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  15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minSobre las viudas
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 2
  19. Sesión 19 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  20. Sesión 20 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 4
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 6
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8
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  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 10
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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

    Índice de la obra

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    Ambrosio de Milán

    Sobre las vírgenes y sobre las viudas

    Texto base: versión inglesa de H. de Romestin, con la ayuda de E. de Romestin y H. T. F. Duckworth, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10 (Buffalo, 1896), «Concerning Virgins» (tres libros) y «Concerning Widows» · dos obras, 40 capítulos y 237 secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 190 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué ofrece la virginidad que el matrimonio no ofrezca, y qué debe a la Iglesia quien enviuda? Ambrosio, obispo de Milán desde hacía menos de tres años, contesta a su hermana Marcelina con tres libros sobre las vírgenes: empieza con el martirio de Inés a los doce años (I, 2), aclara que no habla contra el matrimonio (I, 6–7), propone como modelos a María, Tecla y las mártires (II, 2–4) y recoge el discurso que el papa Liberio le dirigió a ella el día en que recibió el velo (III, 1). Al tratado de las viudas lo mueve otro caso: una viuda de su diócesis, con hijas casaderas, pensaba en segundas nupcias (Introducción de la edición). Ambrosio defiende que la viudez se acerca a la virginidad, pero no condena el segundo matrimonio (Viudas, 2, 11).

    Ficha de la obra

    AutorAmbrosio de Milán (Ambrosius), obispo de Milán de 374 a su muerte en 397 (Wikipedia)
    TítulosSobre las vírgenes (en latín De virginibus; el NPNF imprime «Three Books Concerning Virgins» y New Advent «Concerning Virginity») y Sobre las viudas (De viduis; «The Treatise Concerning Widows» en el NPNF, «Concerning Widows» en New Advent)
    Lengua originalLatín. Wikipedia remite las Viudas a Patrologia Latina 16, 247–276; el NPNF no dice qué edición latina sigue
    FechaVírgenes: 377. El NPNF dice que el autor afirma haberlas compuesto en el tercer año de su episcopado, y en II, 6, § 39 escribe que aún no lleva tres años de obispo; Wikipedia da también 377. Viudas: poco después de 377 (NPNF); Wikipedia da 377
    GéneroExhortación pastoral a la vida consagrada, probablemente revisada a partir de discursos pronunciados, el primero, según el NPNF, el día de santa Inés (21 de enero). Las Viudas son un tratado más breve, de exhortación y de consejo
    DestinatariosLas Vírgenes, a su hermana Marcelina («A Marcelina, su hermana»); en II, 6, § 39 se dirige a las «santas vírgenes». Las Viudas, a las viudas, con una viuda concreta de la diócesis en el trasfondo, a la que Ambrosio no nombra (introducción de la edición)
    ExtensiónVírgenes: libro I de 12 capítulos y 66 secciones, libro II de 6 y 43, libro III de 7 y 38 (la edición inglesa pasa de la § 35 a la § 37). Viudas: 15 capítulos y 90 secciones. Unas 31 000 palabras de Ambrosio
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El recorrido de las dos obras, con la división en capítulos de la edición inglesa:
    Obra y capítulosTema
    Vírgenes I, 1–2Por qué escribe; la santa Inés del día en que empieza el discurso
    Vírgenes I, 3–5La virginidad bajó al Verbo del cielo; lo que ignoraron los paganos; la Iglesia virgen y madre
    Vírgenes I, 6–7No se habla contra el matrimonio; consejo a los padres; el Esposo y sus dones
    Vírgenes I, 8–9El Cantar de los Cantares: las abejas, el panal y la búsqueda de Cristo
    Vírgenes I, 10–12Libertad frente a la avaricia; las vírgenes que llegan de Plasencia, Bolonia y Mauritania; el amor de Dios y la violencia de los padres
    Vírgenes II, 1–2Enseñar con ejemplos más que con preceptos; la vida de María
    Vírgenes II, 3–6Tecla; la virgen de Antioquía y el soldado; Damón y Pitias; el cierre del libro
    Vírgenes III, 1–4El discurso de Liberio a Marcelina; el régimen de la virgen: comida, visitas, silencio, ayunos, oración
    Vírgenes III, 5–7Las lágrimas; Juan Bautista y la danza; Pelagia, Soteris y la pregunta de Marcelina
    Viudas 1–6La viuda de Sarepta, la viuda verdadera, Ana, los dos óbolos de la viuda del Evangelio, Noemí
    Viudas 7–10Judit y Débora; la viudez y los hijos; Cristo médico y los ministros de la Iglesia
    Viudas 11–15Las razones para casarse otra vez; precepto y consejo; los eunucos; los hijos como pretexto
    La penitencia de quien cae en pecado grave tras el bautismo se trata en Sobre la penitencia, que el NPNF fecha hacia 384; el modelo de vida que Ambrosio propone a su clero está en Sobre los deberes del clero. Cipriano había escrito antes un tratado sobre el vestido de las vírgenes; Agustín compuso después Sobre la santa virginidad y Sobre el bien de la viudez, y Jerónimo trata de la virginidad y del matrimonio en Contra Joviniano. Para el ascetismo cristiano en general, véase el compendio sobre el monacato.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 10 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime con los títulos «Three Books Concerning Virgins» y «The Treatise Concerning Widows» (New Advent: «Concerning Virginity» y «Concerning Widows»). El volumen es Ambrose: Select Works and Letters, editado por Philip Schaff y Henry Wace. La portada de CCEL dice que las obras de Ambrosio que reúne fueron traducidas por el reverendo H. de Romestin, «of St. John's College, and Rector of Tiptree, Essex», con la ayuda del reverendo E. de Romestin, de New College (Oxford), y del reverendo H. T. F. Duckworth, de Merton College (Oxford). New Advent repite esa atribución para estas dos obras y da como pie de imprenta Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1896; la portada de CCEL lleva T&T Clark (Edimburgo) y Eerdmans (Grand Rapids).
    Los Prolegómenos del NPNF fechan los tres libros Sobre las vírgenes en el año 377 y los dirigen a Marcelina; dicen que son, probablemente como la mayor parte de los tratados de Ambrosio, una revisión de discursos pronunciados, el primero en la fiesta de santa Inés, el 21 de enero, y que a juzgar por el primer capítulo podría ser el más temprano de sus escritos. Del tratado de las viudas dicen solo que se escribió probablemente no mucho después.
    Lo que viene de la edición. Las dos introducciones, el resumen que abre cada capítulo y la división en secciones numeradas son de la edición inglesa, no de Ambrosio. Los resúmenes se muestran aparte, bajo el nombre de la edición, para no confundir las dos voces. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor, que en el NPNF van al pie: solo quedan las referencias bíblicas entre corchetes dentro del texto. Algunas de esas notas, resumidas y con su fuente, acompañan aquí los pasajes que aclaran.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve contra la Biblia muestran su versículo. La de Judit (II, 4, § 24, «Judit x» en la edición) no indica versículo y quedó como texto.
    Numeración. Las secciones son las de la edición inglesa. En las Vírgenes se numeran sin interrupción en cada libro; en las Viudas, de principio a fin. La edición inglesa pasa en III, 7 de la § 35 a la § 37: no existe § 36. Al comienzo del capítulo 10 del libro I hay dos párrafos sin número, antes de la § 54, que aquí llevan el localizador «I, 10, inicio».

    Sobre las vírgenes

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · Introducción
    El estado de virginidad es indudablemente recomendado en la Sagrada Escritura, tanto por nuestro Señor como por San Pablo, pero los hombres doctos han discrepado en sus opiniones acerca de las costumbres y reglas primitivas observadas por las vírgenes en las edades más antiguas. Unos suponen que desde el principio mismo era costumbre que hicieran una profesión solemne de la vida virginal y vivieran juntas en común. Otros consideran que sus votos eran privados, y vivían a veces juntas, a veces en las casas de sus padres. Otros, en fin, creyendo que no había más que un simple propósito por parte de las vírgenes, significado por el velo y por la sencillez de su vestido, atribuyen los primeros comienzos de la vida común al propio San Ambrosio.
    La primera opinión apenas es sostenible en lo que se refiere a una profesión que fuera notoria. Las afirmaciones que se hallan en las Actas de los Mártires más antiguas deben mirarse con sospecha, pues gran parte de esta clase de escritos es espuria. También los dichos de los Padres y de los Concilios apenas prueban sobre este punto más que la segunda opinión antes mencionada.
    Parece haber habido algunas que públicamente, como Marcelina, hermana de San Ambrosio, hicieron su profesión y recibieron formalmente el velo de manos del obispo; y otras, igualmente firmes en su propósito, cuyo voto de virginidad fue hecho en privado. De las primeras, las que vivían en Milán apenas parece que llevaran vida en común, pero en Bolonia sí la llevaban. Los términos voto, toma del velo y profesión estaban en uso en los días de San Ambrosio, como en la actualidad.
    Parece, pues, que desde los días de los apóstoles hubo algunas que se consagraron a Dios en una vida de castidad, y que más tarde la promesa o el voto se hacía en presencia de otros: el obispo, el clero y los amigos. Estas vírgenes vivían en su casa con sus padres mientras duraron los tiempos de persecución, lo cual hacía prácticamente imposible que vivieran en otra parte. La vida común entre ellas parece haberse iniciado en Oriente, y San Atanasio, cuando, buscando refugio de los arrianos, vino a Roma, introdujo esta costumbre en la Iglesia occidental.
    San Ambrosio trabajó vigorosamente en esta dirección, no solo en su propia diócesis, sino en las provincias vecinas, e incluso en África. Al comienzo de su episcopado se dirigió a su grey sobre el tema, y a petición de su hermana, Marcelina, recogió su enseñanza en los tres libros siguientes.
    En el primer libro trata de la dignidad de la virginidad y expone su razón para escribir. Como comienza sus discursos en el aniversario del martirio de Santa Inés, toma su historia como asunto de la parte anterior del tratado, y muestra cómo, entre los judíos, e incluso entre los paganos, la gracia de la virginidad fue prefigurada y, finalmente, proclamada por la venida de nuestro Señor. Advierte luego a los padres, especialmente a las viudas, que no impidan a sus hijas oír los discursos sobre este tema, y alude al número de las que venían incluso desde grandes distancias para recibir el velo en Milán.
    En el segundo libro, al hablar del carácter y del modo de vida de las vírgenes, lo hace, como él dice, aduciendo ejemplos e casos, antes que estableciendo un código de reglas. Habla de Tecla, patrona de Milán, discípula de San Pablo, y de otras vírgenes.
    En el tercer libro recorre un resumen del discurso pronunciado por el papa Liberio cuando Marcelina recibió el velo de sus manos, ante una gran concurrencia. San Ambrosio introduce algunas advertencias contra la austeridad excesiva, y en lugar de ciertos actos exteriores recomienda la oración y la práctica de las virtudes interiores. Se detiene en el asunto de ciertas vírgenes que se habían suicidado antes que perder su castidad, en respuesta a una pregunta de Marcelina.
    El propio autor afirma que este tratado fue compuesto en el tercer año de su episcopado, en el año 377 d. C., y es citado con aprobación por San Jerónimo, Ep. XXII. 22 y XLVIII. 14 [Vol. VI, pp. 31 y 75 de esta serie, y San Agustín, De doctrina christiana IV. 48, 50.

    Dedicatoria

    A Marcelina, su hermana.

    Libro I

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 1, sumario
    San Ambrosio, reflexionando sobre la cuenta que habrá de dar de sus talentos, determina escribir, y se consuela con ciertos ejemplos de la misericordia de Dios. Luego, reconociendo sus propias deficiencias, desea que se le trate como a la higuera del Evangelio, y expresa la esperanza de que no le falten palabras en su empeño por predicar a Cristo.

    I, 1, § 1

    1. Si, según el decreto de la verdad celestial, hemos de dar cuenta de toda palabra ociosa que hayamos hablado [], y si todo siervo incurrirá en no pequeña culpa cuando su señor regrese, el cual, ya como prestamista tímido, ya como dueño avaro, ha escondido en la tierra los talentos de la gracia espiritual que le fueron confiados para que se multiplicaran con interés creciente, yo, que, aunque dotado de una capacidad solo moderada, tengo sin embargo impuesta sobre mí una gran necesidad de hacer aumentar las palabras de Dios que me han sido confiadas, debo con razón temer que se me pida cuenta del provecho de mis palabras, especialmente viendo que el Señor exige de nosotros esfuerzo, no provecho. Por lo cual he determinado escribir algo, puesto que, además, mis palabras son escuchadas con mayor riesgo para la modestia que cuando son escritas, pues un libro no tiene sentimiento de modestia.

    I, 1, § 2

    2. Y así, desconfiando en verdad de mi propia capacidad, pero animado por los ejemplos de la misericordia divina, me aventuro a componer un discurso, pues cuando Dios lo quiso, hasta el asna habló []. Y abriré mi boca, largo tiempo muda, para que el ángel me asista también a mí, ocupado en las cargas de este mundo, pues Él puede quitar los impedimentos de la impericia, quien en el asna quitó los de la naturaleza. En el arca del Antiguo Testamento floreció la vara del sacerdote []; con Dios es fácil que también de nuestros nudos brote una flor en la Santa Iglesia. ¿Y por qué habríamos de desesperar de que Dios hable en los hombres, quien habló en la zarza? []. Dios no despreció la zarza, y ¡ojalá Él diera también luz a mis espinas! Acaso algunos se asombren de que haya alguna luz incluso en nuestras espinas; algunas de nuestras espinas no arderán; habrá algunos cuyos zapatos se quitarán de sus pies al sonido de mi voz, para que los pasos de la mente queden libres de los impedimentos corporales.

    I, 1, § 3

    3. Pero estas cosas las alcanzan los hombres santos. ¡Ojalá Jesús dirigiera una mirada sobre mí, que yazgo aún bajo aquella higuera estéril [], y ojalá también mi higuera diese fruto después de tres años! Pero ¿de dónde habrían de tener los pecadores una esperanza tan grande? ¡Ojalá al menos aquel viñador del Evangelio, acaso ya mandado a cortar mi higuera, la dejara también este año, hasta que cave alrededor de ella y la abone, para que tal vez levante del polvo al desvalido y alce de la miseria al pobre! Bienaventurados los que atan sus caballos a la vid y al olivo [], consagrando el curso de sus trabajos a la luz y a la alegría: la higuera, es decir, el atractivo tentador de los placeres del mundo, todavía me cubre con su sombra, baja de estatura, quebradiza para trabajarla, blanda para usarla y estéril de fruto.

    I, 1, § 4

    4. Y acaso alguien se asombre de que yo, que no puedo hablar, me atreva a escribir. Y sin embargo, si consideramos lo que leemos en los escritos del Evangelio y los hechos de los sacerdotes, y se toma como ejemplo al santo profeta Zacarías, hallará que hay algo que la voz no puede explicar, pero la pluma sí puede escribir. Y si el nombre de Juan devolvió el habla a su padre [], tampoco yo debo desesperar de que, aunque mudo, pueda recibir el habla si hablo de Cristo, de quien, según la palabra del profeta: «¿Quién contará su generación?» []. Y así, como siervo, anunciaré la familia del Señor, porque el Señor se ha consagrado a sí mismo una familia aun en este cuerpo de humanidad lleno de fragilidad.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 2, sumario
    Este tratado tiene un comienzo favorable, pues es el natalicio de la santa virgen Inés, de cuyo nombre, modestia y martirio habla San Ambrosio con encomio, pero más especialmente de su edad, ya que ella, con solo doce años, fue superior a los terrores, a las promesas, a las torturas y a la muerte misma, con un valor enteramente digno de un hombre.

    I, 2, § 5

    5. Y mi tarea comienza favorablemente, pues siendo hoy el natalicio de una virgen, tengo que hablar de las vírgenes, y el tratado tiene su comienzo en este discurso. Es el natalicio de una mártir: ofrezcamos la víctima. Es el natalicio de Santa Inés: admírense los hombres, cobren ánimo los niños, asómbrense los casados, tomen ejemplo los no casados. Pero ¿qué puedo decir digno de aquella cuyo nombre mismo no carecía de brillante alabanza? En una devoción superior a su edad, en una virtud por encima de la naturaleza, me parece que no llevó tanto un nombre humano cuanto una señal de martirio, con la que mostró lo que había de ser.

    I, 2, § 6

    6. Pero tengo algo que puede ayudarme. El nombre de virgen es un título de modestia. Invocaré a la mártir, proclamaré a la virgen. Es bastante largo aquel panegírico que no necesita elaboración, sino que está a nuestro alcance. Cese, pues, el trabajo, calle la elocuencia. Una sola palabra es alabanza suficiente. Esta palabra la cantan ancianos, jóvenes y niños. Nadie es más digno de alabanza que aquel que puede ser alabado por todos. Hay tantos heraldos cuantos hombres hay, que, al hablar, proclaman a la mártir.

    I, 2, § 7

    7. Se dice que sufrió el martirio a los doce años. Cuanto más odiosa era la crueldad, que no perdonó a una edad tan tierna, tanto mayor era en verdad el poder de la fe, que halló testimonio aun en aquella edad. ¿Había lugar para una herida en aquel cuerpo pequeño? Y la que no tenía lugar para el golpe del acero tenía con qué vencer al acero. Pero las doncellas de esa edad no pueden soportar siquiera las miradas airadas de los padres, y suelen llorar por los pinchazos de una aguja como si fueran heridas. Ella estaba sin temor bajo las manos crueles de los verdugos, no la conmovía el pesado peso de las cadenas que rechinaban, ofreciendo todo su cuerpo a la espada del soldado furioso, aún ignorante de la muerte, pero dispuesta para ella. O si era arrastrada contra su voluntad a los altares, estaba pronta a extender sus manos hacia Cristo en los fuegos de los sacrificios, y en los mismos altares sacrílegos, a hacer la señal del Señor Vencedor, o bien a poner su cuello y ambas manos en las argollas de hierro; pero ninguna argolla podía encerrar miembros tan delgados.

    I, 2, § 8

    8. ¡Nueva clase de martirio! Aún no en edad apta para el castigo, pero ya madura para la victoria; difícil para contender con ella, pero fácil de coronar; ella desempeñó el oficio de enseñar el valor teniendo la desventaja de la juventud. No se apresuraría así una esposa hacia el lecho, como, siendo virgen, iba ella gozosa al lugar del castigo con paso apresurado, la cabeza no adornada con cabellos trenzados, sino con Cristo. Todos lloraban; ella sola estaba sin lágrima. Todos se admiraban de que fuera tan pródiga de una vida que aún no había gozado, y que ahora entregaba como si ya la hubiera recorrido. Todos estaban asombrados de que hubiera ya quien diese testimonio de la divinidad, cuando aún no podía, por su edad, disponer de sí misma. Y ella logró que se la creyera acerca de Dios, ella cuyo testimonio acerca del hombre no habría sido aceptado. Pues lo que está por encima de la naturaleza proviene del Autor de la naturaleza.

    I, 2, § 9

    9. ¡Qué amenazas empleaba el verdugo para infundirle miedo, qué halagos para persuadirla, cuántos deseaban que ella viniera a ellos en matrimonio! Pero ella respondía: «Sería una injuria a mi Esposo mirar a alguien como susceptible de agradarme. Aquel que me eligió primero para sí me recibirá. ¿Por qué te demoras, verdugo? Perezca este cuerpo que puede ser amado por ojos que yo no querría.» Ella estaba de pie, oraba, inclinó su cuello. Podías ver temblar al verdugo, como si él mismo hubiera sido condenado, y temblar su mano derecha, palidecer su rostro, pues temía el peligro de otra, mientras la doncella no temía por el suyo. Tienes, pues, en una sola víctima un doble martirio: el de la modestia y el de la religión. Ella a la vez permaneció virgen y obtuvo el martirio.
    Comentario editorial · Inés: lo que dice Ambrosio y lo que añadió la leyenda
    Ambrosio presenta a Inés en su natalicio (§ 5), con doce años (§ 7) y con «un doble martirio: el de la modestia y el de la religión» (§ 9). Según Wikipedia, murió el 21 de enero de 304, a los doce o trece años, bajo Diocleciano; el relato de Ambrosio es una de las primeras fuentes, destaca su edad, su firmeza y su virginidad, y no incluye los rasgos legendarios que traen las Actas de santa Inés, del siglo V, cuyos detalles se han puesto en duda. Wikipedia añade que se cree que las circunstancias generales de su martirio son en gran parte auténticas, aunque la leyenda no pueda probarse. Para el lector, la diferencia es útil: lo que sigue en este capítulo es el relato de Ambrosio, no el de las Actas.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 3, sumario
    La virginidad es alabada por muchos motivos, pero principalmente porque hizo bajar del cielo al Verbo, y de ahí que su práctica, que bajo la antigua alianza existía solo en unos pocos, se haya extendido a un número incontable.

    I, 3, § 10

    10. Y ahora el amor a la pureza me impulsa, y tú, mi santa hermana, aunque no hablas en tu hábito silencioso, a decir algo sobre la virginidad, para que no parezca que una virtud principal ha sido pasada por alto con solo una ligera mención. Pues la virginidad no es digna de alabanza porque se halle en los mártires, sino porque ella misma hace mártires.

    I, 3, § 11

    11. Pero ¿quién puede comprender con el entendimiento humano aquello que ni siquiera la naturaleza ha incluido en sus leyes? ¿O quién puede explicar en lenguaje ordinario lo que está por encima del curso de la naturaleza? La virginidad ha traído del cielo aquello que puede imitar en la tierra. Y no sin propiedad ha buscado su modo de vida en el cielo la que ha hallado para sí un Esposo en el cielo. Ella, pasando más allá de las nubes, del aire, de los ángeles y de las estrellas, ha hallado la Palabra de Dios en el seno mismo del Padre, y lo ha atraído hacia sí con todo su corazón. Pues ¿quién, habiendo hallado un Bien tan grande, lo abandonaría? Porque «Tu Nombre es como ungüento derramado; por eso las doncellas te amaron y te atrajeron.» Y en verdad lo que he dicho no es mío, pues quienes no se casan ni son dados en matrimonio son como los ángeles en el cielo. No nos sorprendamos, pues, si son comparadas con los ángeles las que están unidas al Señor de los ángeles. ¿Quién, entonces, puede negar que este modo de vida tiene su fuente en el cielo, el cual no hallamos fácilmente en la tierra, sino desde que Dios descendió a los miembros de un cuerpo terreno? Entonces una Virgen concibió, y el Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Dios.

    I, 3, § 12

    12. Pero alguno dirá: «Sin embargo, se ve que Elías no tuvo nada que ver con los abrazos del amor corporal.» Y por eso fue llevado al cielo en un carro, por eso apareció glorificado con el Señor [], y por eso ha de venir como precursor de la venida del Señor []. Y Miriam, tomando el pandero, dirigía las danzas con pudor virginal []. Pero considera a quién representaba ella entonces. ¿No era un tipo de la Iglesia, que como virgen de espíritu inmaculado congrega las asambleas religiosas del pueblo para cantar himnos divinos? Pues leemos que había vírgenes destinadas también en el templo de Jerusalén. Pero ¿qué dice el Apóstol? «Estas cosas les sucedían en figura, para que fueran señales de lo que había de venir.» [] Porque la figura se muestra en pocos, la vida existe en muchos.

    I, 3, § 13

    13. Pero en verdad, después de que el Señor, viniendo en nuestra carne, unió la divinidad y la carne sin confusión ni mezcla, entonces la práctica de la vida del cielo, extendiéndose por todo el mundo, fue implantada en los cuerpos humanos. Esto es lo que significaban los ángeles que servían en la tierra que había de suceder [], ministerio que debía ofrecerse al Señor con el servicio de un cuerpo inmaculado. Este es aquel servicio celestial que la muchedumbre de los ángeles que se regocijaban anunciaba para la tierra []. Tenemos, pues, la autoridad de la antigüedad desde lo antiguo y la plenitud de la proclamación por Cristo mismo.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 4, sumario
    La hermosura de la virginidad nunca existió entre los paganos, ni con las vírgenes vestales, ni entre los filósofos, tales como Pitágoras.

    I, 4, § 14

    14. Yo [ciertamente] no tengo esto en común con los paganos, ni en lo que a esto se refiere estoy asociado con los bárbaros, ni lo practico con los demás animales, con quienes, aunque respiramos un mismo aire vital y tenemos una condición común de cuerpo terreno, y de quienes no diferimos en el modo de generación, sin embargo, sólo en esto evitamos el reproche de semejanza: que la virginidad es buscada por los paganos, pero cuando es consagrada es violada; es atacada por los bárbaros y es desconocida para los demás.

    I, 4, § 15

    15. ¿Quién me alegará las vírgenes de Vesta y las sacerdotisas de Palas? ¿Qué clase de castidad es aquella que no es de costumbres, sino de años, que no se establece para siempre, sino por un tiempo? Tanta más lasciva es esa pureza cuya corrupción se difiere para una edad posterior. Enseñan que sus vírgenes no deben perseverar, y no pueden hacerlo quienes han fijado un término a la virginidad. ¿Qué clase de religión es aquella en la que a las doncellas modestas se les ordena ser ancianas inmodestas? Ni es modesta la que está atada por la ley, ni inmodesta la que es liberada por la ley. ¡Oh el misterio! ¡Oh las costumbres! ¡Donde la castidad es impuesta por ley y se da autoridad a la lujuria! Así, no es casta la que es constreñida por el miedo; ni honorable la que es alquilada por un precio; ni es modestia aquella que, expuesta a la importunidad diaria de ojos lascivos, es atacada por miradas deshonrosas. Se les conceden exenciones, se les ofrecen precios, como si vender la propia castidad no fuera el mayor signo de lascivia. Lo que se promete por un precio se entrega por un precio; se cede por un precio; se considera que tiene su precio. La que suele vender su castidad no sabe cómo redimirla.

    I, 4, § 16

    16. ¿Qué diré de los ritos frigios, en los que la inmodestia es la regla, y ello precisamente del sexo más débil? ¿Qué de las orgías de Baco, donde el misterio de los ritos es un incentivo a la lujuria? ¿De qué clase pueden ser, entonces, las vidas de los sacerdotes, donde los adulterios de los dioses son materia de religión? Así pues, no tienen vírgenes sagradas.

    I, 4, § 17

    17. Veamos si acaso los preceptos de los filósofos han formado alguna, pues suelen atribuirse la enseñanza de todas las virtudes. Cierta virgen pitagórica es mencionada en la historia, a quien un tirano se esforzaba en obligar a revelar el secreto, y para que ni siquiera en sus tormentos pudiera arrancársele la revelación, se mordió la lengua y la escupió al rostro del tirano, para que quien no quería poner fin a las preguntas no tuviera qué preguntar.

