Qué se va a leer
Mateo 8:16-17 es el versículo con que el propio evangelista explica las curaciones que el artículo anterior resumía: una tarde en Cafarnaún, Jesús expulsa demonios con una palabra y sana a todos los enfermos, «para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: él tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades». Es el texto más citado en favor de la «sanidad en la expiación» y el más discutido en su contra. Este artículo lee primero el hebreo de Isaías y el griego de Mateo, después a los Padres que lo aplicaron a la encarnación y a la pasión, a los medievales que lo leyeron en dos sentidos, a Calvino, que lo encontró «forzado», y a los puritanos; y termina con la disputa de la década de 1880, cuando Vincent y Simpson, a pocas calles de distancia en Nueva York, tradujeron el mismo verbo al revés.
Después del Sermón del monte, Mateo agrupa diez milagros en los capítulos 8 y 9, en tres tríadas separadas por escenas de discipulado. La primera tríada es la del leproso (8:1-4), el siervo del centurión (8:5-13) y la suegra de Pedro (). Nuestro pasaje la cierra con dos frases de naturaleza distinta: un sumario, igual que 4:23 y 9:35, y una cita de cumplimiento, igual que 1:22, 2:15, 4:14 o 12:17. El sumario dice lo que pasó; la cita dice lo que significó. Entre las dos, Mateo hace algo que no hace en ningún otro sumario de curaciones: le pone un texto de la Escritura.
La escena tiene paralelos en y , donde ocurre al caer el sol de un sábado en Cafarnaún, en la casa de Pedro. Marcos y Lucas explican así la hora: terminado el sábado, la gente puede cargar con sus enfermos. Mateo, que ha trasladado la escena a otro lugar de su relato, conserva la tarde pero no el sábado; y conserva otra cosa: donde Marcos dice que «le traían todos los enfermos», Mateo dice que le llevaron «muchos» y que sanó a «todos». Ninguno de los tres sinópticos trae la cita de Isaías salvo Mateo. La cita es, por tanto, obra suya: su interpretación de la tarde de Cafarnaún, no un dicho de Jesús ni un dato de la tradición común.
Para la línea temática, este es el pasaje decisivo. El artículo anterior mostró que A. B. Simpson construye su doctrina de Cristo Sanador sobre tres textos: el sumario de Mateo (4:23/9:35) como patrón, Hebreos 13:8 como puente al presente, y en medio Mateo 8:17 como el eslabón que une las curaciones de Galilea con la redención. Todo depende de qué signifiquen aquí dos verbos, «tomó» y «cargó», y de qué pensara Mateo que estaba haciendo al citar a Isaías.
Hay que leer dos textos, porque Mateo cita el Antiguo Testamento en una forma que no coincide con la Septuaginta.
El griego de Mateo.
| Griego | Análisis | Lo que aporta |
|---|---|---|
| ὀψίας δὲ γενομένης | genitivo absoluto, «llegada la tarde» | Marca de tiempo que en Marcos y Lucas explica el sábado; en Mateo queda como escena. |
| προσήνεγκαν αὐτῷ δαιμονιζομένους πολλούς | «le llevaron muchos endemoniados» | Los endemoniados abren la frase; los enfermos vienen después. Dos males, dos verbos. |
| ἐξέβαλεν τὰ πνεύματα λόγῳ | «expulsó los espíritus con una palabra» | Dativo instrumental: la palabra basta, como había dicho el centurión en («di solo una palabra»). La Biblia Textual remite a : «envió su palabra y los sanó». |
| πάντας τοὺς κακῶς ἔχοντας ἐθεράπευσεν | «sanó a todos los que estaban mal» | «Todos», sin excepción: el dato sobre el que Simpson insistirá. θεραπεύω, el verbo ordinario de Mateo. |
| ὅπως πληρωθῇ τὸ ῥηθὲν διὰ Ἠσαΐου τοῦ προφήτου | «para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías» | La fórmula de cumplimiento, con διά: Dios habla por medio del profeta. |
| αὐτός | pronombre enfático, «él mismo» | Corresponde al הוּא del hebreo. Simpson construirá sobre este «él mismo» una página entera. |
| τὰς ἀσθενείας ἡμῶν ἔλαβεν | «tomó nuestras debilidades» | ἀσθένεια, «debilidad, flaqueza», puede ser física o moral (en son las nuestras, con las que se compadece). ἔλαβεν es el aoristo de λαμβάνω, «tomar». |
| καὶ τὰς νόσους ἐβάστασεν | «y cargó las enfermedades» | νόσος, la enfermedad grave; βαστάζω, «llevar a cuestas, cargar, soportar». |
El hebreo de Isaías. dice, palabra por palabra: akén («ciertamente», la única afirmación enfática del capítulo, como notará Simpson), jolayenu («nuestras enfermedades», de jolí, que el léxico de Brown, Driver y Briggs define sin más como «enfermedad»), hu nasá («él las llevó»: nasá es «levantar, llevar, cargar, soportar», y también «quitar» y «perdonar»), umakovenu sevalam («y nuestros dolores los cargó»: makob, «dolor», físico o mental; sabal, «llevar una carga, arrastrarla»). El hebreo habla, pues, de enfermedades y dolores, no de pecados; y sus dos verbos dicen «llevar», con un matiz posible de «quitar» en el primero. El versículo siguiente, , pasa a las «rebeliones» y a los «pecados», y termina con «por su llaga fuimos nosotros curados», la frase que aplicará a la cruz.
