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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    León Magno

    Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)

    Texto base: versión inglesa de Charles Lett Feltoe, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (Leo the Great, Gregory the Great), «Sermons» · cuarenta y ocho sermones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo predica un obispo de Roma, año tras año, el misterio de Cristo a un pueblo que ayuna, reparte limosna y celebra? León Magno lo hace en sermones breves que giran con el calendario: el aniversario de su ordenación, los ayunos de las cuatro estaciones, la Natividad, la Epifanía, la Cuaresma y la Pasión, la Pascua, la Ascensión y Pentecostés, la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo y la de san Lorenzo. Cuarenta y ocho de esos sermones, en la versión inglesa de Charles Lett Feltoe, forman este libro. En los de Navidad aparece el vocabulario cristológico del Tomo a Flaviano, la carta que Calcedonia acogió: el mismo Hijo de Dios en ambas naturalezas (Sermón 27, § I).

    Ficha de la obra

    AutorLeón Magno (León I), obispo de Roma desde el 29 de septiembre de 440 hasta su muerte el 10 de noviembre de 461 (Wikipedia). Feltoe lo llama «el primer gran papa y obispo de Roma de lengua latina» y señala que él mismo reconocía no saber griego
    TítuloSermones (en la edición inglesa, Sermons). Es una selección: la numeración de la edición llega al 95 y esta recoge cuarenta y ocho
    Fecha440–461, los años de su episcopado. La edición de base no fecha cada sermón, y aquí tampoco se hace
    GéneroHomilías de ocasión: fiestas, ayunos y aniversarios del año romano, predicadas a su Iglesia
    Extensión48 sermones divididos en 240 secciones; unas 75 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12, versión de Charles Lett Feltoe, tal como la recoge New Advent
    Los sermones conservan su número en la edición de Feltoe, que sigue la numeración de los Ballerini: por eso faltan los intermedios (del 3 se pasa al 9, del 10 al 12). Agrupados por ocasión, son:
    OcasiónSermones
    Aniversario de la ordenación o del pontificado (natalicio)1, 2, 3
    «Sobre las colecciones»9, 10
    Ayuno del décimo mes (diciembre)12, 16, 17, 19
    Natividad21, 22, 23, 24, 26, 27, 28
    Epifanía31, 33, 34, 36
    Cuaresma (el 51, sobre la Transfiguración)39, 40, 42, 46, 49, 51
    Pasión54, 55, 58, 59, 62, 63, 67, 68
    Resurrección y Ascensión71, 72, 73, 74
    Pentecostés y su ayuno75, 77, 78
    Fiestas de Pedro y Pablo y de san Lorenzo82, 85
    Ayuno del séptimo mes (septiembre)88, 90, 91
    Otros: «sobre la negligencia de la conmemoración» y las Bienaventuranzas84, 95

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Charles Lett Feltoe, publicada en el volumen 12 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), Leo the Great, Gregory the Great, editada por Philip Schaff y Henry Wace. Según New Advent el volumen apareció en Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1895) y esta obra es su texto, revisado y editado por Kevin Knight; la portada que reproduce CCEL nombra a T&T Clark, de Edimburgo, con una reimpresión de Eerdmans (Grand Rapids), sin año en el texto. Se tradujo del inglés, no del latín.
    La autoría de la versión inglesa consta en la portada: The Letters and Sermons of Leo the Great, Bishop of Rome, translated, with Introduction, Notes, and Indices, by the Rev. Charles Lett Feltoe, M.A., late Fellow of Clare College, Cambridge. En su nota preliminar, fechada en Fornham All Saints, en Pascua de 1894, Feltoe cuenta que, salvo la ayuda del libro del canónigo Bright (S. Leo on the Incarnation) en los comentarios y explicaciones, la selección y la traducción son «prácticamente originales»; que, para ceñirse al límite de los editores, ha dado más bien pocos que muchos sermones; que solo se representan los tenidos en general por genuinos, aunque varios de los dudosos son buenos; y que el texto traducido es en su mayor parte el de los Ballerini, tal como lo da Migne (Patrologia Latina, vol. 54).
    Lo que viene de la edición. El número de cada sermón, su rótulo de ocasión («Sobre la Fiesta de la Natividad, VII», cuyo numeral romano cuenta la serie de la edición latina) y los títulos de las secciones, con su numeración, son los del volumen inglés; los títulos de las secciones son sumarios de los editores, no palabras de León. La numeración de las secciones no es uniforme: la mayoría va en romanos, pero el Sermón 3 titula «2.» su segunda sección, el 40 numera sus cinco secciones en arábigos, y el 67 (§ 4) y el 78 (§ 2) también llevan un arábigo. El Sermón 1 es una sola sección sin número. Los sermones 51 y 95 llevan por rótulo un encabezado más largo, que se conserva. El epub omite el prefacio, la introducción y las notas de Feltoe; las referencias bíblicas entre corchetes que trae son las notas de la edición, que New Advent integra en el texto. La traducción castellana se conserva tal como está; las erratas y calcos de la traducción automática no se corrigen.

    Sermón 1. Predicado en su natalicio, o día de su ordenación

    Habiendo sido elegido en ausencia, da gracias por la bondad y pide encarecidamente las oraciones de su iglesia

    Sermón 1

    «Hable mi boca las alabanzas del Señor,» y bendigan su santo Nombre mi aliento y mi espíritu, mi carne y mi lengua. Porque no es señal de ánimo modesto, sino ingrato, guardar silencio sobre las bondades de Dios; y es muy conveniente comenzar nuestro deber de pontífice consagrado con los sacrificios de la alabanza del Señor. Porque «en nuestra humildad» el Señor «se ha acordado de nosotros» y nos ha bendecido; porque «sólo Él ha hecho grandes maravillas para mí», de modo que vuestro santo afecto hacia mí me tuvo por presente, aunque mi largo viaje me había forzado a estar ausente. Por tanto doy y siempre daré gracias a nuestro Dios por todas las cosas con que me ha recompensado. Asimismo reconozco públicamente vuestra favorable opinión, pagándoos las gracias que os debo, y mostrando así que comprendo cuánto respeto, amor y fidelidad pudo vuestro celo afectuoso gastar en mí, que anhelo con ansia de pastor la seguridad de vuestras almas, vosotros que habéis formado sobre mí un juicio tan concienzudo, sin mérito alguno mío que os guiara. Os ruego, pues, por las misericordias del Señor, que ayudéis con vuestras oraciones a aquel a quien habéis buscado con vuestras súplicas, para que el Espíritu de gracia permanezca en mí y vuestro juicio no cambie. Aquel que os inspiró tal unanimidad de propósito, concédenos a todos en común la bendición de la paz: de modo que, estando todos los días de mi vida dispuestos para el servicio de Dios Todopoderoso y para mis deberes hacia vosotros, pueda con confianza rogar al Señor: «Padre santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado []»; y mientras vosotros proseguís siempre hacia la salvación, «mi alma engrandezca al Señor []», y en la retribución del juicio venidero la cuenta de mi sacerdocio sea rendida de tal modo al Juez justo que por vuestras buenas obras seáis mi gozo y mi corona, vosotros que por vuestra buena voluntad me habéis dado un testimonio sincero en esta vida presente.
    Comentario editorial · Un sermón de ordenación, dicho tras una ausencia
    Según Feltoe, es el sermón más antiguo de la colección. León había ido a la Galia a reconciliar a los generales Aecio y Albino; mientras tanto murió Sixto III y el clero y el pueblo lo eligieron. Feltoe cuenta que llegó cuarenta días después de que lo fueran a buscar y que el 29 de septiembre fue ordenado sacerdote y 47.º obispo de Roma. Wikipedia fija la muerte de Sixto el 11 de agosto de 440 y da el 29 de septiembre como fecha de elección y comienzo de su episcopado: Feltoe habla de ordenación, Wikipedia de elección. Feltoe añade, citando a los Ballerini, que el sermón es breve quizá porque las ceremonias de aquel día no dejaban tiempo para uno más largo.

    Sermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración

    I. El Señor levanta al débil y le da gracia según su necesidad

    Sermón 2, § I

    La divina condescendencia ha hecho de éste un día honorable para mí, pues ha mostrado, elevando mi pequeñez al rango más alto, que Él no despreció a ninguno de los suyos. Y de aquí que, aunque se deba desconfiar del mérito, es sin embargo deber obligado gozarse por el don, ya que Aquel que es el Imponedor de la carga es Él mismo el Ayudador en su ejecución; y para que el débil receptor no sucumba ante la grandeza de la gracia, Aquel que confirió la dignidad dará también el poder. Así pues, al volver en su debido curso el día en que el Señor dispuso que yo comenzara mi oficio episcopal, hay verdadera causa para que yo me regocije para gloria de Dios, el cual, para que yo le amase mucho, me ha perdonado mucho, y para hacer admirable su gracia, ha conferido sus dones sobre mí, en quien no halló recomendación alguna de mérito. Y con esta obra suya, ¿qué sugiere y encomienda el Señor a nuestros corazones sino que nadie presuma de su propia justicia ni desconfíe de la misericordia de Dios, la cual resplandece más eminentemente entonces, cuando el pecador es hecho santo y el abatido es levantado? Porque la medida de los dones celestiales no descansa sobre la calidad de nuestras obras, ni en este mundo, en el cual «toda la vida es tentación», es cada uno recompensado según sus merecimientos, pues si el Señor tuviera en cuenta las iniquidades del hombre, nadie podría permanecer en pie ante su juicio.

    II. La poderosa asamblea de prelados testifica la aceptación leal de Pedro en el indigno sucesor de Pedro

    Sermón 2, § II

    Por tanto, amadísimos, «engrandeced al Señor conmigo, y ensalcemos juntos su nombre», para que toda la razón del concurso de hoy se refiera a la alabanza de Aquel que lo hizo posible. Pues en lo que toca a mis propios sentimientos, confieso que me regocijo sobre todo por la devoción de todos vosotros; y cuando contemplo esta espléndida asamblea de mis venerables hermanos sacerdotes, siento que, donde tantos santos están reunidos, los mismos ángeles están entre nosotros. Ni dudo que hoy seamos visitados por una efusión más abundante de la Divina Presencia, cuando tantos bellos tabernáculos de Dios, tantos miembros excelentes del Cuerpo de Cristo, están en un solo lugar y brillan con una sola luz. Ni tampoco, estoy seguro, está ausente de esta congregación la condescendencia protectora y el verdadero amor del bienaventurado apóstol Pedro: él no ha abandonado vuestra devoción, en cuyo honor os habéis reunido. Y así él también se regocija por vuestro buen sentimiento y acoge vuestro respeto por la institución del Señor, mostrado hacia los partícipes de su honor, encomendando el amor bien ordenado de toda la Iglesia, la cual siempre halla a Pedro en la Sede de Pedro, y por afecto a tan gran pastor no se entibia ni siquiera ante un sucesor tan inferior como yo. Por tanto, amadísimos, para que esta lealtad que unánimemente mostráis hacia mi pequeñez obtenga el fruto de su celo, implorad de rodillas la bondad misericordiosa de nuestro Dios, para que en nuestros días expulse a los que nos asaltan, fortalezca la fe, aumente el amor, aumente la paz y se digne hacerme a mí, su pobre esclavo, a quien para mostrar las riquezas de su gracia ha querido poner al timón de la Iglesia, suficiente para tan gran obra y útil para edificaros, y para este fin alargue nuestro tiempo de servicio, de modo que los años que nos conceda sean empleados para su gloria por Cristo nuestro Señor. Amén.

    Sermón 3. En su natalicio, III: Predicado en el aniversario de su elevación al pontificado

    I. El honor de ser elevado al episcopado debe ser referido únicamente a la Cabeza divina de la Iglesia

    Sermón 3, § I

    Cuantas veces la misericordia de Dios se digna hacer volver el día de sus dones para nosotros, hay, amadísimos, justa y razonable causa de regocijo, con tal que nuestro nombramiento al oficio se refiera a la alabanza de Aquel que lo dio. Pues aunque este reconocimiento de Dios puede hallarse bien en todos sus sacerdotes, lo tengo sin embargo por particularmente obligatorio para mí, que, considerando mi absoluta insignificancia y la grandeza del oficio asumido, debería también pronunciar aquella exclamación del Profeta: «Señor, oí tu palabra y temí; consideré tus obras y quedé consternado.» Pues ¿qué hay tan insólito y tan desconcertante como el trabajo para el frágil, la exaltación para el humilde, la dignidad para el que no la merece? Y sin embargo no desesperamos ni desfallecemos, porque no ponemos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Aquel que obra en nosotros. Y de aquí que también hayamos cantado con voz armoniosa el salmo de David, amadísimos, no en nuestra propia alabanza, sino para gloria de Cristo el Señor. Porque es Él de quien está proféticamente escrito: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec», es decir, no según el orden de Aarón, cuyo sacerdocio, descendiendo por su propia línea de descendencia, fue un ministerio temporal y cesó con la ley del Antiguo Testamento, sino según el orden de Melquisedec, en quien fue prefigurado el eterno Sumo Sacerdote. Y no se hace referencia a su parentela, porque en él se entiende que fue retratado Aquel cuya generación no puede ser declarada. Y finalmente, ahora que el misterio de este divino sacerdocio ha descendido a la agencia humana, no corre por la línea del nacimiento, ni es elegido lo que la carne y la sangre crearon, sino que, sin tener en cuenta el privilegio de la paternidad y la sucesión por herencia, son recibidos por la Iglesia como sus gobernantes aquellos a quienes prepara el Espíritu Santo: de modo que en el pueblo de la adopción de Dios, cuyo cuerpo entero es sacerdotal y real, no es la prerrogativa del origen terreno la que obtiene la unción, sino la condescendencia de la gracia divina la que crea al obispo.

