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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

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    Regla pastoral

    Hacia 590 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Barmby (Nicene and Post-Nicene Fathers)18 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 8 · Capítulo 36Publicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-01

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    Capítulo 36

    De la exhortación que ha de dirigirse a muchos a la vez, de modo que ayude a las virtudes de cada uno sin que por ella crezcan vicios contrarios a tales virtudes.

    III, 36

    Estas son las cosas que un obispo de almas debe observar en la diversidad de su predicación, para que con solicitud oponga remedios adecuados a las enfermedades de cada uno de sus oyentes. Pero, así como es asunto de gran ansiedad, al exhortar a cada uno, servirle según sus necesidades individuales, puesto que es muy difícil instruir a cada persona en lo que le concierne, dispensando la debida consideración a cada caso, con todo es mucho más difícil amonestar a innumerables oyentes que padecen diversas pasiones a un mismo tiempo con una sola exhortación común. Porque en este caso el discurso ha de templarse con tal arte que, siendo diversos los vicios de los oyentes, resulte adecuado a cada uno de ellos y, sin embargo, no sea diverso de sí mismo; que pase ciertamente con un solo golpe por en medio de las pasiones, pero, a manera de espada de dos filos, corte a uno y otro lado las hinchazones de los pensamientos carnales; de suerte que la humildad se predique a los soberbios de tal modo que el temor no se acreciente en los tímidos; que la confianza se infunda a los tímidos de tal modo que no crezca en los soberbios la licencia desenfrenada; que la solicitud en el bien obrar se predique a los negligentes y tardos de tal modo que no se acreciente en los inquietos la licencia de obrar sin medida; que se pongan límites a los inquietos de tal modo que no se engendre en los negligentes la torpeza descuidada; que la ira se extinga en los impacientes de tal modo que no crezca la negligencia en los fáciles y blandos de corazón; que los blandos de corazón se inflamen de celo de tal modo que no se añada fuego a los iracundos; que la liberalidad en dar se infunda a los mezquinos de tal modo que no se suelten en modo alguno las riendas de la profusión a los pródigos; que la frugalidad se predique a los pródigos de tal modo que no se acreciente en los mezquinos el cuidado de guardar las cosas perecederas; que el matrimonio se alabe a los incontinentes de tal modo que no se llame de nuevo a la voluptuosidad a los que ya son continentes; que la virginidad del cuerpo se alabe a los continentes de tal modo que la fecundidad de la carne no venga a ser despreciada por los casados. Las cosas buenas se han de predicar de modo que las malas no sean ayudadas de soslayo. El sumo bien se ha de alabar de modo que el ínfimo no sea desesperado. El ínfimo se ha de estimar de modo que no cese el esfuerzo por alcanzar el sumo, por creerse suficiente el ínfimo.

    Capítulo 37

    De la exhortación que ha de aplicarse a una sola persona que padece pasiones contrarias.