    I, 4, § 18

    18. Pero aquella misma virgen, tan constante de ánimo, fue vencida por la lujuria, aunque no pudo ser vencida por los tormentos. Y así, la que podía guardar el secreto de su mente no pudo ocultar la vergüenza de su cuerpo. Venció a la naturaleza, pero no observó la disciplina. ¡Cómo desearía que su palabra hubiera existido como defensa de su castidad! Así pues, no fue invicta por todos los lados, pues aunque el tirano no pudo descubrir lo que buscaba, encontró lo que no buscaba.

    I, 4, § 19

    19. ¡Cuánto más fuertes son nuestras vírgenes, que vencen incluso a aquellos poderes que no ven; cuya victoria no es sólo sobre la carne y la sangre, sino también sobre el príncipe de este mundo y gobernante de este siglo! En edad, Inés era ciertamente menor, pero mayor en virtud, triunfando sobre más, más constante en su confianza; no se destruyó la lengua por miedo, sino que la guardó para trofeo. Pues no había en ella nada que temiera traicionar, ya que lo que confesaba era santo, no pecaminoso. Y así, la primera meramente ocultó su secreto; la segunda dio testimonio del Señor y lo confesó en su cuerpo, a quien su edad aún no le permitía confesar.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 5, sumario
    El cielo es la patria de la virginidad, y el Hijo de Dios su Autor, quien, aunque era Virgen antes de la Virgen, sin embargo, siendo de la Virgen, tomó a la Iglesia virgen como su esposa. De ella todos hemos nacido. Algunos de sus dones se enumeran. Sus hijas tienen una excelencia especial en que la virginidad no es materia de precepto, y en que es una ayuda poderosísima en la búsqueda de la piedad.

    I, 5, § 20

    20. Es costumbre en los encomios hablar de la patria y del linaje del sujeto, para que la grandeza de la prole sea realzada por la mención del padre. Ahora yo, que no he emprendido alabar sino exponer la virginidad, considero oportuno dar a conocer su patria y su progenitor. Primero, establezcamos dónde está su patria. Ahora bien, si la patria de uno está allí donde está el hogar de su nacimiento, sin duda el cielo es la patria nativa de la castidad. Y así ella es aquí extranjera, pero allí ciudadana.

    I, 5, § 21

    21. ¿Y qué es la castidad virginal sino pureza libre de mancha? ¿Y a quién podemos juzgar autor suyo sino al Hijo inmaculado de Dios, cuya carne no vio corrupción, cuya divinidad no experimentó infección? Considerad, pues, cuán grandes son los méritos de la virginidad. Cristo era antes de la Virgen, Cristo era de la Virgen. Engendrado ciertamente del Padre antes de los siglos, pero nacido de la Virgen para los siglos. Lo primero era de su propia naturaleza, lo segundo es para nuestro beneficio. Lo primero siempre existió, lo segundo lo quiso.

    I, 5, § 22

    22. Considerad, también, otro mérito de la virginidad. Cristo es el esposo de la Virgen, y si se puede hablar así de la castidad virginal, pues la virginidad es de Cristo, no Cristo de la virginidad. Él es, pues, la Virgen que fue desposada, la Virgen que nos dio a luz, que nos alimentó con su propia leche, de quien leemos: «¡Cuán grandes cosas ha hecho la virgen de Jerusalén! No faltarán los pechos de la roca, ni la nieve del Líbano, ni el agua que es llevada por el viento fuerte.» ¿Quién es esta virgen que es regada con las corrientes de la Trinidad, de cuya roca fluyen aguas, cuyos pechos no faltan, y cuya miel se derrama? Ahora bien, según el Apóstol, la roca es Cristo. [] Por tanto, de Cristo no faltan los pechos, ni el resplandor de Dios, ni el río del Espíritu. Ésta es la Trinidad que riega a su Iglesia: el Padre, Cristo y el Espíritu.

    I, 5, § 23

    23. Pero bajemos ahora de la madre a las hijas. «Acerca de las vírgenes,» dice el Apóstol, «no tengo mandato del Señor.» [] Si el maestro de los gentiles no tenía ninguno, ¿quién podría tenerlo? Y en verdad no tenía mandato, pero tenía ejemplo. Pues la virginidad no puede ser mandada, sino que debe ser deseada, pues las cosas que están por encima de nosotros son materia de oración más que de dominio. «Pero yo quisiera,» dice, «que estéis sin afán. Pues el que no tiene esposa se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar a Dios....Y la virgen piensa en las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y en espíritu. Pues la casada piensa en las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.»

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 6, sumario
    San Ambrosio explica que no habla contra el matrimonio, y procede a comparar las ventajas y desventajas del estado soltero y del casado.

    I, 6, § 24

    24. Yo no desaliento el matrimonio, sino que amplío los beneficios de la virginidad. «El que es débil,» dice el Apóstol, «come hierbas.» [] Considero una cosa necesaria, admiro otra. «¿Estás ligado a una esposa? No busques ser desligado. ¿Estás libre de esposa? No busques esposa.» [] Éste es el mandato para los que están. Pero ¿qué dice acerca de las vírgenes? «El que da a su virgen en matrimonio hace bien, y el que no la da hace mejor.» [] La una no peca si se casa; la otra, si no se casa, es para la eternidad. En la primera está el remedio de la debilidad; en la segunda, la gloria de la castidad. La primera no es reprobada; la segunda es alabada.

    I, 6, § 25

    25. Comparemos, si os place, las ventajas de las mujeres casadas con lo que espera a las vírgenes. Aunque la mujer noble se jacta de su abundante descendencia, sin embargo cuanto más pare, más soporta. Cuente los consuelos de sus hijos, pero cuente igualmente los trabajos. Se casa y llora. ¡Cuántos votos hace con lágrimas! Concibe, y su fecundidad le trae trabajo antes que descendencia. Da a luz y enferma. ¡Qué dulce prenda la que comienza con peligro y termina en peligro, que causará dolor antes que placer! Se compra con peligros y no se posee por su propia voluntad.

    I, 6, § 26

    26. ¿Por qué hablar de las fatigas de criar, educar y casar? Éstas son las miserias de los que son afortunados. Una madre tiene herederos, pero esto aumenta sus dolores. Pues no debemos hablar de la adversidad, no sea que tiemblen los ánimos de los padres más santos. Considera, hermana mía, cuán duro debe ser soportar aquello de lo que no se debe hablar. Y esto es en el siglo presente. Pero vendrán días en que dirán: «Bienaventuradas las estériles, y los vientres que nunca engendraron.» [] Pues las hijas de este siglo son concebidas, y conciben; pero la hija del reino se abstiene del placer conyugal y del placer de la carne, para ser santa en cuerpo y en espíritu.

    I, 6, § 27

    27. ¿Por qué habría de hablar aún de las dolorosas atenciones y servicios debidos por las esposas a sus maridos, a quienes Dios, antes que a los esclavos, dio el mandato de servir? [] Y menciono estas cosas para que cumplan de mejor grado, cuyo premio, si es aprobado, es amor; si no es aprobado, castigo por la falta.

    I, 6, § 28

    28. Y en esta condición brotan aquellos incentivos al vicio, en que se pintan el rostro con varios colores, temiendo no agradar a sus maridos; y de mancharse el rostro, llegan a pensar en manchar su castidad. ¡Qué locura hay aquí, cambiar la forma de la naturaleza y buscar un afeite, y mientras temen el juicio del marido, renunciar al suyo propio! Pues la primera en hablar contra sí misma es la que quiere cambiar lo que le es natural. Así, mientras se esfuerza por agradar a otros, se desagrada a sí misma. ¿Qué testigo más veraz de tu fealdad requerimos, oh mujer, que tú misma, que temes ser vista? Si eres hermosa, ¿por qué te ocultas? Si fea, ¿por qué finges falsamente hermosura, de modo que no tengas ni la satisfacción de tu propia conciencia ni la del error ajeno? Pues él ama a otra, y tú deseas agradar a otro. ¿Y te enojas si él ama a otra, si es enseñado a hacerlo en tu propia persona? Eres mala maestra de tu propio daño.

    I, 6, § 29

    29. Y después, ¿qué gasto es necesario para que aun una esposa hermosa no deje de agradar? Costosos collares, por una parte, penden de su cuello; por otra, una túnica tejida con oro es arrastrada por el suelo. ¿Es esta ostentación comprada, o es una posesión real? ¡Y cuántos variados halagos de perfumes se emplean! Las orejas están agobiadas de gemas, un color distinto del natural se deja caer en los ojos. ¿Qué queda que sea suyo, cuando tanto se cambia? La mujer casada ama sus propias percepciones, ¿y piensa que esto es vivir?

    I, 6, § 30

    30. Pero vosotras, oh felices vírgenes, que no conocéis tales tormentos, más bien ornamentos, cuya santa modestia, resplandeciente en vuestras mejillas ruborosas, y dulce castidad son una hermosura, no consideráis, atentas a los ojos de los hombres, como méritos lo que se gana por los errores de otros. Vosotras también tenéis ciertamente vuestra propia hermosura, provista por la gracia de la virtud, no del cuerpo, a la que la edad no pone fin, que la muerte no puede arrebatar, ni enfermedad alguna dañar. Búsquese a Dios solo como juez de la hermosura, que ama, aun en cuerpos menos bellos, las almas más bellas. No sabéis nada de la carga y el dolor del parto, pero más numerosa es la descendencia de un alma piadosa, que estima a todos como hijos suyos, rica en sucesores, que no conoce pérdida alguna, que no conoce muertes, sino que tiene muchos herederos.

    I, 6, § 31

    31. Así, la santa Iglesia, ignorante del matrimonio, pero fecunda en engendrar, es virgen en castidad, y madre en descendencia. Ella, virgen, nos da a luz como hijos suyos, no por un padre humano, sino por el Espíritu. Nos da a luz no con dolor, sino con los regocijos de los ángeles. Ella, virgen, nos alimenta, no con la leche del cuerpo, sino con la del Apóstol, con la cual alimentó la tierna edad del pueblo que era aún niño. [] Pues ¿qué esposa tiene más hijos que la santa Iglesia, que es virgen en sus sacramentos y madre para su pueblo, cuya fecundidad incluso la sagrada Escritura atestigua, diciendo: «Porque muchos más son los hijos de la desolada que de la que tiene marido»? No tiene marido, pero tiene un Esposo, en cuanto que ella, ya sea como Iglesia entre las naciones, ya como alma en los individuos, sin pérdida alguna de modestia, desposa a la Palabra de Dios como su Esposo eterno, libre de toda injuria, llena de razón.

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 7, sumario
    San Ambrosio exhorta a los padres a educar a sus hijas en la virginidad, y les presenta las dificultades que surgen de su deseo de tener nietos. Dice, sin embargo, que no prohíbe el matrimonio, sino que más bien lo defiende contra los herejes que se oponen a él. Anteponiendo la virginidad al matrimonio, habla de la hermosura de su Esposo y de los dones con que Él las adorna, y aplica a estos puntos ciertos versículos del Cantar de los Cantares.

    I, 7, § 32

    32. Habéis oído, oh padres, en qué virtudes y ocupaciones debéis educar a vuestras hijas, para que poseáis a aquellas por cuyos méritos vuestras faltas pueden ser redimidas. La virgen es una ofrenda para su madre, por cuyo sacrificio diario se aplaca el poder divino. La virgen es prenda inseparable de sus padres, que ni los importuna por un dote, ni los abandona, ni los injuria de palabra o de obra.

    I, 7, § 33

    33. Pero alguno quizá desea tener nietos y ser llamado abuelo. En primer lugar, tal persona renuncia a lo que es suyo, mientras busca lo ajeno, y ya está perdiendo lo cierto, mientras espera ganar lo incierto; da sus propias riquezas, y aún se le pide más; si no paga el dote, se le exige; si vive mucho, se convierte en una carga. Esto es comprar un yerno, no ganar uno que vendería a los padres la vista de su hija. ¿Fue llevada tanto tiempo en el vientre de su madre para que pasara bajo el poder de otro? Y así los padres se encargan de adornar a su virgen para que sea apartada de ellos cuanto antes.

    I, 7, § 34

    34. Alguno dirá: ¿Entonces desapruebas el matrimonio? No; lo animo, y condeno a quienes suelen desaprobarlo, hasta tal punto que suelo hablar de los matrimonios de Sara, Rebeca y Raquel, y de otras mujeres de la antigüedad, como ejemplos de virtudes singulares. Pues el que condena el matrimonio, condena el nacimiento de los hijos, y condena la comunidad del género humano, continuada por una serie de generaciones sucesivas. Pues ¿cómo podría sucederse una generación a otra en orden continuo, si el don del matrimonio no excitara el deseo de descendencia? O ¿cómo podría uno exponer que Isaac fue al altar de Dios como víctima de la piedad de su padre, o que Israel, estando aún en el cuerpo, vio a Dios, [] y dio un nombre santo al pueblo mientras hablaba contra aquello por lo cual vinieron a la existencia? Esos hombres, aunque malvados, tienen al menos un punto en el cual son aprobados incluso por los sabios: que al hablar contra el matrimonio declaran que no deberían haber nacido.

    I, 7, § 35

    35. No desapruebo, pues, el matrimonio, sino que recapitulo las ventajas de la santa virginidad. Ésta es don de pocos solamente, aquello es de todos. Y la virginidad misma no puede existir si no tiene algún modo de llegar a existir. Comparo cosas buenas con cosas buenas, para que resulte claro cuál es más excelente. Y no alego opinión mía alguna, sino que repito lo que el Espíritu Santo habló por el profeta: «Bienaventurada la estéril sin mancilla.» []

    I, 7, § 36

    36. Primeramente, en aquello que los que se proponen casarse desean sobre todas las cosas, jactarse de la hermosura de su esposo, deben confesar por necesidad que son inferiores a las vírgenes, a las cuales solas conviene decir: «Eres más hermoso que los hijos de los hombres; la gracia se ha derramado en tus labios.» ¿Quién es ese Esposo? Uno no entregado a placeres comunes, no orgulloso de poseer riquezas, sino Aquel cuyo trono es por los siglos de los siglos. Las hijas del rey participan de su honor: «A tu diestra estaba la reina con vestido de oro, vestida de variedad de virtudes. Escucha, pues, hija, y considera, e inclina tu oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre; porque el rey ha deseado tu hermosura, pues Él es tu Dios.»

    I, 7, § 37

    37. Y observad qué reino el Espíritu Santo, por el testimonio de las divinas Escrituras, te ha asignado a ti— oro y hermosura; oro, ya porque eres la esposa del Rey eterno, ya porque, teniendo una mente invicta, no eres llevada cautiva por los halagos de los placeres, sino que los gobiernas como una reina. Oro también, porque así como ese metal es más precioso cuando es probado por el fuego, así la apariencia del cuerpo virginal, consagrado al Espíritu divino, gana un aumento de su propia gracia; pues ¿quién puede imaginar una amabilidad mayor que la hermosura de aquella que es amada por el Rey, aprobada por el juez, dedicada al Señor, consagrada a Dios; siempre esposa, siempre no casada, de modo que ni el amor sufre un final ni la modestia pérdida?

    I, 7, § 38

    38. Ésta es en verdad la verdadera hermosura, a la que nada falta, que sola es digna de oír al Señor decir: «Eres toda hermosa, amada mía, y no hay mancha en ti. Ven del Líbano, esposa mía, ven del Líbano. Pasarás y pasarás desde el principio de la fe, desde la cima de Sanir y de Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.» [] Con las cuales referencias se expone la perfecta e irreprochable hermosura de un alma virgen, consagrada a los altares de Dios, no movida por cosas perecederas en medio de las guaridas y escondrijos de las fieras espirituales, sino atenta, por los misterios de Dios, a ser hallada digna del Amado, cuyos pechos están llenos de gozo. Pues «el vino alegra el corazón del hombre.»

    I, 7, § 39

    39. «El olor de tus vestidos,» dice Él, «está por encima de todos los aromas.» [] Y de nuevo: «Y el olor de tus vestidos es como el olor del Líbano.» [] Mira qué progreso presentas tú, oh Virgen. Tu primer olor está por encima de todos los aromas que se usaron en la sepultura del Salvador, [] y la fragancia surge de los movimientos mortificados del cuerpo y del perecer de las delicias de los miembros. Tu segundo olor, como el olor del Líbano, exhala la incorrupción del cuerpo del Señor, la flor de la castidad virginal.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 8, sumario
    Tomando el pasaje del panal de miel en el Cantar de los Cantares, lo expone, comparando a las sagradas vírgenes con las abejas.

    I, 8, § 40

    40. Sea, pues, tu obra como un panal, porque la virginidad merece compararse a las abejas, tan laboriosa es, tan modesta, tan continente. La abeja se alimenta de rocío, no conoce lecho nupcial, produce miel. El rocío de la virgen es la palabra divina, porque las palabras de Dios descienden como el rocío. La modestia de la virgen es naturaleza sin mancha. El fruto de la virgen es el fruto de los labios, sin amargura, abundante en dulzura. Trabajan en común, y su fruto es en común.

    I, 8, § 41

    41. ¡Cuánto deseo, hija mía, que seas imitadora de estas abejas, cuyo alimento son las flores, cuya prole es recogida y reunida por la boca! Imítala, hija mía. Que no se extienda velo de engaño sobre tus palabras; que no tengan cubierta de astucia, para que sean puras y llenas de gravedad.

    I, 8, § 42

    42. Y que por tu boca se produzca una sucesión eterna de méritos. No recojas para ti sola (pues ¿cómo sabes cuándo se te pedirá el alma?), no sea que, dejando tus graneros llenos de trigo, que no aprovechará ni a tu vida ni a tus méritos, seas arrebatada adonde no puedes llevar contigo tu tesoro. Sé, pues, rica, pero para con los pobres, para que, así como participan de tu naturaleza, participen también de tus bienes.

    I, 8, § 43

    43. Y también te señalo qué flor has de coger: es Aquel que dijo: «Yo soy la Flor del campo y el Lirio de los valles, como lirio entre espinas,» lo cual es clara declaración de que las virtudes están rodeadas por las espinas de la maldad espiritual, de modo que nadie puede recoger el fruto si no se acerca con cautela.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 9, sumario
    Se consideran otros pasajes del Cantar de los Cantares en relación con el tema presente, y San Ambrosio, exhortando a la virgen a buscar a Cristo, señala dónde puede hallarlo. Sigue una descripción de sus perfecciones, y se hace una comparación entre las vírgenes y los ángeles.

    I, 9, § 44

    44. Toma, pues, oh virgen, las alas del Espíritu, para que vueles muy por encima de todos los vicios, si deseas alcanzar a Cristo: «Él mora en lo alto, mas mira lo humilde;» y su apariencia es como la de un cedro del Líbano, que tiene su follaje en las nubes y sus raíces en la tierra. Pues su principio es del cielo, su fin en la tierra, y produce fruto muy cercano al cielo. Busca con diligencia tan preciosa flor, por si acaso la hallas en los recovecos de tu pecho, pues ha de gozarse las más veces en los lugares humildes.

    I, 9, § 45

    45. Ama crecer en los jardines, en los cuales Susana, mientras paseaba, la halló, y estuvo dispuesta a morir antes que fuera violada. Pero qué significan los jardines lo indica Él mismo, diciendo: «Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía; huerto cerrado, fuente sellada;» porque en jardines de esta clase el agua de la fuente pura resplandece, reflejando los rasgos de la imagen de Dios, para que sus corrientes, mezcladas con el lodo de los revolcaderos de las fieras espirituales, no se contaminen. Por esta razón también aquella modestia de las vírgenes, cercada por el muro del Espíritu, queda encerrada para que no esté expuesta al saqueo. Y así como un jardín inaccesible desde fuera huele a violeta, se perfuma con olivo y resplandece con la rosa, para que la religión crezca en la vid, la paz en el olivo y la modestia de la virginidad consagrada en la rosa. Éste es el olor que percibió el patriarca Jacob cuando oyó a su padre decir: «Mira, el olor de mi hijo es como el olor de un campo que está lleno.» [] Pues aunque el campo del santo patriarca estaba lleno de casi todos los frutos, aquél producía sus cosechas con mayor trabajo, éste flores.

    I, 9, § 46

    46. A trabajar, pues, oh virgen, y si quieres que tu huerto sea dulce de esta manera, ciérralo con los preceptos de los profetas: «Pon guarda a tu boca, y puerta a tus labios,» para que tú también puedas decir: «Como el manzano entre los árboles del bosque, así es mi Amado entre los hijos. A su sombra me deleité y me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Hallé a Aquel a quien ama mi alma; lo abracé y no lo solté. Mi amado descendió a su huerto para comer el fruto de sus árboles. Ven, Amado mío, salgamos al campo. Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo. Mi Amado es blanco y rubio.» Porque conviene, oh virgen, que conozcas plenamente a Aquel a quien amas, y reconozcas en Él todo el misterio de su naturaleza divina y del cuerpo que asumió. Es blanco con razón, pues es el resplandor del Padre; y rubio, porque nació de una Virgen. El color de cada naturaleza brilla y resplandece en Él. Pero recuerda que las señales de su divinidad son en Él más antiguas que los misterios de su cuerpo, pues no tomó su origen de la Virgen, sino que, existiendo ya, vino a la Virgen.

    I, 9, § 47

    47. Aquel que fue despojado por los soldados, que fue herido por la lanza, para curarnos con la sangre de sus sagradas heridas, ciertamente te responderá (pues es manso y humilde de corazón, y de aspecto apacible): «Levántate, viento del norte, y ven, viento del sur, y soplad sobre mi huerto, para que se derramen mis aromas.» Pues de todas las partes del mundo ha crecido el perfume de la santa religión, y los miembros de la Virgen consagrada han resplandecido. «Hermosa eres, oh amor mío, como Tirsa, hermosa como Jerusalén.» Así que no es la hermosura del cuerpo perecedero, que acabará con la enfermedad o la vejez, sino la reputación de los buenos merecimientos, sujeta a ningún accidente y que nunca perecerá, la que es hermosura de las vírgenes.

    I, 9, § 48

    48. Y puesto que eres digna de compararte ya no con los hombres, sino con los seres celestiales, cuya vida llevas en la tierra, recibe del Señor los preceptos que has de guardar: «Ponme como sello sobre tu corazón, y como sello sobre tu brazo;» para que se presenten pruebas más claras de tu prudencia y de tus obras, en las cuales brille Cristo, Figura de Dios, quien, igualando plenamente la naturaleza del Padre, expresó todo lo que tomó de la divinidad del Padre. Por eso también dice el Apóstol Pablo que somos sellados en el Espíritu; [] ya que tenemos en el Hijo la imagen del Padre, y en el Espíritu el sello del Hijo. Sellados, pues, por esta Trinidad, pongamos más diligente cuidado, no sea que la ligereza de carácter o el engaño de alguna infidelidad deshaga el sello de la prenda que hemos recibido en nuestros corazones.

    I, 9, § 49

    49. Pero que el temor asegure esto para las santas vírgenes, a las cuales la Iglesia proveyó primero de tal protección; ella, ansiosa por la prosperidad de su tierna prole, siendo ella misma como un muro con pechos como muchas torres, aumenta su cuidado por ellas, hasta que, acabado el temor del ataque hostil, obtiene por el cuidado del amor materno la paz para sus hijos vigorosos. Por lo cual dice el profeta: «Sea la paz sobre tu virtud, y abundancia en tus torres.»

    I, 9, § 50

    50. Entonces el Señor de la paz mismo, después de haber abrazado con sus fuertes brazos las viñas a Él encomendadas, y viendo sus sarmientos echar brotes, con rostro alegre templa las brisas para los frutos tiernos, como Él mismo testifica, diciendo: «Mi viña está ante mi vista; mil para Salomón, y doscientos para los que guardan su fruto.» []

    I, 9, § 51

    51. Antes se ha dicho: «Sesenta valientes rodean a su prole, armados de espadas desenvainadas y diestros en la disciplina de la guerra,» [] aquí hay mil y doscientos. El número ha crecido donde ha crecido el fruto, pues cuanto más santo es cada uno, tanto más es guardado. Así el profeta Eliseo mostró las huestes de ángeles que estaban presentes para guardarlo; así Josué, hijo de Nun, reconoció al Capitán de la hueste celestial. Quienes, pues, pueden también luchar por nosotros, pueden guardar el fruto que hay en nosotros. Y para vosotras, santas vírgenes, hay una custodia especial, pues vosotras, con castidad inmaculada, guardáis santo el lecho del Señor. Y no es maravilla que los ángeles luchen por vosotras, que militáis en el modo de vida de los ángeles. La castidad virginal merece la custodia de aquellos cuya vida alcanza.

    I, 9, § 52

    52. ¿Para qué he de continuar con más palabras la alabanza de la castidad? Porque la castidad ha hecho incluso ángeles. El que la ha conservado es un ángel; el que la ha perdido es un demonio. Y de aquí ha tomado también su nombre la religión. Virgen es la que es esposa de Dios; ramera, la que se fabrica dioses. ¿Qué diré de la resurrección, de la cual ya poseéis los premios? «Porque en la resurrección no se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán,» dice, «como los ángeles en el cielo.» [] Lo que se nos promete está ya presente en vosotras, y el objeto de vuestras oraciones está con vosotras; sois de este mundo, y sin embargo no estáis en este mundo. Este siglo os ha tenido, pero no ha podido reteneros.

    I, 9, § 53

    53. ¡Y qué cosa tan grande es que los ángeles, por la incontinencia, cayeron del cielo a este mundo, y que las vírgenes, por la castidad, pasaron del mundo al cielo! Bienaventuradas vírgenes, a quienes no seducen las delicias de la carne ni derriba la impureza de los placeres. La parquedad en la comida y la abstinencia en la bebida las adiestran en el desconocimiento de los vicios, pues les impiden conocer sus causas. Aquello que causa el pecado ha engañado a menudo incluso a los justos. Así el pueblo de Dios, después de sentarse a comer y beber, negó a Dios. [] Así también Lot no supo, y por eso sufrió la maldad de sus hijas. [] Así también los hijos de Noé, yendo hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, la cual vio el impúdico; el modesto se ruborizó y la ocultó piadosamente, temeroso de ofender si él también la veía. [] ¡Cuán grande es el poder del vino, que el vino lo desnudó a quien las aguas del diluvio no pudieron!

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 10, sumario
    Finalmente se menciona otra gloria de la virginidad: que está libre de avaricia. San Ambrosio, dirigiéndose a su hermana, le recuerda la gran felicidad de quienes están libres de aquellas turbaciones de lujo y vanidad que sobrevienen a quienes están a punto de casarse.

