Sermones (cuarenta y ocho sermones del año romano)
Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·50 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 6 de 9 · Sermón 58. Sobre la Pasión, VII·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-LEO-01
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I. La razón de que Cristo padeciera en la fiesta pascual
Sermón 58, § I
Sé bien, amadísimos, que la festividad de la Pascua participa de un misterio tan sublime que supera no sólo las endebles percepciones de mi pequeñez, sino aun las fuerzas de los grandes ingenios. Mas no debo considerar la grandeza de la obra divina de tal modo que desconfíe o me avergüence del servicio que debo prestar; pues no nos es lícito callar el misterio de la salvación del hombre, aun si no puede ser explicado. Mas, ayudándonos vuestras oraciones, creemos que se nos concederá la gracia de Dios, para rociar la aridez de nuestro corazón con el rocío de su inspiración: a fin de que por boca del pastor se proclamen cosas útiles a los oídos de su santo rebaño. Pues cuando el Señor, Dador de todos los bienes, dice: «abre tu boca, y yo la llenaré,» osamos también nosotros responder con las palabras del profeta: «Señor, Tú abrirás mis labios, y mi boca anunciará tu alabanza.» Comenzando, pues, amadísimos, a tratar una vez más el relato evangélico de la Pasión del Señor, entendemos que fue parte del designio divino que los impíos príncipes de los judíos y los sacerdotes sacrílegos, que a menudo habían buscado ocasión de descargar su rabia sobre Cristo, no recibieran el poder de ejercitar su furor en otro tiempo que en la fiesta pascual. Pues las cosas que por largo tiempo habían sido prometidas bajo figuras misteriosas debían cumplirse con toda claridad; por ejemplo, la oveja verdadera había de sustituir a la oveja que era su tipo, y el único Sacrificio poner fin a la multitud de sacrificios diversos. Pues todas aquellas cosas que habían sido divinamente ordenadas por Moisés acerca del sacrificio del cordero habían profetizado de Cristo y anunciado verdaderamente la muerte de Cristo. Para que, pues, las sombras cedieran a la sustancia y los tipos cesaran en presencia de la Realidad, la antigua observancia es removida por un nuevo Sacramento, víctima pasa a Víctima, sangre es borrada por Sangre, y la fiesta ordenada por la Ley se cumple mudándose.
II. Los principales judíos quebrantaron su propia Ley, y tampoco acogieron la nueva dispensación al matar a Cristo
Sermón 58, § II
Y de aquí que, cuando los príncipes de los sacerdotes reunieron en su concilio a los escribas y a los ancianos del pueblo, y las mentes de todos los sacerdotes se ocupaban en el propósito de hacer mal a Jesús, los doctores de la ley se pusieron fuera de la ley, y por su propio y voluntario incumplimiento del deber abolieron sus ceremonias ancestrales. Pues al comenzar la fiesta pascual, aquellos que debían haber adornado el templo, purificado los vasos, proveído las víctimas y empleado un celo más santo en las purificaciones que la ley prescribía, poseídos por el furor de un odio traicionero, se entregan a una sola obra, y con crueldad unánime conspiran para un solo crimen, aunque estaban condenados a no ganar nada con el castigo de la inocencia y la condenación de la justicia, salvo el no acoger los nuevos misterios y la violación de los antiguos. Los príncipes, por tanto, al precaverse de un tumulto en día santo [], mostraron celo no por la fiesta, sino por un crimen atroz; y su afán no sirvió a la causa de la religión, sino a su propia incriminación. Pues estos cuidadosos pontífices y ansiosos sacerdotes temían que ocurrieran sediciones en la principal fiesta, no para que el pueblo no obrase mal, sino para que Cristo no escapara.
III. Jesús, al instituir el Santísimo Sacramento, mostró misericordia hasta el final con el traidor Judas
Sermón 58, § III
Mas Jesús, seguro de su propósito e impertérrito en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, cumplió el Nuevo Testamento y fundó una nueva Pascua. Pues mientras los discípulos estaban recostados con Él en la Cena mística, y mientras en el atrio de Caifás se deliberaba cómo Cristo podría ser muerto, Él, ordenando el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, les enseñaba qué clase de Víctima debía ofrecerse a Dios, y ni aun de este misterio fue apartado el traidor, para mostrar que no estaba exasperado por injuria personal alguna, sino que había determinado de antemano y por su propia voluntad su traición. Pues él fue fuente de su propia ruina y causa de su perfidia, siguiendo la guía del demonio y rehusando tener a Cristo por director. Y así, cuando el Señor dijo: «En verdad os digo que uno de vosotros está por entregarme,» mostró que la conciencia de su traidor le era bien conocida, no confundiendo al traidor con ásperas o abiertas reprensiones, sino saliéndole al encuentro con suaves y silenciosas advertencias, para que aquel que nunca había sido extraviado por el rechazo, pudiera más fácilmente ser enmendado por la penitencia. ¿Por qué, infeliz Judas, no te aprovechas de tan gran longanimidad? He aquí que el Señor perdona tus perversos intentos; Cristo no te descubre ante nadie sino ante ti mismo. Ni tu nombre ni tu persona son revelados, sino que sólo los secretos de tu corazón son tocados por la palabra de verdad y de misericordia. No se te niega el honor del rango apostólico, ni tampoco la participación en los Sacramentos. Vuelve a tu sano juicio; deja tu locura y sé sensato. La misericordia te invita, la Salvación llama a tu puerta, la Vida te llama de nuevo a la vida. Mira cómo tus limpios e inocentes condiscípulos se estremecen ante la insinuación de tu crimen, y todos tiemblan por sí mismos hasta que el autor de la traición sea declarado. Pues se entristecen no por las acusaciones de la conciencia, sino por la incertidumbre de la mutabilidad del hombre; temiendo que aquello que cada cual sabía contra sí mismo sea menos cierto que lo que la Verdad misma preveía. Mas tú abusas de la paciencia del Señor en este pánico de los santos, y crees que tu frente resuelta te oculta. Añades la desvergüenza a la culpa, y no te asusta tan clara prueba. Y cuando los demás se abstienen del alimento en el que el Señor había puesto el signo de su juicio, tú no retiras tu mano del plato, porque tu mente no se aparta del crimen.
