Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)
Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·47 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 4 de 9 · Sermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-LEO-01
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I. La celebración anual de la Epifanía es provechosa para los cristianos
Sermón 34, § I
Es deber recto y razonable de la verdadera piedad, amadísimos, en los días que dan testimonio de las obras de la divina misericordia, alegrarse con todo el corazón y celebrar con todo honor lo que se ha realizado para nuestra salvación; pues la misma ley de las estaciones recurrentes nos llama a tal devota observancia, y ahora ha puesto ante nosotros la fiesta de la Epifanía, consagrada por la aparición del Señor poco después del día en que el Hijo de Dios, coeterno con el Padre, nació de una Virgen. Y en esto la providencia de Dios ha establecido una gran salvaguarda para nuestra fe, para que, mientras la adoración de la primera infancia del Salvador se repite año tras año, la manifestación de la verdadera naturaleza humana en Él quede probada por las comprobaciones originales mismas. Pues esto es lo que justifica al impío, esto es lo que hace santos a los pecadores, a saber, la fe en la verdadera Deidad y en la verdadera Humanidad del único Jesucristo, Señor nuestro: la Deidad, por la cual, siendo antes de todos los siglos «en forma de Dios» es igual al Padre; la Humanidad, por la cual en los últimos días se unió al hombre en «forma de siervo.» Por tanto, para la confirmación de esta fe que debía estar prevenida contra todos los errores, fue una providencia admirablemente amorosa del plan divino que una nación que habitaba en el lejano país del Oriente y era diestra en el arte de leer las estrellas recibiera la señal del nacimiento del infante que había de reinar sobre todo Israel. Porque el insólito esplendor de una nueva y brillante estrella se apareció a los magos y llenó su mente de tal admiración, al contemplar su resplandor, que no pudieron pensar que debían descuidar lo que con tanta claridad se les anunciaba. Y, como lo mostró el acontecimiento, la gracia de Dios fue la causa ordenadora de esta maravilla: la cual, cuando toda Belén aún ignoraba el nacimiento de Cristo, lo trajo al conocimiento de las naciones que habrían de creer, y declaró lo que las palabras humanas no podían explicar todavía, por la predicación de los cielos.
II. Tanto Herodes como los magos tuvieron al principio una concepción terrenal del reino significado; pero éstos aprendieron la verdad, aquél no
Sermón 34, § II
Pero aunque fue propio de la divina condescendencia hacer reconocible a las naciones la Natividad del Salvador, para entender la maravillosa señal los magos podían haber recibido indicio incluso de las antiguas profecías de Balaam, sabiendo que había sido predicho desde antiguo y divulgado por constante repetición: «Una estrella saldrá de Jacob, y un hombre se levantará de Israel, y regirá a las naciones.» Y así los tres varones, movidos por Dios mediante el resplandor de una estrella extraña, siguen la guía de su luz titilante, pensando que encontrarán al niño designado en Jerusalén, en la ciudad real. Mas hallándose engañados en esta opinión, por medio de los escribas y maestros de los judíos aprendieron lo que la Sagrada Escritura había anunciado sobre el nacimiento de Cristo; de modo que, confirmados por un doble testimonio, buscaron con fe aún más ardiente a Aquel a quien revelaban tanto el brillo de la estrella como la palabra segura de la profecía. Y cuando el oráculo divino fue proclamado por las respuestas de los sumos sacerdotes y declarado por la voz del Espíritu, que dice: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que regirá a mi pueblo Israel [],» ¡cuán fácil y cuán natural era que los principales entre los hebreos creyeran lo que enseñaban! Pero parece que tenían con Herodes nociones materiales y consideraban el reino de Cristo al mismo nivel que los poderes de este mundo: de modo que ellos esperaban un caudillo temporal, mientras él temía a un rival terreno. El temor que te atormenta, Herodes, es inútil; en vano intentas desahogar tu rabia contra el infante de quien sospechas. Tu reino no puede contener a Cristo; el Señor del mundo no se contenta con los estrechos límites de tu poder. Aquel a quien no quieres que reine en Judea, reina en todas partes; y tú mismo reinarías más felizmente si te sometieras a su mandato. ¿Por qué no haces con sinceridad lo que con traidora falsedad prometes? Ven con los magos y adora en humilde adoración al verdadero Rey. Pero tú, por demasiado apego a la ceguera judía, no imitarás la fe de las naciones, y enderezas tu obstinado corazón a crueles astucias, aunque estás condenado a no detener a Aquel a quien temes ni a dañar a aquellos a quienes matas.
III. La perseverancia de los magos ha conducido a los resultados más importantes
Sermón 34, § III
Conducidos, pues, amadísimos, a Belén obedeciendo la guía de la estrella, los magos «se regocijaron con grandísimo gozo,» como nos ha dicho el evangelista: «y entrando en la casa, hallaron al niño con María, su madre; y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra [].» ¡Qué fe tan admirable de conocimiento perfecto, que no les enseñó la sabiduría terrena, sino la instrucción del Espíritu Santo! ¿De dónde vino que estos hombres, que habían dejado su patria sin haber visto a Jesús, y no habían notado nada en su aspecto que impusiera una adoración tan sistemática, observaran este método al ofrecer sus dones? A no ser que, además de la aparición de la estrella que atraía sus ojos corporales, los rayos más refulgentes de la verdad enseñaran a sus corazones que, antes de emprender su fatigoso camino, debían comprender que era señalado Aquel a quien se debía en el oro honor real, en el incienso adoración divina, en la mirra el reconocimiento de la mortalidad. Tal creencia y comprensión, sin duda, en cuanto al esclarecimiento de su fe, habría podido bastarles por sí misma y les habría impedido usar sus ojos corporales para indagar aquello que habían contemplado con la mirada plenísima de su mente. Pero su sagaz diligencia, perseverando hasta hallar al niño, prestó buen servicio a los pueblos futuros y a los hombres de nuestro propio tiempo: de suerte que, como a todos nos aprovechó que el apóstol Tomás, después de la resurrección del Señor, tocara las huellas de las llagas en su carne, así nos fue ventajoso que su infancia quedara atestiguada por la visita de los magos. Y así los magos vieron y adoraron al Niño de la tribu de Judá, «de la simiente de David según la carne [],» «hecho de mujer, hecho bajo la ley [],» la cual Él había venido «no a destruir, sino a cumplir [].» Vieron y adoraron al Niño, pequeño de tamaño, impotente para ayudar a otros, incapaz de hablar, y en nada distinto de la generalidad de los niños humanos. Porque, así como eran dignos de confianza los testimonios que afirmaban en Él la majestad de la Deidad invisible, así debía ser imposible dudar que «el Verbo se hizo carne,» y que la esencia eterna del Hijo de Dios tomó la verdadera naturaleza del hombre: no fuera que las inefables maravillas de sus obras que habían de seguir, o la imposición de los sufrimientos que había de soportar, derribaran por su contradicción el misterio de nuestra fe; puesto que nadie absolutamente puede justificarse sino los que creen que el Señor Jesús es verdadero Dios y verdadero Hombre.
