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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

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    Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 9 · Sermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércolesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
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    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

    Sermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles

    I. La Deidad de Cristo jamás lo abandonó en su Pasión

    Sermón 68, § I

    El último sermón, amadísimos, del cual deseamos ahora dar la porción prometida, había llegado a aquel punto del argumento en que hablábamos de aquel clamor que el Señor crucificado dirigió al Padre: advertimos al oyente simple e irreflexivo que no tomara las palabras «Dios mío, etc.,» en el sentido de que, cuando Jesús fue clavado en el madero de la cruz, la omnipotencia de la Deidad del Padre se hubiera apartado de Él; visto que la Naturaleza de Dios y la Naturaleza del Hombre estaban tan completamente unidas en Él, que la unión no podía ser destruida ni por el castigo ni por la muerte. Pues mientras cada sustancia conservaba sus propias propiedades, Dios ni se mantuvo alejado del sufrimiento de su cuerpo ni se hizo pasible por la carne, porque la Deidad que estaba en el que sufría no padeció realmente. Y por eso, de conformidad con la Naturaleza del Verbo hecho Hombre, Aquel que fue hecho en medio de todos es el mismo que Aquel por quien todas las cosas fueron hechas. Aquel que es arrestado por manos de hombres inicuos es el mismo que Aquel a quien ningún límite constriñe. Aquel que es traspasado con clavos es el mismo que Aquel a quien ninguna herida puede afectar. Finalmente, Aquel que padeció la muerte es el mismo que Aquel que jamás dejó de ser eterno, de modo que ambos hechos quedan establecidos por señales indudables: a saber, la verdad de la humillación en Cristo y la verdad de la majestad; porque el poder divino se unió a la fragilidad humana para este fin: que Dios, al hacer suyo lo nuestro, hiciese al mismo tiempo nuestro lo suyo. El Hijo, por tanto, no fue separado del Padre, ni el Padre del Hijo; y la Deidad inmutable y la Trinidad inseparable no admitieron división alguna. Pues aunque la tarea de someterse a la Encarnación pertenecía propiamente al Hijo Unigénito de Dios, el Padre no estuvo separado del Hijo más de lo que la carne estuvo separada del Verbo.

    II. La muerte de Cristo fue voluntaria de su parte y, sin embargo, al salvar a otros no pudo salvarse a sí mismo

    Sermón 68, § II

    Jesús, por tanto, clamó a gran voz, diciendo: «¿Por qué me has abandonado?» para notificar a todos cuán conveniente era que no fuese rescatado, no defendido, sino entregado en manos de hombres crueles, es decir, llegar a ser el Salvador del mundo y el Redentor de todos los hombres, no por la miseria sino por la misericordia; y no por falta de socorro sino por determinación de morir. Mas ¡cuán grande debemos considerar el poder intercesor de su vida, de Aquel que murió y resucitó por su propio poder inherente! Pues dice el bienaventurado Apóstol que el Padre «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros [];» y de nuevo dice: «Porque Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla.» Y de aquí que la entrega del Señor a su Pasión fue tanto de la voluntad del Padre como de la suya propia, de modo que no sólo el Padre lo «abandonó», sino que Él también se abandonó en cierto sentido a sí mismo, no con fuga apresurada, sino con retiro voluntario. Pues el poder del Crucificado se contuvo ante aquellos hombres malvados, y para valerse de un designio secreto, rehusó valerse de su poder manifiesto. Pues ¿cómo habría salvado a los pecadores Aquel que había venido a destruir la muerte y al autor de la muerte mediante su Pasión, si hubiera resistido a sus perseguidores? Ésta era, pues, la creencia de los judíos: que Jesús había sido abandonado por Dios, contra quien habían podido cometer tan impía crueldad; pues no comprendiendo el misterio de su admirable paciencia, dijeron en blasfema burla: «A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. Si es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él [].» No según vuestra ciega voluntad, oh escribas necios y sacerdotes malvados, había de manifestarse el poder del Salvador; ni por obediencia a las malas lenguas de los blasfemos había de demorarse la Redención del género humano; pues si hubierais querido reconocer la Deidad del Hijo de Dios, habríais observado sus innumerables obras, y ellas os habrían confirmado en aquella fe que tan engañosamente prometéis. Mas si, como vosotros mismos reconocéis, es verdad que salvó a otros, ¿por qué tantos y tan grandes milagros, obrados a la vista de todos, nada hicieron para ablandar la dureza de vuestros corazones, sino porque siempre habéis resistido de tal modo al Espíritu Santo, que habéis convertido en vuestra perdición todos los beneficios de Dios para con vosotros? Pues aunque Cristo bajara de la cruz, vosotros permaneceríais aún en vuestro crimen.

    III. Se estaba efectuando entonces una transición de la Antigua a la Nueva Dispensación

    Sermón 68, § III

    Por tanto, los insultos de vacía exultación fueron despreciados, y la misericordia del Señor en restaurar a los perdidos y a los caídos no fue apartada del camino de su propósito por el ultraje ni por la injuria. Pues una víctima incomparable estaba siendo ofrecida a Dios por la salvación del mundo, y la inmolación de Cristo, el verdadero Cordero, anunciada durante tantos siglos, transfería a los hijos de la promesa a la libertad de la fe. También el Nuevo Testamento estaba siendo ratificado, y en la sangre de Cristo se inscribían los herederos del Reino eterno; el Sumo Pontífice entraba en el Sancta Sanctorum, y para interceder ante Dios, el Sacerdote inmaculado pasaba a través del velo de su carne. En fin, tan evidente transición se estaba efectuando de la Ley al Evangelio, de la sinagoga a la Iglesia, de los muchos sacrificios a la única Víctima, que, cuando el Señor entregó el espíritu, aquel velo místico que colgaba delante y cerraba el interior del Templo y su santuario fue rasgado de pronto con violencia de arriba abajo, porque la Verdad desplazaba las figuras, y los precursores ya no eran necesarios en presencia de Aquel que anunciaban. A esto se añadió una terrible confusión de todos los elementos, y la naturaleza misma retiró su apoyo a los que crucificaban a Cristo. Y aunque el centurión encargado de la crucifixión, aterrado por lo que había visto, dijo: «verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios», los corazones malvados de los judíos, más duros que todos los sepulcros y rocas, no consta que fueran traspasados por compunción alguna; de modo que parece que los soldados romanos estuvieron entonces más prontos a reconocer al Hijo de Dios que los sacerdotes de Israel.