    2. De Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad

    Sermón 3, § 2

    Aunque, por tanto, amadísimos, seamos hallados débiles y perezosos en el cumplimiento de los deberes de nuestro oficio, porque, cualquier acción devota y vigorosa que deseemos hacer, somos estorbados por la flaqueza de nuestra misma condición, sin embargo, teniendo la incesante propiciación del Todopoderoso y Sacerdote perpetuo, el cual, siendo semejante a nosotros y a la vez igual al Padre, abajó su Deidad hasta las cosas humanas y elevó su Humanidad hasta las cosas divinas, nos regocijamos digna y piadosamente por su dispensación, por la cual, aunque ha delegado el cuidado de sus ovejas a muchos pastores, no ha abandonado Él mismo la guarda de su amado rebaño. Y de su protección soberana y eterna hemos recibido también el auxilio de los apóstoles, el cual ciertamente no cesa en su operación; y la fuerza del fundamento, sobre el cual se levanta toda la superestructura de la Iglesia, no es debilitada por el peso del templo que descansa sobre ella. Porque la solidez de aquella fe que fue alabada en el príncipe de los apóstoles es perpetua; y así como permanece lo que Pedro creyó en Cristo, así permanece lo que Cristo instituyó en Pedro. Porque cuando, como se ha leído en la lección del Evangelio, el Señor preguntó a los discípulos quién creían ellos que era Él en medio de las varias opiniones que se sostenían, y el bienaventurado Pedro respondió diciendo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente», el Señor dice: «Bienaventurado eres, Simón Bar-Jona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos [].»

    III. La obra de San Pedro sigue siendo realizada por sus sucesores

    Sermón 3, § III

    La dispensación de la Verdad, pues, permanece, y el bienaventurado Pedro, perseverando en la fuerza de la Roca que ha recibido, no ha abandonado el timón de la Iglesia que asumió. Porque fue ordenado antes que los demás de tal manera que de ser llamado la Roca, de ser proclamado el Fundamento, de ser constituido el Portero del reino de los cielos, de ser puesto como el Árbitro para atar y desatar, cuyos juicios retendrán su validez en el cielo, de todos estos títulos místicos podamos conocer la naturaleza de su asociación con Cristo. Y todavía hoy cumple más plena y eficazmente lo que le ha sido encomendado, y desempeña cada parte de su deber y cargo en Él y con Él, por medio de Quien ha sido glorificado. Y así, si algo es hecho rectamente y rectamente decretado por nosotros, si algo es ganado de la misericordia de Dios por nuestras súplicas diarias, es de su obra y de sus méritos, cuyo poder vive y cuya autoridad prevalece en su Sede. Porque esto, amadísimos, fue ganado por aquella confesión que, inspirada en el corazón del Apóstol por Dios Padre, trascendió toda la incertidumbre de las opiniones humanas y fue dotada de la firmeza de una roca que ningún asalto pudo sacudir. Porque en toda la Iglesia Pedro dice diariamente: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente», y toda lengua que confiesa al Señor acepta la instrucción que transmite su voz. Esta fe vence al demonio y rompe las cadenas de sus prisioneros. Nos arranca de esta tierra y nos planta en el cielo, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella. Porque con tal solidez está dotada por Dios que la depravación de los herejes no puede corromperla, ni la incredulidad de los paganos vencerla.

    IV. Esta festividad, pues, es en honor de San Pedro, y el progreso de su rebaño redunda en su gloria

    Sermón 3, § IV

    Y así, amadísimos, con obediencia razonable celebramos la festividad de hoy de tal modo que en mi humilde persona sea reconocido y honrado aquel en quien permanece el cuidado de todos los pastores, junto con la carga de las ovejas que se le encomendó, y cuya dignidad no es disminuida ni aun en un heredero tan indigno. Y de aquí que la presencia de mis venerables hermanos y compañeros sacerdotes, tan deseada y estimada por mí, será tanto más sagrada y preciosa si transfieren el principal honor de este servicio, en el cual se han dignado participar, a aquel a quien saben que es no sólo el patrono de esta sede, sino también el primado de todos los obispos. Por tanto, cuando proferimos nuestras exhortaciones a vuestros oídos, santos hermanos, creed que es él quien habla, de quien nosotros somos representantes: porque es su amonestación la que damos, y nada más que su enseñanza la que predicamos, rogándoos que «ciñáis los lomos de vuestra mente []», y llevéis una vida casta y sobria en el temor de Dios, y no dejéis que vuestra mente olvide su supremacía y consienta en los deseos de la carne. Breves y fugaces son los goces de los placeres de este mundo, que se esfuerzan por apartar del camino de la vida a aquellos que son llamados a la eternidad. El espíritu fiel y religioso, por tanto, debe desear las cosas celestiales, y, anhelando las promesas divinas, elevarse al amor del Bien incorruptible y a la esperanza de la luz verdadera. Pero estad seguros, amadísimos, de que vuestro trabajo, con el cual resistís los vicios y lucháis contra los deseos carnales, es agradable y precioso a los ojos de Dios, y en la misericordia de Dios aprovechará no sólo a vosotros mismos, sino también a mí, porque el pastor celoso se gloria del progreso del rebaño del Señor. «Porque vosotros sois mi corona y mi gozo []», como dice el Apóstol; si vuestra fe, que desde el principio del Evangelio ha sido predicada en todo el mundo, ha continuado en amor y santidad. Pues aunque toda la Iglesia, que está en todo el mundo, debe abundar en todas las virtudes, a vosotros especialmente, por encima de todos los pueblos, os corresponde sobresalir en obras de piedad, porque fundados como estáis sobre la mismísima ciudadela de la Roca Apostólica, no sólo os ha redimido nuestro Señor Jesucristo en común con todos los hombres, sino que el bienaventurado apóstol Pedro os ha instruido mucho más que a todos los hombres. Por el mismo Cristo nuestro Señor.

    Sermón 9. Sobre las Colecciones, IV

    I. La maldad del diablo al extraviar a los hombres es ahora contrarrestada por la obra de la redención al restaurarlos a la verdad

    Sermón 9, § I

    La misericordia y la justicia de Dios, amadísimos, nos han revelado con bondad amorosa, por medio de la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo, la manera de sus retribuciones, tal como han sido ordenadas desde la fundación del mundo, para que, aceptando el significado de los hechos, pudiéramos considerar que lo que creemos que sucederá ha, por así decirlo, ya acontecido. Porque nuestro Redentor y Salvador sabía qué grandes errores había dispersado por el mundo el engaño del diablo y con cuántas supersticiones había sometido para sí a la mayor parte del género humano. Mas para que la criatura formada a imagen de Dios no fuera ya, por ignorancia de la Verdad, empujada al precipicio de la muerte perpetua, insertó en las páginas del Evangelio la naturaleza de su juicio, para que éste pudiera rescatar a todo hombre de las trampas del astuto enemigo; porque ahora todos sabrían qué recompensas podrían esperar los buenos y qué castigos deben temer los malos. Pues el instigador y autor del pecado, para caer primero por la soberbia y luego dañarnos por la envidia, porque «no permaneció en la Verdad []», puso toda su fuerza en la mentira y produjo todo género de engaño de esta fuente envenenada de su astucia, para cortar las esperanzas devotas del hombre de aquella felicidad que él había perdido por su propio enaltecimiento, y arrastrarlos a la participación de su condenación, a cuya reconciliación él mismo no podía alcanzar. Por tanto, cualquiera entre los hombres que ha ofendido a Dios con sus maldades, ha sido extraviado por su dolo y depravado por su vileza. Porque fácilmente empuja a toda clase de malas obras a aquellos a quienes ha engañado en materia de religión. Pero sabiendo que Dios es negado no sólo con palabras sino también con obras, a muchos a quienes no pudo robar la fe, les ha robado el amor, y ahogando la tierra de su corazón con las malas hierbas de la avaricia, les ha despojado del fruto de las buenas obras, cuando no pudo despojarlos de la confesión de sus labios.