IV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
Sermón 34, § IV
Esta fe sin par, amadísimos, esta Verdad proclamada en todos los siglos, es combatida por las blasfemias diabólicas de los maniqueos: quienes, para asesinar las almas de los engañados, han tejido una trama mortífera de doctrina perversa con mentiras impías y falsificadas, y sobre las ruinas de sus locas opiniones han caído los hombres de cabeza a tales profundidades que imaginan un Cristo con cuerpo ficticio, que no presentó nada sólido ni real a los ojos y al tacto de los hombres, sino que mostró una forma vacía de carne fantástica. Pues quieren que se tenga por indigno de fe que Dios el Hijo de Dios se colocara dentro del cuerpo de una mujer y sometiera su majestad a tal degradación como unirse a nuestra naturaleza carnal y nacer en el cuerpo verdadero de sustancia humana, siendo esto enteramente resultado de su poder, no de su maltrato, y debiendo creerse que es su gloriosa condescendencia, no su contaminación. Porque si aquella luz visible no queda dañada por ninguna de las impurezas que la rodean, y el brillo de los rayos del sol, que sin duda es criatura material, no se contamina por ninguno de los lugares sucios o fangosos a los que penetra, ¿hay algo de cualquier cualidad que pueda mancillar la esencia de aquella Luz eterna e inmaterial? Puesto que, al aliarse a aquella criatura que había hecho a su propia imagen, le proporcionó purificación y no recibió mancha alguna, y sanó las heridas de su debilidad sin sufrir pérdida de poder. Y porque este grande e inefable misterio de la divina piedad fue anunciado por todos los testimonios de las Sagradas Escrituras, esos adversarios de la Verdad de que hablamos han rechazado la ley dada por medio de Moisés y las palabras divinamente inspiradas de los profetas, y han corrompido las mismas páginas de los evangelios y de los apóstoles, quitando o insertando ciertas cosas: forjándose, bajo los nombres de los Apóstoles y bajo las palabras del mismo Salvador, muchos volúmenes de falsedad, con los cuales fortificar sus mentirosos errores e infundir veneno mortal en las mentes de los que han de ser engañados. Porque vieron que todo los contradecía y se volvía contra ellos, y que no sólo por el Nuevo sino también por el Antiguo Testamento quedaba refutada su necedad blasfema y traidora. Y sin embargo, persistiendo en sus locas mentiras, no cesan de perturbar a la Iglesia de Dios con sus engaños, persuadiendo a aquellas miserables criaturas que pueden atrapar a negar que la naturaleza del hombre fue verdaderamente tomada por el Señor Jesucristo; a negar que fue verdaderamente crucificado por la salvación del mundo; a negar que de su costado herido por la lanza brotaron la sangre de la Redención y el agua del bautismo; a negar que fue sepultado y resucitó al tercer día; a negar que, a la vista de los discípulos, fue levantado por encima de todas las alturas de los cielos para sentarse a la diestra del Padre; y, a fin de que, destruida toda la verdad del Credo de los Apóstoles, no quede nada que atemorice a los malvados o inspire esperanza a los santos, a negar que los vivos y los muertos han de ser juzgados por Cristo; para que aquellos a quienes han despojado del poder de estos grandes misterios aprendan a adorar a Cristo en el sol y en la luna, y, bajo el nombre del Espíritu Santo, a adorar al propio Maniqueo, inventor de todas estas blasfemias.
V. Evitad todo trato con los herejes, pero interceded ante Dios por ellos
Sermón 34, § V
Para confirmar, pues, vuestros corazones, amadísimos, en la fe y en la Verdad, que os sirva a todos la fiesta de hoy, y que la confesión católica se fortalezca con el testimonio de la manifestación de la infancia del Salvador, mientras anatematizamos la blasfemia de quienes niegan la carne de nuestra naturaleza en Cristo; acerca de lo cual nos ha prevenido el bienaventurado apóstol Juan con no dudosa sentencia, diciendo: «todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que destruye a Jesús no es de Dios, y éste es el Anticristo.» Por consiguiente, no tenga ningún cristiano nada en común con hombres de esta clase; no tenga alianza ni trato alguno con tales. Redunde en provecho de toda la Iglesia que muchos de ellos, por la misericordia de Dios, hayan sido descubiertos, y que su propia confesión haya revelado cuán sacrílegas eran sus vidas. Nadie se deje engañar por sus distinciones entre alimento y alimento, por sus vestidos sucios, por sus rostros pálidos. No son santos los ayunos que no proceden del principio de la abstinencia, sino de un designio engañoso. Póngase así fin al daño que causan a los incautos y al engaño de los ignorantes; de aquí en adelante la caída de nadie será excusable: ya no se tendrá por simple, sino por extremadamente indigno y perverso, a quien en adelante se hallare envuelto en error detestable. Una práctica amparada por la Iglesia e instituida por Dios, no sólo no la prohibimos, sino que os incitamos a ella: que supliquéis al Señor aun por tales personas; pues también nosotros, con lágrimas y duelo, sentimos piedad por las ruinas de las almas engañadas, cumpliendo el ejemplo de amor bondadoso de los apóstoles, a fin de hacernos débiles con los débiles y «llorar con los que lloran.» Pues esperamos que la misericordia de Dios puede ser alcanzada por las muchas lágrimas y la debida enmienda de los caídos; porque mientras la vida permanece en el cuerpo, no debe desesperarse de la restauración de hombre alguno, sino que ha de desearse la reforma de todos con la ayuda del Señor, «que levanta a los oprimidos, desata a los encadenados y da luz a los ciegos;» a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 36. Sobre la Fiesta de la Epifanía, VI
I. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
Sermón 36, § I
