Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
| Autor | Ambrosio de Milán (Ambrosius), obispo de Milán de 374 a su muerte en 397 (Wikipedia) |
| Títulos | Sobre las vírgenes (en latín De virginibus; el NPNF imprime «Three Books Concerning Virgins» y New Advent «Concerning Virginity») y Sobre las viudas (De viduis; «The Treatise Concerning Widows» en el NPNF, «Concerning Widows» en New Advent) |
| Lengua original | Latín. Wikipedia remite las Viudas a Patrologia Latina 16, 247–276; el NPNF no dice qué edición latina sigue |
| Fecha | Vírgenes: 377. El NPNF dice que el autor afirma haberlas compuesto en el tercer año de su episcopado, y en II, 6, § 39 escribe que aún no lleva tres años de obispo; Wikipedia da también 377. Viudas: poco después de 377 (NPNF); Wikipedia da 377 |
| Género | Exhortación pastoral a la vida consagrada, probablemente revisada a partir de discursos pronunciados, el primero, según el NPNF, el día de santa Inés (21 de enero). Las Viudas son un tratado más breve, de exhortación y de consejo |
| Destinatarios | Las Vírgenes, a su hermana Marcelina («A Marcelina, su hermana»); en II, 6, § 39 se dirige a las «santas vírgenes». Las Viudas, a las viudas, con una viuda concreta de la diócesis en el trasfondo, a la que Ambrosio no nombra (introducción de la edición) |
| Extensión | Vírgenes: libro I de 12 capítulos y 66 secciones, libro II de 6 y 43, libro III de 7 y 38 (la edición inglesa pasa de la § 35 a la § 37). Viudas: 15 capítulos y 90 secciones. Unas 31 000 palabras de Ambrosio |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10, tal como la recogen New Advent y CCEL |
| Obra y capítulos | Tema |
|---|---|
| Vírgenes I, 1–2 | Por qué escribe; la santa Inés del día en que empieza el discurso |
| Vírgenes I, 3–5 | La virginidad bajó al Verbo del cielo; lo que ignoraron los paganos; la Iglesia virgen y madre |
| Vírgenes I, 6–7 | No se habla contra el matrimonio; consejo a los padres; el Esposo y sus dones |
| Vírgenes I, 8–9 | El Cantar de los Cantares: las abejas, el panal y la búsqueda de Cristo |
| Vírgenes I, 10–12 | Libertad frente a la avaricia; las vírgenes que llegan de Plasencia, Bolonia y Mauritania; el amor de Dios y la violencia de los padres |
| Vírgenes II, 1–2 | Enseñar con ejemplos más que con preceptos; la vida de María |
| Vírgenes II, 3–6 | Tecla; la virgen de Antioquía y el soldado; Damón y Pitias; el cierre del libro |
| Vírgenes III, 1–4 | El discurso de Liberio a Marcelina; el régimen de la virgen: comida, visitas, silencio, ayunos, oración |
| Vírgenes III, 5–7 | Las lágrimas; Juan Bautista y la danza; Pelagia, Soteris y la pregunta de Marcelina |
| Viudas 1–6 | La viuda de Sarepta, la viuda verdadera, Ana, los dos óbolos de la viuda del Evangelio, Noemí |
| Viudas 7–10 | Judit y Débora; la viudez y los hijos; Cristo médico y los ministros de la Iglesia |
| Viudas 11–15 | Las razones para casarse otra vez; precepto y consejo; los eunucos; los hijos como pretexto |
El estado de virginidad es indudablemente recomendado en la Sagrada Escritura, tanto por nuestro Señor como por San Pablo, pero los hombres doctos han discrepado en sus opiniones acerca de las costumbres y reglas primitivas observadas por las vírgenes en las edades más antiguas. Unos suponen que desde el principio mismo era costumbre que hicieran una profesión solemne de la vida virginal y vivieran juntas en común. Otros consideran que sus votos eran privados, y vivían a veces juntas, a veces en las casas de sus padres. Otros, en fin, creyendo que no había más que un simple propósito por parte de las vírgenes, significado por el velo y por la sencillez de su vestido, atribuyen los primeros comienzos de la vida común al propio San Ambrosio.La primera opinión apenas es sostenible en lo que se refiere a una profesión que fuera notoria. Las afirmaciones que se hallan en las Actas de los Mártires más antiguas deben