Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 46 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minPrefacio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minLibro II
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 4
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 14 minCapítulo 6
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 7
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 9
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 2
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 10
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 14
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 15
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 17
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 18
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 20
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 21
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 22
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 23
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 24
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 25
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 26
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 27
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 28
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 29
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 30
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 31
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 33
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 35
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 36
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 39
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejó la Regla pastoral

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 3. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Regla pastoral

    Hacia 590 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Barmby (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 8 · Libro IIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-01

    Leer por sesiones · 46 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minPrefacio
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minLibro II
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 4
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 14 minCapítulo 6
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 7
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 9
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 2
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 5
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 10
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 14
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 15
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 17
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 18
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 20
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 21
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 22
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 23
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 24
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 25
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 26
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 27
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 28
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 29
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 30
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 31
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 33
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 35
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 36
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 39
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejó la Regla pastoral

    Libro III

    De cómo el rector, viviendo bien, debe enseñar y amonestar a los que están puestos bajo él.

    III, prólogo

    Puesto que, pues, hemos mostrado qué clase de hombre debe ser el pastor, expongamos ahora de qué manera debe enseñar. Porque, como enseñó mucho antes que nosotros Gregorio Nacianceno, de venerable memoria, una misma exhortación no conviene a todos, puesto que no todos están unidos por semejanza de carácter. Pues las cosas que aprovechan a unos a menudo dañan a otros; ya que también, en su mayor parte, las hierbas que alimentan a unos animales son fatales para otros; y el suave silbido que aquieta a los caballos incita a los cachorros; y la medicina que remedia una enfermedad agrava otra; y el pan que vigoriza la vida de los fuertes mata a los niños pequeños. Por tanto, conforme a la calidad de los oyentes se ha de modelar el discurso de los maestros, de modo que se acomode a todos y a cada uno según sus varias necesidades, y, sin embargo, no se aparte jamás del arte de la común edificación. Pues ¿qué son las mentes atentas de los oyentes sino, por decirlo así, una especie de tensiones tirantes de cuerdas en un arpa, que el diestro tañedor, para producir una melodía no discordante consigo misma, hiere de modos diversos? Y por esta razón las cuerdas devuelven una modulación consonante, porque son heridas ciertamente con una misma púa, pero no con un mismo género de golpe. De donde también todo maestro, para edificar a todos en la única virtud de la caridad, debe tocar el corazón de sus oyentes desde una misma doctrina, pero no con una misma y única exhortación.
    Comentario editorial · Un modelo declarado: Gregorio Nacianceno
    En este prólogo Gregorio Magno invoca a «Gregorio Nacianceno, de venerable memoria» como quien ya enseñó que una misma exhortación no conviene a todos. Barmby, en su prefacio (más arriba), cree que la oración 2 del Nacianceno, la «apologética», sugirió la Regla y dice que Gregorio reconoce su deuda «en su prólogo al segundo libro»; el reconocimiento está, sin embargo, en el prólogo del tercero. Barmby escribe además que esa oración excusa la reluctancia a aceptar «el episcopado»; la introducción del NPNF a la propia oración dice que defiende la huida del autor al Ponto tras ser ordenado presbítero por su padre, en la Navidad de 361. De Crisóstomo, Barmby no halla señales de que Gregorio lo tuviera presente.

    Capítulo 1

    Qué diversidad debe haber en el arte de la predicación.

    III, 1

    De diferente manera deben ser amonestados los que siguen:
    • Hombres y mujeres.
    • Los pobres y los ricos.
    • Los alegres y los tristes.
    • Prelados y súbditos.
    • Siervos y señores.
    • Los sabios de este mundo y los torpes.
    • Los desvergonzados y los vergonzosos.
    • Los audaces y los pusilánimes.
    • Los impacientes y los pacientes.
    • Los benévolos y los envidiosos.
    • Los sencillos y los insinceros.
    • Los sanos y los enfermos.
    • Los que temen los azotes y por tanto viven inocentemente; y los que se han endurecido tanto en la iniquidad que ni siquiera los azotes los corrigen.
    • Los demasiado silenciosos y los que gastan el tiempo en mucho hablar.
    • Los perezosos y los precipitados.
    • Los mansos y los iracundos.
    • Los humildes y los soberbios.
    • Los obstinados y los inconstantes.
    • Los glotones y los abstinentes.
    • Los que dan misericordiosamente de lo suyo, y los que con ansia arrebatan lo ajeno.
    • Los que ni arrebatan las cosas de otros ni son generosos con las propias; y los que dan sus bienes y, sin embargo, no cesan de arrebatar los ajenos.
    • Los que están en discordia y los que están en paz.
    • Los amantes de las contiendas y los pacificadores.
    • Los que no entienden rectamente las palabras de la ley sagrada; y los que ciertamente las entienden rectamente, pero las hablan sin humildad.
    • Los que, aunque capaces de predicar dignamente, temen por excesiva humildad; y los que la imperfección o la edad aparta de la predicación, y sin embargo la temeridad los impulsa a ella.
    • Los que prosperan en lo que desean en asuntos temporales; y los que ciertamente codician las cosas del mundo, y sin embargo están fatigados por los trabajos de la adversidad.
    • Los que están ligados por el matrimonio, y los que están libres de los lazos del matrimonio.
    • Los que han tenido experiencia del comercio carnal, y los que lo ignoran.
    • Los que deploran pecados de obra, y los que deploran pecados de pensamiento.
    • Los que lloran sus malas obras, pero no las abandonan; y los que las abandonan, pero no las lloran.
    • Los que incluso alaban las cosas ilícitas que hacen; y los que censuran lo que es malo, pero no lo evitan.
    • Los que son vencidos por la pasión súbita, y los que están atados en culpa de propósito deliberado.
    • Los que, aunque sus obras ilícitas son triviales, con todo las hacen frecuentemente; y los que se guardan de pequeños pecados, pero ocasionalmente se hunden en otros más graves.
    • Los que ni siquiera comienzan lo bueno, y los que no terminan del todo el bien comenzado.
    • Los que hacen el mal en secreto y el bien en público; y los que ocultan el bien que hacen, y sin embargo en algunas cosas hechas públicamente permiten que se piense mal de ellos.
    Mas ¿de qué provecho es para nosotros recorrer todas estas cosas recogidas en una lista, a menos que expongamos también, con toda la brevedad posible, los modos de amonestación para cada uno?
    ( Amonestación 1.) De diferente manera, pues, deben ser amonestados los hombres y las mujeres; porque a aquéllos se les han de imponer mandatos más pesados, a éstas más ligeros, para que aquéllos se ejerciten en cosas grandes, y éstas se conviertan suavemente por medio de cosas ligeras.
    ( Amonestación 2.) De diferente manera deben ser amonestados los jóvenes y los ancianos; porque en la mayoría de los casos la severidad de la amonestación dirige a aquéllos al progreso, mientras que la reconvención amable dispone a éstos a mejores obras. Pues está escrito: No reprendas al anciano, sino exhórtalo como a padre [].
    Comentario editorial · Treinta y seis amonestaciones
    La lista de este capítulo trae 35 parejas de oyentes; el texto que la desarrolla numera 36 «amonestaciones», porque la segunda (los jóvenes y los ancianos) no figura en la lista. Las dos primeras, la de los hombres y las mujeres y la de los jóvenes y los ancianos, cierran el capítulo 1; del 2 al 35 cada capítulo trata una pareja, de modo que la amonestación n es la del capítulo n − 1 y la 36 cierra el capítulo 35. Los capítulos 36 a 40 cambian de asunto: la exhortación a muchos a la vez, a una sola persona con pasiones contrarias, la prioridad de unos vicios sobre otros, lo que no debe predicarse a los débiles y la obra y la voz del predicador. En el castellano faltan los rótulos de las amonestaciones 34, 35 y 36, que el inglés trae.