El día, amadísimos, en que Cristo, Salvador del mundo, se apareció por primera vez a las naciones, debe ser venerado por nosotros con santo culto; y hoy han de acogerse en nuestros corazones aquellos gozos que existieron en los pechos de los tres magos, cuando, movidos por la señal y la guía de una estrella nueva, que creían prometida, cayeron en presencia del Rey del cielo y de la tierra. Pues aquel día no ha pasado de tal modo que la obra poderosa, entonces revelada, haya pasado con él, y que nada sino el relato de la cosa haya llegado hasta nosotros para que la fe lo reciba y la memoria lo celebre; ya que, por el don repetido de Dios, nuestros tiempos gozan cada día del fruto de lo que la primera edad poseyó. Y por tanto, aunque la narración que se nos lee del Evangelio consigna propiamente aquellos días en que los tres hombres, que ni habían sido instruidos por las predicciones de los profetas ni enseñados por el testimonio de la ley, vinieron a reconocer a Dios desde las partes más remotas del Oriente, contemplamos, sin embargo, esto mismo con más claridad y abundancia realizado ahora en la iluminación de todos los llamados, pues se cumple la profecía de Isaías cuando dice: «el Señor ha desnudado su santo brazo ante la vista de todas las naciones, y todas las naciones de la tierra han visto la salvación que viene del Señor nuestro Dios;» y de nuevo, «y aquellos a quienes no se les ha anunciado acerca de Él verán, y los que no han oído, entenderán.» De ahí que cuando vemos a hombres entregados a la sabiduría mundana y lejos de la fe en Jesucristo sacados de la profundidad de su error y llamados al conocimiento de la luz verdadera, es indudablemente el resplandor de la gracia divina el que actúa; y todo lo que de nueva luz ilumina las tinieblas de sus corazones procede de los rayos de la misma estrella; de suerte que ella debe, a la vez, moverlos con admiración y, yendo delante, conducir a la adoración de Dios a las mentes que visitó con su esplendor. Mas si con atento pensamiento queremos ver cómo la triple clase de sus dones es ofrecida también por todos los que vienen a Cristo con el paso de la fe, ¿no se repite la misma ofrenda en los corazones de los verdaderos creyentes? Pues quien reconoce a Cristo como Rey del universo trae oro del tesoro de su corazón; quien cree que el Unigénito de Dios ha unido a sí la verdadera naturaleza del hombre ofrece mirra; y quien lo confiesa en nada inferior a la majestad del Padre, lo adora en cierta manera con incienso.
II. Satanás continúa aún las astucias de Herodes y, por así decirlo, lo personifica en su oposición a Cristo
Sermón 36, § II
Al considerar con detenimiento estas comparaciones, amadísimos, hallamos que tampoco falta el carácter de Herodes, del cual el mismo diablo es ahora imitador infatigable, así como entonces fue instigador secreto. Porque se atormenta ante la llamada de todas las naciones, y es desgarrado por la diaria destrucción de su poder, doliéndose de ser abandonado en todas partes y de que el verdadero Rey sea adorado en todos los lugares. Prepara ardides, urde tramas, prorrumpe en asesinatos; y para aprovechar los restos de aquellos a quienes todavía engaña, se consume de envidia en las personas de los judíos, acecha traidoramente en las personas de los herejes, estalla en crueldad en las personas de los paganos. Pues ve que el poder del Rey eterno es invencible, cuya muerte extinguió el poder de la muerte misma; y por tanto se ha armado con toda su destreza para hacer daño contra quienes sirven al verdadero Rey; endureciendo a unos por la soberbia que engendra el conocimiento de la ley, envileciendo a otros por las mentiras de la falsa creencia, e incitando a otros a la locura de la persecución. Mas la locura de este «Herodes» es vencida y reducida a nada por Aquel que ha coronado aun a los niños con la gloria del martirio, y ha dotado a sus fieles de un amor tan inconquistable que, según las palabras del Apóstol, se atreven a decir: «¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o necesidad, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por tu causa somos muertos todo el día, somos contados como ovejas para el matadero. Pero en todas estas cosas vencemos por causa de Aquel que nos amó [].»
III. El cese de la persecución activa no elimina la necesidad de una vigilancia continua: Satanás sólo ha cambiado de táctica
Sermón 36, § III
Tal valentía como ésta, amadísimos, no creemos que haya sido necesaria solamente en aquellos tiempos en que los reyes del mundo y todos los poderes del siglo se enfurecían contra el pueblo de Dios en un estallido de maldad, pensando que redundaría en su mayor gloria si quitaban de la tierra el nombre cristiano, pero ignorando que la Iglesia de Dios crece mediante el frenesí de su crueldad, puesto que en los tormentos y muertes de los mártires, aquellos cuyo número se tenía por disminuido se acrecentaban por la fuerza del ejemplo. En fin, tanta fuerza ha ganado nuestra fe con los ataques de los perseguidores, que los principados reales no tienen mayor ornamento que el de que los señores del mundo sean miembros de Cristo; y su gloria no está tanto en haber nacido en la púrpura como en haber renacido en el bautismo. Mas porque la violencia de las antiguas borrascas se ha calmado y, con el cese de los combates, parece desde hace tiempo sonreírnos una medida de tranquilidad, han de guardarse cuidadosamente contra aquellas desviaciones que surgen del propio reinado de la paz. Pues el adversario, habiendo resultado ineficaz en las persecuciones abiertas, ejercita ahora una oculta destreza en causar cruel daño, a fin de derribar con la piedra de tropiezo del placer a aquellos a quienes no pudo herir con el golpe de la aflicción. Y así, viendo que la fe de los príncipes se le opone y que la indivisible Trinidad de la única Deidad es tan devotamente adorada en los palacios como en las iglesias, se duele de que esté prohibido derramar sangre cristiana, y ataca el modo de vida de aquellos cuya muerte no puede lograr. El terror de las confiscaciones lo trueca en el fuego de la avaricia, y corrompe con codicia a aquellos cuyo espíritu no pudo quebrantar con las pérdidas. Pues la maliciosa soberbia que el largo uso ha arraigado en su propia naturaleza no ha depuesto su odio, sino que ha cambiado su carácter para subyugar las mentes de los fieles con halagos. Inflama con deseos codiciosos a quienes no puede afligir con tormentos: siembra contiendas, enciende pasiones, suelta las lenguas; y, para que los corazones más cautos no retrocedan ante sus ilícitas astucias, facilita las ocasiones de consumar crímenes: porque éste es el único fruto de todos sus ardides: que aquel a quien no se da culto con sacrificio de bueyes y machos cabríos, y con quema de incienso, reciba el homenaje de diversas obras malvadas.