mirarse con sospecha, pues gran parte de esta clase de escritos es espuria. También los dichos de los Padres y de los Concilios apenas prueban sobre este punto más que la segunda opinión antes mencionada.Parece haber habido algunas que públicamente, como Marcelina, hermana de San Ambrosio, hicieron su profesión y recibieron formalmente el velo de manos del obispo; y otras, igualmente firmes en su propósito, cuyo voto de virginidad fue hecho en privado. De las primeras, las que vivían en Milán apenas parece que llevaran vida en común, pero en Bolonia sí la llevaban. Los términos voto, toma del velo y profesión estaban en uso en los días de San Ambrosio, como en la actualidad.Parece, pues, que desde los días de los apóstoles hubo algunas que se consagraron a Dios en una vida de castidad, y que más tarde la promesa o el voto se hacía en presencia de otros: el obispo, el clero y los amigos. Estas vírgenes vivían en su casa con sus padres mientras duraron los tiempos de persecución, lo cual hacía prácticamente imposible que vivieran en otra parte. La vida común entre ellas parece haberse iniciado en Oriente, y San Atanasio, cuando, buscando refugio de los arrianos, vino a Roma, introdujo esta costumbre en la Iglesia occidental.San Ambrosio trabajó vigorosamente en esta dirección, no solo en su propia diócesis, sino en las provincias vecinas, e incluso en África. Al comienzo de su episcopado se dirigió a su grey sobre el tema, y a petición de su hermana, Marcelina, recogió su enseñanza en los tres libros siguientes.En el primer libro trata de la dignidad de la virginidad y expone su razón para escribir. Como comienza sus discursos en el aniversario del martirio de Santa Inés, toma su historia como asunto de la parte anterior del tratado, y muestra cómo, entre los judíos, e incluso entre los paganos, la gracia de la virginidad fue prefigurada y, finalmente, proclamada por la venida de nuestro Señor. Advierte luego a los padres, especialmente a las viudas, que no impidan a sus hijas oír los discursos sobre este tema, y alude al número de las que venían incluso desde grandes distancias para recibir el velo en Milán.En el segundo libro, al hablar del carácter y del modo de vida de las vírgenes, lo hace, como él dice, aduciendo ejemplos e casos, antes que estableciendo un código de reglas. Habla de Tecla, patrona de Milán, discípula de San Pablo, y de otras vírgenes.En el tercer libro recorre un resumen del discurso pronunciado por el papa Liberio cuando Marcelina recibió el velo de sus manos, ante una gran concurrencia. San Ambrosio introduce algunas advertencias contra la austeridad excesiva, y en lugar de ciertos actos exteriores recomienda la oración y la práctica de las virtudes interiores. Se detiene en el asunto de ciertas vírgenes que se habían suicidado antes que perder su castidad, en respuesta a una pregunta de Marcelina.El propio autor afirma que este tratado fue compuesto en el tercer año de su episcopado, en el año 377 d. C., y es citado con aprobación por San Jerónimo, Ep. XXII. 22 y XLVIII. 14 [Vol. VI, pp. 31 y 75 de esta serie, y San Agustín, De doctrina christiana IV. 48, 50.
Dedicatoria
San Ambrosio, reflexionando sobre la cuenta que habrá de dar de sus talentos, determina escribir, y se consuela con ciertos ejemplos de la misericordia de Dios. Luego, reconociendo sus propias deficiencias, desea que se le trate como a la higuera del Evangelio, y expresa la esperanza de que no le falten palabras en su empeño por predicar a Cristo.
I, 1, § 1
I, 1, § 2
I, 1, § 3
I, 1, § 4
Este tratado tiene un comienzo favorable, pues es el natalicio de la santa virgen Inés, de cuyo nombre, modestia y martirio habla San Ambrosio con encomio, pero más especialmente de su edad, ya que ella, con solo doce años, fue superior a los terrores, a las promesas, a las torturas y a la muerte misma, con un valor enteramente digno de un hombre.