    II. El justo juicio de Dios contra el pecado es denunciado para que lo evitemos mediante obras de misericordia y amor

    Sermón 9, § II

    Por tanto, amadísimos, a causa de estos astutos designios de nuestro antiguo enemigo, la inefable bondad de Cristo ha querido que sepamos lo que ha de decretarse sobre todo el género humano en el día de la retribución, para que, mientras en esta vida se ofrecen legítimamente los remedios curativos, mientras no se niega la restauración al contrito y los que han sido largo tiempo estériles puedan al fin ser fecundos, se anticipe el veredicto determinado por la justicia y jamás se aparte del ojo de la mente la imagen de Dios que viene a juzgar al mundo. Porque el Señor vendrá en su gloriosa Majestad, como Él mismo lo ha predicho, y con Él estará una innumerable multitud de legiones angélicas radiantes en su esplendor. Ante el trono de su poder se reunirán todas las naciones del mundo; y todos los hombres que en todas las edades y sobre toda la faz de la tierra han nacido, comparecerán ante la vista del Juez. Entonces serán separados los justos de los injustos, los inocentes de los culpables; y cuando los hijos de la piedad, revisadas sus obras de misericordia, hayan recibido el Reino preparado para ellos, los injustos serán reprendidos por su total esterilidad, y los de la izquierda, no teniendo nada en común con los de la derecha, por la condenación del Juez Todopoderoso serán arrojados al fuego preparado para el tormento del diablo y sus ángeles, para compartir con él el castigo cuya voluntad eligieron cumplir. ¿Quién, pues, no temblaría ante esta sentencia de tormento eterno? ¿Quién no temería males que jamás han de terminar? Mas puesto que esta severidad sólo se denuncia para que busquemos misericordia, nosotros también en esta vida presente debemos mostrar una misericordia tan liberal que, volviendo de la negligencia peligrosa a las obras de piedad, nos sea posible ser librados de esta sentencia. Pues éste es el propósito del poder del Juez y de la gracia del Salvador: que el injusto abandone sus caminos y el pecador deje sus malas costumbres. Que quienes desean que Cristo los perdone, tengan misericordia de los pobres; que den liberalmente para alimentar a los desdichados quienes desean alcanzar la sociedad de los bienaventurados. Que nadie considere vil a su prójimo, ni desprecie en nadie aquella naturaleza que el Creador del mundo hizo suya. Pues ¿quién que trabaja puede negar que Cristo reclama ese trabajo como hecho a Sí mismo? Con ello se ayuda a vuestro consiervo, pero es el Señor quien pagará. El alimentar a los necesitados es el precio de compra del reino celestial, y el dispensador gratuito de las cosas temporales es hecho heredero de las cosas eternas. ¿Y cómo ha merecido tan pequeño gasto ser valorado tan altamente, sino porque nuestras obras se pesan en la balanza del amor, y cuando un hombre ama lo que Dios ama, es justamente elevado a su reino, cuyo atributo de amor en parte se ha hecho suyo?

    III. Servimos al propio Cristo en la persona de sus pobres

    Sermón 9, § III

    A este piadoso deber de buenas obras, por tanto, amadísimos, nos invita el día de la institución apostólica, en el cual los Padres ordenaron prudente y provechosamente la primera colecta de nuestras santas ofrendas; a fin de que, puesto que antiguamente en esta estación los gentiles solían servir supersticiosamente a los demonios, celebremos la santísima oblación de nuestras limosnas en protesta contra las víctimas impías de los malvados. Y como esto ha sido sumamente provechoso para el crecimiento de la Iglesia, se ha resuelto hacerlo perpetuo. Os exhortamos, pues, santos hermanos en todas las iglesias de vuestras respectivas regiones, a que el próximo miércoles contribuyáis de vuestros bienes, según vuestras posibilidades y voluntad, a fines de caridad, para que podáis alcanzar aquella bienaventuranza en la que se regocijará sin fin el que «atiende al necesitado y al pobre.» Y si hemos de «atenderlo», amadísimos, debemos emplear cuidado amoroso y vigilancia, a fin de encontrar a aquel a quien oculta el pudor y retiene la vergüenza. Pues hay quienes se sonrojan de pedir abiertamente lo que necesitan y prefieren sufrir privaciones sin hablar antes que ser avergonzados por una petición pública. A éstos es a quienes debemos «atender» y aliviar de sus estrecheces ocultas, para que se regocijen más precisamente por el hecho de que se ha tenido en cuenta tanto su modestia como su pobreza. Y con razón en el necesitado y en el pobre reconocemos a la persona misma de Jesucristo nuestro Señor, «quien siendo rico,» como dice el bienaventurado Apóstol, «se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza [].» Y para que su presencia nunca pareciera faltarnos, Él efectuó de tal modo la unión mística de su humildad y su gloria que, mientras lo adoramos como Rey y Señor en la Majestad del Padre, también podemos alimentarlo en sus pobres, por lo cual seremos librados en el día malo de la condenación perpetua, y por nuestro cuidado considerado de los pobres seremos unidos con toda la compañía celestial.