    IV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año

    Sermón 68, § IV

    Así, pues, ya que los judíos, privados de toda la santificación impartida por estos misterios, convirtieron su luz en tinieblas y sus «fiestas en duelo», postrémonos, amadísimos, en cuerpo y alma, y adoremos la gracia de Dios, que ha sido derramada sobre todas las naciones, suplicando al Padre misericordioso y al rico Redentor, día tras día, que nos dé su ayuda y nos permita escapar de todos los peligros de esta vida. Pues el astuto tentador está presente en todas partes y no deja nada libre de sus lazos. Al cual, con la ayuda de la misericordia de Dios, que se extiende a nosotros en medio de todos los peligros, debemos resistir siempre con fe firme, de modo que, aunque él no cesa de atacar, jamás logre llevar a cabo el asalto. Guardad todos, amadísimos, religiosamente el ayuno y aprovechaos de él, y que ningún exceso eche a perder los beneficios de esta continencia que hemos comprobado conveniente tanto para el alma como para el cuerpo. Pues las cosas que atañen a la sobriedad y a la templanza deben observarse con mayor diligencia en este tiempo, para que de un celo breve se contraiga un hábito duradero; y así en las obras de misericordia como en la estricta abnegación, no quede para los fieles hora alguna ociosa, ya que, al crecer los años y deslizarse el tiempo, estamos obligados a aumentar el caudal de nuestras obras y no malgastar las oportunidades. Y a las voluntades devotas y a las almas religiosas se les concederá la misericordia de Dios, para que Él nos haga capaces de alcanzar aquello que nos hizo capaces de desear; Él, que vive y reina con nuestro Señor Jesucristo su Hijo, y con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 71. Sobre la Resurrección del Señor, I: predicado el Sábado Santo en la Vigilia de la Pascua

    I. Todos debemos participar en la vida de resurrección de Cristo

    Sermón 71, § I

    En mi último sermón, amadísimos, no sin razón, según pienso, os explicamos nuestra participación en la cruz de Cristo, por la cual la vida de los creyentes contiene en sí misma el misterio de la Pascua, y así lo que se honra en la fiesta se celebra con nuestra vida. Y cuán útil sea esto lo habéis comprobado vosotros mismos, y por vuestra devoción habéis aprendido cuánto aprovechan a las almas y a los cuerpos los ayunos más largos, las oraciones más frecuentes y las limosnas más generosas. Pues apenas puede haber alguien que no haya sacado provecho de este ejercicio y que no haya guardado en lo hondo de su conciencia algo de lo que con razón pueda alegrarse. Mas estas ventajas deben conservarse con cuidado constante, no sea que nuestros esfuerzos caigan en la ociosidad y la malicia del diablo robe lo que la gracia de Dios dio. Ya que, por tanto, con la observancia de los cuarenta días hemos querido lograr este efecto: sentir algo de la Cruz en el tiempo de la Pasión del Señor, debemos esforzarnos por ser hallados también partícipes de la Resurrección de Cristo, y «pasar de la muerte a la vida []», mientras estamos en este cuerpo. Pues cuando un hombre es cambiado por algún proceso de una cosa a otra, el dejar de ser lo que era es para él un fin, y el ser lo que no era es un comienzo. Mas la cuestión es a qué muere o a qué vive el hombre: porque hay una muerte que es causa de vida, y hay una vida que es causa de muerte. Y en ninguna otra parte, sino en este mundo transitorio, se buscan ambas cosas, de modo que de la índole de nuestras acciones temporales dependen las diferencias de las retribuciones eternas. Debemos, por tanto, morir al diablo y vivir para Dios: debemos perecer para la iniquidad a fin de resucitar para la justicia. Húndase lo viejo para que surja lo nuevo; y ya que, como dice la Verdad, «nadie puede servir a dos señores []», no sea señor aquel que causó la ruina de los que estaban en pie, sino Aquel que levantó a los caídos para la victoria.

    II. Dios no dejó su alma en los infiernos, ni permitió que su carne viese corrupción

    Sermón 71, § II

    Por consiguiente, ya que dice el Apóstol: «el primer hombre es de la tierra, terreno; el segundo hombre es del cielo, celestial. Cual es el terreno, tales son también los terrenos; y cual es el celestial, tales son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terreno, llevemos también la imagen de Aquel que es del cielo», debemos alegrarnos en gran manera por este cambio, por el cual somos trasladados de la degradación terrena a la dignidad celestial mediante su inefable misericordia; de Aquel que descendió a nuestra condición para elevarnos a la suya, asumiendo no sólo la sustancia, sino también las condiciones de la naturaleza pecadora, y permitiendo que la impasibilidad de la Deidad fuera afectada por todas las miserias propias de la condición mortal. Y por eso, para que las mentes turbadas de los discípulos no fueran atormentadas por un dolor prolongado, con tan admirable prontitud acortó la demora de los tres días que había anunciado, que, uniendo la última parte del primer día y la primera del tercero a todo el segundo, suprimió una porción considerable del tiempo, y sin embargo no disminuyó el número de los días. Por tanto, la Resurrección del Salvador no retuvo por mucho tiempo su alma en el Hades, ni su carne en el sepulcro; y tan rápida fue la vivificación de su carne incorrupta, que se asemejó más al sueño que a la muerte, puesto que la Deidad, que no abandonó ninguna de las dos partes de la Naturaleza humana que había asumido, reunió por su poder aquello que su poder había separado.

    III. La manifestación de Cristo después de la Resurrección mostró que su Persona era esencialmente la misma de antes

    Sermón 71, § III

    Y siguieron luego muchas pruebas, sobre las cuales pudo fundarse la autoridad de la fe que había de predicarse por todo el mundo. Y aunque la remoción de la piedra, el sepulcro vacío, la disposición de los lienzos y los ángeles que narraron todo el hecho, por sí solos confirmaron plenamente la verdad de la Resurrección del Señor, Él apareció a menudo visiblemente a los ojos tanto de las mujeres como de los apóstoles, no sólo conversando con ellos, sino también quedándose y comiendo con ellos, y dejándose tocar por las manos ansiosas y curiosas de aquellos a quienes asaltaba la duda. Pues para esto entró estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, y les dio el Espíritu Santo soplándoles, y después de darles la luz del entendimiento les abrió los secretos de las Sagradas Escrituras, y de nuevo les mostró la herida del costado, las señales de los clavos y todas las marcas de su Pasión reciente, para que se reconociera que en Él las propiedades de la naturaleza divina y humana permanecían indivisas, y para que de tal modo supiéramos que el Verbo no era lo que es la carne, que confesáramos que el Hijo único de Dios es a la vez Verbo y Carne.

    IV. Pero aunque es la misma, está también glorificada

    Sermón 71, § IV

    El Apóstol de los gentiles, Pablo, amadísimos, no disiente de esta creencia, cuando dice: «aun cuando hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así.» Pues la Resurrección del Señor no fue el fin, sino el cambio de la carne, y su sustancia no fue destruida por el aumento de su poder. La cualidad se alteró, pero la naturaleza no dejó de existir: el cuerpo se hizo impasible, aunque había podido ser crucificado; se hizo incorruptible, aunque había podido ser herido. Y con razón se dice que la carne de Cristo no es conocida en aquel estado en que había sido conocida, porque nada quedó en ella de pasible, nada de débil, de modo que era a la vez la misma en esencia y no la misma en gloria. Mas, ¿qué tiene de extraño que San Pablo afirme esto del cuerpo de Cristo, cuando dice de todos los cristianos espirituales: «por lo cual, de ahora en adelante, a nadie conocemos según la carne»? De ahora en adelante, dice, empezamos a experimentar la resurrección en Cristo, desde el momento en que en Él, que murió por todos, se nos garantizaron todas nuestras esperanzas. No vacilamos en la desconfianza, no estamos bajo la suspensión de la incertidumbre, sino que, habiendo recibido las arras de la promesa, vemos ya con el ojo de la fe las cosas que serán, y gozándonos en la elevación de nuestra naturaleza, poseemos ya lo que creemos.

    V. Salvados por la esperanza, no debemos satisfacer las concupiscencias de la carne

    Sermón 71, § V

    No nos dejemos, pues, absorber por las apariencias de las cosas temporales, ni se desvíen nuestras contemplaciones de las cosas celestiales a las terrenales. Las cosas que en su mayor parte aún no han sucedido deben tenerse por cumplidas; y la mente atenta a lo permanente debe fijar sus deseos allí, donde lo que se ofrece es eterno. Pues aunque «por la esperanza fuimos salvos []», y todavía llevamos con nosotros una carne corruptible y mortal, con razón se dice que no estamos en la carne, si las afecciones carnales no nos dominan, y con justicia dejamos de ser llamados por aquello cuya voluntad no seguimos. Y así, cuando dice el Apóstol: «no hagáis provisión para la carne en sus concupiscencias []», entendemos que no se nos prohíben aquellas cosas que conducen a la salud y que exige la debilidad humana, sino que, porque no podemos satisfacer todos nuestros deseos ni entregarnos a todo lo que la carne apetece, reconocemos que se nos amonesta a ejercer tal dominio propio que no permitamos lo excesivo ni rehusemos lo necesario a la carne, la cual está sujeta al dominio de la mente. Y de aquí que el mismo Apóstol diga en otro lugar: «Porque nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la sustenta y la cuida []»; en la medida, por supuesto, en que debe ser sustentada y cuidada, no en los vicios y en la lujuria, sino con miras a sus propias funciones, para que la naturaleza se recobre y mantenga el debido orden, no prevaleciendo las partes inferiores injusta y envilecidamente sobre las superiores, ni cediendo las superiores a las inferiores, no sea que, si los vicios dominan la mente, sobrevenga la esclavitud allí donde debería haber señorío.