I, 2, § 5
I, 2, § 6
I, 2, § 7
I, 2, § 8
I, 2, § 9
Comentario editorial · Inés: lo que dice Ambrosio y lo que añadió la leyenda
La virginidad es alabada por muchos motivos, pero principalmente porque hizo bajar del cielo al Verbo, y de ahí que su práctica, que bajo la antigua alianza existía solo en unos pocos, se haya extendido a un número incontable.
I, 3, § 10
I, 3, § 11
I, 3, § 12
I, 3, § 13
La hermosura de la virginidad nunca existió entre los paganos, ni con las vírgenes vestales, ni entre los filósofos, tales como Pitágoras.
I, 4, § 14
I, 4, § 15
I, 4, § 16
I, 4, § 17
I, 4, § 18
I, 4, § 19
El cielo es la patria de la virginidad, y el Hijo de Dios su Autor, quien, aunque era Virgen antes de la Virgen, sin embargo, siendo de la Virgen, tomó a la Iglesia virgen como su esposa. De ella todos hemos nacido. Algunos de sus dones se enumeran. Sus hijas tienen una excelencia especial en que la virginidad no es materia de precepto, y en que es una ayuda poderosísima en la búsqueda de la piedad.
I, 5, § 20
I, 5, § 21
I, 5, § 22
I, 5, § 23
San Ambrosio explica que no habla contra el matrimonio, y procede a comparar las ventajas y desventajas del estado soltero y del casado.
I, 6, § 24
I, 6, § 25
I, 6, § 26
I, 6, § 27
I, 6, § 28
I, 6, § 29
I, 6, § 30
I, 6, § 31
San Ambrosio exhorta a los padres a educar a sus hijas en la virginidad, y les presenta las dificultades que surgen de su deseo de tener nietos. Dice, sin embargo, que no prohíbe el matrimonio, sino que más bien lo defiende contra los herejes que se oponen a él. Anteponiendo la virginidad al matrimonio, habla de la hermosura de su Esposo y de los dones con que Él las adorna, y aplica a estos puntos ciertos versículos del Cantar de los Cantares.
I, 7, § 32
I, 7, § 33
I, 7, § 34
I, 7, § 35
I, 7, § 36
I, 7, § 37
I, 7, § 38
I, 7, § 39
Tomando el pasaje del panal de miel en el Cantar de los Cantares, lo expone, comparando a las sagradas vírgenes con las abejas.
I, 8, § 40
I, 8, § 41
I, 8, § 42
I, 8, § 43
Se consideran otros pasajes del Cantar de los Cantares en relación con el tema presente, y San Ambrosio, exhortando a la virgen a buscar a Cristo, señala dónde puede hallarlo. Sigue una descripción de sus perfecciones, y se hace una comparación entre las vírgenes y los ángeles.
I, 9, § 44
I, 9, § 45
I, 9, § 46
I, 9, § 47
I, 9, § 48
I, 9, § 49
I, 9, § 50
I, 9, § 51
I, 9, § 52
I, 9, § 53
Finalmente se menciona otra gloria de la virginidad: que está libre de avaricia. San Ambrosio, dirigiéndose a su hermana, le recuerda la gran felicidad de quienes están libres de aquellas turbaciones de lujo y vanidad que sobrevienen a quienes están a punto de casarse.
I, 10, inicio
I, 10, § 54
I, 10, § 55
I, 10, § 56
San Ambrosio responde a las objeciones que se hacen contra la inutilidad de sus exhortaciones en favor de la virginidad, y aduce ejemplos de vírgenes, especialmente en los diversos lugares que menciona, y habla de su celo en esta causa.
I, 11, § 57
I, 11, § 58
I, 11, § 59
I, 11, § 60
Comentario editorial · ¿Vírgenes que viven juntas? Lo que el editor inglés advierte
I, 11, § 61
Es muy deseable que los padres alienten el deseo de la vida virginal, pero es más laudable cuando el amor de Dios atrae a una doncella aun contra su voluntad. No hay que temer la violencia de los padres ni la pérdida de los bienes, y San Ambrosio relata un ejemplo de ello.