IV. Se explican más detenidamente diversos incidentes de la Pasión y se afirma la realidad de los sufrimientos de Cristo
Sermón 58, § IV
Y así aconteció, amadísimos, que, como ha narrado Juan el Evangelista, cuando el Señor ofreció el pan que había mojado a su traidor, para señalarlo más claramente, el diablo se apoderó por completo de Judas, y ya, por su verdadero acto de maldad, tomó posesión de aquel a quien ya tenía atado con sus malvados designios. Pues solo con el cuerpo yacía allí a la mesa con los comensales: con la mente armaba el odio de los sacerdotes, la falsedad de los testigos y la furia de la turba ignorante. Por fin, el Señor, viendo en qué crimen tan grave estaba empeñado Judas, dice, «Lo que haces, hazlo pronto [].» No es ésta voz de mandato, sino de permiso; ni de temor, sino de prontitud: Aquel que tiene poder sobre todos los tiempos manifiesta que no pone estorbo alguno en el camino del traidor, y que cumple la voluntad del Padre para la redención del mundo de tal modo, que ni fomenta ni teme el crimen que sus perseguidores preparaban. Cuando Judas, pues, a persuasión del diablo, se apartó de Cristo y se separó de la unidad del cuerpo apostólico, el Señor, sin dejarse turbar por temor alguno, sino solícito únicamente por la salvación de aquellos a quienes vino a redimir, empleó todo el tiempo que quedó libre del ataque de sus perseguidores en conversación mística y enseñanza santa, como se declara en el Evangelio de san Juan: alzando los ojos al cielo y suplicando al Padre por toda la Iglesia que todos los que el Padre había dado y daría al Hijo fuesen uno y permanecieran indivisos para gloria del Redentor, y añadiendo por último aquella oración en la que dice, «Padre, si es posible, pase de Mí este cáliz [].» En lo cual no se ha de pensar que el Señor Jesús quisiera escapar a la Pasión y a la Muerte, cuyos sacramentos había ya confiado a la custodia de sus discípulos, puesto que Él mismo prohíbe a Pedro, cuando ardía en fe y amor devotos, usar la espada, diciendo, «El cáliz que el Padre me ha dado, ¿no lo he de beber []?» y puesto que es cierto lo que el Señor dice también, según el Evangelio de Juan, «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no perezca, mas tenga vida eterna;» como también lo que dice el apóstol Pablo, «Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, víctima a Dios en olor de suavidad [].» Pues la salvación de todos por la Cruz de Cristo era la voluntad común y el plan común del Padre y del Hijo; ni podía de ninguna manera ser perturbado lo que antes de los siglos eternos había sido misericordiosamente determinado e inmutablemente preordenado. Por tanto, al asumir una verdadera y entera humanidad, tomó las verdaderas sensaciones del cuerpo y los verdaderos sentimientos del alma. Y no se sigue que, porque todo en Él estaba lleno de sacramentos, lleno de milagros, derramara lágrimas falsas, o tomara alimento por hambre fingida, o fingiera sueño. Fue en nuestra humildad que Él fue despreciado, con nuestro dolor que Él fue entristecido, con nuestro sufrimiento que Él fue atormentado en la cruz. Porque su compasión padeció los sufrimientos de nuestra mortalidad con el propósito de sanarlos, y su poder les salió al encuentro con el propósito de vencerlos. Y esto lo profetizó clarísimamente Isaías, diciendo, «Él lleva nuestros pecados y sufre por nosotros, y nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Mas Él fue herido por nuestros pecados, y molido por nuestras iniquidades, y con sus llagas somos sanados.»
V. La resignación de Cristo es una lección imperecedera para la Iglesia
Sermón 58, § V
Y así, amadísimos, cuando el Hijo de Dios dice, «Padre, si es posible, pase de Mí este cáliz,» usa el clamor de nuestra naturaleza, y aboga por la causa de la fragilidad y el temblor humanos: para que nuestra paciencia sea fortalecida y nuestros temores sean ahuyentados en las cosas que hemos de soportar. Al fin, dejando incluso de pedir esto, una vez que en cierta medida había paliado nuestros débiles temores, aunque no nos conviene retenerlos, pasa a otro estado de ánimo, y dice, «Mas no como yo quiero, sino como tú;» y de nuevo, «Si este cáliz no puede pasar de Mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.» Estas palabras de la Cabeza son la salvación de todo el Cuerpo: estas palabras han instruido a todos los fieles, encendido el celo de todos los confesores, coronado a todos los mártires. Pues ¿quién podría vencer el odio del mundo, las ráfagas de las tentaciones, los terrores de los perseguidores, si Cristo, en nombre de todos y por todos, no hubiera dicho al Padre, «¿Hágase tu voluntad?» Aprendan, pues, estas palabras todos los hijos de la Iglesia que han sido comprados a tan alto precio, tan gratuitamente justificados; y cuando el embate de alguna tentación violenta caiga sobre ellos, usen el auxilio de esta poderosa oración, para vencer su temor y su temblor, y aprender a sufrir con paciencia. Desde este punto, amadísimos, nuestro sermón debe pasar a la consideración de los detalles de la Pasión del Señor, y para no cargaros con prolijidad, dividiremos nuestra tarea común y dejaremos el resto para el cuarto día de la semana. La gracia de Dios os será concedida si le pedís que me dé el poder de cumplir mi deber: por nuestro Señor Jesucristo, etc.
Sermón 59. Sobre la Pasión, VIII: el miércoles de Semana Santa
I. El arresto de Cristo cumple su propio designio eterno
Sermón 59, § I
Habiendo tratado, amadísimos, en nuestro último sermón, de los acontecimientos que precedieron al arresto del Señor, ahora resta, con el auxilio de la gracia de Dios, tratar, como prometimos, los detalles de la Pasión misma. Cuando el Señor hubo dejado claro con las palabras de su sagrada oración que la Naturaleza divina y la humana estaban en Él con toda verdad y plenitud, mostrando que la falta de voluntad para sufrir procedía de la una, y de la otra la determinación de sufrir mediante la expulsión de todos los frágiles temores y el fortalecimiento de su excelsa potestad, entonces volvió a su designio eterno, y «en forma de» sin pecado «siervo» salió al encuentro del diablo, que lo atacaba sañudamente por manos de los judíos: para que Aquel en quien únicamente estaba la naturaleza de todos los hombres sin culpa, tomase a su cargo la causa de todos. Los pecados de las tinieblas, pues, asaltaron a la luz verdadera, y, a pesar de todas sus antorchas y linternas, no pudieron escapar de la noche de su propia incredulidad, porque no reconocieron la Fuente de la Luz. Lo arrestan, y Él está pronto a ser prendido; lo llevan, y Él está dispuesto a ser llevado; pues aunque, si hubiera querido resistir, sus manos malvadas no habrían podido hacerle daño alguno, con ello la redención del mundo habría quedado impedida, y Aquel que había de morir por la salvación de todos los hombres, no habría salvado a ninguno.
II. Cuán grande fue el crimen de Pilato al dejarse extraviar por los judíos
Sermón 59, § II
En consecuencia, permitiendo que se infligiera sobre Él todo cuanto la furia del pueblo, encendida por los sacerdotes, osó hacer, es llevado ante Anás, suegro de Caifás, y de allí Anás lo remite a Caifás; y después de las locas acusaciones de los calumniadores, después de las falsedades mentirosas de testigos sobornados, es entregado a la audiencia de Pilato por delegación de los dos sumos sacerdotes, quienes, despreciando la ley divina y exclamando que no tenían «más rey que César,» como si estuvieran consagrados a las leyes romanas y hubieran dejado todo el juicio en manos del gobernador, en realidad buscaban un ejecutor de su crueldad más que un árbitro de la causa. Pues entregaron a Jesús, atado con duras ligaduras, magullado por muchos golpes y bofetadas, escupido, ya condenado por sus gritos: de modo que, en medio de tantas señales de su propio veredicto, Pilato no se atreviera a absolver a Aquel a quien todos deseaban que pereciera. De hecho, la propia indagación muestra a la vez que no halló culpa alguna en el Acusado y que en su juicio no se atuvo a su propósito: pues como juez condena a Aquel a quien declara inocente, invocando sobre el pueblo inicuo la sangre del Justo con quien sentía, por su propia convicción, y sabía por el sueño de su mujer, que no debía tener nada que ver. Aquella alma manchada no queda limpia con el lavatorio de las manos; no hay expiación en los dedos salpicados de agua para el crimen fomentado por aquella mente malvada. La culpa de Pilato es ciertamente menor que el crimen de los judíos; pues fueron ellos quienes lo aterrorizaron con el nombre de César, lo increparon con palabras odiosas y lo empujaron a perpetrar su maldad. Pero tampoco escapó a la incriminación por prestarse al juego de los que promovían el tumulto, por abandonar su propio juicio y por asentir a las acusaciones de otros.
III. Mas la culpa de los judíos fue infinitamente mayor
Sermón 59, § III
Cediendo, pues, amadísimos, a la locura del pueblo implacable, permitiendo que Jesús fuera deshonrado con muchas burlas y vejado con insultos excesivos, y mostrándolo a los ojos de sus perseguidores lacerado por los azotes, coronado de espinas y vestido con un manto de escarnio, Pilato sin duda pensó aplacar los ánimos de los enemigos, de modo que, una vez saciado su odio cruel, cesaran de seguir persiguiendo a Aquel a quien veían sometido a tan variadas aflicciones. Pero su ira estaba aún en plena llamarada, y gritaron que soltase a Barrabás y que, por tanto, Jesús sufriera la pena de la cruz, y así, cuando con un murmullo de asentimiento la multitud dijo «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos,» aquella gente malvada obtuvo, para su propia condenación, lo que con insistencia había reclamado, «cuyos dientes,» como testificó el profeta, «eran armas y flechas, y su lengua una espada afilada.» Pues en vano apartaron sus propias manos de crucificar al Señor de la gloria, cuando habían arrojado contra Él los mortíferos dardos de la lengua y las armas envenenadas de las palabras. Sobre vosotros, sobre vosotros, falsos judíos y jefes impíos del pueblo, cae todo el peso de aquel crimen; y aunque la enormidad de la culpa implica también al gobernador y a los soldados, vosotros sois los primeros y principales delincuentes. Y en la condenación de Cristo, todo el mal que se hizo, ya por el juicio de Pilato, ya por las cohortes que ejecutaban sus órdenes, os hace tanto más merecedores del odio del género humano, cuanto que el impulso de vuestra furia no permitió que quedaran libres de culpa ni siquiera aquellos a quienes desagradaban vuestros actos injustos.
IV. Cristo llevando su propia cruz es una lección eterna para la Iglesia
Sermón 59, § IV
Y así el Señor fue entregado a sus salvajes deseos y, en mofa de su condición regia, se le ordenó ser portador de su propio instrumento de muerte, para que se cumpliera lo que el profeta Isaías había previsto, diciendo, «He aquí un Niño es nacido, y un Hijo nos es dado, cuyo gobierno está sobre sus hombros.» Cuando, pues, el Señor llevaba el madero de la cruz, que para Él había de convertirse en cetro de poder, era a los ojos de los malvados una gran burla, ciertamente, pero para los fieles se manifestaba un gran misterio, ya que Él, vencedor glorioso del Diablo y fuerte vencedor de las potestades que estaban contra Él, llevaba noblemente el trofeo de su triunfo, y sobre los hombros de su paciencia invicta llevaba a todos los reinos el signo adorable de la salvación: como si ya entonces confirmara a todos sus seguidores con este mero símbolo de su obra, y dijera, «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí [].»
V. El traspaso de la cruz del Señor a Simón de Cirene significa la participación de los gentiles en sus sufrimientos
Sermón 59, § V
Mas como las multitudes iban con Jesús al lugar del castigo, se halló a un tal Simón de Cirene sobre quien cargar el madero de la cruz en lugar del Señor; para que aun por este acto quedara presignificada la fe de los gentiles, para quienes la cruz de Cristo había de ser no vergüenza, sino gloria. No fue, pues, accidental, sino simbólico y místico, que mientras los judíos se enfurecían contra Cristo, se hallara a un extranjero para compartir sus sufrimientos, como dice el Apóstol, «si padecemos con Él, también reinaremos con Él []»; de modo que ningún hebreo ni israelita, sino un extranjero, fue sustituido por el Salvador en su santísima degradación. Pues por este traspaso, la propiciación del Cordero inmaculado y el cumplimiento de todos los misterios pasó de la circuncisión a la incircuncisión, de los hijos según la carne a los hijos según el espíritu: ya que, como dice el Apóstol, «Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado por nosotros [],» Quien, ofreciéndose al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado no en el templo, cuyo culto había ya terminado, ni dentro de los confines de la ciudad que por su pecado estaba condenada a ser destruida, sino fuera, «fuera del campamento [],» para que, al cesar las antiguas víctimas simbólicas, se colocara una Víctima nueva sobre un altar nuevo, y la cruz de Cristo fuese el altar no del templo, sino del mundo.
VI. No hemos de ver solo la cruz, sino su significado
Sermón 59, § VI
Así pues, amadísimos, estando Cristo levantado en la cruz, no se detengan los ojos de vuestra mente solo en aquel espectáculo que vieron aquellos pecadores malvados, a quienes se dijo por boca de Moisés, «Y tu vida estará colgando delante de tus ojos, y temerás día y noche, y no tendrás seguridad de tu vida [].» Pues en el Señor crucificado ellos no podían pensar sino en su mala acción, teniendo no el temor por el cual la fe verdadera es justificada, sino aquel por el cual una conciencia culpable es atormentada. Mas nuestros entendimientos, iluminados por el Espíritu de verdad, fomenten con corazón puro y libre la gloria de la cruz que irradia cielo y tierra, y vean con la vista interior lo que el Señor quiso decir cuando habló de su Pasión venidera: «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado:» y más abajo dice, «Ahora está turbada mi alma. ¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora; mas para esto he venido a esta hora. Padre, glorifica a tu Hijo.» Y cuando la voz del Padre vino del cielo, diciendo, «Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra vez,» Jesús respondió a los que estaban presentes, «Esta voz no ha venido por Mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio del mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí.»
VII. El poder de la cruz es universalmente atractivo
Sermón 59, § VII
¡Oh admirable poder de la Cruz! ¡Oh inefable gloria de la Pasión, en la que se contienen el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado! Pues tú atrajiste hacia Ti todas las cosas, Señor, y cuando extendiste tus manos todo el día, [], a un pueblo incrédulo que te contradecía, el mundo entero por fin fue llevado a confesar tu majestad. Tú atrajiste hacia Ti todas las cosas, Señor, cuando todos los elementos se combinaron para pronunciar juicio en execración del crimen de los judíos, cuando las lumbreras del cielo se oscurecieron, y el día se convirtió en noche, y la tierra también se estremeció con sacudidas insólitas, y toda la creación se negó a servir a aquellos hombres malvados. Tú atrajiste hacia Ti todas las cosas, Señor, porque el velo del templo se rasgó, y el Sancta Sanctorum dejó de existir para aquellos sumos sacerdotes indignos: de modo que el tipo se convirtió en Verdad, la profecía en Revelación, la ley en Evangelio. Tú atrajiste hacia Ti todas las cosas, Señor, de suerte que lo que antes se hacía en el único templo de los judíos con oscuros signos, ahora había de celebrarse en todas partes por la piedad de todas las naciones en rito pleno y público. Pues ahora hay un rango más noble de levitas, hay ancianos de mayor dignidad y sacerdotes de unción más santa: porque tu cruz es la fuente de todas las bendiciones, el origen de todas las gracias, y por ella los creyentes reciben fortaleza por debilidad, gloria por vergüenza, vida por muerte. Ahora también ha cesado la variedad de sacrificios carnales, y la sola ofrenda de tu Cuerpo y Sangre cumple todas aquellas distintas víctimas: porque Tú eres el verdadero «Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo [],» y en Ti mismo cumples de tal modo todos los misterios, que así como no hay sino un solo sacrificio en lugar de muchas víctimas, así no hay sino un solo reino en lugar de muchas naciones.
VIII. No hemos de vivir para nosotros mismos, sino para Cristo, que murió por nosotros
Sermón 59, § VIII
Confesemos, pues, amadísimos, lo que confesó el bienaventurado maestro de las naciones, el apóstol Pablo, diciendo, «Fiel es esta palabra, y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores [].» Porque la misericordia de Dios para con nosotros es tanto más admirable cuanto que Cristo no murió por los justos ni por los santos, sino por los injustos y malvados; y aunque la naturaleza de la Deidad no podía sufrir el aguijón de la muerte, sin embargo, en su nacimiento tomó de nosotros aquello que pudiera ofrecer por nosotros. Porque desde antiguo amenazó a nuestra muerte con el poder de su muerte, diciendo por boca del profeta Oseas, «Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh infierno [].» Porque al morir se sometió a las leyes del infierno, pero al resucitar las quebrantó, y así destruyó la continuidad de la muerte, para hacerla temporal en vez de eterna. «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados [].» Y así, amadísimos, que se cumpla lo que dice san Pablo, «que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió por todos y resucitó [].» Y puesto que las cosas viejas pasaron y todas han sido hechas nuevas, que ninguno permanezca en su antigua vida carnal, sino que todos seamos renovados por el progreso diario y el crecimiento en la piedad. Pues por muy justificado que esté un hombre, mientras permanece en esta vida, siempre puede ser más aprobado y mejor. Y el que no avanza, retrocede; y el que nada gana, algo pierde. Corramos, pues, con pasos de fe, mediante obras de misericordia, en el amor a la justicia, para que, guardando espiritualmente el día de nuestra redención, «no con la vieja levadura de malicia y maldad, sino con los panes ázimos de sinceridad y verdad [],» merezcamos ser partícipes de la resurrección de Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Sermón 62. Sobre la Pasión, XI
I. El misterio de la Pasión excede la comprensión del hombre
Sermón 62, § I
La fiesta de la Pasión del Señor, que tanto hemos anhelado y que el mundo entero bien puede desear, ha llegado, y no nos permite guardar silencio en medio del tumulto de nuestras alegrías espirituales; pues aunque es difícil hablar a menudo de la misma cosa digna y apropiadamente, sin embargo, el sacerdote no es libre de privar a los oídos del pueblo de la instrucción mediante sermón sobre este gran misterio de la misericordia de Dios, por cuanto el asunto mismo, al ser inefable, le facilita el habla, y lo que se dice no puede fracasar del todo allí donde lo que se dice nunca puede ser suficiente. Que la fragilidad humana, pues, sucumba ante la gloria de Dios, y reconozca siempre que es incapaz de desplegar sus obras de misericordia. Esforcémonos en el pensamiento, quedemos cortos en la comprensión, titubeemos en el habla: es bueno que aun nuestros rectos pensamientos acerca de la Majestad del Señor sean insuficientes. Pues, recordando lo que dice el profeta, «Buscad al Señor y fortaleceos: buscad siempre su rostro,» nadie debe suponer que ha encontrado todo lo que busca, no sea que deje de acercarse si cesa en su empeño. Y entre todas las obras de Dios que fatigan la contemplación admirada del hombre, ¿qué cosa deleita y confunde tanto la mirada de nuestra mente como la Pasión del Salvador? Por más que meditemos sobre su omnipotencia, que es de una sola e igual sustancia con el Padre, la humildad en Dios es más estupenda que el poder, y es más difícil comprender el total vaciamiento de la Divina Majestad que la elevación infinita de la «forma de siervo» en Él. Pero somos muy ayudados en su comprensión por el recuerdo de que, aunque el Creador y la criatura, el Dios inviolable y la carne pasible, son absolutamente diferentes, sin embargo, las propiedades de ambas sustancias se reúnen en la sola Persona de Cristo de tal modo que tanto en sus actos de debilidad como de poder, el abajamiento pertenece a la misma Persona que la gloria.
II. El Credo recoge la confesión de san Pedro como doctrina fundamental de la Iglesia
Sermón 62, § II
En aquella regla de fe, amadísimos, que hemos recibido al comienzo mismo del Credo, por la autoridad de la enseñanza apostólica, reconocemos que nuestro Señor Jesucristo, a quien llamamos único Hijo de Dios Padre todopoderoso, nació también de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Ni rechazamos su Majestad cuando expresamos nuestra fe en su crucifixión, muerte y resurrección al tercer día. Pues todo lo que es de Dios y todo lo que es del hombre se cumplen simultáneamente por su Humanidad y su Deidad, de modo que, en virtud de la unión de lo pasible con lo impasible, su poder no puede ser afectado por su debilidad, ni su debilidad vencida por su poder. Y con razón fue alabado el bienaventurado apóstol Pedro por confesar esta unión, quien, cuando el Señor preguntaba qué sabían los discípulos de Él, se anticipó rápidamente a los demás y dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Y esto ciertamente lo vio, no por revelación de carne ni de sangre, que habrían podido impedir su visión interior, sino por el mismo Espíritu del Padre que obraba en su corazón creyente, para que, en preparación para gobernar toda la Iglesia, primero aprendiera lo que habría de enseñar, y para la consolidación de la fe, que estaba destinado a predicar, recibiera la confirmación, «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» La fortaleza, pues, de la fe cristiana, que, edificada sobre roca inexpugnable, no teme a las puertas de la muerte, reconoce que el único Señor Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre, creyendo igualmente que es Hijo de la Virgen, que es el Creador de su Madre: nacido también al fin de los siglos, aunque es el Creador del tiempo: Señor de todo poder, y sin embargo uno de estirpe mortal: ignorante del pecado, y sin embargo sacrificado por los pecadores a semejanza de la carne de pecado.
III. Las artimañas del diablo se volvieron contra sí mismo
Sermón 62, § III
Y para liberar al género humano de las ataduras de la transgresión mortal, ocultó el poder de su majestad al diablo furioso, y le opuso nuestra naturaleza frágil y humilde. Pues si el enemigo cruel y soberbio hubiera podido conocer el consejo de la misericordia de Dios, habría tratado de calmar los ánimos de los judíos hacia la mansedumbre, en lugar de encenderlos con odio injusto, no fuera que perdiera la esclavitud de todos sus cautivos al atacar la libertad de Aquel que nada le debía. Así fue burlado por su propia malicia: infligió un castigo al Hijo de Dios, que se convirtió en curación de todos los hijos de los hombres. Derramó Sangre justa, que se convirtió en rescate y bebida para la expiación del mundo. El Señor emprendió lo que eligió según el propósito de su propia voluntad. Permitió que hombres enloquecidos pusieran sobre Él sus manos inicuas: manos que, al servir a su propia perdición, fueron útiles a la obra del Redentor. Y sin embargo, tan grande fue su amorosa compasión incluso hacia sus asesinos, que oró al Padre en la cruz, y no pidió venganza para sí, sino perdón para ellos, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen [].» Y tan grande fue el poder de aquella oración, que el corazón de muchos de los que habían dicho, «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos [],» se convirtió a la penitencia por la predicación del apóstol Pedro, y en un solo día fueron bautizados unos 3.000 judíos; y todos eran «de un solo corazón y una sola alma [],» estando ya dispuestos a morir por Aquel cuya crucifixión habían exigido.
IV. Por qué Judas no pudo obtener el perdón a través de Cristo
Sermón 62, § IV
A este perdón no pudo llegar el traidor Judas: pues él, el hijo de perdición, a cuya diestra estaba el diablo, se entregó a la desesperación antes de que Cristo consumara el misterio de la redención universal. Pues en el hecho de que el Señor muriera por los pecadores, quizá incluso él habría hallado salvación si no se hubiera apresurado a ahorcarse. Pero aquel corazón malvado, que ya estaba entregado a fraudes de ladrón, y ya ocupado en designios traicioneros, nunca había acogido nada de las pruebas de la misericordia del Salvador. Aquellos oídos inicuos habían escuchado las palabras del Señor, cuando dijo: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores [],» y «El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido [],» pero no transmitieron a su entendimiento la clemencia de Cristo, que no solo sanaba las enfermedades corporales, sino que también curaba las heridas de las almas enfermas, diciendo al paralítico, «Hijo, ten ánimo, tus pecados te son perdonados [];» diciendo también a la adúltera que le fue presentada, «ni yo te condeno; vete, y no peques más,» para mostrar en todas sus obras que había venido como Salvador, no como Juez del mundo. Pero el malvado traidor se negó a entender esto, y tomó medidas contra sí mismo, no con la autocondena del arrepentimiento, sino en la locura de la perdición, y así, el que había vendido al Autor de la vida a sus asesinos, incluso al morir aumentó la cantidad de pecado que lo condenaba.
V. La crueldad de la crucifixión de Cristo se pierde en su maravilloso poder
Sermón 62, § V
Por consiguiente, lo que los falsos testigos, los crueles jefes del pueblo y los malvados sacerdotes hicieron contra el Señor Jesucristo, por medio de un gobernador cobarde y una banda ignorante de soldados, ha sido a la vez la abominación y el regocijo de todos los siglos. Pues aunque la cruz del Señor fue parte del cruel propósito de los judíos, sin embargo es de maravilloso poder a través de Aquel a quien crucificaron. La furia del pueblo se dirigió contra Uno solo, y la misericordia de Cristo es para toda la humanidad. Lo que su crueldad inflige, Él lo sufre voluntariamente, para que la obra de su voluntad eterna se lleve a cabo mediante su crimen sin trabas. Y por tanto, todo el orden de los acontecimientos que se narra más plenamente en los Evangelios debe ser recibido por los fieles de tal manera que, mediante la fe implícita en los sucesos que ocurrieron en el tiempo de la Pasión del Señor, entendamos que no solo se realizó la remisión de los pecados por Cristo, sino que también se satisfizo la norma de justicia. Pero para que esto pueda ser discutido más a fondo con la ayuda del Señor, reservemos esta parte del asunto hasta el cuarto día de la semana. La gracia de Dios, esperamos, será concedida a vuestras súplicas para ayudarnos a cumplir nuestra promesa: por Jesucristo nuestro Señor, etc. Amén.
Sermón 63. Sobre la Pasión, XII: predicado el miércoles
I. Dios eligió salvar al hombre por la fuerza hecha perfecta en la debilidad
Sermón 63, § I
La gloria, amadísimos, de la Pasión del Señor, de la que prometimos hablar de nuevo hoy, es admirable principalmente por su misterio de humildad, que a todos nos ha rescatado e instruido, para que Aquel que pagó el precio pudiera también impartirnos su justicia. Pues la Omnipotencia del Hijo de Dios, por la cual es igual al Padre en la misma Esencia, habría podido rescatar a la humanidad del dominio del diablo con el mero ejercicio de su voluntad, si no hubiera convenido mejor a la obra divina vencer la oposición de la maldad del enemigo por aquello mismo que había sido vencido, y restaurar la libertad de nuestra naturaleza por aquella misma naturaleza por la cual la esclavitud había sobrevenido a toda la raza. Pero cuando el evangelista dice: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros [],» y el apóstol, «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo [],» se mostró que el Unigénito del Padre Altísimo entró en tal unión con la humildad humana, que, al tomar la sustancia de nuestra carne y alma, permaneció uno y el mismo Hijo de Dios exaltando nuestras propiedades, no las suyas propias; porque era la debilidad, no el poder, lo que debía ser reforzado, de modo que en la unión de la criatura con el Creador no faltara nada de lo divino en lo asumido, ni de lo humano en el que asume.