    IV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad

    Sermón 9, § IV

    Mas para que vuestra devoción, amadísimos, sea en todo agradable a Dios, os exhortamos también a mostrar el celo debido informando a vuestros presbíteros acerca de los maniqueos dondequiera que estén ocultos. Pues no es sino piedad el descubrir los escondrijos de los malvados, y en ellos derrocar al diablo a quien sirven. Porque contra ellos, amadísimos, conviene ciertamente que todo el mundo y toda la Iglesia en todas partes se revista de la armadura de la Fe; pero vuestra devoción debe ser la primera en esta obra, quienes en vuestros progenitores aprendisteis el Evangelio de la Cruz de Cristo de la mismísima boca de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo. No se debe permitir que permanezcan ocultos hombres que no creen que la ley dada por medio de Moisés, en la cual se muestra que Dios es el Creador del Universo, deba ser recibida; que hablan contra los Profetas y el Espíritu Santo, se atreven en su condenable profanidad a rechazar los Salmos de David que se cantan en toda la Iglesia con toda reverencia, niegan el nacimiento del Señor Cristo según la carne, dicen que su Pasión y Resurrección fue fingida, no verdadera, y privan al bautismo de regeneración de todo su poder como medio de gracia. Nada hay santo con ellos, nada íntegro, nada verdadero. Deben ser evitados, no sea que dañen a alguien; deben ser entregados, no sea que se establezcan en alguna parte de nuestra ciudad. Vuestro, amadísimos, será el provecho ante el tribunal del Señor de lo que mandamos, de lo que pedimos. Pues es justo que el triunfo de esta obra también se una a la oblación de nuestras limosnas, ayudándonos en todo el Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 10. Sobre las Colecciones, V

    I. Nuestros bienes no se nos dan como posesiones propias, sino para usarlos en el servicio de Dios

    Sermón 10, § I

    Observando las instituciones de la tradición de los Apóstoles, amadísimos, os exhortamos, como pastores vigilantes, a celebrar con la devoción de la práctica religiosa aquel día que ellos purgaron de las supersticiones malvadas y consagraron a las obras de misericordia, mostrando así que la autoridad de los Padres vive aún entre nosotros, y que obedientemente permanecemos fieles a su enseñanza. Puesto que la sagrada utilidad de tal práctica afecta no sólo al tiempo pasado, sino también a nuestra propia época, de modo que lo que a ellos les ayudó en la destrucción de las vanidades, contribuya con nosotros al aumento de las virtudes. ¿Y qué hay tan adecuado a la fe, qué tan en armonía con la piedad, como asistir la pobreza de los necesitados, emprender el cuidado de los débiles, socorrer las necesidades de los hermanos, y recordar la propia condición en los trabajos de los demás? En cuya obra sólo Aquel que sabe lo que ha dado a cada uno, discierne rectamente cuánto puede y cuánto no puede hacer un hombre. Pues no sólo las riquezas espirituales y los dones celestiales se reciben de Dios, sino que también las posesiones terrenales y materiales proceden de su generosidad, para que Él esté justificado al exigir cuenta de aquellas cosas que no tanto ha puesto en nuestra posesión, sino que ha confiado a nuestra administración. Por tanto, los dones de Dios debemos usarlos apropiada y sabiamente, no sea que la materia para la buena obra se convierta en ocasión de pecado. Pues la riqueza, según su naturaleza y considerada como medio, es buena y de grandísima ventaja para la sociedad humana, cuando está en manos de los benévolos y liberales, y cuando el lujurioso no la disipa ni el avaro la acumula; pues ya sea mal guardada o imprudentemente gastada, se pierde igualmente.

    II. El uso liberal de las riquezas es peor que vano, si es solo para fines egoístas

    Sermón 10, § II

    Y, por muy loable que sea huir de la intemperancia y evitar el desperdicio de los placeres viles, y aunque muchos en su magnificencia desdeñan ocultar su riqueza, y en la abundancia de sus bienes menosprecian la parsimonia mezquina y sórdida, sin embargo la liberalidad de tales hombres no es feliz, ni su frugalidad digna de elogio, si sus riquezas benefician sólo a sí mismos; si ningunos pobres son ayudados con sus bienes, ningún enfermo alimentado; si de la abundancia de sus grandes posesiones el cautivo no obtiene rescate, ni el extranjero consuelo, ni el desterrado alivio. Tales ricos son más necesitados que todos los necesitados. Pues pierden aquellas ganancias que podrían tener para siempre, y mientras se complacen en el breve y no siempre libre disfrute de lo que poseen, no se alimentan del pan de la justicia ni de las dulzuras de la misericordia: exteriormente espléndidos, no tienen luz interior: de las cosas temporales tienen abundancia, pero carecen por completo de las eternas: pues infligen hambre a sus propias almas, y las llevan a la vergüenza y a la desnudez al no gastar en tesoros celestiales nada de aquello que ponen en sus almacenes terrenales.

    III. El deber de la misericordia supera a todas las demás virtudes

    Sermón 10, § III

    Mas, quizá hay algunos ricos que, aunque no suelen ayudar a los pobres de la Iglesia con dádivas generosas, guardan sin embargo otros mandamientos de Dios, y entre sus muchas obras meritorias de fe y rectitud piensan que se les perdonará la falta de esta única virtud. Pero ésta es tan importante que, aunque las demás existan sin ella, no pueden servir de nada. Pues aunque un hombre esté lleno de fe, sea casto y sobrio, y esté adornado con otros ornamentos aún mayores, con todo, si no es misericordioso, no puede merecer misericordia: porque dice el Señor, «bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos [].» Y cuando el Hijo del Hombre venga en su Majestad y se siente en su trono glorioso, y reuniéndose todas las naciones, se haga separación entre los buenos y los malos, ¿por qué serán alabados los que están a la derecha sino por las obras de benevolencia y los actos de amor que Jesucristo considerará como hechos a Sí mismo? Pues Aquel que ha hecho suya la naturaleza del hombre, en nada se ha separado de la humildad del hombre. ¿Y qué objeción se hará a los de la izquierda sino por su descuido del amor, su dureza inhumana, su negación de misericordia a los pobres? Como si los de la derecha no tuvieran otras virtudes, ni los de la izquierda otras faltas. Mas en el gran y último día del juicio, la liberalidad magnánima y la mezquindad impía serán contadas de tal importancia que superarán a todas las demás virtudes y a todas las demás deficiencias, de modo que por la una los hombres obtendrán entrada en el Reino, y por la otra serán enviados al fuego eterno.

    IV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable

    Sermón 10, § IV

    Por tanto, amadísimos, nadie se engañe a sí mismo con méritos de una buena vida, si le faltan obras de caridad, y no confíe en la pureza de su cuerpo, si no está limpio por la purificación de la limosna. Pues «la limosna borra el pecado,» mata la muerte y extingue el castigo del fuego perpetuo. Mas el que no ha sido fecundo en ella, no tendrá indulgencia del gran Remunerador, como dice Salomón, «El que cierra sus oídos para no oír al débil, él mismo clamará al Señor, y no habrá quien lo oiga [].» Y por eso también Tobías, instruyendo a su hijo en los preceptos de la piedad, dice, «Da limosna de tus bienes, y no apartes tu rostro de ningún pobre: así sucederá que el rostro de Dios no se apartará de ti.» Esta virtud hace provechosas todas las virtudes; pues con su presencia da vida a aquella misma fe, por la cual «el justo vive [],» y que se dice que está «muerta sin obras []:» porque así como la razón de las obras consiste en la fe, así la fuerza de la fe consiste en las obras. «Mientras tenemos tiempo, pues,» como dice el Apóstol, «hagamos el bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe.» «Mas no nos cansemos de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos.» Y así, la vida presente es el tiempo de la siembra, y el día de la retribución es el tiempo de la cosecha, cuando cada uno recogerá el fruto de su semilla según la cantidad de su siembra. Y nadie quedará decepcionado en el producto de aquella cosecha, porque son las intenciones del corazón más bien que las sumas gastadas las que se contarán. Y las sumas pequeñas de medios pequeños producirán tanto como las sumas grandes de medios grandes. Y por tanto, amadísimos, cumplamos esta institución apostólica. Y como la primera colecta será el próximo domingo, prepárense todos a dar con gusto, para que cada uno según su capacidad participe en esta santísima ofrenda. Vuestras mismas limosnas y aquellos que sean ayudados por vuestros dones intercederán por vosotros, para que estéis siempre dispuestos para toda buena obra en Cristo Jesús nuestro Señor, que vive y reina por los siglos sin fin. Amén.

