Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 70 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 2. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers47 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 9 · Sermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-01

    Leer por sesiones · 70 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

    Sermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI

    I. El deber del ayuno se funda en ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, y está estrechamente unido a los deberes de la oración y de la limosna

    Sermón 17, § I

    La enseñanza de la Ley, amadísimos, confiere gran autoridad a los preceptos del Evangelio, puesto que ciertas cosas se transfieren de las antiguas ordenaciones a las nuevas, y por las mismas devociones de la Iglesia se muestra que el Señor Jesucristo «no vino a destruir, sino a cumplir la Ley [].» Pues, al cesar los signos con que se anunciaba la venida de nuestro Salvador y al ser abolidos los tipos ante la presencia de la Verdad misma, aquellas cosas que instituyó nuestra religión, ya para la regulación de las costumbres, ya para el simple culto de Dios, permanecen entre nosotros en la misma forma que tuvieron desde el principio, y lo que estaba en armonía con ambos Testamentos no ha sufrido modificación alguna. Entre éstas se cuenta también el solemne ayuno del décimo mes, que ahora debemos guardar según la costumbre anual, porque es del todo justo y piadoso dar gracias a la Divina generosidad por los frutos que la tierra ha producido para uso de los hombres bajo la mano rectora de la suprema Providencia. Y para mostrar que lo hacemos con ánimo pronto, debemos ejercitar no sólo la templanza del ayuno, sino también la diligencia en la limosna, para que del suelo de nuestro corazón brote asimismo el germen de la justicia y el fruto del amor, y merezcamos la misericordia de Dios mostrando misericordia a sus pobres. Porque la súplica que se apoya en obras de piedad es eficacísima para prevalecer ante Dios, pues quien no aparta su corazón del pobre pronto se vuelve él mismo a escuchar al Señor, como dice el Señor: «sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.... perdonad, y seréis perdonados.» ¿Qué hay más bondadoso que esta justicia? ¿Qué más misericordioso que esta retribución, donde la sentencia del juez queda en poder de aquel que ha de ser juzgado? «Dad,» dice, «y se os dará.» ¡Cuán pronto caen por tierra los recelos de la desconfianza y las demoras de la avaricia, cuando la humanidad puede gastar sin temor lo que la Verdad se compromete a devolver!

    II. Quien presta al Señor hace mejor negocio que el que presta al hombre

    Sermón 17, § II

    Permaneced firmes, dadores cristianos: dad lo que habéis de recibir, sembrad lo que habéis de segar, esparcid lo que habéis de recoger. No temáis gastar, no suspiréis por la incertidumbre de la ganancia. Vuestra hacienda crece cuando se dispensa con sabiduría. Poned vuestro corazón en las ganancias debidas a la misericordia y negociad con ganancias eternas. Vuestro Remunerador quiere que seáis muníficos, y Aquel que os da para que tengáis, os manda gastar, diciendo: «Dad, y se os dará.» Debéis abrazar con gratitud las condiciones de esta promesa. Porque, aunque nada tenéis que no hayáis recibido, no podéis dejar de tener lo que dais. Así pues, el que ama el dinero y desea multiplicar su riqueza con ganancias desmedidas, debería más bien practicar esta santa usura y enriquecerse con tales préstamos, no para atrapar a los hombres agobiados por dificultades y enredarlos con ayuda traicionera en deudas que jamás podrán pagar, sino para ser acreedor y prestamista de Aquel que dice: «Dad, y se os dará,» y «con la medida con que midáis, se os medirá [].» Pero es infiel e injusto incluso consigo mismo quien no desea tener para siempre lo que considera deseable. Amontone cuanto quiera, atesore y guarde cuanto quiera, saldrá de este mundo vacío y necesitado, como dice el profeta David: «pues cuando muera nada se llevará, ni su gloria descenderá con él.» Mientras que, si fuera solícito por su propia alma, confiaría su bien a Aquel que es a la vez el Fiador propio de los pobres y el generoso Pagador de los préstamos. Pero la avaricia injusta y desvergonzada, que promete alguna buena obra y la elude, no confía en Dios, cuyas promesas jamás fallan, y confía en el hombre, que hace tratos tan precipitados; y mientras juzga más seguro lo presente que lo futuro, a menudo halla merecidamente que su codicia de ganancia injusta es causa de una pérdida de ningún modo injusta.

    III. El préstamo a interés alto es inicuo en todos los aspectos

    Sermón 17, § III

    Y por tanto, cualquiera que sea el resultado, el oficio del usurero es siempre malo, pues es pecado tanto disminuir como aumentar la suma, porque si pierde lo que prestó es miserable, y si cobra más de lo que prestó es más miserable todavía. La iniquidad del préstamo a interés debe ser absolutamente abjurada, y la ganancia que carece de toda humanidad debe ser evitada. Las posesiones de un hombre se multiplican ciertamente por estos medios injustos y lastimosos, mas la riqueza del alma se corrompe, porque la usura del dinero es la muerte del alma. Pues lo que Dios piensa de tales hombres lo manifiesta el santísimo profeta David, porque cuando pregunta: «Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, o quién descansará en tu santo monte?» recibe la divina respuesta, de la cual aprende que alcanza el descanso eterno aquel que, entre otras reglas de santa vida, «no ha dado su dinero a usura»; y así, el que obtiene ganancia engañosa prestando su dinero a usura se muestra a la vez extraño al tabernáculo de Dios y desterrado de su santo monte, y, al procurar enriquecerse con las pérdidas ajenas, merece ser castigado con eterna indigencia.

    IV. Evitemos la avaricia y compartamos los bienes de Dios con los demás

    Sermón 17, § IV

    Por tanto, amadísimos, vosotros que con todo el corazón habéis puesto vuestra confianza en las promesas del Señor, huid de esta inmunda lepra de la avaricia y usad el don de Dios piadosa y sabiamente. Y ya que os regocijáis en su generosidad, procurad tener quienes participen de vuestros gozos. Porque muchos carecen de lo que a vosotros os sobra, y las necesidades de algunos os ofrecen ocasión de imitar la bondad divina, para que por medio de vosotros los beneficios divinos se transfieran también a otros, y, siendo administradores prudentes de vuestros bienes temporales, adquiráis riquezas eternas. Ayunemos, pues, el miércoles y el viernes próximos, y el sábado celebremos la vigilia con el bienaventurado apóstol Pedro, por cuyas oraciones podamos obtener en todas las cosas la protección divina, por Cristo nuestro Señor. Amén.

    Sermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII

    I. La templanza conduce a goces más altos

    Sermón 19, § I

    Cuando el Salvador quería instruir a sus discípulos acerca del advenimiento del Reino de Dios y del fin de los tiempos, y enseñar a toda su Iglesia en la persona de los Apóstoles, dijo: «Guardaos, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y embriaguez y de los cuidados de esta vida [].» Y ciertamente, amadísimos, reconocemos que este precepto se aplica más especialmente a nosotros, a quienes sin duda está cerca, aunque oculto, el día anunciado. Pues para su advenimiento conviene que todo hombre se prepare, no sea que lo halle entregado a la gula o enredado en los cuidados de esta vida. Porque la experiencia diaria, amados, prueba que el filo de la mente se embota por la excesiva indulgencia de la carne, y el vigor del corazón se entorpece por el exceso de comida, de modo que los deleites del comer se oponen incluso a la salud del cuerpo, a menos que una moderación razonable resista la tentación y la consideración de la incomodidad futura aparte del placer. Pues aunque la carne nada desea sin el alma, y recibe sus sensaciones de la misma fuente de la que recibe también sus movimientos, es sin embargo función de la misma alma negar ciertas cosas al cuerpo que le está sujeto, y con su juicio interior retener las partes exteriores de lo inoportuno, a fin de verse más a menudo libre de las concupiscencias corporales y disponer de ocio para la sabiduría divina en el palacio de la mente, donde, lejos de todo el ruido de los cuidados terrenos, goce en silencio de santas meditaciones y deleites eternos. Y aunque esto es difícil de mantener en esta vida, con todo, el intento puede renovarse con frecuencia, para que más a menudo y por más tiempo nos ocupemos de los cuidados espirituales más que de los carnales; y al dedicar porciones cada vez mayores de nuestro tiempo a los cuidados superiores, aun nuestras acciones temporales terminen por ganar las riquezas incorruptibles.

    II. La enseñanza de los cuatro ayunos anuales es que la templanza espiritual es tan necesaria como la corporal

    Sermón 19, § II

    Esta provechosa observancia, amadísimos, se prescribe especialmente para los ayunos de la Iglesia, los cuales, conforme a la enseñanza del Espíritu Santo, se hallan distribuidos a lo largo de todo el año de tal modo que la ley de la abstinencia esté siempre ante nosotros. Así, guardamos el ayuno de primavera en la Cuaresma, el ayuno de verano en Pentecostés, el ayuno de otoño en el séptimo mes y el ayuno de invierno en este que es el décimo mes, sabiendo que nada hay desconectado de los mandatos divinos, y que todos los elementos sirven a la Palabra de Dios para nuestra instrucción, de modo que desde los mismísimos goznes sobre los que gira el mundo, como por cuatro evangelios, aprendamos sin cesar qué predicar y qué hacer. Pues cuando el profeta dice: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos: un día comunica palabra al otro día, y una noche a la otra noche declara sabiduría,» ¿qué hay por lo cual la Verdad no nos hable? De día y de noche se oyen sus voces, y la hermosura de las cosas hechas por la mano del único Dios no cesa de infundir en los oídos de nuestro corazón las enseñanzas de la Razón, para que «las cosas invisibles de Dios se perciban y se vean por medio de las cosas creadas,» y los hombres sirvan al Creador de todas las cosas, no a sus criaturas. Ya que, pues, todos los vicios se destruyen por la templanza, y cuanto la avaricia ansía, la soberbia persigue, la lujuria desea, queda vencido por la fuerza sólida de esta virtud, ¿quién puede dejar de comprender el auxilio que nos prestan los ayunos? Pues en ellos se nos manda refrenarnos no sólo en la comida, sino también en todos los deseos carnales. De lo contrario, es trabajo perdido soportar el hambre y no desechar los malos deseos; afligirse reduciendo la comida y no huir de los pensamientos pecaminosos. Ése es un ayuno carnal, no espiritual, donde sólo se escatima el cuerpo y se persiste en aquellas cosas que son más dañinas que todos los deleites. ¿Qué provecho saca el alma de portarse exteriormente como señora e interiormente ser cautiva y esclava, de dar órdenes a los miembros y perder el derecho a su propia libertad? Aquella alma, por lo general (y merecidamente), halla rebelión en su siervo, si no paga a Dios el servicio que le es debido. Así, cuando el cuerpo ayuna de alimento, ayune la mente de vicios, y juzgue todos los cuidados y deseos terrenos según la ley de su Rey
    Comentario editorial · Los cuatro ayunos del año
    León reparte los ayunos de la Iglesia en cuatro estaciones: Cuaresma, Pentecostés, el mes séptimo y el décimo. Feltoe identifica el décimo mes con diciembre, las témporas de Adviento. Según Wikipedia, la Iglesia de Roma tuvo al principio ayunos en junio, septiembre y diciembre; el Liber Pontificalis atribuye a Calixto I (217–222) una norma sobre ellos y León los tiene por institución apostólica. No se sabe cuándo se añadió el cuarto; Gelasio I (492–496) habla ya de los cuatro, y el testimonio más antiguo de cuatro ayunos estacionales es de Filastrio de Brescia (m. h. 387). Wikipedia añade que las Iglesias orientales nunca guardaron las témporas.

    III. Ayunando así en el espíritu y en el cuerpo, y dando limosna con liberalidad, alcanzaremos el supremo favor de Dios

    Sermón 19, § III

    Recordemos que debemos amor primero a Dios, después al prójimo, y que todos nuestros afectos han de regularse de tal modo que no nos aparten del culto de Dios ni del beneficio de nuestro consiervo. Mas ¿cómo adoraremos a Dios si aquello que le agrada no nos agrada también a nosotros? Pues si nuestra voluntad es la suya, nuestra debilidad recibirá fuerza de Aquel de quien procede la voluntad misma; «porque es Dios,» como dice el Apóstol, «quien obra en nosotros el querer y el hacer, según su buena voluntad [].» Y así, el hombre no se ensoberbecerá, ni será aplastado por la desesperación, si usa los dones que Dios le dio para su gloria, y aparta sus inclinaciones de aquellas cosas que sabe que le dañarán. Pues al abstenerse de la envidia maliciosa, del vivir lujurioso y disoluto, de las perturbaciones de la ira, del deseo de venganza, se hará puro y santo por el ayuno verdadero, y se alimentará con los placeres de los deleites incorruptibles, y así sabrá cómo, mediante el uso espiritual de sus riquezas terrenas, transformarlas en tesoros celestiales, no atesorando para sí lo que ha recibido, sino ganando el ciento por uno por lo que da. Y por eso os amonestamos, amados, con afecto paternal, a que hagáis fructífero para vosotros este ayuno de invierno con abundantes limosnas, alegrándoos de que por vosotros el Señor alimenta y viste a sus pobres, a quienes ciertamente habría podido dar las posesiones que os ha otorgado, si en su inefable misericordia no hubiera querido justificarlos a ellos por su paciente trabajo, y a vosotros por vuestras obras de amor. Ayunemos, pues, el miércoles y el viernes, y el sábado celebremos la vigilia con el bienaventurado apóstol Pedro, y él se dignará asistir con sus propias oraciones nuestras súplicas, ayunos y limosnas, las cuales presenta nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I

