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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers46 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 9 · Sermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
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    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

    Sermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI

    I. La mañana de Navidad es el tiempo más apropiado para los pensamientos sobre la Natividad

    Sermón 26, § I

    Todos los días y en todo tiempo, amadísimos, el nacimiento de nuestro Señor y Salvador de la Virgen madre se presenta al pensamiento de los fieles, que meditan en las cosas divinas, para que la mente sea despertada al reconocimiento de su Hacedor, y ya sea que esté ocupada en los gemidos de la súplica, o en el clamor de la alabanza, o en la ofrenda del sacrificio, emplee su mirada espiritual en nada con más frecuencia y confianza que en el hecho de que Dios, el Hijo de Dios, engendrado del Padre coeterno, nació también con nacimiento humano. Pero esta Natividad que ha de ser adorada en el cielo y en la tierra no nos es sugerida por día alguno más que por éste, cuando, con la luz temprana derramando aún sus rayos sobre la naturaleza, se hace presente a nuestros sentidos el resplandor de este admirable misterio. Porque el coloquio del ángel Gabriel con la asombrada María y su concepción por el Espíritu Santo, tan admirablemente prometida como creída, parecen repetirse no sólo a la memoria sino a los mismos ojos. Porque hoy el Hacedor del mundo nació del vientre de una Virgen, y Aquel que hizo todas las naturalezas se hizo Hijo de aquella a quien Él creó. Hoy el Verbo de Dios apareció revestido de carne, y Aquello que nunca había sido visible a los ojos humanos comenzó a ser también tangible a nuestras manos. Hoy los pastores supieron por voces de ángeles que el Salvador había nacido en la sustancia de nuestra carne y alma; y hoy la forma del mensaje evangélico fue preordenada por los jefes de los rebaños del Señor, para que también nosotros digamos con el ejército de la milicia celestial: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»

    II. Los cristianos son esencialmente partícipes de la natividad de Cristo

    Sermón 26, § II

    Aunque, por tanto, aquella infancia, que la majestad del Hijo de Dios no desdeñó, alcanzó la edad madura por el crecimiento de los años y, al completarse el triunfo de su pasión y resurrección, cesaron todas las acciones de humildad que fueron emprendidas por nosotros, sin embargo la fiesta de hoy renueva para nosotros la santa niñez de Jesús nacido de la Virgen María: y al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, hallamos que estamos celebrando el comienzo de nuestra propia vida. Porque el nacimiento de Cristo es la fuente de la vida para el pueblo cristiano, y el natalicio de la Cabeza es el natalicio del cuerpo. Aunque cada individuo que es llamado tiene su propio orden, y todos los hijos de la Iglesia están separados unos de otros por intervalos de tiempo, sin embargo, así como todo el cuerpo de los fieles, naciendo en la pila bautismal, es crucificado con Cristo en su pasión, resucitado en su resurrección y colocado a la diestra del Padre en su ascensión, así con Él nacen en esta natividad. Porque cualquier creyente, en cualquier parte del mundo que renazca en Cristo, abandona los viejos caminos de su naturaleza original y pasa a ser un hombre nuevo por el renacimiento; y ya no es contado de la estirpe de su padre terrenal, sino entre la descendencia del Salvador, que se hizo Hijo del hombre para que nosotros tuviéramos poder de ser hijos de Dios. Porque si Él no hubiera descendido a nosotros en esta humillación, nadie alcanzaría su presencia por méritos propios. Que la sabiduría terrenal no envuelva en tinieblas los corazones de los llamados en este punto, y que la fragilidad de los pensamientos terrenales no se levante contra la alteza de la gracia de Dios, porque pronto volverá al polvo más bajo. Al fin de los siglos se cumple lo que fue ordenado desde toda la eternidad: y en presencia de las realidades, cuando han cesado los signos y los tipos, la Ley y la profecía se han convertido en Verdad: y así Abraham es hallado padre de todas las naciones, y la bendición prometida es dada al mundo en su descendencia: ni son sólo israelitas los que la sangre y la carne engendraron, sino que todo el cuerpo de los adoptados entra en posesión de la herencia preparada para los hijos de la fe. No os turbéis por las cavilaciones de necias cuestiones, y no dejéis que los efectos de la palabra divina sean disipados por el cálculo humano; nosotros con Abraham creemos en Dios y «no vacilamos por incredulidad []» sino que «sabemos con toda certeza que lo que el Señor prometió, es poderoso para cumplirlo.»

    III. La paz con Dios es su mejor don para el hombre

    Sermón 26, § III

    El Salvador, pues, amadísimos, no nace de semilla carnal sino del Espíritu Santo, de tal modo que la condenación de la primera transgresión no lo tocó. Y por ello la grandeza misma del don conferido exige de nosotros una reverencia digna de su esplendor. Porque, como enseña el bienaventurado Apóstol, «no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que nos han sido dadas por Dios []:» y ese Espíritu no puede ser adorado rectamente de otra manera, sino ofreciéndole aquello que de Él recibimos. Pero en los tesoros de la liberalidad del Señor, ¿qué podemos hallar tan adecuado al honor de la presente fiesta como la paz, que en la natividad del Señor fue proclamada primero por el coro de los ángeles? Pues es ella la que engendra a los hijos de Dios, la nodriza del amor y la madre de la unidad: el descanso de los bienaventurados y nuestro hogar eterno; cuya obra propia y oficio especial es unir a Dios a aquellos a quienes aparta del mundo. De ahí que el Apóstol nos incite a este buen fin, diciendo: «justificados, pues, por la fe, tengamos paz para con Dios [].» En esta breve sentencia se resumen casi todos los mandamientos; porque donde hay verdadera paz, no puede faltar virtud. Pero ¿qué es, amadísimos, tener paz para con Dios, sino desear lo que Él manda, y no desear lo que Él prohíbe? Porque si las amistades humanas buscan igualdad de alma y semejanza de deseos, y la diferencia de costumbres nunca puede alcanzar plena armonía, ¿cómo será partícipe de la paz divina quien se complace en lo que desagrada a Dios y desea hallar deleite en lo que sabe que ofende a Dios? Ese no es el espíritu de los hijos de Dios; tal sabiduría no es acepta a la noble familia de los adoptados. Esa raza elegida y real debe vivir a la altura de la dignidad de su regeneración, debe amar lo que el Padre ama, y en nada discordar de su Hacedor, no sea que el Señor diga de nuevo: «Hijos engendré y exalté, mas ellos me menospreciaron: el buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no me ha conocido, y mi pueblo no me ha reconocido [].»

