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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

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    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

    Índice de la obra

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    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 9 · Capítulo 23. Acerca de la energíaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
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    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
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    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
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    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 23. Acerca de la energía

    II, 23

    Todas las facultades que ya hemos tratado, tanto las de conocimiento como las de vida, tanto las naturales como las artificiales, son, nótese, llamadas energías. Porque la energía es la fuerza y actividad natural de cada esencia; o, de nuevo, la energía natural es la actividad innata en toda esencia; y así, claramente, las cosas que tienen la misma esencia tienen también la misma energía, y las cosas que tienen naturalezas diferentes tienen también energías diferentes. Pues ninguna esencia puede carecer de energía natural.
    La energía natural, a su vez, es la fuerza en cada esencia por la cual su naturaleza se manifiesta. Y de nuevo: la energía natural es la fuerza primigenia, eternamente móvil, del alma inteligente; es decir, la palabra eternamente móvil del alma, que brota siempre naturalmente de ella. Y aún más: la energía natural es la fuerza y actividad de cada esencia, de la cual solo carece lo que no es.
    Pero las acciones también se llaman energías: por ejemplo, hablar, comer, beber y cosas semejantes. Las afecciones naturales también se llaman a menudo energías, por ejemplo, el hambre, la sed, etc. Y, además, el resultado de la fuerza también se llama a menudo energía.
    Las cosas se dicen de dos maneras: como en potencia y como en acto. Pues decimos que el niño de pecho es un erudito en potencia, porque está tan dispuesto que, si se le instruye, llegará a ser erudito. Además, hablamos de un erudito en potencia y de uno en acto, queriendo decir que el segundo es versado en letras, mientras que el primero tiene la facultad de interpretar letras, pero no la pone en uso actual; de nuevo, cuando hablamos de un erudito en acto, queremos decir que pone su facultad en uso actual, es decir, que realmente interpreta escritos.
    Ha de observarse, por tanto, que en el segundo sentido la potencialidad y la actualidad van juntas; pues el erudito es en un caso potencial y en el otro actual.
    La energía primera y única verdadera de la naturaleza es la vida voluntaria o racional e independiente que constituye nuestra humanidad. No sé cómo quienes privan al Señor de esto pueden decir que se hizo hombre.
    La energía es la actividad drástica de la naturaleza; y por drástica se entiende lo que se mueve por sí mismo.

    Capítulo 24. Acerca de lo voluntario y lo involuntario

    II, 24

    Lo voluntario implica una determinada acción, y la llamada involuntariedad implica también una determinada acción. Además, muchos atribuyen verdadera involuntariedad no solo al sufrimiento, sino incluso a la acción. Debemos, pues, entender por acción la energía racional. A las acciones les siguen la alabanza o la censura, y algunas van acompañadas de placer y otras de dolor; unas han de ser deseadas por el agente, otras han de ser rehuidas; más aún, entre las deseables, algunas lo son siempre, otras solo en un momento particular. Y así sucede también con las que han de ser rehuidas. De nuevo, algunas acciones suscitan compasión y son perdonables, otras son odiosas y merecen castigo. La voluntariedad, pues, va ciertamente seguida de alabanza o censura, y hace la acción placentera y deseable para el agente, ya sea por todo tiempo o por el momento de su ejecución. La involuntariedad, por el contrario, trae consigo compasión o perdón merecidos, y hace el acto doloroso e indeseable para el que lo realiza, y le hace dejarlo en estado incompleto aunque se ejerza fuerza sobre él.
    Además, lo involuntario depende en parte de la fuerza y en parte de la ignorancia. Depende de la fuerza cuando el principio creador de la causa viene de fuera, es decir, cuando uno es forzado por otro sin ser en absoluto persuadido, o cuando uno no contribuye al acto por su propio impulso, o no coopera en absoluto, o no hace por su propia cuenta aquello que se le exige por la fuerza. Así, podemos dar esta definición: «Un acto involuntario es aquel en el que el principio viene de fuera, y en el que uno no contribuye en absoluto por su propio impulso a aquello a lo que es forzado.» Y por principio entendemos la causa creadora. Todo acto involuntario depende, por otra parte, de la ignorancia, cuando uno no es la causa de la ignorancia misma, sino que los acontecimientos simplemente suceden así. Pues, si uno comete un homicidio estando ebrio, es un acto de ignorancia, pero no involuntario: porque uno es responsable de la causa de la ignorancia, es decir, de la embriaguez. Pero si, mientras dispara al blanco acostumbrado, mata a su padre que pasaba por allí, esto se llamaría un acto ignorante e involuntario.
    Así, pues, siendo lo involuntario de dos partes, una que depende de la fuerza y otra de la ignorancia, lo voluntario es lo opuesto a ambas. Pues lo voluntario no es resultado ni de la fuerza ni de la ignorancia. Un acto voluntario, pues, es aquel cuyo principio o causa se origina en un agente que conoce cada circunstancia individual por la cual y en la cual tiene lugar la acción. Por «individual» se entiende lo que los rétores llaman elementos circunstanciales: por ejemplo, el agente, el paciente, la acción (acaso un homicidio), el instrumento, el lugar, el tiempo, el modo, la razón de la acción.
    Nótese que hay ciertas cosas que ocupan un lugar intermedio entre lo voluntario y lo involuntario. Aunque son desagradables y penosas, las acogemos como la huida de un mal mayor; por ejemplo, para escapar del naufragio arrojamos la carga por la borda.
    Nótese también que los niños y las criaturas irracionales realizan acciones voluntarias, pero estas no implican el ejercicio de la elección; además, todas nuestras acciones que se hacen por ira y sin deliberación previa son acciones voluntarias, pero no implican en absoluto libre elección. También, si un amigo aparece de repente en escena, o si uno inesperadamente tropieza con un tesoro, en lo que a nosotros respecta es enteramente voluntario, pero no hay cuestión de elección en el asunto. Pues todas estas cosas son voluntarias, porque deseamos placer de ellas, pero no implican en modo alguno elección, porque no son resultado de la deliberación. Y la deliberación debe ciertamente preceder a la elección, como hemos dicho más arriba.

    Capítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío

    II, 25

    La primera cuestión que implica la consideración del libre albedrío, es decir, de lo que está en nuestro poder, es si algo está en nuestro poder: pues hay muchos que lo niegan. La segunda es cuáles son las cosas que están en nuestro poder y sobre qué cosas tenemos autoridad. La tercera es cuál es la razón por la que Dios, que nos creó, nos dotó de libre albedrío. Así, pues, abordaremos la primera cuestión, y en primer lugar demostraremos que, incluso entre las cosas que nuestros mismos adversarios conceden, algunas están en nuestro poder. Y procedamos así.
    De todas las cosas que suceden, se dice que la causa es o bien Dios, o la necesidad, o el hado, o la naturaleza, o el azar, o el accidente. Pero la función de Dios tiene que ver con la esencia y la providencia; la necesidad trata del movimiento de las cosas que guardan siempre el mismo curso; el hado, del cumplimiento necesario de las cosas que produce (pues el hado mismo implica necesidad); la naturaleza, del nacimiento, el crecimiento, la destrucción, las plantas y los animales; el azar, de lo raro e inesperado. Pues el azar se define como el encuentro y concurrencia de dos causas, que se originan en la elección pero producen algo distinto de lo natural: por ejemplo, si un hombre encuentra un tesoro mientras cava una zanja; pues el hombre que escondió el tesoro no lo hizo para que el otro lo encontrara, ni el que lo encontró cavó con el propósito de hallar el tesoro; sino que el primero lo escondió para poder llevárselo cuando quisiera, y el propósito del otro era cavar la zanja; mientras que sucedió algo muy distinto de lo que ambos tenían en vista. El accidente, a su vez, trata de los sucesos casuales que ocurren entre las cosas inanimadas o irracionales, aparte de la naturaleza y del arte. Esta es, pues, su doctrina. ¿Bajo cuál, entonces, de estas categorías hemos de colocar lo que sucede por la agencia del hombre, si es que el hombre no es la causa y el principio de la acción? Pues no sería correcto atribuir a Dios acciones que a veces son viles e injustas; ni podemos atribuirlas a la necesidad, porque no son tales que permanezcan siempre las mismas; ni al hado, pues el hado implica no solo posibilidad sino necesidad; ni a la naturaleza, porque el dominio de la naturaleza son los animales y las plantas; ni al azar, porque las acciones de los hombres no son raras e inesperadas; ni al accidente, pues este se usa en referencia a los sucesos casuales que ocurren en el mundo de las cosas inanimadas e irracionales. Nos queda, pues, este hecho: que el hombre que actúa y hace es él mismo el autor de sus propias obras, y es una criatura dotada de libre albedrío.
    Además, si el hombre no es autor de ninguna acción, la facultad de deliberar es del todo superflua: pues ¿a qué fin podría servir la deliberación si el hombre no es dueño de ninguna de sus acciones? Porque toda deliberación es por causa de la acción. Pero demostrar que la más hermosa y preciosa de las dotes del hombre es del todo superflua sería el colmo del absurdo. Si, pues, el hombre delibera, delibera con vistas a la acción. Porque toda deliberación es con vistas a y por causa de la acción.

    Capítulo 26. Acerca de los acontecimientos

    II, 26

    De los acontecimientos, unos están en nuestras manos y otros no. Están, pues, en nuestras manos aquellos que somos libres de hacer o no hacer según nuestra voluntad, es decir, todas las acciones que se hacen voluntariamente (pues no se llaman voluntarias aquellas acciones cuya ejecución no está en nuestras manos), y, en una palabra, todo lo que va seguido de censura o alabanza y depende del motivo y de la ley. Estrictamente, todos los actos mentales y deliberativos están en nuestras manos. Ahora bien, la deliberación se ocupa de posibilidades equitativas; y una 'posibilidad equitativa' es una acción que está en nuestro poder junto con su contraria, y nuestra mente elige entre las alternativas, y este es el origen de la acción. Las acciones, por tanto, que están en nuestras manos son estas posibilidades equitativas: p. ej., moverse o no moverse, apresurarse o no apresurarse, anhelar cosas innecesarias o no hacerlo, decir mentiras o no decirlas, dar o no dar, regocijarse o no regocijarse según convenga a la ocasión, y todas las acciones de este tipo que implican virtud o vicio en su ejecución, pues somos libres de hacerlas o no hacerlas a nuestro placer. Entre las posibilidades equitativas también se incluyen las artes, pues está en nuestro poder cultivarlas o no, como nos plazca.
    Nótese, sin embargo, que aunque la elección de lo que ha de hacerse está siempre en nuestro poder, la acción misma a menudo es impedida por alguna dispensación de la divina Providencia.

