II, 1
Él creó los siglos, quien era antes de los siglos, a quien el divino David se dirige así: De siglo en siglo Tú eres. También dice el divino apóstol: Por quien creó los siglos [].
Debe, pues, entenderse que la palabra siglo tiene diversos significados, pues denota muchas cosas. La vida de cada hombre se llama siglo. También, un período de mil años se llama siglo. Además, todo el curso de la vida presente se llama siglo; y la vida futura, la vida inmortal después de la resurrección, se dice que es un siglo. Aún más, la palabra siglo se usa para denotar, no el tiempo ni una parte del tiempo medido por el movimiento y el curso del sol, es decir, compuesto de días y noches, sino aquella especie de movimiento e intervalo temporal que es coextensivo con la eternidad. Pues el siglo es a las cosas eternas lo que el tiempo es a las cosas temporales.
Se habla de siete siglos de este mundo, es decir, desde la creación del cielo y de la tierra hasta la consumación general y la resurrección de los hombres. Pues hay una consumación parcial, a saber, la muerte de cada hombre; pero hay también una consumación general y completa, cuando tendrá lugar la resurrección general de los hombres. Y el octavo siglo es el siglo venidero.
Antes de que el mundo fuera formado, cuando aún no había sol que dividiera el día de la noche, no había un siglo que pudiera medirse, sino aquella especie de movimiento e intervalo temporal que es coextensivo con la eternidad. Y en este sentido no hay más que un siglo, y se dice que Dios es [αἰ& 240 and προαιώνιος], pues el siglo o eón mismo es creación suya. Porque Dios, que es el único sin principio, es el Creador de todas las cosas, ya sea siglo o cualquier otra cosa existente. Y cuando digo Dios, es evidente que me refiero al Padre y a su Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, y a su Santísimo Espíritu, nuestro único Dios.
Además, hablamos también de siglos de los siglos, en cuanto que los siete siglos del mundo presente incluyen muchos siglos en el sentido de vidas de hombres, y el único siglo abarca todos los siglos, y el presente y el futuro se dicen como siglo del siglo. Además, lo eterno (es decir, αἰ& 240probar que el siglo o eón venidero es interminable. Pues el tiempo no se contará por días y noches aun después de la resurrección, sino que habrá más bien un solo día sin tarde, en el cual el Sol de Justicia brillará esplendorosamente sobre los justos, pero para los pecadores habrá una noche profunda e ilimitada. ¿De qué manera, entonces, se contará el período de mil años que, según Orígenes, se requiere para la restauración completa? De todos los siglos, por tanto, el único creador es Dios, que también ha creado el universo y que era antes de los siglos.
II, 2
Puesto que, entonces, Dios, que es bueno y más que bueno, no halló satisfacción en la contemplación de sí mismo, sino que en su sobreabundante bondad quiso que llegaran a existir ciertas cosas que gozaran de sus beneficios y participaran de su bondad, sacó todas las cosas de la nada al ser y las creó, tanto lo invisible como lo visible. Sí, incluso al hombre, que es un compuesto de lo visible y lo invisible. Y es por el pensamiento como Él crea, y el pensamiento es la base de la obra, llenándola el Verbo y perfeccionándola el Espíritu.
II, 3
Él mismo es el Hacedor y Creador de los ángeles: pues los sacó de la nada al ser y los creó según su propia imagen, una raza incorpórea, una especie de espíritu o fuego inmaterial; en palabras del divino David: Hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego; y ha descrito su ligereza y el ardor, el calor, la agudeza y la penetración con que ansían a Dios y le sirven, y cómo son llevados a las regiones superiores y quedan completamente libres de todo pensamiento material.
Un ángel, pues, es una esencia inteligente, en perpetuo movimiento, con libre albedrío, incorpórea, que ministra a Dios, habiendo obtenido por gracia una naturaleza inmortal; y solo el Creador conoce la forma y la limitación de su esencia. Pero todo lo que podemos entender es que es incorpóreo e inmaterial. Pues todo lo que se compara con Dios, que es el único incomparable, lo hallamos denso y material. Porque en realidad solo la Deidad es inmaterial e incorpórea.
La naturaleza del ángel, pues, es racional e inteligente, y dotada de libre albedrío, mudable en la voluntad, o inconstante. Porque todo lo creado es mudable, y solo lo increado es inmutable. Además, todo lo racional está dotado de libre albedrío. Así pues, en cuanto racional e inteligente, está dotado de libre albedrío; y en cuanto creado, es mudable, teniendo poder para permanecer o progresar en la bondad, o para volverse hacia el mal.
No es susceptible de arrepentimiento porque es incorpóreo. Pues es debido a la debilidad de su cuerpo por lo que el hombre llega a tener arrepentimiento.
Es inmortal, no por naturaleza sino por gracia. Pues todo lo que ha tenido principio llega también a su fin natural. Pero solo Dios es eterno, o más bien, está por encima de lo eterno: porque Él, el Creador de los tiempos, no está bajo el dominio del tiempo, sino por encima del tiempo.
Son luces inteligentes secundarias derivadas de aquella primera luz que no tiene principio, pues tienen el poder de iluminar; no tienen necesidad de lengua ni de oído, sino que, sin proferir palabras, se comunican unos a otros sus propios pensamientos y consejos.
Por el Verbo, pues, fueron creados todos los ángeles, y por la santificación del Espíritu Santo fueron llevados a la perfección, participando cada uno en proporción a su dignidad y rango en resplandor y gracia.