I, 12, § 62
I, 12, § 63
I, 12, § 64
I, 12, § 65
I, 12, § 66
En este libro San Ambrosio se propone tratar de la formación de las vírgenes, empleando ejemplos más que preceptos, y explica por qué lo hace por escrito y no de palabra.
II, 1, § 1
II, 1, § 2
II, 1, § 3
II, 1, § 4
II, 1, § 5
La vida de María se presenta ante las vírgenes como ejemplo, y se detiene en sus muchas virtudes: su castidad, humildad, vida austera, amor al retiro y cosas semejantes; luego su bondad para con los demás, su celo por aprender y su amor por frecuentar el templo. San Ambrosio expone después cómo ella, adornada con todas estas virtudes, saldrá al encuentro de las innumerables bandas de vírgenes y las conducirá con gran triunfo al tálamo nupcial del Esposo.
II, 2, § 6
II, 2, § 7
II, 2, § 8
II, 2, § 9
II, 2, § 10
II, 2, § 11
II, 2, § 12
II, 2, § 13
II, 2, § 14
II, 2, § 15
II, 2, § 16
II, 2, § 17
II, 2, § 18
Habiendo presentado San Ambrosio a la Virgen María como modelo de vida, aduce a Tecla como modelo para aprender a morir. Tecla no sufrió daño de las fieras a las que fue condenada, sino que, por el contrario, recibió de ellas muestras de reverencia. Luego procede a introducir un ejemplo más reciente.
II, 3, § 19
Comentario editorial · Tecla: de las Actas apócrifas a Milán
II, 3, § 20
II, 3, § 21
Una virgen de Antioquía, habiéndose negado a sacrificar a los ídolos, fue condenada a una casa de mala fama, de donde escapó ilesa, tras cambiarse de ropa con un soldado cristiano. Luego, cuando él fue condenado por esto, ella volvió y los dos compitieron por el premio del martirio, que al fin fue concedido a cada uno.
II, 4, § 22
II, 4, § 23
II, 4, § 24
II, 4, § 25
II, 4, § 26
II, 4, § 27
II, 4, § 28
II, 4, § 29
II, 4, § 30
II, 4, § 31
II, 4, § 32
II, 4, § 33
La historia de los dos amigos pitagóricos, Damón y Pitias, es relatada por San Ambrosio, quien señala que el caso mencionado en el último capítulo es más digno de alabanza. Se establece una comparación entre el trato que los paganos daban a sus dioses sin castigo alguno y la irreverencia de Jeroboán con su castigo.
II, 5, § 34
II, 5, § 35
II, 5, § 36
II, 5, § 37
II, 5, § 38
San Ambrosio, al concluir el libro segundo, atribuye cualquier bien que pueda haber en él a los méritos de las vírgenes, y expone que era justo, antes de establecer preceptos severos, animarlas con ejemplos, como se hace tanto en la enseñanza humana como en la Sagrada Escritura.
II, 6, § 39
II, 6, § 40
II, 6, § 41
II, 6, § 42
II, 6, § 43
San Ambrosio vuelve ahora al discurso de Liberio cuando impuso el velo a Marcelina. Refiriéndose a las multitudes que acuden al banquete nupcial de aquel Esposo que a todos alimenta, pasa a la conveniencia de su profesión en el día en que Cristo nació de una Virgen, y concluye con una ferviente exhortación a amarle.
III, 1, § 1
Comentario editorial · Liberio y el velo de Marcelina
III, 1, § 2
III, 1, § 3
III, 1, § 4
Tratando a continuación de la formación de una virgen, habla de la moderación en la comida y en la bebida, y de la sujeción de los impulsos de la mente, introduciendo alguna enseñanza sobre la fábula de la muerte y resurrección de Hipólito, y aconseja evitar ciertos alimentos.