IV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
Sermón 36, § IV
Nuestro estado de paz, pues, amadísimos, tiene sus peligros, y en vano se sienten seguros de la libertad que es privilegio de su fe quienes no resisten los deseos viciosos. Los corazones de los hombres se muestran por el carácter de sus obras, y la disposición de sus mentes queda delatada por la naturaleza de sus acciones. Pues hay algunos, como dice el Apóstol, «que profesan conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras [].» Pues verdaderamente se incurre en la acusación de negación cuando el bien que se oye en el sonido de la voz no está presente en la conciencia. En verdad, la fragilidad de la naturaleza humana se desliza fácilmente hacia las faltas; y como ningún pecado carece de atractivo, rápidamente se consiente en el placer engañoso. Mas debemos acudir al socorro espiritual huyendo de los deseos de la carne, y la mente que tiene conocimiento de su Dios debe apartarse de la mala sugestión del enemigo. Aprovechaos de la longanimidad de Dios y no persistáis en acariciar vuestro pecado porque su castigo se difiere. El pecador no debe sentirse seguro de su impunidad, porque si pierde el tiempo de la penitencia no hallará lugar para la misericordia, como dice el profeta: «en la muerte nadie se acuerda de ti; y en las regiones inferiores, ¿quién te confesará?» Mas aquel que experimenta la dificultad de la enmienda y de la restauración de sí mismo, acójase a la misericordia de un Dios amigo, y pida que las cadenas del mal hábito sean rotas por Aquel «que levanta a los caídos y endereza a todos los oprimidos.» La oración del que confiesa no será vana, pues el Dios misericordioso «concederá el deseo de quienes lo temen,» y dará lo que se pide, como dio la Fuente de la cual pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 39. Sobre la Cuaresma, I
I. Los beneficios de la abstinencia mostrados por el ejemplo de los hebreos
Sermón 39, § I
En tiempos antiguos, cuando el pueblo de los hebreos y todas las tribus de Israel eran oprimidos, a causa de sus escandalosos pecados, por la gravosa tiranía de los filisteos, para poder vencer a sus enemigos, como declara la historia sagrada, restauraron las fuerzas de la mente y del cuerpo por el mandato de un ayuno. Pues entendieron que habían merecido aquella dura y miserable sujeción por su descuido de los mandamientos de Dios y por sus malos caminos, y que en vano se esforzarían con las armas si no resistían primero su pecado. Por tanto, absteniéndose de comida y bebida, se aplicaron a sí mismos la disciplina de una estricta corrección y, para vencer a sus enemigos, vencieron primero en sí mismos los halagos del paladar. Y así sucedió que sus feroces enemigos y crueles opresores cedieron ante ellos estando en ayunas, a quienes habían tenido sometidos cuando estaban saciados. Y así también nosotros, amadísimos, que estamos puestos en medio de muchas oposiciones y conflictos, podemos ser curados con un poco de cuidado, con tal que empleemos los mismos medios. Pues nuestra situación es casi la misma que la suya, ya que, así como ellos eran atacados por enemigos en la carne, así nosotros lo somos principalmente por enemigos espirituales. Y si podemos vencerlos por la gracia de Dios que nos capacita para corregir nuestros caminos, la fuerza de nuestros enemigos corporales cederá también ante nosotros, y con nuestra enmienda debilitaremos a quienes se nos habían hecho temibles no por sus propios méritos, sino por nuestras faltas.
II. Usad la Cuaresma para vencer al enemigo y preparaos así para el tiempo pascual
Sermón 39, § II
Por consiguiente, amadísimos, para que podamos vencer a todos nuestros enemigos, busquemos la ayuda divina mediante la observancia del mandato celestial, sabiendo que no podemos de otro modo prevalecer contra nuestros adversarios, a menos que prevalezcamos contra nosotros mismos. Porque tenemos muchos combates con nosotros mismos: la carne desea una cosa contra el espíritu, y el espíritu otra contra la carne. Y en este desacuerdo, si los deseos del cuerpo son más fuertes, la mente perderá vergonzosamente su propia dignidad, y será sumamente funesto que sirva aquello que debía haber gobernado. Mas si la mente, estando sujeta a su Gobernante y deleitándose en los dones de lo alto, hubiere pisoteado los halagos del placer terreno y no hubiere permitido que el pecado reine en su cuerpo mortal, la razón mantendrá una supremacía bien ordenada, y ninguna estrategia de maldades espirituales derribará sus fortalezas; porque el hombre sólo tiene entonces verdadera paz y verdadera libertad cuando la carne es regida por el juicio de la mente y la mente es dirigida por la voluntad de Dios. Y aunque este estado de preparación, amadísimos, debe mantenerse siempre para que nuestros enemigos, siempre vigilantes, sean vencidos por una diligencia incesante, sin embargo ahora ha de buscarse con mayor empeño y cultivarse con más celo, cuando los designios de nuestros sutiles enemigos mismos se conducen con astucia más aguda que nunca. Pues sabiendo que ya están cerca los días santísimos de la Cuaresma, en cuya observancia se castigan todas las perezas pasadas y se reparan todas las negligencias, dirigen toda la fuerza de su rencor a este solo fin: que quienes se proponen celebrar la santa Pascua del Señor sean hallados impuros en alguna materia, y que surja causa de ofensa donde debía haberse obtenido la propiciación.
III. Los combates son necesarios para probar nuestra fe
Sermón 39, § III
Por tanto, amadísimos, al acercarnos al comienzo de la Cuaresma, que es tiempo de servir al Señor con mayor esmero, porque entramos, por así decirlo, en una especie de contienda de buenas obras, preparemos nuestras almas para luchar contra las tentaciones, y entendamos que cuanto más celosos seamos por nuestra salvación, tanto más decididos han de ser los asaltos de nuestros adversarios. Mas «más fuerte es Aquel que está en nosotros que el que está contra nosotros [],» y por medio de Aquel en cuya fuerza confiamos somos poderosos: porque fue para esto para lo que el Señor permitió ser tentado por el tentador, a fin de que fuéramos instruidos por su ejemplo y fortalecidos por su auxilio. Pues venció al adversario, como habéis oído, con citas de la ley, no con fuerza real, para, por esto mismo, honrar más al hombre e infligir mayor castigo al adversario, venciendo al enemigo del género humano ya no como Dios, sino como Hombre. Luchó, pues, para que también nosotros lucháramos en adelante; venció para que también nosotros venciesemos del mismo modo. Porque no hay obras de poder, amadísimos, sin las pruebas de las tentaciones; no hay fe sin comprobación, ni contienda sin enemigo, ni victoria sin conflicto. Esta vida nuestra está en medio de trampas, en medio de batallas; si no queremos ser engañados, hemos de velar; si queremos vencer, hemos de luchar. Y por eso el sapientísimo Salomón dice: «Hijo, al acercarte al servicio de Dios, prepara tu alma para la tentación [].» Pues él, siendo varón lleno de la sabiduría de Dios, y sabiendo que la búsqueda de la religión entraña luchas laboriosas, previendo también el peligro del combate, previno al que se disponía a luchar; no fuera que, si el tentador lo sorprendía en su ignorancia, lo hallara desprevenido y lo hiriese de improviso.