Están circunscritos: pues cuando están en el cielo no están en la tierra; y cuando son enviados por Dios a la tierra no permanecen en el cielo. No están encerrados por muros, puertas, cerrojos ni sellos, pues son completamente ilimitados. Ilimitados, repito, pues no se revelan a los hombres dignos a quienes Dios quiere que se aparezcan tal como realmente son, sino en una forma cambiada que los que los contemplan son capaces de ver. Pues solo aquello que es increado es natural y estrictamente ilimitado. Porque toda cosa creada está limitada por Dios, que la creó.
Además, aparte de su esencia, reciben la santificación del Espíritu: por la gracia divina profetizan; no tienen necesidad de matrimonio, pues son inmortales.
Dado que son mentes, están en lugares inteligibles y no están circunscritos al modo de un cuerpo. Pues no tienen forma corporal por naturaleza, ni están extendidos en tres dimensiones. Pero a cualquier puesto que se les asigne, allí están presentes según el modo de una mente y actúan, y no pueden estar presentes y actuar en diversos lugares al mismo tiempo.
Si son iguales en esencia o difieren unos de otros, no lo sabemos. Solo Dios, su Creador, que conoce todas las cosas, lo sabe. Pero difieren unos de otros en resplandor y posición, ya sea que su posición dependa de su resplandor, o su resplandor de su posición; y se comunican resplandor unos a otros, porque se superan unos a otros en rango y naturaleza. Y claramente los superiores comparten su resplandor y conocimiento con los inferiores.
Son poderosos y prontos para cumplir la voluntad de la Deidad, y su naturaleza está dotada de tal celeridad que, dondequiera que la mirada divina los envíe, allí se hallan al instante. Son los guardianes de las divisiones de la tierra; están puestos sobre naciones y regiones, asignados a ellos por su Creador; gobiernan todos nuestros asuntos y nos traen socorro. Y la razón ciertamente es porque están puestos sobre nosotros por la voluntad y el mandato divinos y están siempre en la vecindad de Dios.
Con dificultad se mueven hacia el mal, pero no son absolutamente inmóviles; sin embargo, ahora son del todo inmóviles, no por naturaleza sino por gracia y por su cercanía al Único Bien.
Contemplan a Dios según su capacidad, y este es su alimento.
Están por encima de nosotros porque son incorpóreos y están libres de toda pasión corporal, pero no son impasibles; pues solo la Deidad es impasible.
Toman diversas formas al mandato de su Maestro, Dios, y así se revelan a los hombres y les desvelan los divinos misterios.
Tienen el cielo por morada y un solo deber: cantar la alabanza de Dios y cumplir su divina voluntad.
Además, como dice aquel santísimo, sagrado y dotado teólogo Dionisio el Areopagita, toda la teología, es decir, la santa Escritura, tiene nueve nombres diferentes para las esencias celestiales. Estas esencias, aquel divino maestro en las cosas sagradas, las divide en tres grupos, cada uno de los cuales contiene tres. Y el primer grupo, dice, consiste en los que están en la presencia de Dios y se dice que están directa e inmediatamente unidos a Él, a saber, los Serafines con sus seis alas, los Querubines de muchos ojos y los que se sientan en los santísimos tronos. El segundo grupo es el de las Dominaciones, las Potestades y las Autoridades; y el tercero, y último, es el de los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.
Algunos, ciertamente, como Gregorio el Teólogo, dicen que estos existían antes de la creación de las demás cosas. Él piensa que las potencias angélicas y celestiales fueron las primeras y que el pensamiento era su función. Otros, en cambio, sostienen que fueron creados después de que se hiciera el primer cielo. Pero todos están de acuerdo en que fue antes de la creación del hombre. Por mi parte, estoy en armonía con el Teólogo. Pues era conveniente que la esencia inteligible fuera creada primero, y luego lo que puede ser percibido, y finalmente el hombre mismo, en cuyo ser se unen ambas partes.
Pero los que dicen que los ángeles son creadores de cualquier clase de esencia son boca de su padre, el diablo. Pues, puesto que son cosas creadas, no son creadores. Sino que Aquel que crea, provee y mantiene todas las cosas es Dios, que es el único increado y es alabado y glorificado en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
II, 4
Aquel que de entre estas potestades angélicas fue puesto sobre el reino terrenal, y en cuyas manos Dios confió la guarda de la tierra, no fue hecho malvado por naturaleza, sino que era bueno y hecho para fines buenos, y no recibió de su Creador rastro alguno de mal en sí mismo. Pero no sostuvo el resplandor y el honor que el Creador le había otorgado, y por su libre elección pasó de lo que estaba en armonía a lo que estaba en desacuerdo con su naturaleza, y se levantó contra Dios que lo creó, y determinó rebelarse contra Él; y fue el primero en apartarse del bien y hacerse malvado. Pues el mal no es otra cosa que ausencia de bondad, así como las tinieblas son ausencia de luz. Porque la bondad es la luz de la mente, y, de modo semejante, el mal es la oscuridad de la mente. La luz, pues, siendo obra del Creador y habiendo sido hecha buena (pues vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera []) produjo tinieblas por su libre albedrío. Pero junto con él, una innumerable multitud de ángeles sometidos a él fue arrancada y le siguió y participó de su caída. Por lo cual, siendo de la misma naturaleza que los ángeles, se volvieron malvados, apartándose por su propia libre elección del bien al mal.