    Capítulo 2

    De cómo han de ser amonestados los pobres y los ricos.

    III, 2

    ( Amonestación 3.) De diferente manera deben ser amonestados los pobres y los ricos: pues a aquéllos debemos ofrecer el consuelo del alivio contra la tribulación, pero a éstos inducir temor contra la jactancia. Pues al pobre se le dice por el Señor mediante el profeta: No temas, porque no serás confundida []. Y poco después, consolándola, dice: Oh tú, pobrecilla, sacudida por la tempestad []. Y nuevamente la consuela, diciendo: Te he elegido en el horno de la pobreza []. Mas, por otra parte, Pablo dice a su discípulo acerca de los ricos: A los ricos de este mundo mándales que no sean altivos ni confíen en la incertidumbre de sus riquezas []; donde ha de notarse particularmente que el maestro de la humildad, al hacer mención de los ricos, no dice Exhórtales, sino Mándales; porque, si bien ha de otorgarse piedad a la flaqueza, a la jactancia no se le debe honor alguno. A éstos, por tanto, lo que se dice rectamente se les manda con tanta más razón cuanto más se hinchan con la altivez de pensamiento en las cosas transitorias. De ellos dice el Señor en el Evangelio: ¡Ay de vosotros los ricos, que tenéis vuestro consuelo! []. Pues, como no saben cuáles son los gozos eternos, se consuelan con la abundancia de la vida presente. Por tanto, ha de ofrecerse consuelo a los que son probados en el horno de la pobreza; y ha de inducirse temor en aquéllos a quienes el consuelo de la gloria temporal eleva; para que aquéllos aprendan que poseen riquezas que no ven, y éstos se den cuenta de que de ningún modo pueden conservar las riquezas que ven. No obstante, en la mayoría de los casos el carácter de las personas altera el orden en que se hallan; de modo que el rico puede ser humilde y el pobre orgulloso. De aquí que la lengua del predicador deba adaptarse prontamente a la vida del oyente, de suerte que hiera la jactancia en el pobre tanto más agudamente cuanto que ni siquiera la pobreza que le ha sobrevenido la abate, y aliente tanto más suavemente la humildad del rico cuanto que ni siquiera la abundancia que lo eleva lo ensoberbece.
    Sin embargo, a veces incluso a un rico soberbio se le ha de aplacar con blandura en la exhortación, puesto que también las llagas duras suelen ablandarse con fomentos suaves, y el furor de los insensatos a menudo es devuelto a la salud por las palabras blandas del médico y, cuando se les complace con suavidad, se mitiga la enfermedad de su insensatez. Pues tampoco ha de tenerse en poco aquello de que, cuando un espíritu adverso entró en Saúl, David tomó su arpa y calmó su locura []. Porque ¿qué se significa por Saúl sino la jactancia de los hombres en el poder, y qué por David sino la vida humilde de los santos? Cuando, pues, Saúl es arrebatado por el espíritu inmundo, su locura es aplacada por el canto de David; ya que, cuando los sentidos de los poderosos son llevados al frenesí por la jactancia, conviene que sean llamados de nuevo a un estado saludable por la calma de nuestro hablar, como por la dulzura de un arpa. Mas a veces, cuando se reprende a los poderosos de este mundo, primero han de ser indagados mediante ciertas semejanzas, como en un asunto que no les concierne; y, cuando han pronunciado una sentencia recta contra otro hombre, entonces de modo conveniente han de ser heridos en lo tocante a su propia culpa; de suerte que la mente hinchada por el poder temporal de ningún modo se levante contra el reprensor, habiendo hollado con su propio juicio la cerviz de la soberbia, y no intente defenderse, estando atada por la sentencia de su propia boca. Pues de aquí que el profeta Natán, habiendo venido a reprender al rey, le pidiera su juicio como acerca de la causa de un pobre contra un rico [2 Samuel 12:4-5 sig.], para que el rey pronunciara primero sentencia y después oyera su propia culpa, a fin de que de ningún modo contradijera el justo castigo que había pronunciado contra sí mismo. Así aquel varón santo, considerando a la vez al pecador y al rey, procuró con orden admirable primero atar al atrevido culpable por la confesión y después herirle el corazón con la reprensión. Ocultó durante un tiempo a quién apuntaba, pero lo hirió de repente cuando lo tuvo. Pues el golpe habría caído acaso con menos fuerza si hubiera querido herir abiertamente el pecado desde el comienzo de su discurso; mas, introduciendo primero la semejanza, aguzó la reprensión que ocultaba. Había venido como médico a un enfermo; vio que la llaga debía ser cortada; pero dudó de la paciencia del enfermo. Por eso ocultó el acero medicinal bajo su manto, el cual sacó de repente y hundió en la llaga, para que el paciente sintiera la hoja cortante antes de verla, no sea que, viéndola primero, se negara a sentirla.