Lo que Mateo hizo con el texto. Según Adolf Deissmann, que A. T. Robertson cita y acepta, Mateo «ha hecho una interpretación libre del hebreo, ha descartado la traducción de la Septuaginta y ha transpuesto los dos verbos hebreos». La Septuaginta, que es la Biblia de los Padres griegos, lee en este versículo pecados donde el hebreo dice enfermedades; Mateo vuelve al hebreo y traduce jolí por ἀσθένεια y makob por νόσος, los dos nombres de la enfermedad corporal. Dicho de otro modo: el evangelista eligió la lectura literal del profeta contra la versión griega corriente, y la eligió precisamente para aplicarla a cuerpos curados. Ese dato, que es filológico y no doctrinal, pesa en todo lo que sigue.
Dos observaciones sobre los verbos. Primera: Mateo no escribió «quitó» (ἀφεῖλεν) ni «sanó» (ἰάσατο), sino «tomó» y «cargó». Crisóstomo lo notará en el siglo IV y Atanasio hará de ello un argumento. Segunda: βαστάζω admite en el griego de los papiros, según Moulton y Milligan a quienes sigue Robertson, los sentidos de «levantar, llevar, soportar, llevarse» e incluso «hurtar»; el ático no lo usaba por «llevarse». Vincent negará ese sentido y Simpson lo exigirá (§7).
Enfermedad, demonio y pecado. La frase distingue endemoniados de enfermos y usa un verbo para cada grupo: expulsar y sanar. Es la distinción corriente en los evangelios, aunque la posesión pueda manifestarse como enfermedad (el mudo de 9:32). Lo que el judaísmo del segundo Templo daba por sabido, y los discípulos preguntan en , es que enfermedad y pecado tienen alguna relación; Jesús niega allí la relación directa en un caso concreto sin negar la general. Esa pregunta reaparecerá en Crisóstomo, en Lapide y en Henry, y es la que permite a muchos lectores pasar de los cuerpos a los pecados sin sentir que traicionan el texto.
El Señor que sana. Detrás de la escena está una confesión de Israel: «Yo soy el Señor tu sanador» (), y el salmo que bendice al que «perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (). Perdonar y sanar van juntos en el salmo; la pregunta de todo lector de Mateo 8:17 es si van juntos del mismo modo en la cruz.
El Siervo. Isaías 52:13–53:12 es el cuarto canto del Siervo del Señor. Quién sea el Siervo (Israel, el profeta, un justo futuro, el Mesías) es una pregunta que la exégesis crítica dejó abierta y que la Iglesia antigua tenía resuelta desde los primeros textos: Felipe se lo explica al etíope desde ese capítulo. Mateo lo aplica a Jesús también en , con la cita más larga de su evangelio, y lo aplica allí a la mansedumbre del que no quiebra la caña cascada. En 8:17 lo aplica a las curaciones. Las dos citas, leídas juntas, muestran que para Mateo el Siervo de Isaías describe el modo de Jesús antes que su muerte.
Qué es «cumplir». La fórmula de cumplimiento no significa siempre que un texto predijera un hecho. En Mateo significa que un hecho de Jesús corresponde a un texto de la Escritura de tal manera que el texto queda lleno. Por eso Mateo puede aplicar a la vuelta de Egipto un verso de Oseas que hablaba del éxodo, y por eso puede aplicar a una tarde de curaciones un verso que, en su contexto, habla del Siervo humillado. Calvino verá aquí un problema; Mateo, al parecer, no lo veía.
Leer en paralelo. Horizontalmente: Marcos y Lucas narran la escena sin la cita. Verticalmente: en el nivel de Jesús, una tarde en Cafarnaún; en el nivel de Mateo, una comunidad que lee las curaciones de Jesús como señal de que en él se cumple la Escritura de Israel. La cita es la voz del segundo nivel.
El eco más antiguo no es una exégesis sino una aplicación. Ignacio de Antioquía, hacia el año 110, escribe al obispo Policarpo:
Dedícate a oraciones incesantes; pide mayor entendimiento del que tienes. Mantente despierto poseyendo espíritu que no duerme. Habla a cada uno según la manera de Dios. Lleva las enfermedades de todos, como atleta perfecto. Donde hay mayor trabajo, mucha es la ganancia.
«Lleva las enfermedades de todos» (bástaze, el verbo de Mateo 8:17) es lo que el obispo debe hacer a imagen del Señor; la recensión larga de la carta, del siglo IV, añadió explícitamente «como hace el Señor de todos, pues dice la Escritura: él mismo tomó nuestras debilidades». El versículo se leyó primero como regla del pastor.