De ahí que no tienen poder ni fuerza contra nadie, excepto lo que Dios en su dispensación les ha concedido, como, por ejemplo, contra Job [] y aquellos cerdos que se mencionan en los Evangelios. [] Pero cuando Dios ha hecho la concesión, prevalecen, y son cambiados y transformados en cualquier forma que deseen aparecer.
Del futuro, tanto los ángeles de Dios como los demonios son igualmente ignorantes; sin embargo, hacen predicciones. Dios revela el futuro a los ángeles y les manda profetizar, y así lo que dicen se cumple. Pero también los demonios hacen predicciones, a veces porque ven lo que sucede a distancia, y a veces meramente conjeturando; de ahí que mucho de lo que dicen es falso y no se les debe creer, aunque a menudo, del modo que hemos dicho, digan lo que es verdad. Además conocen las Escrituras.
Toda maldad, pues, y todas las pasiones impuras son obra de su mente. Pero aunque se les ha concedido la libertad de atacar al hombre, no tienen la fuerza de dominar a nadie; pues está en nuestro poder recibir o no recibir el ataque. Por lo cual, para el diablo y sus demonios, y para los que lo siguen, está preparado el fuego inextinguible y el castigo eterno [].
Nota, además, que lo que en el caso del hombre es la muerte es en el caso de los ángeles una caída. Pues después de la caída no hay posibilidad de arrepentimiento para ellos, así como después de la muerte no hay arrepentimiento para los hombres.
II, 5
Nuestro mismo Dios, a quien glorificamos como Trinidad en la unidad, creó el cielo y la tierra y todo cuanto contienen, y sacó todas las cosas de la nada al ser: unas las hizo sin materia preexistente alguna, como el cielo, la tierra, el aire, el fuego y el agua; y las restantes, de estos elementos que había creado, como los seres vivos, las plantas y las semillas. Pues éstas están compuestas de tierra, agua, aire y fuego, por mandato del Creador.
II, 6
El cielo es la circunferencia de las cosas creadas, tanto visibles como invisibles. Pues dentro de su límite están comprendidos y delimitados tanto las facultades intelectuales de los ángeles como todo el mundo sensible. Pero solo la Deidad es incircunscrita, que todo lo llena, todo lo rodea y todo lo limita; porque Él está sobre todas las cosas y ha creado todas las cosas.
Puesto que, por tanto, la Escritura habla de cielo, y de cielo del cielo, y de cielos de los cielos, y el bienaventurado Pablo dice que fue arrebatado hasta el tercer cielo [], decimos que en la cosmogonía del universo aceptamos la creación de un cielo que los filósofos extranjeros, apropiándose de las opiniones de Moisés, llaman esfera sin estrellas. Pero además, Dios llamó también cielo al firmamento [], al cual mandó que estuviera en medio de las aguas, poniéndolo para dividir las aguas que están sobre el firmamento de las aguas que están debajo del firmamento. Y su naturaleza, según el divino Basilio, versado en los misterios de la divina Escritura, es sutil como el humo. Otros, empero, sostienen que es de naturaleza acuosa, puesto que está colocado en medio de las aguas; otros dicen que está compuesto de los cuatro elementos; y, finalmente, otros hablan de él como de un quinto cuerpo, distinto de los cuatro elementos.
Además, algunos han pensado que el cielo circunda el universo y tiene forma de esfera, y que en todas partes es el punto más alto, y que el centro del espacio encerrado por él es la parte más baja; y, además, que los cuerpos ligeros y aéreos son asignados por el Creador a la región superior, mientras que los pesados y con tendencia a descender ocupan la región inferior, que es el centro. El elemento, pues, más ligero y más inclinado a elevarse es el fuego, y por eso sostienen que su posición es inmediatamente después del cielo, y lo llaman éter, y después viene el aire inferior. Pero la tierra y el agua, que son más pesadas y tienen mayor tendencia descendente, están suspendidas en el centro. Por tanto, tomándolos en orden inverso, tenemos en la situación más baja la tierra y el agua; pero el agua es más ligera que la tierra, y por eso se pone más fácilmente en movimiento; sobre éstos, por todas partes, como una cubierta, está el círculo del aire, y alrededor del aire está el círculo del éter, y fuera del aire está el círculo del cielo.
Además, dicen que el cielo se mueve en círculo y de tal modo comprime todo lo que está dentro de él, que permanecen firmes y no propensos a deshacerse.
Dicen también que hay siete zonas del cielo, una más alta que la otra. Y su naturaleza, dicen, es de una finura extrema, como la del humo, y cada zona contiene uno de los planetas. Pues se dice que hay siete planetas: Sol, Luna, Júpiter, Mercurio, Marte, Venus y Saturno. Pero a veces Venus es llamado Lucero y a veces Véspero. Estos se llaman planetas porque sus movimientos son contrarios a los del cielo. Pues mientras el cielo y todas las demás estrellas se mueven de oriente a occidente, éstos solos se mueven de occidente a oriente. Y esto puede verse fácilmente en el caso de la luna, que cada tarde se mueve un poco hacia atrás.
Todos, por tanto, los que sostienen que el cielo tiene forma de esfera, dicen que está igualmente apartado y distante de la tierra en todos los puntos, ya sea arriba, de lado o abajo. Y por 'abajo' y 'de lado' quiero decir todo lo que cae dentro del alcance de nuestros sentidos. Pues se sigue de lo dicho que el cielo ocupa toda la región superior y la tierra toda la inferior. Dicen, además, que el cielo circunda la tierra a manera de esfera, y lleva consigo en sus rapidísimas revoluciones al sol, la luna y las estrellas, y que cuando el sol está sobre la tierra se hace de día allí, y cuando está debajo de la tierra es de noche. Y, de nuevo, cuando el sol pasa debajo de la tierra, es de noche aquí, pero de día allá.
