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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre los deberes del clero

    Milán · hacia 391 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF44 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 9 · Capítulo 8Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-DEB

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    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 8, sumario
    Nada tiene mayor eficacia para ganar la buena voluntad que dar consejo; pero nadie puede confiar en él si no se apoya en la justicia y la prudencia. Cuán conspicuas eran estas dos virtudes en Salomón lo demuestra su conocido juicio.

    II, 8, § 40

    40. Dos cosas, por tanto, el amor y la confianza, son las más eficaces para recomendarnos a los demás; y también esta tercera cualidad, si la posees, a saber, lo que muchos consideran digno de admiración en ti y piensan que es rectamente digno de honor [el poder, de hecho, de dar buen consejo].

    II, 8, § 41

    41. Puesto que dar buen consejo es un gran medio para ganarse el afecto de los hombres, la prudencia y la justicia son muy necesarias en todo caso. La mayoría busca estas cosas, de modo que en seguida se deposita confianza en aquel en quien existen, porque puede dar consejo útil y digno de crédito a quien lo desea. ¿Quién se pondrá en manos de un hombre al que no considera más sabio que él mismo, el que pide consejo? Es necesario, por tanto, que aquel a quien se pide consejo sea superior a quien lo pide. Pues ¿por qué habríamos de consultar a un hombre cuando no creemos que pueda aclarar algo más de lo que nosotros mismos vemos?

    II, 8, § 42

    42. Pero si hemos hallado a un hombre que por el vigor de su carácter, por su fortaleza de ánimo e influencia, sobresale por encima de todos los demás y, además, está mejor dotado que otros por el ejemplo y la experiencia; que puede poner fin a los peligros inmediatos, prever los futuros, señalar los cercanos, explicar un asunto, traer alivio a tiempo, y está dispuesto no sólo a dar consejo sino también a prestar ayuda—en tal hombre se deposita la confianza, de modo que quien busca consejo puede decir: «Aunque me sobreviniera un mal por causa de él, lo soportaré.» []

    II, 8, § 43

    43. A un hombre de esta clase confiamos nuestra seguridad y nuestra reputación, pues es, como dijimos antes, justo y prudente. La justicia hace que no temamos el engaño, y la prudencia nos libra de abrigar sospechas de error. Sin embargo, nos confiamos más prontamente a un hombre justo que a uno prudente, para decirlo como suele hacer la gente. Pero, según la definición de los filósofos, donde hay una virtud, también existen las demás, mientras que la prudencia no puede existir sin la justicia. Esto lo hallamos afirmado también en nuestros escritores, pues dice David: «El justo tiene misericordia y presta.» Lo que presta el justo, lo dice en otro lugar: «El hombre bueno es el que tiene misericordia y presta; él guiará sus palabras con discreción.»

    II, 8, § 44

    44. ¿No está aquel noble juicio de Salomón lleno de sabiduría y de justicia? Veamos si es así. «Dos mujeres,» dice, «estuvieron delante del rey Salomón; y una de ellas le dijo: Óyeme, señor mío; yo y esta mujer habitamos en una misma casa, y antes del tercer día dimos a luz y cada una dio a luz un hijo, y estábamos juntas; no había testigo en la casa, ni otra mujer con nosotras, sino nosotras dos solas. Y su hijo murió esta noche, porque ella se acostó sobre él; y se levantó a medianoche, y tomó a mi hijo de junto a mí y lo puso en su regazo, y a su hijo muerto lo puso en mi regazo. Y me levanté por la mañana para dar de mamar a mi hijo, y lo hallé muerto. Y al amanecer lo observé, y he aquí que no era mi hijo. Y la otra mujer dijo: No, sino que el vivo es mi hijo, y el muerto es tu hijo.»

    II, 8, § 45

    45. Ésta era su disputa, en la que cada una intentaba reclamar para sí al niño vivo y negaba que el muerto fuera suyo. Entonces el rey mandó traer una espada y partir al niño por la mitad, y que se diera una parte a una y una parte a la otra. Entonces la mujer cuyo era realmente el hijo, movida por sus sentimientos, exclamó: «No partas al niño, señor mío; más bien que se lo den a ella y viva, y no lo mates.» Pero la otra respondió: «Que no sea ni mío ni de ella; pártelo.» Entonces el rey ordenó que se diera el niño a la mujer que había dicho: No lo mates, sino dáselo a aquella mujer; «porque,» como dice, «sus entrañas se conmovieron por su hijo.»

    II, 8, § 46

    46. No es erróneo suponer que la mente de Dios estaba en él; pues ¿qué se oculta a Dios? ¿Qué puede haber más oculto que el testimonio que yace en lo profundo; en el cual penetró la mente del sabio rey como para juzgar los sentimientos de una madre, y sacó a la luz, por así decir, la voz del corazón materno? Pues los sentimientos de una madre quedaron al descubierto, cuando prefirió que su hijo viviera con otra antes que ser muerto a la vista de su madre.

    II, 8, § 47

    47. Fue, por tanto, una señal de sabiduría distinguir entre los pensamientos secretos del corazón, sacar la verdad de manantiales ocultos y penetrar, como con la espada del Espíritu, no sólo las partes interiores del cuerpo, sino aun las de la mente y del alma. Fue también propio de la justicia que quien había matado a su propio hijo no arrebatara el ajeno, sino que la verdadera madre recuperara el suyo. En efecto, las Escrituras así lo han declarado. «Todo Israel,» dice, «oyó del juicio que el rey había juzgado, y temieron al rey, porque vieron que la sabiduría de Dios estaba en él para juzgar.» También el propio Salomón había pedido sabiduría, para que se le diera un corazón prudente para oír y juzgar con justicia.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 9, sumario
    Aunque la justicia y la prudencia son inseparables, debemos atender a las ideas de la gente en general, pues ellos distinguen entre las distintas virtudes cardinales.

    II, 9, § 48

    48. Es claro también, según las sagradas Escrituras, que son las más antiguas, que la sabiduría no puede existir sin justicia, pues donde está una de estas dos, allí debe estar también la otra. ¡Con qué sabiduría puso Daniel al descubierto la mentira de la falsa acusación presentada contra él mediante su minucioso examen, de modo que aquellos falsos acusadores no tuvieron respuesta a mano! Fue señal de prudencia convencer a los criminales por el testimonio de sus propias palabras, y señal de justicia entregar a los culpables al castigo y librar de él a los inocentes.