Hipólito de Roma, a comienzos del siglo III, lo traslada a la pasión. En su tratado contra Noeto enumera las paradojas del Dios hecho hombre:
Y es azotado por Pilato, Él que tomó sobre sí nuestras enfermedades. Y por los soldados es escarnecido, a cuya orden están miles de miles y miríadas de miríadas de ángeles y arcángeles.
Es la primera vez que vemos «tomó nuestras enfermedades» puesto junto a los azotes: la frase de Mateo, que hablaba de una tarde en Galilea, se dice del Viernes Santo. Hipólito no argumenta la conexión; la da por hecha, probablemente porque lee el versículo dentro de Isaías 53 entero.
Orígenes, en el Comentario a Juan, hace lo que los alejandrinos hacen: lleva la frase hacia dentro.
Podemos añadir que «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades», tanto las flaquezas del alma como las enfermedades del hombre oculto de nuestro corazón. A causa de esas flaquezas y enfermedades que apartó de nosotros al cargarlas sobre sí, declara que su alma está triste y profundamente turbada.
Nótese el «tanto… como»: Orígenes no niega las enfermedades del cuerpo; añade las del alma, y conecta el «cargó» con la tristeza de Getsemaní. Para él, cargar es padecer lo que se carga.
El texto patrístico más agudo sobre los verbos de 8:17 está en Atanasio, en el tercer Discurso contra los arrianos, y nace de una disputa que no tiene nada que ver con la sanidad. Los arrianos usaban las debilidades de Jesús (hambre, llanto, ignorancia del día) para negar que fuera Dios. Atanasio responde distinguiendo lo que el Logos hace por su cuerpo de lo que padece en su cuerpo, y llega a nuestro versículo:
Y el Logos llevó las flaquezas de la carne como suyas, porque suya era la carne; y la carne sirvió a las obras de la Divinidad, porque la Divinidad estaba en ella, pues el cuerpo era de Dios. Y bien dijo el profeta «cargó», y no dijo «remedió nuestras flaquezas», no fuese que, como alguien exterior al cuerpo que solamente lo sana, según siempre ha hecho, dejase a los hombres sujetos todavía a la muerte; sino que carga con nuestras flaquezas y Él mismo lleva nuestros pecados.
La observación es exactamente la que Crisóstomo hará desde otro ángulo: el profeta no dijo «sanó» sino «cargó». Pero la conclusión de Atanasio es cristológica y es enorme. Si solo hubiera sanado desde fuera, «según siempre ha hecho» (Dios ha sanado siempre, por los profetas, por la naturaleza), los hombres seguirían sujetos a la muerte. Que cargue significa que las ha hecho suyas en una carne que es suya: la curación de los cuerpos en Galilea es signo de algo más hondo que una curación, la asunción de nuestra debilidad por el Logos. Esta es la regla de fe operando sobre un verbo: el sentido de «cargó» se decide por la confesión de que el que carga es Dios encarnado.
Hilario de Poitiers lee la escena entera de la casa de Pedro como figura: la suegra febril es la incredulidad, curada cuando el Señor entra en la casa, es decir, en el cuerpo. Y la tarde de curaciones es la pasión anticipada. Traducimos del latín:
Cristo sanó con su pasión nuestras debilidades. «Llegada la tarde, le llevaron muchos endemoniados, y expulsaba los espíritus inmundos», etc. En la curación indistinta de las horas de la tarde reconocemos la concurrencia de aquellos a quienes enseñó después de la pasión: perdonando los pecados de todos, quitando las debilidades de todos y expulsando los incentivos de los malos deseos que se habían instalado, absorbiendo con la pasión de su cuerpo, según lo dicho por los profetas, las debilidades de la flaqueza humana.
Tres cosas en una frase: la tarde es figura del tiempo después de la pasión; lo que entonces se cura es a la vez pecado, debilidad y deseo; y el instrumento es «la pasión de su cuerpo, según los profetas». Hilario es, que sepamos, el primer comentarista seguido de Mateo que une 8:17 a la cruz de modo explícito, y lo hace por la vía tipológica: no dice que Mateo hable de la cruz, sino que la tarde de Cafarnaún la significa. Jerónimo, cuarenta años después, dirá lo mismo con otra imagen: todos fueron curados «no por la mañana ni al mediodía, sino al atardecer, cuando el grano de trigo muere en la tierra para dar mucho fruto» ().
