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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 9 · Sermón 75. En Pentecostés, IPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minSermón 2. En su natalicio, II: Predicado en el aniversario de su consagración
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Cristo y por medio de San Pedro el sacerdocio se transmite en perpetuidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minSermón 9. Sobre las Colecciones, IV
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minIV. Para que su aceptación por Dios sea completa, no deben descuidar el denunciar a los maniqueos que hay en la ciudad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minIV. Y su eficacia, como lo prueba la Escritura, es incalculable
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minIII. Hemos de ser agradecidos y mostrar nuestro agradecimiento por lo que hemos recibido, sea mucho o poco
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minII. La limosna y el ayuno son las ayudas más esenciales de la oración
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minV. Todos deben abjurar de tales hombres y dar a las autoridades toda la información que posean sobre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 17. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VI
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minSermón 19. Sobre el Ayuno del Décimo Mes, VIII
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 21. Sobre la Fiesta de la Natividad, I
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 22. En la fiesta de la Natividad, II
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minIV. La Encarnación engañó al diablo y le hizo romper el vínculo bajo el cual tenía a los hombres
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minII. Los arrianos no podían comprender la unión de Dios y el hombre
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minSermón 24. Sobre la Fiesta de la Natividad, IV
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 5 minIV. Los maniqueos, al rechazar la Encarnación, han caído en terribles iniquidades
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minSermón 26. Sobre la Fiesta de la Natividad, VI
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIV. Debemos ser dignos de nuestro llamamiento como hijos y amigos de Dios
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minII. La Encarnación ha cambiado todas las posibilidades de la existencia del hombre
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El sol y la luna fueron creados para uso, no para adoración
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. Al redimir al hombre, debía considerarse tanto la justicia como la misericordia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minVI. La Deidad y la Humanidad estuvieron presentes en Cristo desde el principio mismo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. La matanza de los inocentes está en armonía con la concepción de la Virgen, la cual a su vez nos enseña la pureza de vida
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 4 minIV. La matanza de los Inocentes y la consiguiente huida de Cristo llevan la verdad a Egipto
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 34. En la fiesta de la Epifanía, IV
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. La herejía maniquea corrompe las Escrituras para refutar la verdad
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minI. La historia de los magos no es sólo un hecho pretérito de la historia, sino de aplicación cotidiana a nosotros mismos
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minIV. La penitencia oportuna alcanza la consideración misericordiosa de Dios
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minIV. La armadura del cristiano es tanto para defensa como para ataque
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minSatanás procura compensar sus numerosas pérdidas con nuevas ganancias
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minSermón 42. Sobre la Cuaresma, IV
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 5 minIV. Los perversos convierten hasta su ayuno en pecado
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 46. Sobre la Cuaresma, VIII
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Mantened firmes las afirmaciones del Credo
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minIII. Satanás es incitado a nuevos esfuerzos en esta estación del año
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minSermón 51. Homilía pronunciada el sábado antes del Segundo Domingo de Cuaresma, sobre la Transfiguración, S. Mateo 17:1-13
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. El significado de la aparición de Moisés y Elías
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minVIII. Las palabras del Padre tienen aplicación universal a toda la Iglesia
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minIV. Cristo trocó voluntariamente su gloria por nuestra debilidad
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minII. Los príncipes de los sacerdotes mostraron total ignorancia de las Escrituras en sus burlas
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minSermón 58. Sobre la Pasión, VII
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 7 minIV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 7 minVI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minII. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 7 minSermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minVI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minII. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 3 minVI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minSermón 68. Sobre la Pasión, XVII: predicado el miércoles
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Aprovechemos el ayuno y las buenas obras en esta época sagrada del año
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Pero aunque es la misma, está también glorificada
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Cristo tomó nuestra naturaleza sobre sí para nuestra salvación
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minVI. Se da una aplicación mística del término «Pascua»
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Prueban la Resurrección de la carne
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 6 minIII. Los maravillosos efectos de esta fe en todos
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 75. En Pentecostés, I
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minSermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minII. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minVII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Continúa la descripción de sus sufrimientos
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 4 minIV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 90. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, V
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 7 minIV. El amor de Dios se fomenta con las buenas obras
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minSermón 95. Homilía sobre las Bienaventuranzas, San Mateo 5:1-9
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 6 minIV. La bienaventuranza del llanto, considerada
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 4 minIX. La bienaventuranza de los pacificadores

    Sermón 75. En Pentecostés, I

    I. La entrega de la Ley por Moisés preparó el camino para la efusión del Espíritu Santo

    Sermón 75, § I

    Los corazones de todos los católicos, amadísimos, comprenden que la solemnidad de hoy ha de ser honrada como una de las fiestas principales, y no hay duda de que se debe gran reverencia a este día, que el Espíritu Santo ha santificado con el milagro de su don excelentísimo. Pues desde el día en que el Señor subió por encima de todas las alturas celestiales para sentarse a la diestra de Dios Padre, éste es el décimo que ha resplandecido, y el quincuagésimo desde su Resurrección, siendo el día mismo en que comenzó, y conteniendo en sí grandes revelaciones de misterios nuevos y antiguos, por las cuales se manifiesta clarísimamente que la Gracia fue anunciada de antemano por la Ley, y la Ley cumplida por la Gracia. Pues así como antiguamente, cuando el pueblo hebreo fue liberado de los egipcios, al quincuagésimo día después del sacrificio del cordero fue dada la Ley en el monte Sinaí, así, después de la pasión de Cristo, en la cual fue inmolado el verdadero Cordero de Dios, al quincuagésimo día desde su Resurrección, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y sobre la multitud de los creyentes, de modo que el cristiano fervoroso puede percibir fácilmente que los comienzos del Antiguo Testamento fueron preparación para los comienzos del Evangelio, y que el segundo pacto fue fundado por el mismo Espíritu que había instituido el primero.