    Sermón 12. Sobre el Ayuno del décimo mes, I

    I. La restauración de la imagen divina en la que fuimos creados solo es posible mediante la imitación de la voluntad de Dios

    Sermón 12, § I

    Si, amadísimos, comprendemos fiel y sabiamente el comienzo de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue hecho a imagen de Dios, con el fin de que imitara a su Creador, y que nuestra raza alcanza su más alta dignidad natural, al ser la forma de la bondad Divina reflejada en nosotros como en un espejo. Y ciertamente a esta forma nos restaura diariamente la gracia del Salvador, en tanto que aquello que cayó en el primer Adán es levantado de nuevo en el segundo. Y la causa de nuestra restauración no es otra sino la misericordia de Dios, a quien no habríamos amado, si Él no nos hubiera amado primero, y disipado las tinieblas de nuestra ignorancia con la luz de su verdad. Y el Señor, prediciendo esto por medio del santo Isaías, dice, «Traeré a los ciegos por un camino que no conocían, y les haré andar por sendas que ignoraban. Convertiré las tinieblas en luz para ellos, y lo torcido en recto. Estas palabras haré por ellos, y no los abandonaré.» Y otra vez dice, «Fui hallado por los que no me buscaban, y me manifesté abiertamente a los que no preguntaban por mí.» Y el apóstol Juan nos enseña cómo se ha cumplido esto, cuando dice, «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento, para que conozcamos al que es verdadero, y estemos en el que es verdadero, en su Hijo,» y otra vez, «amemos, pues, a Dios, porque Él nos amó primero.» Así es que Dios, amándonos, nos restaura a su imagen, y, para que halle en nosotros la forma de su bondad, nos da aquello por lo cual nosotros mismos también podamos hacer la obra que Él hace, encendiendo, es decir, las lámparas de nuestras mentes, e inflamándonos con el fuego de su amor, para que amemos no sólo a Él mismo, sino también todo lo que Él ama. Pues si entre los hombres es duradera aquella amistad que se funda en la semejanza de carácter, no obstante que tal identidad de voluntades se dirige a menudo a fines malvados, ¿cómo debemos anhelar y esforzarnos por no diferir en nada de lo que agrada a Dios? De lo cual habla el profeta, «porque la ira está en su indignación, y la vida en su beneplácito,» porque de otro modo no alcanzaremos la dignidad de la Divina Majestad, a menos que imitemos su voluntad.

    II. Debemos amar a Dios y a nuestro prójimo, y «nuestro prójimo» ha de interpretarse en su sentido más amplio

    Sermón 12, § II

    Y así, cuando el Señor dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu mente, y amarás a tu prójimo como a ti mismo [],» revístase el alma fiel del amor indeficiente de su Autor y Gobernador, y sométase también enteramente a su voluntad, en cuyas obras y juicios jamás faltan la verdadera justicia y la tierna compasión. Porque aunque un hombre se halle agotado por los trabajos y por muchas desgracias, buena razón tiene para soportarlo todo sabiendo que la adversidad lo probará bueno o lo hará mejor. Mas este amor piadoso no puede ser perfecto si no amamos también al prójimo. Bajo este nombre han de incluirse no sólo aquellos que están unidos a nosotros por amistad o vecindad, sino absolutamente todos los hombres, con quienes tenemos una naturaleza común, sean enemigos o aliados, esclavos o libres. Pues un solo Hacedor nos formó, un solo Creador nos infundió el aliento; todos gozamos del mismo cielo y del mismo aire, de los mismos días y de las mismas noches; y aunque unos sean buenos y otros malos, unos justos y otros injustos, Dios es generoso con todos y benigno con todos, como Pablo y Bernabé dijeron a los licaonios acerca de la providencia de Dios: «que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones anduvieran en sus propios caminos. Y sin embargo no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciéndoles bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, y llenando nuestros corazones de alimento y de alegría.» Mas la vasta extensión de la gracia cristiana nos ha dado razones aún mayores para amar al prójimo, la cual, alcanzando a todas las partes del mundo entero, no desprecia a nadie y enseña que nadie debe ser descuidado. Y con toda razón nos manda amar a nuestros enemigos y orar por nuestros perseguidores, Él que, injertando cada día brotes de acebuche de entre todas las naciones en las santas ramas de su propio olivo, hace de los enemigos reconciliados, de los extraños hijos adoptivos, de los impíos justos, «para que toda rodilla se doble de las cosas del cielo, de la tierra y de debajo de la tierra, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre [].»

    III. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco

    Sermón 12, § III

    Por tanto, como Dios quiere que seamos buenos porque Él es bueno, ninguno de sus juicios debe desagradarnos. Pues no darle gracias en todas las cosas, ¿qué otra cosa es sino culparlo en cierto modo? La necedad del hombre se atreve con demasiada frecuencia a murmurar contra su Creador, no sólo en tiempo de escasez, sino también en tiempo de abundancia; de manera que, cuando algo no se le concede, se queja, y cuando ciertas cosas abundan, es ingrato. El dueño de ricas cosechas menospreció sus graneros bien repletos y gimió por su abundante vendimia: no dio gracias por la magnitud de la cosecha, sino que se quejó de su pobreza. Y si la tierra ha sido menos fecunda de lo acostumbrado en la semilla que ha criado, y las viñas y los olivos han faltado en su provisión de fruto, se acusa al año, se culpa a los elementos, ni se perdona al aire ni al cielo, mientras que nada conviene y tranquiliza mejor a los fieles y piadosos discípulos de la Verdad que la elevación persistente e incansable de alabanzas a Dios, como dice el Apóstol: «Regocijaos siempre, orad sin cesar: dad gracias en todo. Porque esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús para con vosotros en todo [].» Mas, ¿cómo seremos partícipes de esta devoción, si las vicisitudes de la fortuna no adiestran nuestras almas en la constancia, de modo que el amor dirigido a Dios no se ensoberbezca en la prosperidad ni desfallezca en la adversidad? Que lo que agrada a Dios nos agrade también a nosotros. Regocijémonos en la medida de dones que Él da. El que ha usado bien grandes posesiones, use también bien las pequeñas. La abundancia y la escasez pueden sernos igualmente provechosas, y aun en el progreso espiritual no nos abatiremos por la pequeñez de los resultados, si nuestras almas no se vuelven secas y estériles. Brode de la tierra de nuestro corazón lo que la tierra no dio. A quien no falta en la buena voluntad, jamás le faltan medios para dar. Por tanto, amadísimos, en todas las obras de piedad usemos de lo que cada año nos da, y no permitamos que las estaciones de dificultad estorben nuestra benevolencia cristiana. El Señor sabe cómo llenar de nuevo las vasijas de la viuda, que su piadosa obra de hospitalidad ha vaciado; sabe cómo convertir el agua en vino; sabe cómo saciar a cinco mil hambrientos con unos pocos panes. Y Aquel que se alimenta en sus pobres, puede multiplicar cuando toma lo que acrecentó al dar.