IV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
Sermón 39, § IV
Así pues, amadísimos, nosotros, instruidos en la divina enseñanza, acudamos conscientemente al presente combate y lucha, oigamos al Apóstol cuando dice: «porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes [],» y no olvidemos que estos nuestros enemigos sienten que contra ellos se hace todo lo que nos esforzamos por hacer para nuestra salvación, y que por el mismo hecho de buscar algún bien desafiamos a nuestros adversarios. Pues ésta es una vieja querella entre nosotros y ellos, fomentada por la malevolencia del diablo, de modo que se atormentan por nuestra justificación, porque ellos han caído de aquellos bienes a los que nosotros, ayudados por Dios, avanzamos. Si, por tanto, nosotros somos levantados, ellos son postrados; si nosotros somos fortalecidos, ellos son debilitados. Nuestras curaciones son sus golpes, porque son heridos por la curación de nuestras heridas. «Estad, pues, firmes,» amadísimos, como dice el Apóstol, «ceñidos vuestros lomos con la verdad, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz, sobre todo, tomando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno, y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios [].» Ved, amadísimos, con qué armas poderosas, con qué defensas inexpugnables nos arma nuestro Caudillo, que es famoso por sus muchos triunfos, el Maestro invicto de la milicia cristiana. Ha ceñido nuestros lomos con el cinturón de la castidad, ha calzado nuestros pies con los vínculos de la paz: porque el soldado desceñido es pronto vencido por el que sugiere la inmodestia, y el que está descalzo es fácilmente mordido por la serpiente. Ha dado el escudo de la fe para la protección de todo nuestro cuerpo; sobre nuestra cabeza ha puesto el yelmo de la salvación; nuestra mano derecha la ha provisto de una espada, es decir, de la palabra de Verdad: para que el guerrero espiritual no sólo esté a salvo de heridas, sino que también tenga fuerza para herir a su agresor.
V. En la Cuaresma se requiere abstinencia no sólo de alimento, sino también de otros malos deseos, especialmente de la ira
Sermón 39, § V
Apoyándonos, pues, amadísimos, en estas armas, entremos activa y valientemente en el combate que se nos propone: de modo que en esta lucha de ayuno no nos contentemos con sólo este fin, que pensemos que únicamente es deseable la abstinencia de alimento. Pues no basta que se reduzca la sustancia de nuestra carne, si no se desarrolla también la fortaleza del alma. Cuando el hombre exterior está algo sometido, sea el hombre interior algo refrescado; y cuando se niega a nuestra carne el exceso corporal, sea nuestra mente vigorizada por los deleites espirituales. Escudríñese cada cristiano a sí mismo, y busque severamente en lo más íntimo de su corazón: vea que no se aferre allí discordia alguna, que no se abrigue ningún deseo malo. Que la castidad aleje lejos la incontinencia; que la luz de la verdad disipe las sombras del engaño; que se calmen las hinchazones de la soberbia; que la ira ceda a la razón; que se rompan los dardos del maltrato, y se refrenen las contiendas de la lengua; que fracasen los pensamientos de venganza, y las injurias sean entregadas al olvido. En fin, que «toda planta que no plantó mi Padre celestial, sea desarraigada [].» Pues sólo entonces se nutren bien en nosotros las semillas de la virtud, cuando todo germen extraño es arrancado del campo de trigo. Por tanto, si alguno ha sido encendido por el deseo de venganza contra otro, de modo que lo ha entregado a la prisión o lo ha atado con cadenas, apresúrese a perdonar no sólo al inocente, sino también a aquel que parece digno de castigo, para que con confianza pueda usar de la cláusula de la oración del Señor y decir: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Esta petición la señala el Señor con énfasis peculiar, como si la eficacia de toda la oración descansara en esta condición, al decir: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.»
VI. El buen uso de la Cuaresma conducirá a una feliz participación en la Pascua
Sermón 39, § VI
Por consiguiente, amadísimos, acordándonos de nuestra debilidad, porque fácilmente caemos en toda clase de faltas, de ningún modo descuidemos este remedio especial y la más eficaz curación de nuestras heridas. Remitamos, para que se nos remita: concedamos el perdón que imploramos: no estemos ansiosos por ser vengados cuando pedimos ser perdonados. No pasemos por alto los gemidos de los pobres con oído sordo, sino con pronta bondad otorguemos nuestra misericordia a los necesitados, para que merezcamos hallar misericordia en el juicio. Y aquel que, ayudado por la gracia de Dios, se esfuerce con todo su empeño tras esta perfección, guardará fielmente este santo ayuno; libre de la levadura de la vieja maldad, en los ázimos de sinceridad y verdad [], alcanzará la bienaventurada Pascua, y por la novedad de vida se regocijará dignamente en el misterio de la reforma del hombre por Cristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 40. Sobre la Cuaresma, II
1. El progreso y la mejora siempre son posibles
Sermón 40, § 1
Aunque, amadísimos, al acercarse la fiesta de la Pascua, la misma recurrencia de la estación nos señala el ayuno cuaresmal, sin embargo también nuestras palabras deben añadir sus exhortaciones, las cuales, con la ayuda del Señor, no serán inútiles para los activos ni molestas para los devotos. Pues como la idea de estos días exige el aumento de todas nuestras prácticas religiosas, no hay nadie, estoy seguro, que no se alegre de ser incitado a las buenas obras. Porque aunque nuestra naturaleza, que mientras seamos mortales será mudable, avanza hacia las más altas aspiraciones de la virtud, sin embargo siempre tiene la posibilidad de retroceder, así como siempre tiene la posibilidad de avanzar. Y ésta es la verdadera justicia de los perfectos: que nunca se consideren perfectos, no sea que desfalleciendo en el propósito de su camino aún inacabado, caigan en el peligro del fracaso, por abandonar el deseo de progresar.