    Capítulo 27. Acerca de la razón de nuestra dotación de libre albedrío

    II, 27

    Sostenemos, por tanto, que el libre albedrío entra en escena en el mismo momento que la razón, y que el cambio y la alteración son congénitos a todo lo que es producido. Pues todo lo que es producido está también sujeto a cambio. Porque deben estar sujetas a cambio aquellas cosas cuya producción tiene su origen en el cambio. Y el cambio consiste en ser traído al ser desde la nada, y en transformar un sustrato de materia en algo diferente. Las cosas inanimadas, pues, y las cosas sin razón experimentan los mencionados cambios corporales, mientras que los cambios de las cosas dotadas de razón dependen de la elección. Pues la razón consta de una parte especulativa y una parte práctica. La parte especulativa es la contemplación de la naturaleza de las cosas, y la práctica consiste en la deliberación y define la razón verdadera de lo que ha de hacerse. La parte especulativa se llama mente o sabiduría, y la parte práctica se llama razón o prudencia. Todo aquel, pues, que delibera lo hace en la creencia de que la elección de lo que ha de hacerse está en sus manos, para poder elegir lo que parezca mejor como resultado de su deliberación, y, habiendo elegido, obrar en consecuencia. Y si esto es así, el libre albedrío debe estar necesariamente muy estrechamente relacionado con la razón. Pues o bien el hombre es un ser irracional, o, si es racional, es dueño de sus actos y está dotado de libre albedrío. Por consiguiente, también las criaturas sin razón no gozan de libre albedrío: pues la naturaleza las guía a ellas antes que ellas a la naturaleza, y así no se oponen al apetito natural, sino que tan pronto como su apetito anhela algo, se precipitan de cabeza tras ello. Pero el hombre, siendo racional, guía a la naturaleza antes que la naturaleza a él, y así, cuando desea algo, tiene el poder de refrenar su apetito o de entregarse a él como le plazca. Por consiguiente, también las criaturas desprovistas de razón no son sujetos ni de alabanza ni de censura, mientras que el hombre es sujeto de ambas.
    Nótese también que los ángeles, siendo racionales, están dotados de libre albedrío, y, en cuanto creados, están sujetos a cambio. Esto, de hecho, se hace manifiesto por el diablo, quien, aunque fue hecho bueno por el Creador, se convirtió por su propio libre albedrío en el inventor del mal, y por las potestades que se rebelaron con él, es decir, los demonios, y por las demás tropas de ángeles que permanecieron en la bondad.

    Capítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos

    II, 28

    De las cosas que no están en nuestras manos, algunas tienen su principio o causa en las que están en nuestro poder, a saber, las recompensas de nuestras acciones tanto en el presente como en el siglo venidero, pero todas las demás dependen de la voluntad divina. Pues el origen de todas las cosas proviene de Dios, pero su destrucción ha sido introducida por nuestra maldad para nuestro castigo o provecho. Porque Dios no creó la muerte, ni se deleita en la destrucción de los vivientes. [] Pero la muerte es obra más bien del hombre, es decir, su origen está en la transgresión de Adán, de la misma manera que todos los demás castigos. Pero todas las demás cosas deben referirse a Dios. Pues nuestro nacimiento ha de referirse a su poder creador; y nuestra permanencia, a su poder conservador; y nuestro gobierno y seguridad, a su poder providente; y el gozo eterno de los bienes por parte de aquellos que guardan las leyes de la naturaleza en las que fuimos formados ha de atribuirse a su bondad. Pero puesto que algunos niegan la existencia de la Providencia, dediquemos además unas pocas palabras a la discusión de la Providencia.