    II, 9, § 49

    49. Existe, por tanto, una unión inseparable entre la sabiduría y la justicia; pero, hablando en general, la forma especial de la virtud se divide. Así, la templanza consiste en despreciar los placeres; la fortaleza puede verse en soportar trabajos y peligros; la prudencia, en la elección del bien, sabiendo distinguir entre lo útil y lo contrario; la justicia, en ser buen guardián de los derechos ajenos y protectora de los propios, manteniendo así a cada uno lo suyo. Podemos hacer esta división cuádruple siguiendo las ideas comúnmente recibidas; y así, apartándonos de aquellas sutiles discusiones del saber filosófico que se exponen como desde algún recinto interior para investigar la verdad, podemos seguir el uso comúnmente recibido y su significado ordinario. Manteniendo, pues, esta división, volvamos a nuestro asunto.

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 10, sumario
    Los hombres confían su seguridad antes a un hombre justo que a uno prudente. Pero todos suelen buscar al hombre que reúne en sí las cualidades de la justicia y de la prudencia. Salomón nos da ejemplo de ello. (Se explican las palabras que la reina de Sabá pronunció acerca de él.) También Daniel y José.

    II, 10, § 50

    50. Encomendamos nuestra causa al hombre más prudente que podemos hallar, y le pedimos consejo con más facilidad que a otros. Sin embargo, el consejo fiel de un hombre justo ocupa el primer lugar y a menudo tiene más peso que las grandes capacidades del más sabio de los hombres: «Porque mejores son las heridas del amigo que los besos de los otros.» [] Y precisamente porque es el juicio de un varón justo, es también la conclusión de un sabio: en el uno reside el resultado de la cuestión en disputa, en el otro la prontitud de invención.

    II, 10, § 51

    51. Y si alguien une las dos, habrá gran solidez en el consejo dado, que todos contemplan con admiración por la sabiduría mostrada y con amor por su justicia. Y así todos desearán oír la sabiduría de aquel hombre en quien se hallan juntas esas dos virtudes, como todos los reyes de la tierra deseaban ver el rostro de Salomón y oír su sabiduría. Aun más, la reina de Sabá vino a él y lo probó con preguntas. Vino y habló de todas las cosas que había en su corazón, y oyó toda la sabiduría de Salomón, y no se le escapó palabra alguna.

    II, 10, § 52

    52. Quién era aquella a quien nada se le escapaba, y que no había nada que el amante de la verdad Salomón no le dijera, apréndelo, oh hombre, por esto que le oyes decir: «Verdadero era el rumor que oí en mi propia tierra acerca de tus palabras y de tu prudencia; pero no creí a los que me lo contaban hasta que vine, y mis ojos lo vieron; y he aquí que no se me había contado ni la mitad. Has añadido bienes por encima de todo lo que oí en mi propia tierra. Bienaventuradas tus mujeres y bienaventurados tus siervos, que están delante de ti y oyen toda tu prudencia.» Reconoce el banquete del verdadero Salomón, y quiénes están sentados a ese banquete; reconócelo con sabiduría y piensa en qué tierra todas las naciones oirán la fama de la verdadera sabiduría y justicia, y con qué ojos lo verán, contemplando aquellas cosas que no se ven. «Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.» []

    II, 10, § 53

    53. ¿Qué mujeres son bienaventuradas sino aquellas de quienes se dice «que muchos oyen la palabra de Dios y dan fruto»? [] Y de nuevo: «Todo aquel que hace la palabra de Dios, ése es mi padre y hermana y madre.» [] ¿Y quiénes son aquellos siervos bienaventurados que están delante de Él, sino Pablo, que dijo: «Hasta el día de hoy estoy en pie dando testimonio a pequeños y a grandes;» [] o Simeón, que esperaba en el templo ver la consolación de Israel? [] ¿Cómo habría podido pedir que se le dejara partir, sino porque estando en pie delante del Señor no tenía poder de partir, sino sólo según la voluntad de Dios? Salomón se nos presenta simplemente a modo de ejemplo, de quien se esperaba con avidez que su sabiduría fuera oída.

    II, 10, § 54

    54. José, aun estando en prisión, no estaba libre de que se le consultara sobre asuntos inciertos. Su consejo fue de provecho para todo Egipto, de modo que no sintió los siete años de hambre, y pudo incluso aliviar a otros pueblos de su terrible hambre.

    II, 10, § 55

    55. Daniel, aunque era uno de los cautivos, fue puesto a la cabeza de los consejeros reales. Con sus consejos mejoró el presente y predijo el futuro. [Daniel ii] Se confió en él en todas las cosas, porque con frecuencia había interpretado cosas y había mostrado que declaraba la verdad.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 11, sumario
    Se muestra que un tercer elemento que contribuye a ganar la confianza de cualquiera fue conspicuo en Moisés, Daniel y José.

    II, 11, § 56

    56. Mas un tercer punto parece haber sido también observado en el caso de aquellos que fueron considerados dignos de admiración según el ejemplo de José, Salomón y Daniel. Pues ¿qué diré de Moisés, cuyo consejo esperaba siempre todo Israel, [] y cuya vida les hacía confiar en su prudencia y aumentaba la estima que le tenían? ¿Quién no confiaría en el consejo de Moisés, a quien los ancianos reservaban para su decisión cuanto pensaban que excedía su entendimiento y sus fuerzas?

    II, 11, § 57

    57. ¿Quién rehusaría el consejo de Daniel, de quien Dios mismo dijo: «¿Quién es más sabio que Daniel?» [] ¿Cómo pueden los hombres dudar acerca de las mentes de aquellos a quienes Dios ha dado tal gracia? Por el consejo de Moisés se pusieron fin a las guerras, y por sus méritos vino el alimento del cielo y la bebida de la roca.

    II, 11, § 58

    58. ¡Cuán pura debió de ser el alma de Daniel para ablandar el carácter de los bárbaros y amansar a los leones! ¡Qué templanza la suya, qué dominio de sí en alma y cuerpo! No indignamente se convirtió en objeto de admiración para todos, cuando —y esto todos los hombres lo admiran—, aun gozando de amistades reales, no buscó el oro, ni consideró el honor que se le daba más precioso que su fe. Pues estuvo dispuesto a soportar el peligro por la ley de Dios antes que apartarse de su propósito para ganar el favor de los hombres.

    II, 11, § 59

    59. ¿Y qué diré, además, de la castidad y justicia de José, a quien casi había pasado por alto, por las cuales, por una parte, rechazó los halagos de su señora y rehusó las recompensas, y por otra, se burló de la muerte, reprimió el miedo y escogió la prisión? ¿Quién no lo consideraría persona idónea para dar consejo en una causa privada, cuyo espíritu fecundo y mente fértil enriquecieron la esterilidad del tiempo con la riqueza de sus consejos y de su corazón?

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 12, sumario
    Nadie pide consejo a un hombre manchado por el vicio, ni a uno que es hosco o intratable, sino más bien a aquel de quien tenemos un modelo en las Escrituras.

    II, 12, § 60

    60. Notamos, por tanto, que al buscar consejo tienen grandísimo peso la rectitud de vida, la excelencia en las virtudes, los hábitos de benevolencia y el encanto de la buena índole. ¿Quién busca un manantial en el fango? ¿Quién quiere beber de agua turbia? Así, donde hay vida lujosa, exceso y unión de vicios, ¿quién pensará que debe sacar de aquella fuente? ¿Quién no desprecia una vida manchada? ¿Quién juzgará útil para la causa de otro al que ve inútil en su propia vida? ¿Quién, además, no evita al hombre malvado, malintencionado e injurioso, siempre dispuesto a hacer daño? ¿Quién no estaría demasiado ansioso por evitarlo?

    II, 12, § 61

    61. ¿Y quién acudirá a un hombre, por bien dotado que esté para dar el mejor consejo, si sin embargo es difícil de abordar? Con él ocurre como con una fuente cuyas aguas están cerradas. ¿Qué ventaja hay en tener sabiduría, si uno rehúsa dar consejo? Si uno corta las ocasiones de aconsejar, la fuente queda cerrada, de modo que ya no fluye para los demás ni es de provecho alguno para uno mismo.

    II, 12, § 62

    62. Bien podemos referir esto a aquel que, poseyendo prudencia, la ha manchado con la fealdad de una vida viciosa y así contamina el agua en su mismo nacimiento. Su vida es prueba de un espíritu degenerado. ¿Cómo puede uno juzgarlo bueno en el consejo si lo ve malo en el carácter? Él debería ser superior a mí, si yo estoy dispuesto a confiarme a él. ¿He de suponer que es apto para darme consejo quien nunca lo toma para sí, o he de creer que tiene tiempo para dármelo a mí cuando no lo tiene para sí, cuando su mente está llena de placeres, y es vencido por la lujuria, es esclavo de la avaricia, excitado por la codicia y aterrorizado por el miedo? ¿Cómo hay lugar para el consejo allí donde no lo hay para la quietud?

    II, 12, § 63

    63. Aquel hombre de consejo al que debo admirar y respetar, que el Señor misericordioso dio a nuestros padres, dejó a un lado todo lo que era ofensivo. Seguidor suyo debe ser quien puede dar consejo y proteger la prudencia de otro del vicio; pues nada sucio puede mezclarse con ella.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 13, sumario
    La hermosura de la sabiduría se hace manifiesta por el testimonio divino. A partir de esto pasa a probar su conexión con las demás virtudes.

    II, 13, § 64

    64. ¿Hay alguien a quien le gustaría tener un rostro hermoso y al mismo tiempo que su encanto quedara echado a perder por un cuerpo bestial y garras espantosas? Ahora bien, la forma de las virtudes es tan admirable y gloriosa, y especialmente la hermosura de la sabiduría, como nos dicen todas las Escrituras. Pues es más brillante que el sol, y comparada con las estrellas sobrepasa con mucho a cualquier constelación. La noche se lleva su luz en su séquito, pero la maldad no puede vencer a la sabiduría. []

    II, 13, § 65

    65. Hemos hablado de su hermosura y la hemos probado por el testimonio de la Escritura. Resta mostrar, con la autoridad de la Escritura [], que no puede haber comunidad entre ella y el vicio, sino que tiene unión inseparable con las demás virtudes. «Tiene un espíritu sagaz, inmaculado, seguro, santo, amante del bien, pronto, que nunca impide una bondad, benigno, firme, libre de cuidado, que tiene todo poder, que vigila todas las cosas.» Y de nuevo: [] «Ella enseña templanza, justicia y virtud.»

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 14, sumario
    La prudencia se combina con todas las virtudes, especialmente con el desprecio de las riquezas.

    II, 14, § 66

    66. La prudencia, por tanto, obra por medio de todas las cosas; tiene comunión con todo lo que es bueno. Pues ¿cómo puede dar buen consejo si no tiene también justicia, para revestirse de constancia, no temer la muerte, no ser retenida por alarma ni miedo alguno, ni pensar que es correcto apartarse de la verdad por adulación alguna, ni rehuir el destierro, sabiendo que el mundo es la patria del sabio? No teme la pobreza, pues sabe que nada falta al sabio, ya que todo el mundo de las riquezas es suyo. ¿Qué hay más grande que el hombre que no sabe excitarse ante el pensamiento del dinero, y que desprecia las riquezas, y mira desde una atalaya elevada los deseos de los hombres? Los hombres piensan que quien así obra es más que hombre: "¿Quién es éste,» dice, «y lo alabaremos? Porque ha hecho maravillas en su vida." [] Ciertamente debe ser admirado quien desprecia las riquezas, visto que la mayoría las antepone incluso a su propia seguridad.

    II, 14, § 67

    67. La regla del buen orden y la autoridad del dominio de sí convienen a todos, y sobre todo a quien se halla en la mayor dignidad; para que no se apodere de tal hombre el amor a sus tesoros, y para que quien gobierna a hombres libres no se vuelva jamás esclavo del dinero. Es más conveniente que en el alma sea superior a los tesoros y que, en servicio voluntario, esté sujeto a sus amigos. Pues la humildad aumenta la estima en que uno es tenido. Es laudable y justo que los jefes del pueblo no deseen la vil ganancia en común con los mercaderes sirios y los negociantes de Galaad, ni pongan toda su esperanza de bien en el dinero, ni cuenten sus ganancias diarias y calculen sus ahorros como un jornalero.

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 15, sumario
    De la liberalidad. A quiénes debe mostrarse principalmente, y cómo los hombres de escasos medios pueden mostrarla prestando su servicio y su consejo.

    II, 15, § 68

    68. Mas si es laudable tener el alma libre de esta falta, ¡cuánto más glorioso es ganar el amor del pueblo con una liberalidad que no se muestra ni con demasiada libertad a quienes no son aptos, ni se concede con demasiada mezquindad a los necesitados!

    II, 15, § 69

    69. Hay muchas clases de liberalidad. No sólo podemos repartir y dar alimento a quienes lo necesitan de nuestra provisión diaria, para que sustenten la vida; sino que también podemos dar consejo y ayuda a quienes se avergüenzan de mostrar abiertamente su necesidad, con tal que no se agoten los recursos comunes de los necesitados. Ahora hablo de quien está al frente de algún oficio. Si es sacerdote o limosnero, informe de ellos al obispo, y no calle el nombre de ninguno que sepa que está en necesidad, o que perdió su hacienda y ahora está reducido a la indigencia; especialmente si no han caído en esa desgracia por derrochar en la juventud, sino por el robo de otro, o por la pérdida de su herencia sin culpa suya, de modo que no pueden ganar ahora su pan de cada día.

    II, 15, § 70

    70. La clase más alta de liberalidad es redimir cautivos, salvarlos de manos de sus enemigos, arrancar a los hombres de la muerte y, sobre todo, a las mujeres de la vergüenza, devolver los hijos a sus padres, los padres a sus hijos, y restituir un ciudadano a su patria. Esto se reconoció cuando Tracia e Iliria fueron tan terriblemente devastadas. ¡Cuántos cautivos estaban entonces a la venta por todo el mundo! Si pudiera uno reunirlos, su número habría superado al de toda una provincia. Sin embargo, hubo algunos que habrían enviado de nuevo a la esclavitud a aquellos a quienes la Iglesia había redimido. Ellos mismos eran más duros que la misma esclavitud al mirar con malos ojos la misericordia ajena. Si ellos mismos, decían, hubieran caído en la esclavitud, serían esclavos de buen grado. Si hubieran sido vendidos, no rehusarían el servicio de la esclavitud. Querían deshacer la libertad de otros, aunque no podían deshacer su propia esclavitud, a no ser que pluguiera al comprador recibir de nuevo su precio, con lo cual, sin embargo, la esclavitud no se deshacía simplemente, sino que se redimía.

    II, 15, § 71

    71. Es, pues, una cualidad especial de la liberalidad redimir cautivos, especialmente de enemigos bárbaros a quienes ningún destello de sentimiento humano mueve a mostrar misericordia, salvo en cuanto la avaricia la ha preservado con miras a la redención. También es gran cosa cargar sobre sí la deuda de otro, si el deudor no puede pagar y se ve apremiado a hacerlo, y cuando el dinero se debe por derecho y queda sin pagar sólo por necesidad. Así también es señal de gran liberalidad criar hijos y cuidar de los huérfanos.

    II, 15, § 72

    72. Hay otros que ponen en matrimonio a doncellas que han perdido a sus padres, para preservar su castidad, y que las ayudan no sólo con buenos deseos, sino también con una suma de dinero. Hay también otra clase de liberalidad que enseña el Apóstol: «Si algún creyente tiene viudas, que las socorra, para que la Iglesia no sea gravada al mantenerlas, y así tenga lo suficiente para las que son verdaderamente viudas.» []

    II, 15, § 73

    73. Útil, pues, es esta clase de liberalidad; pero no es común a todos. Porque hay muchos hombres buenos que tienen escasos medios, y se contentan con poco para su propio uso, y no pueden dar ayuda para aliviar la pobreza de otros. Sin embargo, otra clase de bondad está a su alcance, con la que pueden ayudar a los aún más pobres. Porque hay una doble liberalidad: una que da asistencia efectiva, es decir, en dinero; la otra, que se ocupa en ofrecer ayuda activa, es a menudo mucho más grande y más noble.

    II, 15, § 74

    74. ¡Cuánto más grande fue para Abraham haber recobrado por sus armas victoriosas a su yerno cautivo, [] que si lo hubiera rescatado! ¡Cuánto más útilmente ayudó el santo José al rey Faraón con su consejo a proveer para el futuro, que si le hubiera ofrecido dinero! Pues el dinero no habría comprado de nuevo la fecundidad de un solo estado; mientras que él con su previsión libró del hambre durante cinco años [] a todo Egipto.

    II, 15, § 75

    75. El dinero se gasta con facilidad; los consejos jamás se agotan. Sólo se fortalecen con el uso constante. El dinero disminuye y pronto llega a su fin, y ha defraudado incluso a la misma bondad; de modo que cuantos más hay a quienes uno quiere dar, a menos puede ayudar; y a menudo uno no tiene lo que piensa que debería dar a otros. Mas en cuanto a la oferta de consejo y de ayuda activa, cuantos más hay en quienes emplearla, más parece haber, y más vuelve a su propia fuente. El rico caudal de la prudencia refluye siempre sobre sí mismo, y cuanto más se ha extendido, tanto más activo se vuelve todo lo que queda.

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 16, sumario
    Debe guardarse la debida medida en la liberalidad, para que no se gaste en personas indignas cuando la necesitan otras más dignas. Sin embargo, no han de darse las limosnas de manera demasiado escasa y vacilante. Más bien se debe seguir el ejemplo del bienaventurado José, cuya prudencia es alabada con gran extensión.

    II, 16, § 76

    76. Es claro, pues, que debe haber debida medida en nuestra liberalidad, para que nuestros dones no resulten inútiles. La moderación debe observarse, especialmente por los sacerdotes, no sea que den por ostentación y no por causa de la justicia. Nunca fue mayor la codicia de los mendigos que ahora. Vienen en pleno vigor, vienen sin otra razón que la de andar errantes. Quieren vaciar las bolsas de los pobres, privarlos de su medio de sustento. No contentos con poco, piden más. En las ropas que los cubren buscan un motivo para urgir sus demandas, y con mentiras sobre sus vidas piden más sumas de dinero. Si alguien confiara con demasiada facilidad en su relato, pronto agotaría el fondo destinado al sustento de los pobres. Haya método en nuestro dar, para que los pobres no se vayan vacíos ni el sustento de los necesitados sea destruido y se convierta en botín de los deshonestos. Haya, pues, tal debida medida que la benignidad nunca sea dejada de lado y la verdadera necesidad nunca quede desatendida.

    II, 16, § 77

    77. Muchos fingen tener deudas. Investíguese la verdad. Se lamentan de que los ladrones los han despojado de todo. En tal caso da crédito sólo si la desgracia es manifiesta o la persona es bien conocida; y entonces ayuda con prontitud. A los rechazados por la Iglesia se les han de conceder suministros si están faltos de alimento. Quien observa método en su dar no es duro con nadie, sino generoso con todos. No sólo debemos prestar oídos para oír las voces de los que suplican, sino también ojos para mirar sus necesidades. La debilidad clama más fuerte al buen dispensador que la voz del pobre. No siempre puede ser que los gritos de un mendigo importuno no arranquen algo más, pero no cedamos siempre a la desvergüenza. Ha de ser visto el que no te ve. Ha de ser buscado el que se avergüenza de ser visto. También el que está en prisión debe venir a tu pensamiento; otro atacado por la enfermedad debe presentarse a tu mente, ya que no puede llegar a tus oídos.

    II, 16, § 78

    78. Cuanto más vean los hombres tu celo en mostrar misericordia, tanto más te amarán. Conozco a muchos sacerdotes que tenían más cuanto más daban. Pues quienes ven a un buen dispensador le dan algo para que lo distribuya en su ronda de deber, seguros de que el acto de misericordia llegará a los pobres. Si lo ven dar en exceso o con demasiada parsimonia, desprecian ambas cosas; en un caso porque derrocha los frutos del trabajo ajeno en pagos innecesarios, en el otro porque los amontona en sus bolsas de dinero. Así, pues, como ha de observarse método en la liberalidad, así también a veces parece que hay que aplicar la espuela. Método, para que la benignidad que uno muestra pueda mostrarse día a día, y para que no tengamos que retirar de un caso necesitado lo que hemos gastado libremente en el despilfarro. Espuela, porque es mejor emplear el dinero en alimento para los pobres que en una bolsa para los ricos. Hemos de cuidar de no encerrar en nuestras arcas el bienestar de los necesitados, y de no enterrar, como en un sepulcro, la vida de los pobres.

    II, 16, § 79

    79. José podría haber regalado toda la riqueza de Egipto y haber gastado los tesoros reales; pero no quiso ni siquiera parecer derrochador de lo ajeno. Prefirió vender el grano antes que darlo a los hambrientos. Porque si lo hubiera dado a unos pocos, no habría habido nada para la mayoría. Dio buena prueba de aquella liberalidad por la cual hubo bastante para todos. Abrió los graneros para que todos pudieran comprar su provisión de grano, no fuera que, si lo recibían de balde, dejaran de cultivar la tierra. Pues quien tiene el uso de lo ajeno a menudo descuida lo suyo.

    II, 16, § 80

    80. Primeramente, pues, recogió su dinero, luego sus aperos, y por último adquirió para el rey todos sus derechos sobre la tierra. [] No quiso privarlos a todos de su propiedad, sino sostenerlos en ella. Impuso también un tributo general, para que pudieran conservar lo suyo con seguridad. Tan agradable fue esto a todos aquellos a quienes había quitado la tierra, que lo miraron no como la venta de sus derechos, sino como la recuperación de su bienestar. Así hablaron: «Nos has salvado la vida; hallemos gracia ante los ojos de nuestro señor.» [] Porque no habían perdido nada de lo suyo, sino que habían recibido un derecho nuevo. Nada de lo que les era útil les había faltado, pues ahora lo habían ganado a perpetuidad.

    II, 16, § 81

    81. ¡Oh varón noble!, que no buscó la gloria pasajera de una liberalidad innecesaria, sino que erigió como memorial suyo los beneficios duraderos de su previsión. Obró de modo que el pueblo se ayudara a sí mismo con sus pagos, y no tuviera que buscar ayuda de otros en tiempo de necesidad. Pues ciertamente era mejor ceder parte de sus cosechas que perder todos sus derechos. Fijó el tributo en la quinta parte de todo su producto, y así se mostró clarividente al proveer para el futuro, y liberal en el impuesto que les impuso. Nunca después padeció Egipto semejante hambruna.

    II, 16, § 82

    82. Cuán espléndidamente infirió el futuro. Primero, cuán agudamente, al interpretar el sueño real, declaró la verdad. Éste fue el primer sueño del rey. Siete novillas subieron del río, de hermoso aspecto y gordas de carne, y pacían a orillas del río. Y otros bueyes de mal aspecto y flacos de carne subieron del río tras las novillas, y pacían cerca de ellas en la misma orilla del río. Y estos bueyes flacos y miserables parecían devorar a los otros, tan gordos y hermosos. Y éste fue el segundo sueño. Siete espigas llenas y buenas subieron de la tierra. Y tras ellas siete espigas miserables, agostadas por el viento y marchitas, se esforzaron por ocupar su lugar. Y parecía que las espigas estériles y delgadas devoraban las espigas ricas y fructíferas.

    II, 16, § 83

    83. Este sueño lo declaró José de la siguiente manera: que las siete novillas eran siete años, y las siete espigas asimismo eran siete años, interpretando los tiempos por el producto de los ganados y de las cosechas. Pues tanto el parir de una novilla ocupa un año, como el producto de una cosecha llena todo un año. Y subieron del río así como los días, los años y los tiempos pasan y fluyen velozmente como los ríos. Por tanto, afirma que los siete primeros años de una tierra rica serán fértiles y fructíferos, pero los siete últimos años serán estériles e infructuosos, y su esterilidad devorará la abundancia del tiempo anterior. Por lo cual advierte que se procure juntar provisiones de grano en los años fructíferos, para que ayuden a las necesidades de la escasez venidera.

    II, 16, § 84

    84. ¿Qué admiraremos primero? ¿Su fuerza de entendimiento, con la cual descendió hasta el lugar mismo donde reposa la verdad? ¿O su consejo, con el que previó una necesidad tan grande y duradera? ¿O su vigilancia o su justicia? Por su vigilancia, cuando se le dio tan alto cargo, reunió provisiones tan vastas; y por su justicia trató a todos por igual. ¿Y qué diré de su grandeza de ánimo? Pues aunque fue vendido por sus hermanos como esclavo, [] no tomó venganza de esta injuria, sino que puso fin a su necesidad. ¿Qué de su mansedumbre, con la que mediante un piadoso engaño procuró ganar la presencia de su amado hermano, a quien, bajo pretexto de un hurto bien planeado, declaró haber robado su propiedad, para tenerlo como prenda de su amor?