    III, 37

    Es ciertamente labor seria para el predicador atender en su predicación pública a los afectos y móviles ocultos de cada uno y, a manera de la palestra, volverse con destreza a uno y otro lado; pero se fatiga con trabajo mucho más grave cuando se ve obligado a predicar a una sola persona sujeta a vicios contrarios. Porque comúnmente sucede que alguien es de complexión demasiado alegre, y sin embargo una tristeza que sobreviene de repente lo abate desmedidamente. Debe, pues, el predicador cuidar de que la tristeza pasajera se quite de tal modo que no se acreciente la alegría de complexión; y de que la alegría de complexión se refrene de tal modo que no se agrave la tristeza pasajera. Éste se ve agobiado por el hábito de una precipitación desmedida, y sin embargo a veces la fuerza de un temor que nace de repente le impide hacer lo que conviene hacer con prontitud. Aquél se ve agobiado por el hábito de un temor desmedido, y sin embargo a veces es impulsado en lo que desea por la temeridad de una precipitación desmedida. En aquél, pues, reprímase de tal modo el temor que sobreviene de repente, que no crezca más la precipitación largo tiempo alimentada. En éste, reprímase de tal modo la precipitación que sobreviene de repente, que no cobre fuerza el temor que le ha impreso su complexión. Y, a la verdad, ¿qué hay de extraño en que los médicos de las almas se guarden de estas cosas, cuando los que no curan corazones sino cuerpos se gobiernan con tan gran destreza de discernimiento? Porque a menudo sucede que un desfallecimiento extremo abate un cuerpo débil, desfallecimiento que debería combatirse con remedios fuertes; pero el cuerpo débil no puede soportar un remedio fuerte. Quien trata el caso, pues, cuida de apartar de tal modo el mal que sobreviene, que la debilidad preexistente del cuerpo no se aumente en modo alguno, no sea que acaso el desfallecimiento pase junto con la vida. Compone, pues, su remedio con tal discernimiento que a un mismo tiempo enfrente el desfallecimiento y la debilidad. Si, pues, la medicina del cuerpo, administrada sin división, puede aprovechar de manera dividida, ¿por qué la medicina del alma, aplicada en una misma predicación, no ha de poder hacer frente a las enfermedades morales en diversas direcciones? Medicina que es tanto más sutil en su operación cuanto que trata de cosas invisibles.

    Capítulo 38

    De que a veces han de dejarse los vicios más leves para que se quiten los más graves.

    III, 38

    Mas, cuando la enfermedad de dos vicios acomete a un hombre, y uno le oprime más levemente y el otro acaso más gravemente, es sin duda justo apresurarse a socorrer aquel por el cual hay más rápida tendencia a la muerte. Y, si el uno no puede impedirse de causar la muerte inminente sino aumentando el otro que le es contrario, el predicador ha de contentarse, con diestra administración en su exhortación, con sufrir que uno aumente, a fin de poder apartar al otro de causar la muerte que amenaza. Al hacer esto, no agrava la enfermedad, sino que conserva la vida de su doliente, a quien administra la medicina, para hallar tiempo oportuno de buscar medios de curación. Porque a menudo hay quien, no poniendo freno a su gula en la comida, es al punto oprimido por los aguijones de la lujuria, que está a punto de vencerle; y quien, aterrado por el temor de esta lucha, se esfuerza en refrenarse por la abstinencia, es acosado por la tentación de la vanagloria. En cuyo caso, ciertamente, de ningún modo se extingue un vicio si no se fomenta el otro. ¿Qué plaga, pues, ha de atacarse con más ardor sino la que oprime al hombre con más peligro? Porque ha de tolerarse que, por la virtud de la abstinencia, crezca entre tanto la arrogancia contra quien está vivo, no sea que por la gula la lujuria lo aparte enteramente de la vida. De aquí que Pablo, considerando que su oyente débil o continuaría obrando el mal o se gozaría en el premio de la alabanza humana por obrar el bien, dijo: ¿Quieres, pues, no temer a la potestad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella []. Porque no es que las cosas buenas deban hacerse para no temer poder humano alguno, o para ganar con ello la gloria de la alabanza transitoria; sino que, considerando que el alma débil no podía levantarse a tanta fortaleza como para huir a un mismo tiempo de la maldad y de la alabanza, el excelente predicador en su amonestación ofreció algo y quitó algo. Porque concediendo males leves apartó los más agudos; de suerte que, no pudiendo el ánimo levantarse de una vez a abandonar todos sus vicios, quedándose con familiaridad con alguno de ellos, fuese apartado sin dificultad de otro.

    Capítulo 39

    De que las cosas profundas no han de predicarse en modo alguno a las almas débiles.