III, 2, § 5
III, 2, § 6
III, 2, § 7
III, 2, § 8
Se exhorta a las vírgenes a evitar las visitas, a guardar la modestia, a guardar silencio durante la celebración de los Misterios, según el ejemplo de María. Después, tras narrar la historia de un joven pagano y un dicho de un poeta, San Ambrosio relata un milagro obrado por un santo sacerdote.
III, 3, § 9
III, 3, § 10
III, 3, § 11
III, 3, § 12
III, 3, § 13
III, 3, § 14
Habiendo resumido el discurso de Liberio, san Ambrosio pasa a las virtudes de su hermana, especialmente a sus ayunos, los cuales, sin embargo, le aconseja moderar en cierta medida, y ejercitarse en otras cosas, según el ejemplo que aduce. Recomienda especialmente la Oración del Señor, la repetición de los Salmos por la noche y la recitación del Credo antes del amanecer.
III, 4, § 15
III, 4, § 16
III, 4, § 17
III, 4, § 18
III, 4, § 19
III, 4, § 20
San Ambrosio, hablando de las lágrimas, explica el dicho de David, «Cada noche lavo mi lecho con mis lágrimas,» y pasa a hablar de Cristo llevando nuestros dolores y enfermedades. Todo debe referirse a su honor, y debemos alegrarnos con gozo espiritual, pero no a la manera mundana.
III, 5, § 21
III, 5, § 22
III, 5, § 23
III, 5, § 24
III, 5, § 25
Habiendo mencionado al Bautista, san Ambrosio pasa a describir los acontecimientos relacionados con su muerte, y habla contra la danza y las fiestas de los malvados.
III, 6, § 26
III, 6, § 27
III, 6, § 28
III, 6, § 29
III, 6, § 30
III, 6, § 31
En respuesta a Marcelina, que había preguntado qué debía pensarse de quienes, para escapar de la violencia, se quitaron la vida, san Ambrosio responde narrando la historia de Pelagia, virgen, con su madre y su hermana, y pasa a hablar del martirio de la bienaventurada Soteris, una de sus propias antepasadas.
III, 7, § 32
III, 7, § 33
Comentario editorial · Pelagia y la pregunta de Marcelina sobre el suicidio
III, 7, § 34
III, 7, § 35
III, 7, § 37
III, 7, § 38
III, 7, § 39
El propio autor nos informa al comienzo de su tratado que se sintió movido por el ejemplo de San Pablo, después de hablar de las vírgenes, a continuar con el tema de las viudas. Pero había también otro asunto en su propia diócesis que le afectaba personalmente, y que le hizo abordar de inmediato el tema. Cierta viuda que tenía varias hijas, algunas ya casadas y otras en edad de casarse, comenzó a pensar en unas segundas nupcias para sí misma. San Ambrosio, en parte por ella misma, en parte para que no se supusiera que él había aconsejado de algún modo ese paso, publicó el siguiente tratado.En primer lugar afirma que la profesión de la viudedad se acerca mucho a la de la virginidad, y ha de estimarse muy por encima del estado matrimonial. Lo prueba con el testimonio de San Pablo y con su descripción de la que es viuda de verdad; también con muchos ejemplos tomados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Tras mencionar a la suegra de la mujer de San Pedro, se dirige más particularmente a la viuda por cuya causa escribe, aunque evita mencionar su nombre, señalando cuán vacías e insuficientes son todas las razones que ella se propone para casarse de nuevo. El vínculo matrimonial es, en efecto, dice, santo y bueno, y los casados y los célibes son como diversas clases de flores en el campo de la Iglesia. Sin embargo, se produce más grano que lirios, más hay casado que virgen. Señala que la viudedad ha sido tenida en deshonra sólo por los idólatras, razón por la cual bien puede ser tenida en honor por los cristianos. San Ambrosio no condena las segundas nupcias, aunque antepone la viudedad, ya que se siente obligado a procurar conducir a quienes están confiados a su amoroso cuidado al más alto grado posible de perfección.El tratado fue escrito no mucho después del concerniente a las Vírgenes, es decir, poco después del año 377 d. C.