    II, 16, § 85

    85. Por lo cual merecidamente le fue dicho por su padre: «Mi hijo José es ensanchado, mi hijo es ensanchado, mi hijo menor, mi amado. Mi Dios te ha ayudado y te ha bendecido con la bendición de los cielos de arriba y con la bendición de la tierra, la tierra que tiene todas las cosas, por las bendiciones de tu padre y de tu madre. Ha prevalecido sobre las bendiciones de los montes eternos y sobre los deseos de los collados eternos.» Y en el Deuteronomio: «Tú, que fuiste visto en la zarza, ven sobre la cabeza de José, sobre su coronilla. Honrado entre sus hermanos, su gloria es como la del primogénito de sus toros; sus cuernos son como cuernos de unicornios. Con su cuerno empujará a las naciones hasta los confines de la tierra. Éstos son los diez millares de Efraín y los millares de Manasés.» []

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 17, sumario
    Qué virtudes debe tener aquel a quien consultamos. Cómo José y Pablo estuvieron dotados de ellas.

    II, 17, § 86

    86. Tal, pues, debe ser el que da consejo a otro, para ofrecerse a sí mismo como modelo en todas las buenas obras, en la enseñanza, en la verdad de carácter, en la seriedad. Así sus palabras serán sanas e irreprochables, su consejo útil, su vida virtuosa y sus opiniones convenientes.

    II, 17, § 87

    87. Tal era Pablo, que dio consejo a las vírgenes, [] guía a los sacerdotes, para ofrecerse a sí mismo como modelo que imitáramos. Así supo ser humilde, como también José, quien, aunque nacido de la noble familia de los patriarcas, no se avergonzó de su vil esclavitud; antes bien la adornó con su pronta servidumbre y la hizo gloriosa con sus virtudes. Supo ser humilde quien tuvo que pasar por manos de comprador y vendedor, y los llamó señores. Óyelo mientras se humilla: «Mi señor, por mi causa, no sabe lo que hay en su casa, y ha entregado todo lo que tiene en mi mano, y no me ha reservado nada sino a ti, porque eres su mujer; ¿cómo, pues, puedo hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?» [] Llenas de humildad son sus palabras, y llenas también de castidad. De humildad, porque era obediente a su señor; de espíritu honrado, porque era agradecido; llenas también de castidad, porque consideraba terrible pecado ser manchado por tan gran crimen.

    II, 17, § 88

    88. Tal, pues, debe ser el hombre de consejo. No debe tener nada oscuro, engañoso o falso que arroje sombra sobre su vida y su carácter; nada malvado o perverso que aparte a quienes piden consejo. Pues hay cosas de las que uno huye, y otras que uno desprecia. Huimos de aquello que puede dañarnos, o que pérfida y calladamente puede crecer para hacernos daño, como cuando aquel a quien pedimos consejo es de honor dudoso, o desea dinero, de modo que cierta suma puede hacerle cambiar de parecer. Si un hombre obra injustamente, huimos de él y lo evitamos. Un hombre dado a los placeres y derrochador, aunque no obre con falsedad, es sin embargo avaro y demasiado amigo de ganancias vergonzosas; tal hombre es despreciado. ¿Qué prueba de trabajo esforzado, qué frutos de labor puede dar quien se entrega a una vida perezosa y ociosa, o qué cuidados y ansiedades entran jamás en su mente?

    II, 17, § 89

    89. Por tanto, el hombre de buen consejo dice: «He aprendido a contentarme con lo que tengo, cualquiera que sea mi estado.» [] Porque sabía que la raíz de todos los males es el amor al dinero, [] y por eso se contentaba con lo que tenía, sin buscar lo ajeno. Me basta, dice, lo que tengo; sea poco o mucho, para mí es mucho. Parece como si quisiera decirlo con la mayor claridad posible. Se sirve de estas palabras: «Estoy contento», dice, «con lo que tengo.» Esto significa: «Ni tengo necesidad, ni tengo demasiado. No tengo necesidad, pues nada más busco. No tengo demasiado, pues no lo tengo para mí, sino para muchos.» Esto se dice con referencia al dinero.

    II, 17, § 90

    90. Pero estas palabras podría haberlas dicho acerca de todas las cosas, pues todo lo que tenía en aquel momento lo contentaba; es decir, no quería mayor honor, no buscaba más servicios, no deseaba vanagloria, ni esperaba gratitud donde no era debida; sino que, paciente en los trabajos, seguro en sus méritos, esperaba el fin del combate que debía soportar. «Sé», dice, «estar humillado.» [] Una humildad no enseñada no tiene derecho a alabanza, sino sólo la que posee modestia y conocimiento de sí. Porque hay una humildad que descansa en el temor, y otra que descansa en la falta de habilidad y en la ignorancia. Por eso dice la Escritura: «Él salvará a los humildes de espíritu.» Gloriosamente, pues, dice: «Sé estar humillado»; es decir, dónde, en qué moderación, a qué fin, en qué deber, en qué oficio. El fariseo no supo estar humillado, y por eso fue derribado. El publicano lo supo, y por eso fue justificado. []

    II, 17, § 91

    91. Pablo sabía también tener abundancia, pues tenía alma rica, aunque no poseía el tesoro del hombre rico. Sabía tener abundancia, porque no buscaba dádivas en dinero, sino que esperaba fruto en la gracia. Podemos entender también de otro modo sus palabras de que sabía tener abundancia. Pues podía decir además: «Oh corintios, nuestra boca está abierta para vosotros, nuestro corazón se ha ensanchado.» []

    II, 17, § 92

    92. En todas las cosas estaba acostumbrado tanto a estar saciado como a pasar hambre. Bienaventurado el que sabe saciarse en Cristo. No es corporal, sino espiritual, aquella saciedad que produce el conocimiento. Y con razón se necesita el conocimiento: «Porque no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios.» [] Pues quien sabía estar saciado sabía también pasar hambre, para estar siempre buscando algo nuevo, hambriento de Dios, sediento del Señor. Sabía pasar hambre, porque sabía que los hambrientos comerán. [] Sabía también tener abundancia, y podía tenerla, pues no tenía nada y sin embargo lo poseía todo. []

    Capítulo 18

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 18, sumario
    Por la separación de las diez tribus del rey Roboam aprendemos cuánto daño pueden hacer los malos consejeros.

    II, 18, § 93

    93. La justicia, pues, adorna especialmente a los hombres que están al frente de algún cargo; por el contrario, la injusticia les falla y lucha contra ellos. La Escritura misma nos da un ejemplo, donde dice que cuando el pueblo de Israel, después de la muerte de Salomón, pidió a su hijo Roboam que librara su cuello del yugo cruel y aligerara la dureza del gobierno de su padre, él, despreciando el consejo de los ancianos, dio la siguiente respuesta a instigación de los jóvenes: «Añadiría una carga al yugo de su padre y cambiaría sus trabajos más ligeros por otros más duros.»

    II, 18, § 94

    94. Airado por esta respuesta, el pueblo dijo: «No tenemos parte en David, ni heredad en el hijo de Isaí. Vuelve a tus tiendas, oh Israel. Porque no tendremos a este hombre por príncipe ni por caudillo sobre nosotros.» Así, abandonado y dejado por el pueblo, apenas pudo retener consigo dos de las diez tribus por amor de David.

    Capítulo 19

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 19, sumario
    Muchos son ganados por la justicia, la benevolencia y la cortesía, pero todo esto debe ser sincero.

    II, 19, § 95

    95. Es claro, pues, que la equidad fortalece los imperios y la injusticia los destruye. ¿Cómo podría la maldad retener un reino cuando ni siquiera puede gobernar una sola familia? Hay necesidad, por tanto, de la mayor benignidad, para que conservemos no sólo el gobierno de los asuntos en general, sino también los derechos de los individuos. La benevolencia es del mayor valor, porque procura abrazar a todos con sus favores, ligarlos a sí mediante el cumplimiento de los deberes y ganarlos para sí con su encanto.

    II, 19, § 96

    96. Hemos dicho también que la cortesía en el hablar tiene gran eficacia para ganar favor. Pero queremos que sea sincera y sensata, sin adulación, no sea que la adulación deshonre la sencillez y pureza de nuestro trato. Debemos ser modelo para los demás no sólo en las obras, sino también en la palabra, en la pureza y en la fe. Lo que deseamos que se piense de nosotros, eso seamos; y mostremos abiertamente los sentimientos que llevamos dentro. No digamos en nuestro corazón palabra injusta que creamos que puede ocultarse en silencio, pues Aquel que hizo las cosas secretas oye lo que se dice en secreto, conoce los secretos del corazón y ha implantado los sentimientos dentro de nosotros. Por tanto, como bajo los ojos del Juez, consideremos todo lo que hacemos como puesto a la luz, para que sea manifiesto a todos.

    Capítulo 20

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 20, sumario
    La familiaridad con los hombres buenos es muy ventajosa para todos, especialmente para los jóvenes, como lo muestra el ejemplo de Josué, Moisés y otros. Además, quienes difieren en edad a menudo son semejantes en virtudes, como lo prueban Pedro y Juan.

    II, 20, § 97

    97. Es muy bueno unirse a un hombre bueno. Es también muy útil para los jóvenes seguir la guía de hombres grandes y sabios. Porque quien vive en compañía de sabios es sabio él mismo; pero quien se apega a los necios es tenido también por necio. Esta amistad con los sabios es una gran ayuda para instruirnos, y también como prueba segura de nuestra rectitud. Los jóvenes muestran muy pronto que imitan a aquellos a quienes se unen. Y esta idea se afianza por el hecho de que en toda su vida diaria llegan a ser semejantes a aquellos con quienes han tenido trato pleno.

    II, 20, § 98

    98. Josué, hijo de Nun, llegó a ser tan grande porque su unión con Moisés fue el medio no sólo de instruirlo en el conocimiento de la ley, sino también de santificarlo para recibir la gracia. Cuando en su tabernáculo se vio brillar la majestad del Señor en su divina Presencia, sólo Josué estaba en el tabernáculo. Cuando Moisés hablaba con Dios, Josué también era cubierto por la nube sagrada. Los sacerdotes y el pueblo estaban abajo, y Josué y Moisés subieron al monte para recibir la ley. Todo el pueblo estaba dentro del campamento; Josué estaba fuera del campamento en el tabernáculo del testimonio. Cuando la columna de nube descendía y Dios hablaba con Moisés, él estaba junto a él como un siervo fiel; y él, un joven, no salía del tabernáculo, aunque los ancianos que estaban lejos temblaban ante estas maravillas divinas.

    II, 20, § 99

    99. En todas partes, por tanto, él solo permanecía junto al santo Moisés en medio de todas estas obras admirables y secretos terribles. Por lo cual sucede que quien había sido su compañero en este trato con Dios sucedió en su poder. [] Digno era ciertamente de presentarse como un hombre capaz de detener el curso del río, y capaz de decir: «Sol, detente,» y retrasar la noche y alargar el día, como para dar testimonio de su victoria. [] ¿Por qué? — bendición negada a Moisés— a él solo fue elegido para conducir al pueblo a la tierra prometida. Fue un hombre grande por las maravillas que obró por la fe, grande por sus triunfos. Las obras de Moisés eran de un tipo más alto, las suyas trajeron mayor éxito. Cada uno de éstos, ayudado por la gracia divina, se elevó sobre toda condición humana. El uno gobernó el mar, el otro el cielo.

    II, 20, § 100

    100. Hermosa, por tanto, es la unión entre viejos y jóvenes. El uno para dar testimonio, el otro para dar consuelo; el uno para dar guía, el otro para dar agrado. Paso por alto a Lot, quien cuando joven se unió a Abrahán, cuando éste partía. [] Pues algunos quizá dirían que esto se debió más bien a su parentesco que a una acción voluntaria suya. ¿Y qué diremos de Elías y Eliseo? Aunque la Escritura no ha dicho expresamente que Eliseo era un hombre joven, sin embargo de ella colegimos que era el más joven. En los Hechos de los Apóstoles, Bernabé tomó consigo a Marcos, y Pablo tomó a Silas [] y a Timoteo [] y a Tito. []

    II, 20, § 101

    101. Vemos también que los deberes se repartían entre ellos según su superioridad en algo. Los ancianos tomaban la iniciativa en dar consejo, los jóvenes en mostrar actividad. A menudo, también, quienes eran semejantes en virtud pero desiguales en años se alegraban mucho de su unión, como Pedro y Juan. Leemos en el Evangelio que Juan era joven, aun en sus propias palabras, aunque no era inferior a ninguno de los ancianos en méritos y sabiduría. Pues en él había una venerable madurez de carácter y la prudencia de las canas. Una vida sin mancha es lo propio de una buena vejez.

