Cómo han de ser amonestados los obstinados y los inconstantes.
III, 18
( Amonestación 19.) De diferente manera han de ser amonestados los obstinados y los inconstantes. A los primeros se les ha de decir que piensan de sí mismos más de lo que son, y por eso no asienten a los consejos de otros; mas a los segundos se les ha de dar a entender que se desestiman y descuidan demasiado, y así se apartan de su propio juicio en sucesivos momentos de tiempo. A aquéllos se les ha de decir que, si no se estimaran mejores que los demás hombres, de ningún modo tendrían en menos los consejos de todos que su propia deliberación; a éstos se les ha de decir que, si de algún modo atendieran a lo que son, la brisa de la mutabilidad de ningún modo los haría girar por tantos lados de variedad. A los primeros se les dice por Pablo: No seáis sabios en vuestras propias opiniones []; mas los segundos, por otra parte, deben oír esto: No seamos llevados de acá para allá por todo viento de doctrina []. Acerca de los primeros se dice por Salomón: Comerán de los frutos de su propio camino, y se saciarán de sus propios designios []; mas acerca de los segundos está escrito por él mismo también: El corazón de los necios será desemejante []. Porque el corazón del sabio es siempre semejante a sí mismo, porque, mientras descansa en buenas persuasiones, se dirige constantemente a la buena obra. Mas el corazón del necio es desemejante, porque, mientras se muestra vario por la mutabilidad, nunca permanece lo que era. Y puesto que algunos vicios, así como de sí mismos engendran otros, así también ellos nacen de otros, debe entenderse de todos modos que entonces mejor borramos éstos con nuestras reprensiones, cuando los secamos desde la fuente misma de su amargura. Porque la obstinación se engendra de la soberbia, y la inconstancia de la ligereza.
Han de ser, pues, amonestados los obstinados a que reconozcan la altivez de sus pensamientos y estudien vencerse a sí mismos; no sea que, mientras desdeñan ser vencidos por el recto consejo de otros fuera de sí, queden cautivos dentro de sí mismos por la soberbia. Han de ser amonestados a observar sabiamente cómo el Hijo del hombre, cuya voluntad es siempre una con la del Padre, para darnos ejemplo de someter nuestra propia voluntad, dice: No busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviado []. Y, para recomendar aún más la gracia de esta virtud, declaró de antemano que conservaría lo mismo en el juicio final, diciendo: No puedo yo de mí mismo hacer nada; según oigo, así juzgo []. ¿Con qué conciencia, pues, puede un hombre desdeñar asentir a la voluntad de otro, viendo que el Hijo de Dios y del hombre, cuando viene a mostrar la gloria de su poder, testifica que no juzga por sí mismo?
Mas, por otra parte, han de ser amonestados los inconstantes a fortalecer su mente con la gravedad. Pues entonces secan en sí los gérmenes de la mutabilidad, cuando primero cortan de su corazón la raíz de la ligereza; ya que también se levanta una fábrica fuerte cuando antes se procura un lugar sólido donde echar el cimiento. Si, pues, no se precave primero la ligereza de la mente, de ningún modo se vence la inconstancia de los pensamientos. De ésta se declaró libre Pablo cuando dijo: ¿Acaso usé de ligereza? ¿O lo que propongo, lo propongo según la carne, para que en mí haya sí y no []? Como si dijera claramente: Por esta razón no me mueve brisa alguna de mutabilidad, porque no cedo al vicio de la ligereza.
Cómo han de ser amonestados los que usan de alimento intemperantemente y los que lo usan con sobriedad.
III, 19
( Amonestación 20.) De diferente manera han de ser amonestados los glotones y los abstinentes. Porque a aquéllos acompañan la superfluidad de palabras, la ligereza de costumbres y la lascivia; mas a éstos, a menudo, el pecado de impaciencia, y a menudo el de soberbia. Pues si no fuese que la locuacidad inmoderada arrebata a los glotones, aquel rico del que se dice que banqueteaba espléndidamente cada día no ardería con más dolor en la lengua que en ninguna otra parte, diciendo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama []. Con estas palabras se muestra ciertamente que en sus diarios festines había pecado frecuentemente con la lengua, puesto que, ardiendo todo él, pedía ser refrescado especialmente en la lengua. Además, que la ligereza de costumbres sigue de cerca a la gula lo testifica la autoridad sagrada, cuando dice: El pueblo se sentó a comer y beber, y se levantó a divertirse []. Porque la mayor parte de las veces también la voracidad nos conduce hasta la lascivia, porque, cuando el vientre está distendido por la repleción, se excitan los aguijones de la lujuria. De donde también al astuto enemigo, que abrió el sentido del primer hombre por el apetito de la manzana, pero lo ató en un lazo de pecado, se le dice por la voz divina: Sobre tu pecho y tu vientre te arrastrarás []; como si se le dijera claramente: En el pensamiento y en el buche tendrás dominio sobre los corazones humanos. Que la lascivia sigue a la gula lo testifica el profeta, denunciando cosas ocultas mientras habla de las manifiestas, cuando dice: El jefe de los cocineros derribó los muros de Jerusalén []. Porque el jefe de los cocineros es el vientre, al cual los cocineros sirven con gran esmero, para que él mismo se llene deleitablemente de manjares. Pero los muros de Jerusalén son las virtudes del alma, elevadas al anhelo de la paz celestial. Por tanto, el jefe de los cocineros derriba los muros de Jerusalén, porque, cuando el vientre está distendido por la gula, las virtudes del alma se destruyen por la lascivia.
