Sermón 90, § I
Proclamamos el santo Ayuno del Séptimo Mes, amadísimos, para el ejercicio de las devociones comunes, incitándoos confiadamente con exhortaciones paternas a hacer cristiano con vuestra observancia lo que antes fue judío. Pues en todo tiempo es conveniente y concorde con el Nuevo y el Antiguo Testamento que la Misericordia divina sea buscada con castigo de la mente y del cuerpo, porque nada hay más eficaz para prevalecer ante Dios que el que el hombre se juzgue a sí mismo y no cese de pedir perdón, sabiendo que nunca está sin falta. Pues la naturaleza humana tiene en sí este defecto, no plantado allí por el Creador, sino contraído por el transgresor y transmitido a su posteridad por la ley de la generación, de modo que del cuerpo corruptible brota aquello que puede corromper también el alma. Por lo cual, aunque el hombre interior sea ahora renacido en Cristo y rescatado de las ataduras de la cautividad, tiene conflictos incesantes con la carne, y ha de soportar resistencia al tratar de refrenar los vanos deseos. Y en esta lucha no se obtiene fácilmente una victoria tan perfecta que aun aquellos hábitos que deben ser quebrantados no nos estorben todavía, y los vicios que deben ser muertos no hieran. Por más sabia y prudentemente que la mente presida como juez sobre los sentidos exteriores, con todo, aun en medio de las fatigas que se toma para gobernar y de los límites que impone a los apetitos de la carne, la tentación está siempre demasiado cerca. Pues ¿quién se abstrae de tal modo del placer o del dolor del cuerpo que su mente no sea afectada por aquello que desde fuera lo deleita o lo atormenta? El gozo y la tristeza son inseparables del hombre: ninguna parte de él está libre de los ardores de la ira, de los arrebatos del deleite, de los abatimientos de la aflicción. ¿Y qué apartamiento del pecado puede haber allí donde el que gobierna y el gobernado están igualmente sujetos a las mismas pasiones? Con razón exclama el Señor que «el espíritu a la verdad está dispuesto, mas la carne es débil.»
Sermón 90, § II
Y para que no seamos llevados por la desesperación a la inacción total, promete que el poder divino hará posibles aquellas cosas que son imposibles al hombre por su falta de poder: «porque estrecha y angosta es la senda que lleva a la vida [],» y nadie podría poner el pie en ella, nadie podría avanzar un solo paso, si Cristo, haciéndose a Sí mismo el Camino, no quitara las dificultades de la entrada: y así el Ordenador de la jornada se convierte en el Medio por el cual podemos realizarla, porque no sólo impone el trabajo, sino que también nos conduce al puerto del descanso. En Él, por tanto, hallamos nuestro Modelo de paciencia, en Quien tenemos nuestra Esperanza de vida eterna; porque «si padecemos con Él, también reinaremos con Él [],» ya que, como dice el Apóstol, «el que dice que permanece en Cristo debe andar también él como Él anduvo [].» De lo contrario, hacemos una vana presencia y apariencia, si no seguimos las pisadas de Aquel cuyo nombre nos gloriamos, y ciertamente no nos serían penosas, antes bien nos librarían de todos los peligros, si no amásemos sino lo que Él nos mandó amar.
Sermón 90, § III
Porque hay dos amores de los que proceden todos los deseos, tan diferentes en calidad como lo son en sus fuentes. Pues el alma racional, que no puede existir sin amor, es amante o de Dios o del mundo. En el amor de Dios no hay exceso, pero en el amor del mundo todo es dañino. Y por eso debemos aferrarnos inseparablemente a los tesoros eternos, pero de las cosas temporales debemos usar como caminantes, para que, siendo peregrinos que se apresuran a volver a su propia tierra, todos los bienes de este mundo que nos salgan al paso sean como ayudas en el camino, no lazos que nos detengan. Por eso el bienaventurado Apóstol hace esta proclamación, «el tiempo es corto: resta que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que usan de este mundo, como si no lo usasen. Porque la apariencia de este mundo pasa [].» Pero como el mundo nos atrae con su apariencia, y abundancia y variedad, no es fácil apartarse de él a menos que en la hermosura de las cosas visibles se ame al Creador más que a la criatura; pues cuando Él dice, «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas [],» desea que al notarlo nos desatemos de los lazos de su amor. Y cuando une a este mandamiento también el amor al prójimo, nos impone la imitación de su propia bondad, para que amemos lo que Él ama y hagamos lo que Él hace. Pues aunque seamos «labranza de Dios y edificio de Dios,» y «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento,» sin embargo en todas las cosas requiere nuestro ministerio y servicio, y desea que seamos administradores de sus dones, para que quien lleva la imagen de Dios haga la voluntad de Dios. Por esta razón, en la oración del Señor decimos muy devotamente, «Venga tu Reino, hágase tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra.» Pues ¿qué otra cosa pedimos con estas palabras sino que Dios someta a los que aún no ha sometido, y así como en el cielo hace a los ángeles ministros de su voluntad, así también en la tierra haga a los hombres? Y al buscar esto amamos a Dios, amamos también a nuestro prójimo: y el amor dentro de nosotros tiene un solo Objeto, pues deseamos que el siervo sirva y el Señor gobierne.