Crisóstomo, en la Homilía 27 sobre Mateo, empieza por la economía narrativa y termina por la pregunta que todos los lectores de la Septuaginta tenían que hacerse. Traducimos de la edición de Oxford:
Observa con qué rapidez pasan los evangelistas sobre tan gran multitud de curados, sin mencionarlos uno a uno, sino atravesando en una palabra un mar inefable de milagros. Luego, para que la grandeza del prodigio no nos empuje otra vez a la incredulidad (que un pueblo tan numeroso y con tan diversas enfermedades fuera librado y curado por él en un solo momento), trae también al profeta como testigo de lo que ocurre […]: «él tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades». No dijo «las deshizo», sino «las tomó y las cargó», lo cual me parece dicho por el profeta más bien de los pecados, en armonía con Juan cuando dice: «He aquí el Cordero de Dios que carga el pecado del mundo». ¿Cómo, entonces, lo aplica aquí el evangelista a las enfermedades? O bien repitiendo el pasaje en su sentido histórico, o bien para mostrar que la mayoría de nuestras enfermedades nacen de pecados del alma. Pues si la suma de todas, la muerte misma, tiene su raíz y fundamento en el pecado, mucho más la mayoría de nuestras enfermedades, puesto que nuestra misma capacidad de sufrir se originó allí.
Aquí está, en el siglo IV, el problema entero. Crisóstomo lee Isaías en griego y lee «pecados», en armonía con ; ve que Mateo lo aplica a cuerpos; y ofrece dos salidas, honestamente alternativas: o el evangelista cita «en sentido histórico» (lo que hoy llamaríamos el sentido literal del hebreo), o quiere enseñar que la enfermedad procede del pecado y curar la una es signo de cargar con el otro. Y en la sección siguiente añade la jerarquía que ya conocemos del artículo anterior: «no era un sanador de cuerpos solamente, sino también curador del alma». La akolouthía antioquena, seguir la secuencia y la intención del evangelista, lleva a Crisóstomo a una conclusión que un lector moderno no esperaría de él: que Mateo pudo estar citando el texto literalmente.
Fuera de los comentarios, el versículo circula en el siglo IV como fórmula de la misericordia de Cristo. Gregorio Nacianceno lo cita en la Oración 2, sobre Pablo, que «imita a Cristo, que se hizo maldición por nosotros, que tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades», y en la Oración 39 contra los novacianos: «¿no te avergüenza la misericordia de Jesús, que tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades, que no vino a llamar a justos sino a pecadores?». Gregorio de Nisa, en el Contra Eunomio II, lo pone en el momento de la obediencia hasta la cruz: se hizo obediente «el que tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades, sanando con su obediencia la desobediencia de los hombres, para que con sus llagas sanara nuestra herida». Y Cirilo de Jerusalén, en la catequesis sobre el Crucificado, pide a los bautizandos que no se avergüencen de la cruz y digan: «él lleva nuestros pecados y sufre dolores por nosotros, y con sus llagas somos sanados» (), citando el verso en la forma de la Septuaginta, con «pecados».
Lo que estos textos muestran es que los Padres griegos no leyeron 8:17 como un texto sobre la curación sino como un texto sobre la kénōsis: lo que el Hijo cargó al hacerse hombre y al morir. La curación de los cuerpos está dentro de eso, no al revés.
Nadie en los cuatro primeros siglos usó Mateo 8:17 para prometer salud. Todos lo usaron para decir qué clase de Salvador es el que sana: uno que carga. Pero conviene no exagerar la espiritualización. Los que cargó son, para Atanasio, las flaquezas de «la carne que es suya»; para Hilario, lo que la pasión absorbe incluye las debilidades; para Crisóstomo, la lectura literal es una opción abierta. El compendio Leer la Biblia con la Iglesia antigua describe esta manera de leer como «lo visible contiene lo invisible»: los cuerpos curados son verdaderos y significan.
La Catena aurea de Tomás de Aquino recoge sobre 8:16-17 a Crisóstomo, Agustín (el «llegada la tarde» indica la tarde del mismo día), Remigio, Rabano, Hilario y Jerónimo. Los dos carolingios aportan la distinción que la Edad Media mantendrá. Rabano Mauro: «las tomó no para tenerlas él, sino para quitárnoslas; y cargó nuestras enfermedades en cuanto lo que nosotros éramos demasiado débiles para llevar, él lo llevaría por nosotros». Remigio de Auxerre: «tomó la debilidad de la naturaleza humana para hacernos fuertes a los que antes éramos débiles». Rabano lee «tomar» como quitar y «cargar» como sustituir, que es, nueve siglos antes, exactamente la lectura de Simpson; Remigio lee «tomar» como asumir la naturaleza, que es la de Atanasio. Las dos conviven en la misma página de la Catena sin que Tomás las enfrente.
El taller de exégesis medieval de este sitio muestra cómo Gregorio Magno leía Isaías 53:4 en los Moralia: en sentido alegórico es Cristo, «de quien dice el profeta: ciertamente él llevó nuestros dolores», y en sentido moral es cada elegido que, como Job, se lamenta. Es el método de los cuatro sentidos aplicado al Siervo: la letra habla de un hombre que sufre; la alegoría, de Cristo; la moral, de nosotros.
El heredero tardío de ese modo de leer, Cornelio a Lapide, formula la doble lectura con una claridad que ningún Padre había tenido, y la lleva un paso más allá:
Estas palabras de Isaías tienen un doble sentido. El primero se refiere a las enfermedades del alma, es decir, a los pecados y su pena, que Cristo tomó sobre sí y abolió en la cruz. Este era el sentido principal de Isaías, como se ve por lo que sigue y por la palabra «cargó». El segundo se refiere a las enfermedades del cuerpo, que son a la vez tipos y consecuencia de las enfermedades del alma. También estas, dice aquí Mateo, las cargó Cristo: no enfermando él mismo, sino por compasión y curando del todo a los enfermos. […] Y así Cristo tuvo el poder de curar las enfermedades en cuanto él mismo las tomó sobre sí, expiándolas en la cruz. Así Crisóstomo y Orígenes.
La última frase merece atención, porque es la tesis de la «sanidad en la expiación» formulada por un jesuita en 1639: Cristo pudo curar porque cargó en la cruz. Lapide la dice como explicación de los milagros de Galilea, no como promesa para el presente; pero el nexo entre curación y cruz, que Vincent llamará «teoría de la cura por la fe», está aquí, con la autoridad de Crisóstomo y Orígenes invocada quizá con más generosidad de la que sus textos permiten. Lapide añade dos cosas de filólogo: que el siríaco traduce «él sostendrá nuestras enfermedades», y que Cristo cargó «no enfermando él mismo sino por compasión», que es la lectura que Henry y Robertson repetirán.
Calvino es el primer lector que dice en voz alta lo que Crisóstomo había dejado como alternativa: que la cita de Mateo no parece corresponder al sentido de Isaías. Lo dice sin rodeos y lo resuelve con el principio que gobierna toda su lectura de los milagros:
Esta predicción tiene la apariencia de ser inapropiada, y hasta de haber sido forzada a un sentido que no tiene: porque Isaías no habla allí de milagros, sino de la muerte de Cristo; y no de beneficios temporales, sino de la gracia espiritual y eterna. Ahora bien, lo que sin duda se dice de las impurezas del alma, Mateo lo aplica a las enfermedades del cuerpo. La solución no es difícil, si el lector observa que el evangelista no declara solamente el beneficio que Cristo confirió a aquellos enfermos, sino el propósito con que curó sus enfermedades. Ellos experimentaron en sus cuerpos la gracia de Cristo; pero nosotros debemos mirar al designio, porque sería vano limitar nuestra mirada a una ventaja pasajera, como si el Hijo de Dios fuera un médico de cuerpos. ¿Qué, entonces? Dio vista a los ciegos para mostrar que es «la luz del mundo»; devolvió la vida a los muertos para probar que es «la resurrección y la vida». […] Siguiendo esta analogía, unamos los beneficios que Cristo otorgó a los hombres en la carne con el designio que Mateo nos declara: que fue enviado por el Padre para librarnos de todos los males y miserias.
Obsérvese el método. Calvino parte del sensus literalis de Isaías tal como él lo entiende (la muerte de Cristo, la gracia espiritual), constata que Mateo hace otra cosa, y en vez de forzar a Isaías o corregir a Mateo introduce la analogía de la fe: los milagros se leen por su designio, y el designio se lee por otros textos (, ). El resultado es una lectura que reduce la curación a signo («sería vano… como si el Hijo de Dios fuera un médico de cuerpos») y que, sin embargo, concede a Simpson más de lo que parece: Isaías 53 habla de la cruz, y Mateo aplica la cruz a cuerpos curados. Lo que Calvino niega es que de ahí se siga una ventaja presente; lo que afirma es que el designio de la cruz incluye «librarnos de todos los males y miserias». Un párrafo más abajo, sobre Lucas 4:39, añade que las fiebres y las pestes «son heraldos de Dios, por los que ejecuta sus juicios», y que Cristo los retira cuando quiere: la enfermedad, para Calvino, está bajo la soberanía, no bajo una promesa.
Matthew Henry, un siglo y medio después, va más lejos que Calvino en una dirección que sorprende, y luego retrocede:
Se lo cita en 1 Pedro 2:24, y allí se interpreta «él llevó nuestros pecados»; aquí se lo cita y se interpreta «él llevó nuestras enfermedades»: nuestros pecados hacen que nuestras enfermedades sean nuestros dolores. Cristo quitó el pecado por el mérito de su muerte, y quitó la enfermedad por los milagros de su vida; más aún, aunque esos milagros han cesado, podemos decir que llevó entonces nuestras enfermedades cuando llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, porque el pecado es a la vez la causa y el aguijón de la enfermedad. […] Las llevó antes que nosotros, pues aunque nunca estuvo enfermo, tuvo hambre y sed y cansancio […]; las llevó por nosotros en su pasión, y las lleva con nosotros en compasión, conmovido por el sentimiento de nuestras debilidades; y así las aparta de nosotros y las hace ligeras, si no es por culpa nuestra. […] Y no es menos poderoso ni menos tierno ahora, pues estamos seguros de que nadie empeoró por ir al cielo.