Por otra parte, si no fuese que la impaciencia comúnmente sacude a los abstinentes fuera del seno de la tranquilidad, Pedro de ningún modo, al decir: Añadid a vuestra fe virtud, y a vuestra virtud conocimiento, y a vuestro conocimiento abstinencia [], habría añadido enseguida con vigilancia: Y a vuestra abstinencia paciencia. Porque preveía que la paciencia que les amonestaba a tener faltaría a los abstinentes. Además, si no fuese que el pecado de soberbia a veces traspasa las cogitaciones de los abstinentes, Pablo de ningún modo habría dicho: El que no come, no juzgue al que come []. Y de nuevo, hablando a otros, mientras mira de reojo las máximas de los que se gloriaban en la virtud de la abstinencia, añadió: Las cuales cosas tienen a la verdad cierta apariencia de sabiduría en superstición y humildad, y en no perdonar el cuerpo, no en honra alguna para la satisfacción de la carne []. Aquí ha de notarse que el excelente predicador, en su argumento, junta una apariencia de humildad con la superstición, porque, cuando la carne es desgastada más de lo necesario por la abstinencia, se muestra humildad exteriormente, pero a causa de esta misma humildad hay grave soberbia dentro. Y a menos que la mente fuese a veces hinchada por la virtud de la abstinencia, el fariseo arrogante de ningún modo habría contado esto estudiosamente entre sus grandes méritos, diciendo: Ayuno dos veces a la semana [].
Así, pues, los glotones han de ser amonestados a que, entregándose al disfrute de manjares, no se atraviesen a sí mismos con la espada de la lascivia; y a que perciban cuán grande locuacidad, cuán grande ligereza de mente los acechan a través de la comida; no sea que, mientras sirven blandamente al vientre, queden cruelmente atados en los lazos del vicio. Porque tanto más retrocedemos de nuestro segundo padre cuanto por indulgencia inmoderada, cuando la mano se extiende para tomar alimento, renovamos la caída de nuestro primer padre. Pero, por otra parte, los abstinentes han de ser amonestados a vigilar ansiosamente siempre, no sea que, mientras huyen del vicio de la gula, se engendren vicios aún peores como de la virtud; no sea que, mientras maceran la carne, su espíritu prorrumpa en impaciencia; y así no haya virtud en el vencimiento de la carne, estando el espíritu vencido por la ira. A veces, además, mientras la mente del abstinente reprime la ira, es corrompida, por así decirlo, por una alegría extraña que entra, y pierde todo el bien de la abstinencia en que no se guarda de los vicios espirituales. Por eso se dice rectamente por el profeta: En los días de vuestros ayunos se hallan vuestras voluntades [, Septuaginta]. Y poco después: Ayunáis para debates y contiendas, y herís con el puño []. Pues la voluntad pertenece al deleite, el puño a la ira. En vano, pues, el cuerpo es desgastado por la abstinencia, si la mente, abandonada a emociones desordenadas, se disipa por los vicios. Y de nuevo, han de ser amonestados a que, mientras mantienen su abstinencia sin diminución, no supongan que ésta es de virtud eminente ante el juez oculto; no sea que, si acaso se supone que es de gran mérito, el corazón se levante a la altivez. Pues por eso se dice por el profeta: ¿Es tal el ayuno que yo he escogido? Mas parte tu pan con el hambriento, y mete en tu casa a los necesitados y errantes [].
En este asunto ha de considerarse cuán pequeña se estima la virtud de la abstinencia, viendo que no se encomienda sino por otras virtudes. De ahí que Joel dice: Santificad un ayuno. Porque ciertamente santificar un ayuno es mostrar que la abstinencia de la carne es digna de Dios añadiéndole otros bienes. Los abstinentes han de ser amonestados a que entonces ofrecen a Dios una abstinencia que le agrada, cuando otorgan a los indigentes el alimento que se niegan a sí mismos. Pues debemos atender sabiamente a lo que es reprendido por el Señor por medio del profeta, diciendo: Cuando ayunasteis y llorasteis en el mes quinto y séptimo durante estos setenta años, ¿ayunasteis acaso ayuno para mí? Y cuando comisteis y bebisteis, ¿no comisteis para vosotros y bebisteis para vosotros? [Zacarías 7:5 seq]? Pues un hombre no ayuna para Dios sino para sí mismo, si lo que por un tiempo retira de su vientre no lo da al necesitado, sino que lo guarda para ofrecerlo después a su vientre.
Por tanto, para que ni el apetito glotón haga bajar la guardia a los unos, ni la carne afligida haga tropezar a los otros por jactancia, oigan aquéllos esto de la boca de la Verdad: Y mirad por vosotros, no sea que en algún momento vuestros corazones se carguen de glotonería y embriaguez y de los cuidados de este mundo []. Y en el mismo lugar se añade un temor provechoso: Y así aquel día venga sobre vosotros de repente. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra []. Oigan éstos: No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre []. Oigan aquéllos: La comida para el vientre, y el vientre para la comida; pero Dios destruirá tanto a éste como a aquéllas []. Y de nuevo: No en glotonerías y borracheras []. Y de nuevo: La comida no nos encomienda a Dios []. Oigan éstos: Para los puros todas las cosas son puras; mas para los manchados e incrédulos nada es puro []. Oigan aquéllos: Cuyo dios es su vientre, y cuya gloria está en su propia confusión []. Oigan éstos: Algunos se apartarán de la fe; y poco después: Prohibiendo casarse, y mandando abstenerse de alimentos que Dios creó para ser recibidos con acción de gracias por los que creen y conocen la verdad []. Oigan aquéllos: Bueno es no comer carne ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece []. Oigan éstos: Usa un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades []. Así ambos aprendan, aquéllos a no desear desordenadamente el alimento de la carne, y éstos a no atreverse a condenar la criatura de Dios, que no apetecen.