II. El plan de Dios fue siempre comprendido en parte, y ahora es de aplicación universal
Sermón 63, § II
Este plan de la misericordia y justicia de Dios, aunque en los siglos pasados estuvo en cierta medida envuelto en tinieblas, no estaba sin embargo tan completamente oculto que los santos, que desde el principio hasta la venida del Señor merecieron la mayor alabanza, quedaran impedidos de comprenderlo; visto que la salvación que había de venir por Cristo fue prometida tanto por las palabras de la profecía como por el significado de los acontecimientos, y esta salvación no solo la alcanzaron quienes la predijeron, sino también todos los que creyeron sus predicciones. Pues una sola fe justifica a los santos de todas las edades, y a la misma esperanza de los fieles pertenece todo lo que por Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres, reconocemos hecho, o que nuestros padres aceptaron reverentemente como por hacer. Y entre judío y gentil no hay distinción, ya que, como dice el apóstol, «La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino la observancia de los mandamientos de Dios [],» y si se guardan en la integridad de la fe, hacen a los cristianos verdaderos hijos de Abraham, es decir, perfectos, pues el mismo apóstol dice, «Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo Jesús, de Cristo estáis revestidos. No hay judío ni griego: no hay esclavo ni libre: no hay hombre ni mujer. Porque todos vosotros sois uno en Cristo. Y si vosotros sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa [].»
III. La unión de la Cabeza divina con sus miembros es inseparable
Sermón 63, § III
No hay duda, pues, amadísimos, de que la naturaleza humana ha sido recibida por el Hijo de Dios en tal unión que no solo en aquel Hombre que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos, hay uno y el mismo Cristo, y así como la Cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros pueden separarse de la Cabeza. Pues aunque no es en esta vida, sino en la eternidad, donde Dios ha de ser «todo en todos [],» sin embargo, ya ahora es el Habitante inseparable de su templo, que es la Iglesia, según lo que Él mismo prometió, diciendo, «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo [].» Y de acuerdo con esto, el apóstol dice, «Él es la cabeza del cuerpo, la Iglesia, que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todas las cosas tenga la preeminencia, porque en Él plugo habitar toda la plenitud (de la Deidad), y que por medio de Él todas las cosas sean reconciliadas en sí mismo.»
IV. La pasión de Cristo nos proporcionó un misterio salvador y un ejemplo a seguir
Sermón 63, § IV
¿Y qué sugieren a nuestros corazones estas y otras muchas referencias, sino que en todas las cosas seamos renovados a imagen de Aquel que, permaneciendo «en forma de Dios [],» se dignó «tomar la forma» de carne de pecado? Pues todas nuestras debilidades, que provienen del pecado, Él las tomó sobre sí sin participar del pecado, de modo que sintió la sensación de hambre y sed y sueño y fatiga, y tristeza y llanto, y sufrió los más fieros dolores hasta el extremo de la muerte, porque nadie podía ser liberado de las trampas de la muerte, a menos que Aquel en quien únicamente la naturaleza de todos los hombres era sin engaño se dejara matar por manos de hombres inicuos. Y por tanto, nuestro Salvador, el Hijo de Dios, proveyó a todos los que creen en Él a la vez un misterio y un ejemplo, para que aprehendieran el primero naciendo de nuevo, y siguieran el segundo por imitación. Pues el bienaventurado apóstol Pedro enseña esto, diciendo, «Cristo padeció por nosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas. Quien no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca. Quien, cuando era maldecido, no maldecía; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a su injusto juez. Quien mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia.»
V. Cristo no destruyó, sino que cumplió y elevó la Ley
Sermón 63, § V
Así, pues, como no hay creyente, amadísimos, a quien se nieguen los dones de la gracia, tampoco hay nadie que no sea deudor en lo tocante a la disciplina cristiana; porque, aunque la severidad de la Ley mística haya sido abolida, los beneficios de su observancia voluntaria han aumentado, como dice el evangelista Juan: «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, mas la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo [].» Pues todas las cosas que, según la Ley, precedieron, ya sea en la circuncisión de la carne, ya en la multitud de víctimas, ya en la observancia del sábado, daban testimonio de Cristo y anunciaban la gracia de Cristo. Y Él es «el fin de la Ley [],» no anulando, sino cumpliendo sus sentidos. Porque aunque Él es a la vez Autor de lo antiguo y de lo nuevo, cambió los ritos simbólicos unidos a las promesas, porque cumplió las promesas y puso fin al anuncio con la venida del Anunciado. Mas en lo tocante a los preceptos morales, no se rechaza ningún decreto del Testamento primero, sino que muchos de ellos son ampliados por la enseñanza del Evangelio: de modo que las cosas que otorgan salvación son más perfectas y más claras que aquellas que prometen un Salvador.
VI. El efecto presente de la Pasión de Cristo se realiza a diario en los cristianos, especialmente en el Santo Bautismo
Sermón 63, § VI
Todo, pues, lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo lo conocemos como hecho de historia pasada, sino que lo apreciamos en la fuerza de su efecto presente. Él es Aquel que, nacido de la Virgen Madre por el Espíritu Santo, fecunda a su Iglesia sin mancha con el mismo Espíritu bienaventurado, para que por el nacimiento del Bautismo nazca para Dios una innumerable multitud de hijos, de los cuales se dice: «los cuales no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios [].» Él es Aquel en quien la descendencia de Abraham es bendecida por la adopción del mundo entero [], y el patriarca se convierte en padre de naciones por el nacimiento, mediante la fe y no la carne, de los hijos de la promesa. Él es Aquel que, sin excluir a nación alguna, hace un solo rebaño de ovejas santas de toda nación bajo el cielo, y cumple cada día lo que prometió, diciendo: «Otras ovejas tengo también que no son de este redil; a ésas también debo traer, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor [].» Pues aunque al bienaventurado Pedro, primero y sobre todo, le dice: «Apacienta mis ovejas;» sin embargo, el único Señor dirige el cuidado de todos los pastores, y apacienta a los que acuden a la Roca con tan alegres y bien regados pastos, que innumerables ovejas son alimentadas por la riqueza de su amor, y no dudan en perecer por causa del Pastor, así como el buen Pastor mismo se dignó dar su vida por sus ovejas. Él es Aquel cuyos sufrimientos son compartidos no sólo por el glorioso valor de los mártires, sino también en el acto mismo de la regeneración por la fe de todos los recién nacidos. Pues la renuncia al diablo y la fe en Dios, el paso del estado antiguo a la novedad de vida, el despojarse de la imagen terrenal y el revestirse de la forma celestial— todo esto es una especie de morir y resucitar, por lo cual aquel que es recibido por Cristo y recibe a Cristo no es el mismo después que antes de llegar a la fuente, porque el cuerpo del regenerado se convierte en la carne del Crucificado.