Después de haber escrito sobre las vírgenes, parecía necesario decir algo acerca de las viudas, puesto que el Apóstol une las dos clases, y las últimas son como maestras de las primeras, y muy superiores a las casadas. Elías fue enviado a una viuda, gran señal de honor; sin embargo, las viudas no son honorables como aquella de Sarepta, a menos que imiten sus virtudes, especialmente la hospitalidad. Se reprende la avaricia de los hombres, que pierden las promesas de Dios por su codicia.
1, § 1
1, § 2
1, § 3
1, § 4
1, § 5
1, § 6
Se establecen los preceptos del Apóstol sobre la viuda de verdad: tales como que críe a los hijos, atienda a sus padres, desee agradar a Dios, se muestre irreprensible, dé muestras de una madurez de méritos, haya sido mujer de un solo marido. San Ambrosio advierte, sin embargo, que las segundas nupcias no fueron condenadas por San Pablo, y añade que las viudas deben tener buena fama de virtud ante todos. Las razones por las que las viudas más jóvenes han de ser evitadas, y qué significa que sea mejor casarse que abrasarse. San Ambrosio pasa luego a hablar de la dignidad de las viudas, mostrada por el hecho de que cualquier injuria hecha a ellas es visitada por la ira de Dios.
2, § 7
2, § 8
2, § 9
2, § 10
2, § 11
2, § 12
2, § 13
San Ambrosio vuelve a la historia de la viuda de Sarepta, y muestra que ella representaba a la Iglesia, y que por tanto era un ejemplo para vírgenes, casadas y viudas. Luego se refiere al profeta como representando a Cristo, en cuanto que anunció los misterios y la lluvia que había de venir. Después toca y explica el doble signo de Gedeón, y señala que no está en poder de cualquiera el obrar milagros, y que la Encarnación de Cristo y el rechazo de los judíos fueron prefigurados en aquel relato.
3, § 14
3, § 15
3, § 16
3, § 17
3, § 18
3, § 19
3, § 20
Con el ejemplo de Ana, San Ambrosio muestra cuál debe ser la vida de las viudas, y muestra que ella fue ejemplo de castidad en toda edad. De esto arguye que hay tres grados de la misma virtud, todos los cuales están comprendidos en la Iglesia, y presenta varios ejemplos en María, en Ana y en Susana. Pero, añade, el estado de virginidad es superior a cualquiera de los otros, si bien la viuda debe cuidar más de preservar su buen nombre.
4, § 21
4, § 22
4, § 23
4, § 24
4, § 25
4, § 26
La liberalidad con los pobres es recomendada por el ejemplo de la viuda del Evangelio, cuyos dos óbolos fueron preferidos a los grandes dones de los ricos. Los dos óbolos se tratan como representación mística de los dos Testamentos. Cuál es aquel tesoro por el cual se nos enseña a ofrecer, según el ejemplo de los Magos, tres dones, o según el de la viuda, dos. San Ambrosio concluye el capítulo con una exhortación a las viudas a ser celosas en las buenas obras.
5, § 27
5, § 28
5, § 29
5, § 30
5, § 31
5, § 32
Noemí es un ejemplo de una viuda que recibe de su nuera los frutos de su propia buena formación, y es señal de que el sustento necesario no faltará jamás a la buena viuda. Y si su vida parece triste, es feliz, pues las promesas del Señor le han sido hechas. San Ambrosio toca luego los beneficios del llanto.
6, § 33
6, § 34
6, § 35
6, § 36
Con el ejemplo de Judit se muestra que el valor no falta a las viudas; se detiene en su preparación para la visita a Holofernes, como también en su castidad y su sabiduría, su sobriedad y moderación. Finalmente, San Ambrosio, después de demostrar que fue no menos valiente que prudente, expone su modestia después de su éxito.
7, § 37
7, § 38
7, § 39
7, § 40
7, § 41
7, § 42
Aunque muchas otras viudas se acercaron a Judit en virtud, San Ambrosio se propone hablar sólo de Débora. ¡Qué modelo de virtud debió de ser para las viudas quien fue elegida para gobernar y defender a los hombres! No fue pequeña gloria para ella que, cuando su hijo estaba al frente del ejército, se negara a salir a la batalla si ella no iba también. De modo que condujo el ejército y predijo el resultado. En esta historia se exponen los combates y triunfos de la Iglesia y sus armas espirituales, y se quita a las mujeres toda excusa de debilidad.