    VI. Nuestros santos propósitos deben continuar durante todo el año, no limitarse únicamente a la Pascua

    Sermón 71, § VI

    Reconozca, pues, el pueblo de Dios que es una nueva creación en Cristo, y comprenda con toda vigilancia por Quién ha sido adoptado y a Quién ha adoptado. No vuelvan las cosas que han sido hechas nuevas a su antigua inestabilidad; y no abandone su labor el que ha «puesto la mano en el arado []», sino que atienda más a lo que siembra que a mirar atrás, a lo que ha dejado. Nadie recaiga en aquello de donde se ha levantado, sino que, aunque por debilidad corporal languidezca todavía bajo ciertas dolencias, desee con urgencia ser sanado y levantado. Pues éste es el camino de la salud mediante la imitación de la Resurrección comenzada en Cristo, por el cual, no obstante las muchas caídas y tropezones a que el viajero está expuesto en esta vida resbaladiza, sus pies pueden ser guiados desde el cenagal a tierra firme; porque, como está escrito, «por el Señor son dirigidos los pasos del hombre, y Él se deleita en su camino. Cuando el justo cayere, no quedará postrado, porque el Señor extenderá su mano». Estos pensamientos, amadísimos, han de guardarse no sólo para la fiesta de la Pascua, sino también para la santificación de toda la vida; y a esto debe encaminarse nuestro ejercicio presente: a que lo que ha deleitado las almas de los fieles con la experiencia de una breve observancia se convierta en costumbre y permanezca sin alteración, y si se desliza alguna falta, sea destruida por una pronta penitencia. Y como la curación de enfermedades antiguas es lenta y difícil, aplíquense pronto los remedios cuando las heridas son recientes, para que, resurgiendo siempre de todas las caídas, merezcamos alcanzar la Resurrección incorruptible de nuestra carne glorificada en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 72. Sobre la Resurrección del Señor, II

    I. La Cruz no es sólo el misterio de la salvación, sino un ejemplo que seguir

    Sermón 72, § I

    El misterio entero de la Pascua, amadísimos, ha sido puesto ante nosotros en la narración evangélica, y los oídos del alma han sido alcanzados de tal modo a través del oído de la carne que ninguno de vosotros puede dejar de tener una imagen de los acontecimientos; pues el texto de la historia divinamente inspirada ha mostrado con claridad la alevosía de la traición al Señor Jesucristo, el juicio por el cual fue condenado, la barbarie de su crucifixión y la gloria de su resurrección. Pero aún se requiere de nosotros un sermón, para que la exhortación de los sacerdotes se añada a la lectura solemne de la Sagrada Escritura, como estoy seguro de que con piadosa expectación nos reclamáis como deuda acostumbrada. Porque, por tanto, no hay lugar para la ignorancia en los oídos fieles, la semilla del Verbo, que consiste en la predicación del Evangelio, debe crecer en la tierra de vuestro corazón, para que, quitadas las espinas y abrojos que ahogan, las plantas de los santos pensamientos y los brotes de los rectos deseos broten libremente hasta dar fruto. Pues la cruz de Cristo, que fue levantada para la salvación de los mortales, es a la vez misterio y ejemplo: sacramento por el cual actúa el poder divino, ejemplo con el cual se excita la devoción del hombre; porque a los rescatados del yugo del cautiverio la Redención les procura además el poder de seguir por imitación el camino de la cruz. Pues si la sabiduría del mundo se envanece tanto en su error que cada uno sigue las opiniones, costumbres y todo el tenor de vida de aquel a quien ha elegido como guía, ¿cómo participaremos nosotros del nombre de Cristo sino uniéndonos inseparablemente a Aquel que es, como Él mismo afirmó, «el Camino, la Verdad y la Vida []»? el Camino, que es de vida santa; la Verdad, de doctrina divina; y la Vida, de felicidad eterna.

    II. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación

    Sermón 72, § II

    Pues cuando todo el cuerpo del género humano cayó en nuestros primeros padres, el Dios misericordioso se propuso socorrer, por su Unigénito Jesucristo, a sus criaturas hechas a su imagen, de tal modo que la restauración de nuestra naturaleza no se realizara aparte de ella, y que nuestro nuevo estado fuera un avance respecto de nuestra condición original. Dichosos si no hubiéramos caído de aquello que Dios nos hizo; pero más dichosos si permanecemos en aquello que Él nos ha rehecho. Mucho fue haber recibido de Cristo la forma; más es tener en Cristo la sustancia. Porque fuimos acogidos en su propio ser por aquella Naturaleza (que condescendió a las limitaciones que dictaba su amor y que, con todo, no incurrió en cambio alguno. Fuimos acogidos por aquella Naturaleza), que no destruyó lo que era suyo en lo nuestro, ni lo que era nuestro en lo suyo; que hizo a la Persona de la Deidad y de la Humanidad tan una en Sí misma que, por la conjunción de la debilidad y el poder, la carne no pudo hacerse inviolable por la Deidad, ni la Deidad pasible por la carne. Fuimos acogidos por aquella Naturaleza, que no separó el Vástago del tronco común de nuestra raza, y sin embargo excluyó toda mancha del pecado que ha pasado a todos los hombres. Es decir, la debilidad y la mortalidad, que no eran pecado, sino pena del pecado, fueron sufridas por el Redentor del mundo a modo de castigo, para que fueran tenidas por precio de la redención. Lo que, pues, en todos nosotros es herencia de condenación, es en Cristo «el misterio de la piedad». Porque, estando libre de deuda, se entregó a aquel cruelísimo acreedor, y permitió que las manos de los judíos fueran agentes del diablo para atormentar su carne inmaculada. Carne que quiso sujeta a la muerte, hasta su (pronta) resurrección, a fin de que los que en Él creen no hallaran intolerable la persecución ni terrible la muerte, recordando que no había más duda de que compartirían su gloria que de que Él compartía su naturaleza.

    III. La presencia del Señor resucitado y ascendido sigue entre nosotros

    Sermón 72, § III

    Así pues, amadísimos, si creemos sin vacilar con el corazón lo que confesamos con la boca, en Cristo estamos crucificados, muertos, sepultados; y al tercer día, también resucitados. Por eso dice el Apóstol: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios: poned vuestro afecto en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con Él en gloria [].» Mas para que los corazones de los fieles sepan que tienen con qué despreciar las concupiscencias del mundo y elevarse a la sabiduría de arriba, el Señor nos promete su presencia, diciendo: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo [].» Pues no en vano había dicho el Espíritu Santo por Isaías: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros.» Jesús, por tanto, cumple el significado propio de su nombre, y subiendo a los cielos no abandona a sus hermanos adoptivos; aunque «está sentado a la diestra del Padre», mora sin embargo en todo el cuerpo, y desde arriba los fortalece para la espera paciente mientras los llama a su gloria.

    IV. Debemos tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús

    Sermón 72, § IV

    No debemos, por tanto, entregarnos a la necedad en medio de vanos afanes, ni ceder al temor en medio de las adversidades. Por una parte, sin duda, nos lisonjean los engaños; por otra, nos abruman las tribulaciones; pero, pues «la tierra está llena de la misericordia del Señor», la victoria de Cristo es ciertamente nuestra, para que se cumpla lo que Él dice: «No temáis, porque yo he vencido al mundo [].» Así pues, ya luchemos contra la ambición del mundo, ya contra las concupiscencias de la carne, ya contra los dardos de la herejía, armémonos siempre con la Cruz del Señor. Porque nuestra fiesta pascual no acabará jamás si nos abstenemos de la levadura de la antigua maldad (en la sinceridad de la verdad). Pues en medio de todos los cambios de esta vida, llena de diversas aflicciones, debemos recordar la exhortación del Apóstol, con la cual nos instruye, diciendo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no reputó codiciable tesoro ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres y hallado en la condición de hombre. Por lo cual Dios también lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre [].» Si, dice, comprendéis «el misterio de la gran piedad», y recordáis lo que el Hijo Unigénito de Dios hizo por la salvación del género humano, «tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús», cuya humildad no debe ser despreciada por ninguno de los ricos, ni tenida por vergüenza por ninguno de los nobles. Pues no hay felicidad humana alguna que pueda llegar a tan gran altura que considere motivo de vergüenza para sí el que Dios, permaneciendo en forma de Dios, no tuviera por indigno de sí tomar forma de siervo.

    V. Sólo quien mantiene la verdad sobre la Encarnación puede celebrar debidamente la Pascua

    Sermón 72, § V

    Imitad lo que Él obró: amad lo que Él amó, y hallando en vosotros la gracia de Dios, amad en Él, a cambio, vuestra propia naturaleza; pues así como Él no fue despojado de las riquezas en la pobreza, ni disminuyó su gloria en la humildad, ni perdió la eternidad en la muerte, así también vosotros, siguiendo sus huellas, despreciad las cosas terrenas para ganar las celestiales; porque tomar la cruz significa dar muerte a las concupiscencias, matar los vicios, apartarse de la vanidad y renunciar a todo error. Pues, aunque la Pascua del Señor no puede ser celebrada por persona impúdica, entregada a los placeres, soberbia o avara, nadie se halla tan lejos de esta fiesta como los herejes, y especialmente aquellos que tienen opiniones erróneas sobre la Encarnación del Verbo, ya sea rebajando lo que pertenece a la Deidad, ya teniendo por irreal lo que es de la carne. Porque el Hijo de Dios es verdadero Dios, que tiene del Padre todo lo que el Padre es, sin principio en el tiempo, no sujeto a cambio alguno, no separado del único Dios, no distinto del Todopoderoso, Unigénito eterno del Padre eterno; de manera que el entendimiento fiel, creyendo en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo en la misma esencia de la única Deidad, ni divide la Unidad sugiriendo grados de dignidad, ni confunde la Trinidad fundiendo las Personas en una sola. Mas no basta conocer al Hijo de Dios sólo en la naturaleza del Padre, si no lo reconocemos en lo nuestro sin retirar lo que es suyo. Porque aquel anonadamiento que Él sufrió para restaurar al hombre fue dispensación de compasión, no pérdida de poder. Pues, aunque por el eterno designio de Dios no había «otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual podamos ser salvos [],» el Invisible hizo visible su sustancia, el Intemporal temporal, el Impasible pasible: no para que el poder descendiera a debilidad, sino para que la debilidad pasara a poder indestructible.

    VI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»

    Sermón 72, § VI

    Por esta razón, la misma fiesta que entre nosotros se llama Pascua, entre los hebreos se llama Phase, esto es, tránsito, como atestigua el evangelista diciendo: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre». Mas ¿en qué naturaleza pasaba así sino en la nuestra, puesto que el Padre estaba inseparablemente en el Hijo y el Hijo en el Padre? Porque, siendo una sola Persona el Verbo y la Carne, lo asumido no se separa de la naturaleza que asume, y se dice que el honor de la promoción redunda en Aquel que promueve, como dice el Apóstol en el pasaje ya citado: «Por lo cual Dios también lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre». Donde se habla sin duda de la exaltación de su Humanidad asumida, de modo que Aquel en cuyos sufrimientos permanece indivisible la Deidad es asimismo coeterno en la gloria de la Deidad. Y para hacer partícipes de este don inefable, el Señor mismo preparaba un bienaventurado «tránsito» para sus fieles, cuando en el umbral mismo de su Pasión intercedió no sólo por sus Apóstoles y discípulos, sino también por toda la Iglesia, diciendo: «Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por medio de su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros [].»