VII. Las buenas obras de los cristianos son sólo parte de las buenas obras de Cristo
Sermón 63, § VII
Este cambio, amadísimos, es obra del Altísimo, quien «obra todas las cosas en todos,» de modo que por la buena conducta observada en cada uno de los fieles, le conocemos como Autor de todas las obras justas, y damos gracias a la misericordia de Dios, que de tal modo adorna todo el cuerpo de la Iglesia con innumerables dones de gracia, que por los muchos rayos de la única Luz el mismo resplandor se difunde por todas partes, y lo que hace bien cualquier cristiano no puede sino ser parte de la gloria de Cristo. Ésta es aquella luz verdadera que justifica e ilumina a todo hombre. Ésta es la que nos rescata del poder de las tinieblas y nos traslada al Reino del Hijo de Dios. Ésta es la que por la novedad de vida eleva los deseos del alma y apaga las concupiscencias de la carne. Ésta es aquella por la cual la Pascua del Señor se celebra debidamente «con el pan ázimo de la sinceridad y de la verdad» mediante el desecho de «la levadura vieja de malicia []» y el embriagar y alimentar a la nueva criatura con el Señor mismo. Pues nada otra cosa se realiza por la participación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sino que pasemos a aquello que entonces tomamos, y tanto en espíritu como en cuerpo llevemos por todas partes a Aquel en quien y con quien morimos, fuimos sepultados y resucitamos, como dice el Apóstol: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros seréis manifestados con Él en gloria [].» Que con el Padre, etc.
Sermón 67. Sobre la Pasión, XVI: predicado el domingo
I. La contemplación de las profecías de la Pasión de Cristo es una gran fuente de deleite piadoso
Sermón 67, § I
Las mentes de los fieles, amadísimos, deben en verdad estar siempre ocupadas en la admiración de las obras de Dios, y sus facultades de raciocinio dedicadas particularmente a aquellas reflexiones por las cuales puedan acrecentar la fe. Pues mientras la atención del corazón piadoso se dirige ya a los beneficios que todos disfrutan, ya a dones particulares de su gracia, se mantiene apartada de muchas vanidades y se retira de los cuidados corporales a un recogimiento espiritual. Mas esto debe hacerse con mayor empeño y profundidad en el tiempo de la Pasión del Señor, para que lo que entonces se lee en las sagradas lecciones sea ciertamente recibido con oídos de entendimiento, y para que los temas que son grandes de palabra se vean aún mayores por las misteriosas realidades que subyacen a ellos. Pues la primera razón para que elevemos nuestros corazones es que las voces de los profetas cantaron las cosas que la verdad del Evangelio también narró, no como destinadas a suceder, sino como ya sucedidas, y que lo que los oídos de los hombres aún no habían aprendido que habría de cumplirse, ya era proclamado como cumplido por el Espíritu (Santo). Porque el rey David, cuya descendencia según la carne es Cristo, completó su vida más de 1.100 años antes del día de la Crucifixión del Señor, y no soportó ninguno de aquellos castigos que relata como infligidos a sí mismo. Sino que, porque por su boca hablaba Aquel que había de tomar carne sufriente de su estirpe, la historia de la Cruz se anticipa con razón en la persona de quien era el antepasado corporal del Salvador. Pues David sufrió verdaderamente en Cristo, porque Jesús fue verdaderamente crucificado en la carne que tenía de David.
II. La presciencia divina no da razón de la maldad de los judíos como para excusarlos
Sermón 67, § II
Puesto que, pues, todas las cosas que la impiedad judía cometió contra el Señor de la Majestad fueron predichas tanto tiempo antes, y el lenguaje de los profetas se ocupa no tanto de cosas venideras como de cosas pasadas, ¿qué otra cosa se nos revela con ello sino el orden inmutable de los decretos eternos de Dios, en quien las cosas que han de decidirse ya están determinadas, y lo que será ya está cumplido? Pues si tanto la índole de nuestras acciones como el cumplimiento de todos nuestros deseos son conocidos de antemano por Dios, ¿cuánto mejor conocidas le son sus propias obras? Y con razón le plugo que se consignaran como hechas las cosas que nada podía impedir que se hicieran. Y por eso también los apóstoles, llenos del Espíritu Santo, al sufrir las amenazas y la crueldad de los enemigos de Cristo, dijeron a Dios unánimemente: «Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra tu santo Siervo Jesús, a quien tú ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y los pueblos de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían predeterminado que sucediese.» ¿Acaso, pues, la maldad de los perseguidores de Cristo brotó del plan de Dios, y aquel crimen sin igual fue preparado y puesto en movimiento por la mano de Dios? Claramente no debemos pensar esto de la Justicia suprema: lo que fue conocido de antemano respecto de la malicia de los judíos es muy distinto, e incluso del todo contrario, de lo que fue ordenado respecto de la Pasión de Cristo. Su deseo de matarle no procedió de la misma fuente que el suyo de morir; ni su crimen atroz y la paciencia del Redentor fueron fruto de un mismo Espíritu. El Señor no incitó, sino que permitió, las manos perversas de aquellos insensatos; ni en su presciencia de lo que había de cumplirse forzó su cumplimiento, aunque para ese cumplimiento había tomado carne.
III. Cristo no fue en modo alguno autor de la culpa de sus asesinos
Sermón 67, § III
En efecto, la causa del Crucificado es tan distinta de la de sus crucificadores que lo que Cristo emprendió no podía ser revocado, mientras que lo que ellos hicieron podía ser borrado. Pues Aquel que vino a salvar a los pecadores no negó misericordia ni siquiera a sus asesinos, sino que cambió la maldad de los impíos en bondad de los creyentes, para que la gracia de Dios fuese tanto más admirable, al ser puesta en ejercicio misericordiosamente, no según los méritos de los hombres, sino según la multitud de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios, puesto que también aquellos que habían derramado la sangre del Salvador fueron recibidos en el baño del bautismo. Pues, como dice la Escritura que contiene los Hechos de los Apóstoles, cuando la predicación del bienaventurado apóstol Pedro traspasó los corazones de los judíos, y reconocieron la iniquidad de su crimen, diciendo: «¿Qué haremos, hermanos?» el mismo apóstol dijo: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare,» y poco después la Escritura continúa diciendo: «Así pues, los que recibieron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día unas 3.000 almas [].» Y así, al querer sufrir su furiosa rabia, el Señor Jesucristo no fue en modo alguno autor de sus crímenes; ni les forzó a desear esto, sino que les permitió poder, y usó la locura del pueblo cegado así como usó también la traición de aquel que le entregó, a quien con actos y palabras de bondad se dignó llamar de nuevo del horrible crimen que había concebido, tomándole por discípulo, promoviéndole a apóstol, amonestándole con signos, admitiéndole a la revelación de los santos misterios, para que quien no había carecido de ningún grado de bondad que le corrigiera, no tuviera pretexto alguno para su crimen.
4. Se muestra la enormidad del crimen de Judas
Sermón 67, § 4
Pero, ¡oh el más impío de los hombres, «simiente de Canaán y no de Judá,» y ya no «vaso de elección,» sino «hijo de perdición» y de muerte, pensaste que las instigaciones del diablo te aprovecharían más, de modo que, inflamado con la antorcha de la codicia, ardías por ganar treinta monedas de plata y no veías qué riquezas ibas a perder! Pues aunque no creyeras que las promesas del Señor merecían fe, ¿qué razón había para preferir una suma tan pequeña de dinero a lo que ya habías recibido? Solías mandar a los espíritus malignos, sanar a los enfermos, recibir honra con los demás apóstoles; y para saciar tu sed de ganancia, te estaba permitido robar de la bolsa que estaba a tu cargo. Mas tu mente, que codiciaba lo prohibido, era estimulada más fuertemente por aquello que menos se permitía; y no te agradaba tanto la cantidad del precio como la enormidad del pecado. Por lo cual tu malvado trato no es tan detestable meramente porque tuviste al Señor por tan barato, sino porque vendiste a Aquel que era el Redentor, sí, incluso el tuyo, y no tuviste piedad de ti mismo. Y justamente se puso tu castigo en tus propias manos, porque nadie podía hallarse más cruelmente empeñado en tu destrucción que tú mismo.
V. La Pasión de Cristo fue para nuestra Redención por misterio y ejemplo
Sermón 67, § V
El hecho, por tanto, de que en el tiempo señalado, según el propósito de su voluntad, Jesucristo fuese crucificado, muerto y sepultado, no fue la condena necesaria de su propia condición, sino el modo de redimirnos de la cautividad. Pues «el Verbo se hizo carne» para tomar del vientre de la Virgen nuestra naturaleza sufriente, y para que lo que no podía infligirse al Hijo de Dios pudiera infligirse al Hijo del hombre. Porque aunque ya en su mismo nacimiento resplandecieron en Él los signos de la Deidad, y todo el curso de su crecimiento corporal estaba lleno de prodigios, sin embargo había asumido verdaderamente nuestras debilidades, y sin tener parte en el pecado no se había ahorrado ninguna fragilidad humana, para darnos lo suyo y sanar en sí mismo lo nuestro. Porque Él, Médico todopoderoso, había preparado para nosotros en nuestra miseria un remedio doble, del cual una parte consiste en el misterio y la otra en el ejemplo, para que por la una se otorguen los poderes divinos, y por la otra sean expulsadas las debilidades humanas. Porque así como Dios es el Autor de nuestra justificación, así el hombre es deudor de tributarle devoción.
VI. Sólo podemos alcanzar la perfección de Cristo siguiendo sus huellas
Sermón 67, § VI
Por tanto, amadísimos, por esta inefable restauración de nuestra salud no se nos deja lugar para el orgullo ni para la pereza: porque nada tenemos que no hayamos recibido, y se nos advierte expresamente que no tratemos con negligencia los dones de la gracia de Dios. Pues Aquel que tan oportunamente viene en nuestra ayuda justamente nos insta con el precepto, y Aquel que nos conduce a la gloria nos incita misericordiosamente a la obediencia. Por lo cual el Señor mismo se ha hecho con razón nuestro camino, porque fuera de Cristo no hay modo de ir a Cristo. Pero por Él y hacia Él toma su camino quien pisa la senda de su paciencia y de su humillación; y en ese camino podéis estar seguros de que no faltan los calores del trabajo, las nubes de la tristeza, las tempestades del temor. Allí están los lazos de los malvados, las persecuciones de los incrédulos, las amenazas de los poderosos, los ultrajes de los soberbios; y todas estas cosas las atravesó el Señor de los ejércitos y Rey de la gloria en la forma de nuestra debilidad y en la semejanza de la carne de pecado, a fin de que, en medio del peligro de esta vida presente, deseemos no tanto evitarlas y escapar de ellas como soportarlas y vencerlas.
VII. El grito de Cristo de «Desamparado» en la cruz fue para enseñarnos la insuficiencia de la naturaleza humana sin la divina
Sermón 67, § VII
De aquí que el Señor Jesucristo, nuestra Cabeza, representando en sí mismo a todos los miembros de su cuerpo, y hablando por aquellos a quienes redimía en el suplicio de la cruz, pronunció aquel grito que una vez había pronunciado en el salmo: «Dios mío, Dios mío, mírame: ¿por qué me has desamparado?» Ese grito, amadísimos, es una lección, no una queja. Pues ya que en Cristo hay una sola persona de Dios y de hombre, y no podía ser desamparado por Aquel de quien no podía ser separado, es por nosotros, temblorosos y débiles, por quienes pregunta por qué la carne que teme sufrir no ha sido escuchada. Pues cuando comenzaba la Pasión, para curar y corregir nuestro débil temor había dicho: «Padre, si es posible, pase de Mí este cáliz; mas no como yo quiero, sino como tú;» y de nuevo: «Padre, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad [].» Así pues, como había vencido los temblores de la carne, y ya había aceptado la voluntad del Padre, y pisoteando todo temor de la muerte estaba entonces llevando a cabo la obra de su designio, ¿por qué precisamente en el momento de su triunfo sobre tan gran victoria busca la causa y razón de ser desamparado, es decir, no escuchado, sino para mostrar que el sentimiento que albergaba como excusa de sus temores humanos es muy distinto de la elección deliberada que, conforme al decreto eterno del Padre, había hecho para la reconciliación del mundo? Y así, el grito mismo de «No escuchado» es la exposición de un gran Misterio, porque el poder del Redentor nada habría conferido al género humano si nuestra debilidad en Él hubiera obtenido lo que buscaba. Básteos, amadísimos, estas palabras por hoy, no sea que os abrumemos con la longitud de nuestro discurso; dejemos lo restante para el miércoles. El Señor os oirá si oráis para que cumplamos nuestra promesa por la largueza de Aquel que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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