    II. Cuán maravilloso fue el don de «diversas lenguas.»

    Sermón 75, § II

    Pues, como atestigua el relato de los Apóstoles: «al cumplirse los días de Pentecostés y estando todos los discípulos juntos en el mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido como de un viento impetuoso que venía, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas divididas, como de fuego, y se posó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen [].» ¡Oh! ¡Cuán rápidas son las palabras de la sabiduría, y, cuando Dios es el Maestro, cuán pronto se aprende lo que se enseña! No se requiere interpretación para entender, ni práctica para usar, ni tiempo para estudiar, sino que, soplando el Espíritu de verdad donde quiere, las lenguas propias de cada nación se convierten en bien común en la boca de la Iglesia. Y por eso desde aquel día la trompeta de la predicación del Evangelio ha sonado con fuerza: desde aquel día las lluvias de los dones de gracia, los ríos de bendiciones, han regado todos los desiertos y toda la tierra seca, porque, para renovar la faz de la tierra, el Espíritu de Dios «se movía sobre las aguas,» y, para ahuyentar las antiguas tinieblas, resplandecieron destellos de luz nueva, cuando con el resplandor de aquellas lenguas ágiles se encendieron la Palabra luminosa del Señor y la elocuencia ferviente, en las cuales, para despertar el entendimiento y consumir el pecado, había a la vez capacidad de iluminar y poder de abrasar.

    III. Las tres Personas en la Trinidad son perfectamente iguales en todas las cosas

    Sermón 75, § III

    Pero aunque, amadísimos, la forma misma de lo sucedido fue sumamente maravillosa, y sin duda en aquel gozoso coro de todas las lenguas humanas estuvo presente la Majestad del Espíritu Santo, nadie debe pensar que su divina sustancia apareció en lo que se vio con ojos corporales. Porque su Naturaleza, que es invisible y común con el Padre y el Hijo, mostró el carácter de su don y de su obra por la señal exterior que le plugo, pero guardó su propiedad esencial dentro de su propia Deidad: porque la vista humana no puede percibir al Espíritu Santo, como tampoco al Padre ni al Hijo. Pues en la divina Trinidad nada hay desemejante ni desigual, y todo cuanto puede pensarse acerca de su sustancia no admite diversidad alguna ni en poder, ni en gloria, ni en eternidad. Y aunque en la propiedad de cada Persona el Padre es uno, el Hijo otro y el Espíritu Santo otro, no por ello la Deidad es distinta y diferente; porque siendo el Hijo el Unigénito del Padre, el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo, no del modo en que toda criatura es criatura del Padre y del Hijo, sino como vivo y potente con Ambos, y que subsiste eternamente de Aquello que es el Padre y el Hijo. Y por eso, cuando el Señor, antes del día de su Pasión, prometió a sus discípulos la venida del Espíritu Santo, dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas. Mas cuando venga Él, el Espíritu de verdad, os guiará a toda la Verdad. Porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere, y os anunciará lo que ha de venir. Todo lo que tiene el Padre es mío: por eso dije que tomará de lo mío y os lo anunciará [].» Por consiguiente, no hay unas cosas que sean del Padre, otras del Hijo y otras del Espíritu Santo; sino que todo cuanto tiene el Padre, lo tiene también el Hijo, y lo tiene también el Espíritu Santo: ni hubo jamás tiempo en que no existiera esta comunión, porque en Ellos tener todas las cosas es existir siempre. No se imagine en Ellos tiempo alguno, ni grados, ni diferencias; y si nadie puede explicar lo que es verdad acerca de Dios, nadie se atreva a afirmar lo que no es verdad. Porque es más excusable no exponer cumplidamente su inefable Naturaleza que forjar una definición realmente errónea. Y así, cuanto los corazones fieles puedan concebir de la gloria eterna e inmutable del Padre, entiéndanlo a la vez del Hijo y del Espíritu Santo sin separación ni diferencia alguna. Pues confesamos que esta bienaventurada Trinidad es un solo Dios por esto: porque en estas tres Personas no hay diversidad alguna ni de sustancia, ni de poder, ni de voluntad, ni de operación.

    IV. La herejía macedoniana es tan blasfema como la arriana

    Sermón 75, § IV

    Así como, pues, aborrecemos a los arrianos, que sostienen diferencia entre el Padre y el Hijo, así también aborrecemos a los macedonianos, los cuales, aunque atribuyen igualdad al Padre y al Hijo, piensan sin embargo que el Espíritu Santo es de naturaleza inferior, no considerando que con ello caen en aquella blasfemia que no ha de ser perdonada ni en el siglo presente ni en el juicio venidero, como dice el Señor: «cualquiera que hubiere hablado una palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonada; mas el que hubiere hablado contra el Espíritu Santo, no le será perdonada ni en este siglo ni en el venidero [].» Y así, perseverar en esta impiedad es imperdonable, porque aparta al hombre de Aquel por quien podía confesar; ni alcanzará jamás el perdón que sana quien no tiene Abogado que interceda por él. Porque de Él procede la invocación del Padre, de Él proceden las lágrimas de los penitentes, de Él proceden los gemidos de los suplicantes, y «nadie puede llamar a Jesús Señor sino en el Espíritu Santo [],» cuya Omnipotencia igual y cuya Deidad una con el Padre y el Hijo proclama clarísimamente el Apóstol, diciendo: «hay diversidad de gracias, pero el mismo Espíritu; y diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y diversidad de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todas las cosas en todos [].»

    V. La obra del Espíritu se continúa aún en la Iglesia

    Sermón 75, § V

    Con estas y otras innumerables pruebas, amadísimos, con las que arde la autoridad de los divinos oráculos, dejémonos mover de una sola mente a venerar Pentecostés, gozosos en honor del Espíritu Santo, por quien toda la Iglesia católica es santificada y toda alma racional vivificada; quien es el Inspirador de la fe, el Maestro del conocimiento, la Fuente del amor, el Sello de la castidad y la Causa de todo poder. Alégrense las mentes de los fieles, porque en todo el mundo un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es alabado por la confesión de todas las lenguas, y porque aquella señal de su Presencia, que apareció en semejanza de fuego, se perpetúa aún en su obra y en su don. Pues el mismo Espíritu de verdad hace resplandecer la casa de su gloria con el fulgor de su luz, y no quiere nada oscuro ni tibio en su templo. Y por su ayuda y enseñanza también se ha establecido entre nosotros la purificación de los ayunos y de las limosnas. Porque a este venerable día sigue una práctica saludabilísima, que todos los santos hallaron siempre muy provechosa, y a cuya diligente observancia os exhortamos con cuidado de pastor, a fin de que, si en los días que acaban de pasar se ha contraído alguna mancha por descuido negligente, sea expiada por la disciplina del ayuno y corregida por la piadosa devoción. En miércoles y viernes, pues, ayunemos, y en sábado, por este mismo motivo, guardemos vigilia con la devoción acostumbrada, por Jesucristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 77. Sobre Pentecostés, III