Tres tiempos del verbo «llevar», antes, por y con, y una frase que podría firmar Simpson: «llevó nuestras enfermedades cuando llevó nuestros pecados sobre el madero». Henry tiene la premisa de la sanidad en la expiación. Pero la ata a una condición que la vacía como promesa: «aunque esos milagros han cesado». El puritano afirma que la cruz incluye la enfermedad y niega que de ello se siga una curación presente; lo que queda para hoy es la compasión del que «no es menos tierno ahora». Es la posición exacta de Calvino con un lenguaje más cálido, y la que Simpson tendrá delante cuando escriba que «hemos estado demasiado dispuestos a resumir toda la obra del Redentor en un solo acto al final».
Wesley no anota el versículo 17. Jamieson, Fausset y Brown lo llaman «esta preñada cita» y remiten a Isaías 53:4 sin desarrollarla. El compendio Leer la Biblia en la Reforma explica el marco de todos ellos: la Escritura se interpreta por la Escritura, y 1 Pedro 2:24 fija para Henry el sentido de Isaías 53.
En 1887 Marvin R. Vincent, profesor en el Union Theological Seminary de Nueva York, publicó el primer volumen de sus Word Studies in the New Testament. Sobre nuestro versículo escribió una nota que nombra al adversario:
Cargó (ἐβάστασεν). Esta traducción es correcta. La palabra no significa «quitó», sino «llevó», como una carga puesta sobre él. Este pasaje es la piedra angular de la teoría de la cura por la fe, que sostiene que la expiación de Cristo incluye provisión para la curación corporal no menos que para la espiritual, y por eso insiste en traducir «quitó». Puede presumirse que Mateo entendía el sentido del pasaje que citaba de Isaías, y no podría haber usado una palabra más inadecuada para expresar su sentido, si ese sentido hubiera sido que Cristo quitó las debilidades.
Dos años antes, a pocas calles de allí, A. B. Simpson había publicado como folletos lo que en 1890 sería El evangelio de la sanidad. Su lectura del mismo versículo es la contraria, y también se apoya en la filología:
Isaías 53:4-5. «Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores… y por su llaga fuimos nosotros curados». Esta es la gran visión evangélica, el evangelio en el Antiguo Testamento, el espejo mismo del Redentor que viene. Y aquí, al frente de ella, precedida por un gran AMÉN (el único «ciertamente» del capítulo), está la promesa de sanidad: la afirmación más fuerte posible de una redención completa del dolor y la enfermedad por su vida y su muerte, y las mismas palabras que el evangelista cita después (Mateo 8:17) […] como explicación de sus obras universales de sanidad. La traducción de nuestra versión inglesa hace muy imperfecta justicia a la fuerza del original. La de Mateo 8:17 es mucho mejor: «él mismo tomó nuestras debilidades y cargó las enfermedades». La traducción literal sería: «ciertamente él se ha llevado nuestras enfermedades y ha cargado con nuestros dolores». Cualquiera que consulte un comentario tan conocido como el de Albert Barnes sobre Isaías, o cualquier otra autoridad en hebreo, verá que las dos palabras aquí usadas designan respectivamente enfermedad y dolor, y que las palabras «llevar» y «cargar» denotan no mera simpatía, sino una sustitución real y la remoción total de lo que se lleva.
Y sobre el versículo de Mateo en particular:
Se lo cita como la razón por la que sanó a todos los enfermos. No fue para dar a sus enemigos una vindicación de su divinidad, sino para cumplir el carácter que de él presentaba la antigua profecía. Si no lo hubiera hecho, no habría sido fiel a su propio carácter; y si no lo siguiera haciendo, no sería «Jesucristo, el mismo ayer, hoy y por los siglos». Estas curaciones no fueron ocasionales sino continuas; no excepcionales sino universales. Nunca despidió a nadie. […] Hemos estado demasiado dispuestos a resumir toda la obra del Redentor en un solo acto al final; y en nuestro celo por el valor de su sangre hemos olvidado la preciosidad de su vida terrena. […] Necesitamos al Cristo viviente tanto como al Cristo crucificado. Los tipos levíticos incluían la ofrenda de harina tanto como la ofrenda por el pecado.
Quien lea las dos páginas seguidas verá que no discuten lo mismo. Vincent discute el griego de Mateo: βαστάζω es «llevar», no «quitar». Simpson discute el hebreo de Isaías: nasá y sabal con jolí y makob hablan de enfermedad y dolor llevados por otro. Y los dos tienen parte de razón, que es lo que la filología posterior dirá.