    Capítulo 3

    De cómo han de ser amonestados los alegres y los tristes.

    III, 3

    Amonestación 4. De diferente manera deben ser amonestados los alegres y los tristes. Es decir, ante los alegres han de ponerse las cosas tristes que siguen al castigo; pero ante los tristes, las cosas alegres prometidas del reino. Aprendan los alegres, por la aspereza de las amenazas, qué han de temer; soporten los tristes qué gozos de recompensa pueden esperar. Pues a aquéllos se les dice: ¡Ay de vosotros los que ahora reís!, porque lloraréis []; mas éstos oyen de la enseñanza del mismo Maestro: Os veré otra vez, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo []. Pero algunos no se tornan alegres o tristes por las circunstancias, sino que lo son por temperamento. Y a éstos ha de dárseles a entender que ciertos defectos van unidos a ciertos temperamentos; que los alegres tienen cerca la lujuria, y los tristes la ira. De aquí que sea necesario que cada uno considere no sólo lo que padece por su peculiar temperamento, sino también qué cosa peor le apremia en conexión con él; no sea que, mientras no lucha en absoluto contra aquello que tiene, sucumba también a aquello de lo que se supone libre.

    Capítulo 4

    De cómo han de ser amonestados los súbditos y los prelados.

    III, 4

    ( Amonestación 5.) De diferente manera deben ser amonestados los súbditos y los prelados: aquéllos, que la sujeción no los abrume; éstos, que el puesto superior no los ensalce; aquéllos, que no dejen de cumplir lo que se les manda; éstos, que no manden cumplir más de lo justo; aquéllos, que se sometan humildemente; éstos, que presidan con templanza. Pues esto, que puede entenderse también en sentido figurado, se dice a aquéllos: Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor: pero a éstos se les ordena: Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos []. Aprendan aquéllos a ordenar sus pensamientos interiores ante los ojos del juez oculto; éstos, a ofrecer también exteriormente a los que les están encomendados ejemplos de buena vida. Pues los prelados deben saber que, si alguna vez cometen algo malo, son dignos de tantas muertes cuantos ejemplos de perdición transmitan a sus súbditos. Por lo cual es necesario que se guarden del pecado tanto más cautamente cuanto que por las cosas malas que hacen no mueren solos, sino que son culpables de las almas de otros, a las que con su mal ejemplo han destruido. Por lo cual aquéllos han de ser amonestados, no sea que sean severamente castigados, si aun en su propia cuenta no pudieran quedar absueltos; éstos, no sea que sean juzgados por los errores de sus súbditos, aunque en su propia cuenta se encuentren seguros. Aquéllos han de ser amonestados a vivir con tanta más ansiedad acerca de sí mismos cuanto no están enredados por el cuidado de otros; pero éstos, a cumplir su cargo de otros de tal manera que no desistan del cargo de sí mismos, y a ser tan ardientes en la ansiedad acerca de sí mismos que no se vuelvan perezosos en la custodia de los que les han sido encomendados. A aquél, que está libre para sus propios asuntos, se le dice: Ve a la hormiga, oh perezoso, y considera sus caminos, y aprende sabiduría []; mas el otro es terriblemente amonestado, cuando se dice: Hijo mío, si sales fiador por tu amigo, has estrechado tu mano con un extraño, y estás enredado con las palabras de tu boca, y apresado con tus propios discursos []. Pues salir fiador por un amigo es tomar a cargo el alma de otro bajo la fianza de la propia conducta. De donde también se estrecha la mano con un extraño, porque la mente queda atada con el cuidado de una responsabilidad que antes no existía. Mas queda enredado con las palabras de su boca, y apresado con sus propios discursos, porque, mientras se ve obligado a hablar cosas buenas a los que le están encomendados, necesita él mismo en primer lugar observar las cosas que habla. Queda, por tanto, enredado con las palabras de su boca, forzado por la exigencia de la razón a no permitir que su vida se relaje hacia lo que no concuerda con su enseñanza. De aquí que ante el juez estricto se vea compelido a cumplir de obra tanto cuanto es manifiesto que ha ordenado a otros con su voz. Así, en el pasaje arriba citado, se añade también en seguida esta exhortación: Haz, pues, lo que digo, hijo mío, y líbrate, puesto que has caído en las manos de tu prójimo: corre de un lado a otro, apresúrate, despierta a tu amigo; no entregues sueño a tus ojos, ni dejes que tus párpados dormiten []. Pues quien es puesto sobre otros como ejemplo de vida es amonestado no sólo a mantenerse despierto él mismo, sino también a despertar a su amigo. Pues no le basta mantenerse en vela viviendo bien, si no aparta también del torpor del pecado a aquel sobre el que está puesto. Pues bien está dicho: No entregues sueño a tus ojos, ni dejes que tus párpados dormiten []. Porque, en verdad, entregar sueño a los ojos es cesar en la diligencia, de modo que se descuide por completo el cuidado de nuestros súbditos. Mas los párpados dormitan cuando nuestros pensamientos, abrumados por la dejadez, hacen la vista gorda a lo que saben que debe ser reprendido en los súbditos. Pues estar profundamente dormido es no conocer ni corregir las obras de los que nos están encomendados. Pero conocer qué cosas han de ser vituperadas y, aun así, por pereza de la mente no enmendarlas con reprensiones oportunas, no es dormir, sino dormitar. Con todo, el ojo, al dormitar, pasa al sueño más profundo; porque en la mayoría de los casos, cuando uno que está sobre otros no corta el mal que conoce, llega tarde o temprano, conforme lo merece su negligencia, a no conocer siquiera lo que sus súbditos hacen mal.