    I. La obra del Espíritu Santo no comenzó en Pentecostés, sino que continuó porque la Santísima Trinidad es una en acción y en voluntad

    Sermón 77, § I

    La festividad de hoy, amadísimos, que es reverenciada en todo el mundo, ha sido santificada por aquella venida del Espíritu Santo que, a los cincuenta días de la Resurrección del Señor, descendió sobre los Apóstoles y sobre la multitud de los creyentes, tal como se esperaba. Y había esta esperanza, porque el Señor Jesús había prometido que Él vendría, no entonces por primera vez para ser el Morador de los santos, sino para encender con mayor ardor y llenar con más abundancia los corazones que le estaban consagrados, aumentando, no comenzando, sus dones; no nuevo en la operación, sino más rico en liberalidad. Porque la Majestad del Espíritu Santo nunca está separada de la Omnipotencia del Padre y del Hijo, y todo cuanto el divino gobierno realiza en el orden de todas las cosas procede de la Providencia de toda la Trinidad. Allí existe unidad de misericordia y de benignidad, unidad de juicio y de justicia; ni hay división alguna en la acción donde no hay divergencia de voluntad. Así, pues, lo que el Padre ilumina, el Hijo lo ilumina y el Espíritu Santo lo ilumina; y siendo una la Persona del Enviado, otra la del que Envía y otra la del que Promete, se nos revelan al mismo tiempo la Unidad y la Trinidad, de modo que la Esencia que posee igualdad y no admite soledad se entiende que pertenece a la misma Sustancia, pero no a la misma Persona.

    II. Cada Persona de la Trinidad participó en nuestra Redención

    Sermón 77, § II

    El hecho, pues, de que, cooperando aún perfecta la inseparable Deidad, ciertas cosas sean realizadas por el Padre, ciertas por el Hijo y ciertas por el Espíritu Santo, pertenece en particular al orden de nuestra Redención y al método de nuestra salvación. Porque si el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, hubiera conservado la dignidad de su propia naturaleza y no hubiera sido engañado por las astucias del diablo para transgredir por concupiscencia la ley que le fue impuesta, el Creador del mundo no se habría hecho Criatura, el Eterno no habría entrado en la esfera del tiempo, ni Dios Hijo, que es igual a Dios Padre, habría asumido la forma de siervo y la semejanza de la carne de pecado. Mas porque «por la malicia del diablo entró la muerte en el mundo [],» y la humanidad cautiva no podía ser liberada de otro modo sin que Él tomara nuestra causa, quien sin pérdida de su majestad debía hacerse verdadero Hombre y ser el único sin mancha de pecado, la misericordia de la Trinidad se repartió la obra de nuestra restauración de tal manera que el Padre fuese aplacado, el Hijo aplacase y el Espíritu Santo encendiese. Porque era necesario que los que han de salvarse hicieran también algo de su parte, y volviendo sus corazones al Redentor abandonaran el dominio del enemigo, como dice el Apóstol: «Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: Abba, Padre [],» «Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad [],» y «nadie puede llamar a Jesús Señor sino en el Espíritu Santo [].»

    III. Pero esta distribución de funciones no menoscaba la Unidad de la Trinidad

    Sermón 77, § III

    Si, pues, bajo la gracia que nos guía, amadísimos, entendemos fiel y sabiamente cuál es la obra particular del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y cuál es la común a los Tres en nuestra restauración, aceptaremos sin duda lo que se ha obrado por nosotros mediante la humillación y en el cuerpo, de tal modo que nada pensemos indigno de la Una y Mismísima Gloria de la Trinidad. Porque aunque ninguna mente es capaz de pensar, ni lengua alguna de hablar acerca de Dios, sin embargo, aquello que el entendimiento humano aprehende sobre la esencia de la Deidad del Padre, si no se mantiene la misma e idéntica verdad acerca de su Unigénito o del Espíritu Santo, nuestras meditaciones son desleales y quedan ofuscadas por las intrusiones de la carne, y aun se pierde lo que parecía conclusión recta acerca del Padre, porque se abandona a toda la Trinidad si no se mantiene en ella la Unidad; y Aquello que difiere por alguna desigualdad no puede en sentido verdadero ser Uno.

    IV. Al pensar en Dios, debemos apartar toda noción material

    Sermón 77, § IV

    Cuando, pues, fijamos nuestras mentes en confesar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, mantengamos lejos de nuestros pensamientos las formas de las cosas visibles, las edades de los seres nacidos en el tiempo y todos los cuerpos y lugares materiales. Quede desterrado del corazón lo que se extiende en el espacio, lo que está encerrado por límite y cuanto no está siempre en todas partes y entero. La concepción de la Deidad Trina debe apartar la idea de intervalo o de grado; y si alguien ha alcanzado algún pensamiento digno de Dios, no se atreva a negarlo a ninguna Persona de ella, como si atribuyera con más honor al Padre aquello que no atribuye al Hijo y al Espíritu. No es verdadera piedad anteponer el Padre al Unigénito: la injuria al Hijo es injuria al Padre; lo que se quita al Uno se quita a Ambos. Porque siendo su Eternidad y su Deidad igualmente comunes, no se tiene al Padre por Omnipotente e Inmutable si engendró a Uno menor que Él, o si ganó al tener a Uno a quien antes no tenía.

    V. Cristo como Hombre es menor que el Padre, como Dios es coigual

    Sermón 77, § V

    El Señor Jesús, en verdad, dice a sus discípulos, como se leyó en la lección evangélica, «si me amarais, ciertamente os regocijaríais, porque voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo;» pero aquellos oídos, que tantas veces han oído las palabras, «Yo y el Padre somos Uno,» y «el que me ve a Mí, ve también al Padre,» aceptan el dicho sin suponer diferencia de Deidad ni entenderlo de aquella Esencia que saben coeterna y de la misma naturaleza que el Padre. La exaltación del hombre, por tanto, en la Encarnación del Verbo, es encomendada también a los santos Apóstoles, y ellos, que estaban afligidos por el anuncio de la partida del Señor de entre ellos, son incitados al gozo eterno por el aumento de su dignidad; «Si me amarais,» dice, «ciertamente os regocijaríais, porque voy al Padre:» esto es, si con conocimiento pleno vierais qué gloria se os confiere por el hecho de que, siendo engendrado de Dios Padre, he nacido también de madre humana; que siendo invisible me he hecho visible; que siendo eterno «en forma de Dios» acepté la «forma de siervo,» «os regocijaríais porque voy al Padre.» Porque a vosotros se os ofrece esta ascensión, y vuestra humildad es elevada en Mí a un lugar sobre todos los cielos, a la diestra del Padre. Mas Yo, que soy con el Padre lo que el Padre es, permanezco inseparable de mi Padre, y al venir de Él a vosotros no lo dejo, como al volver a Él de entre vosotros no os abandono. Regocijaos, pues, «porque voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo.» Porque os he unido conmigo, y me he hecho Hijo del hombre para que tengáis poder de ser hijos de Dios. Y por tanto, aunque soy Uno en ambas formas, en aquello por lo cual soy conformado a vosotros soy menor que el Padre, mientras que en aquello por lo cual no estoy dividido del Padre soy mayor aun que yo mismo. Y así, vaya al Padre la Naturaleza que es menor que el Padre, para que la Carne esté donde el Verbo está siempre, y para que la única fe de la Iglesia católica crea que Aquel a quien como Hombre no niega ser menor, como Dios es igual al Padre.

    VI. Y esta igualdad que el Hijo tiene con el Padre, la tiene también el Espíritu Santo

    Sermón 77, § VI

    Por tanto, amadísimos, despreciemos la vana y ciega astucia de los herejes impíos, que se lisonjea con su torcida interpretación de esta sentencia, y cuando el Señor dice: «Todo lo que el Padre tiene es mío [],» no entiende que quita al Padre cuanto se atreve a negar al Hijo, y es tan necio aun en las cosas humanas que piensa que lo que es del Padre ha dejado de pertenecer a su Unigénito porque Él ha tomado sobre sí lo que es nuestro. La misericordia en Dios no disminuye el poder, ni la reconciliación de la criatura a quien ama es un menguar de la gloria eterna. Lo que el Padre tiene, también lo tiene el Hijo; y lo que el Padre y el Hijo tienen, también lo tiene el Espíritu Santo, porque toda la Trinidad juntamente es un solo Dios. Pero esta fe no es hallazgo de la sabiduría terrena ni convicción de opinión humana: el Unigénito Hijo la ha enseñado por sí mismo, y el Espíritu Santo por sí mismo la ha establecido, acerca del cual no ha de formarse otra concepción que la que se forma acerca del Padre y del Hijo. Porque aunque no es el Padre ni el Hijo, no por eso es separable del Padre y del Hijo: y así como tiene su propia personalidad en la Trinidad, así tiene una sola sustancia en la Deidad con el Padre y el Hijo, llenándolo todo, conteniéndolo todo, y gobernándolo todo con el Padre y el Hijo, a quien es el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 78. Sobre el ayuno de Pentecostés, I

    I. Desde los días de los apóstoles hasta ahora, el dominio de sí es la mejor defensa contra los asaltos del diablo

    Sermón 78, § I

    El festival de hoy, amadísimos, santificado por la venida del Espíritu Santo, va seguido, como sabéis, de un ayuno solemne, que por ser institución saludable para la curación del alma y del cuerpo, debemos guardar con devota observancia. Pues cuando los apóstoles fueron llenos del poder prometido, y el Espíritu de verdad entró en sus corazones, no dudamos que, entre los demás misterios de la doctrina celestial, esta disciplina del dominio espiritual de sí fue lo primero que se pensó por inspiración del Paráclito, para que las almas santificadas por el ayuno fueran más aptas para recibir el crisma que había de otorgárseles. Los discípulos de Cristo tenían la protección del auxilio del Todopoderoso, y los príncipes de la naciente Iglesia estaban guardados por toda la Deidad del Padre y del Hijo mediante la presencia del Espíritu Santo. Mas contra los ataques amenazadores de los perseguidores, contra los gritos aterradores de los impíos, no podían combatir con fuerza corporal ni con carne regalada, porque lo que deleita al hombre exterior es lo que más daño hace al hombre interior, y cuanto más sometida se tiene la propia substancia carnal, tanto más purificada queda el alma racional.

    2. El tentador queda desconcertado en sus ataques contra quienes han aprendido esta táctica

    Sermón 78, § 2

    Y así aquellos maestros, que han instruido a todos los hijos de la Iglesia con sus ejemplos y sus tradiciones, comenzaron los rudimentos de la milicia cristiana con santos ayunos, para que, teniendo que luchar contra las maldades espirituales, tomaran las armas de la abstinencia, con las cuales degollar los incentivos del vicio. Pues los enemigos invisibles y los adversarios incorpóreos no tendrán fuerza alguna contra nosotros, si no nos enredamos en concupiscencia alguna de la carne. El deseo de dañarnos está ciertamente siempre activo en el tentador, pero será desarmado e impotente, si no halla en nosotros terreno ventajoso desde el cual atacarnos. Mas ¿quién, envuelto en esta carne frágil y colocado en este cuerpo de muerte, aun habiendo hecho progresos muy decididos, puede estar tan seguro de su salvación ahora, que se crea libre del peligro de todas las seducciones? Aunque la gracia divina da diariamente la victoria a sus santos, no quita sin embargo la ocasión de pelear, porque esto mismo forma parte de la misericordia de nuestro Protector, Quien siempre ha dispuesto que quede algo que conquistar para nuestra naturaleza siempre cambiante, no sea que se gloríe de que la batalla ha terminado.

    III. Y así este ayuno viene muy oportunamente después de la fiesta de Pentecostés

    Sermón 78, § III

    Por tanto, después de los días de santa alegría, que hemos dedicado al honor del Señor resucitado de entre los muertos y luego ascendido al cielo, y después de recibir el don del Espíritu Santo, se ordena un ayuno como práctica saludable y necesaria, para que, si acaso por negligencia o desorden, aun en medio de los gozos del festival, ha estallado alguna licencia indebida, sea corregida por el remedio de la estricta abstinencia, la cual debe observarse tanto más escrupulosamente para que lo que en este día fue divinamente otorgado a la Iglesia permanezca en nosotros. Pues habiendo sido hechos templo del Espíritu Santo, y regados con una provisión mayor que nunca del torrente divino, no debemos ser vencidos por concupiscencia alguna ni ser poseídos por vicio alguno, para que la morada del poder divino no se manche con contaminación alguna.

    IV. Y con su uso apropiado ganaremos el favor de Dios

    Sermón 78, § IV

    Y esto ciertamente es posible para todos obtenerlo, con la ayuda y guía de Dios, si mediante la purificación del ayuno y la generosidad misericordiosa, nos esforzamos por librarnos de la suciedad de los pecados y ser ricos en los frutos del amor. Pues todo lo que se gasta en alimentar a los pobres, en curar a los enfermos, en rescatar a los prisioneros, o en cualquier otra obra de piedad, no se disminuye sino que se aumenta, ni jamás se perderá a la vista de Dios lo que la bondad amorosa de los fieles ha gastado, puesto que todo lo que un hombre da en socorro, lo atesora para su propia recompensa. Pues «bienaventurados son los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos [];» ni se recordarán las faltas, donde la presencia de la verdadera religión ha quedado atestiguada. El miércoles y el viernes, por tanto, ayunemos, y el sábado mantengamos vigilia en presencia del bienaventurísimo apóstol Pedro, por cuyas oraciones confiamos ciertamente ser librados tanto de los enemigos espirituales como de los enemigos corporales; por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

    Sermón 82. En la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo (29 de junio)

    I. Roma debe su alta posición a estos apóstoles

    Sermón 82, § I

    El mundo entero, amadísimos, participa ciertamente en todos los santos aniversarios, y la lealtad a la única fe exige que todo lo que se registra como hecho para la salvación de todos los hombres se celebre en todas partes con común regocijo. Mas además de aquella reverencia que el festival de hoy ha ganado en todo el mundo, debe ser honrado con especial y peculiar exultación en nuestra ciudad, para que haya un predominio de alegría en el día del martirio de los príncipes de los apóstoles en el lugar donde hallaron su glorioso fin. Pues éstos son los hombres por quienes la luz del evangelio de Cristo brilló sobre ti, oh Roma, y por quienes tú, que eras maestra del error, fuiste hecha discípula de la Verdad. Éstos son tus santos Padres y verdaderos pastores, que te dieron títulos para ser contada entre los reinos celestiales, y te edificaron bajo auspicios mucho mejores y más felices que aquéllos por cuyo celo se echaron los primeros cimientos de tus murallas: y de los cuales el que te dio tu nombre te mancilló con la sangre de su hermano. Éstos son los que te promovieron a tal gloria, que siendo hecha una nación santa, un pueblo escogido, un estado sacerdotal y real [], y cabeza del mundo por la santa Sede del bienaventurado Pedro, alcanzaste un dominio más amplio por la adoración de Dios que por el gobierno terrenal. Pues aunque fuiste acrecentada por muchas victorias, y extendiste tu imperio por tierra y mar, sin embargo lo que tus trabajos en la guerra subyugaron es menos que lo que la paz de Cristo ha conquistado.

    II. La extensión del imperio romano fue parte del designio divino

    Sermón 82, § II

    Pues el Dios bueno, justo y Todopoderoso, Quien nunca ha retirado su misericordia de la humanidad, y Que siempre ha instruido a todos los hombres por igual en el conocimiento de sí mismo con los más abundantes beneficios, se ha compadecido, por un consejo más secreto y un amor más profundo, de la ceguera voluntaria y de las inclinaciones al mal de los errantes, enviando a su coigual y coeterno Verbo. El cual, haciéndose carne, unió de tal modo la naturaleza divina con la humana, que Él, abajando su naturaleza hasta lo sumo, ha exaltado la nuestra hasta lo más alto. Mas para que el resultado de esta gracia inefable se difundiera por todo el mundo, la providencia de Dios preparó el imperio romano, cuyo crecimiento ha alcanzado tales límites que la multitud entera de las naciones quedan puestas en estrecha conexión. Pues la obra divinamente planeada requería especialmente que muchos reinos estuvieran ligados entre sí bajo un solo imperio, para que la predicación al mundo pudiera llegar rápidamente a todos los pueblos, cuando estaban sometidos al dominio de un solo estado. Y sin embargo aquel estado, ignorando al Autor de su engrandecimiento, aunque gobernaba a casi todas las naciones, estaba esclavizado por los errores de todas ellas, y le parecía que había fomentado grandemente la religión, porque no rechazaba falsedad alguna. Y por eso su emancipación por Cristo fue tanto más maravillosa cuanto que había estado tan firmemente atado por Satanás.

    III. Al dispersarse los Doce, san Pedro fue enviado a Roma

    Sermón 82, § III

    Pues cuando los doce apóstoles, después de recibir por el Espíritu Santo el poder de hablar en todas las lenguas, se repartieron el mundo en partes y emprendieron su instrucción en el Evangelio, el bienaventurísimo Pedro, príncipe de la banda apostólica, fue destinado a la ciudadela del imperio romano, para que la luz de la Verdad que se manifestaba para la salvación de todas las naciones, pudiera difundirse más eficazmente por todo el cuerpo del mundo desde la cabeza misma. ¿Qué nación no tenía entonces representantes viviendo en esta ciudad? ¿O qué pueblos no sabían lo que Roma había aprendido? Aquí era donde los dogmas de la filosofía debían ser aplastados, aquí donde las locuras de la sabiduría terrena debían ser disipadas, aquí donde el culto de los demonios debía ser refutado, aquí donde la blasfemia de todas las idolatrías debía ser arrancada de raíz, aquí donde la más persistente superstición había reunido todos los variados errores que en cualquier lugar se habían ideado.

    IV. El amor de san Pedro venció sus temores al venir a Roma

    Sermón 82, § IV

    A esta ciudad, pues, bienaventurísimo apóstol Pedro, no temes venir, y cuando el apóstol Pablo, tu compañero en la gloria, estaba todavía ocupado en gobernar otras iglesias, entraste en esta selva de fieras rugientes, en este profundo y tempestuoso océano, con mayor audacia que cuando anduviste sobre el mar. Y tú, que habías sido aterrado por la criada del sumo sacerdote en la casa de Caifás, no temiste a Roma, la señora del mundo. ¿Había acaso menos poder en Claudio, menos crueldad en Nerón que en el juicio de Pilato o en la rabia salvaje de los judíos? Fue, pues, la fuerza del amor la que venció las razones del temor: y no pensaste que debían ser temidos aquéllos a quienes habías emprendido amar. Mas este sentimiento de intrépido afecto ciertamente lo habías concebido ya entonces, cuando la profesión de tu amor por el Señor fue confirmada por el misterio de la pregunta tres veces repetida. Y nada más se exigía de este tu ferviente propósito, sino que dieras el alimento con que tú mismo habías sido enriquecido, apacentando a sus ovejas a las que amabas.

    V. San Pedro fue providencialmente preparado para su gran misión

    Sermón 82, § V

    Tu confianza fue también acrecentada por muchas señales milagrosas, por muchos dones de gracia, por muchas pruebas de poder. Ya habías enseñado al pueblo que de entre la circuncisión había creído: ya habías fundado la Iglesia en Antioquía, donde por primera vez surgió la dignidad del nombre cristiano: ya habías instruido a Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, en las leyes del mensaje evangélico: y, sin duda en cuanto al éxito de la obra, con pleno conocimiento de la breve duración de tu vida, llevaste el trofeo de la cruz de Cristo a la ciudadela de Roma, adonde por predestinación divina te acompañó el honor del gran poder y la gloria de mucho sufrimiento.

    VI. Muchos nobles mártires han brotado de la sangre de san Pedro y san Pablo

    Sermón 82, § VI

    Allí vino también tu bienaventurado hermano apóstol Pablo, «el vaso de elección [],» y maestro especial de los gentiles, y se asoció contigo en un tiempo en que toda inocencia, toda modestia, toda libertad estaba en peligro bajo el gobierno de Nerón. Cuyo furor, inflamado por el exceso de todos los vicios, lo arrojó de cabeza en un horno tan ardiente de locura, que fue el primero en asaltar el nombre cristiano con una persecución general, como si la gracia de Dios pudiera ser apagada con la muerte de los santos, cuya mayor ganancia era ganar la felicidad eterna por el desprecio de esta vida fugaz. «Preciosa» es, por tanto, «en los ojos del Señor la muerte de sus santos:» ni grado alguno de crueldad puede destruir la religión que está fundada en el misterio de la cruz de Cristo. La persecución no disminuye sino que aumenta la Iglesia, y el campo del Señor se viste de una cosecha tanto más rica, mientras los granos, que caen uno a uno, brotan y se multiplican al céntuplo. De aquí cuán grande prole ha brotado de estas dos semillas sembradas por el cielo, lo muestran los miles de bienaventurados mártires, que, rivalizando con los triunfos de los apóstoles, han recorrido la ciudad a lo largo y ancho en multitudes vestidas de púrpura y resplandecientes de rojo, y la han coronado, por así decirlo, con una sola diadema de innumerables gemas.

    VII. No debe hacerse distinción entre los méritos de los dos

    Sermón 82, § VII

    Y sobre esta banda, amadísimos, a quienes Dios ha puesto para nuestro ejemplo en la paciencia y para nuestra confirmación en la fe, debe haber regocijo en todas partes en la conmemoración de todos los santos, mas de la excelencia de estos dos Padres debemos con razón gloriarnos con más fuerte alegría, pues la gracia de Dios los ha elevado a tan alto lugar entre los miembros de la Iglesia, que los ha puesto como la luz gemela de los ojos en el cuerpo, cuya cabeza es Cristo. Sobre sus méritos y virtudes, que sobrepasan todo poder de palabra, no debemos hacer distinciones, porque fueron iguales en su elección, semejantes en sus trabajos, indivisos en su muerte. Mas como hemos probado por nosotros mismos, y nuestros antepasados mantuvieron, creemos y estamos seguros de que, en medio de todos los trabajos de esta vida, debemos siempre ser asistidos para obtener la misericordia de Dios por las oraciones de intercesores especiales, para que seamos levantados por los méritos de los apóstoles en proporción a como estamos agobiados por nuestros propios pecados. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

    Sermón 84. Sobre la negligencia de la conmemoración

    I. Los eclesiásticos de Roma están en peligro de olvidar los pasados juicios y misericordias, y de volverse ingratos con Dios

    Sermón 84, § I

    La escasez de los que estuvieron presentes ha mostrado por sí misma, amadísimos, que la devoción religiosa con que, en conmemoración del día de nuestro castigo y liberación, todo el cuerpo de los fieles solía acudir en masa para dar gracias a Dios, ha sido en esta última ocasión casi enteramente descuidada: y esto me ha causado mucha tristeza de corazón y gran temor. Pues hay mucho peligro de que los hombres se vuelvan ingratos con Dios, y por el olvido de sus beneficios no sientan dolor por el castigo ni gozo por la liberación. Por lo cual temo, amadísimos, que aquella sentencia del Profeta se dirija en reproche a tales hombres, la cual dice: «los has azotado y no se han dolido: los has castigado, y han rehusado recibir corrección. []» Pues ¿qué enmienda muestran aquéllos en quienes se halla tal aversión al servicio de Dios? Uno se avergüenza de decirlo, pero no debe guardarse silencio: más se gasta en los demonios que en los apóstoles, y los locos espectáculos atraen mayores multitudes que los bienaventurados martirios. ¿Quién fue el que restauró a esta ciudad a la seguridad? ¿Quién la rescató del cautiverio? ¿Los juegos de los que acuden al circo o el cuidado de los santos? Ciertamente fue por las oraciones de los santos que la sentencia de la ira divina fue desviada, para que nosotros, que merecimos la ira, fuéramos reservados para el perdón.

    II. Aprovechen a tiempo la paciencia de Dios y vuelvan a Él

    Sermón 84, § II

    Os ruego, amados, que aquellas palabras del Salvador toquen vuestros corazones, el cual, cuando por el poder de su misericordia había limpiado a diez leprosos, dijo que sólo uno de todos ellos había vuelto a dar gracias []: queriendo decir sin duda que, aunque los ingratos habían obtenido la salud del cuerpo, su fallo en este piadoso deber procedía de la impiedad del corazón. Y por tanto, amadísimos, para que esta marca de ingratitud no se os aplique, volved al Señor, recordando las maravillas que Él se ha dignado obrar entre nosotros; y atribuyendo nuestra liberación no, como suponen los impíos, a los influjos de los astros, sino a la inefable misericordia del Dios Todopoderoso, Que se ha dignado ablandar los corazones de los bárbaros furiosos, acudid a la conmemoración de tan gran beneficio con todo el vigor de la fe. La grave negligencia debe ser expiada con señales aún mayores de arrepentimiento. Usemos la misericordia de Aquel que nos ha perdonado para nuestra propia enmienda, para que el bienaventurado Pedro y todos los santos, que siempre han estado cerca de nosotros en muchas aflicciones, se dignen ayudar nuestras súplicas por vosotros ante el Dios misericordioso, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

    Sermón 85. Sobre la Fiesta de San Lorenzo Mártir (10 de agosto)

