, bien se dice por medio del Profeta al describir al hombre bienaventurado: Y no se sienta en la silla de la pestilencia []. Pues la silla suele ser el asiento de un juez o de un presidente. Y sentarse en la silla de la pestilencia es cometer lo malo judicialmente; sentarse en la silla de la pestilencia es discernir con la razón lo que es malo y, sin embargo, perpetrarlo deliberadamente. Se sienta, por así decir, en la silla del consejo perverso quien es levantado con tan grande jactancia de iniquidad que se esfuerza incluso por el consejo en consumar el mal. Y, así como los que son sostenidos por la dignidad de la silla están por encima de las multitudes que están de pie, así los pecados que son buscados a propósito trascienden las transgresiones de los que caen por precipitación. Aquellos, pues, que incluso por el consejo se atan en culpa han de ser amonestados a colegir de aquí con qué venganza han de ser heridos en algún momento, hechos ahora no compañeros, sino príncipes, de los malhechores.
Cómo deben ser amonestados los que cometen faltas muy pequeñas pero frecuentes, y los que, evitando las muy pequeñas, a veces se precipitan en las graves.
III, 33
De diferente manera deben ser amonestados los que, aunque las cosas ilícitas que hacen son muy pequeñas, las hacen con frecuencia, y los que se guardan de los pecados pequeños, pero a veces se precipitan en los graves. Los que frecuentemente delinquen, aunque en cosas muy pequeñas, han de ser amonestados de ningún modo a considerar la cualidad de los pecados que cometen, sino la cantidad. Porque, si desdeñan temer cuando pesan sus obras, deben alarmarse cuando las cuentan; viendo que los profundos abismos de los ríos se llenan con pequeñas pero innumerables gotas de lluvia; y el agua de sentina, creciendo secretamente, produce el mismo efecto que una tormenta que brama abiertamente; y las llagas que brotan en los miembros con sarna son minúsculas; pero, cuando una multitud de ellas se apodera en número incontable, destruye la vida del cuerpo tanto como una herida grave infligida en el pecho. De donde ciertamente está escrito: El que desprecia las cosas pequeñas caerá poco a poco [Sirácides 19:1]. Porque el que descuida llorar y evitar los más pequeños pecados cae del estado de justicia, no ciertamente de repente, sino poco a poco enteramente. Los que delinquen frecuentemente en cosas muy pequeñas han de ser amonestados a considerar con ansiedad cómo a veces hay peor pecado en una falta pequeña que en una mayor. Porque una falta mayor, en cuanto es reconocida antes como tal, es enmendada tanto más prontamente; pero una menor, siendo considerada como si no fuera nada, se retiene en uso con peor efecto, al serlo con menos preocupación. De donde en la mayor parte de los casos sucede que la mente, acostumbrada a males ligeros, no tiene horror ni aun de los graves, y, alimentada por los pecados, llega al fin a una especie de sanción de la iniquidad, y tanto más desdeña temer en las cosas mayores cuanto ha aprendido a pecar en las pequeñas sin temor.