    VII. Sólo los verdaderos fieles pueden celebrar la fiesta de la Pascua

    Sermón 72, § VII

    En esta unión no pueden tener parte quienes niegan que en el Hijo de Dios, verdadero Dios Él mismo, permanece la naturaleza humana, atacando el misterio saludable y excluyéndose de la fiesta de la Pascua. Pues, como disienten del Evangelio y contradicen el Credo, no pueden celebrarla con nosotros; porque, aunque se atrevan a tomar para sí el nombre de cristianos, son rechazados por toda criatura que tiene a Cristo por Cabeza: pues vosotros con razón exultáis y os regocijáis devotamente en esta sagrada solemnidad, como quienes, no admitiendo falsedad alguna en la Verdad, no dudáis del Nacimiento de Cristo según la carne, de su Pasión y Muerte, ni de la Resurrección de su cuerpo; puesto que, sin separación alguna de la Deidad, reconocéis a un Cristo que verdaderamente nació del vientre de una Virgen, verdaderamente pendió del madero de la cruz, verdaderamente fue puesto en un sepulcro terreno, verdaderamente resucitó en gloria, verdaderamente está sentado a la diestra de la majestad del Padre; «de donde también», como dice el Apóstol, «aguardamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestra humildad para hacerlo semejante al cuerpo de su gloria [].» El cual vive y reina, etc.

    Sermón 73. Sobre la Ascensión del Señor, I

    I. Los hechos narrados como ocurridos después de la Resurrección tenían por fin convencernos de su verdad

    Sermón 73, § I

    Desde que la bienaventurada y gloriosa Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el poder divino levantó en tres días al verdadero Templo de Dios, que la maldad de los judíos había derribado, los sagrados cuarenta días, amadísimos, terminan hoy; días que por santísima disposición fueron dedicados a instrucción nuestra muy provechosa, para que, durante el tiempo en que el Señor prolongó así la demora de su presencia corporal, nuestra fe en la Resurrección se fortaleciera con las pruebas necesarias. Pues la muerte de Cristo había turbado mucho los corazones de los discípulos, y una especie de torpor de desconfianza se había deslizado sobre sus mentes abrumadas por el dolor ante el tormento de la cruz, ante la entrega de su espíritu y ante la sepultura de su cuerpo sin vida. Porque, cuando las santas mujeres, como ha revelado el relato evangélico, trajeron la noticia de la piedra removida del sepulcro, del sepulcro vacío del cuerpo y de los ángeles que daban testimonio del Señor vivo, sus palabras parecieron desvaríos a los Apóstoles y a los demás discípulos. Esta duda, fruto de la debilidad humana, el Espíritu de verdad no habría permitido ciertamente que existiese en los pechos de sus predicadores, si su ansiedad temblorosa y su cuidadosa vacilación no hubieran echado los cimientos de nuestra fe. Eran nuestras perplejidades y nuestros peligros los que se proveían en los Apóstoles: éramos nosotros quienes, en aquellos hombres, aprendíamos cómo hacer frente a las cavilaciones de los impíos y a los argumentos de la sabiduría terrena. Nosotros somos instruidos por sus miradas, nosotros enseñados por sus oídos, nosotros convencidos por sus manos. Demos gracias a la disposición divina y a la necesaria lentitud en creer de los santos Padres. Otros dudaron, para que nosotros no dudáramos.

    II. Y por tanto son en grado sumo instructivos

    Sermón 73, § II

    Aquellos días, pues, amadísimos, que mediaron entre la Resurrección del Señor y su Ascensión, no transcurrieron en ocio sin acontecimientos: en ellos se ratificaron grandes misterios y se revelaron verdades profundas. En ellos fue apartado el temor de la muerte terrible, y quedó establecida la inmortalidad no sólo del alma, sino también de la carne. En ellos, mediante el aliento del Señor sobre ellos, el Espíritu Santo se derramó sobre todos los apóstoles; y al bienaventurado apóstol Pedro, más que a los demás, se le confió el cuidado del rebaño del Señor, además de las llaves del reino. Entonces fue cuando el Señor se juntó como compañero de camino a los dos discípulos y, para disipar todas las nubes de nuestra incertidumbre, les reprochó la lentitud de sus corazones temerosos. Sus corazones iluminados reciben la llama de la fe, y, tibios como habían estado, se inflaman mientras el Señor les explica las Escrituras. En el partir del pan se les abren también los ojos mientras comen con Él: cuán más bienaventurada es la apertura de los ojos de aquellos a quienes se les revela la glorificación de su naturaleza, que la de nuestros primeros padres, sobre quienes cayeron las consecuencias desastrosas de su transgresión.

    III. Prueban la Resurrección de la carne

    Sermón 73, § III

    Y en el curso de estos y otros milagros, cuando los discípulos estaban turbados por pensamientos desconcertantes, y el Señor, apareciéndose en medio de ellos, dijo: «La paz sea con vosotros,» para que lo que pasaba por sus corazones no se convirtiera en opinión fija (pues pensaban que veían un espíritu y no carne), Él refuta sus pensamientos tan discordes con la Verdad, ofrece a los ojos de los que dudaban las marcas de la cruz que permanecían en sus manos y en sus pies, y les invita a palparlo con atento examen, porque las huellas de los clavos y de la lanza se habían conservado para sanar las heridas de los corazones incrédulos, a fin de que, no con fe vacilante, sino con conocimiento firmísimo, comprendiesen que la Naturaleza que había sido puesta en el sepulcro había de sentarse en el trono de Dios Padre.