Sermón 90, § IV
Este estado de ánimo, pues, amadísimos, del cual queda excluido el amor terreno, se fortalece con el hábito de obrar bien, porque la conciencia necesariamente se deleita en las buenas obras, y hace de buena gana lo que se alegra de haber hecho. Así es que se guardan los ayunos, se da limosna libremente, se mantiene la justicia, se recurre a la oración frecuente, y los deseos de los individuos se convierten en el anhelo común de todos. El trabajo fomenta la paciencia, la mansedumbre extingue la ira, la bondad amorosa pisotea el odio, los deseos impuros son muertos por las santas aspiraciones, la avaricia es expulsada por la liberalidad, y la riqueza gravosa se convierte en medio de actos virtuosos. Pero como las trampas del diablo no descansan ni siquiera en tal estado de cosas, muy acertadamente en ciertas épocas del año se provee la renovación de nuestro vigor: y ahora en particular, cuando alguien codicioso del bien presente podría jactarse de la clemencia del tiempo y de la fertilidad de la tierra, y habiendo almacenado sus cosechas en grandes graneros, podría decir a su alma, «tienes muchos bienes, come y bebe,» preste atención a la reprensión de la voz divina, y oiga que le dice, «Necio, esta noche te pedirán tu alma, y lo que has preparado, ¿de quién será? []?» Esta debe ser la consideración más ansiosa del hombre sabio, para que, como los días de esta vida son cortos y su duración incierta, la muerte no le sobrevenga sin aviso, y conociéndose mortal pueda afrontar su fin plenamente preparado. Y así, para que esto sirva tanto para la santificación de nuestros cuerpos como para la renovación de nuestras almas, ayunemos el miércoles y el viernes, y el sábado guardemos vigilia con el bienaventuradísimo apóstol Pedro, cuyas oraciones nos ayudarán a obtener el cumplimiento de nuestros santos deseos por Cristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 91, § I
No hay nada, amadísimos, en lo que la Divina Providencia no asista las devociones de los fieles. Pues los mismos elementos del mundo también sirven al ejercicio de la mente y del cuerpo en santidad, ya que la revolución claramente variada de días y meses nos abre las diferentes páginas de los mandamientos, y así las estaciones también en cierto modo nos hablan de aquello que las sagradas instituciones ordenan. Y por eso, ya que el curso del año nos ha devuelto el séptimo mes, estoy seguro de que vuestras mentes se despiertan espiritualmente para guardar el ayuno solemne; pues habéis aprendido por experiencia cuán bien esta preparación purifica tanto las partes exteriores como las interiores del hombre, de modo que absteniéndose de lo lícito, la resistencia se hace más fácil a lo ilícito. Pero no limitéis vuestro plan de abstinencia, amadísimos, a la mortificación del cuerpo, o a la sola reducción de la comida. Pues las mayores ventajas de esta virtud pertenecen a aquella castidad del alma, que no sólo aplasta las concupiscencias de la carne, sino que también desprecia las vanidades de la sabiduría mundana, como dice el Apóstol, «tened cuidado de que nadie os engañe por medio de la filosofía y de engaños vacíos, según la tradición de los hombres [].»