Y, por tanto, porque ninguno de nosotros, amadísimos, es tan perfecto y santo como para no poder ser más perfecto y más santo, todos juntos, sin diferencia de rango, sin distinción de mérito, con piadoso afán persigamos nuestra carrera desde lo que hemos alcanzado hasta lo que aún aspiramos, y hagamos algunas adiciones necesarias a nuestras devociones regulares. Pues el que no es más atento de lo usual a la religión en estos días, se muestra que en otros tiempos no es suficientemente atento.
2. Satanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
Sermón 40, § 2
Por eso la lectura de la proclamación del Apóstol ha sonado oportunamente en nuestros oídos, diciendo: «He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de salvación.» Pues ¿qué hay más aceptable que este tiempo, qué más adecuado para la salvación que estos días, en los cuales se proclama la guerra contra los vicios y se progresa en todas las virtudes? Ciertamente siempre debías velar, oh alma cristiana, contra el enemigo de tu salvación, no sea que algún punto quedara expuesto a las trampas del tentador: pero ahora ha de emplearse por ti mayor cautela y más aguda prudencia, cuando ese mismo enemigo tuyo se enfurece con odio más feroz. Pues ahora en todo el mundo se le quita el poder de su antiguo dominio, y se rescatan de su garra incontables vasos de cautiverio. El pueblo de todas las naciones y de todas las lenguas se está separando de su cruel despojador, y ya no se halla raza alguna de hombres que no luche contra las leyes del tirano, mientras por todos los confines de la tierra se preparan muchos millares de millares para renacer en Cristo: y al acercarse el nacimiento de una nueva criatura, la maldad espiritual está siendo expulsada de aquellos que la poseían. Por tanto, la furia blasfema del enemigo despojado se irrita y busca nuevas ganancias porque ha perdido su antiguo derecho. Incansable y siempre vigilante, arrebata a cualquier oveja que encuentre descarriada descuidadamente de los sagrados rediles, intentando conducirla por los despeñaderos del tesoro y por las pendientes del lujo a las moradas de la muerte. Y así inflama su ira, alimenta sus odios, aguza sus deseos, se burla de su continencia, despierta su gula.
3. La doble naturaleza de Cristo manifestada en la Tentación
Sermón 40, § 3
Pues ¿a quién no se atrevería a tentar, si no se abstuvo de sus traicioneros intentos ni siquiera con nuestro Señor Jesucristo? Porque, como ha revelado la narración evangélica, cuando nuestro Salvador, que era verdadero Dios, para mostrarse también verdadero Hombre y desterrar todas las opiniones perversas y erróneas, después del ayuno de 40 días y noches, había experimentado el hambre de la debilidad humana, el diablo, regocijándose de haber hallado en Él una señal de naturaleza posible y mortal, para probar el poder que temía, dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan [].» Sin duda el Todopoderoso podía hacer esto, y era fácil que a la orden del Creador una criatura de cualquier clase se cambiara en la forma que se le mandaba: así como cuando quiso, en las bodas, cambió el agua en vino: pero aquí convenía más a sus propósitos de salvación que la astucia de su altivo enemigo fuera vencida por el Señor, no en el poder de su Deidad, sino por el misterio de su humillación. Finalmente, cuando el diablo había sido puesto en fuga y el tentador confundido en todas sus artes, vinieron ángeles al Señor y le servían, para que siendo Él verdadero Hombre y verdadero Dios, su Humanidad quedara inmaculada por aquellas astutas preguntas, y su Deidad fuera manifestada por aquellos santos ministerios. Y así confúndanse los hijos y discípulos del diablo, quienes, llenos de veneno de víboras, engañan a los simples, negando en Cristo la presencia de ambas naturalezas verdaderas, mientras roban o a su Deidad la Humanidad, o a su Humanidad la Deidad, aunque ambas falsedades son destruidas por una doble y simultánea prueba: porque por su hambre corporal fue mostrada su perfecta Humanidad, y por los ángeles que le asistían su perfecta Deidad.
4. El ayuno no debe terminar con la abstinencia de alimento, sino conducir a buenas obras
Sermón 40, § 4
Por tanto, amadísimos, viendo que, como nos enseña el precepto de nuestro Redentor, «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios,» y es justo que el pueblo cristiano, cualquiera que sea la cantidad de su abstinencia, prefiera más bien saciarse con la «Palabra de Dios» que con alimento corporal, entremos con pronta devoción y fe ferviente en la celebración del ayuno solemne, no con estéril abstinencia de comida, que a menudo nos es impuesta por la debilidad del cuerpo o la enfermedad de la avaricia, sino con generosa benevolencia: para que en verdad seamos de aquellos de quienes la misma Verdad habla: «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados [].» Deléitennos, pues, las obras de piedad, y llenémonos de aquellos alimentos que nos nutren para la eternidad. Gocémonos en la satisfacción de los pobres, a quienes nuestra liberalidad ha saciado. Deleitémosnos en vestir a aquellos cuya desnudez hemos cubierto con ropa necesaria. Siéntase nuestra humanidad por los enfermos en sus enfermedades, por los débiles en sus dolencias, por los desterrados en sus penalidades, por los huérfanos en su indigencia, y por las viudas solitarias en su tristeza: en la ayuda de los cuales no hay nadie que no pueda realizar alguna medida de benevolencia. Pues no es pequeño el ingreso de nadie cuyo corazón es grande: y la medida de la misericordia y bondad de uno no depende del tamaño de sus medios. La riqueza de la buena voluntad nunca falta con razón, incluso en una bolsa escasa. Sin duda el gasto de los ricos es mayor, y el de los pobres menor, pero no hay diferencia en el fruto de sus obras, donde el propósito de los que obran es el mismo.