Mas, por otra parte, los que se guardan de los pecados pequeños, pero a veces se precipitan en los graves, han de ser amonestados a comprender con ansiedad el estado en que se hallan; cómo, mientras su corazón se enaltece por cosas muy pequeñas guardadas, son tan tragados en el abismo mismo de su propia jactancia que perpetran otras más graves, y, mientras dominan exteriormente males pequeños, pero están hinchados interiormente de vanagloria, postran su alma, vencida dentro de sí por la enfermedad de la soberbia, en medio de males mayores incluso exteriormente. Así, pues, los que se guardan de las faltas pequeñas, pero a veces se precipitan en las graves, han de ser amonestados a cuidarse de no caer interiormente donde suponen estar en pie exteriormente, y de que, según la retribución del juez estricto, la jactancia por la justicia menor no se convierta en camino hacia la trampa del pecado más grave. Porque los que, vanamente enaltecidos, atribuyen a su propia fuerza el guardarse del bien más pequeño, siendo justamente abandonados a sí mismos, son abrumados en pecados mayores; y cayendo aprenden que su estar en pie no era de sí mismos, de modo que males inmensurables humillen el corazón que se exalta por el bien más pequeño. Han de ser amonestados a considerar que, mientras en sus faltas más graves se atan en culpa profunda, sin embargo en la mayoría de los casos pecan peor en las faltas pequeñas de las que se guardan; porque, mientras en las primeras hacen lo malo, en las segundas ocultan a los hombres que son malos. De donde sucede que, cuando perpetran mayores males ante Dios, es un caso de iniquidad abierta; y cuando se cuidan de observar pequeñas cosas buenas ante los hombres, es un caso de santidad fingida. Porque de aquí es que se dice de los fariseos: Coláis el mosquito, pero tragáis el camello []. Como si se dijera claramente: los males más pequeños discernís; los mayores devoráis. De aquí es que son reprobados de nuevo por la boca de la Verdad, cuando se les dice: Diezmáis la menta y el anís y el comino, y omitís lo más grave de la Ley: el juicio, la misericordia y la verdad []. Porque tampoco ha de oírse descuidadamente que, cuando dijo que se diezmaban las cosas más pequeñas, eligió ciertamente mencionar las hierbas más humildes, pero tales como las aromáticas; para mostrar, seguramente, que, cuando los fingidores observan cosas pequeñas, buscan extender para sí el olor de una reputación santa; y, aunque omiten cumplir las cosas mayores, todavía observan de las más pequeñas aquellas que huelen dulcemente a lo lejos en el juicio humano.
Cómo deben ser amonestados los que ni siquiera comienzan las buenas obras, y los que no las terminan una vez comenzadas.
III, 34
De diferente manera deben ser amonestados los que ni siquiera comienzan las buenas obras, y los que de ningún modo completan las que han comenzado. Porque en cuanto a los que ni siquiera comienzan las buenas obras, para ellos la primera necesidad no es edificar lo que puedan amar saludablemente, sino demoler aquello en lo que están mal ocupados. Porque no seguirán las cosas no probadas de las que oyen hablar, a menos que primero lleguen a sentir cuán perniciosas son las cosas que han probado; ya que ni desea ser levantado quien no conoce el hecho mismo de que ha caído; ni quien no siente el dolor de una herida busca algún remedio curativo. Primero, pues, se les ha de mostrar cuán vanas son las cosas que aman, y luego, por fin, se les ha de dar a conocer cuidadosamente cuán provechosas son las cosas que dejan escapar. Vean primero que lo que aman ha de ser evitado, y después perciban sin dificultad que lo que evitan ha de ser amado. Porque más pronto aceptan las cosas que no han probado, si reconocen como verdadero cualquier discurso que oigan acerca de las cosas que han probado. Así, pues, aprenden a buscar el bien verdadero con plenitud de deseo, cuando han aprendido con certeza de juicio cuán vanamente se han aferrado a lo falso. Dígaseles, por tanto, por una parte que los bienes presentes pronto pasarán del disfrute, y por otra que la cuenta que se ha de dar de ellos, sin embargo, durará, sin pasar, para la venganza; ya que lo que les agrada se les retira ahora contra su voluntad, y lo que les duele se les reserva, también contra su voluntad, para el castigo. Así pueden llenarse saludablemente de alarma por las mismas cosas en las que se deleitan dañosamente; de modo que cuando el alma herida, a la vista de la ruina profunda de su caída, percibe que ha llegado a un precipicio, pueda volver sobre sus pasos hacia atrás, y, temiendo lo que había amado, aprenda a estimar en mucho lo que una vez despreció.