    IV. La oración, el ayuno y la limosna son los tres deberes que abarcan toda la vida del cristiano

    Sermón 12, § IV

    Pero hay tres cosas que pertenecen más propiamente a las acciones religiosas, a saber, la oración, el ayuno y la limosna; en cuyo ejercicio, si bien todo tiempo es aceptable, debe observarse con mayor celo aquel que hemos recibido como santificado por tradición de los apóstoles: como este décimo mes nos trae de nuevo la oportunidad en que, según la antigua práctica, podemos dedicarnos con más diligencia a esas tres cosas de las que he hablado. Porque con la oración procuramos aplacar a Dios, con el ayuno extinguimos los deseos de la carne, con la limosna redimimos nuestros pecados; y al mismo tiempo se renueva en nosotros la imagen de Dios, si estamos siempre prontos a alabarle, incansablemente atentos a nuestra purificación y sin cesar activos en cuidar al prójimo. Este triple círculo de deberes, amadísimos, pone en movimiento todas las demás virtudes: alcanza la imagen y semejanza de Dios y nos une inseparablemente con el Espíritu Santo. Porque en la oración permanece firme la fe, en los ayunos permanece inocente la vida, en la limosna permanece bondadosa el alma. Ayunemos, pues, el miércoles y el viernes; y el sábado guardemos vigilia con el bienaventurado apóstol Pedro, quien se dignará ayudar con sus propias oraciones nuestras súplicas, ayunos y limosnas, por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 16. Sobre el Ayuno del décimo mes

    I. Los prósperos deben mostrar su gratitud a Dios mediante la liberalidad para con los pobres y necesitados

    Sermón 16, § I

    El poder trascendente de la gracia de Dios, amadísimos, está ciertamente obrando cada día en los corazones cristianos la transferencia de todos nuestros deseos de las cosas terrenas a las celestiales. Pero esta vida presente también se pasa con la ayuda del Creador y se sostiene por su providencia, porque Aquel que promete las cosas eternas es también el Proveedor de las cosas temporales. Así como, pues, debemos dar gracias a Dios por la esperanza de la felicidad futura hacia la cual corremos por la fe, porque nos eleva a la percepción de la felicidad que nos está reservada, así también por las cosas que recibimos en el curso de cada año, Dios debe ser honrado y alabado, quien, habiendo dado desde el principio fertilidad a la tierra y establecido leyes de producción de fruto para todo germen y semilla, jamás abandonará sus propios decretos, sino que como Creador continuará siempre su bondadosa administración de las cosas que ha hecho. Por tanto, todo lo que los campos de trigo, las viñas y los olivares han producido para los fines del hombre, todo esto lo ha producido Dios en su generosa bondad: pues bajo la condición variable de los elementos, ha ayudado misericordiosamente las inciertas fatigas de los labradores, para que el viento, la lluvia, el frío y el calor, el día y la noche sirvieran a nuestras necesidades. Porque los métodos de los hombres no habrían bastado para dar efecto a sus obras, si Dios no hubiera dado el incremento a sus plantaciones y riegos acostumbrados. Y por eso es piadoso y justo que también nosotros ayudemos a otros con aquello que el Padre celestial nos ha otorgado misericordiosamente. Porque hay muchísimos que no tienen campos, ni viñas, ni olivares, cuyas necesidades debemos proveer con la reserva que Dios ha dado, para que ellos también, junto con nosotros, bendigan a Dios por la riqueza de la tierra y se alegren de que sus poseedores hayan recibido cosas que han compartido también con el pobre y el extranjero. Bendito y dignísimo es aquel granero en el que todos los frutos deben multiplicarse abundantemente, del cual se sacia el hambre del necesitado y del débil, del cual se alivia la necesidad del extranjero, del cual se satisface el deseo del enfermo. Porque a estos hombres Dios, en su justicia, ha permitido que sean afligidos con diversas tribulaciones, para coronar a la vez a los desdichados por su paciencia y a los misericordiosos por su bondad amorosa.

    II. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración

    Sermón 16, § II

    Y aunque todas las estaciones son oportunas para este deber, amados, ésta presente es especialmente adecuada y apropiada, en la que nuestros santos padres, divinamente inspirados, sancionaron el ayuno del décimo mes, para que, una vez terminada toda la recolección de las cosechas, dedicáramos a Dios nuestro razonable servicio de abstinencia, y cada uno recordara usar de su abundancia de modo que fuera más abstinente consigo mismo y más generoso con los pobres. Porque el perdón de los pecados se pide con la mayor eficacia con limosna y ayuno, y las súplicas que van aladas por tales auxilios suben raudas a los oídos de Dios: pues como está escrito, «el hombre misericordioso hace bien a su propia alma [],» y nada es tan propio del hombre como aquello que gasta en el prójimo. Porque aquella parte de sus bienes materiales con que atiende al necesitado se transforma en riquezas eternas, y de esta generosidad se engendra una riqueza tal que jamás puede disminuirse ni destruirse de ninguna manera, porque «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia [],» y Él mismo será su principal Galardón, que es el Modelo de su propio mandato.

    III. La actividad piadosa de los cristianos ha enfurecido de tal modo a Satanás, que ha multiplicado las herejías para causarles daño

    Sermón 16, § III

    Pero ante todas estas obras de piedad, amadísimos, que nos encomiendan más y más a Dios, no hay duda de que nuestro enemigo, tan diligente y tan diestro en dañarnos, se despierta con aguijones más agudos de odio, para que, bajo una falsa profesión del nombre cristiano, pueda corromper a aquellos a quienes no se le permite atacar con persecuciones abiertas y sangrientas; y para esta obra tiene a su servicio a herejes a quienes ha extraviado de la fe católica, los ha sometido a sí mismo y los ha forzado bajo diversos errores a servir en su campamento. Y así como para el engaño del hombre primitivo se valió de los servicios de una serpiente, así para extraviar las mentes de los rectos ha armado las lenguas de estos hombres con el veneno de sus falsedades. Pero estos designios traicioneros, amadísimos, con cuidado de pastor y en cuanto el Señor se digne prestarnos su ayuda, los frustraremos. Y teniendo cuidado de que ninguna de las santas ovejas perezca, os amonestamos con paternales advertencias a manteneros lejos de los «labios mentirosos» y de la «lengua engañosa» de los que el profeta pide que sea librada su alma; porque «sus palabras», como dice el bienaventurado Apóstol, «se extienden como gangrena [].» Se arrastran humildemente, apresan suavemente, atan blandamente, matan secretamente. Porque «vienen», como predijo el Salvador, «con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces [];» porque no podrían engañar a las verdaderas y sencillas ovejas, si no cubrieran su rabia bestial con el nombre de Cristo. Pero en todos ellos obra aquel que, aunque es en realidad enemigo de la iluminación, «se disfraza de ángel de luz [].» Suya es la astucia que inspira a Basilides; suyo el ingenio que obró en Marción; él es el jefe bajo el cual actuó Sabelio; él es el autor de la caída precipitada de Fotino; suya es la autoridad y suyo el espíritu al que sirvieron Arrio y Eunomio: en fin, bajo su mando y autoridad, todo el rebaño de tales bestias salvajes se ha separado de la unidad de la Iglesia y ha cortado su vínculo con la Verdad.