5. Y además debe llevar a la enmienda personal y a la armonía doméstica
Sermón 40, § 5
Pero, amados, en esta oportunidad para el ejercicio de las virtudes hay también otras coronas notables, para ser ganadas sin dispersión de graneros, sin desembolso de dinero, si se rechaza la lascivia, si se abandona la ebriedad, y las concupiscencias de la carne son domadas por las leyes de la castidad: si los odios pasan a afecto, si las enemistades se convierten en paz, si la mansedumbre extingue la ira, si la gentileza perdona las injurias, si en fin la conducta de amos y de esclavos está tan bien ordenada que el gobierno de los unos sea más suave, y la disciplina de los otros más completa. Por tales observancias, pues, amadísimos, se ganará la misericordia de Dios, se borrará la acusación del pecado, y se guardará devotamente la adorable fiesta de la Pascua. Y esto los piadosos Emperadores del mundo romano lo han guardado desde hace mucho con santa observancia; porque en honor de la Pasión y Resurrección del Señor inclinan su alto poder, y relajando la severidad de sus decretos liberan a muchos de sus prisioneros: de modo que en los días en que el mundo es salvado por la Divina misericordia, su clemencia, que está modelada según la bondad Celestial, pueda ser seguida celosamente por nosotros. Imiten, pues, los pueblos cristianos a sus príncipes, y sean incitados a la tolerancia en sus hogares por estos ejemplos reales. Pues no es justo que las leyes privadas sean más severas que las públicas. Perdónense las faltas, suéltense las ataduras, bórrense las ofensas, fracasen los designios de venganza, para que la santa fiesta a través de la gracia Divina y humana encuentre a todos felices, a todos inocentes: por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
I. El ayuno cuaresmal, una oportunidad para restaurar nuestra pureza
Sermón 42, § I
Al proponerme predicaros este santísimo e importantísimo ayuno, amadísimos, ¿cómo comenzaré más convenientemente que citando las palabras del Apóstol, en quien Cristo mismo hablaba, y recordándoos lo que hemos leído: «he aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de salvación.» Pues aunque no hay estaciones que no estén llenas de bendiciones Divinas, y aunque el acceso a la misericordia de Dios está siempre abierto para nosotros por su gracia, sin embargo ahora las mentes de todos los hombres deben ser movidas con mayor celo al progreso espiritual, y animadas con mayor confianza, cuando el retorno del día, en que fuimos redimidos, nos invita a todos los deberes de la piedad: para que guardemos el superexcelente misterio de la pasión del Señor con cuerpos y corazones purificados. Estos grandes misterios exigen ciertamente de nosotros una devoción tan incansable y una reverencia tan incesante, que deberíamos permanecer a la vista de Dios siempre los mismos, como debemos ser hallados en la misma fiesta de la Pascua. Pero porque pocos tienen esta constancia, y, porque mientras se relaja la observancia más estricta en consideración a la fragilidad de la carne, y mientras los intereses de uno se extienden sobre todas las variadas acciones de esta vida, incluso los corazones piadosos deben recoger algunas manchas del polvo del mundo, la Divina Providencia con gran beneficencia ha cuidado de que la disciplina de los cuarenta días nos sane y restaure la pureza de nuestras mentes, durante la cual las faltas de otros tiempos puedan ser redimidas por actos piadosos y removidas por el casto ayuno.
II. La Cuaresma debe ser aprovechada para eliminar todas nuestras impurezas, y en las buenas obras no debe haber escasez
Sermón 42, § II
Como estamos, pues, amadísimos, a punto de entrar en aquellos días místicos dedicados a los beneficios del ayuno, cuidemos de obedecer los preceptos del Apóstol, limpiándonos «nosotros mismos de toda inmundicia de carne y de espíritu []:» para que, controlando las luchas que se producen entre nuestras dos naturalezas, el espíritu que, si está bajo la guía de Dios, debe ser el gobernador del cuerpo, sostenga la dignidad de su dominio: de modo que no demos escándalo a nadie, ni estemos sujetos a las reprensiones de los censores. Pues con razón seremos atacados con reproches, y por nuestra culpa las lenguas impías se armarán para dañar a la religión, si la conducta de los que ayunan está en desacuerdo con la norma de pureza perfecta. Porque nuestro ayuno no consiste principalmente en la mera abstinencia de alimento, ni se apartan con provecho las golosinas de nuestros apetitos corporales, a menos que la mente sea apartada del mal obrar y la lengua contenida de la maledicencia. Éste es tiempo de mansedumbre y longanimidad, de paz y tranquilidad: cuando todas las contaminaciones del vicio han de ser erradicadas y la perseverancia en la virtud ha de ser alcanzada por nosotros. Ahora acostúmbrense las mentes piadosas con valor a perdonar las faltas, a pasar por alto las injurias y a olvidar los agravios. Ahora ejercítese el espíritu fiel con la armadura de la justicia a diestra y siniestra, para que a través de la honra y la deshonra, a través de la mala fama y la buena fama, la conciencia permanezca imperturbable en una rectitud inquebrantable, no envanecida por la alabanza ni agotada por los ultrajes. El dominio propio de los religiosos no debe ser sombrío, sino sincero; no debe oírse murmullo de queja de quienes nunca carecen del consuelo de los santos gozos. No debe temerse la disminución de los bienes mundanos en la práctica de las obras de misericordia. La pobreza cristiana es siempre rica, porque lo que tiene es más que lo que no tiene. Ni teme fatigarse en este mundo el pobre, a quien se le ha dado poseer todas las cosas en el Señor de todas las cosas. Por tanto, los que hacen lo que es bueno no deben temer en modo alguno que les falte el poder de hacerlo; pues en el Evangelio se exalta la devoción de la viuda en el caso de sus dos blancas, y la generosidad voluntaria recibe su recompensa por un vaso de agua fría. Porque la medida de nuestra caridad la fija la sinceridad de nuestros sentimientos, y el que tiene misericordia de otros jamás carecerá él mismo de misericordia. Así lo comprobó la santa viuda de Sarepta, la cual ofreció en tiempo de hambre al bienaventurado Elías el alimento de un solo día, que era todo cuanto tenía; y anteponiendo el hambre del profeta a su propia necesidad, entregó de buen grado un puñado de grano y un poco de aceite. Mas no perdió lo que dio con toda fe, y de las vasijas vaciadas por su piadosa generosidad brotó un manantial de nueva abundancia, para que la plenitud de su sustancia no se viera disminuida por el santo propósito al que la había destinado, porque nunca había temido verse reducida a la indigencia.