    IV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios

    Sermón 26, § IV

    Grande es, amadísimos, el misterio de este don, y este regalo excede a todos los dones: que Dios llame hijo al hombre, y que el hombre llame Padre a Dios: porque por estos términos percibimos y aprendemos el amor que alcanzó tan grande altura. Pues si en la prole natural y en las familias terrenas los que nacen de padres nobles son rebajados por las faltas de malas compañías, y los hijos indignos son avergonzados por el mismo brillo de su ascendencia; ¿a qué fin llegarán quienes por amor del mundo no temen ser excluidos de la familia de Cristo? Pero si alcanza la alabanza de los hombres que la gloria del padre vuelva a brillar en sus descendientes, ¿cuánto más glorioso es para los que han nacido de Dios recuperar el resplandor de la semejanza de su Hacedor y mostrar en sí mismos a Aquel que los engendró, como dice el Señor: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos []?» Sabemos ciertamente, como dice el apóstol Juan, que «el mundo entero yace en el maligno [],» y que por las estratagemas del Diablo y sus ángeles se hacen innumerables intentos ya sea para atemorizar al hombre en su lucha ascendente por la adversidad o para corromperlo por la prosperidad, pero «mayor es el que está en nosotros que el que está contra nosotros,» y quienes tienen paz con Dios y están siempre diciendo al Padre con todo su corazón «hágase tu voluntad []» no pueden ser vencidos en batalla alguna, no pueden ser heridos por asalto alguno. Porque acusándonos en nuestras confesiones y rehusando el consentimiento del espíritu a nuestros deseos carnales, suscitamos contra nosotros la enemistad de aquel que es el autor del pecado, pero aseguramos con Dios una paz que nada puede destruir, aceptando su servicio gracioso, para que no sólo nos entreguemos en obediencia a nuestro Rey, sino que también seamos unidos a Él por nuestra libre voluntad. Porque si somos del mismo sentir, si deseamos lo que Él desea, y desaprobamos lo que Él desaprueba, Él acabará por nosotros todas nuestras guerras; Él, que dio el querer, dará también el poder: de modo que seamos colaboradores en sus obras, y con la exultación de la fe cantemos aquel cántico profético: «El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el defensor de mi vida: ¿de quién me amedrentaré?»

    V. El nacimiento de Cristo es el nacimiento de la paz para la Iglesia

    Sermón 26, § V

    Aquéllos, pues, que «no nacen de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios [],» deben ofrecer al Padre la unanimidad de hijos amantes de la paz, y todos los miembros de la adopción han de reunirse en el Primogénito de la nueva creación, que vino a hacer no su propia voluntad, sino la de Aquel que lo envió; puesto que el Padre, en su gracioso favor, ha adoptado como herederos suyos no a los discordantes ni a los que son desemejantes de Él, sino a los que son uno en sentimiento y afecto. Los que son remodelados según un solo modelo deben tener un espíritu semejante al modelo. El natalicio del Señor es el natalicio de la paz: porque así dice el Apóstol, «Él es nuestra paz, que hizo de ambos uno;» pues seamos judíos o gentiles, «por Él tenemos acceso en un solo Espíritu al Padre.» Y esto fue en particular lo que enseñó a sus discípulos antes del día de su pasión, que de su propia libre voluntad había preordenado, diciendo: «Mi paz os doy, mi paz os dejo [];» y para que bajo el término general no pasara inadvertido el carácter de su paz, añadió: «no como el mundo os la doy yo [Ib].» El mundo, dice, tiene sus amistades, y pone a muchos que están separados en amorosa armonía. Hay también mentes que son iguales en vicios, y la semejanza de deseos produce igualdad de afecto. Y si acaso se hallan algunos que no se complacen en lo vil y deshonroso, y que excluyen de los términos de su unión los pactos ilícitos, aun así, si son o judíos, herejes o paganos, no pertenecen a la amistad de Dios sino a la paz de este mundo. Pero la paz de los espirituales y de los católicos, que desciende de lo alto y conduce hacia arriba, se niega a mantener comunión con los amantes del mundo, resiste todos los obstáculos y huye de los placeres perniciosos a los verdaderos gozos, como dice el Señor: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón []:» es decir, si lo que amáis está abajo, descenderéis al abismo más profundo; si lo que amáis está arriba, alcanzaréis la cima más alta: allí nos lleve y nos conduzca el Espíritu de paz, cuyos deseos y sentimientos son uno, y que somos de una sola mente en fe, esperanza y caridad: puesto que «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios []» que reina con el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 27. Sobre la Fiesta de la Natividad, VII

    I. Es igualmente peligroso negar en Cristo la Deidad o la Humanidad

    Sermón 27, § I

    Es un verdadero y devoto adorador, amadísimos, de la fiesta de hoy quien nada piensa que sea falso acerca de la Encarnación del Señor ni indigno acerca de su Deidad. Porque es un mal igualmente peligroso negar en Él la realidad de nuestra naturaleza y la igualdad con el Padre en gloria. Así, pues, cuando intentamos comprender el misterio del nacimiento de Cristo, en el cual nació de la Virgen Madre, ahuyéntense lejos todas las nubes de los razonamientos terrenales y purifíquese de los ojos de la fe iluminada el humo de la sabiduría mundana: porque la autoridad en la que confiamos es divina, la enseñanza que seguimos es divina. Tanto si aplicamos nuestro oído interior al testimonio de la Ley, a los oráculos de los profetas o a la trompeta del Evangelio, es verdad lo que el bienaventurado Juan, lleno del Espíritu Santo, proclamó con su voz de trueno: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.» Y de igual modo es verdad lo que el mismo predicador añadió: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre.» Por tanto, en ambas naturalezas es el mismo Hijo de Dios tomando lo nuestro y no perdiendo lo suyo; renovando al hombre en su Humanidad, pero permaneciendo inmutable en Sí mismo. Pues la Deidad, que le es común con el Padre, no sufrió mengua alguna de omnipotencia, ni la «forma de siervo» hizo violencia a la «forma de Dios,» porque la suprema y eterna Esencia, que se abajó para la salvación del género humano, nos transfirió a su gloria, pero no dejó de ser lo que era. Y por esto, cuando el Unigénito de Dios se confiesa menor que el Padre y, sin embargo, se llama igual a Él, demuestra en Sí la realidad de ambas formas: de modo que la desigualdad prueba la naturaleza humana y la igualdad la divina.
    Comentario editorial · El vocabulario del Tomo a Flaviano
    León rechaza aquí dos errores a la vez: negar en Cristo la divinidad o la humanidad. De ese mismo asunto trata su carta 28, el Tomo a Flaviano (junio de 449, según Feltoe), escrita contra Eutiques, que, según Feltoe, confesó que Cristo era de dos naturalezas antes de la unión y de una sola después. El Tomo no se leyó en el segundo concilio de Éfeso (agosto de 449); en Calcedonia se leyó el 10 de octubre de 451, en la segunda sesión, y los obispos lo recibieron, cuenta Feltoe, con el grito «Pedro ha hablado por León». Esta edición no fecha los sermones, así que no puede decirse si este es anterior o posterior al Tomo: lo que aquí se compara es el vocabulario, no el orden.

    II. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre

    Sermón 27, § II

    Por consiguiente, el nacimiento corporal del Hijo de Dios nada quitó ni nada añadió a su Majestad, porque su sustancia inmutable no podía ser disminuida ni aumentada. Pues el hecho de que «el Verbo se hizo carne» no significa que la naturaleza de Dios fuese cambiada en carne, sino que el Verbo tomó la carne en la unidad de su Persona; y en ello, sin duda, fue recibido el hombre entero, con el cual, dentro del seno de la Virgen fecundado por el Espíritu Santo, cuya virginidad estaba destinada a no perderse jamás, el Hijo de Dios se unió tan inseparablemente que Aquel que fue engendrado sin tiempo de la esencia del Padre nació Él mismo en el tiempo del seno de la Virgen. Pues de otro modo no podríamos ser librados de las cadenas de la muerte eterna sino por Aquel que se humilló en nuestra naturaleza, permaneciendo Todopoderoso en la suya. Y así nuestro Señor Jesucristo, siendo en su nacimiento verdadero hombre aunque nunca dejó de ser verdadero Dios, hizo en Sí mismo el comienzo de una nueva creación, y en la «forma» de su nacimiento inició de nuevo la vida espiritual del género humano, para que, abolida la mancha de nuestro nacimiento según la carne, hubiera posibilidad de regeneración sin nuestra semilla pecadora para aquellos de quienes se dice: «Los cuales no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios [].» ¿Qué mente puede comprender este misterio, qué lengua puede expresar este acto de gracia? La pecaminosidad vuelve a la inocencia y la naturaleza vieja se hace nueva; los extraños reciben la adopción y los forasteros entran en la herencia. Los impíos comienzan a ser justos, los avaros benevolentes, los incontinentes castos, los terrenales celestiales. ¿Y de dónde viene este cambio, sino de la diestra del Altísimo? Porque el Hijo de Dios vino a «destruir las obras del diablo [],» y se ha unido a nosotros y nosotros a Él de tal modo que el descenso de Dios a la condición humana se convirtió en la exaltación del hombre a la de Dios.

    III. El diablo sabe exactamente qué tentaciones ofrecer a cada persona

    Sermón 27, § III

    Pero en esta misericordia de Dios, amadísimos, cuya grandeza para con nosotros no podemos explicar, los cristianos deben tener sumo cuidado de no ser atrapados de nuevo en las astucias del diablo ni enredarse otra vez en los errores que han renunciado. Pues el antiguo enemigo no cesa de «transformarse en ángel de luz [],» y de tender por todas partes las redes de sus engaños, y de esforzarse por corromper la fe de los creyentes. Sabe a quién atacar con el ardor de la avaricia, a quién asaltar con los halagos del vientre, delante de quién poner los atractivos de la autocomplacencia, en quién instilar el veneno de la envidia; sabe a quién abrumar con la tristeza, a quién engañar con la alegría, a quién sorprender con el miedo, a quién desconcertar con la admiración; no hay nadie cuyas costumbres no escudriñe, cuyos cuidados no criba, cuyos afectos no indague; y dondequiera que ve a un hombre más absorto en sus ocupaciones, allí busca la ocasión de hacerle daño. Además, tiene a muchos a quienes ha atado aún más estrechamente porque son aptos para sus designios, para servirse de sus capacidades y de sus lenguas para engañar a otros. Por medio de ellos se garantizan la curación de enfermedades, el pronóstico de acontecimientos futuros, el apaciguamiento de demonios y la expulsión de apariciones. A éstos hay que añadir a los que falsamente alegan que toda la condición de la vida humana depende de los influjos de las estrellas, y que lo que en realidad es voluntad divina o nuestra descansa en hados inmutables. Y sin embargo, para hacer aún mayor daño, prometen que éstos pueden ser cambiados si se dirige súplica a aquellas constelaciones que son adversas. Y así sus impías fábulas se destruyen a sí mismas; porque si sus predicciones no son fiables, no hay que temer a los hados; y si lo son, no hay que venerar a las estrellas.

    IV. Es reprobable la necia práctica de algunos que se vuelven hacia el sol y se inclinan ante él

    Sermón 27, § IV

    De tal sistema de enseñanza procede también la impía práctica de ciertos necios que adoran al sol cuando sale al comienzo del día desde lugares elevados: incluso algunos cristianos piensan que es tan apropiado hacer esto que, antes de entrar en la basílica del bienaventurado apóstol Pedro, dedicada al Dios único, vivo y verdadero, cuando han subido las gradas que conducen a la plataforma elevada, se vuelven y se inclinan hacia el sol naciente y con el cuello doblado rinden homenaje a su resplandeciente orbe. Nos llenamos de pesar y de contrariedad de que esto suceda, lo cual se debe en parte a la culpa de la ignorancia y en parte al espíritu del paganismo: porque aunque algunos de ellos acaso adoren al Creador de aquella hermosa luz más que a la Luz misma, que es criatura suya, sin embargo debemos abstenernos incluso de la apariencia de esta observancia: pues si uno que ha abandonado el culto de los dioses la encuentra en nuestro propio culto, ¿no volverá de nuevo a este fragmento de su antigua superstición, como si fuese lícito, al ver que es común a cristianos e infieles?
    Comentario editorial · Volverse al sol ante san Pedro
    León cuenta que algunos cristianos, al llegar a las gradas de la basílica de san Pedro, se volvían hacia el sol naciente y se inclinaban ante él, y recuerda que ya lo había denunciado en el Sermón 22, § VI, donde rechaza que la fiesta honre el «nuevo sol» más que el nacimiento de Cristo. Feltoe anota que, según Ciampini (citado por Quesnel), esas eran las gradas por las que los fieles subían de rodillas a la basílica del Vaticano; que la idea del «nuevo sol» ha de atribuirse sin duda a los maniqueos; y que esta superstición tiene poco que ver con la costumbre cristiana de orar mirando al Este, que probablemente se vuelve hacia el altar. Es lectura de Feltoe, no del texto.

    V. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración

    Sermón 27, § V

    Por tanto, los fieles deben abandonar esta práctica reprobable, y el honor debido solo a Dios no debe mezclarse con los ritos de aquellos hombres que sirven a sus semejantes. Pues la Escritura divina dice: «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás [].» Y el bienaventurado Job, «varón sin queja,» como dice el Señor, «y que se aparta de todo mal [],» dijo: «¿He visto al sol cuando brillaba o a la luna que caminaba resplandeciente, y mi corazón se alegró en secreto, y besé mi mano? ¿Cuál es mi gran iniquidad y mi negación contra el Dios Altísimo?» Mas, ¿qué es el sol o qué es la luna sino elementos de la creación visible y de la luz material: el uno de mayor brillo y la otra de menor luz? Pues así como ahora es de día y ahora de noche, así el Creador ha constituido diversas clases de lumbreras, aunque antes de que fuesen hechos ya había habido días sin sol y noches sin luna. Mas éstas fueron formadas para servir en la creación del hombre, para que aquel que es un animal dotado de razón pudiera estar seguro de la distinción de los meses, de la vuelta del año y de la variedad de las estaciones, pues mediante la desigual duración de los diversos períodos y las claras indicaciones dadas por los cambios en sus salidas, el sol cierra el año y la luna renueva los meses. Pues en el cuarto día, como leemos, dijo Dios: «Haya lumbreras en el firmamento del cielo, y alumbren sobre la tierra, y separen el día y la noche, y sirvan de señales y de estaciones, y de días y de años, y estén en el firmamento del cielo para alumbrar sobre la tierra.»

    VI. Despertemos al uso debido de todas nuestras partes y facultades

    Sermón 27, § VI

    Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios, la cual, aunque fue corrompida en Adán, fue reformada en Cristo. Usa las criaturas visibles como deben ser usadas, como usas la tierra, el mar, el cielo, el aire, las fuentes y los ríos; y todo lo que en ellas hay de bello y admirable, atribúyelo a la alabanza y gloria del Hacedor. No estés sujeto a aquella luz en la que se deleitan las aves y las serpientes, las bestias y los ganados, las moscas y los gusanos. Limita la luz material a tus sentidos corporales, y con todas tus potencias mentales abraza aquella «luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo [],» y de la cual el profeta dice: «Venid a Él y sed iluminados, y vuestros rostros no se avergonzarán.» Pues si somos «templo de Dios, y el Espíritu de Dios mora en []» nosotros, lo que cada uno de los fieles tiene en su propio corazón es más que lo que admira en el cielo. Y así, amadísimos, no os ordenamos ni aconsejamos que despreciéis las obras de Dios ni que penséis que hay algo opuesto a vuestra Fe en lo que el Dios bueno ha hecho bueno, sino que uséis toda clase de criaturas y todo el ajuar de este mundo razonable y moderadamente: pues, como dice el Apóstol, «las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas [].» Por lo cual, porque nacemos para lo presente y renacemos para lo futuro, no nos entreguemos a los bienes temporales, sino a los eternos; y para que podamos contemplar más de cerca nuestra esperanza, pensemos en lo que la Gracia divina ha otorgado a nuestra naturaleza precisamente en la ocasión en que celebramos el misterio del natalicio del Señor. Oigamos al Apóstol, que dice: «porque estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Mas cuando Cristo, vuestra vida, apareciere, entonces vosotros también apareceréis con Él en gloria []:» el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 28. Sobre la Fiesta de la Natividad, VIII

    I. La Encarnación, fuente incesante de gozo

    Sermón 28, § I

    Aunque todas las divinas palabras nos exhortan, amadísimos, a «regocijarnos en el Señor siempre [],» hoy, sin duda, somos incitados a un gozo espiritual pleno, cuando el misterio del nacimiento del Señor resplandece sobre nosotros, para que podamos acogernos a aquella inefable condescendencia de la Divina Misericordia, por la cual el Creador de los hombres se dignó hacerse hombre, y hallarnos en su naturaleza a quien adoramos en la nuestra. Pues Dios, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre eterno e ingénito, permaneciendo eterno «en forma de Dios,» y poseyendo inmutablemente y sin tiempo la propiedad de no ser en modo alguno diferente del Padre, recibió «la forma de siervo» sin pérdida de su majestad, para elevarnos a su estado y no abajarse Él al nuestro. De ahí que, permaneciendo ambas naturalezas en posesión de sus propias propiedades, resulte de la unión tal unidad que todo lo que hay de Deidad es inseparable de la humanidad, y todo lo que hay de humanidad es indivisible de la Deidad.