Otros han imaginado el cielo como un hemisferio. Esta idea es sugerida por estas palabras de David, el cantor de Dios, que extiendes los cielos como una cortina, con cuya palabra claramente se refiere a una tienda; y por estas del bienaventurado Isaías, que ha establecido los cielos como una bóveda []; y también porque cuando el sol, la luna y las estrellas se ponen, dan una vuelta alrededor de la tierra de occidente a norte, y así alcanzan de nuevo el oriente. Con todo, sea de este modo o de aquél, todas las cosas han sido hechas y establecidas por el mandato divino, y tienen la voluntad y el consejo divinos por fundamento que no puede ser movido. Porque Él mismo habló y fueron hechos; Él mismo mandó y fueron creados. Los ha establecido también por siempre jamás; ha hecho un decreto que no pasará.
El cielo del cielo, pues, es el primer cielo que está sobre el firmamento. Así que aquí tenemos dos cielos, porque Dios llamó también cielo al firmamento []. Y es costumbre en la divina Escritura hablar también del aire como cielos, porque lo vemos sobre nosotros. Bendecidle, dice, todas las aves del cielo, refiriéndose al aire. Pues es el aire, y no el cielo, la región en que vuelan las aves. Así que aquí tenemos tres cielos, como dijo el divino Apóstol []. Pero si quisieras considerar las siete zonas como siete cielos, no se hace agravio alguno a la palabra de verdad. Pues es usual en la lengua hebrea hablar de cielo en plural, es decir, como cielos, y cuando un hebreo quiere decir cielo del cielo, suele decir cielos de los cielos, y esto claramente significa cielo del cielo, que está sobre el firmamento, y las aguas que están sobre los cielos, ya sea que se llamen en plural cielos, según la costumbre hebrea, el aire y el firmamento, o las siete zonas del firmamento, o el firmamento mismo.
Todas las cosas, pues, que son traídas a la existencia están sujetas a corrupción según la ley de su naturaleza, y así también los mismos cielos son corruptibles. Pero por la gracia de Dios son mantenidos y preservados. Solo la Deidad, empero, es por naturaleza sin principio y sin fin. Por lo cual se ha dicho: Ellos perecerán, mas Tú permaneces; sin embargo, los cielos no serán del todo destruidos. Porque envejecerán y serán enrollados como una cubierta, y serán cambiados, y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva [].
En su mayor parte el cielo es mayor que la tierra, pero no necesitamos investigar la esencia del cielo, pues está por completo fuera de nuestro conocimiento.
No debe suponerse que los cielos o los luminares estén dotados de vida. Pues son inanimados e insensibles. De modo que cuando la divina Escritura dice: Alégrense los cielos y gócese la tierra, son los ángeles en el cielo y los hombres en la tierra los invitados a regocijarse. Pues la Escritura conoce bien la figura de la personificación, y suele hablar de cosas inanimadas como si fueran animadas: por ejemplo, El mar lo vio y huyó; el Jordán se volvió atrás. Y de nuevo, ¿Qué te afligió, oh mar, que huiste, y a ti, oh Jordán, que fuiste rechazado? También a los montes y collados se les pregunta la razón de su salto, de la misma manera que solemos decir: la ciudad se congregó, cuando no queremos decir los edificios, sino los habitantes de la ciudad; asimismo, los cielos cuentan la gloria de Dios, no significa que emitan una voz que pueda oírse con oídos corporales, sino que por su propia grandeza traen ante nuestra mente el poder del Creador; y cuando contemplamos su hermosura, alabamos al Hacedor como al Maestro Artífice.
II, 7
El fuego es uno de los cuatro elementos, ligero y con mayor tendencia a ascender que los demás. Tiene el poder de quemar y también de alumbrar, y fue hecho por el Creador en el primer día. Pues la divina Escritura dice: Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz []. El fuego no es cosa distinta de lo que es la luz, como algunos sostienen. Otros, a su vez, mantienen que este fuego del universo está sobre el aire y lo llaman éter. En el principio, pues, es decir, en el primer día, Dios creó la luz, ornamento y gloria de toda la creación visible. Porque quita la luz y todas las cosas permanecen en tinieblas indistinguibles, incapaces de mostrar su belleza nativa. Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas las llamó noche []. Además, las tinieblas no son esencia alguna, sino un accidente; pues son simplemente ausencia de luz. El aire, ciertamente, no tiene luz en su esencia. Fue, pues, esta misma ausencia de luz en el aire lo que Dios llamó tinieblas; y no es la esencia del aire lo que es tinieblas, sino la ausencia de luz, la cual claramente es más bien accidente que esencia. Y, en verdad, no fue la noche, sino el día, lo que primero se nombró; de modo que el día es primero y después viene la noche. La noche, por tanto, sigue al día. Y desde el principio del día hasta el día siguiente hay un período completo de día y noche. Pues la Escritura dice: Y fue la tarde y la mañana un día.
Cuando, por tanto, en los tres primeros días la luz fue derramada y retirada por mandato divino, se produjeron tanto el día como la noche. Pero en el cuarto día Dios creó el gran luminar, es decir, el sol, para tener dominio y autoridad sobre el día; pues por él se hace el día; porque es de día cuando el sol está sobre la tierra, y la duración de un día es el curso del sol sobre la tierra desde su salida hasta su ocaso. Y creó también los luminares menores, es decir, la luna y las estrellas, para tener dominio y autoridad sobre la noche, y para alumbrar de noche. Porque es de noche cuando el sol está debajo de la tierra, y la duración de la noche es el curso del sol debajo de la tierra desde su salida hasta su ocaso. La luna, pues, y las estrellas fueron puestas para alumbrar la noche: no es que estén de día debajo de la tierra, pues aun de día las estrellas están en el cielo sobre la tierra, sino que el sol oculta tanto las estrellas como la luna con el mayor resplandor de su luz y les impide ser vistas.
A estos luminares confirió el Creador la luz primeramente creada; no porque tuviera necesidad de otra luz, sino para que aquella luz no permaneciera ociosa. Pues un luminar no es meramente luz, sino un vaso para contener la luz.
Hay, se nos dice, siete planetas entre estos luminares, y éstos se mueven en dirección opuesta a la del cielo: de ahí el nombre de planetas. Pues, mientras dicen que el cielo se mueve de oriente a occidente, los planetas se mueven de occidente a oriente; pero el cielo arrastra consigo a los siete planetas con su movimiento más veloz. Estos son los nombres de los siete planetas: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter, Saturno, y en cada zona del cielo se nos dice que hay uno de estos siete planetas:
El curso que el Creador les señaló para correr es incesante y permanece fijo tal como Él lo estableció. Pues el divino David dice: La luna y las estrellas que Tú estableciste, y con la palabra 'estableciste' se refirió a la fijeza e inmutabilidad del orden y de la serie que Dios les concedió. Porque Él los puso para las estaciones, y para señales, y para días y años. Es por el sol por lo que se producen las cuatro estaciones. Y la primera de ellas es la primavera; pues en ella Dios creó todas las cosas, y aun hasta el tiempo presente su presencia se manifiesta por el brotar de las flores en capullo, y éste es el período equinoccial, puesto que el día y la noche constan cada uno de doce horas. Es causada por el sol que sale en el medio, y es suave y aumenta la sangre, y es cálida y húmeda, y ocupa un lugar intermedio entre el invierno y el verano, siendo más cálida y más seca que el invierno, pero más fría y más húmeda que el verano. Esta estación dura desde el 21 de marzo hasta el 24 de junio. Luego, cuando la salida del sol se mueve hacia las partes más septentrionales, sucede la estación del verano, la cual ocupa un lugar intermedio entre la primavera y el otoño, combinando el calor de la primavera con la sequedad del otoño: pues es seco y cálido, y aumenta la bilis amarilla. En él cae el día más largo, que tiene quince horas, y la noche más corta de todas, que tiene sólo nueve horas. Esta estación dura desde el 24 de junio hasta el 25 de septiembre. Luego, cuando el sol retorna de nuevo al medio, el otoño toma el lugar del verano. Tiene una cantidad media de frío y calor, de sequedad y humedad, y ocupa un lugar intermedio entre el verano y el invierno, combinando la sequedad del verano con el frío del invierno. Pues es frío y seco, y aumenta la atrabilis. Esta estación, a su vez, es equinoccial, constando tanto el día como la noche de doce horas, y dura desde el 25 de septiembre hasta el 25 de diciembre. Y cuando la salida del sol desciende a su punto más pequeño y más bajo, es decir, al sur, se alcanza el invierno, con su frío y su humedad. Ocupa un lugar intermedio entre el otoño y la primavera, combinando el frío del otoño y la humedad de la primavera. En él cae el día más corto, que tiene sólo nueve horas, y la noche más larga, que tiene quince; y dura desde el 25 de diciembre hasta el 21 de marzo. Pues el Creador hizo esta sabia provisión para que no pasemos del extremo del frío, o del calor, o de la sequedad, o de la humedad, al extremo opuesto, y así incurramos en graves enfermedades. Pues la razón misma nos enseña el peligro de los cambios repentinos.
Así, pues, es el sol el que hace las estaciones, y por medio de ellas el año; igualmente hace los días y las noches: los días cuando sale y está sobre la tierra, y las noches cuando se pone debajo de la tierra; y confiere a los demás luminares, tanto a la luna como a las estrellas, su poder de emitir luz.
Además, dicen que hay en el cielo doce signos hechos por las estrellas, y que éstos se mueven en dirección opuesta al sol y a la luna, y a los otros cinco planetas, y que los siete planetas pasan a través de estos doce signos. Además, el sol hace un mes completo en cada signo y recorre los doce signos en el mismo número de meses. Éstos, pues, son los nombres de los doce signos y de sus respectivos meses:—
Pero la luna recorre los doce signos cada mes, puesto que ocupa una posición más baja y viaja por los signos a una velocidad mayor. Pues si trazas un círculo dentro de otro, se hallará que el interior es el menor; y así sucede que, por ocupar la luna una posición más baja, su curso es más corto y se completa más pronto.
Ahora bien, los griegos declaran que todos nuestros asuntos están regidos por la salida, la puesta y la colisión de estas estrellas, a saber, el sol y la luna: pues de estas cosas trata la astrología. Pero nosotros sostenemos que de ellos obtenemos señales de lluvia y sequía, frío y calor, humedad y sequedad, y de los diversos vientos, y cosas semejantes, pero ninguna señal en absoluto en cuanto a nuestras acciones. Porque hemos sido creados con libre albedrío por nuestro Creador y somos dueños de nuestras propias acciones. En efecto, si todas nuestras acciones dependieran del curso de las estrellas, todo lo que hacemos sería hecho por necesidad; y la necesidad excluye tanto la virtud como el vicio. Pero si no poseemos ni virtud ni vicio, no merecemos alabanza ni castigo, y Dios, además, resultaría injusto, puesto que da bienes a unos y aflige a otros. Más aún, no continuaría guiando ni proveyendo a sus criaturas, si todas las cosas son arrastradas y barridas en las garras de la necesidad. Y la facultad de la razón nos sería superflua; porque si no somos dueños de ninguna de nuestras acciones, la deliberación es del todo superflua. La razón, ciertamente, nos ha sido concedida únicamente para que podamos tomar consejo, y por eso toda razón implica libre albedrío.
Y, por tanto, sostenemos que las estrellas no son las causas de las cosas que ocurren, ni del origen de las cosas que llegan a suceder, ni de la destrucción de las que perecen. Son más bien señales de lluvias y de cambios del aire. Pero, tal vez, alguien diga que, aunque no son las causas de las guerras, son sin embargo señales de ellas. Y, en verdad, la calidad del aire que es producida por el sol, la luna y las estrellas produce de diversas maneras diferentes temperamentos, hábitos y disposiciones. Pero los hábitos están entre las cosas que tenemos en nuestras propias manos, porque es la razón la que los gobierna, dirige y cambia.
Sucede a menudo, también, que aparecen cometas. Éstos son señales de la muerte de reyes, y no son ninguna de las estrellas que fueron hechas en el principio, sino que son formados al mismo tiempo por mandato divino y de nuevo disueltos. Y así, ni siquiera aquella estrella que los Magos vieron en el nacimiento del Amigo y Salvador del hombre, nuestro Señor, que se hizo carne por nosotros, es del número de las que fueron hechas en el principio. Y esto es evidente porque a veces su curso era de oriente a occidente, y a veces de norte a sur; en un momento estaba oculta, y al siguiente era revelada: lo cual está del todo fuera de la armonía con el orden y la naturaleza de las estrellas.
Debe entenderse, pues, que la luna recibe su luz del sol; no porque Dios fuera incapaz de concederle luz propia, sino para que el ritmo y el orden queden impresos en la naturaleza, gobernando una parte y siendo gobernada la otra, y para que así seamos enseñados a vivir en comunidad y a compartir nuestros bienes unos con otros, y a estar sujetos, primero a nuestro Hacedor y Creador, nuestro Dios y Maestro, y luego también a los gobernantes puestos en autoridad sobre nosotros por Él; y a no preguntar por qué éste es gobernante y no yo mismo, sino a acoger todo lo que viene de Dios con espíritu agradecido y razonable.
El sol y la luna, además, padecen eclipse, y esto demuestra la necedad de quienes adoran a la criatura en lugar del Creador [], y nos enseña cuán mudables y alterables son todas las cosas. Porque todas las cosas son mudables excepto Dios, y todo lo que es mudable está sujeto a corrupción conforme a las leyes de su propia naturaleza.
Ahora bien, la causa del eclipse del sol es que el cuerpo de la luna se interpone como un muro divisorio y arroja una sombra, e impide que la luz se derrame sobre nosotros; y la magnitud del eclipse es proporcional al tamaño del cuerpo de la luna que se halla ocultando al sol. Pero no te maravilles de que el cuerpo de la luna sea el menor. Porque muchos declaran que el sol es muchas veces mayor incluso que la tierra, y los santos Padres dicen que es igual a la tierra; sin embargo, a menudo una pequeña nube, o incluso una pequeña colina o un muro, lo oculta por completo.
El eclipse de la luna, por otra parte, se debe a la sombra que la tierra arroja sobre ella cuando es luna de quince días y el sol y la luna se hallan en los polos opuestos del círculo más alto, estando el sol debajo de la tierra y la luna sobre la tierra. Porque la tierra arroja una sombra y la luz del sol se ve impedida de iluminar la luna, y por eso entonces se eclipsa.
Debe entenderse que la luna fue hecha llena por el Creador, es decir, luna de quince días; pues era conveniente que fuera hecha completa. Pero en el cuarto día, como dijimos, fue creado el sol. Por tanto, la luna llevaba once días de ventaja al sol, porque desde el cuarto hasta el decimoquinto día hay once días. De ahí sucede que en cada año los doce meses de la luna contienen once días menos que los doce meses del sol. Pues los doce meses del sol contienen trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, y así, porque el cuarto llega a ser un entero, en cuatro años se completa un día adicional, que se llama bisiesto. Y aquel año tiene trescientos sesenta y seis días. Los años de la luna, por otra parte, tienen trescientos cincuenta y cuatro días. Porque la luna mengua desde el tiempo de su origen, o renovación, hasta que tiene catorce días y tres cuartos, y prosigue menguando hasta el vigésimo noveno día y medio, cuando está completamente desprovista de luz. Y entonces, cuando se une una vez más con el sol, es reproducida y renovada, memorial de nuestra resurrección. Así, en cada año la luna cede once días al sol, y así, en tres años, surge el mes intercalar de los hebreos, y aquel año llega a constar de trece meses, debido a la adición de estos once días.
Es evidente que tanto el sol como la luna y las estrellas son compuestos y están sujetos a corrupción según las leyes de sus diversas naturalezas. Pero de su naturaleza somos ignorantes. Algunos, ciertamente, dicen que el fuego, cuando es privado de materia, es invisible, y así, que cuando se apaga desaparece por completo. Otros, a su vez, dicen que cuando se apaga se transforma en aire.
El círculo del zodíaco tiene un movimiento oblicuo y está dividido en doce secciones llamadas zodia, o signos: cada signo tiene tres divisiones de diez cada una, es decir, treinta divisiones, y cada división tiene sesenta subdivisiones muy diminutas. El cielo, por tanto, tiene trescientos sesenta y cinco grados: el hemisferio sobre la tierra y el que está debajo de la tierra teniendo cada uno ciento ochenta grados.
Las moradas de los planetas.
El Carnero y el Escorpión son la morada de Marte; el Toro y la Balanza, de Venus; los Gemelos y la Virgen, de Mercurio; el Cangrejo, de la Luna; el León, del Sol; el Arquero y los Peces, de Júpiter; Capricornio y Acuario, de Saturno.
Sus altitudes.
El Carnero tiene la altitud del Sol; el Toro, de la Luna; el Cangrejo, de Júpiter; la Virgen, de Marte; la Balanza, de Saturno; Capricornio, de Mercurio; los Peces, de Venus.
Las fases de la luna.
Está en conjunción siempre que se halla en el mismo grado que el sol; nace cuando está a quince grados de distancia del sol; sale cuando tiene forma de creciente, y esto ocurre dos veces, en cuyos momentos está a sesenta grados de distancia del sol; está medio llena dos veces, cuando está a noventa grados del sol; dos veces es gibosa, cuando está a ciento veinte grados del sol; dos veces es luna llena, dando plena luz, cuando está a ciento cincuenta grados del sol; es luna completa cuando está a ciento ochenta grados de distancia del sol. Decimos dos veces, porque estas fases ocurren tanto cuando la luna crece como cuando mengua. En dos días y medio la luna recorre cada signo.
II, 8
El aire es el más sutil de los elementos, y es húmedo y cálido; es, en verdad, más pesado que el fuego, pero más ligero que la tierra y el agua. Es causa de la respiración y de la voz; es incoloro, es decir, no tiene color por naturaleza; es claro y transparente, pues es capaz de recibir la luz. Sirve a tres de nuestros sentidos, pues con su ayuda vemos, oímos y olemos. Tiene asimismo poder de recibir calor y frío, sequedad y humedad; y sus movimientos en el espacio son hacia arriba, hacia abajo, hacia dentro, hacia fuera, a la derecha y a la izquierda, y el movimiento circular.
No deriva su luz de sí mismo, sino que es iluminado por el sol, la luna, las estrellas y el fuego. Y esto es justamente lo que quiere decir la Escritura cuando dice: Y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo []; pues su objeto es mostrar que el aire no ha derivado su luz de sí mismo, sino que es una esencia completamente distinta de la luz.
Y el viento es un movimiento del aire; o el viento es una impetuosa corriente de aire que cambia de nombre según cambia el lugar de donde irrumpe.
Su lugar está en el aire. Pues lugar es la circunferencia de un cuerpo. Pero ¿qué es lo que rodea a los cuerpos sino el aire? Hay, además, diversos lugares en los que se origina el movimiento del aire, y de ellos reciben los vientos sus nombres. Son en total doce vientos. Se dice que el aire es fuego una vez extinguido, o el vapor de agua calentada. En todo caso, por su propia naturaleza especial el aire es cálido, pero se vuelve frío a causa de la proximidad del agua y de la tierra, de modo que sus partes inferiores son frías y las superiores cálidas.
Estos son, pues, los vientos: Cecias, o Meses, se levanta en la región donde sale el sol en verano. Subsolano, donde sale el sol en los equinoccios. Euro, donde sale en invierno. Ábrego, donde se pone en invierno. Favonio, donde se pone en los equinoccios, y Coro, u Olimpias, o Yápige, donde se pone en verano. Vienen luego Austro y Aquilón, cuyos soplos se oponen entre sí. Entre Aquilón y Cecias viene Bóreas; y entre Euro y Austro, Fénix o Euronoto; entre Austro y Ábrego, Libonoto o Leuconoto; y por último, entre Aquilón y Coro, Tracias, o Cercio, como lo llaman los habitantes de aquella región.
[Estas son, pues, las razas que habitan en los confines del mundo: junto al Subsolano están los bactrianos; junto al Euro, los indios; junto al Fénix, el mar Rojo y Etiopía; junto al Libonoto, los garamantes, que están más allá de Systis; junto al Ábrego, los etíopes y los moros occidentales; junto al Favonio, las columnas de Hércules y los comienzos de Libia y Europa; junto al Coro, Iberia, que ahora se llama España; junto al Tracias, los galos y las naciones vecinas; junto al Aquilón, los escitas que están más allá de Tracia; junto al Bóreas, el Ponto, la Meótide y los sármatas; junto al Cecias, el mar Caspio y los sacas.]
II, 9
El agua es también uno de los cuatro elementos, la más hermosa de las creaciones de Dios. Es húmeda y fría, pesada y con tendencia a descender, y fluye con gran facilidad. Es esto lo que la Sagrada Escritura tiene a la vista cuando dice: Y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. [] Pues el abismo no es otra cosa que una enorme cantidad de agua cuyo límite el hombre no puede comprender. En el principio, ciertamente, el agua yacía sobre toda la superficie de la tierra. Y primero creó Dios el firmamento para dividir el agua que estaba sobre el firmamento del agua que estaba debajo del firmamento. Pues en medio del mar de las aguas fue establecido el firmamento por decreto del Maestro. Y de él mandó Dios que surgiera el firmamento, y surgió. Ahora bien, ¿por qué razón puso Dios agua sobre el firmamento? Fue a causa del intenso ardor del sol y del éter. Pues inmediatamente debajo del firmamento se extiende el éter, y el sol, la luna y las estrellas están en el firmamento; de modo que, si no se hubiera puesto agua encima, el firmamento habría sido consumido por el calor.
Luego mandó Dios que las aguas se juntaran en una sola masa. [] Pero cuando la Escritura habla de una masa, evidentemente no quiere decir que se juntaran en un solo lugar, pues inmediatamente prosigue: Y a las reuniones de las aguas llamó mares []; sino que las palabras significan que las aguas fueron separadas en cuerpo de la tierra en grupos distintos. Así las aguas se juntaron en sus colecciones especiales y apareció la tierra seca. De aquí surgieron los dos mares que rodean a Egipto, pues éste se halla entre dos mares. Estas colecciones contienen varios mares y montañas, islas, promontorios y puertos, y rodean diversas bahías, playas y costas. Pues se emplea la palabra playa cuando la naturaleza del terreno es arenosa, mientras que costa significa que es rocosa y profunda cerca de la orilla, haciéndose profunda de repente. De igual manera surgió también el mar que está donde sale el sol, cuyo nombre es mar Índico; y también el mar septentrional llamado Caspio. Los lagos se formaron del mismo modo.
El océano, pues, es como un río que circunda toda la tierra, y pienso que es a él a quien se refiere la divina Escritura cuando dice: Salía del Paraíso un río []. El agua del océano es dulce y potable. Es él el que provee de agua a los mares, la cual, por permanecer mucho tiempo en ellos e inmóvil, se vuelve amarga: pues el sol y las trombas marinas levantan siempre las partes más finas. Así se forman las nubes y se producen las lluvias, porque la filtración hace dulce el agua.
Éste se divide en cuatro primeras divisiones, es decir, en cuatro ríos. El nombre del primero es Pisón, que es el Ganges de la India; el nombre del segundo es Geón, que es el Nilo que fluye desde Etiopía hasta Egipto; el nombre del tercero es Tigris, y el nombre del cuarto es Éufrates. Hay también muchísimos otros ríos caudalosos, de los cuales unos desembocan en el mar y otros se consumen en la tierra. Así toda la tierra está horadada y minada y tiene, por así decirlo, ciertas venas por las cuales envía hacia arriba en manantiales el agua que ha recibido del mar. El agua del manantial depende, pues, en su carácter de la calidad de la tierra. Pues el agua del mar se filtra y se cuela a través de la tierra y así se hace dulce. Pero si el lugar del que brota el manantial es amargo o salobre, así también es el agua que sube. Además, sucede a menudo que el agua que ha estado estrechamente encerrada irrumpe con violencia, y así se calienta. Y por esto envían aguas naturalmente calientes.
Por decreto divino se hacen lugares huecos en la tierra, y en ellos se recogen las aguas. Y así se forman las montañas. Mandó, pues, Dios que el agua primera produjera aliento viviente, ya que por el agua y el Espíritu Santo, que se movía sobre las aguas en el principio [], había de ser renovado el hombre. Pues esto es lo que dijo el divino Basilio: Por eso produjo criaturas vivientes, pequeñas y grandes; ballenas y dragones, peces que nadan en las aguas y aves con plumas. Las aves forman un vínculo entre el agua, la tierra y el aire: pues tienen su origen en el agua, viven en la tierra y vuelan en el aire. El agua, pues, es el más hermoso de los elementos y rico en utilidad, y purifica de toda inmundicia, no sólo de la del cuerpo, sino también de la del alma, si ha recibido la gracia del Espíritu.
Sobre los mares.
El mar Egeo es recibido por el Helesponto, que termina en Abidos y Sesto; luego, la Propóntide, que termina en Calcedonia y Bizancio: aquí están los estrechos donde surge el Ponto. Luego, el lago Meótide. De nuevo, desde el comienzo de Europa y Libia está el mar Ibérico, que se extiende desde las columnas de Hércules hasta los montes Pirineos. Luego el mar de Liguria hasta los confines de Etruria. Después, el mar de Cerdeña, que está sobre Cerdeña y se inclina hacia abajo hasta Libia. Luego el mar Etrusco, que comienza en los límites extremos de Liguria y termina en Sicilia. Luego el mar Líbico. Después los mares Cretense, Siciliano, Jónico y Adriático; el último de los cuales se derrama del mar Siciliano, que se llama golfo de Corinto o mar Alciónico. El mar Sarónico está rodeado por los mares Sunio y Escileo. Luego está el mar de Mirto y el mar Icario, en el cual están también las Cícladas. Después los mares Carpacio, Panfilio y Egipcio; y, después de esto, sobre el mar Icario, se derrama el mar Egeo. Está también la costa de Europa desde la desembocadura del río Tanais hasta las columnas de Hércules, 609.709 estadios; y la de Libia desde el Tigris hasta la desembocadura del Canopo, 209.252 estadios; y, por último, la de Asia desde el Canopo hasta el Tanais, que, incluyendo el golfo, es de 4.111 estadios. Y así toda la extensión de la costa del mundo que habitamos, con los golfos, es de 1.309.072 estadios.