III. Como con el Salvador, así también con nosotros, el diablo procura que nuestra misma piedad se convierta en su propia trampa
Sermón 42, § III
Pero, amadísimos, no dudéis que el diablo, que es el adversario de todas las virtudes, tiene celos de estos buenos deseos, a los cuales confiamos que sois movidos por vosotros mismos, y que con este fin está armando la fuerza de su malicia para hacer de vuestra misma piedad su propia trampa, y esforzándose por vencer mediante la jactancia a aquellos a quienes no pudo derrotar por la desconfianza. Porque el vicio de la soberbia es vecino cercano de las buenas obras, y la arrogancia siempre acecha junto a la virtud: porque es difícil para el que vive de manera digna de alabanza no ser atrapado por la alabanza humana, a menos que, como está escrito, «el que se gloría, gloríese en el Señor [].» ¿A qué intenciones no se atrevería a atacar aquel enemigo tan perverso? ¿Qué ayuno no intentaría quebrantar? Viendo que, como se ha mostrado en la lectura del Evangelio, no refrenó sus astucias ni siquiera contra el Salvador del mundo mismo. Pues temiendo sobremanera su ayuno, que duró 40 días y noches, quiso con suma astucia descubrir si este poder de abstinencia le había sido dado o era propio suyo: porque no necesitaba temer el fracaso de todos sus traicioneros designios, si Cristo estuviera en todo sujeto a las mismas condiciones que lo está en el cuerpo. Y así primero examinó con astucia si Él mismo era el Creador de todas las cosas, tal que pudiera cambiar las naturalezas de las cosas materiales como quisiera: en segundo lugar, si bajo la forma de carne humana estaba oculta la Deidad, a quien era fácil hacer del aire su carro y transportar sus miembros terrestres a través del espacio. Pero cuando el Señor prefirió resistirle con la rectitud de su verdadera Humanidad, antes que mostrar el poder de su Deidad, a esto dirige la astucia de su tercer designio, para tentar con la codicia del imperio a Aquel en quien habían fallado las señales del poder Divino, y atraerlo a la adoración de sí mismo prometiéndole los reinos del mundo. Pero la astucia del diablo fue reducida a necedad por la sabiduría de Dios, de modo que el soberbio enemigo fue atado por aquello con que antes había atado, y no temió asaltar a Aquel a quien correspondía ser inmolado por el mundo.
IV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
Sermón 42, § IV
Guardémonos, pues, de las astucias de este adversario, no sólo en los halagos del paladar, sino también en nuestro propósito de abstinencia. Porque aquel que supo traer la muerte a la humanidad por medio del alimento, sabe también perjudicarnos a través de nuestro mismo ayuno, y usando a los maniqueos como instrumentos suyos, así como en otro tiempo impulsó a los hombres a tomar lo prohibido, así en dirección contraria los incita a evitar lo permitido. Es ciertamente una observancia útil, que acostumbra a una dieta escasa y refrena el apetito de golosinas: pero ay del dogmatizar de aquellos cuyo mismo ayuno se convierte en pecado. Porque condenan la naturaleza de las criaturas para injuria del Creador, y sostienen que se contaminan al comer aquellas cosas de las cuales afirman que el diablo, no Dios, es el autor: aunque absolutamente nada que exista es malo, ni nada hay en la naturaleza incluido en lo realmente malo. Porque el buen Creador hizo buenas todas las cosas y el Hacedor del universo es uno, «que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos.» De las cuales todo lo que se concede al hombre para comer y beber, es santo y limpio según su especie. Pero si se toma con avidez desmedida, es el exceso el que deshonra a los que comen y beben, no la naturaleza del alimento o de la bebida la que los contamina. «Porque todas las cosas,» como dice el Apóstol, «son limpias para los limpios; mas para los contaminados e incrédulos nada es limpio, sino que su mente y su conciencia están contaminadas [].»
V. Sed razonables y oportunos en vuestro ayuno
Sermón 42, § V
Pero vosotros, amadísimos, santa prole de la Madre católica, que habéis sido instruidos en la escuela de la Verdad por el Espíritu de Dios, moderad vuestra libertad con la debida razonabilidad, sabiendo que es bueno abstenerse incluso de cosas lícitas, y en tiempos de mayor rigor distinguir un alimento de otro con miras a renunciar al uso de algunas especies, no a condenar su naturaleza. Y así, no os contaminéis con el error de aquellos que se corrompen meramente por sus propias ordenanzas, «sirviendo a la criatura antes que al Creador [],» y ofreciendo una necia abstinencia al servicio de los luminares del cielo: viendo que han elegido ayunar el primer y segundo día de la semana en honor del sol y de la luna, demostrándose en este solo caso de su perversidad dos veces desleales a Dios, dos veces blasfemos, al establecer su ayuno no sólo en adoración de los astros sino también en menosprecio de la Resurrección del Señor. Porque rechazan el misterio de la salvación del hombre y se niegan a creer que Cristo nuestro Señor en la verdadera carne de nuestra naturaleza nació verdaderamente, verdaderamente padeció, fue verdaderamente sepultado y verdaderamente resucitó. Y en consecuencia, condenan el día de nuestro regocijo con la lobreguez de su ayuno. Y como para ocultar su infidelidad se atreven a estar presentes en nuestras reuniones, en la Comunión de los Misterios a veces se acercan, para asegurar su ocultamiento, a recibir el Cuerpo de Cristo con labios indignos, aunque se niegan por completo a beber la Sangre de nuestra Redención. Y esto os damos a conocer, santos hermanos, para que los hombres de esta clase sean detectados por vosotros por estas señales, y para que aquellos cuyas impías pretensiones hayan sido descubiertas sean expulsados de la sociedad de los santos por la autoridad sacerdotal. Pues de tales advierte a la Iglesia de Dios el bienaventurado Apóstol Pablo con su previsión, diciendo: «mas os rogamos, hermanos, que vigiléis a los que causan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido, y apartaos de ellos. Porque tales personas no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a su propio vientre, y con palabras dulces y lisonjeras engañan los corazones de los ingenuos [].»
VI. Haced de vuestro ayuno una realidad mediante la enmienda de vuestra vida
Sermón 42, § VI
Por tanto, amadísimos, plenamente instruidos por estas amonestaciones nuestras, que a menudo hemos repetido en vuestros oídos en protesta contra el abominable error, entrad en los santos días de la Cuaresma con piedad devota, y preparaos para ganar la misericordia de Dios mediante vuestras propias obras de misericordia. Apagad vuestra ira, borrad las enemistades, fomentad la unidad, y emulad unos a otros en los oficios de la verdadera humildad. Gobernad con equidad a vuestros siervos y a los que están puestos bajo vuestro mando, que ninguno de ellos sea atormentado con prisión o cadenas. Renunciad a la venganza, perdonad las ofensas: cambiad la severidad por la mansedumbre, la indignación por la dulzura, la discordia por la paz. Que todos los hombres nos encuentren sobrios, pacíficos, amables: para que nuestros ayunos sean aceptables a Dios. Pues en una palabra, a Él ofrecemos el sacrificio de la verdadera abstinencia y de la verdadera piedad, cuando nos guardamos de todo mal: ayudándonos en todo el Dios Todopoderoso, a quien con el Hijo y el Espíritu Santo pertenecen una sola Deidad y una sola Majestad, por los siglos de los siglos. Amén.
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