8, § 43
8, § 44
Comentario editorial · ¿Era viuda Débora? Ambrosio y Jerónimo
8, § 45
8, § 46
8, § 47
8, § 48
8, § 49
8, § 50
8, § 51
A la objeción de que el estado de viudedad podría ser ciertamente soportable si las circunstancias fueran agradables, San Ambrosio responde que los entornos gratos son más peligrosos incluso que la aflicción; y pasa a mostrar, con ejemplos tomados de la Sagrada Escritura, que las viudas pueden hallar mucha felicidad en sus hijos y en sus yernos. Deben recurrir a los Apóstoles, que pueden ayudarnos, y deben implorar las intercesiones de los ángeles y de los mártires. Luego toca ciertas quejas relativas a la soledad y al cuidado de los bienes, y termina señalando lo indecoroso de que se case una viuda que tiene hijas ya casadas o en edad de casarse.
9, § 52
9, § 53
9, § 54
9, § 55
9, § 56
9, § 57
9, § 58
9, § 59
San Ambrosio vuelve de nuevo al tema de Cristo, hablando de su bondad en toda miseria. Los diversos modos en que el buen Médico trata nuestras enfermedades y la prontitud de la curación si sólo no descuidamos invocarlo. Toca el sentido moral de la voluntad, que muestra manifestado en la suegra de Pedro, y, por último, señala lo que debe ser un ministro de Cristo y especialmente un obispo, y dice que ellos especialmente deben levantarse por la gracia.
10, § 60
10, § 61
10, § 62
10, § 63
10, § 64
10, § 65
10, § 66
Habiendo mostrado que los pretextos que suelen alegarse para las segundas nupcias no tienen peso, San Ambrosio declara que no las condena, aunque por las palabras del Apóstol expone sus inconvenientes, si bien el estado de los casados dos veces es aprobado en la Iglesia, y aprovecha la ocasión para referirse a aquellos herejes que las prohíben. Y dice que, porque la fortaleza de las distintas personas varía, la castidad no es mandada, sino sólo recomendada.
11, § 67
11, § 68
11, § 69
11, § 70
11, § 71
Se trata de la diferencia entre las materias de precepto y las de consejo, como se muestra en el caso del joven del Evangelio, y se habla de la diferencia de las recompensas propuestas tanto para los consejos como para los preceptos.
12, § 72
12, § 73
12, § 74
San Ambrosio, tratando de las palabras del Evangelio acerca de los eunucos, condena a los que se hacen tales a sí mismos. Sólo merecen alabanza los que por la continencia han obtenido la victoria sobre sí mismos, pero nadie ha de ser obligado a vivir esta vida, pues ni Cristo ni el Apóstol establecieron tal ley; de modo que el voto matrimonial no debe ser culpado, aunque el de la castidad es mejor.
13, § 75
13, § 76
13, § 77
13, § 78
13, § 79
13, § 80
13, § 81
Aunque una viuda no haya recibido mandamiento alguno, ha recibido, sin embargo, tantos consejos que no debe tenerlos en poco. San Ambrosio lamentaría tenderle trampa alguna, visto que el campo de la Iglesia se enriquece como resultado del matrimonio, pero es absolutamente imposible negar que la viudedad, que San Pablo alaba, es provechosa. En consecuencia, habla con severidad de quienes han proscrito la viudedad por ley.
14, § 82
14, § 83
14, § 84
14, § 85
San Ambrosio responde a la objeción de quienes hacen del deseo de tener hijos una excusa para las segundas nupcias, y especialmente en el caso de quienes ya tienen hijos de su matrimonio anterior; y señala las dificultades consiguientes de las discordias entre los hijos, e incluso entre los mismos esposos, y advierte contra un uso indebido de los pasajes de la Escritura en esta materia.
15, § 86
15, § 87
15, § 88
15, § 89
15, § 90
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial