Disc. 41, encabezado
Sobre Pentecostés.
Es incierto a qué año pertenece la siguiente oración. Fue, sin embargo, ciertamente pronunciada en Constantinopla; los Editores benitos piensan que en el año 381, en cuyo caso el día sería el 16 de mayo. Una indicación que tiende a establecer esta fecha se encuentra en el cap. 14, en la expresión de aprensión de peligro personal para sí mismo por su audacia al exponer la verdadera fe. De hecho, en la primera parte de este año, después de que el emperador Teodosio le hubo puesto en posesión del trono patriarcal, vacante por la expulsión y deposición del arriano Demófilo, había escapado por poco del asesinato a manos de los arrianos.
La oración trata de nuevo el tema de la Quinta Oración Teológica, la cuestión de la Deidad del Espíritu Santo, pero procede a establecer el punto mediante un conjunto de argumentos bastante diferente de los adoptados en el discurso anterior, ninguno de cuyos puntos se repite aquí.
El predicador comienza comentando las diversas maneras en que las fiestas son observadas por judíos, por paganos y por cristianos. Luego observa el significado místico del número Siete, el cual ilustra con varios ejemplos; y a continuación procede con su tema principal.
Dios el Espíritu Santo, dice, completa la obra de Cristo. Aquellos que lo consideran un ser creado, como hicieron los seguidores de Macedonio, son por ello culpables de blasfemia e impiedad. La fe verdadera lo reconoce como Dios; y esta creencia es necesaria para la salvación; sin embargo, debe emplearse cierta reserva al aplicarle ese Nombre. Debemos ciertamente insistir en el reconocimiento de que posee todos los atributos de la Deidad; y debemos en todo caso soportar a aquellos que, como el propio Orador, también le dan el Nombre de Dios, lo cual espera que todos sus oyentes reciban del Espíritu Santo la gracia de hacer. Luego procede a mostrar de la Sagrada Escritura que, de hecho, todos los atributos de la Deidad pertenecen al Espíritu Santo; y que su Marca Personal distintiva es que no es Inengendrado como el Padre, ni Engendrado como el Hijo. No toca la cuestión de la doble Procesión.
Por algunas expresiones del cap. 8 parecería que este Discurso no fue pronunciado ante su público habitual, sino ante una Asamblea de «Religiosos.»
El título de la Oración varía en los distintos mss. Así, algunos lo tienen como «Del mismo, Sobre Pentecostés,» a lo cual uno añade «Y sobre el Espíritu Santo;» y otro lo pone como «Del mismo, una Homilía sobre Pentecostés.» Las ediciones impresas anteriores a la benedictina tienen «Sobre el Santo Pentecostés.»
Disc. 41, § 1
I. Razonemos un poco acerca de la Fiesta, para que la guardemos espiritualmente. Pues distintas personas tienen distintas maneras de guardar la Fiesta; pero al adorador del Verbo un discurso le parece lo mejor; y de los discursos, el que está mejor adaptado a la ocasión. Y de todas las cosas bellas, ninguna da tanta alegría al amante de lo bello como que el amante de las fiestas las guarde espiritualmente. Veamos la cuestión así. El judío guarda la fiesta igual que nosotros, pero sólo en la letra. Porque, mientras sigue la Ley corporal, no ha alcanzado la Ley espiritual. El griego también guarda fiesta, pero sólo en el cuerpo, y en honor de sus propios dioses y demonios, algunos de los cuales son creadores de pasión por su propia confesión, y otros fueron honrados a causa de la pasión. Por tanto, incluso su manera de guardar la fiesta es apasionada, como si su mismo pecado fuera un honor a Dios, en quien su pasión se refugia como algo de lo que enorgullecerse. Nosotros también guardamos la fiesta, pero la guardamos como es agradable al Espíritu. Y le es agradable que la guardemos cumpliendo algún deber, ya sea de acción o de palabra. Esta es, pues, nuestra manera de guardar la fiesta: atesorar en nuestra alma algunas de esas cosas que son permanentes y se adherirán a ella, no de las que nos abandonarán y serán destruidas, y que sólo cosquillean nuestros sentidos por un breve tiempo; mientras que son en su mayor parte, al menos a mi juicio, dañosas y ruinosas. Pues al cuerpo le basta su propio mal. ¿Qué necesidad tiene ese fuego de más combustible, o esa bestia de alimento más abundante, para hacerse más incontrolable y demasiado violenta para la razón?
Disc. 41, § 2
II. Por lo cual debemos guardar la fiesta espiritualmente. Y este es el comienzo de nuestro discurso; pues debemos hablar, aunque nuestro discurso parezca un poco demasiado discursivo; y debemos ser diligentes por causa de los que aman el aprender, para que, por así decirlo, mezclemos algún condimento con nuestra fiesta solemne. Los hijos de los hebreos honran el número Siete, según la legislación de Moisés (como hicieron los pitagóricos en días posteriores con el número Cuatro, por el cual, en efecto, tenían la costumbre de jurar como los simonianos y marcionitas hacen por el número Ocho y el número Treinta, en tanto que han dado nombres y reverencian un sistema de Eones de estos números); no puedo decir por qué reglas de analogía, o a consecuencia de qué poder de este número; en cualquier caso, lo honran. Una cosa es ciertamente evidente, que Dios, habiendo en seis días creado la materia, y dándole forma, y habiéndola dispuesto en toda clase de formas y mezclas, y habiendo hecho este presente mundo visible, en el séptimo día descansó de todas sus obras, como lo muestra el nombre mismo del sabat, que en hebreo significa Reposo. Si hay, sin embargo, alguna razón más elevada que ésta, que otros la discutan. Pero este honor que le rinden no se limita sólo a los días, sino que se extiende también a los años. Lo que pertenece a los días lo prueba el sabat, porque se observa continuamente entre ellos; y de acuerdo con esto, la remoción de la levadura es por ese número de días. [] Y lo que pertenece a los años lo muestra el séptimo año, el año de la Remisión; y consiste no sólo de Hébdomadas, sino de Hébdomadas de Hébdomadas, tanto en días como en años. Las Hébdomadas de días dan nacimiento a Pentecostés, un día llamado santo entre ellos; y las de años a lo que llaman el Jubileo, que también tiene una remisión de la tierra, y una manumisión de esclavos, y una remisión de las posesiones compradas. Pues esta nación consagra a Dios no sólo las primicias de la descendencia, o de los primogénitos, sino también las de los días y de los años. Así, la veneración rendida al número Siete dio origen también a la veneración de Pentecostés. Pues siete, multiplicado por siete, genera cincuenta menos un día, el cual tomamos prestado del mundo venidero, a la vez el Octavo y el primero, o más bien uno e indestructible. Porque el sabatismo presente de nuestras almas puede hallar allí su cesación, para que se dé una porción a siete y también a ocho (así han interpretado este pasaje de Salomón algunos de nuestros predecesores).
Disc. 41, § 3
III. En cuanto al honor rendido al Siete hay muchos testimonios, pero nos contentaremos con unos pocos entre los muchos. Por ejemplo, se nombran siete espíritus preciosos; pues creo que Isaías [] gusta llamar a las actividades del Espíritu espíritus; y los Oráculos del Señor son purificados siete veces según David, y el justo es librado de seis tribulaciones y en la séptima no es herido. [] Pero el pecador es perdonado no siete veces, sino setenta veces siete. [] Y podemos verlo también por lo contrario (porque el castigo de la maldad debe ser alabado), siendo Caín vengado siete veces, es decir, exigiéndosele castigo por su fratricidio, y Lamec setenta veces siete, [] porque fue un asesino después de la ley y de la condenación. Y los vecinos malvados reciben siete veces en su seno; y la Casa de la Sabiduría descansa sobre siete columnas [] y la Piedra de Zorobabel está adornada con siete ojos; [] y Dios es alabado siete veces al día. Y de nuevo la estéril da a luz siete, [] el número perfecto, ella que es contrastada con aquella que es imperfecta en sus hijos.