Comentario editorial · El «jefe de los cocineros»
Gregorio lee en «el jefe de los cocineros derribó los muros de Jerusalén» (; ) una imagen de la gula: el vientre, al que sirven los cocineros, derriba las virtudes del alma. Barmby recuerda, en una nota que el epub no trae, que el título de Nabuzaradán (en hebreo rab-tabbachim) lo traduce la Septuaginta por ἀρχιμάγειρος, «jefe de los cocineros». El texto de BTX4 que muestra el lector dice en Jeremías 39:9 «capitán de la guardia»: la imagen de Gregorio descansa en la lectura antigua del título, no en la de esa traducción (lectura del editor).
Cómo han de ser amonestados los que dan lo que es suyo, y los que arrebatan lo ajeno.
III, 20
( Amonestación 21.) De diferente manera han de ser amonestados los que ya dan compasivamente de lo suyo, y los que todavía quisieran arrebatar aun lo que pertenece a otros. Pues los que ya dan compasivamente de lo suyo han de ser amonestados a no levantarse con pensamiento de hinchazón sobre aquellos a quienes distribuyen cosas terrenas; a no estimarse mejores que otros porque ven que otros son sustentados por ellos. Porque el señor de una casa terrena, al distribuir los rangos y ministerios de sus siervos, a unos los nombra para mandar, y a otros para ser mandados por otros. A aquéllos les ordena proveer a los demás lo necesario; a éstos, tomar lo que reciben de otros. Y sin embargo, la mayoría de las veces son los que mandan los que ofenden, mientras que los que son mandados permanecen en gracia ante el hombre bueno de la casa. Los que son dispensadores incurren en ira; los que subsisten por la dispensación de otros continúan sin ofensa. Por tanto, los que ya dan compasivamente de las cosas que poseen han de ser amonestados a reconocerse a sí mismos como puestos por el Señor celestial para dispensadores de provisiones temporales, y a repartirlas con tanta más humildad por su entendimiento cuanto que las cosas que dispensan no son suyas. Y, cuando consideren que están nombrados para servicio de aquellos a quienes reparten lo que han recibido, de ningún modo la vanagloria levante sus mentes, sino que el temor las abata. De donde también es necesario que pongan ansioso cuidado en no distribuir indignamente lo que se les ha confiado; no sea que den algo a aquellos en quienes no debían gastar nada, o nada a aquellos en quienes debían gastar algo, o mucho a aquellos en quienes debían gastar poco, o poco a aquellos en quienes debían gastar mucho; no sea que por precipitación dispersen sin provecho lo que dan; no sea que por tardanza aflijan maliciosamente a los peticionarios; no sea que se deslice el pensamiento de recibir un favor a cambio; no sea que el ansia de alabanza transitoria extinga la luz del dar; no sea que la morosidad que la acompaña asedie un don ofrecido; no sea que, en caso de un don bien ofrecido, la mente se regocije más de lo conveniente; no sea que, cuando hayan cumplido todo rectamente, se den algo a sí mismos, y así lo pierdan todo a la vez después de haberlo hecho todo. Pues, para que no se atribuyan a sí mismos la virtud de su liberalidad, oigan lo que está escrito: Si alguno administra, hágase como de la capacidad que Dios suministra []. Para que no se regocijen inmoderadamente en beneficios otorgados, oigan lo que está escrito: Cuando hubiereis hecho todas las cosas que os están mandadas, decid: Siervos inútiles somos; lo que debíamos hacer, hicimos []. Para que la morosidad no eche a perder la liberalidad, oigan lo que está escrito: Dios ama al dador alegre []. Para que no busquen alabanza transitoria por un don otorgado, oigan lo que está escrito: No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha []. Es decir, no se mezcle la gloria de la vida presente con las larguezas de la piedad, ni el deseo de favor conozca algo de la obra de rectitud. Para que no exijan retribución por beneficios otorgados, oigan lo que está escrito: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que también ellos te vuelvan a convidar, y se te haga recompensa. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos, a los ciegos; y serás bienaventurado; porque no tienen con qué recompensarte [Lucas 14:12 seq.]. Para que no provean demasiado tarde lo que debe proveerse de inmediato, oigan lo que está escrito: No digas a tu amigo: Ve y vuelve, y mañana te daré, cuando puedes dar inmediatamente []. No sea que, bajo pretexto de liberalidad, dispersen sin provecho lo que poseen, oigan lo que está escrito: Deja que tu limosna sude en tu mano. No sea que, cuando es necesario mucho, se dé poco, oigan lo que está escrito: El que siembra escasamente, escasamente también segará []. No sea que, cuando debían dar poco, den demasiado, y después, soportando mal la necesidad ellos mismos, prorrumpan en impaciencia, oigan lo que está escrito: No para que otros sean aliviados y vosotros agravados, sino por igualdad, para que vuestra abundancia supla la falta de ellos, y la abundancia de ellos sea suplemento para vuestra falta (Ibid. 8:13-14). Porque, cuando el alma del dador no sabe soportar la necesidad, entonces, al retirar mucho de sí, busca contra sí ocasión de impaciencia. Pues primero debe prepararse la mente para la paciencia, y luego o mucho o todo otorgarse en generosidad, no sea que, soportándose con poca ecuanimidad la irrupción de la necesidad, se pierda la recompensa de la generosidad anterior, y la murmuración subsiguiente acarree peor ruina al alma. No sea que no den nada en absoluto a aquellos en quienes debían gastar algo, oigan lo que está escrito: A todo el que te pida, dale []. No sea que den algo, aunque sea poco, a aquellos en quienes no debían gastar nada en absoluto, oigan lo que está escrito: Da al bueno, y no recibas al pecador: haz bien al humilde, y no des al impío [Sirácides 12:4]. Y de nuevo: Pon tu pan y tu vino sobre la sepultura del justo, pero no comas ni bebas de ello con los pecadores [Tobías 4:17].
Pues da su pan y su vino a los pecadores el que da ayuda a los malvados por ser malvados. Por cuya causa también algunos de los ricos de este mundo alimentan a los juglares con profusas larguezas, mientras los pobres de Cristo son atormentados por el hambre. Sin embargo, el que da su pan a un indigente, aunque sea pecador, no porque sea pecador, sino porque es hombre, en verdad no alimenta a un pecador, sino a un pobre justo, porque lo que ama en él no es su pecado, sino su naturaleza.
Los que ya distribuyen compasivamente lo que poseen han de ser amonestados también a que procuren guardarse con cuidado, no sea que, cuando redimen con limosnas los pecados que han cometido, cometan otros que todavía requerirán redención; no sea que supongan que la justicia de Dios es vendible, pensando que si cuidan de dar dinero por sus pecados, pueden pecar impunemente. Porque, El alma es más que la comida, y el cuerpo que el vestido []. Por tanto, el que otorga comida o vestido a los pobres, y sin embargo está contaminado por la iniquidad de alma o cuerpo, ha ofrecido lo menor a la justicia, y lo mayor al pecado; pues ha dado sus posesiones a Dios, y a sí mismo al diablo.
Pero, por otra parte, los que todavía quisieran arrebatar lo que pertenece a otros han de ser amonestados a prestar ansiosa atención a lo que dice el Señor cuando venga al juicio. Pues dice: Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui extranjero, y no me recogisteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis []. Y a éstos se dirige antes diciendo: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles []. He aquí que de ningún modo se les dice que hayan cometido robos u otros actos de violencia, y sin embargo son entregados a los fuegos eternos de la Gehena. De ahí, pues, ha de deducirse con cuán grande condenación serán visitados los que arrebatan lo que no es suyo, si los que han retenido indiscretamente lo suyo son heridos con tan gran castigo. Consideren en qué culpa debe atarlos el apoderarse de bienes, si el no repartirlos los somete a tal pena. Consideren qué merecerá la injusticia infligida, si la bondad no otorgada es digna de tan gran castigo.
Cuando están empeñados en apoderarse de lo que no es suyo, oigan lo que está escrito: ¡Ay del que multiplica lo que no es suyo! ¿Hasta cuándo amontona contra sí barro espeso? []? Porque, ciertamente, para un hombre codicioso amontonar contra sí barro espeso es acumular ganancias terrenas en una carga de pecado. Cuando desean ampliar en gran manera los espacios de su habitación, oigan lo que está escrito: ¡Ay de vosotros que juntáis casa con casa y añadís campo a campo, hasta que no quede lugar! ¿Qué, habitaréis solos en medio de la tierra? []? Como si dijera claramente: ¿Hasta dónde os extendéis, vosotros que no podéis soportar tener compañeros en un mundo común? A los que se os juntan los aplastáis, y siempre encontráis a alguno contra quien podáis extenderos. Cuando están empeñados en aumentar el dinero, oigan lo que está escrito: El avaro no se llena de dinero; y el que ama las riquezas no recogerá fruto de ellas []. Pues ciertamente recogería fruto de ellas, si, no amándolas, estuviera dispuesto a dispersarlas bien. Pero quien por afecto a ellas las retiene, seguramente las dejará tras de sí aquí sin fruto. Cuando arden por llenarse de una vez de toda clase de riquezas, oigan lo que está escrito: El que se apresura a enriquecerse no será inocente []: porque ciertamente el que se afana por aumentar la riqueza es negligente en evitar el pecado; y, siendo atrapado a la manera de las aves, mientras mira con avidez el cebo de las cosas terrenas, no se da cuenta en qué lazo de pecado está siendo estrangulado. Cuando desean cualesquiera ganancias del mundo presente, e ignoran las pérdidas que sufrirán en el mundo venidero, oigan lo que está escrito: La herencia a la que se apresura en el principio, al final carecerá de bendición []. Pues ciertamente derivamos nuestro principio de esta vida, para que lleguemos al final a la suerte de la bendición. Por tanto, los que se apresuran a una herencia en el principio se cortan a sí mismos la suerte de la bendición al final; ya que, mientras anhelan ser aumentados en bienes aquí por la iniquidad de la avaricia, se desheredan allí de su patrimonio eterno. Cuando solicitan muchísimo, o logran obtener todo lo que han solicitado, oigan lo que está escrito: ¿Qué aprovecha al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? []? Como si la Verdad dijera claramente: ¿Qué aprovecha al hombre, aunque reúna todo lo que está fuera de sí, si daña a esta sola cosa que es él mismo? Pero la mayoría de las veces la codicia de los despojadores se corrige más pronto, si por las palabras de los que amonestan se les muestra cuán fugaz es la vida presente; si se hace mención de aquellos que durante mucho tiempo se esforzaron por enriquecerse en este mundo, y sin embargo no pudieron permanecer mucho tiempo entre sus riquezas adquiridas; de quienes la muerte apresurada les arrebató de repente y de golpe todo cuanto, ni de golpe ni de repente, habían reunido; quienes no sólo dejaron aquí lo que habían arrebatado, sino que llevaron consigo al juicio las acusaciones por el arrebato. Por tanto, cuéntenseles ejemplos de tales cuales, a quienes seguramente ellos mismos condenarían de palabra; para que, cuando después de sus palabras vuelvan a su propio corazón, se avergüencen al menos de imitar a aquellos a quienes juzgan.
Cómo deben ser amonestados los que no desean las cosas ajenas, sino que guardan las propias; y los que dan de lo propio, y, sin embargo, arrebatan lo de los otros.
III, 21
(Amonestación 22.) De diferente manera deben ser amonestados los que ni desean lo ajeno ni otorgan lo propio, y los que dan de lo que tienen y, sin embargo, no desisten de arrebatar lo ajeno. Los que ni desean lo ajeno ni otorgan lo propio deben ser amonestados a considerar atentamente que la tierra de la que han sido tomados es común a todos los hombres, y por tanto produce alimento para todos en común. Vano es, pues, que se tengan por inocentes quienes reclaman para su uso privado el don común de Dios; quienes, al no repartir lo que han recibido, andan en medio de la matanza de sus prójimos, puesto que casi cada día matan a tantas personas cuantos pobres moribundos hay cuyos socorros guardan celosamente en su propia posesión. Porque, cuando administramos a los indigentes cosas necesarias de cualquier clase, no otorgamos lo nuestro, sino que les devolvemos lo suyo; más bien pagamos una deuda de justicia que realizamos obras de misericordia. De donde también la Verdad misma, al hablar de la cautela que se requiere en mostrar misericordia, dice: "Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres" []. También el Salmista, de acuerdo con esta sentencia, dice: "Esparció, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre" [].
Porque, habiendo mencionado primero la liberalidad otorgada a los pobres, no la llamaría misericordia, sino más bien justicia: pues ciertamente es justo que quien recibe lo que es dado por el Señor común lo use en común. De donde también Salomón dice: "El justo da y no escatima" []. Deben ser amonestados también a observar con ansiedad cómo de la higuera que no tenía fruto se queja el riguroso labrador de que incluso embaraza la tierra.
Porque la higuera sin fruto embaraza la tierra, cuando el alma del avaro guarda sin provecho lo que podría haber beneficiado a muchos. La higuera sin fruto embaraza la tierra, cuando el necio mantiene estéril, bajo la sombra de la pereza, un lugar que otro habría cultivado bajo el sol de las buenas obras.
Pero éstos suelen a veces decir: "Usamos lo que se nos ha concedido; no buscamos lo ajeno; y, si no hacemos nada digno de la recompensa de la misericordia, con todo no cometemos injusticia." Así piensan, porque en verdad cierran el oído de su corazón a las palabras que son del cielo. Porque del rico del Evangelio, que se vestía de púrpura y lino fino y banqueteaba espléndidamente cada día, no se dice que haya arrebatado lo ajeno, sino que usó infructuosamente lo suyo; y el infierno vengador lo recibió después de esta vida, no porque hiciera algo ilícito, sino porque por la indulgencia inmoderada se entregó por entero a lo lícito.
Los avaros deben ser amonestados a advertir que hacen a Dios, en primer lugar, esta injuria: que a Aquel que les da todo no le ofrecen en retorno sacrificio alguno de misericordia. Porque de aquí dice el Salmista: No dará a Dios su propiciación, ni el precio de la redención de su alma [Salmo 48:9]. Porque dar el precio de la redención es devolver buenas obras por la gracia preventiva. De aquí Juan clama en alta voz diciendo: Ahora ya está puesta el hacha a la raíz del árbol. Todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego []. Aquellos, pues, que se estiman inocentes porque no arrebatan lo ajeno, miren hacia el golpe del hacha que está cerca, y depongan el letargo de la seguridad imprudente, no sea que, mientras descuidan llevar el fruto de las buenas obras, sean cortados de la vida presente enteramente, como de la verdura de la raíz.
Mas, por otra parte, los que dan lo que tienen y no desisten de arrebatar lo ajeno deben ser amonestados a no desear parecer excesivamente muníficos, y hacerse así peores por la apariencia exterior del bien. Porque éstos, dando sin discreción lo suyo, no sólo, como hemos dicho arriba, caen en la murmuración de la impaciencia, sino que, cuando la necesidad los urge, son arrastrados hasta la avaricia. ¿Qué, pues, hay más miserable que la mente de aquellos en quienes la avaricia nace de la liberalidad, y se siembra, por así decirlo, de la virtud una cosecha de pecados? Primero, pues, deben ser amonestados a aprender a guardar razonablemente lo suyo, y después, al fin, a no andar adquiriendo lo ajeno. Porque, si la raíz del vicio no se quema en la misma profusión, la espina de la avaricia, exuberante por las ramas, jamás se seca. Así, pues, se quita la causa de arrebatar, si primero se ajusta bien el derecho de posesión. Pero además, dígase a los amonestados cómo dar misericordiosamente lo que tienen, una vez que hayan aprendido a no confundir el bien de la misericordia mezclando en él la maldad del robo. Porque exigen con violencia lo que otorgan con misericordia. Porque una cosa es mostrar misericordia a causa de nuestros pecados; otra cosa es pecar a causa de mostrar misericordia; la cual en verdad ya no puede llamarse misericordia, puesto que no puede crecer en fruto dulce, estando amargada por el veneno de su pestífera raíz. Porque de aquí viene que el Señor, por medio del profeta, rechace incluso los mismos sacrificios, diciendo: Yo, el Señor, amo el juicio, y aborrezco el robo en holocausto []. De aquí también ha dicho: Los sacrificios de los impíos son abominables, que se ofrecen de maldad []. Tales personas también a menudo quitan a los indigentes lo que dan a Dios.
Mas el Señor muestra con cuán fuerte censura los reprueba, diciendo por medio de cierto sabio: El que ofrece sacrificio de la hacienda del pobre hace como el que mata al hijo ante los ojos del padre [Sirácides 34:20]. Porque ¿qué puede haber más intolerable que la muerte de un hijo ante los ojos de su padre? Por lo cual se muestra con cuán gran ira es mirado este género de sacrificio, en cuanto se compara al dolor de un padre despojado. Y sin embargo, por lo común las gentes sopesan bien cuánto dan; pero cuánto arrebatan descuidan considerar. Cuentan, por así decirlo, su jornal, pero rehúsan considerar sus faltas. Oigan, pues, lo que está escrito: El que ha juntado jornales los ha echado en saco roto []. Porque ciertamente el dinero echado en saco roto se ve cuando se echa, pero cuando se pierde no se ve. Aquellos, pues, que ponen los ojos en cuánto otorgan, pero no consideran cuánto arrebatan, echan sus jornales en saco roto, porque en verdad los miran cuando los juntan con esperanza de estar seguros, pero los pierden sin mirar.
Cómo deben ser amonestados los que están en discordia y los que están en paz.
III, 22
(Amonestación 23.) De diferente manera deben ser amonestados los que están en discordia y los que están en paz. Porque los que están en discordia deben ser amonestados a saber con toda certeza que, en cualesquiera virtudes en que abunden, de ningún modo pueden llegar a ser espirituales si descuidan unirse a sus prójimos por la concordia. Porque está escrito: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz []. El que, pues, no tiene cuidado de guardar la paz rehúsa llevar el fruto del Espíritu. De aquí Pablo dice: Pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales? []. De aquí también dice: Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor []. De aquí también amonesta, diciendo: Solicitos en guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: un cuerpo y un Espíritu, así como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación []. La sola esperanza de nuestra vocación, pues, jamás se alcanza si no corremos a ella con mente unida a los prójimos. Mas sucede a menudo que algunos, ensoberbeciéndose por algunos dones de que especialmente participan, pierden el don mayor de la concordia; como acontece si uno que subyuga la carne más que los demás con el freno de su apetito desdeñara estar en concordia con aquellos a quienes supera en abstinencia. Mas quien separa la abstinencia de la concordia, considere la amonestación del Salmista: Alabadle con tímpano y coro []. Porque en el tímpano resuena una piel seca y batida, mas en el coro las voces se asocian en concordia. Cualquiera, pues, que aflige su cuerpo, pero abandona la concordia, alaba a Dios ciertamente con tímpano, mas no lo alaba con coro. Sin embargo, a menudo, cuando un conocimiento superior eleva a algunos, los desune de la sociedad de los demás hombres; y es como si cuanto más sabios son, tanto menos sabios son en cuanto a la virtud de la concordia. Oigan, pues, éstos lo que la Verdad en persona dice: Tened sal en vosotros, y tened paz unos con otros []. Porque ciertamente la sal sin paz no es don de virtud, sino argumento de condenación. Pues cuanto mejor es un hombre en sabiduría, tanto peor es su delito, y merecerá castigo inexcusablemente por esta misma razón: que, si hubiera querido, con su prudencia podría haber evitado el pecado. A los tales se dice rectamente por Santiago: Mas si tenéis envidia amarga y contenciones en vuestros corazones, no os gloriéis, ni mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, animal, diabólica. Mas la sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica []. Pura, es decir, porque sus pensamientos son castos; y también pacífica, porque en modo alguno por la jactancia se desune de la sociedad de los prójimos. Los que están en discordia deben ser amonestados a advertir que no ofrecen a Dios sacrificio alguno de buena obra mientras no están en caridad con sus prójimos. Porque está escrito: Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vendrás y ofrecerás tu ofrenda []. Ahora bien, por este precepto se nos lleva a considerar cuán intolerable es la culpa de los hombres que se muestra cuando se rechaza su sacrificio. Porque, mientras todos los males se lavan cuando van seguidos de lo bueno, consideremos cuán grandes deben ser los males de la discordia, ya que, a menos que se extingan del todo, no permiten que siga ningún bien. Los que están en discordia deben ser amonestados a que, si no inclinan los oídos a los mandatos celestiales, abran los ojos de la mente para considerar los caminos de las criaturas del orden más bajo; cómo a menudo las aves de una misma especie no se abandonan unas a otras en su vuelo social, y que las bestias brutas pacen juntas en manadas. Así, si observamos sabiamente, la naturaleza irracional muestra, concordando entre sí, cuán grande mal comete la naturaleza racional con la discordia; cuando ésta ha perdido por el ejercicio de la razón lo que aquélla guarda por instinto natural. Mas, por otra parte, los que están en paz deben ser amonestados a cuidarse de que, mientras aman más de lo necesario la paz de que gozan, no tengan anhelo de alcanzar la que es perpetua. Porque comúnmente las circunstancias tranquilas ponen a prueba más gravemente la inclinación de las mentes, de modo que, en proporción en que las cosas que las ocupan no son molestas, las cosas que las invitan llegan a parecer menos amables, y cuanto más deleitan las presentes, tanto menos se buscan las eternas. De donde también la Verdad, hablando en persona, cuando quiso distinguir la paz terrena de la celestial y mover a sus discípulos de la presente a la futura, dijo: La paz os dejo, mi paz os doy []. Es decir: os dejo una paz transitoria, os doy una paz perdurable. Si, pues, el corazón se fija en lo que se deja, jamás se alcanza lo que ha de darse. Por tanto, la paz presente ha de tenerse como algo que debe amarse y estimarse en poco, no sea que, si se ama inmoderadamente, la mente del que ama sea sorprendida en falta. De donde también los que están en paz deben ser amonestados a que, mientras desean demasiado la paz humana, no dejen del todo de reprender las malas costumbres de los hombres, y, consintiendo a los perversos, se desunan de la paz de su Creador; no sea que, mientras temen las disputas humanas por fuera, sean heridos por la ruptura de su pacto interior. Porque ¿qué es la paz transitoria sino cierta huella de la paz eterna? ¿Qué puede, pues, haber más loco que amar las huellas impresas en el polvo, y no amar a aquel por quien han sido impresas? De aquí David, cuando quiso atarse enteramente a los pactos de la paz interior, testifica que no tenía acuerdo alguno con los malvados, diciendo: ¿No aborrecí, oh Dios, a los que te aborrecen, y me consumí a causa de tus enemigos? Con odio perfecto los aborrecí; se hicieron enemigos míos [Salmo 138:21-22]. Porque aborrecer a los enemigos de Dios con odio perfecto es amar lo que fueron hechos, y reprender lo que hacen; ser severo con las costumbres de los malvados, y aprovechar a su vida. Ha de pesarse, pues, bien, cuando hay descanso de la reprensión, cuán culpablemente se guarda paz con los peores hombres, si tan grande profeta ofreció esto como sacrificio a Dios: que excitó contra sí mismo las enemistades de los malvados por el Señor. De aquí es que la tribu de Leví, cuando tomaron sus espadas y pasaron por medio del campamento porque no quisieron perdonar a los pecadores que habían de ser heridos, se dice que consagraron sus manos a Dios [Éxodo 32:27, seq]. De aquí Finees, despreciando el favor de sus conciudadanos cuando pecaban, hirió a los que se juntaban con las madianitas, y con su ira aplacó la ira de Dios [. De aquí en persona la Verdad dice: No penséis que he venido a enviar paz a la tierra: no he venido a enviar paz, sino espada Mateo 10:34]. Porque, cuando nos unimos sin cautela en amistad con los malvados, quedamos atados en sus pecados. De aquí Josafat, que es ensalzado con tantas alabanzas de su vida anterior, es reprendido por su amistad con el rey Acab como cercano a la destrucción, cuando se le dice por el profeta: Das ayuda al impío, y estás unido en amistad con los que aborrecen al Señor; y por tanto mereciste ciertamente la ira del Señor: mas se hallan en ti buenas obras, en cuanto has quitado los bosques de la tierra de Judá []. Porque nuestra vida ya está en discordia con Aquel que es sumamente justo por el mero hecho de consentir en las amistades de los perversos. Los que están en paz deben ser amonestados a no temer perturbar su paz temporal, si prorrumpen en palabras de reprensión. Y de nuevo deben ser amonestados a guardar interiormente con amor no disminuido la misma paz que en sus relaciones exteriores perturban con su voz reprensora. Ambas cosas declara David que había observado prudentemente, diciendo: Con los que aborrecían la paz yo era pacífico; cuando les hablaba, ellos me combatían sin causa [Salmo 119:7]. He aquí que, cuando hablaba, era combatido; y sin embargo, al ser combatido, era pacífico, porque ni dejaba de reprender a los que contra él se enfurecían, ni olvidaba amar a los reprendidos. De aquí también Pablo dice: Si es posible, en cuanto de vosotros depende, tened paz con todos los hombres []. Porque, a punto de exhortar a sus discípulos a tener paz con todos, dijo primero: Si es posible, y añadió: En cuanto de vosotros depende. Pues ciertamente les era difícil, si reprendían las malas obras, poder tener paz con todos. Mas cuando la paz temporal se perturba en los corazones de los malos por nuestra reprensión, es necesario que se guarde inviolada en nuestro propio corazón. Rectamente, pues, dice: En cuanto de vosotros depende. En efecto, es como si dijera: Puesto que la paz consiste en el consentimiento de dos partes, si es expulsada por los reprendidos, consérvese sin embargo no disminuida en la mente de vosotros que reprendéis. De donde el mismo apóstol amonesta de nuevo a sus discípulos, diciendo: Si alguno no obedece a nuestra palabra, señalad a ése por esta epístola; y no os juntéis con él, para que se avergüence []. Y al punto añadió: Mas no lo tengáis por enemigo, sino reprendedlo como a hermano []. Como si dijera: Romped la paz exterior con él, mas guardad en el fondo del corazón la paz interior respecto de él; que vuestra discordia con él hiera de tal modo la mente del pecador que la paz no se aparte de vuestros corazones aunque a él se le niegue.