    I, 10, inicio

    ¿Qué, pues? ¡Qué felicidad es que ningún deseo de posesiones te inflame! El pobre pide lo que tienes, no lo que no tienes. El fruto de tu trabajo es tesoro para el necesitado, y dos óbolos, si son todo lo que uno tiene, son riqueza de parte de quien da.

    I, 10, § 54

    54. Escucha, pues, hermana mía, de qué te libras. Pues no me toca a mí enseñar ni a ti aprender de qué debes guardarte, porque la práctica de la virtud perfecta no requiere enseñanza, sino que instruye a los demás. Ves cuán semejante es a las literas de las procesiones la que se esmera en agradar, atrayendo hacia sí la mirada y la contemplación de todos; menos hermosa es porque se esfuerza en agradar, pues desagrada al pueblo antes de agradar a su esposo. Pero en ti el rechazo de toda solicitud por el esplendor es mucho más conveniente, y el hecho mismo de no adornarte es un adorno.

    I, 10, § 55

    55. Mira las orejas perforadas con heridas, y compadece el cuello abrumado por sus cargas. Que los metales sean diferentes no aligera el sufrimiento. En un caso una cadena ata el cuello, en otro un grillete encierra el pie. No importa que el cuerpo esté cargado de oro o de hierro. Así se abruma el cuello y se entorpecen los pasos. El precio no lo hace mejor, salvo que vosotras, mujeres, teméis que se pierda aquello que os causa sufrimiento. ¿Qué diferencia hay entre que os condene sentencia ajena o la vuestra propia? Es más, vosotras, aún más desdichadas que aquéllos, sois condenadas por la justicia pública, pues ellos desean ser liberados, vosotras ser atadas.

    I, 10, § 56

    56. ¡Pero qué situación tan miserable, que la que está en edad de casarse sea puesta, como en una especie de venta, a subasta para ser pujada, de modo que quien ofrezca el mayor precio la compre! Los esclavos se venden en condiciones más tolerables, pues a menudo eligen a sus amos; si una doncella elige, es un delito; si no, es una afrenta. Y ella, aunque sea hermosa y agraciada, a la vez teme y desea ser vista; desea serlo para venderse a mejor precio; teme que el hecho mismo de ser vista sea indecoroso. ¡Y qué absurdos de deseos, temores y sospechas hay sobre cómo resultarán los pretendientes, no sea que un pobre la engañe, o un rico la desprecie, no sea que un pretendiente apuesto se burle de ella, no sea que uno noble la desdeñe!

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 11, sumario
    San Ambrosio responde a las objeciones que se hacen contra la inutilidad de sus exhortaciones en favor de la virginidad, y aduce ejemplos de vírgenes, especialmente en los diversos lugares que menciona, y habla de su celo en esta causa.

    I, 11, § 57

    57. Alguno dirá: siempre estás cantando las alabanzas de las vírgenes. ¿Qué haré yo, que siempre las canto y no tengo éxito? Pero esto no es culpa mía. Y además, vírgenes vienen desde Plasencia a ser consagradas, o desde Bolonia, y Mauritania, para recibir aquí el velo. Veis aquí una cosa sorprendente. Yo trato el asunto aquí, y persuado a quienes están en otra parte. Si esto es así, trátese el asunto en otro lugar, para persuadiros a vosotros.

    I, 11, § 58

    58. ¿Qué es, pues, que incluso quienes no me oyen siguen mi enseñanza, y quienes me oyen no me siguen? Pues he conocido a muchas vírgenes que tenían el deseo, pero fueron impedidas de pasar adelante por sus madres, y, lo que es más grave, madres que eran viudas, a las cuales me dirijo ahora. Porque si vuestras hijas desearan amar a un hombre, podrían, según la ley, elegir a quien quisieran. ¿Acaso a las que se les permite elegir hombre no se les permite elegir a Dios?

    I, 11, § 59

    59. He aquí cuán dulce es el fruto de la modestia, que ha brotado incluso en los afectos de los bárbaros. Vírgenes que vienen de lo más distante de una y otra parte de Mauritania desean ser consagradas aquí; y aunque todas las familias estén en cadenas, la modestia no puede ser encadenada. La que llora por la dureza de la esclavitud confiesa un reino eterno.

    I, 11, § 60

    60. ¿Y qué diré de las vírgenes de Bolonia, fecunda banda de castidad, que, abandonando los deleites mundanos, habitan el santuario de la virginidad? No siendo del sexo que vive en común, alcanzando en su castidad común el número de veinte y fruto al ciento por uno, dejando la morada de sus padres, se apresuran a entrar en las casas de Cristo, como soldados de infatigable castidad; a veces cantando cantos espirituales, proveen a su sustento con el trabajo, y buscan con sus manos recursos para su liberalidad.
    Comentario editorial · ¿Vírgenes que viven juntas? Lo que el editor inglés advierte
    En el § 60 las vírgenes de Bolonia dejan la casa paterna, entran en «las casas de Cristo», cantan y se sustentan con su trabajo. El traductor inglés anota que en aquella época era «muy poco habitual» que mujeres vivieran juntas solas, y en I, 7, § 32 que en Milán no era aún la regla que las vírgenes consagradas viviesen en comunidad, como sí en otros sitios. La introducción de la edición resume tres opiniones sobre las vírgenes de las primeras edades: profesión solemne y vida común desde el principio; votos privados, en casa de los padres; o un simple propósito, y vida común iniciada por el propio Ambrosio. Según el editor, la primera apenas es sostenible si se trata de una profesión pública, y la vida común parece haber empezado en Oriente. Wikipedia añade que la virgen consagrada es una de las formas más antiguas de vida consagrada.

    I, 11, § 61

    61. Y si ha cobrado fuerza el atractivo de buscar vírgenes (pues ellas más que otras siguen la búsqueda y vigilan por la pureza), persiguen su presa escondida con la mayor perseverancia hasta sus mismas cámaras; o, si el vuelo de alguna ha parecido más libre, puede vérselas levantarse en alas, oírse el crujido de sus plumas y el estallido del aplauso; de modo que rodean a la que va volando con una casta banda de modestia, hasta que, gozosa en aquella hermosa compañía, olvidada de la casa de su padre, entra en las regiones de la modestia y en el hogar cercado de la castidad.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · I, 12, sumario
    Es muy deseable que los padres alienten el deseo de la vida virginal, pero es más laudable cuando el amor de Dios atrae a una doncella aun contra su voluntad. No hay que temer la violencia de los padres ni la pérdida de los bienes, y San Ambrosio relata un ejemplo de ello.

    I, 12, § 62

    62. Buena cosa es, pues, que el celo de los padres, como vientos favorables, ayude a una virgen; pero es más glorioso que el fuego de la tierna edad, aun sin la incitación de los mayores, brote por sí mismo en llama de castidad. Los padres negarán la dote, pero tú tienes un Esposo rico, con cuyos tesoros satisfecha no echarás de menos las rentas de la herencia paterna. ¡Cuánto supera la pobreza por la castidad a los dones nupciales!

    I, 12, § 63

    63. Y, sin embargo, ¿de quién has oído jamás que, por su deseo de castidad, haya sido privada de su herencia legítima? Los padres hablan contra ella, pero están dispuestos a dejarse vencer. Al principio resisten porque temen creer; a menudo se airan para que una aprenda a vencer; amenazan con desheredar para probar si una es capaz de no temer la pérdida temporal; halagan con exquisitos atractivos para ver si no puede ablandarse con la seducción de diversos placeres. Tú eres ejercitada, oh virgen, mientras eres instada. Y las ansiosas súplicas de tus padres son tus primeras batallas. Vence primero tu afecto, oh doncella. Si vences tu casa, vences al mundo.

    I, 12, § 64

    64. Pero supón que te aguarda la pérdida de tu patrimonio; ¿no son los futuros reinos del cielo una compensación por los bienes perecederos y frágiles? Pues si creemos el mensaje celestial, «no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por causa del reino de Dios, que no reciba siete veces más en este tiempo presente, y en el mundo venidero la vida eterna.» [] Confía tu fe a Dios, tú que confías tu dinero al hombre; presta a Cristo. El guardián fiel del depósito de tu esperanza paga el talento de tu fe con interés múltiple. La Verdad no engaña, la Justicia no defrauda, la Virtud no engaña. Pero si no crees la palabra de Dios, al menos cree los ejemplos.

    I, 12, § 65

    65. En mi memoria, una joven, antes noble en el mundo, ahora más noble a los ojos de Dios, instada al matrimonio por sus padres y parientes, se refugió en el santo altar. ¿Adónde podía huir mejor una virgen que allí donde se ofrece el Sacrificio de la Virgen? Y ni siquiera eso fue el límite de su audacia. Ella, oblación de la modestia, víctima de la castidad, estaba de pie ante el altar de Dios, ya poniendo sobre su cabeza la diestra del sacerdote, pidiendo sus oraciones, e impaciente ante la justa demora, poniendo la parte superior de su cabeza bajo el altar. «¿Puede cubrirme mejor algún velo,» dijo, «que el altar que consagra los velos mismos? Tal velo nupcial es el más conveniente, sobre el cual Cristo, Cabeza de todos, es consagrado cada día. ¿Qué hacéis, parientes míos? ¿Por qué seguís turbando mi mente con buscar matrimonio? Hace tiempo que he provisto a eso. ¿Me ofrecéis un esposo? He hallado uno mejor. Sacad el mayor partido de mis riquezas, jactaos de su nobleza, ensalzad su poder: yo tengo a Aquel con quien nadie puede compararse, rico en el mundo, poderoso en el imperio, noble en el cielo. Si tenéis uno así, no rechazo la elección; si no lo halláis, no me hacéis una bondad, parientes míos, sino una injuria.»

    I, 12, § 66

    66. Callados los demás, uno prorrumpió con cierta aspereza: «Si tu padre viviera,» dijo, «¿permitiría que permanecieras sin casar?» Entonces ella respondió con más religión y piedad más contenida: «Y tal vez se ha ido para que nadie pueda impedírmelo.» Esta respuesta, referente a su padre, pero que era advertencia para él, la confirmó con su propia y pronta muerte. Así los demás, temiendo cada uno lo mismo para sí, comenzaron a ayudarla y no a estorbarla como antes, y su virginidad no solo no supuso la pérdida de los bienes que le correspondían, sino que recibió también la recompensa de su integridad. Ved, doncellas, la recompensa de la devoción, y vosotros, padres, sed advertidos por el ejemplo de la transgresión.

    Libro II

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 1, sumario
    En este libro San Ambrosio se propone tratar de la formación de las vírgenes, empleando ejemplos más que preceptos, y explica por qué lo hace por escrito y no de palabra.

    II, 1, § 1

    1. En el libro anterior quise (aunque no fui capaz) exponer cuán grande es el don de la virginidad, para que la gracia del don celestial invitara por sí misma al lector. En el libro segundo conviene que la virgen sea instruida y, por así decirlo, educada mediante la enseñanza de preceptos adecuados.

    II, 1, § 2

    2. Mas, como soy débil para aconsejar e incapaz para enseñar (pues quien enseña debe superar a quien es enseñado), para no parecer que he abandonado la tarea que he emprendido o que he asumido demasiado, me ha parecido mejor instruir con ejemplos que con preceptos; pues se progresa más por medio del ejemplo, ya que lo que ya se ha hecho se considera no difícil, y lo que se ha probado, conveniente, y lo que nos ha sido transmitido en sucesión por una especie de práctica hereditaria de la virtud de los antepasados, obligatorio en la religión.

    II, 1, § 3

    3. Pero si alguno me reprende por presunción, repréndame más bien por celo, porque pensé que no debía rehusar ni siquiera esto a las vírgenes que me lo pidieron. Pues preferí correr el riesgo de poner en peligro mi propia modestia antes que no cumplir el deseo de aquellas cuyos afanes incluso nuestro Dios favorece con bondadosa aprobación.

    II, 1, § 4

    4. Ni puede ponerse la marca de presunción en mi tarea, puesto que, cuando tenían de quién aprender, buscaron mi buena voluntad más que mi enseñanza, y mi celo puede excusarse, ya que cuando tenían la guía de un mártir para la observancia de la disciplina, no creí superfluo poder convertir la persuasión de mi discurso en un atractivo para la profesión. Quien enseña con facilidad reprime la falta con severidad; yo, que no puedo enseñar, seduzco.

    II, 1, § 5

    5. Y como muchos que estaban ausentes deseaban tener el uso de mi discurso, compuse este libro, para que, teniendo en sus manos la sustancia de lo que mi voz les había dicho, no pensaran que aquel a quien tenían les faltaba. Pero continuemos con nuestro plan.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 2, sumario
    La vida de María se presenta ante las vírgenes como ejemplo, y se detiene en sus muchas virtudes: su castidad, humildad, vida austera, amor al retiro y cosas semejantes; luego su bondad para con los demás, su celo por aprender y su amor por frecuentar el templo. San Ambrosio expone después cómo ella, adornada con todas estas virtudes, saldrá al encuentro de las innumerables bandas de vírgenes y las conducirá con gran triunfo al tálamo nupcial del Esposo.

    II, 2, § 6

    6. Sea, pues, la vida de María como la virginidad misma, propuesta en una imagen, de la cual, como de un espejo, se refleja la apariencia de la castidad y la forma de la virtud. De ella podéis tomar vuestro modelo de vida, mostrando, como ejemplo, las reglas claras de la virtud: qué habéis de corregir, qué realizar y qué retener.

    II, 2, § 7

    7. Lo primero que enciende el ardor por aprender es la grandeza del maestro. ¿Qué hay más grande que la Madre de Dios? ¿Qué más glorioso que aquella a quien eligió la misma Gloria? ¿Qué más casto que aquella que llevó un cuerpo sin contacto con otro cuerpo? Pues ¿para qué hablar de sus demás virtudes? Fue virgen no solo en el cuerpo, sino también en la mente, pues no manchó la sinceridad de su disposición con engaño alguno; fue humilde de corazón, grave en el hablar, prudente en el entendimiento, parca en palabras, estudiosa en la lectura, poniendo su esperanza no en riquezas inciertas, sino en la oración de los pobres, atenta al trabajo, modesta en la conversación; acostumbrada a buscar no al hombre, sino a Dios como juez de sus pensamientos, a no dañar a nadie, a tener buena voluntad para con todos, a levantarse ante los ancianos, a no envidiar a sus iguales, a evitar la jactancia, a seguir la razón, a amar la virtud. ¿Cuándo afligió a sus padres siquiera con una mirada? ¿Cuándo riñó con sus vecinos? ¿Cuándo despreció al humilde? ¿Cuándo rehuyó al necesitado? Solía ir solamente a aquellas reuniones de hombres de las que la misericordia no se avergonzaría ni la modestia pasaría de largo. No había nada sombrío en sus ojos, nada desvergonzado en sus palabras, nada indecoroso en sus actos; no había movimiento insensato, ni paso desenfrenado, ni era su voz petulante, de modo que la apariencia misma de su ser exterior fuese imagen de su alma, representación de lo que es aprobado. Pues una casa bien ordenada debe reconocerse en el umbral mismo, y mostrar ya en la primera entrada que no se oculta oscuridad dentro, como nuestra alma, no impedida por ataduras del cuerpo, puede brillar fuera como una lámpara colocada dentro.

    II, 2, § 8

    8. ¿Para qué detallar su sobriedad en la comida, su abundancia de servicios —lo uno abundando más allá de la naturaleza, lo otro casi insuficiente para la naturaleza? Y no había tiempos de relajación, sino días de ayuno, uno tras otro. Y si alguna vez venía el deseo de refrigerio, su comida era generalmente lo que tenía a mano, tomada para alejar la muerte, no para servir al deleite. La necesidad antes que la inclinación le causaba el sueño, y, sin embargo, cuando su cuerpo dormía, su alma estaba despierta, y a menudo en el sueño repasaba lo que había leído, o continuaba lo que el sueño había interrumpido, o realizaba lo que había proyectado, o preveía lo que había de realizar.

    II, 2, § 9

    9. No acostumbraba salir de casa, excepto para el servicio divino, y esto con sus padres o parientes. Ocupada en privado en casa, acompañada por otros fuera, pero sin mejor guardiana que ella misma, pues, inspirando respeto con su porte y su trato, avanzaba no tanto por el movimiento de sus pies como por pasos sucesivos de virtud. Mas aunque la Virgen tenía otras personas que eran protectoras de su cuerpo, ella sola guardaba su carácter; puede aprender muchas cosas si es su propia maestra, quien posee la perfección de todas las virtudes, pues cuanto hacía es una lección. María atendía a todo como si fuera advertida por muchos, y cumplía toda obligación de virtud como si enseñara más que aprendiera.

    II, 2, § 10

    10. Tal la mostró el Evangelista, tal la halló el ángel, tal la eligió el Espíritu Santo. ¿A qué demorarse en detalles? Cuánto la amaban sus padres, cuánto la alababan los extraños, cuán digna era de que de ella naciera el Hijo de Dios. Ella, cuando entró el ángel, fue hallada en casa, en privado, sin compañía, para que nadie interrumpiera su atención o la perturbara; y no deseaba mujeres como compañeras, pues tenía la compañía de los buenos pensamientos. Más aún, le parecía estar menos sola cuando estaba sola. Pues ¿cómo había de estar sola quien tenía consigo tantos libros, tantos arcángeles, tantos profetas?

    II, 2, § 11

    11. Y así también, cuando Gabriel la visitó [], la encontró, y María tembló, turbada, como ante la forma de un hombre, mas al oír su nombre lo reconoció como a uno que no le era desconocido. Y así era extraña para los hombres, mas no para el ángel; para que sepamos que sus oídos eran modestos y sus ojos vergonzosos. Luego, cuando fue saludada, guardó silencio, y cuando se le habló, respondió, y aquella cuyo ánimo primero se turbó después prometió obediencia.

    II, 2, § 12

    12. Y la Sagrada Escritura señala cuán modesta era para con sus vecinos. Pues se hizo más humilde cuando supo que era elegida de Dios, y fue inmediatamente a su parienta en la montaña, no para ganar crédito con nada exterior, pues había creído la palabra de Dios. «Bienaventurada,» dijo, «eres tú que has creído.» [] Y permaneció con ella tres meses. Ahora bien, en tal intervalo de tiempo no es que se busque la fe, sino que se muestra la bondad. Y esto fue después de que el niño, saltando en el seno de su madre, saludó a la madre del Señor, alcanzando la razón antes de nacer.

    II, 2, § 13

    13. Y luego, en los muchos prodigios subsiguientes, cuando la estéril dio a luz un hijo, la virgen concibió, el mudo habló, los magos adoraron, Simeón esperó, las estrellas dieron aviso. María, que se había turbado ante la entrada del ángel, no se turbó ante los milagros. «María,» se dice, «guardaba todas estas cosas en su corazón.» [] Aunque era la madre del Señor, deseaba aprender los preceptos del Señor, y la que había dado a luz a Dios, deseaba conocer a Dios.

    II, 2, § 14

    14. Y luego, cómo iba también cada año a Jerusalén en el día solemne de la Pascua, e iba con José. En todas partes la modestia es la compañera de las singulares virtudes de la Virgen. Esta, sin la cual no puede existir la virginidad, debe ser la compañera inseparable de la virginidad. Y así María no iba ni siquiera al templo sin la custodia de su modestia.

    II, 2, § 15

    15. Esta es la imagen de la virginidad. Pues María fue tal que su solo ejemplo es lección para todos. Si, pues, el autor no nos desagrada, hagamos la prueba de la obra, para que quien desee para sí su recompensa imite el modelo. ¡Cuántas clases de virtudes brillan en una sola Virgen! El secreto de la modestia, la bandera de la fe, el servicio de la devoción, la Virgen dentro de la casa, la compañera para el ministerio, la madre en el templo.

    II, 2, § 16

    16. ¡Oh! ¡A cuántas vírgenes saldrá al encuentro, a cuántas abrazará y llevará al Señor, y dirá: «Ha sido fiel a su desposorio, a mi Hijo; ha guardado su lecho nupcial con modestia inmaculada.» ¡Cómo las encomendará el Señor mismo a su Padre, repitiendo de nuevo aquellas palabras suyas: «Padre santo, estos son los que he guardado para Ti, en los que el Hijo del hombre recostó su cabeza y descansó; pido que donde yo estoy, estén ellos conmigo.» [] Y si deben aprovechar no solo a sí mismas, las que no vivieron para sí solas, una virgen puede redimir a sus padres, otra a sus hermanos. «Padre santo, el mundo no me ha conocido, pero estos me han conocido y no han querido conocer el mundo.» []

    II, 2, § 17

    17. ¡Qué procesión será aquella, qué gozo de ángeles que aplauden cuando sea hallada digna de habitar en el cielo la que vivió en la tierra una vida celestial! Entonces también María, tomando su pandero, animará a los coros de las vírgenes, cantando al Señor porque han pasado por el mar de este mundo sin sufrir las olas de este mundo. [] Entonces cada una se regocijará, diciendo: «Iré al altar de Dios; a Dios que alegra mi juventud;» y, «Ofreceré a Dios acción de gracias, y pagaré mis votos al Altísimo.»

    II, 2, § 18

    18. Ni dudaría en admitiros a los altares de Dios, cuyas almas sin vacilar llamaría altares, sobre los cuales Cristo se ofrece cada día para la redención del cuerpo. Pues si el cuerpo de la virgen es templo de Dios, ¿qué es su alma, la cual, sacudiendo, por así decirlo, las cenizas del cuerpo y descubierta una vez más por la mano del Sacerdote Eterno, exhala el vapor del fuego divino? Dichosas vírgenes, que emiten fragancia por la gracia divina como los jardines por las flores, los templos por la religión, los altares por el sacerdote.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 3, sumario
    Habiendo presentado San Ambrosio a la Virgen María como modelo de vida, aduce a Tecla como modelo para aprender a morir. Tecla no sufrió daño de las fieras a las que fue condenada, sino que, por el contrario, recibió de ellas muestras de reverencia. Luego procede a introducir un ejemplo más reciente.

    II, 3, § 19

    19. Que, pues, la santa María os instruya en la disciplina de la vida, y Tecla os enseñe cómo ser ofrecida, pues ella, evitando el trato nupcial y condenada por la ira de su esposo, cambió incluso la disposición de las fieras por su reverencia a la virginidad. Pues, dispuesta para las fieras, al evitar la mirada de los hombres, ofreció sus partes vitales a un león feroz, e hizo que quienes habían apartado sus miradas impúdicas las volvieran con modestia.
    Comentario editorial · Tecla: de las Actas apócrifas a Milán
    Ambrosio propone a Tecla para aprender cómo ofrecerse; en los §§ 19–20 las fieras a las que fue condenada la veneran. Su historia viene de los Hechos de Pablo y Tecla, texto del siglo II (hacia 180, según Wikipedia), que forma parte de los Hechos de Pablo: una joven noble de Iconio que deja a su prometido para seguir a Pablo, se salva de la hoguera y de las fieras. Según Wikipedia, la primera catedral de Milán estuvo dedicada a ella, y la introducción del NPNF la llama «patrona de Milán»; el culto milanés a Tecla puede ser, así, un motivo de que Ambrosio la elija aquí. Esa conexión es una lectura del editor, no una afirmación del texto.
    Para ampliar: Thecla (Wikipedia (en)). Los Hechos de Pablo y Tecla se leen en Apócrifos selectos.

    II, 3, § 20

    20. Se veía a la fiera tendida en el suelo, lamiéndole los pies, mostrando sin ruido que no podía dañar el cuerpo sagrado de la virgen. Así la fiera reverenciaba a su presa y, olvidada de su propia naturaleza, se revistió de aquella naturaleza que los hombres habían perdido. Podía verse, como por una transfusión de naturaleza, a hombres revestidos de fiereza azuzando a la fiera a la crueldad, y a la fiera besando los pies de la virgen, enseñándoles lo que era debido por parte de los hombres. La virginidad tiene en sí tanto de admirable que hasta los leones la admiran. La comida no los atraía aunque estaban sin su ración; ningún impulso los precipitaba cuando estaban excitados; la ira no los exasperaba cuando se los provocaba, ni sus costumbres los guiaban ciegamente como solían, ni su propia disposición natural los poseía con ferocidad. Dieron ejemplo de piedad al reverenciar a la mártir; y dieron lección en favor de la castidad cuando no hicieron sino besar los pies de la virgen, con los ojos vueltos al suelo, como por modestia, temiendo que cualquier varón, incluso una fiera, viera desnuda a la virgen.

    II, 3, § 21

    21. Alguno dirá: «¿Por qué has presentado el ejemplo de María, como si pudiera hallarse alguien que imitara a la madre del Señor? ¿Y por qué el de Tecla, a quien formó el Apóstol de los gentiles? Danos un maestro de nuestra condición si deseas discípulos.» Os presentaré, pues, un ejemplo reciente de este tipo, para que entendáis que el Apóstol es maestro no de uno solo, sino de todos.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 4, sumario
    Una virgen de Antioquía, habiéndose negado a sacrificar a los ídolos, fue condenada a una casa de mala fama, de donde escapó ilesa, tras cambiarse de ropa con un soldado cristiano. Luego, cuando él fue condenado por esto, ella volvió y los dos compitieron por el premio del martirio, que al fin fue concedido a cada uno.

    II, 4, § 22

    22. Había últimamente en Antioquía una virgen que evitaba ser vista en público, pero cuanto más se hurtaba a los ojos de los hombres, tanto más la deseaban. Pues la hermosura de la que se oye hablar pero no se ve es más deseada, habiendo dos incentivos para la pasión, el amor y el conocimiento —mientras no se encuentra nada que agrade menos; y aquello que agrada se cree de más valor, porque el ojo no es en este caso juez por investigación, sino que la mente inflamada de amor está llena de anhelo. Y así la santa virgen, para que las pasiones de ellos no se alimentaran más con el deseo de conseguirla, profesó su intención de conservar su castidad, y de tal modo apagó los fuegos de aquellos hombres malvados, que ya no fue amada, sino denunciada.

    II, 4, § 23

    23. Así surgió una persecución. La doncella, no sabiendo cómo escapar, y temiendo caer en manos de quienes maquinaban contra su castidad, preparó su alma para una virtud heroica, siendo tan religiosa que no temía la muerte, tan casta que la esperaba. Llegó el día de su corona. La expectación de todos estaba en su punto más alto. La doncella es conducida y hace su doble profesión, de religión y de castidad. Pero cuando vieron la constancia de su profesión, su temor por su modestia, su prontitud para los tormentos y sus rubores al ser mirada, comenzaron a considerar cómo vencer su religión anteponiéndole la castidad, para que, habiéndola privado de aquello que era lo mayor, pudieran privarla también de lo que le quedaba. Así, la sentencia fue que o sacrificara o fuera enviada a una casa de mala fama. ¿De qué manera adoran a sus dioses quienes así los vengan, o cómo viven ellos mismos quienes dictan sentencia de esta forma?