II. Y en particular debemos abstenernos de la herejía, tanto de la de Eutiques como de la de Nestorio
Sermón 91, § II
Debemos, pues, abstenernos de la comida, pero mucho más debemos ayunar de los errores, para que la mente, entregada a ningún placer carnal, no sea cautivada por ninguna falsedad: porque como en los días pasados, así también en los nuestros, no faltan enemigos de la Verdad, que se atreven a provocar guerras civiles dentro de la Iglesia católica, para que, llevando a los ignorantes a la conformidad con sus doctrinas impías, se jacten del aumento de número a través de aquellos a quienes han podido separar del Cuerpo de Cristo. Pues ¿qué hay tan opuesto a los Profetas, tan repugnante a los Evangelios, tan en desacuerdo con la enseñanza de los Apóstoles como predicar una sola Naturaleza en el Señor Jesucristo nacido de María, y sin relación al tiempo coeterno con el Padre Eterno? Si sólo ha de reconocerse la naturaleza del hombre, ¿dónde está la Deidad que salva? Si sólo la de Dios, ¿dónde está la humanidad que es salvada? Pero la fe católica, que resiste todos los errores, refuta también al mismo tiempo estas blasfemias, condenando a Nestorio, que divide lo Divino de lo humano, y denunciando a Eutiques, que anula lo humano en lo Divino; ya que el Hijo del Dios verdadero, Él mismo Dios verdadero, poseyendo unidad e igualdad con el Padre y con el Espíritu Santo, se ha dignado igualmente ser verdadero Hombre, y después de la concepción de la Virgen Madre no fue separado de su carne y del parto, uniendo así la humanidad a Sí mismo de modo que permaneciera inmutablemente Dios; impartiendo así la Deidad al hombre de tal modo que no lo destruyera, sino que lo realzara por la glorificación. Pues Aquel que se hizo «forma de siervo,» no dejó de ser «forma de Dios,» y no es uno unido al otro, sino Uno en Ambos, de modo que desde que «el Verbo se hizo Carne» nuestra fe no es perturbada por vicisitudes de circunstancia, sino que ya sea en los milagros de poder, o en la degradación del sufrimiento, creemos que Él es a la vez Dios, que es Hombre, y Hombre, que es Dios.
III. La verdad de la encarnación se prueba tanto por el banquete eucarístico como por la institución divina de la limosna
Sermón 91, § III
Amadísimos, pronunciad esta confesión con todo vuestro corazón y rechazad las mentiras malvadas de los herejes, para que vuestro ayuno y vuestra limosna no sean contaminados por ningún contagio con el error: pues entonces es limpia nuestra ofrenda del sacrificio y santos nuestros dones de misericordia, cuando quienes los realizan entienden lo que hacen. Pues cuando el Señor dice, «si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros [],» debéis ser partícipes de la Mesa Santa de tal modo, que no tengáis duda alguna sobre la realidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pues lo que se toma en la boca es lo que se cree en la Fe, y es en vano que respondan Amén quienes discuten lo que se toma. Pero cuando el Profeta dice, «Bienaventurado el que considera al pobre y al necesitado,» es el loable distribuidor de ropas y alimentos entre los pobres, quien sabe que está vistiendo y alimentando a Cristo en los pobres: pues Él mismo dice, «en cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos, a mí lo hicisteis [].» Y así Cristo es Uno, Dios verdadero y Hombre verdadero, rico en lo que es suyo, pobre en lo que es nuestro, recibiendo dones y distribuyendo dones, Compañero de los mortales, y Vivificador de los muertos, para que en el «nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre [],» viviendo y reinando con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 95, § I
Cuando nuestro Señor Jesucristo, amadísimos, predicaba el evangelio del Reino, y sanaba diversas enfermedades por toda Galilea, la fama de sus obras poderosas se había extendido por toda Siria: grandes multitudes también de todas partes de Judea acudían en tropel al Médico celestial. [] Pues como la ignorancia humana es lenta para creer lo que no ve, y para esperar lo que no conoce, aquellos que habían de ser instruidos en la ciencia divina, necesitaban ser despertados por beneficios corporales y milagros visibles: para que no tuvieran duda alguna sobre la salud de su enseñanza cuando experimentaran realmente su poder benéfico. Y por eso, para que el Señor usara las curaciones exteriores como introducción a los remedios interiores, y después de sanar los cuerpos pudiera obrar curaciones en el alma, se separó de la multitud que lo rodeaba, ascendió al retiro de un monte vecino, y llamó allí a sus apóstoles, para que desde la altura de aquel asiento místico los instruyera en las doctrinas más elevadas, significando por la misma naturaleza del lugar y del acto que Él era quien una vez había honrado a Moisés hablándole: entonces ciertamente con una justicia más aterradora, pero ahora con una misericordia más santa, para que se cumpliera lo prometido cuando el Profeta Jeremías dice: «he aquí vienen días en que completaré un nuevo pacto para la casa de Israel y para la casa de Judá. Después de aquellos días, dice el Señor, pondré mis leyes en sus mentes, y en su corazón las escribiré.» Por tanto, Aquel que había hablado a Moisés, habló también a los apóstoles, y la mano veloz del Verbo escribió y depositó los secretos del nuevo pacto en los corazones de los discípulos: no había nubes espesas rodeándole como antes, ni el pueblo se apartaba atemorizado de acercarse al monte por sonidos espantosos y relámpagos, sino que tranquila y libremente su discurso llegó a los oídos de los que estaban presentes: para que la dureza de la ley cediera ante la suavidad de la gracia, y «el espíritu de adopción» disipara los terrores de la esclavitud.
Sermón 95, § II
La naturaleza, pues, de la enseñanza de Cristo está atestiguada por sus propias declaraciones santas: para que quienes desean llegar a la bienaventuranza eterna puedan entender los peldaños del ascenso a aquella felicidad excelsa. «Bienaventurados,» dice, «los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos [].» Tal vez sería dudoso de qué pobres hablaba, si al decir «bienaventurados los pobres» no hubiera añadido nada que explicara la clase de pobres: y entonces aquella pobreza por sí sola parecería suficiente para ganar el reino de los cielos, la cual muchos sufren por dura y pesada necesidad. Pero cuando dice «bienaventurados los pobres en espíritu,» muestra que el reino de los cielos ha de asignarse a aquellos que son recomendados por la humildad de sus espíritus más que por la pequeñez de sus medios. Sin embargo, no puede dudarse de que esta posesión de humildad se adquiere más fácilmente por los pobres que por los ricos: pues la sumisión es compañera de los necesitados, mientras que la altivez de mente habita con las riquezas. No obstante, incluso en muchos de los ricos se encuentra aquel espíritu que usa su abundancia no para el aumento de su orgullo, sino en obras de bondad, y cuenta como la mayor ganancia aquello que gasta en aliviar las dificultades de otros. A toda clase y rango de hombres se concede participar de esta virtud, porque los hombres pueden ser iguales en voluntad, aunque desiguales en fortuna: y no importa cuán diferentes sean en medios terrenales, quienes se encuentran iguales en posesiones espirituales. Bienaventurada, por tanto, es la pobreza que no está poseída de amor a las cosas temporales, y no busca ser aumentada con las riquezas del mundo, sino que está ansiosa por acumular posesiones celestiales.
Sermón 95, § III
De esta humildad de alma elevada los Apóstoles primero, después del Señor, nos han dado ejemplo, quienes, dejando todo lo que tenían sin diferencia a la voz del Maestro celestial, fueron convertidos por un cambio pronto de pescadores de peces a pescadores de hombres, e hicieron a muchos semejantes a ellos mediante la imitación de su fe, cuando con aquellos primogénitos hijos de la Iglesia, «el corazón de todos era uno, y el espíritu uno, de los que creían []:» pues ellos, dejando a un lado todas sus cosas y posesiones, se enriquecieron con bienes eternos, mediante la pobreza más devota, y conforme a la predicación de los Apóstoles se alegraron de no tener nada del mundo y poseer todas las cosas con Cristo. Por eso el bienaventurado apóstol Pedro, cuando subía al templo, y le fue pedida limosna por el cojo, dijo, «Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te doy: en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda [].» ¿Qué más sublime que esta humildad? ¿Qué más rica que esta pobreza? No tiene almacenes de dinero, pero tiene dones de la naturaleza. Aquel a quien su madre había dado a luz cojo desde el vientre, es sanado por Pedro con una palabra; y el que no dio la imagen de César en una moneda, restauró la imagen de Cristo en el hombre. Y por las riquezas de este tesoro no sólo fue ayudado aquel cuyo poder de caminar fue restaurado, sino también 5.000 hombres, que entonces creyeron por la exhortación del Apóstol a causa de la maravilla de esta curación. Y aquel pobre que no tenía qué dar al que pedía, otorgó tan grande generosidad de la Gracia Divina, que, así como había puesto recto a un hombre en sus pies, así sanó a estos muchos miles de creyentes en sus corazones, y los hizo «saltar como un ciervo» en Cristo, a quien había encontrado cojeando en la incredulidad judía.
Sermón 95, § IV
Después de la afirmación de esta felicísima humildad, el Señor añadió, diciendo: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados [].» Este llanto, amadísimos, al cual se promete el consuelo eterno, no es el mismo que la aflicción de este mundo; ni aquellos lamentos que se derraman en las tristezas de todo el género humano hacen bienaventurado a nadie. La razón de los santos gemidos, la causa de las lágrimas bienaventuradas, es muy distinta. El dolor religioso llora el pecado, ya sea el ajeno o el propio; y no llora por aquello que obra la justicia de Dios, sino que se lamenta por lo que comete la iniquidad del hombre, donde el que hace el mal es más digno de lástima que el que lo sufre, porque la maldad del injusto lo hunde en el castigo, pero la paciencia del justo lo conduce a la gloria.
Sermón 95, § V
A continuación dice el Señor: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra por heredad.» A los mansos y apacibles, a los humildes y modestos, y a los que están preparados para soportar todas las injurias, se les promete la tierra en posesión. Y esto no debe tenerse por herencia pequeña o vil, como si fuese distinta de nuestra morada celestial, pues no son otros sino éstos los que se entiende que entran en el reino de los cielos. La tierra, pues, que se promete a los mansos y se ha de dar en posesión a los apacibles, es la carne de los santos, la cual, en premio de su humildad, será transformada en la resurrección feliz y revestida de la gloria de la inmortalidad, sin obrar ya en nada contra el espíritu, y estando en completa unidad y concordia con la voluntad del alma. Porque entonces el hombre exterior será posesión pacífica e inmaculada del hombre interior; entonces la mente, absorta en la contemplación de Dios, no se verá estorbada por obstáculo alguno de la debilidad humana, ni habrá que decir ya más: «El cuerpo corruptible agrava el alma, y la morada terrena oprime el sentido que piensa muchas cosas []:» porque la tierra no luchará contra su morador, ni se atreverá a insubordinación alguna contra el gobierno de su gobernador. Pues los mansos la poseerán en paz perpetua, y nada se quitará de sus derechos, «cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción, y esto mortal se haya revestido de inmortalidad []:» para que su peligro se convierta en premio, y lo que era carga venga a ser honor.
Sermón 95, § VI
Después de esto prosigue el Señor diciendo: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados [].» Nada corporal, nada terreno, es lo que este hambre y esta sed buscan; sino que desean saciarse con el buen alimento de la justicia, y quieren ser admitidos a todos los más profundos misterios, y ser llenos del Señor mismo. Feliz la mente que anhela este alimento y está sedienta de tal bebida; la cual ciertamente no lo buscaría si nunca hubiera gustado su dulzura. Mas al oír al espíritu del Profeta que le dice: «Gustad y ved cuán suave es el Señor;» ha recibido alguna porción de dulzura de lo alto, y se ha inflamado en amor del placer purísimo, de modo que, desechando todas las cosas temporales, se ve arrebatada por el más vivo anhelo de comer y beber justicia, y comprende la verdad de aquel primer mandamiento que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas:» puesto que amar a Dios no es otra cosa que amar la justicia. En fin, así como en aquel pasaje el cuidado del prójimo se une al amor de Dios, así también aquí la virtud de la misericordia se enlaza con el deseo de justicia, y se dice:
Sermón 95, § VII
«Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos [].» Reconoce, cristiano, el valor de tu sabiduría, y comprende a qué premios eres llamado y por qué métodos de disciplina has de alcanzarlos. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia que seas justo, para que el Creador sea visto en su criatura, y la imagen de Dios se refleje en el espejo del corazón humano, expresada por los trazos de la imitación. La fe de los que obran bien está libre de ansiedad: tendrás todos tus deseos, y obtendrás sin fin lo que amas. Y puesto que por tu limosna todas las cosas te son limpias, alcanzarás también aquella bienaventuranza que se promete a continuación, donde dice el Señor:
Sermón 95, § VIII
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios [].» Grande es la felicidad, amadísimos, de aquel para quien tan gran premio está preparado. ¿Qué es, pues, tener limpio el corazón, sino esforzarse por alcanzar aquellas virtudes que arriba se mencionan? Y cuán grande sea la bienaventuranza de ver a Dios, ¿qué mente puede concebirla, qué lengua declararla? Y sin embargo, esto acontecerá cuando la naturaleza del hombre sea transformada, de modo que ya no «en un espejo,» ni «en enigma,» sino «cara a cara []» vea la Deidad misma «tal como es [],» la cual ningún hombre pudo ver; y por el gozo indecible de la eterna contemplación obtenga aquello que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre.» Con razón se promete esta bienaventuranza a la pureza de corazón. Porque el resplandor de la luz verdadera no podrá ser visto por la mirada impura; y aquello que será felicidad para las mentes resplandecientes y limpias, será castigo para las manchadas. Por tanto, evítense las nieblas de las vanidades terrenas, y purifíquense vuestros ojos interiores de toda inmundicia de maldad, para que la vista quede libre para alimentarse de esta gran manifestación de Dios. Pues para alcanzar esto entendemos que conduce lo que sigue.