    II. Explicación de la concepción de la Virgen

    Sermón 28, § II

    Al celebrar, pues, el natalicio de nuestro Señor y Salvador, amadísimos, tengamos pensamientos puros acerca del parto de la bienaventurada Virgen, de modo que creamos que en ningún momento faltó la virtud del Verbo a la carne y al alma que ella concibió, y que el templo del cuerpo de Cristo no recibió previamente forma y alma para que su Morador viniese y tomase posesión, sino que por Él mismo y en Él mismo se dio comienzo al Hombre Nuevo, de modo que en el único Hijo de Dios y del Hombre hubiera Deidad sin madre y Humanidad sin padre. Pues su virginidad, fecundada por el Espíritu Santo, al mismo tiempo dio a luz sin rastro de corrupción al vástago y al Hacedor de su linaje. De ahí también que el mismo Señor, como refiere el Evangelista, preguntase a los judíos de quién hijo habían aprendido, según la autoridad de las Escrituras, que era Cristo; y cuando ellos respondieron que la tradición era que Él vendría de la simiente de David, «¿Cómo,» dice Él, «David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?» Y los judíos no pudieron resolver la cuestión planteada, porque no entendían que en el único Cristo estaban allí profetizadas tanto la estirpe de David como la naturaleza divina.

    III. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia

    Sermón 28, § III

    Pero la majestad del Hijo de Dios, en la cual es igual al Padre, en su vestidura de humildad de siervo no temió mengua alguna ni requirió aumento: y el mismo efecto de su misericordia, que gastó en la restitución del hombre, pudo realizarlo únicamente por el poder de su Deidad; para rescatar del yugo de su cruel opresor a la criatura hecha a imagen de Dios. Mas porque el diablo no se había mostrado tan violento en su ataque contra el primer hombre como para atraerlo a su partido sin el consentimiento de su libre albedrío, el pecado voluntario del hombre y sus deseos hostiles debían ser destruidos de tal manera que la norma de la justicia no se interpusiese en el camino del don de la Gracia. Y por eso, en la ruina general de todo el género humano, no había sino un solo remedio en el secreto del plan divino capaz de socorrer a los caídos, y era que uno de los hijos de Adán naciese libre e inocente de la transgresión original, para prevalecer por los demás tanto con su ejemplo como con sus méritos. Aún más: como esto no lo permitía la generación natural, y como no podía haber descendencia de nuestra estirpe defectuosa sin semilla, de la cual dice la Escritura: «¿Quién podrá sacar cosa limpia de lo inmundo? ¿No eres Tú solo []?» el Señor de David fue hecho Hijo de David, y del fruto de la rama prometida brotó Uno sin falta, uniéndose la doble naturaleza en una sola Persona, para que por una misma concepción y nacimiento brotase nuestro Señor Jesucristo, en quien estaba presente la verdadera Deidad para la realización de obras poderosas y la verdadera Humanidad para el sufrimiento de los padecimientos.

    IV. Todas las herejías proceden de no creer la doble naturaleza de Cristo

    Sermón 28, § IV

    La fe católica, pues, amadísimos, puede despreciar los errores de los herejes que ladran contra ella, los cuales, engañados por la vanidad de la sabiduría mundana, han abandonado el Evangelio de la Verdad y, no pudiendo comprender la Encarnación del Verbo, se han fabricado, de la fuente misma de la luz, ocasión de ceguera. Porque tras examinar las opiniones de casi todos los falsos creyentes, incluso las de aquellos que se atreven a negar al Espíritu Santo, llegamos a la conclusión de que apenas ninguno se ha extraviado sino por haberse negado a creer la realidad de las dos naturalezas en Cristo bajo la confesión de una sola Persona. Pues unos han atribuido al Señor solamente la Humanidad; otros, solamente la Deidad. Unos han dicho que, aunque en Él había verdadera Deidad, su carne era irreal. Otros han reconocido que tomó carne verdadera, pero dicen que no tenía la naturaleza de Dios Padre; y al asignar a su Deidad lo que pertenecía a su sustancia humana, se han fabricado un Dios mayor y otro menor, aunque en la verdadera Deidad no puede haber grados: puesto que todo lo que es menor que Dios, no es Dios. Otros, reconociendo que no hay diferencia entre el Padre y el Hijo, porque no podían comprender la unidad de la Deidad sino en la unidad de Persona, han sostenido que el Padre es lo mismo que el Hijo: de modo que nacer y ser criado, padecer y morir, ser sepultado y resucitar, correspondía al mismo Padre que sostenía a la vez la Persona del Hombre y la del Verbo. Algunos han pensado que nuestro Señor Jesucristo tenía un cuerpo no de nuestra sustancia, sino tomado de elementos más elevados y sutiles; mientras que otros han considerado que en la carne de Cristo no había alma humana, sino que la Deidad misma del Verbo cumplía el oficio del alma. Pero su insensata afirmación pasa a esta forma: que, aunque reconocen la existencia de un alma en el Señor, dicen que estaba desprovista de mente, porque la Deidad por sí misma bastaba para todos los fines de la razón tanto al Hombre como al Dios en Cristo. Por último, los mismos se han atrevido a afirmar que una cierta porción del Verbo se convirtió en Carne, de modo que en las múltiples variedades de este solo dogma no sólo se disuelve la naturaleza de la carne y del alma, sino también la esencia del Verbo mismo.