    Por lo cual, los que están sobre otros han de ser amonestados a que, mediante la diligencia de la circunspección, tengan ojos vigilantes por dentro y en derredor, y se esfuercen por llegar a ser criaturas vivientes del cielo []. Pues las criaturas vivientes del cielo se describen como llenas de ojos en derredor y por dentro []. Y así conviene que quienes están sobre otros tengan ojos por dentro y en derredor, de modo que, por una parte, en sí mismos procuren agradar al juez interior, y también, ofreciendo exteriormente ejemplos de vida, detecten las cosas que deben ser corregidas en los demás.
    Los súbditos han de ser amonestados a no juzgar temerariamente la vida de sus superiores, si acaso los ven obrar de modo reprensible en algo, no sea que, de donde con razón censuran el mal, de allí sean hundidos por el impulso de la jactancia a mayores profundidades. Han de ser amonestados a que, cuando consideren las faltas de sus superiores, no se envalentonen demasiado contra ellos, sino que, si algunas de sus obras son sumamente malas, las juzguen de tal modo dentro de sí que, constreñidos por el temor de Dios, no rehúsen llevar bajo ellos el yugo del respeto. Lo cual mostraremos mejor si aducimos lo que hizo David [1 Samuel 24:4 sig.]. Pues cuando Saúl, el perseguidor, entró en una cueva para hacer sus necesidades, David, que tanto tiempo había sufrido bajo su persecución, estaba dentro con sus hombres. Y cuando sus hombres lo incitaban a herir a Saúl, los atajó con la respuesta de que no debía extender su mano contra el ungido del Señor. Y, sin embargo, se levantó sin ser visto y cortó el borde de su manto. Pues ¿qué se significa por Saúl sino los malos gobernantes, y qué por David sino los buenos súbditos? El hacer Saúl sus necesidades, pues, significa que los gobernantes extienden la maldad concebida en sus corazones a obras de fétido hedor, y muestran los pensamientos nocivos que hay en ellos llevándolos a las obras. Y, con todo, David temía herirlo, porque las mentes piadosas de los súbditos, absteniéndose de toda la plaga de la murmuración, no hieren la vida de sus superiores con espada alguna de la lengua, aun cuando los culpen por su imperfección. Y cuando, por flaqueza, apenas pueden abstenerse de hablar, por humildemente que sea, de algunos males extremos y evidentes en sus superiores, cortan como en silencio el borde de su manto; porque, a saber, cuando, aun sin daño y en secreto, detractan de la dignidad de los superiores, desfiguran como el vestido del rey que está puesto sobre ellos; pero aun así vuelven a sí mismos y se culpan vehementísimamente por la más leve difamación de palabra. De aquí que también esté bien escrito en aquel lugar: Después el corazón de David lo hirió, porque había cortado el borde del manto de Saúl []. Pues, en verdad, las obras de los superiores no han de ser heridas con la espada de la boca, aun cuando con razón se juzguen dignas de reprensión. Mas si alguna vez, aun en lo más mínimo, la lengua resbala en la censura de ellos, es menester que el corazón sea oprimido por la aflicción de la penitencia, a fin de que vuelva a sí y, cuando haya ofendido contra el poder puesto sobre él, tema el juicio contra sí de Aquel por quien fue puesto sobre él. Pues, cuando ofendemos contra los que están puestos sobre nosotros, vamos contra la ordenanza de Aquel que los puso sobre nosotros. De donde también Moisés, cuando supo que el pueblo murmuraba contra él y contra Aarón, dijo: Porque ¿qué somos nosotros? No contra nosotros son vuestras murmuraciones, sino contra el Señor [].

    Capítulo 5

    Cómo han de ser amonestados los siervos y los amos.

    III, 5

    (Amonestación 6). De diferente manera han de ser amonestados los siervos y los amos. Los siervos, a saber, que tengan siempre presente la humildad de su condición; los amos, en cambio, que no pierdan la memoria de su naturaleza, en la cual están constituidos en igualdad con los siervos. Los siervos han de ser amonestados para que no desprecien a sus amos, no sea que ofendan a Dios, si, portándose con soberbia, contradicen su ordenanza: los amos también han de ser amonestados de que son soberbios contra Dios respecto de su don, si no reconocen que aquellos a quienes tienen sujetos por razón de su condición son sus iguales por razón de la comunidad de naturaleza. Los primeros han de ser amonestados a saberse siervos de amos; los segundos, a reconocerse consiervos de siervos. Pues a aquellos se les dice, Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne []; y de nuevo, Cuántos siervos hay bajo el yugo, tengan a sus amos por dignos de todo honor []; pero a estos se les dice, Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en el cielo [].

    Capítulo 6

    Cómo han de ser amonestados los sabios y los torpes.