Porque de aquí es que se dice a Jeremías cuando es enviado a predicar: Mira, hoy te he puesto sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar, y derribar, y destruir, y esparcir, y edificar, y plantar []. Porque, a menos que primero destruyera las cosas malas, no podría edificar provechosamente las buenas; a menos que arrancara de los corazones de sus oyentes las espinas del amor vano, ciertamente plantaría en vano las palabras de la predicación santa. De aquí es que Pedro primero derriba, para edificar después, cuando de ningún modo amonestó a los judíos acerca de lo que ahora debían hacer, sino que les reprobó lo que habían hecho, diciendo: Jesús de Nazaret, varón aprobado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios hizo por medio de él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y el previo conocimiento de Dios, lo matasteis clavándole en una cruz por manos de hombres inicuos; a quien Dios resucitó, habiendo soltado los dolores del infierno [], esto es, para que, habiendo sido derribados por el reconocimiento de su crueldad, oyeran la edificación de la predicación santa tanto más provechosamente cuanto más ansiosamente la buscaran. De donde también respondieron inmediatamente: "¿Qué, pues, haremos, varones hermanos?" Y al punto se les dice: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros (Ibíd. 37, 38). Palabras de edificación que seguramente habrían despreciado, si no hubieran primero tomado conciencia saludable de la ruina de su derribo. De aquí es que Saulo, cuando la luz del cielo resplandeció sobre él, no oyó inmediatamente lo que había de hacer bien, sino lo que había hecho mal. Porque, cuando, caído en tierra, preguntó diciendo: "¿Quién eres, Señor?" al punto se le respondió: "Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues." Y cuando inmediatamente respondió: "Señor, ¿qué quieres que haga?" se añade al instante: Levántate, y entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que debes hacer [Hechos 9:4, etc.; 22:8, etc.]. He aquí, el Señor, hablando desde el cielo, reprobó las obras de su perseguidor, y sin embargo no le mostró al instante lo que tenía que hacer. He aquí, toda la fábrica de su jactancia ya había sido derribada, y entonces, humilde después de su caída, buscó ser edificado: y cuando la soberbia fue derribada, las palabras de edificación todavía se retenían; esto es, para que el cruel perseguidor yaciera largo tiempo derribado, y se levantara después tanto más firmemente edificado en el bien cuanto más totalmente había caído trastornado de su error anterior. Así, pues, los que todavía no han comenzado a hacer ningún bien han de ser primero derribados por la mano de la corrección desde la rigidez de su iniquidad, para que después sean levantados al estado de bien obrar. Por esta causa también cortamos la madera alta del bosque, para levantarla en el techo de un edificio; pero sin embargo no se coloca de repente en la fábrica; es decir, para que su verde vicio se seque primero: porque cuanto más se exuda su humedad en lo más bajo, tanto más sólidamente se eleva a los lugares más altos.
Mas, por otra parte, los que de ningún modo completan las buenas obras que han comenzado han de ser amonestados a considerar con circunspección cautelosa cómo, cuando no cumplen sus propósitos, arrancan con ellos incluso las cosas que habían sido comenzadas. Porque, si aquello que se ve como cosa que ha de hacerse no avanza mediante aplicación asidua, incluso lo que había sido bien hecho retrocede. Porque el alma humana en este mundo está, por así decirlo, en la condición de una nave que asciende contra la corriente de un río: nunca se le permite permanecer en un lugar, ya que flotará hacia atrás a las partes más bajas a menos que se esfuerce por las más altas. Si, pues, la mano fuerte del trabajador no lleva a perfección las buenas obras comenzadas, la misma flojedad en el trabajo combate contra lo que se ha forjado. Porque de aquí es que se dice por Salomón: El que es débil y flojo en el trabajo es hermano del que destruye sus obras []. Porque en verdad quien no ejecuta con energía las buenas obras que ha comenzado imita en la flojedad de su negligencia la mano del destructor. De aquí es que el Ángel dice a la Iglesia de Sardis: Sé vigilante, y fortalece las cosas que quedan, que están a punto de morir; porque no hallo tus obras completas delante de