    II, 4, § 24

    24. Y la virgen, sin vacilar en su religión, pero temerosa por su castidad, comenzó a reflexionar: ¿Qué he de hacer? Cada corona, la del martirio y la de la virginidad, se me niega hoy. Pero el nombre de virgen no se reconoce donde se niega al Autor de la virginidad. ¿Cómo puede ser virgen quien acaricia a una ramera? ¿Cómo puede ser virgen quien ama a adúlteros? ¿Cómo virgen si busca un amante? Es preferible tener una mente virgen que un cuerpo virgen. Ambas cosas son buenas si ambas son posibles; si no es posible, sea yo casta, no para el hombre, sino para Dios. También Rahab era ramera, pero después de creer en Dios halló salvación. [] Y Judit se adornó para agradar a un adúltero, mas como lo hizo por religión y no por amor, nadie la consideró adúltera. [Judit x] Este caso resultó bien. Pues si la que se confió a la religión conservó a la vez su castidad y su patria, quizá yo, conservando mi religión, conserve también mi castidad. Pero si Judit hubiera preferido su castidad a su religión, perdida su patria, habría perdido también su castidad.

    II, 4, § 25

    25. Y así, instruida por tales ejemplos, y al mismo tiempo teniendo presente las palabras del Señor, donde dice: «Quien perdiere su vida por Mí, la hallará,» [] lloró y guardó silencio, para que el adúltero ni siquiera la oyera hablar, y no eligió el agravio hecho a su modestia, sino que rechazó el agravio hecho a Cristo. Considerad si era posible que dejara su cuerpo ser impuro quien guardaba incluso su palabra.

    II, 4, § 26

    26. Desde hace un rato mis palabras se van volviendo tímidas, y temen alabar o describir la perversa serie de lo que se hizo. ¡Cerrad los oídos, vírgenes! La Virgen de Dios es llevada a una casa de vergüenza. Pero ahora abrid los oídos, vírgenes. La Virgen de Cristo puede ser expuesta a la vergüenza, pero no puede ser contaminada. En todo lugar es la Virgen de Dios y templo de Dios, y las casas de mala fama no pueden dañar la castidad, sino que la castidad suprime la mala fama del lugar.

    II, 4, § 27

    27. Una gran avalancha de hombres lascivos se dirige al lugar. Escuchad, santas vírgenes, los milagros de la mártir, olvidad el nombre del lugar. La puerta se cierra dentro, los halcones gritan fuera; algunos se disputan quién atacará primero la presa. Pero ella, con las manos levantadas al cielo, como si hubiera llegado a una casa de oración, no a un lugar de lujuria, dice: «Oh Cristo, que amansaste los leones feroces para el casto Daniel, [] Tú puedes también amansar las mentes feroces de los hombres. El fuego se hizo como rocío para los niños hebreos, el agua se mantuvo firme para los judíos, por tu misericordia, no por su propia naturaleza. [] Susana se arrodilló para el castigo y triunfó sobre sus adúlteros acusadores, se secó la mano derecha que violó los dones de tu templo; y ahora tu templo mismo es violado; no permitas el incesto sacrílego, Tú que no permitiste el robo. ¡Que tu Nombre sea ahora glorificado de nuevo en que yo, que vine aquí para vergüenza, salga virgen!»

    II, 4, § 28

    28. Apenas había terminado su oración, cuando, he aquí, irrumpió un hombre con aspecto de terrible guerrero. ¡Cómo tembló la virgen ante aquel ante quien cedía el pueblo tembloroso! Pero no olvidó lo que había leído. «Daniel,» dijo, «había ido a ver el castigo de Susana, y solo la declaró inocente, a quien el pueblo había condenado. Una oveja puede ocultarse en la forma de este lobo. Cristo también tiene sus soldados, Él que es dueño de las legiones. [] O acaso ha entrado un verdugo. No temas, alma mía, tal hombre hace mártires. ¡Oh Virgen! Tu fe te ha salvado.»

    II, 4, § 29

    29. Y el soldado le dijo: «No temas, hermana, te lo ruego. Yo, hermano, he venido aquí a salvar la vida, no a destruirla. Sálvame, para que tú misma seas salvada. Entré como adúltero, para salir, si quieres, como mártir. Cambiemos nuestros atuendos: el mío te sentará bien, y el tuyo me sentará bien, y ambos para Cristo. Tu túnica hará de mí un verdadero soldado, la mía hará de ti una virgen. Tú estarás bien vestida, yo quedaré desvestido aún mejor, para que el perseguidor me reconozca. Toma el vestido que ocultará a la mujer, dame el que me consagrará mártir. Ponte el manto que esconderá los miembros de una virgen, pero conservará su modestia. Toma el tocado que cubrirá tu cabello y ocultará tu rostro. Quienes han entrado en casas de mala fama suelen ruborizarse. Cuando hayas salido, cuida de no mirar atrás, recordando a la mujer de Lot, [] que perdió su propia naturaleza por mirar atrás lo impuro, aunque con ojos castos. Y no temas que falte parte alguna del sacrificio. Yo ofreceré la víctima a Dios por ti, tú ofrece el soldado a Cristo por mí. Has servido en el buen servicio de la castidad, cuya paga es la vida eterna; tienes la coraza de la justicia, que protege el cuerpo con armadura espiritual; el escudo de la fe, con el que rechazar las heridas; y el yelmo de la salvación, [] pues donde está Cristo está la defensa de nuestra salvación, ya que el hombre es cabeza de la mujer, y Cristo de la virgen.»

    II, 4, § 30

    30. Mientras decía esto se quitó el manto. Este vestido había sido hasta ahora sospechoso de ser el de un perseguidor y adúltero. La virgen ofreció su cuello, el soldado su manto. ¡Qué espectáculo fue aquel, qué manifestación de gracia cuando contendían por el martirio en una casa de mala fama! Considérense también los personajes: un soldado y una virgen, es decir, personas distintas en disposición natural, pero semejantes por la misericordia de Dios, para que se cumpliera el dicho: «Entonces los lobos y los corderos pacerán juntos.» [] He aquí que el cordero y el lobo no solo pacen juntos, sino que también son ofrecidos juntos. ¿Por qué decir más? Cambiado su vestido, la doncella huye del lazo, ya no con alas propias, pues era llevada en alas espirituales, y (espectáculo que los siglos nunca habían visto) sale de la casa de mala fama virgen, pero virgen de Cristo.

    II, 4, § 31

    31. Pero los que miraban con sus ojos y no veían, rugían como ladrones tras la presa, o lobos tras un cordero. Uno más desvergonzado entró. Mas cuando comprendió con sus ojos el estado de la cosa, dijo: ¿Qué es esto? Entró una doncella, y ahora se ve aquí un hombre. No es la antigua fábula de la cierva en lugar de la doncella, sino en verdad una virgen convertida en soldado. Había oído, pero no creído, que Cristo cambió el agua en vino; ahora ha comenzado también a cambiar los sexos. Salgamos de aquí mientras todavía somos lo que éramos. ¿También yo he cambiado, que veo las cosas de modo distinto de como creo que son? Vine a una casa de mala fama y veo un fiador. Y, sin embargo, salgo cambiado, pues saldré casto quien entró impuro.

    II, 4, § 32

    32. Cuando se supo el asunto, porque a tal vencedor se le debía una corona, fue condenado por la virgen, él que fue apresado por la virgen, y así no solo una virgen, sino un mártir salió de la casa de mala fama. Se dice que la doncella corrió al lugar del suplicio, y que ambos contendieron por la muerte. Él dijo: «Estoy condenado a muerte; la sentencia te dejó libre cuando a mí me retuvo.» Y ella respondió: «No te elegí como fiador mío bajo pena de muerte, sino como garantía de mi castidad. Si se ataca la castidad, mi sexo permanece; si se busca sangre, no deseo que nadie dé fianza por mí, tengo con qué pagar. La sentencia fue pronunciada sobre mí, la que fue pronunciada por mí. Sin duda, si te hubiera ofrecido como seguridad de mi deuda, y en mi ausencia el juez hubiera adjudicado tus bienes al acreedor, compartirías la sentencia conmigo, y yo pagaría tus obligaciones con mi patrimonio. Si me negara, ¿quién no me juzgaría digna de una muerte vergonzosa? ¿Cuánto más estoy obligada cuando se trata de la muerte? Déjame morir inocente, para no morir culpable. En este asunto no hay término medio; hoy seré o culpable de tu sangre o mártir en la mía. Si volví pronto, ¿quién se atreve a excluirme? Si tardé, ¿quién se atreve a absolverme? Debo mayor deuda a las leyes yo, que soy culpable no solo de mi propia huida, sino también de la muerte de otro. Mis miembros son capaces de muerte, los que no fueron capaces de deshonra. Una virgen puede recibir una herida, la que no pudo recibir contumelia. Evité la desgracia, no el martirio. Te di mi túnica; no alteré mi profesión. Y si me privas de la muerte, no me habrás rescatado, sino burlado. Guárdate, te lo ruego, de resistir; guárdate de atreverte a contender conmigo. No quites la bondad que me has conferido. Al negarme la ejecución de esta sentencia, estás restableciendo la anterior. Pues la sentencia se cambia por una anterior. Si la posterior no me obliga, la anterior sí. Cada uno de nosotros puede satisfacer la sentencia si permites que yo sea degollada primero. De ti no pueden exigir otra pena; pero la castidad de una virgen está en peligro. Y así serás más glorioso si se ve que has hecho de una adúltera una mártir, que si hubieras hecho de nuevo adúltera a una mártir.»

    II, 4, § 33

    33. ¿Cuál pensáis que fue el fin? Los dos contendieron, y ambos alcanzaron la victoria, y la corona no se dividió, sino que se hizo doble. Así los santos mártires, confiriéndose beneficios mutuamente, dieron el uno el impulso y el otro el resultado de su martirio.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 5, sumario
    La historia de los dos amigos pitagóricos, Damón y Pitias, es relatada por San Ambrosio, quien señala que el caso mencionado en el último capítulo es más digno de alabanza. Se establece una comparación entre el trato que los paganos daban a sus dioses sin castigo alguno y la irreverencia de Jeroboán con su castigo.

    II, 5, § 34

    34. Y las escuelas de los filósofos ensalzan hasta el cielo a Damón y Pitias —los pitagóricos—, de los cuales uno, condenado a muerte, pidió tiempo para poner en orden sus asuntos; entonces el tirano, en su astucia, no creyendo que pudiera hallarse tal fiador, pidió un fiador que sufriera la pena si el otro demoraba su regreso. No sé cuál de las dos acciones fue más noble. El uno halló al fiador, el otro se ofreció. Y así, mientras el condenado sufría alguna demora, el fiador, con rostro sereno, no rehusó la muerte. Mientras era conducido al suplicio, su amigo regresó y ofreció su cuello al hacha. Entonces el tirano, admirado de que la amistad fuera más cara para los filósofos que la vida, pidió ser recibido en amistad por aquellos a quienes había condenado. Tan grande fue la gracia de la Virtud que conmovió incluso a un tirano.

    II, 5, § 35

    35. Estas cosas son dignas de alabanza, pero son inferiores a nuestro ejemplo. Pues aquellos eran dos varones; entre nosotros, una era virgen, que primero debía ser superior a su sexo. Aquellos eran amigos; estos no se conocían entre sí. Aquellos se ofrecieron a un solo tirano; estos a muchos tiranos, y más crueles, pues en el primer caso el tirano los perdonó, mientras que estos los mataron. Con aquellos intervenía la necesidad; con estos, la voluntad de cada uno era libre. También en esto fueron más sabios estos últimos: para aquellos el fin de su celo era el placer de la amistad; para estos, la corona del martirio, pues aquellos se esforzaban por los hombres; estos, por Dios.

    II, 5, § 36

    36. Y puesto que hemos mencionado a aquel hombre que fue condenado, es oportuno añadir lo que pensaba de sus dioses, para que juzgues cuán débiles son aquellos de quienes se burlan sus propios seguidores. Pues él, habiendo entrado en el templo de Júpiter, mandó quitar la cinta de oro con que estaba coronada su imagen y poner en su lugar una de lana, diciendo que la cinta de oro era fría en invierno y pesada en verano. Así se burlaba de su dios, como incapaz de soportar un peso o el frío. También él, cuando vio la barba de oro de Asclepio, mandó quitarla, diciendo que no era propio que el hijo tuviera barba cuando el padre no la tenía. Además, quitó las copas de oro a las imágenes que las sostenían, diciendo que él debía recibir lo que los dioses daban. Pues, dijo, los hombres hacen oraciones para recibir bienes de los dioses, y nada es mejor que el oro; si, empero, el oro es malo, los dioses no deben tenerlo; si es bueno, es mejor que lo tengan los hombres, que saben usarlo.

    II, 5, § 37

    37. Tales objetos de burla eran, que ni Júpiter pudo defender su vestidura, ni Asclepio su barba —pues Apolo aún no había comenzado a dejarse crecer una—; ni pudieron todos aquellos que son tenidos por dioses conservar las copas de oro que sostenían, no tanto por temor a la acusación de robo como por no tener sensación alguna. ¿Quién, pues, adoraría a quienes no pueden ni defenderse como dioses ni ocultarse como hombres?

    II, 5, § 38

    38. Pero cuando en el templo de nuestro Dios aquel rey malvado Jeroboán tomó los dones que su padre había depositado y los ofreció a los ídolos sobre el altar santo, ¿no se secó su mano derecha, que había extendido, y sus ídolos, a los que invocó, no pudieron ayudarle? Entonces, volviéndose al Señor, pidió perdón, y al instante su mano, que se había secado por el sacrilegio, fue sanada por la verdadera religión. Tan completo ejemplo se mostró en una sola persona, tanto de la misericordia como de la ira divinas: quien estaba sacrificando perdió de repente su mano derecha, pero, arrepentido, recibió el perdón.

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · II, 6, sumario
    San Ambrosio, al concluir el libro segundo, atribuye cualquier bien que pueda haber en él a los méritos de las vírgenes, y expone que era justo, antes de establecer preceptos severos, animarlas con ejemplos, como se hace tanto en la enseñanza humana como en la Sagrada Escritura.

    II, 6, § 39

    39. Yo, que todavía no hace tres años soy obispo, he preparado esta ofrenda para vosotras, santas vírgenes, aunque no instruido por mi propia experiencia, pero habiendo aprendido mucho de vuestro modo de vida. Pues ¿qué experiencia podría haberse formado en tan poco tiempo de haber sido iniciado en la religión? Si halláis aquí algunas flores, recogedlas en el seno de vuestras vidas. No son preceptos para las vírgenes, sino ejemplos tomados de las vírgenes. Mis palabras han trazado la semejanza de vuestra virtud; podéis ver como en un espejo el reflejo de vuestra gravedad en este discurso. Si algo de placer habéis recibido de mi capacidad, toda la fragancia de este libro es vuestra. Y puesto que hay tantas opiniones como personas, si hay algo sencillo en mi tratado, léanlo todos; si algo más fuerte, pruébenlo los más maduros; si algo modesto, adhiérase al pecho y tiña las mejillas; si hay algo florido, no lo desdeñe la edad florida de la juventud.

    II, 6, § 40

    40. Debemos suscitar el amor de la esposa, pues está escrito: «Amarás al Señor tu Dios.» [] En los banquetes nupciales debemos adornar al menos los cabellos con algunos ornamentos de oración, pues está escrito: «Batid palmas y golpead con el pie.» [] Debemos esparcir rosas sobre esas nupcias ininterrumpidas. Aun en estos matrimonios temporales la esposa es recibida con aclamación antes de recibir mandatos, para que mandatos duros no la hieran antes de que el amor, alimentado por la bondad, se fortalezca.

    II, 6, § 41

    41. Los caballos aprenden a amar el sonido de las palmadas en el cuello, para no rehusar el yugo, y primero son adiestrados con palabras de halago antes que con el látigo de la disciplina. Pero cuando el caballo ha sometido su cuello al yugo, la rienda tira, la espuela lo aguija, sus compañeros lo arrastran y el auriga lo ordena. Así también nuestra virgen debe primero jugar con el amor piadoso, admirar los soportes dorados del tálamo celestial en el umbral mismo de las nupcias, ver las jambas de las puertas adornadas con guirnaldas de hojas y gustar el deleite de los músicos que tocan dentro; para que no se aparte por miedo del yugo del Señor antes de obedecer su llamada.

    II, 6, § 42

    42. «Ven, pues, aquí desde el Líbano, esposa mía; ven aquí desde el Líbano; pasarás y pasarás.» [] Este versículo debe ser repetido a menudo por nosotros, para que, al menos llamada por las palabras del Señor, pueda seguir si hay alguien que no confíe en las palabras del hombre. No hemos formado este poder para nosotros mismos, sino que lo hemos recibido; esta es la enseñanza celestial del cántico místico: «Que me bese con los besos de su boca, pues tus pechos son mejores que el vino, y el olor de tus ungüentos supera todos los aromas. Tu nombre es como ungüento derramado.» [] Todo aquel lugar de delicias suena a juego, suscita aprobación, llama al amor. «Por eso,» continúa, «las doncellas te amaron y te atrajeron; corramos tras el olor de tus ungüentos. El rey me ha introducido en su cámara.» [] Comenzó con besos, y así llegó a la cámara.

    II, 6, § 43

    43. Ella, ahora tan paciente en el duro trabajo y en la virtud ejercitada como para abrir los cerrojos con su mano, salir al campo y habitar en las fortalezas, al principio corría tras el olor del ungüento; pronto, cuando ha entrado en la cámara, el ungüento se cambia. Y mira adónde va: «Si es un muro,» se dice, «edificaremos sobre él torres de plata.» [] Ella que jugaba con los besos edifica ahora torres para que, ceñida con los preciosos baluartes de los santos, no solo haga inútiles los ataques del enemigo, sino que también levante las defensas seguras de los santos méritos.

    Libro III

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 1, sumario
    San Ambrosio vuelve ahora al discurso de Liberio cuando impuso el velo a Marcelina. Refiriéndose a las multitudes que acuden al banquete nupcial de aquel Esposo que a todos alimenta, pasa a la conveniencia de su profesión en el día en que Cristo nació de una Virgen, y concluye con una ferviente exhortación a amarle.

    III, 1, § 1

    1. Puesto que he divagado en lo que he dicho en los dos libros anteriores, ya es tiempo, santa hermana, de volver a considerar aquellos preceptos de Liberio, de feliz memoria, que solías comentar conmigo, pues cuanto más santo es el hombre, tanto más agradable es su discurso. Pues él, cuando en la Natividad del Salvador, en la iglesia de San Pedro, significaste tu profesión de virginidad con el cambio de tu vestido (¿y qué día podría ser mejor que aquel en que la Virgen recibió a su hijo?), mientras muchas vírgenes estaban en derredor y rivalizaban entre sí por tu compañía, «Tú», dijo, «hija mía, has deseado un buen desposorio. Ves cuán grande multitud se ha reunido para el nacimiento de tu Esposo, y nadie se ha ido sin alimento. Este es Aquel que, invitado al banquete de bodas, convirtió el agua en vino. [] Él también te conferirá el puro sacramento de la virginidad a ti, que antes estabas sujeta a los viles elementos de la naturaleza material. Este es Aquel que alimentó en el desierto a cuatro mil hombres con cinco panes y dos peces.» [] Él habría podido alimentar a más; si más hubiera habido allí para ser alimentados, lo habrían sido. Y ahora Él ha llamado a muchos a tu desposorio, pero ya no es pan de cebada, sino el Cuerpo del cielo lo que se suministra.
    Comentario editorial · Liberio y el velo de Marcelina
    Ambrosio recuerda que Marcelina declaró su profesión de virginidad con el cambio de vestido en la iglesia de San Pedro, el día de Navidad, ante el papa Liberio. El NPNF sitúa esa Navidad en 353 o, «más probablemente», 354, y dice que el año exacto es incierto. Liberio fue obispo de Roma desde el 17 de mayo de 352 hasta el 24 de septiembre de 366 (Wikipedia). La nota del NPNF dice que «contemporizó con el arrianismo» y que luego volvió a la doctrina católica; Wikipedia recoge su exilio en Beroea y la discusión sobre si firmó el Credo de Sirmio, y considera «muy dudoso» que lo hiciera, tras examinar críticamente las fuentes. Las dos lecturas difieren: Ambrosio, que en este pasaje lo llama «de feliz memoria», no menciona nada de esto.

    III, 1, § 2

    2. Hoy, en verdad, nació según la condición de los hombres, de una Virgen, pero fue engendrado por el Padre antes de todas las cosas, semejante a su madre en el cuerpo y a su Padre en el poder. Unigénito en la tierra y Unigénito en el cielo. Dios de Dios, nacido de una Virgen, Justicia del Padre, Poder del Poderoso, Luz de Luz, no desigual a su Padre, ni separado en poder, ni confundido por extensión del Verbo o por ampliación, como si estuviera mezclado con el Padre, sino distinguido del Padre en virtud de su generación. Él es tu Hermano [], sin el cual ni las cosas del cielo, ni las del mar, ni las de la tierra subsisten. El buen Verbo del Padre, el cual, se dice, «en el principio» []: aquí tienes su eternidad. «Y», se dice, «el Verbo estaba con Dios.» [] Aquí tienes su poder, indiviso e inseparable del Padre. «Y el Verbo era Dios.» [] Aquí tienes su divinidad no engendrada, pues tu fe ha de deducirse de la relación mutua.

    III, 1, § 3

    3. Ámale, hija mía, porque Él es bueno. Pues «Nadie es bueno sino solo Dios.» [] Pues si no hay duda de que el Hijo es Dios y de que Dios es bueno, ciertamente no hay duda de que Dios Hijo es bueno. Ámale, digo. Él es a quien el Padre engendró antes del lucero de la mañana, como eterno; lo sacó del seno como Hijo; lo pronunció de su corazón como Verbo. Él es en quien el Padre se complace []. Él es el Brazo del Padre, pues es Creador de todo, y la Sabiduría [] del Padre, pues procedió de la boca de Dios; [en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad. ] Y el Padre lo amó tanto que lo llevó en su seno y lo colocó a su diestra, para que tú aprendas su sabiduría y conozcas su poder.

    III, 1, § 4

    4. Si, pues, Cristo es el Poder de Dios, ¿estuvo Dios alguna vez sin poder? ¿Estuvo el Padre alguna vez sin el Hijo? Si ciertamente el Padre siempre existió, ciertamente el Hijo siempre existió. Así, Él es el Hijo perfecto de un Padre perfecto. Pues quien menoscaba el poder, menoscaba a Aquel de quien es el poder. La perfección de la divinidad no admite desigualdad. Ama, pues, a Aquel a quien el Padre ama; honra a Aquel a quien el Padre honra, porque «el que no honra al Hijo, no honra al Padre» [], y «quien niega al Hijo, no tiene al Padre.» [] Hasta aquí en cuanto a la fe.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 2, sumario
    Tratando a continuación de la formación de una virgen, habla de la moderación en la comida y en la bebida, y de la sujeción de los impulsos de la mente, introduciendo alguna enseñanza sobre la fábula de la muerte y resurrección de Hipólito, y aconseja evitar ciertos alimentos.

    III, 2, § 5

    5. Pero a veces, aun cuando se ha de confiar en la fe, no se confía en la juventud. Usa, pues, el vino con moderación, para que no aumente la debilidad del cuerpo, no para una excitación placentera, pues ambas cosas encienden una llama, el vino y la juventud. Que los ayunos pongan también freno a la edad tierna, y una dieta sobria contenga con una especie de rienda los apetitos no dominados. Que la razón los contenga, la esperanza los domeñe y el temor los refrene. Porque quien no sabe gobernar sus deseos, como un hombre arrastrado por caballos salvajes, es derribado, magullado, desgarrado y herido.

    III, 2, § 6

    6. Y se dice que esto le sucedió a un joven por su amor a Diana. Pero la fábula está adornada con relatos de poetas: Neptuno, movido por el dolor de que su rival fuera preferido, envió la locura sobre sus caballos, con lo cual se mostraría su gran poder, pues venció al joven no por la fuerza, sino por el fraude. Y a causa de este suceso se celebra un sacrificio anual a Diana, cuando se ofrece un caballo en su altar. Y dicen que ella era virgen y, de lo cual incluso las rameras se avergonzarían, que pudo amar a uno que no la amaba. Pero, en lo que a mí respecta, tengan autoridad sus fábulas, pues aunque cada una sea criminal, es un mal menor que un joven se haya enamorado de una adúltera hasta perecer, que el que dos dioses, según cuentan, contendieran por cometer adulterio, y que Júpiter vengara el dolor de su hija que se prostituyó en el médico que curó la herida de aquel que había violado a Diana en los bosques, cazadora excelentísima, sin duda, no de fieras, sino de lujuria: aunque también de fieras, de modo que era adorada desnuda.

    III, 2, § 7

    7. Atribuyan, pues, a Neptuno el dominio sobre la locura, para fijar en él el crimen del amor impúdico. Atribuyan a Diana el dominio sobre los bosques, en los cuales habitaba, para establecer el adulterio que practicaba. Atribuyan a Asclepio la restauración de los muertos, con tal de que confiesen que él mismo no escapó cuando fue herido por el rayo. Atribuyan también a Júpiter los rayos que no poseía, para dar testimonio de la deshonra con que estaba cargado.

    III, 2, § 8

    8. Y pienso que deben comerse con moderación todos los alimentos que causan calor a los miembros, pues la carne abate incluso a las águilas mientras vuelan. Pero dentro de ti, que aquella ave de la cual leemos: «Tu juventud se renovará como la del águila», manteniendo su curso en lo alto, veloz en su vuelo virginal, ignore el deseo de alimento innecesario. Deben evitarse las reuniones de banquetes y los saludos.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 3, sumario
    Se exhorta a las vírgenes a evitar las visitas, a guardar la modestia, a guardar silencio durante la celebración de los Misterios, según el ejemplo de María. Después, tras narrar la historia de un joven pagano y un dicho de un poeta, San Ambrosio relata un milagro obrado por un santo sacerdote.

    III, 3, § 9

    9. Quiero también que sean pocas las visitas entre las más jóvenes, excepto las que se deban a los padres y a las de edad semejante. Pues la modestia se desgasta con el trato, la audacia se desata, la risa se desliza y la timidez disminuye mientras se estudia la cortesía. No responder a quien hace una pregunta es niñería; responder es necedad. Preferiría, por tanto, que a la virgen le falte conversación antes que le sobre. Pues si a las mujeres se les manda guardar silencio en las iglesias, aun sobre las cosas divinas, y preguntar en casa a sus maridos, ¿cuál creemos que debe ser la cautela de las vírgenes, en quienes la modestia adorna su edad y el silencio recomienda su modestia?

    III, 3, § 10

    10. ¿Fue pequeña señal de modestia que cuando Rebeca venía a casarse con Isaac y vio a su esposo, tomó un velo [] para no ser vista antes de que estuvieran unidos? Ciertamente la hermosa virgen no temía por su hermosura, sino por su modestia. ¿Qué decir de Raquel? Ella, cuando recibió el beso de Jacob [], lloró y gimió, y no habría dejado de llorar si no hubiera sabido que era pariente suyo. Así observó lo que se debía a la modestia y no omitió el afecto bondadoso. Pero si se dice al hombre: «No mires a una doncella, no sea que te haga caer» [], ¿qué se ha de decir a la virgen consagrada, que si ama, peca en la mente; y si es amada, también en la obra?

    III, 3, § 11

    11. La virtud del silencio, especialmente en la iglesia, es muy grande. Que no se te escape ninguna sentencia de las lecciones divinas; si escuchas, refrena tu voz, no pronuncies con tus labios palabra que quisieras retirar, y sea parca tu osadía para hablar. Pues en verdad, en el mucho hablar abunda el pecado []. Al homicida se le dijo: «Has pecado, calla» [], para que no pecara más; pero a la virgen se le debe decir: «Calla, no sea que peques.» Pues María, según leemos, guardaba en su corazón todas las cosas que se decían de su Hijo []; haz tú lo mismo: cuando se lea un pasaje en que se anuncia que Cristo ha de venir o se muestra que ha venido, no hagas ruido hablando, sino atiende. ¿Hay algo más indecoroso que el que las palabras divinas queden ahogadas por la conversación, de modo que no se oigan, no se crean o no se den a conocer; que los sacramentos se oigan confusamente por el ruido de las voces; que se impida la oración ofrecida por la salvación de todos?

    III, 3, § 12

    12. Los gentiles honran a sus ídolos con el silencio, de lo cual se da este ejemplo: Mientras Alejandro, rey de los macedonios, sacrificaba, la manga de un muchacho bárbaro que le encendía la lámpara se incendió y le quemó el cuerpo; sin embargo, permaneció inmóvil y no delató el dolor con un gemido ni mostró su sufrimiento con lágrimas silenciosas. Tal era la disciplina de reverencia en un muchacho bárbaro, que la naturaleza quedó dominada. Y no temía a los dioses, que no eran dioses, sino al rey. Pues ¿por qué había de temer a quienes, si el mismo fuego los hubiera alcanzado, se habrían quemado?

    III, 3, § 13

    13. Cuánto mejor es aún cuando a un joven en el banquete de su padre se le manda no traicionar con gestos groseros sus amores impúdicos. Y tú, santa virgen, abstente de gemidos, gritos, tos y risa en el Misterio. ¿No puedes hacer en el Misterio lo que él hizo en un banquete? Que la virginidad se manifieste primero por la voz, que la modestia cierre la boca, que la religión aparte la debilidad y que el hábito instruya a la naturaleza. Que su gravedad me anuncie primero a una virgen, un andar modesto, un porte sobrio, un semblante tímido; y que la marcha de la virtud vaya precedida por la evidencia de la integridad. No es suficientemente digna de aprobación aquella virgen de la que hay que preguntar cuando se la ve.

    III, 3, § 14

    14. Es historia conocida cómo, cuando el excesivo croar de las ranas resonaba en los oídos del pueblo fiel, el sacerdote de Dios les mandó callar y mostrar reverencia a las palabras sagradas; y al instante cesó el ruido. ¿Guardarán silencio las lagunas y no las ranas? ¿Y los animales irracionales reconocerán de nuevo por reverencia lo que no conocen por naturaleza? Mientras la desvergüenza de los hombres es tal, que muchos no se cuidan de prestar a los sentimientos religiosos de su mente el respeto que prestan al placer de sus oídos.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 4, sumario
    Habiendo resumido el discurso de Liberio, san Ambrosio pasa a las virtudes de su hermana, especialmente a sus ayunos, los cuales, sin embargo, le aconseja moderar en cierta medida, y ejercitarse en otras cosas, según el ejemplo que aduce. Recomienda especialmente la Oración del Señor, la repetición de los Salmos por la noche y la recitación del Credo antes del amanecer.

    III, 4, § 15

    15. De tal manera se dirigió a ti Liberio, de santa memoria, con palabras que en la mayoría de los casos superan la realidad de la práctica, pero que quedan cortas respecto de tu conducta, pues tú no solo has alcanzado toda la disciplina por tu virtud, sino que la has superado por tu celo. Porque se nos manda practicar el ayuno, pero solo por días sueltos; tú, en cambio, multiplicando noches y días, pasas innumerables períodos sin comer, y si alguna vez te piden que tomes algo y dejes un poco el libro, respondes al instante: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios.» [] Tus mismas comidas consistían solo en el alimento que tenías a mano, de modo que el ayuno era preferible a comer lo que era repugnante; tu bebida es de la fuente, el llanto y la oración se unen, tu sueño está sobre tu libro.

    III, 4, § 16

    16. Estos reyes convenían a los años juveniles, mientras él maduraba con las canas de la edad; pero cuando una virgen ha obtenido el triunfo sobre su cuerpo sometido, debe disminuir su trabajo, para ser preservada como maestra para una edad más joven. La vid cargada con las ramas fecundas de pleno crecimiento pronto se quiebra, si no se la refrena de vez en cuando. Pero mientras es joven, déjala crecer lozana, y a medida que envejece, pódala, para que no se convierta en una selva de sarmientos, o muera privada de vida por su producción excesiva. Un buen labrador, cuidando el suelo, mantiene la vid en excelente orden, la protege del frío y la guarda de ser abrasada por el sol del mediodía. Y trabaja su tierra por turnos, o si no quiere dejarla en barbecho, alterna sus cultivos, para que los campos descansen mediante el cambio de productos. Tú también, veterana en la virginidad, siembra al menos los campos de tu pecho con semillas diferentes: a veces con alimento moderado, otras con ayunos escasos, con lectura, trabajo y oración, para que el cambio de fatiga sea como una tregua de descanso.

    III, 4, § 17

    17. No toda la tierra produce la misma cosecha. En un lado las vides crecen en las colinas, en otro puedes ver las olivas purpúreas, en otra parte las rosas perfumadas. Y después de dejar el arado, el robusto labrador con sus dedos escarba el suelo para plantar las raíces de las flores, y con las manos ásperas con las que guía los bueyes que forcejean entre las vides, aprieta suavemente las ubres de las ovejas. Cuanto más numerosos son sus frutos, tanto mejor es la tierra. Así tú, siguiendo el ejemplo de un buen labrador, evita surcar tu suelo con ayunos perpetuos como con profundas aradas. Deja que la rosa de la modestia florezca en tu jardín, y el lirio de la mente, y que los arriates de violetas beban de la fuente de la sangre sagrada. Hay un dicho común: «Lo que deseas hacer en abundancia, a veces no lo hagas en absoluto.» Debe haber algo que añadir a los días de Cuaresma, pero de modo que nada se haga por ostentación, sino por religión.

    III, 4, § 18

    18. La oración frecuente también nos recomienda ante Dios. Pues si el profeta dice: «Siete veces al día te he alabado,» aunque estaba ocupado en los asuntos de un reino, ¿qué debemos hacer nosotros, que leemos: «Velad y orad para que no entréis en tentación»? [] Ciertamente nuestras oraciones acostumbradas deben decirse con acción de gracias, cuando nos levantamos del sueño, cuando salimos, cuando nos preparamos para recibir alimento, después de recibirlo, y a la hora del incienso, cuando por fin vamos a descansar.

    III, 4, § 19

    19. Y también en tu misma alcoba, quisiera que alternaras con frecuencia los salmos con la oración del Señor, ya sea cuando despiertas, o antes de que el sueño bañe tu cuerpo, para que en el comienzo mismo del descanso el sueño te halle libre del cuidado de las cosas mundanas, meditando en las cosas de Dios. Y, en verdad, el que primero descubrió el nombre mismo de la Filosofía, cada día antes de ir a descansar, hacía que el flautista tocara melodías más suaves para calmar su mente perturbada por las preocupaciones mundanas. Pero él, como hombre que lava tejas, deseaba inútilmente alejar las cosas mundanas por medios mundanos, pues, en realidad, más bien se embadurnaba con barro fresco, al buscar una recompensa en el placer; pero nosotros, habiendo limpiado la suciedad de los vicios terrenales, purifiquemos nuestras almas hasta lo más íntimo de toda contaminación de la carne.

    III, 4, § 20

    20. Debemos también repetir especialmente el Credo, como un sello sobre nuestros corazones, todos los días, antes de la luz, y recurrir a él en el pensamiento siempre que tememos algo. Pues ¿cuándo está el soldado en su tienda o el guerrero en la batalla sin su juramento militar?

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 5, sumario
    San Ambrosio, hablando de las lágrimas, explica el dicho de David, «Cada noche lavo mi lecho con mis lágrimas,» y pasa a hablar de Cristo llevando nuestros dolores y enfermedades. Todo debe referirse a su honor, y debemos alegrarnos con gozo espiritual, pero no a la manera mundana.

    III, 5, § 21

    21. ¿Y quién puede dejar de comprender que el santo profeta dijo para nuestra instrucción: «Cada noche lavaré mi lecho y regaré mi cama con mis lágrimas»? Porque si lo tomas literalmente por su cama, muestra que debe derramarse tal abundancia de lágrimas que lave el lecho y lo riegue con lágrimas, el lecho del que ora, pues el llanto tiene que ver con lo presente, las recompensas con lo futuro, ya que está dicho: «Bienaventurados los que lloráis, porque reiréis;» [] o si tomamos la palabra del profeta aplicada a nuestros cuerpos, debemos lavar las ofensas del cuerpo con lágrimas de penitencia. Porque Salomón se hizo un lecho de madera del Líbano, sus columnas eran de plata, su fondo de oro, su respaldo sembrado de gemas. [] ¿Qué es ese lecho sino la hechura de nuestro cuerpo? Pues por las gemas se significa el esplendor del brillo del aire, el fuego se significa por el oro, el agua por la plata y la tierra por la madera; de estos cuatro elementos se compone el cuerpo humano, en el cual descansa nuestra alma, si no existe privada del descanso por la aspereza de las colinas o el suelo húmedo, sino elevada en alto, por encima de los vicios, sostenida por la madera. Por lo cual David también dice: «El Señor le enviará ayuda sobre su lecho de dolor.» Porque, ¿cómo puede ser lecho de dolor lo que no puede sentir dolor y no tiene sensación? Pero el cuerpo de dolor es como el cuerpo de aquella muerte, de la cual se dice: «¡Oh desdichado de mí!, ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?» []

    III, 5, § 22

    22. Y puesto que he insertado una cláusula en la que se hace mención del Cuerpo del Señor, para que nadie se turbe al leer que el Señor tomó un cuerpo de dolor, recuerde que el Señor se entristeció y lloró por la muerte de Lázaro, [] y fue herido en su pasión, y que de la herida salió sangre y agua, [] y que entregó su Espíritu. Agua para lavar, Sangre para beber, el Espíritu para su resurrección. Porque Cristo solo es para nosotros esperanza, fe y amor: esperanza en su resurrección, fe en el lavatorio y amor en el sacramento.

    III, 5, § 23

    23. Y así como tomó un cuerpo de dolor, también volvió su lecho en su debilidad, pues lo convirtió en beneficio de la carne humana. Porque por su Pasión terminó la debilidad, y la muerte por su resurrección. Y sin embargo, debes llorar por el mundo, pero alegrarte en el Señor, entristecerte por la penitencia, pero gozarte por la gracia, aunque también el maestro de los gentiles, con un precepto saludable, ha mandado llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran. []

    III, 5, § 24

    24. Pero quien desee resolver toda la dificultad de esta cuestión recurra al mismo Apóstol. «Todo lo que hacéis,» dice, «sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.» [] Refiramos, pues, todas nuestras palabras y obras a Cristo, que sacó vida de la muerte y creó luz de las tinieblas. Porque así como un cuerpo enfermo a veces es aliviado por el calor, a veces calmado por aplicaciones frías, y la variación de los remedios, si se lleva a cabo según la indicación del médico, es saludable, pero si se hace contra sus órdenes, aumenta la enfermedad; así todo lo que se tributa a Cristo es remedio, todo lo que se hace por nuestra propia voluntad es perjudicial.

    III, 5, § 25

    25. Debe haber, pues, gozo de la mente, consciente del bien, no excitado por banquetes desenfrenados ni por conciertos nupciales, pues en tales cosas la modestia no está segura, y puede sospecharse tentación donde una danza excesiva acompaña las fiestas. Deseo que las vírgenes de Dios estén lejos de esto. Pues como dijo cierto maestro de este mundo: «Nadie danza sobrio, a no ser que esté loco.» Ahora bien, si según la sabiduría de este mundo o la ebriedad o la locura es la causa de la danza, ¡qué advertencia se nos da en los ejemplos mencionados en las Divinas Escrituras, donde Juan, el precursor de Cristo, al ser decapitado a petición de una danzarina, es ejemplo de que los atractivos de la danza hicieron más daño que la locura de una ira sacrílega!

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 6, sumario
    Habiendo mencionado al Bautista, san Ambrosio pasa a describir los acontecimientos relacionados con su muerte, y habla contra la danza y las fiestas de los malvados.

    III, 6, § 26

    26. Y puesto que no debemos pasar de pasada por la mención de un varón tan grande, consideremos quién era, por quién, por qué causa, cómo y en qué momento fue muerto. Un hombre justo es condenado a muerte por adúlteros, y la pena de un crimen capital es desviada por los culpables hacia el juez. Además, la recompensa de la danzarina es la muerte del profeta. Finalmente (cuestión de honor incluso para todos los bárbaros), la sentencia cruel se pronuncia en medio de banquetes y festejos, y la noticia del crimen mortal es llevada del banquete a la prisión, y luego de la prisión al banquete. ¡Cuántos crímenes hay en un solo acto malvado!

    III, 6, § 27

    27. Se dispone un banquete de muerte con lujo real, y cuando se había reunido una concurrencia mayor que de costumbre, la hija de la reina, llamada desde el interior de los aposentos privados, es sacada a danzar a la vista de los hombres. ¿Qué podía haber aprendido de una adúltera sino la pérdida de la modestia? ¿Hay algo tan favorable a la lujuria como, con movimientos indecorosos, exponer así, desnudas, aquellas partes del cuerpo que o la naturaleza ha ocultado o la costumbre ha velado, jugar con las miradas, torcer el cuello y soltarse el cabello? Oportunamente, el paso siguiente fue una ofensa contra Dios. Pues ¿qué modestia puede haber donde hay danza, ruido y palmadas?

    III, 6, § 28

    28. «Entonces,» se dice, «agradado el rey, dijo a la muchacha que pidiera al rey lo que quisiera. Y juró que si pedía, le daría incluso la mitad de su reino.» [] Mira cómo los hombres mundanos juzgan ellos mismos de su poder mundano, hasta dar incluso reinos por una danza. Pero la muchacha, instruida por su madre, pidió que le trajeran en una bandeja la cabeza de Juan. Lo que se dice, que «el rey se entristeció,» no es arrepentimiento por parte del rey, sino confesión de culpa, lo cual es, según la costumbre de la regla divina, que quienes han hecho el mal se condenan a sí mismos por su propia confesión. «Pero por causa de los que estaban sentados con él,» se dice. ¿Qué hay más vil que cometer un asesinato para no desagradar a los que estaban sentados a la mesa? «Y,» sigue, «por causa de su juramento.» ¡Qué religión tan nueva! Mejor le habría sido perjurar. El Señor, por tanto, en el Evangelio nos manda no jurar en absoluto, [] para que no haya ocasión de perjurio ni necesidad de ofender. Y así se mata a un inocente para que no se viole un juramento. Yo sé cuál de las dos cosas debo tener en mayor horror. El perjurio es más soportable que los juramentos de los tiranos.

    III, 6, § 29

    29. ¿Quién no pensaría, al ver a alguien correr del banquete a la prisión, [] que se habían dado órdenes de liberar al profeta? ¿Quién, digo, habiendo oído que era el cumpleaños de Herodes, y que había banquete de estado y que se daba a la muchacha la elección de pedir lo que quisiera, no pensaría que aquel hombre era enviado a liberar a Juan? ¿Qué tiene en común la crueldad con las exquisiteces? ¿Qué tienen en común la muerte y el placer? El profeta es llevado apresuradamente a padecer en tiempo de fiesta por una orden festiva, por la cual él incluso desearía ser liberado; es muerto por la espada, y su cabeza es traída en una bandeja. Este plato era muy adecuado a su crueldad, para que su insaciable fiereza fuese alimentada.

    III, 6, § 30

    30. Mira, rey salvajísimo, los espectáculos dignos de tu banquete. Extiende tu diestra, para que nada falte a tu crueldad, para que raudales de sangre santa se derramen entre tus dedos. Y puesto que el hambre de una crueldad tan inaudita no podía saciarse con banquetes, ni la sed con copas, bebe la sangre que brota de las venas aún manantes de la cabeza cortada. Mira aquellos ojos, aun en la muerte, testigos de tu crimen, que se apartan de la vista de las exquisiteces. Los ojos se cierran, no tanto por la muerte, sino por el horror del lujo. Aquella boca áurea, sin sangre, cuya sentencia no pudiste soportar, está silenciosa, y sin embargo temes. Pero la lengua, que incluso después de la muerte suele cumplir su deber como cuando vivía, condenó, aunque con movimiento trémulo, el incesto. Esta cabeza es llevada a Herodías: ella se alegra, se regocija como si hubiera escapado del crimen, porque ha matado a su juez.

    III, 6, § 31

    31. ¿Qué decís vosotras, mujeres santas? ¿Veis lo que debéis enseñar, y también lo que debéis desenseñar a vuestras hijas? Ella danza, pero es hija de una adúltera. Pero la que es modesta, la que es casta, enseñe a su hija religión, no danza. Y vosotros, varones graves y prudentes, aprended a evitar los banquetes de los hombres odiosos. Si tales son los banquetes, ¿cuál será el juicio de los impíos?

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las vírgenes · III, 7, sumario
    En respuesta a Marcelina, que había preguntado qué debía pensarse de quienes, para escapar de la violencia, se quitaron la vida, san Ambrosio responde narrando la historia de Pelagia, virgen, con su madre y su hermana, y pasa a hablar del martirio de la bienaventurada Soteris, una de sus propias antepasadas.

    III, 7, § 32

    32. Al acercarme al final de mi discurso, haces una buena sugerencia, hermana santa: que trate de lo que debemos pensar de los méritos de quienes se han arrojado desde una altura o se han ahogado en un río, para no caer en manos de los perseguidores, dado que la sagrada Escritura prohíbe al cristiano poner las manos sobre sí mismo. Y en verdad, por lo que respecta a las vírgenes puestas en la necesidad de preservar su pureza, tenemos una respuesta clara, puesto que existe un ejemplo de martirio.

    III, 7, § 33

    33. Santa Pelagia vivió antiguamente en Antioquía, de unos quince años, hermana de vírgenes y virgen ella misma. Se encerró en casa al primer rumor de persecución, viéndose rodeada de quienes querían robarle su fe y su pureza, en ausencia de su madre y de sus hermanas, sin defensa alguna, pero tanto más llena de Dios. «¿Qué hemos de hacer, a menos que,» se dice a sí misma, «tú, cautiva de la virginidad, tomes decisión? Yo deseo y temo morir, pues no encuentro la muerte, sino que la busco. Muramos si se nos permite; o si no lo permiten, muramos aun así. Dios no se ofende por un remedio contra el mal, y la fe permite el acto. En verdad, si pensamos en el verdadero significado de la palabra, ¿cómo puede ser violencia lo que es voluntario? Más bien es violencia querer morir y no poder. Y no tememos dificultad alguna. Pues ¿quién hay que quiera morir y no pueda lograrlo, habiendo tantos caminos fáciles hacia la muerte? Porque ahora puedo precipitarme sobre los altares sacrílegos y derribarlos, y apagar con mi sangre los fuegos encendidos. No temo que mi diestra falle al dar el golpe, ni que mi pecho retroceda ante el dolor. No dejaré pecado alguno a mi carne. No temo que falte una espada. Puedo morir con mis propias armas; puedo morir sin ayuda de un verdugo, en el seno de mi madre.»
    Comentario editorial · Pelagia y la pregunta de Marcelina sobre el suicidio
    Marcelina pregunta qué pensar de las vírgenes que se quitaron la vida para escapar de sus perseguidores (§ 32). Ambrosio recuerda que la Escritura prohíbe al cristiano poner las manos sobre sí mismo, pero responde con un «ejemplo de martirio»: Pelagia, de unos quince años, en Antioquía, y su madre y sus hermanas (§ 33–34). El traductor inglés anota que Ambrosio parece admitir que en algunos casos era lícito, que Agustín trata el mismo asunto «con cierta vacilación» (La ciudad de Dios I, 19) y que no se sabe bien de qué Pelagia se trata; Crisóstomo dice que se arrojó desde el tejado. Según Wikipedia, Pelagia la Virgen murió en 303 y es objeto de dos sermones de Crisóstomo; las fuentes patrísticas lo tratan como martirio.

    III, 7, § 34

    34. Se dice que adornó su cabeza y se puso un vestido nupcial, de modo que se diría que iba hacia un esposo, no hacia la muerte. Pero cuando los odiosos perseguidores vieron que habían perdido la presa de su castidad, comenzaron a buscar a su madre y a sus hermanas. Pero ellas, con una huida espiritual, ya ocupaban el campo de la castidad, cuando, amenazándolas de pronto los perseguidores por un lado, y cerrado por otro el escape por un río impetuoso, dijeron: ¿qué tememos? Mira el agua: ¿qué nos impide ser bautizadas? Y este es el bautismo por el cual se perdonan los pecados y se buscan los reinos. Este es un bautismo después del cual nadie peca. Que nos reciba el agua, que suele regenerar. Que nos reciba el agua, que hace vírgenes. Que nos reciba el agua, que abre el cielo, protege a los débiles, oculta la muerte, hace mártires. Te rogamos, Dios, Creador de todas las cosas, que el agua no disperse nuestros cuerpos, privados del aliento de la vida; que la muerte no separe nuestras exequias, cuyas vidas el afecto ha unido siempre; sino que sea una nuestra constancia, una nuestra muerte y una también nuestra sepultura.

    III, 7, § 35

    35. Dicho esto, y habiéndose ceñido ligeramente el seno de sus vestidos, para velar su modestia sin impedir sus pasos, dándose las manos como para dirigir una danza, avanzaron hasta la mitad del lecho del río, dirigiendo sus pasos hacia donde la corriente era más violenta y la profundidad más abrupta. Nadie retrocedió, nadie dejó de avanzar, nadie probó dónde poner sus pasos; se inquietaban solo cuando sentían el suelo, se entristecían cuando el agua era poco profunda y se alegraban cuando era honda. Se podía ver a la piadosa madre apretando su abrazo, gozosa en sus prendas, temerosa de una caída, no fuera que la corriente le arrebatara a sus hijas. «Estas víctimas, oh Cristo,» dijo ella, «te ofrezco como guías de castidad, compañeras de mi camino y copartícipes de mis sufrimientos.»

    III, 7, § 37

    37. Pero ¿quién tendría motivo para admirarse de que tuvieran tanta constancia en vida, viendo que incluso muertas conservaban la posición de sus cuerpos sin moverse? El agua no dejó al descubierto sus cadáveres, ni el rápido curso del río las arrastró. Además, la santa madre, aunque sin sensación, mantenía aún su amoroso abrazo y sostenía el sagrado nudo que había atado, y no soltó su presa en la muerte, para que la que había pagado su deuda a la religión muriera dejando su piedad como heredera. Porque a aquellas que había unido consigo misma para el martirio, las reclamaba incluso hasta el sepulcro.

    III, 7, § 38

    38. Pero ¿para qué aducir ejemplos de gentes de otra raza ante ti, hermana mía, a quien la inspiración de la castidad hereditaria ha enseñado por descendencia de un antepasado mártir? Pues ¿de dónde has aprendido tú, que no tenías a nadie de quien aprender, viviendo en el campo, sin compañera virgen, sin ser instruida por maestro alguno? Has desempeñado, pues, el papel no de discípula, pues esto no puede hacerse sin enseñanza, sino de heredera de la virtud.

    III, 7, § 39

    39. Pues ¿cómo podría suceder que la santa Soteris no haya sido la iniciadora de tu propósito, siendo una antepasada de tu linaje? Ella, en una época de persecución, llevada a las alturas del sufrimiento por los ultrajes de los esclavos, ofreció al verdugo incluso su rostro, que suele quedar libre de daño cuando todo el cuerpo es atormentado, y más bien contempla que padece los tormentos; tan valiente y paciente que, cuando ofrecía sus tiernas mejillas al castigo, el verdugo desfallecía al golpear antes de que la mártir cediera bajo las heridas. No movió su rostro, no apartó su semblante, no pronunció un gemido ni una lágrima. Finalmente, cuando hubo vencido los otros géneros de castigo, halló la espada que deseaba.

    Sobre las viudas

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · Introducción
    El propio autor nos informa al comienzo de su tratado que se sintió movido por el ejemplo de San Pablo, después de hablar de las vírgenes, a continuar con el tema de las viudas. Pero había también otro asunto en su propia diócesis que le afectaba personalmente, y que le hizo abordar de inmediato el tema. Cierta viuda que tenía varias hijas, algunas ya casadas y otras en edad de casarse, comenzó a pensar en unas segundas nupcias para sí misma. San Ambrosio, en parte por ella misma, en parte para que no se supusiera que él había aconsejado de algún modo ese paso, publicó el siguiente tratado.
    En primer lugar afirma que la profesión de la viudedad se acerca mucho a la de la virginidad, y ha de estimarse muy por encima del estado matrimonial. Lo prueba con el testimonio de San Pablo y con su descripción de la que es viuda de verdad; también con muchos ejemplos tomados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Tras mencionar a la suegra de la mujer de San Pedro, se dirige más particularmente a la viuda por cuya causa escribe, aunque evita mencionar su nombre, señalando cuán vacías e insuficientes son todas las razones que ella se propone para casarse de nuevo. El vínculo matrimonial es, en efecto, dice, santo y bueno, y los casados y los célibes son como diversas clases de flores en el campo de la Iglesia. Sin embargo, se produce más grano que lirios, más hay casado que virgen. Señala que la viudedad ha sido tenida en deshonra sólo por los idólatras, razón por la cual bien puede ser tenida en honor por los cristianos. San Ambrosio no condena las segundas nupcias, aunque antepone la viudedad, ya que se siente obligado a procurar conducir a quienes están confiados a su amoroso cuidado al más alto grado posible de perfección.
    El tratado fue escrito no mucho después del concerniente a las Vírgenes, es decir, poco después del año 377 d. C.

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 1, sumario
    Después de haber escrito sobre las vírgenes, parecía necesario decir algo acerca de las viudas, puesto que el Apóstol une las dos clases, y las últimas son como maestras de las primeras, y muy superiores a las casadas. Elías fue enviado a una viuda, gran señal de honor; sin embargo, las viudas no son honorables como aquella de Sarepta, a menos que imiten sus virtudes, especialmente la hospitalidad. Se reprende la avaricia de los hombres, que pierden las promesas de Dios por su codicia.

    1, § 1

    1. Puesto que he tratado del honor de las vírgenes en tres libros, es conveniente ahora, hermanos míos, que un tratado sobre las viudas venga en orden; pues no debo dejarlas sin honor, ni separarlas de la alabanza que corresponde a las vírgenes, ya que la voz del Apóstol las ha unido a las vírgenes, según lo que está escrito: «La mujer no casada y la virgen cuida de las cosas del Señor, para ser santa tanto en el cuerpo como en el espíritu.» [] Pues de cierta manera la inculcación de la virginidad se fortalece con el ejemplo de las viudas. Quienes han conservado su lecho matrimonial sin mancha son un testimonio para las vírgenes de que la castidad ha de conservarse para Dios. Y es casi señal de no menor virtud abstenerse del matrimonio, que fue una vez deleite, que permanecer ignorante de los placeres de las bodas. Son fuertes en cada punto, en que no lamentan el matrimonio, cuya fe guardan, y no se enredan con los placeres conyugales, para no parecer débiles e incapaces de cuidar de sí mismas.

    1, § 2

    2. Pero en esta virtud particular están contenidos también los premios de la libertad. Pues: «La mujer está ligada mientras su marido vive; pero si su marido se duerme, queda libre: cásese con quien quiera, con tal que sea en el Señor. Pero será más feliz si permanece así, según mi juicio, pues creo que también yo tengo el Espíritu de Dios.» [] Evidentemente, pues, el Apóstol ha expresado la diferencia, habiendo dicho que la una está ligada, y afirmado que la otra es más feliz, y que no lo afirma tanto como resultado de su propio juicio, sino como infusión del Espíritu de Dios; para que la decisión se vea que es celestial, no humana.

    1, § 3

    3. ¿Y cuál es la enseñanza del hecho de que en aquel tiempo, cuando toda la raza humana era afligida por el hambre, Elías fue enviado a la viuda? Y observa cómo para cada una está reservada su propia gracia especial. Un ángel es enviado a la Virgen, [] un profeta a la viuda. Advierte, además, que en un caso es Gabriel, en el otro Elías. Se ve que son elegidos los más excelentes jefes del número de los ángeles y de los profetas. Pero no hay alabanza simplemente en la viudedad, a menos que se añadan las virtudes de la viudedad. Pues, en efecto, había muchas viudas, pero una es preferida a todas; en lo cual no es tanto que las otras sean llamadas de vuelta de su búsqueda, sino que son estimuladas por el ejemplo de la virtud.

    1, § 4

    4. Lo que se dice al principio hace atentos los oídos, aunque la simplicidad misma del entendimiento tiene peso para atraer a las viudas al modelo de la virtud; puesto que cada una parece sobresalir, no según su profesión, sino según su mérito, y la gracia de la hospitalidad no es olvidada por Dios, quien, como Él mismo relató en el Evangelio, recompensa un vaso de agua fría con la recompensa sobreabundante de la eternidad, y compensa la pequeña medida de harina y aceite con una abundancia inagotable de provisión que siempre llega. Pues si uno de los paganos ha dicho que todas las posesiones de los amigos deberían ser comunes, ¡cuánto más deberían serlo las de los parientes! Porque somos parientes los que estamos unidos en un solo cuerpo.

    1, § 5

    5. Pero no estamos obligados por ningún límite prescrito de hospitalidad. Pues ¿por qué piensas que lo que es de este mundo es propiedad privada, cuando este mundo es común? ¿O por qué consideras que los frutos de la tierra son privados, cuando la tierra misma es propiedad común? «Mirad,» dijo, «las aves del cielo: no siembran, ni siegan.» [] Pues para aquellos para quienes nada es propiedad privada, nada falta, y Dios, dueño de su propia palabra, sabe cumplir su promesa. De nuevo, las aves no recogen, y sin embargo comen, pues nuestro Padre celestial las alimenta. Pero nosotros, desviando las advertencias de una declaración general hacia nuestra ventaja privada, Dios dice: «Todo árbol que tenga en sí fruto de árbol que da semilla os será para comer, y a toda bestia, y a toda ave, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra.» [] Al recoger llegamos a la necesidad, y al recoger somos vaciados. Pues no podemos esperar la promesa quienes no guardamos la palabra. También es bueno para nosotros atender al precepto de la hospitalidad, estar dispuestos a dar a los extranjeros, pues nosotros también somos extranjeros en el mundo.

    1, § 6

    6. Pero ¡cuán santa fue aquella viuda, que, apremiada por el hambre extrema, observó la reverencia debida a Dios, y no usaba el alimento para sí sola, sino que lo dividía con su hijo, para no sobrevivir a su querida descendencia! Grande es el deber del afecto, pero el de la religión produce más retorno. Pues como nadie debe ser antepuesto a su hijo, así el profeta de Dios debe ser antepuesto a su hijo y a su conservación. Pues se ha de creer que ella no le dio poco alimento, sino todo el sustento de su vida, quien no dejó nada para sí. Tan hospitalaria fue que dio todo, tan llena de fe que creyó al instante.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 2, sumario
    Se establecen los preceptos del Apóstol sobre la viuda de verdad: tales como que críe a los hijos, atienda a sus padres, desee agradar a Dios, se muestre irreprensible, dé muestras de una madurez de méritos, haya sido mujer de un solo marido. San Ambrosio advierte, sin embargo, que las segundas nupcias no fueron condenadas por San Pablo, y añade que las viudas deben tener buena fama de virtud ante todos. Las razones por las que las viudas más jóvenes han de ser evitadas, y qué significa que sea mejor casarse que abrasarse. San Ambrosio pasa luego a hablar de la dignidad de las viudas, mostrada por el hecho de que cualquier injuria hecha a ellas es visitada por la ira de Dios.

    2, § 7

    7. Así, pues, una viuda no sólo se distingue por la abstinencia corporal, sino que es señalada por la virtud; a ella no le doy mandamientos, sino el Apóstol. No soy la única persona que les hace honor, sino que el Doctor de los Gentiles lo hizo primero, cuando dijo: «Honra a las viudas que de verdad son viudas. Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, aprenda primero a gobernar su propia casa y a corresponder a sus padres.» [] De donde observamos que cada inclinación de afecto debe existir en una viuda: amar a sus hijos y cumplir su deber para con sus padres. Así, al cumplir su deber para con sus padres, está enseñando a sus hijos, y es recompensada ella misma por su propia observancia del deber, en cuanto lo que realiza por otros le beneficia a sí misma.

    2, § 8

    8. «Pues esto,» dice, «es aceptable ante Dios.» [] De modo que si tú, oh viuda, cuidas de las cosas de Dios, debes seguir aquello que has aprendido que es agradable a Dios. Y, en efecto, el Apóstol algo más atrás, [] exhortando a las viudas a la búsqueda de la continencia, dijo que ellas piensan en las cosas del Señor. Pero en otro lugar, cuando ha de elegirse a una viuda aprobada, se le manda no sólo tener en mente sino también esperar en el Señor: «Pues la que es viuda de verdad,» se dice, «y desolada, debe esperar en Dios, y ser constante en súplicas y oraciones noche y día.» [] Y no sin razón muestra que éstas deben ser irreprensibles, a quienes, así como se les encomiendan obras virtuosas, así también se les tributa gran respeto, de modo que son honradas incluso por los obispos.

    2, § 9

    9. Y de qué clase debe ser la que es elegida, se da la descripción en las palabras del propio maestro: «No menos de sesenta años, habiendo sido mujer de un solo marido.» [] No es que la vejez sola haga a la viuda, sino que los méritos de la viuda son los deberes de la vejez. Pues ciertamente es más noble la que reprime el calor de la juventud y el ardor impetuoso de la edad juvenil, no deseando ni la ternura de un marido ni los abundantes deleites de los hijos, que aquella que, ya agotada en el cuerpo, fría en la edad, de años maduros, no puede ni calentarse con los placeres ni esperar descendencia.

    2, § 10

    10. Ni en verdad se excluye a nadie de la devoción de la viudedad, si después de entrar en segundas nupcias, las cuales los preceptos del Apóstol ciertamente no condenan como si se perdiera el fruto de la castidad, queda de nuevo libre de su marido. Tendrá, en efecto, el mérito de su castidad, aunque sea tardío; pero será más aprobada la que ha probado unas segundas nupcias, porque en ella es conspicuo el deseo de castidad; en la otra, en cambio, la vejez o la vergüenza parece haber puesto fin al matrimonio.

    2, § 11

    11. Ni tampoco la castidad corporal por sí sola es el firme propósito de la viuda, sino un ejercicio de virtud amplio y abundantísimo. «Que tenga buen testimonio de buenas obras: si ha criado hijos; si ha hospedado a extranjeros; si ha lavado los pies de los santos; si ha asistido a los que sufren tribulación; si, en fin, ha proseguido toda buena obra.» [] Ves cuántas prácticas de virtud ha incluido. Exige, en primer lugar, el deber de la piedad; en segundo lugar, la práctica de la hospitalidad y del servicio humilde; en tercer lugar, el ministerio de la misericordia y de la liberalidad en la asistencia; y, por último, la realización de toda buena obra.

    2, § 12

    12. Y, por tanto, que las más jóvenes sean evitadas, [] porque no pueden cumplir los requisitos de un grado tan alto de virtud. Pues la juventud es propensa a caer, porque el calor de los diversos deseos es inflamado por el ardor de la edad lozana, y es propio de un buen médico apartar los materiales del pecado. Pues el primer ejercicio en la educación del alma es apartar el pecado, el segundo implantar la virtud. Sin embargo, puesto que el Apóstol sabía que Ana, la viuda de ochenta y cuatro años, desde su juventud fue heraldo de las obras del Señor, no creo que pensara que las más jóvenes debían ser excluidas de la devoción de la viudedad, especialmente porque dijo: «Es mejor casarse que abrasarse.» [] Pues ciertamente recomendó el matrimonio como remedio, para que la que de otro modo perecería pudiera salvarse; no prescribió la elección de que quien puede contenerse no siga la castidad, pues una cosa es socorrer al que cae, otra persuadir a la virtud.

    2, § 13

    13. ¿Y qué diré de los juicios humanos, puesto que en los juicios de Dios se presenta a los judíos como habiendo ofendido al Señor en nada más que en violar lo que se debía a la viuda y los derechos de los menores? Esto es proclamado por las voces de los profetas como la causa que trajo sobre los judíos la pena del rechazo. Esto se menciona como la única causa que mitigará la ira de Dios contra su pecado, si honran a la viuda y ejecutan verdadero juicio para los menores, pues así leemos: «Juzgad al huérfano, defended a la viuda, y venid, razonemos juntos, dice el Señor.» [] Y en otro lugar: «El Señor mantendrá al huérfano y a la viuda.» Y de nuevo: «Bendeciré abundantemente a su viuda.» En lo cual también se prefigura la semejanza de la Iglesia. Veis, pues, santas viudas, que aquel oficio que es honrado por la ayuda de la gracia divina no debe ser degradado por el deseo impuro.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 3, sumario
    San Ambrosio vuelve a la historia de la viuda de Sarepta, y muestra que ella representaba a la Iglesia, y que por tanto era un ejemplo para vírgenes, casadas y viudas. Luego se refiere al profeta como representando a Cristo, en cuanto que anunció los misterios y la lluvia que había de venir. Después toca y explica el doble signo de Gedeón, y señala que no está en poder de cualquiera el obrar milagros, y que la Encarnación de Cristo y el rechazo de los judíos fueron prefigurados en aquel relato.

    3, § 14

    14. Para volver a lo tratado más arriba, ¿cuál es el significado del hecho de que cuando había un hambre muy grande en toda la tierra, sin embargo la atención de Dios no faltó a la viuda, y el profeta fue enviado para sustentarla? Y cuando en esta historia el Señor me advierte que está a punto de hablar en verdad, [] parece invitar a mis oídos a atender a un misterio. Pues ¿qué puede ser más verdadero que el misterio de Cristo y la Iglesia? No, pues, sin propósito es preferida una entre muchas viudas. ¿Quién es tal, a quien un profeta tan grande que fue arrebatado al cielo, debía ser guiado, especialmente en aquel tiempo en que el cielo estuvo cerrado por tres años y seis meses, cuando había un hambre grande en toda la tierra? El hambre estaba en todas partes, y sin embargo esta viuda no carecía. ¿Qué son estos tres años? ¿No son, acaso, aquellos en que el Señor vino a la tierra y no pudo hallar fruto en la higuera, según aquello que está escrito: «He aquí, hace tres años que vengo buscando fruto en esta higuera, y no hallo.» []?

    3, § 15

    15. Ésta es ciertamente aquella viuda de la cual se dijo: «Alégrate, oh estéril que no das a luz; prorrumpe y clama, tú que no tienes dolores de parto; porque muchos son los hijos de la desolada, más que de la que tiene marido.» [] Y bien es una viuda aquella de la cual se dice bien: «No te acordarás de tu vergüenza y de tu viudedad, porque yo soy el Señor que te hago.» [] Y acaso por eso es viuda la que ha perdido a su Esposo ciertamente en el sufrimiento de su cuerpo, pero en el día del juicio recibirá de nuevo al Hijo del Hombre a quien parecía haber perdido. «Por un breve momento te he abandonado,» [] dice, para que, abandonada, guarde su fe con más gloria.

    3, § 16

    16. Así, pues, todas tienen un ejemplo que imitar: vírgenes, casadas y viudas. Y acaso por eso la Iglesia es virgen, casada y viuda, porque son un solo cuerpo en Cristo. Ella es, pues, aquella viuda por cuya causa, cuando había escasez de la Palabra celestial en la tierra, fueron designados los profetas; pues había una viuda que era estéril, pero reservó su alumbramiento para su propio tiempo.

    3, § 17

    17. De modo que no nos parece de poca cuenta la persona de aquel que con su palabra humedeció la tierra seca con el rocío del cielo, y abrió los cielos cerrados ciertamente no por poder humano. Pues ¿quién es el que puede abrir los cielos sino Cristo, para quien diariamente se recoge, del alimento de los pecadores, un aumento para la Iglesia? Pues no está en poder del hombre decir: «La tinaja de harina no se agotará, y la vasija de aceite no faltará, hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra.» Pues aunque sea norma de los profetas hablar así, la voz es en verdad la del Señor. Y por eso se dice primero: «Porque así dice el Señor.» Pues es propio del Señor garantizar la continuación de los sacramentos celestiales, y prometer que la gracia del gozo espiritual no faltará, conceder los baluartes de la vida, los sellos de la fe, los dones de las virtudes.

    3, § 18

    18. Pero ¿qué significa esto: «Hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra»? Sino que Él, también, «descenderá como lluvia sobre un vellón, y como las gotas que riegan la tierra.» En cuyo pasaje se descubre el misterio de la antigua historia donde Gedeón, el guerrero del místico combate, recibiendo la prenda de la victoria futura, reconoció el sacramento espiritual en la visión de su mente: que aquella lluvia era el rocío de la Palabra Divina, que primero descendió sobre el vellón, cuando toda la tierra estaba abrasada por una sequía continua, y por una segunda señal verdadera, humedeció el suelo de toda la tierra con una lluvia, mientras la sequedad estaba sobre el vellón.

    3, § 19

    19. Pues el hombre previsor observó la señal del crecimiento futuro de la Iglesia. Porque primero en Judea el rocío del divino anuncio comenzó a dar humedad (pues «en Judea es conocido Dios»), mientras toda la tierra permanecía sin el rocío de la fe. Pero cuando el rebaño de José comenzó a negar a Dios, y al atreverse a varias ofensas enormes a incurrir en culpa ante Dios, entonces, cuando el rocío de la lluvia celestial fue derramado sobre toda la tierra, el pueblo de los judíos comenzó a secarse y a abrasarse en su propia incredulidad, cuando las nubes de la profecía y la lluvia saludable de los Apóstoles regaron la santa Iglesia reunida de todas las partes del mundo. Ésta es aquella lluvia, ahora condensada de la humedad terrestre, ahora de las nieblas de los montes, pero difundida por todo el mundo en la lluvia salutífera de las Escrituras celestiales.

    3, § 20

    20. Con este ejemplo, pues, se muestra que no todos pueden merecer los milagros del poder divino, sino aquellos que son ayudados por los afanes de la devoción religiosa, y que pierden los frutos del obrar divino quienes carecen de reverencia por el cielo. Se muestra también en un misterio que el Hijo de Dios, para restaurar a la Iglesia, tomó sobre sí el misterio de un cuerpo humano, desechando al pueblo judío, del cual fueron quitados el consejero y el profeta y los milagros de los beneficios divinos, [] porque, como por una especie de mancha nacional, no quisieron creer en el Hijo de Dios.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 4, sumario
    Con el ejemplo de Ana, San Ambrosio muestra cuál debe ser la vida de las viudas, y muestra que ella fue ejemplo de castidad en toda edad. De esto arguye que hay tres grados de la misma virtud, todos los cuales están comprendidos en la Iglesia, y presenta varios ejemplos en María, en Ana y en Susana. Pero, añade, el estado de virginidad es superior a cualquiera de los otros, si bien la viuda debe cuidar más de preservar su buen nombre.

    4, § 21

    21. [La Escritura] nos enseña, pues, cuánta gracia confiere la unidad y cuán grande es el don de la bendición divina en las viudas. Y ya que Dios les concede tal honor, hemos de observar qué modo de vida le corresponde; pues Ana muestra cómo deben ser las viudas, la cual, dejada en el desamparo por la temprana muerte de su esposo, alcanzó sin embargo el premio de la plena alabanza, entregada no menos a los deberes de la religión que a la búsqueda de la castidad. Una viuda, se dice, de ochenta y cuatro años, una viuda que no se apartaba del templo, una viuda que servía a Dios noche y día con ayunos y oraciones. []

    4, § 22

    22. Veis qué clase de persona se dice que es la viuda: mujer de un solo marido, probada también por el avance de la edad, vigorosa en la religión y gastada en el cuerpo; cuyo lugar de descanso es el templo, cuya conversación es la oración, cuya vida es el ayuno; que en los tiempos del día y de la noche, con un servicio de devoción incansable, aunque el cuerpo reconoce la vejez, no conoce edad en su piedad. Así se forma una viuda desde su juventud, así se habla de ella en su ancianidad: la que ha guardado su viudedad no por azar del tiempo ni por debilidad del cuerpo, sino por la grandeza de alma en la virtud. Pues cuando se dice que estuvo siete años desde su virginidad con su esposo, se manifiesta que lo que sostiene su ancianidad comenzó en los propósitos de su juventud.

    4, § 23

    23. Y así se nos enseña que la virtud de la castidad es triple: una clase la de la vida conyugal, una segunda la de la viudedad y una tercera la de la virginidad; pues no presentamos una de modo que excluya las otras. Cada una de ellas produce lo que a cada una corresponde. La formación de la Iglesia es rica en esto: en que tiene a quienes puede proponer como ejemplo, pero no tiene a nadie a quien rechace, ¡y ojalá nunca pudiera tenerlo! Hemos hablado de la virginidad sin rechazar la viudedad; reverenciamos a las viudas de tal modo que reservamos su propio honor para el matrimonio. No son nuestros preceptos, sino los dichos divinos, los que enseñan esto.

    4, § 24

    24. Recordemos, pues, cómo se habla de María, de Ana y de Susana. Pero puesto que no solo debemos celebrar sus alabanzas, sino también seguir su manera de vida, recordemos dónde se hallan Susana, y Ana [], y María [], y observemos cómo se habla de cada una con su alabanza particular, y dónde se menciona a cada una: la casada en el jardín, la viuda en el templo, la virgen en su cámara secreta.

    4, § 25

    25. Pero en las primeras el fruto es tardío; en la virginidad es temprano. La edad madura las prueba; la virginidad es alabanza de la juventud, y no necesita el auxilio de los años, siendo fruto de toda edad. Conviene a los años tiernos, adorna la juventud, añade dignidad a la vejez, y en todas las edades tiene las canas de su justicia, la madurez de su gravedad, el velo de la modestia que no estorba la devoción y acrecienta la religión. Pues vemos por lo que sigue que santa María iba cada año con José a Jerusalén el día solemne de la Pascua. [] En todas partes, en compañía de la Virgen, hay una devoción ferviente y una celosa partícipe de su castidad. Ni la Madre del Señor se ensoberbece, como segura de sus propios méritos, sino que cuanto más reconocía su mérito, tanto más plenamente cumplía sus votos, con más abundancia realizaba su servicio, más plenamente desempeñaba su oficio, más religiosamente cumplía su deber y llenaba el tiempo místico.

    4, § 26

    26. ¿Cuánto más os conviene, pues, entregaros a la búsqueda de la castidad, para no dejar lugar alguno a la opinión desfavorable, vosotras que solo tenéis el testimonio de vuestra modestia y de vuestra conducta? Pues la virgen, aunque también en ella el carácter reclama el primer lugar antes que el cuerpo, aparta la calumnia por la integridad de su cuerpo; la viuda, que ha perdido la ayuda de poder probar su virginidad, sufre la indagación sobre su castidad no según las palabras de una comadrona, sino según su propia manera de vivir. La Escritura, pues, ha mostrado cuán atenta y religiosa debe ser la disposición de una viuda.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 5, sumario
    La liberalidad con los pobres es recomendada por el ejemplo de la viuda del Evangelio, cuyos dos óbolos fueron preferidos a los grandes dones de los ricos. Los dos óbolos se tratan como representación mística de los dos Testamentos. Cuál es aquel tesoro por el cual se nos enseña a ofrecer, según el ejemplo de los Magos, tres dones, o según el de la viuda, dos. San Ambrosio concluye el capítulo con una exhortación a las viudas a ser celosas en las buenas obras.

    5, § 27

    27. En el mismo libro, aunque en otro lugar, se nos enseña cuán apropiado es ser misericordioso y liberal con los pobres, y que este sentimiento no debe ser frenado por la consideración de nuestra pobreza, puesto que la liberalidad no se determina por la cantidad de nuestras posesiones, sino por la disposición a dar. Pues por la voz del Señor es preferida a todos aquella viuda de la cual se dijo: «Esta viuda ha echado más que todos.» [] En lo cual el Señor enseña característicamente a todos que nadie debe ser retenido de dar auxilio por vergüenza de su propia pobreza, y que los ricos no deben lisonjearse de que parecen dar más que los pobres. Porque la moneda que sale de un pequeño caudal es más rica que los tesoros que salen de la abundancia, porque no se considera la cantidad que se da sino la cantidad que queda. Nadie da más que la que nada ha dejado para sí.

    5, § 28

    28. ¿Por qué tú, mujer rica, te jactas en comparación con la pobre, y cuando estás toda cargada de oro y arrastras por el suelo un vestido costoso, deseas ser honrada como si la otra fuera inferior y pequeña en comparación con tus riquezas, porque has superado a la necesitada con tus dones? También los ríos se desbordan cuando están demasiado llenos, pero un sorbo de un arroyo es más agradable. El vino nuevo espuma mientras fermenta, y el labrador no considera perdido lo que se derrama. Mientras se trilla la cosecha, los granos caen de la era que gime; pero aunque falten las cosechas, la tinaja de harina no se agota y la vasija llena de aceite da de sí. Mas aquel sorbo vació las cubas de los ricos, mientras que la pequeña vasija de aceite de la viuda dio abundancia. Se ha de contar, pues, lo que das por devoción, no lo que arrojas con desdén. Pues, en fin, nadie dio más que la que alimentó al profeta con el sustento de sus hijos. Y así, puesto que nadie dio más, nadie tuvo mayor mérito. Esto tiene una aplicación moral.

    5, § 29

    29. Y considerando el sentido místico, no se debe despreciar a esta mujer que echa dos óbolos en el gazofilacio. Evidentemente era noble la mujer que en el juicio divino fue hallada digna de ser preferida a todos. Acaso es ella quien con su fe ha dado dos testamentos para ayuda del hombre, y así nadie ha hecho más. Ni pudo nadie igualar la cantidad de su don, porque unió la fe con la misericordia. Tú, pues, quienquiera que seas, que vives la práctica de la viudedad, no dudes en echar en el gazofilacio los dos óbolos, llenos de fe y de gracia.

    5, § 30

    30. Dichosa la que de su tesoro saca la imagen perfecta del Rey. Tu tesoro es la sabiduría, tu tesoro es la castidad y la justicia, tu tesoro es un buen entendimiento, como lo era aquel tesoro del cual los Magos, cuando adoraron al Señor, sacaron oro, incienso y mirra; [] mostrando con el oro el poder de un rey, venerando a Dios con el incienso y reconociendo con la mirra la resurrección del cuerpo. Tú también tienes este tesoro si miras dentro de ti: «Porque tenemos este tesoro en vasos de barro.» [] Tienes oro que puedes dar, pues Dios no te exige el don precioso del metal brillante, sino aquel oro que en el día del juicio el fuego no podrá consumir. Ni requiere dones preciosos, sino el buen olor de la fe, que los altares de tu corazón despiden y la disposición de una mente religiosa exhala.

    5, § 31

    31. De este tesoro, pues, se toman no solo los tres dones de los Magos, sino también los dos óbolos de la viuda, en los cuales resplandece la imagen perfecta del Rey celestial, el resplandor de su gloria y la imagen de su substancia. Preciosas son también aquellas ganancias de castidad ganadas con esfuerzo, que la viuda da de su trabajo y de su tarea diaria, trabajando continuamente noche y día en su labor, y por el trabajo vigilante de su provechosa castidad reuniendo tesoro; para poder conservar inviolado el lecho de su difunto esposo, poder sostener a sus queridos hijos y servir a los pobres. Ella ha de ser preferida a los ricos; ella es la que no temerá el juicio de Cristo.