    V. El nestorianismo y el eutiquianismo deben evitarse especialmente en el tiempo presente

    Sermón 28, § V

    Hay también muchas otras falsedades asombrosas que no debemos fatigar vuestros oídos, amados, enumerando. Pero después de todas estas variadas impiedades, estrechamente vinculadas por la relación que existe entre una forma de blasfemia y otra, llamamos vuestra devota atención a evitar estos dos errores en particular: uno de los cuales, con Nestorio por autor, intentó hace algún tiempo ganar terreno, pero sin éxito; el otro, igualmente condenable, ha brotado más recientemente con Eutiques como su propugnador. El primero se atrevió a sostener que la bienaventurada Virgen María era madre de la Humanidad de Cristo solamente, de modo que en su concepción y alumbramiento no debía creerse que hubiera tenido lugar unión alguna del Verbo y la Carne: porque el Hijo de Dios no se hizo Él mismo Hijo del Hombre, sino que por su mera condescendencia se vinculó a un hombre creado. Esto no puede de ningún modo ser tolerado por los oídos católicos, los cuales están tan imbuidos del Evangelio de la Verdad que saben con certeza que no hay esperanza de salvación para el género humano a menos que Él mismo fuera el Hijo de la Virgen que era el Creador de su madre. Por otra parte, este blasfemo propugnador de una profanidad más reciente ha confesado la unión de las dos naturalezas en Cristo, pero ha sostenido que el efecto de esta misma unión es que de las dos una permaneció mientras la sustancia de la otra dejó de existir, lo cual, por supuesto, no pudo haberse llevado a cabo sino por destrucción o por separación. Pero esto se opone tanto a la fe sana que no puede admitirse sin perder el nombre de cristiano. Porque si la Encarnación del Verbo es la unión de las naturalezas divina y humana, pero por el hecho mismo de su unión lo que era doble se volvió uno solo, fue solamente la Deidad lo que nació del vientre de la Virgen, y pasó por la engañosa apariencia de recibir alimento y crecimiento corporal: y, para pasar por alto todos los cambios del estado humano, fue solamente la Deidad la que fue crucificada, muerta y sepultada: de modo que, según los que así piensan, no hay razón para esperar la resurrección, y Cristo no es «el primogénito de entre los muertos [];» porque no era Uno que debiera ser resucitado, si no había sido Uno que pudiera ser muerto.

    VI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo

    Sermón 28, § VI

    Alejad de vuestros corazones, amadísimos, las venenosas mentiras de las inspiraciones del diablo, y sabiendo que la eterna Deidad del Hijo no experimentó crecimiento alguno mientras estuvo con el Padre, sed sabios y considerad que a la misma naturaleza a la que se le dijo en Adán, «Tierra eres, y a la tierra irás [],» se le dice en Cristo, «siéntate a mi diestra.» Según aquella Naturaleza por la cual Cristo es igual al Padre, el Unigénito nunca fue inferior a la sublimidad del Padre; ni fue la gloria que tenía con el Padre una posesión temporal; porque Él está a la diestra misma del Padre, de la cual se dice en Éxodo, «Tu diestra, oh Señor, es glorificada en poder [];» y en Isaías, «Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio? ¿Y el brazo del Señor, a quién ha sido revelado []?» El hombre, pues, asumido en el Hijo de Dios, fue recibido de tal modo en la unidad de la Persona de Cristo desde su comienzo mismo en el cuerpo, que sin la Deidad no fue concebido, sin la Deidad no fue dado a luz, sin la Deidad no fue criado. Era la misma Persona en los actos prodigiosos y en la tolerancia de los ultrajes; por su humana debilidad crucificado, muerto y sepultado: por su divino poder, resucitado al tercer día, ascendió a los cielos, se sentó a la diestra del Padre, y en su naturaleza de hombre recibió del Padre aquello que en su naturaleza de Dios Él mismo también daba.

    VII. La plenitud de la Deidad se comunica al Cuerpo (la Iglesia) por medio de la Cabeza (Cristo)

    Sermón 28, § VII

    Meditad, amadísimos, estas cosas con corazones devotos, y tened siempre presente la exhortación del apóstol, que amonesta a todos los hombres, diciendo: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, y no según Cristo; porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él [].» No dijo «espiritualmente» sino «corporalmente,» para que entendamos que la sustancia de la carne es real, donde está la inhabitación corporal de la plenitud de la Deidad: con la cual, por supuesto, está llena también la Iglesia entera, que, adherida a la Cabeza, es el cuerpo de Cristo; que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 31. En la Fiesta de la Epifanía, I

    I. La Epifanía, secuela necesaria de la Natividad

    Sermón 31, § I

    Después de celebrar no hace mucho el día en que la inmaculada virginidad dio a luz al Salvador del género humano, la venerable fiesta de la Epifanía, amadísimos, nos da continuación del gozo, para que la fuerza de nuestra exultación y el fervor de nuestra fe no se enfríen, en medio de misterios vecinos y afines. Pues concierne a la salvación de todos los hombres el que la infancia del Mediador entre Dios y los hombres fuera ya manifestada a todo el mundo, mientras aún era detenido en la pequeña ciudad. Porque aunque había elegido a la nación israelita, y a una familia de aquella nación, de la cual asumir la naturaleza de todo el género humano, no quiso sin embargo que los primeros días de su nacimiento quedaran ocultos dentro de los estrechos límites del hogar de su madre: sino que deseó ser pronto reconocido por todos, ya que se dignó nacer por todos. A tres magos, pues, apareció una estrella de nuevo esplendor en la región del Oriente, la cual, siendo más brillante y más hermosa que las demás estrellas, podía fácilmente atraer los ojos y las mentes de quienes la contemplaban, de modo que al punto se advirtiera que no carecía de significado aquello que tenía un aspecto tan insólito. Quien daba la señal, pues, daba a los que la veían el entendimiento de ella, e hizo que se indagara acerca de aquello de lo cual así había causado entendimiento, y, hecha la indagación, se ofreció Él mismo para ser hallado.

    II. Los malvados designios de Herodes fueron vanos. Los dones de los magos eran conscientemente simbólicos

    Sermón 31, § II

    Estos tres hombres siguen la guía de la luz de lo alto, y con mirada firme, obedeciendo las indicaciones del esplendor que los guía, son conducidos al reconocimiento de la Verdad por el resplandor de la Gracia, pues suponían que el nacimiento de un rey se anunciaba en sentido humano, y que debía buscarse en una ciudad real. Pero Aquel que había tomado forma de siervo, y había venido no a juzgar, sino a ser juzgado, eligió Belén para su natividad, Jerusalén para su pasión. Herodes, oyendo que un príncipe de los judíos había nacido, sospechó un sucesor, y fue presa de gran terror: y para procurar la muerte del Autor de la Salvación, se comprometió a un falso homenaje. ¡Cuán feliz habría sido si hubiera imitado la fe de los magos, y hubiera convertido en uso piadoso lo que destinaba al engaño! ¡Qué ciega maldad de necia envidia, pensar que puedes derribar el plan divino con tu frenesí! El Señor del mundo, que ofrece un Reino eterno, no busca uno temporal. ¿Por qué intentas cambiar el inmutable orden de las cosas ordenadas, y anticiparte a otros en el crimen? La muerte de Cristo no pertenece a tu tiempo. El Evangelio debe ser primero puesto en marcha, el Reino de Dios primero predicado, las curaciones primero dadas a los enfermos, los actos prodigiosos primero realizados. ¿Por qué quieres tener tú la culpa de lo que pertenecerá a la obra de otro, y por qué, sin poder llevar a cabo tu malvado designio, atraes sobre ti solo la acusación de desear el mal? Nada ganas y nada realizas con esta intriga. Aquel que nació voluntariamente morirá por su propia libre voluntad. Los magos, pues, cumplen su deseo, y llegan al niño, el Señor Jesucristo, precediéndolos la misma estrella. Adoran el Verbo en la carne, la Sabiduría en la infancia, el Poder en la debilidad, el Señor de la majestad en la realidad del hombre: y con sus dones hacen abierta confesión de lo que creen en sus corazones, para manifestar el misterio de su fe y de su entendimiento. Ofrecen el incienso a Dios, la mirra al Hombre, el oro al Rey, honrando conscientemente la Naturaleza divina y humana en unión: porque aunque cada sustancia tenía sus propiedades propias, no había diferencia en el poder de una y otra.

    III. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida

    Sermón 31, § III

    Y habiendo regresado los magos a su tierra, y habiendo sido llevado Jesús a Egipto por divina indicación, la locura de Herodes estalla en vanas maquinaciones. Ordena matar a todos los pequeños de Belén, y como no sabe a qué infante temer, extiende una sentencia general contra la edad que sospecha. Pero a los que el rey malvado quita del mundo, Cristo los admite en el cielo: y a aquellos por quienes aún no había derramado su sangre redentora, les otorga ya la dignidad del martirio. Levantad, pues, vuestros fieles corazones, amadísimos, hacia el gracioso resplandor de la luz eterna, y en adoración de los misterios dispensados para la salvación del hombre, prestad diligente atención a las cosas que se han obrado en vuestro favor. Amad la pureza de una vida casta, porque Cristo es el Hijo de una virgen. «Absteneos de los deseos carnales que combaten contra el alma [],» como el bienaventurado Apóstol, presente en sus palabras como leemos, nos exhorta, «En la malicia sed niños [],» porque el Señor de la gloria se conformó a la infancia de los mortales. Seguid la humildad que el Hijo de Dios se dignó enseñar a sus discípulos. Revestíos de la fuerza de la paciencia, en la cual podréis ganar vuestras almas; viendo que Aquel que es la Redención de todos, es también la Fortaleza de todos. «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra [].» Caminad firmemente por la senda de la verdad y de la vida: no os estorben las cosas terrenas a vosotros, para quienes están preparadas las cosas celestiales por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 33. En la Fiesta de la Epifanía, III

    I. Cuando aún éramos pecadores, Cristo vino a salvar

    Sermón 33, § I

    Aunque sé, amadísimos, que conocéis plenamente el propósito de la fiesta de hoy, y que las palabras del Evangelio os lo han desplegado según la costumbre, sin embargo, para que nada se omita por nuestra parte, me atreveré a decir sobre el asunto lo que el Señor ha puesto en mi boca: de modo que en nuestro gozo común la devoción de nuestros corazones sea tanto más sincera cuanto mejor se comprenda la razón de nuestra celebración. La providente Misericordia de Dios, habiendo determinado socorrer al mundo que perecía en estos últimos tiempos, preordenó la salvación de todas las naciones en la Persona de Cristo; para que, puesto que todas las naciones se habían apartado durante mucho tiempo del culto al verdadero Dios por el malvado error, e incluso el pueblo peculiar de Dios, Israel, había caído casi por entero de las prescripciones de la Ley, estando todos encerrados bajo el pecado, tuviera misericordia de todos.
    Pues como la justicia fallaba por todas partes y el mundo entero estaba entregado a la vanidad y a la maldad, si el Poder divino no hubiera diferido su juicio, todo el género humano habría recibido la sentencia de condenación. Pero la ira fue cambiada en perdón, y, para que la grandeza de la Gracia que había de manifestarse fuera más conspicua, plugo a Dios aplicar el misterio de la remisión a la abolición de los pecados de los hombres en un tiempo en que nadie podía gloriarse de sus propios méritos.

    II. Los magos de Oriente son típicos cumplimientos de la promesa de Dios a Abraham

    Sermón 33, § II

    Ahora bien, la manifestación de esta inefable misericordia, amadísimos, aconteció cuando Herodes tenía el poder real en Judea, donde, habiendo faltado la legítima sucesión de los reyes y habiendo sido derribado el poder de los sumos sacerdotes, un extranjero había obtenido la soberanía: para que el surgimiento del verdadero Rey fuera atestiguado por la voz de la profecía, que había dicho: «no faltará príncipe de Judá, ni caudillo de sus lomos, hasta que venga Aquel para quien está reservado, y Él será la expectación de las naciones.» Acerca de lo cual una innumerables sucesión fue prometida en otro tiempo al bienaventurado patriarca Abraham para ser engendrada no por simiente carnal sino por fe fecunda; y por eso fue comparada en multitud a las estrellas, para que como padre de todas las naciones esperara no una progenie terrena sino celestial. Y por eso, para la creación de la posteridad prometida, los herederos designados bajo la figura de las estrellas son despertados por el surgimiento de una nueva estrella, para que los ministerios del cielo sirvieran en aquello en que el testimonio del cielo había sido aducido. Una estrella más brillante que las demás estrellas despierta a los magos que habitan en el lejano Oriente, y por el resplandor de la maravillosa luz estos hombres, no inexpertos en observar tales cosas, aprecian la importancia de la señal: siendo esto sin duda obrado en sus corazones por divina inspiración, para que el misterio de tan gran visión no se les ocultara, y lo que era una aparición insólita a sus ojos no fuera oscuro para sus mentes. En una palabra, emprenden escrupulosamente su deber y se proveen de tales dones que, al adorar al Uno, puedan al mismo tiempo mostrar su fe en su triple función: con el oro honran la Persona de un Rey, con la mirra la de Hombre, con el incienso la de Dios.

    III. La raza elegida ya no la constituyen los judíos, sino los creyentes de todas las naciones

    Sermón 33, § III

    Y así entran en la ciudad principal del reino de Judea y en la ciudad real piden que se les muestre a Aquel que habían sabido que había sido engendrado como Rey. Herodes se turba: teme por su seguridad, tiembla por su poder, pregunta a los sacerdotes y maestros de la Ley qué ha predicho la Escritura acerca del nacimiento de Cristo, averigua lo que estaba profetizado: la verdad ilumina a los magos, la incredulidad ciega a los entendidos: el Israel carnal no comprende lo que lee, no ve lo que señala; remite a las páginas cuyos dichos no cree. ¿Dónde está tu gloriación, oh judío? ¿Dónde tu noble linaje salido del tronco de Abraham? ¿No se ha vuelto tu circuncisión incircuncisión []? He aquí que el mayor sirve al menor [], y por la lectura de aquella alianza que guardas sólo en la letra, te haces esclavo de extranjeros que entran en la suerte de tu heredad. Entra la plenitud de las naciones en la familia de los patriarcas, sí, entre, y reciban los hijos de la promesa en la simiente de Abraham la bendición a la que sus hijos según la carne renuncian. En los tres magos adore todo pueblo al Autor del universo; y sea Dios conocido no sólo en Judea, sino en todo el mundo, para que en todas partes «su nombre» sea «grande en Israel.» Porque mientras la dignidad de la raza elegida se muestra degenerada por la incredulidad en sus descendientes, se hace común a todos por nuestra fe.

    IV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto

    Sermón 33, § IV

    Ahora bien, cuando los magos hubieron adorado al Señor y cumplido todas sus devociones, según la advertencia de un sueño, no regresan por el mismo camino por donde habían venido. Porque convenía que, creyendo ya en Cristo, no anduvieran por las sendas de su antigua manera de vivir, sino que, habiendo entrado en un camino nuevo, se apartaran de los errores que habían dejado; y convenía también frustrar el designio de Herodes, quien, bajo capa de homenaje, tramaba una perversa conjura contra el Niño Jesús. De ahí que, derrocadas sus astutas esperanzas, la ira del rey se encendiera con mayor furor. Pues calculando el tiempo que los magos habían indicado, derramó su cruel rabia sobre todos los niños varones de Belén y, en una matanza general de toda aquella ciudad, mató a los infantes, que así pasaron a su gloria eterna, pensando que, si allí era muerto todo niño, Cristo también sería muerto. Mas Aquel que difería para otro tiempo el derramamiento de su sangre por la redención del mundo, fue llevado y conducido a Egipto con la ayuda de sus padres, y buscó así la antigua cuna de la raza hebrea, y en el poder de una providencia mayor dispensó el oficio principesco del verdadero José, pues Él, Pan de Vida y Alimento de la razón que descendió del cielo, apartó aquella hambruna peor que todas las hambres bajo la cual se fatigaban las mentes de los egipcios: la falta de verdad; y sin aquella estancia no habría sido completo el simbolismo de aquella única Víctima; porque allí primeramente, con la muerte del cordero, fue prefigurado el signo salutífero de la Cruz y la Pascua del Señor.

    V. Debemos guardar esta fiesta como hijos agradecidos de la luz

    Sermón 33, § V

    Instruidos, pues, amadísimos, por estos misterios de la divina gracia, celebremos con razonable alegría el día de nuestras primicias y el comienzo de la vocación de las naciones: «dando gracias a» Dios misericordioso, «que nos hizo dignos,» como dice el Apóstol, «de participar de la suerte de los santos en luz: el cual nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor []:» pues como profetizó Isaías, «el pueblo de las naciones que estaba sentado en tinieblas ha visto una gran luz, y a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, sobre ellos ha resplandecido la luz [].» De las cuales también dijo al Señor: «naciones que no te conocían te invocarán, y pueblos que te ignoraban correrán hacia ti.» Este día «lo vio Abraham y se gozó [],» cuando comprendió que los hijos de su fe serían bendecidos en su simiente, es decir, en Cristo, y previó que, creyendo, había de ser padre de todas las naciones, «dando gloria a Dios y plenamente convencido de que lo que había prometido, era también poderoso para cumplirlo [].» Este día cantó David en los salmos, diciendo: «todas las naciones que has hecho vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre;» y de nuevo: «El Señor ha hecho notoria su salvación; su justicia ha manifestado abiertamente a la vista de las naciones.» Esto, en verdad, sabemos que se ha cumplido desde que los tres magos, despertados en su lejana tierra, fueron guiados por una estrella para reconocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra, [la cual para quienes miran rectamente no cesa de aparecer cada día. Y si pudo dar a conocer a Cristo cuando estaba oculto en la infancia, cuánto más capaz es de revelarlo cuando reina en majestad]. Y ciertamente su adoración a Él nos exhorta a la imitación; para que, en cuanto podamos, sirvamos a nuestro Dios bondadoso que nos invita a todos a Cristo. Porque quien vive religiosa y castamente en la Iglesia y «pone su mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra [],» en cierto modo es semejante a la luz celestial; y mientras conserva él mismo el resplandor de una vida santa, señala a muchos, como una estrella, el camino hacia el Señor. Por lo cual, amadísimos, debéis ayudaros todos mutuamente y por turno, para que en el reino de Dios, al que se llega por la recta fe y las buenas obras, brilléis como hijos de la luz: por nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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