    Capítulo 29. Acerca de la Providencia

    II, 29

    Providencia, pues, es el cuidado que Dios tiene de las cosas existentes. Y de nuevo: la Providencia es la voluntad de Dios por la cual todas las cosas existentes reciben su desenlace conveniente. Pero si la Providencia es la voluntad de Dios, según la verdadera razón todas las cosas que llegan a ser por la Providencia deben ser necesariamente las más hermosas y excelentes, y tales que no puedan ser superadas. Pues la misma persona debe necesariamente ser creador y proveedor de lo que existe: porque no es conveniente ni apropiado que el creador de lo que existe y el proveedor sean personas separadas. Pues en ese caso ambos serían ciertamente deficientes, el uno en crear, el otro en proveer. Dios, por tanto, es a la vez Creador y Proveedor, y su poder creador, conservador y providente es simplemente su buena voluntad. Porque todo lo que el Señor quiso, eso hizo en el cielo y en la tierra, y nadie resistió a su voluntad. [] Él quiso que todas las cosas fueran, y fueron. Él quiere que el universo sea formado, y es formado, y todo lo que Él quiere se cumple.
    Que Él provee, y que provee excelentemente, se puede percibir muy fácilmente de este modo. Solo Dios es bueno y sabio por naturaleza. Siendo, pues, bueno, provee: porque el que no provee no es bueno. Pues incluso los hombres y las criaturas sin razón proveen para su propia descendencia según su naturaleza, y el que no provee es censurado. De nuevo, siendo sabio, cuida de la mejor manera de lo que existe.
    Cuando, por tanto, prestamos atención a estas cosas, debemos llenarnos de asombro ante todas las obras de la Providencia, y alabarlas todas, y aceptarlas todas sin indagación, aunque a los ojos de muchos sean injustas, porque la Providencia de Dios está más allá de nuestro alcance y comprensión, mientras que nuestros razonamientos y acciones y el futuro son revelados solo a sus ojos. Y por «todas» quiero decir aquellas que no están en nuestras manos: pues las que están en nuestro poder están fuera de la esfera de la Providencia y dentro de la de nuestro libre albedrío.
    Ahora bien, las obras de la Providencia son en parte según la buena voluntad (de Dios) y en parte según permisión. Las obras de buena voluntad incluyen todas aquellas que son innegablemente buenas, mientras que las obras de permisión son....... Pues la Providencia permite a menudo que el justo encuentre desgracia para revelar a otros la virtud que yace oculta en él, como fue el caso de Job. [] Otras veces permite que se haga algo extraño a fin de que se realice algo grande y maravilloso mediante el acto aparentemente extraño, como cuando la salvación de los hombres se obró por medio de la Cruz. De otra manera permite que el hombre piadoso sufra duras pruebas a fin de que no se aparte de una recta conciencia ni caiga en la soberbia a causa del poder y la gracia que se le han concedido, como fue el caso de Pablo [].
    Un hombre es abandonado por un tiempo con miras a la restauración de otro, para que otros, al ver su estado, sean instruidos, como en el caso de Lázaro y el rico. [] Pues es propio de nuestra naturaleza abatirnos cuando vemos personas en aflicción. Otro es desamparado por la Providencia para que otro sea glorificado, y no por su propio pecado ni por el de sus padres, así como el hombre ciego de nacimiento sirvió a la gloria del Hijo del Hombre. [] A otro se le permite sufrir para suscitar emulación en los pechos de otros, de modo que otros, magnificando la gloria del que sufre, acojan resueltamente el sufrimiento en la esperanza de la gloria futura y el deseo de los bienes futuros, como en el caso de los mártires. A otro se le permite caer a veces en algún acto de bajeza para que otra falta peor sea así corregida, como por ejemplo cuando Dios permite que un hombre que se enorgullece de su virtud y rectitud caiga en la fornicación, para que, mediante esta caída, sea llevado a la percepción de su propia debilidad y sea humillado y se acerque y haga confesión al Señor.
    Además, ha de observarse que la elección de lo que ha de hacerse está en nuestras propias manos; pero el desenlace final depende, en el caso en que nuestras acciones son buenas, de la cooperación de Dios, quien en su justicia trae ayuda, según su presciencia, a los que eligen el bien con recta conciencia, y, en el otro caso, cuando nuestras acciones tienden al mal, del desamparo de Dios, quien de nuevo en su justicia se mantiene apartado conforme a su presciencia.
    Ahora bien, hay dos formas de desamparo: pues hay desamparo en las cosas de guía y entrenamiento, y hay desamparo completo y sin esperanza. El primero tiene en vista la restauración, la seguridad y la gloria del que sufre, o el despertar de sentimientos de emulación e imitación en otros, o la gloria de Dios; pero el segundo es cuando el hombre, después de que Dios ha hecho todo lo posible por salvarlo, permanece por su propósito deliberado ciego y sin curar, o más bien incurable, y entonces es entregado a la destrucción total, como Judas. [] Que Dios nos sea propicio y nos libre de tal desamparo.
    Obsérvese, además, que los caminos de la providencia de Dios son muchos, y no pueden explicarse con palabras ni concebirse por la mente.
    Y recordad que todos los asaltos de la fortuna oscura y mala contribuyen a la salvación de aquellos que los reciben con gratitud, y son ciertamente embajadores de ayuda.
    También hay que tener presente que el deseo voluntario original de Dios era que todos se salvaran y llegaran a su reino. [] Pues no nos formó para castigo, sino para participar de su bondad, por cuanto es un Dios bueno. Pero por cuanto es un Dios justo, su voluntad es que los pecadores sufran castigo.
    La primera, pues, se llama voluntad antecedente y complacencia de Dios, y brota de Él mismo, mientras que la segunda se llama voluntad consecuente y permisión de Dios, y tiene su origen en nosotros. Y esta última es doble: una parte trata de las cosas de guía y entrenamiento, y tiene en vista nuestra salvación, y la otra es sin esperanza y conduce a nuestro castigo total, como dijimos más arriba. Y este es el caso de las acciones que no están dejadas en nuestras manos.
    Pero de las acciones que están en nuestras manos, las buenas dependen de su buena voluntad y complacencia antecedentes, mientras que las malas no dependen ni de su voluntad antecedente ni de su voluntad consecuente, sino que son una concesión al libre albedrío. Pues lo que es resultado de la compulsión no tiene en sí ni razón ni virtud. Dios provee a toda la creación y hace de toda la creación el instrumento de su ayuda y entrenamiento, e incluso a menudo los mismos demonios, como por ejemplo en los casos de Job y de los cerdos.

    Capítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación

    II, 30

    Debemos entender que, aunque Dios conoce todas las cosas de antemano, no predetermina todas las cosas. Porque conoce de antemano las cosas que están en nuestro poder, pero no las predetermina. Pues no es su voluntad que haya maldad, ni elige forzar la virtud. De modo que la predeterminación es obra del mandato divino basado en la presciencia. Pero, por otra parte, Dios predetermina las cosas que no están en nuestro poder según su presciencia. Porque ya Dios, en su presciencia, ha prejuzgado todas las cosas conforme a su bondad y justicia.
    Tened presente también que la virtud es un don de Dios implantado en nuestra naturaleza, y que Él mismo es la fuente y causa de todo bien, y sin su cooperación y ayuda no podemos querer ni hacer cosa buena alguna. Pero está en nuestro poder o bien permanecer en la virtud y seguir a Dios, que nos llama a los caminos de la virtud, o apartarnos de las sendas de la virtud, lo cual es morar en la maldad, y seguir al diablo, que incita pero no puede obligarnos. Pues la maldad no es otra cosa que la privación del bien, así como las tinieblas no son otra cosa que la privación de la luz. Por tanto, mientras permanecemos en el estado natural, permanecemos en la virtud; pero cuando nos desviamos del estado natural, es decir, de la virtud, venimos a un estado antinatural y moramos en la maldad.
    El arrepentimiento es el retorno del estado antinatural al natural, del diablo a Dios, mediante la disciplina y el esfuerzo.
    Entonces el Creador hizo al hombre varón, dándole a participar de su propia gracia divina, y trayéndolo así a comunión consigo mismo; y así fue como dio, a la manera de un profeta, los nombres a los seres vivos, con autoridad como si le fueran dados para ser sus esclavos. Pues habiendo sido dotado de razón y mente, y de libre albedrío según la imagen de Dios, fue dignamente encomendado por el Creador y Señor común de todo el dominio sobre las cosas terrenales.
    Pero como Dios en su presciencia sabía que el hombre transgrediría y se haría pasible de destrucción, hizo de él una hembra para que fuera ayuda semejante a él; ayuda, en verdad, para la conservación de la raza después de la transgresión, de edad en edad, mediante la generación. Porque la formación primigenia se llama 'hechura' y no 'generación'. Pues la 'hechura' es la formación original por manos de Dios, mientras que la 'generación' es la sucesión de unos a otros hecha necesaria por la sentencia de muerte impuesta sobre nosotros a causa de la transgresión.
    A este hombre lo puso en el Paraíso, morada que era a la vez espiritual y sensible. Porque vivía en el cuerpo sobre la tierra en el reino de los sentidos, mientras moraba en el espíritu entre los ángeles, cultivando pensamientos divinos y siendo sustentado por ellos; viviendo en desnuda sencillez una vida libre de artificio, y siendo elevado a través de sus criaturas al único y solo Creador, en cuya contemplación hallaba gozo y alegría.
    Cuando, pues, hubo provisto su naturaleza de libre albedrío, le impuso una ley: no gustar del árbol del conocimiento. Acerca de este árbol, hemos dicho cuanto es necesario en el capítulo sobre el Paraíso, al menos cuanto estuvo en nuestro poder decir. Y con este mandato le dio la promesa de que, si preservara la dignidad del alma dando la victoria a la razón, y reconociendo a su Creador y observando su mandato, participaría de la bienaventuranza eterna y viviría por toda la eternidad, mostrándose más fuerte que la muerte; pero si, por el contrario, sujetara el alma al cuerpo y prefiriera los deleites del cuerpo, comparándose en ignorancia de su verdadera dignidad a las bestias irracionales, y sacudiendo el yugo de su Creador, y descuidando su divino mandato, sería pasible de muerte y corrupción, y sería obligado a trabajar durante una vida miserable. Porque no era provechoso para el hombre obtener la incorrupción estando aún sin prueba y sin ser probado, no fuera que cayera en la soberbia y bajo el juicio del diablo. Pues por su incorrupción el diablo, cuando cayó como resultado de su propia libre elección, quedó firmemente establecido en la maldad, de modo que no hubo lugar para el arrepentimiento ni esperanza de cambio; así como además los ángeles, cuando hicieron libre elección de la virtud, se volvieron por la gracia inconmoviblemente arraigados en la bondad.
    Era necesario, por tanto, que el hombre fuera primero puesto a prueba (porque el hombre sin prueba y sin ser probado nada valdría), y que, hecho perfecto por la prueba mediante la observancia del mandato, recibiera así la incorrupción como premio de su virtud. Pues siendo intermedio entre Dios y la materia, estaba destinado, si guardaba el mandato, a ser liberado de su relación natural con las cosas existentes y a ser hecho uno con el estado de Dios, y a ser inconmoviblemente establecido en la bondad; pero si transgredía y se inclinaba más bien a lo material, y arrancaba su mente del Autor de su ser, es decir, de Dios, su destino era la corrupción, y habría de hacerse sujeto a la pasión en lugar de impasible, y mortal en lugar de inmortal, y dependiente de la conexión y de la generación inestable. Y en su deseo de vivir se aferraría a los placeres como si fueran necesarios para mantenerla, y aborrecería sin temor a quienes buscaran privarle de ellos, y transferiría su deseo de Dios a la materia, y su ira del verdadero enemigo de su salvación a sus propios hermanos. La envidia del diablo fue, pues, la razón de la caída del hombre. Porque aquel mismo demonio, tan lleno de envidia y con tal odio al bien, no quiso sufrir que disfrutáramos de los placeres del cielo, cuando él mismo era mantenido abajo a causa de su arrogancia, y de ahí que el falso tentara al miserable hombre con la esperanza de la Divinidad, y elevándolo a una altura de arrogancia tan grande como la suya, lo arroja a un abismo de destrucción igualmente profundo.

    Libro III

    Capítulo 1. Sobre la divina dispensación y el cuidado de Dios sobre nosotros, y sobre nuestra salvación

    III, 1

    El hombre, pues, fue así atrapado por el asalto del archienemigo, quebrantó el mandato de su Creador, fue despojado de la gracia y perdió su confianza con Dios, y se cubrió con las asperezas de una vida afanosa (pues esto es lo que significan las hojas de higuera); y fue vestido de muerte, es decir, de mortalidad y de la grosería de la carne (pues esto es lo que significa la túnica de pieles); y fue desterrado del Paraíso por el justo juicio de Dios, condenado a muerte y hecho sujeto a corrupción. Sin embargo, a pesar de todo esto, en su piedad, Dios, que le dio el ser, y que en su bondad le otorgó una vida de felicidad, no desatendió al hombre. Sino que primero lo adiestró de muchas maneras y lo llamó de vuelta, con gemidos y temblor, con el diluvio de agua y la destrucción total de casi toda la raza [], con la confusión y diversidad de lenguas, con el gobierno de los ángeles, con el incendio de ciudades, con manifestaciones figurativas de Dios, con guerras y victorias y derrotas, con señales y prodigios, con facultades múltiples, con la ley y los profetas: pues por todos estos medios Dios se esforzó ardientemente por emancipar al hombre de los extensos y esclavizadores lazos del pecado, que habían hecho de la vida tal masa de iniquidad, y para efectuar el retorno del hombre a una vida de felicidad. Porque fue el pecado el que trajo la muerte como una bestia salvaje y feroz al mundo [] para la ruina de la vida humana. Pero convenía que el Redentor estuviera sin pecado, y no sujeto por el pecado a la muerte, y además, que su naturaleza fuera fortalecida y renovada, y adiestrada por el trabajo y enseñada en el camino de la virtud que conduce de la corrupción a la vida eterna y, al final, se revela el poderoso océano de amor al hombre que hay en torno a Él. Porque el mismo Creador y Señor emprende una lucha en favor de la obra de sus propias manos, y aprende con el trabajo a hacerse Maestro. Y puesto que el enemigo atrapa al hombre con la esperanza de la Divinidad, él mismo es atrapado a su vez por la pantalla de la carne, y así se muestran a la vez la bondad y la sabiduría, la justicia y el poder de Dios. La bondad de Dios se revela en que no desatendió la fragilidad de su propia hechura, sino que se compadeció de él en su caída, y extendió su mano hacia él: y su justicia en que, cuando el hombre fue vencido, no hizo a otro victorioso sobre el tirano, ni arrebató al hombre por la fuerza de la muerte, sino que en su bondad y justicia hizo que aquel que se había convertido por sus pecados en esclavo de la muerte, fuera él mismo una vez más vencedor y rescatado por lo semejante, aunque pareciera dificilísimo: y su sabiduría se ve en idear la solución más adecuada de la dificultad. Porque por el beneplácito de nuestro Dios y Padre, el Hijo Unigénito y Verbo de Dios y Dios, que está en el seno del Dios y Padre [], de la misma esencia que el Padre y el Espíritu Santo, que era antes de los siglos, que es sin principio y era en el principio, que está en la presencia del Dios y Padre, y es Dios y hecho en forma de Dios [], inclinó los cielos y descendió a la tierra: es decir, humilló sin humillación su excelsa condición que, sin embargo, no podía ser humillada, y condesciende con sus siervos, con una condescendencia inefable e incomprensible: (pues eso es lo que significa el descenso). Y Dios, siendo perfecto, se hace hombre perfecto, y lleva a la perfección la más nueva de todas las cosas nuevas [], la única cosa nueva bajo el sol, mediante la cual se manifiesta el poder ilimitado de Dios. Porque ¿qué cosa mayor hay que el que Dios se haga Hombre? Y el Verbo se hizo carne sin ser cambiado, del Espíritu Santo, y de María la santa y siempre virgen, la madre de Dios. Y actúa como mediador entre Dios y el hombre, Él, el único amante del hombre, concebido en el casto vientre de la Virgen sin voluntad ni deseo, ni conexión alguna con hombre ni generación placentera, sino por el Espíritu Santo y la primera descendencia de Adán. Y se hace obediente al Padre que es semejante a nosotros, y encuentra remedio para nuestra desobediencia en lo que había asumido de nosotros, y se convirtió en modelo de obediencia para nosotros, sin la cual no es posible obtener la salvación.

    Capítulo 2. Sobre la manera en que el Verbo fue concebido, y sobre su divina encarnación

    III, 2

    El ángel del Señor fue enviado a la santa Virgen, que descendía del linaje de David. [] Pues es evidente que nuestro Señor brotó de Judá, de cuya tribu nadie volvió su atención al altar [], como dijo el divino apóstol: pero de esto hablaremos más exactamente más adelante. Y anunciándole buenas nuevas, dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. [] Y ella se turbó por sus palabras, y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios, y concebirás un hijo y llamarás su nombre Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. [] De ahí viene que Jesús tenga la interpretación de Salvador. Y cuando ella preguntó en su perplejidad: ¿Cómo será esto, pues no conozco varón? []? El ángel le respondió de nuevo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo cual también el santo ser que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. [] Y ella le dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí conforme a tu palabra.
    Así pues, después del asentimiento de la santa Virgen, el Espíritu Santo descendió sobre ella, según la palabra del Señor que habló el ángel, purificándola y otorgándole poder para recibir la divinidad del Verbo, y asimismo poder para dar a luz. Y entonces fue cubierta por la Sabiduría y el Poder enhypostáticos del Dios altísimo, el Hijo de Dios, que es de la misma esencia que el Padre, como de simiente divina, y de su santa y purísima sangre formó carne animada con el espíritu de razón y pensamiento, las primicias de nuestra naturaleza compuesta: no por procreación sino por creación a través del Espíritu Santo: no desarrollando la forma del cuerpo por adiciones graduales sino perfeccionándola de una vez, Él mismo, el mismo Verbo de Dios, estando en relación de subsistencia con la carne. Porque el Verbo divino no se hizo uno con una carne que tuviera una preexistencia independiente, sino que, tomando morada en el vientre de la santa Virgen, asumió sin reserva en su propia subsistencia, a través de la sangre pura de la Virgen eterna, un cuerpo de carne animado con el espíritu de razón y pensamiento, asumiendo así para sí las primicias de la naturaleza compuesta del hombre, habiéndose convertido Él mismo, el Verbo, en subsistencia en la carne. De modo que Él es a la vez carne, y al mismo tiempo carne de Dios el Verbo, y asimismo carne animada, que posee tanto razón como pensamiento. Por lo cual no hablamos del hombre como habiendo llegado a ser Dios, sino de Dios como habiendo llegado a ser Hombre. Porque siendo por naturaleza Dios perfecto, se hizo naturalmente también Hombre perfecto: y no cambió su naturaleza ni hizo de la dispensación un espectáculo vacío, sino que se hizo, sin confusión ni cambio ni división, uno en subsistencia con la carne, que fue concebida de la santa Virgen, y animada con razón y pensamiento, y había hallado existencia en Él, mientras Él no cambió la naturaleza de su divinidad en la esencia de la carne, ni la esencia de la carne en la naturaleza de su divinidad, y no hizo una naturaleza compuesta de su naturaleza divina y la naturaleza humana que había asumido.

    Capítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola

    III, 3

    Porque las dos naturalezas se unieron entre sí sin cambio ni alteración, sin que la naturaleza divina se apartara de su simplicidad nativa, ni que la humana se cambiara en la naturaleza de Dios o se redujera a la no existencia, ni que se produjera una naturaleza compuesta a partir de las dos. Porque la naturaleza compuesta no puede ser de la misma esencia que ninguna de las naturalezas de las que está compuesta, como hecha una cosa a partir de otras: por ejemplo, el cuerpo se compone de los cuatro elementos, pero no es de la misma esencia que el fuego, el aire, el agua o la tierra, ni conserva estos nombres. Si, por tanto, después de la unión, la naturaleza de Cristo fuera, como sostienen los herejes, una unidad compuesta, habría cambiado de una naturaleza simple a una compuesta, y no es de la misma esencia que el Padre, cuya naturaleza es simple, ni que la madre, que no es un compuesto de divinidad y humanidad. Ni estará entonces en la divinidad y la humanidad: ni será llamado Dios u Hombre, sino simplemente Cristo: y la palabra Cristo será el nombre no de la subsistencia, sino de lo que, en su opinión, es la única naturaleza.
    Nosotros, sin embargo, no damos como nuestra opinión que la naturaleza de Cristo sea compuesta, ni que Él sea una cosa hecha de otras cosas y diferente de ellas como el hombre está hecho de alma y cuerpo, o como el cuerpo está hecho de los cuatro elementos, sino que sostenemos que, aunque está constituido de estas partes diferentes, es sin embargo el mismo. Porque confesamos que Él, tanto en su divinidad como en su humanidad, es y se dice ser Dios perfecto, el mismo Ser, y que consiste en dos naturalezas, y existe en dos naturalezas. Además, por la palabra «Cristo» entendemos el nombre de la subsistencia, no en el sentido de un solo tipo, sino como significando la existencia de dos naturalezas. Porque en su propia persona se ungió a sí mismo; como Dios ungiendo su cuerpo con su propia divinidad, y como Hombre siendo ungido. Porque Él mismo es a la vez Dios y Hombre. Y la unción es la divinidad de su humanidad. Porque si Cristo, siendo de una naturaleza compuesta, es de la misma esencia que el Padre, entonces el Padre también debe ser compuesto y de la misma esencia que la carne, lo cual es absurdo y sumamente blasfemo.
    ¿Cómo, en verdad, podría una misma naturaleza abarcar diferencias opuestas y esenciales? Porque ¿cómo es posible que la misma naturaleza sea a la vez creada e increada, mortal e inmortal, circunscrita e incircunscrita?
    Pero si los que declaran que Cristo tiene una sola naturaleza dijeren también que esa naturaleza es simple, deben admitir o bien que Él es Dios puro y simple, y así reducir la encarnación a un mero fingimiento, o bien que Él es sólo hombre, según Nestorio. ¿Y cómo entonces acerca de su ser «perfecto en divinidad y perfecto en humanidad»? ¿Y cuándo se puede decir que Cristo es de dos naturalezas, si sostienen que Él es de una naturaleza compuesta después de la unión? Porque ciertamente es claro para todos que antes de la unión la naturaleza de Cristo era una.
    Pero esto es lo que extravía a los herejes, a saber, que consideran la naturaleza y la subsistencia como la misma cosa. Porque cuando hablamos de la naturaleza de los hombres como una, observad que al decir esto no estamos considerando la cuestión del alma y el cuerpo. Porque cuando comparamos juntos el alma y el cuerpo, no se puede decir que sean de una naturaleza. Pero puesto que hay muchísimas subsistencias de hombres, y sin embargo todas tienen el mismo tipo de naturaleza: porque todas están compuestas de alma y cuerpo, y todas tienen parte en la naturaleza del alma, y poseen la esencia del cuerpo, y la forma común: hablamos de la única naturaleza de estas muchísimas y diferentes subsistencias; mientras que cada subsistencia, a saber, tiene dos naturalezas, y se cumple en dos naturalezas, es decir, alma y cuerpo.
    Pero no se puede admitir una forma común en el caso de nuestro Señor Jesucristo. Porque ni hubo jamás, ni hay, ni habrá jamás otro Cristo constituido de deidad y humanidad, y existente en deidad y humanidad a la vez Dios perfecto y hombre perfecto. Y así, en el caso de nuestro Señor Jesucristo no podemos hablar de una naturaleza hecha de divinidad y humanidad, como lo hacemos en el caso del individuo hecho de alma y cuerpo. Porque en este último caso tenemos que ver con un individuo, pero Cristo no es un individuo. Porque no hay una forma predicable de cristiandad, por así decirlo, que Él posea. Y por lo tanto sostenemos que ha habido una unión de dos naturalezas perfectas, una divina y una humana; no con desorden o confusión, o mezcla, o conmixtión, como dicen los aborrecidos por Dios, Dióscoro, Eutiques y Severo, y toda esa impía compañía: y no de manera personal o relativa, o como asunto de dignidad o acuerdo de voluntad, o igualdad de honor, o identidad de nombre, o beneplácito, como dijo Nestorio, odiado por Dios, y Diodoro y Teodoro de Mopsuestia, y su tribu diabólica: sino por síntesis; es decir, en subsistencia, sin cambio o confusión o alteración o diferencia o separación, y confesamos que en dos naturalezas perfectas hay una sola subsistencia del Hijo de Dios encarnado; sosteniendo que hay una y la misma subsistencia perteneciente a su divinidad y su humanidad, y concediendo que las dos naturalezas se conservan en Él después de la unión, pero no sostenemos que cada una esté separada y por sí misma, sino que están unidas entre sí en una única subsistencia compuesta. Porque consideramos la unión como esencial, es decir, como verdadera y no imaginaria. Decimos que es esencial, además, no en el sentido de dos naturalezas que resultan en una naturaleza compuesta, sino en el sentido de una verdadera unión de ellas en una única subsistencia compuesta del Hijo de Dios, y sostenemos que su diferencia esencial se conserva. Porque lo creado permanece creado, y lo increado, increado: lo mortal permanece mortal; lo inmortal, inmortal: lo circunscrito, circunscrito: lo incircunscrito, incircunscrito: lo visible, visible: lo invisible, invisible. «Una parte es toda gloriosa con maravillas; mientras la otra es víctima de ultrajes.»
    Además, el Verbo se apropia de los atributos de la humanidad: porque todo lo que pertenece a su santa carne es suyo: e imparte a la carne sus propios atributos por vía de comunicación en virtud de la permeación de las partes unas con otras, y la unidad según la subsistencia, y en cuanto que Aquel que vivió y actuó tanto como Dios como hombre, tomando para sí una u otra forma y manteniendo trato con la otra forma, era uno y el mismo. De ahí que se diga que el Señor de la Gloria fue crucificado [], aunque su naturaleza divina jamás sufrió la Cruz, y que se permita que el Hijo del Hombre haya estado en el cielo antes de la Pasión, como el Señor mismo dijo. [] Porque el Señor de la Gloria es uno y el mismo con Aquel que es por naturaleza y en verdad el Hijo del Hombre, es decir, que se hizo hombre, y tanto sus maravillas como sus sufrimientos nos son conocidos, aunque sus maravillas se obraron en su capacidad divina, y sus sufrimientos se soportaron como hombre. Porque sabemos que, así como es su única subsistencia, así se conserva la diferencia esencial de la naturaleza. Porque ¿cómo podría conservarse la diferencia si las mismas cosas que difieren entre sí no se conservan? Porque la diferencia es la diferencia entre cosas que difieren. En cuanto las naturalezas de Cristo difieren entre sí, es decir, en la cuestión de la esencia, sostenemos que Cristo une en sí dos extremos: respecto de su divinidad está conectado con el Padre y el Espíritu, mientras que respecto de su humanidad está conectado con su madre y toda la humanidad. Y en cuanto sus naturalezas están unidas, sostenemos que Él difiere del Padre y el Espíritu por una parte, y de la madre y el resto de la humanidad por otra. Porque las naturalezas están unidas en su subsistencia, teniendo una única subsistencia compuesta, en la cual difiere del Padre y el Espíritu, y también de la madre y de nosotros.
    Comentario editorial · Dos naturalezas: lo que Calcedonia había definido
    El capítulo se dirige, dice su título, «en contra de los que sostienen que [Cristo] tiene una sola» naturaleza. Detrás está Calcedonia (8 de octubre – 1 de noviembre de 451), cuya definición confiesa a Cristo, en la versión inglesa que da Wikipedia, «en dos naturalezas sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Wikipedia señala que el concilio se apoyó en Cirilo de Alejandría contra Nestorio y en el Tomo del papa León I. La fórmula de Cirilo «una naturaleza de Dios el Verbo encarnado» la examina Damasceno aparte, en III, 11. Cómo se convocó y se recibió el concilio se cuenta en el compendio de los concilios.

    Capítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca

    III, 4

    Ahora, ya hemos dicho con frecuencia que una cosa es la esencia y otra la subsistencia, y que la esencia significa la forma común y general de las subsistencias de la misma especie, como Dios, hombre, mientras que la subsistencia señala al individuo, es decir, Padre, Hijo, Espíritu Santo, o Pedro, Pablo. Observad, pues, que los nombres divinidad y humanidad denotan esencias o naturalezas; mientras que los nombres Dios y hombre se aplican tanto en relación con las naturalezas, como cuando decimos que Dios es esencia incomprensible y que Dios es uno, como con referencia a las subsistencias, aplicándose lo más específico que tiene el nombre de lo más general, como cuando la Escritura dice: Por tanto, Dios, tu Dios, te ha ungido, o también: Hubo un hombre en la tierra de Uz [], porque sólo se hacía referencia a Job.
    Por tanto, en el caso de nuestro Señor Jesucristo, viendo que reconocemos que Él tiene dos naturalezas pero una sola subsistencia compuesta de ambas, cuando contemplamos sus naturalezas hablamos de su divinidad y de su humanidad, pero cuando contemplamos la subsistencia compuesta de las naturalezas, a veces usamos términos que se refieren a su doble naturaleza, como «Cristo», y «a la vez Dios y hombre», y «Dios Encarnado»; y a veces los que implican sólo una de sus naturalezas, como «Dios» solo, o «Hijo de Dios», y «hombre» solo, o «Hijo del Hombre»; a veces usando nombres que implican su alteza y a veces los que implican su humildad. Pues Aquel que es igualmente Dios y hombre es uno, siendo lo primero del Padre siempre sin causa, pero habiéndose hecho lo segundo después por su amor al hombre.
    Cuando, pues, hablamos de su divinidad, no le atribuimos las propiedades de la humanidad. Pues no decimos que su divinidad esté sujeta a pasión o sea creada. Ni tampoco predicamos de su carne o de su humanidad las propiedades de la divinidad: pues no decimos que su carne o su humanidad sea increada. Pero cuando hablamos de su subsistencia, ya sea que le demos un nombre que implique ambas naturalezas, o uno que se refiera sólo a una de ellas, todavía le atribuimos las propiedades de ambas naturalezas. Pues Cristo, cuyo nombre implica ambas naturalezas, es llamado a la vez Dios y hombre, creado e increado, sujeto a padecimiento e incapaz de padecer; y cuando es llamado Hijo de Dios y Dios, en referencia a sólo una de sus naturalezas, todavía conserva las propiedades de la naturaleza coexistente, es decir, la carne, siendo llamado Dios que padece, y Señor de la Gloria crucificado [], no en cuanto a ser Dios sino en cuanto a ser al mismo tiempo hombre. Igualmente también cuando es llamado Hombre e Hijo del Hombre, todavía conserva las propiedades y glorias de la naturaleza divina, un niño antes de los siglos, y hombre que no conoció principio; sin embargo, no es como niño u hombre sino como Dios que Él es antes de los siglos, y se hizo niño al final. Y esta es la manera de la comunicación recíproca, dando cada naturaleza en intercambio a la otra sus propias propiedades mediante la identidad de la subsistencia y la permeación de las partes entre sí. Por consiguiente, podemos decir de Cristo: Este nuestro Dios fue visto sobre la tierra y vivió entre los hombres, y Este hombre es increado e impasible e incircunscrito.
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