    I. El ejemplo de los mártires es valiosísimo

    Sermón 85, § I

    Mientras que la cumbre de todas las virtudes, amadísimos, y la plenitud de toda justicia nacen de aquel amor con que se ama a Dios y al prójimo, ciertamente en nadie se halla este amor más conspicuo y resplandeciente que en los bienaventurados mártires, los cuales están tan cerca de nuestro Señor Jesús, que murió por todos los hombres, en la imitación de su amor como en la semejanza de su padecimiento. Pues, aunque aquel Amor con que el Señor nos redimió no puede ser igualado por bondad alguna de hombre, porque una cosa es que un hombre condenado a morir un día muera por un justo, y otra que Aquel que está libre de la deuda del pecado entregue su vida por los impíos [], sin embargo los mártires también han prestado un gran servicio a todos los hombres, en cuanto que el Señor, que les dio valentía, se ha servido de ella para mostrar que la pena de muerte y el dolor de la cruz no han de ser terribles para ninguno de sus seguidores, antes bien pueden ser imitados por muchos de ellos. Si, por tanto, ningún hombre bueno es bueno para sí solo, y la sabiduría de ningún sabio aprovecha solamente a sí mismo, y la naturaleza de la verdadera virtud es tal que aparta a muchos del tenebroso error sobre el cual derrama su luz, ningún modelo es más útil para enseñar al pueblo de Dios que el de los mártires. La elocuencia puede hacer fácil la intercesión, el razonamiento puede persuadir eficazmente; mas los ejemplos son más fuertes que las palabras, y hay más doctrina en la práctica que en el precepto.

    II. Descripción del martirio del Santo

    Sermón 85, § II

    Y cuán gloriosamente fuerte es en esta excelentísima manera de doctrina el bienaventurado mártir Lorenzo, cuyos padecimientos conmemora hoy, pudieron sentirlo aun sus perseguidores, cuando hallaron que su admirable valor, nacido principalmente del amor a Cristo, no sólo no cedía, sino que además fortalecía a otros con el ejemplo de su paciencia. Pues mientras la furia de los potentados gentiles se ensañaba contra los miembros más escogidos de Cristo, y atacaba especialmente a los que eran de orden sacerdotal, la ira del impío perseguidor se descargó sobre Lorenzo el diácono, que era preeminente no sólo en la celebración de los sagrados ritos, sino también en la administración de los bienes de la Iglesia, prometiéndose doble botín de la captura de un solo hombre: pues si le obligaba a entregar los sagrados tesoros, lo arrojaría también del ámbito de la verdadera religión. Y así este hombre, tan ávido de dinero y tan enemigo de la verdad, se arma con doble arma: con avaricia para saquear el oro; con impiedad para arrebatar a Cristo. Exige al cándido guardián del santuario que le traiga las riquezas de la Iglesia en que su mente codiciosa estaba puesta. Mas el santo diácono le mostró dónde las tenía guardadas, señalando a las numerosas multitudes de pobres santos, en cuyo sustento y vestido tenía él un tesoro de riquezas que no podía perder, y que estaban tanto más seguras cuanto que el dinero había sido gastado en causa tan santa.

    III. Continúa la descripción de sus sufrimientos

    Sermón 85, § III

    El frustrado saqueador, por tanto, se irrita, y encendido en odio contra una religión que había dado tal uso a las riquezas, determina arrebatar un tesoro aún mayor llevándose aquel sagrado depósito con que estaba enriquecido, ya que no podía hallar en su poder ningún montón sólido de dinero. Ordena a Lorenzo que renuncie a Cristo, y se dispone a acosar el valiente ánimo del diácono con espantosos tormentos; y como los primeros no arrancan nada, siguen otros más crueles. Sus miembros, desgarrados y magullados por muchos golpes cortantes, son mandados asar al fuego en un armazón de hierro, que ya de suyo estaba bastante caliente para quemarlo, y sobre el cual se volvían de tiempo en tiempo sus miembros, para hacer más fiero el tormento y más lenta la muerte.

    IV. Lorenzo ha vencido a su perseguidor

    Sermón 85, § IV

    Nada logras, nada consigues, oh salvaje crueldad. Su cuerpo mortal se libra de tus artificios, y, cuando Lorenzo parte al cielo, tú quedas vencida. La llama del amor de Cristo no pudo ser vencida por tus llamas, y el fuego que ardía fuera era menos intenso que el que llameaba dentro. Sólo serviste al mártir con tu rabia, oh perseguidor: sólo acrecentaste la recompensa añadiendo al dolor. Pues ¿qué cosa ingenió tu astucia que no redundara en gloria del vencedor, cuando hasta los instrumentos del tormento fueron contados como parte del triunfo? Alegrémonos, pues, amadísimos, con gozo espiritual, y gloriémonos del dichoso fin de este hombre ilustre en el Señor, que es «admirable en sus santos,» en quien nos ha dado un apoyo y un ejemplo, y que ha difundido su gloria por todo el mundo de tal modo, que, desde la salida del sol hasta su ocaso, brilla el resplandor de la luz de su diácono, y Roma ha llegado a ser tan famosa por Lorenzo como Jerusalén fue ennoblecida por Esteban. Confiamos en ser asistidos en todo tiempo por su oración e intercesión; para que, ya que todos, como dice el Apóstol, «los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecen persecución [],» seamos fortalecidos con espíritu de amor, y seamos robustecidos para vencer todas las tentaciones por la perseverancia de una fe firme. Por nuestro Señor Jesucristo, etc.

    Sermón 88. Sobre el Ayuno del Séptimo Mes, III

    I. Los ayunos, que proclamaron los antiguos profetas, son aún necesarios

    Sermón 88, § I

    De cuánto sirven, amadísimos, los ayunos religiosos para alcanzar la misericordia de Dios y para renovar la suerte de la fragilidad humana, lo sabemos por las palabras de los santos Profetas, que proclaman que la justicia de Dios, cuya venganza había incurrido una y otra vez el pueblo de Israel por sus iniquidades, no puede ser aplacada sino por el ayuno. Así es que el Profeta Joel les advierte, diciendo: «Esto dice el Señor vuestro Dios: convertíos a Mí con todo vuestro corazón, con ayuno y llanto y lamento, y rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, porque Él es misericordioso y paciente, de gran bondad y muy misericordioso,» y de nuevo: «santificad un ayuno, proclamad una curación, reunid al pueblo, santificad la iglesia.» Y esta exhortación ha de ser obedecida también en nuestros días, porque estos remedios curativos han de ser proclamados necesariamente también por nosotros, a fin de que en la observancia de la antigua santificación gane la devoción cristiana lo que perdió la transgresión judía.