    III, 39

    Mas el predicador ha de saber evitar llevar el ánimo de su oyente más allá de sus fuerzas, no sea que, por decirlo así, la cuerda del alma, estirada más de lo que puede soportar, se rompa. Porque todas las cosas profundas han de cubrirse delante de la multitud de los oyentes, y apenas abrirse a unos pocos. De aquí que la Verdad en persona dice: ¿Quién, pensáis, es el mayordomo fiel y prudente, a quien su señor ha puesto sobre su casa, para darles a su tiempo la medida de trigo? []. Ahora bien, por medida de trigo se expresa una porción de la Palabra, no sea que, cuando se da algo a un corazón estrecho más allá de su capacidad, se derrame. De aquí dice Pablo: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales. Como a niños en Cristo, os di a beber leche, y no vianda []. De aquí Moisés, cuando sale del santuario de Dios, cubre su rostro resplandeciente ante el pueblo; porque en verdad no muestra a las multitudes los secretos del íntimo resplandor []. De aquí se le manda por la voz divina que, si alguno cavare una cisterna y no la cubriere, y cayere en ella buey o asno, pague el precio [], porque, cuando uno que ha llegado a las corrientes profundas del conocimiento no las cubre ante los corazones brutales de sus oyentes, es juzgado reo de pena si por sus palabras un alma, limpia o inmunda, tropieza en piedra de tropiezo. De aquí se dice al bienaventurado Job: ¿Quién dio entendimiento al gallo? []. Porque el santo predicador, clamando en tiempo de tinieblas, es como el gallo que canta en la noche, cuando dice: Ya es hora de levantarnos del sueño []. Y de nuevo: Despertad, justos, y no pequéis []. Mas el gallo suele proferir cantos recios en las horas más profundas de la noche; pero, cuando ya se acerca la hora de la mañana, forma tonos menudos y tenues; porque, en efecto, el que predica rectamente clama con claridad a los corazones que aún están en tinieblas, y no les muestra nada de los misterios ocultos, para que entonces oigan las enseñanzas más sutiles acerca de las cosas celestiales cuando se acerquen a la luz de la verdad.

    Capítulo 40

    De la obra y de la voz de la predicación.

    III, 40

    Pero en medio de estas cosas somos traídos de nuevo por el deseo ardiente de la caridad a lo que ya dijimos arriba: que todo predicador debe dar sonido más con sus obras que con sus palabras, y antes imprimir con el buen vivir huellas para que los hombres las sigan, que mostrarles con el hablar el camino por donde andar. Porque también aquel gallo, a quien el Señor en su manera de hablar toma para representar al buen predicador, cuando se dispone a cantar, sacude primero las alas, y hiriéndose a sí mismo se hace más despierto; pues ciertamente es necesario que los que pronuncian palabras de santa predicación estén primero bien despiertos en el fervor del buen vivir, no sea que despierten a otros con su voz mientras ellos están entorpecidos en la obra; que primero se sacudan a sí mismos con obras elevadas, y luego hagan solícitos a otros para el buen vivir; que primero se hieran a sí mismos con las alas de sus pensamientos; que todo lo que en ellos hay de inútilmente entorpecido lo descubran con investigación ansiosa y lo corrijan con severa animadversión, y entonces finalmente ordenen la vida de los demás con el hablar; que cuiden de castigar sus propias culpas con llantos, y luego denuncien lo que en otros merece castigo; y que, antes de dar voz a las palabras de exhortación, proclamen con sus obras todo lo que han de hablar.

    Libro IV

    De cómo el predicador, cuando ha cumplido todo rectamente, debe volver a sí mismo, no sea que su vida o su predicación lo enaltezcan.

    IV

    Mas, puesto que a menudo, cuando la predicación se derrama abundantemente de modos convenientes, el ánimo del que habla se eleva dentro de sí por un gozo oculto de ostentación, es menester gran cuidado de que se muerda a sí mismo con la laceración del temor, no sea que el que hace volver a la salud las enfermedades de otros con remedios, se hinche él por descuido de su propia salud; no sea que ayudando a otros se desampare a sí mismo; no sea que levantando a otros caiga. Porque a algunos la grandeza de su virtud les ha sido a menudo ocasión de su perdición; haciendo que, mientras se sienten desordenadamente seguros con confianza en su fuerza, mueran de improviso por negligencia. Porque la virtud lucha con los vicios; el ánimo se lisonjea a sí mismo con cierto deleite en ella; y sucede que el alma del que obra bien arroja de sí el temor de su circunspección y descansa segura en la confianza de sí; y a ella, ya entorpecida, el astuto seductor le enumera todo lo que ha hecho bien, y la exalta con pensamientos henchidos como si fuera sobremanera excelente sobre todos los demás. De donde se sigue que ante los ojos del justo juez la memoria de la virtud es una trampa del alma; porque, trayendo a la memoria lo que ha hecho bien, mientras se levanta en sus propios ojos, cae ante el autor de la humildad. De aquí se dice al alma soberbia: Por cuanto eres más hermosa, desciende, y duerme con los incircuncisos []: como si claramente se dijera: Porque te levantas por la hermosura de tus virtudes, tu misma hermosura te impulsa a caer. De aquí, bajo la figura de Jerusalén, se reprende al alma soberbia en la virtud, cuando se dice: Fuiste perfecta en mi hermosura que yo había puesto sobre ti, dice el Señor, y confiada en tu hermosura has fornicado en tu renombre (Ibíd. 16:14, 15). Porque el ánimo se levanta por la confianza en su hermosura, cuando, gozoso por los méritos de sus virtudes, se gloría dentro de sí con seguridad. Pero por esta misma confianza es llevado a la fornicación; porque, cuando el alma es engañada por sus propios pensamientos, los espíritus malignos, que se apoderan de ella, la manchan por la seducción de innumerables vicios. Mas ha de notarse que se dice: Has fornicado en tu renombre: porque, cuando el alma deja de mirar al supremo gobernador, al punto busca su propia alabanza, y comienza a arrogarse todo el bien que ha recibido para manifestar la alabanza del que lo da; desea extender por todas partes la gloria de su propia reputación, y se afana por llegar a ser conocida como digna de la admiración de todos. En su renombre, por tanto, fornica, en cuanto que, abandonando el tálamo de un lecho legítimo, se prostituye al espíritu que la mancha en su ansia de alabanza. De aquí dice David: Entregó su virtud en cautiverio, y su hermosura en manos del enemigo [Salmo 67:61]. Porque la virtud es entregada al cautiverio y la hermosura a manos del enemigo, cuando el antiguo enemigo se enseñorea del alma engañada a causa de la jactancia en el bien obrar. Y, con todo, esta jactancia en la virtud tienta un tanto, aunque no vence del todo, el ánimo incluso de los elegidos.
    Mas el alma, cuando es levantada, es desamparada; y, siendo desamparada, es llamada de nuevo al temor. De aquí dice David de nuevo: Dije en mi abundancia: No seré movido jamás [Salmo 29:7]. Pero añadió poco después lo que padeció por haberse envanecido con la confianza en su virtud: Apartaste de mí tu rostro, y fui turbado [Salmo 5:8]. Como si dijera claramente: Me creí fuerte en medio de las virtudes, pero, al ser desamparado, conozco cuán grande era mi flaqueza. De aquí dice de nuevo: Juré y estoy firmemente resuelto a guardar los juicios de tu justicia []. Mas, porque estaba fuera de sus fuerzas continuar la guarda que juró, al punto, turbado, halló su debilidad. Por lo cual al instante se acogió al auxilio de la oración, diciendo: Estoy humillado por completo; vivifícame, oh Señor, conforme a tu palabra [Salmo 118:107]. Pero a veces el gobierno divino, antes de adelantar a un alma con dones, le trae a la memoria el recuerdo de su flaqueza, no sea que se envanezca por las virtudes que ha recibido. De aquí que el profeta Ezequiel, antes de ser llevado a la contemplación de las cosas celestiales, es llamado primero hijo de hombre; como si el Señor claramente le amonestara, diciendo: No sea que levantes tu corazón con jactancia por estas cosas que ves, pondera con cautela lo que eres; para que, cuando penetres las cosas más altas, recuerdes que eres hombre, a fin de que, arrebatado fuera de ti, seas llamado con ansiedad a ti mismo por el freno de tu flaqueza. De aquí es menester que, cuando la abundancia de virtudes nos lisonjea, el ojo del alma vuelva a sus propias debilidades y se deprima saludablemente; que mire, no a las cosas rectas que ha hecho, sino a las que ha dejado de hacer; de modo que, mientras el corazón es quebrantado por el recuerdo de la flaqueza, sea tanto más fuertemente confirmado en la virtud ante el autor de la humildad. Porque generalmente para este fin Dios omnipotente, aunque perfecciona en gran parte las mentes de los rectores, todavía en alguna pequeña parte las deja imperfectas; a fin de que, cuando resplandezcan con virtudes maravillosas, se consuman de disgusto por su propia imperfección, y de ningún modo se levanten por las cosas grandes, mientras aún trabajan en su lucha contra las más pequeñas; sino que, no siendo bastante fuertes para vencer en lo último y más bajo, no se atrevan a gloriarse de sus obras principales.
    Mira ahora, buen hombre, cómo, obligado por la necesidad que me impuso tu reprensión, al intentar mostrar lo que debe ser un pastor, he sido como un pintor de mala traza que retrata un hombre hermoso; y cómo dirijo a otros a la orilla de la perfección, mientras yo mismo soy aún sacudido entre las olas de los delitos. Pero en el naufragio de esta vida presente sostenme, te ruego, con la tabla de tu oración, para que, ya que mi propio peso me hunde, la mano de tu mérito me levante.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la Regla pastoral