    IV. De todas las herejías, el maniqueísmo es la peor y más abominable

    Sermón 16, § IV

    Pero aunque conserva esta supremacía siempre cambiante sobre todas las herejías, ha edificado su ciudadela sobre la locura de los maniqueos, y ha hallado en ellos el atrio más espacioso para pavonearse y jactarse: porque allí no posee una sola forma de falsa creencia, sino un compuesto general de todos los errores e impiedades. Pues todo lo que es idolátrico en los paganos, todo lo que es ciego en los judíos carnales, todo lo que es ilícito en los secretos del arte mágico, todo, en fin, lo que es profano y blasfemo en todas las herejías, está reunido con toda suerte de inmundicias en estos hombres como en una cloaca. Y por eso sería asunto demasiado largo describir todas sus impiedades: porque el número de cargos contra ellos excede mi provisión de palabras. Bastará indicar unos pocos ejemplos, para que, por lo que oís, conjeturéis lo que por modestia omitimos. Pero en cuanto a sus ritos, que son tan indecentes moral como religiosamente, no podemos guardar silencio sobre aquello que el Señor se ha dignado revelar a nuestras investigaciones, no sea que alguien piense que hemos confiado en este asunto en vagos rumores u opiniones inciertas. Y así, teniendo junto a mí a obispos y presbíteros, y reunidos en el mismo lugar nobles cristianos, ordenamos que sus elegidos y elegidas fueran traídos ante nosotros. Y cuando hubieron hecho muchas confesiones acerca de sus perversas doctrinas y su modo de celebrar las fiestas, revelaron también esta historia de total depravación, que me ruboriza describir, pero que ha sido investigada con tanto cuidado que no quedan motivos de duda para los incrédulos o para los que ponen reparos. Pues estaban presentes todas las personas por las cuales se había perpetrado el crimen inefable, a saber, una niña de a lo sumo diez años, y dos mujeres que la habían criado y preparado para este ultraje. Estaba también presente el mozalbete que la había ultrajado, y el obispo que había dispuesto su horrible crimen. Todos ellos hicieron una sola y misma confesión, y se descubrió un relato de orgías tan inmundas que nuestros oídos apenas podían soportar. Y para no ofender con palabras más claras los oídos castos, bastará la relación de las actas, en la que se demuestra plenísimamente que en aquella secta no se halla modestia alguna, ni sentido del honor, ni castidad de ningún tipo: porque su ley es la falsedad, su religión el diablo, su sacrificio la inmoralidad.
    Comentario editorial · Los maniqueos en Roma
    En este sermón León dice que hizo comparecer ante sí, con obispos, presbíteros y nobles cristianos, a los «elegidos» y «elegidas» maniqueos, y que de ahí salió lo que cuenta. Feltoe sitúa el contexto: desde 439 los maniqueos se habían multiplicado en Roma con los refugiados de Cartago, tomada por Genserico; en 444 se decidió acabar con ellos, se buscó casa por casa y se juzgó a los hallados ante jueces civiles y eclesiásticos. Wikipedia fecha los sermones contra ellos a fines de 443 y el anuncio de su extirpación a comienzos de 444, y añade que las confesiones se obtuvieron probablemente bajo tortura. Feltoe juzga el lenguaje de León casi justificable si el relato es verdadero y propio de la secta.

    V. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos

    Sermón 16, § V

    Y así, amadísimos, renunciad a toda amistad con estos hombres totalmente abominables y pestilentes, a quienes los disturbios de otras comarcas han traído en gran número a la ciudad; y vosotras, mujeres, especialmente absteneos del trato y de la conversación con tales hombres, no sea que, mientras vuestros oídos se dejan hechizar inadvertidamente por sus relatos fabulosos, caigáis en el lazo del diablo, quien, sabiendo que sedujo al primer hombre por boca de la mujer y arrojó a todos los hombres de la dicha del paraíso mediante la credulidad femenina, sigue acechando a vuestro sexo con astucia más confiada, para robar la fe y la modestia a aquellas a quienes ha podido atrapar por medio de los servidores de su falsedad. También, amadísimos, os ruego y amonesto a que me informéis lealmente si alguno de vosotros sabe dónde moran, dónde enseñan, qué casas frecuentan y en compañía de quiénes descansan; porque de poco aprovecha a uno que, por la protección del Espíritu Santo, él mismo no sea atrapado por ellos, si no actúa cuando sabe que otros están siendo atrapados. Contra los enemigos comunes, por la seguridad común, todos por igual deben ejercer la misma vigilancia, no sea que de la herida de un miembro resulten heridos también los demás, y los que piensen que tales hombres no deben ser entregados, en el juicio de Cristo sean hallados culpables por su silencio, aunque no estén contaminados por su aprobación.

    VI. El celo en extirpar la herejía hará más aceptables los demás deberes de piedad

    Sermón 16, § VI

    Mostrad, pues, un santo celo de religiosa vigilancia, y levántense todos los fieles como un solo cuerpo contra estos crueles enemigos de sus almas. Porque el Dios misericordioso ha puesto en nuestras manos una parte de nuestros nocivos adversarios, a fin de que, con la revelación del peligro, se despierte la mayor cautela. No baste lo ya hecho, sino perseveremos en buscarlos; y, con la ayuda de Dios, el resultado no será sólo que permanezcan a salvo los que aún están firmes, sino que también se recobre del error a muchos que han sido engañados por la seducción del diablo. Y las oraciones, limosnas y ayunos que ofrecéis al Dios misericordioso serán tanto más santos por esta misma devoción, cuando esta obra de fe se añada también a todos vuestros demás deberes piadosos. Ayunemos, pues, el miércoles y el viernes, y el sábado celebremos la vigilia en presencia del bienaventurado apóstol Pedro; quien, como por experiencia sabemos, vela sin cesar, como pastor, sobre las ovejas que el Señor le confió, y prevalecerá con sus súplicas para que la Iglesia de Dios, fundada por su predicación, se vea libre de todo error, por Cristo nuestro Señor. Amén.
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