mi Dios []. Así, porque las obras no habían sido halladas completas delante de su Dios, predijo que las que quedaban, incluso las que habían sido hechas, estaban a punto de morir. Porque, si lo que está muerto en nosotros no es encendido a vida, lo que se retiene como si estuviera todavía vivo se extingue también. Han de ser amonestados de que habría sido más tolerable para ellos no haber asido el camino recto que, habiéndolo asido, volver la espalda a él. Porque a menos que miraran atrás, no se debilitarían con ningún torpor respecto de su propósito emprendido. Oigan, pues, lo que está escrito: Mejor les habría sido no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás []. Oigan lo que está escrito: Ojalá fueras frío o caliente; pero, porque eres tibio, y ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca []. Porque caliente es el que asume y completa los buenos propósitos; pero frío es el que ni siquiera comienza alguno para completarlo. Y así como se hace transición a través de la tibieza del frío al calor, así a través de la tibieza hay un retorno del calor al frío. Así, pues, cualquiera que ha perdido el frío de la incredulidad de modo que viva, pero de ningún modo pasa más allá de la tibieza para seguir ardiendo, sin duda, desesperando del calor, mientras se demora en la tibieza perniciosa, está en camino de volverse frío. Pero, así como antes de la tibieza hay esperanza en el frío, así después del frío hay desesperación en la tibieza. Porque el que todavía está en sus pecados no pierde su confianza en la conversión; pero el que después de la conversión se ha vuelto tibio ha retirado la esperanza que podría haber habido del pecador. Se requiere, pues, que cada uno sea o caliente o frío, no sea que, siendo tibio, sea vomitado: es decir, que, o bien, no habiéndose convertido todavía, ofrezca aún esperanza de su conversión, o, habiéndose ya convertido, sea ferviente en las virtudes; no sea que sea vomitado como tibio, en cuanto retrocede en torpor del calor propuesto al frío pernicioso.
Cómo deben ser amonestados los que hacen cosas malas en secreto y cosas buenas en público, y los que hacen al contrario.
III, 35
De diferente manera deben ser amonestados los que hacen cosas malas en secreto y cosas buenas en público, y los que ocultan las buenas obras que hacen, y sin embargo en algunas cosas hechas en público permiten que se piense mal de ellos. Porque los que hacen cosas malas en secreto y cosas buenas en público han de ser amonestados a considerar con qué rapidez huyen los juicios humanos, pero con qué inmovilidad permanecen los juicios divinos. Han de ser amonestados a fijar los ojos de su mente en el fin de las cosas; ya que, mientras la atestación de la alabanza humana pasa, la sentencia celestial, que penetra incluso las cosas ocultas, se fortalece para retribución duradera. Cuando, por tanto, ponen sus cosas malas ocultas ante el juicio divino, y sus cosas buenas ante los ojos humanos, tanto el bien que hacen públicamente queda sin testigo, como su transgresión latente no queda sin testigo eterno. Así, al ocultar sus faltas a los hombres y exhibir sus virtudes, a la vez descubren mientras ocultan aquello por lo que merecen ser castigados, y ocultan mientras descubren aquello por lo que podrían haber sido recompensados. A tales personas la Verdad las llama sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, pero llenos de huesos de muertos []; porque cubren el mal de los vicios por dentro, pero con la exhibición de ciertas obras halagan los ojos humanos con el mero color exterior de la justicia. Por tanto han de ser amonestados a no despreciar las cosas buenas que hacen, sino a creer que son de mejor merecimiento. Porque juzgan muy mal de sus propias buenas obras quienes piensan que el favor humano es suficiente para su recompensa. Porque cuando se busca alabanza transitoria a cambio de obrar bien, una cosa digna de recompensa eterna se vende por un precio vil. En cuanto a este precio recibido, ciertamente, la Verdad dice: En verdad os digo que ya recibieron su recompensa []. Han de ser amonestados a considerar que, cuando se muestran malos en las cosas ocultas, pero aun así se ofrecen públicamente como ejemplos en las buenas obras, muestran que lo que evitan ha de ser seguido; claman en voz alta que lo que odian ha de ser amado: en fin, viven para los demás y mueren para sí mismos.
Mas, por otra parte, los que hacen cosas buenas en secreto, y sin embargo en algunas cosas hechas en público permiten que se piense mal de ellos, han de ser amonestados de que, mientras lo bueno que hay en ellos les vivifica en la virtud de bien obrar, no maten a otros con el ejemplo de una mala reputación; que no amen a sus prójimos menos que a sí mismos, ni, mientras ellos mismos beben un sorbo saludable de vino, viertan una copa pestífera de veneno a las mentes atentas a observarlos. Estos ciertamente en un sentido poco ayudan a la vida de su prójimo, y en el otro la agravan grandemente, mientras a la vez se esfuerzan por hacer lo recto sin ser vistos, y también, en algunas cosas en las que dan ejemplo, siembran de sí mismos las semillas del mal. Porque cualquiera que ya es capaz de pisotear la codicia de la alabanza comete un fraude contra la edificación, si oculta las buenas obras que hace; y roba, por así decirlo, las raíces de la germinación después de haber echado la semilla, el que no muestra la obra que ha de ser imitada. Porque de aquí en el Evangelio la Verdad dice: Para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos []. Pero luego viene también esta sentencia, que tiene apariencia de mandar algo muy diferente, a saber: Guardaos de no hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos [].
¿Qué significa, pues, que se mande a la vez que nuestra obra se haga de tal modo que no sea vista, y sin embargo que deba ser vista, sino que las cosas que hacemos han de ser ocultadas, para que nosotros mismos no seamos alabados, y sin embargo han de ser mostradas, para que aumentemos la alabanza de nuestro Padre celestial? Porque, cuando el Señor nos prohibió hacer nuestra justicia delante de los hombres, añadió al instante: Para ser vistos de ellos. Y de nuevo, cuando mandó que nuestras buenas obras fueran vistas de los hombres, inmediatamente añadió: Para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos []. De qué manera, pues, han de ser vistas, y de qué manera no han de ser vistas, lo mostró al final de sus mandatos, a saber, que la mente del trabajador no debe buscar que su obra sea vista por su propia cuenta, y sin embargo, por causa de la gloria del Padre celestial, no debe ocultarla. De donde comúnmente sucede que una buena obra está a la vez en secreto cuando se hace en público, y de nuevo en público cuando se hace en secreto. Porque el que en una buena obra pública no busca su propia gloria, sino la del Padre celestial, oculta lo que ha hecho, en cuanto ha tenido por testigo sólo a Aquel a quien ha deseado agradar. Y el que en su buena obra secreta codicia ser observado y alabado, ha hecho esto delante de los hombres, aunque nadie haya visto lo que ha hecho; porque ha presentado tantos testigos de su buena obra cuantas alabanzas humanas ha buscado en su corazón. Pero cuando la mala reputación, en la medida en que prevalece sin pecado cometido, no se borra de las mentes de los que miran, la copa de culpabilidad se ofrece, a modo de ejemplo, a todos los que piensan mal. De donde también sucede generalmente que los que descuidadamente permiten que se piense mal de ellos no cometen ciertamente maldad en sus propias personas, pero aun así, por medio de los que pueden haber tomado ejemplo de ellos, ofenden de manera más múltiple. De aquí es que Pablo dice a los que comían ciertas cosas impuras sin contaminación, pero en este comer suyo ponían una piedra de tropiezo de tentación en el camino de los imperfectos: Mirad que esta libertad vuestra no sea alguna vez tropiezo para los débiles []; y de nuevo: Y por tu conciencia se perderá el hermano débil, por quien Cristo murió. Pero cuando así pecáis contra los hermanos, y herís su débil conciencia, pecáis contra Cristo []. De aquí es que Moisés, cuando dijo: No maldecirás al sordo, añadió al instante: Ni pondrás tropiezo delante del ciego []. Porque maldecir al sordo es menospreciar al que está ausente y no oye; pero poner tropiezo delante del ciego es obrar ciertamente con discernimiento, pero aun así dar causa de ofensa al que no tiene la luz del discernimiento.