Sermón 95, § IX
«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios [].» Esta bienaventuranza, amadísimos, no pertenece a toda clase de acuerdo y armonía, sino a aquella de la que habla el Apóstol: «tened paz para con Dios;» y de la que habla el profeta David: «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo.» Esta paz ni siquiera los vínculos más estrechos de amistad ni la semejanza más exacta de pareceres la alcanzan realmente, si no concuerdan con la voluntad de Dios. La semejanza de malos deseos, las alianzas en los crímenes, las asociaciones de vicio, no pueden merecer esta paz. El amor del mundo no se compagina con el amor de Dios, ni entra en la alianza de los hijos de Dios quien no se aparta de los hijos de este siglo. Mas quienes están siempre con la mente en Dios, «diligentes en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz [],» jamás disienten de la ley eterna, pronunciando aquella oración de fe, «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo [].» Éstos son «los pacificadores,» éstos son perfectamente unánimes y plenamente concordes, y han de ser llamados hijos «de Dios y coherederos con Cristo [],» porque éste será el testimonio del amor de Dios y del amor al prójimo: que no sufriremos calamidad alguna, ni temeremos ofensa alguna, sino que, terminada toda lucha de la prueba, descansaremos en la paz perfectísima de Dios, por nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Según Feltoe, León es el primer gran papa de lengua latina y el primer gran teólogo italiano; los sermones muestran a un pastor práctico más que a un especulativo, y en todos ellos, escribe, Cristo es el alfa y la omega. Entre lo que Feltoe aprecia está la idea de que el obispo es a la vez canal de la gracia por la ordenación y vigilante del rebaño por la elección y aprobación del pueblo; la condena de la usura en laicos y clérigos; y una vida cristiana siempre práctica. Entre lo que le parece propio de una época pasada están la importancia de ayunos y limosnas puestos al nivel de la oración y la intercesión de los santos patronos de Roma, Pedro, Pablo y Lorenzo; y subraya que no halla en ellos la invocación directa de los santos, ni el culto mariano o de las reliquias de épocas posteriores. Son juicios de un editor anglicano de 1894, y no la lectura de todos los lectores de León.
La tradición lo recuerda como santo y confesor desde antiguo y como doctor de la Iglesia desde 1754 (Feltoe; Wikipedia coincide: Benedicto XIV). Feltoe da su fiesta el 18 de febrero en Oriente y el 11 de abril en Occidente; según Wikipedia, la Iglesia católica la celebra hoy el 10 de noviembre, el 11 de abril fue la fecha del calendario romano general hasta 1969, y en la liturgia de las horas romana se leen pasajes de sus escritos, por ejemplo en Navidad.
Límites. Esta edición recoge cuarenta y ocho sermones de una selección que Feltoe declara parcial, no los de toda la colección; ni la edición de base ni esta fechan cada sermón. Las fechas y explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan, no del texto; cuando difieren (la ordenación o la elección de 440, la fecha de la muerte), se dice quién afirma qué. La traducción castellana es automática y se conserva sin corregir.