    5, § 32

    32. Esforzaos por igualarla, hijas mías: «Bueno es ser celosamente afectos en una cosa buena.» [] «Anhelad ardientemente los mejores dones.» [] El Señor os está mirando siempre, Jesús os mira cuando va al gazofilacio, y vosotras pensáis que con la ganancia de vuestras buenas obras se ha de dar auxilio a los necesitados. ¿Qué es, pues, que debáis dar vuestros dos óbolos y ganar a cambio el Cuerpo del Señor? No vayáis, pues, vacías a la vista del Señor vuestro Dios, [] vacías de misericordia, vacías de fe, vacías de castidad; porque el Señor Jesús suele mirar y encomiar no a los vacíos, sino a los ricos en virtudes. Que la doncella os vea trabajando, que os vea sirviendo a los demás. Pues esta es la retribución que debéis a Dios: que hagáis vuestra retribución a Dios con el progreso de los otros. Ninguna retribución es más acepta a Dios que las ofrendas de piedad.

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 6, sumario
    Noemí es un ejemplo de una viuda que recibe de su nuera los frutos de su propia buena formación, y es señal de que el sustento necesario no faltará jamás a la buena viuda. Y si su vida parece triste, es feliz, pues las promesas del Señor le han sido hechas. San Ambrosio toca luego los beneficios del llanto.

    6, § 33

    33. ¿Os parece de poca cuenta la viuda Noemí, que sostuvo su viudedad con las espigas que recogía de la mies ajena, y que, cargada de años, fue sostenida por su nuera? [] Es un gran beneficio, tanto para el sustento como para la ventaja de las viudas, que formen de tal manera a sus nueras, que hallen en ellas un apoyo en la plena ancianidad y, por así decirlo, una paga por su enseñanza y una recompensa por su formación. Pues a la que bien ha enseñado y bien instruido a su nuera, nunca le faltará una Rut que prefiera la vida viuda de su suegra a la casa de su padre, y si su esposo también hubiera muerto, no la dejará, la sostendrá en la necesidad, la consolará en la tristeza y no la abandonará si es despedida; porque la buena instrucción jamás conocerá la necesidad. De modo que Noemí, privada de su esposo y de sus dos hijos, habiendo perdido los vástagos de su fecundidad, no perdió la recompensa de su piadoso cuidado, pues halló a la vez un consuelo en la tristeza y un apoyo en la pobreza.

    6, § 34

    34. Veis, pues, mujeres santas, cuán fecunda es la viuda en la descendencia de las virtudes y en los frutos de sus propios méritos, que no pueden tener fin. Una buena viuda, pues, no conoce la necesidad, y si está fatigada por la edad, en extrema pobreza, tiene sin embargo por regla la recompensa de la formación que ha dado. Aunque fallen los más allegados, halla quienes, sin ser parientes tan cercanos, cuiden de su madre, reverencien a su progenitora, y con los pequeños dones para su sustento deseen ganar el fruto de su propia bondad, pues abundantemente se pagan los dones hechos a una viuda. Ella pide alimento y devuelve tesoros.

    6, § 35

    35. Pero parece pasar días tristes y consumir su tiempo en lágrimas. Y es tanto más dichosa en esto, porque con un poco de llanto compra para sí los gozos eternos, y a costa de unos pocos instantes gana la eternidad. A tales está bien dicho: «Bienaventurados vosotros que lloráis, porque reiréis.» [] ¿Quién, pues, preferiría las apariencias engañosas de los gozos presentes al placer de la futura libertad de toda ansiedad? ¿Nos parece autoridad insignificante aquel elegido antepasado del Señor según la carne, que comía ceniza como si fuera pan y mezclaba su bebida con llanto, y con sus lágrimas por la noche se ganaba el gozo de la redención por la mañana? ¿De dónde obtuvo aquel gran gozo sino porque lloró mucho, y, por así decirlo, al precio de sus lágrimas obtuvo para sí la gracia de la gloria futura.

    6, § 36

    36. Tiene, pues, la viuda esta excelente recomendación, que mientras llora a su esposo, llora también por el mundo, y las lágrimas redentoras están prontas, las cuales, derramadas por los muertos, aprovecharán a los vivos. El llanto de los ojos se adecua a la tristeza de la mente; despierta la piedad, alivia el trabajo, mitiga el dolor y preserva la modestia; y ya no se tiene a sí misma por tan desdichada, hallando consuelo en las lágrimas, que son paga del amor y pruebas de piadosa memoria.

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 7, sumario
    Con el ejemplo de Judit se muestra que el valor no falta a las viudas; se detiene en su preparación para la visita a Holofernes, como también en su castidad y su sabiduría, su sobriedad y moderación. Finalmente, San Ambrosio, después de demostrar que fue no menos valiente que prudente, expone su modestia después de su éxito.

    7, § 37

    37. Pero el valor tampoco suele faltar a la buena viuda. Pues este es el verdadero valor: el que sobrepasa la naturaleza común y la debilidad del sexo por la entrega de la mente, como el que hubo en aquella que fue llamada Judit, quien por sí sola fue capaz de levantar de la postración total y defender de los enemigos a los hombres quebrantados por el asedio, heridos de miedo y consumidos por el hambre. Pues ella, según leemos, cuando Holofernes, temido tras su éxito en tantas batallas, había encerrado a innumerables millares de hombres dentro de las murallas; cuando los hombres armados temían y ya trataban de la rendición final, salió fuera del muro, superando a aquel ejército que liberó y siendo más valiente que el que puso en fuga.

    7, § 38

    38. Pero para aprender las disposiciones de la viudedad madura, recorre el curso de las Escrituras. Desde el tiempo en que murió su esposo dejó los vestidos de gozo y tomó los de luto. Cada día estaba entregada al ayuno, excepto en el sábado, en el Día del Señor y en los tiempos de los días santos, no como cediendo al deseo de refrigerio, sino por respeto a la religión. Pues esto es lo que se dice: «Ya comáis, ya bebáis, todo ha de hacerse en el nombre de Jesucristo,» [] que hasta el propio refrigerio del cuerpo ha de tener respeto al culto de la santa religión. Así pues, la santa Judit, fortalecida por un prolongado luto y por el ayuno diario, no buscó los placeres del mundo sin consideración del peligro, y fuerte en su desprecio de la muerte. Para llevar a cabo su estratagema se puso aquel vestido de gozo con el que solía vestirse en vida de su esposo, como si quisiera agradar a su esposo si liberaba a su patria. Pero vio a otro hombre a quien procuraba agradar: a Aquel de quien se dice: «Después de mí viene un Hombre que es preferido antes que yo.» [] E hizo bien en reasumir sus adornos nupciales cuando estaba a punto de luchar, pues los recuerdos del matrimonio son las armas de la castidad, y de ningún otro modo podría una viuda agradar ni alcanzar la victoria.

    7, § 39

    39. ¿Para qué contar lo que sigue? Cómo ella, entre miles de enemigos, permaneció casta. ¿Para qué hablar de su sabiduría, en cuanto que trazó tal plan? Escogió al comandante para apartar de sí la insolencia de los inferiores y preparar una ocasión para la victoria. Reservó el mérito de la abstinencia y la gracia de la castidad. Pues sin mancha, según leemos, ni por la comida ni por el adulterio, alcanzó no menor triunfo sobre el enemigo conservando su castidad que librando a su patria.

    7, § 40

    40. ¿Qué diré de su sobriedad? La templanza, en efecto, es virtud de las mujeres. Cuando los hombres estaban ebrios de vino y sepultados en el sueño, la viuda tomó la espada, extendió la mano, cortó la cabeza del guerrero y pasó incólume por medio de las filas de los enemigos. Advertís, pues, cuánto puede la embriaguez perjudicar a una mujer, viendo que el vino debilita tanto a los hombres que son vencidos por las mujeres. Sea, pues, la viuda templada, pura en primer lugar del vino, para que sea pura del adulterio. En vano te tentará aquel si el vino no te tienta. Pues si Judit hubiera bebido, habría dormido con el adúltero. Pero como no bebió, la sobriedad de una sola pudo sin dificultad vencer y escapar de un ejército ebrio.

    7, § 41

    41. Y esto no fue tanto obra de sus manos, cuanto más un trofeo de su sabiduría. Pues habiendo vencido a Holofernes con su sola mano, venció a todo el ejército de los enemigos con su sabiduría. Al colgar la cabeza de Holofernes, hazaña que la sabiduría de los hombres no había sido capaz de planear, levantó el ánimo de sus conciudadanos y quebrantó el del enemigo. Movió a sus propios amigos con su modestia e infundió terror en el enemigo, de modo que fueron puestos en fuga y muertos. Y así la templanza y la sobriedad de una sola viuda no solo dominaron su propia naturaleza, sino que, lo que es mucho más, hicieron incluso más valientes a los hombres.

    7, § 42

    42. Y sin embargo no se enalteció tanto con este éxito, aunque bien podía regocijarse y exultar por el derecho de su victoria, como para abandonar los ejercicios de su viudedad, sino que, rehusando a todos los que deseaban desposarla, dejó los vestidos de gozo y tomó de nuevo los de su viudedad, no haciendo caso de los adornos de su triunfo, juzgando mejores aquellas cosas con las que se dominan los vicios del cuerpo que aquellas con las que se vencen las armas de un enemigo.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 8, sumario
    Aunque muchas otras viudas se acercaron a Judit en virtud, San Ambrosio se propone hablar sólo de Débora. ¡Qué modelo de virtud debió de ser para las viudas quien fue elegida para gobernar y defender a los hombres! No fue pequeña gloria para ella que, cuando su hijo estaba al frente del ejército, se negara a salir a la batalla si ella no iba también. De modo que condujo el ejército y predijo el resultado. En esta historia se exponen los combates y triunfos de la Iglesia y sus armas espirituales, y se quita a las mujeres toda excusa de debilidad.

    8, § 43

    43. Y para que no parezca que una sola viuda cumplió esta obra inimitable, de ningún modo parece dudoso que hubo muchas otras de igual o casi igual virtud, pues el buen grano de semilla suele producir muchas espigas llenas de granos. No dudes, pues, de que aquella antigua siembra fue fecunda en el carácter de muchas mujeres. Pero, como sería tedioso incluirlas a todas, considera algunas, y especialmente a Débora, cuya virtud nos registra la Escritura.

    8, § 44

    44. Porque ella mostró no sólo que las viudas no necesitan la ayuda de un hombre, pues, de ningún modo contenida por la debilidad de su sexo, emprendió cumplir los deberes de un hombre, e hizo aún más de lo que había emprendido. Y, al fin, cuando los judíos eran gobernados bajo la dirección de los jueces, porque no podían gobernarlos con justicia varonil ni defenderlos con fuerza varonil, y así estallaban guerras por todas partes, eligieron a Débora, por cuyo juicio pudieran ser gobernados. Y así una sola viuda gobernó en paz a muchos miles de hombres y los defendió del enemigo. Hubo muchos jueces en Israel, pero ninguna mujer antes había sido juez, como después de Josué hubo muchos jueces pero ninguno profeta. Y creo que su judicatura ha sido narrada y sus hazañas descritas para que las mujeres no sean refrenadas de las obras de valor por la debilidad de su sexo. Viuda, gobierna al pueblo; viuda, conduce ejércitos; viuda, elige generales; viuda, determina guerras y ordena triunfos. Así, pues, no es la naturaleza la responsable de la falta o la que está sujeta a debilidad. No es el sexo, sino el valor, lo que hace fuerte.
    Comentario editorial · ¿Era viuda Débora? Ambrosio y Jerónimo
    Ambrosio presenta a Débora como una viuda que gobernó «en paz a muchos miles de hombres» (§ 44) y que sacó a su hijo como jefe del ejército (§ 45). El traductor inglés anota que Jerónimo coincide en que Débora fue juez, pero duda de que fuera viuda y madre de Barac. En efecto, la Carta 54, a Furia, dice que algunos por un malentendido cuentan a Débora entre las viudas y suponen que Barac es su hijo, aunque la Escritura dice otra cosa. El libro de los Jueces la llama mujer de Lapidot () y a Barac, hijo de Abinoam (); Wikipedia añade que muchos estudiosos leen así la frase hebrea sobre su estado civil.

    8, § 45

    45. Y en tiempo de paz no hay queja ni se halla falta en esta mujer, mientras que la mayoría de los jueces fueron causa de pecados no pequeños para el pueblo. Pero cuando los cananeos, pueblo fiero en la batalla y rico en tropas, se les unieron sucesivamente y mostraron una horrible disposición contra el pueblo de los judíos, esta viuda, antes que todos los demás, hizo todos los preparativos de guerra. Y para mostrar que las necesidades de la casa no dependían de los recursos públicos, sino más bien que los deberes públicos se guiaban por la disciplina de la vida doméstica, saca de su hogar a su hijo como jefe del ejército, para que reconozcamos que una viuda puede adiestrar a un guerrero; a quien, como madre, enseñó, y, como juez, puso al mando, pues, siendo ella misma valiente, lo adiestró, y, como profetisa, lo envió a una victoria segura.

    8, § 46

    46. Y, por último, su hijo Barac muestra que la parte principal de la victoria estaba en manos de una mujer cuando dijo: «Si no vienes conmigo, no iré, pues no sé el día en que el Señor envíe a su ángel conmigo.» Cuán grande, pues, era el poder de aquella mujer a la que el jefe del ejército dice: «Si no vienes, no iré.» Cuán grande, digo, la fortaleza de la viuda que no aparta a su hijo de los peligros por afecto maternal, sino que más bien, con el celo de una madre, exhorta a su hijo a salir a la victoria, diciendo que el punto decisivo de esa victoria está en la mano de una mujer.

    8, § 47

    47. Así, pues, Débora predijo el resultado de la batalla. Barac, como se le había ordenado, condujo el ejército; Jael se llevó el triunfo, pues la profecía de Débora luchó por ella, quien en un misterio nos reveló el surgimiento de la Iglesia de entre los gentiles, para la cual se hallaría un triunfo sobre Sísara, es decir, sobre las potencias que se le oponían. Por nosotros, pues, lucharon los oráculos de los profetas; por nosotros vencieron aquellos juicios y armas de los profetas. Y por esta razón no fue el pueblo de los judíos sino Jael quien obtuvo la victoria sobre el enemigo. Desdichado, pues, fue aquel pueblo que no pudo perseguir con la virtud de la fe al enemigo al que había puesto en fuga. Y así, por su culpa vino la salvación a los gentiles; por su pereza se reservó para nosotros la victoria.

    8, § 48

    48. Jael, pues, destruyó a Sísara, al que, sin embargo, la tropa de veteranos judíos había puesto en fuga bajo su brillante jefe, pues ésta es la interpretación del nombre Barac; porque a menudo, como leemos, las palabras y los méritos de los profetas obtuvieron para los padres auxilio celestial. Pero ya entonces se preparaba la victoria sobre la maldad espiritual para aquellos a quienes se dice en el Evangelio: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» [] Así, el comienzo de la victoria fue de los Padres, y su conclusión está en la Iglesia.

    8, § 49

    49. Pero la Iglesia no vence a las potencias del enemigo con armas de este mundo, sino con armas espirituales, «que son poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas y de las alturas de la maldad espiritual.» [] Y la sed de Sísara fue apagada con un cuenco de leche, porque fue vencido por la sabiduría, pues lo que para nosotros es saludable como alimento es mortífero y debilitante para el poder del enemigo. Las armas de la Iglesia son la fe; las armas de la Iglesia son la oración, que vence al enemigo.

    8, § 50

    50. Y así, según esta historia, una mujer, para que los ánimos de las mujeres fueran estimulados, llegó a ser juez; una mujer puso todo en orden; una mujer profetizó; una mujer triunfó y, uniéndose a la formación de batalla, enseñó a los hombres a guerrear bajo la dirección de una mujer. Pero en el misterio es la batalla de la fe y la victoria de la Iglesia.

    8, § 51

    51. Vosotras, pues, que sois mujeres, no tenéis excusa por vuestra naturaleza. Vosotras, que sois viudas, no tenéis excusa por la debilidad de vuestro sexo, ni podéis atribuir vuestra volubilidad a la pérdida del apoyo de un marido. Cada una tiene suficiente protección si no falta valor al alma. Y el mismo avance de la edad es una defensa común de la castidad para las viudas; y el dolor por el marido perdido, el trabajo regular, el cuidado de la casa, la solicitud por los hijos, con frecuencia apartan la lascivia dañina para el alma; mientras que el propio vestido de luto, las solemnidades fúnebres, el llanto constante y el dolor grabado en la frente triste con profundas arrugas refrenan los ojos lascivos, contienen la lujuria, apartan las miradas desvergonzadas. La tristeza del afecto que añora es una buena guardiana de la castidad; la culpa no puede hallar entrada si no falta la vigilancia.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 9, sumario
    A la objeción de que el estado de viudedad podría ser ciertamente soportable si las circunstancias fueran agradables, San Ambrosio responde que los entornos gratos son más peligrosos incluso que la aflicción; y pasa a mostrar, con ejemplos tomados de la Sagrada Escritura, que las viudas pueden hallar mucha felicidad en sus hijos y en sus yernos. Deben recurrir a los Apóstoles, que pueden ayudarnos, y deben implorar las intercesiones de los ángeles y de los mártires. Luego toca ciertas quejas relativas a la soledad y al cuidado de los bienes, y termina señalando lo indecoroso de que se case una viuda que tiene hijas ya casadas o en edad de casarse.

    9, § 52

    52. Habéis aprendido, pues, vosotras que sois viudas, que no estáis privadas del auxilio de la naturaleza y que podéis mantener un consejo sano. Ni tampoco estáis desprovistas de protección en casa, pues podéis reclamar incluso el más alto grado de poder público.

    9, § 53

    53. Pero quizá alguien diga que la viudedad es más soportable para la que goza de prosperidad, pero que las viudas pronto quedan quebrantadas por la adversidad y sucumben fácilmente. Sobre lo cual no sólo nos enseña la experiencia que el disfrute es más peligroso para las viudas que las dificultades, sino también los ejemplos de las Escrituras, que incluso en la debilidad las viudas no suelen carecer de auxilio, [] y que el apoyo divino y humano se les concede más prontamente que a otras, si han criado bien a los hijos y han elegido bien a los yernos. Y, por último, cuando la suegra de Simón estaba enferma con fiebre violenta, Pedro y Andrés rogaron al Señor por ella: «Y Él se inclinó sobre ella y mandó a la fiebre, y la dejó, y al instante ella se levantó y les servía.» []

    9, § 54

    54. «Fue tomada,» se dice, «con una gran fiebre, y le rogaron por ella.» [] También vosotras tenéis cerca a quienes rueguen por vosotras. Tenéis cerca a los Apóstoles, tenéis cerca a los Mártires; si estáis asociadas a los Mártires en la devoción, os acercáis a ellos también por las obras de misericordia. Mostrad misericordia y estaréis cerca de Pedro. No es el parentesco de sangre sino la afinidad de virtud lo que hace cercanos, pues no caminamos en la carne sino en el Espíritu. Conservad, pues, la cercanía de Pedro y la afinidad de Andrés, para que rueguen por vosotras y vuestras concupiscencias cedan. Tocadas por la palabra de Dios, vosotras que yacíais en la tierra, os levantaréis entonces al instante para servir a Cristo. «Porque nuestra conversación está en el cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.» [] Pues nadie que está acostado puede servir a Cristo. Servid a los pobres y habréis servido a Cristo. «Porque lo que hicisteis a uno de éstos,» dice Él, «a Mí lo hicisteis.» [] Vosotras, viudas, tenéis entonces asistencia, si elegís para vosotras tales yernos, tales patronos y amigos para vuestra posteridad.

    9, § 55

    55. Así, Pedro y Andrés rogaron por la viuda. Ojalá hubiera alguien que pudiera rogar tan prontamente por nosotros o, mejor aún, ellos que rogaron por la suegra: Pedro y su hermano Andrés. Entonces podían rogar por una pariente suya; ahora pueden rogar por nosotros y por todos. Pues veis que quien está atada por un gran pecado es menos apta para rogar por sí misma, ciertamente menos capaz de obtener para sí. Recurra, pues, a otros para que rueguen por ella al médico. Porque los enfermos, si el médico no es llamado a ellos por las oraciones de otros, no pueden rogar por sí mismos. La carne es débil, el alma está enferma y estorbada por las cadenas de los pecados, y no puede dirigir sus pasos débiles al trono de aquel médico. Hay que implorar por nosotros a los ángeles, que han sido para nosotros como guardas; hay que implorar a los mártires, cuyo patrocinio parecemos reclamar para nosotros por la prenda, por así decir, de sus restos corporales. Pueden rogar por nuestros pecados quienes, si tuvieron algunos pecados, los lavaron en su propia sangre; porque son los mártires de Dios, nuestros jefes, los contempladores de nuestra vida y de nuestras acciones. No nos avergoncemos de tomarlos como intercesores para nuestra debilidad, pues ellos mismos conocieron las debilidades del cuerpo, aun cuando las vencieron.

    9, § 56

    56. Así, pues, la suegra de Pedro halló a algunos que rogaran por ella. Y tú, oh viuda, halla a quienes rueguen por ti, si como viuda de verdad y desolada esperas en Dios, continúa constante en las súplicas, persiste en las oraciones, [] trata tu cuerpo como muriendo cada día, para que, muriendo, puedas vivir de nuevo; evita los placeres, para que tú también, estando enferma, seas sanada. «Porque la que vive en placeres está muerta mientras vive.» []

    9, § 57

    57. Ya no tienes razón alguna para casarte; tienes a algunos que intercedan por ti. No digas: «Estoy desolada.» Ésta es la queja de quien desea casarse. No digas: «Estoy sola.» La castidad busca la soledad; las recatadas buscan el retiro, las impúdicas la compañía. Pero tú tienes asuntos necesarios; también tienes a uno que abogue por ti. Temes a tu adversario; el Señor mismo intervendrá ante el juez y dirá: «Juzgad al huérfano y haced justicia a la viuda.» []

    9, § 58

    58. Pero deseas cuidar de tu herencia. La herencia de la modestia es mayor, y ésta una viuda puede guardarla mejor que la casada. Un esclavo ha cometido una falta. Perdónalo, pues es mejor que soportes la falta ajena que exponerla. Pero deseas casarte. Sea así. El simple deseo no es un crimen. No pregunto la razón; ¿por qué se inventa una? Si te parece bueno, dilo; si inconveniente, calla. No culpes a Dios, no culpes a tus parientes, diciendo que te falta protección. ¡Ojalá no faltara el deseo! Y no digas que consultas los intereses de tus hijos, a quienes privas de su madre.

    9, § 59

    59. Hay algunas cosas lícitas en abstracto, pero no lícitas a causa de la edad. ¿Por qué se preparan las bodas de la madre al mismo tiempo que las de las hijas, y a menudo incluso después? ¿Por qué la hija crecida aprende a ruborizarse en presencia del prometido de su madre más que del suyo propio? Confieso que te aconsejé cambiar de vestido, pero no ponerte un velo nupcial; alejarte del sepulcro, no preparar un lecho nupcial. ¿Qué significa una recién casada que ya tiene yernos? ¡Cuán indecoroso es tener hijos más jóvenes que los propios nietos!

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 10, sumario
    San Ambrosio vuelve de nuevo al tema de Cristo, hablando de su bondad en toda miseria. Los diversos modos en que el buen Médico trata nuestras enfermedades y la prontitud de la curación si sólo no descuidamos invocarlo. Toca el sentido moral de la voluntad, que muestra manifestado en la suegra de Pedro, y, por último, señala lo que debe ser un ministro de Cristo y especialmente un obispo, y dice que ellos especialmente deben levantarse por la gracia.

    10, § 60

    60. Pero volvamos al punto y, mientras nos afligimos por las heridas de nuestros pecados, no dejemos al médico; y, mientras atendemos las llagas de otros, no dejemos que las nuestras sigan creciendo. Aquí, pues, se pide al Médico. No temas, porque el Señor es grande, que quizá no se digne venir a quien está enfermo, pues a menudo viene a nosotros desde el cielo; y suele visitar no sólo a los ricos, sino también a los pobres y a los siervos de los pobres. [] Y así ahora viene, cuando se le llama, a la suegra de Pedro. «Y Él se inclinó sobre ella y reprendió a la fiebre, y la dejó, y al instante ella se levantó y les servía.» [] Así como es digno de ser recordado, es también digno de ser anhelado, digno asimismo de amor, por su condescendencia a cada cosa que afecta a los hombres y por sus obras maravillosas. No desdeña visitar a las viudas y entrar en las estrechas habitaciones de una pobre choza. Como Dios manda; como hombre visita.

    10, § 61

    61. Gracias sean al Evangelio, por medio del cual también nosotros, que no vimos a Cristo cuando vino a este mundo, parecemos estar con Él cuando leemos sus obras, para que, así como aquéllos a quienes Él se acercó tomaron fe de Él, así Él, cuando creemos sus obras, se acerque a nosotros.

    10, § 62

    62. ¿Ves qué clases de curaciones hay en Él? Manda a la fiebre, manda a los espíritus inmundos, en otro lugar les impone las manos. Solía, pues, curar a los enfermos no sólo con la palabra sino también con el tacto. Y tú, pues, que ardes en muchos deseos, prendado o por la belleza o por la fortuna de alguien, implora a Cristo, llama al Médico, extiende tu mano derecha hacia Él, deja que la mano de Dios toque lo más íntimo de tu ser y que la gracia de la Palabra celestial entre en las venas de tus deseos interiores, deja que la diestra de Dios golpee los secretos de tu corazón. Él extiende barro sobre los ojos de algunos para que vean, [] y el Creador de todo nos enseña que debemos ser conscientes de nuestra propia naturaleza y discernir la vileza de nuestro cuerpo; pues nadie puede ver las cosas divinas sino aquel que, por el conocimiento de su vileza, no puede envanecerse. A otro se le manda mostrarse al sacerdote, para que quede libre para siempre de las escamas de la lepra. [] Pues sólo puede conservar su pureza, tanto de cuerpo como de alma, quien sabe mostrarse a aquel sacerdote, a quien hemos recibido como Abogado de nuestros pecados y a quien claramente se le dice: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.»