Disc. 41, § 4
IV. Y si también debemos mirar la historia antigua, percibo que Enoc, [] el séptimo entre nuestros antepasados, fue honrado con la traslación. Percibo también que el vigésimo primero, Abraham, [] recibió la gloria del Patriarcado, por la adición de un misterio mayor. Pues la Hébdomada repetida tres veces produce este número. Y alguien muy audaz podría atreverse incluso a llegar al nuevo Adán, mi Dios y Señor Jesucristo, a quien se cuenta como el septuagésimo séptimo desde el viejo Adán que cayó bajo el pecado, en la genealogía retrospectiva según Lucas. [] Y pienso en las siete trompetas de Jesús, hijo de Navé, y en el mismo número de circuitos y de días y de sacerdotes, con los cuales fueron derribados los muros de Jericó. Y asimismo los siete rodeos de la Ciudad; de la misma manera que hay un misterio en las tres insuflaciones de Elías, el Profeta, con las cuales devolvió la vida al hijo de la viuda de Sarepta, [] y el mismo número de sus inundaciones de la leña, cuando consumió el sacrificio con fuego enviado de Dios, y condenó a los profetas de vergüenza que no pudieron hacer lo mismo ante su desafío. Y la séptuple mirada de la nube impuesta al joven siervo; y Eliseo extendiéndose ese número de veces sobre el niño de la sunamita, por cuya extensión el aliento de vida fue restaurado. A la misma doctrina pertenece, creo (si puedo omitir el candelabro de siete brazos y siete lámparas del Templo) que la ceremonia de la consagración de los sacerdotes duró siete días; [] y siete la de la purificación de un leproso, y la de la Dedicación del Templo [] el mismo número, y que en el septuagésimo año el pueblo regresó del Cautiverio; [] que lo que está en Unidades aparezca también en Décadas, y el misterio de la Hébdomada sea reverenciado en un número más perfecto. Pero ¿por qué hablo del pasado lejano? Jesús mismo, que es la perfección pura, pudo en el desierto y con cinco panes alimentar a cinco mil, y otra vez con siete panes a cuatro mil. Y las sobras después de que quedaran satisfechos fueron en el primer caso doce canastos llenos, y en el otro siete canastos; ni, imagino, sin razón o indignos del Espíritu. Y si lees por ti mismo podrás notar muchos números que contienen un significado más profundo que el que aparece en la superficie. Pero para llegar a un ejemplo que nos es más útil en la presente ocasión, no es que por estas razones u otras muy similares o aún más divinas, los hebreos honran el Día de Pentecostés, y nosotros también lo honramos; así como hay otros ritos de los hebreos que observamos... ellos los observaban típicamente, y por nosotros son sacramentalmente reinstaurados. Y ahora, habiendo dicho tanto a modo de prefacio acerca del Día, procedamos a lo que tenemos que decir más.
Disc. 41, § 5
V. Estamos guardando la fiesta de Pentecostés y de la Venida del Espíritu, y el tiempo señalado de la Promesa, y el cumplimiento de nuestra esperanza. Y cuán grande, cuán augusto, es el Misterio. Las dispensaciones del Cuerpo de Cristo han terminado; o más bien, lo que pertenece a su Venida corporal (pues dudo en decir la Dispensación de su Cuerpo, mientras ningún discurso me persuada de que es mejor haberse despojado del cuerpo), y la del Espíritu está comenzando. Y ¿cuáles eran las cosas concernientes a Cristo? La Virgen, el Nacimiento, el Pesebre, los Pañales, los Ángeles glorificándole, los Pastores corriendo hacia Él, el curso de la Estrella, los Magos adorándole y trayendo Dones, la matanza de los niños por Herodes, la Huida de Jesús a Egipto, el Regreso de Egipto, la Circuncisión, el Bautismo, el Testimonio del Cielo, la Tentación, la Lapidación por causa nuestra (porque Él había de ser dado como Ejemplo para nosotros de soportar la aflicción por el Verbo), la Traición, la Crucifixión, la Sepultura, la Resurrección, la Ascensión; y de estas cosas aún ahora sufre muchas deshonras a manos de los enemigos de Cristo; y las soporta, pues es longánimo. Pero de los que le aman recibe todo lo que es honorable. Y difiere, como en el primer caso su ira, así en el nuestro su bondad; en el caso de ellos quizás para darles gracia de arrepentimiento, y en el nuestro para probar nuestro amor; si no desfallecemos en nuestras tribulaciones [] y conflictos por la verdadera Religión, como era desde antiguo el orden de su Divina Economía, y de sus juicios inescrutables, con los cuales ordena sabiamente todo lo que nos concierne. Tales son los misterios de Cristo. Y lo que sigue lo veremos más glorioso; y ojalá también nosotros seamos vistos. En cuanto a las cosas del Espíritu, que el Espíritu esté conmigo, y me conceda palabras tanto como deseo; o si no, entonces cuanto sea proporcionado a la ocasión. De todos modos Él estará conmigo como mi Señor; no en forma servil, ni esperando una orden, como algunos piensan. Pues Él sopla donde quiere y sobre quien quiere, y en la medida que quiere. [] Así somos inspirados tanto a pensar como a hablar del Espíritu.
Disc. 41, § 6
VI. Los que reducen el Espíritu Santo al rango de criatura son blasfemos y siervos malvados, y los peores de los malvados. Pues es propio de siervos malvados despreciar el Señorío, y rebelarse contra el dominio, y hacer de Aquel que es libre su consiervo. Pero los que lo consideran Dios son inspirados por Dios y son ilustres en su mente; y los que van más allá y lo llaman así, si a oyentes bien dispuestos están exaltados; si a los humildes, no son suficientemente reservados, pues arrojan perlas al barro, y el estruendo del trueno a oídos débiles, y el sol a ojos enfermos, y alimento sólido a los que aún usan leche; [] mientras que deberían conducirlos poco a poco hacia lo que está más allá de ellos, y elevarlos a la verdad más alta; añadiendo luz a luz, y suministrando verdad sobre verdad. Por tanto, dejaremos el discurso más maduro, para el cual aún no ha llegado el tiempo, y hablaremos con ellos como sigue.
Disc. 41, § 7
VII. Si, amigos míos, no queréis reconocer que el Espíritu Santo es increado, ni tampoco eterno; claramente tal estado de ánimo se debe al espíritu contrario— perdonadme, si en mi celo hablo con demasiada audacia. Si, sin embargo, estáis suficientemente sanos para escapar de esta impiedad evidente, y para colocar fuera de la esclavitud a Aquel que os da a vosotros mismos la libertad, entonces ved por vosotros mismos con la ayuda del Espíritu Santo y de nosotros lo que sigue. Pues estoy persuadido de que sois en cierta medida partícipes de Él, de modo que entraré en la cuestión con vosotros como almas afines. O bien mostradme algún medio entre señorío y servidumbre, para que yo coloque allí el rango del Espíritu; o, si os encogéis de imputarle servidumbre, no hay duda del rango en el que debéis colocar el objeto de vuestra búsqueda. Pero estáis descontentos con las sílabas, y tropezáis con la palabra, y ella es para vosotros piedra de tropiezo y roca de escándalo; pues así es Cristo para algunas mentes. Después de todo, es sólo humano. Encontrémonos unos a otros de manera espiritual; estemos llenos más bien de amor fraterno que de amor propio. Concedednos el Poder de la Deidad, y os cederemos el uso del Nombre. Confesad la Naturaleza con otras palabras por las que tengáis mayor reverencia, y os sanaremos como a enfermos, sustrayendo de vosotros algunas cosas en las que os deleitáis. Pues es vergonzoso, sí, vergonzoso y absolutamente ilógico, cuando estáis sanos de alma, hacer distinciones mezquinas acerca del sonido, y esconder el Tesoro, como si lo envidiarais a otros, o tuvierais miedo de santificar también vuestra propia lengua. Pero es aún más vergonzoso para nosotros estar en el estado que os reprochamos, y, mientras condenamos vuestras distinciones mezquinas de palabras, hacer distinciones mezquinas de letras.
Disc. 41, § 8
VIII. Confesad, amigos míos, que la Trinidad es de una sola Deidad; o si queréis, de una sola Naturaleza; y rogaremos al Espíritu que os conceda esta palabra "Dios". Él os la dará, bien lo sé, puesto que ya os ha otorgado la primera porción y la segunda; y en especial si aquello sobre lo que contendemos es alguna cobardía espiritual, y no la objeción del diablo. Aun más clara y concisamente, permitidme decir: no nos pidáis cuentas por nuestra palabra más elevada (pues la envidia nada tiene que ver con este ascenso), y nosotros no censuraremos lo que vosotros habéis podido alcanzar, hasta que por otro camino seáis conducidos al mismo lugar de reposo. Pues no buscamos la victoria, sino ganar hermanos, por cuya separación de nosotros somos desgarrados. Esto os lo concedemos a vosotros, en quienes sí hallamos algo de verdad vital, que estáis sanos en cuanto al Hijo. Admiramos vuestra vida, pero no aprobamos del todo vuestra doctrina. Vosotros, que tenéis las cosas del Espíritu, recibid a Él mismo además, para que no solo luchéis, sino que luchéis legítimamente, [] que es la condición de vuestra corona. Que os sea concedida esta recompensa de vuestra conducta: que confeséis al Espíritu perfectamente y proclaméis con nosotros, sí, y antes que nosotros, todo lo que le es debido. Sí, y me atreveré a más por vosotros; pronunciaré incluso el deseo del Apóstol. Tanto me aferro a vosotros, y tanto reverencio vuestra disposición, y el color de vuestra continencia, y aquellas sagradas asambleas, y la augusta Virginidad, y la purificación, y la salmodia que dura toda la noche, y vuestro amor a los pobres, y a los hermanos, y a los extranjeros, que podría consentir en ser Anatema, separado de Cristo, y aun en sufrir algo como condenado, con tal de que vosotros estuvierais junto a nosotros, y glorificáramos juntos la Trinidad. Pues de los otros, ¿por qué habría de hablar? Viendo que están claramente muertos (y es propio de Cristo solo resucitarlos, Él que vivifica a los muertos con su propio Poder), y están desdichadamente separados en el lugar así como están atados por su doctrina; y riñen entre sí tanto como un par de ojos bizcos al mirar el mismo objeto, y difieren uno de otro, no en la vista sino en la posición— si es que en verdad podemos acusarlos solo de bizquera, y no de ceguera total. Y ahora que en cierta medida he fijado vuestra posición, venid, volvamos de nuevo al asunto del Espíritu, y creo que ahora me seguiréis.
Comentario editorial · Cómo se habla del Espíritu a quien no lo llama Dios
Los destinatarios son, según la introducción del NPNF, quienes tienen al Espíritu por criatura, como los seguidores de Macedonio. Wikipedia los llama pneumatómacos y dice que el concilio de Constantinopla de 381 añadió al credo la cláusula sobre el Espíritu: «el Señor, el dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es igualmente adorado y glorificado, que habló por los profetas». Gregorio ensaya aquí un tono distinto del de los Discursos teológicos: en el § 6 dice que quien lo llama Dios ante oyentes mal dispuestos «no es suficientemente reservado»; en el § 8 les pide que confiesen la Trinidad «de una sola Deidad» y ofrece orar para que el Espíritu les dé la palabra «Dios». Véanse el credo niceno-constantinopolitano y el Disc. 31.
Para ampliar: Pneumatomachi (Wikipedia (en)) · Disc. 41 en CCEL (Disc. 41).
Disc. 41, § 9
IX. El Espíritu Santo, pues, siempre existió, y existe, y siempre existirá. No tuvo principio, ni tendrá fin; sino que estuvo eternamente ordenado y contado con el Padre y el Hijo. Pues nunca fue conveniente que o bien el Hijo faltara al Padre, o el Espíritu al Hijo. Porque entonces la Deidad quedaría despojada de su Gloria en su mayor respecto, pues parecería haber llegado a la consumación de la perfección como por una ocurrencia tardía. Por tanto, Él siempre estaba siendo participado, mas no participando; perfeccionando, no siendo perfeccionado; santificando, no siendo santificado; deificando, no siendo deificado; Él mismo siempre el mismo consigo mismo, y con Aquellos con Quienes está ordenado; invisible, eterno, incomprensible, inmutable, sin cualidad, sin cantidad, sin forma, impalpable, automoviente, eternamente moviente, con libre albedrío, con poder propio, Todopoderoso (aun cuando todo lo que es del Espíritu se refiera a la Causa Primera, así como todo lo que es del Unigénito); Vida y Dador de Vida; Luz y Dador de Luz; Bondad absoluta, y Fuente de Bondad; el Recto, el Espíritu Principal; el Señor, el Enviador, el Separador; Edificador de su propio Templo; guiando, obrando como Él quiere; distribuyendo sus propios Dones; el Espíritu de Adopción, de Verdad, de Sabiduría, de Entendimiento, de Conocimiento, de Piedad, de Consejo, de Temor (los cuales se le atribuyen a Él) por Quien el Padre es conocido y el Hijo es glorificado; y por Quien solo Él es conocido; una sola clase, un solo servicio, adoración, poder, perfección, santificación. ¿Para qué alargar el discurso? Todo lo que el Padre tiene, el Hijo lo tiene también, excepto el ser Inengendrado; y todo lo que el Hijo tiene, el Espíritu lo tiene también, excepto la Generación. Y estas dos cosas no dividen la Sustancia, según yo lo entiendo, sino que más bien son distinciones dentro de la Sustancia.
Disc. 41, § 10
X. ¿Os afanáis por dar a luz objeciones? Pues yo por avanzar en mi discurso. Honrad el Día del Espíritu; refrenad vuestra lengua si podéis un poco. Es tiempo de hablar de otras lenguas— reverenciadlas o temedlas, cuando veis que son de fuego. Hoy enseñemos dogmáticamente; mañana podremos discutir. Hoy guardemos la fiesta; mañana habrá tiempo bastante para comportarnos indecorosamente— lo primero místicamente, lo segundo teatralmente; lo uno en las Iglesias, lo otro en la plaza; lo uno entre los sobrios, lo otro entre los ebrios; lo uno como conviene a quienes desean con vehemencia, lo otro, como entre quienes hacen burla del Espíritu. Habiendo, pues, puesto fin al elemento que nos es ajeno, pertrechemos ahora a fondo a nuestros propios amigos.
Disc. 41, § 11
XI. Obró primero en las potestades celestiales y angélicas, y en las que son primeras después de Dios y en torno a Dios. Pues de ninguna otra fuente fluye su perfección y su resplandor, y la dificultad o imposibilidad de moverlas al pecado, sino del Espíritu Santo. Y después, en los Patriarcas y Profetas, de los cuales los primeros vieron Visiones de Dios, o le conocieron, y los segundos también preconocieron el futuro, teniendo su parte maestra moldeada por el Espíritu, y asociándose con acontecimientos aún futuros como si fueran presentes, pues tal es el poder del Espíritu. Y después en los Discípulos de Cristo (pues omito mencionar a Cristo mismo, en Quien Él moró, no como energizando, sino como acompañando a su Igual), y eso de tres maneras, según eran capaces de recibirle, y en tres ocasiones; antes de que Cristo fuera glorificado por la Pasión, y después de que fue glorificado por la Resurrección; y después de su Ascensión, o Restauración, o comoquiera que debamos llamarlo, al Cielo. Ahora bien, la primera de éstas lo manifiesta— la curación de los enfermos y la expulsión de espíritus malignos, lo cual no podía darse aparte del Espíritu; y así también aquel soplar sobre ellos después de la Resurrección, que fue claramente una inspiración divina; y así también la presente distribución de las lenguas de fuego, que ahora conmemoramos. Pero la primera lo manifestó indistintamente, la segunda más expresamente, esta presente más perfectamente, puesto que ya no está presente solo en energía, sino, por así decirlo, substancialmente, asociándose con nosotros, y morando en nosotros. Pues era conveniente que, así como el Hijo había vivido con nosotros en forma corporal— así también el Espíritu apareciera en forma corporal; y que después de que Cristo hubo vuelto a su propio lugar, Él hubiera descendido a nosotros— Viniendo porque es el Señor; Enviado, porque no es un Dios rival. Pues tales palabras no menos manifiestan la Unanimidad que marcan la separada Individualidad.
Disc. 41, § 12
XII. Y por tanto vino después de Cristo, para que no nos faltara un Consolador; pero Otro Consolador, para que reconozcáis su co-igualdad. Pues esta palabra "Otro" marca un Alter Ego, un nombre de igual Señorío, no de desigualdad. Pues "Otro" no se dice, lo sé, de géneros diferentes, sino de cosas consubstanciales. Y vino en forma de Lenguas por su estrecha relación con el Verbo. Y eran de Fuego, quizá por su Poder purificador (pues nuestra Escritura conoce un fuego purificador, como cualquiera que lo desee puede descubrirlo), o bien por su Sustancia. Pues nuestro Dios es Fuego consumidor, y Fuego [] que abrasa a los impíos; [] aunque podáis de nuevo buscar pendencia sobre estas palabras, siendo puestos en dificultad por la Consubstancialidad. Y las lenguas estaban repartidas, por la diversidad de Dones; y estaban sentados para significar su Realeza y Reposo entre los Santos, y porque los Querubines son el Trono de Dios. Y tuvo lugar en un Aposento Alto (espero no parecer a nadie demasiado prolijo), porque quienes lo recibirían debían ascender y ser elevados sobre la tierra; pues también ciertos aposentos altos están cubiertos con las Aguas Divinas, por las cuales se cantan las alabanzas de Dios. Y Jesús mismo en un Aposento Alto dio la Comunión del Sacramento a quienes estaban siendo iniciados en los Misterios más elevados, para que con ello se mostrara por una parte que Dios debe descender a nosotros, como sé que lo hizo en otro tiempo con Moisés; y por otra que nosotros debemos subir a Él, y que así llegara a efectuarse una Comunión de Dios con los hombres, por una coalescencia de la dignidad. Pues mientras cada uno permanezca en su propio terreno, el Uno en su Gloria, el otro en su bajeza, mientras tanto la Bondad de Dios no puede mezclarse con nosotros, y su misericordia es incomunicable, y hay un gran abismo entre medio, que no puede cruzarse; y que separa no solo al Rico de Lázaro y del Seno de Abraham que anhela, sino también las naturalezas creadas y mudables de aquello que es eterno e inmutable.
Disc. 41, § 13
XIII. Esto fue proclamado por los Profetas en pasajes como los siguientes:— El Espíritu del Señor está sobre mí; [] y, Sobre Él reposarán Siete Espíritus; y El Espíritu del Señor descendió y los guió; y El espíritu de Sabiduría llenando a Bezaleel, [] el Maestro constructor del Tabernáculo; y, El Espíritu que provoca a ira; [] y el Espíritu arrebatando a Elías en un carro, [] y buscado en doble medida por Eliseo; y David guiado y fortalecido por el Espíritu Bueno y Principal. Y fue prometido por boca de Joel primero, quien dijo, Y será en los últimos días que derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne (esto es, sobre todos los que creen), y sobre vuestros hijos y sobre vuestras hijas, [] y lo demás; y después por Jesús, siendo glorificado por Él, y devolviéndole gloria a Él, como Él fue glorificado por el Padre y glorificó al Padre. [] Y cuán abundante fue esta Promesa. Él permanecerá para siempre, y estará con vosotros, ya sea ahora con quienes en la esfera del tiempo son dignos, o después con quienes sean contados dignos de aquel mundo, cuando le hayamos guardado del todo mediante nuestra vida aquí, y no le hayamos rechazado en tanto que pecamos.
Disc. 41, § 14
XIV. Este Espíritu comparte con el Hijo la obra tanto de la Creación como de la Resurrección, como puede mostrárseos con esta Escritura; Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo el poder de ellos por el aliento de su Boca; y esta, El Espíritu de Dios que me hizo, y el Aliento del Todopoderoso que me enseña; [] y de nuevo, Enviarás tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra. Y Él es el Autor de la regeneración espiritual. He aquí vuestra prueba:— Nadie puede ver ni entrar en el Reino, a menos que nazca de nuevo del Espíritu, [] y sea limpiado del primer nacimiento, que es un misterio de la noche, por una remodelación del día y de la Luz, por la cual cada uno en particular es creado de nuevo. Este Espíritu, pues Él es sapientísimo y amantísimo, [] si toma posesión de un pastor lo hace Salmista, sometiendo a los espíritus malignos con su canto, [] y lo proclama Rey; si posee a un cabrero y recolector de frutos de sicómoro, [] lo hace Profeta. Traed a la memoria a David y Amós. Si posee a un joven gallardo, lo hace Juez de Ancianos, aun más allá de sus años, como Daniel testifica, quien conquistó a los leones en su foso. [] Si toma posesión de Pescadores, los hace capturar el mundo entero en las redes de Cristo, levantándolos en las mallas del Verbo. Mirad a Pedro y a Andrés y a los Hijos del Trueno, tronando las cosas del Espíritu. Si de Publicanos, hace ganancia de ellos para el discipulado, y los hace mercaderes de almas; testigo Mateo, ayer Publicano, hoy Evangelista. Si de celosos perseguidores, cambia la corriente de su celo, y los hace Pablos en vez de Saulos, y tan llenos de piedad como los halló de maldad. Y Él es el Espíritu de Mansedumbre, y sin embargo es provocado por los que pecan. Hagamos, pues, prueba de Él como manso, no como airado, confesando su Dignidad; y no deseemos verle implacablemente airado. Él también es quien me ha hecho hoy audaz heraldo para vosotros— si sin descanso para mí mismo, gracias a Dios; pero si con riesgo, gracias a Él no obstante; en el primer caso, para que Él perdone a los que nos odian; en el otro, para que Él nos consagre, al recibir esta recompensa de nuestra predicación del Evangelio, para ser hechos perfectos por la sangre.
Disc. 41, § 15
XV. Hablaron en lenguas extrañas, y no en las de su tierra natal; y grande era la maravilla, un lenguaje hablado por quienes no lo habían aprendido. Y la señal es para los que no creen, [] y no para los que creen, para que sea una acusación de los incrédulos, como está escrito, Con otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo, y ni aun así me escucharán [] dice el Señor. Pero escucharon. Deteneos aquí un poco y plantead una cuestión: cómo habéis de dividir las palabras. Pues la expresión tiene una ambigüedad, que ha de determinarse por la puntuación. ¿Oyeron cada uno en su propio dialecto, de modo que, si así puedo decirlo, un solo sonido fue emitido, pero muchos fueron oídos; siendo el aire así golpeado y, por así decir, produciéndose sonidos más claros que el sonido original; o hemos de poner la pausa después de «oyeron,» y luego añadir «hablándoles en sus propias lenguas» a lo que sigue, de modo que sería hablar en lenguas propias para los oyentes, lo cual sería extranjero para los hablantes? Prefiero ponerlo de esta última manera; pues en el otro plan el milagro sería más bien de los oyentes que de los hablantes; mientras que en éste sería del lado de los hablantes; y fueron ellos quienes fueron reprochados por embriaguez, evidentemente porque ellos por el Espíritu obraron un milagro en la materia de las lenguas.
Disc. 41, § 16
XVI. Pero así como la antigua Confusión de lenguas fue laudable, cuando hombres que eran de una sola lengua en maldad e impiedad, como algunos ahora osan serlo, edificaban la Torre; [] pues por la confusión de su lenguaje la unidad de su intención fue rota, y su empresa destruida; así mucho más digno de alabanza es el milagroso de ahora. Pues siendo derramado desde un solo Espíritu sobre muchos hombres, los trae de nuevo a la armonía. Y hay diversidad de Dones, que necesita de aun otro Don para discernir cuál es el mejor, donde todos son dignos de alabanza. Y aquella división también podría llamarse noble, de la cual David dice: Sumerge, oh Señor, y divide sus lenguas. ¿Por qué? Porque amaron todas las palabras de sumersión, la lengua engañosa. Donde él casi expresamente acusa a las lenguas del día presente que dividen la Deidad. Baste esto sobre este punto.
Disc. 41, § 17
XVII. Después, puesto que fue a habitantes de Jerusalén, judíos devotísimos, Partos, Medos, y Elamitas, Egipcios, y Libios, Cretenses también, y Árabes, y Mesopotamios, y mis propios Capadocios, a quienes las lenguas hablaron, y a judíos (si alguno prefiere entenderlo así), reunidos allí de toda nación bajo el cielo; vale la pena ver quiénes eran éstos y de qué cautiverio. Pues el cautiverio en Egipto y Babilonia fue circunscrito, y además había llegado hacía mucho a su fin por el Retorno; y el que estaba bajo los Romanos, que fue exigido por su audacia contra nuestro Salvador, aún no había llegado, aunque estaba en el futuro cercano. Queda, pues, entenderlo del cautiverio bajo Antíoco, que sucedió no mucho antes de este tiempo. Pero si alguno no acepta esta explicación, por parecerle demasiado elaborada, viendo que este cautiverio no fue ni antiguo ni difundido por todo el mundo, y busca una más fiable— quizá la mejor manera de tomarlo sería como sigue. La nación fue removida muchas veces, como Esdras relató; y algunas de las Tribus fueron recobradas, y algunas fueron dejadas atrás; de las cuales probablemente (dispersas como estaban entre las naciones) algunas habrían estado presentes y compartido el milagro.
Disc. 41, § 18
XVIII. Estas cuestiones han sido examinadas antes por los estudiosos, y quizá no sin ocasión; y cuanto otro pueda aportar en el día de hoy, se unirá a nosotros. Pero ahora nuestro deber es disolver esta Asamblea, pues ya se ha dicho bastante. Mas la Fiesta nunca debe darse por terminada; sino que ahora ciertamente se celebra con nuestros cuerpos; pero un poco más tarde, enteramente en espíritu, allí donde veremos las razones de estas cosas con más pureza y claridad, en el Verbo mismo, y Dios, y nuestro Señor Jesucristo, la verdadera Fiesta y Alegría de los salvados— a Quien sea la gloria y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y por siempre. Amén.