    II. Los oficios públicos son de un carácter más elevado que los privados

    Sermón 88, § II

    Pero el respeto que se tributa a los decretos divinos trae siempre una bendición especial, cualquiera que sea la extensión de nuestros servicios voluntarios, de modo que las celebraciones públicamente proclamadas tienen un carácter más elevado que las que descansan en institución privada. Pues el ejercicio de la templanza, que cada uno se impone a su propia discreción, concierne al provecho de una sola parte de la Iglesia, pero el ayuno que soporta toda la Iglesia no deja a nadie fuera de la purificación general, y el pueblo de Dios se hace entonces más fuerte, cuando los corazones de todos los fieles se reúnen en un solo acto común de santa obediencia, cuando en el campamento de la milicia cristiana hay por todas partes la misma preparación para el combate y para la defensa. Aunque el cruel enemigo brame en furor inquieto, y tienda por todas partes sus lazos ocultos, no podrá apresar a nadie ni herir a nadie, si no halla a nadie desprevenido, a nadie entregado a la pereza, a nadie inactivo en las obras de piedad.

    III. El ayuno de septiembre nos llama de este modo público a la enmienda propia

    Sermón 88, § III

    A esta fuerza invencible de la unidad, por tanto, amadísimos, somos invitados ahora mismo por el solemne Ayuno del Séptimo Mes, para que elevemos nuestras almas al Señor libres de cuidados mundanos y de preocupaciones terrenas. Y ya que, por muy necesario que sea siempre este empeño, no todos podemos adherirnos perpetuamente a él, y con frecuencia por la fragilidad humana recaemos de las cosas superiores a las de la tierra, al menos en estos días, que están ordenados del modo más saludable para nuestra corrección, apartémonos de las ocupaciones mundanas y robemos un poco de tiempo para promover nuestro bien eterno. «Porque en muchas cosas,» como está escrito, «todos tropezamos [].» Y aunque por el don cotidiano de Dios seamos limpiados de diversas manchas, con todo se adhieren a las almas incautas por lo común manchas más oscuras, que necesitan mayor cuidado para lavarlas, un esfuerzo más fuerte para destruirlas. Y la abolición más plena de los pecados se obtiene cuando toda la Iglesia ofrece una sola oración y una sola confesión. Pues si el Señor ha prometido el cumplimiento de todo lo que pidieren al santo y devoto acuerdo de dos o tres, ¿qué se negará a muchos miles del pueblo que se unen en un solo acto de culto, y con un solo aliento elevan sus súplicas comunes []?

    IV. La comunión de bienes y de obras es preciosísima a los ojos de Dios

    Sermón 88, § IV

    Grande y muy preciosa es, amados, a los ojos del Señor, la ocasión en que todo el pueblo de Cristo se ocupa unido en los mismos deberes, y todos los rangos y condiciones de uno y otro sexo cooperan con la misma intención: cuando un solo propósito anima a todos por igual a apartarse del mal y hacer el bien; cuando Dios es glorificado en las obras de sus siervos, y el Autor de toda piedad es bendecido con acción de gracias no escatimada. Los hambrientos son alimentados, los desnudos vestidos, los enfermos visitados, y los hombres no buscan lo suyo propio, sino «lo que es de otro,» en tanto que, al aliviar la miseria ajena, cada uno saca el mayor fruto de sus propios medios; y es fácil hallar «un dador alegre,» allí donde las obras de un hombre sólo están limitadas por la medida de su poder. Por esta gracia de Dios, «que obra todo en todos,» el beneficio y los merecimientos de los fieles son gozados en común. Pues aquellos cuyos ingresos no son semejantes, pueden, no obstante, pensar del mismo modo, y cuando uno se alegra de la generosidad de otro, sus sentimientos lo ponen al mismo nivel de aquel cuyas facultades de gastar están en un nivel diferente. En semejante comunidad no hay desorden ni diversidad, porque todos los miembros de todo el cuerpo convienen en un solo y fuerte propósito de piedad, y quien se gloría en la riqueza de otros no se avergüenza de su propia pobreza. Pues la excelencia de cada parte es la gloria de todo el cuerpo, y cuando todos somos guiados por el Espíritu de Dios, no sólo son nuestras las cosas que nosotros mismos hacemos, sino también las de otros, por cuya realización nos gozamos.

    V. Hagamos, pues, el mejor uso posible de esta ocasión

    Sermón 88, § V

    Abracemos, pues, amadísimos, esta santísima unidad en toda su bienaventurada integridad, y emprendamos el solemne ayuno con el propósito concorde de una buena voluntad. Nada duro, nada áspero se pide a nadie, ni se impone cosa alguna que exceda nuestras fuerzas, ya sea en la disciplina de la abstinencia, ya en la cantidad de limosna. Cada uno sabe lo que puede y lo que no puede hacer: pague cada uno su cuota, tasándose a sí mismo en una medida justa y razonable, para que el sacrificio de misericordia no se ofrezca con tristeza ni se cuente entre las pérdidas. Gástese tanto en obras pías cuanto baste para justificar el corazón, lavar la conciencia y, en una palabra, aprovechar al que da y al que recibe. Dichosa en verdad y digna de admiración es aquella alma que en su amor de hacer el bien no teme que falten los medios, y no desconfía de que Aquel de quien tuvo lo que en el pasado gastó le dará aún dinero que gastar. Pero como pocos poseen esta grandeza de corazón, y sin embargo es cosa verdaderamente piadosa que cada uno no desampare el cuidado de los suyos, nosotros, sin perjuicio de los más perfectos, os damos esta regla general y os exhortamos a cumplir lo que Dios manda según la medida de vuestra capacidad. Porque la alegría conviene al hombre benéfico, el cual debe administrar su liberalidad de tal modo que, mientras los pobres se gozan con el socorro prestado, no padezcan las necesidades de su casa. «Y Aquel que ministra semilla al sembrador, proveerá también pan para comer, y multiplicará vuestra simiente y aumentará los frutos de vuestra justicia [].» Ayunemos, pues, el miércoles y el viernes; y el sábado velad todos juntos en la presencia del bienaventuradísimo apóstol Pedro, por cuyos méritos y oraciones estamos seguros de que se nos concederá la misericordia de Dios en todas las cosas por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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