    10, § 63

    63. Y no temas que haya demora alguna en la curación. El que es curado por Cristo no tiene impedimentos. Debes usar el remedio que has recibido; y, tan pronto como Él ha dado la orden, el ciego ve, el paralítico anda, el mudo habla, el sordo oye, la que tiene fiebre sirve, el lunático es liberado. Y tú, pues, que de modo indecoroso languideces por el deseo de algo, ruega al Señor, muéstrale tu fe y no temas demora. Donde hay oración, la Palabra está presente, el deseo es puesto en fuga, la lujuria se aparta. Y no temas ofender con la confesión; tómala más bien como un derecho, pues tú, que antes estabas afligida por una intensa enfermedad del cuerpo, comenzarás a servir a Cristo.

    10, § 64

    64. Y en este lugar puede verse la disposición de la voluntad de la suegra de Pedro, de la cual recibió para sí, por así decir, el grano de semilla de lo que había de venir, pues para cada uno su voluntad es la causa de lo que ha de venir. Porque de la voluntad brota la sabiduría, que el sabio toma en matrimonio para sí, diciendo: «Deseo hacerla mi esposa.» [] Esta voluntad, pues, que al principio era débil y languidecía bajo la fiebre de diversos deseos, después, por el ministerio de los apóstoles, se levantó fuerte para servir a Cristo.

    10, § 65

    65. Al mismo tiempo se muestra también lo que debe ser quien ministra a Cristo, pues primero debe estar libre de los halagos de diversos placeres; debe estar libre del languidecer interior del cuerpo y del alma, para poder ministrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Porque nadie que esté enfermo por sus propios pecados, y lejos de estar sano, puede ministrar los remedios de la curación de la inmortalidad. Mira lo que haces, oh sacerdote, y no toques el Cuerpo de Cristo con mano febril. Sánate primero para que puedas ministrar. Si Cristo manda a quienes ahora están limpios, pero antes fueron leprosos, que se muestren a los sacerdotes, [] cuánto más conviene que el propio sacerdote sea puro. Aquella viuda, pues, no puede tomar a mal que yo no la haya perdonado, ya que no me perdono a mí mismo.

    10, § 66

    66. La suegra de Pedro, está escrito, se levantó y les servía. Bien está dicho: se levantó, pues la gracia del apostolado ya proporcionaba un tipo del sacramento. Conviene a los ministros de Cristo levantarse, según aquello que está escrito: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos.» []

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 11, sumario
    Habiendo mostrado que los pretextos que suelen alegarse para las segundas nupcias no tienen peso, San Ambrosio declara que no las condena, aunque por las palabras del Apóstol expone sus inconvenientes, si bien el estado de los casados dos veces es aprobado en la Iglesia, y aprovecha la ocasión para referirse a aquellos herejes que las prohíben. Y dice que, porque la fortaleza de las distintas personas varía, la castidad no es mandada, sino sólo recomendada.

    11, § 67

    67. Digo, pues, que las viudas que no tienen costumbre de dar ni carecen de los gastos necesarios, ni de ayuda, las cuales en peligros muy grandes a menudo han guardado los recursos de sus maridos; y además, pienso que los buenos oficios de un marido suelen serles compensados por yernos y otros parientes, y que la misericordia de Dios está más pronta a ayudarlas, y por tanto, cuando no hay causa especial para casarse, no debe existir el deseo de hacerlo.

    11, § 68

    68. Esto, no obstante, lo digo como consejo, no lo ordenamos como precepto, moviendo las voluntades de las viudas más bien que atándolas. Pues no prohíbo las segundas nupcias, sólo no las aconsejo. Una cosa es la consideración de la debilidad humana, otra la gracia de la castidad. Más aún, no prohíbo las segundas, pero no apruebo los matrimonios repetidos con frecuencia, pues no todo es conveniente lo que es lícito: «Todas las cosas me son lícitas,» dice el Apóstol, «pero no todas convienen.» [] Como también es lícito beber vino, pero, en la mayoría de los casos, no conviene.

    11, § 69

    69. Luego es lícito casarse, pero es más decoroso abstenerse, pues hay ataduras en el matrimonio. ¿Preguntas qué ataduras? «La mujer que está bajo marido está ligada por la ley mientras vive su marido; pero si muere su marido, queda libre de la ley del marido.» [] Queda, pues, probado que el matrimonio es un vínculo con el cual la mujer es atada y del cual es liberada. Hermosa es la gracia del amor mutuo, pero la servidumbre es más constante. «La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido.» [] Y para que esta servidumbre no parezca ser más bien propia del sexo que del matrimonio, sigue: «Asimismo, tampoco el marido tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer.» ¡Cuán grande, pues, es la sujeción en el matrimonio, que somete incluso al más fuerte al otro! Pues por mutua sujeción cada uno está obligado a servir. Ni si uno quiere abstenerse puede retirar su cuello del yugo, pues está sujeto a la incontinencia del otro. Está dicho: «Por precio habéis sido comprados; no os hagáis siervos de los hombres.» [] Veis con cuánta claridad se define la servidumbre del matrimonio. No soy yo quien dice esto, sino el Apóstol; o, mejor, no es él, sino Cristo, que hablaba en él. Y habló de esta servidumbre en el caso de personas casadas buenas. Pues arriba leéis: «El marido incrédulo es santificado por su mujer creyente; y la mujer incrédula por su marido creyente.» [] Y más adelante: «Pero si el incrédulo se separa, sepárese. Un hermano o una hermana no están sujetos en tales casos.» [] Si, pues, un buen matrimonio es servidumbre, ¿qué será uno malo, cuando no pueden santificarse, sino que se destruyen uno al otro?

    11, § 70

    70. Pero así como exhorto a las viudas a guardar la gracia de su don, así también incito a las mujeres a observar la disciplina eclesiástica, pues la Iglesia está formada por todos. Aunque sea el rebaño de Cristo, unos se alimentan con alimento fuerte, otros todavía se nutren con leche, y deben guardarse de aquellos lobos que están ocultos bajo piel de oveja, fingiendo toda apariencia de continencia, pero incitando a la torpeza de la incontinencia. Pues saben cuán severas son las cargas de la castidad, ya que no pueden tocarlas ni con la punta de los dedos; exigen de los demás lo que está por encima de toda medida, cuando ellos mismos ni siquiera pueden observar medida alguna, sino que más bien ceden bajo el peso cruel. Porque la medida de la carga debe ser siempre conforme a la fuerza del que ha de llevarla; de lo contrario, cuando el portador es débil, se derrumba con la carga que se le impone; pues un alimento demasiado fuerte ahoga la garganta de los niños.

    11, § 71

    71. Y así como en una multitud de portadores no se estima su fuerza por la de unos pocos; ni los más fuertes reciben sus tareas conforme a la debilidad de otros, sino que a cada uno se le permite llevar una carga tan grande como desea, aumentando la recompensa con el aumento de la fuerza; así tampoco ha de tenderse una trampa a las mujeres, ni ha de tomarse una carga de continencia superior a sus fuerzas, sino que ha de dejarse a cada una sopesar el asunto por sí misma, no compelida por la autoridad de mandato alguno, sino incitada por el aumento de la gracia. Y así para los distintos grados de virtud se propone una recompensa distinta, y no se culpa una cosa para que otra sea alabada; sino que se habla de todas, a fin de que se prefiera lo mejor.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 12, sumario
    Se trata de la diferencia entre las materias de precepto y las de consejo, como se muestra en el caso del joven del Evangelio, y se habla de la diferencia de las recompensas propuestas tanto para los consejos como para los preceptos.

    12, § 72

    72. El matrimonio, pues, es honorable, pero la castidad es más honorable, porque «el que casa a su virgen hace bien, pero el que no la casa hace mejor.» [] Así, pues, lo que es bueno no debe evitarse, pero lo que es mejor debe elegirse. Y por tanto no se impone a nadie, sino que se le propone. Y, por eso, dijo bien el Apóstol: «Acerca de las vírgenes no tengo mandamiento del Señor, pero doy mi consejo.» [] Porque el mandato se da a los súbditos, el consejo se da a los amigos. Donde hay mandamiento, hay ley; donde consejo, hay gracia. Se da un mandamiento para exigir lo que es conforme a la naturaleza, un consejo para incitarnos a seguir la gracia. Y, por tanto, la Ley fue dada a los judíos, pero la gracia fue reservada para los elegidos. La Ley fue dada para que, por temor del castigo, llamara a la observancia a los que andaban errantes más allá de los límites de la naturaleza; pero la gracia, para incitar a los elegidos tanto por el deseo de los bienes como también por las recompensas prometidas.

    12, § 73

    73. Veréis la diferencia entre precepto y consejo, si recordáis el caso de aquel del Evangelio, a quien primero se le manda no matar, no cometer adulterio, no dar falso testimonio; porque eso es un mandamiento que tiene pena para su transgresión. Pero cuando dijo que había cumplido todos los mandamientos de la Ley, se le da el consejo de vender todo lo que tenía y seguir al Señor, [] porque estas cosas no se imponen como mandatos, sino que se ofrecen como consejos. Pues hay dos maneras de mandar las cosas: una por vía de precepto, otra por vía de consejo. Y así el Señor, de una manera dice: «No matarás,» donde da un mandamiento; de la otra dice: «Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes.» No está, pues, obligado por un mandamiento aquel a quien se deja la elección.

    12, § 74

    74. Y así, los que han cumplido los mandamientos pueden decir: «Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que debíamos hacer.» [] La virgen no dice esto, ni el que vendió todos sus bienes, sino que más bien esperan las recompensas guardadas, como el santo Apóstol, que dice: «He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, pues?» [] No dice, como el siervo inútil, que ha hecho lo que debía hacer, sino que, como provechoso para su Señor, porque ha multiplicado los talentos que se le confiaron, con el aumento que ha ganado, teniendo buena conciencia, y sin ansiedad en cuanto a sus méritos, espera la recompensa de su fe y de su virtud. Y así se le dice a él y a los demás: «Vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos, juzgando a las tribus de Israel.» [] Y a los que habían conservado fielmente sus talentos les promete recompensas, aunque menores, diciendo: «Porque has sido fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho.» [] Se debe, pues, buena fe, pero la misericordia está en las recompensas. El que ha guardado buena fe ha merecido que se le guarde buena fe; el que ha obtenido buena ganancia, porque no ha buscado su propio provecho, ha adquirido derecho a una recompensa celestial.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 13, sumario
    San Ambrosio, tratando de las palabras del Evangelio acerca de los eunucos, condena a los que se hacen tales a sí mismos. Sólo merecen alabanza los que por la continencia han obtenido la victoria sobre sí mismos, pero nadie ha de ser obligado a vivir esta vida, pues ni Cristo ni el Apóstol establecieron tal ley; de modo que el voto matrimonial no debe ser culpado, aunque el de la castidad es mejor.

    13, § 75

    75. Así, pues, no se da un mandamiento a este efecto, sino un consejo. Se manda la castidad, se aconseja la continencia entera. «Pero no todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes les es dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre,» [] en quienes existe una necesidad natural, no la virtud de la castidad. «Y hay eunucos que se hicieron eunucos a sí mismos,» por su propia voluntad, es decir, no por necesidad. «Y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres....» Y, por tanto, grande es en ellos la gracia de la continencia, porque es la voluntad, no la incapacidad, la que hace continente al hombre. Pues es conveniente conservar entero el don de la obra divina. Y no piensen que es poco no ser impedidos por la inclinación del cuerpo, pues si se les quita la recompensa de pasar por aquel combate, se les quita también la materia del pecado; y aunque no pueden recibir la corona, tampoco pueden ser vencidos. Tienen otros géneros de virtudes con las que deben encomendarse, si su fe es firme, su misericordia abundante, la avaricia lejos de ellos, la gracia abundante. Pero en ellos no hay culpa, pues ignoran el acto del pecado.

    13, § 76

    76. No es el mismo el caso de los que se mutilan a sí mismos, y toco este punto deliberadamente, pues hay algunos que consideran una obra santa reprimir por la violencia maligna de esta clase. Y aunque no quiero expresar mi propia opinión acerca de ellos, aunque existen decisiones de nuestros antepasados; pero considerad si esto no tiende más bien a una declaración de debilidad que a una reputación de fortaleza. Según este principio, nadie debería luchar para no ser vencido, ni hacer uso de sus pies, temiendo el peligro de tropezar, ni dejar que sus ojos cumplan su oficio, porque teme una caída por la lujuria. Pero ¿de qué aprovecha cortar la carne, cuando puede haber culpa incluso en una mirada? «Porque cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.» [] E igualmente, la que mira a un hombre para codiciarlo comete adulterio. Nos conviene, pues, ser castos, no débiles, tener los ojos modestos, no apagados.

    13, § 77

    77. Nadie, pues, debe, como muchos suponen, mutilarse a sí mismo, sino más bien obtener la victoria; porque la Iglesia recoge a los que vencen, no a los que son derrotados. ¿Y por qué he de usar argumentos cuando están a mano las palabras del mandato del Apóstol? Pues lo halláis escrito así: «Querría que se mutilaran los que desean que os circuncidéis.» Porque, ¿por qué se le ha de quitar a un hombre que nace para la honra, equipado para la victoria, el medio de obtener una corona y de practicar la virtud? ¿Cómo puede por valentía del alma mutilarse a sí mismo? «Hay eunucos que se hicieron eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos.» []

    13, § 78

    78. Esto, sin embargo, no es un mandamiento dado a todos, sino un deseo propuesto a todos. Pues el que manda debe atenerse siempre al alcance exacto de los mandamientos, y el que distribuye tareas debe observar equidad al considerarlas, porque: «La balanza falsa es abominación al Señor.» [] Hay, pues, un exceso y un defecto en el peso, pero la Iglesia no acepta ninguno de los dos, porque: «Pesos excesivos y defectuosos y medidas varias, ambas cosas son igualmente abominables a los ojos del Señor.» [] Hay tareas que la sabiduría distribuye, y las distribuye según la estimación de la virtud y de la fuerza de cada uno. «Quien pueda recibirlo, recíbalo.» []

    13, § 79

    79. Porque el Creador de todas las cosas sabe que las disposiciones de cada uno son diferentes, y por eso incitó la virtud con recompensas, en lugar de atar la debilidad con cadenas. Y aquel, el maestro de los gentiles, el buen guía de nuestra conducta e instructor de nuestros afectos más íntimos, que había aprendido en sí mismo que la ley de la carne resiste a la ley de la mente, pero cede a la gracia de Cristo, sabe, digo, que varios movimientos de la mente se oponen entre sí; y, por tanto, expresa de tal modo sus exhortaciones a la castidad, que no suprime la gracia del matrimonio, ni ha exaltado tanto el matrimonio como para frenar el deseo de la castidad. Sino que, comenzando por la recomendación de la castidad, pasa a los remedios contra la incontinencia, y habiendo propuesto a los más fuertes el premio de su alta vocación, no permite que nadie desfallezca en el camino; aprobando a los que van delante de modo que no tenga en poco a los que siguen. Pues él mismo había aprendido que el Señor Jesús dio a algunos pan de cebada [] para que no desfallecieran en el camino, y administró su Cuerpo a otros, [] para que se esforzaran por el reino.

    13, § 80

    80. Porque el Señor mismo no impuso este mandamiento, sino que invitó a la voluntad, y el Apóstol no estableció una regla, sino que dio un consejo. [] Pero éste no es un consejo de hombre en cuanto a las cosas que están dentro del alcance de la fuerza humana, pues reconoce que el don de la misericordia divina le fue concedido, para saber con qué fidelidad poner en primer lugar lo primero y ordenar lo segundo. Y, por tanto, dice: «Pienso,» no, ordeno, sino, «pienso que esto es bueno a causa de la angustia presente.» []

    13, § 81

    81. El vínculo matrimonial no ha de ser, pues, rehuido como si fuera pecaminoso, sino más bien declinado por ser una carga gravosa. Pues la ley obliga a la mujer a dar a luz hijos con trabajo y con dolor, y está sujeta a su marido, porque él es señor sobre ella. Así, pues, la mujer casada, pero no la viuda, está sujeta a trabajo y dolor al dar a luz hijos, y sólo la casada, no la virgen, está bajo la potestad de su marido. La virgen está libre de todas estas cosas, la que ha consagrado su afecto a la Palabra de Dios, la que espera al Esposo de la bendición con su lámpara encendida con la luz de una buena voluntad. Y así es movida por consejos, no atada por cadenas.

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 14, sumario
    Aunque una viuda no haya recibido mandamiento alguno, ha recibido, sin embargo, tantos consejos que no debe tenerlos en poco. San Ambrosio lamentaría tenderle trampa alguna, visto que el campo de la Iglesia se enriquece como resultado del matrimonio, pero es absolutamente imposible negar que la viudedad, que San Pablo alaba, es provechosa. En consecuencia, habla con severidad de quienes han proscrito la viudedad por ley.

    14, § 82

    82. Pero tampoco la viuda ha recibido mandamiento alguno, sino un consejo; un consejo, sin embargo, no dado una sola vez, sino repetido a menudo. Pues, primero, se dice: «Bueno es para el hombre no tocar mujer.» [] Y de nuevo: «Querría que todos los hombres fueran como yo mismo;» [] y una vez más: «Bueno les es si permanecen como yo;» [] y una cuarta vez: «Bueno es por la angustia presente.» [] Y que es agradable al Señor, y honorable, y, por último, que la perseverancia en la viudedad es más dichosa, lo establece no sólo como su propio juicio, sino también como aspiración del Espíritu Santo. ¿Quién, pues, puede rechazar la bondad de tal consejero? Quien da riendas a la voluntad, y aconseja en el caso de los demás aquello que ha hallado ventajoso por su propia experiencia, él, que no es fácil de superar, y no se siente herido por ser igualado. ¿Quién, pues, rehusaría hacerse santo en cuerpo y espíritu, ya que la recompensa está muy por encima del trabajo, la gracia más allá de la necesidad, y el salario por encima de la obra?

    14, § 83

    83. Y esto lo digo, no para tender una trampa a otros, sino para que, como buen labrador de la tierra que se me ha confiado, vea fructificar este campo de la Iglesia, unas veces floreciendo con las flores de la pureza, otras fuerte en la gravedad de la viudedad, y otras abundando en los frutos del matrimonio. Pues aunque sean diversos, son frutos de un solo campo; no hay tantos lirios en los jardines como espigas de grano en los campos, y muchos más campos están preparados para recibir la semilla que los que quedan en barbecho después de recogidas las cosechas.

    14, § 84

    84. Es, pues, buena la viudedad, la cual es alabada tantas veces por el juicio de los apóstoles, pues es maestra de la fe y maestra de la castidad. Mientras que aquellos que honran los adulterios y las vergüenzas de sus dioses establecieron penas para el celibato y la viudedad; celosos en la persecución de los crímenes, para castigar el estudio de las virtudes; bajo el pretexto, ciertamente, de buscar el aumento de la población, pero en realidad para poner fin al propósito de la castidad. Porque el soldado, cuando su tiempo ha terminado, deja a un lado sus armas, y dejando la fila que ocupaba, es despedido como veterano a su propia tierra, para obtener descanso después de los trabajos de una vida laboriosa, y hacer que los demás estén más dispuestos a soportar el trabajo con la esperanza del reposo futuro. También el labrador, a medida que envejece, confía la guía del arado a otros, y desgastado por el trabajo de su juventud, disfruta en su vejez de aquello que su previsión ha cuidado, siempre dispuesto más a podar la vid que a pisar las uvas, para frenar la exuberancia de la vida temprana y cortar con su podadera la lascivia de la juventud, enseñando, por así decirlo, que la fecundidad bienaventurada ha de buscarse incluso en la vid.

    14, § 85

    85. Del mismo modo la viuda, como veterana, habiendo cumplido su tiempo, aunque deja a un lado las armas de la vida conyugal, ordena la paz de toda la casa: ahora libre de llevar cargas, está, sin embargo, vigilante por los más jóvenes que han de casarse; y con la consideración de la vejez dispone dónde serían provechosos más trabajos, dónde la producción sería más abundante, qué es lo apropiado para el vínculo matrimonial. Y así, si el campo es confiado al mayor más bien que al más joven, ¿por qué habéis de pensar que es más ventajoso ser una mujer casada que una viuda? Pero, si los perseguidores de la fe han sido también los perseguidores de la viudedad, ciertamente, por los que mantienen la fe, la viudedad no ha de ser rehuida como pena, sino estimada como recompensa.

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre las viudas · 15, sumario
    San Ambrosio responde a la objeción de quienes hacen del deseo de tener hijos una excusa para las segundas nupcias, y especialmente en el caso de quienes ya tienen hijos de su matrimonio anterior; y señala las dificultades consiguientes de las discordias entre los hijos, e incluso entre los mismos esposos, y advierte contra un uso indebido de los pasajes de la Escritura en esta materia.

    15, § 86

    86. Quizá, sin embargo, a algunos pueda parecerles bien que se contraiga de nuevo matrimonio para tener hijos. Pero si el deseo de tener hijos es una razón para casarse, ciertamente donde ya hay hijos, esa razón no existe. ¿Y es prudente desear una segunda prueba de aquella fecundidad que ya se ha probado en vano, o someterse a la soledad que ya has soportado? Tal es el caso de quienes no tienen hijos.

    15, § 87

    87. Además, la que ha dado a luz hijos y los ha perdido (pues la que tiene esperanza de tener hijos sentirá un anhelo más intenso), ¿no le parece, digo, que está encubriendo las muertes de sus hijos perdidos con la celebración de unas segundas nupcias? ¿No volverá a sufrir aquello que de nuevo busca? ¿Y no se estremece ante las tumbas de sus esperanzas, los recuerdos de las pérdidas que ha sufrido, las voces de los que lloran? O, cuando se encienden las antorchas y cae la noche, ¿no piensa más bien que se preparan ritos fúnebres antes que un tálamo nupcial? ¿Por qué, pues, hija mía, buscas de nuevo aquellos dolores que temes, más de lo que esperas hijos que ya no aguardas? Si el dolor es tan grave, más conviene evitar que buscar aquello que lo causa.

    15, § 88

    88. ¿Y qué consejo te daré a ti, que tienes hijos? ¿Qué razón tienes para casarte? Acaso te impulsan una necia ligereza, o el hábito de la incontinencia, o la conciencia de un espíritu herido. Pero el consejo se da a los sobrios, no a los ebrios; y por eso mis palabras se dirigen a la conciencia libre que está sana en todos los aspectos. La que está herida tiene un remedio; la que es íntegra, un consejo. ¿Qué pretendes hacer, pues, hija mía? ¿Por qué buscas herederos de fuera cuando tienes los tuyos? No deseas hijos, pues ya los tienes, sino una servidumbre de la que eres libre. Pues es verdadera servidumbre aquella en la que el amor se agota, a la que ya no excitan el encanto de la virginidad ni la primera juventud, llena de santa modestia y gracia; cuando las ofensas se sienten más, la rudeza se sospecha más y la concordia es menos frecuente; la que no está firmemente ligada por un amor arraigado con el tiempo ni por la belleza en la flor de la juventud. El deber para con un esposo es gravoso, de modo que temes amar a tus hijos y te sonrojas al mirarlos; y surge un motivo de discordia de aquello mismo que ordinariamente acrecienta el amor mutuo y los tiernos afectos de los padres. Deseas dar a luz una descendencia que no será de hermanos, sino de adversarios, para tus hijos. Pues ¿qué otra cosa es engendrar otros hijos sino despojar a los hijos que tienes, los cuales quedan privados tanto de los oficios del afecto como del provecho de sus bienes?

    15, § 89

    89. La ley divina ha unido al marido y a la mujer con su autoridad, y, sin embargo, el amor mutuo sigue siendo cosa difícil. Pues Dios tomó una costilla del hombre y formó a la mujer para unirlos el uno al otro, y dijo: «Serán una sola carne.» [] No dijo esto de unas segundas nupcias, sino del primer matrimonio; pues ni Eva tomó un segundo marido, ni la santa Iglesia reconoce un segundo esposo. «Porque este es un gran misterio en Cristo y en la Iglesia. [] Ni, además, conoció Isaac otra esposa aparte de Rebeca, [] ni sepultó a su padre Abrahán con otra esposa que Sara.» []

    15, § 90

    90. Pero en la santa Raquel había más bien la figura de un misterio que un verdadero orden de matrimonio. No obstante, también en ella tenemos algo que podemos referir a la gracia del primer matrimonio, pues amó más a aquella con quien se había desposado primero, y el engaño no excluyó su intención, ni el matrimonio intermedio destruyó su amor por su desposada. Y así el santo patriarca nos ha enseñado cuánto debemos estimar un primer matrimonio, pues él mismo estimó tan altamente su primer desposorio. Ten cuidado, pues, hija mía, no sea que no puedas retener la gracia del matrimonio y que, además, aumentes tus propias dificultades.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las dos obras

    Las Vírgenes y las Viudas abren la serie de escritos de Ambrosio sobre la vida consagrada. Los Prolegómenos del NPNF dicen que el tratado de las vírgenes es citado por Jerónimo, por Agustín, por Casiano y por otros; la introducción de la edición precisa dos pasajes: la Carta 22, 22 y la Carta 48, 14 de Jerónimo, y La doctrina cristiana IV, 48 y 50 de Agustín. Los Prolegómenos añaden que otros escritos suyos continúan el tema: De virginitate, que remite al tratado de las viudas en su capítulo 9; De institutione virginis, hacia 391–392, escrito después de que Ambrosio admitiera a una sobrina suya entre las vírgenes; y la Exhortatio virginitatis, hacia 393–394.
    Entre un tratado y otro cambia el tono. A las vírgenes Ambrosio les propone ejemplos (II, 1) y un modo de vida —comida, visitas, ayunos, oración (III, 2–4)—; a las viudas les presenta figuras como Judit y Débora (7–8) y, según el resumen de 11, no condena las segundas nupcias aunque antepone la viudez. Que ambas obras defiendan la continencia sin condenar el matrimonio (I, 6–7; Viudas 11 y 13) sitúa a Ambrosio en un punto medio que otros textos de la colección discuten, como Sobre el bien del matrimonio y Contra Joviniano.
    La fecha de las Viudas no está fijada con más precisión que «poco después de 377» (NPNF) o 377 (Wikipedia); y queda sin resolver el origen de la vida en comunidad de las vírgenes que la edición discute (I, 11, § 60).
    Límites. Esta edición no examina el latín ni la autoría: toma ambas de las fuentes que cita. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Algunos rasgos vienen del inglés: pronombres divinos con mayúscula («Aquel», «Quien»), «natalicio» por birthday y la numeración con § 36 ausente en III, 7. La referencia «Judit x» (II, 4, § 24) no señala versículo y quedó como texto; tampoco se resolvieron algunos corchetes del traductor («[ciertamente]», «[La Escritura]»), que no son referencias. Se conserva también un neologismo dudoso, «desenseñar» (III, 6, § 31). Las introducciones y los resúmenes de capítulo son de la edición inglesa.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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