    IV. La Ascensión de Cristo nos ha concedido mayores privilegios y gozos que los que el diablo nos había quitado

    Sermón 73, § IV

    Por consiguiente, amadísimos, durante todo este tiempo que medió entre la Resurrección del Señor y su Ascensión, la Providencia de Dios tuvo esto presente: enseñar e imprimir en los ojos y en los corazones de los suyos que se reconociera que el Señor Jesucristo había resucitado tan verdaderamente como verdaderamente había nacido, padecido y muerto. Y de aquí que los bienaventurados apóstoles y todos los discípulos, que habían quedado desconcertados por su muerte en la cruz y eran tardos en creer su Resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la claridad de la verdad, que cuando el Señor entró en las alturas del cielo, no sólo no se entristecieron, sino que se llenaron de gran gozo. Y verdaderamente grande e inefable fue su motivo de gozo, cuando a la vista de la santa multitud, por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, la Naturaleza del género humano subió, para pasar sobre las jerarquías de los ángeles y elevarse más allá de las alturas de los arcángeles, y para que su elevación no tuviera límite en ninguna altura hasta que, recibida para sentarse con el Padre Eterno, quedara asociada en el trono con su gloria, con cuya Naturaleza estaba unida en el Hijo. Puesto que, pues, la Ascensión de Cristo es nuestra elevación, y la esperanza del Cuerpo es levantada adonde la gloria de la Cabeza se ha adelantado, regocijémonos, amadísimos, con gozo digno y deleitémonos en la fiel acción de gracias. Porque hoy no sólo somos confirmados como poseedores del paraíso, sino que también en Cristo hemos penetrado en las alturas del cielo, y hemos alcanzado por la gracia inefable de Cristo cosas aún mayores que las que habíamos perdido por la malicia del diablo. Pues a nosotros, a quienes nuestro enemigo virulento había arrojado de la felicidad de nuestra primera morada, el Hijo de Dios nos ha hecho miembros de sí mismo y nos ha colocado a la diestra del Padre, con el cual vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 74. Sobre la Ascensión del Señor, II

    I. La Ascensión completa nuestra fe en Aquel que era Dios y hombre a la vez

    Sermón 74, § I

    El misterio de nuestra salvación, amadísimos, que el Creador del universo estimó en el precio de su sangre, se ha llevado a cabo ya en condiciones de humillación desde el día de su nacimiento corporal hasta el fin de su Pasión. Y aunque incluso en «la forma de siervo» resplandecieron muchas señales de la Divinidad, con todo, los acontecimientos de todo aquel período sirvieron particularmente para mostrar la realidad de su Humanidad asumida. Mas después de la Pasión, rotas las cadenas de la muerte, que habían puesto de manifiesto su propia fuerza atacando a Aquel que no conoció pecado, la debilidad se convirtió en poder, la mortalidad en eternidad, el oprobio en gloria: lo cual el Señor Jesucristo mostró con muchas pruebas claras a la vista de muchos, hasta llevar incluso al cielo la victoria triunfante que había alcanzado sobre los muertos. Así, pues, como en la conmemoración de la Pascua la Resurrección del Señor fue causa de nuestro gozo, así el motivo de nuestra alegría presente es su Ascensión, al conmemorar y venerar debidamente aquel día en que la Naturaleza de nuestra humildad en Cristo fue elevada por encima de toda la multitud celestial, sobre todos los coros de los ángeles, más allá de la altura de todas las potestades, para sentarse con Dios Padre. Sobre este orden providencial de los acontecimientos estamos fundados y edificados, para que la Gracia de Dios se hiciera más admirable, cuando, pese a que fue retirado de la vista de los hombres aquello que justamente inspiraba reverencia, la fe no desfalleció, la esperanza no vaciló, el amor no se enfrió. Porque es fortaleza de las almas grandes y luz de las almas firmemente fieles creer sin vacilar lo que no se ve con la vista corporal, y fijar allí los afectos adonde no puedes dirigir la mirada. ¿Y de dónde brotaría esta piedad en nuestros corazones, o cómo se justificaría el hombre por la fe, si nuestra salvación descansara sólo en las cosas que están bajo nuestros ojos? Por eso nuestro Señor dijo a aquel que parecía dudar de la Resurrección de Cristo, hasta que hubo comprobado con la vista y el tacto las huellas de su Pasión en su misma Carne: «porque me has visto, has creído: bienaventurados los que no vieron y creyeron [].»

    II. La Ascensión hace más excelente y más fuerte nuestra fe

    Sermón 74, § II

    Para que, pues, amadísimos, seamos capaces de esta bienaventuranza, cuando se cumplió todo lo referente a la predicación del Evangelio y a los misterios del Nuevo Testamento, nuestro Señor Jesucristo, al cuadragésimo día después de la Resurrección, en presencia de los discípulos, fue elevado al cielo, y puso fin a su presencia corporal entre nosotros, para permanecer a la diestra del Padre hasta que se cumplan los tiempos divinamente preordenados para multiplicar los hijos de la Iglesia, y venga a juzgar a los vivos y a los muertos en la misma carne en que ascendió. Y así, lo que hasta entonces era visible de nuestro Redentor se cambió en una presencia sacramental; y, para que la fe fuera más excelente y más fuerte, la vista cedió el paso a la doctrina, cuya autoridad había de ser aceptada por los corazones creyentes iluminados con rayos de lo alto.