De qué manera han de ser amonestados los sembradores de contiendas y los pacificadores.
III, 23
(Amonestación 24.) De diferente manera han de ser amonestados los sembradores de contiendas y los pacificadores. Porque los sembradores de contiendas han de ser amonestados a percibir de quiénes son seguidores. Pues del ángel apóstata está escrito, cuando se hubo sembrado cizaña en medio de la buena mies, Un enemigo ha hecho esto []. De un miembro suyo se dice también por Salomón, El hombre apóstata, varón inútil, anda con boca perversa, guiña los ojos, golpea con el pie, habla con el dedo, con corazón perverso maquina maldad continuamente, siembra contiendas []. He aquí que a aquel de quien hablaba como sembrador de contiendas lo llamó primero apóstata; pues, si no hubiera caído primeramente por dentro, a la manera del ángel soberbio, por el extrañamiento de su mente del rostro de su Hacedor, no vendría después a sembrar contiendas por fuera. Con razón se le describe también como que guiña los ojos, habla con el dedo, golpea con el pie. Porque es la vigilancia interior la que mantiene a los miembros exteriormente en ordenado dominio. Aquel, pues, que ha perdido la estabilidad de la mente cae exteriormente en inconstancia de movimientos, y por su movilidad exterior muestra que no está asentado en raíz alguna por dentro. Oigan los sembradores de contiendas lo que está escrito, Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios []. Y por otra parte deduzcan que, si los que hacen paz son llamados hijos de Dios, sin duda los que la confunden son hijos de Satanás. Además, todos los que por la discordia están separados del verdor de la misericordia amorosa se secan; y, aunque produzcan en sus obras frutos de buen obrar, en verdad no hay frutos, porque no brotan de la unidad de la caridad. Consideren, pues, de ahí los sembradores de contiendas cuán múltiplemente pecan; puesto que, mientras perpetran una sola iniquidad, arrancan al mismo tiempo todas las virtudes de los corazones humanos. Porque en un solo mal obran males innumerables, ya que, sembrando discordia, extinguen la caridad, que es en verdad madre de todas las virtudes. Mas, puesto que nada es más precioso ante Dios que la virtud de la misericordia amorosa, nada es más aceptable al diablo que la extinción de la caridad. Cualquiera, pues, que sembrando contiendas destruye la misericordia amorosa de los prójimos, sirve al enemigo de Dios como amigo familiar; porque, quitándoles aquello por cuya pérdida él cayó, les ha cortado el camino por donde pudieran levantarse.
Mas, por otra parte, los pacificadores han de ser amonestados a que no menoscaben la eficacia de tan gran empresa por no conocer entre quiénes deben establecer la paz. Porque, así como hay mucho daño si falta la unidad a los buenos, así lo hay excesivo si no falta a los malos. Si, pues, la iniquidad de los perversos se une en paz, ciertamente se acrecienta la fuerza de sus malas obras, puesto que cuanto más concuerdan entre sí en la maldad, tanto más reciamente se estrellan contra los buenos para afligirlos. Porque de aquí es que contra los predicadores de aquel vaso de condenación, a saber, el Anticristo, se dice por la voz divina al bienaventurado Job, Los miembros de su carne están pegados unos a otros []. De aquí, bajo la figura de escamas, se dice de sus satélites, Uno está unido a otro, y ni siquiera un respiradero pasa entre ellos []. Pues, en efecto, sus seguidores, al no estar divididos por oposición alguna de discordia entre sí, tanto más fuertemente se congregan para la matanza de los buenos. Aquel, pues, que asocia a los inicuos en paz suministra fuerza a la iniquidad, ya que ellos oprimen peor a los buenos, a quienes persiguen unánimemente. De donde el excelente predicador, sorprendido por violenta persecución de fariseos y saduceos, se esforzó por dividir entre sí a aquellos que veía violentamente unidos contra él, cuando clamó diciendo, Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy llamado a juicio []. Y, como los saduceos negaban la esperanza y la resurrección de los muertos, que los fariseos conforme a los preceptos de la Sagrada Escritura creían, se causó una disensión en la unanimidad de los perseguidores; y Pablo escapó ileso de la multitud dividida, que antes, unida, lo había acometido salvajemente. Aquellos, por tanto, que están ocupados con el deseo de hacer paz, han de ser amonestados a que primero infundan amor a la paz interior en las mentes de los perversos, a fin de que la paz exterior pueda después aprovecharles para bien; de modo que, mientras su corazón está pendiente del conocimiento de aquélla, no sean arrastrados de ningún modo a la maldad por la percepción de ésta; y, mientras ven delante de sí lo que es supremo, en manera alguna conviertan lo terreno en daño propio. Mas, si algunos perversos son tales que no podrían dañar a los buenos, aunque codiciasen hacerlo, entre ellos, ciertamente, debe establecerse la paz terrena aun antes de que se hayan levantado al conocimiento de la paz suprema; de tal suerte que aquellos a quienes la maldad de su impiedad exaspera contra la misericordia amorosa de Dios, al menos sean ablandados por el amor del prójimo, y, como desde una posición vecina, pasen a otra mejor, y así asciendan a lo que aún está lejos de ellos, la paz de su Hacedor.