    III, 6

    (Amonestación 7). De diferente manera han de ser amonestados los sabios de este mundo y los torpes. Porque los sabios han de ser amonestados para que dejen de saber lo que saben; los torpes también han de ser amonestados para que procuren saber lo que no saben. En aquellos, lo primero que ha de derribarse es esto, que se creen sabios; en estos ha de edificarse todo lo que ya se conoce de la sabiduría celestial; puesto que, no siendo en modo alguno soberbios, han preparado, por así decirlo, sus corazones para sostener un edificio. Con aquellos debemos esforzarnos en que se hagan más sabiamente necios, dejen la sabiduría necia y aprendan la sabia necedad de Dios; a estos debemos predicarles que desde lo que se tiene por necedad pasen, como desde un lugar más cercano, a la sabiduría verdadera. Pues a los primeros se les dice, Si alguno entre vosotros se cree sabio en este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio []: pero a los segundos se les dice, No muchos sabios según la carne []; y de nuevo, Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios []. Los primeros se convierten las más de las veces por argumentos de razón; los segundos, a veces, mejor por ejemplos. A aquellos sin duda les aprovecha quedar vencidos en sus propias alegaciones; pero a estos a veces les basta conocer las obras dignas de alabanza de otros. De donde también el excelente maestro, que era deudor a sabios y necios [], cuando amonestaba a algunos de los hebreos que eran sabios, y también a algunos que eran un tanto tardos, hablándoles del cumplimiento del Antiguo Testamento, venció la sabiduría de los primeros con argumento, diciendo, Lo que se envejece y caduca está próximo a desaparecer []. Pero cuando percibió que algunos habían de ser atraídos solo por ejemplos, añadió en la misma epístola, Los santos experimentaron burlas y azotes, y además cadenas y cárcel; fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada (Ibid. 11:36, 37): y de nuevo, Acordaos de aquellos que os presidieron, que os hablaron la palabra de Dios; imitad su fe, considerando el fin de su conversación []; para que así la razón victoriosa sometiera a los unos, y la suave fuerza del ejemplo persuadiera a los otros a elevarse a cosas mayores.

    Capítulo 7

    Cómo han de ser amonestados los descarados y los vergonzosos.

    III, 7

    (Amonestación 8). De diferente manera han de ser amonestados los descarados y los vergonzosos. Porque a aquellos nada más que la dura reprensión los contiene del vicio de la desvergüenza; mientras que a estos, las más de las veces, una amonestación modesta los dispone a la enmienda. Aquellos no saben que están en falta, si no son reprendidos aun por muchos; a estos suele bastar para su conversión que el maestro al menos les recuerde suavemente sus malas obras. A aquellos los corrige mejor quien los reprende con invectiva directa; pero a estos les aprovecha más que lo que se les reprende sea tocado, por así decirlo, de soslayo. Así el Señor, reprendiendo abiertamente al pueblo descarado de los judíos, dice, Ha venido a ti una frente de ramera; no quisiste avergonzarte []. Pero de nuevo los reanima cuando están avergonzados, diciendo, Olvidarás la confusión de tu juventud y no te acordarás del oprobio de tu viudez; porque tu Hacedor reinará sobre ti []. Pablo también reprende abiertamente a los gálatas que pecaban descaradamente, cuando dice, ¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó? []? Y de nuevo, ¿Tan insensatos sois, que, habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne? []? Pero las faltas de los que están avergonzados las reprende como compadeciéndose de ellos, diciendo, Me gocé en el Señor en gran manera de que al fin hayáis florecido de nuevo en cuidar de mí, como en verdad cuidabais, pero os faltaba oportunidad []; de modo que la dura reprimenda descubriera las faltas de los primeros, y una palabra más suave velara la negligencia de los segundos.

    Capítulo 8

    Cómo han de ser amonestados los presuntuosos y los pusilánimes.

    III, 8

    (Amonestación 9.) De diferente manera han de ser amonestados los presuntuosos y los pusilánimes. Porque los primeros, confiando demasiado en sí mismos, desprecian a todos los demás cuando son reprendidos por ellos; pero los segundos, conscientes en demasía de su propia flaqueza, las más de las veces caen en la desesperanza. Aquellos consideran que todo lo que hacen es singularmente eminente; estos piensan que lo que hacen es sumamente despreciable, y así se hunden en la desesperanza. Por tanto, las obras de los presuntuosos han de ser finamente examinadas por el que reprende, para que aquello en lo que se complacen se muestre que desagrada a Dios.
    Pues entonces corregimos mejor a los presuntuosos, cuando lo que creen haber hecho bien mostramos que ha sido mal hecho; para que de donde se creía haber ganado gloria, de allí se siga una confusión saludable. Pero a veces, cuando no se dan cuenta en absoluto de ser culpables del vicio de presunción, llegan más pronto a la corrección si son confundidos por la infamia de la culpa más manifiesta de otra persona, buscada de soslayo; de modo que por aquello que no pueden defender se hagan conscientes de que sostienen mal lo que defienden. De donde, cuando Pablo vio que los corintios estaban engreídos con presunción unos contra otros, de modo que uno decía que era de Pablo, otro de Apolo, otro de Cefas, y otro de Cristo [1 Corintios 1:12; 3:4], sacó a relucir el crimen de incesto, que no sólo se había perpetrado entre ellos, sino que también permanecía sin corregir, diciendo, Se oye decir generalmente que hay entre vosotros fornicación, y una fornicación tal como ni siquiera entre los gentiles, a saber, que uno tenga la mujer de su padre. Y estáis engreídos, y no habéis más bien llorado, para que el que ha hecho tal cosa sea quitado de entre vosotros []. Como si dijera claramente: ¿Por qué decís en vuestra presunción que sois de este o de aquel, mientras mostráis en la disolución de vuestra negligencia que no sois de ninguno de ellos?
    Pero, por otra parte, más oportunamente traemos de vuelta a los pusilánimes al camino del bien obrar, si buscamos de soslayo algunos puntos buenos en ellos, de modo que, mientras atacamos algunas cosas en ellos con nuestra reprensión, abracemos otras con nuestra alabanza; a fin de que el oír la alabanza nutra su ternura, la cual castiga la reprensión de su falta. Y las más de las veces adelantamos más en su provecho si también hacemos mención de sus buenas obras; y, en caso de que hayan hecho algunas cosas malas, si no se las reprochamos como si ya hubieran sido perpetradas, sino que, por así decirlo, se las prohibimos como lo que no debe perpetrarse; de modo que tanto el favor mostrado acreciente las cosas que aprobamos, y nuestra modesta exhortación valga más con los pusilánimes contra las cosas que censuramos. De donde el mismo Pablo, cuando llegó a saber que los tesalonicenses, que permanecían firmes en la predicación que habían recibido, estaban turbados con cierta pusilanimidad como si el fin del mundo estuviera cerca, primero alaba aquello en lo que los ve fuertes, y después, con cauta amonestación, fortalece lo que era débil. Pues dice, Debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos, como es digno, porque vuestra fe crece en gran manera, y la caridad de cada uno de todos vosotros hacia los demás abunda; de modo que nosotros mismos también nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios por vuestra paciencia y fe []. Pero, habiendo puesto por delante estos elogios lisonjeros de su vida, poco después añadió, Ahora os rogamos, hermanos, por la venida de nuestro Señor Jesucristo y por nuestra reunión con Él, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os turbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como enviada por nosotros, como si el día del Señor estuviera cerca []. Pues el verdadero maestro procedió de tal manera que primero oyeran, al ser alabados, lo que podían reconocer con gratitud, y después, al ser exhortados, lo que debían seguir; a fin de que la alabanza precedente asentara su mente, no sea que la amonestación subsiguiente la conmoviera; y, aunque sabía que habían sido inquietados por la sospecha de que el fin estaba cerca, no los reprendió como si hubieran estado así, sino que, como ignorante de lo pasado, les prohibió que se inquietaran en lo futuro; de modo que, mientras creían que su predicador ignoraba incluso la ligereza de su inquietud, temieran tanto ser reprensibles como ser conocidos por él como tales.