Robertson (1930) recoge el estado de la cuestión. Deissmann mostró que Mateo tradujo del hebreo, dejando la Septuaginta: el evangelista quiso decir enfermedades, no pecados; ahí Simpson tenía razón contra la tradición griega. Sobre el verbo, Robertson matiza a Vincent: βαστάζω «ocurre libremente en los papiros con el sentido de levantar, llevar, soportar, llevarse», de modo que «la palabra posiblemente admite ese sentido» de quitar; pero el sentido de una palabra no decide una doctrina, y Robertson se queda con McNeile: «el pasaje, tal como Mateo lo emplea, no tiene relación con la doctrina de la expiación». Plummer, citado también por Robertson, dice lo que Lapide había dicho: que Cristo «quitó sus padecimientos a los que padecían; difícilmente pudo querer decir que las enfermedades fueron transferidas a Cristo». Y Robertson cierra con la lectura de la compasión: «la simpatía de Cristo con los que sufrían era tan intensa que sintió realmente sus debilidades y dolores». El léxico hebreo, por su parte, da a nasá los dos sentidos: «llevar» y «quitar». La filología, honestamente, no zanja la disputa; dice que el hebreo habla de enfermedades y que los verbos hablan de cargar, con «quitar» como sentido posible, y deja a la teología decir qué significa que el Siervo cargue.
El compendio Leer la Biblia con la crítica histórica explica el camino que va de la Septuaginta a Deissmann; lo que importa aquí es que el método moderno, lejos de desautorizar la lectura literal del versículo, la confirmó contra los Padres griegos y contra Calvino: Isaías 53:4 habla de enfermedades, y Mateo lo sabía.
La disputa de Vincent y Simpson es la forma que tomó en el siglo XIX una pregunta de veinte siglos: qué significa que el Siervo cargue. Leída con las capas anteriores, la posición del movimiento de sanidad tiene más compañía de la que sus críticos y sus defensores pensaban: Rabano leía «tomó» como «para quitárnoslas», Lapide escribió que Cristo «tuvo el poder de curar en cuanto él mismo las tomó sobre sí, expiándolas en la cruz», Henry que «llevó nuestras enfermedades cuando llevó nuestros pecados sobre el madero», y Atanasio hizo de «cargó, no remedió» el centro de una página. Lo que distingue a cada lectura es la dirección del argumento: Atanasio va del verbo a la encarnación (cargó porque la carne es suya); Lapide y Henry van de la cruz a los milagros (pudo curar porque expió); el siglo XIX evangélico va de la cruz al presente (expió, luego cura hoy), y ese último paso es el que Henry negó expresamente y el que ninguna capa anterior dio. Para el tema quedan tres cosas: que Mateo aplica Isaías 53 a cuerpos curados y elige el hebreo para hacerlo; que el Sanador de Cafarnaún es el Siervo que lleva lo nuestro, no un médico que opera desde fuera; y que la relación entre esa tarde y la cruz, afirmada por casi todos desde Hipólito, es el lugar donde cada época decide qué espera para el cuerpo.
Lo que todas las capas sostienen:
- Mateo aplica Isaías 53:4 a curaciones corporales reales, y lo hace eligiendo el hebreo contra la Septuaginta. Ningún lector, de Crisóstomo a McNeile, niega que los cuerpos fueron sanados ni que Mateo quiso decir eso.
- Los verbos son «tomó» y «cargó», no «sanó». Atanasio, Crisóstomo, Rabano, Vincent y Simpson lo notan, cada uno para su argumento. El versículo describe a un Sanador que lleva, no a un médico que opera desde fuera.
- La pasión es el horizonte del versículo para casi todos: Hipólito, Hilario, Jerónimo, Gregorio de Nisa, Lapide, Calvino, Henry y Simpson lo leen mirando a la cruz. Solo Crisóstomo deja abierta la lectura puramente «histórica».
- Nadie hace de Cristo «un médico de cuerpos solamente»: ni Calvino, que lo dice, ni Simpson, que pone al Salvador antes que al Sanador.
Lo que es lectura de una época:
- «El profeta hablaba de pecados» (Crisóstomo, Cirilo, Calvino) depende de la Septuaginta y de la Vulgata leída desde ella; el hebreo no lo dice.
- «Tomó para quitárnoslas» (Rabano, Simpson) y «llevó como una carga» (Vincent) son dos sentidos posibles de nasá y de βαστάζω convertidos cada uno en el único.
- «Aunque esos milagros han cesado» (Henry) es una premisa del siglo XVIII que el versículo no contiene; «si no lo siguiera haciendo no sería el mismo» (Simpson) es una premisa del XIX que tampoco.
Lo que sigue abierto es lo mismo que en el artículo anterior, pero ahora con el texto más fuerte de la línea en la mesa: si el «cargó» de Cafarnaún, leído desde la cruz, funda una expectativa para el cuerpo hoy. El versículo dice que Jesús cargó; que la cruz tiene que ver con ello lo dijeron Hilario y Lapide antes que Simpson; que de ahí se siga una promesa presente es lo que el movimiento de sanidad afirmó, Henry negó y Mateo no dice.
Principios hermenéuticos que este pasaje ha puesto a prueba: leer el hebreo detrás del griego antes de decidir qué «quiso decir» el profeta (Deissmann contra la tradición de la Septuaginta); no corregir al evangelista con el profeta ni al profeta con el evangelista, sino preguntar qué hace la cita (Calvino, pese a su incomodidad); no dejar que la filología decida la teología en ninguna dirección (Vincent y Simpson, ambos); y leer un versículo de cumplimiento con la regla de fe sobre quién es el que cumple (Atanasio).