    Capítulo 21

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre los deberes del clero · II, 21, sumario
    Defender a los débiles, o ayudar a los extranjeros, o cumplir deberes semejantes, añade mucho a la propia valía, especialmente en el caso de hombres probados. Mientras que uno incurre en gran censura por el amor al dinero; también el despilfarro, en el caso de los sacerdotes, es muy condenado.

    II, 21, § 102

    102. La estima en que se tiene a uno aumenta también mucho cuando rescata a un pobre de las manos de un poderoso, o salva de la muerte a un condenado; con tal que pueda hacerse sin perturbación, no sea que parezca que lo hacemos más por ostentación que por compasión, y así inflijamos heridas más graves mientras deseamos curar las más leves. Pero si uno ha librado a un hombre oprimido por los recursos y la facción de una persona poderosa, más bien que abrumado por los merecimientos de su propia maldad, entonces se fortalece el testimonio de una grande y alta opinión.

    II, 21, § 103

    103. La hospitalidad sirve también para recomendar a muchos. Pues es una especie de manifestación abierta de sentimientos bondadosos: para que el extranjero no carezca de hospitalidad, sino que sea recibido con cortesía, y para que la puerta le esté abierta cuando llegue. Es muy conveniente a los ojos de todo el mundo que el extranjero sea recibido con honor; que el encanto de la hospitalidad no falte a nuestra mesa; que salgamos al encuentro del huésped con servicio pronto y generoso, y que esperemos su llegada.

    II, 21, § 104

    104. Ésta fue especialmente la alabanza de Abrahán, pues velaba a la puerta de su tienda, para que ningún extranjero pasara de largo por casualidad. Observaba atentamente, para salir al encuentro del extranjero, anticiparse a él y rogarle que no pasara de largo, diciendo: «Señor mío, si he hallado gracia en tus ojos, no pases de largo junto a tu siervo.» [] Por tanto, como recompensa por su hospitalidad, recibió el don de la posteridad.

    II, 21, § 105

    105. También Lot, su sobrino, [] que estaba cerca de él no sólo por parentesco sino también por virtud, a causa de su prontitud para mostrar hospitalidad, apartó de sí y de su familia el castigo de Sodoma.

    II, 21, § 106

    106. Debe, por tanto, el hombre ser hospitalario, bondadoso, recto, no codiciar lo ajeno, dispuesto a ceder algo de sus propios derechos si es atacado, antes que quitar los de otro. Debe evitar las disputas, odiar las querellas. Debe restablecer la unidad y la gracia de la quietud. Cuando un hombre bueno cede alguno de sus derechos, no es sólo señal de liberalidad, sino que va acompañado de grandes ventajas. Para empezar, no es poca ganancia verse libre del coste de un pleito. Luego trae también buenos resultados, por el aumento de la amistad, de la cual se derivan muchas ventajas. Éstas llegan a ser después muy útiles para el hombre que sabe despreciar algo pequeño por el momento.

    II, 21, § 107

    107. En todos los deberes de la hospitalidad debe mostrarse benignidad a todos, pero mayor respeto debe darse a los rectos. Pues «quien recibe a un justo en nombre de justo, recompensa de justo recibirá,» [] como ha dicho el Señor. Tan grande es el favor con que la hospitalidad es vista por Dios, que ni siquiera un trago de agua fría dejará de tener recompensa. [] Veis que Abrahán, al buscar huéspedes, recibió a Dios mismo para hospedarlo. Veis que Lot recibió a los ángeles. [] ¿Y cómo sabéis que cuando recibís a hombres, no recibís a Cristo? Cristo puede estar en el extranjero que llega, pues Cristo está allí en la persona del pobre, como Él mismo dice: «Estuve en la cárcel y vinisteis a mí, estuve desnudo y me vestisteis.» [].

    II, 21, § 108

    108. Es dulce, entonces, buscar no el dinero sino la gracia. Es cierto que este mal ha entrado desde hace tiempo en los corazones humanos, de modo que el dinero ocupa el lugar del honor y las mentes de los hombres están llenas de admiración por la riqueza. Así el amor al dinero se infiltra y, por así decirlo, seca todo deber de bondad; de suerte que los hombres consideran una pérdida todo lo que se gasta más allá de la cantidad acostumbrada. Pero aun aquí las santas Escrituras han estado en guardia contra el amor al dinero, para que no resulte causa de estorbo, diciendo: «Mejor es la hospitalidad, aunque consista sólo en hierbas.» [] Y de nuevo: «Mejor es el pan con agrado y con paz.» [] Pues las Escrituras nos enseñan a no ser derrochadores, sino liberales.

    II, 21, § 109

    109. Hay dos clases de dar gratuitamente: una que nace de la liberalidad, otra del derroche extravagante. Es propio de la liberalidad recibir al extranjero, vestir al desnudo, redimir a los cautivos, ayudar al necesitado. Es derroche gastar dinero en banquetes costosos y en mucho vino. Por lo cual se lee: «El vino es derrochador, la embriaguez es injuriosa.» [] Es derroche gastar la propia hacienda sólo para ganar el favor del pueblo. Esto hacen quienes gastan su herencia en los juegos del circo, o en piezas teatrales y espectáculos de gladiadores, o incluso en una lucha de fieras, sólo para superar la fama de sus antepasados en estas cosas. Todo esto que hacen es sólo necedad, pues no es recto ser extravagante en gastar dinero aun en buenas obras.

    II, 21, § 110

    110. Es una liberalidad recta guardar la debida medida aun con los propios pobres, de modo que uno tenga bastante para más; y no pasar del límite justo por ganar favor. Todo lo que sale de una disposición pura y sincera, eso es conveniente. Es también conveniente no emprender obras innecesarias, ni omitir las que son necesarias.

    II, 21, § 111

    111. Pero al sacerdote conviene especialmente adornar el templo de Dios con esplendor conveniente, de modo que el atrio del Señor resulte glorioso por sus esfuerzos. Debe siempre gastar dinero según lo exija la misericordia. Le corresponde dar a los extranjeros lo que es justo. Esto no debe ser demasiado, sino suficiente; no más de lo que pide el sentimiento de bondad, sino tanto cuanto él pide, de suerte que nunca busque el favor de otro a expensas de los pobres, ni se muestre demasiado mezquino o demasiado pródigo con el clero. Lo uno es desamor; lo otro, derroche. Es desamor si faltara dinero para las necesidades de aquellos a quienes uno debe rescatar de sus ocupaciones miserables. Es derroche si sobrara demasiado para el placer.
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