    Capítulo 9

    Cómo han de ser amonestados los impacientes y los pacientes.

    III, 9

    (Amonestación 10.) De diferente manera han de ser amonestados los impacientes y los pacientes. Porque a los impacientes ha de decírseles que, mientras descuidan refrenar su espíritu, son arrastrados por muchos precipicios de iniquidad que no buscan, en cuanto la furia empuja la mente adonde el deseo no la lleva, y, cuando está perturbada, hace, sin saberlo, lo que después lamenta cuando lo sabe. A los impacientes también ha de decírseles que, cuando son arrastrados de cabeza por el impulso de la emoción, obran en cierto modo como fuera de sí, y apenas se percatan después del mal que han hecho; y, mientras no ofrecen resistencia a su perturbación, confunden incluso cosas que quizá estaban bien hechas cuando la mente estaba tranquila, y derriban de golpe, bajo un impulso súbito, lo que acaso habían edificado durante mucho tiempo con afán providente. Porque la misma virtud de la caridad, que es madre y guardiana de todas las virtudes, se pierde por el vicio de la impaciencia. Pues está escrito, La caridad es paciente []. Por lo cual, donde no hay paciencia, no hay caridad. Por este vicio de la impaciencia se disipa también la instrucción, nodriza de las virtudes. Pues está escrito, La instrucción del hombre se conoce por su paciencia []. Todo hombre, pues, se muestra tanto menos instruido cuanto es convicto de ser menos paciente. Porque ni puede impartir verdaderamente lo bueno por la instrucción, si en su vida no sabe soportar con ecuanimidad lo malo en los demás.
    Más aún, por este vicio de la impaciencia las más de las veces el pecado de la arrogancia traspasa la mente; pues, cuando uno es impaciente de ser despreciado en este mundo, se esfuerza por exhibir cualquier bien oculto que pueda tener, y así, por la impaciencia, es arrastrado a la arrogancia; y, mientras no puede soportar el desprecio, se gloría ostentosamente en su propia exhibición. De donde está escrito, Mejor es el paciente que el arrogante []; porque, en verdad, el que es paciente elige sufrir cualesquiera males antes que su bien oculto llegue a conocerse por el vicio de la ostentación. Pero el arrogante, al contrario, elige que incluso un bien fingido sea pregonado de él, no sea que acaso sufra aun el menor mal. Pues, una vez que se abandona la paciencia, todas las demás cosas buenas que se han hecho son derribadas; por eso con razón se manda a Ezequiel que en el altar de Dios se haga una zanja; a saber, para que en ella se conserven los holocaustos puestos sobre el altar []. Porque, si no hubiera una zanja en el altar, la brisa que pasa esparciría todo sacrificio que allí hallara. Pero ¿qué tomamos por altar de Dios sino el alma del justo, que pone sobre sí, ante sus ojos, tantos sacrificios cuantas buenas obras ha hecho? ¿Y qué es la zanja del altar sino la paciencia de los buenos, la cual, mientras humilla la mente para soportar las adversidades, la muestra colocada en lo bajo a la manera de una zanja? Por lo cual, hágase una zanja en el altar, no sea que la brisa esparza el sacrificio puesto sobre él: es decir, conserve la mente de los elegidos la paciencia, no sea que, agitada por el viento de la impaciencia, pierda aun aquello que ha obrado bien. Y bien se manda que esta misma zanja sea de un codo, porque, si la paciencia no falta, se conserva la medida de la unidad. De donde también Pablo dice, Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo []. Porque la ley de Cristo es la caridad de la unidad, la cual sólo cumplen aquellos que no incurren en exceso alguno aun cuando están cargados. Oigan los impacientes lo que está escrito, Mejor es el paciente que el fuerte, y el que domina su espíritu que el que toma ciudades []. Porque la victoria sobre ciudades es cosa menor, porque lo que se somete está fuera; pero mucho mayor es lo que es conquistado por la paciencia, puesto que la mente misma es vencida por sí misma, y se somete a sí misma, cuando la paciencia la obliga a refrenarse por dentro. Oigan los impacientes lo que la Verdad dice a sus elegidos; En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas []. Porque estamos tan maravillosamente hechos que la razón posee el alma, y el alma el cuerpo. Pero el alma es despojada de su derecho de posesión del cuerpo, si no es poseída primero por la razón. Por tanto, el Señor señaló la paciencia como guardiana de nuestro estado, al enseñarnos a poseernos en ella. Así aprendemos cuán grande es el pecado de la impaciencia, por el cual perdemos la misma posesión de lo que somos. Oigan los impacientes lo que se dice de nuevo por Salomón; El necio dice todo su ánimo, pero el sabio lo difiere y lo reserva hasta después []. Porque uno es tan empujado por el impulso de la impaciencia que profiere todo su ánimo, el cual la perturbación interior arroja tanto más pronto cuanto que ninguna disciplina de sabiduría lo cerca. Pero el sabio lo difiere y lo reserva hasta después. Porque, cuando es injuriado, no desea vengarse en el tiempo presente, porque en su tolerancia quiere incluso que los hombres sean perdonados; pero sin embargo no ignora que todas las cosas son justamente vengadas en el juicio final.