Siguiente pasaje de la línea: , el texto con que la Iglesia apostólica convirtió la curación en práctica, y sobre el que Simpson fundó la unción de los enfermos en su obra.
Texto. Griego de NA27 con análisis morfológico (módulo iNA27); hebreo de Isaías 53:4-5 según la numeración Strong del módulo RV60 y el léxico de Brown, Driver y Briggs (módulo BDB); Diccionario Strong ampliado (Str-ES) para ἀσθένεια, λαμβάνω, νόσος y βαστάζω; versiones BTX4, RV60, LBLA, NVI, DHH, NTV, TLA, KJV; notas de la Biblia Textual; referencias cruzadas de OpenBible. La Septuaginta de Isaías 53:4 no se ha podido consultar directamente: lo que se dice de ella procede de Deissmann vía Robertson y de los Padres que la citan.
Padres. Ignacio, A Policarpo 1, 3; Hipólito, Contra Noeto 18; Orígenes, Comentario a Juan II, 21; Atanasio, Contra los arrianos III, 31; Cirilo de Jerusalén, Catequesis XIII: copiados literalmente de las ediciones publicadas en Eusebeia. Hilario, In Matthaeum 7, 6-7: traducido del latín de PL 9, 956. Crisóstomo, In Matthaeum hom. 27, 1-3: traducido del inglés de NPNF 1.ª serie, vol. 10. Gregorio Nacianceno, Oraciones 2, 55 y 39, 18, y Gregorio de Nisa, Contra Eunomio II: según NPNF 2.ª serie, vol. 7 y vol. 5, en paráfrasis. Jerónimo, In Matthaeum I (ad 8, 16): según la Catena aurea (Newman, 1841) y Scheck (FOTC 117). Rabano, Remigio y Agustín (De consensu II, 22): según la Catena.
Medievales y Lapide. Gregorio Magno, Moralia I: según el taller de exégesis medieval de Eusebeia. Cornelio a Lapide, The Great Commentary, vol. 1, trad. Mossman: traducido del inglés. Su comentario a Isaías, al que remite, no está en la biblioteca.
Reforma y después. Calvino, Armonía, trad. Pringle (1845); Matthew Henry, vol. 5 (1710); Jamieson, Fausset y Brown (1871): traducidos del inglés. Wesley no anota 8:17.
Modernos. M. R. Vincent, Word Studies in the New Testament, vol. 1 (1887), nota a 8:17, traducida del inglés de un ejemplar digitalizado con defectos de OCR (el pasaje citado se ha leído completo); A. T. Robertson, Word Pictures (1930), que cita a Deissmann (Bible Studies, 102-103), Plummer, McNeile y Moulton–Milligan; Albert Barnes sobre Isaías, al que remite Simpson, no está en la biblioteca.
Siglo XIX. A. B. Simpson, The Gospel of Healing (ed. de 1890), cap. 1 («Scriptural Foundation», 6-7), cap. 3 («Popular Objections», 3) y «Scripture Testimonies»; The Fourfold Gospel (1890), cap. 3: traducidos del inglés.
Límites. No se ha leído el griego de Crisóstomo, el de los Capadocios ni el latín de Jerónimo, solo sus traducciones. No hay Septuaginta ni texto masorético en la biblioteca, solo la numeración Strong y BDB. No hay comentario crítico moderno a Mateo (Davies–Allison, Luz, France) ni a Isaías (Westermann, Childs, Blenkinsopp), ni el Bible Studies de Deissmann, ni McNeile ni Plummer, citados solo a través de Robertson. No hay ninguna obra de A. W. Tozer.
Un esquema de lo que el pasaje permite predicar sin traicionar lo leído. No es la homilía; es su esqueleto.
Título. «Él mismo cargó».
Idea central. Jesús sana cargando: la tarde de Cafarnaún revela al Siervo que hace suyo lo nuestro.
- Una tarde, todos (v. 16). Le traen muchos; sana a todos, con una palabra. Nadie queda fuera, nadie tiene que convencerlo.
- «Para que se cumpliera» (v. 17a). Mateo no deja pasar la escena sin explicarla con la Escritura: el que sana es el Siervo de Isaías 53. La curación no es un prodigio suelto; es el cumplimiento de una promesa.
- «Tomó… cargó» (v. 17b). No dice «curó» sino «cargó». No sanó desde fuera, como quien receta: hizo suyas nuestras debilidades en una carne que es suya (Atanasio). Por eso la cruz está ya en el horizonte de aquella tarde.
Aplicación. Llevarle a Jesús, como aquella tarde, nuestras enfermedades y las de los que no pueden venir solos; confiar en un Sanador que carga, no en una técnica; y recibir la curación, cuando viene, como señal del que lleva también lo que no se cura.
Cautela. El texto no promete que toda enfermedad sea quitada ahora; dice que ninguna la lleva uno solo. Predicar lo primero es exceder a Mateo; callar lo segundo es traicionarlo.