    I. Todos participan del gozo de la Navidad

    Sermón 21, § I

    Nuestro Salvador, amadísimos, nació hoy: alegrémonos. Pues no hay lugar propio para la tristeza cuando celebramos el natalicio de la Vida, que destruye el temor de la muerte y nos trae el gozo de la eternidad prometida. A nadie se le impide participar de esta dicha. Para todos hay una medida común de gozo, porque así como nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, no halla a nadie libre de culpa, así ha venido a liberarnos a todos. Alégrese el santo, pues se acerca a la victoria. Regocíjese el pecador, pues es invitado al perdón. Cobre ánimo el gentil, pues es llamado a la vida. Porque el Hijo de Dios, en la plenitud del tiempo que ha determinado la profundidad inescrutable del divino consejo, ha asumido la naturaleza del hombre para reconciliarla con su Autor, a fin de que el inventor de la muerte, el diablo, sea vencido por aquella misma naturaleza que él había vencido. Y en este combate emprendido por nosotros, la lucha se libró con grandes y admirables principios de equidad; porque el Señor Todopoderoso entra en liza con su feroz enemigo no en su propia majestad, sino en nuestra humildad, oponiéndole la misma forma y la misma naturaleza, que comparte ciertamente nuestra mortalidad, aunque está libre de todo pecado. Verdaderamente ajeno a este natalicio es lo que leemos de todos los demás: «nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que ha vivido un solo día sobre la tierra [].» Nada, pues, de la concupiscencia de la carne ha pasado a este incomparable natalicio, nada de la ley del pecado ha entrado. Una Virgen real del linaje de David es elegida, para ser fecundada con la sagrada semilla y concebir al vástago divino-humano primero en la mente y luego en el cuerpo. Y para que, por ignorancia del celestial designio, no temblara ante tan extraño suceso, aprende por la conversación con el ángel que lo que ha de obrarse en ella es del Espíritu Santo. Ni cree que sea pérdida de honor el que pronto haya de ser Madre de Dios. Pues ¿por qué habría de desesperar de la novedad de tal concepción, a quien el poder del Altísimo ha prometido realizarla? Su fe implícita queda confirmada también por el testimonio de un milagro precursor, y Isabel recibe una fecundidad inesperada, para que no hubiera duda de que Aquel que había dado la concepción a la estéril la daría incluso a una virgen.

    II. El misterio de la Encarnación es tema apropiado de gozo, tanto para los ángeles como para los hombres

    Sermón 21, § II

    Por tanto, el Verbo de Dios, el mismo Dios, el Hijo de Dios que «en el principio era con Dios,» por quien «todas las cosas fueron hechas» y sin quien «nada fue hecho [],» con el propósito de librar al hombre de la muerte eterna, se hizo hombre: inclinándose así a tomar sobre sí nuestra humildad sin menoscabo de su propia majestad, de modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, uniera la verdadera forma de siervo a aquella forma en que es igual a Dios Padre, y juntara ambas naturalezas con pacto tan firme que la inferior no fuera absorbida en su exaltación ni la superior menguada por su nueva asociada. Sin detrimento, pues, de las propiedades de una y otra sustancia que entonces se juntaron en una sola Persona, la majestad tomó la humildad, la fortaleza la debilidad, la eternidad la mortalidad; y para pagar la deuda perteneciente a nuestra condición, la naturaleza inviolable se unió con la naturaleza pasible, y el verdadero Dios y el verdadero hombre se combinaron para formar un solo Señor, de suerte que, como convenía a las necesidades de nuestra causa, uno y el mismo Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, pudiera morir con la una y resucitar con la otra.
    Con razón, pues, el nacimiento de nuestra Salvación no comunicó corrupción alguna a la pureza de la Virgen, porque el llevar en su seno la Verdad era la guarda del honor. Tal fue, amadísimos, la Natividad que convino al Poder de Dios y a la Sabiduría de Dios, es decir, a Cristo, por la cual Él pudo ser uno con nosotros en la Humanidad y sobrepasarnos en la Deidad. Porque si no fuera verdadero Dios, no nos traería remedio; si no fuera verdadero Hombre, no nos daría ejemplo. Por eso el canto exultante del ángel al nacer el Señor es éste: «Gloria a Dios en las alturas,» y su mensaje: «paz en la tierra a los hombres de buena voluntad [].» Pues ven que la Jerusalén celestial se edifica con todas las naciones del mundo: y ante aquella obra inefable del divino amor, ¿cómo no ha de regocijarse la humildad de los hombres, cuando es tan grande el gozo de los excelsos ángeles?

    III. Los cristianos, pues, deben vivir dignamente de Cristo, su Cabeza

    Sermón 21, § III

    Demos, pues, amadísimos, gracias a Dios Padre, por su Hijo, en el Espíritu Santo, que «por su gran misericordia, con la cual nos amó,» se compadeció de nosotros; y «cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo [],» para que fuéramos en Él una nueva creación y una nueva criatura. Despojémonos, pues, del hombre viejo con sus obras; y habiendo obtenido participación en el nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Cristiano, reconoce tu dignidad; y, hecho partícipe de la naturaleza divina, rehúsa volver a la antigua bajeza por una conducta degenerada. Acuérdate de la Cabeza y del Cuerpo de que eres miembro. Recuerda que fuiste rescatado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios. Por el misterio del Bautismo fuiste hecho templo del Espíritu Santo: no ahuyentes de ti a tal morador con actos viles, ni te sujetes de nuevo a la esclavitud del demonio; porque el precio de tu rescate es la sangre de Cristo; porque Él te juzgará en verdad, Quien te redimió en misericordia, y que con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 22. En la fiesta de la Natividad, II

    I. El misterio de la Encarnación exige nuestro gozo

    Sermón 22, § I

    Alegrémonos en el Señor, amadísimos, y regocijémonos con gozo espiritual, porque ha amanecido para nosotros el día de la redención siempre nueva, de la antigua preparación, de la bienaventuranza eterna. Pues al girar el año, vuelve para nosotros la conmemoración de nuestra salvación, que, prometida desde el principio, cumplida en la plenitud de los tiempos, durará para siempre; en la cual estamos obligados, con los corazones elevados, a adorar el divino misterio: de modo que lo que es efecto del gran don de Dios sea celebrado con los grandes regocijos de la Iglesia. Porque Dios, todopoderoso y misericordioso —cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya obra es misericordia—, tan pronto como la malignidad del diablo nos mató con el veneno de su odio, anunció al principio mismo del mundo el remedio que su piedad había preparado para la restauración de nosotros, los mortales: proclamando a la serpiente que la descendencia de la mujer vendría a aplastar la altivez de su funesta cabeza con su poder, significando sin duda que Cristo vendría en la carne, Dios y hombre, Quien, nacido de una Virgen, condenaría por su nacimiento incorrupto al despojador del linaje humano. Así, en la naturaleza entera y perfecta del verdadero hombre nació el verdadero Dios, completo en lo suyo propio, completo en lo nuestro. Y «nuestro» llamamos a lo que el Creador formó en nosotros desde el principio y a lo que se encargó de reparar. Pues lo que el engañador introdujo y el engañado admitió, no tuvo rastro alguno en el Salvador. Ni porque participara de las debilidades del hombre, compartió por ello nuestras culpas. Tomó la forma de siervo sin mancha de pecado, acrecentando lo humano y no disminuyendo lo Divino; porque aquel «anonadamiento de sí mismo» por el cual el Invisible se hizo visible, y, siendo Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser mortal, fue condescendencia de la Piedad, no mengua del Poder.

    II. El nuevo carácter del nacimiento de Cristo explicado

    Sermón 22, § II

    Por tanto, cuando llegó el tiempo, amadísimos, que había sido preordenado para la redención de los hombres, entra en estas regiones inferiores del mundo el Hijo de Dios, descendiendo de su trono celestial y sin abandonar, no obstante, la gloria de su Padre, engendrado en un orden nuevo, por una nueva natividad. En un orden nuevo, porque, siendo invisible en su propia naturaleza, se hizo visible en la nuestra; y Aquel a quien nada podía contener, consintió en ser contenido: permaneciendo antes de todos los tiempos, comenzó a ser en el tiempo: el Señor de todas las cosas, veló su majestad inconmensurable y tomó sobre sí la forma de siervo: siendo Dios, que no puede padecer, no desdeñó ser hombre, que puede padecer; y, siendo inmortal como es, sujetarse a las leyes de la muerte. Y por una nueva natividad fue engendrado, concebido por una Virgen, nacido de una Virgen, sin deseo paterno y sin lesión de la castidad de la madre: porque un nacimiento tal, que no conoció mancha de carne humana, correspondía a Aquel que había de ser el Salvador de los hombres, al poseer en sí la naturaleza de sustancia humana. Pues cuando Dios nació en la carne, Dios mismo fue el Padre, como el arcángel lo atestiguó a la Bienaventurada Virgen María: «porque el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: y por eso, lo que de ti nacerá será llamado santo, el Hijo de Dios [].» El origen es distinto, pero la naturaleza semejante: no por unión con varón, sino por el poder de Dios fue realizado; pues la Virgen concibió, la Virgen dio a luz, y la Virgen permaneció. Considera aquí no la condición de la que dio a luz, sino la voluntad del que nació; porque nació Hombre como quiso y pudo. Si indagas la verdad de su naturaleza, has de reconocer que la materia es humana; si buscas el modo de su nacimiento, has de confesar que el poder es de Dios. Porque el Señor Jesucristo vino a quitar, no a soportar, nuestras impurezas; no a sucumbir a nuestras culpas, sino a sanarlas. Vino para curar toda flaqueza de nuestra corrupción y todas las llagas de nuestras almas manchadas; por lo cual convenía que naciera por un orden nuevo Aquel que traía a los cuerpos de los hombres el nuevo don de la pureza sin mancilla. Pues la naturaleza incorrupta del que nacía había de guardar la virginidad primigenia de la Madre, y la infusa virtud del Espíritu Divino había de conservar en inmaculada santidad aquel santuario que Él se había escogido para sí: aquel Espíritu (digo) que había determinado levantar al caído, restaurar al quebrantado y, venciendo los halagos de la carne, otorgarnos en medida abundante el poder de la castidad, a fin de que la virginidad que en otros no puede conservarse en el parto, pudiera ser alcanzada por ellos en su segundo nacimiento.

    III. La justicia exigía que Satanás fuera vencido por Dios hecho hombre

    Sermón 22, § III

    Y, amadísimos, este hecho mismo de que Cristo eligiera nacer de una Virgen, ¿no parece ser parte del designio más profundo? Quiero decir: que el diablo no advirtiera que la Salvación había nacido para el género humano, y que por la oscuridad de aquella concepción espiritual, al verlo en nada distinto de los demás, creyera que había nacido de modo no diferente a los demás. Pues, al observar que su naturaleza era semejante a la de todos, pensó que tenía el mismo origen que todos; y no comprendió que estaba libre de las ataduras de la transgresión, porque no lo halló ajeno a la debilidad de la mortalidad. Pues aunque la verdadera misericordia de Dios tenía a mano infinitos designios para la restauración del género humano, eligió aquel plan particular que puso por obra, para destruir la obra del diablo, no la eficacia del poder, sino los dictados de la justicia. Porque la soberbia del antiguo enemigo, no sin merecerlo, hizo valer sus derechos despóticos sobre todos los hombres, y con supremacía no injustificada tiranizó a quienes, por su propia voluntad, se habían apartado de los mandatos de Dios para ser esclavos de su voluntad. Y así, no habría justicia en que él perdiera la inmemorial esclavitud del género humano, si no fuera vencido por aquello mismo que había subyugado. Y a este fin, sin semilla de varón, Cristo fue concebido de una Virgen, que fue fecundada no por unión humana, sino por el Espíritu Santo. Y mientras en todas las madres la concepción no se realiza sin mancha de pecado, ésta recibió purificación de la Fuente misma de su concepción. Pues ninguna mancha de pecado penetró donde no hubo unión carnal. Su inmaculada virginidad no conoció concupiscencia al suministrar la sustancia. El Señor tomó de su madre nuestra naturaleza, no nuestra culpa. La forma de siervo es creada sin la condición servil, porque el Hombre Nuevo está de tal modo mezclado con el viejo, que asume la realidad de nuestra raza y quita su antigua mancha.

    IV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres

    Sermón 22, § IV

    Cuando, pues, el Salvador misericordioso y todopoderoso dispuso de tal modo el comienzo de su curso humano que ocultó el poder de su Deidad, inseparable de su Humanidad, bajo el velo de nuestra flaqueza, el astuto enemigo fue cogido desprevenido, y pensó que el natalicio del Niño, que había nacido para la salvación del género humano, estaba tan sujeto a sí mismo como lo están todos los demás al nacer. Pues lo vio llorando y gimiendo, lo vio envuelto en pañales, sometido a la circuncisión, ofreciendo el sacrificio que la Ley exigía. Y luego advirtió en Él el crecimiento acostumbrado de la niñez, y no pudo dudar de que llegaría a la edad viril por pasos naturales. Entretanto, le infligió ultrajes, multiplicó injurias, se valió de maldiciones, afrentas, blasfemias, improperios; en una palabra, derramó sobre Él toda la fuerza de su furor y agotó todas las variedades de la prueba; y, sabiendo cómo había envenenado la naturaleza del hombre, no concibió que no tuviera parte en la primera transgresión Aquel cuya mortalidad había comprobado con tantas pruebas. El ladrón sin escrúpulos y el salteador codicioso insistió en asaltar a Aquel que nada tenía propio, y al ejecutar la sentencia general sobre el pecado original, fue más allá del vínculo en que se apoyaba, y exigió la pena de iniquidad de Aquel en quien no halló culpa. Y así, las cláusulas malévolas del pacto mortal quedan anuladas, y por la injusticia de un cobro excesivo se cancela la deuda entera. El fuerte es atado con sus propias cadenas, y toda maquinación del maligno recae sobre su propia cabeza. Cuando el príncipe de este mundo es atado, todo cuanto tenía en cautiverio queda libre. Nuestra naturaleza, limpia de su antiguo contagio, recobra su honroso estado; la muerte es destruida por la muerte, el natalicio es restaurado por el natalicio; pues a un mismo tiempo la redención suprime la esclavitud, la regeneración cambia nuestro origen y la fe justifica al pecador.

    V. El cristiano es exhortado a participar de las bendiciones de la Encarnación

    Sermón 22, § V

    Quienquiera, pues, que seas, que devota y fielmente te glorías del nombre cristiano, estima esta expiación en su justo valor. Porque a ti, que eras un desechado, desterrado de los reinos del paraíso, muriendo en tu fatigoso exilio, reducido a polvo y ceniza, sin esperanza ulterior de vivir, por la Encarnación del Verbo se te dio el poder de volver desde lejos a tu Hacedor, de reconocer tu filiación, de llegar a ser libre después de la esclavitud, de ser elevado de proscrito a hijo: de modo que tú, que naciste de carne corruptible, puedas renacer por el Espíritu de Dios, y obtener por la gracia lo que no tenías por naturaleza, y, si te reconoces hijo de Dios por el espíritu de adopción, atreverte a llamar a Dios Padre. Libre de las acusaciones de una mala conciencia, aspira al reino de los cielos, cumple la voluntad de Dios sostenido por la ayuda divina, imita a los ángeles en la tierra, aliméntate de la fuerza del sustento inmortal, pelea sin temor de parte de la piedad contra las tentaciones hostiles; y, si guardas tu lealtad en la milicia celestial, no dudes de que serás coronado por tu victoria en el campamento triunfal del Rey Eterno, cuando la resurrección que está preparada para los fieles te haya elevado a participar del Reino celestial.

    VI. La fiesta nada tiene que ver con el culto al sol, como algunos sostienen

    Sermón 22, § VI

    Teniendo, pues, esperanza tan confiada, amadísimos, permaneced firmes en la Fe en que estáis edificados; no sea que aquel mismo tentador, cuya tiranía sobre vosotros ya destruyó Cristo, os recobre con alguno de sus engaños, y eche a perder aun los gozos de la presente fiesta con su arte falaz, extraviando las almas sencillas con la pestilente opinión de algunos, a quienes este nuestro solemne día de fiesta parece derivar su honor, no tanto del natalicio de Cristo cuanto, según ellos, del orto del nuevo sol. Los corazones de tales hombres están envueltos en tinieblas totales, y no tienen percepción creciente de la luz verdadera; pues todavía se dejan arrastrar por los necios errores del paganismo, y porque no pueden elevar los ojos del alma por encima de lo que su vista carnal contempla, tributan honores divinos a los luminares que sirven al mundo. No abriguen las almas cristianas tan inicua superstición y tan portentosa mentira. Sin medida están apartadas de lo Eterno las cosas temporales, de lo Incorpóreo las corporales, del Gobernador las gobernadas. Pues aunque poseen una belleza admirable, no tienen deidad alguna que haya de adorarse. Aquel poder, pues, aquella sabiduría, aquella majestad ha de ser adorada, que creó el universo de la nada, y dispuso por sus todopoderosos designios la sustancia de la tierra y del cielo en las formas y dimensiones que quiso. El sol, la luna y las estrellas pueden sernos utilísimos y hermosísimos de contemplar; pero sólo si damos gracias a su Hacedor por ellos y adoramos a Dios que los hizo, no a la criatura que le sirve. Alabad, pues, a Dios, amadísimos, en todas sus obras y juicios. Abrigad fe indudable en la pura concepción de la Virgen. Honrad el sagrado y divino misterio de la restauración del hombre con servicio santo y sincero. Abrazad a Cristo nacido en nuestra carne, para que merezcáis verlo también como Dios de la gloria reinando en su majestad, quien con el Padre y el Espíritu Santo permanece en la unidad de la Deidad por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 23. Sobre la Fiesta de la Natividad, III

    I. Las verdades de la Encarnación jamás sufren por ser repetidas

    Sermón 23, § I

    Las cosas que se relacionan con el misterio de la festividad solemne de hoy os son bien conocidas, amadísimos, y con frecuencia las habéis oído; pero así como aquella luz visible deleita a los ojos sanos, así la natividad del Salvador otorga gozo eterno a los corazones sanos; y no debemos callar acerca de ella, aunque no podamos tratarla como es debido. Pues creemos que lo que dice Isaías, «¿quién contará su generación []?» se aplica no sólo a aquel misterio por el cual el Hijo de Dios es coeterno con el Padre, sino también a este nacimiento por el cual «el Verbo se hizo carne». Y así Dios, el Hijo de Dios, igual y de la misma naturaleza que el Padre y con el Padre, Creador y Señor del Universo, Quien está enteramente presente en todas partes y excede enteramente todas las cosas, en el debido curso del tiempo, que corre según su propia disposición, escogió para sí este día en el cual nacer de la bienaventurada Virgen María para la salvación del mundo, sin menoscabo del honor de la madre. Pues su virginidad no fue violada ni en la concepción ni en el parto: «para que se cumpliese», como dice el Evangelista, «lo dicho por el Señor por medio del profeta Isaías, que dice: He aquí que la Virgen concebirá en su seno, y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros []». Pues este admirable alumbramiento de la santa Virgen produjo en su descendencia una sola Persona que era verdaderamente humana y verdaderamente divina, porque ninguna de las dos naturalezas retuvo de tal modo sus propiedades que pudiera haber en ellas división de personas; ni la criatura fue tomada en compañía con su Creador de tal manera que el Uno fuese el que mora dentro, y la otra la morada; sino de modo que la una naturaleza se unió con la otra. Y aunque una es la naturaleza que es asumida, y otra la que asume, sin embargo estas dos diversas naturalezas se unen en tan estrecha unión que es uno y el mismo Hijo quien dice, como verdadero Hombre, «Es menor que el Padre», y, como verdadero Dios, «Es igual al Padre».

    II. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre

    Sermón 23, § II

    Esta unión, amadísimos, por la cual el Creador se une a la criatura, no pudo verla la ceguera arriana con los ojos de la inteligencia, sino que, no creyendo que el Unigénito de Dios fuese de la misma gloria y sustancia que el Padre, habló de la Deidad del Hijo como inferior, sacando sus argumentos de aquellas palabras que han de referirse a la «forma de siervo», respecto de la cual, para mostrar que no pertenece a otra o distinta persona en Él, el mismo Hijo de Dios con la misma forma dice: «El Padre es mayor que yo []», así como dice con la misma forma: «Yo y el Padre somos uno». Porque en la «forma de siervo», que tomó al fin de los siglos para nuestra restauración, es inferior al Padre; pero en la forma de Dios, en la cual era antes de los siglos, es igual al Padre. En su humillación humana fue «hecho de mujer, hecho bajo la Ley []»; en su majestad divina permanece como el Verbo de Dios, «por quien todas las cosas fueron hechas []». En consecuencia, Aquel que en la forma de Dios hizo al hombre, en la forma de siervo fue hecho hombre. Pues ambas naturalezas conservan su propio carácter sin pérdida; y así como la forma de Dios no suprimió la forma de siervo, tampoco la forma de siervo menoscabó la forma de Dios. Y así el misterio del poder unido a la debilidad, en cuanto a la misma naturaleza humana, permite que el Hijo sea llamado inferior al Padre; pero la Deidad, que es Una en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, excluye toda noción de desigualdad. Porque la eternidad de la Trinidad nada tiene de temporal, nada de desemejante en su naturaleza: una es su voluntad, idéntica su sustancia, igual su poder; y sin embargo no hay tres dioses, sino un solo Dios, porque es verdadera e inseparable unidad, donde no puede haber diversidad. Por tanto, en la entera y perfecta naturaleza del verdadero hombre nació el verdadero Dios, completo en lo suyo, completo en lo nuestro. Y por «lo nuestro» entendemos lo que el Creador formó en nosotros desde el principio y lo que se propuso reparar. Porque lo que el engañador introdujo, y lo que el hombre engañado cometió, no tuvo rastro alguno en el Salvador; ni porque participase de las debilidades del hombre, compartió por ello nuestras culpas. Tomó la forma de siervo sin mancha de pecado, acrecentando lo humano y no disminuyendo lo divino; porque aquel «anonadarse a sí mismo», por el cual el Invisible se hizo visible, fue inclinación de piedad, no pérdida de poder.

    III. La Encarnación fue necesaria para quitar el pecado

    Sermón 23, § III

    Para que, pues, fuésemos llamados a la bienaventuranza eterna desde nuestra servidumbre original y de los errores terrenos, descendió Él mismo hasta nosotros, a quien no podíamos ascender; porque, aunque en muchos había amor a la verdad, sin embargo la variedad de nuestras opiniones cambiantes era engañada por la astucia de los demonios seductores, y la ignorancia del hombre era arrastrada a nociones diversas y contradictorias por una falsamente llamada ciencia. Mas para quitar este escarnio, por el cual las mentes de los hombres eran cautivadas para servir al diablo soberbio, no bastaba la enseñanza de la Ley, ni podía nuestra naturaleza ser restaurada meramente por las exhortaciones de los profetas; sino que la realidad de la redención había de añadirse a los preceptos morales, y nuestro origen fundamentalmente corrompido había de nacer de nuevo. Había de ofrecerse una Víctima por nuestra expiación que fuese a la vez partícipe de nuestra raza y libre de nuestra contaminación, para que este designio de Dios, por el cual le plugo quitar el pecado del mundo en la Natividad y Pasión de Jesucristo, alcanzase a todas las generaciones; y para que no fuésemos turbados, sino más bien fortalecidos, por estos misterios, que varían según el carácter de los tiempos, ya que la fe por la cual vivimos en ningún tiempo ha sufrido variación.

    IV. Los bienes de la Encarnación se extienden tanto hacia atrás como hacia adelante

    Sermón 23, § IV

    Dejen, pues, de quejarse aquellos hombres que con murmuraciones desleales hablan contra las dispensaciones de Dios, y parlotean acerca de la tardanza de la Natividad del Señor, como si aquello que se cumplió en la última edad del mundo no tuviera relación con los tiempos pasados. Pues la Encarnación del Verbo no hizo sino contribuir a la realización de lo que se hacía; y el misterio de la salvación del hombre jamás estuvo detenido ni en la edad más remota. Lo que los apóstoles predijeron, los profetas lo anunciaron; y no se cumplió demasiado tarde aquello que siempre ha sido creído. Mas la Sabiduría y la Bondad de Dios nos hicieron más receptivos a su llamada al diferir así la obra que traía la salvación; de modo que aquello que durante tantas edades había sido predicho por muchas señales, muchas palabras y muchos misterios, no fuese dudoso en estos días del Evangelio; y que la natividad del Salvador, que había de exceder todas las maravillas y toda medida del conocimiento humano, engendrase en nosotros una fe tanto más firme cuanto más antigua y repetida hubiese sido la predicción de ella. Y así no fue nuevo consejo ni tardía piedad la de Dios al cuidar de los hombres; sino que desde la constitución del mundo ordenó una y la misma Causa de Salvación para todos. Porque la gracia de Dios, por la cual todo el cuerpo de los santos es siempre justificado, fue aumentada, no comenzada, cuando Cristo nació; y este misterio del gran amor de Dios, del cual está ahora lleno el mundo entero, fue tan eficazmente prefigurado que quienes creyeron aquella promesa no obtuvieron menos que quienes fueron los receptores efectivos.

    V. La venida de Cristo en nuestra carne se corresponde con que nosotros lleguemos a ser miembros de su cuerpo

    Sermón 23, § V

    Por lo cual, amadísimos, ya que es manifiesta la misericordia con que todas las riquezas de la bondad divina se derraman sobre nosotros, cuya llamada a la vida eterna ha sido ayudada no sólo por los provechosos ejemplos de quienes nos precedieron, sino también por la aparición visible y corporal de la Verdad misma, estamos obligados a celebrar el día de la Natividad del Señor con un gozo que no sea perezoso ni carnal. Y cada uno lo celebraremos digna y cabalmente si recordamos de qué Cuerpo somos miembros y a qué Cabeza estamos unidos, no sea que alguno, como articulación mal ajustada, no cohesione con el resto del edificio sagrado. Considerad, amadísimos, y por la iluminación del Espíritu Santo traed a la memoria con atención Quién fue el que nos recibió en Sí mismo, y lo que nosotros hemos recibido en nosotros; pues así como el Señor Jesús se hizo nuestra carne al nacer, así también nosotros nos convertimos en su cuerpo al renacer. Por tanto, somos a la vez miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo; y por esta razón dice el bienaventurado Apóstol: «Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo»; pues, al sugerirnos la norma de su propia mansedumbre y humildad, nos llena de aquel poder con que nos redimió, como el mismo Señor promete: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas []». Tomemos, pues, el yugo, que no es pesado ni molesto, de la Verdad que nos gobierna, e imitemos la humildad de Aquel a cuya gloria deseamos ser conformados, ayudándonos Él mismo y conduciéndonos a sus promesas, Quien, según su gran misericordia, es poderoso para borrar nuestros pecados y perfeccionar sus dones en nosotros, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV

    I. La Encarnación cumple todos sus tipos y promesas

    Sermón 24, § I

    La bondad divina, amadísimos, ciertamente ha cuidado siempre del género humano de muchas maneras y en muchas porciones, y por su misericordia ha otorgado muchos dones de su providencia a las edades antiguas; pero en estos últimos tiempos ha excedido toda la abundancia de su acostumbrada bondad, cuando en Cristo la Misericordia misma ha descendido a los pecadores, la Verdad misma a los descarriados, la Vida misma a los muertos; de modo que el Verbo, coeterno y coigual con el Padre, pudiera tomar nuestra humilde naturaleza en unión con su Deidad, y, naciendo Dios de Dios, pudiera también nacer Hombre de hombre. Esto, en verdad, fue prometido desde la fundación del mundo, y siempre había sido profetizado por muchas insinuaciones de hechos y palabras; mas ¡qué pequeña porción del género humano habrían salvado estos tipos y misterios prefigurados, si la venida de Cristo no hubiera cumplido aquellas largas y secretas promesas, y si aquello que entonces aprovechaba sólo a unos pocos creyentes en expectativa no aprovechara ahora a miríadas de fieles en su cumplimiento! Ya no somos, pues, llevados a creer por señales y tipos, sino que, confirmados por el relato evangélico, adoramos aquello que creemos que ha sido hecho; ayudando a nuestro conocimiento el saber profético, de modo que no tenemos duda alguna acerca de aquello que sabemos que fue predicho por tan seguros oráculos. De aquí proviene que el Señor dice a Abraham: «En tu simiente serán benditas todas las naciones []»; de aquí que David, en espíritu de profecía, cante diciendo: «El Señor juró verdad a David, y no se apartará de ella: del fruto de tu vientre pondré sobre tu trono»; de aquí que el Señor diga de nuevo por medio de Isaías: «He aquí que una virgen concebirá en su vientre, y dará a luz un Hijo, y será llamado su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros []», y de nuevo: «Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor brotará de su raíz». En la cual vara, sin duda, está predicha la bienaventurada Virgen María, que, brotando de la estirpe de Jesé y de David y fecundada por el Espíritu Santo, produjo una flor nueva de carne humana, haciéndose virgen y madre.

    II. La Encarnación fue el único remedio eficaz contra la caída

    Sermón 24, § II

    Alégrense, pues, los justos en el Señor, y vuélvanse los corazones de los creyentes a la alabanza de Dios, y confiesen los hijos de los hombres sus maravillas; pues en esta obra de Dios especialmente advierte nuestra humilde condición cuán altamente la estima su Hacedor, al punto que, después de su gran don al género humano al hacernos a su imagen, contribuyó mucho más abundantemente a nuestra restauración cuando el Señor mismo tomó sobre sí «la forma de siervo». Pues aunque todo lo que el Creador prodiga a su criatura forma parte de un mismo y único amor paternal, sin embargo es menos admirable que el hombre ascienda a las cosas divinas que el que Dios descienda a la humanidad. Mas si el Dios Todopoderoso no se hubiera dignado hacer esto, ninguna clase de justicia, ninguna forma de sabiduría podría rescatar a nadie de la esclavitud del diablo y de las profundidades de la muerte eterna. Porque la condenación que pasa con el pecado de uno a todos permanecería, y nuestra naturaleza, corroída por su herida mortal, no hallaría remedio alguno, pues no podría mudar su estado por sus propias fuerzas. Pues el primer hombre recibió la sustancia de la carne de la tierra, y fue vivificado con un espíritu racional por el aliento de su Creador, de modo que, viviendo según la imagen y semejanza de su Hacedor, pudiera conservar la forma de la bondad y justicia de Dios como en un espejo brillante. Y si hubiera mantenido perseverantemente esta alta dignidad de su naturaleza observando la Ley que le fue dada, su mente incorrupta habría elevado incluso la condición de su cuerpo terreno a la gloria celestial. Mas porque en infeliz temeridad confió en el envidioso engañador, y consintiendo a sus presuntuosos consejos, prefirió anticipar más bien que ganar el aumento de honor que le estaba reservado, no sólo aquel hombre, sino en él todos los que de él vinieron oyeron también la sentencia: «tierra eres, y a la tierra volverás []»; «como es el terrenal», por tanto, «tales son también los terrenales []», y nadie es inmortal, porque nadie es celestial.

    III. Todos llegamos a ser partícipes del Nacimiento de Cristo por el renacimiento del bautismo

    Sermón 24, § III

    Y así, para deshacer esta cadena de pecado y de muerte, el Hijo Todopoderoso de Dios, que llena todas las cosas y contiene todas las cosas, enteramente igual al Padre y coeterno en una sola esencia con Él y por Él, tomó sobre sí la naturaleza del hombre, y el Creador y Señor de todas las cosas se dignó ser mortal; escogiendo por madre a una a quien Él había hecho, una que, sin pérdida de su honor virginal, suministró tanta sustancia corporal que, sin la impureza de la simiente humana, el Hombre nuevo pudiera poseer pureza y verdad. En Cristo, pues, nacido del vientre de la Virgen, la naturaleza no difiere de la nuestra, aunque su natividad es admirable. Porque Aquel que es verdadero Dios es también verdadero hombre, y no hay mentira en ninguna de las dos naturalezas. «El Verbo se hizo carne» por exaltación de la carne, no por mengua de la Deidad; la cual templó de tal modo su poder y su bondad que exaltó nuestra naturaleza al tomarla, y no perdió la suya al comunicarla. En esta natividad de Cristo, según la profecía de David, «la verdad brotó de la tierra, y la justicia miró desde el cielo». En esta natividad se cumple también la sentencia de Isaías: «produzca la tierra y dé a luz salvación, y brote juntamente la justicia []». Pues la tierra de la carne humana, que en el primer transgresor fue maldita, en esta Descendencia de la Bienaventurada Virgen produjo únicamente una simiente bendita y libre de la culpa de su estirpe. Y cada uno es partícipe de este origen espiritual en la regeneración; y para cada uno, cuando renace, el agua del bautismo es como el vientre de la Virgen; porque el mismo Espíritu Santo llena la pila bautismal que llenó a la Virgen, para que el pecado, que aquella sagrada concepción destruyó, sea quitado por este lavado místico.

    IV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades

    Sermón 24, § IV

    En este misterio, amadísimos, no tiene parte el loco error de los maniqueos, ni tienen participación alguna en la regeneración de Cristo quienes dicen que Él nació corporalmente de la Virgen María: de modo que, así como no creen en su verdadera natividad, tampoco aceptan su verdadera pasión; y, no reconociéndolo verdaderamente sepultado, rechazan su auténtica resurrección. Pues, habiendo entrado en la peligrosa senda de su abominable dogma, donde todo es oscuro y resbaladizo, se precipitan en el abismo de la muerte por el precipicio de la falsedad, y no hallan suelo firme en que descansar; porque, además de todas sus otras enormidades diabólicas, en la misma fiesta principal del culto de Cristo, como lo ha manifestado su última confesión, se solazan en la contaminación tanto corporal como mental, perdiendo su propia modestia así como la pureza de su fe; de tal modo que se hallan ser tan inmundos en sus ritos como blasfemos en sus doctrinas.

    V. Otras herejías contienen alguna porción de verdad, pero los maniqueos no contienen ninguna en absoluto

    Sermón 24, § V

    Las demás herejías, amadísimos, aunque todas han de ser condenadas justamente en su variedad, tienen sin embargo cada una en alguna parte de ellas algo que es verdadero. Arrio, al establecer que el Hijo de Dios es menor que el Padre y una criatura, y al pensar que el Espíritu Santo fue hecho, como todo lo demás, por el mismo Padre, se perdió en gran blasfemia; pero no negó la Deidad eterna e inmutable en la esencia del Padre, aunque no pudo verla en la Unidad de la Trinidad. Macedonio careció de la luz de la Verdad al no recibir la Deidad del Espíritu Santo, pero reconoció un solo poder y la misma naturaleza en el Padre y en el Hijo. Sabelio se sumergió en un error inextricable por sostener que la unidad de sustancia es inseparable en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero concedió a la singularidad de naturaleza lo que debería haber atribuido a la igualdad de naturaleza, y como no pudo comprender una verdadera Trinidad, creyó en una sola y misma persona bajo una triple denominación. Fotino, extraviado por su ceguera mental, reconoció en Cristo al verdadero hombre de nuestra sustancia, pero no creyó que naciera Dios de Dios antes de todos los siglos, y así, perdiendo la integridad de la fe, creyó que el Hijo de Dios había asumido la verdadera naturaleza de la carne humana de tal modo que afirmaba que no había alma en ella, porque la Deidad misma ocupaba su lugar. Así, si todos los errores que la fe católica ha anatematizado se retractasen, se halla en uno y otro algo que puede separarse de su condenable contexto. Pero en el detestable dogma de los maniqueos no hay absolutamente nada que pueda juzgarse tolerable en grado alguno.

    VI. Los cristianos deben aferrarse a la única fe y no dejarse extraviar

    Sermón 24, § VI

    Pero vosotros, amadísimos, a quienes me dirijo con términos no menos solemnes que los del bienaventurado apóstol Pedro, «raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios [],» edificados sobre la roca inconmovible, Cristo, y unidos al Señor nuestro Salvador por su verdadera asunción de nuestra carne, permaneced firmes en aquella fe que habéis profesado ante muchos testigos, y en la que fuisteis renacidos por el agua y el Espíritu Santo, y recibisteis la unción de la salvación y el sello de la vida eterna. Pero «si alguien os predica algo distinto de lo que habéis aprendido, sea anatema []:» rehusad anteponer fábulas perversas a la verdad clarísima, y lo que por casualidad leáis u oigáis contrario a la regla del credo católico y apostólico, juzgadlo totalmente mortífero y diabólico. No os dejéis arrastrar por sus engañosas observancias de ayunos fingidos y simulados, que no tienden a la purificación, sino a la destrucción de las almas de los hombres. Se ponen ciertamente un manto de piedad y castidad, pero bajo ese engaño ocultan la inmundicia de sus actos, y desde los escondrijos de su impío corazón arrojan dardos para herir a los sencillos; para que, como dice el profeta, «flechen en las tinieblas a los rectos de corazón.» Un poderoso baluarte es una fe sana, una fe verdadera, a la que nada ha de añadirse ni quitarse: porque si no es una, no es fe, como dice el Apóstol, «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, y por todos, y en todos nosotros [].» Adheríos a esta unidad, amadísimos, con mentes inconmovibles, y en ella «seguid» toda «santidad [],» en ella cumplid los mandamientos del Señor, porque «sin fe es imposible agradar a Dios,» y sin ella nada es santo, nada es puro, nada vive: «porque el justo vive por la fe,» y el que por engaño del diablo la pierde, está muerto aunque viva, porque así como la justicia se alcanza por la fe, así también por una fe verdadera se alcanza la vida eterna, como dice nuestro Señor y Salvador. Y esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado []. Que Él os haga avanzar y perseverar hasta el fin, el que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 2 de 9