    Por otra parte, los pacientes han de ser amonestados para que no se entristezcan interiormente por lo que soportan exteriormente, no sea que echen a perder con la infección de la malicia interior un sacrificio de tan gran valor que ofrecen entero por fuera; y no sea que el pecado de su tristeza, no percibido por los hombres, pero visto como pecado bajo la mirada divina, se haga tanto peor cuanto que reclama para sí la bella apariencia de virtud ante los hombres.
    A los pacientes, por tanto, ha de decírseles que procuren amar a aquellos a quienes necesariamente han de soportar; no sea que, si el amor no sigue a la paciencia, la virtud exhibida se convierta en la falta peor del odio. De donde Pablo, cuando dijo, La caridad es paciente, inmediatamente añadió, Es benigna []; mostrando ciertamente que a aquellos a quienes soporta con paciencia, no deja de amarlos también con benignidad. De donde el mismo excelente maestro, cuando persuadía a sus discípulos a la paciencia, diciendo, Toda amargura, ira, indignación, clamor y maledicencia sea quitada de entre vosotros [], habiendo puesto ya, por así decirlo, en buen orden todas las cosas exteriores, se vuelve a las interiores, cuando añade, Con toda malicia []; porque, en verdad, en vano se quitan la indignación, el clamor y la maledicencia de las cosas exteriores, si en las interiores domina la malicia, madre de los vicios; y en vano se corta la maldad de las ramas de fuera si se guarda en la raíz de dentro para brotar de maneras más múltiples. De donde también la Verdad en persona dice, Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y dicen mal de vosotros falsamente []. Es virtud, por tanto, ante los hombres soportar a los adversarios; pero es virtud ante Dios amarlos; porque el único sacrificio que Dios acepta es aquel que, ante sus ojos, en el altar de la buena obra, enciende la llama de la caridad. De ahí que a algunos que eran pacientes, y sin embargo no amaban, Él dice, ¿Y por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en tu propio ojo? []. Porque en verdad la perturbación de la impaciencia es una paja; pero la malicia en el corazón es una viga en el ojo. Porque aquélla la mueve de un lado a otro la brisa de la tentación; pero ésta, iniquidad confirmada, se mueve apenas. Con razón, sin embargo, se añade allí, Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás para sacar la paja del ojo de tu hermano (Ibid.); como si se dijera a la mente malvada, que se entristece interiormente mientras se muestra santa por la paciencia exteriormente: Sácate primero de encima el peso de la malicia, y luego acusa a otros de la ligereza de la impaciencia; no sea que, mientras no te esfuerzas por vencer la simulación, te sea peor soportar las faltas de los demás.
    Porque suele acontecer con los pacientes que, en el momento mismo en que sufren penurias u oyen injurias, no son heridos por turbación alguna, y de tal modo muestran paciencia que no dejan de conservar también la inocencia del corazón; pero, cuando al cabo de un tiempo recuerdan estas mismas cosas que han soportado, se inflaman con el fuego de la turbación, buscan motivos de venganza y, al volver sobre ellas, convierten en malicia la mansedumbre que tuvieron al soportar. A tales los socorre más pronto el predicador, si se pone de manifiesto la causa de este cambio. Porque el astuto adversario hace guerra contra dos; a saber, inflamando a uno para que sea el primero en ofrecer injurias, y provocando al otro para que devuelva injurias bajo el sentimiento de la ofensa. Pero las más de las veces, mientras ya es vencedor del que fue persuadido a infligir la injuria, es vencido por el que soporta la injuria con ánimo igual. Por lo cual, siendo vencedor del uno a quien ha subyugado encendiéndolo, se levanta con todas sus fuerzas contra el otro, y se duele de que resista firmemente y venza; y así, porque no ha podido moverlo en el mismo lanzamiento de las injurias, descansa entretanto de la lucha abierta, y provocando su pensamiento con secreta sugestión, busca un tiempo oportuno para engañarlo. Pues, habiendo perdido en la guerra pública, arde por tender asechanzas ocultas. En tiempo de quietud vuelve a la mente del vencedor, trae a su memoria o daños temporales o dardos de injurias, y exagerando en extremo todo lo que se le ha infligido, lo presenta como intolerable; y con tanta turbación perturba la mente que las más de las veces el paciente, llevado cautivo después de la victoria, se avergüenza de haber soportado tales cosas con serenidad, y se duele de no haber devuelto las injurias, y procura devolver algo peor, si se le ofrece la oportunidad. ¿A quiénes se parecen, pues, éstos sino a aquellos que por su bravura vencen en campo abierto, pero por negligencia son después capturados dentro de las puertas de la ciudad? ¿A quiénes se parecen sino a aquellos a quienes un violento ataque de enfermedad no quita de la vida, pero que mueren de una recaída de fiebre que sobreviene suavemente? Por tanto, los pacientes han de ser amonestados para que guarden su corazón después de la victoria; para que estén en guardia contra el enemigo, vencido en guerra abierta, que tiende asechanzas contra los muros de su mente; para que teman más una enfermedad que se insinúa de nuevo; no sea que el astuto enemigo, si después los engaña, se regocije con mayor exultación al pisar la cerviz de vencedores que por largo tiempo habían sido inflexibles contra él.