    III. Los maravillosos efectos de esta fe en todos

    Sermón 74, § III

    Esta fe, acrecentada por la Ascensión del Señor y confirmada por el don del Espíritu Santo, no se aterró ante cadenas, cárceles, destierros, hambre, fuego, ataques de fieras, ni ante los refinados tormentos de crueles perseguidores. Por esta fe, en todo el mundo no sólo los hombres, sino también las mujeres; no sólo los muchachos imberbes, sino también las tiernas doncellas, lucharon hasta derramar su sangre. Esta fe expulsó espíritus, ahuyentó enfermedades, resucitó muertos; y mediante ella los mismos bienaventurados apóstoles, que después de ser confirmados por tantos milagros e instruidos por tantos discursos, habían quedado, no obstante, aterrados por los horrores de la Pasión del Señor y no habían aceptado sin vacilación la verdad de su resurrección, progresaron tanto después de la Ascensión del Señor, que todo cuanto antes los llenaba de temor se convirtió en gozo. Pues habían elevado toda la contemplación de su mente a la Deidad de Aquel que estaba sentado a la diestra del Padre, y ya no les impedía la barrera de la vista corporal dirigir la mirada de su mente a Aquello que jamás se había apartado del lado del Padre al descender a la tierra, y no había abandonado a los discípulos al ascender al cielo.

    IV. Su Ascensión refina nuestra fe: el ministerio de los ángeles para con Él muestra la extensión de su autoridad

    Sermón 74, § IV

    El Hijo del hombre, el Hijo de Dios, pues, amadísimos, alcanzó entonces una fama más excelente y más santa, cuando se retiró de nuevo a la gloria de la Majestad del Padre, y de manera inefable comenzó a estar más cerca del Padre en cuanto a su Deidad, después de haberse hecho más lejano en cuanto a su humanidad. Una fe mejor instruida comenzó entonces a acercarse más a la concepción de la igualdad del Hijo con el Padre, sin necesidad de palpar la sustancia corporal en Cristo, por la cual es menor que el Padre, pues, mientras permanecía la Naturaleza del Cuerpo glorificado, la fe de los creyentes era llamada a tocar, no con la mano de la carne, sino con el entendimiento espiritual, al Unigénito, igual al Padre. De aquí proviene lo que el Señor dijo después de su Resurrección, cuando María Magdalena, figura de la Iglesia, se apresuró a acercarse y a tocarlo: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre []:» esto es, no quiero que vengas a Mí como a un cuerpo humano, ni me reconozcas por percepciones carnales: te reservo para cosas más altas, te preparo cosas mayores: cuando haya subido a mi Padre, entonces me tocarás más perfecta y verdaderamente, pues comprenderás lo que no puedes tocar y creerás lo que no puedes ver. Y cuando los ojos de los discípulos seguían al Señor que subía al cielo con mirada extasiada de ferviente asombro, dos ángeles se presentaron junto a ellos con vestiduras resplandecientes de maravilloso brillo, y dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo [].» Con estas palabras todos los hijos de la Iglesia fueron enseñados a creer que Jesucristo vendrá visiblemente en la misma Carne con que ascendió, y a no dudar de que todas las cosas están sometidas a Aquel a quien el ministerio de los ángeles asistió desde el primer comienzo de su Nacimiento. Pues, así como un ángel anunció a la bienaventurada Virgen que Cristo sería concebido por obra del Espíritu Santo, así la voz de los seres celestiales cantó también a los pastores su nacimiento de la Virgen. Y así como los mensajeros de lo alto fueron los primeros en dar testimonio de que había resucitado de entre los muertos, así el servicio de los ángeles fue empleado para anunciar de antemano su venida en carne verdadera a juzgar al mundo, para que comprendamos cuán grandes potestades vendrán con Él como Juez, cuando tan grandes le sirvieron aun en el momento de ser juzgado.

    V. Debemos despreciar las cosas terrenas y elevarnos a las de arriba, especialmente por las obras activas de misericordia y de amor

    Sermón 74, § V

    Así, pues, amadísimos, regocijémonos con gozo espiritual y paguemos a Dios con alegría la debida acción de gracias, elevando sin estorbo los ojos del corazón a aquellas alturas donde está Cristo. Las mentes que han oído la llamada a ser elevadas no deben dejarse oprimir por los afectos terrenales; los que están predestinados a los bienes eternos no deben ocuparse de las cosas que perecen; los que han entrado en el camino de la Verdad no deben enredarse en lazos traicioneros; y los fieles han de recorrer estas cosas temporales de modo que recuerden que peregrinan en el valle de este mundo, en el cual, aun cuando encuentren algunos atractivos, no deben abrazarlos pecaminosamente, sino pasar por ellos con valentía. Pues a esta devoción nos exhorta el bienaventurado apóstol Pedro, quien, suplicándonos con aquella amorosa solicitud que concibió para apacentar las ovejas de Cristo mediante la triple profesión de amor al Señor, dice: «amadísimos, os ruego, como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma [].» Pero ¿para quién combaten los placeres carnales, sino para el diablo, cuyo deleite es encadenar a las almas que aspiran a las cosas de arriba con los atractivos de los bienes corruptibles, y apartarlas de aquellas moradas de las que él mismo ha sido desterrado? Contra sus asechanzas todo creyente debe vigilar con cuidado, para aplastar a su enemigo por el lado por donde se le ataca. Y no hay arma más poderosa, amadísimos, contra las astucias del diablo que la misericordia bondadosa y la caridad generosa, por las cuales todo pecado o se evita o se vence. Pero este poder excelso no se alcanza hasta que no es derribado lo que se le opone. ¿Y qué hay tan hostil a la misericordia y a las obras de caridad como la avaricia, de cuya raíz brotan todos los males? Y si no se la destruye privándola de alimento, en el suelo de aquel corazón donde esta mala hierba ha echado raíces crecerán necesariamente espinas y abrojos de vicios, más bien que semilla alguna de verdadero bien. Resistamos, pues, amadísimos, a este mal pestilente y «seguid la caridad,» sin la cual ninguna virtud puede florecer, para que, por este camino del amor por el cual Cristo descendió hasta nosotros, también nosotros subamos hasta Él, a quien, con Dios Padre y el Espíritu Santo, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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