    Según los datos que reúne Barmby en su prefacio, la Regla se leyó pronto y lejos de Roma. Gregorio la envió a Leandro de Sevilla; Liciniano, obispo de Cartagena, la elogió en una carta, aunque temía que la medida de idoneidad que exigía resultara demasiado alta para el común de los obispos (Epp. II, 54). El emperador Mauricio, que había pedido y obtenido un ejemplar por medio de Anatolio, diácono de Gregorio en Constantinopla, la hizo traducir al griego por Anastasio, patriarca de Antioquía (Epp. XII, 24). Wikipedia añade que, entre los autores latinos de la época patrística, solo Gregorio fue traducido al griego en vida.
    En Occidente, Barmby recoge que los concilios que Carlomagno hizo reunir en 813 mandaron a los obispos estudiarla y que Hincmar, arzobispo de Reims entre 845 y 882, escribe que se entregaba un ejemplar, junto con el libro de los cánones, a los obispos ante el altar el día de su consagración. El rey Alfredo, a finales del siglo IX, la tradujo al inglés antiguo para enviar una copia a cada obispo de su reino, y su prefacio dice que Agustín de Canterbury la había llevado a Inglaterra (Wikipedia; Barmby).
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre el sacerdocio, el tratado de Crisóstomo con el que Barmby compara la Regla; Sobre los deberes del clero, de Ambrosio, escrito para clérigos que él mismo había ordenado; y Sobre la doctrina cristiana, cuyo libro IV trata del arte de predicar. El compendio Autoridad y ministerio sitúa el oficio episcopal en los primeros siglos.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos conocidos están en «La fuente y su traducción». No se ha cotejado con el latín. La fecha exacta de la obra no está fijada: Gregorio dice que la escribió al comienzo de su episcopado; Wikipedia la da «hacia 590» en un artículo y «terminada en 591» en otro. Lo que se dice de la elección de Gregorio y de su huida procede de los Prolegómenos de Barmby, que a su vez remite a Pablo Diácono y a Juan Diácono.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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