    Capítulo 10

    Cómo han de ser amonestados los benévolos y los envidiosos.

    III, 10

    ( Amonestación 11.) De diferente manera deben ser amonestados los benévolos y los envidiosos. Porque los benévolos han de ser amonestados a regocijarse de tal modo en el bien ajeno que deseen tener otro tanto como propio; a alabar con afecto las obras de sus prójimos de tal modo que también las multipliquen por imitación, no sea que en este estadio de la vida presente asistan al combate de otros como solícitos partidarios, pero como espectadores inertes, y queden sin premio después de la lucha, por no haberse afanado en ella, y miren luego con dolor las palmas de aquellos en medio de cuyos trabajos estuvieron ociosos. Porque en verdad pecamos gravemente si no amamos las buenas obras de los demás; pero no ganamos recompensa alguna si no imitamos en cuanto podemos las cosas que amamos. Por lo cual ha de decirse a los benévolos que, si no se apresuran a imitar el bien que aplauden, la santidad de la virtud les agrada del mismo modo que la vanidad de las exhibiciones escénicas de destreza agrada a los espectadores necios: pues éstos ensalzan con aplausos las hazañas de aurigas y actores, y sin embargo no anhelan ser tales como ven que son aquellos a quienes alaban. Los admiran por haber hecho cosas agradables, y sin embargo rehúyen agradar de igual manera. Ha de decirse a los benévolos que, cuando contemplen las obras de sus prójimos, vuelvan a su propio corazón, y no presuman de acciones que no son suyas, ni alaben lo bueno mientras se niegan a hacerlo. Más gravemente, en verdad, han de ser heridos por la venganza final aquellos a quienes agradó lo que no quisieron imitar.
    Los envidiosos han de ser amonestados cuán grande es su ceguera, que desfallecen por el adelanto ajeno y se consumen por el gozo de los demás; cuán grande su desdicha, que se empeoran por la mejora del prójimo y, al contemplar el aumento de la prosperidad de otro, se atormentan inquietos por dentro y mueren de la peste de su propio corazón. ¿Qué puede haber más desdichado que éstos, que, tocados por la vista de la felicidad, se vuelven más malvados por el dolor de verla? Pero, además, los bienes ajenos que no pueden tener podrían, si los amaran, hacerlos suyos. Porque en verdad todos estamos constituidos juntos en la fe como muchos miembros en un solo cuerpo; los cuales son ciertamente diversos en su oficio, pero al concordar mutuamente entre sí se hacen uno. De donde viene que el pie ve por el ojo, y los ojos andan por los pies; que el oído de las orejas sirve a la boca, y la lengua de la boca concurre con las orejas para su provecho; que el vientre sostiene a las manos, y las manos trabajan para el vientre. En la disposición misma del cuerpo, por tanto, aprendemos lo que debemos observar en nuestra conducta. Es, pues, demasiado vergonzoso no obrar conforme a lo que somos. En efecto, son nuestras aquellas cosas que amamos en los demás, aunque no podamos seguirlas; y las cosas que son amadas en nosotros se hacen de aquellos que las aman. De aquí, pues, consideren los envidiosos cuán grande es el poder de la caridad, que hace nuestros sin trabajo los trabajos ajenos. Por tanto, ha de decirse a los envidiosos que, cuando no se guardan del rencor, se hunden en la antigua maldad del astuto enemigo. Pues de él está escrito: Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo []. Porque, habiendo él mismo perdido el cielo, lo envidió al hombre creado, y, estando él mismo arruinado, arruinando a otros acumuló su propia condenación. Los envidiosos han de ser amonestados para que aprendan a cuán grandes deslizamientos de ruina que crecen bajo ellos están expuestos; puesto que, mientras no arrojan el rencor de su corazón, se deslizan hacia la abierta maldad de las obras. Porque, si Caín no hubiera envidiado el sacrificio aceptado de su hermano, jamás habría llegado a quitarle la vida. De donde está escrito: Y miró el Señor con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda. Y Caín se airó en gran manera, y decayó su semblante []. Así, el rencor a causa del sacrificio fue el semillero del fratricidio. Pues a aquel cuyo ser mejor que él lo atormentaba, lo eliminó de existir del todo. Ha de decirse a los envidiosos que, mientras se consumen con esta peste interior, destruyen todo el bien que parecen tener dentro de sí. De donde está escrito: La salud del corazón es vida de la carne; mas la envidia, podredumbre de los huesos []. Pues ¿qué se significa por la carne sino ciertas acciones débiles y tiernas, y qué por los huesos sino las valientes? Y las más de las veces sucede que algunos, con inocencia de corazón, parecen débiles en algunas de sus acciones; pero otros, aunque realizan obras esforzadas ante los ojos humanos, se consumen interiormente con la peste de la envidia hacia lo bueno que hay en los demás. Por lo cual bien se dice: La salud del corazón es vida de la carne; porque, si se guarda la inocencia de la mente, aun lo débil exteriormente se fortalece con el tiempo. Y rectamente se añade allí: La envidia es podredumbre de los huesos; porque por el vicio del rencor lo que parece fuerte a los ojos humanos perece a los ojos de Dios. Pues la podredumbre de los huesos por la envidia significa que ciertas cosas aun fuertes perecen por completo.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 3 de 8